Hacia la unión con Dios

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Cómo ejercer la caridad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2016

“Nosotros no fijamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas.” (2Co 4, 18)

Esta cita de la Palabra de Dios nos indica en qué quiere Él que nos concentremos, cuál quiere que sea nuestro interés principal en esta vida.

Además, cuando el Espíritu Santo inspiró a san Pablo a escribir esto, quiso resaltar para nosotros que, además de la Fe y la Caridad, la Esperanza es una de las 3 virtudes que distinguen al cristiano de los demás seres humanos, tal y como lo enseña la Iglesia Católica desde sus comienzos. Y quizá también lo haya hecho para resaltar esta virtud, previniendo así el error que sabía que iba a emerger en nuestros tiempos.

Efectivamente, hay hoy una gran cantidad de cristianos (católicos y protestantes) que han concentrado su atención casi solamente en el Amor, restándole importancia a las otras 2 virtudes teologales, especialmente a la Esperanza.

Y se concentran el Amor ejercido en el prójimo, pues hasta del amor a Dios se han olvidado casi por completo, dejándose impregnar por ese criterio equivocado que afirma que “Amar a Dios consiste únicamente en amar al prójimo”.

Recordemos que Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos. Los ama tanto que parece un loco de amor, como explica santa Catalina de Siena:

1) sabiendo que le iban a fallar, que lo iban a ofender gravemente, los creó,

2) quiso compartir su ser: se hizo uno de ellos para salvarlos,

3) padeció indeciblemente y se dejó matar para pagar sus pecados y para abrirles de nuevo las puertas del Cielo y

4) se quiso quedar con ellos mientras estuvieran en la tierra y se hizo su comida espiritual;

Pero a eso le podemos añadir que,

5) sabiendo que todavía le seguirían fallando, inventó una última tabla de salvación para ellos: el Sacramento de la Reconciliación.

Todas esas locuras de amor las hizo porque lo único que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el hombre— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

Se puede afirmar que quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano; y lo ama procurándole la eterna dicha.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Es en este contexto en que debe interpretarse esta frase de san Juan, apóstol y evangelista:

“Si alguno dice: ‘Amo a Diosʼ y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” (1Jn 4, 20)

Esto quiere decir que es mentiroso quien dice amar a Dios y no ama lo que Dios ama: al ser humano, a su hermano.

Están equivocados, pues, quienes interpretan esta frase afirmando que la única manera de amar a Dios es amar al prójimo, pues amar a Dios sobre todas las cosas consiste en adorarlo, honrarlo, bendecirlo y glorificarlo, dándole el culto que merece; obedecerlo, comportándonos de acuerdo con la dignidad que tenemos como hijos suyos; y vivir agradecidos con Él. Además, lo amamos trabajando por sus intereses: 1) reparando la honra y gloria del Padre, manchadas por las muchas ofensas que recibe, 2) ayudando a Jesús a salvar el mayor número de personas posibles y 3) cooperando con el Espíritu Santo en la santificación de todos los bautizados.

Otra deducción lógica es que amar al prójimo consiste en procurarle la felicidad eterna; no una “felicidad” pasajera que, como vimos, no es felicidad. Pero esto parecen olvidarlo quienes solamente procuran su bienestar pasajero: olvidándose casi por completo de llevarlos a la bienaventuranza eterna, dirigen todos sus esfuerzos para propiciarles bienestar pasajero: alimentación, vestido, vivienda, educación, salud, trabajo digno, etc., objetivos todos que debemos procurar —según nuestras capacidades—  si somos cristianos auténticos y amamos verdaderamente a nuestros hermanos, pero que no son la principal finalidad: ¿De qué serviría conseguirles todo el bienestar posible aquí en la tierra y, acabar con las injusticias y las desigualdades que los oprimen, si no logramos que lleguen al Cielo? ¿Habrá alguien tan tonto que prefiera 40, 50 ó 70 años de bienestar, justicia y oportunidades equitativas, sabiendo que todo eso acabará un día, y no prefiera la eterna y creciente dicha para la que fue creado? Claro: lo ideal sería conseguir ambas cosas, pero debemos tener claras las prioridades.

“Porque la apariencia de este mundo pasa.” (1Co 7, 31)

La Biblia nos enseña, en el salmo 38, que “la vida del hombre sobre la tierra es un soplo”; dos versículos después dice, casi con cinismo: “Y el hombre se afana por un soplo.

Asimismo, el apóstol Santiago afirma: “Ustedes son vapor que aparece un momento y después desaparece.” (St 4, 15).

Efectivamente, este mundo es una apariencia; y, por eso, debemos vivir de una manera diferente a los que no creen:

“Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen.” (1Co 7, 29-30)

Porque sabemos que todo esto pasará. Es por eso que san Pablo —inspirado por el Espíritu Santo— nos dejó estos criterios:

“Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra.” (Col 3, 2)

“Buscad las cosas de arriba.” (Col 3,1b)

Es que somos ciudadanos del Cielo:

“Muchos […] no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo.” (Flp 3, 18-20)

Ciudadanos del Cielo que viven, por ahora, desterrados:

“Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

“Conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

Somos extranjeros y forasteros:

“Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de los deseos carnales que combaten contra el alma.” (1pe 2, 11)

Desterrados, extranjeros y forasteros, vivimos absolutamente seguros de que, por su infinito Amor, Dios nos cuida, está pendiente de nuestras necesidades:

“No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño, ¿por qué preocuparos de lo demás? Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura.” (Lc 12, 22-31)

Esos gentiles del mundo son los no-cristianos, los que son del mundo. Nosotros, como se lo dijo Jesús al Padre, vivimos en el mundo, pero no pertenecemos al mundo:

“Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo.” (Jn 17, 16)

Y, como ya sabe nuestro Padre que necesidades tenemos, nos concentramos en buscar más bien su Reino, absolutamente seguros de que Él nos dará por añadidura lo que precisemos.

Mientras los gentiles se afanan por sus necesidades materiales y temporales, nosotros, después de procurar la salvación de nuestros prójimos —su necesidad primordial—, los ayudamos con las necesidades materiales y temporales cuanto podamos, pero lo hacemos no como la finalidad de nuestra vida cristiana, sino como una consecuencia del amor.

De otro modo, correríamos el riesgo de nuestros corazones se apegaran a las preocupaciones temporales, como bien lo explica la Palabra de Dios:

“Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones […] por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros.” (Lc 21, 34)

Que no nos pase lo de la fábula: que por estar buscando encorvados otra moneda de oro, quedemos encorvados para siempre, sin poder ver la luz del sol…, de Dios.

Por el amor que nos tiene, Dios nos advierte constantemente sobre este peligro, con una insistencia empecinada:

“Las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto.” (Mc 4, 19)

“Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.” (Mt 6, 24)

Es que Él sabe que caemos fácilmente:

“Quien siembra en su carne cosechará corrupción de la carne; quien siembra en el espíritu cosechará vida eterna del espíritu.” (Ga 6, 8)

“Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios: ni la corrupción hereda la incorrupción.” (1Co 15, 50)

Es que las preocupaciones exageradas por las cosas materiales —aunque se hagan por  caridad—, nos pueden hacer descuidar lo único necesario. Eso les pasó a los primeros cristianos:

Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: «No parece bien que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo. (Hch 6, 1-3)

¡Los Apóstoles prefirieron nombrar a los primeros diáconos, para que se dedicaran a servir en las cosas temporales (la comida, que preserva la vida), antes de correr el riesgo de descuidar la Predicación, que lleva a la Vida (con mayúscula) eterna!

Cuando caemos en las preocupaciones y en las ocupaciones por lo temporal, debemos recordar lo que Jesús le dijo a la hermana de Lázaro y de María:

“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; una sola es necesaria.” (Lc 10, 41)

Fijémonos cuánto nos podemos equivocar: a pesar de que Jesús ya les había insistido muchas veces sobre la importancia de buscar sólo lo eterno —el Reino de Dios—, pues las necesidades temporales se nos darían por añadidura, los discípulos seguían entendiendo las palabras espirituales de Jesús como si fueran palabras sobre cosas temporales:

“Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes. Jesús les dijo: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.» Ellos hablaban entre sí diciendo: «Es que no hemos traído panes.» Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: «Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres, y cuántos canastos recogisteis ¿Ni de los siete panes de los cuatro mil, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos.» Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.” (Mt 16, 5-12)

No sigamos siendo discípulos sordos para lo espiritual: Amemos a Dios sobre todas las cosas y, por amor a Él, amemos a nuestros prójimos, ayudándolos primero a conseguir lo único necesario: su salvación, la dicha eterna, que es el acto de caridad más grande que podemos hacerles. Y, en segundo lugar, ayudémoslos también en lo temporal, en lo pasajero, en lo efímero, en lo fugaz: en lo que es añadidura.

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Jaculatoria a María

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 20, 2016

Madre mía: haz que tu Hijo conquiste el corazón de cuantos llama a consagrarse a su servicio: que se enamoren tan apasionadamente de su amorosísima Persona, que vivan dichosos dando la vida por Él.

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PLACER SUBLIME

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 4, 2014

Recién aparecido el ser humano sobre la tierra comenzó a preguntarse sobre su vida, su esencia, su razón de ser… Miles y miles de preguntas más le surgieron y, después de unos doscientos mil años, muchas no se han contestado.

Hay quienes por ejemplo, desde una perspectiva teocéntrica, han postulado la idea de que Dios creó al hombre. Y, más recientemente, con una mirada antropocéntrica, otros afirman que fue el hombre quien inventó la idea de un Dios, creador de todo. Pero se multiplican las creencias, y la cosmovisión de muchos es tan plural que habría que invertir varias vidas estudiándolas todas.

Ante semejante panorama, es admirable descubrir la ignorancia en la que todavía se encuentra el ser humano con respecto a estos temas tan trascendentales para sí mismo y para su vida, transcurridos tantos milenios, sobre todo ante los vertiginosos avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos.

Pero no solo es admirable; aterra saber que miles de millones de personas viven en un sinsentido parecido en muchos aspectos— al de los animales: nacen, crecen, se reproducen y mueren; hacen sus elecciones —profesión, matrimonio, lugar y estilo de vida, etc.— sin criterios claros sobre la razón última de su ser; no le dan más trascendencia a sus vidas que la de prever su futuro más inmediato, sin contemplar siquiera la posibilidad de que la vida siga después de la muerte, tal y como lo comenzó a intuir la especie humana desde sus comienzos. Además, se preguntaba sobre la posibilidad de la existencia de otros seres más allá de lo tangible y visible: seres espirituales, buenos y malos, con quienes quizá podrían interactuar y hasta valerse de ellos para cambiar las leyes de la naturaleza, como se empezó a creer en los inicios de la especie humana…

Sin embargo, siempre se ha oído hablar de algunos que han desarrollado su vida espiritual hasta llegar a la contemplación pura del mundo espiritual y al conocimiento de los espíritus; es decir, que han vivido experiencias místicas.

Entre la inconsciencia de unos y la profunda espiritualidad de otros se encuentran las actitudes que tienen los seres humanos frente a los cuestionamientos más profundos de su existencia, pero es evidente que —y hoy más que nunca— son más quienes viven sin desarrollar su plano espiritual, quedándose satisfechos dándole relieve únicamente a sus otros dos planos: el biológico y el psicológico; queda así truncada la integridad de su esencia, de su naturaleza, de su sustancia, con lo que muy difícilmente lograrán el pleno desarrollo de su ser y, por ende, la felicidad que tanto anhelan y persiguen, a pesar de que se les muestra tan esquiva.

Son varias las religiones que reclaman para sí las experiencias místicas más elevadas, pero no se puede negar que hay 3 características que las hacen más sublimes y, por consiguiente, más plenamente humanas:

1) las que producen la transformación moral del individuo: pasar un hombre de la maldad a la bondad, como es el caso de quienes dejan de matar, robar, ser infieles a sus esposas, etc., para comenzar una vida de bien,

2) las que facultan al individuo a realizar actos sobrenaturales, es decir, actos que no pueden realizar los seres humanos naturalmente (perdonar, por ejemplo, a quienes mataron a un hijo) y

3) el enaltecimiento de la facultad más elevada del ser humano: amar; tal es el caso de las personas que son capaces de olvidarse de sí mismas para conseguir el bien de otro (o de otros), sin esperar nada a cambio, y cuyo mayor ejemplo es el de quienes gastan su vida, día a día, en una labor de servicio humanitario o el de quienes llegan al extremo de morir por otros seres humanos, por amor a Dios, y que son llamados comúnmente mártires o testigos.

Ninguna de estas 3 acciones es posible, a menos de que se reciba una fuerza sobrenatural, un empuje espiritual que viene de lo alto, de una entidad superior, y solo el cristianismo ha mostrado evidencias claras al respecto: conversiones de personas que dejan el mal para siempre, capacidad de realizar acciones verdaderamente sobrenaturales y entrega total al servicio gratuito y desinteresado, a veces hasta la muerte, solo por amor a Dios y a la humanidad.

Efectivamente, al revisar toda la teología espiritual (ascético-mística) del cristianismo, se encuentra una doctrina sólida, amplia y profundamente desarrollada por maestros espirituales llamados los santos místicos.

En esta doctrina se enseña que Dios desciende hacia la criatura, para hacerla primero capaz de actos divinos y, después, de disponerse para una unión cada vez más íntima con Él. Y esa unión es el placer más elevado que puede experimentar el ser humano, puesto que fue creado para disfrutarlo.

Las personas que han experimentado este estado de unión, aun cuando sea incipiente, como suele ocurrir al comienzo, ya no desean en esta vida otra cosa que volver a vivirla y, ojalá, acentuarla cada vez más, pues descubren que todos los placeres biológicos o psicológicos —incluso el más elevado de todos: el amor humano— palidecen frente a un instante de esta unión con Dios: se siente tanto gozo espiritual, tantos consuelos y deleites espirituales, que ya no se desea seguir viviendo; lo único a lo que se aspira desde ese momento es conseguir esa unión con Dios: el máximo placer, el placer más sublime y elevado de todos.

Pero se explica que esto va ocurriendo paulatinamente, en 2 medidas: tanto cuanto Dios quiere participar de su Ser a la criatura y tanto cuanto la criatura se dispone para tal unión.

En este proceso, Dios va llenando a la persona de su gracia, que es un don, un regalo, un favor que le hace sin merecimiento alguno de su parte, con la que la va llenando primero de virtudes sobrenaturales y, después, de los 7 dones del Espíritu Santo, que la facultan para la unión con Dios.

Por su parte, la persona debe ser primero muy humilde: totalmente consciente de su condición de criatura, débil, proclive al mal e incapaz del bien, necesitada de la ayuda divina; y debe, además, vivir en gracia de Dios (cumpliendo los mandamientos), frecuentar los Sacramentos (asistir a Misa y comulgar, ojalá diariamente, y confesarse al menos una vez al mes) y hacer oración mental (dedicar diariamente un tiempo para hablar con ese Dios que la ama inmensa e intensamente y que lo único que quiere es hacerla feliz). Y le conviene conseguir un director espiritual que ya haya experimentado la unión con Dios, para dejarse guiar por él en este asunto de tanta trascendencia.

En la medida en la que la persona va dejando que Dios se acerque a ella, cumpliendo los requisitos dichos, Él le va dando esos regalos que la harán totalmente feliz.

Lo primero que le obsequia es la paz; una paz distinta a la que conocía. Se supo de un hombre que era conocido por todos como uno de los seres humanos más serenos, más tranquilos, más llenos de paz… Él mismo era consciente de ello, pues veía a muchos intranquilos, angustiados, ansiosos, etc. Pero el día en el que Dios lo visitó espiritualmente y le dejó la paz que Él deja en sus primeras visitas, este hombre descubrió que antes de esta experiencia estaba muy lejos de saber lo que era la paz auténtica, que lo que él creía que era paz no era ni un esbozo de la verdadera…

En otra ocasión, Dios le regaló una virtud por la que había luchado durante casi treinta años sin éxito: no controvertir sobre asuntos de Fe, pues siempre terminaba discutiendo acaloradamente con cuantos discrepaban de sus creencias. Se arrepentía después de cada suceso, pero no lograba erradicar su defecto, que atentaba contra la caridad que le debía a los demás. Un día, estando en oración, Dios se le presentó y le mostró su perfección, su santidad, su grandeza; y le dejó ver parte de la gran imperfección a la que este hombre estaba sometido, su miseria y cómo lo afeaban sus pecados… Después de este episodio, jamás volvió a discutir con nadie: quedó convencido de que no tenía autoridad moral para controvertir, y Dios le dio la fuerza para callar, orar y confiar más en Él que en los argumentos que solía poner para defender sus puntos de vista.

Y así, la persona va recibiendo de Dios dones cada vez más elevados, como el de una pareja de esposos que fue a visitar públicamente —los mostraron por la televisión— al asesino de su hijo, para perdonarlo: la audiencia vio aterrada el momento en el que ese par de señores mayores saludaban al sicario y le decían que lo perdonaban por amor a Dios.

La evidencia del Amor de Dios en estas experiencias llega a ser tan fuerte, que las personas adquieren una confianza ilimitada en ese Amor, y nada los perturba, nada los angustia, nada los preocupa… Saben que Dios tiene esta triple condición: 1) es infinitamente poderoso, 2) sabe qué es lo mejor para ellos y 3) los ama tanto, que solo les propiciará o permitirá lo mejor; por eso se abandonan totalmente en el Amor que ya experimentaron místicamente.

Y por eso mismo, aunque trabajan con responsabilidad en los asuntos temporales para hacer de este un mundo mejor y así dar gloria a Dios, les es indiferente la salud o la enfermedad, el bienestar o el malestar, la pobreza o la riqueza, tener trabajo o estar vacantes, la soledad o la compañía… Saben que todo está calculado sabiamente por Dios para conseguirles lo único que importa: la eternidad junto al Amor de los amores. En todas sus empresas e intereses —trabajo, familia, salud, educación, vestido, vivienda, alimentación, servicios a la comunidad…— ponen todos los medios y esfuerzos para que salgan lo mejor posible, pero dejan a Dios los resultados.

A quienes Dios une a Sí mismo de esta manera ya no les importa el cansancio: trabajan infatigablemente por el ideal más grande de todos: enseñar al mundo entero que esta vida es una sombra, es oscuridad; y que con la luz que Dios nos da en esas experiencias místicas comenzamos a ver la verdad: que lo único que importa es lograr cuanto podamos esa unión con Dios ahora —en el tiempo presente—, que después consigamos la unión completa y eterna con el Amor —¡la dicha eterna!—, y que nos llevemos a muchos a ese estado de felicidad, que jamás podremos describir, pues “ni ojo vio ni oído oyó ni llegó jamás a la mente de nadie lo que Dios tiene preparado para los que esperan en Él”.

Están seguros de que los sufrimientos que Dios les permite son para su propio bien y el bien de otros, porque saben que fue con sus sufrimientos como Cristo consiguió esa luz para la humanidad, y se sienten dichosos de sufrir con Cristo para ayudar a muchos a entender la vida tal y como es en realidad. Y por eso, ya no piden nada, fuera de la salvación y santificación (que es la unión con Dios) de todos: conocidos y desconocidos.

Y así como están dispuestos a vivir por este ideal, también lo están, si es necesario, a morir por él. Es por eso que solo en el cristianismo se ven mártires que dan la vida por amor a Jesucristo y por la felicidad auténtica de sus hermanos, los hombres. Muchos de ellos, en medio de sus sufrimientos mientras los martirizan y matan, cantan y alaban a Dios dichosos, pues son los seres humanos más felices; y lo serán plena y eternamente.

 

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Oración para obtener la confianza

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2014

Señor, me da vergüenza admitir que me falta confiar más en ti; no he logrado abandonarme completamente en ti, a pesar de las evidentísimas muestras de tu amor por mí.

Sé que me creaste por amor, y por amor te redujiste al estado de criatura, para compartir mi vida mortal y redimirme, dándolo todo en tu dolorosísima Pasión y agonizar y morir en un abandono total, tanto de los hombres como de tu mismo Padre… Pero quizás no he meditado suficientemente esa prueba de amor…

Sé que constantemente velas por lo único que importa: mi salvación y mi santificación, propiciando en mi vida las circunstancias favorables para que enderece el camino cuando me desvío y para que persevere cuando lo estoy siguiendo acertadamente. Pero a veces no entiendo esos planes tuyos: sólo percibo lo que en mi ignorancia me atrevo a deducir: que me has abandonado. No me doy cuenta de que todo —absolutamente todo— lo planeas para mi bien, para mi verdadero bien; pues de ti solamente puede salir el bien, ya que eres el Amor en esencia y me amas infinitamente. No descubro que hasta en las situaciones que parecen más adversas está tu mano providente, tratando de ayudarme a que encuentre la verdadera felicidad. Soy tan torpe espiritualmente, que uso mis propios criterios para evaluar lo que pasa; y mis criterios son humanos, no divinos; son racionales, no espirituales; tienen una mirada temporal, no eterna. ¡Qué arrogancia la mía!: le creo más a mis juicios que a los tuyos, ¡que eres la sabiduría encarnada!…

¿Cuándo creeré de verdad que me amas? ¿Cuándo tendré la suficiente humildad para no cuestionar tus sapientísimos y amorosísimos planes? ¿Cuándo dejaré atrás los miedos y las preocupaciones, para abandonarme en tu amor infinito? ¿Cuándo?…

La confianza es —lo sé también— inversamente proporcional a la soberbia: cuanta más soberbia tengo, tanto más disminuye mi confianza en ti; esto significa que me falta mucha humildad. Dicho de otra manera: si, para solucionar los problemas, confío en mí (en mis capacidades, en mis talentos, en mi inteligencia…), no podré confiar en ti. Hace falta, pues, que disminuya la confianza que me tengo y así podré confiar más en ti. Además, debo recordar que es tonto —por decir lo menos— confiar en una criatura como yo, en vez de confiar en Dios: Él es todopoderoso y yo, impotente; Él es omnisciente, yo ignorante; Él todo lo tiene y yo soy un indigente.

Pero también en esto me siento incapaz: ¿Cómo conseguiré esa humildad de saber que sin ti nada tengo, nada sé y nada puedo? ¿Cuándo me daré cuenta de que sin ti nada soy?, ¿de qué Tú eres y, en cambio, yo tengo el ser prestado, porque Tú me lo has dado? ¿Cómo recordaré siempre que Tú eres el TODO y yo la nada, una nada pecadora?

Pues, ya que ni siquiera esto puedo, te lo pido, Señor: dame Tú la humildad más profunda y una confianza absoluta en el gigantesco amor que me tienes. Sé que me puedes escuchar más cuando soy humilde; por eso vengo a ti, abatido por la conciencia de mi nada…; o, mejor: de que soy peor que la nada, porque la nada no peca y yo sí, a pedirte lo que no puedo: que me hagas el ser más humilde de toda la tierra y el hijo que más confía en tu amorosa providencia.

Te lo pido por la intercesión de tu santísima Madre, la Virgen María —mi Madre también—, que fue la más humilde de todas las criaturas y la que más confió en tus amorosos designios, aun cuando notaba que las cosas no salían bien, según los criterios mundanos: la pobreza que tuvo que soportar, el tener que ver nacer a su Hijo santísimo en un establo, el huir a otro país con su esposo y su Hijo recién nacido, el perderlo durante 3 días y luego escuchar su sorprendente respuesta, el saber cómo lo odiaban y, finalmente, el verlo —humillado, despreciado, destrozado y abandonado por todos— morir con la muerte destinada a esclavos… Ella me escuchará y abogará por mí. Y sé que Tú nunca dejas de atender sus peticiones…

Además, como Ella es la Reina de todos los ángeles y de todos los santos, sé que les pedirá a todos ellos —sus súbditos— que la acompañen en esa petición. Escúchalos, por favor, Señor.

Si lo que más te gusta que se luzca es tu misericordia, sé que escucharás mi súplica y me darás lo que te pido, pues soy la criatura más miserable (la más necesitada de tu infinita misericordia), y no querrás desaprovechar esta oportunidad para mostrar tu bondad y llenarte de gloria.

Asimismo, sé que lo que te pido es lo que Tú más quieres: que sea santo, y bien sabemos que no hay santidad sin humildad; por eso, sé que no dejarás de dármela.

Finalmente, te lo pido, como nos lo dijiste en el Evangelio y como lo hizo san Pedro con aquel paralítico, en tu Nombre:

«Jesús Nazareno, que en tu Nombre yo, el más pequeñito de tus hijos, eche a andar por los caminos de la humildad, de la confianza y del amor.»

Amén.

 

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Ciclo B, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

Para que te vaya bien

Nuestro Creador —el que sabe cómo seremos felices— nos dice hoy en el Deuteronomio: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras vivan; así prolongarás tu vida. Y ponlo por obra, para que te vaya bien.»

Pero los judíos tenían 613 mandamientos para cumplir en la Ley de Moisés. Y, si los revisamos, en realidad eran difíciles de llevar a cabo. Por eso, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Sabía que, al menos cumpliendo el principal, conseguiría que le fuera bien.

Jesús le respondió, no solamente cuál es el primero, sino también el segundo:

«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

Si nos dejamos llevar por la idea de cumplir únicamente el segundo, como muchos de los seguidores de la Teología de la Liberación, nos concentraremos tanto en buscar el bienestar temporal de nuestros hermanos, que nos olvidaremos que todos estamos hechos para la felicidad eterna en el Cielo.

Si, por el contrario, nos dedicamos a amar a Dios con toda el alma, ese amor nos llevará a amar lo que Él más ama: la salvación de sus hijos.

Para lograr esa salvación de todos, Dios estableció el sacerdocio Cristo, como nos lo cuenta hoy la Carta a los Hebreos: «El sacerdocio salva definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios.»

Ahora bien: el sacerdote lo que hace es ofrecer sacrificios a Dios. Y, ¿cuál es el mejor sacrificio? El escriba contestó: «Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Hagamos esto para que nos vaya bien.

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Ciclo B, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

¡Ama y haz lo que quieras!

 

 

613 reglas tenían —y tienen— los judíos; desde que las contó san Jerónimo, los hemos entendido un poco mejor. Practicándolas se salvan.

En cambio, nosotros nos salvamos si amamos a Dios y al prójimo. Por supuesto que debemos cumplir los mandamientos, practicar las obras de misericordia espirituales y corporales y, también, procurar vivir los consejos evangélicos. Amar obliga al cumplimiento de todas estas reglas, porque son reglas de amor.

Pero hoy hay muchos católicos que creen que hay que vivir como los judíos: cumpliendo reglas que supuestamente nos salvan. Y este criterio se nos permea a todos, en mayor o menor grado, hasta que el amor de Dios penetra en nuestras almas, y nos damos cuenta de que si amamos, ya estamos cumpliendo todos los mandatos divinos.

San Agustín gritó dichoso cuando lo descubrió: «¡Ama y haz lo que quieras!» Quien ama ya cumple todo: «Amar es cumplir la Ley entera», decía san Pablo.

Por eso Jesús nos dice hoy, como a los judíos de entonces: «A vino nuevo, odres nuevos». El vino nuevo es el amor, y nosotros debemos ser el odre nuevo que lo contiene, como les sucedía a los corintios, a quienes san Pablo veía llenos del amor de Dios y, por eso, no necesitaba pedirles cartas de recomendación. Les decía, como leemos en la segunda lectura: «Ustedes son nuestra carta de recomendación, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Son una carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón.»

Es que ellos entendieron muy bien que Dios los impregnó de ese amor desde tiempo atrás. Efectivamente, a través del profeta Oseas, ya les había enseñado que Él les hablaba al corazón, como un novio le habla a su novia, y se casa con ella en matrimonio perpetuo, en derecho y justicia, en misericordia y compasión, en fidelidad, y así se penetraron del Señor.

Y nosotros, ¿estamos penetrados del amor del Señor?

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Ciclo C, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 7, 2013

La cura para la ceguera espiritual

«Lo que rebosa del corazón lo habla la boca», son palabras del mismo Jesús.

¿De qué hablamos los hombres? Si nos explayamos en palabras sobre nuestros dolores, es porque el corazón está herido. Si hablamos de nosotros mismos, es porque nos importa mucho el «qué dirán» y nuestra imagen nos preocupa. Si hablamos de la otra vida, o de la religión a la que pertenecemos, es porque nos interesa el más allá. Si contamos nuestros triunfos y nuestros fracasos es porque necesitamos compartirlos.

Pero todo eso es egoísmo o, al menos, egocentrismo.

Son raros, pero existen por ahí, los que nunca hablan de sí mismos ni de sus preocupaciones personales. Siempre están pendientes de los demás, de sus problemas, de mejorar el estado de ánimo y el bienestar de los que les rodean.

Trabajan sin descansar y, cuando lo han terminado bien, dedican las horas que otros gastan en un «merecido» descanso en servir a los demás. Tienen palabras de apoyo para todos: si a un amigo le aqueja una pena sentimental, lo escuchan con atención, para servir de desahogo; si son pesares espirituales, siempre están con el consejo oportuno; si alguno necesita una mano en algún trabajo material, allí están prestos a ayudar; y si no pueden hacer nada, oran y ofrecen a Dios algunos sacrificios por sus intereses.

Por eso, nunca tienen tiempo para sí mismos, el egoísmo no los toca —o los toca muy de lejos— y así cada día tienen más para dar. Estarán tan preocupados por los demás, que no tendremos tiempo para preocuparnos por ellos mismos, lo que les eliminará el estrés.

Esos no son ciegos, esos son los verdaderos guías: junto a Dios, que es amor, que es verdad y que es vida, están todos los que saben dar, y tienen la certeza de aconsejar o simplemente apoyar a quien Dios quiere que apoyen. Muy difícilmente serán hipócritas y dan siempre buen fruto. Jesús nos pide que seamos como ellos.

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Ciclo C, VII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 7, 2013

El ejemplo del cristiano

Todo un programa de comportamiento nos presenta hoy Jesús: una senda muy definida para que todos los que nos llamamos cristianos la sigamos paso a paso: amar a todos nuestros hermanos; y llegar hasta el extremo: amar no tanto afectivamente sino efectivamente a nuestros enemigos.

Pero, ¿sí seguimos esa senda?

¿Hasta dónde hemos llegado en ese camino? Por ejemplo, ¿cuáles hechos atestiguan que evidentemente amamos a nuestros enemigos? ¿cuántos? ¿No es verdad que contestamos las ofensas, los golpes? ¿No peleamos hasta con los que se nos atraviesan cuando manejamos, con los que nos quitan el taxi o el puesto en el bus? Entonces, ¿hasta dónde llevamos a cabo eso de «poner la otra mejilla»?

Esta semana que pasó, ¿cuántas oraciones hicimos por los que nos injurian?, ¿cuántas veces bendijimos a los que nos maldicen?, ¿a cuántos de los que nos odian les hicimos el bien?

¿Cumplimos con aquello de que «a quien te pide dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames»?

Vale la pena hacer un examen para ver lo que ha sido de nuestra vida católica hasta hoy. ¿Con qué estamos comprometidos? ¿Qué dirían si nos vieran los que profesan otro credo?, ¿nos verían como prototipos de cristianos?

Es posible que en nuestro corazón nazca el pensamiento de que eso es imposible, que es solo para santos.

Oigamos lo que responde el mismo Jesús: si somos compasivos, si no juzgamos a nadie ni lo condenamos, si aprendemos a perdonar y a dar, tendremos un gran premio que se nos verterá en una medida generosa como ninguna, colmada, rebosante y, lo que es mejor, seremos —ahora sí— hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y con los agradecidos.

Ya escuchamos a Jesús; ahora, ¡a trabajar para dar ejemplo!

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¿Sobre todas las cosas?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 1, 2013

“Es que eso de amar a Dios sobre todas las cosas nadie lo puede cumplir”, fueron las palabras que el sacerdote escuchó de labios de su pequeño catecúmeno.

Y no era para menos. Entendida así la explicación del primer mandamiento de la Ley de Dios da la impresión de que es imposible amar más a Dios que a los hijos, a los padres, a la novia, a la esposa… o, más aún, a nosotros mismos.

Si bien esta es la meta final —amar a Dios en todas esas personas—, la finalidad inicial se centra en no reemplazar a Dios.

No substituirlo por la energía cósmica, ni por otros dioses.

Por eso también se prohiben las creencias y lecturas esotéricas (nueva era), que reemplazan al Dios por “Maitreyas” y energías, y reducen a Cristo —Dios y hombre verdadero— al nivel de una de ellas… Así, cada vez que un católico lee o estudia estos temas u otros en los cuales basa su vida o su estabilidad emocional, está —directa o indirectamente— mudando a Dios.

Asistir a sesiones de espiritismo no solo es algo parecido, sino que, además, quien lo hace, se pone en peligro de caer en la forma más violenta de pecar contra este mandamiento: el satanismo. Con las estadísticas tan altas de esta práctica en nuestro país, es necesario que los padres de familia, los educadores y los sacerdotes repiquen constantemente para prevenir.

Es también sorprendente para los párrocos que van a bendecir las casas de sus parroquianos ver suplir a Dios con la penca de sábila, las velas de colores y aromas, los cuarzos, las pirámides, etcétera, o creyendo en la cruz magnética del gran poder, la pulsera de la felicidad o de la riqueza… ¡Una vela a Dios y otra quién sabe a quien!

Pero este mandamiento nos recuerda que tampoco podemos suplir a Dios con el placer, el tener, el poder o la fama, como sucede cuando lo que hacemos es más elocuente que lo que decimos:

  • Si los placeres se erigen en la prioridad de la vida, dejando a un lado los deberes que nacen del amor que caracteriza al cristiano, especialmente el de servir de algún modo a los demás; es decir, si nos preocupamos más por nuestro bienestar que por el de nuestros hermanos.
  • Si un padre de familia mueve cielo y tierra para ganar dinero en un negocio, si se trasnocha o deja de comer por esa ganancia, y si, por el contrario, deja a un lado su obligación de amor de asistir a la Eucaristía un domingo porque está cansado y dice: “Dios entenderá”, no solamente está cambiando al Dios verdadero por el dios–dinero, sino que está dejando un funesto ejemplo a sus hijos (el dinero es más importante que Dios).
  • Si el poder se usa para el propio beneficio y no para servir.
  • Si la fama es un fin y no una consecuencia de nuestros actos de servicio a la comunidad.

Pero si se trata de crecer tenemos que volver a las palabras del niño: que cada día nuestro amor a Dios sea más puro, y pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.

Estamos llamados a subir un peldaño diario en la escalera del amor hasta que salga todo ese “yo” que estorba, y entre ese Dios–Amor, junto con todos los demás hijos suyos, a quienes también Él llama por ese camino.

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Dios no ama por igual a todos los hombres*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2012

Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si alguien es más santo, es porque ha sido más amado por Dios. Es evidente que las criaturas existen porque Dios las ama: «Tú amas todo cuanto existe, y nada aborreces de lo que has hecho, que no por odio hiciste cosa alguna» (Sab 11,25). También es evidente que entre los seres creados, concretamente entre los hombres, hay unos mejores que otros, hay unos que tienen más bienes que otros. ¿Y de dónde viene que unas personas sean mucho más buenas que otras? Del amor de Dios. Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si uno es más bueno, es porque ha sido más amado por Dios.

Recuerdo un principio previo. El amor de Dios es muy diferente del amor de las criaturas. El amor de éstas es causado por los bienes del objeto amado: «la voluntad del hombre se mueve [a amar] por el bien que existe en las cosas» o personas. Por el contrario, «de cualquier acto del amor de Dios se sigue un bien causado en la criatura» (STh I-II,110, 1).

El amor de Dios es infinitamente gratuito, es un amor difusivo de su propia bondad: Dios ama porque Él es bueno. Así la luz ilumina por su propia naturaleza luminosa, no por la condición de los objetos iluminados. Y amando Dios a las criaturas, causa en ellas todos los bienes que en ellas pueda haber. Consecuentemente, si todos los hombres en alguna medida han recibido bienes de Dios, aquellos que han recibido más y mayores bienes los deben todos a un mayor amor de Dios hacia ellos.

Los santos, en sus autobiografías, dan con frecuencia testimonio agradecido de esta gran verdad, y a Dios atribuyen todo el bien que ellos tienen, que ciertamente es mucho mayor que el de otros hombres. «El Señor ha hecho en mí maravillas» (Lc 1,49). «¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú, que no hayas recibido?… Gracias a Dios soy lo que soy» (1Cor 4,7; 15,10).

Por tanto, Dios no ama más a una persona porque sea más perfecta y santa, sino que ésta es más santa y perfecta porque ha sido más amada por Dios. Esta verdad es constantemente proclamada en la Escritura. En ella resplandece el amor especial de Dios por su pueblo elegido, Israel, «el más pequeño» de todos los pueblos (Dt 7,6-8); por María, haciéndola inmaculada ya antes de nacer; por los cristianos, «elegidos de Dios, santos, amados» (Col 3,12); por «el discípulo amado», etc. Por eso Santo Tomás enseña que, «por parte del acto de la voluntad, Dios no ama más unas cosas que otras, porque lo ama todo con un solo y simple acto de voluntad, que no varía jamás. Pero por parte del bien que se quiere para lo amado, en este sentido amamos más a aquel para quien queremos un mayor bien, aunque la intensidad del querer sea la misma… Así pues, es necesario decir que Dios ama unas cosas más que a otras, porque como su amor es causa de la bondad de los seres, no habría unos mejores que otros si Dios no hubiese querido bienes mayores para los primeros que para los segundos» (STh I,20, 3). Es éste un principio teológico fundamental, que aplica el santo Doctor al misterio de la predestinación (I,23, 4-5) y a toda su teología de la gracia (I-II,109-114).

Son muchos los cristianos que hoy ignoran estas grandes verdades, pues casi nunca les son predicadas. Y por eso se desconciertan cuando las oyen. Pero un cristiano que las conozca poco, conoce mal, muy mal, el misterio de Dios y el de su gracia. Apenas entiende la maravilla sobrenatural de la vida cristiana.

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/0912190950-indice-de-reforma-o-apostasia-51

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Por las ramas

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2011

Son muchos los que olvidan la esencia del cristianismo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 34-35).

Pero, ¡cuántos hay que creen que ser cristianos consiste en asistir a la Eucaristía todos los días, rezar el Rosario, visitar al Santísimo Sacramento, hacer muchas horas de oración…! Otros creen que ser cristianos es pertenecer a un grupo de oración, asistir a congresos de alabanza o de adoración, vivir determinada espiritualidad… Olvidan que todos estos actos son medios para llenarse del amor de Dios, y así repartir ese amor a todos los que viven a su alrededor.

También están los que creen que Dios los escogió para corregir a los demás: se la pasan escribiendo cartas o artículos agresivos a cuantas personas o entidades defienden un criterio o conducta contrarias a la Fe. Olvidan que la verdad sin caridad no es verdad.

Hay quienes creen que la esencia de la vida cristiana consiste en saber mucho: leen libros, se aprenden los versículos y los capítulos de la Biblia para defender cualquier criterio, asisten a cuanta predicación pueden, toman cursos, estudian teología… Olvidan que, aunque es importante conocer nuestra doctrina, el cristiano no se distingue por saber, sino por amar.

Y, por último, pululan cada vez más los que concentran su atención en las cosas periféricas de la Fe cristiana, descuidando su esencia: creen que Satanás está en todas partes o que la Virgen se aparece en todas partes o que el Señor se la pasa haciendo manifestaciones extraordinarias… Y se olvidan que la Iglesia, como Madre que es, tiene un Magisterio que nos informa lo que está correcto y lo que no; para que nos despreocupemos de todas esas cosas, y nos concentremos en lo más importante: en amar.

¿Queremos saber qué tan buenos seguidores de Cristo somos? Preguntémosle a quienes conviven con nosotros qué reciben de nosotros; si ellos nos dicen que somos los que les damos amor, los que trabajamos por su felicidad, los que dejando a un lado nuestro egoísmo nos ocupamos por su bienestar…, sabremos que somos buenos cristianos.

Pero si ellos notan que lo que nosotros queremos es que nos amen, que nos respeten, que nos valoren, que nos tengan en cuenta…, podremos deducir con ello cuán egoístas somos. Y el egoísmo es lo contrario del amor; es decir, es lo contrario del cristianismo.

 

 

 

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Pensamientos de santa Maravillas de Jesús*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 29, 2011

 

  • “Yo no quiero la vida más que para imitar lo más posible la de Cristo.”

  • “Veo al Señor cargado de los tesoros de su amor y necesitando almas vacías donde poder depositarlos”.

  • “Si le somos fieles, cada día aumenta la capacidad de amarlo. ¡Qué felicidad!”

  • “Yo no quiero saber otra cosa sino amar al Señor. ¡Qué pequeño, qué nada se ve el mundo y qué insensatas todas las luchas y deseos que en él hay!”

  • “Cada vez comprendo más la nada de todo lo que no es Dios y siento la imperiosa necesidad de amarlo y olvidarme de mí por completo para que sólo Él viva en mí.”

  • “Este tiempo de la vida tan corto hemos de aprovecharlo con alegría, ofreciéndole con gozo todo cuanto suceda, que todo es para que crezcamos en el amor.”

  • “Sí, ámenlo mucho, así con obras, sin mirar para nada nuestro consuelo.”

  • “El amor del Señor no tiene límites, que no lo tenga tampoco el nuestro.”

  • “¡Cómo tenemos que ser con Él y qué delicadezas de amor tenemos que tener; que amor con amor se paga!”

  • “Hágalo todo con mucho amor a Cristo y ahí está todo.”

  • “Nada nos puede quitar el vivir con Él, amándolo y procurando agradarlo y consolarlo.”

  • “¡Como paga el Señor la menor cosa que se hace por su amor!”

  • “Considerando que Dios se hizo hombre por nuestro amor, no sé cómo no nos volvemos todos locos de amor por Él.”

  • “¿No sabe que me enamoré del Hijo de María y cada día y cada segundo me gusta más, lo quiero más y más y más?”

  • “Las obras de Dios tienen que llevar su sello, que es el de la cruz. Cuando Él lo quiera, todas las dificultades se desharán como la espuma.”

  • “Tenemos que ser como Él nos quiere; así es como podremos ayudarlo de veras.”

  • “No esté triste, pase lo que pase. Las penillas al fondo del Corazón de Cristo, y en el suyo sólo su amor y su gloria.”

  • “Dejémonos purificar, iluminar y consumir por Él, que Él solo es la razón de nuestra vida…”

  • “Él se ha quedado en el sagrario para que lo amemos, lo imitemos, para ser nuestra fortaleza y nuestro consuelo.”

  • “Viva Cristo en mí y yo en Él. ¡Qué felices somos! Nadie nos puede quitar esta felicidad, que nunca disminuye si el alma es fiel; cada día que pasa es más grande, y en el cielo será infinita.”

  • “Es de veras un dolor que se pase la vida sin procurar imitar a Cristo.”

  • “Si de veras lo servimos y lo amamos, eso es la santidad.”

  • “Como Cristo, mansos, obedientes, humildes y llenos de caridad verdadera.”

  • “¿Por qué no lo conocerán y lo amarán todas sus criaturas? Porque no lo conocen, que si lo conociesen, no podrían no amarlo”.

  • “Si Él está contento, ¿qué más podemos querer?”

  • “Si has nacido para morir de amor, ¿qué te importa todo lo demás?

  • “Aprenda en el Corazón de su Madre como se ama a Jesús.”

  • “Tomemos por modelo a la Virgen Santísima y permanezcamos con Ella al pie de la cruz, con viva fe y perfecto amor.”

  • “Bendito sea nuestro Dios, que nos dio a su Madre por Madre nuestra.”

  • “¡Qué dicha es tener a María por Madre! No pierda tan dulce compañía, que con Ella está siempre Jesús.”

  • “Si se entrega de veras a Ella, lo llenará del amor de su Hijo.”

  • “He tomado a la Virgen Santísima por Madre de un modo especial, y Ella es la encargada también de prepararme, protegerme y ampararme. ¡Qué buena es esta dulcísima Madre!”

  • “¡Que hermosa es la oración del Rosario! Lo más eficaz, tanto para la conversión como para el mayor fervor de la vida, es el rezo del santo Rosario. Jesús dará a su Madre todo cuento le pida”

  • “El Señor es el único que puede tocar los corazones, y la oración nunca deja de ser escuchada.”

  • “Con el recogimiento interior y exterior, oración y limpieza de alma, vivamos una vida interior en una conversación íntima con nuestro Dios, por una continua oración.”

  • “¡Que hermoso es prescindir de criaturas y ver a Dios en todas!”

  • “No olvide que todo nos viene de Jesús por María.”

  • “Intérnese en ese Corazón de Jesús donde tiene hecho su nido y viva ahí, abandonada y segura, sólo para Él.”

  • “Nada estorba a la santidad si somos fieles.”

  • “¡En la soledad habla Él más al corazón!”

  • “Los santos fueron santos, porque quisieron, con inmenso querer, ser fieles.”

  • “La santificación se forja cuando Dios va quitando al alma todo, y la deja como en un inmenso desierto.”

  • “Los santos son los que verdaderamente son poderosos, porque tienen al mismo Señor con ellos.”

  • “¡Que fácil se hace servir y agradar a Dios en cuanto uno se olvida un poquitín de sí mismo y no quiere guiar su vida, sino abandonarla de manos de Dios!”

  • “¡Que pequeño es todo lo de esta vida; lo único que importa es que dejemos que se cumpla en nosotros plenamente la santa voluntad de nuestro Dios!”

  • “Queriéndolo Él y pensando que se le da gusto, todo lo amargo se vuelve dulce y lo desabrido sabroso.”

  • “El Señor nunca deja de inspirar al alma lo que debe hacer, siempre que ella lo escuche en vacío de todo lo suyo.”

  • “Es una felicidad el estar colgados de la providencia del Señor y ver con qué delicadísimo amor lo prepara Él todo.”

  • “Sin Él nada podemos, pero con Él, todo.”

  • “No quiero sino confiar a ciegas y esperar contra toda esperanza, sin ocuparme de mí.”

  • “El Señor nos lo arregla todo, aunque le guste apretar un poquito para que luego lo apreciemos más.”

  • “¡Cuánto hace gozar la verdadera caridad!”

  • “La caridad para con Dios se mide por la caridad que se tiene con el prójimo, y ésta roba el Corazón del Señor y…el de las criaturas también.”

  • “Necesito vivir olvidada, desconocida, despreciada, lo más cerca posible de su vida santísima. No tengo más que esta vida, y quisiera darle durante ella todo el dolor, toda la humillación que sea posible.”

  • “El Señor busca almas vacías, para llenarlas de Sí.”

  • “El camino de la propia santificación es el santo misterio de la cruz.”

  • “La cruz es un tesoro del cual no nos quiere privar este Rey nuestro, que conoce tan bien su valor.”

  • “Más nos acerca a Dios una temporadita de cruz que todos nuestros pobres esfuerzos.”

  • “En la cruz es donde más se logra la unión con Cristo nuestro Bien.”

  • “¡Cómo bendeciremos en la otra vida la bendita cruz!”

  • “El fruto del sufrimiento es estar cada día más cerca de Dios.”

  • “¡Cuantas cosas pasadas…, pero Cristo no pasa!”

  • “Con Él todo se hace suave y dulce, aun lo más amargo.”

  • “Cristo nos guarda, y con Él ¿qué hay que temer?”

  • “¿Miedo a la muerte? Si la muerte no es más que echarse en las manos de Dios.”

 

 

 

 

 

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¿Es pecaminoso tatuarse?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 13, 2010

 

Algunos sacerdotes y consejeros espirituales instan a las personas a confesarse porque se hicieron un tatuaje pues, dicen, la Biblia lo prohíbe.

La cita bíblica que habla de los tatuajes es: Lv 19, 26-28:

“Ustedes no comerán nada que tenga sangre. No practicarán la magia ni la adivinación. No se cortarán el borde de la cabellera en forma de círculo, ni cortarás el borde de tu barba. No se harán incisiones en la carne a causa de los muertos, ni tampoco se harán tatuajes. Yo soy el Señor.»

En este lugar, Dios quiere corregir costumbres que enseñaban los pueblos vecinos —amonitas, idumeos, moabitas, etc.— al pueblo escogido por Dios: beber la sangre de animales ofrecidos a falsos dioses; querer adivinar lo venidero por el canto de las aves, el vuelo, la manera de comer, etc.; cortarse el cabello y la barba de determinada manera en obsequio de los ídolos; hacerse incisiones en el cuerpo para aplacar a los dioses infernales; grabarse la piel (tatuarse) con el ídolo al cual se consagraban…

Por otra parte, no es lo mismo leer el Antiguo Testamento (AT) que el Nuevo Testamento (NT). Nos lo enseñan los exégetas:

  • Todo lo valioso del AT está interiorizado en el NT: menos acciones externas y más conversión del corazón.
  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.
  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

La Ley Nueva se condensa en el amor:

Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?”. Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”. (Mt 22-34-40)

Acercóse uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le contestó: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.”  (Mc 12, 28-31);

Se levantó un legista y dijo, para ponerle a prueba: “Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” Respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.”  (Lc 10, 25-28).

Cuando san Agustín lo descubrió experimentalmente gritó: “¡Ama y haz lo que quieras!”.

Faltar a este amor, es decir, dejar de cumplir los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, es lo único por lo que hay que confesarse.

Así lo entendieron los santos; y por eso muchos se tatuaron el nombre de Jesús en el pecho.

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Ciclo B, II domingo de Pascua o día de la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2009

Misericordia aquí

 

Nos cuentan los Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común.

Es lo que Dios quiere: una familia. Él no pensó en una democracia, una monarquía, anarquía, comunismo, socialismo…, todos inventos de la reducida inteligencia humana; y, por supuesto, todos con defectos, fallos, imperfecciones.

Entre otras cosas, a eso vino a la tierra: a fundar una familia en la que Dios es el Padre, y nosotros sus hijos —misericordiosos como Él— hermanos los unos de los otros, por quienes seríamos capaces de hacer cualquier cosa: quiere que en esta familia cada uno compita en el amor, esto es, en el servicio.

Y, ¿cómo aseguraremos que semejante “utopía” pueda llevarse a cabo? En primer lugar, porque sabemos que esa no es obra humana sino divina: será Él quien la forjará, en el momento preciso de la historia, con su fuerza todopoderosa.

El alma de semejante familia está descrita en la carta de san Juan que leímos hoy: “Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios. Si amamos al que da la vida, amamos también a quienes han nacido de Él; y por eso, cuando amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, con toda certeza sabemos que amamos a los hijos de Dios”.

Quizá nos parecerá todavía algo imposible, pues sabemos que nuestras fuerzas son ínfimas, si las comparamos con la empresa que nos propone, pero sabemos que “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo”, y la victoria en que el mundo ha sido vencido es nuestra fe en Jesús.

Tomás no tuvo esa fe en Jesús. Tal vez estemos como Tomás: todavía no creemos que Jesús nos diga: “Como el Padre me envío a mí, así los envío Yo” a formar una familia en la que reine mi misericordia, una familia que va —unida— hacia el Cielo.

En cambio, ¡felices los que tienen esa fe en Jesús, los que sin haber visto creen!

 

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Cómo actuar con otros cristianos

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 2, 2009

Desafortunadamente, entre los cristianos se han producido divisiones: en el siglo XI, los cristianos orientales (llamados ortodoxos) se separaron de los cristianos católicos; y, en el siglo XVI, otro tanto hicieron los protestantes y los anglicanos.

De entre los protestantes han proliferado innumerables iglesias, comunidades, movimientos religiosos, grupos y sectas de mayor o menor afinidad entre sí. Se llamaron después evangélicos y, más recientemente, simplemente cristianos. Y para agravar la situación, por desgracia, muchos de ellos se excluyen mutuamente.

No hay justificación teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de esta pluralidad, estén genuinamente separadas o no. Jesús, por ejemplo, orando a su Padre, dejó ver que le interesa mucho la unidad de los cristianos:

«No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» (Jn 17, 20-21)

El problema se presenta cuando tenemos que conversar con nuestros hermanos cristianos no católicos, sobre todo esos que pretenden convencernos para que dejemos el catolicismo y vayamos a su culto o que nos congreguemos en tal o cual denominación.

En ese caso, es preciso tener claro el modo como nos debemos comportar, porque muchas veces podemos llegar a actuar como si no fuéramos cristianos.

1) Orar mucho por todos los cristianos (católicos, orientales, protestantes y anglicanos).

2) Dar testimonio de amor, paz y alegría, en el que se incluye un respeto grande por la forma de pensar de los demás.

3) Una vez que ellos se persuadan de que los respetamos y —sobre todo— de que los amamos, debemos dejar que sea el Señor quien los toque con su gracia, lo que significa confiar en Dios y, por lo tanto, no propiciar  ni permitir las polémicas ni las discusiones:

«Es honra del hombre evitar discusiones. (Pr 20, 3)

«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.» (1Tm 2, 8)

«Esto has de enseñar; y conjura en presencia de Dios que se eviten las discusiones de palabras. »  (2Tm 2, 14)

«Evita las discusiones.» (2Tm 2, 23)

4) Si se presenta la oportunidad (que por ejemplo hablen de algún tema), podemos contarles cómo vivimos nuestra vida cristiana, haciéndolos participes de nuestra felicidad, sin quererlos convencer.

5) Si se muestran inquietos, intransigentes o polémicos, les diremos que a nosotros lo único que nos interesa es amarlos, porque aprendimos que Jesús dijo: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35). Así los haremos entender que solo nos interesa seguir a Cristo en el amor; y esta actitud será la que permita que Dios actúe en ellos (aunque lo haga después de pasado un tiempo).

Mientras el cristiano continué actuando de una manera diferente a la que se acaba de describir, no solamente estará negando en la práctica lo que en la teoría profesa, sino que presentará al mundo un escándalo. ¡Las disensiones entre los cristianos son un escándalo! Y esto es grave: ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el escándalo! (Mt 18, 7)

Es hora de parar. Jesús nos dijo cómo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Él? ¡Hasta dar su vida! ¿Daríamos la vida por uno de nuestros hermanos separados? Si la respuesta es negativa, todavía nos falta mucho para llamarnos cristianos católicos.

 

 

 

 

 

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¿Por quién debo votar?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 5, 2008

Sé perfectamente que todo cristiano tiene la obligación moral de votar, no solo porque como tal debe cumplir con sus deberes ciudadanos, sino porque su omisión podría permitir que sean elegidas personas con criterios disímiles o contrarios al bien común (léase: a la moral cristiana). Y así lo enseño y lo seguiré enseñando.

Pero Dios me dio una particularísima vocación: amarlo intensamente a Él y a los demás. En este camino, descubrí que el amor auténtico consiste en trabajar por la felicidad de quien se ama, sin importar lo que cueste, y dejando en segundo lugar las otras metas que se tenían (aun las más nobles), pues la felicidad de quien ama es ver feliz al que ama.

Y confirmé luego que quien ama se olvida de sí mismo y hasta de su propio bienestar, con tal de hacer feliz al amado; como lo hizo Jesús, a quien no le importó sufrir lo que tuvo que sufrir por nosotros, los hombres. Quien vive en ese dolor amoroso, en ese amor doloroso, llega a la unión con Dios y se realiza como ser humano, que fue hecho por el Amor y para amar.

Para mí la democracia, sin la Ley del Amor que Jesucristo vino a predicar, es casi como cualquier monarquía, anarquía, la dictadura, la aristocracia, etc. Es más: estoy seguro de que si viviéramos esa Ley de Amor no habría necesidad alguna de decretos, normas, leyes… ¡Ama y haz lo que quieras!, gritó san Agustín cuando lo descubrió.

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Ciclo A, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2008

 

  

 

 

 

 

¿Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente?

 

San Pablo dice hoy que el Evangelio que les llevó a los habitantes de Tesalónica no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo.

Ese mismo Evangelio nos llegó a nosotros; alguno podría decir que ahora no hay milagros ni se ve el Espíritu Santo. ¿Por qué? Quizá porque en nosotros «se quedó solo en palabras»…

Y, ¿cómo hacer para que no se quede sólo en palabras? La respuesta está en la misma lectura: los tesalonicenses se hicieron imitadores de los apóstoles y del mismo Señor, y se pasaron de los ídolos a Dios, empezando a servir al Dios vivo y verdadero, y esperando que venga del cielo el que nos liberaría: Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos.

Actuando así podremos demostrar a Dios nuestro agradecimiento y nuestro amor: cumpliendo los mandatos que nos dio desde el Éxodo, como nos lo narra la primera lectura: no maltratar, ni oprimir a los extranjeros; no hacer daño a la viuda ni al huérfano; si se le presta dinero al pobre, no ser como el usurero, no exigirle interés; si se toma prestado, devolver a tiempo lo prestado.

Ese agradecimiento y ese amor nos debe mover a buscar cómo agradar a Dios todos los días de nuestra vida: que nuestras obras, palabras y pensamientos sean de su gusto, que con ellos le demos parte de la gloria que se merece, pues es mucho lo que le debemos: nos dio la vida, la salud, nuestros seres queridos, el sustento diario; la creación, la encarnación del Hijo de Dios, la Redención, la Iglesia, los sacerdotes que nos guían y administran los Sacramentos, su presencia real entre nosotros… Nunca terminaríamos de enumerar lo que Dios nos ha dado, y que nos muestran su infinito amor por nosotros.

Por eso, Jesús dejó claro que todo lo que debemos cumplir está encerrado en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Qué tan lejos estamos de amar con esas dos medidas? Pensémoslo un instante.

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COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2008

 

1.      Hacer santa mi vida, cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales y sociales. Esta es mi principal vocación: amar eficaz y efectivamente a cada uno de mis familiares, ser un trabajador honesto y responsable, y actuar como un buen ciudadano; todo irradiando paz y alegría. No cumplir estos deberes queriendo llevar a cabo los compromisos que siguen sería un desorden que Dios no quiere.
 
2.      Que la Fe, la Esperanza y la Caridad se noten en cada uno de mis actos y actitudes.
 
3.      Hacer algunos minutos diarios de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración.
Seguir en esto las indicaciones de mi director espiritual.
 
4.      Ofrecer las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores —a veces pequeños, a veces grandes— que me sobrevengan, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador.
Asimismo, ofrecer mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios.
 
5.      Renovar, cuantas veces pueda, el Sacrificio de Cristo asistiendo a la Eucaristía. Comulgar con frecuencia. Visitar con asiduidad al Santísimo Sacramento.
 
6.      Honrar a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María. Tenerla como especial protectora. Meditar de cuando en cuando los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
 
7.      Recibir frecuentemente el Sacramento de la Reconciliación.
 
8.      Tratar de vivir la pobreza dentro de mi estado: estar sin apegos por las criaturas (cosas, personas, ideas ni por mí mismo), hasta tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios, con el que me entregaré a luchar primero por la felicidad de mis seres queridos, y luego por toda la humanidad.
Tener presente que las cosas que poseo son medios, no fines.
Vivir con sobriedad, no tener cosas de sobra, administrar los bienes con prudencia y ejercer la caridad.
 
9.      Buscar en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios.
Recordar que la pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.
 
10.   Hacer que la humildad sea mi principal virtud: quiero ser el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos: en mi casa, en mi trabajo y en la sociedad, como Jesús (cf. Mc 9, 35; Mc 10, 43-45; Mt 20, 26-28; Mt 23, 11).
Ser obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual.
Si he de corregir a alguien, que sea con mi amor y con mi ejemplo.
 
11.   Leer, meditar y estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y el Código de Derecho Canónico.
De igual forma, leer los documentos del Magisterio de la Iglesia, con especial atención el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos», del Concilio Vaticano II, y la constitución Gaudium et Spes, también del Concilio Vaticano II.
Hacer, al menos, una oración diaria por el Papa, los Obispos y los Presbíteros (especialmente por mi párroco).
 
12.   Leer y estudiar la vida y la doctrina de san Pablo de la Cruz.
 
13.   Orar constantemente y ofrecer mis sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos.
 
14.   En la medida de mis capacidades y posibilidades —después de orar mucho y de ofrecer mortificaciones—, contar y explicar a cuantos pueda la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y proponer algún modo de corresponder a semejante gracia.
 

 

Continúa, si lo deseas, leyendo el siguiente artículo:

ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

 

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Martín Lutero

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

La historia de la Iglesia registra innumerables conquistas espirituales en casi todas las regiones geográficas. Sin embargo, no todas han sido alegrías en ese sentido: son muchas las discordias que, tras su análisis juicioso, han dado como resultado luces enriquecedoras especialmente para conformar una doctrina, compacta y fuerte a la vez, cada día más cierta.

Pero los desenlaces tampoco han producido siempre efectos positivos, dentro de los que deben resaltarse con dolor las divisiones, muy especialmente la del siglo XVI, con Martín Lutero.

Esa escisión deplorable ha dejado, como todas, una herida que ahora toda la Iglesia, con el Santo Padre a la cabeza, intenta remediar por el camino más acorde con su espíritu: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que escogió Jesús y el que las Conferencias Episcopales han recomendado siempre a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para “defender” sus ideas.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido nunca la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución… todo a un costo muy alto, mejor, el más alto costo: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina católica está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los recientemente canonizados; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —justos, por cierto— llenando el santoral de paradigmas que pueden enfervorecer al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos como todos.

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios y el Papa nos piden: que todos los cristianos seamos uno.

Por todo el globo terráqueo muchos se han hecho eco de esas palabras con hechos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos ellos para que, como dijo el Santo Padre, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta milenaria.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

 

 

 

 

 

 

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Aprendió a ser cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2008

Aprendió a ser cristiano

 

Él intentaba ser un buen hombre y un buen católico. Amaba a Dios tratando de hacer siempre su voluntad: se había casado siguiendo la voluntad de Dios, había tenido sus hijos siguiendo la voluntad de Dios; y siguiendo la voluntad de Dios tomaba todas las decisiones, tanto las importantes como las pequeñas…

Educó así a sus hijos, y procuró inculcarles un gran amor a Dios y a los seres humanos.

Su hija, buena católica, con una formación moral excelente y también muy linda, al llegar a la adolescencia, comenzó a vestirse con pantalones muy ceñidos y, de vez en cuando, minifaldas. Sabía él que esa conducta no es del agrado de Dios, y por eso sentía que la educación que había intentado dar a sus hijos no había dado resultado en ese particular aspecto.

Habló con su hija: con cariño le hizo notar que, si bien ella se sentía conforme con esa ropa y no le hallaba nada malo, los hombres que la vieran podrían sentirse tentados a verla con deseo, lo cual podría incitarlos a actuar en contra de la ley de Dios. Le explicó que, en sí misma, la presentación no tenía nada de pecaminoso, pero que podría convertirse en ocasión de pecado para otros y que eso podría entristecer a Nuestro Señor.

A la joven le pareció exagerada la manera de pensar de su padre, y continuó usando esa indumentaria.

Este señor estaba haciendo oración una noche, como era su costumbre, y se acordó de nuevo del hecho. De pronto, sintió deseos grandes de pedirle perdón a Dios por la conducta de su hija y de reparar el error de alguna manera. Se le ocurrió que la mejor manera de hacerlo era orando intensamente por ella y ofreciendo algún pequeño sacrificio. En ese mismo momento decidió ofrecerle al Señor tres mortificaciones pequeñas: poner mucha atención durante el rezo del Santo Rosario (cosa que le costaba mucho trabajo), no llamarle la atención a su hija por hablar mucho por teléfono (cosa que le molestaba) y —el sacrificio más grande para él— no quejarse ni disgustarse cuando su familia lo hiciera trasnochar.

En ese instante, este padre de familia comprendió que, por primera vez, estaba haciendo por alguien lo mismo que Jesús había hecho por él: pagar sus culpas. Descubrió que eso sí era ser cristiano: vivir como Cristo, muriendo a su egoísmo para lograr que el tesoro de su alma —su hija— fuera eternamente feliz.

Acto seguido, se levantó de la cama, entró a la alcoba de la muchacha —quien dormía—, y la besó tiernamente en la frente, mientras en su interior le decía: “Gracias, hija mía”.

 

 

 

 

 

 

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Algo que no podremos hacer en el Cielo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 9, 2008

 –¿Ustedes se quieren morir?

–Por supuesto que no, padre.

–Yo sí.

La mirada de asombro de los concurrentes no inmutó al veterano presbítero, quien sólo sonrió mientras continuaba:

–Un santo decía que no sabía qué escoger: si el encuentro con ese ser maravilloso que llenaría todas sus ansias de felicidad o quedarse aquí trabajando por su gloria y por la salvación de las almas…

Así se explica en la catequesis de los infantes lo que será ese encuentro maravilloso:

Allí, en el Cielo, estará Dios: todo lo bello reunido en un solo Ser, todo lo bondadoso, lo bueno, lo delicado, lo compasivo, lo comprensivo; toda la ternura, la paciencia, la simpatía, toda la alegría; la tranquilidad… en fin, todo el amor en un sólo ser, Dios, que se nos da para llenarnos de felicidad.

Es una felicidad eterna, en un presente continuo, sin ayer y sin mañana, sin antes ni después, un ahora hermoso que no pasa; ¡y es una felicidad que sacia sin saciar!: cuando ya se siente plena, no llena del todo, pues se desea más…

La narración se hace a veces tan clara y convincente que de vez en cuando un niño dice: “¡Yo quiero irme ya!”. Quien haya tenido esta experiencia lo puede corroborar.

Esos niños aprenden el verdadero valor de la vida si, luego de sus palabras, se les describe la importancia de la vida temporal como preámbulo de la futura y de la conducta que nos ganará el cielo.

–Sin embargo, hay algo que en el cielo perderemos: la Cruz.

–Y, ¿quién quiere la Cruz?

–La quiere quien sabe de amor.

Mientras haya esperanza para que un alma nos acompañe a ese fascinante lugar, en vez de pasar por el purgatorio o, peor aún, llegar a la eterna perdición, bien vale la pena la Cruz.

Mientras cada pequeño sufrimiento de la vida sea esa savia del árbol del cristianismo, la comunión de los santos, bien vale la pena la Cruz.

Mientras haya tiempo, vale la pena corredimir con Cristo.

Mientras se vive en esta vida terrena, en esta vida pasajera, se tiene la potestad de cambiar la historia, después no.

En el cielo ya no habrá Esperanza, ya no habrá Fe… solo quedará el Amor; y ya no quedará esperanza para salvar a nadie, ya no quedará opción para acrecentar la gloria de Dios, si no es alabándolo, cantando para Él  y gozando de Él.

¡Vale la pena vivir un poco más! ¡Vale la pena sufrir un poco más! ¡Vale la pena abrazar (y abrasarse con) la Cruz.

Es por el Amor, es por lograr el Amor para otros, es por Amor.

 

 

 

 

 

 

 

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Amar es…

Posted by pablofranciscomaurino en junio 9, 2008

 Amar significa que valoramos más a quien amamos que a nosotros mismos. Ya no nos importa nuestro bienestar sino el de la persona amada; ya no queremos estar bien sino que ella esté bien; ya no nos importa evitar nuestro sufrimiento sino que ella no sufra; ya no nos importa nuestra felicidad sino la suya, porque nuestra felicidad es que ella sea feliz.

Y eso fue lo que hizo Jesús: desde que dejó la gloria del Cielo y el amor de su Padre para venir a sufrir como cualquier ser humano, hasta que lo mataron haciéndolo sufrir tan intensamente, lo único en lo que pensaba era en nosotros, en pagar todos nuestros pecados, en abrir la puertas del Cielo para que pudiéramos entrar en él, en hacernos felices; a Él no le importó todo lo que tuvo que sufrir: le importó únicamente nuestra felicidad; y si para eso tenía que olvidarse de sí y sufrir inmensamente, lo hizo gustoso, por amor a nosotros.

Amar a Jesús es recorrer ese mismo camino: olvidarnos de nosotros mismos para hallar la felicidad procurándosela a Él; y no hacemos esto porque sea sabroso, sino porque estamos dispuestos a sufrir lo que sea necesario para hacerlo feliz, cueste lo que cueste, y en eso encontramos nuestra propia felicidad, porque El amor hace suyas las penas del amado,  como dice san Pablo de la Cruz.

Así lo hicieron todos los mártires: lo único que querían era consolarlo, compartiendo sus sufrimientos. Así lo hizo san Francisco de Asís, que le pidió a Jesús durante mucho tiempo que le concediera la gracia de amar y sufrir lo que Él amó y sufrió; y el Señor se lo concedió: lo puso a amar todo lo que puede amar un ser humano soportando sus llagas.

Así se comienza a entender en qué consiste el amor; se descubre que amar así es el secreto de la auténtica felicidad, que no hay nada en este mundo que pueda hacernos tan dichosos, que para eso fuimos creados, que por el contrario los que solo intentan pasar sabroso en este mundo nunca lo consiguen…

Cuando dejemos de temerle al sufrimiento seremos inmensamente felices: al unirnos a la Cruz de Jesús no solo lo consolaremos sino que lo ayudaremos a reparar la gloria y honra que le quitamos a Dios Padre, a salvar almas y a instaurar su Reino de amor aquí en la tierra. Pero hay más: nos purificaremos de nuestros apegos para que podamos experimentar los goces y deleites espirituales que Dios tiene reservados a los que lo aman de verdad…

El amor auténtico es efectivo, no solo afectivo. Esta es la prueba que Dios ha puesto para invitarnos a confiar en Él y esperar la auténtica y única posible felicidad.

¿No es un privilegio haber sido escogidos para esta maravillosa misión de amor? ¿Por qué demoramos tanto en responder al Amor? ¿Vamos a hacerlo sufrir más, retardando nuestra respuesta? Mirémoslo ahí, colgado en la Cruz, esperando nuestra respuesta de amor; parece que san Francisco de Asís nos gritara todavía hoy: ¡El amor no es amado! ¡El amor no es amado! ¡El amor no es amado!…

 

 

 

 

 

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