Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Amor’

Cuál anticonceptivo usar (audios)

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 2, 2019

Para escuchar las siguientes grabaciones, haga clic en el enlace que hay después del título:

 

Uso de anticonceptivos, 1ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/y_TThV_L?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=15126994908

 

Uso de anticonceptivos, 2ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/nbDgRa2-?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=221094488925

 

 

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Sobre el amor (audios)

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 25, 2019

Si desea escuchar uno de los siguientes programas de Radios María, haga clic en cada uno de los enlaces que hay después del título.

 

Amor ordenado:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/hWlO8Ojg?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=797988453705

 

El amor según san Enrique de Ossó:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/o2UjTbss?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=68514860734

 

Dejarse amar por Dios:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/VkdTVp9V?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=106921680314

 

Dios es amor:

<iframe src=’https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/pXjcHQVSda?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=324984573937&#8242;

 

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El amor auténtico (en audio)

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2019

Escuche estos programas haciendo clic en los siguientes enlaces y, después, haciendo clic en el botón PLAY (►) de la ventana que se abre:

 

El amor auténtico, 1ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/JgZpXMtJ?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=397984816197

 

El amor auténtico, 2ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/AewTH_AV?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=699371616226

 

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Amar y querer (en audio)

Posted by pablofranciscomaurino en julio 27, 2019

Escuche este programa de Radio María haciendo clic en el siguiente enlace:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/SdyIami3?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=16816443054

Después debe hacer clic en el Botón PLAY ()

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Amar apasionadamente a Jesús (audios)

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2019

Los siguientes son programas de Radio María, que tratan sobre este hermoso tema.

Para escucharlos, haga clic en cada uno de los enlaces:

 

1ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/GSPoESXoee?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=573108489580

 

2ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/jXSbR_xb?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=1017650633268

 

3ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/KYWL1-WZ?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=499444464992

 

4ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/Ozq9KxDaee?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=813589603463

 

5ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/XfNjVyatda?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=399983674350

 

6ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/5PMaZWzq?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=49171725866

 

7ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/3a88504r?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=933942472339

 

8ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/akffQsaS?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=1023523201316

 

9ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/cJ-7x-DN?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=689141919191

 

10ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/faUV8_zggm?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=575338035411

 

11ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/Bvu4cj8xgm?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=893708979219

 

12ª parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/nTJ5ARkYce?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=847020572237

 

 

 

 

 

 

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¿Qué pasó con la Esperanza?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 28, 2019

Entre los cristianos son innumerables las alusiones al Amor y a la Fe: están por todas partes: en las predicaciones, en los escritos, en las consignas, en las reflexiones… Maravilloso enaltecimiento de 2 de las 3 virtudes teologales.

Pero, ¿qué pasó con la 3ª, la virtud de la Esperanza? ¿Por qué no se la cita con la misma frecuencia? ¿Por qué nos concentramos en vivir en esta Tierra el Amor y la Fe, sin la ilusión del Cielo?

¿No será por eso que hay tantos cristianos —católicos o no— que viven tristes?

¿Es que se nos olvidó que «no tenemos aquí una patria permanente, sino que andamos en busca de la futura» (Hb 13, 14)?

San Pablo lo dejó claro: «Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del Cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.» (Col 3, 1)

E insiste: «Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la Tierra» (Col 3, 2); «busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1);

Es que «Nosotros somos ciudadanos del Cielo» (Flp 3, 20). Pero parece que seguimos sintiéndonos ciudadanos de la ciudad terrenal en la que nacemos o en la que vivimos: decimos que ahí está nuestro hogar…

Pensar así entraña un peligro: que nos ocupemos únicamente de conseguir solo las cosas temporales, y nos olvidemos de lo espiritual, pues «los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5); esto quiere decir que quienes ponen su principal interés en procurarse lo temporal, se olvidan de lo eterno con más facilidad.

Este peligro es evidente en quienes se concentran en ejercer la caridad, sin pensar en la vida eterna, sin darse cuenta de que todo amor proviene de lo alto, del Señor Dios-Amor, y a Él regresa; y se les olvida que para eso fuimos creados: para alcanzar la plenitud del Amor, en el encuentro con Él, el Amor infinito, único capaz de saciar nuestras ansias de felicidad, esas que hierven en nuestro interior y que se calmarán únicamente cuando seamos invadidos por esa avalancha de Amor eterno.

Es por esto que san Pablo nos apremia diciendo: «Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa».

Amar, sí, a nuestros hermanos; por supuesto que sí. Pero pensando en lo que siempre nos ha enseñado la Iglesia: que habrá diferentes grados de gloria en el Cielo*, según la capacidad de recibir amor que desarrollemos en esta vida y que, por tanto, determinará el grado de dicha que recibiremos allá.

Por consiguiente, el amor que practicamos aquí en la Tierra es también un entrenamiento para recibir en mayor o menor grado el Amor infinito.

Porque estamos absolutamente seguros de que nos sobrevendrá «un pesadísimo caudal de gloria eterna» (2Co 4, 17b), una dicha si par, una felicidad sobreabundante.

Es por eso que nosotros —los cristianos— «no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18).

Así, pues, cada vez que oigamos decir: «Fe y Amor» o «Amor y Fe», añadamos de inmediato: «¡Y esperanza!», para que la consigna no quede incompleta, para que sea verdaderamente cristiana.

* https://wp.me/pfQgb-2hA

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La felicidad conyugal (audios)

Posted by pablofranciscomaurino en abril 26, 2019

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Esta serie de programas se puede escuchar haciendo clic en el enlace que aparece después de cada título.

 

 

 

La felicidad conyugal, 1a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/dueN-1It?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=212519311212

 

La felicidad conyugal, 2a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/6_NpJ-8C?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=353978508770

 

La felicidad conyugal, 3a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/Ht5sd29u?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=965273126749

 

La felicidad conyugal, 4a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/6pGp1Ouw?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=1033500001514

 

La felicidad conyugal, 5a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/_RWwKiw7?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=171073105815

 

La felicidad conyugal, 6a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/3watAF2gda?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=914962900946

 

La felicidad conyugal, 7a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/lnfaUGW9?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=912638905518

 

La felicidad conyugal, 8a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/KNfRFI4y?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=632628551555

 

La felicidad conyugal, 9a parte:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/BixIMxMQ?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=385036205351

 

Además se pueden bajar, haciendo clic en la flecha que está dirigida hacia abajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Fluir del alma por corrientes de la Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2019

El Espíritu de Dios pronuncia en el fluir secreto de nuestro espíritu esta palabra: «Salid con una contemplación y gozo eterno al modo divino».

Todas las riquezas que hay en nuestro Dios por naturaleza están en nosotros por el Amor infinito que es el Espíritu Santo. En este amor se gusta el sabor de todo aquello que se puede anhelar. Por este Amor estamos muertos a nosotros mismos, salimos fuera del propio yo para sumergirnos amorosamente en el abismo de las tinieblas donde todo modo se disipa. Entonces, en el abrazo de la Trinidad Santa, nuestro espíritu permanece por la eternidad en la unidad supraesencial, en el descanso y en el gozo. En esta misma unidad, conforme al modo de su fecundidad, el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre y todas las criaturas se contienen en ellos. Esto excede la distinción de las personas, porque aquí, en la fecundidad viviente de la naturaleza, las nociones de paternidad y de filiación son simples conceptos de razón.

Este es el origen y principio de una salida eterna, de una actividad eterna, sin comienzo. Hay aquí un principio sin principio, porque cuando el Padre todopoderoso se comprende a sí mismo perfectamente en el fondo de su fecundidad nace el Hijo, Verbo eterno del Padre, constituyéndose otra Persona en la Divinidad. A causa de esta generación eterna todas las criaturas vienen a ser eternamente antes de ser creadas en el tiempo. Así Dios las contempla y las conoce en Él mismo, no distintas por completo, porque todo lo que está en Dios es Dios.

Esta procedencia eterna, la vida que tenemos en Dios eternamente y por la cual somos sin nosotros mismos, es el Principio de nuestro ser creado en el tiempo. Nuestro ser creado está dependiendo del ser eterno y es una sola cosa con Él, conforme a su existencia esencial. Este ser eterno, esta Vida eterna que tenemos y que somos en la Sabiduría eterna de Dios, es la semejanza con Dios. Tiene una eterna subsistencia sin distinción en la Esencia divina. Un eterno desbordarse debido a la generación del Hijo en la eternidad, con distinción de razón eterna. Mediante estos dos puntos nuestro ser eterno es tan semejante a Dios que Dios se reconoce y se refleja sin cesar en esta semejanza en cuanto a la Esencia y en cuanto a las personas. Hay aquí distinción y alteridad según la razón, pero esta semejanza es una sola cosa con la Imagen misma de la Santísima Trinidad, la Sabiduría de Dios en la cual Dios se contempla a sí mismo y todas las cosas en un eterno ahora, sin antes ni después. Con una simple mirada Él se contempla a sí mismo y todas las cosas. Esta es la Imagen y la Semejanza de Dios y nuestra Imagen y Semejanza, porque aquí Dios se refleja en todas las cosas. En esta imagen divina todas las criaturas tienen una vida eterna fuera de ellas mismas, como en su ejemplar eterno. Esta es la Imagen y esta es la Semejanza que nos hace la Santísima Trinidad.

También Dios quiere que salgamos de nosotros mismos por tal generación divina, y que persigamos sobrenaturalmente la Imagen, que es nuestra propia vida; y la poseamos con Él por la acción y el gozo, en la bienaventuranza eterna. Venimos a descubrir en el seno del Padre nuestro propio Fondo y Origen. Allí es donde nuestro vivir y nuestro ser tienen su principio. De nuestro propio fondo, es decir, del Padre y todo cuanto vive en Él, brota el fulgor de una Claridad eterna, o sea: la generación del Hijo. En esta Claridad, es decir, en el Hijo, se revela el Padre y todo lo que vive en Él. Porque todo lo que es y tiene se lo da al Hijo excepto la propia Paternidad, que es su identidad incomunicable. Por eso todo cuanto vive en el Padre fluye a la unidad; lo que vive en el Hijo se manifiesta y fluye fuera. Por eso nuestra imagen eterna siempre permanece en el Fondo simple, en tinieblas y sin modo. Pero la claridad inmensa que brota de Él revela y manifiesta el misterio de Dios según ciertos modos. Todos los hombres que están elevados por encima de su condición de criaturas a una vida contemplativa son una sola cosa con esta divina Claridad, están siendo esta misma Claridad. Ven, sienten, descubren mediante esta Luz divina que son ellos mismos el mismo Fondo simple, conforme a lo que hay en ellos de increado. De allí brota la Claridad sin medida según un modo divino y, conforme a la simplicidad de la esencia, permanece eternamente en el seno de la unidad sin modo.

Por esta razón los hombres íntimamente contemplativos deben salir según el modo de esta contemplación, por encima de la razón y de toda distinción, más allá incluso de su ser creado. Han de sumergirse eternamente con simple mirada en la unidad mediante la Luz que allí se engendra. Así llegan a transformarse hasta el punto de no ser más que uno con esta misma Luz que ellos ven y por la que ven. De esta manera los hombres dados a la contemplación persiguen la Imagen eterna, modelo conforme al cual fueron creados, y contemplan a Dios y todas las cosas sin distinción, de una simple mirada en la Claridad divina.

Esta es la forma más noble de contemplación y la más provechosa a que se puede llegar en esta vida. En ella el hombre logra perfectamente ser libre y dueño de sí mismo. Puede crecer en la altura de su vida cada vez que amorosamente entra en la unidad por encima de todo lo que se pueda comprender. Queda libre y señor de sí en su vida interior y en la práctica de todas las virtudes. La mirada que él hunde en la luz divina lo mantiene por encima de todo ejercicio interior; trasciende toda virtud y todo mérito porque es la corona y recompensa a que aspiramos. Entonces la tenemos y poseemos en cierto modo porque la vida contemplativa es vida celestial. Si estuviésemos libres de este destierro seríamos más capaces en la medida de nuestro ser creado para recibir la Iluminación. La gloria de Dios podría penetrarnos mejor y más noblemente con sus rayos en todo nuestro ser.

Tal es el modo por encima de todos los modos, conforme al cual se sale de sí mismo para entregarse a la contemplación divina y abismarse de cara a la eternidad. Así se llega a la transformación en la divina Claridad.

Esta salida del hombre dado a la contemplación es salida de amor. Mediante el amor de fruición excede su ser creado para descubrir y gustar la felicidad que Dios es en sí mismo y que Él comunica sin cesar en el secreto del espíritu, donde el hombre se asimila a la nobleza de Cristo.

 

*BEATO JAN VAN RUUSBROEC

Del libro: Las bodas del alma (capítulo IV)

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Propósito de vida

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2019

Desde el abismo de mi nada,

a Jesús mi alma fusionada,

en el Santo Espíritu ardiendo

y a Dios-Padre glorificando.

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ʽLa ciencia hincha, sólo el amor edificaʼ

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2018

Estas palabras de san Pablo en 1Co 8, 1, expresan lo que está ocurriendo con tanta frecuencia hoy: algunos católicos, asumiendo la responsabilidad que tienen, han acogido la invitación que hace la Iglesia de formarse estudiando la doctrina que enseña el Magisterio y que son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias

  • Documentos eclesiales

  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

  • Derecho canónico

  • Catecismo

  • Liturgia

  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Infortunadamente, muchos olvidan que, además de la doctrina, es necesario que la persona también estudie y —sobre todo— que viva la teología espiritual, que enseña todo lo que se relaciona con la ascética y la mística:

La ascética es el proceso purificador del alma, en el que predomina la voluntad del creyente por acercarse a la perfección y la iluminación.

La mística es la unión con la divinidad: una vez alcanzado el estado de pureza, el paso siguiente es el abandono absoluto de lo terrenal en espera de la unión con Dios.

La teología espiritual, también llamada espiritualidad, es aquella parte de  la teología católica que, a partir de los datos revelados y de la experiencia espiritual de los santos, indaga la vida espiritual: su concepto, los modos de progreso desde los inicios hasta la cumbre de la perfección mística.

Pero el objeto de la teología espiritual es la misma vida espiritual y la santidad: se explican los principios (que contienen elementos más especulativos) y las “tres vías” que muestran el camino de ascenso a la santidad desde un punto de vista más práctico. Se presentan las fuentes de la vida interior y su finalidad, la purificación del alma, los progresos del alma, la unión de las almas perfectas con Dios y las gracias extraordinarias. Se describen los principios fundamentales de la vida cristiana, el organismo sobrenatural y la perfección cristiana, el desarrollo normal de la vida cristiana y los fenómenos místicos extraordinarios. Para ello, se examinan los modos de oración y la intensidad recomendada para cada persona en el estado y etapa espiritual en el que se encuentra y se explica todo lo que concierne a la dirección espiritual y al discernimiento de los espíritus.

Por todo lo dicho, la Iglesia siempre ha enseñado que, para alcanzar el fin para el cual fue creado, todo bautizado debería no solo estudiar la doctrina, sino vivir la espiritualidad —la ascética y la mística—, para llegar a la santidad, a la unión con Dios.

Así, podemos afirmar que quienes ponen los medios para vivir una sólida vida espiritual, en busca de la santidad, sin preocuparse por formarse doctrinalmente, podrán equivocarse en conceptos y hasta podrían errar moralmente (aunque su interés en la santidad los librará con frecuencia de este defecto).

Por el contrario, quienes estudian la doctrina del Magisterio eclesial, sin ocuparse debidamente en su santidad, difícilmente se equivocarán en conceptos doctrinales, pero se quedarán cortos en su camino hacia la santidad, que es mucho más importante que el conocimiento, como se puede ver a continuación.

Jesucristo dejó perfectamente claro que todos debemos buscar —con la gracia de Dios—, la santidad, la perfección:

Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mt 5, 48)

El primer Papa, san Pedro, también lo mandó:

Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos. (1P 1, 15)

Y lo reiteró:

Como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy Yo. (1P 1, 16)

Lo mismo enseñó san Pablo, el otro pilar de la Iglesia:

Nos ha elegido en Él, antes de la fundación del Mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia. (Ef 1, 4)

…para presentarnos santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él. (Col 1, 22)

Y nos impulsa a conseguirlo:

Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados… (Col 3, 12)

A veces, como Jesús, usa la palabra: “Perfección”, en vez de: “Santidad”:

Para que os mantengáis perfectos. (Col 4, 12)

Hasta cuando dirige cartas a sus destinatarios los llama con ese nombre:

A todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación. (Rm 1, 7)

El apóstol Santiago también nos impulsa a esa perfección:

La paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros. (St 1, 4)

Esa doctrina no es solamente neotestamentaria. Desde el Antiguo Testamento se enseñaba:

Habla a toda la comunidad de los Israelitas y diles: Sed santos, porque Yo, vuestro Dios, soy santo. (Lv 19, 2)

Santificaos y sed santos. (Lv 20, 7)

Sed, pues, santos para Mí, pues yo soy santo. (Lv 20, 26)

Santos han de ser para su Dios. (Lv 21, 6)

Santificaos y sed santos, pues Yo soy santo. (Lv 11, 44)

Reiterándolo versículo a versículo:

Sed, pues santos, porque Yo soy santo. (Lv 11, 45)

Y todo esto lo enseñaron los Padres de la Iglesia:

“La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite” (San Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 1, 5).

Asimismo lo enseña nuestra Madre, la Santa Iglesia Católica:

“Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (LG 40).

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística” […] Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2014)

Y los santos lo expresan sencillamente como Amor:

«Tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro amor» (Santa Teresa del Niño Jesús, Acte d’offrande á l’Amour miséricordieux: Récréations pieuses-Priéres).

Tal y como lo enseñaron ella y tantos otros santos y también la Iglesia (ver cita anterior: LG 40), la santidad, la perfección del ser humano, consiste en la plenitud del amor, en la unión con el Amor, es amar con el Amor de Dios, es el Amor mismo.

Se puede concluir que es mucho más importante ser santos que sabios: es más importante la unión de Amor con el Dios–Amor que saber todo lo de Dios.

Además, existe un peligro inmenso para quienes concentran sus esfuerzos en el conocimiento, y dejan de lado su unión con Dios, su santidad: la soberbia. La historia lo ha demostrado: son innumerables las personas que se llenaron de conocimiento y cayeron en la tentación de la vanagloria y pretendieron desde entonces reducir todas las cosas espirituales a lo racional: si algo espiritual no se ajusta a sus conocimientos doctrinales, lo rechazan o lo ponen en duda. No se dan cuenta que Dios está muy por encima de la capacidad racional del ser humano y que su acción en el alma no puede ser interpretada o condicionada por el intelecto de unas simples criaturas. Tampoco advierten que el espíritu tiene sus propias leyes operativas, distintas e infinitamente más altas que las del raciocinio humano, que son inefables, inalcanzables, siempre un misterio, sobre todo tras la caída original, por la que el ser humano quedó tan falible, desvalido e incapacitado para amar con el Amor de Dios.

Algunos de ellos han llegado hasta el atrevimiento de cuestionar al Santo Padre, a la Iglesia, al Espíritu Santo. Es por eso que san Pablo escribió esa frase que intitula el presente artículo:

La ciencia hincha, solo el amor edifica. (1Co 8,1)

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¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2018

Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en mí, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tu deseos. Cierra tus ojos del alma y dime con calma: “Jesús yo en ti confío”.

Evita las preocupaciones y angustias y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en Mí. Reposa en Mí y deja en mis manos tu futuro.

Dime frecuentemente: “Jesús, yo confío en ti”. Lo que más daño te hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera. Cuando me dices: “Jesús yo confío en ti”, no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo, YO TE AMO. Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos del alma y confía.

Continúa diciéndome a toda hora: “Jesús yo confío en ti”. Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates con tus preocupaciones inútiles. Las fuerzas de la oscuridad quieren eso: agitarte, angustiarte, quitarte la paz. Confía solo en Mí, abandónate en Mí. Así que no te preocupes, echa en Mí todas tus angustias y duerme tranquilamente. Dime siempre: “Jesús yo confío en ti” y verás grandes milagros. Te lo prometo por Mi AMOR.

 

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Practicar la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2018

El Magisterio de la Iglesia, custodio de la Revelación Universal, de la Palabra de Dios, nos ha enseñado que debemos practicar las obras de misericordia.

Y a esto nos ha invitado Su Santidad Francisco, no solo durante el año del jubileo, sino en muchas de sus predicaciones y entrevistas y, finalmente, en su exhortación apostólica: Gaudete et exultate.

En este documento, cita a Jesús, en el Evangelio según san Mateo, capítulo 25:

“Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” (25,35-36)

Hay que recordar que, en esta perícopa evangélica, Jesús comienza explicando cómo vamos a ser juzgados (vv 31-32); en consecuencia, lo que Jesús nos dice es por qué seremos juzgados: si hicimos o no esas obras de misericordia.

Por eso es muy importante que sepamos cuál es la razón por la que debemos amar así al prójimo.

Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos; y esto se hizo evidente en la prueba más grande de su amor: en la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Y quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano, quien ama verdaderamente a Dios, deberá amar al prójimo.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Pero hay que aclarar que, en el itinerario del crecimiento en el amor al prójimo, el seguidor de Cristo va descubriendo que los hermanos tienen unas necesidades para su vida temporal y otras para alcanzar la Vida eterna; y que estas últimas son más importantes. Efectivamente, la Palabra de Dios dice que nuestra vida, aquí en la Tierra, es muy corta:

Recuerda que mi vida es un soplo. (Jb 7, 7a)

Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa. (Sal 39, 6-7a)

¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!  (St 4, 14b)

Por esto, los cristianos más avanzados en el camino del amor saben que las ayudas materiales que les hagan a sus hermanos se les acabarán con esta vida presente: darles de comer, de beber, vestido, posada, visitarlos, etc. son obras de misericordia que les servirán mientras estén vivos. En cambio, si los ayudan a salvarse, ¡esa dicha sí que les durará eternamente! Y si los ayudan a santificarse, ¡mejor será para ellos!: alcanzarán un grado mayor de gloria en el Cielo.

El mismo Jesús nos lo dijo:

Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece. (Jn 6, 27a)

Así, pues, los cristianos más avanzados, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales de sus hermanos, se ocupan más —y principalmente— de sus necesidades espirituales.

Así hacía san Pablo; él decía: Nosotros no ponemos nuestro interés en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. (2Co 4, 18)

Y explicaba la razón: es que la apariencia de este mundo pasa. (1Co 7, 31b)

Por eso exhortaba a todos: Buscad las cosas de arriba. (Col 3, 1b) Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. (Col 3, 2)

Porque nosotros somos ciudadanos del cielo. (Flp 3, 20a)

Pero vale la pena preguntarnos por qué insistía tanto en este tema. Y la respuesta es que él temía que nos concentráramos mucho en nuestras necesidades temporales y que, sin darnos cuenta, nos fuéramos olvidando de la felicidad auténtica: el Cielo.

Y eso le pasó a uno de sus discípulos: Demas me ha abandonado por amor a este mundo. (2Tm 4, 10a)

Él sabía que a muchos cristianos les ocurriría lo mismo; por eso escribió: Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual. (Rm 8,5)

Y también: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna(Ga 6, 8)

De ese error se queja hoy el Santo Padre en el nº 100 de su exhortación apostólica:

Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

Como se puede deducir de estas palabras del Papa, las obras de misericordia católicas son infinitamente superiores a lo que hace una ONG, puesto que estas últimas no nacen del amor de Dios: son filantropía pura (hacer el bien porque es bueno). En cambio, el amor cristiano nace de su fuente: la intensidad del amor a Dios es tan alta, que el cristiano se desvive por el prójimo, se da por entero, desgastándose, día a día, sirviéndolo, sólo por amor a Dios.

Por eso, Jesús nos previno, cuando le contestó a la hermana de Lázaro: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola.” (Lc 10, 41-42) Y esta es: la salvación.

Ahora bien: los cristianos debemos trabajar por la salvación de todos, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales. Eso fue lo que determinaron las autoridades de la Iglesia naciente, como nos lo cuenta el mismo san Pablo, cuando las visitó para determinar cómo trabajarían por la salvación de las personas:

Reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos; sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero. (Ga 2, 9-10)

Es evidente, pues, que nadie —absolutamente nadie— está exento de la obligación de ayudar a los pobres y necesitados. Bien lo expresó san Cesáreo de Arlés:

Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo Él mismo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos”, [porque] cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad. (Sermón 25, 1: CCL 103, 111)

Debemos, pues, practicar siempre la caridad completa: ayudar a nuestros hermanos tanto en sus necesidades temporales como en las eternas.

Pero jamás olvidemos de que lo que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el ser humano— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

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¿Relaciones sexuales prematrimoniales?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2018

Noviazgo

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La castidad conyugal

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2018

 

 

 

 

 

 

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ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2018

Señor Espíritu Santo, haz que haga todo oculto, fusionado a Jesús, e inmolado con Él en la Eucaristía, como la Santísima Virgen: con profundísima humildad, absoluta confianza e intensa intimidad de amor y de dolor; que sirva al Padre con mis trabajos, penas y oraciones, en penitencia constante, alabanza continua y docilidad total; y que sea para los demás una fuente de tu amor, de tu alegría y de tu paz.

Amén.

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¿Dios castiga?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 1, 2018

Si recurrimos a las definiciones de la Real Academia Española, podemos entender mejor este asunto.

Efectivamente, hay cinco acepciones para la palabra: CASTIGO. Estas son las dos que nos interesan:

  1. m. Pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta.

  2. m.ant. Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección.

La primera definición se refiere a la pena que pagan en el Purgatorio o en el Infierno quienes quedaron debiendo algo, mientras que la otra es la que se aplica aquí en la tierra: Dios, en su infinita misericordia, prefiere amonestarnos amorosamente, para que nos corrijamos y no tengamos que pagar nada en el Purgatorio o en el Infierno.

Por eso es que decimos que Dios es infinitamente misericordioso y también infinitamente justo: infinitamente misericordioso antes de nuestra muerte (nos da miles de oportunidades de enmendarnos) y es infinitamente justo inmediatamente después de que muramos, pues es el momento de la justicia, cuando ya no hay oportunidad de enmendar nada, pues ya nos dio todas las oportunidades para arrepentirnos y cambiar.

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Ciclo B, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2017

Una Iglesia

 

Jesús desea que seamos uno, como el Padre y Él son uno en el amor.

Y no quiere que vivamos retirados del mundo, sino que el Padre nos guarde del mal, pues debemos estar en el mundo, para poder convertir al Señor a todos sus habitantes.

Por esto, debemos tener siempre presente que no somos del mundo, como tampoco Jesús es del mundo, y así como el Padre envió a Jesús, así nos envía Jesús a propagar la verdad.

Y la verdad es el Amor: por eso, el apóstol san Juan nos dice que si Dios nos amó de esa manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros; que aunque a Dios nadie lo ha visto nunca, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

Para eso nos ha dado su Espíritu, con el que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

Y con la fuerza de ese Espíritu la Iglesia, desde sus comienzos hasta ahora, ha realizado su misión; san Pedro y sus sucesores, con los Apóstoles y sus sucesores —los Obispos— han dirigido a la Iglesia en cada una de las circunstancias de su historia.

Lo mismo debemos hacer quienes pertenecemos al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia: seguros de que es guiada por el Espíritu Santo a través del Papa y los Obispos, obedecemos sus indicaciones, para hacerla avanzar en la enseñanza de la verdad, en la Evangelización de los pueblos, dichosos porque sabemos que nadie la derrotará, si somos humildes.

Ni los poderes del Infierno prevalecerán contra la Iglesia. Hagámonos, pues, al lado de los triunfadores, y vivamos con espíritu obediente y humilde, como Jesús, que vino a obedecer al Padre hasta el extremo de dar la vida en rescate por muchos.

Y así seremos uno con Él.

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Estamos de viaje

Posted by pablofranciscomaurino en abril 6, 2017

Estamos de viaje; pronto volveremos a casa: a la casa del Padre, al descanso, al Amor, a la felicidad.

Orar es hablar con Él como por los medios de comunicación; ir a Misa es como si Él nos visitara; comulgar, como si nos abrazara unos minutos antes de regresar…

 

 

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Vivimos en un universo alterno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2017

universo

Fue santa Teresa de Jesús quien, al describir el estado místico más alto de unión con Dios al que llegan algunos —conocido como la unión transformante o matrimonio espiritual—, afirmó que el mundo entero les parece a los místicos una farsa de locos.

Efectivamente, esta santa doctora de la Iglesia afirma que quien ha llegado a este grado místico tan elevado lo ve todo como “al revés” de como lo ven los demás hombres o de como lo veía él mismo antes de experimentar esa alta contemplación. Y se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en esa mentira» (Santa Teresa, Vida, 20, 26); «se ríe de sí mismo, del tiempo en el que valoraba el dinero y la codicia» (ídem 20, 27), y le parece que «no puede vivir, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21, 4).

Es más: se lamenta así: «¡Oh, qué será del alma que llega a este estado y se ve obligada a tratar con los demás, y ver esta farsa de esta vida tan mal establecida!» (21, 6).

Y así se expresan muchos otros santos místicos que han experimentado y descrito estas vivencias místicas.

Es que el Universo que creó Dios era uno solo, en el que se percibía tanto lo visible como lo invisible; pero después del pecado original, el ser humano perdió —entre otras muchas cosas— la capacidad de apreciar lo invisible: se opacaron para él la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles), los demonios, los santos… Tras el pecado del hombre, el apetito sensible por lo material, por lo temporal, creció tanto, que menguó casi hasta su extinción la facultad de advertir todo ese mundo espiritual.

Cegado de esa manera, el hombre perdió la noción completa del Universo en el que se halla inmerso y, por la mala inclinación que le quedó como consecuencia del pecado y por las tentaciones diarias que le producen los espíritus malignos, comenzó a apegarse a las criaturas visibles: a los otros seres humanos, a las cosas materiales, a sus propias ideas y a sí mismo.

Y hasta tal punto llegó, que muchos de ellos se convirtieron en esclavos de los placeres carnales, del deseo de poseer cosas materiales, de gozar de la fama o de la aprobación de los demás y de acceder al poder.

Por eso, san Juan llega a afirmar que «todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne [la lujuria], la concupiscencia de los ojos [la codicia] y la soberbia de la vida» (1Jn 2, 16), que son los 3 pecados capitales principales.

Perdida así su libertad para comprender su esencia material/espiritual, su trascendencia y la razón para la cual fueron creados por Dios, los hombres se empequeñecieron a tal punto, que disminuyeron más y más su capacidad de observar lo espiritual del mundo que los rodea, y se quedaron admirando y seguros únicamente del universo material.

En innumerables pasajes de la Biblia, se describen las tinieblas, la oscuridad en la que quedaron los mortales por eso. Un ejemplo entre muchos: «Pues mira cómo la oscuridad cubre la Tierra y espesa nube a los pueblos» (Is 60, 2a).

¿Y por qué se habla de oscuridad? Porque no se percatan los hombres que fueron hechos para una eternidad feliz, que esta vida es solo un paso para llegar allá: una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor; que solo quienes superen esa prueba podrán gozar de la felicidad a la que consciente o inconscientemente aspiran todos: una felicidad creciente que no acabe jamás, y que sacie sobreabundantemente las ansias de dicha que hierven en sus corazones.oscuridad

Vivir en esa oscuridad es como vivir en un universo distinto, diferente al primero, una especie de universo alterno, precisamente del que hablaba santa Teresa como una farsa: en este universo alterno lo que más importa es el placer, el tener, el poder y la fama.

En vez de procurarse la auténtica felicidad, corren por el mundo buscando llenar su vacío interior con un poco de placer diario, sin aspirar a nada duradero.

Para agravar su situación, muchas circunstancias de sus vidas estimulan esa inconciencia generalizada: los medios de comunicación los instan a buscar el placer pasajero y al poseer mucho como únicas fuentes posibles de felicidad; las novelas y las películas los inducen a apegarse más y más a sus seres queridos, de modo que cuando les acaece la muerte —inevitable, aunque muchos lo olvidan— se les desgarran dramáticamente sus corazones, sin que tengan en cuenta que pronto los verán, y mucho más rápido de lo que imaginan, pues esta vida «es sólo un soplo» (Sal 38, 7); cada vez que tienen un revés en sus vidas, pierden la paz, olvidando que Dios los está cuidando amorosamente, propiciando o permitiendo que cada acontecimiento ocurra para sacarlos de esa oscuridad en la que se encuentran o para acercarlos más a la felicidad auténtica que se gusta ya en la tierra: no saben que «todo es para bien» (Rm 8, 28).

Paradójicamente, muchos de ellos se quejan porque Dios no los escucha y, como su criterio está oscurecido, llegan a decir que Dios no existe, porque no les da lo que desean, ignorando de cuántos peligros los libró y cómo los ayudaba a acercarse a la luz, es decir, a la verdad.

Lo que más le cuesta entender al hombre o a la mujer que vive en esa oscuridad es el sufrimiento, permitido siempre por Dios para nuestra liberación de la oscuridad: verdad, por ejemplo, es que cada vez que Dios permite que muera un ser querido lo hace para recordarnos que esta vida es un instante, como afirmaba santa Teresita del Niño Jesús, que debemos ocuparnos más por lo verdaderamente importante —la vida eterna—, que debemos prepararnos para llegar a la casa de Dios-Padre. Y lo pretende Dios cuando permite una enfermedad o un sufrimiento: nos hace valorar las circunstancias en su medida correcta, nos hace verlas con su luz, no desde nuestra oscuridad.

Es que lo único que importa es ir a gozar para siempre del amor de Dios. Así lo expresó Jesús: «Marta, Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y una sola es necesaria» (Lc 10, 42). Y así nos lo dice a nosotros.

Desde nuestra oscuridad nos pueden parecer buenas muchas cosas y circunstancias que en realidad son malas para nosotros, pues nos alejarían de la finalidad de nuestra vida —lo único necesario, que decía Jesús, la felicidad auténtica— o correríamos el riesgo de alejarnos de ella.

Desde nuestra oscuridad podríamos hasta llegar a pensar que Dios nos quitó algo con lo que creíamos poder obtener un gran beneficio, pero desde su luz quizá nos sorprendamos al verificar cuán lejos estábamos de la verdad.

Por eso, dejemos que sea Dios quien guíe nuestras vidas, que haga y deshaga en ellas lo que quiera; dejemos a un lado la soberbia de creer que sabemos lo que nos conviene. Eso sería vivir con luz.

Vivir con luz es saber que estamos de paso por esta Tierra.

La luz que Dios nos da nos hace entender que lo único que se tendrá en cuenta a la hora del juicio será el amor efectivo (no el solamente afectivo) que hayamos realizado en esta vida: En cambio, la oscuridad nos hace cada vez más egoístas, hasta el punto de que muchos sólo piensan en sí mismos, sin importarles la suerte de los demás…

Lo más triste es que eso les ocurre a todos, en mayor o menor grado, inclusive a quienes están procurando las cosas del espíritu pues, como dice san Juan de la Cruz, casi siempre las buscan solo para complacerse, con lo que prueban su egoísmo…

Dios, al ver que su hijo, su criatura predilecta —el hombre— se perdía irremediablemente engañada de ese modo, se apiadó de ella, y le envió su Palabra esclarecedora y liberadora. Efectivamente, al leerla, el ser humano puede redescubrir lo que sus ojos tienen velado: el Universo completo. No ese universo parcial, sino todo: puede descubrir que tras esta vida, hay otra; que esta es muy corta, pues le espera una infinita, después de terminar su paso por esta Tierra.

Veamos algunos pasajes de esa Palabra de Dios:

San Pablo afirma que nosotros [se refiere a los cristianos que ya viven en la luz] «no nos fijamos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18). Nótese que aquí la Palabra de Dios habla de lo que nos interesa, de aquello a lo que le damos más importancia en nuestra vida: si seguimos buscando el placer, el tener, la fama, la honra, el poder, todavía estamos en la oscuridad.

Ya podemos entender que, en medio de la oscuridad, de las tinieblas, no advertimos sino la apariencia de las cosas y de las circunstancias. Por eso, conviene que recordemos constantemente que «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

Ver solo el universo alterno es ser mundanos, es vivir según la carne: «Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5).

Pero «el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

Salgamos de este universo alterno y regresemos al Universo primero, al Universo total. Vivamos en la verdad.

Para ello, basta cumplir los mandamientos, frecuentar los Sacramentos y hacer mucha, mucha oración.

Al orar, vislumbras ese primer Universo; al entrar a una iglesia, entras en él; al asistir a Misa, todo ese Universo baja para ti; al recibir un Sacramento, él entra en ti. Y así vivirás en la verdad.

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Cuando un hombre no valora a su novia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 12, 2016

Si un hombre rechaza a su novia o no la respeta, es porque no la valora; y no la valora porque ella le dio la oportunidad de tratarla así, porque no se hizo valorar.

Es mucho más frecuente de lo que se piensa —y de lo que se querría— encontrar mujeres que piensan en la posibilidad de seguir la relación con un hombre que las desprecia, ofende o maltrata psicológicamente. Actuar así es darle razones para que las valore menos aún: los hombres valoramos sólo lo que nos cuesta, y lo valoramos más si nos cuesta más; y muchos aplican este mismo criterio en las mujeres: valoran mucho más a aquellas mujeres que más trabajo les cuesta conquistar y a las que más trabajo les cuesta mantener cerca de sí.

Por eso, para que un hombre la trata así la valore —y para que ella misma aprenda a valorarse—, es necesario que lo rechace durante mucho tiempo (meses): no contestarle mensajes ni llamadas, no recibirle visitas, evitar encuentros con él (si viene por la calle, preferir dar la vuelta a toda la manzana)…

Además, solo al rechazarlo así, podrá descubrir si todavía está verdaderamente interesado en ella, si le queda algo de aprecio por ella: si es capaz de perseverar buscándola todo ese tiempo a pesar de sus rechazos, es porque hay algo en su corazón que se puede rescatar y, lo que es mejor, al ver la seguridad y la entereza de esa mujer, tendrá un mejor y más elevado concepto suyo, por lo que será posible que se empiece a enamorar… Pero si no es capaz, si no insiste, es porque no la ama en absoluto, y esto la hará comprender que jamás llegaría a ser feliz con él, razón con la que podrá tomar la decisión de borrarlo de su mente y de su corazón, para que tenga la posibilidad de entender que puede seguir adelante sin él. Cuando una mujer comprende esto, es cuando comienza a tener autoestima; efectivamente, es cuando dice: “Yo no necesito a nadie para ser feliz; me basta con el amor que sé que Dios me tiene”.

Pero la principal finalidad de actuar de ese modo es ayudarlo a mejorar como ser humano, pues será entonces cuando él podrá darse cuenta de lo mal que se ha portado y quizá comience a valorar sólo lo que se debe valorar y a respetar a los demás seres humanos. Y ayudar a alguien así es un acto de caridad cristiana, es cumplir con la obra de misericordia que nos enseña la Iglesia: Corregir al que yerra. Por el contrario, si no actúa así, omitirá un acto de amor verdadero.

Los hombres que actúan así requieren que los ayuden a darse cuenta de que no saben amar, pero que pueden aprender. Por eso, las mujeres que están con ellos deben alejarse y, mientras tanto, deben orar mucho por ellos, para que el Señor los ayude a recapacitar y a entender el amor verdadero que se le debe a un ser humano.

Si hacen esto, ayudarán a Nuestro Señor a mejorar la vida de esos hombres equivocados, y recibirán una recompensa muy grande en el Cielo.

 

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Para llegar a la contemplación

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2016

Todos debemos conocer la doctrina católica; por eso se predica desde hace dos mil años. Todos debemos creer en Jesús, cumplir los mandamientos y hacer obras de misericordia, porque eso nos dará la vida eterna. Todos debemos recibir los Sacramentos: allí está la gracia para ayudarnos. Y todos debemos orar; pero, ¿todos debemos llegar a vivir esas experiencias de unión mística con Dios en la contemplación?

La Revelación nos enseña la felicidad eterna en el Cielo y, por los santos, sabemos que han vivido esas experiencias, que parecen presagiar lo que nos espera allá, en la Vida eterna: consuelos, gozos y deleites espirituales que en nada se pueden comparar con los placeres terrenales.

Es algo que superará con creces todas nuestras ansias de felicidad. Cuando estos santos «vuelven» de sus estados místicos, suelen gritar anhelantes: «¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me devolviste a la tierra? ¡Aquí no encuentro nada que me complazca como lo que acabo de vivir!…» Y desde entonces sólo quieren volver a tener esas experiencias divinas.

Eso fue lo que le hizo exclamar a san Pablo: «Pero lo que tenía por ganancia, lo considero ahora como pérdida. Más aún, todo lo considero al presente como pérdida, en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor. A causa de Él ya nada tiene valor para mí, y todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo» (Flp 3, 7-8).

Esas experiencias divinas son un adelanto de lo que será el Cielo, un presagio de lo maravilloso que nos espera a todos; aunque no en todos tendrá la misma intensidad. ¿Por qué lo sabemos? Porque para eso fuimos creados y, como dijo san Agustín, nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios.

Ninguna otra cosa, persona o circunstancia podrá llenar las ansias que el Creador puso en nuestros corazones, precisamente para que lo buscáramos a Él. Los placeres terrenales, la riqueza, el poder, la honra o el bienestar material palidecen ante el encuentro de nuestro ser con Dios. Y esto ocurre porque la alteza del ser humano —hecho a su imagen y semejanza— no se satisface con menos.

Y, ¿cómo lograrlo? Primero es necesario que nos despojemos de todo lo que traemos, incluso de ese criterio de querer lograr algo. Es Dios quien hace toda la tarea, purificándonos. Basta que, dejado el pecado, seamos almas de oración: un constante y confiado trato con Él.

Constante para que, en el momento de la prueba —los desiertos espirituales, la sequedad espiritual, la falta de gusto por la oración, etc.—, sigamos firmes en la fe; una fe pura, que no se apoya en imágenes, pensamientos ni sentimientos, sino que cree contra toda falta de evidencia.

Y trato confiado con Dios, para aprender a esperarlo todo de Él, sabiendo que nos ama tanto, que parece que se hubiera vuelto loco por nosotros, como explica santa Catalina de Siena: porque está ebrio de amor por los hombres y sabiendo que le fallarían, los sacó de la nada, para amarlos; luego los persiguió hasta hacerse  uno de ellos para salvarlos; después se hizo Hostia para alimentarlos y llenarlos de bendiciones; y, finalmente, les dio una última tabla de salvación, para llevárselas al fin al Cielo, y allí abrazarlas en un abrazo de amor eterno: el Sacramento de la Penitencia.

En resumen, después de desechar el pecado de nuestras vidas, orar con perseverancia, fe pura y amor desinteresado, esperar en la oración con perseverancia el maravilloso momento de la visita divina, que nos hará más felices de lo que nunca soñamos, ya aquí en la tierra, mientras esperamos el encuentro definitivo con el Amor de los amores, en la dicha eterna.

 

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En qué consiste la humildad

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 28, 2016

Humildad 1

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Oración a Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 23, 2016

Jesús

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¿Es pecado el aborto?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 22, 2016

AbortoAl hablar sobre este tema debemos tener en cuenta que lo que importa es la verdad, y la verdad nos la reveló Dios: cada pecado ofende a Dios porque se ofende la dignidad (el valor) de sus hijos predilectos: los seres humanos. Por eso Dios sufre cuando el hombre peca, no porque Él se sienta ofendido como Dios, sino porque ve que sus hijos se hunden en la posibilidad de irse al infierno, donde no podrá darles su amor (que es la razón para la cual los creó y es lo que más desea: hacerlos inmensamente felices con su infinito amor). Sufre, además, porque hizo al hombre para que fuera libre, y él decidió hacerse esclavo de las cosas que lo denigran, que lo bajan de categoría, que disminuyen su valor como hijos de Dios: los pecados.

El aborto es un homicidio, un asesinato de un ser humano, hecho con alevosía (sin respetar el derecho que el niño tiene de vivir), premeditación (pensado, dándose cuenta de lo que se estaba por realizar), ventaja (el fuerte se aprovecha del débil, a la brava, con violencia) y, por último, es el asesinato de ¡un hijo!, no de un extraño. Por eso el aborto es uno de los pecados más graves que existen, es decir, hace sufrir mucho a Nuestro Señor.

La doctrina cristiana es, por una parte, la que está en el párrafo anterior, y nada la puede cambiar. Pero también incluye que Dios es infinitamente misericordioso y que sólo está esperando que la persona se arrepienta verdaderamente para perdonarlo; digámoslo así: cuando alguien comete el pecado del aborto (o cualquier otro pecado), Dios está ansioso, a la expectativa, deseando con todas sus fuerzas que la persona se arrepienta sinceramente de haber hecho sufrir a un Dios tan bueno y, cuando esa persona da el paso (se confiesa con un obispo o con un sacerdote que tiene la potestad de levantar la excomunión, en caso de haber realizado un aborto), ¡se pone feliz!, porque puede hacer lo que más le gusta: derramar su infinita misericordia, perdonar. Y cuando Él perdona, olvida que ocurrió: para Él ya no cuenta ese pecado. Por este acto, Dios da una nueva oportunidad para ir al Cielo: que la persona reinicie una nueva vida, una vida santa, por supuesto.

 

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