Hacia la unión con Dios

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Los inevitables sufrimientos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

 

La aterradora realidad del sufrimiento humano —de la que nadie ha podido escapar los cien o doscientos mil años que el hombre lleva sobre la tierra— ha hecho que algunos pretendan lo imposible: vivir sin dolor. Anestésicos y analgésicos de todo tipo, por una parte; técnicas de control mental, faquirismo y budismo, por otra…; siempre buscando libarse del sufrimiento…

Pero han sido infructuosos los intentos: todo ser humano ha tenido que experimentar alguna vez el sufrimiento físico o biológico: los nervios sensitivos llevan la sensación de dolor al sistema nervioso central… ¿Quién no ha sentido frío, calor, sed, hambre, cansancio…?

El sufrimiento emocional también llega —tarde o temprano— a nuestras vidas: se sufre, por ejemplo, ante un fracaso, por el peso del trabajo y de la pobreza, por las vergüenzas, o por una desilusión, las «injusticias», la humillación, la deshonra, el desprestigio, el desconsuelo… Por eso, el estrés, la angustia, la ansiedad, la depresión y muchas enfermedades psicológicas más son muestras de esta realidad que tanto pulula en nuestros días.

En el ámbito afectivo también el ser humano se afecta: la ingratitud, el cariño no correspondido, la indiferencia de los seres queridos, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, el desprecio, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, la soledad…

Un cuarto tipo de sufrimiento es el moral, frecuentemente confundido con los anteriores: se sufre cuando se ve el mal, porque va en contra de la caridad, porque ofende a Dios… Por la misma razón nos duele también el mal que realizamos. ¡Y duele más cuanto más está el alma enamorada de Dios!

Pero el sufrimiento que más afecta es el espiritual: en la vida de intimidad con Dios, cuando el alma es «tocada» por Dios y queda prendada del amor de Dios, ya no hay nada que la atraiga más que la unión con el Amor de los amores… Y, como el alma vive esta vida terrenal, esa separación duele infinitamente, pues infinito es el bien del que se está perdiendo… Dolor que es incomparable a todos los demás, pero que es preciso experimentar para poder llegar limpios a esa unión con Dios, que llenará al alma de los gozos y deleites espirituales que apenas se presienten en la vida de oración, y de la que tanto han hablado los autores místicos. En esta etapa ya los placeres terrenales son despreciables…

Por eso Dios permite nuestro sufrimiento: para purificarnos de todos los apegos y apetitos a los que tendemos desordenadamente, y lleguemos a la meta donde se realizará nuestra auténtica realización personal:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos.

Además, cuando nuestros padres según la carne nos corregían, los respetábamos. ¿No deberíamos someternos con mayor razón al Padre de los espíritus para tener vida? Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-12)

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