Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Amor propio’

¿Negarse a sí mismo?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 1, 2017

 

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña.» (Mt 13, 24b-26)

Son muchas las cizañas que ha sembrado el enemigo en el campo de Dios; y entre ellas está la herejía que, según el Código de Derecho Canónico, consiste en «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma» (CIC  751). La herejía, por tanto, es la oposición voluntaria a la autoridad de Dios depositada en Pedro, los Apóstoles y sus sucesores y lleva a la excomunión inmediata.

Y la más popular de todas las herejías en estos tiempos —y la que más daño está haciendo— es el voluntarismo, también conocido como semipelagianismo.

Para definirla, es necesario precisar antes un par de conceptos:

 

1) El pelagianismo cree que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Afirma que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente lo que Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil.

Pelagio decía que Dios nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar; pero que no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer.

Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones de súplica de la Iglesia: ¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?

No hay un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como ejemplo, que como Salvador, como causa de la salvación.

Para el pelagiano no hay un pecado original que deteriore la naturaleza del ser humano: la naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación.

La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobrenatural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido para el pelagiano.

En resumen: el hombre no necesita de lo divino para hacer obras buenas ni para llegar a la santidad.

 

2) La doctrina católica afirma que la libertad humana se mueve movida por la gracia de Dios. Dios es la causa principal en la producción de la obra buena; el hombre es la causa instrumental: le sirve a Dios de instrumento para realizar esa obra buena. Por tanto, la libertad no puede producir el bien por sí misma; sino que necesita la moción de la gracia divina.

Ahora bien, la libertad humana puede resistirse a la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él.

La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la cooperación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María.

Dios, con la eficacia de su gracia, nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer y cambia las voluntades de los hombres para que realicen las obras buenas (Cf. Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15, 5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).

 

3) El voluntarismo o semipelagianismo:

Esta herejía explica que la libertad humana se «coordina» con la gracia divina. Los semi-pelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) trabaja con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace eficaz en la producción del bien.

Según este gravísimo error, Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

En la doctrina católica, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

Los voluntaristas o semipelagianos opinan que la eficacia de la gracia en realizar la obra buena se da por el asentimiento y la cooperación humana y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín y de Santo Tomás e incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras.

Quien quiera profundizar en esta doctrina, puede hacerlo visitando Gratis Date, Gracia y libertad:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=63

 

La doctrina católica de la negación de sí mismo

Jesús fue categórico: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24b; Mc 8, 34b; Lc 9, 23b). ¿Y por qué?

Es que antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos; pero después de ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

Pero, para eso, hace falta la negación de nosotros mismos. ¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

Jesús nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano. Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!» (Mt 27, 46; Mc 15, 34).

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama negarse a sí mismo. Y es el comienzo de la vida en Dios, de la vida mística, una muestra gratis en esta vida de lo que se experimentará en el Cielo: la felicidad eterna, la auténtica.

Por otra parte, toda la Tradición de la Iglesia: los santos Padres de la Iglesia, los santos que expusieron la mística y, en general, todos los santos, acatando las sapientísimas palabras de Jesucristo —negarse a sí mismo— han descrito o simplemente han vivido la teología espiritual (mística), en la que parten de su propia nada.

Este ha sido su lema: «Nada sé, nada tengo, nada puedo, nada soy y nada valgo», para llegar a la unión mística.

Efectivamente, de muchos santos hemos leído oraciones parecidas a esta:

¡Oh, abismo infinito de poder!, ¡oh, abismo infinito de sabiduría!, ¡oh, abismo infinito de amor!… ¿Quién eres Tú?… Y, ¿quién soy yo? ¡Una criatura tan miserable!, un atado de pecados, el último de todos, el más pobre, el más pequeño, el peor, el más despreciable… Tú eres el Todo y yo la nada…, ¡una nada pecadora! ¡Y he aquí, oh, divina Bondad, que te me diste todo!: Padre mío, Hermano mío, Esposo mío…

¡Gracias por esta inmensa muestra de predilección! ¡Ahora lo puedo todo en Aquél que me conforta!

Cauteriza con el ardor de tu amor mis pecados, mis apegos, mis miserias, mis imperfecciones y hasta mis apetitos, para que pueda dejarme amar por ti, y me conviertas en amor puro.

Haz, te lo ruego, que sea un instrumento eficaz de tu gracia.

Se dan cuenta de que, cuando se mueven movidos por la gracia de Dios y realizan el bien, es Dios quien actúa en y a través de ellos.

Se percibe claramente que, tanto ellos como cuantos se animen a obedecer la máxima de Jesucristo de negarse a sí mismos, nada son por sí mismos, pero que son mucho por Jesús, que los elevó con su gracia.

Y esto es exactamente lo que quiso enseñar Dios al pueblo cristiano, en el episodio de Moisés en la zarza ardiente: cuando Dios envía a Moisés al Faraón para que saque a su pueblo de Egipto, Moisés le pregunta su nombre a Dios, y Él le responde:

«Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘Yo soyʼ me ha enviado a vosotros”.» (Ex 3, 13b-14), significando así que el único que ES es Él, es decir: que Él se da el ser a sí mismo, que Él se da la vida, que vive por sí mismo; en cambio, nosotros recibimos el ser prestado de Él: si Dios dejara de pensar un instante en nosotros, nos desintegraríamos inmediatamente. En otras palabras: que somos nada, pues hasta el ser lo tenemos prestado. Es más: somos peores que la nada, pues la nada no peca y nosotros sí.

 

La doctrina voluntarista

Pero los voluntaristas —es decir: los no-cristianos o cristianos herejes— no aceptan de ningún modo esta verdad revelada por Dios. Y, con muy buena voluntad pero equivocados, pues nos están bien formados doctrinalmente, se expresan con argumentos como estos:

—¿No somos nada?… Somos la obra maravillosa del Creador.

—Decir que “No somos Nada” limita nuestro amor propio, por lógica limita nuestro amor al prójimo y en consecuencia limita nuestro amor a Dios. Somos la mejor creación de Dios, imperfectamente perfecta.

—Los extremos no ayudan a la santidad… Decir que somos nada o decir que somos producto terminado es sabotear nuestro poder y responsabilidad en este mundo. Poder y responsabilidad dado por Dios…, talentos que debemos poner al servicio del prójimo.

Como se ve, ponen el énfasis en el ser humano, no en el de la gracia de Dios (la parte divina). Subrayan el «Yo»: los talentos, el poder de la parte humana. Creyendo que es lo correcto, pretenden estar trabajando coordinados con Dios para producir el bien, no subordinados a Él, con humildad.

Con esos criterios, olvidando el «niéguese a sí mismo» de Jesús, se niegan a sí mismos la posibilidad de los gozos y deleites espirituales que se experimentan en la unión con Dios, deliciosos presagios y anticipos de la eterna felicidad.

Posted in Doctrina de la Iglesia, Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Negarse a sí mismo?

La Muerte Mística* (para religiosas)

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 17, 2010

 

A fin de que, ni por fragilidad humana ni por negligencia mía, vaya a perder las luces y santas inspiraciones que Jesús, en su infinita misericordia, se ha dignado otorgarme para que sacudiendo el letargo de mi infidelidad y pereza me eleve a la luz de la divina gracia y emprenda el camino de perfección que más agrade a mi Señor; más aún, con la finalidad de hacerme fácil este camino y poderlo recorrer con seguridad, he resuelto cumplir constantemente cuanto en estas páginas se contiene, y me parece que hoy exige Dios de mí. Previa la aprobación de la santa obediencia, de la cual quiero ser una mártir y fidelísima hija hasta el último aliento de mi vida, espero que me sirva de estímulo para seguir adelante, y superar, con todo esfuerzo, mis repugnancias.

Que Jesús me conceda la gracia de un buen principio y santa perseverancia.

 

LA MUERTE MÍSTICA

COMO OBEDIENCIA A DIOS

 

Una sola cosa pide Dios de mí, pero se exigen muchísimas para llegar a alcanzarla.

¡Oh Dios, qué violencia! ¡Es necesario Morir y Obedecer!

¡Jesús mío! Demasiado me pides de una vez, pues —ante todo— quieres que muera contigo sobre la Cruz, con una muerte mística. Muerte demasiado dura para mí, pero suave, porque antes de esa muerte me debo someter a mil otras muertes.

¡Señor!, sólo con pensarlo, la naturaleza humana se horroriza, tiembla y se desalienta; pero, como Tú lo enseñas, el espíritu está pronto para realizarlo con la infalible certeza de que, si Tú lo quieres, no faltará tu auxilio para lograrlo. Por eso debo superar esta reacción, para poder correr en fe y a ciegas —con toda indiferencia—, como ciervo sediento, a la fuente de las divinas disposiciones, con un abandono total en ti, dejándome guiar como Tú quieres, donde quieras y cuando quieras, no buscándome a mí misma, sino únicamente la complacencia de Dios en sí mismo mediante el cumplimiento de su Voluntad.

 

EL PUNTO DE PARTIDA: LA PROPIA NADA

 

Me sumergiré en mi propia nada, admirada de que quiera Dios recibir la menor complacencia de parte de una criatura tan miserable, y llena de defectos y pecados.

Por esta razón, me humillaré siempre en mi interior, estimándome en lo que soy, y tendré un concepto altísimo de Dios, como Señor de todo, amor inmenso, juez inexorable, bondad infinita. ¡Oh Dios!

No me moveré en absoluto de mi nada, a no ser que me sienta movida por Dios, primer principio y último fin, y —entonces— no me alzaré a más de lo que Dios quiera, a fin de que, por mi presunción, no llegue a hundirme. ¡No, Señor mío!

 

 

ABANDONO EN EL QUERER DE DIOS

 

Permaneceré sumisa y disponible al divino querer, no anhelando ni rehusando nada e igualmente contenta de cualquier querer suyo.

Me despojaré de todo con un total abandono de mí misma en Dios, dejando que Él cuide enteramente de mí. Él sabe —no yo— lo que me conviene; por eso recibiré con igual sumisión lo mismo la luz que las tinieblas; lo mismo las consolaciones que las calamidades y las cruces, lo mismo el sufrir como el gozar.

En todo y por todo lo bendeciré y, más que nada por la mano que me azota, confiando enteramente en Él. Y en el caso de que me quisiera agraciar con su presencia, o solo con los efectos de la misma, o con el acto práctico y continuo, no me aficionaré jamás al gusto del espíritu, ni me afligiré por el temor de verme privada del mismo; antes bien, muy dispuesta a la pena merecida de sus abandonos, le brindaré siempre el don de mi pura y desnuda voluntad, ofreciéndoselo a Él: un alma crucificada y muerta, a Jesús crucificado y muerto, porque a Él así le place.

Contenta y resignada volveré a las tinieblas y agonías, mientras así lo quiera, rogándole que me permita poder decir: espero la luz después de las tinieblas.

¡Te adoro, Jesús mío, y me siento morir porque no muero! ¡Oh qué santa muerte! ¡Muerte de agonía!

Si Jesús me quisiera desolada, muerta y sepultada en las tinieblas, reflexionaré que, debiendo estar merecidamente en el infierno por mis enormes pecados, se debe a la bondad de mi Dios el habérmelo cambiado por tales penas. Me asiré fuertemente al áncora de su potentísima misericordia, para evitar que, desconfiando de ella, no ofenda a bondad tan grande. ¡Qué bondad la de Dios!

 

EL SEGUIMIENTO DE JESÚS CRUCIFICADO

 

Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús. Si me siento afligida, abandonada, desolada, le haré compañía en el huerto. Si despreciada, injuriada, le haré compañía en el Pretorio. Si deprimida y angustiada en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz atravesado con la lanza el Corazón. ¡Oh, qué dulce morir!

Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino solo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.

¡Oh, cuán bendito amor el de Jesús!

No buscaré ni amaré otra cosa sino solo a Dios, porque en esto solo gozaré el paraíso, la paz, el contento y el amor; y me armaré de un odio santo e implacable contra todo y cuanto me pudiera apartar de Él. ¡Jesús mío, jamás pecado en el corazón! Alejaré de mí todo insensato temor que pudiera hacerme pusilánime en su santo servicio; convencida de que, siendo fuerte y fiel a Dios, Él siempre será mío.

Solo a Él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto. Por tanto, estaré siempre sobre mí misma, procurando con todas veras —en cuanto me sea posible con su divina gracia— no causarle el menor disgusto. ¡Oh, qué hermosa esperanza!

Si por mi debilidad cayera en cualquier error, me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria, y lo que soy, y lo que puedo. Rogaré a mi Dios, rostro en tierra, con lágrimas en los ojos y suspiros en el corazón, pidiéndole perdón y gracia para no traicionarlo más, sino estar cada vez más unida a Él.

No me detendré en ello más de lo que me conviene para reconocerme miserable a mí misma; e inmediatamente tornaré a Él diciendo: ¡Dios mío, Jesús mío!, este es el fruto de mi cosecha.

¡No te fíes de mí, que soy miserable!

Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo con todo el esfuerzo posible, de la tierra y de todo lo que no sea Él. Quiero que sea morada de Jesús, haciendo del mismo un Calvario de penas, como la beata Clara de Montefalco, y entregando a Él solo la llave, a fin de que sea el dueño absoluto y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada. Mi corazón no será ya mío, porque ni siquiera yo soy ya mía. Mío sólo será Dios. ¡He aquí mi amor!

Moriré del todo a mí misma para vivir sólo en Dios y para Dios. Yo, ciertamente, tengo que morir porque sin Dios no puedo vivir. ¡Oh, qué vida! ¡Oh, qué muerte! Viviré, pero como muerta, y con convicción viviré mi vida en una continua muerte. Quiero decidirme a morir de obediencia. ¡Bendita obediencia!

Aplicaré esta sólida doctrina espiritual de la muerte mística a los tres votos religiosos, de pobreza, castidad y obediencia.

 

LA MUERTE MÍSTICA Y

EL VOTO DE POBREZA

 

Me consideraré muerta en la pobreza.

El muerto, me diré a mí misma, no tiene sino lo que le ponen encima. No se ocupa de que sea bueno o malo. Nada pide y nada quiere, porque no es ya de este mundo. Yo también —por no ser ya de este mundo— seré pobrísima como el muerto. Y, en cuanto me fuere posible, no tendré cosa alguna para mí, persuadida únicamente de que no debo tener nada, y todo me sobra, como el muerto, que le resulta superfluo todo lo que le ponen.

Lo que me den, lo recibiré por caridad, sin lamentarme nunca, sino que lo tendré siempre por excesivo, por no merecer yo nada.

No pediré nada sino es por extrema necesidad, y lo recibiré por pura caridad, siendo remisa en pedirlo, a fin de experimentar y sufrir las incomodidades de la santa pobreza.

En la comida y el vestido me procuraré siempre lo peor, muriendo a todo deseo y gusto del sentido, no exigiendo ni reteniendo jamás nada sin licencia de mis superiores. Y les rogaré que sean también conmigo rigurosos, para darme la menor satisfacción posible, entregándome toda a Dios.

Trataré de imitar en esto a Jesús pobre en todo. Siendo Señor del Cielo, no desdeñó abrazarse con esta extrema pobreza, llevando una vida pobrísima y abyecta en todo por mi amor y ejemplo.

Me despreciaré a mí misma y gozaré de verme despreciada por los demás, y pospuesta a todos. El muerto es el verdadero pobre de Jesús; no se cuida de los honores y desprecios. Por eso no demostraré deseo ni inclinación a cosa alguna, a fin de no verme complacida. En resumen, intentaré ser pobrísima, y verme privada de lo que tengo, porque no es mío, y cada vez más pobre para hacerme semejante a Jesús pobrísimo.

¡Moriré pobre en la Cruz como Tú!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CASTIDAD

 

Moriré en la castidad sujetando mi cuerpo a toda suerte de dolores y sufrimientos por amor de mi Dios. Y, para que no se revele haciéndome empañar tan hermoso lirio, huiré de toda ocasión, y guardaré mis sentimientos con suma vigilancia, de manera que no entre por ellos cosa mala.

El muerto no tiene sentimientos; tampoco yo quiero tener sentimientos que ofendan a Dios.

Evitaré también la menor ocasión de apego, porque Jesús quiere ser Él solo el único dueño de mi corazón. Pura en las intenciones: gloria de Dios, salud del alma, pura de efectos: nada de amor a las criaturas, ni de otra cosa; pura de deseos para no buscar sino a Jesús, que se apacienta entre lirios inmaculados.

Así quiero morir a toda complacencia mía, sacrificándome siempre a la Cruz purísima de mi purísimo Esposo Jesús.

¡Oh, muerte santa de quien vive casta por ti, Jesús mío!

 

LA MUERTE MÍSTICA

EN LA OBEDIENCIA

 

Moriré en la obediencia. ¡Oh qué santo sacrificio! ¡Oh santo martirio de la voluntad pura!, el morir totalmente en la obediencia. Aquí es donde se ha de terminar de morir sometiendo en todo la propia voluntad, el juicio y el entender, en todo, venciéndolos del todo, hasta que quede realmente muerta, sin exhalar siquiera un suspiro.

Estaré, con la gracia del Señor, disponible e incansable para la obediencia, ciega, sin réplica, ni excusa, si me fuere mandada alguna cosa ardua y difícil y de suma repugnancia: una mirada a Jesús en la columna; otra en el Huerto, en la agonía de su oración; otra en la Cruz, en la que expiró por obediencia al eterno Padre…

Acordándome de estas enseñanzas, diré en todo esto: Bendita obediencia, santa obediencia, me haces morir, me haré santa y, por fin, bienaventurada. Así se me hará dulce y suave la obediencia y la cumpliré con alegría.

¡O feliz muerte la del que muere por obediencia!, como la de Jesús, Esposo querido de mi alma.

Además, no obedeceré sólo a quien debo, sino también a los iguales e inferiores. Procuraré ser toda de todos, a fin de que todos me puedan mandar con libertad.

Permaneceré indiferente en todo, no mostrando desagrado o amargura en cosa alguna, para dejar una santa libertad de mandarme.

Estaré siempre sobre mí misma para no dar a entender la menor inclinación que me sea satisfecha, ni siquiera con pretexto de que me mortifiquen, queriendo también en esto hacer que desaparezca el amor propio. Lo haré morir en todo, más que nada contenta con las repugnancias, de modo que se me mande siempre contra mi querer y voluntad, conociendo por luz de Dios que consiste en este fuerte punto la sólida virtud y la obediencia que se llama verdadero sacrificio del espíritu.

Caminaré siempre así contra mí misma, sin fiarme nunca de mí y pisoteando mis malas inclinaciones, soberbia y pasiones, privándome siempre del propio gusto, tanto en lo temporal como en lo espiritual, y estando en esto dispuesta a dejar al mismo Dios por Dios, con aquella santa libertad de espíritu y pura intención que debe tener una religiosa muerta a sí misma hasta el último aliento.

¡Oh santa muerte que hace vivir del verdadero espíritu de Jesús! ¡Santa obediencia! ¡Santa muerte! ¡Santo amor!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CARIDAD

 

Tendré caridad con todas las almas y en particular con aquellas hacia las que sintiera alguna antipatía: con las defectuosas, impacientes y soberbias, y me diré: Señor, he aquí mi santo ejercicio para ser santa. Esta es mi ganancia, he aquí mi paz: vencerme a mí misma, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio, y paciencia por impaciencia.

El que está muerto no se resiente. Así quiero hacerlo yo. Cuanta más caridad tenga hacia el prójimo, tanta más la tendrá Jesús conmigo. Aquí no yerro. La caridad roba el Corazón de Jesús, con ella puedo ser una gran santa.

¡Sí, quiero morir muriéndome a mí misma!

 

LA MUERTE MÍSTICA

EN LA MORTIFICACIÓN

 

No sentiré ninguna compasión por mí misma, como conviene al estado de una persona penitente que quiere ganar el Cielo con el esfuerzo.

Trabajaré sin descanso por la gloria de Dios y por la santa Religión. Para aliviar en sus fatigas a los demás, me ofreceré a hacer cuanto pueda, y me ocultaré toda en mi oficio, dejando la dirección a mi compañera, estando yo allí solo para trabajar, para servir, para humillarme, y ser mandada como la menor del monasterio, y ser —lo digo de corazón—, como decía la gran Magdalena de Pazzi, noble y delicada joven, pero gran penitente y humildísima: quiero ser el estropajo del monasterio.

——————— o ———————

¡Dios mío! Todo esto y más haré con tu gracia; pero si te apartas un tanto de mí, haré más mal que el bien que ahora me propongo. A fin de que no suceda así para desgracia mía —ese es mi gran temor, pero mayor es mi confianza en ti—, procuraré estar siempre unida a ti, temiendo apartarme un instante de ti. Un solo momento que me aparte de ti, puedo perderte, y perdiéndote a ti, todo lo pierdo.

Con estos santos sentimientos, quiero verme reducida a una agonía espiritual, que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad. Quiero morir así en la Cruz con aquella santa muerte de Jesús, con la que mueren en el Calvario, con el Esposo de las almas enamoradas. Mueren con una muerte más dolorosa que la del cuerpo, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Dichosa yo si practico esta santa muerte. La bendeciré en mi última hora con gran consolación mía.

Jesús esté siempre conmigo.

Jesús, tu nombre sea mi última palabra.

Jesús, mi último aliento sea tu amor. Amén.

 San Pablo de la Cruz

Fundador de los Pasionistas

Posted in Religiosos | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en La Muerte Mística* (para religiosas)