Hacia la unión con Dios

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Ciclo C, I domingo de cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 2, 2010

¿Tentaciones?

 

Consuela saber que Jesús tuvo tentaciones. Y las tuvo en el momento en que se aprestaba a realizar la obra salvífica, la razón por la que vino a este mundo.

Es verdad que Él era Dios, pero también era hombre: basta verlo llorar cuando muere su amigo Lázaro; mirar su cara de tristeza cuando se retiró, dolido, el joven rico; asistir con la imaginación al Monte de los Olivos y observar su profundo dolor y angustia… Sufría, sentía, se dolía, se alegraba como nosotros…, pero como amaba más que nosotros, esos sentimientos eran más intensos.

Quería enseñarnos que todos los pasos que vamos a dar deben ir precedidos por una intensa oración, acompañada por algo de mortificación, por un poco de sacrificio. Intentaba, con su ejemplo, decirnos que todos necesitamos preparar nuestra alma —el sufrimiento es la vida del alma—, para que, al dejar de lado los apetitos egoístas, tuviéramos alas para volar por los senderos de la santidad hasta la eternidad, fin verdadero de nuestras vidas.

Jesús aprovecha que el demonio intenta hacerlo caer, para que nosotros sepamos qué hacer cuando sobrevenga la tentación: acudir afanosamente a la oración y a la mortificación, para llenarnos de fortaleza interior, y así enfrentar, con valentía, nuestras malas inclinaciones.

Además, debemos acudir a la Ley de Dios, para que sepamos qué hacer en cada caso. Reconoceremos que esa es la Ley suave que Él vivió: amar a Dios sobre todas las cosas (obedecerlo) y al prójimo como a nosotros mismos. Y, ¿cómo vivió esa Ley? Nos enseñó, durante treinta años, cómo debíamos portarnos, viviendo una vida sencilla y humilde, y pagó nuestras culpas dándolo todo en la Cruz.

¿No nos impulsa esto a seguir su ejemplo? ¿Acabaremos con esa cobardía que no nos deja vivir como los ángeles, ángeles con los pies bien puestos en la tierra?

Iniciemos esta Cuaresma pidiendo a Jesús que, por nuestra unión a su Cruz, nos limpie e impregne nuestro corazón de amor, de alegría y de paz, para poder darlas a los demás.

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Ciclo C, V domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 15, 2010

¡Y se realizó el milagro!

 

Era quizá el más viejo de todos los apóstoles. Había pasado toda su vida pescando; aunque empírico, era uno de los mejores. Sabía cómo, cuándo y dónde pescar. Simón Pedro tenía toda la experiencia. Jesús, en cambio, había sido carpintero y era ahora predicador.

Precisamente, este ignorante en las lides de la pesca, después de enseñar a la gente desde la barca de Simón, le ordena remar mar adentro y echar las redes.

«Maestro, nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Y al poco tiempo ¡se reventaba la red por tan gran pesca!

Si hacemos caso a las palabras de Jesús ¡veremos milagros! Sí. Como los de entonces. «Todo es posible para el que cree», dijo una vez el que es la misma Verdad. También nosotros podremos hacer cosas que parecen imposibles, tan solo si la fe en nosotros es total. Y obtener de Dios cosas que parecen imposibles.

Que vivamos de la fe, que sea nuestro móvil en nuestra vida personal y familiar, en el trabajo y en las relaciones sociales…

Y también en el apostolado: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres», para llevarlos hacia le felicidad auténtica: en el Cielo, y también aquí.

Así entenderemos plenamente la verdad más asombrosa de todas: «que Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día […]; que se le apareció a Cefas y más tarde a los doce». Que fue el primero en vencer a la muerte, y que nos invita a que la venzamos también, es decir, que no muramos eternamente en el Infierno, sino que cambiemos de casa: que pasemos de esta tierra al Cielo.

Dejemos a un lado el desmedido apetito por las cosas materiales y por los placeres, dejemos tanto amor propio, dejemos de creer que la fama, la honra, el quedar bien ante los demás, nos dará la felicidad, pues nada de eso nos lleva a Dios: Hagamos como los apóstoles que, «dejándolo todo, lo siguieron».

   

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