Hacia la unión con Dios

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¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2018

Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en mí, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tu deseos. Cierra tus ojos del alma y dime con calma: “Jesús yo en ti confío”.

Evita las preocupaciones y angustias y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en Mí. Reposa en Mí y deja en mis manos tu futuro.

Dime frecuentemente: “Jesús, yo confío en ti”. Lo que más daño te hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera. Cuando me dices: “Jesús yo confío en ti”, no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo, YO TE AMO. Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos del alma y confía.

Continúa diciéndome a toda hora: “Jesús yo confío en ti”. Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates con tus preocupaciones inútiles. Las fuerzas de la oscuridad quieren eso: agitarte, angustiarte, quitarte la paz. Confía solo en Mí, abandónate en Mí. Así que no te preocupes, echa en Mí todas tus angustias y duerme tranquilamente. Dime siempre: “Jesús yo confío en ti” y verás grandes milagros. Te lo prometo por Mi AMOR.

 

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Ciclo B, XII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

Criterios humanos

Cuando el Señor le respondió desde la tempestad, como nos lo cuenta la primera lectura, Job quedó pasmado por la sabiduría y el poder de Dios: Él fue quien, entre otros portentos que hizo, encerró al mar, y le dijo: «Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».

Pero a nosotros, los seres humanos —que tanto nos guiamos con nuestros propios criterios—, se nos olvida con frecuencia la grandeza divina.

Por eso, Él mismo viene hoy a nosotros y nos la recuerda: estando en una barca, con los apóstoles, se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo (criterios divinos). Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» (criterios humanos).

Para ayudarnos a cambiar nuestros criterios y hacerlos como los suyos, nos dice: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».

Es más: ¿Qué criterios nos guían en cada circunstancia? Si usamos criterios humanos, nos sobrevendrá fácilmente el estrés, los miedos, los temores, las preocupaciones, las angustias… En cambio, si creemos realmente en el amor que Dios tiene por sus criaturas, nos abandonaremos totalmente en Él, en su amor: dejaremos que guíe nuestras vidas.

Y podremos firmar lo que escribió san Pablo en la segunda lectura de hoy: El amor de Cristo nos alegra, al considerar que uno solo murió por todos. Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos (con criterios humanos), sino para Aquel que murió por amor a ellos (con criterios divinos).

De ahora en adelante, como nos lo enseña hoy san Pablo, ya no juzguemos a nadie con criterios humanos —como la crítica, la envidia, la murmuración—; veámoslos como otros hijos de Dios, hermanos nuestros que se equivocan, como nosotros.

Es que el que vive en Cristo es una nueva criatura.

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Penas y más penas

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 12, 2009

 

Las dificultades, angustias, tristezas, calamidades, etc., son la muestra del infinito amor que Dios nos tiene, porque es a través de ellas como nos santificamos y ayudamos al Señor a santificar el mundo.

Obviamente nos preguntaremos cómo puede ser esto.

Esas penalidades son el medio a través del cual nuestro Señor a une las personas escogidas a sus padecimientos, para hacer su obra en el mundo: que todos los corazones se llenen de su paz, de su alegría y de su amor.

En segundo lugar, con esos sufrimientos, Dios une esas personas a Sí mismo, haciendo misteriosa y lentamente un trabajo secreto en sus almas (sin que ellas se den cuenta), con el cual las forma y las hace cada vez más parecidas a Él, para regalarles después —cuando ya estén maduras— la auténtica felicidad.

Por eso, las personas avanzadas en la vida espiritual, que conocen estos caminos, sienten que si Dios no les da cruces es porque no las ama, y sufren: sufren por no sufrir, por no poder sufrir con su Amado. Al fin y al cabo, como dijo san Pablo de la Cruz, “el amor hace suyas las penas del Amado”.

Y ¿cuál es la forma de corresponder a semejante acto de predilección? Aceptar cada situación, tal como venga, sabiendo que de Él, el Amor de los amores, “no pueden salir sino cosas buenas para sus hijos”, como también afirmó san Pablo de la Cruz.

Eso es todo lo que nos toca hacer a sus hijos: recordar que lo que ocurre es permitido por Él para nuestro bien (Rm 8, 28), especialmente lo que aquí en la tierra llamamos “malo”, y que realmente siempre es bueno: nos da la auténtica felicidad y es el cauce para que Dios se sirva de nosotros para llevar a cabo su plan de salvación para el mundo.

Gustemos pues, de esa cruz que Dios nos permite, disfrutémosla comprendiendo que es la que la infinita Sabiduría planeó para nosotros desde la eternidad, a la medida exacta de nuestras necesidades, porque sabía que sin ella no encontraríamos el camino a la dicha sin fin.

Ahora sí podemos afirmar que cuando Él nos visita con la cruz es cuando más nos ama.

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