Hacia la unión con Dios

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ʽLa ciencia hincha, sólo el amor edificaʼ

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2018

Estas palabras de san Pablo en 1Co 8, 1, expresan lo que está ocurriendo con tanta frecuencia hoy: algunos católicos, asumiendo la responsabilidad que tienen, han acogido la invitación que hace la Iglesia de formarse estudiando la doctrina que enseña el Magisterio y que son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias

  • Documentos eclesiales

  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

  • Derecho canónico

  • Catecismo

  • Liturgia

  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Infortunadamente, muchos olvidan que, además de la doctrina, es necesario que la persona también estudie y —sobre todo— que viva la teología espiritual, que enseña todo lo que se relaciona con la ascética y la mística:

La ascética es el proceso purificador del alma, en el que predomina la voluntad del creyente por acercarse a la perfección y la iluminación.

La mística es la unión con la divinidad: una vez alcanzado el estado de pureza, el paso siguiente es el abandono absoluto de lo terrenal en espera de la unión con Dios.

La teología espiritual, también llamada espiritualidad, es aquella parte de  la teología católica que, a partir de los datos revelados y de la experiencia espiritual de los santos, indaga la vida espiritual: su concepto, los modos de progreso desde los inicios hasta la cumbre de la perfección mística.

Pero el objeto de la teología espiritual es la misma vida espiritual y la santidad: se explican los principios (que contienen elementos más especulativos) y las “tres vías” que muestran el camino de ascenso a la santidad desde un punto de vista más práctico. Se presentan las fuentes de la vida interior y su finalidad, la purificación del alma, los progresos del alma, la unión de las almas perfectas con Dios y las gracias extraordinarias. Se describen los principios fundamentales de la vida cristiana, el organismo sobrenatural y la perfección cristiana, el desarrollo normal de la vida cristiana y los fenómenos místicos extraordinarios. Para ello, se examinan los modos de oración y la intensidad recomendada para cada persona en el estado y etapa espiritual en el que se encuentra y se explica todo lo que concierne a la dirección espiritual y al discernimiento de los espíritus.

Por todo lo dicho, la Iglesia siempre ha enseñado que, para alcanzar el fin para el cual fue creado, todo bautizado debería no solo estudiar la doctrina, sino vivir la espiritualidad —la ascética y la mística—, para llegar a la santidad, a la unión con Dios.

Así, podemos afirmar que quienes ponen los medios para vivir una sólida vida espiritual, en busca de la santidad, sin preocuparse por formarse doctrinalmente, podrán equivocarse en conceptos y hasta podrían errar moralmente (aunque su interés en la santidad los librará con frecuencia de este defecto).

Por el contrario, quienes estudian la doctrina del Magisterio eclesial, sin ocuparse debidamente en su santidad, difícilmente se equivocarán en conceptos doctrinales, pero se quedarán cortos en su camino hacia la santidad, que es mucho más importante que el conocimiento, como se puede ver a continuación.

Jesucristo dejó perfectamente claro que todos debemos buscar —con la gracia de Dios—, la santidad, la perfección:

Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mt 5, 48)

El primer Papa, san Pedro, también lo mandó:

Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos. (1P 1, 15)

Y lo reiteró:

Como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy Yo. (1P 1, 16)

Lo mismo enseñó san Pablo, el otro pilar de la Iglesia:

Nos ha elegido en Él, antes de la fundación del Mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia. (Ef 1, 4)

…para presentarnos santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él. (Col 1, 22)

Y nos impulsa a conseguirlo:

Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados… (Col 3, 12)

A veces, como Jesús, usa la palabra: “Perfección”, en vez de: “Santidad”:

Para que os mantengáis perfectos. (Col 4, 12)

Hasta cuando dirige cartas a sus destinatarios los llama con ese nombre:

A todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación. (Rm 1, 7)

El apóstol Santiago también nos impulsa a esa perfección:

La paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros. (St 1, 4)

Esa doctrina no es solamente neotestamentaria. Desde el Antiguo Testamento se enseñaba:

Habla a toda la comunidad de los Israelitas y diles: Sed santos, porque Yo, vuestro Dios, soy santo. (Lv 19, 2)

Santificaos y sed santos. (Lv 20, 7)

Sed, pues, santos para Mí, pues yo soy santo. (Lv 20, 26)

Santos han de ser para su Dios. (Lv 21, 6)

Santificaos y sed santos, pues Yo soy santo. (Lv 11, 44)

Reiterándolo versículo a versículo:

Sed, pues santos, porque Yo soy santo. (Lv 11, 45)

Y todo esto lo enseñaron los Padres de la Iglesia:

“La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite” (San Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 1, 5).

Asimismo lo enseña nuestra Madre, la Santa Iglesia Católica:

“Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (LG 40).

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística” […] Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2014)

Y los santos lo expresan sencillamente como Amor:

«Tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro amor» (Santa Teresa del Niño Jesús, Acte d’offrande á l’Amour miséricordieux: Récréations pieuses-Priéres).

Tal y como lo enseñaron ella y tantos otros santos y también la Iglesia (ver cita anterior: LG 40), la santidad, la perfección del ser humano, consiste en la plenitud del amor, en la unión con el Amor, es amar con el Amor de Dios, es el Amor mismo.

Se puede concluir que es mucho más importante ser santos que sabios: es más importante la unión de Amor con el Dios–Amor que saber todo lo de Dios.

Además, existe un peligro inmenso para quienes concentran sus esfuerzos en el conocimiento, y dejan de lado su unión con Dios, su santidad: la soberbia. La historia lo ha demostrado: son innumerables las personas que se llenaron de conocimiento y cayeron en la tentación de la vanagloria y pretendieron desde entonces reducir todas las cosas espirituales a lo racional: si algo espiritual no se ajusta a sus conocimientos doctrinales, lo rechazan o lo ponen en duda. No se dan cuenta que Dios está muy por encima de la capacidad racional del ser humano y que su acción en el alma no puede ser interpretada o condicionada por el intelecto de unas simples criaturas. Tampoco advierten que el espíritu tiene sus propias leyes operativas, distintas e infinitamente más altas que las del raciocinio humano, que son inefables, inalcanzables, siempre un misterio, sobre todo tras la caída original, por la que el ser humano quedó tan falible, desvalido e incapacitado para amar con el Amor de Dios.

Algunos de ellos han llegado hasta el atrevimiento de cuestionar al Santo Padre, a la Iglesia, al Espíritu Santo. Es por eso que san Pablo escribió esa frase que intitula el presente artículo:

La ciencia hincha, solo el amor edifica. (1Co 8,1)

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El amor de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 16, 2013

 

Los pequeños actos heroicos son los que nos hacen santos, pues lo primero que examina la Iglesia en un proceso de canonización es si la persona vivió las virtudes en grado heroico.

Y vivir las virtudes en grado heroico es ejercitarlas principalmente en los momentos de crisis. Es por tanto en las crisis cuando debemos hacer lo que nos toca, aunque no sintamos ganas de nada.

Por ejemplo, hacer oración aun cuando nada nos mueva, cumplir las obligaciones que tenemos, practicar las obras de caridad que nos corresponden… Pero también es sonreírle a quien nos critica, servir más y mejor a quien hable mal de nosotros…

Y si duele, ¡qué bueno que duela!: no solo hacemos méritos para la vida eterna, sino que ¡así le pagamos a Jesús un poco todo lo que sufrió por amor a nosotros!

Amemos sin esperar nada a cambio, como Él, que nos perdona todo, y que nos sigue amando aun cuando no nos portemos bien con Él…

A veces pensamos que Dios es como muchos papás humanos, y que por eso tenemos que portarnos bien para recibir su amor. Cuántas veces se ha escuchado a un papá o a una mamá decirle a su hijo: “¡Ya no lo quiero!”, porque simplemente no se portó bien en determinado momento. Y trasladamos este mismo criterio a nuestras relaciones con Dios: pensamos que debemos estar a la altura del amor de Dios para poder ser amados por Él; algo imposible, por supuesto.

Además, deberíamos recordar siempre que Él nos ama no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno. ¡No hay nada que podamos hacer para que Él nos ame más! Su amor por nosotros ya no puede crecer más. ¡Él ya nos ama en una medida infinita!

Es más: Él nos ama a pesar de las miserias que ve en nosotros; mejor aún: Él nos ama precisamente porque somos miserables, ya que son nuestras miserias las que atraen su amor, para poder derrocharlo en nosotros…

Vino a buscarnos, a nosotros, los pecadores, para perdonarnos; a los enfermos, para curarnos…, siempre y cuando luchemos para mejorar, por amor a Él.

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La necesaria purificación para recibir al Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2011

Como la llama del Amor de Dios —el Espíritu Santo— es amplísima e inmensa, cuando toca a la persona, cuya voluntad es estrecha y angosta, ella siente esa estrechura y angostura suya, hasta que, de tanto quemarla, la dilate y la ensanche, haciéndola capaz de Dios.

Esta llama es sabrosa y dulce, pero la persona tiene el paladar de su espíritu incapaz de esa sabrosura y dulzura por los apetitos desordenados; por esto la siente desabrida y amarga, y no puede gustar del dulce manjar del amor de Dios. Además, a pesar de sentirse cerca de esta amplísima y sabrosísima llama, no siente su sabor, sino su miseria, que es lo único que tiene en sí misma.

Esta llama también es de inmensas rique­zas y deleites, y la persona por sí misma es pobrísima y no tiene bien ninguno ni alguna cosa de qué satisfacerse; por eso, aunque conoce y siente cla­ramente sus miserias, su pobreza y su malicia, al verlas cerca de las riquezas, la bondad y los deleites de la llama, no los puede reconocer, porque la malicia no comprende a la bondad, ni los deleites bajos a los sublimes, sino hasta que esta llama acabe de purificar al alma y con su transformación la enriquezca, la glorifique y la deleite.

De esta manera, se puede decir que pelean en el alma dos fuerzas opuestas: Dios —que es todas las perfecciones en sí mismo— contra todos los hábitos imperfectos que hay en ella; Dios gana esa batalla transformando al alma en sí mismo, suavizándola, pacificándola y esclareciéndola. Y así, purificada el alma, se dispone, se hace apta, capaz de Dios, de sus altísimas delicias.

* San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 1ª, verso 4, 23

 

 

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COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2008

 

1.      Hacer santa mi vida, cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales y sociales. Esta es mi principal vocación: amar eficaz y efectivamente a cada uno de mis familiares, ser un trabajador honesto y responsable, y actuar como un buen ciudadano; todo irradiando paz y alegría. No cumplir estos deberes queriendo llevar a cabo los compromisos que siguen sería un desorden que Dios no quiere.
 
2.      Que la Fe, la Esperanza y la Caridad se noten en cada uno de mis actos y actitudes.
 
3.      Hacer algunos minutos diarios de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración.
Seguir en esto las indicaciones de mi director espiritual.
 
4.      Ofrecer las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores —a veces pequeños, a veces grandes— que me sobrevengan, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador.
Asimismo, ofrecer mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios.
 
5.      Renovar, cuantas veces pueda, el Sacrificio de Cristo asistiendo a la Eucaristía. Comulgar con frecuencia. Visitar con asiduidad al Santísimo Sacramento.
 
6.      Honrar a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María. Tenerla como especial protectora. Meditar de cuando en cuando los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
 
7.      Recibir frecuentemente el Sacramento de la Reconciliación.
 
8.      Tratar de vivir la pobreza dentro de mi estado: estar sin apegos por las criaturas (cosas, personas, ideas ni por mí mismo), hasta tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios, con el que me entregaré a luchar primero por la felicidad de mis seres queridos, y luego por toda la humanidad.
Tener presente que las cosas que poseo son medios, no fines.
Vivir con sobriedad, no tener cosas de sobra, administrar los bienes con prudencia y ejercer la caridad.
 
9.      Buscar en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios.
Recordar que la pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.
 
10.   Hacer que la humildad sea mi principal virtud: quiero ser el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos: en mi casa, en mi trabajo y en la sociedad, como Jesús (cf. Mc 9, 35; Mc 10, 43-45; Mt 20, 26-28; Mt 23, 11).
Ser obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual.
Si he de corregir a alguien, que sea con mi amor y con mi ejemplo.
 
11.   Leer, meditar y estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y el Código de Derecho Canónico.
De igual forma, leer los documentos del Magisterio de la Iglesia, con especial atención el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos», del Concilio Vaticano II, y la constitución Gaudium et Spes, también del Concilio Vaticano II.
Hacer, al menos, una oración diaria por el Papa, los Obispos y los Presbíteros (especialmente por mi párroco).
 
12.   Leer y estudiar la vida y la doctrina de san Pablo de la Cruz.
 
13.   Orar constantemente y ofrecer mis sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos.
 
14.   En la medida de mis capacidades y posibilidades —después de orar mucho y de ofrecer mortificaciones—, contar y explicar a cuantos pueda la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y proponer algún modo de corresponder a semejante gracia.
 

 

Continúa, si lo deseas, leyendo el siguiente artículo:

ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

 

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Martín Lutero

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

La historia de la Iglesia registra innumerables conquistas espirituales en casi todas las regiones geográficas. Sin embargo, no todas han sido alegrías en ese sentido: son muchas las discordias que, tras su análisis juicioso, han dado como resultado luces enriquecedoras especialmente para conformar una doctrina, compacta y fuerte a la vez, cada día más cierta.

Pero los desenlaces tampoco han producido siempre efectos positivos, dentro de los que deben resaltarse con dolor las divisiones, muy especialmente la del siglo XVI, con Martín Lutero.

Esa escisión deplorable ha dejado, como todas, una herida que ahora toda la Iglesia, con el Santo Padre a la cabeza, intenta remediar por el camino más acorde con su espíritu: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que escogió Jesús y el que las Conferencias Episcopales han recomendado siempre a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para “defender” sus ideas.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido nunca la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución… todo a un costo muy alto, mejor, el más alto costo: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina católica está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los recientemente canonizados; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —justos, por cierto— llenando el santoral de paradigmas que pueden enfervorecer al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos como todos.

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios y el Papa nos piden: que todos los cristianos seamos uno.

Por todo el globo terráqueo muchos se han hecho eco de esas palabras con hechos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos ellos para que, como dijo el Santo Padre, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta milenaria.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

 

 

 

 

 

 

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