Hacia la unión con Dios

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Cómo ejercer la caridad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2016

“Nosotros no fijamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas.” (2Co 4, 18)

Esta cita de la Palabra de Dios nos indica en qué quiere Él que nos concentremos, cuál quiere que sea nuestro interés principal en esta vida.

Además, cuando el Espíritu Santo inspiró a san Pablo a escribir esto, quiso resaltar para nosotros que, además de la Fe y la Caridad, la Esperanza es una de las 3 virtudes que distinguen al cristiano de los demás seres humanos, tal y como lo enseña la Iglesia Católica desde sus comienzos. Y quizá también lo haya hecho para resaltar esta virtud, previniendo así el error que sabía que iba a emerger en nuestros tiempos.

Efectivamente, hay hoy una gran cantidad de cristianos (católicos y protestantes) que han concentrado su atención casi solamente en el Amor, restándole importancia a las otras 2 virtudes teologales, especialmente a la Esperanza.

Y se concentran el Amor ejercido en el prójimo, pues hasta del amor a Dios se han olvidado casi por completo, dejándose impregnar por ese criterio equivocado que afirma que “Amar a Dios consiste únicamente en amar al prójimo”.

Recordemos que Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos. Los ama tanto que parece un loco de amor, como explica santa Catalina de Siena:

1) sabiendo que le iban a fallar, que lo iban a ofender gravemente, los creó,

2) quiso compartir su ser: se hizo uno de ellos para salvarlos,

3) padeció indeciblemente y se dejó matar para pagar sus pecados y para abrirles de nuevo las puertas del Cielo y

4) se quiso quedar con ellos mientras estuvieran en la tierra y se hizo su comida espiritual;

Pero a eso le podemos añadir que,

5) sabiendo que todavía le seguirían fallando, inventó una última tabla de salvación para ellos: el Sacramento de la Reconciliación.

Todas esas locuras de amor las hizo porque lo único que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el hombre— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

Se puede afirmar que quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano; y lo ama procurándole la eterna dicha.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Es en este contexto en que debe interpretarse esta frase de san Juan, apóstol y evangelista:

“Si alguno dice: ‘Amo a Diosʼ y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” (1Jn 4, 20)

Esto quiere decir que es mentiroso quien dice amar a Dios y no ama lo que Dios ama: al ser humano, a su hermano.

Están equivocados, pues, quienes interpretan esta frase afirmando que la única manera de amar a Dios es amar al prójimo, pues amar a Dios sobre todas las cosas consiste en adorarlo, honrarlo, bendecirlo y glorificarlo, dándole el culto que merece; obedecerlo, comportándonos de acuerdo con la dignidad que tenemos como hijos suyos; y vivir agradecidos con Él. Además, lo amamos trabajando por sus intereses: 1) reparando la honra y gloria del Padre, manchadas por las muchas ofensas que recibe, 2) ayudando a Jesús a salvar el mayor número de personas posibles y 3) cooperando con el Espíritu Santo en la santificación de todos los bautizados.

Otra deducción lógica es que amar al prójimo consiste en procurarle la felicidad eterna; no una “felicidad” pasajera que, como vimos, no es felicidad. Pero esto parecen olvidarlo quienes solamente procuran su bienestar pasajero: olvidándose casi por completo de llevarlos a la bienaventuranza eterna, dirigen todos sus esfuerzos para propiciarles bienestar pasajero: alimentación, vestido, vivienda, educación, salud, trabajo digno, etc., objetivos todos que debemos procurar —según nuestras capacidades—  si somos cristianos auténticos y amamos verdaderamente a nuestros hermanos, pero que no son la principal finalidad: ¿De qué serviría conseguirles todo el bienestar posible aquí en la tierra y, acabar con las injusticias y las desigualdades que los oprimen, si no logramos que lleguen al Cielo? ¿Habrá alguien tan tonto que prefiera 40, 50 ó 70 años de bienestar, justicia y oportunidades equitativas, sabiendo que todo eso acabará un día, y no prefiera la eterna y creciente dicha para la que fue creado? Claro: lo ideal sería conseguir ambas cosas, pero debemos tener claras las prioridades.

“Porque la apariencia de este mundo pasa.” (1Co 7, 31)

La Biblia nos enseña, en el salmo 38, que “la vida del hombre sobre la tierra es un soplo”; dos versículos después dice, casi con cinismo: “Y el hombre se afana por un soplo.

Asimismo, el apóstol Santiago afirma: “Ustedes son vapor que aparece un momento y después desaparece.” (St 4, 15).

Efectivamente, este mundo es una apariencia; y, por eso, debemos vivir de una manera diferente a los que no creen:

“Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen.” (1Co 7, 29-30)

Porque sabemos que todo esto pasará. Es por eso que san Pablo —inspirado por el Espíritu Santo— nos dejó estos criterios:

“Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra.” (Col 3, 2)

“Buscad las cosas de arriba.” (Col 3,1b)

Es que somos ciudadanos del Cielo:

“Muchos […] no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo.” (Flp 3, 18-20)

Ciudadanos del Cielo que viven, por ahora, desterrados:

“Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

“Conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

Somos extranjeros y forasteros:

“Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de los deseos carnales que combaten contra el alma.” (1pe 2, 11)

Desterrados, extranjeros y forasteros, vivimos absolutamente seguros de que, por su infinito Amor, Dios nos cuida, está pendiente de nuestras necesidades:

“No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño, ¿por qué preocuparos de lo demás? Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura.” (Lc 12, 22-31)

Esos gentiles del mundo son los no-cristianos, los que son del mundo. Nosotros, como se lo dijo Jesús al Padre, vivimos en el mundo, pero no pertenecemos al mundo:

“Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo.” (Jn 17, 16)

Y, como ya sabe nuestro Padre que necesidades tenemos, nos concentramos en buscar más bien su Reino, absolutamente seguros de que Él nos dará por añadidura lo que precisemos.

Mientras los gentiles se afanan por sus necesidades materiales y temporales, nosotros, después de procurar la salvación de nuestros prójimos —su necesidad primordial—, los ayudamos con las necesidades materiales y temporales cuanto podamos, pero lo hacemos no como la finalidad de nuestra vida cristiana, sino como una consecuencia del amor.

De otro modo, correríamos el riesgo de nuestros corazones se apegaran a las preocupaciones temporales, como bien lo explica la Palabra de Dios:

“Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones […] por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros.” (Lc 21, 34)

Que no nos pase lo de la fábula: que por estar buscando encorvados otra moneda de oro, quedemos encorvados para siempre, sin poder ver la luz del sol…, de Dios.

Por el amor que nos tiene, Dios nos advierte constantemente sobre este peligro, con una insistencia empecinada:

“Las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto.” (Mc 4, 19)

“Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.” (Mt 6, 24)

Es que Él sabe que caemos fácilmente:

“Quien siembra en su carne cosechará corrupción de la carne; quien siembra en el espíritu cosechará vida eterna del espíritu.” (Ga 6, 8)

“Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios: ni la corrupción hereda la incorrupción.” (1Co 15, 50)

Es que las preocupaciones exageradas por las cosas materiales —aunque se hagan por  caridad—, nos pueden hacer descuidar lo único necesario. Eso les pasó a los primeros cristianos:

Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: «No parece bien que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo. (Hch 6, 1-3)

¡Los Apóstoles prefirieron nombrar a los primeros diáconos, para que se dedicaran a servir en las cosas temporales (la comida, que preserva la vida), antes de correr el riesgo de descuidar la Predicación, que lleva a la Vida (con mayúscula) eterna!

Cuando caemos en las preocupaciones y en las ocupaciones por lo temporal, debemos recordar lo que Jesús le dijo a la hermana de Lázaro y de María:

“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; una sola es necesaria.” (Lc 10, 41)

Fijémonos cuánto nos podemos equivocar: a pesar de que Jesús ya les había insistido muchas veces sobre la importancia de buscar sólo lo eterno —el Reino de Dios—, pues las necesidades temporales se nos darían por añadidura, los discípulos seguían entendiendo las palabras espirituales de Jesús como si fueran palabras sobre cosas temporales:

“Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes. Jesús les dijo: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.» Ellos hablaban entre sí diciendo: «Es que no hemos traído panes.» Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: «Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres, y cuántos canastos recogisteis ¿Ni de los siete panes de los cuatro mil, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos.» Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.” (Mt 16, 5-12)

No sigamos siendo discípulos sordos para lo espiritual: Amemos a Dios sobre todas las cosas y, por amor a Él, amemos a nuestros prójimos, ayudándolos primero a conseguir lo único necesario: su salvación, la dicha eterna, que es el acto de caridad más grande que podemos hacerles. Y, en segundo lugar, ayudémoslos también en lo temporal, en lo pasajero, en lo efímero, en lo fugaz: en lo que es añadidura.

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A todas las mujeres*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 24, 2015

POR FAVOR Y POR AMOR, TENGA DISTANCIA CON EL SACERDOTE.

Señorita, señora:
Cuando usted, en un arranque de emotividad, siente el impulso de lanzarse al cuello del cura párroco y cogerlo a besos, o siente ganas de expresarle su amor y gratitud, por favor, piénselo bien, evite la abrazadera, evite la tocadera; eso, definitivamente, no es sano ni conveniente.

No es tan solo porque hay que guardar la distancia, compostura y las apariencias, sino porque usted está ante un ministro del Señor, y con su actitud puede convertirse en una tentación y la cáscara en el camino del presbítero.

Un sacerdote merece reverencia y respeto, por amor; también un poco de distancia.

Tanto usted como él son humanos, y pueden hacerse daño con éstas y otras emotivas manifestaciones afectivas.

La distancia entre el sacerdote y el laico (en este caso, la laica), así el sea su confesor o usted sea su hija espiritual, es necesaria.
Por otra parte, ni el padre deja de ser hombre ni usted mujer, así el interés primero sea tan sólo el de acercar el alma hacia Dios.

No lo llame por su apodo, tampoco le diga Carlitos a secas, él para usted, como para cualquier otro se llama el padre Carlos, padre Juan o padre Andrés.
No viva llamándolo como si fuera su amigo íntimo, no lo acose, déjelo crecer en su unidad con Dios, y no divida su corazón.

Queremos sacerdotes santos, pero también nosotros tenemos que actuar con santidad ante ellos.
Queremos sacerdotes célibes, ¿cierto?
Entonces, no los tentemos ni les hagamos daño con esas actitudes que van quebrantando su voluntad y poniendo en riesgo su vida consagrada.

Por último, por favor, ¡use ropa decente!
No es necesario que se arregle y se maquille así para la Santa Misa, no es necesario el uso de esos escotes pronunciados, ni ese colorete rojo encendido.

No ande sonriéndole al padre, mientras él da el sermón, ni le demuestre a las demás feligresas que usted ocupa un lugar de predilección en su corazón.

Un cura, para ser amigo de nuestra alma, tendrá que guardar un poco de distancia con nosotros, así lo queramos con todo el corazón y el nos aprecie de la misma manera.

¡A cuidar a nuestros sacerdotes!
No son tan solo las hienas de los medios de comunicación las que los despellejan; a veces, sin querer, son sus mismos feligreses.

Dios las bendiga.
Felipe Gómez

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UN PACTO*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 14, 2012

Yo pedí a mi sierva santa Margarita: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas, que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”. También contigo desearía hacer este pacto. Yo, que, como Señor absoluto podría acercarme exigiendo sin ningunas condiciones, quiero pactar con mis criaturas. Ya ves a cuánto me abajo. Y tú ¿no quieres pactar conmigo? No tengas miedo que hayas de salir perdiendo; Yo, en los tratos con mis criaturas, soy tan condescendiente y benigno, que cualquiera pensaría que me engañan. Además, es un convenio que no te obligará, ni bajo pecado mortal, ni bajo pecado venial; Yo no quiero compro­misos que te ahoguen; quiero amor, genero­sidad, paz: no zozobras ni apreturas de conciencia.

Ya ves que el pacto tiene dos partes: una que me obliga a Mí y otra que te obliga a ti. A Mí, cuidar de ti y de tus intereses; a ti, cuidar de Mí y de los míos. ¿Verdad que es un convenio muy dulce?

 

PRIMERA PARTE

Principiaremos por la parte mía: “Yo cuidaré de ti y de tus cosas”. Para eso es necesario que todas, a saber: alma, cuerpo, vida, salud, familia, asuntos, en una palabra, todo, lo remitas plenamente a la disposición de mi suave Providencia y que me dejes obrar. Yo quiero arreglarlas a mi gusto y tener las manos libres. Por eso deseo que me des todas las llaves; que me concedas licencia para entrar y salir cuando Yo quiera, que no andes vigilándome para ver y examinar lo que hago; que no me pidas cuentas de ningún paso que dé, aunque no veas la razón y aunque parezca a primera vista que va a ceder en tu daño; pues, aunque tengas muchas veces que ir a ciegas, te consolará el saber que te hallas en buenas manos. Y cuando ofreces tus cosas, no ha de ser con el fin precisamente de que Yo te las arregle a tu gusto; porque eso ya es ponerme condiciones y proceder con miras interesadas, sino para que las arregle según me parezca a Mí; para que proceda en todo como dueño y como rey con entera libertad, aunque prevea alguna vez que mi determi­nación te haya de ser dolorosa. Tú no ves sino el presente; Yo veo lo porvenir. Tú miras con el microscopio; Yo miro con telescopio de inconmensurable alcance; y soluciones que de momento parecerían felicísimas son a veces desastrosas para lo que ha de llegar; fuera de que en ocasiones, para probar tu fe y confianza en Mí y hacerte merecer gloria, permitiré de momento con intención deliberada el tras­torno de tus planes.

Mas con esto no quiero que te abandones a una especie de fatalismo quietista y descui­des tus asuntos interiores o exteriores. Debes seguir como ley aquel consejo que os dejé en el Evangelio: “Cuando hubiereis hecho cuan­to se os había mandado, decid: Siervos inútiles somos”. Debes en cualquier asunto tomar todas las diligencias que puedas, como si el éxito dependiera de ti solo, y después decirme con humilde confianza: “Corazón de Jesús, hice según mi flaqueza cuanto buenamente pude; lo demás ya es cosa tuya; el resultado lo dejo a tu Providencia”. Y después de dicho esto procura desechar toda inquietud y quedarte con el reposo de un lago en una tranquila tarde de otoño.

LO QUE SE DEBE OFRECER

Como dije, debes ofrecerme todo, sin excluir absolutamente nada, pues sólo me excluyen algo las personas que se fían poco de Mí.

El Alma

Ponla en mis manos; tu salvación eterna, grado de gloria en el cielo, pro­gresos en la virtud, defectos, pasiones mise­rias: todo. Hay algunas personas que siempre andan henchidas de temores, angustias, desa­lientos por las cosas del espíritu. Si esto es, hijo mío, porque pecas gravemen­te, está muy justificado. Es un estado tristí­simo el del pecado mortal, que a todo trance debes abandonar en seguida, ya que te hace enemigo formal mío. Esfuérzate, acude a Mí con instancia, que Yo te ayudaré mucho y sobre todo confiésate con frecuen­cia: cada semana, si puedes, que este es un excelente remedio. Caídas graves no son obstáculo para consagrarte a Mí, con tal que haya sincero deseo de enmienda: la consa­gración será un magnífico medio para salir de ese estado.

Hay otra clase de personas que no pecan mortalmente, y sin embargo siempre están interiormente de luto, porque creen que no progresan en la vida espiritual. Esto no me satisface. Debes también aquí hacer cuanto buenamente puedas según la flaqueza humana, y lo demás abandonármelo a Mí. El Cielo es un jardín completísimo, y así debe contener toda variedad de plantas; no todo ha de ser cipreses, azucenas y claveles; también ha de haber tomillos; ofrécete a ocupar ese lugar. Todas estas amarguras en personas que no pecan grave­mente, nacen porque buscan más su gloria que la mía. La virtud, la perfección tiene dos aspectos: el de ser bien tuyo y el de ser bien mío; tú debes procurarla con empeño, mas con paz, por ser bien mío, pues lo tuyo en cuanto tuyo, ya quedamos en que debes remitirlo a mi cuidado. Además debes tener en cuenta que, si te entregas a Mí, la obra de tu perfección, más bien que tú, la haré Yo.

 

El cuerpo

También Yo quiero encargarme de tu salud y de tu vida, y por eso tienes que ponerlas en mis manos. Yo sé lo que te conviene; tú no lo sabes. Toma los medios que buenamente se puedan para conservar o recuperar la salud, y lo demás remítelo a mi cuidado, desechando aprehensiones, imaginaciones, miedos, persuadido de que no de medicinas ni de médicos sino prin­cipalmente de Mí vendrán la enfermedad y el remedio.

 

Familia

Padres, cónyuges, hijos, hermanos, pa­rientes. Hay personas que no hallan difi­cultad en ofrecérseme a sí mismos, pero a veces se resisten a poner resueltamente en mis manos algún miembro especial de su familia a quien mucho aman. No parece sino que voy a matar in continenti todo cuanto a mi bondad se confíe. ¡Qué concepto tan pobre tienen de Mí! A veces dicen que en sí no tienen dificultad en sufrir, pero que no quisieran ver sufrir a esa persona; creen que consagrarse a Mí y comenzar a sufrir todos cuantos les rodean, son cosas inseparables. ¿De dónde habrán sacado esa idea? Lo que sí hace la consagración sincera es suavizar mucho las cruces que todos tenéis que llevar en este mundo.

 

Bienes de fortuna

Fincas, negocios, carrera, oficio, empleo, casa, etc. Yo no exijo que las almas que me aman abandonen estas cosas, a no ser que las llame al estado religioso. Todo lo contrario: deben cuidar de ellas, ya que constituyen una parte de las obligaciones de su estado. Lo que pido es que las pongan en mis manos, que hagan lo que buenamente puedan a fin de que tengan feliz éxito, pero el resultado me lo reserven a Mí sin angustia, ni zozobras, ni desesperaciones.

 

Bienes espirituales

Ya sabes que todas las acciones virtuosas que ejecutas en estado de gracia, y los sufragios que después de tu muerte se ofrezcan por tu descanso, tienen una parte a la cual puedes renunciar a favor de otras personas, ya vivas, ya difuntas. Pues bien, hijo mío: desearía que de esa parte me hicieras donación plena, a fin de que Yo la distribuya entre las personas que me pareciere bien. Yo sé mejor que tú en quiénes precisa establecer mi reinado, a quiénes hace más falta, en dónde surtirá mejor efecto, y así podré repartirla con más provecho que tú. Pero esta donación no es óbice para que ciertos sufragios que o la obediencia, o la caridad, o la piedad piden en algunas ocasiones, puedas ofrecerlos tú.

Todo, pues, has de entregármelo con entera confianza, para que Yo lo administre como me parezca bien; y aunque no debes hacerlo con miras interesadas, ya verás cómo, a pesar de que en ocasiones sueltas pondré a prueba tu confianza haciendo que salgan mal, sin embargo, en conjunto tus asuntos han de caminar mejor; tanto mejor cuanto fuere el interés con que tú tomes los míos. Cuanto más pienses tú en Mí, más pensaré Yo en ti; cuanto más te preocupes de mi gloria, más me preo­cuparé de la tuya; cuanto más trabajes por mis asuntos, más trabajaré por los tuyos. Tienes que procurar, hijo mío, ser más desinteresado. Hay algunas personas que sólo piensan en sí; su mundo espiritual es un sistema planetario en el cual ellos ocupan el centro, y todo lo demás, incluso mis intereses —al menos en la práctica—, son especie de planetas que giran alrededor; este egocentrismo interior es mal sistema astronómico.

No quiere decir lo dicho que no se pueda pedir al Sagrado Corazón por nues­tros intereses, pero se ha de hacer así:

a) O pidiendo simplemente por tal o cual necesidad propia o ajena sin ofrecer ninguna obra buena por eso, y diciéndole al Corazón Divino que sólo queremos que nos oiga si es para el aumento de su reinado; pero que si lo que suplicamos es indiferente a su gloria solamente deseamos que haga su voluntad. La razón de esto es que el alma verdaderamente consagrada sólo anhela el reinado del Sagrado Corazón, según el com­promiso. Y no se vaya a pensar que por abandonarse a Él van a dejar de importarnos esas necesidades, sino que por interesarnos mucho las dejamos en las mejores manos, confiando siempre en que Él nos dará lo que más nos convenga, aunque aparentemente a veces sea al contrario, pues Él no puede querer sino nuestro bien. Además, la con­fianza es lo que más lo compromete en nuestro favor. En resumen: busquemos su reinado en todo, y sólo su reinado, y con­fiemos en que Él nos proporcionará lo mejor.

b) La otra manera de lograr un favor del cielo es ofreciendo por ello el mérito de una obra buena hecha en gracia (Santa Misa, comunión, etc.); pero, como quien se consagra ofrece ese mérito al Corazón de Jesús, solo por caridad, cortesía u obligación —como ya se dijo— podemos disponer de él, pidiendo por una necesidad, en esa for­ma; y en tal caso decirle al Sagrado Corazón que si no es de su agrado, haga y disponga como le parezca mejor.

No es contra el espíritu de esta primera parte de la consagración el pedir al Sagrado Corazón que nos purifique más y más de nuestras culpas, para que reinando mejor en nosotros podamos trabajar más eficaz­mente por su reinado en los demás; que nos llene de todas las virtudes; que lleve pronto al Cielo tal o cual alma del Purgatorio etc., pero sin ofrecer ninguna obra por esas intenciones, contentándonos con encomendarlas, llenos de confianza en la voluntad del Divino Corazón.

 

SEGUNDA PARTE

Hijo mío, hemos llegado con esto a la segunda parte de la consagración: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas”. Esta es la parte para ti más importante, porque en rigor es la propiamente tuya. La anterior era la mía; si en ella te pedí aquella entrega de todo, era con el fin de tener las manos libres para cumplir la parte del convenio que me toca; mas la tuya, en la que debes poner toda la decisión de tu alma, la que ha de formar el termómetro que marque los grados de tu amor para conmigo, es la presente: cuidar de mis santos intereses.

¿Sabes cuáles son mis intereses? Yo, hijo mío, no tengo otros que las almas: éstas son mis intereses y mis joyas y mi amor; quiero, como decía a mi sierva Mar­garita, “establecer el imperio de mi Amor” en todos los corazones. No ha llegado todavía mi reinado; hay de él cierta extensión externa en las naciones católicas, pero ese reinado hondo, por el cual el amor para conmigo sea el que, no de nombre sino de hecho, mande, gobierne e impere establemente en el alma; ese reinado ¡qué poco extendido está aún en los pueblos cristianos! Y no es que el terreno falte; son numerosas las almas preparadas para ello, y cada día serán más; lo que faltan son apóstoles; dame un corazón tocado con este divino imán, y verás qué pronta­mente quedan imantados otros.

 

Maneras de apostolado

¡Qué fácil es ser apóstol! No hay edad, ni sexo, ni estado, ni condición que puedan decirse ineptos. ¡Son tantos los medios de trabajar! Míralos:

 

1º La oración. O sea, pedir al Cielo mi reino continuamente; pedirlo a mi Padre, pedírmelo a Mí, a mi Madre, a mis santos. Pedirlo en la Iglesia, en la calle, en medio de tus ocupaciones diarias. “¡Que reines, Corazón Divino!”. Esta ha de ser la excla­mación que en todo el día no se caiga de tus labios; repítela diez, veinte, cincuenta, cien, doscientas veces por día, hasta que se te haga habitual; busca mañas e indus­trias para acordarte. ¿Quién no puede ser apóstol? ¡Y qué buen apostolado éste de oración por instantáneas! Dame una mu­chedumbre de almas lanzando de continuo estas saetas, y dime si no harán mella en el Cielo; son moléculas de vapor que se elevan, forman nubes y se deshacen después en lluvia fecunda sobre el mundo.

 

2º El sacrificio. Primero pasivo o de aceptación. ¡Cuántas molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores a veces pequeños, a veces grandes, suelen sobrevenirnos a todos, como me sobrevinieron a Mí, a mi Madre y a mis santos! Pues bien, todo eso llevado en silencio, con paciencia y aun con alegría si puedes; todo eso ofrecido porque reine, ¡qué apostolado tan rico! Hijo mío, la Cruz es lo que más vale, porque es lo que más cuesta. ¡Cuántas cruces se estropean tristemente entre los hombres!

¡Y son joyas tan preciosas! En segundo lugar, el sacrificio activo, o de mortificación. Procura habituarte al vencimiento frecuente en cosas pequeñas, práctica tan excelente en la vida espiritual. Vas por la calle y te asalta el deseo de mirar tal objeto, no lo mires; tendrías gusto en probar tal golosina, no la pruebes; te han inculpado una cosa que no has hecho, y no se sigue gran perjuicio de callarte, cállate; y así en casos parecidos, y todo porque Yo reine.

Y si tu generosidad lo pide, puedes pasar a penitencias mayores. Ya ves ¡qué campo de apostolado se presenta ante tus ojos! Y éste ¡sí que es eficaz!

 

3º Ocupaciones diarias. Algunas personas dicen que no pueden trabajar por el reinado del Corazón de Jesús por estar muy ocupa­das; como si los deberes de su estado, las obligaciones de su oficio y sus quehaceres diarios, hechos con cuidado y esmero, no pudieran convertirse en trabajos apostólicos. Sí, hijo mío; todo depende de la intención con que se hagan. Una misma madera puede ser trozo de leña que se arroje en una hornilla o devotísima imagen que se ponga en un altar. Mientras te ocupas en eso, procura muchas veces levantar a Mí tus ojos y como saborearte en hacerlo todo bien, para que todas tus obras sean mone­das preciosísimas que caigan en la alcancía que guardo para la obra de mi reinado en el mundo. Debes también esforzarte, aunque con paz, por ser cada día más santo, porque cuanto más lo seas, tendrá mayor eficacia lo que hicieres por mi gloria.

 

4º La Propaganda. A veces podrías prestar tu apoyo a alguna empresa de mi Corazón Divino; recomendar tal o cual práctica a las personas que están a tu alrededor, ganarlas, si puede ser, a fin de que se entreguen a Mí como te entregaste tú. Y si tienes dificultad en hablar, una hoja o un folleto no la tienen; dalo o recomiéndalo; colócalo otras veces en un sobre, y envíalo de misión a cualquier punto del globo.

¡Cuántas almas me han ganado donde menos se pensaba estos misioneros errabundos!

¡Ya ves que sí existen maneras de trabajar por mi reino! Si no luchas, no será por falta de armas. No hay momento en todo el día en que no puedas manejar alguna de ellas. Debes imitar al girasol o al helio tropo, que miran sin cesar al astro–rey. Es muy fácil ser mi apóstol. Y ¡qué cosa tan hermosa! ¡Una vida de continuo iluminada por este ideal esplendoroso! ¡Todas las obras del día convertidas en oro de caridad! A la hora de la muerte ¡qué dulce será, hijo mío, echar una mirada hacia atrás y ver cinco, diez, veinte o más años de trescientos sesenta y cinco días cada uno, pasados todos los días así!

 

5º La reparación. ¿Quieres amarme de veras? Dos cosas hace el amor: procurar a quien se ama todo el bien de que carezca y librarlo del mal que sobre él pesare. Con el apostolado me procuras el bien, me das las almas; con la reparación me libras del mal, lavas mi divino honor de las manchas que le infieren los pecados. Sí, hijo mío, puede una injuria borrarse dando una satisfacción. Y ¡cuántas podrías tú darme no sólo por tus pecados sino por los in­finitos que cada día se cometen! Yo no quiero agobiarte con mil prácticas; las mismas oraciones, sacrificios, acciones de cada día, y propaganda entusiasta, que sirven de apostolado, sirven de reparación, si se hacen con esta intención. “¡Que reines!”, “Perdónanos nuestras deudas”, “¡Porque reines!”, “En reparación por lo que te ofendemos, Señor”, han de ser jaculatorias que siempre estén en tus labios. Dos oficios principales tuve en mi vida terrestre: el de Apóstol que funda el reino de Dios, y el de Sacerdote y Victima que expía los pecados de los hombres. Quiero que los mismos tengas tú. Con la devoción a mi Corazón Divino, pretendo hacer de cada hombre una copia exacta mía, un pequeño redentor. ¡Qué sublime y qué hermoso para ti!

 

CONCLUSIÓN

¡Animo, pues; lánzate! Si mil personas lo han hecho y eran de carne y hueso como tú. Escoge un día de fiesta, el primero que llegue; te vas preparando mientras tanto con lectura reposada de todas estas ideas; llegado el día escogido, te confiesas y comul­gas con fervor, y cuando dentro de tu pecho me tuvieres es la mejor ocasión de hacer tu consagración. Para facilitarte el trabajo, y porque es muy necesario que la consagración sea completa, ya que ha de constituir todo un programa de vida, tienes abajo un esbozo con todas las ideas nece­sarias. Pero repito, hijo mío, que no te asustes; no te obliga nada de eso ni a pecado venial; quiero anchura de corazón, generosi­dad y amor; sólo pido que te resuelvas a hacer por cumplirla lo que puedas buena­mente. ¿Quién no puede hacer lo que buenamente pueda?

Después no te olvides de volverla a renovar cada día en la Iglesia o en tu casa, porque el hacerla a diario es punto muy importante; si no la renuevas cada día, pronto la abandonaras; si la renuevas acaba­rás por cumplirla. Así lo hagas, hijo mío. Si con decisión abrazas este santo camino, ¡qué brisa primaveral, qué torrente de san­gre joven y vigorizante advertirás en tu alma!

Y ahora, hijo mío, dos consejos, para terminar. Uno es que procures no olvidarme en el Sagrario. Me agrada el culto a mi imagen, pero más vale mi Persona que mi imagen. La Eucaristía es mi Sacramento, porque es el del Amor. Yo quisiera que me recibieses con alguna más frecuencia y quisiera también verte alguna vez entre día; ¡no sabes lo que agradezco estas visi­tas de amigo! El otro consejo es que pro­cures, si es posible, sacar un ratito al día, para leer y meditar cosas de mi Corazón; de este modo poco a poco irás abriendo la concha, en que se guarda la perla de esta devoción divina.

CONSAGRACIÓN

 

¡Sacratísima Reina de los Cielos y Madre mía amabilísima! Yo, N. N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin em­bargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero conociendo bien mi indignidad e inconstan­cia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuida­dos el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

 

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y amor: gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de “cuidar Tú de mí y yo de Ti”, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo: todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mí ofrecieren otros en vida o después de muerto; por si de algo pue­de servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

Quiero, en cambio, Corazón amabi­lísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más: bien, quisiera hacer mucho, para que reines en el mundo; quiero, con oración larga o ja­culatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis pequeños vencimientos, y en fin, con la propaganda, no estar, a ser posible, un momento sin ha­cer algo por ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado y tu gloria, hasta mi postrer aliento, que ¡ojala! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervientísimo. Amén.

 

 

 

NIHIL OBSTAT. José Restrepo, Pbro.

IMPRIMATUR. Ernestus Solano, Pbro. Vic. Gen.

Bogotae, 1 junii, 1962. Reg. L. Resp., Fol. 68, No. 982.

 

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La vida interior*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 25, 2012

Desde el momento que el hombre cesa de ocuparse exteriormente, de conversar con sus semejantes; desde el instante que se encuentra solo, aun entre el bullicio de las calles de una gran ciudad, inmediatamente comienza a entretenerse con sus pensamientos. Si es un joven, piensa con frecuencia en su porvenir; si es un anciano, piensa en el pasado; y sus expe­riencias, felices o desgraciadas, hacen que juzgue de muy distinta manera a sus semejantes y a las cosas.

Si ese hombre es fundamentalmente egoísta, su con­versación íntima deriva a la sensualidad o al orgullo; piensa en el objeto de sus concupiscencias y de su envidia; y como de este modo no halla en sí sino tristeza y muerte, después bus­ca huir de sí mismo, exteriorizarse y divertirse para olvidar el vacío y la nada de su vida.

De esta conversación del egoísta consigo mismo nace un conocimiento muy bajo de sí y un amor no menos bajo hacia sí mismo.

Se ocupa ese tal de la parte sensitiva de su alma, de lo que es común al hombre y al animal; tiene goces sensibles, triste­zas sensibles, según que haga bueno o mal tiempo, según que gane o pierda en los negocios; se ve envuelto en deseos y aversiones de la misma naturaleza y, cuando se lo contraría, se exalta en cólera e impaciencia, inspiradas únicamente por el amor desordenado de sí mismo.

Pero conoce muy poco la porción espiritual de su alma, aquella que es común al ángel y al hombre. Aun cuando crea en la espiritualidad del alma y de las facultades supe­riores, inteligencia y voluntad, está muy lejos de vivir en este orden espiritual. No tiene, por decirlo así, conocimiento experimental de esta parte superior de sí mismo y tampoco la estima en lo debido. Si por ventura la conociera, encon­traría en ella la imagen de Dios, y comenzaría a amarse, no de una manera egoísta, en razón de sí mismo, sino por Dios.

Casi constantemente, sus pensamientos recaen sobre lo que en sí tiene de inferior; y aunque a veces dé pruebas de inte­ligente y hábil sagacidad y astucia, su inteligencia, en lugar de elevarse, se rebaja siempre a lo que es inferior a ella. Fue creada para contemplar a Dios, verdad suprema, y se deja envolver en el error, obstinándose a veces en defenderlo con gran ahínco. Cuando la vida no está a la altura del pensa­miento, el pensamiento desciende hasta el nivel de la vida, ha dicho alguien. Y así todo decae, y las más altas convic­ciones se apagan hasta extinguirse.

La conversación íntima del egoísta consigo mismo conduce así a la muerte y no es vida interior. Su amor propio lo lleva a pretender hacerse el centro de todo, a reducir todo a sí mismo, tanto las personas como las cosas; y como esto es imposible, pron­to cae en el desencanto y el disgusto; se hace insoportable a sí mismo y a los demás, y termina aborreciéndose, por haber que­rido amarse sin medida. A veces acaba aborreciendo la vida por haber anhelado por lo que la vida tiene de inferior.

Si, aun no estando en estado de gracia, comienza el hom­bre a buscar el bien, su conversación consigo mismo es ya totalmente diferente. Piensa, por ejemplo, qué cosas son necesarias para vivir honestamente y hacer vivir así a los suyos. Siente por esto graves preocupaciones, comprende su debilidad y la necesidad de poner su confianza, no en sí mismo, sino en Dios.

Este hombre, todavía en pecado mortal, puede conservar la fe cristiana y la esperanza, que subsisten en nosotros aun después de perder la caridad, mientras nuestro pecado no haya sido de incredulidad, presunción o desesperación.

La conversación íntima que este hombre sos­tiene consigo mismo es a veces esclarecida por la luz sobre­natural de la fe; medita algunas veces en la vida eterna y as­pira a ella, aunque con débil deseo. Y es a veces empujado por una inspiración especial a entrar en una iglesia para orar.

Si el hombre tiene al menos arrepentimiento de sus pecados y recibe la absolución, vuelve al estado de gracia y a la caridad, al amor de Dios y del prójimo.

Muy pronto, en la soledad de sus pensamientos, su conversación consigo mismo cambia; comienza a amarse santamente, no por sí mismo sino por Dios, y lo mismo a los suyos, y a comprender que debe perdonar a sus enemigos y aun amarlos y desearles la vida eterna como la desea para sí.

Sin embar­go, acaece muchas veces que esa conversación íntima del hombre en estado de gracia persiste en su egoísmo, en el amor propio, en la sensualidad y en el orgullo. Estas faltas no son mortales en él, sino veniales; pero si son reiteradas lo inclinan a caer en el pecado mortal, es decir a volver a la muerte espiritual. En tal caso, comienza el hombre nueva­mente a huir de sí mismo, porque encuentra en sí, no la vida, sino la muerte; y en lugar de hacer seria reflexión so­bre esta desgracia, sucede a veces que se adentra más y más en la muerte, entregándose a los placeres, a la sensualidad y al orgullo.

Eso no obstante, en los momentos de soledad, la conversa­ción íntima vuelve a reanudarse, como prueba de que no puede ser interrumpida. Querría acabar con ella, pero no le es dado conseguirlo. Es que en el fondo de su alma per­siste un afán irresistible, al cual es preciso dar satisfacción. Pero ese afán y ese deseo sólo Dios puede llenarlos, y le será preciso entrar de lleno en el camino que conduce a él. Tiene el alma necesidad de conversar con alguien que no sea ella. ¿Por qué? Porque ella no es su propio fin último. Porque su fin no es otro que Dios vivo y sólo en él puede encontrar su descanso. Como dice San Agustín: “Nuestro corazón está, Señor, inquieto, mien­tras no descanse en ti” (Esta es la prueba de la existencia de Dios por el deseo natural de la felicidad; felicidad verdadera y perdurable, que sólo puede encontrarse en el Soberano Bien, siquiera imperfectamente conocido y amado sobre todas las cosas, más que nosotros mismos).

Cuando ya la vida interior pasa a ser cada vez más una conver­sación con Dios, el hombre se des­prende poco a poco del egoísmo, del amor propio, de la sensualidad, del orgullo; y, por la frecuente oración, pide al Señor las gracias siempre renovadas de que se ve necesitado.

De esta suerte, comienza el hombre a conocer experimentalmente no ya sólo la parte inferior de sí mismo, sino la porción más elevada.

Sobre todo comienza a conocer a Dios de una manera vital; a tener experiencia de las cosas de Dios.

Poco a poco el pensamiento del propio yo, hacia el cual hacemos convergir todas las cosas, cede el lugar al pen­samiento habitual de Dios.

Y del mismo modo el amor egoís­ta de nosotros mismos y de lo que hay en nosotros menos noble, se transforma progresivamente en amor a Dios y a las personas en Dios.

La conversación interior cambia, tanto que San Pablo pudo decir: “Nuestra conversación es ya en el Cielo, nuestra verdadera patria” (Flp 3, 20).

Reginald Garrigou–­Lagrnage, Las tres edades de la vida interior

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Las experiencias místicas

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 4, 2012

Éxtasis, arrobamientos, levitación, contemplación infusa, unión mística, desposorio y matrimonio espiritual… Todas estas cosas nos inquietan cuando oímos o leemos las vidas de algunos santos: ¿Es esto para todos o para unos pocos privilegiados?

Y cuando los místicos nos dicen que ese es el camino ordinario de la vida espiritual, nos preguntamos: ¿Por qué no “sentimos” las experiencias místicas de los santos? ¿Cómo podremos recorrer los caminos de la contemplación? ¿Será verdad que esas vivencias superan todo lo que hemos vivido o podemos llegar a imaginar y que dan los momentos más felices a los que puede aspirar el ser humano?…

Pero, ¿cómo llegar a experimentar esa vida mística?

Para poder entender esto bien, es necesario saber que el ser humano se maneja en tres planos: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Usamos los sentidos para conocer lo que nos rodea. A través de ellos nos comunicamos con el mundo exterior. Digámoslo al modo de santa Teresa Benedicta de la Cruz: nuestra alma sale a través de los sentidos y se informa de lo que ocurre en el exterior; al regresar, con esa información, deducimos, tomamos decisiones y experimentamos las vivencias que se desprenden de nuestras relaciones con las cosas y con los otros seres.

En el cuerpo están los sentidos inferiores, que son el placer y el dolor y, además, la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto.

En el alma encontramos los sentidos superiores que son: el entendimiento, la memoria y la voluntad (las potencias del alma), las emociones, los afectos, los sentimientos, las sensaciones, la fantasía, la imaginación y las pasiones.

Pero, tanto los sentidos inferiores como los superiores, son incapaces de llegar a Dios, puesto que Dios está muy por encima de las capacidades humanas: la infinitud de Dios es inalcanzable desde la finitud del ser humano.

Por eso, es indispensable que se actúe en el espíritu: con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y para poder estar exclusivamente en este plano espiritual, sin mezcla alguna de los planos del cuerpo y del alma, es necesario eliminar nuestras ordinarias formas de conocer, es decir, eliminar el modo natural de entender: los sentidos.

Esta eliminación se lleva a cabo en la llamada noche oscura del sentido, en la cual todos los sentidos (inferiores y superiores) son purgados, para que el ser humano pase al estado espiritual.

Si bien esta purgación es dolorosa, a la vez es hermosísima y fructífera: así se llega a la Fe pura, la Esperanza cierta (segura) y la Caridad perfecta, con las que el hombre ya quedará dispuesto para la experiencia mística.

La Fe pura es aquella en la solamente participa el espíritu (no participa el alma ni el cuerpo). Hay Fe pura sólo cuando no se sienten emociones, afectos, sentimientos, pasiones ni sensaciones; hay Fe pura cuando no se trata de llegar a Dios por medio de la fantasía o la imaginación; hay Fe pura cuando ya no se pretende conocer a Dios a través del entendimiento (conocimiento teológico de Dios), la memoria y la voluntad. Porque, como se ve arriba, todo esto pertenece al plano del alma.

Esa noche oscura es, pues, el presagio de la vivencia más maravillosa que se puede experimentar aquí en la tierra: un pedacito de Cielo. Con palabras de hoy diríamos: una “muestra gratis” de lo que nos espera allá: la unión con Dios, el sumo Bien, el Amor. Y es la razón para la cual fuimos creados.

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Ciclo A, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 31, 2011

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente?

San Pablo dice hoy que el Evangelio que les llevó a los habitantes de Tesalónica no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo.

Ese mismo Evangelio nos llegó a nosotros; alguno podría decir que ahora no hay milagros ni se ve el Espíritu Santo. ¿Por qué? Quizá porque en nosotros «se quedó solo en palabras»…

Y, ¿cómo hacer para que no se quede sólo en palabras? La respuesta está en la misma lectura: los tesalonicenses se hicieron imitadores de los apóstoles y del mismo Señor, y se pasaron de los ídolos a Dios, empezando a servir al Dios vivo y verdadero, y esperando que venga del Cielo el que nos liberaría: Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos.

Actuando así podremos demostrar a Dios nuestro agradecimiento y nuestro amor: cumpliendo los mandatos que nos dio desde el Éxodo, como nos lo narra la primera lectura: no maltratar, ni oprimir a los extranjeros; no hacer daño a la viuda ni al huérfano; si se le presta dinero al pobre, no ser como el usurero, no exigirle interés; si se toma prestado, devolver a tiempo lo prestado.

Ese agradecimiento y ese amor nos debe mover a buscar cómo agradar a Dios todos los días de nuestra vida: que nuestras obras, palabras y pensamientos sean de su gusto, que con ellos le demos parte de la gloria que se merece, pues es mucho lo que le debemos: nos dio la vida, la salud, nuestros seres queridos, el sustento diario; la creación, la Encarnación del Hijo de Dios, la Redención, la Iglesia, los sacerdotes que nos guían y administran los Sacramentos, su presencia real entre nosotros en la Eucaristía… Nunca terminaríamos de enumerar lo que Dios nos ha dado, y que nos muestra su infinito amor por nosotros.

Por eso, Jesús dejó claro que todo lo que debemos cumplir está encerrado en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Qué tan lejos estamos de amar con esas dos medidas? Pensémoslo un instante.

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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La inmortalidad del alma*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 1, 2009

Por san Agustín de Hipona, Obispo

Contiene este libro el conjunto de razones sobre la inmortalidad del alma, así como la solución de las dificultades que se presentan.

Primera razón por la cual el alma es inmortal: porque es sujeto de la ciencia que es eterna.

1. Si la ciencia existe en alguna parte, y no puede existir sino en un ser que vive, y existe siempre; y si cualquier ser en el que algo siempre existe, debe existir siempre: siempre vive el ser en el que se encuentra la ciencia.

Si nosotros somos los que razonamos, es decir, nuestra alma; si ésta no puede razonar con rectitud sin la ciencia y si no puede subsistir el alma sin la ciencia, excepto el caso en que el alma esté privada de ciencia, existe la ciencia en el alma del hombre.

La ciencia existe en alguna parte, porque existe y todo lo que existe no puede no existir en parte alguna. Además la ciencia no puede existir sino en un ser que vive. Porque ningún ser que no vive puede aprender algo; y no puede existir la ciencia en aquel ser que no puede aprender nada. Asimismo, la ciencia existe siempre. En efecto, lo que existe y existe de modo inmutable es necesario que exista siempre. Ahora bien, nadie niega la existencia de la ciencia. En efecto, quien-quiera que admita que no se puede hacer que una línea trazada por el centro de un círculo no sea la más larga de todas las que no se tracen por el dicho centro, y que esto es objeto propio de alguna ciencia, afir-ma que existe una ciencia inmutable.

Además nada en lo que algo existe siempre, puede no existir siempre. Efectivamente, ningún ser que existe siempre permite que le sea sustraído alguna vez el sujeto en el que existe siempre. Desde luego cuando razonamos, esto lo hace nuestra alma. En efecto, no razona sino el que entiende: mas ni el cuerpo entiende, ni el alma con el auxi-lio del cuerpo, porque cuando quiere entender se aparta del cuerpo. Aquello que es entendido existe siempre del mismo modo; y nada propio del cuerpo existe siempre de la misma manera, luego el cuerpo no puede ayudar al alma que se esfuerza por entender, le basta con no serle obstáculo.

Asimismo nadie sin ciencia razona con rectitud. Pues el recto ra-ciocinio es el pensamiento que tiende de lo cierto al descubrimiento de lo incierto, y nada cierto hay en el alma que ésta lo ignore. Mas todo lo que el alma sabe, lo posee en sí misma, y no abraza cosa alguna con su conocimiento sino en cuanto pertenece a una ciencia. En efecto, la ciencia es el conocimiento de cualesquiera cosas.

Por consiguiente, el alma humana vive siempre.

 II

Segunda razón por la cual el alma es inmortal: porque es sujeto de la razón que es inmutable.

2. La razón ciertamente o es el alma o existe en el alma. Mas nuestra razón es mejor que nuestro cuerpo; nuestro cuerpo es una substancia, y es mejor ser substancia que no ser nada, luego nuestra razón es algo.

Además cualquier armonía propia del cuerpo que exista, es nec e-sario que exista de modo inseparable en el sujeto cuerpo, y no se crea que en esa armonía puede existir alguna otra cosa que de igual manera no exista con necesidad en ese sujeto cuerpo, en el que también esta misma armonía existe no menos inseparablemente. Pero el cuerpo humano es mudable, y la razón inmutable. En efecto, es mudable todo lo que no existe siempre del mismo modo. Y siempre es de la misma manera que dos y cuatro sumen seis. Además siempre es del mismo modo que dos y dos sumen cuatro; mas esto no lo tiene el dos porque el dos no es cuatro. Pero esta relación es inmutable, por consiguiente, es razón. Ahora bien, de ningún modo no puede padecer el cambio, habiéndose mudado el sujeto, lo que existe inseparablemente en él. Luego, no es el alma la armonía del cuerpo, y no puede sobrevenir la muerte a cosas inmutables. En consecuencia el alma vive siempre ya sea ella misma la razón ya sea que la razón exista en ella de modo inseparable.

III

La substancia viva y el alma, que no es susceptible de cambio, aún siendo de algún modo capaz de cambiar, es i nmortal.

3. Hay un poder propio de la permanencia y toda permanencia es inmutable, y todo poder puede hacer algo, ni cuando no hace nada deja de ser un poder. Además toda acción consiste en recibir un movimiento o en causarlo. Luego, o no todo lo que recibe el movimiento, o cierta-mente no todo lo que lo causa es mudable. Pero todo lo que es movido por otro y no se mueve a sí mismo es algo mortal. Y nada mortal es inmutable.

De ahí se puede concluir con certeza y sin alternativa alguna que no todo lo que causa movimiento se cambia. Mas no hay movimiento posible sin una sustancia: toda sustancia vive o no vive, pero todo lo que no vive carece de alma y sin alma no existe acción alguna. Luego, aquel ser que causa el movimiento sin perder su inmutabilidad es nece-sariamente una sustancia viviente. Esta sustancia pone el cuerpo en movimiento a través de todos los grados. En consecuencia, no todo lo que mueve el cuerpo es mudable.

Pero si el cuerpo no se mueve sino según el tiempo y en esto co n-siste el moverse más despacio y más rápidamente, síguese que existe, pues algo que mueve en el tiempo, y sin embargo no se cambia.

Ahora bien, todo lo que mueve el cuerpo en el tiempo, aunque tienda a un único fin, sin embargo no puede realizarlo todo a la vez, ni puede tampoco evitar de hacer muchas cosas: en efecto no puede ha-cer, – ya se trate de cualquier agente – que sea perfectamente uno lo que puede dividirse en partes, o de lo contrario se daría un cuerpo sin par-tes o un tiempo sin intervalo de pausas; ni tampoco que pueda pronun-ciarse la sílaba más corta de la que no se oiga entonces el fin, cuando ya no se oye el comienzo. Luego, lo que se comporta así exige la pre-visión para que pueda llevarse a cabo y la memoria para que pueda ser aprehendido en la medida posible. La previsión es para las cosas que  serán, la memoria para aquellas que pasaron. Pero el propósito de obrar es propio del tiempo presente, a través del cual lo futuro pasa a ser pretérito; y no se puede esperar sin ninguna memoria el fin del mov i-miento de un cuerpo que ha sido iniciado. En efecto, ¿cómo se podría esperar el fin de un movimiento si no se recuerda que ha comenzado, o ni siquiera que tal movimiento existe? Además, el propósito de llevar a cabo algo, que es presente, no puede existir sin que se tenga en vista la obtención del fin que es futuro: no existe nada que todavía no existe, o que ya no existe. Puede, por consiguiente, haber en una acción algo que pertenece a aquellas cosas que aún no son y, simultáneamente, puede haber muchas cosas en el agente, aún cuando no puede llevar a término muchas a la vez. Luego, puede haber también en el que mueve, cosas que no se pueden encontrar en el que es movido. Pero las cosas que no pueden existir simultáneamente en el tiempo y que sin embargo pasan del futuro al pasado, están necesari amente sometidas al cambio.

4. De aquí concluimos en seguida que puede haber algún ser que, causando el movimiento en las cosas mudables, no se cambia. En efecto, ¿quién podría dudar de la legitimidad de la conclusión toda vez que no varía el propósito del agente de llevar al término que se prop o-ne el cuerpo que pone en movimiento, cuando este cuerpo del que algo se hace, cambia a cada instante por este mismo movimiento, y puesto que aquel propósito de obrar, que permanece inmutable como es ev i-dente, no sólo mueve los brazos del obrero, sino también la madera o la piedra que están sujetos al artífice?

Pero no del hecho que el alma cause el movimiento y produzca los cambios en el cuerpo y que ella se proponga estos cambios se está en derecho de pensar que también el alma cambia y que por esto está sujeta a la muerte. Ella, pues, puede unir en este su propósito el recue r-do del pasado y la previsión del futuro, cosas que no pueden darse sin la vida. Aunque la muerte no puede acaecer sin el cambio y ningún cambio sin el movimiento, sin embargo no todo cambio produce la muerte ni todo movimiento realiza un cambio. En efecto, es lícito decir que nuestro propio cuerpo en cada una de sus acciones recibe un gran número de movimientos y que evidentemente cambia por la edad: con todo no se puede decir que ya ha muerto, esto es, que está sin vida. Luego también permítasenos concluir que el alma tampoco es privada de la vida, aunque tal vez por el movimiento le acaezca algún cambio.

 IV

El arte y los principios de las matemáticas son inmutables y no pueden existir sino en un alma que vive.

5. Entonces si algo permanece inmutable en el alma, y esto a su vez no puede subsistir sin vida, también es necesario que una vida permanezca sempiterna en el alma. Esto sucede precisamente de mane-ra que si se da lo primero, necesariamente también debe darse lo s e-gundo; pero lo primero es cierto. En efecto, dejando de lado otras cosas, ¿quién se atrevería a afirmar que la relación de los números es mudable o que todo arte no está constituido por esta relación? o ¿que el arte no está en el artífice, aun cuando no lo ejerza? o ¿que su existencia no puede darse en el alma, o que puede existir en donde no hay vida? o ¿que lo que es inmutable puede alguna vez no existir? o ¿que una cosa es el arte y otra la relación?

Aunque, pues, se diga que un solo arte es como un conjunto de relaciones, con todo se puede decir también de un modo certísimo y entender el arte como una única relación. Pero, ya sea esto, ya sea aquello, no menos se sigue que el arte es inmutable, que no sólo existe en el alma del artífice como es evidente, sino también que no existe en ninguna otra parte a no ser en el alma y esto de una manera insepara-ble. Puesto que si el arte se pudiera separar del alma, o bien existiría fuera del alma, o bien no existiría en ninguna parte, o pasaría conti-nuamente de alma en alma. Pero como, por otra parte, la sede del arte necesariamente debe ser un ser con vida,, así también la vida con la razón es exclusivamente propia del alma. En fin, lo que existe debe existir e n alguna parte, y lo que es inmutable no puede dejar de existir en ningún momento. Si, por el contrario, el arte pasa de alma en alma, dejando ésta para habitar en aquélla, nadie enseñaría un arte sino pe r-diéndolo, y también nadie se haría hábil en un arte a no ser o por el olvido del que lo enseria o por su muerte.

Si, pues, estas cosas son absurdísimas y del todo falsas, como efectivamente lo son, el alma humana necesariamente es inmortal.

6. Pero si sucede que el arte unas veces existe en el alma y otras no, como bien lo prueban el olvido y la ignorancia, la contextura de este argumento no aporta ninguna prueba en favor de la inmortalidad del alma, a menos que se niegue lo anterior del siguiente modo: o hay algo en el alma que no está en el pensamiento actual, o en un alma instruida no se encuentra el arte de la música cuando ésta piensa en la geometría únicamente.

Esto último es falso, luego lo primero es verdadero.

Pero el alma no siente que posee algo, sino lo que le, haya venido al pensamiento. Por consiguiente puede haber en el alma algo que ella misma no sienta que existe en ella. Mas por cuanto tiempo sea esto no interesa; porque si el alma se hallare ocupada en otras cosas por más tiempo del que puede fácilmente volver su intención sobre sus pens a-mientos anteriores, se produce lo que se llama el olvido o la ignoran-cia. Pero cuando razonamos con nosotros mismos o cuando otra persona nos ha interrogado de una manera conveniente sobre cualquie-ra de las artes liberales, las cosas que descubrimos no las encontramos en otra parte sino en nuestra propia alma; y no es lo mismo descubrir que hacer o crear; porque de lo contrario el alma con un descubri-miento temporal crearía cosas eternas, puesto que ella a menudo en-cuentra en sí cosas eternas. En efecto, ¿qué tan eterno como la razón del círculo, o qué otra cosa propia de artes semejantes se puede conc e-bir que alguna vez ha podido o que podrá no existir? Queda, pues, claro que el alma humana es inmortal y que subsisten en sus secretos todas las verdaderas razones de las cosas, aunque, sea por ignorancia, sea por olvido parezca o que no las posee o que las ha perdido.

 V

El alma no está así sujeta’ al cambio de modo que deje de existir.

7. Mas veamos ahora hasta dónde se pueda admitir el cambio que experimenta el alma.

Si, en efecto, existiendo el arte en un sujeto, este sujeto es el al-ma, y si no puede experimentar cambio alguno el sujeto sin que tam-bién lo experimente lo que existe en el sujeto, ¿cómo podemos establecer que son inmutables el arte y la razón, si se prueba que está sujeta al cambio el alma en la que existen? ¿Qué cambio, pues, puede haber mayor que el que se suele realizar en los contrarios, y quién niega que el alma, dejando de lado otros casos, es unas veces necia, otras, por el contrario, sabia?

Entonces consideremos primero de cuántos modos se puede a d-mitir este cambio que se predica del alma. De estos modos de cambiar el alma, según opino, solamente nos son más evidentes y más claros dos en cuanto al género, pero se pueden enumerar muchos en cuanto a la especie. En efecto, se dice que el alma cambia o según las pasiones del cuerpo, o según las suyas propias. Según las pasiones del cuerpo: el cambio se realiza en el alma por las edades, las enfermedades, los dolores, los malestares, las ofensas, los goces; según las suyas propias: por el desear, el alegrarse, el temer, el enojarse, el estudiar, el aprender.

8. Todos estos cambios si no constituyen un argumento necesario de que el alma muera, los mismos en nada realmente han de ser temi-dos por sí, considerados separadamente; pero hay que examinar si no se oponen a nuestra doctrina, por la que establecimos que, habiéndose mudado el sujeto, de modo necesario experimenta cambio todo lo que existe en él. Pero la verdad es que no se oponen. Aquello se afirma según este cambio del sujeto por el cual éste es forzado cambiar abs o-lutamente de nombre. Puesto que si la cera pasa de algún modo del color blanco al negro, y si de la forma cuadrada pasa a la redonda, y de blanda se vuelve dura y de caliente llega a ser fría, no por eso es menos cera; ahora bien, estas cosas existen en un sujeto, y este sujeto es la cera. Pero la cera permanece ni más ni menos cera, aun cuando aqu e-llas cosas experimenten el cambio. Síguese que puede hacerse un cierto cambio de aquellas cosas que existen en el sujeto y, sin embargo que este mismo sujeto según su esencia y su nombre no se cambie.

Con todo, si de aquellas cosas que existen en el sujeto, se hiciese un cambio tan profundo, de modo que aquel sujeto, que se suponía subyacer ya de ninguna manera se pudiese llamar tal, como por ejem-plo cuando por el calor del fuego la cera se dispersa en el aire y expe-rimenta tal cambio que claramente hace entender que ha sido cambiado el sujeto, que era cera y que ahora ya no es cera; de ningún modo se juzgaría con alguna razón que queda algo de aquellas cosas que exi s-tían en aquel sujeto porque hasta ahora era su sujeto.

9. Por lo tanto, si el alma es el sujeto, como dijimos más arriba, en el que existe la razón de una manera inseparable y con aquella nec e-sidad también con que se demuestra que existe en un sujeto, si el alma no puede existir sino viva, si en ella la razón no puede existir sin la vida, y si la razón es inmo rtal, el alma, es inmortal.

Por cierto, la razón no podría permanecer al margen de todo ca m-bio no existiendo de ninguna manera su propio sujeto. Esto sucedería si le sobreviniera al alma un cambio tan profundo que la hiciera dejar de ser alma, esto es, la obligara a morir. Mas ninguno de aquellos cam-bios, que se realizan ya sea por medio del cuerpo ya sea por medio del alma misma (no obstante ser un problema de no poca importancia, de si algunos de estos cambios son realizados por ella misma, esto es, que ella misma sea la causa de ellos), puede obrar de modo de hacer que el alma deje de ser alma. Luego, ya no han de ser temidos estos cambios, no sólo en sí mismos, sino también para nue stros razonamientos.

 VI

La razón que es inmutable, ya exista en el alma, ya con el alma, ya el alma exista en la razón, no se puede separar de la misma e idéntica alma.

10. Por consiguiente, veo que nos debemos aplicar con todas las fuerzas del raciocinar para saber qué es la razón y de cuántas maneras se puede definir a fin de que aparezca evidente la inmortalidad del alma según todas sus modalidades.

La razón es la visión del alma con la cual ésta por sí misma y no por medio del cuerpo intuye la verdad; o bien es la contemplación de la verdad no realizada por medio del cuerpo, o bien es la verdad misma que es contemplada.

Nadie puede dudar que la razón en el primer caso subsiste en el alma; con respecto al segundo y tercero se puede investigar; con todo, en el segundo caso tampoco puede subsistir sin el alma. En cuanto al tercero se presenta un grave problema: si aquella verdad, que el alma intuye sin el auxilio del cuerpo, exista por sí misma y no exista en el alma, o si podría existir sin el alma. Pero de cualquier modo que sea, no podrá el alma por sí misma contemplar la verdad si no tuviese con ella alguna unión. Puesto que todo lo que contemplamos o aprehend e-mos con el pensamiento, lo aprehendemos o con el sentido o con el entendimiento. Pero aquello que es captado por el sentido es también sentido como existiendo fuera de nosotros y como contenido en el espacio, por lo cual se afirma que no puede ser percibido realmente. Por el contrario, lo que es entendido, es entendido no como puesto en otra parte, sino como el alma misma que entiende, puesto que es en-tendido al mismo tiempo como no contenido en el espacio.

11. Por lo cual, esta unión del alma que intuye y de su verdad que es intuida o es tal que el sujeto es el alma y la verdad aquella existe en el alma, o, por el contrario, es la verdad el sujeto y el alma existe en ella, o ambas, verdad y alma, son sustancias.

 De estos tres casos si es cierto el primero, tan inmortal es el alma como la razón, según la exposición hecha más arriba: que la razón no puede existir sino en un sujeto vivo.

La misma necesidad se encuentra en el segundo caso. Porque si aquella verdad, que se llama razón, nada tiene que esté sujeto al ca m-bio, como es evidente, nada tampoco puede mudarse de lo que existe en ella como en su sujeto.

Por consiguiente, toda la discusión se reduce a lo tercero. Puesto que si el alma es sustancia, y la razón a la que se une es también su s-tancia, no sería absurdo que alguien hubiera podido pensar que podría suceder que, perdurando la razón, el alma dejara de existir. Pero es evidente que mientras el alma no se separe de la razón y esté unida a ella, necesariamente perdura y vive. Y bien, ¿con qué fuerza, en última instancia, puede ser separada? ¿Acaso con una fuerza corporal cuyo poder no sólo es más débil sino también su origen inferior y su natur a-leza bastante distinta? Imposible. Entonces, ¿tal vez con una fuerza psíquica? Pero también esto, ¿de qué manera? ¿Hay quizá alguna otra alma más poderosa, cualquiera que sea, que no puede contemplar la razón sino separando de ella a otra? Sin embargo, dado que todas las almas están en contemplación de la razón, a ninguna le puede faltar; y, no habiendo nada más poderoso que la razón misma, que es lo más inmutable, de ninguna manera habrá un alma que aún no esté unida a la razón más poderosa que el alma que le está unida.

Queda todavía otra posibilidad: o que la razón la separe de sí misma, o que el alma misma se separe voluntariamente de la razón. Ahora bien, nada hay de mala voluntad en la naturaleza de la razón para que no se entregue al alma a fin de que la disfrute. Además, cuanto más plenamente la razón existe, tanto más hace que cuanto se le una, exista, y precisamente es esto todo lo contrario de la muerte. Mas no sería demasiado absurdo que alguien dijera que el alma se puede separar de la razón voluntariamente, concedido que pueda darse alguna separación entre sí de las cosas que no están en el espacio. Esto ciert a-mente se puede objetar contra todo lo anterior, a lo que hemos alegado otras objeciones.

 ¿Qué pues? ¿Acaso ya no se ha de concluir que el alma es i n-mortal? O ¿quizá, si no se puede separar, puede todavía extinguirse? Porque si aquella fuerza de la razón afecta al alma por su misma unión, que efectivamente no puede dejar de afectarla, de tal manera segura-mente la afecta que le otorga el existir. En efecto, la razón misma existe por sobre todo y en ella es donde también se entiende la máxima inmutabilidad. Y así al alma, a la que afecta de sí, la obliga en algún modo a existir. Por consiguiente, el alma no se puede extinguir, a no ser que hubiera sido separada de la razón. Mas no se puede separar como arriba lo hemos demostrado. Luego no puede perecer.

 VII

El alma no perece ni aún cuando flor su esencia tienda al meno scabo.

12. Pero esta separación de la razón por la que sobreviene al alma la necedad, no puede darse sin un menoscabo del alma; si, en efecto, es más que el alma esté dirigida y adherida a la razón, por eso, porque está adherida a un ser inmutable que es la verdad, que no sólo existe por sobre todas las cosas, sino también antes que todas, cuando de ella ha sido separada posee en menor grado esa misma existencia, lo que es menoscabarse. Ahora bien, todo menoscabo tiende a la nada, y no se puede concebir ninguna muerte más propiamente que cuando esto, que era algo, se hace nada. Por lo cual, tender a la nada es tender a la muerte. Porqué la muerte no caiga en el alma en la que cae el meno s-cabo, apenas es posible decirlo.

Aquí concedemos todo lo demás, pero negamos que necesari a-mente se siga la muerte para lo que tiende a la nada, esto es, que efec-tivamente llegue a la nada. Esto se puede observar también en el cuerpo. Porque, puesto que todo cuerpo es una parte del mundo sensi-ble y por eso cuanto más grande es y más lugar ocupa, tanto más se acerca al todo, y cuanto más se comporta así tanto más plenamente existe. En efecto, el todo es más que la parte. Por lo cual también es necesario que sea menos cuando se reduce. Luego, cuando se reduce, experimenta un menoscabo. Ahora bien, se reduce cuando de él se quita algo cortando. De aquí resulta que por esa sustracción tienda a la nada. Con todo, ninguna sustracción lo lleva ala nada; porque toda parte que queda es cuerpo y cualquiera sea su tamaño, ocupa un lugar de cualquier dimensión. Esto no podría suceder, si no tuviese partes en las que siempre de idéntico modo se dividiera. Luego, se puede reducir un cuerpo al infinito dividiéndolo infinitivamente, y por eso, puede sufrir un menoscabo y tender a la nada, aunque jamás pueda llegar.

Todo esto también se puede afirmar y entender del espacio mismo y de cualquier intervalo. Porque no sólo quitando de esos intervalos limitados, v. gr., una mitad, sino también de lo que resta siempre la mitad, el intervalo se reduce y progresa hacia el fin, al que sin embargo de ningún modo llega.

! Cuánto menos se ha de temer esto del alma! Puesto que el alma es ciertamente mejor y más vivaz que el cuerpo, por medio de la cual éste recibe la vida.

 VIII

Como al cuero no se le puede quitar aquello por lo que es cuerpo, así tampoco al alma aquello por lo que es alma

13. Porque si lo que hace que exista un cuerpo no consiste en su masa, sino por el contrario en su forma, -aserción que se prueba con argumento irrebatible- tanto más plenamente existe el cuerpo, cuanto más bello y hermoso; y tanto menos, cuanto más feo y deforme; este menoscabo no proviene como aquél del que ya hemos hablado bastante de una reducción de la masa, sino del menoscabo que sobreviene a su forma.

Hemos de examinar y discutir este asunto con todo el cuidado po-sible, a fin de que no vaya alguien a afirmar que el alma puede perecer a causa de un tal menoscabo como se podría creer, por ejemplo, que, mientras el alma está en la locura y se encuentra así privada en cierta medida de su forma, esta privación pueda ser aumentada en tanto que la despoje enteramente de toda su forma y por ese menoscabo la reduz-ca a la nada y la obligue necesariamente a morir.

Por eso, si llegamos a demostrar que el cuerpo mismo no puede incurrir en una privación tal que también lo despoje de aquella forma por la que es cuerpo, de derecho quizá habremos demostrado que m u-cho menos el alma puede ser privada de lo que le es esencial como alma. Porque, a la verdad, nadie que se haya examinado interiormente bien, dejará de confesar que cualquier alma se ha de considerar sup e-rior a cualquier cuerpo.

14. Establezcamos, pues, como principio de nuestro razonamiento que ningún ser se hace o se engendra a sí mismo; de lo contrario exist i-ría antes de existir: puesto que si esto es falso, aquello es verdadero.

Digamos aún más, que lo que no ha sido hecho o nacido y sin embargo existe, es necesariamente eterno. Quien quiera que acuerde a algún cuerpo esta naturaleza y excelencia cae ciertamente en un grave error. Pero, ¿para qué vamos a discutir? En ese caso, con mucha mayor razón estamos obligados a otorgar esa excelencia al alma. Y así, si algún cuerpo es eterno, toda alma es eterna porque cualquier alma se ha de anteponer a cualquier cuerpo, y lo que es eterno a lo que no lo es.

Sin embargo, si como es cierto, el cuerpo ha sido creado, lo ha si-do por un creador, que no puede ser inferior a él; pues no habría sido capaz para darle que obrara cualquier cosa sea aquello que hiciera.

EL creador tampoco puede ser igual a lo creado; porque es con-veniente que el creador tenga para ejecutar la obra algo superior a lo que crea. Porque se puede decir sin absurdo de aquel que engendra que él es de la misma naturaleza que aquello que es engendrado por él. Luego todo cuerpo ha sido creado por una fuerza y por una naturaleza más poderosa y mejor, no en verdad corpórea. Porque si un cuerpo ha sido creado por otro cuerpo, no pudo haber sido creado todo cuerpo. De lo más verdadero, pues, es lo que establecimos al comienzo de esta disensión: que ningún ser puede hacerse por si mismo.

Mas esta fuerza y esta naturaleza incorpórea, hacedora de todo cuerpo, lo mantiene todo entero por su potencia siempre presente; no lo creó y se apartó de él y creado no lo abandonó. Esta sustancia que realmente no es cuerpo y que no se mueve s localmente, por así decir-lo, de modo que pueda separarse de aquella sustancia a la que le co-rresponde el espacio, y aquella fuerza creadora no puede estar exenta de no cuidar lo que ha sido creado por ella, ni de permitir que carezca de la forma por la que existe todo en la medida en que existe. En efec-to, lo que no existe por sí, si es abandonado por aquel ser por el cual existe, seguramente dejará de existir; y no podemos decir que el cuerpo cuando fue creado ha recibido esto: que ya pudiese ser suficiente por sí mismo, aún si fuese abandonado por el creador.

15. Con todo, si es así, con mayor razón el alma, que es a ojos vista superior al cuerpo, tendría esta autosuficiencia. Y así, si el alma puede existir por sí misma, de inmediato se prueba que es inmortal. En efecto, todo cuanto existe de tal modo necesariamente es incorruptible y por eso no puede perecer, porque nada deja su propio ser.

Pero la mutabilidad del cuerpo salta a la vista, como suficiente-mente lo demuestra el universal movimiento del mismo universo corpóreo. De ahí que a los que observan con atención, en cuanto puede ser observada la naturaleza, se les revela que con una ordenada mutabili-dad es imitado lo que es inmutable. Mas lo que existe por sí, tampoco tiene necesidad de movimiento alguno, teniendo toda la plenitud para sí en su propia existencia, porque todo movimiento es hacia otro ser del que carece el ser que se mueve.

Luego está presente al universo corpóreo una forma de naturaleza superior, renovando y manteniendo las cosas que creó: por eso, aquella mutabilidad no le quita al cuerpo el ser cuerpo, sino que lo hace pasar de forma en forma con un movimiento ordenadísimo. En efecto, no permite que ninguna de sus partes vuelva a la nada, abrazándolo todo entero aquella fuerza creadora con su poder que no se esfuerza ni per-manece inactivo, dando el ser a todo lo que por ella existe, en la medi-da en que existe.

Por lo tanto, nadie debe haber tan desviado de la razón, para quien o no sea cierto que el alma es mejor que el cuerpo, o, concedido esto, juzgue que al cuerpo no le pueda acaecer que no sea cuerpo, pero sí al alma que no sea alma. Si esto no sucede y si no puede existir el alma sin que viva, verdaderamente el alma no muere nunca.

 IX

El alma esencialmente es vida; luego no puede carecer de ella.

16. Si alguien objeta que esa muerte por la que sucede que algo que fue no sea nada, no ha de ser temida por el alma, sino aquella otra por la cual llamamos cosas muertas a las que carecen de vida, tenga presente que ninguna cosa carece de su propio ser. Ahora bien, el alma es una especie de vida, por la cual todo lo que está animado, vive; mas todo lo que no está animado y que puede ser animado, se concibe como muerto, esto es, como privado de vida.

Luego el alma no puede morir. Porque si pudiese carecer de vida no sería alma, sino algo animado; si esto es absurdo, mucho menos ha de temerse para el alma esta clase de muerte; puesto que, por cierto, no se la ha de temer para la vida. Porque justamente si muere el alma, entonces cuando la abandona aquella vida, esa misma vida que aban-dona a está, se la concibe mucho mejor como alma, de modo que ya no sea el alma algo que puede ser abandonado por la vida, sino aquella misma vida que es la que abandona. Todo cuanto, pues, ha sido aban-donado por la vida se llama muerto, y lo muerto se concibe como deja-do por el alma; mas esta vida, que abandona a los seres que mueren, porque ella misma es el alma, no puede dejar su propio ser. Luego el alma no puede morir.

 X

EL alma no es la organización del cuerpo.

17. ¿No será quizá que debamos concebir la vida como una cierta organización del cuerpo, como algunos han pensado? Estos, segur a-mente nunca hubieran creído esto, si alejando y purificando su propia alma del trato con los cuerpos, hubiesen podido ver aquellas cosas que existen realmente y perduran inmutables. ¿Quién, pues, examinándose bien no ha experimentado que entendió algo tanto más profundamente, cuanto mes pudo apartar y retirar la atención de la mente de los sent i-dos del cuerpo? Por cierto esto no se podría realizar si el alma fuese la organización del cuerpo. En efecto, una cosa que no tuviese una nat u-raleza propia ni existiese como sustancia, sino que existiese insepara-blemente en el cuerpo como en su sujeto, de la misma manera que el color y la figura, de ningún modo se podría esforzar por apartarse del propio cuerpo para captar los inteligibles; y en cuanto pudiese hacerlo, en tanto podría intuirlos, y por esa visión hacerse mejor y más perfecta. En realidad, de ninguna manera la figura o el color o también la misma organización del cuerpo, que es una mezcla real de aquellas cuatro naturalezas por las que subsiste el cuerpo mismo, se pueden apartar de éste en el que existen inseparablemente como en su sujeto.

A esto añadimos que los inteligibles, que el alma entiende cuando se aparta del cuerpo, no son ciertamente seres corpóreos y, sin emba r-go, existen y existen con la máxima plenitud porque siempre se poseen a sí mismos de idéntico modo. En efecto, nada más absurdo se puede afirmar que aquello que vemos con los ojos existe y lo que contem-plamos con la inteligencia no existe, siendo propio de un insensato dudar que la inteligencia es incomparablemente superior a los ojos. Ahora bien, estas cosas que se entienden como poseyéndose a sí mi s-mas siempre de idéntico modo, cuando las intuye el alma demuestra bastante que ella les está unida de una manera admirable y asimismo incorporal, esto es, no espacialmente.

 Puesto que o estas verdades existen en el alma o ésta existe en ellas. Sea cualquiera de los dos casos, o exista el uno en el otro como en su sujeto, o bien el uno y el otro existan como sustancias. Pero si se admite lo primero, el alma no existe en el sujeto cuerpo como el color y la figura, porque ella misma o existe como sustancia o existe en un sujeto que es otra sustancia que no es cuerpo. Ahora bien: si lo segun-do es verdad, el alma no existe en el sujeto cuerpo como el color por-que es sustancia. Por el contrario, la organización del cuerpo existe en el sujeto cuerpo como el color; en consecuencia, el alma no es la orga-nización del cuerpo, sino que la vida es el alma; y puesto que ningún ser deja su propio ser y puesto que lo que la vida abandona muere, luego el alma no puede morir.

 XI

Siendo la verdad causa del alma, no por eso perece a causa del error contrario a la verdad.

18. Finalmente, pues, si de nuevo se ha de temer algo, se ha de temer esto: que el alma perezca por deficiencia cuando es privada de su forma de existir.

Aunque juzgo que sobre este asunto se ha dicho bastante, y que ha sido demostrado con argumento cierto cuán imposible es esto; sin embargo se debe también atender a esto: que no hay otra causa de este temor sino porque se ha de confesar que el alma necia está en una especie de deficiencia y que el alma sabia está en una esencia más cierta y más plena.

Pero si el alma cuando intuye la verdad es entonces sapientísima – de lo que nadie duda-, verdad que existe siempre de idéntico modo y a la que se adhiere inseparablemente unida por un amor divino; y si todas aquellas cosas que existen no importa cómo, existen por esta esencia, que existe suma y supremamente, el alma en la medida en que existe o existe por aquélla o existe por sí misma.

Pero si existiese por sí misma, siendo la causa de su propia exis-tencia y como nunca abandonaría su propio ser, jamás perecería, como ya lo expusimos más arriba.

Mas si, por el contrario, el alma recibe la existencia de aquella esencia, es necesario buscar diligentemente qué cosa puede serle co n-traria que le pueda quitar al alma la existencia que le otorga aquélla. ¿Cuál es, pues, este ser? ¿Es acaso el error, porque aquélla es la ve r-dad? ¡Cuánto puede dañar al alma el error es evidente y claro! ¿Quizá puede más que engañarla? Pero nadie que no viva se engaña. Por co n-siguiente, el error no puede destruir el alma. Porque, si el error, que es contrario a la verdad, no puede arrancarle al alma la existencia que le otorgó la verdad (en tan altísimo grado la verdad es invencible), ¿qué otro ser se encontrará que arranque al alma aquello por lo que es alma?

 Nada en realidad: porque nada hay más poderoso que un contrario para arrebatar aquello que ha sido hecho por su contrario.

 XII

Nada hay contrario a la verdad, por la que el alma es lo que es, en la medida ere que la verdad misma es.

19. Mas si así buscamos lo contrario a la verdad, no en cuanto es verdad, sino en cuanto existe suma y supremamente, aunque esto mis-mo lo es en tanto en cuanto es verdad, ya que la llamamos verdad por-que por ella son verdaderas todas las cosas en la medida en que existen, y en tanto existen en cuanto son verdaderas; sin embargo, porque se me presente esto tan evidente, de ningún modo eludiré el problema.

En efecto, si ninguna esencia en cuanto es esencia tiene algo con-trario, mucho menos tiene contrario aquella primera esencia, que se llama verdad, en cuanto es esencia. Lo primero es verdadero; efecti-vamente toda esencia no es esencia por otra cosa sino porque es. El ser no tiene como contrario sino el no ser, por lo cual nada hay contrario a la esencia. Luego de ningún modo cosa alguna puede ser contraria a aquella sustancia que es absolutamente suprema y primera. De parte de la cual si el alma posee aquello mismo por lo que ella es, -porque esto que el alma no lo tiene de sí misma, no lo puede tener de otra parte sino de aquel ser que por esto mismo es más perfecto que el alma- no hay ser por cuya causa lo pierda, porque no hay ningún ser contrario a ese ser por el que lo tiene; y por eso, no deja de existir. La sabiduría empero, porque la tiene por conversión hacia aquello de lo que proc e-de, la puede perder por separación. Porque la separación es contraria a la conversión. Pero aquel ser que participa de aquél al que ninguna cosa es contraria, no tiene ninguna posibilidad por la que pueda per-derlo. En consecuencia el alma no puede perecer.

 XIII

El alma no se puede transformar en cuerpo.

20. Aquí quizá nazca algún otro problema: a ver si así como el alma no puede perecer tampoco se pueda transformar en una esencia inferior. En efecto, puede parecerle a cualquiera, y no sin razón, que por esta argumentación se ha demostrado que el alma no puede llegar a la nada, pero que tal vez se pueda transformar en cuerpo.

Si lo que antes era alma se hubiese hecho cuerpo, no por cierto dejaría de existir del todo. Pero esto no puede suceder, a menos que o el alma misma lo quiera o sea forzada por otro a serlo. Sin embargo, no se sigue de inmediato que el alma pueda ser cuerpo ya sea que ella misma lo haya querido, ya sea que haya sido forzada a serlo. Lo lógico es que, si lo es, lo quiera así o sea forzada a ello; pero no se sigue que si lo quiere o es obligada lo sea realmente.

Ahora bien, el alma nunca querrá ser cuerpo. Porque todo su i m-pulso hacia el cuerpo es o para cuidarlo o para vivificarlo o para que se organice de un cierto modo, o para cuidarlo de alguna manera. Ahora bien, nada de esto puede hacer si no es superior al cuerpo. Pero si es cuerpo, en realidad no será superior al cuerpo. Por consiguiente, el alma no querrá ser cuerpo. Y no hay argumento alguno más cierto sobre este asunto que cuando el alma se interroga de esto a sí misma. De esta manera, pues, el alma comprueba fácilmente que no tiene ni n-gún impulso si no es o para hacer, o saber, o sentir algo, o tan sólo para vivir en cuanto esto depende de ella.

21. Pero si el alma es forzada a ser cuerpo, ¿por quién pues lo p o-drá ser? Por un ser, que ciertamente sea más poderoso. Luego no puede serlo por el mismo cuerpo; pues de ninguna manera se puede dar un cuerpo mas poderoso que un alma. Por otra parte, un alma más poder o-sa no podría forzar hacia algo, si no es a aquel ser que está sujeto a su poder; ni en modo alguno un alma está sujeta al poder de otra, si no por sus pasiones. Luego esa alma no puede forzar a otra más que cuanto se lo permiten las pasiones de ésta a la que fuerza. Pero hemos dicho que el alma no puede tener deseo de ser cuerpo. También es evidente que el alma no llega a ninguna satisfacción de su deseo cuando pierde todo deseo; ahora bien, cuando se hace cuerpo lo pierde, luego el alma no puede ser forzada a hacerse cuerpo por otro ser que no tiene facultad para obligar sino en cuanto se lo permiten las pasiones de su sometida. Finalmente, toda alma que tiene a otra en su poder, necesariamente quiere más tener bajo su poder a ésta que no un cuerpo, y la quiere atender con bondad o mandar con malicia. Por eso no querrá que se convierta en cuerpo.

22. En fin, esta alma que fuerza o bien es un ser animado o bien carece de cuerpo. Pero si carece de cuerpo, no existe en este mundo, y si es así es sumamente buena y no puede desearle otra tan torpe tras-mutación. Mas si es un ser animado, o también es un ser animado aquélla a la que fuerza o no lo es. Pero si no lo es, para nada puede ser forzada por otra. En efecto, no hay alma más poderosa que la que existe en grado máximo. Mas si existe en un cuerpo, asimismo es fo r-zada por medio de un cuerpo por otra que existe en un cuerpo, a cual-quier cosa que sea forzada. Mas, ¿quién puede dudar que de ningún modo se puede hacer una tan grande trasmutación en el alma por m e-dio de un cuerpo? Sería posible, pues, esto, si el cuerpo fuese más poderoso que el alma; aunque cualquiera sea aquello a lo que el alma es forzada por el cuerpo, justamente lo es no por medio de un cuerpo, sino por medio de sus pasiones, acerca de las cuales ya se ha dicho bastante. Ahora bien, lo que es superior al alma racional, según unán i-me afirmación, es Dios. ÉL ‘por cierto cuida del alma y por eso el alma no puede ser forzada por 121 a transformarse en cuerpo.

XIV

La fuerza del alma no la puede menoscabar ni el sueño ni ninguna afección semejante del cuerpo.

23. Si, pues, el alma no consiente transformarse en cuerpo ni por propia voluntad ni forzada por otro, ¿de dónde puede consentirlo?

¿Quizá porque muchas veces, a pesar nuestro, nos oprime el su e-ño, se ha de temer que por alguna deficiencia así, pueda ser convertida el alma en cuerpo? ¡ Cómo si realmente porque nuestros miembros se marchitan por el sueño, por eso de algún modo el alma se pudiera h a-cer más débil! Tan sólo no siente las cosas sensibles, porque cualquier cosa sea la que produce el sueño, es propia del cuerpo y opera en el cuerpo; porque tal cambio está ordenado según la naturaleza para el descanso del cuerpo de los trabajos; sin embargo, este cambio no quita al alma la capacidad de sentir o de entender. Porque no sólo tiene de inmediato presentes las imágenes de las cosas sensibles con tan grande expresión de semejanza, que no es posible en ese mismo tiempo disti n-guirlas de aquellas cosas de las que son imágenes; sino también, si entiende algo, eso mismo es igualmente verdadero para cuando duerme como para cuando está en vigilia.

En efecto, si durante el sueño, por ejemplo, a uno le hubiese par e-cido haber disputado y haber seguido en la disputa razones verdaderas, habrá aprendido algo; y ya despierto también esas mismas razones permanecen en él inmutables, aunque se compruebe que son falsas las demás cosas, como ser el lugar en el que se realizara la disputa, la persona con la que se disputara, y las palabras mismas en cuanto al sonido con las que se creía discutir, y otras cosas por el estilo, que también se sienten y realizan con los mismos sentidos cuando despie r-tos y, sin embargo pasan y nunca obtienen la presencia estable de las verdaderas razones.

 De lo cual se concluye que por tal cambio de estado en el cuerpo, cual es el sueño, no se puede menguar la vida propia del alma, sino sólo el uso que la misma tiene del cuerpo.

 XV

Nuevo argumento que prueba que el alma no puede transformarse en cuerpo.

24. Por último, si la unión del alma y del cuerpo no es local au n-que el cuerpo ocupe un lugar, el alma recibe antes que el cuerpo, y no sólo antes sino más que el cuerpo, la impresión de estas razones subl i-mes y eternas cuya existencia es inmutable y que ciertamente no están contenidas en el espacio. En efecto, tanto antes el alma es impresiona-da por estas verdades cuanto les es más cercana, y por la misma razón tanto más, cuanto superior al cuerpo; ni esta cercanía es acercamiento de lugar, sino de orden de naturaleza. Pues en virtud de este orden se entiende que aquella suprema esencia por medio del alma otorga al cuerpo la forma, por la cual éste es en la medida en que es. El cuerpo subsiste a causa del atina y por ella misma es animado, ya sea univer-salmente como el mundo, ya sea particularmente como cada uno de los vivientes dentro del mundo. Por lo cual era lógico que el alma se hici e-ra cuerpo por el alma y que en absoluto pudiera ser de otra manera.

Mas como esto no sucede, permaneciendo por cierto el alma en aquello que la constituye alma, el cuerpo subsiste por ésta que le otorga la forma y sin que ella la pierde. El alma, pues, no se puede convertir en cuerpo. Si, en efecto, el alma

no comunicara al cuerpo la forma que ella recibe del Supremo Bien, el cuerpo no existiría por medio de ella, y si no existiese por medio de ella, o no existiría en absoluto, o él recibiría tan inmediat a-mente su forma como el alma; pero el cuerpo no sólo existe, sino ta m-bién si recibiese tan inmediatamente la existencia como el alma, sería de la misma naturaleza que el alma: pues esto interesa; puesto que si el alma es superior al cuerpo es porque ella recibe su forma más inm e-diatamente que el cuerpo. Ahora bien, el cuerpo la recibiría de una manera también tan inmediata, si no la recibiese por medio del alma: puesto que, no habiendo ningún intermediario, seguramente recibiría donde los libros son gratis su forma tan inmediatamente. No se encuentra nada que esté entre la Suprema Vida, Sabiduría y Verdad inmutable, y el último ser que es vivificado, esto es el cuerpo, a no ser el alma que lo vivifica.

Si el alma trasmite al cuerpo la forma, para que sea cuerpo en la medida en que es cuerpo, por cierto dándole la forma ella no la pierde. Ahora bien, la perdería si se transformara en cuerpo.

El alma, pues, no se puede convertir en cuerpo ni por su propia potencia, porque el cuerpo no subsiste sino en cuanto ella subsiste como alma; ni tampoco puede llegar a ser cuerpo por la potencia de otra alma, porque el cuerpo no se hace sino por transmisión de la forma por medio del alma, y el alma no se transformaría en cuerpo sino per-diendo su forma, si este cambio fuese posible.

 XVI

Tampoco el alma racional puede transformarse en alma irracional. El alma está toda entera en el cuerpo todo entero y en cada una de sus partes.

25.-Se puede decir del alma o de la vida irracional también esto: que el alma racional tampoco puede transformarse en alma irracional. En efecto, el alma irracional si no fuese de un orden inferior a aquel del alma racional, recibiría de manera igual el ser y le sería idéntica. Así pues, siguiendo el orden natural, los seres más poderosos trasmiten a los seres más débiles la forma que ellos han recibido de la Esencia Suprema; y cuando la trasmiten ellos no la pierden. Estos seres más débiles existen, en la medida en que existen, porque la forma por la que existen les es trasmitida por seres más poderosos, que por lo mismo que son más poderosos son también más excelentes. Ahora bien, esta excelencia no les ha sido otorgada como potencia de una masa más grande sobre masas más pequeñas, sino que estas naturalezas más poderosas son más excelentes por una misma forma sin tener volumen alguno en el espacio. En este orden el alma es más poderosa y más noble que el cuerpo; y, puesto que el cuerpo subsiste por el alma, como lo hemos dicho, ella no se puede transformar de ningún modo en cue r-po. En efecto, el cuerpo no existe sino recibiendo la forma por inter-medio del alma.

Ahora bien, para que el alma pudiera llegar a ser cuerpo, sería ne-cesario no que recibiese una forma nueva sino que perdiera la suya propia; por eso, pues, no puede convertirse en cuerpo a no ser que quizá esté encerrada en el espacio y se la una localmente al cuerpo. Porque si ello fuese así, podría ser que una masa más grande pudiese hacer tomar al alma, aunque más excelente, su naturaleza inferior, como se ve que un viento mayor extiende una llama menor. Pero ello no es así. En realidad toda masa que ocupa un lugar, no existe toda entera en cada una de sus partes, sino en la totalidad. Por lo cual, una de sus partes está en un lugar y otra en otro. El alma, por el contrario, no está sólo presente en toda la masa del cuerpo que anima, sino que también está presente al mismo tiempo toda entera en cada una de sus partes más pequeñas. En efecto, ella siente toda entera la impresión que recibe una parte del cuerpo, y, sin embargo, no la siente en el cuerpo todo entero. Así cuando el pie sufre, el ojo mira, la lengua habla y las manos se allegan. Ahora bien, esto no sucedería si lo que del alma hay, no estuviese en aquellas partes, y si no sintiera el dolor del pie herido; ni podría sentir lo que ha pasado en ese miembro si está ausente. Po r-que, en fin no es creíble que ello suceda por medio de algún mensajero que anuncia lo que no siente, porque la impresión que se da no recorre la continuidad de la masa del cuerpo, para advertir de su presencia a las demás partes del alma que existen en distintos lugares; sino que el alma toda siente lo que pasa en esa parte del pie y lo siente sólo allí donde sucede. Luego el alma que siente toda entera al mismo tiempo en cada una de las partes del cuerpo, está presente toda entera al mismo tiempo en cada una de esas partes. Sin embargo, no está presente toda entera como la blancura u otra cualidad por el estilo que está toda ent e-ra en cada parte del cuerpo. Porque si el cuerpo experimenta en una parte una alteración de la blancura, esta alteración puede no afectar en nada la blancura que está en otra parte. Por lo cual, es evidente que esta blancura está disgregada en partes de acuerdo a la disgregación de partes de la masa.

Mas que así no sucede en el alma se demuestra por la sensación de la que acabamos de hablar.

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¿Matrimonio para siempre?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Cuando el sacerdote recuerda a los contrayentes que la relación de noviazgo culmina y ahora se perpetúa nueva en el sacramento del matrimonio, y los novios aceptan que se unirán “hasta que la muerte los separe”, es indudable que su intención dista mucho de ser otra.

 

Pero el índice de separaciones y el terrible flagelo del divorcio muestran que algo está fallando.

 

Se aducen argumentos tan nimios como la incompatibilidad de caracteres y tan “profundos” como la infidelidad conyugal, aunque hay tanta variabilidad en las posibles causas, que son simplemente impredecibles, como la de la liberación de la mujer y la incomprensión por parte de su marido.

 

La indisolubilidad matrimonial se ha tratado desde el punto de vista moral y se tiene la certeza desde la perspectiva teológica. Pero tanto los hombres como las mujeres hacen abstracción del grave daño que a sí mismos se hacen cuando no toman en serio el concepto perenne del matrimonio. Además, la experiencia cotidiana demuestra en qué modo y cuánto sufren los hijos.

 

El ser humano no se entrega como lo hacen los animales. Estos pueden estar juntos sólo en la cópula, por unos días (mientras dura el período de celo), durante la crianza o, a veces, durante toda la vida; tampoco se ve homogeneidad en el número: pueden ser una o varias hembras las compañeras de un macho, y esta tener varias cópulas con diferentes machos… Es lógico: tienen un alma sensible.

 

El hombre y la mujer poseen, en cambio, un alma espiritual. Efectivamente, además de su cuerpo (como los animales) y su alma (sus sentimientos, su psicología) y, haciendo parte de su esencia, está eso que lo hace pensar en la otra vida y —principal y particularmente útil para hablar del amor— eso que le hace pensar que toda relación marital debe ser para siempre: el aspecto espiritual.

 

Así, los nuevos esposos desean que su relación se perpetúe hasta la muerte y, si fuera posible, después de ella. No hay pareja que no lo haya deseado. El ser humano se mueve en tres planos: el biológico, el psicológico y el espiritual: se ama con el cuerpo, el alma y el espíritu; de otro modo este no sería un amor humano.

 

Lo espiritual tiende a traspasar el umbral de la muerte. Y si lo espiritual es imperecedero, el amor de un ser espiritual deberá ser eterno. La entrega total se da en los tres planos; por tanto, quien ama con un amor verdadero ama para siempre. Si no lo hace así, la conciencia, que dicta todos los sumandos de la ley natural, le reprenderá constantemente y hará de él un ser siempre infeliz que, obviamente, no será capaz de amar lo suficiente para mantener una relación estable, ni para educar adecuadamente a los hijos. He aquí, entonces, una de las razones de los frecuentes fracasos matrimoniales.

 

Desprendiéndose de esta, la otra causa más frecuente de disolución conyugal es el hecho triste, pero incuestionable, de considerar al otro una posesión más: si la dignidad de la mujer —más violada que la del hombre— se sigue vulnerando hasta hacer de ella un objeto de placer sexual, una sirvienta y alguien que se encarga de los hijos, en vez de una compañera del camino hacia la felicidad, con la que se enriquece la relación, ambos cónyuges irán en direcciones dispares y se facilitará el fracaso.

 

Ambos, hombres y mujeres, deberían tener como guía de su relación las siguientes palabras de Hugo de Víctor, en el siglo XII:

 

La mujer no fue sacada del cerebro del hombre, pues nunca se pensó que gobernara, ni de sus pies para que fuera su esclava, sino de su costado para que caminara a su lado, de debajo de su brazo para que fuese por él protegida y de cerca de su corazón para que la amase intensamente.

 

   

 

 

 

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Ciclo A, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 16, 2008

 

 

Preparados para la muerte

 

La muerte no es una posibilidad ni una opción; es una realidad ineludible. Ninguna frase tiene tanta contundencia.

El ser humano pertenece a la única especie que se ha percatado de tener un alma inmortal, y es también el único que sabe que hay otra vida tras la muerte. Por eso, entre todas las metas, emerge la imperiosa necesidad de prepararse para la muerte propia y la de los seres queridos.

Sin embargo, el ser humano moderno se prepara más para el futuro inmediato: las mujeres y hombres de hoy están siendo inducidos a tener seguros para todo. Nos estamos preparando para lo eventual, para lo que pueda pasar. Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Y, ¿cómo prepararnos? Como las vírgenes del Evangelio de hoy, teniendo preparado el aceite: hacer la voluntad de Dios.

Así sucederá lo que nos dice la segunda lectura: cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del Cielo. Y resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros nos reuniremos con ellos, llevados en las nubes al encuentro del Señor, allá arriba. Y estaremos con el Señor para siempre, inmensa y eternamente felices, junto a nuestros seres queridos.

Esta es la verdadera sabiduría: buscar la voluntad de Dios y hacerla. Un director espiritual nos puede orientar; aprendamos nuestra Fe leyendo y meditando el Catecismo de la Iglesia Católica, luego la Biblia, después el Código de derecho canónico  y los documentos de la Iglesia… Y vivamos de acuerdo con esa doctrina.

Apasionarse por esta sabiduría, como dice el libro de la sabiduría en la primera lectura de hoy, es la mejor de las ambiciones; el que trasnocha a causa de ella estará pronto sin preocupaciones. Y, lo que es mejor, se habrá preparado para la única realidad inevitable del ser humano.

  

 

 

 

 

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Ciclo A, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2008

 

  

 

 

 

 

¿Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente?

 

San Pablo dice hoy que el Evangelio que les llevó a los habitantes de Tesalónica no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo.

Ese mismo Evangelio nos llegó a nosotros; alguno podría decir que ahora no hay milagros ni se ve el Espíritu Santo. ¿Por qué? Quizá porque en nosotros «se quedó solo en palabras»…

Y, ¿cómo hacer para que no se quede sólo en palabras? La respuesta está en la misma lectura: los tesalonicenses se hicieron imitadores de los apóstoles y del mismo Señor, y se pasaron de los ídolos a Dios, empezando a servir al Dios vivo y verdadero, y esperando que venga del cielo el que nos liberaría: Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos.

Actuando así podremos demostrar a Dios nuestro agradecimiento y nuestro amor: cumpliendo los mandatos que nos dio desde el Éxodo, como nos lo narra la primera lectura: no maltratar, ni oprimir a los extranjeros; no hacer daño a la viuda ni al huérfano; si se le presta dinero al pobre, no ser como el usurero, no exigirle interés; si se toma prestado, devolver a tiempo lo prestado.

Ese agradecimiento y ese amor nos debe mover a buscar cómo agradar a Dios todos los días de nuestra vida: que nuestras obras, palabras y pensamientos sean de su gusto, que con ellos le demos parte de la gloria que se merece, pues es mucho lo que le debemos: nos dio la vida, la salud, nuestros seres queridos, el sustento diario; la creación, la encarnación del Hijo de Dios, la Redención, la Iglesia, los sacerdotes que nos guían y administran los Sacramentos, su presencia real entre nosotros… Nunca terminaríamos de enumerar lo que Dios nos ha dado, y que nos muestran su infinito amor por nosotros.

Por eso, Jesús dejó claro que todo lo que debemos cumplir está encerrado en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Qué tan lejos estamos de amar con esas dos medidas? Pensémoslo un instante.

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2008

 

 

   

 

 

 

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

 

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, todo nuestra bilogía.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo tan pequeño como una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él. Y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con la dignidad de seres humanos; y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da los tesoros secretos y las riquezas escondidas, para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama.

Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

 

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La inmortalidad del alma*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Contiene este libro el conjunto de razones sobre la inmortalidad del

alma, así como la solución de las dificultades que se presentan.

I

Primera razón por la cual el alma es inmortal: porque es sujeto de la

ciencia que es eterna.

1. Si la ciencia existe en alguna parte, y no puede existir sino en

un ser que vive, y existe siempre; y si cualquier ser en el que algo

siempre existe, debe existir siempre: siempre vive el ser en el que se

encuentra la ciencia.

Si nosotros somos los que razonamos, es decir, nuestra alma; si

ésta no puede razonar con rectitud sin la ciencia y si no puede subsistir

el alma sin la ciencia, excepto el caso en que el alma esté privada de

ciencia, existe la ciencia en el alma del hombre.

La ciencia existe en alguna parte, porque existe y todo lo que

existe no puede no existir en parte alguna. Además la ciencia no puede

existir sino en un ser que vive. Porque ningún ser que no vive puede

aprender algo; y no puede existir la ciencia en aquel ser que no puede

aprender nada. Asimismo, la ciencia existe siempre. En efecto, lo que

existe y existe de modo inmutable es necesario que exista siempre.

Ahora bien, nadie niega la existencia de la ciencia. En efecto, quienquiera

que admita que no se puede hacer que una línea trazada por el

centro de un círculo no sea la más larga de todas las que no se tracen

por el dicho centro, y que esto es objeto propio de alguna ciencia, afirma

que existe una ciencia inmutable.

Además nada en lo que algo existe siempre, puede no existir

siempre. Efectivamente, ningún ser que existe siempre permite que le

1 Escrito el año 387 de Cristo.

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sea sustraído alguna vez el sujeto en el que existe siempre. Desde luego

cuando razonamos, esto lo hace nuestra alma. En efecto, no razona

sino el que entiende: mas ni el cuerpo entiende, ni el alma con el auxilio

del cuerpo, porque cuando quiere entender se aparta del cuerpo.

Aquello que es entendido existe siempre del mismo modo; y nada

propio del cuerpo existe siempre de la misma manera, luego el cuerpo

no puede ayudar al alma que se esfuerza por entender, le basta con no

serle obstáculo.

Asimismo nadie sin ciencia razona con rectitud. Pues el recto raciocinio

es el pensamiento que tiende de lo cierto al descubrimiento de

lo incierto, y nada cierto hay en el alma que ésta lo ignore. Mas todo lo

que el alma sabe, lo posee en sí misma, y no abraza cosa alguna con su

conocimiento sino en cuanto pertenece a una ciencia. En efecto, la

ciencia es el conocimiento de cualesquiera cosas.

Por consiguiente, el alma humana vive siempre.

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II

Segunda razón por la cual el alma es inmortal: porque es sujeto de la

razón que es inmutable.

2. La razón ciertamente o es el alma o existe en el alma. Mas

nuestra razón es mejor que nuestro cuerpo; nuestro cuerpo es una

substancia, y es mejor ser substancia que no ser nada, luego nuestra

razón es algo.

Además cualquier armonía propia del cuerpo que exista, es necesario

que exista de modo inseparable en el sujeto cuerpo, y no se crea

que en esa armonía puede existir alguna otra cosa que de igual manera

no exista con necesidad en ese sujeto cuerpo, en el que también esta

misma armonía existe no menos inseparablemente. Pero el cuerpo

humano es mudable, y la razón inmutable. En efecto, es mudable todo

lo que no existe siempre del mismo modo. Y siempre es de la misma

manera que dos y cuatro sumen seis. Además siempre es del mismo

modo que dos y dos sumen cuatro; mas esto no lo tiene el dos porque

el dos no es cuatro. Pero esta relación es inmutable, por consiguiente,

es razón. Ahora bien, de ningún modo no puede padecer el cambio,

habiéndose mudado el sujeto, lo que existe inseparablemente en él.

Luego, no es el alma la armonía del cuerpo, y no puede sobrevenir la

muerte a cosas inmutables. En consecuencia el alma vive siempre ya

sea ella misma la razón ya sea que la razón exista en ella de modo

inseparable.

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III

La substancia viva y el alma, que no es susceptible de cambio, aún

siendo de algún modo capaz de cambiar, es inmortal.

3. Hay un poder propio de la permanencia y toda permanencia es

inmutable, y todo poder puede hacer algo, ni cuando no hace nada deja

de ser un poder. Además toda acción consiste en recibir un movimiento

o en causarlo. Luego, o no todo lo que recibe el movimiento, o ciertamente

no todo lo que lo causa es mudable. Pero todo lo que es movido

por otro y no se mueve a sí mismo es algo mortal. Y nada mortal es

inmutable.

De ahí se puede concluir con certeza y sin alternativa alguna que

no todo lo que causa movimiento se cambia. Mas no hay movimiento

posible sin una sustancia: toda sustancia vive o no vive, pero todo lo

que no vive carece de alma y sin alma no existe acción alguna. Luego,

aquel ser que causa el movimiento sin perder su inmutabilidad es necesariamente

una sustancia viviente. Esta sustancia pone el cuerpo en

movimiento a través de todos los grados. En consecuencia, no todo lo

que mueve el cuerpo es mudable.

Pero si el cuerpo no se mueve sino según el tiempo y en esto consiste

el moverse más despacio y más rápidamente, síguese que existe,

pues algo que mueve en el tiempo, y sin embargo no se cambia.

Ahora bien, todo lo que mueve el cuerpo en el tiempo, aunque

tienda a un único fin, sin embargo no puede realizarlo todo a la vez, ni

puede tampoco evitar de hacer muchas cosas: en efecto no puede hacer,

– ya se trate de cualquier agente – que sea perfectamente uno lo que

puede dividirse en partes, o de lo contrario se daría un cuerpo sin partes

o un tiempo sin intervalo de pausas; ni tampoco que pueda pronunciarse

la sílaba más corta de la que no se oiga entonces el fin, cuando

ya no se oye el comienzo. Luego, lo que se comporta así exige la previsión

para que pueda llevarse a cabo y la memoria para que pueda ser

aprehendido en la medida posible. La previsión es para las cosas que

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7

serán, la memoria para aquellas que pasaron. Pero el propósito de obrar

es propio del tiempo presente, a través del cual lo futuro pasa a ser

pretérito; y no se puede esperar sin ninguna memoria el fin del movimiento

de un cuerpo que ha sido iniciado. En efecto, ¿cómo se podría

esperar el fin de un movimiento si no se recuerda que ha comenzado, o

ni siquiera que tal movimiento existe? Además, el propósito de llevar a

cabo algo, que es presente, no puede existir sin que se tenga en vista la

obtención del fin que es futuro: no existe nada que todavía no existe, o

que ya no existe. Puede, por consiguiente, haber en una acción algo

que pertenece a aquellas cosas que aún no son y, simultáneamente,

puede haber muchas cosas en el agente, aún cuando no puede llevar a

término muchas a la vez. Luego, puede haber también en el que mueve,

cosas que no se pueden encontrar en el que es movido. Pero las cosas

que no pueden existir simultáneamente en el tiempo y que sin embargo

pasan del futuro al pasado, están necesariamente sometidas al cambio.

4. De aquí concluimos en seguida que puede haber algún ser que,

causando el movimiento en las cosas mudables, no se cambia. En

efecto, ¿quién podría dudar de la legitimidad de la conclusión toda vez

que no varía el propósito del agente de llevar al término que se propone

el cuerpo que pone en movimiento, cuando este cuerpo del que algo

se hace, cambia a cada instante por este mismo movimiento, y puesto

que aquel propósito de obrar, que permanece inmutable como es evidente,

no sólo mueve los brazos del obrero, sino también la madera o la

piedra que están sujetos al artífice?

Pero no del hecho que el alma cause el movimiento y produzca

los cambios en el cuerpo y que ella se proponga estos cambios se está

en derecho de pensar que también el alma cambia y que por esto está

sujeta a la muerte. Ella, pues, puede unir en este su propósito el recuerdo

del pasado y la previsión del futuro, cosas que no pueden darse sin

la vida. Aunque la muerte no puede acaecer sin el cambio y ningún

cambio sin el movimiento, sin embargo no todo cambio produce la

muerte ni todo movimiento realiza un cambio. En efecto, es lícito decir

que nuestro propio cuerpo en cada una de sus acciones recibe un gran

número de movimientos y que evidentemente cambia por la edad: con

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todo no se puede decir que ya ha muerto, esto es, que está sin vida.

Luego también permítasenos concluir que el alma tampoco es privada

de la vida, aunque tal vez por el movimiento le acaezca algún cambio.

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IV

El arte y los principios de las matemáticas son inmutables y no pueden

existir sino en un alma que vive.

5. Entonces si algo permanece inmutable en el alma, y esto a su

vez no puede subsistir sin vida, también es necesario que una vida

permanezca sempiterna en el alma. Esto sucede precisamente de manera

que si se da lo primero, necesariamente también debe darse lo segundo;

pero lo primero es cierto. En efecto, dejando de lado otras

cosas, ¿quién se atrevería a afirmar que la relación de los números es

mudable o que todo arte no está constituido por esta relación? o ¿que el

arte no está en el artífice, aun cuando no lo ejerza? o ¿que su existencia

no puede darse en el alma, o que puede existir en donde no hay vida? o

¿que lo que es inmutable puede alguna vez no existir? o ¿que una cosa

es el arte y otra la relación?

Aunque, pues, se diga que un solo arte es como un conjunto de

relaciones, con todo se puede decir también de un modo certísimo y

entender el arte como una única relación. Pero, ya sea esto, ya sea

aquello, no menos se sigue que el arte es inmutable, que no sólo existe

en el alma del artífice como es evidente, sino también que no existe en

ninguna otra parte a no ser en el alma y esto de una manera inseparable.

Puesto que si el arte se pudiera separar del alma, o bien existiría

fuera del alma, o bien no existiría en ninguna parte, o pasaría continuamente

de alma en alma. Pero como, por otra parte, la sede del arte

necesariamente debe ser un ser con vida,, así también la vida con la

razón es exclusivamente propia del alma. En fin, lo que existe debe

existir e n alguna parte, y lo que es inmutable no puede dejar de existir

en ningún momento. Si, por el contrario, el arte pasa de alma en alma,

dejando ésta para habitar en aquélla, nadie enseñaría un arte sino perdiéndolo,

y también nadie se haría hábil en un arte a no ser o por el

olvido del que lo enseria o por su muerte.

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Si, pues, estas cosas son absurdísimas y del todo falsas, como

efectivamente lo son, el alma humana necesariamente es inmortal.

6. Pero si sucede que el arte unas veces existe en el alma y otras

no, como bien lo prueban el olvido y la ignorancia, la contextura de

este argumento no aporta ninguna prueba en favor de la inmortalidad

del alma, a menos que se niegue lo anterior del siguiente modo: o hay

algo en el alma que no está en el pensamiento actual, o en un alma

instruida no se encuentra el arte de la música cuando ésta piensa en la

geometría únicamente.

Esto último es falso, luego lo primero es verdadero.

Pero el alma no siente que posee algo, sino lo que le, haya venido

al pensamiento. Por consiguiente puede haber en el alma algo que ella

misma no sienta que existe en ella. Mas por cuanto tiempo sea esto no

interesa; porque si el alma se hallare ocupada en otras cosas por más

tiempo del que puede fácilmente volver su intención sobre sus pensamientos

anteriores, se produce lo que se llama el olvido o la ignorancia.

Pero cuando razonamos con nosotros mismos o cuando otra

persona nos ha interrogado de una manera conveniente sobre cualquiera

de las artes liberales, las cosas que descubrimos no las encontramos

en otra parte sino en nuestra propia alma; y no es lo mismo descubrir

que hacer o crear; porque de lo contrario el alma con un descubrimiento

temporal crearía cosas eternas, puesto que ella a menudo encuentra

en sí cosas eternas. En efecto, ¿qué tan eterno como la razón

del círculo, o qué otra cosa propia de artes semejantes se puede concebir

que alguna vez ha podido o que podrá no existir? Queda, pues,

claro que el alma humana es inmortal y que subsisten en sus secretos

todas las verdaderas razones de las cosas, aunque, sea por ignorancia,

sea por olvido parezca o que no las posee o que las ha perdido.

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11

V

El alma no está así sujeta’ al cambio de modo que deje de existir.

7. Mas veamos ahora hasta dónde se pueda admitir el cambio que

experimenta el alma.

Si, en efecto, existiendo el arte en un sujeto, este sujeto es el alma,

y si no puede experimentar cambio alguno el sujeto sin que también

lo experimente lo que existe en el sujeto, ¿cómo podemos

establecer que son inmutables el arte y la razón, si se prueba que está

sujeta al cambio el alma en la que existen? ¿Qué cambio, pues, puede

haber mayor que el que se suele realizar en los contrarios, y quién

niega que el alma, dejando de lado otros casos, es unas veces necia,

otras, por el contrario, sabia?

Entonces consideremos primero de cuántos modos se puede admitir

este cambio que se predica del alma. De estos modos de cambiar

el alma, según opino, solamente nos son más evidentes y más claros

dos en cuanto al género, pero se pueden enumerar muchos en cuanto a

la especie. En efecto, se dice que el alma cambia o según las pasiones

del cuerpo, o según las suyas propias. Según las pasiones del cuerpo: el

cambio se realiza en el alma por las edades, las enfermedades, los

dolores, los malestares, las ofensas, los goces; según las suyas propias:

por el desear, el alegrarse, el temer, el enojarse, el estudiar, el aprender.

8. Todos estos cambios si no constituyen un argumento necesario

de que el alma muera, los mismos en nada realmente han de ser temidos

por sí, considerados separadamente; pero hay que examinar si no

se oponen a nuestra doctrina, por la que establecimos que, habiéndose

mudado el sujeto, de modo necesario experimenta cambio todo lo que

existe en él. Pero la verdad es que no se oponen. Aquello se afirma

según este cambio del sujeto por el cual éste es forzado cambiar absolutamente

de nombre. Puesto que si la cera pasa de algún modo del

color blanco al negro, y si de la forma cuadrada pasa a la redonda, y de

blanda se vuelve dura y de caliente llega a ser fría, no por eso es menos

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cera; ahora bien, estas cosas existen en un sujeto, y este sujeto es la

cera. Pero la cera permanece ni más ni menos cera, aun cuando aquellas

cosas experimenten el cambio. Síguese que puede hacerse un cierto

cambio de aquellas cosas que existen en el sujeto y, sin embargo que

este mismo sujeto según su esencia y su nombre no se cambie.

Con todo, si de aquellas cosas que existen en el sujeto, se hiciese

un cambio tan profundo, de modo que aquel sujeto, que se suponía

subyacer ya de ninguna manera se pudiese llamar tal, como por ejemplo

cuando por el calor del fuego la cera se dispersa en el aire y experimenta

tal cambio que claramente hace entender que ha sido cambiado

el sujeto, que era cera y que ahora ya no es cera; de ningún modo se

juzgaría con alguna razón que queda algo de aquellas cosas que existían

en aquel sujeto porque hasta ahora era su sujeto.

9. Por lo tanto, si el alma es el sujeto, como dijimos más arriba,

en el que existe la razón de una manera inseparable y con aquella necesidad

también con que se demuestra que existe en un sujeto, si el alma

no puede existir sino viva, si en ella la razón no puede existir sin la

vida, y si la razón es inmortal, el alma, es inmortal.

Por cierto, la razón no podría permanecer al margen de todo cambio

no existiendo de ninguna manera su propio sujeto. Esto sucedería si

le sobreviniera al alma un cambio tan profundo que la hiciera dejar de

ser alma, esto es, la obligara a morir. Mas ninguno de aquellos cambios,

que se realizan ya sea por medio del cuerpo ya sea por medio del

alma misma (no obstante ser un problema de no poca importancia, de

si algunos de estos cambios son realizados por ella misma, esto es, que

ella misma sea la causa de ellos), puede obrar de modo de hacer que el

alma deje de ser alma. Luego, ya no han de ser temidos estos cambios,

no sólo en sí mismos, sino también para nuestros razonamientos.

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VI

La razón que es inmutable, ya exista en el alma, ya con el alma, ya el

alma exista en la razón, no se puede separar de la misma e idéntica

alma.

10. Por consiguiente, veo que nos debemos aplicar con todas las

fuerzas del raciocinar para saber qué es la razón y de cuántas maneras

se puede definir a fin de que aparezca evidente la inmortalidad del

alma según todas sus modalidades.

La razón es la visión del alma con la cual ésta por sí misma y no

por medio del cuerpo intuye la verdad; o bien es la contemplación de la

verdad no realizada por medio del cuerpo, o bien es la verdad misma

que es contemplada.

Nadie puede dudar que la razón en el primer caso subsiste en el

alma; con respecto al segundo y tercero se puede investigar; con todo,

en el segundo caso tampoco puede subsistir sin el alma. En cuanto al

tercero se presenta un grave problema: si aquella verdad, que el alma

intuye sin el auxilio del cuerpo, exista por sí misma y no exista en el

alma, o si podría existir sin el alma. Pero de cualquier modo que sea,

no podrá el alma por sí misma contemplar la verdad si no tuviese con

ella alguna unión. Puesto que todo lo que contemplamos o aprehendemos

con el pensamiento, lo aprehendemos o con el sentido o con el

entendimiento. Pero aquello que es captado por el sentido es también

sentido como existiendo fuera de nosotros y como contenido en el

espacio, por lo cual se afirma que no puede ser percibido realmente.

Por el contrario, lo que es entendido, es entendido no como puesto en

otra parte, sino como el alma misma que entiende, puesto que es entendido

al mismo tiempo como no contenido en el espacio.

11. Por lo cual, esta unión del alma que intuye y de su verdad que

es intuida o es tal que el sujeto es el alma y la verdad aquella existe en

el alma, o, por el contrario, es la verdad el sujeto y el alma existe en

ella, o ambas, verdad y alma, son sustancias.

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14

De estos tres casos si es cierto el primero, tan inmortal es el alma

como la razón, según la exposición hecha más arriba: que la razón no

puede existir sino en un sujeto vivo.

La misma necesidad se encuentra en el segundo caso. Porque si

aquella verdad, que se llama razón, nada tiene que esté sujeto al cambio,

como es evidente, nada tampoco puede mudarse de lo que existe

en ella como en su sujeto.

Por consiguiente, toda la discusión se reduce a lo tercero. Puesto

que si el alma es sustancia, y la razón a la que se une es también sustancia,

no sería absurdo que alguien hubiera podido pensar que podría

suceder que, perdurando la razón, el alma dejara de existir. Pero es

evidente que mientras el alma no se separe de la razón y esté unida a

ella, necesariamente perdura y vive. Y bien, ¿con qué fuerza, en última

instancia, puede ser separada? ¿Acaso con una fuerza corporal cuyo

poder no sólo es más débil sino también su origen inferior y su naturaleza

bastante distinta? Imposible. Entonces, ¿tal vez con una fuerza

psíquica? Pero también esto, ¿de qué manera? ¿Hay quizá alguna otra

alma más poderosa, cualquiera que sea, que no puede contemplar la

razón sino separando de ella a otra? Sin embargo, dado que todas las

almas están en contemplación de la razón, a ninguna le puede faltar; y,

no habiendo nada más poderoso que la razón misma, que es lo más

inmutable, de ninguna manera habrá un alma que aún no esté unida a la

razón más poderosa que el alma que le está unida.

Queda todavía otra posibilidad: o que la razón la separe de sí

misma, o que el alma misma se separe voluntariamente de la razón.

Ahora bien, nada hay de mala voluntad en la naturaleza de la razón

para que no se entregue al alma a fin de que la disfrute. Además,

cuanto más plenamente la razón existe, tanto más hace que cuanto se le

una, exista, y precisamente es esto todo lo contrario de la muerte. Mas

no sería demasiado absurdo que alguien dijera que el alma se puede

separar de la razón voluntariamente, concedido que pueda darse alguna

separación entre sí de las cosas que no están en el espacio. Esto ciertamente

se puede objetar contra todo lo anterior, a lo que hemos alegado

otras objeciones.

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15

¿Qué pues? ¿Acaso ya no se ha de concluir que el alma es inmortal?

O ¿quizá, si no se puede separar, puede todavía extinguirse?

Porque si aquella fuerza de la razón afecta al alma por su misma unión,

que efectivamente no puede dejar de afectarla, de tal manera seguramente

la afecta que le otorga el existir. En efecto, la razón misma

existe por sobre todo y en ella es donde también se entiende la máxima

inmutabilidad. Y así al alma, a la que afecta de sí, la obliga en algún

modo a existir. Por consiguiente, el alma no se puede extinguir, a no

ser que hubiera sido separada de la razón. Mas no se puede separar

como arriba lo hemos demostrado. Luego no puede perecer.

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16

VII

El alma no perece ni aún cuando flor su esencia tienda al menoscabo.

12. Pero esta separación de la razón por la que sobreviene al alma

la necedad, no puede darse sin un menoscabo del alma; si, en efecto, es

más que el alma esté dirigida y adherida a la razón, por eso, porque

está adherida a un ser inmutable que es la verdad, que no sólo existe

por sobre todas las cosas, sino también antes que todas, cuando de ella

ha sido separada posee en menor grado esa misma existencia, lo que es

menoscabarse. Ahora bien, todo menoscabo tiende a la nada, y no se

puede concebir ninguna muerte más propiamente que cuando esto, que

era algo, se hace nada. Por lo cual, tender a la nada es tender a la

muerte. Porqué la muerte no caiga en el alma en la que cae el menoscabo,

apenas es posible decirlo.

Aquí concedemos todo lo demás, pero negamos que necesariamente

se siga la muerte para lo que tiende a la nada, esto es, que efectivamente

llegue a la nada. Esto se puede observar también en el

cuerpo. Porque, puesto que todo cuerpo es una parte del mundo sensible

y por eso cuanto más grande es y más lugar ocupa, tanto más se

acerca al todo, y cuanto más se comporta así tanto más plenamente

existe. En efecto, el todo es más que la parte. Por lo cual también es

necesario que sea menos cuando se reduce. Luego, cuando se reduce,

experimenta un menoscabo. Ahora bien, se reduce cuando de él se

quita algo cortando. De aquí resulta que por esa sustracción tienda a la

nada. Con todo, ninguna sustracción lo lleva ala nada; porque toda

parte que queda es cuerpo y cualquiera sea su tamaño, ocupa un lugar

de cualquier dimensión. Esto no podría suceder, si no tuviese partes en

las que siempre de idéntico modo se dividiera. Luego, se puede reducir

un cuerpo al infinito dividiéndolo infinitivamente, y por eso, puede

sufrir un menoscabo y tender a la nada, aunque jamás pueda llegar.

Todo esto también se puede afirmar y entender del espacio mismo

y de cualquier intervalo. Porque no sólo quitando de esos intervalos

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17

limitados, v. gr., una mitad, sino también de lo que resta siempre la

mitad, el intervalo se reduce y progresa hacia el fin, al que sin embargo

de ningún modo llega.

! Cuánto menos se ha de temer esto del alma! Puesto que el alma

es ciertamente mejor y más vivaz que el cuerpo, por medio de la cual

éste recibe la vida.

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18

VIII

Como al cuero no se le puede quitar aquello por lo que es cuerpo, así

tampoco al alma aquello por lo que es alma

13. Porque si lo que hace que exista un cuerpo no consiste en su

masa, sino por el contrario en su forma, -aserción que se prueba con

argumento irrebatible- tanto más plenamente existe el cuerpo, cuanto

más bello y hermoso; y tanto menos, cuanto más feo y deforme; este

menoscabo no proviene como aquél del que ya hemos hablado bastante

de una reducción de la masa, sino del menoscabo que sobreviene a su

forma.

Hemos de examinar y discutir este asunto con todo el cuidado posible,

a fin de que no vaya alguien a afirmar que el alma puede perecer

a causa de un tal menoscabo como se podría creer, por ejemplo, que,

mientras el alma está en la locura y se encuentra así privada en cierta

medida de su forma, esta privación pueda ser aumentada en tanto que

la despoje enteramente de toda su forma y por ese menoscabo la reduzca

a la nada y la obligue necesariamente a morir.

Por eso, si llegamos a demostrar que el cuerpo mismo no puede

incurrir en una privación tal que también lo despoje de aquella forma

por la que es cuerpo, de derecho quizá habremos demostrado que mucho

menos el alma puede ser privada de lo que le es esencial como

alma. Porque, a la verdad, nadie que se haya examinado interiormente

bien, dejará de confesar que cualquier alma se ha de considerar superior

a cualquier cuerpo.

14. Establezcamos, pues, como principio de nuestro razonamiento

que ningún ser se hace o se engendra a sí mismo; de lo contrario existiría

antes de existir: puesto que si esto es falso, aquello es verdadero.

Digamos aún más, que lo que no ha sido hecho o nacido y sin

embargo existe, es necesariamente eterno. Quien quiera que acuerde a

algún cuerpo esta naturaleza y excelencia cae ciertamente en un grave

error. Pero, ¿para qué vamos a discutir? En ese caso, con mucha mayor

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19

razón estamos obligados a otorgar esa excelencia al alma. Y así, si

algún cuerpo es eterno, toda alma es eterna porque cualquier alma se

ha de anteponer a cualquier cuerpo, y lo que es eterno a lo que no lo es.

Sin embargo, si como es cierto, el cuerpo ha sido creado, lo ha sido

por un creador, que no puede ser inferior a él; pues no habría sido

capaz para darle que obrara cualquier cosa sea aquello que hiciera.

EL creador tampoco puede ser igual a lo creado; porque es conveniente

que el creador tenga para ejecutar la obra algo superior a lo

que crea. Porque se puede decir sin absurdo de aquel que engendra que

él es de la misma naturaleza que aquello que es engendrado por él.

Luego todo cuerpo ha sido creado por una fuerza y por una naturaleza

más poderosa y mejor, no en verdad corpórea. Porque si un cuerpo ha

sido creado por otro cuerpo, no pudo haber sido creado todo cuerpo.

De lo más verdadero, pues, es lo que establecimos al comienzo de esta

disensión: que ningún ser puede hacerse por si mismo.

Mas esta fuerza y esta naturaleza incorpórea, hacedora de todo

cuerpo, lo mantiene todo entero por su potencia siempre presente; no lo

creó y se apartó de él y creado no lo abandonó. Esta sustancia que

realmente no es cuerpo y que no se mueve s localmente, por así decirlo,

de modo que pueda separarse de aquella sustancia a la que le corresponde

el espacio, y aquella fuerza creadora no puede estar exenta

de no cuidar lo que ha sido creado por ella, ni de permitir que carezca

de la forma por la que existe todo en la medida en que existe. En efecto,

lo que no existe por sí, si es abandonado por aquel ser por el cual

existe, seguramente dejará de existir; y no podemos decir que el cuerpo

cuando fue creado ha recibido esto: que ya pudiese ser suficiente por sí

mismo, aún si fuese abandonado por el creador.

15. Con todo, si es así, con mayor razón el alma, que es a ojos

vista superior al cuerpo, tendría esta autosuficiencia. Y así, si el alma

puede existir por sí misma, de inmediato se prueba que es inmortal. En

efecto, todo cuanto existe de tal modo necesariamente es incorruptible

y por eso no puede perecer, porque nada deja su propio ser.

Pero la mutabilidad del cuerpo salta a la vista, como suficientemente

lo demuestra el universal movimiento del mismo universo corwww.

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20

póreo. De ahí que a los que observan con atención, en cuanto puede ser

observada la naturaleza, se les revela que con una ordenada mutabilidad

es imitado lo que es inmutable. Mas lo que existe por sí, tampoco

tiene necesidad de movimiento alguno, teniendo toda la plenitud para

sí en su propia existencia, porque todo movimiento es hacia otro ser del

que carece el ser que se mueve.

Luego está presente al universo corpóreo una forma de naturaleza

superior, renovando y manteniendo las cosas que creó: por eso, aquella

mutabilidad no le quita al cuerpo el ser cuerpo, sino que lo hace pasar

de forma en forma con un movimiento ordenadísimo. En efecto, no

permite que ninguna de sus partes vuelva a la nada, abrazándolo todo

entero aquella fuerza creadora con su poder que no se esfuerza ni permanece

inactivo, dando el ser a todo lo que por ella existe, en la medida

en que existe.

Por lo tanto, nadie debe haber tan desviado de la razón, para

quien o no sea cierto que el alma es mejor que el cuerpo, o, concedido

esto, juzgue que al cuerpo no le pueda acaecer que no sea cuerpo, pero

sí al alma que no sea alma. Si esto no sucede y si no puede existir el

alma sin que viva, verdaderamente el alma no muere nunca.

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21

IX

El alma esencialmente es vida; luego no puede carecer de ella.

16. Si alguien objeta que esa muerte por la que sucede que algo

que fue no sea nada, no ha de ser temida por el alma, sino aquella otra

por la cual llamamos cosas muertas a las que carecen de vida, tenga

presente que ninguna cosa carece de su propio ser. Ahora bien, el alma

es una especie de vida, por la cual todo lo que está animado, vive; mas

todo lo que no está animado y que puede ser animado, se concibe como

muerto, esto es, como privado de vida.

Luego el alma no puede morir. Porque si pudiese carecer de vida

no sería alma, sino algo animado; si esto es absurdo, mucho menos ha

de temerse para el alma esta clase de muerte; puesto que, por cierto, no

se la ha de temer para la vida. Porque justamente si muere el alma,

entonces cuando la abandona aquella vida, esa misma vida que abandona

a está, se la concibe mucho mejor como alma, de modo que ya no

sea el alma algo que puede ser abandonado por la vida, sino aquella

misma vida que es la que abandona. Todo cuanto, pues, ha sido abandonado

por la vida se llama muerto, y lo muerto se concibe como dejado

por el alma; mas esta vida, que abandona a los seres que mueren,

porque ella misma es el alma, no puede dejar su propio ser. Luego el

alma no puede morir.

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22

X

EL alma no es la organización del cuerpo.

17. ¿No será quizá que debamos concebir la vida como una cierta

organización del cuerpo, como algunos han pensado? Estos, seguramente

nunca hubieran creído esto, si alejando y purificando su propia

alma del trato con los cuerpos, hubiesen podido ver aquellas cosas que

existen realmente y perduran inmutables. ¿Quién, pues, examinándose

bien no ha experimentado que entendió algo tanto más profundamente,

cuanto mes pudo apartar y retirar la atención de la mente de los sentidos

del cuerpo? Por cierto esto no se podría realizar si el alma fuese la

organización del cuerpo. En efecto, una cosa que no tuviese una naturaleza

propia ni existiese como sustancia, sino que existiese inseparablemente

en el cuerpo como en su sujeto, de la misma manera que el

color y la figura, de ningún modo se podría esforzar por apartarse del

propio cuerpo para captar los inteligibles; y en cuanto pudiese hacerlo,

en tanto podría intuirlos, y por esa visión hacerse mejor y más perfecta.

En realidad, de ninguna manera la figura o el color o también la misma

organización del cuerpo, que es una mezcla real de aquellas cuatro

naturalezas por las que subsiste el cuerpo mismo, se pueden apartar de

éste en el que existen inseparablemente como en su sujeto.

A esto añadimos que los inteligibles, que el alma entiende cuando

se aparta del cuerpo, no son ciertamente seres corpóreos y, sin embargo,

existen y existen con la máxima plenitud porque siempre se poseen

a sí mismos de idéntico modo. En efecto, nada más absurdo se puede

afirmar que aquello que vemos con los ojos existe y lo que contemplamos

con la inteligencia no existe, siendo propio de un insensato

dudar que la inteligencia es incomparablemente superior a los ojos.

Ahora bien, estas cosas que se entienden como poseyéndose a sí mismas

siempre de idéntico modo, cuando las intuye el alma demuestra

bastante que ella les está unida de una manera admirable y asimismo

incorporal, esto es, no espacialmente.

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23

Puesto que o estas verdades existen en el alma o ésta existe en

ellas. Sea cualquiera de los dos casos, o exista el uno en el otro como

en su sujeto, o bien el uno y el otro existan como sustancias. Pero si se

admite lo primero, el alma no existe en el sujeto cuerpo como el color

y la figura, porque ella misma o existe como sustancia o existe en un

sujeto que es otra sustancia que no es cuerpo. Ahora bien: si lo segundo

es verdad, el alma no existe en el sujeto cuerpo como el color porque

es sustancia. Por el contrario, la organización del cuerpo existe en

el sujeto cuerpo como el color; en consecuencia, el alma no es la organización

del cuerpo, sino que la vida es el alma; y puesto que ningún

ser deja su propio ser y puesto que lo que la vida abandona muere,

luego el alma no puede morir.

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24

XI

Siendo la verdad causa del alma, no por eso perece a causa del error

contrario a la verdad.

18. Finalmente, pues, si de nuevo se ha de temer algo, se ha de

temer esto: que el alma perezca por deficiencia cuando es privada de su

forma de existir.

Aunque juzgo que sobre este asunto se ha dicho bastante, y que

ha sido demostrado con argumento cierto cuán imposible es esto; sin

embargo se debe también atender a esto: que no hay otra causa de este

temor sino porque se ha de confesar que el alma necia está en una

especie de deficiencia y que el alma sabia está en una esencia más

cierta y más plena.

Pero si el alma cuando intuye la verdad es entonces sapientísima –

de lo que nadie duda-, verdad que existe siempre de idéntico modo y a

la que se adhiere inseparablemente unida por un amor divino; y si

todas aquellas cosas que existen no importa cómo, existen por esta

esencia, que existe suma y supremamente, el alma en la medida en que

existe o existe por aquélla o existe por sí misma.

Pero si existiese por sí misma, siendo la causa de su propia existencia

y como nunca abandonaría su propio ser, jamás perecería, como

ya lo expusimos más arriba.

Mas si, por el contrario, el alma recibe la existencia de aquella

esencia, es necesario buscar diligentemente qué cosa puede serle contraria

que le pueda quitar al alma la existencia que le otorga aquélla.

¿Cuál es, pues, este ser? ¿Es acaso el error, porque aquélla es la verdad?

¡Cuánto puede dañar al alma el error es evidente y claro! ¿Quizá

puede más que engañarla? Pero nadie que no viva se engaña. Por consiguiente,

el error no puede destruir el alma. Porque, si el error, que es

contrario a la verdad, no puede arrancarle al alma la existencia que le

otorgó la verdad (en tan altísimo grado la verdad es invencible), ¿qué

otro ser se encontrará que arranque al alma aquello por lo que es alma?

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25

Nada en realidad: porque nada hay más poderoso que un contrario para

arrebatar aquello que ha sido hecho por su contrario.

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26

XII

Nada hay contrario a la verdad, por la que el alma es lo que es, en la

medida ere que la verdad misma es.

19. Mas si así buscamos lo contrario a la verdad, no en cuanto es

verdad, sino en cuanto existe suma y supremamente, aunque esto mismo

lo es en tanto en cuanto es verdad, ya que la llamamos verdad porque

por ella son verdaderas todas las cosas en la medida en que

existen, y en tanto existen en cuanto son verdaderas; sin embargo,

porque se me presente esto tan evidente, de ningún modo eludiré el

problema.

En efecto, si ninguna esencia en cuanto es esencia tiene algo contrario,

mucho menos tiene contrario aquella primera esencia, que se

llama verdad, en cuanto es esencia. Lo primero es verdadero; efectivamente

toda esencia no es esencia por otra cosa sino porque es. El ser

no tiene como contrario sino el no ser, por lo cual nada hay contrario a

la esencia. Luego de ningún modo cosa alguna puede ser contraria a

aquella sustancia que es absolutamente suprema y primera. De parte de

la cual si el alma posee aquello mismo por lo que ella es, -porque esto

que el alma no lo tiene de sí misma, no lo puede tener de otra parte

sino de aquel ser que por esto mismo es más perfecto que el alma- no

hay ser por cuya causa lo pierda, porque no hay ningún ser contrario a

ese ser por el que lo tiene; y por eso, no deja de existir. La sabiduría

empero, porque la tiene por conversión hacia aquello de lo que procede,

la puede perder por separación. Porque la separación es contraria a

la conversión. Pero aquel ser que participa de aquél al que ninguna

cosa es contraria, no tiene ninguna posibilidad por la que pueda perderlo.

En consecuencia el alma no puede perecer.

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27

XIII

El alma no se puede transformar en cuerpo.

20. Aquí quizá nazca algún otro problema: a ver si así como el

alma no puede perecer tampoco se pueda transformar en una esencia

inferior. En efecto, puede parecerle a cualquiera, y no sin razón, que

por esta argumentación se ha demostrado que el alma no puede llegar a

la nada, pero que tal vez se pueda transformar en cuerpo.

Si lo que antes era alma se hubiese hecho cuerpo, no por cierto

dejaría de existir del todo. Pero esto no puede suceder, a menos que o

el alma misma lo quiera o sea forzada por otro a serlo. Sin embargo, no

se sigue de inmediato que el alma pueda ser cuerpo ya sea que ella

misma lo haya querido, ya sea que haya sido forzada a serlo. Lo lógico

es que, si lo es, lo quiera así o sea forzada a ello; pero no se sigue que

si lo quiere o es obligada lo sea realmente.

Ahora bien, el alma nunca querrá ser cuerpo. Porque todo su impulso

hacia el cuerpo es o para cuidarlo o para vivificarlo o para que se

organice de un cierto modo, o para cuidarlo de alguna manera. Ahora

bien, nada de esto puede hacer si no es superior al cuerpo. Pero si es

cuerpo, en realidad no será superior al cuerpo. Por consiguiente, el

alma no querrá ser cuerpo. Y no hay argumento alguno más cierto

sobre este asunto que cuando el alma se interroga de esto a sí misma.

De esta manera, pues, el alma comprueba fácilmente que no tiene ningún

impulso si no es o para hacer, o saber, o sentir algo, o tan sólo para

vivir en cuanto esto depende de ella.

21. Pero si el alma es forzada a ser cuerpo, ¿por quién pues lo podrá

ser? Por un ser, que ciertamente sea más poderoso. Luego no puede

serlo por el mismo cuerpo; pues de ninguna manera se puede dar un

cuerpo mas poderoso que un alma. Por otra parte, un alma más poderosa

no podría forzar hacia algo, si no es a aquel ser que está sujeto a su

poder; ni en modo alguno un alma está sujeta al poder de otra, si no por

sus pasiones. Luego esa alma no puede forzar a otra más que cuanto se

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28

lo permiten las pasiones de ésta a la que fuerza. Pero hemos dicho que

el alma no puede tener deseo de ser cuerpo. También es evidente que el

alma no llega a ninguna satisfacción de su deseo cuando pierde todo

deseo; ahora bien, cuando se hace cuerpo lo pierde, luego el alma no

puede ser forzada a hacerse cuerpo por otro ser que no tiene facultad

para obligar sino en cuanto se lo permiten las pasiones de su sometida.

Finalmente, toda alma que tiene a otra en su poder, necesariamente

quiere más tener bajo su poder a ésta que no un cuerpo, y la quiere

atender con bondad o mandar con malicia. Por eso no querrá que se

convierta en cuerpo.

22. En fin, esta alma que fuerza o bien es un ser animado o bien

carece de cuerpo. Pero si carece de cuerpo, no existe en este mundo, y

si es así es sumamente buena y no puede desearle otra tan torpe trasmutación.

Mas si es un ser animado, o también es un ser animado

aquélla a la que fuerza o no lo es. Pero si no lo es, para nada puede ser

forzada por otra. En efecto, no hay alma más poderosa que la que

existe en grado máximo. Mas si existe en un cuerpo, asimismo es forzada

por medio de un cuerpo por otra que existe en un cuerpo, a cualquier

cosa que sea forzada. Mas, ¿quién puede dudar que de ningún

modo se puede hacer una tan grande trasmutación en el alma por medio

de un cuerpo? Sería posible, pues, esto, si el cuerpo fuese más

poderoso que el alma; aunque cualquiera sea aquello a lo que el alma

es forzada por el cuerpo, justamente lo es no por medio de un cuerpo,

sino por medio de sus pasiones, acerca de las cuales ya se ha dicho

bastante. Ahora bien, lo que es superior al alma racional, según unánime

afirmación, es Dios. ÉL ‘por cierto cuida del alma y por eso el alma

no puede ser forzada por 121 a transformarse en cuerpo.

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29

XIV

La fuerza del alma no la puede menoscabar ni el sueño ni ninguna

afección semejante del cuerpo.

23. Si, pues, el alma no consiente transformarse en cuerpo ni por

propia voluntad ni forzada por otro, ¿de dónde puede consentirlo?

¿Quizá porque muchas veces, a pesar nuestro, nos oprime el sueño,

se ha de temer que por alguna deficiencia así, pueda ser convertida

el alma en cuerpo? ¡ Cómo si realmente porque nuestros miembros se

marchitan por el sueño, por eso de algún modo el alma se pudiera hacer

más débil! Tan sólo no siente las cosas sensibles, porque cualquier

cosa sea la que produce el sueño, es propia del cuerpo y opera en el

cuerpo; porque tal cambio está ordenado según la naturaleza para el

descanso del cuerpo de los trabajos; sin embargo, este cambio no quita

al alma la capacidad de sentir o de entender. Porque no sólo tiene de

inmediato presentes las imágenes de las cosas sensibles con tan grande

expresión de semejanza, que no es posible en ese mismo tiempo distinguirlas

de aquellas cosas de las que son imágenes; sino también, si

entiende algo, eso mismo es igualmente verdadero para cuando duerme

como para cuando está en vigilia.

En efecto, si durante el sueño, por ejemplo, a uno le hubiese parecido

haber disputado y haber seguido en la disputa razones verdaderas,

habrá aprendido algo; y ya despierto también esas mismas razones

permanecen en él inmutables, aunque se compruebe que son falsas las

demás cosas, como ser el lugar en el que se realizara la disputa, la

persona con la que se disputara, y las palabras mismas en cuanto al

sonido con las que se creía discutir, y otras cosas por el estilo, que

también se sienten y realizan con los mismos sentidos cuando despiertos

y, sin embargo pasan y nunca obtienen la presencia estable de las

verdaderas razones.

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De lo cual se concluye que por tal cambio de estado en el cuerpo,

cual es el sueño, no se puede menguar la vida propia del alma, sino

sólo el uso que la misma tiene del cuerpo.

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31

XV

Nuevo argumento que prueba que el alma no puede transformarse en

cuerpo.

24. Por último, si la unión del alma y del cuerpo no es local aunque

el cuerpo ocupe un lugar, el alma recibe antes que el cuerpo, y no

sólo antes sino más que el cuerpo, la impresión de estas razones sublimes

y eternas cuya existencia es inmutable y que ciertamente no están

contenidas en el espacio. En efecto, tanto antes el alma es impresionada

por estas verdades cuanto les es más cercana, y por la misma razón

tanto más, cuanto superior al cuerpo; ni esta cercanía es acercamiento

de lugar, sino de orden de naturaleza. Pues en virtud de este orden se

entiende que aquella suprema esencia por medio del alma otorga al

cuerpo la forma, por la cual éste es en la medida en que es. El cuerpo

subsiste a causa del atina y por ella misma es animado, ya sea universalmente

como el mundo, ya sea particularmente como cada uno de los

vivientes dentro del mundo. Por lo cual era lógico que el alma se hiciera

cuerpo por el alma y que en absoluto pudiera ser de otra manera.

Mas como esto no sucede, permaneciendo por cierto el alma en

aquello que la constituye alma, el cuerpo subsiste por ésta que le otorga

la forma y sin que ella la pierde. El alma, pues, no se puede convertir

en cuerpo. Si, en efecto, el alma

no comunicara al cuerpo la forma que ella recibe del Supremo

Bien, el cuerpo no existiría por medio de ella, y si no existiese por

medio de ella, o no existiría en absoluto, o él recibiría tan inmediatamente

su forma como el alma; pero el cuerpo no sólo existe, sino también

si recibiese tan inmediatamente la existencia como el alma, sería

de la misma naturaleza que el alma: pues esto interesa; puesto que si el

alma es superior al cuerpo es porque ella recibe su forma más inmediatamente

que el cuerpo. Ahora bien, el cuerpo la recibiría de una

manera también tan inmediata, si no la recibiese por medio del alma:

puesto que, no habiendo ningún intermediario, seguramente recibiría

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32

su forma tan inmediatamente. No se encuentra nada que esté entre la

Suprema Vida, Sabiduría y Verdad inmutable, y el último ser que es

vivificado, esto es el cuerpo, a no ser el alma que lo vivifica.

Si el alma trasmite al cuerpo la forma, para que sea cuerpo en la

medida en que es cuerpo, por cierto dándole la forma ella no la pierde.

Ahora bien, la perdería si se transformara en cuerpo.

El alma, pues, no se puede convertir en cuerpo ni por su propia

potencia, porque el cuerpo no subsiste sino en cuanto ella subsiste

como alma; ni tampoco puede llegar a ser cuerpo por la potencia de

otra alma, porque el cuerpo no se hace sino por transmisión de la forma

por medio del alma, y el alma no se transformaría en cuerpo sino perdiendo

su forma, si este cambio fuese posible.

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33

XVI

Tampoco el alma racional puede transformarse en alma irracional. El

alma está toda entera en el cuerpo todo entero y en cada una de sus

partes.

25.-Se puede decir del alma o de la vida irracional también esto:

que el alma racional tampoco puede transformarse en alma irracional.

En efecto, el alma irracional si no fuese de un orden inferior a aquel del

alma racional, recibiría de manera igual el ser y le sería idéntica. Así

pues, siguiendo el orden natural, los seres más poderosos trasmiten a

los seres más débiles la forma que ellos han recibido de la Esencia

Suprema; y cuando la trasmiten ellos no la pierden. Estos seres más

débiles existen, en la medida en que existen, porque la forma por la que

existen les es trasmitida por seres más poderosos, que por lo mismo

que son más poderosos son también más excelentes. Ahora bien, esta

excelencia no les ha sido otorgada como potencia de una masa más

grande sobre masas más pequeñas, sino que estas naturalezas más

poderosas son más excelentes por una misma forma sin tener volumen

alguno en el espacio. En este orden el alma es más poderosa y más

noble que el cuerpo; y, puesto que el cuerpo subsiste por el alma, como

lo hemos dicho, ella no se puede transformar de ningún modo en cuerpo.

En efecto, el cuerpo no existe sino recibiendo la forma por intermedio

del alma.

Ahora bien, para que el alma pudiera llegar a ser cuerpo, sería necesario

no que recibiese una forma nueva sino que perdiera la suya

propia; por eso, pues, no puede convertirse en cuerpo a no ser que

quizá esté encerrada en el espacio y se la una localmente al cuerpo.

Porque si ello fuese así, podría ser que una masa más grande pudiese

hacer tomar al alma, aunque más excelente, su naturaleza inferior,

como se ve que un viento mayor extiende una llama menor. Pero ello

no es así. En realidad toda masa que ocupa un lugar, no existe toda

entera en cada una de sus partes, sino en la totalidad. Por lo cual, una

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de sus partes está en un lugar y otra en otro. El alma, por el contrario,

no está sólo presente en toda la masa del cuerpo que anima, sino que

también está presente al mismo tiempo toda entera en cada una de sus

partes más pequeñas. En efecto, ella siente toda entera la impresión que

recibe una parte del cuerpo, y, sin embargo, no la siente en el cuerpo

todo entero. Así cuando el pie sufre, el ojo mira, la lengua habla y las

manos se allegan. Ahora bien, esto no sucedería si lo que del alma hay,

no estuviese en aquellas partes, y si no sintiera el dolor del pie herido;

ni podría sentir lo que ha pasado en ese miembro si está ausente. Porque,

en fin no es creíble que ello suceda por medio de algún mensajero

que anuncia lo que no siente, porque la impresión que se da no recorre

la continuidad de la masa del cuerpo, para advertir de su presencia a las

demás partes del alma que existen en distintos lugares; sino que el

alma toda siente lo que pasa en esa parte del pie y lo siente sólo allí

donde sucede. Luego el alma que siente toda entera al mismo tiempo

en cada una de las partes del cuerpo, está presente toda entera al mismo

tiempo en cada una de esas partes. Sin embargo, no está presente toda

entera como la blancura u otra cualidad por el estilo que está toda entera

en cada parte del cuerpo. Porque si el cuerpo experimenta en una

parte una alteración de la blancura, esta alteración puede no afectar en

nada la blancura que está en otra parte. Por lo cual, es evidente que esta

blancura está disgregada en partes de acuerdo a la disgregación de

partes de la masa.

Mas que así no sucede en el alma se demuestra por la sensación

de la que acabamos de hablar.

 

SAN AGUSTIN

Obispo de Hipona

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¿Se les puede pedir cosas a los santos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

¿Dice la Biblia algo de esto?

Efectivamente, son muchos los pasajes en los que la Biblia llama «santo» o «santos» a algunos seres humanos. Veamos algunos.

  • «No nos retires tu misericordia, por Abraham, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu santo.» (Dn 3, 35)
  • «La sabiduría hizo que lo que ellos emprendían tuviera éxito gracias a un santo profeta.» (Sb 11, 1)
  • «Envidiaron a Moisés, en el campamento, y a Aarón, el santo del Señor.» (Sal 106, 16)
  • «Le colocó también el turbante en la cabeza, y puso en su parte delantera la lámina de oro: ésta era la corona de santidad que el Señor había mandado a Moisés.» (Lv 8, 9)
  • «Por eso el varón santo te suplica en la hora de la angustia.» (Sal 32, 6)
  • «La dama dijo entonces a su marido: «Mira, este hombre que siempre pasa por nuestra casa es un santo varón de Dios.» (2R 4, 9)
  • «Herodes veía que Juan era un hombre justo y santo.» (Mc 6, 20)

Además, en la Biblia se llama «santo» al pueblo de Dios:

  • «Cuando el pueblo santo sea totalmente aplastado y sin fuerza, entonces se cumplirán estas cosas.» (Dn 12, 7)
  • «Pues tú eres un pueblo santo y consagrado al Señor, tu Dios.» (Dt 14, 2)
  • «El Señor hará de ti su pueblo santo, como te ha jurado si tú guardas sus mandamientos y sigues sus caminos.» (Dt 28, 9)
  • «Yo soy el Señor, quien los hace santos.» (Ez 20, 12)
  • «Para tus santos, sin embargo, resplandecía la luz.» (Sb 18, 1)
  • «Teme al Señor, pueblo de los santos, pues nada les falta a los que lo temen.» (Sal 34, 10)

Y la Palabra de Dios nos pide constantemente que seamos santos:

  • «Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: Sean santos, porque yo, el Señor, Dios de ustedes, soy Santo.» (Lv 19, 2)
  • «Pues Dios no nos llamó a vivir en la impureza, sino en la santidad.» (1Ts 4, 7)
  • «En Cristo, Dios nos eligió antes de que creara el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha.» (Ef 1, 4)
  • «Si es santo el que los llamó, también ustedes han de ser santos en toda su conducta.» (1Pe 1, 15)
  • «Que el bueno siga practicando el bien y el santo creciendo en santidad.» (Ap 22, 11)
  • «Revístanse, pues, del hombre nuevo, el hombre según Dios que él crea en la verdadera justicia y santidad.» (Ef 4, 24)
  • «Serán santos para su Dios y no profanarán su Nombre porque son ellos los que ofrecen los sacrificios por el fuego, alimento de su Dios; por esto han de ser santos.» (Lv 21, 6)

Por eso, es frecuente que los cristianos, con alegría, se llamen «santos»:

  • «Así, pues, ya no son extranjeros ni huéspedes, sino ciudadanos de la ciudad de los santos; ustedes son de la casa de Dios.» (Ef 2, 19)
  • «Recíbanla bien, como debe hacerse entre cristianos y santos hermanos, y ayúdenla en todo lo que necesite, pues muchos están en deuda con ella, y yo también.» (Rm 16, 2)
  • «¡Feliz y santo es el que participa en la primera resurrección! La segunda muerte ya no tiene poder sobre ellos: serán sacerdotes de Dios y de su Mesías y reinarán con él mil años.» (Ap 20, 6)
  • «Respecto a la colecta en favor de los santos, sigan también ustedes las normas que di a las Iglesias de Galacia.» (1Co 16, 1)
  • «Y si es esto lo que esperamos de él, querremos ser santos como él es santo.» (1Jn 3, 3)
  • «Si alguno, pues, trata de no cometer las faltas de que hablo, será como vajilla noble: será santo, útil al Señor, apropiado para toda obra buena.» (2Tm 2, 21)

Y es que Dios mismo nos pide que manifestemos con nuestra vida santa la santidad de Dios:

  •  «Recuerda que ustedes se rebelaron contra mis órdenes en el desierto de Zin, cuando la comunidad murmuró por el asunto del agua, y a ustedes les mandé que manifestaran mi santidad delante de ellos. (Estas son las aguas de Meribá en Cadés en el desierto de Zin.)» (Nm 27, 14)
  •  «Por tu Sabiduría formaste al hombre para que domine a todas las criaturas por debajo de ti, para que gobierne al mundo con santidad y justicia, y tome sus decisiones con recta conciencia.» (Sb 9, 2-3)
  • «Entonces Moisés dijo a Aarón: “Esto es lo que el Señor había declarado: Daré a conocer mi santidad a través de los que se allegan a mí, y a vista de todo el pueblo seré glorificado.” Aarón no agregó palabra.» (Lv 10, 3)
  • «Quisiera que saquen provecho de cada cosa y cada circunstancia, para que lleguen puros e irreprochables al día de Cristo, habiendo hecho madurar, gracias a Cristo Jesús, el fruto de la santidad. Esto será para gloria de Dios, y un honor para mí.» (Flp 1, 10-11)
  • «…de este modo el que comunicaba la santidad se identificaría con aquellos a los que santificaba.» (Hb 2, 11)

Por otra parte, es importante que progresemos en la santidad:

«El que se queda con la leche no entiende todavía el lenguaje de la vida en santidad, no es más que un niño pequeño.» (Hb 5, 13)

Y Dios mismo nos ayuda:

«Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad.» (Hb 12, 10)

Para nunca apartarnos de esa santidad:

«Más les valdría no haber conocido los caminos de la santidad, que después de haberlos conocido, apartarse de la santa doctrina que les fue enseñada.» (2Pe 2, 21)

Por eso no debe admirar que se les diga «santos» a todos los que han vivido bien su cristianismo; que a Pablo se le diga san Pablo; a Pedro, san Pedro; y así, a muchos.

Sin embargo, algunos niegan la inmortalidad del alma. En ese caso, no existirán los santos en el Cielo, y no podrían interceder por nosotros.

Por eso, conviene revisar la Escritura:

Pero Dios creó al hombre a imagen de lo que en él es invisible, y no para que fuera un ser corruptible. (Sb 2, 23)

Porque Dios no hizo la muerte, y no le gusta que se pierdan los vivos. Él creó todas las cosas para que existan; las especies que aparecen en la naturaleza son medicinales, y no traen veneno ni muerte. La tierra no está sometida a la muerte. (Sb 1, 13-14)

Y, si no está sometida a la muerte, ¿en qué consiste la muerte para la Biblia?

El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y el espíritu sube a Dios que lo dio. (Qo 12, 7)

Quiere decir esto que hay algo que sobrevive.

Por eso, Jacob espera, después de muerto, irse a reunir en el más allá con su hijo, a quien cree muerto:

Todos sus hijos e hijas acudieron a consolarlo, pero él no quería ser consolado, y decía: «Estaré todavía de duelo cuando descienda donde mi hijo al lugar de las Sombras.» Y su padre lo lloró. (Gn 37, 35)

Lo mismo se explica en el Antiguo Testamento cuando hablan de los que mueren:

Abraham murió luego de una feliz ancianidad, cargado de años, y fue a reunirse con sus antepasados. (Gn 25, 8)

Ismael vivió ciento treinta y siete años. Luego murió y fue a juntarse con sus antepasados. (Gn 25, 17)

Isaac vivió ciento ochenta años; murió muy anciano y fue a reunirse con sus antepasados. Lo sepultaron sus hijos Esaú y Jacob. (Gn 35, 28-29)

Cuando Jacob hubo terminado de dar estas instrucciones a sus hijos, recogió sus pies en la cama y expiró, y fue a reunirse con sus antepasados. (Gn 49, 33)

Aunque no fueran enterrados con sus antepasados, el libro sagrado afirma repetidas veces que se reunirían con ellos.

Y es que el alma, o dígase el espíritu, deja el cuerpo como quien deja una tienda que ha habitado:

«Sabiendo que pronto será desarmada esta tienda mía, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo.» (2P 1, 14)

Se asegura que habrá vida:

«Pues Cristo quiso morir por el pecado y para llevarnos a Dios, siendo esta la muerte del justo por los injustos. Murió por ser carne, y luego resucitó por el Espíritu. Entonces fue a predicar a los espíritus encarcelados; me refiero a esas personas que se negaron a creer en tiempo de Noé, cuando se iba acabando la paciencia de Dios y Noé ya estaba construyendo el arca. Pero algunas personas, ocho en total, entraron al arca y se salvaron a través del agua.» (1Pe 3, 18-20)

«Sabemos que si nuestra casa terrena o, mejor dicho, nuestra tienda de campaña, llega a desmontarse, Dios nos tiene reservado un edificio no levantado por mano de hombres, una casa para siempre en los cielos. Sí, mientras estamos bajo tiendas de campaña sentimos un peso y angustia: no querríamos que se nos quitase este vestido, sino que nos gustaría más que se nos pusiese el otro encima y que la verdadera vida se tragase todo lo que es mortal. Por eso nos viene incluso el deseo de salir de este cuerpo para ir a vivir con el Señor. (2Co 5, 1. 4. 8)

Cristo es mi vida, y de la misma muerte saco provecho. Pero veo que, mientras estoy en este cuerpo, mi trabajo da frutos, de modo que ya no sé qué escoger. Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de largarme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor. (Flp 1, 21-23)

Jesús mismo le promete la vida eterna al buen ladrón:

Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» (Lc 23, 43)

Definitivamente, en la Biblia encontramos muchas citas que ratifican que las almas siguen viviendo después de la muerte del individuo:

«Cuando abrió el quinto sello, divisé debajo del altar las almas de los que fueron degollados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que les correspondía dar. Se pusieron a gritar con voz muy fuerte: “Santo y justo Señor, ¿hasta cuándo vas a esperar a hacer justicia y tomar venganza por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?”» (Ap 6, 9-10)

Cristo, en este aspecto es enfático:

«¿Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es un Dios de muertos, sino de vivos.» (Mt 22, 32)

«Y en cuanto a saber si los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el capítulo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. (Mc 12, 26-27a) «Y todos viven por Él». (Lc 20, 38)

Por eso Esteban clamó antes morir:

«Señor Jesús, recibe mi espíritu.» (Hch 7, 59b)

La muerte verdadera es la eterna:

Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo. Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas.» Abraham le respondió: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos. Además, mira que hay un abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de ustedes al nuestro.» (Lc 16, 23-26)

Solamente van a morir eternamente los que pecan:

«Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. Quien debe morir es el que peca.» (Ez 18, 4. 20a)

Por eso, Jesús nos dice:

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

Es que todos los que creen en Jesús creen en la resurrección:

«No se asombren de esto; llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán mi voz. Los que obraron el bien resucitarán para la vida, pero los que obraron el mal irán a la condenación.» (Jn 5, 28-29)

«Y espero de Dios, como ellos mismos esperan, la resurrección de los muertos, tanto de los justos como de los pecadores.» (Hch 24, 15)

«Les damos esto como palabra del Señor: nosotros, los que ahora vivimos, si todavía estamos con vida cuando venga el Señor, no tendremos ventaja sobre los que ya han muerto. Cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del cielo. Y primero resucitarán los que murieron en Cristo.» (1Ts 4, 15-16)

«Algunos dirán: ¿Cómo resurgen los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vuelven? ¡Necio! Lo que tú siembras debe morir para recobrar la vida. Y lo que tú siembras no es el cuerpo de la futura planta, sino un grano desnudo, ya sea de trigo o de cualquier otra semilla. Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible. Porque es necesario que nuestro ser mortal y corruptible se revista de la vida que no conoce la muerte ni la corrupción.» (1Co 15, 35-37. 42. 3)

Y, si resucitan, están vivos, y pueden interceder por nosotros:

Luego se le había aparecido, orando en igual forma, un anciano canoso y digno que se distinguía por su buena presencia y su majestuosidad. Entonces el sumo sacerdote Onías había dicho a Judas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ruega sin cesar por el pueblo judío y por la Ciudad Santa. Es Jeremías, el profeta de Dios.» Y Jeremías había extendido su mano derecha entregando una espada de oro a Judas, mientras le decía: «Recibe como regalo de parte de Dios esta espada con la que destrozarás a los enemigos.» (2M 15, 13-16)

Y después de su muerte profetizó y anunció al rey su fin… (Sir 46, 23a)

En vida hizo prodigios, y después de muerto, todavía obró milagros. (Sir 48, 14)

El rico Epulón intercede por sus hermanos:

El otro replicó: «Entonces te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre». (Lc 16, 27)

Los santos participan ya con Cristo de la gloria del Reino del Padre. Por la fe, los cristianos creemos que la acción de los santos es más eficaz que si estuvieran todavía con nosotros. Ellos son nuestros amigos, ya que nos ofrecen un ejemplo qué seguir e interceden por nosotros.

Durante toda la historia de la humanidad, los seres humanos hemos venerado a los grandes hombres y mujeres de la historia, de la ciencia, de la inventiva, de las artes, en fin, de todas las áreas; les hacemos estatuas, fotografías, dibujos o grabados… La veneración se da también a seres humanos vivos: aplausos, flores, ovaciones, diplomas, pergaminos, etc.

El Señor le perdonó sus pecados y quiso que su poder perdurara por los siglos: se comprometió con él en lo que respecta a los reyes futuros, y le prometió que haría gloriosa su dinastía en Israel. (Sir 47, 11)

¡Oh Elías, tus milagros constituyeron tu gloria! ¿Quién podría vanagloriarse de ser como tú? (Sir 48, 4)

Entonces ¿por qué no rendirle homenaje a los santos?

Como el culto a María, el que le rendimos a los santos lleva a Dios y termina en Él.

Por eso, la Iglesia Católica distingue claramente los diferentes cultos u homenajes externos de respeto y amor que tributa el cristiano:

El culto de latría o adoración, que se tributa a Dios.

El culto de dulía o veneración, que se tributa a los ángeles y a los santos.

El culto de hiperdulía, que se tributa a la Virgen.

 

 

 

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