Hacia la unión con Dios

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¿Negarse a sí mismo?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 1, 2017

 

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña.» (Mt 13, 24b-26)

Son muchas las cizañas que ha sembrado el enemigo en el campo de Dios; y entre ellas está la herejía que, según el Código de Derecho Canónico, consiste en «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma» (CIC  751). La herejía, por tanto, es la oposición voluntaria a la autoridad de Dios depositada en Pedro, los Apóstoles y sus sucesores y lleva a la excomunión inmediata.

Y la más popular de todas las herejías en estos tiempos —y la que más daño está haciendo— es el voluntarismo, también conocido como semipelagianismo.

Para definirla, es necesario precisar antes un par de conceptos:

 

1) El pelagianismo cree que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Afirma que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente lo que Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil.

Pelagio decía que Dios nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar; pero que no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer.

Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones de súplica de la Iglesia: ¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?

No hay un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como ejemplo, que como Salvador, como causa de la salvación.

Para el pelagiano no hay un pecado original que deteriore la naturaleza del ser humano: la naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación.

La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobrenatural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido para el pelagiano.

En resumen: el hombre no necesita de lo divino para hacer obras buenas ni para llegar a la santidad.

 

2) La doctrina católica afirma que la libertad humana se mueve movida por la gracia de Dios. Dios es la causa principal en la producción de la obra buena; el hombre es la causa instrumental: le sirve a Dios de instrumento para realizar esa obra buena. Por tanto, la libertad no puede producir el bien por sí misma; sino que necesita la moción de la gracia divina.

Ahora bien, la libertad humana puede resistirse a la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él.

La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la cooperación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María.

Dios, con la eficacia de su gracia, nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer y cambia las voluntades de los hombres para que realicen las obras buenas (Cf. Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15, 5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).

 

3) El voluntarismo o semipelagianismo:

Esta herejía explica que la libertad humana se «coordina» con la gracia divina. Los semi-pelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) trabaja con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace eficaz en la producción del bien.

Según este gravísimo error, Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

En la doctrina católica, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

Los voluntaristas o semipelagianos opinan que la eficacia de la gracia en realizar la obra buena se da por el asentimiento y la cooperación humana y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín y de Santo Tomás e incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras.

Quien quiera profundizar en esta doctrina, puede hacerlo visitando Gratis Date, Gracia y libertad:

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La doctrina católica de la negación de sí mismo

Jesús fue categórico: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24b; Mc 8, 34b; Lc 9, 23b). ¿Y por qué?

Es que antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos; pero después de ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

Pero, para eso, hace falta la negación de nosotros mismos. ¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

Jesús nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano. Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!» (Mt 27, 46; Mc 15, 34).

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama negarse a sí mismo. Y es el comienzo de la vida en Dios, de la vida mística, una muestra gratis en esta vida de lo que se experimentará en el Cielo: la felicidad eterna, la auténtica.

Por otra parte, toda la Tradición de la Iglesia: los santos Padres de la Iglesia, los santos que expusieron la mística y, en general, todos los santos, acatando las sapientísimas palabras de Jesucristo —negarse a sí mismo— han descrito o simplemente han vivido la teología espiritual (mística), en la que parten de su propia nada.

Este ha sido su lema: «Nada sé, nada tengo, nada puedo, nada soy y nada valgo», para llegar a la unión mística.

Efectivamente, de muchos santos hemos leído oraciones parecidas a esta:

¡Oh, abismo infinito de poder!, ¡oh, abismo infinito de sabiduría!, ¡oh, abismo infinito de amor!… ¿Quién eres Tú?… Y, ¿quién soy yo? ¡Una criatura tan miserable!, un atado de pecados, el último de todos, el más pobre, el más pequeño, el peor, el más despreciable… Tú eres el Todo y yo la nada…, ¡una nada pecadora! ¡Y he aquí, oh, divina Bondad, que te me diste todo!: Padre mío, Hermano mío, Esposo mío…

¡Gracias por esta inmensa muestra de predilección! ¡Ahora lo puedo todo en Aquél que me conforta!

Cauteriza con el ardor de tu amor mis pecados, mis apegos, mis miserias, mis imperfecciones y hasta mis apetitos, para que pueda dejarme amar por ti, y me conviertas en amor puro.

Haz, te lo ruego, que sea un instrumento eficaz de tu gracia.

Se dan cuenta de que, cuando se mueven movidos por la gracia de Dios y realizan el bien, es Dios quien actúa en y a través de ellos.

Se percibe claramente que, tanto ellos como cuantos se animen a obedecer la máxima de Jesucristo de negarse a sí mismos, nada son por sí mismos, pero que son mucho por Jesús, que los elevó con su gracia.

Y esto es exactamente lo que quiso enseñar Dios al pueblo cristiano, en el episodio de Moisés en la zarza ardiente: cuando Dios envía a Moisés al Faraón para que saque a su pueblo de Egipto, Moisés le pregunta su nombre a Dios, y Él le responde:

«Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘Yo soyʼ me ha enviado a vosotros”.» (Ex 3, 13b-14), significando así que el único que ES es Él, es decir: que Él se da el ser a sí mismo, que Él se da la vida, que vive por sí mismo; en cambio, nosotros recibimos el ser prestado de Él: si Dios dejara de pensar un instante en nosotros, nos desintegraríamos inmediatamente. En otras palabras: que somos nada, pues hasta el ser lo tenemos prestado. Es más: somos peores que la nada, pues la nada no peca y nosotros sí.

 

La doctrina voluntarista

Pero los voluntaristas —es decir: los no-cristianos o cristianos herejes— no aceptan de ningún modo esta verdad revelada por Dios. Y, con muy buena voluntad pero equivocados, pues nos están bien formados doctrinalmente, se expresan con argumentos como estos:

—¿No somos nada?… Somos la obra maravillosa del Creador.

—Decir que “No somos Nada” limita nuestro amor propio, por lógica limita nuestro amor al prójimo y en consecuencia limita nuestro amor a Dios. Somos la mejor creación de Dios, imperfectamente perfecta.

—Los extremos no ayudan a la santidad… Decir que somos nada o decir que somos producto terminado es sabotear nuestro poder y responsabilidad en este mundo. Poder y responsabilidad dado por Dios…, talentos que debemos poner al servicio del prójimo.

Como se ve, ponen el énfasis en el ser humano, no en el de la gracia de Dios (la parte divina). Subrayan el «Yo»: los talentos, el poder de la parte humana. Creyendo que es lo correcto, pretenden estar trabajando coordinados con Dios para producir el bien, no subordinados a Él, con humildad.

Con esos criterios, olvidando el «niéguese a sí mismo» de Jesús, se niegan a sí mismos la posibilidad de los gozos y deleites espirituales que se experimentan en la unión con Dios, deliciosos presagios y anticipos de la eterna felicidad.

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Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

La pregunta más importante

 

La filosofía, que busca establecer, entre otras cosas, el sentido del vivir y el obrar humano, no ha sido suficiente para establecer el camino a la felicidad. Mucho menos han servido las otras ciencias o la tecnología… Solo Dios, nuestro creador, puede satisfacer el anhelo ferviente que hay en nuestro ser: la eterna felicidad.

Así lo entendió el hombre que corrió hacia Jesucristo y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».

Es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Sabiduría encarnada; en Él encontramos todas las respuestas a las preguntas que tenemos sobre nosotros, nuestro origen, nuestra esencia, la finalidad de nuestra vida y nuestro destino y, además, sobre nuestro Creador y sus planes sobre nosotros.

En el libro de la Sabiduría se nos muestra en forma de figura —como en sombras— a ese Jesucristo; efectivamente, habla así:

Preferí la Sabiduría a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Y la Sabiduría infinita, eterna, le enseñó a aquel hombre los dos secretos para alcanzar la auténtica felicidad eterna: primero, cumplir los mandamientos; y segundo, desapegarse del dinero.

Hasta aquí llegó la sagacidad que mostró inicialmente este hombre, pues se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos —los que están apegados al dinero— entrar en el Reino de Dios!».

En cambio, a quienes aceptan el reto, la Sabiduría les asegura aquí, en esta tierra, el ciento por uno; ¡y la Vida eterna en el mundo futuro!

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Purificar los apegos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2012

 

Antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

 

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

 

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

 

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas están hechas a imagen y semejanza de Dios y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

 

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

 

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

 

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

 

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

 

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

 

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

 

Pero, para eso, hace falta la purificación: purificarnos de los apetitos desordenados y apegos por las criaturas, para amar con pureza absoluta a Dios nuestro Señor. La alteza y la sublimidad de un Dios no admite menos: Él no puede competir con sus criaturas. Para amarlo, entonces, debemos deshacernos de nuestro “amor” desordenado por las criaturas, y amarlas en Él, como lo que son: hechura de Dios.

 

¡Cuántas veces, por ejemplo, sufrimos porque no tenemos lo necesario o, peor, porque no poseemos lujos y cosas superfluas! ¡Cuántas otras deseamos vivir la vida de quienes tienen más que nosotros! A veces —incluso— nos enamoramos de objetos de devoción, como un rosario, una imagen determinada o una capilla en la que nos “sentimos” más cerca de Dios…

 

Otras veces nos aferramos a ideas específicas como cuando, por ejemplo, afirmamos que el amor a Dios se le demuestra viviendo de tal o cual manera. Y hasta nos atrevemos a juzgar a quienes no piensan o actúan como nosotros, llegando a pecar contra la caridad. Los católicos principiantes, por ejemplo, critican a quienes, durante la Eucaristía, no se paran o arrodillan cuando deben, a quienes cantan fuerte para que los demás los vean, a quienes se arrodillan fingiendo mucha devoción… Por su parte, los verdaderos cristianos están tan concentrados en amar a Dios y en darle gloria, que ni se dan cuenta de cómo lo están haciendo los demás; y si se percatan de algo, recuerdan sus propias fallas, y comprenden a los demás, se arrepienten y piden perdón.

 

Hay quienes llegan a contrariar algunas normas de la Iglesia Católica, afirmando que está equivocada o, peor, que es retrógrada o que no tiene sentido común. Así, sus ideas se ponen por encima de las de Dios, quien las dejó establecidas, por intermedio de la Iglesia que Él mismo fundó.

 

Ese aferramiento a algunas ideas llega, incluso, a disputas y a ofensas a hermanos en la Fe o a seres queridos, quienes —en nuestra mente, por supuesto— están por debajo de nuestras ideas.

 

El apego por las personas, que no es amor, sino egoísmo, es querer lograr beneficios personales de una relación. El esposo que ama a su cónyuge más por los beneficios que ella le depara que por el deseo de hacerla feliz, por ejemplo, la está usando, no amando. El día que comience a trabajar exclusivamente para hacerla feliz, sin esperar nada a cambio (ni siquiera la sensación de ser amado), ya podrá afirmar que empezó a amarla de verdad. ¿No es verdad que nuestro amor por los seres queridos está lleno de esas impurezas? Casi siempre esperamos algo a cambio.

 

Pero el apego más difícil de destruir en nuestras almas es el apego a nosotros mismos: ¡Cuánto nos importa el “qué dirán”, lo que los demás piensen de nosotros, su aprobación, su admiración, la imagen que proyectamos a los demás o a Dios…!

 

Muchas veces buscamos a Dios para servirnos de Él y no para servirlo a Él; Dios se convierte, entonces, en un objeto del cual nos valemos para sacar beneficios egoístas y no en el Dios a quien amamos.

 

¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

 

Él nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano.

 

Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

 

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».

 

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama santidad.

 

Él nos demuestra con su vida, muerte y Resurrección que no hay sino un modo de llegar al Cielo: purificados.

 

Una opción es la santidad, la otra es el purgatorio. Todos podemos escoger: esperar a que después de la muerte se nos limpien las impurezas e imperfecciones para poder gozar de la bienaventuranza eterna o limpiarnos, en vida, de esos apegos y apetitos desordenados hasta no tener nada más que el corazón asido a Dios, llenándonos así de innumerables deleites y gozos espirituales, que serán para nosotros un presagio de esa imperecedera y creciente felicidad celestial.

 

Esa fue la senda que nos mostró Jesucristo y, en la historia, los que se consideraron cristianos —seguidores de Cristo—, hicieron lo mismo.

 

Solo así se explica que los santos hubieran sido capaces de vivir completamente desapegados de las criaturas y de sí mismos, y dedicados a dar gloria a Dios, a ayudarlo a salvar almas y a repartir su amor por doquier…

 

Solo así se entiende el martirio: amor más grande que ninguno, olvido de sí mayor que todos, entrega total; posible solamente porque ya no hay apego a nada, ni a sí mismos…

 

Purificados así, viviremos como Dios lo quiso inicialmente: en la misma condición de nuestros primeros padres antes del pecado original: en estado de inocencia y de gracia. De inocencia, es decir, sin apegos que nos desvíen del camino a Dios; y de gracia, llenos del Espíritu Santo, como nuestra Madre, la Virgen María quien, sin mancha de pecado original, vivió enteramente para Dios sus acciones, sus palabras, sus pensamientos y hasta sus sentimientos.

 

Cuanto más arraigados están los apegos a las cosas, a las ideas, a las personas y a nosotros mismos, tanto más duele arrancarlos del corazón.

 

¡Pero bien vale la pena!

 

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Examen de conciencia para seglares

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 27, 2011

 

¿Hice santa mi vida cumpliendo cada una de mis obligaciones familiares, laborales, eclesiales y sociales? ¿Amé eficaz y efectivamente a cada uno de mis seres queridos? ¿Fui un trabajador honesto y responsable? ¿Actué en todo momento como un buen cristiano?, ¿y como un buen ciudadano? ¿Irradié en todas partes paz y alegría?

¿Se me notaron la Fe, la Esperanza y la Caridad en cada uno de mis actos y actitudes?

¿Admiré el abismo infinito de poder, sabiduría y bondad de Dios, con una Fe pura y desnuda de toda figura e imaginación, con atención amorosa en el inabarcable, el incomprensible, el inefable?

¿Viví profundamente la Esperanza de llegar a ese mar infinito de Amor? ¿Estuve seguro de aquel que es bondad y misericordia, de aquel con el cual vivo día y noche, que me conoce y que conozco, que me ama y que amo? ¿Tuve absoluta confianza en Él? ¿Lo esperé todo de Él? ¿Me abandoné como un bebé?

¿Tuve intimidad con aquel que es todo Amor y que se pone al nivel de sus criaturas para pedirles que no lo dejen solo y que le den su amor? ¿Fui para todos alter Christus, ipse Christus? ¿Fue mi mirada siempre una mirada de amor transformador? ¿Se me notó su dulzura y su ternura para con todos? Como el rey Midas, ¿todo lo que toqué se convirtió en amor, paz y gozo? ¿Ayuné todo para amar solo a Dios sin sustentarme más en las criaturas? ¿Me crucifiqué detrás de la Cruz por el Reino de Dios y su justicia, amando a Jesús? ¿Aproveché estos tesoros: incomodidades, frío, calor, sed, hambre, cansancio, pobreza, fracaso, vergüenzas, incomprensión, desconfianza, rechazo, críticas, falsas acusaciones, ofensas, irrespeto, «injusticias», desprecios, humillaciones, deshonra, desprestigio, ingratitud, indiferencia de los seres queridos, desamor, esclavitud, soledad, desconsuelo, enfermedad, dolor, desamparo…?

¿Hice algunos minutos de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración? ¿Seguí las indicaciones de mi director espiritual? ¿Me mantuve en la presencia de Dios, orando en todo momento? ¿Hice silencio? ¿Previne todo con la oración, diciendo: «Señor, en tu Nombre actuaré y sé que seré poderoso»?

¿Ofrecí las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador? ¿Ofrecí mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios?

¿Renové el Sacrificio de Cristo al asistir hoy a la Eucaristía? ¿Al comulgar, con cuánto amor recibí al Amor de los amores? ¿Visité al Santísimo Sacramento, al prisionero del Amor?

¿Honré a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María? ¿La tuve todo el día como especial protectora?

¿Medité, en estos días, los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Me arrepentí sinceramente de todos mis pecados, preparándome así para recibir el Sacramento de la Reconciliación?

¿Traté de vivir la pobreza dentro de mi estado? ¿Tuve las cosas como medios, no como fines? ¿Viví con sobriedad? ¿Administré los bienes con prudencia? ¿Ejercí la caridad con ellos?

¿Estuve sin apegos por las criaturas, para tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios? ¿Cuánto oré y me sacrifiqué con ese Amor por la felicidad de mis seres queridos?, ¿y por toda la humanidad?

¿Busqué en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios? ¿Permanecí indiferente a todo lo que no fue amor? ¿Traté de vivir en estado de inocencia y de gracia, alabando a Dios con mi vida? ¿Se notó que el Espíritu Santo mora en mí? ¿Hice y dije lo que Jesús haría y diría?

¿Fui el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos —en mi casa, en mi trabajo, en la Iglesia y en la sociedad— como Jesús, humilde, paciente, crucificado?

¿Fui hoy obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual?

¿Me acordé de que lo único que merezco es el infierno? ¿Me dejé ofender, calumniar y agredir, con tranquilidad, bondad, benevolencia y amor?

¿Controvertí? ¿Comprendí, excusé, disculpé y disimulé las faltas de los demás? Si corregí a alguien, ¿lo hice con mi amor y con mi ejemplo?, ¿lo dejé actuar a Él?

¿Usé mis virtudes sabiendo que son solo préstamos? ¿Pensé en mi propia imagen, la defendí? ¿Hablé de mí? ¿Me oculté por completo, como la nada? ¿Cuántos actos de humildad hice hoy? ¿Estuve a los pies de todos?

Medité algo del Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia, el Código de Derecho Canónico, el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos» o la constitución Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II?

¿Oré por el Papa, los Obispos, los Presbíteros (especialmente por mi párroco) y los diáconos?

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HACIA LA UNIÓN CON DIOS

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2011

¿Quieres aprender a orar?

¿Te desconcentras con frecuencia?

¿Tienes dificultades para escuchar a Dios?

¿Deseas recorrer los caminos de la contemplación?

¿Por qué no «sientes» las experiencias místicas de los santos?

Son numerosos los testimonios escritos sobre las experiencias místicas de los santos; y también son innumerables las personas que han intentado llegar a tener siquiera una experiencia divina, lo que hoy llamarían un encuentro cercano con Dios.

Sin embargo, las dificultades que se presentan en ese camino impiden avanzar hasta la meta con facilidad:

Por un lado, la mística, la parte de la teología que trata de la vida espiritual y contemplativa y del conocimiento y dirección de los espíritus, es bastante desconocida y compleja. Y, por otra parte, tocar estos temas tan profundos e inefables es tarea difícil, propia de santos doctos y sabios: muy pocos la han descrito con la sencillez necesaria para su comprensión.

Este libro intenta poner al alcance de todos, en un lenguaje sencillo y resumido, el bagaje espiritual de san Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia, quien se atrevió y logró detallar gran parte de lo que realiza el Espíritu Santo en el alma; más allá es, sencillamente, inexplicable.

Pero, antes de llegar a esas alturas, se comentan los obstáculos para hacer oración, se revela cómo escuchar a Dios, se exponen las diferentes maneras de hacer oración y se describe el ascenso espiritual del alma hacia Dios.

Luego, se guiará al alma desde el estado de principiantes, pasando por las noches oscuras, hasta el estado de los perfectos: la santidad misma.

Este escrito es de gran utilidad para todos los que deseen lograr la más alta y sublime de todas las metas: la unión con Dios; llevará al alma, con la ayuda del director espiritual y de la mano del Espíritu Santo, hasta el lugar destinado para ella por Dios, lleno de gozos y deleites espirituales imposibles de describir.

INTRODUCCIÓN

«El ser humano busca apasionadamente la felicidad, pero lleva una vida de tensión y de vértigo; desea la paz y vive en la guerra cotidiana; anhela plenitud y se contenta con una felicidad instantánea. En la sociedad actual se ha suplantado la felicidad por el placer, que se ha elevado a valor supremo. El placer como fin y meta del hombre cotidiano.

El placer se ha convertido en estilo de vida, de propaganda y de negocio, incluso en ética y en cultura. La gran masa vive aquello que decía Nietzsche: “La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche”, sin pensar ni proyectar en otra forma de vida diferente.

Sin embargo, cuanto más se busca el placer más se encuentra con la tristeza. No le faltaba la razón a Pascal cuando decía que los que más se divierten son precisamente los que más se aburren.»

Estas palabras del filósofo español José Antonio Merino encauzan muy bien la mente del lector hacia la meta sugerida: quien busca el placer ofrecido por la cultura nunca se sentirá satisfecho.

Efectivamente, como se confirmará, lo que la cultura ha impuesto como «placer» en el pensamiento del ser humano moderno está enteramente opuesto a la auténtica felicidad, al placer que llena todas las expectativas de la naturaleza humana.

La experiencia histórica ha probado reiteradamente que los placeres físicos, emocionales y afectivos son pasajeros.

Da la impresión de que el ser humano es un barril sin fondo que no se llena: si encuentra el placer que busca, no se satisface; si alcanza las riquezas que desea, no le basta; si aparece el cariño que anhela, al fin le causa hastío; si se coronan las metas que se impuso, siempre desea algo más…

Por eso nace en muchos un deseo, una búsqueda, ya no en el área biológica (lo físico), ni en la psicológica (el alma o psique, donde experimentamos las emociones y los afectos) sino en la espiritual, es decir, en lo trascendental del ser humano: la conciencia de que existe un ser superior, creador del universo, y el hecho de lograr una posible relación directa con Él.

Y algunos lo han logrado, como sucedió en el siglo XVI con Juan de Yepes, mejor conocido como san Juan de la Cruz, quien ha sido encumbrado por muchos literatos a la cima de la lírica española por su poesía mística.

Sus escritos tuvieron la finalidad de explicar —a quienes se aventuren como él a buscar la felicidad verdadera— los pasos que se han de dar, los obstáculos que aparecerán y cómo vadearlos, cómo descubrir el camino más corto y, también, como no ir por donde el trecho es más difícil o largo.

Sin embargo, algunas circunstancias dificultan al hombre de hoy entender ese camino:

En primer lugar, el léxico y el estilo gramatical que se usaba en ese entonces, diferente del contemporáneo. En segundo lugar, la dificultad para entender y expresar este tema tan complejo. A esto se suma la elevación mística del autor, hecho que indiscutiblemente complica un poco su comprensión.

Estas son las razones por la que se presenta este escrito que trata de desglosar, simplificar, ordenar y adecuar a los tiempos modernos el maravilloso legado que nos ha dejado este extraordinario místico, para que sean muchos, y no solo unos pocos, los privilegiados con esta sabiduría (conocimiento profundo que lleva a tener conducta prudente en la vida) que los llevará, sin dudas, a la imperecedera y continua felicidad que, lejos de utopía, será una realidad.

Tan difícil y osada labor tendrá, obviamente, algunos vacíos que el lector experimentado en los escritos del santo descubrirá, pero que quienes lo abordan por primera vez podrán solventar si se sienten capturados por el encanto de esa manera de ver la vida —más real que muchas—, y se animan a leer sus obras.

Los libros que se estudiaron para realizar esta interpretación fueron, principalmente, la Subida del monte Carmelo (S) y la Noche oscura (N). Como complemento, se recomienda leer el Cántico espiritual y la Llama de amor viva, junto con sus cartas y otros escritos.

Teniendo en cuenta que en estos escritos el autor no destacó algunos conocimientos preliminares, quizá porque como él mismo lo escribió, asumió que los lectores ya los habían vivido, se presentan a continuación, del modo más conciso posible.

OBSTÁCULOS PARA HACER ORACIÓN

El pecado

La creación del cosmos, según los científicos, se llevó a cabo hace entre 18.000 y 15.000 millones de años; la creación de la vida, hace unos 3.500 millones de años; y la creación del hombre, hace unos 210.000 a 100.000 años.

Dios, nunca ajeno a esas tres realidades, no quiso dejar sola a la obra maestra de la creación visible, su criatura predilecta, el ser humano. Tenía que decirle que había sido creado para cosas grandes, que su vida —como esta criatura ya lo intuía— estaba destinada a no acabar, y que se había planeado que fuera eternamente feliz. Pero había que hacerlo con la prudencia de todo un Dios:

Efectivamente, hacia los 1.800 años antes de Cristo, un hombre, Abram de nombre, supo, por boca de Dios, que su tribu era la elegida por el Creador para recibir el mensaje que, gradualmente, la haría conocedora de la verdad que debían poseer los seres humanos.

Más adelante, Moisés, caudillo del pueblo elegido, se convirtió en instrumento de Dios (como sucederá muchas veces más en la historia de la humanidad), y copió las primeras palabras divinas: se empezó a redactar la Biblia.

Se escribieron en total 46 libros en los que Dios fue preparando la venida del Mesías.

Al fin, para cambiar toda la historia de la humanidad, apareció Jesús. Los Evangelios, del Nuevo Testamento, son los documentos oficiales que narran su historia.

El mismo Jesús, en un mensaje llamado Un llamamiento al amor, publicado en 1948 con las licencias eclesiásticas debidas, y luego reimpreso en parte en 1991 en un libro llamado Carta de Dios, cuenta la historia:

Dios creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Mas el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Dios no necesita para ser feliz ni del hombre, ni de sus servicios; se basta a sí mismo; su gloria es infinita; nada ni nadie puede menoscabarla.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor, y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado.

El Padre entrega a su Hijo; este sacrifica su gloria y la compañía de su Padre, descendiendo a la tierra, no en calidad de señor rico, de poderoso, sino en condición de siervo, de pobre, de niño.

La vida que llevó sobre la tierra todos la conocéis.

Bien sabéis que desde el primer instante de mi encarnación me sometí a todas las miserias de la naturaleza humana.

Pasé por toda clase de trabajos y de sufrimientos; desde niño sentí el frío, el hambre, el dolor, el cansancio, el peso del trabajo, de la persecución, de la pobreza.

El amor me hizo escoger una vida oscura, como un pobre obrero; más de una vez fui humillado, despreciado, tratado con desdén, como hijo de un carpintero. ¡Cuántos días, después de haber soportado mi padre adoptivo y yo una jornada de rudo trabajo, apenas teníamos por la noche lo necesario para el sustento! ¡Y así pasé treinta años!

Más tarde, renunciando a los cuidados de mi Madre, me dediqué a dar a conocer a mi Padre Celestial. A todos enseñé que Dios es caridad.

Pasaba haciendo el bien a los cuerpos y a las almas.

A los enfermos devolvía la salud, a los muertos la vida. A las almas… ¡Oh!, ¡las almas!… les daba la libertad que habían perdido por el pecado y les abría las puertas de su verdadera y eterna patria, pues se acercaba el momento en que, para rescatarlas, el Hijo de Dios iba a dar por ellas su Sangre y su vida.

Y, ¿cómo iba a morir?… ¿Rodeado de sus discípulos?… ¿Aclamado como bienhechor?… No, almas queridas, ya sabéis que el Hijo de Dios no quiso morir así… El que venía a derramar amor fue víctima del odio. El que venía a dar libertad a los hombres fue preso, maltratado, calumniado; el que venía a traerles la paz es blanco de la guerra más encarnizada. Sólo predicó la mutua caridad y muere en Cruz entre ladrones. ¡Miradlo: pobre, despreciado, despojado de todo!

¡Todo lo ha dado por la salud del hombre!

Así cumplió el fin por el cual dejó voluntariamente la bienaventuranza que gozaba al lado de su Padre. El hombre estaba enfermo, y el Hijo de Dios bajó hasta él, y no sólo le devolvió la vida por su muerte, sino que le dio también fuerzas y medios con qué trabajar y adquirir la fortuna de su eterna felicidad.

Su muerte, dolorosa, con efusión de sangre, consigue el perdón de los pecados de toda la humanidad, la reconcilia con Dios, la rescata, le da la libertad.

En su Pasión y su muerte, Jesús llega a la cumbre del amor. Amor al Padre, obedeciéndolo hasta la muerte de la Cruz, mientras el Padre calla; y Amor al hombre: atenciones y perdón a los hombres. Jesús da todo a todos. 

Además, Jesús funda la Iglesia. La Iglesia no procede de una voluntad humana, sino de un designio eterno de Dios, y en ella se concreta el plan salvador de Dios, que reúne a todos los hombres bajo una sola cabeza, Cristo. Por eso la Iglesia es santa, porque su destino depende más de los designios del Padre que de la iniciativa de los hombres.

Entonces, aparece el Reino de Dios, que ya está presente en el hombre que vive en la gracia de Dios. Por eso todos los acontecimientos de su vida y sus mismas necesidades materiales tienen algo que ver con este Reino de Dios y con su propio progreso en la vida cristiana.

Y ese reino de Dios se manifiesta en el amor cristiano: el amor cristiano es don sin límite, llevándonos a hacernos esclavos unos de otros. Va a todos sin respetar las barreras sociales y prefiriendo a los pobres. Se demuestra con el perdón y no se niega a los enemigos. Inspira un esfuerzo por comprender al otro, respetar sus ideas, soportar sus limitaciones… El amor, que acepta dar y recibir, construye la Iglesia y nos lleva a la perfección.

Como se ve, Dios tenía y tiene —Él no está limitado por el tiempo ni por el espacio— un designio sobre la especie humana: que siempre sepamos superar el nivel en el que estamos: que, sin dejar de ser naturales, seamos cada vez más espirituales.

Pero, tras la primera caída, el pecado original, la situación del hombre sobre la tierra ya no es la misma: el estado inicial de inocencia y de gracia del paraíso, en el que el hombre tendía a Dios sin ninguna perturbación, es mudado ahora por la tendencia a apegarse a lo temporal: las cosas materiales, las emociones, los afectos por los seres queridos y por sí mismo…; y reaparece el pecado.

Para completar la desgracia del hombre, aparecieron los espíritus malignos: uno de los ángeles, de nombre Luzbel, es decir, luz bella, porque era extraordinariamente bello, sintió que su belleza era tal, que podría competir con la belleza de Dios; es más: se creyó igual a Dios.

Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra Luzbel, que ahora, por su rebeldía y soberbia, se veía como un dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la serpiente, conocida como el demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

Como un ángel caído, Satanás o Belcebú, es decir, el príncipe de los demonios, al verse obligado a permanecer por un tiempo en la tierra, tomó la decisión de atacar indirectamente a Dios: padre de la maldad como era y dueño temporal del mundo, enfiló su artillería mortífera contra los hombres, para hacerlos caer en el mal, y así destruir el orden establecido por Dios y llevárselos al infierno, morada eterna suya y de los demás ángeles malos.

Es él quien se interpone entre el hombre y su felicidad, entre el ser humano y Dios, entre el máximo placer de la criatura y el único que se lo puede proporcionar.

Efectivamente, cuando un ser humano se propone propiciar su unión con Dios, el demonio hace todo lo posible para impedir esa unión y, con ello, imposibilitar su felicidad. Es impresionante comprobar todas las artimañas que usa este campeón de la mentira: sus sutilezas, sus sofismas, los argumentos falsos que presenta con agudeza para que parezcan buenos o menos malos…

El hombre se encuentra constantemente en una disyuntiva: puede dejarse tentar por el demonio y se aleja así de la felicidad, o puede acoger la invitación divina de amarlo sobre todas las cosas.

Ahora bien, amar a Dios es cumplir sus mandamientos:

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

El mismo Jesús especificó cómo amarlo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15, 10)

Los Mandamientos de la Ley De Dios son:

  1. Amarás a Dios sobre todas las cosas. Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.
  2. No tomarás el nombre de Dios en vano. Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.
  3. Santificarás las fiestas. Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.
  4. Honrarás a tu padre y a tu madre. Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.
  5. No matarás. Aquí se prohíben el aborto y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.
  6. No cometerás actos impuros. Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.
  7. No robarás. Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.
  8. No dirás falso testimonio ni mentirás. Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o “piadosas”.
  9. No consentirás pensamientos ni deseos impu­ros. Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.
  10. No codiciarás los bienes ajenos. Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejores que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

Por otra parte, recordemos lo que Jesús les dijo a sus apóstoles:

«Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18, 18)

Así, quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos.

El carácter obligatorio de los Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, promulgados por la autoridad eclesiástica, tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo. Son:

  1. Oír Misa entera los domingos y fiestas de precepto. Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Tanto los domingos como las fiestas, si hay dificultad para asistir el mismo día, se puede ir el día anterior por la tarde.
  2. Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar. La Confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).
  3. Comulgar por Pascua de Resurrección. La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).
  4. Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia. El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc. La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años (Canon 1252 del Código de Derecho Canónico).
  5. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades. La Iglesia Católica pide que se done a la parroquia a la que cada uno pertenezca por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

Por eso, antes de dar cualquier paso para la divina unión, es necesario lavar los pecados en el Sacramento de la Reconciliación (la Confesión) y proponerse firmemente huir con decisión del pecado.

He aquí los pasos para hacer una Confesión:

  1. Examen de conciencia. Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia.
  2. Contrición de corazón. Arrepentirse de haber ofendido a Dios.
  3. Propósito de la enmienda. Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas.
  4. Confesión de boca. Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna. Los que se olvidan sin culpa, también los perdona Dios (si son graves y se recuerdan después, hay que confesarlos en la siguiente ocasión).
  5. Satisfacción de obra. Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga.

Los apegos a las criaturas

Antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas están hechas a imagen y semejanza de Dios y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

Pero, para eso, hace falta la purificación: purificarnos de los apetitos desordenados y apegos por las criaturas, para amar con pureza absoluta a Dios nuestro Señor. La alteza y la sublimidad de un Dios no admite menos: Él no puede competir con sus criaturas. Para amarlo, entonces, debemos deshacernos de nuestro “amor” desordenado por las criaturas, y amarlas en Él, como lo que son: hechura de Dios.

¡Cuántas veces, por ejemplo, sufrimos porque no tenemos lo necesario o, peor, porque no poseemos lujos y cosas superfluas! ¡Cuántas otras deseamos vivir la vida de quienes tienen más que nosotros! A veces —incluso— nos enamoramos de objetos de devoción, como un rosario, una imagen determinada o una capilla en la que nos “sentimos” más cerca de Dios…

Otras veces nos aferramos a ideas específicas como cuando, por ejemplo, afirmamos que el amor a Dios se le demuestra viviendo de tal o cual manera. Y hasta nos atrevemos a juzgar a quienes no piensan o actúan como nosotros, llegando a pecar contra la caridad. Los católicos principiantes, por ejemplo, critican a quienes, durante la Eucaristía, no se paran o arrodillan cuando deben, a quienes cantan fuerte para que los demás los vean, a quienes se arrodillan fingiendo mucha devoción… Por su parte, los verdaderos cristianos están tan concentrados en amar a Dios y en darle gloria, que ni se dan cuenta de cómo lo están haciendo los demás; y si se percatan de algo, recuerdan sus propias fallas, y comprenden a los demás, se arrepienten y piden perdón.

Hay quienes llegan a contrariar algunas normas de la Iglesia Católica, afirmando que está equivocada o, peor, que es retrógrada o que no tiene sentido común. Así, sus ideas se ponen por encima de las de Dios, quien las dejó establecidas, por intermedio de la Iglesia que Él mismo fundó.

Ese aferramiento a algunas ideas llega, incluso, a disputas y a ofensas a hermanos en la Fe o a seres queridos, quienes —en nuestra mente, por supuesto— están por debajo de nuestras ideas.

El apego por las personas, que no es amor, sino egoísmo, es querer lograr beneficios personales de una relación. El esposo que ama a su cónyuge más por los beneficios que ella le depara que por el deseo de hacerla feliz, por ejemplo, la está usando, no amando. El día que comience a trabajar exclusivamente para hacerla feliz, sin esperar nada a cambio (ni siquiera la sensación de ser amado), ya podrá afirmar que empezó a amarla de verdad. ¿No es verdad que nuestro amor por los seres queridos está lleno de esas impurezas? Casi siempre esperamos algo a cambio.

Pero el apego más difícil de destruir en nuestras almas es el apego a nosotros mismos: ¡Cuánto nos importa el “qué dirán”, lo que los demás piensen de nosotros, su aprobación, su admiración, la imagen que proyectamos a los demás o a Dios…!

Muchas veces buscamos a Dios para servirnos de Él y no para servirlo a Él; Dios se convierte, entonces, en un objeto del cual nos valemos para sacar beneficios egoístas y no en el Dios a quien amamos.

¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

Él nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano.

Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama santidad.

Él nos demuestra con su vida, muerte y Resurrección que no hay sino un modo de llegar al Cielo: purificados.

Una opción es la santidad, la otra es el purgatorio. Todos podemos escoger: esperar a que después de la muerte se nos limpien las impurezas e imperfecciones para poder gozar de la bienaventuranza eterna o limpiarnos, en vida, de esos apegos y apetitos desordenados hasta no tener nada más que el corazón asido a Dios, llenándonos así de innumerables deleites y gozos espirituales, que serán para nosotros un presagio de esa imperecedera y creciente felicidad celestial.

Esa fue la senda que nos mostró Jesucristo y, en la historia, los que se consideraron cristianos —seguidores de Cristo—, hicieron lo mismo.

Solo así se explica que los santos hubieran sido capaces de vivir completamente desapegados de las criaturas y de sí mismos, y dedicados a dar gloria a Dios, a ayudarlo a salvar almas y a repartir su amor por doquier…

Solo así se entiende el martirio: amor más grande que ninguno, olvido de sí mayor que todos, entrega total; posible solamente porque ya no hay apego a nada, ni a sí mismos…

Purificados así, viviremos como Dios lo quiso inicialmente: en la misma condición de nuestros primeros padres antes del pecado original: en estado de inocencia y de gracia. De inocencia, es decir, sin apegos que nos desvíen del camino a Dios; y de gracia, llenos del Espíritu Santo, como nuestra Madre, la Virgen María quien, sin mancha de pecado original, vivió enteramente para Dios sus acciones, sus palabras, sus pensamientos y hasta sus sentimientos.

Cuanto más arraigados están los apegos a las cosas, a las ideas, a las personas y a nosotros mismos, tanto más duele arrancarlos del corazón. ¡Pero bien vale la pena! (Como se verá, este trabajo es imposible sin la ayuda divina.)

La falta de presencia de Dios

Una vez limpia el alma en el Sacramento de la Reconciliación, viviendo el amor a Dios en el cumplimiento de los mandamientos y entendida la necesidad del desapego para la unión divina, es necesario deshacerse de un error bastante común.

Si bien la palabra diálogo significa conversación entre dos personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos, muchas almas pasan su tiempo de «oración» haciendo meditación, esto es: aplicando con profunda atención el pensamiento a la consideración de Dios, o discurriendo sobre los medios de conocerlo o conseguirlo; y eso no es oración.

¿Qué sentiría el lector si, en este preciso momento, mientras lee estas líneas, oye el ruido de la puerta del lugar donde está, voltea la cara, y ve entrar al mismísimo Jesucristo, con su figura imponente, su barba majestuosa, su mirada penetrante y a la vez amorosa? ¿No es verdad que se asustaría? Se asustó María ante la presencia de un Ángel, tanto que él le tuvo que decir que no temiera; asimismo, en todas las apariciones del Antiguo y del Nuevo Testamento se repetía: «No temas», «No te asustes»…

Es que la presencia de cosas sobrenaturales sobresalta, impresiona.

Pues bien, si el alma no se impresiona durante el tiempo que dedicó a la oración, no hubo oración. Ese sobresalto es la señal de que estamos conscientes de con quién estamos tratando. ¿Acaso es posible que una criatura no sienta nada cuando está frente al Creador? Una pobre y pequeña criatura, con pecados y llena de imperfecciones, frente al dueño de todo, el Señor de señores, el Creador del universo visible e invisible, un abismo de infinita belleza, un abismo de infinita sabiduría… ¡Qué desproporción! ¡Cómo no se va a producir una impresión fuerte en el alma!

Más adelante se verá cómo Dios también impacta al alma dejándola en la desolación, en el desierto espiritual, en sequedad, en la noche…

Pero siempre que hay oración, hay impresión, efecto divino.

También más adelante se verá cómo la fe no consiste en imaginar a Dios sino en hacerse consciente de su presencia. Es saber que está ahí, aunque no se lo sienta, es estar seguros de que nos ve y nos oye…, ¡y de que nos habla! (Nos habla a su modo, claro está; y hay que aprender a escucharlo en ese modo, como se explicará en los últimos capítulos.)

CÓMO LOGRAR ESCUCHAR A DIOS

Lo primero que se debe considerar es cuándo y dónde habla Dios.

La Palabra de Dios

La Palabra de Dios, contrariamente a lo que se piensa ordinariamente, no está contenida únicamente en la Biblia.

Poco antes de su partida, Jesús les dijo a sus apóstoles:

«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.» (Mt 28, 19-20)

«Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación.» (Mc 16, 15)

Y, como lo cuenta la Biblia, así lo hicieron. Toda la doctrina contenida en esa predicación se llama la Tradición Apostólica. Tradición significa transmisión de noticias: según la orden de Jesús, se anunciaba, se transmitía la Buena Noticia o Evangelio, verbalmente.

Y esto lo cuenta también la Biblia:

«Pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, y el Dios de la paz estará con ustedes.» (Flp 4, 9)

Nótese que Pablo no dice: «pongan en práctica únicamente lo que les escribí»; dice: «pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído».

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles capaces de enseñar a otros.» (2Tm 2, 2)

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos» significa que se predicaba oralmente. 

La primera carta de Pablo a los Corintios se escribió mucho tiempo antes que los Evangelios, y en ella dice:

«Yo he recibido del Señor lo que a mi vez les he transmitido. El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía”. De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía”.» (1Co 11, 23- 25)

En esta carta, el apóstol dice que lo recibió del Señor y lo transmitió, antes de escribirlo; los Evangelios que cuentan este mismo pasaje se escribieron después. Esto significa que primero se dio la transmisión verbal —la Tradición Apostólica— y luego se escribió.

«Los alabo porque me son fieles en todo y conservan las tradiciones tal como yo se las he transmitido.» (1Co 11, 2)

«Hermanos, les ordenamos en nombre de Cristo Jesús, el Señor, que se aparten de todo hermano que viva sin control ni regla, a pesar de las tradiciones que les transmitimos.» (2Ts 3, 6)

Como se observa, se trata de la enseñanza recibida oralmente, es decir, la Tradición.

De esta tradición surgieron los 73 libros que componen la Biblia: son la recopilación de la transmisión oral de la Palabra divina.

Pero al leer la Biblia sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

El apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo: «En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Los sucesores de los apóstoles, que se elegían a través de la imposición de las manos, tienen la asistencia del Espíritu Santo.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo: 

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos.» (Ga 2, 6-7)

Y, ¿por qué se sometía a esa autoridad Pablo, el apóstol que dijo que el evangelio que predicaba lo recibió por revelación del mismo Cristo Jesús (Ga 1, 12)?

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta:  «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

Para informar toda la doctrina al pueblo cristiano de una manera más asequible se editó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde están todos los postulados de nuestra Fe, reunidos de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, y adaptados a la evolución de los tiempos. Así, el pueblo de Dios puede comprender mejor su Fe. El Catecismo es, por así decirlo, la explicación actualizada de la Palabra de Dios. Una vez leído y comprendido, meditado y estudiado, se puede entender mucho mejor la Biblia.

Por eso, quien desee conocer la Palabra de Dios que nos habla, debe remitirse primero al Catecismo de la Iglesia Católica, después a la Biblia y al Código de Derecho Canónico y, por último, a los demás documentos del Magisterio: Cartas y encíclicas pontificias, Documentos eclesiales, Liturgia y Escritores eclesiásticos (Padres de la Iglesia, Doctores, santos, etc.).

Quien así lo haga sabrá, de primera mano y con certeza, lo que Dios le habla a través de la Iglesia que Él fundó.

Las circunstancias

Pero Dios habla también a través de lo que nos acontece diariamente: alegrías y tristezas, triunfos y fracasos, muertes y nacimientos, avances y retrocesos en nuestra vida personal, familiar, laboral y social.

Nada escapa a su Providencia. Todo es suscitado o permitido por Dios para el bien de cada alma, tanto lo positivo como lo que llamamos negativo…

Aprender a interpretarlo es tarea difícil y larga.

La dirección espiritual

Tanto para interpretar lo que nos sucede en el alma como lo que acontece en el exterior —familia, trabajo, situación social— se requiere siempre de un director espiritual, llamado también guía espiritual, que oriente al alma y le ayude a interpretar al Espíritu Santo, es decir, a hacer el discernimiento de lo que sucede.

Sin él, como se verá en el capítulo  sobre la noche oscura del espíritu, es imposible lograr la unión con Dios.

Pero es importantísimo elegir bien al director de nuestra alma. Deben buscarse en él ciertas cualidades naturales y espirituales con las que podrá ejercer mejor su función:

  • Un buen director debe conocer a fondo la doctrina de la Iglesia Católica y poseer ciencia suficiente sobre la ascética (práctica y ejercicio de la perfección espiritual) y la mística (experiencia de lo divino), para tener la capacidad de discernir lo que está sucediendo en nuestras almas. 
  • Un buen director debe haber mantenido una vida de oración intensa por muchos años, de modo que posea la experiencia necesaria para encaminar a su dirigido hacia la santidad; estará así libre de muchos apegos y apetitos desordenados, que le entorpecerían o impedirían discernir, aconsejar y dirigir.
  • Un buen director debe ser un verdadero testimonio de vida: si es sacerdote, que sea obediente a la Iglesia, profundo en su trato con Dios, dedicado a servir a sus fieles, moderado en sus costumbres, etc.; si es un laico, que sea un modelo como esposo y como padre, que sea conocido por sus virtudes, que sea un ciudadano ejemplar, servicial, cumplidor de sus obligaciones laborales y sociales y, sobre todo, hombre de vida interior.
  • Un buen director debe poseer espíritu de discernimiento y prudencia para examinar los diversos movimientos del alma y los del Espíritu Santo (ojalá posea, además, el carisma de discreción de espíritus, un don regalado por el Espíritu Santo sólo a algunos).
  • Un buen director debe respetar la libertad individual y la vocación del dirigido: su tarea es conducirlo hacia el camino que le tenga preparado el Espíritu Santo.
  • Un buen director debe poseer la virtud de la humildad: sabe él que es poca cosa —nada— para realizar esa misión; pero acepta, por obediencia, servir así a sus hermanos cogido de la mano del Espíritu Santo y confiado totalmente a Él.
  • Un buen director debe trabajar con todo su empeño por la santidad de su dirigido orando intensamente por él y pidiendo luces para descubrir el camino que el Espíritu Santo quiere para esa alma en particular; y, además, ofreciendo por él sus labores, padecimientos y sacrificios.

Y, ¿cómo lograr una buena dirección espiritual?

  1. El alma dirigida debe comprometerse a buscar la santidad por todos los medios y con todas sus fuerzas; y que su meta sea la perfecta unión con Dios.
  2. Desde que un alma escoge a su director, asume de inmediato que sus sugerencias y consejos provienen del Espíritu Santo, ya que Él le otorga una gracia especial llamada «gracia de estado», que lo faculta para dirigir adecuadamente esa alma y para interpretar eficazmente sus movimientos interiores: verificará así, por ejemplo, si esos movimientos y deseos son de Dios, de su propia psicología o del Demonio. Todo esto se deriva en la obediencia: sujetarse al director es sujetarse a Dios.
  3. El director debe conocer bien el alma que guía: además de sus circunstancias personales, debe saber sus pasos y sus dificultades en el camino hacia la unión con Dios y —por lo tanto— en la oración, sus cualidades y sus defectos, el apostolado que realiza o quiere realizar, etc. Por eso, es indispensable que haya sinceridad a toda prueba; esa sinceridad implica también no callar lo que sucede: ni lo malo ni lo bueno.
  4. El dirigido debe comprometerse a orar diariamente por el director. Solo así se llevará a cabo la acción del Santo Espíritu en esa relación espiritual: el camino será más corto y más eficaz.

LAS MANERAS DE HACER ORACIÓN

Meditación y oración

Como ya se ha dicho, meditar no es hacer oración.

Para realizar la meditación, algunos expertos recomiendan la siguiente secuencia:

Primero, leer despacio y con atención una frase de las que aparecen en un libro de temas espirituales, como la Palabra de Dios; cerrar el libro, y realizar un análisis profundo del tema. En este momento pueden llegar a la memoria los escritos anteriormente consultados, las homilías y conferencias escuchadas y/o las confidencias hechas con almas más experimentadas…

Segundo, preguntarse cómo se está viviendo en el aspecto particular de que trata ese texto, qué hay que corregir y en qué se puede mejorar.

Tercero, sacar un propósito concreto.

Y cuarto, poner en práctica lo propuesto.

Quienes lean así los escritos espirituales poseen un gran conocimiento de la verdad. Son los que han comprendido la doctrina cristiana revelada por Dios, es decir, la Revelación: ya conocen los pormenores acerca de la tríada fundamental del cristiano: creación, de la Encarnación del Hijo de Dios y de la redención de la especie humana.

Así se descubren, por ejemplo, muchos aspectos de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: que se hizo hombre para que el hombre pudiera acercársele y comprenderlo mejor. Así, van conociendo poco a poco la personalidad de este Dios que también es perfecto hombre.

Lo pueden ver llorando la pérdida de su amigo Lázaro, lo que les enseña que tiene un Corazón de carne que ama como el nuestro; sentirse triste cuando el joven rico rechaza tácitamente su invitación a ser perfecto; pedir reiteradamente a Pedro que le diga que lo ama; dormirse en una embarcación azotada por las olas debido al cansancio…. En fin, miles acontecimientos que lo muestran no solo cercano al ser humano sino uno de ellos, como en el último momento de su existencia cuando clama agónicamente a su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».

La meditación de todas estas escenas lleva a quienes las hacen a compenetrarse con la amorosa figura de Jesús, Dios y Hombre verdadero, partícipe del género humano, que sintió hambre y sed, que se cansó, que vivió como uno más, aunque sin pecado, y que mostró su gran amor al morir desangrado en una Cruz, suplicio para ladrones, fuera de la ciudad, sin nada, sin amigos… Y viendo a su Madre deshecha por el dolor…

Jesús es, como lo dijo Él mismo, el camino, la verdad y la vida del ser humano.

Ese conocimiento de la vida, del camino, de la verdad —Cristo—, se va incrementando paulatinamente, y cada ser humano va descubriendo que así como desde el Cielo Dios nos perdonó, es decir, nos justificó; asimismo, que desde la tierra, desde nuestra realidad humana, nace esa verdad salvadora, como lo explica muy bien san Agustín, obispo de Hipona, analizando un salmo:

«La verdad brota, realmente, de la tierra, pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la justicia mira desde el Cielo, pues nadie es justificado por sí mismo, sino por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el Cielo, porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en María. Y la justicia mira desde el Cielo, porque nadie puede apropiarse nada, si no le es dado del Cielo».[1] 

Pero es probable que de la meditación pura se llegue con alguna facilidad a la oración:

«Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara, ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.»

Esto es oración de agradecimiento. Como también es oración es la bendición, la adoración, la petición, la intercesión o la alabanza.

Aquí ya hay trato a Dios. Falta, ahora, el trato con Dios: que Él responda; y que el alma lo oiga.

La contemplación

La contemplación puede iniciarse, por ejemplo, en el momento en el que el alma se pone en la presencia de Dios:

De este lugar y tiempo en que nos encontramos, podemos pasar al estado en que se encuentra Dios, a la eternidad: no hay tiempo (no existe el «antes» ni el «después», sólo el «ahora»), no hay espacio (no subsiste el «aquí» ni el «allá»).

Con los ojos cerrados a las realidades terrenas, en ese estado que llamamos eternidad, podemos encontrar a Dios: la perfección absoluta, la finalidad de toda criatura, la fuente de todo ser («Yo soy el que soy» [Ex 3,14]), el Creador de todo lo visible y lo invisible, en toda su majestad…, allí, frente a nosotros.

Él y yo…, ¡qué diferencia abismal!

De pronto el alma se queda sin habla:

Quería darle las gracias…, pero Él es la fuente de todas las gracias.

Quería bendecirlo por lo que nos ha dado y por lo que ha hecho de nosotros, sus pequeñas criaturas, pero Él es el único que puede dar una bendición…

Quería decirle que soy todo suyo, pero me encuentro con el dueño de todo…, ¡con quien me hizo de la nada!

Quería agradarlo…, pero me mira con esos ojos tan amorosos, ¡infinitamente amorosos! ¡Y soy yo quien se siente tan agradado…!

Quería darle, pero me llena de Él, me sacia, y al mismo tiempo me hace sentir vacío sin Él…

O, por el contrario, me acerca a su Cruz… O me lleva a Getsemaní para que contemple (¡contemplación!) su intenso sufrimiento que le hace reventar sus vasos sanguíneos y derramar gotas de sangre… O me llena de su dolor por las almas…

Y, entonces, el alma puede moverse a pensar que en el universo, en la creación entera, es una simple y pequeña criaturita; y que por eso debe hacerse el propósito de vivir para adorar, glorificar y servir con toda humildad y sencillez al Dios todopoderoso que le dio la vida y todas esas cosas que hicieron de él el Rey del Amor…

En fin, son muchos los caminos que puede recorrer un alma humilde en la tierra de la contemplación, pero siempre será llevada por Dios hacia sí, propósito de toda oración.

Para explicar esto mejor se inserta a continuación un escrito realizado por el padre J. M. Dumortier, que habla de la Lectio divina [2]:

La lectio divina es un diálogo con Dios que me ha elegido como interlocutor. Dios me habla y espera de mí una respuesta. Este dialogo se articula en cuatro momentos clásicos. Todo hombre debe ejercitarse de continuo en subir estos cuatro escalones de la «escala espiritual», esa escala que une la tierra con el cielo. No se trata de un esquema rígido ni de una sucesión de actitudes fríamente establecidas. En realidad, estas actitudes se superponen y se entremezclan entre sí.

En la historia del cristianismo, hay que esperar al siglo XIV para que un monje, el cartujo Guido II, se decidiera a sintetizar la experiencia viva de la Palabra de Dios, hecha durante los siglos anteriores, en esos cuatro momentos nacidos de un único impulso del Espíritu Santo. ¿Cómo se relacionan esos pasos entre sí? El autor nos ofrece esta sugestiva imagen: «La lectura (lectio) lleva a la boca el alimento sólido; la meditación (meditatio) lo mastica y lo tritura; la oración (oratio) lo saborea; y la contemplación (contemplatio) es la dulcedumbre misma y el gozo que penetran hasta la médula».

  1. Con la lectura, yo me pongo a la escucha de Dios que me dirige su Palabra. Despliego las velas para que el Espíritu Santo haga avanzar mi barca. Esta escucha atenta es un acto que me compromete y que exige de mí una respuesta personal: «Sí, Señor, estoy dispuesto a jugarme la vida por tu Palabra». Audire (escuchar) se convierte en obediere (obedecer), en una completa sumisión a la Palabra de Dios.
  2. La meditación es un concepto muy amplio, que incluye la profundización, sirviéndonos de la ayuda del entendimiento y la imaginación. Con el pico y azadón de mis facultades trato de descubrir el «tesoro escondido». Pero si quiero que la Palabra de Dios pueda llegar a las zonas más profundas de mi ser y hacer vibrar mis fibras más íntimas, debo crear dentro de mí un espacio de resonancia, «abrir mi corazón».

Cuando un aria musical te ha impresionado, sigue resonando en tu interior, y experimentas la necesidad de recogerte para acogerla y saborearla en la intimidad de lo mejor de tu persona. De igual manera, la Palabra de Dios, para pasar de las zonas exteriores a las zonas íntimas de tu corazón dilatado por la fe y el amor, exige recogimiento y apertura. San Agustín llama hermosamente a este espacio interior «la boca del corazón». De ahí la metáfora de la asimilación de los alimentos. La Palabra de Dios que recibo debe ser triturada, masticada, rumiada: «María conservaba cuidadosamente todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Cada palabra debe ser sopesada para que pueda revelarme la plenitud de su significado, e impresa en la memoria para que pueda penetrar en mis zonas inconscientes. San Francisco se atreve a afirmar que aprender la Palabra de Dios de memoria es más provechoso que recorrer millares de sabios tratados.

Cuando el lector asimila la Palabra de Dios, ésta se incorpora a él, y lo va asemejando a Dios para vivir en Él. Si te acercas asiduamente a la Palabra de Dios por medio de este tipo de meditación, adquirirás una especie de segunda naturaleza. La Palabra de Dios asimilada formará parte de ti mismo: irá modelando tu vida, tus pensamientos, tus sentimientos…, y te identificará con Cristo. Con el tiempo, la memoria puede reemplazar al libro. Y entonces la lectura en la intimidad del corazón puede hacerse en cualquier circunstancia: en los desplazamientos, durante el trabajo, etc. Espontáneamente aflorará en los labios un pensamiento, un salmo que vive en el corazón. Esas frases bíblicas pueden tomar la forma de oraciones breves y frecuentes lanzadas como flechas hacia el Señor (jaculatorias), ya sea formuladas con los labios, ya de forma puramente mental. Y no serán repeticiones monótonas, sino la gozosa proclamación de una palabra siempre fresca y rebosante de vida.

  1. La lectura y la meditación son ya oración. Pero el tercer peldaño de la escala, la oración, pone de relieve el hecho de que la oración cristiana es esencialmente una palabra «devuelta» a Dios, un consentimiento a lo que Él me ha hecho comprender vitalmente. He leído la Palabra de Dios y la he rumiado en mi corazón. Y ahora yo repito a Dios esas mismas palabras cargadas con toda mi vida y con todo mi amor. La Palabra de Dios no está solo en el centro de mi escucha, sino también en el centro de mi respuesta.

La oración no es un razonamiento árido ni una ilusión sentimental, sino una reacción espontánea ante la contemplación del Misterio que la Palabra escuchada me revela. Cuando esta efusión espontánea se agota, volvemos al texto para «reaprovisionarnos». Esta reacción suscitada por el Espíritu Santo es lo que san Pablo llamaba «gemidos inefables» del Espíritu, gemidos que Él ha puesto en la mente o en los labios de los amigos de Dios mucho antes de ponerlos en los nuestros. Esa oración bíblica nos pone, pues, en contacto vivo con la Fe, la Esperanza y la Caridad, que animaron al pueblo de la Biblia a lo largo de su peregrinar.

  1. La contemplación es la última etapa, que encierra una experiencia sumamente rica, independientemente de las gracias místicas extraordinarias. Dios nos introduce en la «celda secreta» para alegrar el alma y llenarla del poder y de la dulzura de su Presencia, anticipando así el cielo para ella. El Señor recrea de nuevo, refresca, nutre, sacia y renueva. Ante los ojos de la fe se despliega el poema de las «maravillas de Dios», los «gestos» que revelan su Santidad y su Misericordia. El alma reboza de gozo, la inteligencia de luz, y el espíritu se siente arrebatado por el amor de las realidades invisibles. Más allá, ya solo existe la contemplación sin velos, la celestial.

EL ASCENSO ESPIRITUAL

La ascética y la mística

El recorrido espiritual se hace de dos modos:

  1. La ascética, práctica y ejercicio de la perfección espiritual, en la que el alma se esfuerza con oraciones y sacrificios y lucha por la perfección, por la santidad.
  2. La mística, experiencia del alma con lo divino, experiencia del «yo» personal con Dios, en la cual es Dios quien realiza los movimientos interiores del alma.

Quiere decir esto que en ocasiones el individuo se mueve por sí mismo, mientras que en otras es Dios quien lo atrae.

San Juan de la Cruz llama a estos movimientos espirituales manera y modo activo, cuando la persona realiza algo para acercarse a Dios, y manera y modo pasivo, cuando es Dios quien se encarga de producir el acercamiento del alma hacia sí mismo.

Es frecuente que estas maneras —activa y pasiva— se entremezclen sin razón aparente, siendo muchas veces Dios el único que sabe por qué.

Pasivamente, se dan ocasiones en las que el alma recibe, por ejemplo, manifestaciones sobrenaturales (visiones, locuciones, revelaciones, sentimientos, unciones de espíritu, etc.).

En esos casos, el alma puede preguntarse cómo interpretarlas: ¿Son estas manifestaciones de Dios? ¿Acaso mi imaginación las produce? O, por el contrario, ¿provienen del demonio? Y el director espiritual, muchas veces, es quien puede hacer su discernimiento.

Aunque este tema se tratará con profundidad en los próximos capítulos vale la pena anticiparse un poco para comprender algunos aspectos.

San Pablo de la Cruz enseña cómo interpretarlas pues, si vienen de Dios, dejan siempre 5 resultados:

  1. Una concepción de la inmensidad de Dios, de su grandeza: su infinita belleza, su infinita bondad, su infinita sabiduría, su infinito amor…
  2. Una concepción de nuestra pequeñez, de nuestra pobreza, de nuestra condición de pecadores. El alma se hace consciente de que sin Dios es nada, no tiene nada, no vale nada, no puede nada.
  3. Una paz duradera.
  4. No querer compartir la experiencia con nadie.
  5. Una sensación de no poder entender ni explicar el fenómeno del todo (las cosas de Dios son incomprensibles e inefables: cuanto más lo sean, tanto más seguro es que son de Dios).

Además, es muy frecuente que se presente el deseo vehemente de participar de la Cruz de Nuestro Señor, sufriendo cuanto se pueda, por el amor tan grande que se siente por Él, por saber que somos nosotros quienes nos merecíamos el dolor que Él soportó, por no querer dejarlo solo con su sufrimiento, por el deseo de salvar almas…

Por el contrario, la paz que el demonio imprime es pasajera y las almas sienten cierta satisfacción oculta por ser beneficiarios de tales regalos espirituales, lo cual es soberbia de la más refinada.

Las virtudes teologales

La meditación y la oración hacen nacer en el corazón del individuo una necesidad de conocer, junto con el Hijo, al Padre eterno y al Espíritu Santo, esto es, a la Santísima Trinidad.

Para lograr eso, son indispensables las tres virtudes teologales:

La primera es la Fe, luz y conocimiento sobrenatural con que sin ver se cree lo que Dios dice y la Iglesia propone.

La Fe es la virtud teologal que nos hace creer firmemente en todo lo que decimos en el Credo y en todo lo que contiene el Catecismo de la Iglesia Católica. Creemos —por ejemplo— en Dios, a pesar de que no lo veamos, no lo oigamos, no lo sintamos. La Fe deja de ser Fe cuando vemos a Dios, cuando lo oímos, cuando lo sentimos.

Lo que se vio a propósito de la presencia de Dios en los obstáculos para hacer oración cabe aquí.

La segunda es la Esperanza, por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido.

La tercera virtud es la Caridad, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos:

Son estas virtudes teologales las que servirán al alma en su ascenso a Dios.

LOS PRINCIPIANTES

Es muy frecuente encontrar que a las almas que se determinan a servir a Dios, Él les vaya dando deleites espirituales, del mismo modo que lo hace una madre con su hijo pequeño; por eso, pasan grandes ratos en oración e, incluso, las noches enteras; sus gustos son las penitencias y los ayunos; sus consuelos son usar los sacramentos y la comunicación de las cosas divinas: lo que los mueve a hacer todo es el gusto y el consuelo que encuentran en ello[3].

Y también es frecuente que sufran de los males establecidos por san Juan de la Cruz y que él denomina los vicios capitales:

La soberbia[4]

Por su imperfección, les nace muchas veces cierto grado de soberbia oculta, con la que llegan a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos.

Sienten cierto deseo vano de hablar cosas espirituales delante de otros y, a veces, hasta de enseñarlas, más que de aprenderlas.

Condenan en su corazón a otros cuando no les ven los estilos de devoción que a ellos les gustaría que tuvieran, y hasta a veces lo dicen en voz alta.

A veces, no aceptan que los demás parezcan buenos (solo de ellos mismos se puede decir que son buenos); y así, con obras y palabras, cuando tienen la oportunidad, los condenan y los desprecian.

Otras veces, cuando sus directores o guías espirituales no les aprueban su espíritu o su modo de proceder (porque tienen gran deseo de que los estimen y alaben), juzgan que lo que sucede es que no los entienden o que los directores no son muy espirituales, y hasta procuran tratar con otro director que cuadre con su gusto.

En ocasiones tienen tantas ganas de que les entiendan su espíritu y su devoción, que hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, preferiblemente en público, no en secreto.

Muchos quieren ir por delante de su confesor, de lo que resultan mil envidias e inquietudes. Se privan de decirle sus pecados desnudos para que no los valoren en poco, y los van coloreando para que no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decirle lo malo, de modo que el confesor habitual no piense que tienen errores y pecados, sino que todo lo que hacen es bueno.

También algunos de estos creen que sus faltas son pequeñas. Otras veces se entristecen demasiado al verse caer en ellas, pensando que ya deberían ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección.

Tienen muchas veces gran ansiedad de que Dios les quite sus faltas e imperfecciones, no tanto por amor a Dios, sino para no sentirse mal y experimentar paz.

Son enemigos de alabar a los demás y muy amigos de que los alaben.

Por el contrario, los que van avanzando hacia la perfección, valoran sus propias cosas como si fueran nada, y viven muy poco satisfechos de sí mismos; mientras que a todos los demás los tienen por superiores. Conocen cuánto merece Dios y lo poco que es todo cuanto hacen por Él; y así, consideran que hacen siempre muy pocas cosas por Dios. Y están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. Desean también que los demás los valoren poco, que hablen mal de ellos y que desestimen sus cosas. Cuando otros los alaban y estiman, no lo pueden creer, y les parece cosa extraña que digan esas bondades de ellos. Además, aceptan gustosos los consejos y desean que cualquiera les enseñe.

Los principiantes, en cambio, querrían enseñar todo, y hasta cuando alguien les está enseñando algo, ellos mismos toman la palabra, para demostrar que ya se lo saben. Los más avanzados, lejos de querer ser maestros de nadie, están muy dispuestos a cambiar de camino y a andar por ese nuevo camino, si así se lo pidiera su director espiritual, porque piensan que no aciertan en nada. Tampoco tienen ganas de contar sus cosas, porque las consideran inútiles y pequeñas; más gana tienen de decir sus faltas y pecados, que sus virtudes; hablan con simplicidad, para que su director espiritual los entienda; y se inclinan más a tratar de su alma con quien menos los valora y menos valora sus cosas y su espíritu.

La avaricia[5]

Muchos andan muy desconsolados y quejumbrosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Otros no se cansan de oír consejos y aprender preceptos espirituales, de tener y leer muchos libros que traten de estos temas; y se les va más tiempo en eso que en mortificarse y perfeccionarse en la pobreza espiritual que deben tener.

Se llenan de imágenes, reliquias, cruces y rosarios curiosos: usan unos primero, y luego usan los otros porque los primeros ya no les satisfacen. Se aficionan a unos por ser más curiosos que otros.

No obstante, los que van bien encaminados no se aferran a estos instrumentos, ni les importa saber mucho acerca de ellos, solo lo que se necesita para tener una buena devoción, y agradar así a Dios.

La lujuria[6]

A algunas almas, a veces les aparecen deleites sensuales inferiores cuando están tratando de vivir experiencias espirituales, como por ejemplo cuando están haciendo oración, cosa que no desean, pero de lo cual se aprovecha el demonio, quitándoles la quietud espiritual e inquietándolos, para que aflojen en la oración y hasta para que la dejen de hacer. Luego les viene un temor de que les aparezcan esas representaciones lujuriosas, temor que los hace sufrir.

Otras veces aparece lujuria con otras personas, creyendo que se trata de afectos espirituales. O les nace la tentación de tener deseos o representaciones morbosas, o de recordar algunas pasadas.

La ira[7]

Otros, cuando se les acaba el sabor y el gusto en las cosas espirituales, se sienten mal y se irritan por cualquier pequeñez, como el niño que se aparta del pecho.

Hay otros que se indignan contra los defectos o vicios ajenos, con cierto ardor intranquilo, y a veces les dan impulsos de llamarles la atención por sus errores, y hasta lo hacen, haciéndose así dueños de la virtud.

Otros, cuando se ven imperfectos, con impaciencia, se enfurecen contra sí mismos; querrían ser santos en un día. Como no son humildes ni desconfían de sí mismos, cuantos más propósitos hacen tanto más caen y tanto más se enojan.

La gula[8]

Algunos, engolosinados con el sabor y el gusto que hallan en los ejercicios espirituales, procuran más el sabor del espíritu que la pureza y moderación.

Atraídos por el gusto que encuentran, algunos se matan con penitencias, y otros se debilitan con ayunos haciendo más de lo que soportan, sin orden ni consejo del director espiritual, antes “haciéndole trampa”; y hasta se atreven a hacerlo aunque le han mandado lo contrario.

Imperfectísimos, gente sin razón, no saben que el estar sujetos al director espiritual y la obediencia es penitencia de razón y de moderación, y por eso mejor aceptada y preferida por Dios que la penitencia corporal.

Piensan que el gustar y sentirse satisfechos es servir a Dios y satisfacerlo.

Cuando comulgan y no sienten gusto o sentimiento, piensan que no han hecho nada, lo cual es juzgar bajamente a Dios.

Quieren sentir a Dios y gustarlo como si fuese comprensible y accesible.

En la oración piensan que lo importante es hallar gusto y devoción sensible, y cuando no han encontrado ese placer, se desconsuelan mucho pensando que no han hecho nada, y tienen mucha desgana y repugnancia de volver a orar. Y hay quienes a veces dejan la oración.

Son muy flojos y perezosos en ir por el camino áspero de la cruz; el Señor por momentos los cura con tentaciones, sequedades y otros padecimientos.

La envidia[9]

A los principiantes les suele disgustar el bien espiritual de los otros, y les da alguna tristeza que les lleven ventaja en ese camino.

En cambio, los aprovechados, si alguna envidia tienen, es la envidia santa de no tener las virtudes con las que otros le dan gloria a Dios; pero, al ver que otros tienen esas virtudes, se sienten muy contentos. Además, les entusiasma que todos vayan más adelante en el camino de la perfección, ya que así sirven a Dios en lo que ellos fallan.

La pereza espiritual[10]

Otra característica de los principiantes es la pereza espiritual o tedio en las cosas que son más espirituales.

Si alguna vez, haciendo oración, no hallan la satisfacción que deseaban (porque, como se verá más adelante, conviene que Dios les quite esa satisfacción para probarlos), no quieren volver a hacerla o van de mala gana o, a veces, la dejan.

Muchos de estos querrían que Dios quisiera lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, sintiendo repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. Por eso creen que lo que no les gusta es porque no es voluntad de Dios; y, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, creen que Dios se satisface. Y también sienten fastidio cuando su director les manda algo que no les gusta.

Son muy flojos para las cosas que exigen fortaleza y, también, para trabajar en su perfección personal.

Se ofenden cuando Dios les manda la cruz, metiéndolos en la noche oscura (que se explicará en el siguiente capítulo) donde Dios los desteta de estos gustos y sabores, y los deja en puras sequedades y tinieblas interiores, para quitarles todas estas impertinencias y niñerías.

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Para que el principiante pueda ascender y avanzar al siguiente nivel, lo primero que debe comprender es que cuanto más nublados estén sus ojos tanto menos verán a Dios. Por eso, si esa alma desea ver a Dios, es decir, desea tener un contacto inicial con él, debe retirar de sus ojos los nublamientos, que consisten en sus apegos y, por consiguiente, deberá mortificar sus apetitos.[11]

La alteza y la dignidad de un ser humano se miden por sus apetitos: hay muchos que van tras lo creado, tras las criaturas; mientras que otros van en pos del Creador[12]. De esta idea se desprende otra que ubica al lector en la esencia del camino propuesto por este santo: es necesario que el alma esté limpia y purificada de todo apetito inferior, y que se deshaga de sus apegos, para que Dios llegue a ella, ya que Dios no puede competir con las criaturas.

Además, los apegos voluntarios producen en el alma los siguientes daños:

*                 El alma trabaja y trabaja fatigándose por obtener algo y, lo que es peor, nunca se satisface, pues cada vez desea más. Esto sucede porque el alma no fue hecha para saciarse de los bienes, sino que Dios es el único que puede llenar su corazón. Luego se cansa más y más el alma por conseguir lo que sus apetitos le piden, cansancio que crece porque aumentan los apegos.[13]

*                 Los apetitos son una carga pesada para el alma, ya que ella se apega cada vez más, y así pierde poco a poco la libertad, atándose a esos bienes terrenos y llenándose de concupiscencias o deseos desmedidos de ellos, lo cual le trae tormento.[14]

*                 Estas concupiscencias oscurecen la luz del Sol–Dios, única fuente de la paz y gozo verdaderos; también pueden oscurecer la luz de las potencias del alma: el entendimiento, la memoria y la voluntad. El entendimiento, que podría ilustrarla adecuadamente, se nubla; por eso se dice que el alma queda hasta cierto punto ciega. Se enceguece también la voluntad, que queda sin habilidad para abrazar a Dios con amor puro. Y, por último, se afecta también la memoria, pues queda ofuscada por las tinieblas del apetito, que no puede informarse con serenidad de la imagen de Dios.[15]

*                 El alma que se apega a una cosa queda, por así decirlo, sucia con esa cosa, que, en ningún modo, tiene la dignidad de Dios, a quien debe tender por naturaleza todo ser humano. Así, por ese apego, el entendimiento queda confundido, la voluntad llora por lo creado y la memoria ya no recurre a Dios.[16]

*                 Aparece, además, la flaqueza, cierta debilidad del alma para esforzarse en las virtudes y en el camino de la perfección espiritual; y con esa flaqueza viene la tibieza, ese querer pensar que lo hecho es ya suficiente, y no desear luchar más, sintiéndose el alma pesada y perezosa… Y es que el apetito repartido en varias criaturas es siempre menos fuerte que si estuviera entero en una sola cosa.

Cuanto más transparente sea un cristal tanto más dejará pasar la luz del Sol[17], entendiéndose este Sol como Dios y el cristal como una membrana que cubre al alma; de modo que si el alma está llena de apegos, a la luz de Dios se le impedirá su acceso al alma; mientras que el ser desapegado de las cosas materiales y de sí mismo logrará que Dios lo impregne y comience a sentir los gozos y placeres más maravillosos que puede experimentar.

Ya lo había dicho el mismo Jesús: El que no renuncia a todas las cosas que con su voluntad posee no puede ser mi discípulo (Cf. Lc 14, 33)[18], significando con eso el desapego de los bienes. Y para expresar el desapego de sí mismo dijo: Si alguno quiere seguir mi camino niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame; porque el que quisiera salvar su alma la perderá, pero el que por mí la pierda la ganará (Cf. Mc 8, 34-35; Jn 12, 25). Y por eso también aclaró a quienes le pedían un buen puesto en la gloria del Cielo que debían primero beber el cáliz de dolor que Él tenía que beber (Cf. Mt 20, 22).

Para lograr esta purificación, es preciso desnudar el alma de su modo de entender, saber, sentir, imaginar, parecer; de su voluntad, de sus cosas, de sus obras; como el ciego que cree a sus seres queridos lo que le dicen sin poderlo constatar con la vista; es decir, con fe. Así es la Fe que necesita el alma para empezar a caminar hacia la unión con Dios «de manera que los que no ven vean, y los que ven se hagan ciegos» (Jn 9, 39). Se trata entonces de cegar el alma de sus propias luces naturales, de manera que vea sobrenaturalmente[19].

Estos principiantes, entonces, necesitan una primera purificación, que san Juan de la Cruz prefiere llamar reformación y refrenamiento del apetito [20], primera noche o noche oscura del sentido, para pasar al estado o nivel de los aprovechados. Estos ya no son los que simplemente meditan en el camino espiritual, sino que son verdaderas almas contemplativas[21], que van descubriendo la luz pura y sencilla que siempre está ahí, y que les quita del todo los impedimentos, molestias y velos, quedándose en la desnudez pura y en la pobreza en el espíritu[22], para acceder, sin trabajo, a la paz, al descanso, al sabor y al deleite[23] de la contemplación, el cual es el tema que sigue a continuación.

 

LA NOCHE OSCURA DEL SENTIDO

Amarga y terrible para el sentido[24], esta noche presagia, sin embargo, deleites y gozos espirituales que superan con creces los placeres biológicos, emocionales o afectivos, tanto como el Creador supera a cualquier criatura.

Con el fin de que Dios introduzca al alma en esta noche oscura del sentido, el alma debe disponerse adecuadamente, así[25]:

Þ  Imitar a Cristo. El alma debe tratar de actuar como Él actuó; hablar como Él habló; e incluso pensar como Él pensó.

Þ  Renunciar a todos los gustos que no sean para la honra y gloria de Dios.

Þ  Tratar de eliminar de la vida lo fácil, lo sabroso, lo gustoso, el descanso, el consuelo, lo que se cree mejor, el apetecer las cosas temporales; y reemplazar todo eso por sus contrarios (lo difícil, lo poco agradable, etc.), para ir logrando la desnudez, el vacío y la pobreza en el espíritu.

Þ  Obrar en desprecio propio y desear que todos lo hagan para ir eliminando la concupiscencia de la carne (el apego por los placeres); hablar con desprecio propio y desear que todos lo hagan para ir suprimiendo la concupiscencia de los ojos (el deseo por lo creado); y pensar con desprecio propio y desear que todos lo hagan para anular paulatinamente la soberbia de la vida.

Por otra parte, debe saberse que para entrar en la noche oscura del sentido, las potencias del alma deben ser reemplazadas por las virtudes teologales así:

El entendimiento debe vaciarse y oscurecerse para dar lugar a la virtud de la Fe.

La memoria debe vaciarse para dar lugar a la virtud de la Esperanza.

Y la voluntad debe vaciarse, quedar desnuda de todo afecto y ser indiferente a todo lo que no sea Dios, para dar lugar a la virtud de la Caridad[26].

1. El entendimiento y la virtud teologal de la Fe

El entendimiento es la potencia del alma, en virtud de la cual, ella concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce.

Nace entonces el deseo de conocer a Dios a través del entendimiento. Pero la distancia que hay entre la esencia del ser divino y la de la criatura es infinita. Por eso es imposible que el entendimiento llegue a Dios por medio de las criaturas.[27]

Es, entonces, indispensable que el entendimiento esté desnudo y desocupado de todo, para que Dios, a través de la Fe, llegue al alma; es necesario que se ciegue a todo lo que no sea la virtud de la Fe.[28]

Y, ¿cómo recibe el entendimiento esas comunicaciones de las que debe cegarse? Hay dos vías, que se describen en el siguiente cuadro:

Vías por las que el entendimiento recibe comunicaciones[29]

    1. La vía natural
      1. A través e los sentidos corporales
      2. Por sí mismo, es decir, el modo natural de conocer y de deducir
    2. La vía sobrenatural
      1. Comunicaciones corporales
        1. Sentidos exteriores
        2. Sentidos interiores
      2. Comunicaciones espirituales
        1. Distintas y particulares
        2. Confusa, oscura y general

Siendo obvias las vías naturales para recibir comunicaciones, se pasan a explicar las sobrenaturales:

Las vías corporales están divididas en dos, como se ve en el cuadro: las que vienen a través de los sentidos exteriores y las que llegan por los sentidos interiores.

Los sentidos exteriores[30] consisten en ver, oír, oler, gustar y tocar cosas extraordinarias. Con el primer sentido, por ejemplo, se ven figuras, personajes, santos, ángeles, etc.; también se pueden oír palabras de estos personajes o palabras que no se sabe quién las dice; a veces se sienten olores suavísimos que no se sabe de dónde provienen; aparecen sabores suaves y tactos de gran deleite (llamados por algunos «unción del espíritu»)…

Aunque estos sentidos exteriores pueden provenir de Dios, nunca se debe asegurar que así sea ni se deben admitir ni aceptar; antes, por el contrario, se debe huir de las comunicaciones o conocimientos que lleguen por estas vías, pues por el hecho de que son externas, muy poca certeza hay de que vengan de Dios, ya que es más propia de Dios la comunicación a través del espíritu que a través del sentido corporal.

Además, hay mucho peligro de engaño cuando la comunicación viene por el sentido, pues el sentido corporal se hace juez de ellas pensando que son así, como las siente; y debe saberse que el sentido corporal es más ignorante en las cosas espirituales que un animal en las cosas racionales.

Otra cosa que sucede es que lo que se experimenta con los sentidos tiene el peligro de inducir a disminuir la Fe, ya que el alma se acostumbra a apoyarse más en esas experiencias. También existe para el alma el riesgo de engolosinarse en esas cosas y de no poder volar así hacia las cosas del espíritu.

Existe otro peligro adicional, que es que el alma, al recibir y aceptar estas cosas extraordinarias, puede llegar a sentirse algo delante de Dios, lo cual no es humildad, virtud indispensable para el crecimiento espiritual.

Por otra parte, el demonio aprovecha con frecuencia la oportunidad para producir en el alma cosas parecidas a esas visiones o a esos olores, etc., las cuales disfraza y disimula con gran sagacidad, pues puede «transfigurarse en ángel de luz» (2Co 11, 14), y dañar el camino hacia Dios.

Por último, recuérdese que si el alma no está desnuda de estas comunicaciones, estará totalmente impedida para avanzar espiritualmente.

Los sentidos interiores[31] son la imaginación y la fantasía naturales. La primera reflexiona imaginando; la segunda, forma la imaginación fantaseando. He aquí unos ejemplos: imaginar a Cristo crucificado, en la flagelación o en otro momento de su vida; o imaginar a Dios con gran majestad en un trono; considerar su gloria como una gran luz, etc. O también, de modo semejante, otras cosas divinas o humanas.

Es mejor evitar estas cosas por las siguientes razones:

Así como un ciego de nacimiento no puede comprender los colores, por más imágenes que les fabriquemos, la imaginación no puede fabricar cosas distintas a las que conoce por los sentidos. Menos podrá imaginar a Dios, por más pensamientos elevados haga de Él, puesto que las criaturas son infinitamente inferiores, sean cosas o personas. Un fuego o un resplandor hermoso, por ejemplo, está muy lejos de la realidad divina.

Mientras los principiantes necesitan de estas imaginaciones y fantasías para irse enamorando de Dios y llenando su alma, los aprovechados no utilizan esos medios remotos para unirse con Dios: pasando por la noche del sentido van aprendiendo a ir directamente a Dios, concentrando la atención en Él, de modo amoroso, en una quietud en la que no cabe la imaginación.

Por eso, el alma debe aprender a estar fija la atención en Dios, aun cuando no pueda meditar; sosegado el entendimiento, aunque le parezca que no hace nada; porque así, poco a poco, se infundirá en su alma sosiego y paz divinos con admirables y elevadas comunicaciones de Dios, envueltas en amor divino.

Al alma le es imposible recorrer este camino por sí misma; es necesario que, además del esfuerzo personal para erradicar esos defectos y errores, Dios la introduzca en esta noche oscura del sentido, y la lleve de la mano al nivel de los aprovechados. Eso mismo hará cuando, más adelante, conduzca a los aprovechados por la noche oscura del espíritu al nivel de los perfectos.

Aquí termina la explicación de lo que concierne a la eliminación de los estorbos con los que el entendimiento impide el buen desarrollo de la virtud teologal de la Fe, en lo que se refiere a la noche oscura del sentido. Quedan pendientes las vías espirituales que, según se deduce, hacen parte de la segunda noche —la del espíritu— por la que pasa el alma para llegar a la unión perfecta con Dios.

2. La memoria y la virtud teologal de la Esperanza

La memoria es la potencia del alma, por medio de la cual se retiene y se recuerda el pasado.

Las comunicaciones que el alma posee a través de la memoria se clasifican así:

Experiencias de la memoria

    1. Naturales
      1. Las que forma de los sentidos
      2. Lo que la memoria fabrica y forma
    2. Sobrenaturales
      1. Visiones
      2. Revelaciones
      3. Locuciones
      4. Sentimientos
    3. Espirituales
      1. Acerca del Creador
      2. Acerca de las criaturas

Dios no cabe en ninguna comunicación ni experiencia humana, ya que Dios no tiene forma ni imagen que pueda ser comprendida por la memoria. De hecho, cuando el alma está unida a Dios (en el nivel de los perfectos), se queda sin forma ni figura, se pierde la imaginación, se olvida de todo (no se acuerda de nada) y se empapa en un bien incomparable.

Así como se explicó para el entendimiento, es indispensable entonces que la memoria esté desnuda y desocupada de todo, para que Dios, a través de la Esperanza, llegue al alma: es necesario que se ciegue a todo lo que no sea la virtud de la Esperanza.

Tres cosas iniciales deben considerarse[32]:

*                 Toda posesión de la memoria va en contra de la virtud de la Esperanza

*                 Cuanta más Esperanza posea un alma tanta más unión con Dios logra

*                 Cuanto más espera el alma tanto más alcanza

Las experiencias naturales[33] provienen de todo lo que el alma pudo oír, ver, oler, gustar, palpar, y de lo que la memoria fabrique y forme.

Aquí puede aplicarse todo lo concerniente al mismo tema tratado para el entendimiento y la Fe.

Tres daños llegan al alma cuando no se deshace de las experiencias que guarda la memoria: el mundo, el demonio y el impedimento para la unión con Dios.

El mundo[34], es decir, todo lo que el alma guardó en la memoria cuando vio, oyó, tocó, olió y gustó. El alma queda sujeta a muchos daños por medio de las experiencias y razonamientos que tuvo: se le pegan las antiguas aficiones, juicios, dolores, temores, odios, esperanzas inútiles, gozos y vanas glorias, falsedades, pérdida de tiempo, engaños, etc. Estas imperfecciones, o a veces incluso pecados veniales, nacen cada vez que el alma se acuerda con la memoria, aun cuando trate de que no se le peguen, pues entran al alma de un modo sutil. Por eso, conviene desecharas de la memoria.

El demonio[35] puede añadir formas, comunicaciones y razonamientos, con las que induzca al alma a la soberbia, avaricia, ira, envidia, etc., y con las que se engañe de muchas formas.

Por último hay impedimento para la unión con Dios[36], ya que estas comunicaciones naturales de la memoria pueden impedir el bien moral, porque invitan a los apegos o apetitos y traen intranquilidad en el alma, pues unas veces producen gozo y otras veces, tristezas; estando así el alma, no es capaz de las cosas espirituales. En cambio, cuando se rechazan estas comunicaciones y pensamientos que trae la memoria, como el alma queda desconcentrada de las cosas, queda libre para acceder al incomprensible, que es Dios.

Los beneficios que recibe el alma que se libra de las comunicaciones naturales son:

Una tranquilidad y paz en el ánimo que se mantiene tanto en la adversidad como en la prosperidad, pues es inútil inquietarse y esto es más valioso que cualquier otra prosperidad.

El alma se libra de sugestiones, tentaciones y movimientos del demonio que impulsarían a formar impurezas y a pecar

El alma queda mejor dispuesta para ser movida y enseñada por el Espíritu Santo[37].

Las experiencias sobrenaturales[38] son las visiones, revelaciones, locuciones interiores y sentimientos del Cielo, y que el cerebro guarda memoria. Cuando se usan como medio para llegar a Dios producen los siguientes daños en el alma:

Muchos autoengaños[39], porque siempre aparecen dudas, en cuanto a discernimiento se refiere: ¿Será esto de Dios? ¿Será mi imaginación? ¿Será cosa del demonio?… Por eso es muy importante no tratar de juzgar esas experiencias sobrenaturales, sino olvidarlas.

Peligro de presunción o vanidad[40], pues se cuelan con frecuencia cierta satisfacción oculta, aprecio secreto de sí mismo y soberbia. A veces, incluso, se da el caso de que algunos, si no se los alaba o estima por esas experiencias sobrenaturales se disgustan, y así se ponen a la altura del fariseo de la parábola (Cf. Lc 18, 11-12). Para huir de este grave peligro, conviene no hacer caso a estas experiencias, ya que no es virtud poseerlas y, por el contrario, el menor acto de humildad es más valioso ante los ojos de Dios que las visiones, revelaciones o sentimientos del Cielo.

Engaño del demonio[41], quien produce experiencias falsas, que parecen buenas y que gustan, pero que ciegan al alma. Aquí, el mejor consejo es no querer gustar con la memoria esas experiencias.

Impedimento de la unión con Dios a través de la virtud de la Esperanza[42]. Es necesario renunciar a toda posesión de la memoria, pues mientras más posea, tanto menos puede llegar a Él.

Se juzga bajamente a Dios, quien es incomprensible. El alma se engaña cuando cree en las criaturas más que en Dios; es como poner la atención en los criados y no en el rey.

Por el contrario, los provechos que le vienen al alma cuando no confía en lo que la memoria guarda de estas experiencias sobrenaturales son muchos[43]:

Se produce todo lo contrario a los daños: el alma no se engaña ni se deja engañar por el demonio tan fácilmente, tampoco se tienta a engreírse, ni se impide la unión con Dios, ni se lo juzga bajamente.

Se produce un descanso y quietud propicios para el desarrollo del espíritu: no hay que ponerse a discernir si esas experiencias sobrenaturales provienen de Dios o no y, sin el concurso de las potencias, pasivamente, esas experiencias harán bien al alma y se quedarán asentadas vivamente en ella, produciendo un efecto muy bueno y sensación de renovación.

Por eso conviene no querer comprender nada, sino a Dios y a través de la Fe, en Esperanza.

De las experiencias espirituales que quedan en la memoria se tratará en la noche oscura del espíritu, más adelante.

3. La voluntad y la virtud teologal de la Caridad

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5). Este mandato divino, como todos los suyos, fue dado para beneficio del hombre. La perfecta unión con Dios, en donde el alma experimenta la mayor felicidad, se da solamente cuando el alma deja de lado todos los apetitos, para buscar exclusivamente a su Dios.

Además, la fortaleza del alma consiste en que la voluntad gobierne las potencias, las pasiones y los apetitos. Las pasiones del alma, que son: gozo, esperanza, dolor y temor, van juntas, y deben purificarse y ponerse al servicio de Dios para alcanzar esa añorada meta.[44]

La voluntad sólo debe gozar de aquello que es para gloria y honra de Dios. Los bienes, cualesquiera, son, por sí mismos, buenos; sin embargo, la flaqueza humana que dejó el pecado original en el hombre hace que el corazón tienda a aficionarse o a aferrarse a esos bienes, fallándole así a Dios.

Hay muchos tipos de bienes, a saber:

Bienes

 

I. Temporales[45]
           A. Riquezas
           B. Títulos
           C. Estados
           D. Profesiones u oficios
           E. Familia
           F. Otros
II. Naturales[46]

            A. Dotes corporales
            B. Inteligencia
III. Sensuales[47]

            A. Vista
            B. Oído
            C. Olfato
            D. Gusto
            E. Tacto
            F. Imaginación
IV. Morales (virtudes)[48]V. Sobrenaturales (dones y gracias)[49]VI. Espirituales[50]

            A. Sabrosos
            B. Penosos

Si en vez de poner el amor en Dios, el alma pone su voluntad en los bienes temporales —que, como se vio más arriba, no son únicamente materiales, sino que incluyen los títulos, la profesión, el estado, la familia, etc.— se producen muchos daños: la mente se embota con esos bienes; se dilata cada vez más el deseo por ellos, y aparece el peligro de la codicia; puede nacer una avaricia que ordena lo sobrenatural a lo temporal y que hace dioses a esos bienes; poco a poco se pierde el interés en Dios, luego el alma se aparta de Dios y algunos llegan hasta a querer dejarlo por el pecado.[51]

En cambio, si la voluntad se pone exclusivamente en Dios, el alma se libra de todos esos daños descritos; aunque no posee nada, tampoco es poseída por nada; el ánimo queda libre; la razón se clarifica; aparecen el sosiego y la tranquilidad; nace una confianza pacífica en Dios; como el corazón se siente libre, la voluntad desea entregarse a Dios; ese desapego de las cosas hace apreciarlas, gozarlas y recrearse más en ellas; el alma se hace más apta para entender mejor esos bienes natural y sobrenaturalmente: los ve como criaturas que son; y, por último, no ofende a Dios.[52]

Con respecto a los bienes naturales sucede lo mismo:

Si la voluntad se aferra a las dotes corporales o a la inteligencia que posee, el alma recibe numerosos perjuicios: aparecen la vanagloria, la presunción, la soberbia y el desestimo del prójimo; surgen la complacencia, los deleites sensuales y la lujuria; brota la adulación y alabanzas tontas; la razón se nubla y el espíritu se embota; la mente se distrae con las criaturas; y, finalmente, el alma se vuelve tibia y floja para las cosas espirituales, y hasta tediosa y triste en las cosas de Dios.[53]

Por el contrario, si la voluntad se emplea para amar a Dios, dejado de lado esas dotes, se reciben abundantes beneficios: se dispone más fácilmente para el amor a Dios y a los demás, lo que le da más humildad y, por lo tanto, libertad para amar como Dios quiere que se ame a los demás; el alma aprende a negarse a sí misma que, como dijo Jesús, es lo que se necesita para la unión; surge tranquilidad y pureza del alma que cierra los ojos a las vanidades, y se hace libre; se hace así digno templo del Espíritu Santo; se libra de los daños descritos en el párrafo anterior y le importa muy poco la poca estima de quienes son esclavos de esos bienes naturales; por otra parte, crecen las virtudes y se vencen fácilmente las tentaciones.[54]

Los bienes sensuales que se consiguen por medio de los órganos de los sentidos y de la imaginación, tomados como deleites interiores (no tanto como sensualismo), estorban esa unión íntima con Dios y, a la vez, crean muchos males. Pero si se pone el afecto en la voluntad de Dios, es decir, si los sentidos nos llevan a Dios, hay ganancia para el alma. Veamos.

El descuido de la vista —persiguiendo el deleite interior— produce oscuridad de la razón, tibieza y tedio espiritual, vanidad en el ánimo, codicia desordenada, deshonestidad, descompostura interior y exterior, impureza de pensamientos, etc.

Buscar el placer interno a través del oído (escuchar habladurías, por ejemplo), en vez de concentrarse en la voluntad de Dios, provoca distracción de la mente, envidia, parlería, juicios inciertos…

Buscar constantemente el agrado del olfato causa rechazo a los pobres, enemistades con la servidumbre, poco rendimiento del corazón en la humildad y cierto grado de insensibilidad espiritual.

Si el gusto se pone como medio para la complacencia interior, se cae fácilmente en los siguientes perjuicios: gula y embriaguez, ira y discordias, faltas de caridad, sensación de malestar corporal y enfermedades, lujuria, torpeza espiritual, estragos de las cosas espirituales, distracción de los demás sentidos y descontento.

Cuando el tacto se sublima se dan los siguientes trastornos: pérdida del sentido espiritual, apagamiento de la fuerza y del vigor, molicie (blandura), lujuria, ánimo afeminado y tímido, sentido halagüeño (que le gusta halagar) y empalagoso, sentido dispuesto a hacer el mal, alegría inútil, soltura de la lengua, libertinaje de los ojos, embobamiento de los demás sentidos, estorbo del buen juicio, cobardía e inconstancia morales, tinieblas del alma, flaqueza para amar, temores infundados e incapacidad para los bienes morales y espirituales.[55]

Aunado a esto, se dan otros males que ya están descritos para los bienes naturales (ver atrás).

Grandes ganancias espirituales tienen aquellos que no buscan estos placeres interiores e inferiores, sino hacer la voluntad de Dios: se distraen menos y se recogen más fácilmente en Dios, conservándoseles y aumentándoseles las virtudes adquiridas; se hacen más espirituales que sensuales, es decir, sus actitudes animales se convierten en racionales y angelicales o, dicho de otro modo, del ámbito temporal y humano pasan al divino y celestial; además, todo se ordena a la divina contemplación sin detenerse en lo sensual, con limpieza de corazón, para mayor gozo del alma.[56]

Las virtudes o bienes morales traen al alma gozo por sí mismos, pues dan paz y tranquilidad, y sensación de un recto y ordenado uso de la razón. Pero no se debe contentar el alma con esto, sino que debe buscarse el bien que traen, ya que cuando se hacen por amor a Dios, adquieren vida eterna.

Las buenas obras, los ayunos, las limosnas, las penitencias, las oraciones, son todas más virtuosas cuanto más amor de Dios se pone en ellas, no tanto por la cantidad de obras que se hagan sino por la calidad con que se hagan.

Pero lo que sí perjudica bastante a las almas es buscar el gozo que se desprende de hacer buenas obras, o las alabanzas de los demás: se vuelven vanidosas, soberbias, llenas de vanagloria y presunción; empiezan a juzgar a los demás juzgándolos huecos e imperfectos, como el fariseo (Cf. Lc 18, 11); buscan solamente el gusto o la alabanza; no hallan recompensa en Dios, pues «ya recibieron su paga» (Mt 6, 2); tienden a hacer las buenas obras en público, olvidando aquello de que «no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6, 3); no van adelante en el camino de la perfección, desmayan en la prueba, no perseveran, huyen de la mortificación porque desean el gozo; se autoengañan, ya que consideran mejores algunas cosas que no lo son (porque simplemente les gustan más); se hacen incapaces de recibir consejo y enseñanza razonables, se encadenan y aflojan mucho en la caridad con Dios y con el prójimo.[57]

Mientras tanto, quienes no se atan a los gustos que producen sus virtudes, sino que las viven por amor a Dios, se llenan de prebendas: se libran de caer en tentaciones y engaños del demonio, como la jactancia o la arrogancia; son perseverantes y acertados, pues saben poner sus ojos en la sustancia y provecho de las obras, no en su sabor y placer; se hacen pobres en el espíritu y, según Jesús, «de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3); ganan en mansedumbre (no tienen impetuosidad ni afanes), humildad (no poseen presunción) y prudencia (actúan con cautela); desechan con facilidad la gula, la avaricia, la pereza espiritual, la envidia espiritual y otros males; y, definitivamente, se hacen agradables a Dios y a los hombres.

Los bienes sobrenaturales, es decir, los dones y gracias que recibe el alma de Dios, como la sabiduría, la ciencia, la fe, la gracia de sanación, el hacer milagros, las profecías, el conocimiento y discernimiento de espíritus, la declaración de la Palabra de Dios y el don de lenguas, entre otros, ocasionan dos provechos: espiritual, pues Dios es conocido y servido por esas obras, y temporal, como se da en el caso de la sanación, la resurrección de muertos, el profetizar el porvenir, etc.

Pero se deben recordar las palabras que Jesús pone en boca de quienes buscan solo su propio provecho: «Señor, ¿no profetizamos en tu nombre e hicimos muchos milagros?» Y lo que les contestará: «Apartaos de mí, obradores de la maldad» (Cf. Mt 7, 22-23). Es necesario, entonces, actuar con rectitud de intención, es decir, buscando la gloria de Dios: para que Dios sea conocido y servido por esas obras.

De otro modo, el alma se verá engañada y se prestará a engañar a los demás; habrá en ella un daño moral acerca de la fe, es decir, se verá inducida a tentar a Dios, a disminuir el crédito de la fe y a despreciarla; y también le acarreará vanagloria o alguna vanidad.[58]

Si la intención es recta, el alma se libra de todos esos daños, se da a engrandecer y ensalzar a Dios y, con esto, se produce en ella cierto grado de excelencia y grandeza de la criatura que alaba a su Dios y le da gloria, con lo que su fe se purifica, y el mismo Dios se la aumenta…[59]

Quedan por fuera de este capítulo los bienes espirituales, de los que se tratará en la noche oscura del espíritu.

——————— o ——————— 

Como ya se dijo, el modo activo para ingresar en esta noche del sentido no basta, aunque sí ayuda a disponerse a la acción de Dios; es, sin embargo, Él quien introduce el alma en esta oscuridad.

Hay unas señales que indican, tanto al individuo como a su director espiritual, que el alma está entrando en esta noche[60]:

Ya no puede meditar ni discurrir con la imaginación; tampoco le gusta hacerlo como antes; más bien aparece sequedad en ese sentido. Como el alma ya consiguió todo el bien espiritual que podía bajo las formas de la meditación y el sacar consecuencias o deducir cosas, ya no le apetece seguir en ello; además, todos estos ejercicios espirituales ya se convirtieron en hábitos, ahora prefiere estar, como se dice en el tercer punto, observando cuidadosa, quieta y amorosamente a Dios. Y lo que realmente sucede es que Dios pone al alma en esta oscura noche con el fin de purgarle el apetito sensitivo; por eso no lo deja engolosinarse ni hallar sabor en ninguna cosa.

Ya no le gusta usar la imaginación ni el sentido (no es que la imaginación no funcione, sino que al alma ya no le gusta), puesto que va descubriendo que Dios es incomprensible… No puede ya meditar ni discurrir con la imaginación, como solía, por más esfuerzos haga de su parte. Porque aquí comienza Dios a comunicarse, no ya por el sentido, sino por el espíritu puro, en el que no cabe la meditación ni sacar consecuencias o deducir cosas: se comunica a través de la sencilla contemplación, la cual no alcanza los sentidos inferiores. Por eso es que la imaginación y fantasía no pueden trabajar de aquí en adelante.

El alma recuerda constantemente a Dios con esmero y con cuidado penoso, pensando que ya no sirve a Dios, sino que vuelve atrás en el camino espiritual. Pero aunque la parte sensitiva está muy floja y flaca para obrar por el poco gusto que hay, el espíritu, empero, está pronto y fuerte. El espíritu no siente al principio el sabor, pero sí siente una fortaleza y un brío especiales para obrar en la sustancia que le da ese manjar interior, el cual es principio de una contemplación oscura y seca para el sentido. Esa contemplación, que es oculta y secreta para el mismo que la tiene, ordinariamente, junto con la sequedad y el vacío del sentido, da al alma iluminación y deseos de estarse a solas, con gran interés amoroso en Dios, sin considerar ninguna otra cosa, en paz interior, quietud, descanso (no pereza), sin actos ni ejercicios de las potencias, sin deseo de entender nada, sin poder pensar en cosa alguna ni tener gana de pensarla. Es importante advertir que al principio es poco fuerte este interés amoroso en Dios: sutil y poco sensible, el alma apenas lo nota, ya que estaba acostumbrada a experimentar todo en forma sensible.

Dios lleva a este estado de contemplación —el de los aprovechados— a menos de la mitad de los que se ejercitan en el camino del espíritu; el porqué, solo Él lo sabe. Lo único que se sabe es que los que no llegan a ser aprovechados nunca terminan de apartar de su vida los apetitos del sentido; lo hacen solo por temporadas.

También conviene que se sepa que, aun los aprovechados, deben recurrir, a veces, de nuevo a la meditación, pues el paso es gradual y, como se dijo, también desordenado.

LOS APROVECHADOS

La noche de purgación del apetito, dichosa para el alma, le hace tantos bienes y provechos (aunque, como se explicó, a ella le parece que se los quita), que en el Cielo se gozan de que Dios saque a estas almas de los pañales y de la leche materna [61]:

El provecho principal que causa esta oscura noche de contemplación es el conocimiento de sí mismo y de su miseria. Esa poca satisfacción de sí mismo y el desconsuelo que le causa saber que no sirve a Dios son mucho más estimados por Dios que todas las obras y gustos primeros que tenía el alma, por muchos que fueran, ya que ocasionaban en ella muchas imperfecciones e ignorancias.

Por eso le nace al alma el deseo de tratar a Dios con más tacto y cortesía, que es lo que siempre ha de tener el trato con el Altísimo, cosa que no hacía anteriormente en la prosperidad de sus gustos y consuelos.

Otro excelente beneficio de esta noche oscura del apetito es que Dios alumbra al alma, no solo dándole conocimiento de su bajeza y miseria, como se dijo, sino también proporcionándole conciencia de la grandeza y excelencia de Dios, ya que, al apagarse los apetitos y gustos sensibles, el entendimiento queda libre para entender la verdad (porque el gusto sensible y el apetito, aunque sea por cosas espirituales, ofusca y estorba el espíritu).

Además, aquella dificultad y sequedad del sentido aviva el entendimiento para que, como dice Isaías (Cf. Is 28, 19), el dolor le haga comprender que Dios va instruyendo en su divina sabiduría al alma que está vacía y sin molestias (que es lo que se requiere para la influencia divina), cosa que no hacía antes porque estaba el alma pendiente de los jugos y gustos primeros.

También el alma saca, de estas sequedades y vacíos, mucha humildad espiritual, que es la virtud contraria al primer vicio capital: la soberbia. Siendo esta virtud la que más hace avanzar en el crecimiento espiritual y este el pecado que más frena ese crecimiento, resulta muy útil tal ganancia. Ni presumida ni satisfecha, sino desconfiada y temerosa de sí misma, avanzará mucho más rápidamente hacia la unión con Dios.

Le nace al alma el amor verdadero por el prójimo: los estima y no los juzga como antes solía cuando se veía a sí misma con fervor y a los demás sin esa virtud.

Aquí también las almas se hacen obedientes en el camino espiritual, pues, como se ven tan miserables, no solo oyen lo que les enseñan, sino que desean que cualquiera los encamine y les diga lo que deben hacer. Y se les quita la presunción que tenían en la supuesta prosperidad.

Con respecto a la avaricia que tenía el alma, tras esta noche seca y oscura, anda muy reformada, pues, como no halla ya los gustos que solía, sino que ahora encuentra sinsabores y mucho trabajo, se le incrementa la virtud de la templanza: se hace moderada en los apetitos y en el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón. Y tanto gana de este modo, que no le importa perderlas o no aprovecharlas; antes, en cambio, perdía en prosperidad espiritual por querer aprovecharlas mucho.

Se libra, además, de las impurezas que tengan que ver con la lujuria espiritual.

En cuanto a la gula que experimentaba cuando era principiante, el alma, por medio de esta sobriedad espiritual, apagados los apetitos y concupiscencias, vive en paz y tranquilidad espiritual.

Sale de aquí otro fruto: recuerda con frecuencia a Dios, con cierto temor o recelo de volver atrás en el camino espiritual.

Se suma a todo esto otra ventaja que consiste en el ejercicio que hace de las virtudes, como la paciencia, la longanimidad (grandeza y constancia de ánimo en las adversidades), la caridad de Dios (ama a Dios sin intereses como antes), la fortaleza (saca fuerzas nuevas de las flaquezas) y, así, todas las virtudes morales, cardinales y teologales.

Se purga de la pereza, ira y envidia espirituales, que lo regían cuando era principiante. Viéndose tan miserable como se ve, si tiene envidia, la tiene deseando ser como los demás, lo que es mucha virtud.

Se hace manso para con Dios, para con los demás y hasta para consigo mismo: ya no se enoja con la facilidad de antes, cuando veía las faltas ajenas o las propias, ni mucho menos se disgusta con Dios, si lo hacía.

Lo mejor de todo es que, cuando menos lo piensa, Dios le comunica suavidad espiritual, amor muy puro, comunicaciones espirituales muy delicadas cada vez de mayor provecho, aunque al principio el alma no se dé cuenta del todo de estas caricias espirituales (todavía no pueden ser bien percibidas, pues se usa todavía el sentido).

Y, finalmente, consigue libertad de espíritu, en la que se van granjeando los doce frutos del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, se libra de las manos de los tres enemigos del alma —el mundo, el demonio y la carne—, porque como está apagado el gusto sensitivo acerca de las criaturas, esos enemigos no tienen armas contra el espíritu.

Después, las almas han de pasar a la unión con Dios.[62] Para conseguir esta divina unión (muy pocos son los que llegan), los aprovechados deben entrar en la otra noche, más grave, la del espíritu, que suele ir acompañada con graves trabajos y tentaciones sensitivas, escrúpulos y espíritu de blasfemia, los cuales duran mucho tiempo, aunque en unos más que en otros.

LA NOCHE OSCURA DEL ESPÍRITU

Verificando de nuevo la vida de Cristo se puede deducir, como se expresó más arriba, que Él fue hasta su aniquilamiento total. Lo prueba su grito: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!» (Mc 15, 34). Llegó a quedar con su naturaleza aniquilada, sin la reputación de los hombres y hasta sin el amparo ni el consuelo de su Padre.[63]

Pero lo oímos decir antes: «Mi yugo es suave, mi carga ligera» (Mt 11, 30). Con esas palabras nos está invitando a contemplar esa Cruz en la que murió y consiguió ese aniquilamiento total, y a través de la cual debe ir el alma hacia Dios. Y esa es la noche oscura del espíritu.

Esta purificación se lleva a cabo en los mismos ámbitos de la noche oscura del sentido.

1. Entendimiento–Fe

Como se recordará, en la primera noche se evitó hablar de las vías por las que el entendimiento recibe comunicaciones espirituales.

Comunicaciones espirituales[64]

  1. Distintas y particulares
    1. Visiones
    2. Revelaciones
    3. Locuciones
    4. Sentimientos espirituales
    5. Confusa, oscura y general

La segunda —confusa, oscura y general— es la contemplación en la Fe, y a ella deben tender todas las almas, con la ayuda de Dios.

Las visiones y las locuciones deben desecharse en el camino hacia Dios, porque, aunque vienen de Dios y son verdaderas, pueden ser mal entendidas, como se ve en las interpretaciones erróneas que, según cuenta la Biblia, hicieron Abraham y otros patriarcas, y como se ve en las visiones y locuciones que tienen algunos hoy día.[65] En el Génesis, por ejemplo, Dios le dijo a Abraham que la tierra de los cananeos se la daría a él (Cf. Gn 15, 7), cosa que cumplió cuatrocientos años después, dándosela a sus hijos, por amor a él; lo cual es como dársela a él.

Otras veces hay error por su interpretación literal; y es que la letra mata, mientras que el espíritu es el que da la vida (2Co 3, 6) a las comunicaciones de Dios.

Por otra parte, el alma caería —y cae con frecuencia— en el error, pues estas noticias espirituales pueden haber sido comunicadas por Dios por causas que ya pasaron, y que el alma piensa que siguen vigentes.[66] Fue lo que pasó cuando Dios mandó decir a Jonás que «dentro de cuarenta días Nínive será destruida» (Jon 3, 4), lo cual no sucedió. La causa que hizo que Dios lanzara esa amenaza era el mal comportamiento de la población, y los ninivitas hicieron penitencia. Por eso Dios no cumplió su amenaza.

A veces Dios le responde a su criatura (un alma) cuando ella se mete ilícitamente en lo suyo (en lo sobrenatural) siendo ella natural y Él, sobrenatural. Lo hace para ayudar a las almas débiles, como un padre que da el plato menos bueno al hijo que se lo pide insistentemente, no sin tristeza; porque las almas no quieren o no saben ir sino por ahí. Otras veces el demonio aprovecha la oportunidad para confundir.[67]

Además, el alma no se debe guiar por estos caminos extraordinarios para saber lo que quiere Dios, pues bastante doctrina hay del Magisterio de la Iglesia. Querer ir por vías sobrenaturales es temeridad, presunción, curiosidad, soberbia, vanagloria, desprecio de las cosas de Dios, y es principio de muchos males; al menos es pecado venial, y así muchos caen en yerros doctrinales.

Aunque en el Antiguo Testamento se cuenta que se le preguntaban las cosas directamente a Dios, hoy tenemos toda la doctrina que Dios ha querido darnos, especialmente a través de su Hijo. [68]

Para tener seguridad, entonces, de lo que Dios muestra al alma, y de no equivocarse al interpretarlo, es necesaria la dirección espiritual. Hay cinco razones:

Con el director espiritual, a quien Dios tiene puesto por juez espiritual de esa alma, se confirman las comunicaciones hechas por Dios. El director tiene la potestad de atar y desatar, es decir, aprobar o reprobar. La experiencia confirma lo dicho.

El director espiritual llevará al alma por la vía de la desnudez y la pobreza, que es la mejor vía para llegar a la perfecta unión con Dios.

Para lograr la fundamental virtud de la humildad, como base de todo el edificio espiritual, conviene informar al director de todo lo que suceda al alma (hablar es humildad); así, ella ganará en obediencia y espíritu de mortificación. Recuérdese que san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz» (Flp 2, 5-8).

Con la dirección espiritual se evitan riesgos de desvíos del alma.

La dirección espiritual es el camino escogido por Dios. Más preciosa es una obra hecha en la obediencia y en la caridad que cualquier visión o revelación: muchas almas van más adelante sin esas visiones y revelaciones en la obediencia y el amor.

2. Memoria–Esperanza[69]

Como también habrá notado el lector, en la primera noche se eludió tratar acerca de las comunicaciones o conocimientos espirituales que guarda la memoria, y de las que se acuerda por la forma que dejó en el alma o por el efecto que le hizo.

Comunicaciones espirituales

  1. Acerca del Creador
  2. Acerca de las criaturas

En cuanto a las primeras, las comunicaciones que la memoria guarda acerca del Creador, es recomendable aceptarlos cuando hacen buen efecto. No para quererlas en sí mismas, sino para avivar el amor y el conocimiento de Dios. Son de carácter pasivo y debe dejárselas cursar. Por el contrario, cuando no causan buen efecto, de ninguna manera es deseable recordarlas, pues el demonio puede actuar inspirando palabras o actos involuntarios, dominando la voluntad, llevándola a obrar en determinado sentido o fascinándola.

En cuanto a las comunicaciones que la memoria guarda acerca de las criaturas, lo principal es no apegase a ellas, como ya se ha dicho.

3. Voluntad–Caridad

Los bienes espirituales, no tratados en la noche oscura del sentido, son los que mueven al alma, y la ayudan a realizar las cosas divinas y fomentan el trato del alma con Dios[70]. Se pueden clasificar así:

Bienes espirituales

  1. Sabrosos
    1. Cosas claras
    2. Cosas incomprensibles
    3. Penosos
      1. Cosas claras
      2. Cosas incomprensibles

Pero también se pueden ordenar del modo siguiente:

Apegos de la voluntad[71]

  1. Motivos
    1. Imágenes y retratos
    2. Oratorios
    3. Ceremonias
    4. Provocativos

En cuanto a los motivos, debe recordarse que el alma debe tener devoción a lo invisible, aunque haya milagros en esas imágenes, retratos, oratorios o ceremonias; por eso, todo lo que produzca apego, por el gozo que se desprenda de ello, debe evitarse; es decir, el alma debe desnudarse esos apetitos desordenados.[72]

En cuanto a los bienes espirituales provocativos[73], que son los que provocan o persuaden a servir a Dios, están los predicadores, quienes deben huir del gozo que su trabajo pueda producirles y de la presunción que pudiera aparecer.

Por otra parte, su labor debe ser más espiritual que vocal, es decir, deben poseer un espíritu vivo, que nace de su consagración a la oración y a la vida interior, y que es mucho más eficaz que la mejor retórica o una gran elocuencia: «Yo, hermanos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios no con sublimidad de elocuencia o de sabiduría, que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. Y me presenté a vosotros en debilidad, temor y mucho temblor; mi palabra y mi predicación no fueron en persuasivos discursos de sabiduría, sino en la manifestación del espíritu y del poder, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1Co 2, 1-5).

——————— o ———————

Como se había dicho, es indispensable que sea el mismo Dios quien introduzca al hombre en esta segunda y penosa noche, para llevarlos al estado de los perfectos; debe recordarse también que Dios ha dispuesto que sean muy pocos los que lleguen a esas alturas espirituales, donde las almas gozan de modo inefable…

Aunque empiezan a comunicársele abundantemente gustos espirituales a los aprovechados, y ya que esa parte sensitiva es débil e incapaz de cosas elevadas del espíritu, estos aprovechados empiezan a padecer debilidades y perjuicios físicos, como enfermedades digestivas, al mismo tiempo que fatigas espirituales. Por esa flaqueza y corrupción de la sensualidad que todavía se experimenta en esta etapa, las comunicaciones divinas no son tan fuertes ni tan intensas ni muy espirituales, como se requieren para la divina unión.[74]

De aquí vienen los arrobamientos (quedar fuera de sí) y los tormentos del cuerpo, como la sensación de descoyuntamiento de los huesos, pues las comunicaciones no son todavía puras, como las de los perfectos, en quienes cesan esos arrobamientos y padecimientos corporales, y gozan de la libertad que da el espíritu, sin que se nuble ni se atraviese el sentido.

Debe destacarse que las imperfecciones o impurezas que todavía tienen los aprovechados son las que producen esas penas, que ya no padecen los perfectos.

Algunas de esas imperfecciones son habituales, mientras que otras se dan de vez en cuando.[75]

Las habituales son indisposiciones y hábitos que han quedado en el espíritu, hasta donde la purgación del sentido no pudo llegar. Es importante saber que la purgación del sentido no llega a la raíz de los defectos; apenas sirve para acomodar el sentido al espíritu: es un medio remoto para la unión del alma con Dios.

Tienen todavía la rudeza que todo hombre contrae por el pecado, un poco embotada la mente, distracción y exterioridad del espíritu.

Encuentran a manos llenas muchas comunicaciones y nociones, a veces espirituales, a veces imaginarias y a veces del demonio (que aprovecha al máximo la oportunidad).

Y como todavía no tienen la habilidad para defenderse aferrándose fuertemente a la Fe, caen fácilmente: a muchos el demonio los hace creer en visiones y profecías falsas, intenta hacer creer que Dios y los santos hablan con ellos y los incita a presumir de eso, a perder el santo temor de Dios (que es la clave para la salvaguardia de todas las virtudes). Todo por darle crédito a esas comunicaciones y nociones.

Todas estas imperfecciones son más incurables que las que tenían cuando eran principiantes, puesto que ellos mismos las creen más espirituales que las primeras.

Esta purgación es muy buena pues ninguno de los aprovechados, por bien que le haya ido en el camino espiritual, deja de tener en cierto grado aquellas imperfecciones que tuvo cuando era principiante. De hecho, al purgarse el espíritu, se purga más completamente el sentido, cosa que no se habría podido realizar antes, en el estado de los principiantes, en el que no se había ganado el valor y la fortaleza necesarias a través del dulce y sabroso trato que tuvo después, siendo aprovechado.[76]

Debido a que todavía participa de esa parte inferior, esas comunicaciones no pueden ser tan intensas, puras y fuertes como se requieren para lograr la unión con Dios. Por eso se comprende ahora que el trato con Dios y las acciones espirituales que llevan a cabo los aprovechados son todavía muy precarias y toscas, propias de niños, como dice san Pablo: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño» (1Co 13, 11), por no haber llegado a la perfección: «Cuando llegué a ser hombre, me despojé de las niñerías» (1Co 13, 12a ), siendo entonces las obras y potencias más divinas que humanas.

Por eso, Dios desnuda el alma del sentido, dejando a oscuras el entendimiento, la voluntad a secas y vacía la memoria; en amargura, aflicción y desasosiego, privando al alma del sentido y gusto que tenía por los bienes espirituales, para que se introduzca en ella la unión por el amor.

Oigamos al alma, ya en este estado:

«En la pobreza, el desamparo y alejado de todas los apegos de mi alma, esto es, en la oscuridad de mi entendimiento, en el ahogo de mi voluntad y en la angustia acerca de la memoria, dejándome a oscuras en pura Fe y solamente con la voluntad tocada de dolor, tristeza y ansias de amor a Dios, salí de mi bajo modo de entender, de mi pobre forma de amar y de mi escasa manera de gustar de Dios, ya sin que la sensualidad ni el demonio me lo estorben.

Lo cual fue gran dicha y buena ventura para mí; porque, acabándose de aniquilar y sosegar las potencias, pasiones, apetitos y enfermedades de mi alma, con las que bajamente sentía y gustaba de Dios, salí del trato y operación humana mía a la operación y trato de Dios, así:

Mi entendimiento se volvió de humano y natural en divino; porque, uniéndose por medio de esta purgación con Dios, ya no entiende por su fuerza y su luz natural, sino por la divina sabiduría a la que se unió.

Y mi voluntad se hizo divina, porque unida con el amor de Dios, ya no ama bajamente con su fuerza natural viciada por el pecado original, sino con la fuerza y pureza del Espíritu Santo; y así la voluntad acerca de Dios no obra humanamente.

Y, ni más ni menos, la memoria se ha cambiado en unión de gloria.

Finalmente, todas las fuerzas y afectos del alma, por medio de esta noche y purgación del hombre viejo, se renuevan en fortalezas y deleites divinos.»[77]

Pero el alma sufre mucho: aunque a oscuras, ve su impureza e imperfección, y se siente indigna de Dios y hasta de las criaturas. Además, le apena mucho sentir que nunca será digna, y que ya se le acabaron sus bienes: Dios le muestra claramente que por sí misma ya no podrá tener otra cosa.[78]

Por otra parte, esta divina contemplación en que se halla arremete con fuerza su alma, a fin de fortalecerla, lo cual la hace casi desfallecer, especialmente cuando embiste con más fuerza; y tanta es a veces esa fuerza, que cree que sería alivio morir. Siente entonces que está lejos de ser favorecida y que ya no hay quién se compadezca de ella, como le sucedió a Job: «Compadeceos de mí, al menos vosotros mis amigos, porque me ha tocado el Señor» (Jb 19, 21). ¡Siendo la mano de Dios tan suave y blanda, el alma la siente grave y contraria! Pero esto lo hace Dios con el fin de llenarla de beneficios, no de castigarla.

En esta noche el alma siente que se está deshaciendo y derritiendo a la vista de sus miserias; le parece claro que Dios la ha desechado de su lado y que, aborreciéndola, la echa en las tinieblas, lo que le causa gran pena.

Siente, además, un profundo vacío y una sensación de pobreza temporal, natural y espiritual, llenándose de miserias, imperfecciones, sequedades y desamparos…

Se purifica así esta alma, bendecida por Dios con tantos y tan altos modos, pues se suspenden todas las afecciones y hábitos imperfectos que ha contraído durante toda su vida, aunque ello le cause gran padecimiento y tormento interior. Y es que es necesario que el alma se aniquile según esté impregnada de pasiones e imperfecciones, como dice el sabio: «como el oro en el crisol» (Sb 3, 6).

Humilla Dios mucho al alma para después ensalzarla mucho. Y valen aquí mucho más los sufrimientos así vividos, que después, tras la muerte.

Repentinamente se da cuenta de los males en que está, se siente insegura de poder remediarlos y, al recordar las prosperidades pasadas, le duele mucho verse lejos de los bienes espirituales que poseía, ya que ha recibido de Dios muchos gustos y favores.[79]

Para completar su dolor, cree que nunca se acabará tanto mal, y siente que Dios la puso en las oscuridades, como los muertos del siglo, angustiándose en su espíritu y confundiéndose su corazón (Cf. Sal 142, 3), lo que le causa gran dolor y lástima.

A esto se añade el no encontrar consuelo en las lecturas espirituales y, ni siquiera, con el director de su alma; y es que el alma ve tan claramente sus miserias que le parece que su maestro espiritual, al no verlas como ella las ve, no la entiende; por eso cree que los consejos que le da no son los que necesita, y así es.

Todo esto es necesario para la purificación: hasta que se humille, se ablande y se purifique su espíritu, y se ponga tan delicado y sencillo, que pueda hacerse uno con el espíritu de Dios, según el grado de unión que Él quiera concederle.

Por eso, este período de transición —la noche oscura del espíritu— puede ser muy largo o muy corto, lo mismo que muy intenso o suave.

Pero debe saberse que en este lapso hay momentos de alivio, durante los cuales el alma se recrea, con sensación de desahogo y libertad, al mismo tiempo que con gran suavidad siente y gusta paz y amigabilidad amorosa con Dios, ya que es fácil la comunicación espiritual. Incluso, a veces cree que ya se le acabaron los males y que ya no le faltarán los bienes, casi siempre porque no se percata por completo de las imperfecciones e impurezas que todavía tiene, y que debe purificar. La mayoría de las veces, en el fondo, el alma siente que algo le falta, y ese sentimiento no la deja gozar plenamente de estos alivios.

Aquí, aunque ella ve que ama bien a Dios y que daría mil vidas por Él (y así es, pues en estos padecimientos se ama mucho a Dios), siente más sufrimiento; porque se ve tan miserable que cree que Dios no pude amarla así ni la amará jamás (y hasta piensa que tampoco es digna del amor de las criaturas). Todo esto la acongoja mucho.

Aqueja y desconsuela también el hecho de que no puede sentir afecto ni levantar la mente a Dios ni rogarle, pues en esta noche tiene impedidas las potencias y las afecciones. Y si alguna vez ruega a Dios, lo hace sin fuerza y sin provecho, y piensa que Dios no hace caso.[80]

Lo hermoso de todo esto es que Dios andaba haciendo pasivamente su obra en el alma. Por eso ella no puede hacer nada: no es capaz de rezar ni asistir con fervor a las celebraciones espirituales ni mucho menos hacer las demás cosas de carácter temporal; tiene tales enajenaciones a veces que se le pasan muchos ratos sin saber lo que hizo o pensó, lo que hace o va a hacer.

Todo esto sucede para que se cumpla en el alma lo que le pasó a David cuando escribió: «Fui yo aniquilado y no supe» (Sal 72, 22). Es el recogimiento interior de contemplación el que produce esos olvidos.

En cuanto al aniquilamiento, además del proceso de purificación del que ya se ha hablado bastante, debe decirse que cuanto más embiste esta divina luz, pura y sencilla como ella sola, tanto más oscurece y vacía al alma de sus percepciones y afecciones, sean espirituales o temporales; lo cual se explica al pensar que las cosas sobrenaturales son tanto más oscuras para el alma, cuanto más claras y manifiestas son.[81]

Al mismo tiempo, esta sencilla luz espiritual no afecta ninguna comunicación inteligible, ya que están en el alma aniquiladas, lo que hace que sea capaz de conocer y penetrar con gran facilidad las cosas espirituales, como bien lo expresa san Pablo: «El espíritu todo lo escudriña, hasta las profundidades de Dios» (1Co 2, 10). Y esta es la propiedad del espíritu purgado: una gran disposición para abrazarlo todo: «como atribulados, aunque siempre alegres; como mendigos, pero enriqueciendo a muchos; como quienes nada tienen, poseyéndolo todo» (2Co 6, 10).

En esta dichosa noche, aunque se oscurece el espíritu, le da luz a través de todas las cosas; y, aunque lo humilla y hace miserable, lo hace para ensalzarlo y levantarlo; aunque lo empobrece y vacía de toda posesión y afecto, es para que se pueda expandir a gozar y gustar libremente de todo.[82]

Nada de esto pasará sin la purgación completa, porque una sola afición que se tenga bastará para impedir esa comunicación de delicadezas e íntimos sabores del espíritu de amor que contiene en sí mismo todas las satisfacciones con gran eminencia: bienes innumerables y deleites que exceden todo lo que el alma pueda poseer naturalmente; así lo expresa Isaías: «No se oyó jamás, ni oyeron oídos, ni ojos vieron, Dios, fuera de ti…»[83].

Se saca durante esta noche al espíritu de su ordinario y común sentir para llevarlo al sentido divino. Esta oscuridad, por tanto, conviene que permanezca tanto cuanto sea necesario, para expulsar y aniquilar los hábitos que durante tanto tiempo dirigieron al alma. Se dispone así a gozar de la tranquilidad y paz interior, «que excede todo entendimiento»[84], paz que hace saber al alma que la paz que creía haber gozado no era paz, por lo imperfecta que era. Profunda es esta guerra que ha de vivirse para alcanzar esa paz profunda, ya que cuanto más esmerada ha de quedar la obra tanto más esmerada ha de ser la lucha: el edificio espiritual resultará muy firme. En ese edificio no hay parte de la contemplación e infusión divina que pueda dar pena; por el contrario, habrá mucha suavidad y deleite.

Una comparación[85] explicará mejor aún este tema. Esa luz divina es como el fuego que desea unir a él un trozo de madera, en este caso, el alma. El fuego material primero seca la humedad de la madera, haciéndola llorar el agua que posee dentro de sí; luego la va poniendo negra, oscura y fea y hasta de mal olor; la va secando y expulsándole lo feo que contiene y que no es útil para el fuego; después la acalora tanto que la enciende, transformándola en sí mismo, en fuego, y poniéndola tan hermosa como el mismo fuego. Aquí es cuando en la madera no hay ninguna pasión ni acción propia, y se llena de las propiedades que tiene el fuego: está seco y seca; está caliente y calienta; está claro y esclarece; está vivaz y da viveza…

De esta comparación salen varias moralejas:

La misma luz y sabiduría amorosa que se ha de unir y transformar en el alma es la misma que al principio la purga y dispone.

Estas penalidades no le vienen al alma de esa sabiduría, sino de sus propias flaquezas e imperfecciones.

Esto es igual a lo que sienten los que están en el purgatorio, donde el fuego no tendría poder sobre ellos si ellos no tuvieran imperfecciones en qué padecer, que son la materia que allí quema el fuego. Por eso el alma, al purgar sus imperfecciones aquí —en esta noche—, termina de penar y comienza a gozar.

A medida que se va purgando y purificando por medio de este fuego de amor, se va inflamando más de amor.

Después de estos alivios, vuelve el alma a sufrir más fuertemente: el fuego de amor comienza a herir lo que está más adentro para purificarlo, llegando hasta lo más sutil, aquellas imperfecciones espirituales que están arraigadas más profundamente.

Al alma le parece que todo bien se le acabó, pues no recibe sino amarguras; pero llegarán gozos más profundos después de purificado más en lo profundo.

Goza mucho el alma en los intervalos, aunque siempre le parece que queda algo que no le deja tener el deleite total, pues piensa que está amenazada de una nueva embestida. Y así será, por aquello que está por purgar más adentro.

Es esta una inflamación de amor en el espíritu que presiente a Dios, aunque sin entender nada, pues el entendimiento está a oscuras, como se ha dicho[86]. Es un amor infuso, más pasivo que activo, con algo de unión a Dios, que participa un poco de sus propiedades, las cuales son más acciones de Dios que del alma, que lo único que hace es dar su consentimiento. Calor, fuerza, temple y pasión de amor es esta inflamación del amor de Dios que se le va pegando, mientras Él tiene recogidas todas las fuerzas y apetitos del alma, para que no se contamine; el alma empieza realmente a cumplir con el primer mandamiento de la Ley de Dios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, toda tu fuerza» (Dt 6, 5).

Pasa también aquí que el alma, tocada ya por el amor de Dios pero sin poseerlo, empieza a padecer hambre espiritual de Él. Y es que este toque divino enciende mucho los deseos de satisfacer esa sed del amor de Dios. Entonces le toca padecer sin esperar el consuelo de alguna luz o bien espiritual. A medida que le crece al alma su ansia por Dios, crece también su pena, especialmente por dos circunstancias: por una parte, se ve a sí misma en unas tinieblas espirituales que la afligen con sus dudas y con sus recelos; por otra, el amor de Dios la inflama y estimula, mientras la atemoriza maravillosamente con su herida amorosa.

En esta noche oscura de fuego amoroso, en la medida en que el alma se va purgando a oscuras, a oscuras se va inflamando, porque la limpieza del corazón no es menos que el amor y la gracia de Dios. Entonces, se purgan las almas pero, a diferencia del purgatorio, donde se limpian con fuego, aquí se limpian e iluminan solo con amor.[87]

Algunas veces, en medio de estas oscuridades, el alma es ilustrada, desviándose esta inteligencia mística al entendimiento y, sin embargo, la voluntad está seca (sin unión de amor), con una serenidad y sencillez tan delicadas y deleitables al sentido del alma que no se le puede poner nombre, sintiéndose Dios de una u otra manera. También se produce una herida en la voluntad que hace que se encienda el amor tierna y fuertemente. Y esto se da porque cuanto más se purga el entendimiento tanto más perfecta y calificadamente van las potencias del entendimiento y de la voluntad.

Cada vez hay menos toques de inteligencia que de amor, ya que en este momento no es tan necesario que la voluntad esté tan purgada como el entendimiento, puesto que todavía las pasiones le ayudan a sentir amor apasionado.

Esta inflamación y sed de amor es diferentísima de la que se vive en la noche del sentido porque, aunque aquí el sentido tiene su parte participando del trabajo del espíritu. La raíz de esta sed de amor está en la parte superior del alma, es decir, en el espíritu: siente y entiende con tanta vivacidad y sabe con tanta certeza la falta que le hace lo que desea, que la pena es mayor que en la primera noche (la noche sensitiva), ya que siente la falta de un gran bien que con nada puede compararse.

Si en esta noche el alma pudiera estar segura de que no todo está perdido —como le parece—, sino que esto por lo que pasa es lo mejor y que Dios no está enojado, se sentiría muy a gusto sabiendo que Dios se sirve de todo esto; porque es tan grande el amor de estimación que tiene a Dios que, aunque a oscuras y sin sentirlo, no solo haría eso, sino que daría muchas veces la vida por satisfacerlo. Y cuando esta llama de amor ha quemado al alma, suele llenarse de tal brío y fuerza de amor a Dios que, con gran osadía sin respeto alguno y sin medida, haría cosas extrañas e inusitadas, con tal de encontrarse con el que ama.

Por esa razón, María Magdalena, siendo tan desestimada por todos, no hizo caso de quienes se hallaban en el convite, fueran hombres principales o no, ni le importó lo que dijeran o pensaran cuando se puso a llorar a los pies de aquel por quien estaba su alma incendiada de amor.

Había podido esperar una hora o más, o buscar un momento más propicio pero, embriagada de amor, se llenó de gran osadía, la misma que luego la impulsó al ir al sepulcro a ungirlo, a pesar de haber visto la gran piedra que pusieron en la entrada y los guardias que apostaron; es más: el intenso amor que le profesaba la indujo a preguntarle al que ella creía el hortelano dónde lo había puesto, sin darse cuenta el disparate que estaba diciendo, pues es lógico que si él hubiera hurtado el cuerpo no se lo iba a decir ni, mucho menos, se lo iba a estregar.

Y es que al alma, al poseer en esta noche la fuerza del amor y su vehemencia, todo le parece posible, y supone que todos piensan como ella.

Además, como el alma está en tinieblas, se siente que sin el Amor de Dios está muriendo. Esas tinieblas y todos los males que siente el alma cuando la embarga la divina luz no son tinieblas ni males provenientes de esa luz sino del alma; lo que pasa es que la luz la alumbra para que las vea. Inicialmente, el alma ve lo que tiene más cercano o, mejor, lo que tiene dentro de sí, que son sus tinieblas o miserias; y es la misericordia de Dios la que le permite verlas. Por eso, al principio no siente sino tinieblas y males pero, después de purgada con ese conocimiento y esos sentimientos, tendrá la capacidad para que esa luz le muestre los bienes de Dios. Poco a poco, sin estas tinieblas e impresiones del alma, se comienzan a experimentar los provechos y los grandes bienes que se adquieren en esta dichosa noche de contemplación.[88]

No se piense que, por haber pasado por tanta tormenta de angustias, dudas, recelos y horrores, en esta noche oscura se corre el peligro de perderse; más bien el alma se libra y se escapa sutilmente de aquello que le impedía el paso. A través de la vivencia de la Fe, purgándose los apetitos y las pasiones, va acercándose paulatinamente a la meta.[89]

Ordinariamente el alma yerra por sus apetitos, sus gustos, sus análisis, sus inteligencias, ya que suele excederse o quedarse corta, desacierta o se inclina a lo que no conviene. Impedidas en esta noche todas estas operaciones el alma, queda segura de no errar: se libra de sí misma y de sus enemigos que son el mundo y el demonio, los cuales ya no la pueden perturbar ni impedir su itinerario hacia Dios.

De esta idea se desprende que cuanto más a oscuras va el alma y más vacía está de sus operaciones naturales, tanto más segura va. El alma empezará a observar qué tan poco se complace en cosas inútiles y dañinas, y qué tan segura está de no caer en vanagloria, soberbia, presunción, gozos falsos y otras muchas cosas.

Es más: conviene que el alma pierda hasta el gusto por las cosas espirituales, porque todavía tiene las potencias y los apetitos impuros, los cuales, al percibir las cosas sobrenaturales y divinas, las reciben en forma muy baja y natural, muy a su manera, ya que lo que se recibe se adapta al recipiente que lo recibe.

Hay muchas personas que tienen muchos gustos y aficiones, y que utilizan sus potencias para las cosas de Dios y para las cosas espirituales, pensando que están pisando terreno sobrenatural y espiritual y, sin embargo, están viviendo actos y apetitos muy naturales y humanos: lo que pasa es que usan sus capacidades del mismo modo que lo hacen con las cosas naturales y, con la facilidad que tienen de mover sus apetitos y potencias a cualquier cosa, hacen lo mismo con lo espiritual.

En cambio, cuando el alma se deja agarrar de la mano de Dios y se deja guiar como un ciego, a donde y por donde no sabe, logrará caminar a donde no llegaría jamás con sus ojos y sus pies en buen estado.

Esto nos recuerda cómo cuanto más se sabe de algo tanto más ignorante se cree que se es.

Se aprende así que el camino del sufrimiento es más seguro y hasta más provechoso que el del gozo. Primero, porque al padecer se nos añaden fuerzas de Dios, mientras que gozando el alma aumenta sus flaquezas e imperfecciones; segundo, al sufrir se ejercitan y se ganan virtudes, y el alma se purifica haciéndose más sabia y cauta.

Así como para que sane un enfermo, sus seres queridos lo mantienen tan adentro guardado que no lo dejan tocar el aire, ni siquiera gozar de la luz, ni que sienta las pisadas ni el ruido de los de la casa, y se le da comida delicada; asimismo Dios tiene al alma en dieta y cuidados especiales, sin apetitos, para su mejoría espiritual.

En estos momentos, el alma nota que posee una verdadera determinación de no hacer nada que ofenda a Dios ni de dejar de hacer lo que lo sirva, porque el amor —todavía oscuro— se le pega de tal manera que trata de encontrar por todos los medios cómo contentarlo y mira constantemente en qué ha podido ofenderlo.[90]

El alma experimenta todo esto en lo más íntimo de su ser. El lenguaje de Dios es así: íntimo y espiritual, y excede todo sentido natural. Por eso, tanto los sentidos exteriores como los interiores cesan y enmudecen y, por lo tanto, falla la expresión adecuada: el lenguaje espiritual puro no acepta lenguaje humano.

Por eso se da con frecuencia el caso de almas que, temerosas y buenas, pretenden informar adecuadamente a sus directores espirituales lo que les está sucediendo, pero no pueden hacerlo. Nace entonces cierta repugnancia a hablar, especialmente cuando viven estados de contemplación sencillos, que apenas sienten, por lo sutiles que son. Solo atinan a decir que su alma está satisfecha, calmada y contenta, o que sienten a Dios, o que —según su parecer— van bien.[91]

También se experimenta en esta noche una sensación de subir por la escalera del conocimiento de los bienes celestes y de la posesión de sus tesoros. Pero esa escalera, al mismo tiempo que levanta al alma hacia el cielo, la humilla, para hacerla más apta para Dios. La virtud de la humildad, por lo tanto, es grandeza.

En este camino, entonces, el alma se percata de frecuentes subidas y bajadas: muchas veces, tras la prosperidad que goza, experimenta tales tempestades y trabajos, que le parece que le dieron esa bonanza para prevenirla y esforzarla para la siguiente penuria; también verificará cómo después de miserias y tormentas siguen la abundancia y la bonanza, lo que suele entender como que para hacerle tal fiesta, primero la pusieron en vigilia. Este es el estado ordinario de contemplación hasta llegar al sosiego.[92]

En esta escalera mística de amor divino por la que el alma va subiendo a Dios hay diez grados:

El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente. Así como el enfermo suele perder el apetito por todos los manjares y cambiar de color, el alma pierde el gusto por todas las cosas y cambia, como amante, el color de la vida pasada. En esta enfermedad cae el alma puesto que le envían de arriba exceso de calor.

El segundo grado hace al alma buscar sin cesar al Amado en todas las cosas: en todo lo que piensa, piensa de inmediato en el Amado; en todo lo que habla, en cuantos temas se ofrecen, habla o trata acerca del Amado; cuando come cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquier cosa, todo su interés está en el Amado.

En el tercer grado, el alma, por el gran amor que tiene a Dios, siente gran lastima y pena por lo poco que hace por el amado; y, si juzgara lícito morir por Él mil veces, mil veces por Él moriría y se sentiría consolada. Por eso, se cree inútil en todo cuanto hace, y le parece que vive en balde.

Se juzga más mala que todas las demás almas: primero, porque el amor le va enseñando todo lo que Dios merece; segundo, como juzga que todas las obras que hace por Dios son imperfectas, se llena de tristeza por hacer tan poco por tan gran Señor. En este tercer grado, está el alma muy lejos de tener vanagloria o presunción y de condenar a los demás.

En el cuarto grado el espíritu es tan poderoso que tiene sujeto al cuerpo y lo valora tan poco como el árbol a una de sus hojas. De ninguna manera busca consuelo o gusto, ni buscándolo en Dios o en cosa alguna, ni anda deseando o pretendiendo favores de Dios, porque es consciente de cuantos ha recibido ya, deseando tan solo dar algún gusto a Dios y servirlo por lo que Él merece y de él ha recibido, aunque sufriera mucho por eso.

Así dice el alma en este grado:

«¡Ay, Dios y Señor mío, cuántos hombres y mujeres hay que van en pos de ti buscando consuelos o gustos, o pidiendo que les concedas favores, mientras que son muy pocos los que pretenden darte gusto, aunque les costara incluso sufrimiento! Porque el problema no está en que Tú no nos quieras favorecer de nuevo, sino en que nosotros no usemos lo que ya nos has dado para servirte, con el único fin de obligarte a que nos sigas favoreciendo».

En este grado de amor muchas veces visita Su Majestad al alma llenándola de deleites espirituales, porque el inmenso amor del Verbo Cristo no puede ver a su amante sufrir penas sin acudir con presteza.

El quinto grado hace que el alma apetezca y codicie a Dios con impaciencia y, cuando se ve frustrado su deseo, lo cual es casi a cada paso, desfallece. En este grado, el amante no puede dejar de ver lo que ama sin sentirse  morir. En este hambriento escalón se nutre el alma de amor, puesto que según se siente hambre se desea comer.[93]

El sexto grado hace correr al alma sutil y rápidamente hacia Dios, sintiendo de vez en cuando ciertos toques suyos, sin desfallecer y lleno de esperanza.

En el séptimo grado, el amor hace al alma atreverse a todo con vehemencia. Esto se ve claramente en las palabras del Apóstol «La caridad todo lo ve, todo lo espera y todo lo puede» (1Co 13, 7). Del mismo modo hablo Moisés cuando dijo a Dios que perdonara al pueblo, y si no, que lo borrara a él del libro de la vida (Cf. Ex 32, 31-32). Ellos consiguen de Dios lo que con gusto le piden. En este grado no le es licito al alma atreverse a algo si no sintiera el favor interior del cetro del rey inclinado para ella (Cf. Est 6, 11), para no caer los escalones que ha subido, en los cuales se ha de permanecer en humildad.

El octavo grado de amor hace al alma tomar y apretar sin soltar al Amado, como lo dice la esposa en el Cantar de los Cantares: «Lo abracé y no lo soltaré más» (Ct 3, 4). En este grado de unión el alma se satisface intermitentemente ya que, si fuese de continuo, tendría cierta gloria en esta vida.

Saliendo ya de la noche oscura del espíritu, en el noveno grado de amor, el alma arde con suavidad y deleite. Grado de los perfectos, donde el Espíritu Santo actúa, en razón de la unión que tienen con Dios. Habría mucho qué decir y escribir acerca de los bienes que el alma recibe aquí.

LOS PERFECTOS

En el décimo y último grado, el alma se asimila totalmente a Dios, en razón de la clara visión de Dios que posee inmediatamente, saliendo de la carne.

Dichosos los pocos que llegan a este grado de la escalera secreta de amor, ya que están tan purgados que no pasarán por el purgatorio.

De estos dice Jesús: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8); esta visión es la causa de la similitud total del alma con Dios, como dice san Juan: sabemos que seremos semejantes a Él (1Jn 3, 2), no porque el alma esté tan capacitada como Dios, pues esto es imposible, sino porque todo en ella se hará semejante a Dios; tanto que se llamará y será Dios por participación.

Es de advertir que aunque aquí el alma esté tan elevada, todavía le queda algo encubierto, tanto cuanto le falta para asimilar totalmente la divina esencia.[94]

Con las tres virtudes teologales no solamente gana la gracia y la voluntad de su Amado, sino que irá muy amparada y segura de sus tres enemigos:

La Fe es una túnica interior de una blancura tan elevada que disgrega la vista de todo entendimiento y viste al alma de modo que el demonio no atina a dañarla, porque con la Fe va más amparada de este maléfico espíritu que con todas las demás virtudes.

Por eso, san Pedro no encontró mayor amparo que la Fe para librarse del demonio: «…al cual resistiréis firmes en la Fe» (1Pe 5, 9).

Esa blancura de Fe llevaba el alma al salir de la noche oscura, cuando estaba en oscuridad y penas. En ese momento, ni el entendimiento le podía dar alivio del cielo (pues le parecía cerrado), ni de Dios (pues le parecía escondido), ni de los que lo enseñaban (pues no lo satisfacían). Fue la Fe la que la mantuvo constante y perseverante, sin desfallecer ni fallarle a su Amado.

Una vestidura verde puesta sobre esa túnica blanca representa la virtud de la Esperanza. Esta virtud libra al alma del segundo enemigo: el mundo.

El verdor de la Esperanza viva en Dios, nuestro Señor, eleva al alma lanzándola con viveza hacia las cosas de la vida eterna, de tal modo que, comparando lo que allí espera, todo lo de abajo le parece sin valor alguno. Se despoja, entonces, de las vestiduras del mundo, quitando su corazón de todo y sin esperar nada de lo que hay en él, para vivir esperando únicamente la vida eterna. Así, las cosas del mundo no la pueden tocar siquiera.

Dios, al ver el alma tan ajena a todo lo terreno y puesto el interés sólo en Él, se agrada grandemente y le regala todo lo que espera.

Salió de la noche el alma vestida, entonces, con este traje verde que lo protegió durante esas horas amargas.

Un tercer vestido posee el alma aquí: uno de color rojo, que representa la virtud de la Caridad, el cual, además de embellecer las otras dos prendas, levanta tanto al alma, que la pone realmente cerca de Dios.

Con este ropaje se ampara el alma del tercer peligro, la carne; pues donde hay verdadero amor no entra el apego de sí ni de las criaturas. Además, se llena el alma de gracia y donaire, para agradar al Amado con ellas, ya que ninguna virtud es valiosa delante de Dios sin la caridad.

Recapitulando, la Fe oscurece y vacía al entendimiento de toda su inteligencia natural, disponiéndola para unirla con la Sabiduría divina. La Esperanza vacía y aparta la memoria de toda posesión de las criaturas y la pone en lo que debe esperar, purificándola para unirla con Dios. Y la Caridad vacía y aniquila los apetitos de la voluntad de todo lo que no es Dios, disponiéndola a una unión con Dios por el amor.[95]

En este estado, se infunde la contemplación pasiva y secretamente, sin que los sentidos ni potencias interiores o exteriores de la parte sensitiva se percaten de ello y, por lo tanto, no lo impidan. Por eso, Nuestro Señor afirmó que «No sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6, 3); quiere decir esto que la parte sensitiva (la porción inferior del alma) no se entere, que sea un secreto entre el espíritu y Dios.

Y es que el demonio, si no es por esta parte sensitiva, no puede enterarse de lo que sucede en el alma. Por eso, cuanto la comunicación es más espiritual, más interior y más alejada de los sentidos, tanto menos el demonio alcanza a entenderla.

Sin embargo, a veces, por el hecho de que estas comunicaciones producen tanta quietud y silencio en los sentidos y en las potencias, el demonio se percata de que están llevándose a cabo y que algún bien le está llegando al alma. Pero, como nada puede hacer para contradecirlas en el fondo del alma, se pone a alborotar y azorar la parte sensitiva, con dolores, horrores y miedos, para inquietar la parte superior, la espiritual, acerca del bien que el alma está recibiendo y gozando.

Otras veces sucede lo contrario: el alma, llena de una comunicación espiritual muy purificada, se refugia de esos ataques cobijándose más en su interior, donde consigue más paz y más provecho espiritual. Y esto sucede sin que ella haga nada e, incluso, sin comprenderlo siquiera. Entonces, al ver que el ataque no le llega, se llena de más y más seguridad, aunque muchas veces siente atormentarse por fuera su carne y los huesos.

En cambio, cuando la comunicación no se da tanto en el espíritu, sino en el sentido, más fácilmente alcanza su cometido el demonio, turbando y alborotando el espíritu, por medio de horrores que se hacen intolerables, hasta no poderlos describir.

Algunas veces el demonio nota que el alma recibe un favor de un ángel bueno (que son los que Dios permite que el adversario entienda). Esto sucede, primero, para que el demonio haga lo que en justicia logre hacer y así no pueda alegar que no se le dio la misma oportunidad de conquistar un alma: habiendo paridad de oportunidades para los dos guerreros (el ángel bueno y el malo), quien venza saboreará más la victoria; además, si el alma supera la tentación y es fiel, será premiada más generosamente.

De este modo, las visiones que recibe el alma de parte del ángel bueno (visión de Cristo, por ejemplo) también las puede representar falsamente el ángel malo; y el alma que no es cauta es engañada falsamente. En el Éxodo se ve una figura de esto mismo (Ex 7, 11-12; 8, 7), cuando Moisés hacía señales verdaderas mientras los magos del Faraón las hacían aparentes: si él sacaba ranas, ellos también las sacaban; si él convertía el agua en sangre, ellos también lo hacían.

El demonio, imitador de todo, no solo le da por remedar las visiones corporales, sino que también intenta falsificar las comunicaciones espirituales, pero sin mostrarles forma ni figura, ya que el espíritu no posee ni forma ni figura (como sí las tienen las corporales). Entonces induce al alma a un temor espiritual para poder destruir la comunicación espiritual. Cuando pasa esto, el alma no puede refugiarse tan rápidamente como en otras ocasiones y, por eso, el demonio la ataca con algún horror y turbación espiritual, a veces muy penosa para el alma. Sin embargo, en este momento, el alma se puede retirar rápido de ese estado, recogiéndose dentro de sí misma, con la ayuda del ángel bueno, que actúa a su favor.

Pero se da el caso de que el ataque del maligno prevalece, llevando al alma a la turbación y el horror, cosa que le causa al alma mayor sufrimiento que ningún otro tormento de esta vida. Por fortuna, no dura mucho el alma así, pues se saldría el alma del cuerpo por la comunicación vehemente del otro espíritu.

Todo esto le acontece al alma en forma pasiva, sin que ella haga nada al respecto. Pero debe saberse que el ángel bueno permite al demonio esta ventaja a fin de purificarla para una fiesta y dádiva espiritual, a veces tan elevada, que no hay lenguaje que la pueda describir. Antecede entonces el horror del espíritu malo a estas visiones espirituales, que son más de la otra vida que de esta.

Lo dicho hasta ahora corresponde a las visitas del ángel bueno, que hace cuando el alma todavía no está completamente a resguardo del enemigo; pero cuando es el mismo Dios quien la visita, recibe sus gracias, puesto que ya Él mora sustancialmente en ella, donde ni ángel ni demonio puede llegar a entender lo que pasa, ni puede conocer las íntimas y secretas comunicaciones que hay entre ella y Dios.

Toques divinos y soberanos de la sustancial unión entre el alma y Dios, que en nada se pueden comparar con ninguna otra experiencia, son los que ella pedía en el Cantar de los Cantares: «¡Béseme con besos de su boca!» (Ct 1, 1).

Entonces, se ve el alma elevada en la parte superior y espiritual y tan apartada de la porción inferior y sensitiva, que le parece estar dividida en dos partes. Se va haciendo el alma toda espiritual, en una contemplación unitiva.[96]

El alma habrá alcanzado aquí el estado de inocencia de Adán, antes del pecado: que las porciones del alma, espiritual y sensitiva, estén reformadas, ordenadas y sosegadas.

No se puede llegar a esta unión sin gran pureza. Y esta pureza no se alcanza sin el desapego total de toda criatura y sin viva mortificación.[97]

En esta dichosa contemplación el alma es llevada por Dios tan lejos del sentido y tan ajeno a él, que ni cosas personales ni el toque de criatura alguna alcanza a llegarle al alma para estorbarla o detenerla en su camino a la unión de amor.

Oscurecido todo, ni mira ni puede mirar el alma nada que no sea Dios, para ir a Él, porque está libre de todos los obstáculos.

Sin acogerse a particular luz interior del entendimiento ni a guías exteriores, va el alma ardiente en el solo amor por el Amado, quien la hace volar a Él, sin saber ella cómo.[98]

EL MATRIMONIO ESPIRITUAL

–  Los sufrimientos de la noche oscura son una participación en la Pasión de Cristo y, principalmente, en el tormento principal de la misma: el abandono de Dios.

–  ¿Pero qué angustia humana, por más dolorosa que sea podrá medirse con la de la Pasión de Cristo, quien durante toda su vida gozó de la visión beatífica, hasta que por propia y libre decisión se privó de este gozo la noche de Getsemaní?

–  Solamente Él, el único que la sufrió, puede ser capaz de dar a probar algo de ella a los que para esa gracia tiene destinados, en la intimidad de la unión que se realiza en el matrimonio espiritual.

–  Un verdadero conocimiento experimental del mal y de su radical oposición al bien únicamente podían los hombres adquirir, obrando el mal, haciéndolo.

Pues bien, el alma unida a Cristo llega por la participación en la Pasión del Crucificado (es decir, en la noche oscura de la contemplación) al «conocimiento del bien y del mal», adquiriendo experiencia de su fuerza redentora.

Siempre se insiste, en efecto, de una forma y de otra en que el alma se purifica precisamente mediante ese padecer agudísimo y vivísimo, causado por el propio conocimiento (como reconocimiento de la propia íntima condición pecadora).

–  La unión mística hay que concebirla también como una participación en la Encarnación: es tal la junta de las dos naturalezas y tal comunicación de la divina a la humana, que el alma unida en matrimonio espiritual con Dios parece Dios; es parecida la unión de las dos naturalezas de Cristo en la unión hipostática: en el matrimonio místico entran en contacto y se unen dos personas, manteniendo su dualidad. Pero también mediante la mutua entrega surge una unión que se parece y acerca a la hipostática. Ella abre las almas a la infusión de la gracia divina, y por la absoluta y total sumisión de la propia voluntad a la divina, el Señor queda con las manos libres para poder disponer de tales almas como si fueran miembros de su propio cuerpo. Ya no viven su propia vida sino la de Cristo, ya no sufren su propia pasión sino la Pasión de Cristo.

–  El alma que ha llegado al matrimonio espiritual está en el más alto grado de amor.

–  Así como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios sustancialmente en toda el alma, o mejor, el alma se transforma en Dios, según la sustancia de ella y según sus potencias espirituales: según el entendimiento bebe sabiduría y ciencia, según la voluntad bebe amor suavísimo y según la memoria bebe recreación y deleite en recordación y sentimiento de gloria.

–  Bebida de altísima sabiduría de Dios que la hace olvidar todas las cosas del mundo, y le parece al alma que lo que antes sabía y aun lo que sabe todo el mundo, en comparación de aquel saber, es pura ignorancia…

–  Está el alma en este puesto en cierta manera como Adán en la inocencia, que no sabía qué cosa era el mal; porque está tan inocente que no entiende el mal ni juzga nada mal.

–  Las noticias y formas particulares de las cosas y actos imaginarios y cualquier otra aprensión que tenga forma y figura, todo lo pierde e ignora en aquel absorbimiento de amor, porque como actualmente queda absorta y embebida el alma en aquella bebida de amor, no puede estar en otra cosa actualmente, porque aquella transformación en Dios de tal manera la conforma con la sencillez y pureza de Dios (en la cual no cae forma ni figura imaginaria), que la deja limpia y pura y vacía de todas las formas y figuras que antes tenía.

–  Antes de que el alma entre en este estado de perfección, por más espiritual que sea, al entendimiento suele quedarle algo de sus antiguas ganas de saber; la voluntad se deja llevar de algunos gustillos y apetitos propios, todavía le apetece poseer algunas cosillas, guarda asimientos y preferencias, busca la estima de los demás y tiene puntillos de honra, tocante a comida y bebida gusta más de esto que de aquello, es presa de cuidados impertinentes, de variedad de gozos, dolores, esperanzas y temores.

Todo esto sucede hasta que, entrándose a beber en esta bodega interior, lo pierde todo, quedándose hecha toda amor.

–  En el matrimonio espiritual Dios le descubre sus secretos como amigo y le comunica la ciencia sabrosa de la teología mística, la ciencia secreta de Dios. Ella, a su vez, se entrega a Dios con entrega total, quiere ser toda suya y no tener ya más en sí cosa que no sea de Él.

Y como Dios ha quitado de ella todo lo que podía atar su corazón, puede entregarse no solo según la voluntad, sino de hecho absolutamente sin reservarse nada. Ni primeros movimientos siente ya levantarse contra lo que sea voluntad de Dios. No sabe otra cosa sino amar y andar siempre en deleites de amor con el Esposo.

Ha llegado ya a aquel estado, cuya forma y ser es el amor. Ella todo es amor, si así se puede decir, y todas sus acciones son amor, y todas sus potencias y caudal de su alma emplea en amar. Como el alma ve que su Amado nada aprecia ni de nada se sirve fuera del amor, de aquí es que desando ella servirlo perfectamente, todo lo emplea en amor puro de Dios…

–  Como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer Dios que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que lo ame, porque la propiedad del amor es igualar al alma que ama con la cosa amada. De ahí que el alma aquí tiene perfecto amor, por eso se llama esposa del Hijo de Dios, lo cual significa igualdad con Él, igualdad en la cual todas las cosas de los dos son comunes a ambos.

–  Tan natural le es a ella trabajar por Él y por su honra, que muchas veces lo hace sin pensarlo y sin darse cuenta de que está trabajando para Dios. Todos los hábitos de imperfección que tenía: hábito de hablar cosas inútiles y de pensarlas y obrarlas, sin mirar en ello a la mayor perfección del alma, cumplimientos, procurar parecer bien, etc.; todos estos oficios u ocupaciones los ha dejado ya.

–  Ya no tiene otro ejercicio o empleo que el de amar. Todas sus facultades se mueven ya por el amor y en el amor.

–  Ante Dios más valor tiene un poquito de este puro amor y más provecho a la Iglesia, aunque parezca que no hace nada, que muchas otras obras juntas.

–  Si el mundo da por perdida a un alma que no quiere saber nada de sus cosas y pasatiempos, ella acepta de buena gana tal imputación o murmuración. Lo confiesa espontánea y resueltamente: «Sí, me hice perdidiza, pero fui ganada». Ganada para Dios, porque de veras se ha perdido a todo lo que no es Dios. 

–  El alma reconoce que sin mérito de su parte Dios le ha hecho grandísimas mercedes y todo lo atribuye, no a sí sino a Dios. Si ha hallado gracia a los ojos del Esposo divino, todo ha sido efecto de la mirada amorosa de éste, que con su gracia la ha dejado tan hermosa que ha merecido ser amada del modo más tierno por Él.

–  Dios no puede amar cosa fuera de Sí. Por eso, amar Dios al alma es meterla en cierta manera en Sí mismo igualándola consigo, y así ama al alma en Sí, consigo, con el mismo amor con que Él se ama, y por eso en cada obra, por cuanto la hace por Dios, merece el alma el amor de Dios. Merece al mismo Dios.

–  El recuerdo de su primer estado feo y vergonzoso le sirve para gozarse aún más en la compañía de su Esposo divino.

–  Cuando Dios ve al alma graciosa en sus ojos, mucho se mueve a hacerle más gracia, por cuanto en ella mora bien agradado. De manera que, si antes de que estuviese en su gracia, por Sí solo la amaba, ahora que ya está en su gracia no solo la ama por Sí, sino también por ella; y así enamorado de su hermosura siempre le va Él comunicando más amor y gracia, y como la va honrando y engrandeciendo más, siempre se va prendado y enamorado más de ella. ¿Quién podrá decir hasta dónde llega lo que Dios engrandece un alma cuando da en agradarse de ella? No hay cómo poderlo ni aun imaginar; porque, en fin, lo hace como Dios, para mostrar quién es Él.

–  Esta es la propiedad de esta unión del alma con Dios en matrimonio espiritual, hacer Dios en ella y comunicársele por Sí solo, no por medio de ángeles ni por medio de habilidad natural.

–  A medida que crece el amor crece también y se hace más intenso el deseo de entender clara y desnudamente las verdades divinas y de adentrarse más y más en los abismos de los incomprensibles juicios y misterios divinos, y a trueque de esto le sería grande consuelo y alegría encontrar por todos los aprietos y trabajos del mundo, por dificultoso y penoso que fuese.

–  El alma desea entrar en multitud de trabajos y tribulaciones, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer; porque el padecer le es medio para entrar más en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios. Porque el mas puro padecer trae más íntimo y puro entender, y por consiguiente más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber. Por tanto no contentándose con cualquier manera de padecer, dice: «Entremos hasta los aprietos de la muerte por ver a Dios».

–  ¡Oh, si se acabase de entender cómo se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, si no es entrando en la espesura del padecer!

–  A esta visión divina predestinó Dios al alma desde la eternidad. Pero es algo que «ningún ojo lo vio, ningún oído lo oyó ni cayó en corazón de hombre» (1Co 2, 9; Is 64, 3). Pero lo que de ella llega a barruntar el alma es algo tan grande, que para expresarlo no hay otra palabra que «aquello».

–  No es posible dar una explicación de este misterioso «aquello». El Señor se refirió a él por medio de siete distintas expresiones y comparaciones en el Apocalipsis. 

«Al que venciere le daré a comer del árbol de la vida que está en el Paraíso de mi Dios» (2, 7).

«Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (2, 10c).

«Al que venciere le daré el maná escondido y le pondré una piedrecilla blanca y en la piedrecilla escrito un nombre nuevo que nadie lo sabe sino el que lo recibe» (2, 17b-c).

«Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin le daré potestad sobre las gentes, y las regirá con vara de hierro y como un vaso de barro se desmenuzarán, así como Yo también la he recibido de mi Padre, y le daré la estrella de la mañana» (2, 26-28)

«El vencedor será revestido de vestiduras, yo no borraré jamás su nombre del libro de la vida y reconoceré su nombre delante de mi Padre y de los ángeles» (3, 5)

«Al que venciere lo haré columna del templo de mi Dios y no saldrá fuera ya jamás, y escribiré sobre él el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, la Jerusalén nueva, la que desciende del Cielo de mi Dios, y también Mi nombre nuevo» (3,12).

«Al vencedor lo sentaré conmigo en mi trono, igual que yo, que he vencido y me he sentado con mi Padre en su Trono» (3, 21)

Hasta aquí son palabras del Hijo de Dios para dar a entender «aquello», y es que lo inefable no se deja encerrar en palabras humanas.

NOTA FINAL

Me atrevo a aconsejar al lector que, si quiere recorrer estos caminos más deprisa, se acoja a la bienaventurada Virgen María, que también es su Madre, pues ella lo llevará con menos rodeos hacia el Amor eterno: asido de su mano, sin vacilar tanto, sin caer tanto, se llenará de sabiduría divina, pues ella es su Trono.

 

BIBLIOGRAFÍA

Carta de Dios, 1ª edición, Bogotá, Colombia, MRC editores, 1991.

Catecismo de la Iglesia Católica, 2ª edición, Barcelona, España, Asociación de Editores del Catecismo, 1992.

Ciencia de la Cruz, Stein, E., 4ª edición, Burgos, España, Editorial Monte Carmelo, 2000.

Cómo hacer meditación, Maurino, Pablo Francisco, 1ª edición, Bogotá, Colombia, MRC editores, 1997.

Diccionario de la lengua española, Real Academia Española, edición en CD-Rom, Madrid, España, Espasa Calpe, 1992.

El abandono en la divina Providencia, Caussade, Jean–Pierre, Pamplona, España, Fundación Gratis Date, 2000.

La Biblia latinoamericana, San Pablo, Argentina y Sociedad Bíblica Católica Internacional, edición en CD-Rom, Buenos Aires, Argentina, San Pablo, 1995.

San Jun de la Cruz, Obras completas, Editorial Monte Carmelo, Burgos, España, 1987.

Síntesis de Espiritualidad Católica, Pamplona, España, Fundación Gratis Date, 1999.

Un llamamiento al amor, 1ª edición, México, D. F., México, Editorial Patria S. A., 1949.

Un santo para cada día, Sgarbossa, Mario, Giovannini, Luis, 1ª edición en español, San Pablo, 1994.

Visión franciscana de la vida cotidiana, Merino, José Antonio, 1ª edición, Madrid, España, Ediciones Paulinas, 1991.

Vivencia de Cristo Paciente, San Pablo de la Cruz, clásicos de espiritualidad, BAC, Madrid, España, 2000.

 


[1] De los sermones de san Agustín, obispo. Sermón 185: PL 38, 997-999.

[2] Artículo de la revista: Orar, modos de ayer y de hoy, nº 34, traducción: padre Manuel Ordoñez, Editorial Monte Carmelo, Burgos, España.

[3] Cf. Noche, san Juan de la Cruz, 1, 1.

[4] Cf. N 1, 2.

[5] Cf. N 1, 3.

[6] Cf. N 1, 4.

[7] Cf. N 1, 5.

[8] Cf. N 1, 6.

[9] Cf. N 1, 7.

[10] Cf. N 1, 7.

[11] Cf. Subida al Monte Carmelo, 2, 5.

[12] Cf. S 1, 4-5.

[13] Cf. S 1, 6.

[14] Cf. S 1, 7.

[15] Cf. S, 1, 8.

[16] Cf. S 1, 9.

[17] Cf. S 2, 5.

[18] S 1, 5.

[19] Cf. S 2, 4.

[20] Cf. N 2, 3.

[21] Cf. N 1, 1.

[22] Cf. N 1, 8.10-11.

[23] Cf. S 2, 13-15.

[24] N 1, 8.

[25] Cf. S 1, 13.

[26] Cf. S 2, 6.

[27] Cf. S 2, 8.

[28] Cf. S 2, 9.

[29] Cf. S 2, 10.

[30] Cf. S 2, 11.

[31] Cf. S 2, 12.

[32] Cf. S 3, 8.

[33] Cf. S 3, 2.

[34] Cf. S 3, 3.

[35] Cf. S 3, 4.

[36] Cf. S 3, 5.

[37] Cf. S 3, 6.

[38] Cf. S 3, 7.

[39] Cf. S 3, 8.

[40] Cf. S 3, 9.

[41] Cf. S 3, 10.

[42] Cf. S 3, 11.

[43] Cf. S 3, 13.

[44] Cf. S 3, 16.

[45] Cf. S 3, 18.

[46] Cf. S 3, 21.

[47] Cf. S 3, 24.

[48] Cf. S 3, 27.

[49] Cf. S 3, 30.

[50] Cf. S 3, 33.

[51] Cf. S 3, 19.

[52] Cf. S 3, 20.

[53] Cf. S 3, 22.

[54] Cf. S 3, 23.

[55] Cf. S 3, 25.

[56] Cf. S 3, 26.

[57] Cf. S 3, 28.

[58] Cf. S 3, 31.

[59] Cf. S 3, 32.

[60] Cf. S 2, 13-15; N 1, 9.

[61] Cf. N 1, 12-13.

[62] Cf. N 1, 14.

[63] S 2, 7.

[64] Cf. S 2, 10.

[65] Cf. S 2, 19.

[66] Cf. S 2, 20.

[67] Cf. S 2, 21.

[68] Cf. S 2, 22.

[69] Cf. S 3, 14; 2, 26.

[70] Cf. S 3, 33.

[71] Cf. S 3, 35.

[72] Cf. S 3, 35-44.

[73] Cf. S 3, 45.

[74] Cf. N 2, 1.

[75] Cf. N 2, 2.

[76] Cf. N 2, 3.

[77] Cf. N 2, 4.

[78] Cf. N 2, 5.

[79] Cf. N 2, 7.

[80] Cf. N 2, 8.

[81] Cf. N 2, 5, 3.

[82] Cf. N 2, 9.

[83] Is 64, 4.

[84] Flp 4, 7.

[85] Cf. N 2, 10.

[86] Cf. N 2, 11.

[87] Cf. N 2, 12.

[88] Cf. N 2, 13.

[89] Cf. N 2, 15.

[90] Cf. N 2, 16.

[91] Cf. N 2, 17.

[92] Cf. N 2, 18.

[93] Cf. N 2, 19.

[94] N 2, 20

[95] N 2, 22

[96] N 2, 23

[97] N 2, 24

[98] N 2, 25

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I.                   Temporales[1]

A.                Riquezas

B.                 Títulos

C.                Estados

D.                Profesiones u oficios

E.                 Familia

F.                 Otros

II.                 Naturales[2]

A.                Dotes corporales

B.                 Inteligencia

III.              Sensuales[3]

A.                Vista

B.                 Oído

C.                Olfato

D.                Gusto

E.                 Tacto

F.                 Imaginación

IV.              Morales (virtudes)[4]

V.                Sobrenaturales (dones y gracias)[5]

VI.              Espirituales[6]

A.                Sabrosos

B.                 Penosos


[1] Cf. S 3, 18.

[2] Cf. S 3, 21.

[3] Cf. S 3, 24.

[4] Cf. S 3, 27.

[5] Cf. S 3, 30.

[6] Cf. S 3, 33.

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Ciclo C, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2010

Purificar los apegos

 

En el libro de la Sabiduría se nos enseña que el hombre es infinitamente menos sabio que Dios y que, por lo tanto, todo juicio que haga de la realidad siempre será inexacto. Dios, por el contrario, lo conoce todo en su perfecta dimensión. Además, se pone de manifiesto que sus intenciones son más altas que las del ser humano, el cual sólo puede ir creciendo con la ayuda del Espíritu Santo.

Uno de los aspectos de la sabiduría divina fue siempre la alta dignidad del hombre, para el que no estaba planeada la esclavitud. Sin embargo, nuestra pequeñez de miras sólo comenzó a vislumbrar que la libertad es un derecho de todo hijo de Dios, cuando el Espíritu Santo, por intermedio de san Pablo, empezó a explicarlo en su carta a Filemón, como nos lo muestra la segunda lectura.

¡Cuántas no serán las verdades que están todavía ocultas a nuestros ojos!

Si meditamos el Evangelio de hoy, por ejemplo, el Espíritu Santo nos ayudará a desentrañar uno de los misterios más útiles de la doctrina cristiana: el ser humano llegará a ser totalmente santo, como nos lo pide Dios, cuando, libre de apegos, lo ame sobre todas las cosas. De hecho, nada impuro entrará en el Reino de los Cielos; mientras estemos apegados a las criaturas no podremos amar totalmente al Creador.

Eso es lo que hoy nos enseña Jesús: que la criatura no puede preferir las cosas, los otros hombres, las ideas propias o a sí mismo más que a Dios. Y la experiencia nos muestra que muchas veces Dios está en un segundo lugar.

¿Acaso no preferimos a las cosas cuando descuidamos la Eucaristía o la oración o la confesión, porque «tenemos mucho trabajo»? ¿Quién puede decir que ama más a Dios que a sus seres queridos si, en caso de que mueran, llora desconsolado, sin aceptar la voluntad de Dios, olvidando que Él es la misma sabiduría y el mismo Amor, y que si lo permitió es para nuestro bien, aunque no lo entendamos? ¿No es verdad que a veces nos desalentamos porque Dios no nos concede lo que le pedimos?

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Ciclo B, domingo de ramos

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

La esencia de la sabiduría divina

 

Hoy se nos presentan dos acontecimientos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Pasión del Señor. Es difícil entender su relación, pues primero Jesús es aclamado como Dios y luego es torturado hasta la muerte como un esclavo; este es uno de los misterios más maravillosos de nuestra fe: un Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a Dios.

Esto nos ensaña que en la medida en que el ser humano se despoja de sus ataduras, de sus apegos, de sus malas inclinaciones, en esa medida crece su capacidad espiritual, se hace más cercano a Dios…

Debemos morir al pecado y a las malas acciones para poder llegar a Dios, a ese estado en el cual Él gobierna nuestras acciones: ya no tomamos las decisiones, basados en criterios humanos, sino que es el Espíritu Santo quien nos ilustra, quien nos dirige, quien decide por nosotros.

Así, cada acto estará lleno de la sabiduría divina, es decir, ya actuaremos según Dios y no según nuestro pobre modo de entender, equivocándonos con frecuencia, pues estamos viciados por el pecado original.

Así lo hizo la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Sabiduría encarnada. Y, ¿cómo lo hizo? Él mismo nos lo dice: No me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

En la segunda lectura está la esencia de esta sabiduría: Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Si hacemos eso, reconocernos criaturas, seres falibles, capaces de caer, necesitados de Dios, Él nos engrandecerá también a nosotros y nos dará la sabiduría, con la que llegaremos a la meta de todo ser humano: la felicidad.

 

 

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