Hacia la unión con Dios

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Predicar mis propias ideas

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2017

He aquí parte del sermón de san Agustín, obispo, sobre los pastores (Sermón 46, 1-2: CCL 41, 529-530):

“Yo, por mi parte, no pretendo exponer mis propias ideas. Porque si os propusiera mis ideas, también yo sería de aquellos pastores que, en lugar de apacentar las ovejas, se apacientan a sí mismos. Si, en cambio, hablo no de mis pensamientos, sino exponiendo la palabra del Señor, es el Señor quien os apacienta por mediación mía. Esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?; es como si se dijera: «Los pastores no deben apacentarse a sí mismos, sino a las ovejas.» Ésta es la primera causa por la que el profeta reprende a tales pastores, porque se apacientan a sí mismos y no a las ovejas. ¿Y quiénes son, pues, aquellos pastores que se apacientan a sí mismos? Sin duda alguna son aquellos de los que el Apóstol afirma: Todos buscan sus intereses personales, no los de Cristo Jesús.”

Y ¿cómo distingo mis ideas de las del Espíritu Santo? Eso es fácil de discernir:

“No os dejéis seducir por doctrinas variadas y extrañas.” (He 13, 9a)

¿Doctrinas extrañas a qué? A la Revelación universal, a la Palabra eterna del Padre, a la enseñanza perenne de la Iglesia.

Si estoy enseñando lo que siempre ha enseñado la Iglesia, la Palabra eterna del Padre, es el Espíritu Santo quién habla por mí; pero si aparecen novedades en mi predicación, es que no tengo presente la Palabra de Dios:

“Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre.” (Hb 13, 8)

Quién tiene afán de novedades es el cristiano carnal; el cristiano espiritual descansa en la Verdad inmutable.

 

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Ciclo A, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en julio 5, 2011

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Lo que le falta al mundo

«He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los ellos no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio.»

Fueron las palabras que escuchó santa Margarita María de Alacoque.

Dice el Deuteronomio que el Señor se enamoró de nosotros y, por eso, nos eligió: somos su pueblo, el pueblo de su predilección.

Y san Juan nos muestra que Dios ha querido revelársenos explícitamente como el Amor: amor tan grande que se entrega como Víctima por nuestros pecados.

A cambio de ese desbordante e infinito amor, no nos pide sino que tengamos un corazón como el suyo: manso y humilde.

La mansedumbre y la humildad nos harán tener buenas relaciones tanto con los demás seres humanos como con Dios, pues nos ubica en el lugar que nos corresponde: somos simplemente pequeñas criaturas, llenas de imperfecciones, pecadoras, necesitadas de la gracia para corresponder a todo ese amor.

Si permitimos que la gracia de Dios haga su trabajo en nosotros, llegará un día en el que nos percataremos de nuestra indigencia, de nuestra impotencia y de nuestra ignorancia. Entonces seremos conscientes de la verdad —la humildad es la verdad, decía santa Teresa de Jesús—: nuestra pequeñez, unida a la herida que nos dejó el pecado original y a las seducciones del Maligno, requiere de la ayuda de la gracia divina que dan los Sacramentos que brotaron del costado del Corazón de Jesús, que se sigue poniendo como ejemplo, con su mansedumbre y humildad, para destruir nuestras violencias y soberbias.

Pidiéndole estas virtudes al Señor, destruiremos el pecado que hay en nosotros, aparecerá la paz entre los hombres y, sumisos al Señor, terminaremos por fin la tarea que nos señaló desde el comienzo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».

Será entonces una realidad la fraternidad universal, que propiciará la formación de la Nueva Jerusalén aquí en la Tierra: la plenitud del amor.

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