Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

La pregunta más importante

 

La filosofía, que busca establecer, entre otras cosas, el sentido del vivir y el obrar humano, no ha sido suficiente para establecer el camino a la felicidad. Mucho menos han servido las otras ciencias o la tecnología… Solo Dios, nuestro creador, puede satisfacer el anhelo ferviente que hay en nuestro ser: la eterna felicidad.

Así lo entendió el hombre que corrió hacia Jesucristo y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».

Es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Sabiduría encarnada; en Él encontramos todas las respuestas a las preguntas que tenemos sobre nosotros, nuestro origen, nuestra esencia, la finalidad de nuestra vida y nuestro destino y, además, sobre nuestro Creador y sus planes sobre nosotros.

En el libro de la Sabiduría se nos muestra en forma de figura —como en sombras— a ese Jesucristo; efectivamente, habla así:

Preferí la Sabiduría a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Y la Sabiduría infinita, eterna, le enseñó a aquel hombre los dos secretos para alcanzar la auténtica felicidad eterna: primero, cumplir los mandamientos; y segundo, desapegarse del dinero.

Hasta aquí llegó la sagacidad que mostró inicialmente este hombre, pues se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos —los que están apegados al dinero— entrar en el Reino de Dios!».

En cambio, a quienes aceptan el reto, la Sabiduría les asegura aquí, en esta tierra, el ciento por uno; ¡y la Vida eterna en el mundo futuro!

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Hacer el bien y padecer

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 15, 2009

«Jesús ya pagó por nuestros pecados; nosotros no tenemos que sufrir.»…

Bien entendida esta frase es veraz y a la vez cierta (segura). Pero mal entendida puede llevar al error: «Si Jesús ya pagó por mis pecados; yo nunca sufriré en esta vida; tampoco tengo por qué hacer penitencia, no tengo que ofrecer sacrificios, no debo hacer mortificaciones —eso es cosa de masoquistas—, de nada sirve que le ofrezca a Dios mis sufrimientos…»

La Biblia dice exactamente lo contrario:

«Cristo padeció por vosotros, y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos.» (1P 2, 21b)

El mismo versículo comienza diciendo:

«Para esto fuisteis llamados.» (1P 2, 21a)

¿Acaso fuimos llamados para sufrir? La respuesta está en el versículo anterior:

«Pero si, haciendo el bien, aguantáis padeciendo, esto es lo grato a Dios.» (1P 2, 20b)

Son palabras clarísimas: lo grato a Dios es hacer el bien y aguantar padeciendo.

¿Por qué? Porque sin padecer no desaparecen los apetitos desordenados que nos dejó el pecado original: en vez de amar al Creador sobre todas las cosas, nos apegamos a las criaturas desordenadamente, prefiriéndolas. Antes de este pecado, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a las ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan dar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que son criaturas y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos tanto apetito por el placer, el tener, el poder y la fama, que con frecuencia ofendemos a Dios.

Él, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: hacer el bien y estar desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, para ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que sentimos en nuestro interior. Y eso duele. Pero vale la pena.

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