Hacia la unión con Dios

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‘Tenga cuidado, padre’

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 7, 2018

 

La siguiente es una conversación entre alguien a quien le gusta el sarcasmo y su párroco.

 

—¡Lo felicito, padre!

—¿Por qué, hijo?

—Es que usted hace mejor algunas cosas de la Liturgia de la Misa…

—Ah…

—De verdad, padre: usted sabe más que la tal Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos. Yo realmente lo admiro mucho. ¿Me firmaría un autógrafo?

—…Bueno, hijo…

—Pero tenga cuidado, padre.

—¿Y eso por qué, hijo?

—Es que de pronto pisa toda la humildad que se le cayó al piso…

 

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Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

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*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

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Ciclo A, XVII domingo de Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 2, 2011

El mejor negocio del mundo

Las palabras: «Te doy sabiduría e inteligencia como nadie la tuvo antes de ti ni la tendrá después» pueden parecer anecdóticas, porque ser inteligentes y sabios es algo poco valorado actualmente. Hoy, para muchos, lo que importa es tener dinero y poder para disfrutar de la vida presente: placeres, admiración, fama…

Por eso, resulta también pintoresca la historia de Salomón y la de otros muchos que llenan las páginas de las biografías de hombres célebres que, según el juicio del mundo, no supieron vivir.

Sin embargo, al revisar las vidas de quienes se llenaron de posesiones, placer, dinero, fama y aplausos, podemos encontrarnos con la sorpresa de que las estadísticas muestran que en ellos hubo —y hay— más tratamientos psicológicos y psiquiátricos, más búsqueda infructuosa de la verdad… y más suicidios.

Al leer hoy la carta de san Pablo a los Romanos podemos descubrir en ella algo que puede ayudar a tantos problemas psicológicos, algo que da la paz. En uno de sus apartes dice: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman». Esto quiere decir que el Creador nuestro ofrece a sus criaturas el verdadero bienestar, la auténtica felicidad.

Es indispensable que recordemos lo que pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí ya no habrá oportunidad para arrepentirse; ahora sí.

En el Evangelio, Dios mismo nos lo repite de una manera más clara: El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo; el hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo. También es como un comerciante que busca perlas finas; si llega a sus manos una de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra. Esta es, pues, la mejor inversión de la vida: vender todo el egoísmo, el afán desmesurado de placer, los apegos a las cosas y el deseo insano de alabanzas o de poder, y cambiarlos por bienestar eterno, por felicidad imperecedera, por Cielo.

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