Hacia la unión con Dios

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Lo que dijo un pastor sobre los pastores

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2015

La carta pastoral de monseñor Paul S. Loverde, obispo de la diócesis de Arlington, dejó muchas enseñanzas para todos sus fieles, no solo acerca de su tema principal, la pornografía, sino otros muchos tópicos.

Efectivamente, ese documento, además de analizar profundamente la relación de la pornografía con la esencia del ser humano desde el punto de vista antropológico y teológico, aporta criterios clarísimos (como pocas veces se ha hecho) para entender el tema y deja orientaciones puntuales de grandísima riqueza para todas las poblaciones.

Una de las novedades que se puede destacar se refiere a la orientación para los sacerdotes.

Con su autoridad, el señor obispo menciona algo que quizá es verdaderamente oportuno, tanto para el tema de la pornografía como para su propia santidad y su pastoral. Se trata de la recomendación que les hace a los sacerdotes:

“Todos los sacerdotes deben tener una dirección espiritual permanente y frecuente. Estos encuentros con su director son una oportunidad invalorable e íntima de oír la voz del Maestro y de responder a su voluntad. Las conversaciones con los directores deben ser siempre francas y completas, sin esconder ninguna de las frustraciones y tentaciones de su ministerio, y revelar todas sus faltas. La humilde aceptación de dirección es una defensa segura contra los peligros de la impureza.” (IV)

He aquí un pastor que conoce las artimañas que el demonio usa en contra del clero, para destruir indirectamente a toda su feligresía. Es que Satanás sabe que es más eficaz herir al pastor, para que se dispersen las ovejas, que el pecado del escándalo es su técnica más fructífera; por eso mismo Jesús se admiró gritando: ¡Ay de los que producen escándalo!, ¡más les valiera que les ataran una rueda de molino al cuello y los lanzaran al mar!

Parece, de hecho, que esto le ha dado muy buenos resultados últimamente. No falta el día en el que nos recuerden algún desmán de un sacerdote, bien sea a través de los medios de comunicación, bien en conversaciones privadas…

Pero el obispo, el pastor, no se queda ahí: sabe él que el sacramento de la Reconciliación trae al alma del ministro ordenado la gracia necesaria para triunfar en la lucha contra el mal. Por eso añade:

“Ningún sacerdote puede ser un ministro de reconciliación idóneo si no busca con frecuencia la absolución. Los sacerdotes deben practicar con frecuencia la confesión en el sacramento de la penitencia. La demora o la disminución de la importancia de la confesión es señal de un corazón impenitente.” (Idem)

Y, ¿por qué se publicó este documento?

“Todos los sacerdotes deben rendir cuentas de sus actos privados y públicos. En realidad, como ministros de Cristo, ningún acto es verdaderamente privado, con excepción de su oración personal, y aun los frutos de ella deben ser discutidos abiertamente con su director. No permitan nunca que surja una vida privada que deban mantener en secreto de sus hermanos.” (Idem)

¡Buen pastor! Con pastores así y la obediencia de todos, la Iglesia se mostrará otra vez santa.

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Ciclo B, VI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 17, 2009

‘¡Impuro, impuro!’

 

En la época de Jesús, quien había sido declarado enfermo de lepra, debía ir harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!». Y también debía vivir solo, lejos de los pueblos y ciudades.

Esta regla, según los Padres de la Iglesia, fue impuesta por Dios como un símbolo del pecado que todos cometemos, pues sabemos que quien diga que no ha pecado es un mentiroso, como nos lo enseñó san Juan. Es por esa consciencia que tenemos de ser pecadores que todos los pueblos, desde que el homo sapiens camina por la tierra, han ofrecido sacrificios a sus dioses.

Pero Dios mismo vino en busca del hombre que se creía irremediablemente perdido, y pagó todos sus pecados.

Por eso la Iglesia nos propone que gritemos, ya no: «¡Impuros, impuros!», sino las palabras del salmo de hoy: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; ¡y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!».

Se acercó Jesús a nosotros, leprosos por el pecado, que pedíamos: «Si quieres, puedes limpiarme». Y, sintiendo lástima, extendió la mano, nos tocó y dijo: «Quiero: queden limpios».

Por eso, como nos enseña hoy san Pablo, cuando comamos o bebamos o hagamos cualquier otra cosa, hagámoslo todo para gloria de ese Dios que nos perdonó y nos sigue perdonando en el Sacramento de la Confesión.

Y hagamos lo que hizo el leproso curado: divulguemos el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no pueda evitar el agradecimiento de todos los seres humanos.

Y, aunque se esconda en descampado —en los sagrarios, en el silencio del alma, en la Fe desértica de cada cristiano—, aun así acudan a Él, para darle gloria con su buen comportamiento.

   

 

 

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