Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Arrepentimiento’

¿DECIR: “PERDÓN” Y YA?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2018

-Agarra un plato y tíralo al piso.

-Listo. Ya lo hice.

-¿Se rompió?

-Sí.

-Ahora pídele perdón.

-¡Perdón!

-¿Se arregló?

-No.

-¿Ahora entiendes? ¿No es verdad que la persona debe estar sinceramente arrepentida?

Hasta Dios -que es la misericordia infinita- nos exige eso para perdonarnos: un arrepentimiento sincero.

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¿Dios castiga?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 1, 2018

Si recurrimos a las definiciones de la Real Academia Española, podemos entender mejor este asunto.

Efectivamente, hay cinco acepciones para la palabra: CASTIGO. Estas son las dos que nos interesan:

  1. m. Pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta.

  2. m.ant. Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección.

La primera definición se refiere a la pena que pagan en el Purgatorio o en el Infierno quienes quedaron debiendo algo, mientras que la otra es la que se aplica aquí en la tierra: Dios, en su infinita misericordia, prefiere amonestarnos amorosamente, para que nos corrijamos y no tengamos que pagar nada en el Purgatorio o en el Infierno.

Por eso es que decimos que Dios es infinitamente misericordioso y también infinitamente justo: infinitamente misericordioso antes de nuestra muerte (nos da miles de oportunidades de enmendarnos) y es infinitamente justo inmediatamente después de que muramos, pues es el momento de la justicia, cuando ya no hay oportunidad de enmendar nada, pues ya nos dio todas las oportunidades para arrepentirnos y cambiar.

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La caridad que hay que ejercer con el infiel

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2012

 

1. Desde el punto de vista terrenal, la infidelidad es la mayor muestra de desamor: quien es infiel simplemente no ama.

La segunda verdad es que quien prometió fidelidad delante de Dios, en un acto solemne, le falló a Dios, le falló a su esposa (si tienen hijos, les falló también a ellos), destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando incumplió lo que libremente prometió.

Y en tercer lugar, quien esconde durante un tiempo esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia: si se valora, lo olvida para siempre. Para ella él está muerto. Resucitará para ella únicamente, cuando demuestre su sincero arrepentimiento con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque se vean muy sinceras y honestas.

 

2. Desde el punto de vista espiritual, debemos recordar, por una parte, que a todo pecador debe dársele la oportunidad de arrepentirse. Pero tampoco podemos olvidar que ni siquiera Dios perdona cuando no hay arrepentimiento sincero.

Los adúlteros —pecadores— no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Por eso, si ella no le muestras una indiferencia total (“No vale la pena seguir con él si no cambia”) y un rechazo por sus malas acciones, es posible que jamás se convierta de su mala vida.

Y, para saber si está realmente arrepentido, es necesario, no solamente que él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vida, sino que pase mucho tiempo pidiéndole perdón a su mujer y mostrándole su arrepentimiento sincero (con lágrimas, regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando

Si la mujer no hace esto, falta a la caridad: se nos ha enseñado que, para ser buen cristiano, es necesario corregir al que yerra, no con palabras —que casi nunca son eficaces— sino con hechos. ¿Cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe exigir la mujer burlada por su marido.

 

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significaría que no había ni la más mínima semillita de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, nada había por rescatar. Y también significaría que pocas ganas tiene de corregirse y, por lo tanto, de salvarse.

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La vida interior*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 25, 2012

Desde el momento que el hombre cesa de ocuparse exteriormente, de conversar con sus semejantes; desde el instante que se encuentra solo, aun entre el bullicio de las calles de una gran ciudad, inmediatamente comienza a entretenerse con sus pensamientos. Si es un joven, piensa con frecuencia en su porvenir; si es un anciano, piensa en el pasado; y sus expe­riencias, felices o desgraciadas, hacen que juzgue de muy distinta manera a sus semejantes y a las cosas.

Si ese hombre es fundamentalmente egoísta, su con­versación íntima deriva a la sensualidad o al orgullo; piensa en el objeto de sus concupiscencias y de su envidia; y como de este modo no halla en sí sino tristeza y muerte, después bus­ca huir de sí mismo, exteriorizarse y divertirse para olvidar el vacío y la nada de su vida.

De esta conversación del egoísta consigo mismo nace un conocimiento muy bajo de sí y un amor no menos bajo hacia sí mismo.

Se ocupa ese tal de la parte sensitiva de su alma, de lo que es común al hombre y al animal; tiene goces sensibles, triste­zas sensibles, según que haga bueno o mal tiempo, según que gane o pierda en los negocios; se ve envuelto en deseos y aversiones de la misma naturaleza y, cuando se lo contraría, se exalta en cólera e impaciencia, inspiradas únicamente por el amor desordenado de sí mismo.

Pero conoce muy poco la porción espiritual de su alma, aquella que es común al ángel y al hombre. Aun cuando crea en la espiritualidad del alma y de las facultades supe­riores, inteligencia y voluntad, está muy lejos de vivir en este orden espiritual. No tiene, por decirlo así, conocimiento experimental de esta parte superior de sí mismo y tampoco la estima en lo debido. Si por ventura la conociera, encon­traría en ella la imagen de Dios, y comenzaría a amarse, no de una manera egoísta, en razón de sí mismo, sino por Dios.

Casi constantemente, sus pensamientos recaen sobre lo que en sí tiene de inferior; y aunque a veces dé pruebas de inte­ligente y hábil sagacidad y astucia, su inteligencia, en lugar de elevarse, se rebaja siempre a lo que es inferior a ella. Fue creada para contemplar a Dios, verdad suprema, y se deja envolver en el error, obstinándose a veces en defenderlo con gran ahínco. Cuando la vida no está a la altura del pensa­miento, el pensamiento desciende hasta el nivel de la vida, ha dicho alguien. Y así todo decae, y las más altas convic­ciones se apagan hasta extinguirse.

La conversación íntima del egoísta consigo mismo conduce así a la muerte y no es vida interior. Su amor propio lo lleva a pretender hacerse el centro de todo, a reducir todo a sí mismo, tanto las personas como las cosas; y como esto es imposible, pron­to cae en el desencanto y el disgusto; se hace insoportable a sí mismo y a los demás, y termina aborreciéndose, por haber que­rido amarse sin medida. A veces acaba aborreciendo la vida por haber anhelado por lo que la vida tiene de inferior.

Si, aun no estando en estado de gracia, comienza el hom­bre a buscar el bien, su conversación consigo mismo es ya totalmente diferente. Piensa, por ejemplo, qué cosas son necesarias para vivir honestamente y hacer vivir así a los suyos. Siente por esto graves preocupaciones, comprende su debilidad y la necesidad de poner su confianza, no en sí mismo, sino en Dios.

Este hombre, todavía en pecado mortal, puede conservar la fe cristiana y la esperanza, que subsisten en nosotros aun después de perder la caridad, mientras nuestro pecado no haya sido de incredulidad, presunción o desesperación.

La conversación íntima que este hombre sos­tiene consigo mismo es a veces esclarecida por la luz sobre­natural de la fe; medita algunas veces en la vida eterna y as­pira a ella, aunque con débil deseo. Y es a veces empujado por una inspiración especial a entrar en una iglesia para orar.

Si el hombre tiene al menos arrepentimiento de sus pecados y recibe la absolución, vuelve al estado de gracia y a la caridad, al amor de Dios y del prójimo.

Muy pronto, en la soledad de sus pensamientos, su conversación consigo mismo cambia; comienza a amarse santamente, no por sí mismo sino por Dios, y lo mismo a los suyos, y a comprender que debe perdonar a sus enemigos y aun amarlos y desearles la vida eterna como la desea para sí.

Sin embar­go, acaece muchas veces que esa conversación íntima del hombre en estado de gracia persiste en su egoísmo, en el amor propio, en la sensualidad y en el orgullo. Estas faltas no son mortales en él, sino veniales; pero si son reiteradas lo inclinan a caer en el pecado mortal, es decir a volver a la muerte espiritual. En tal caso, comienza el hombre nueva­mente a huir de sí mismo, porque encuentra en sí, no la vida, sino la muerte; y en lugar de hacer seria reflexión so­bre esta desgracia, sucede a veces que se adentra más y más en la muerte, entregándose a los placeres, a la sensualidad y al orgullo.

Eso no obstante, en los momentos de soledad, la conversa­ción íntima vuelve a reanudarse, como prueba de que no puede ser interrumpida. Querría acabar con ella, pero no le es dado conseguirlo. Es que en el fondo de su alma per­siste un afán irresistible, al cual es preciso dar satisfacción. Pero ese afán y ese deseo sólo Dios puede llenarlos, y le será preciso entrar de lleno en el camino que conduce a él. Tiene el alma necesidad de conversar con alguien que no sea ella. ¿Por qué? Porque ella no es su propio fin último. Porque su fin no es otro que Dios vivo y sólo en él puede encontrar su descanso. Como dice San Agustín: “Nuestro corazón está, Señor, inquieto, mien­tras no descanse en ti” (Esta es la prueba de la existencia de Dios por el deseo natural de la felicidad; felicidad verdadera y perdurable, que sólo puede encontrarse en el Soberano Bien, siquiera imperfectamente conocido y amado sobre todas las cosas, más que nosotros mismos).

Cuando ya la vida interior pasa a ser cada vez más una conver­sación con Dios, el hombre se des­prende poco a poco del egoísmo, del amor propio, de la sensualidad, del orgullo; y, por la frecuente oración, pide al Señor las gracias siempre renovadas de que se ve necesitado.

De esta suerte, comienza el hombre a conocer experimentalmente no ya sólo la parte inferior de sí mismo, sino la porción más elevada.

Sobre todo comienza a conocer a Dios de una manera vital; a tener experiencia de las cosas de Dios.

Poco a poco el pensamiento del propio yo, hacia el cual hacemos convergir todas las cosas, cede el lugar al pen­samiento habitual de Dios.

Y del mismo modo el amor egoís­ta de nosotros mismos y de lo que hay en nosotros menos noble, se transforma progresivamente en amor a Dios y a las personas en Dios.

La conversación interior cambia, tanto que San Pablo pudo decir: “Nuestra conversación es ya en el Cielo, nuestra verdadera patria” (Flp 3, 20).

Reginald Garrigou–­Lagrnage, Las tres edades de la vida interior

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Ciclo A, V domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

Está vivo, ¡resucitó!

Nadie lo podía creer, pero ahí estaba el muerto: tenía las manos y los pies atados con vendas y la cabeza cubierta con un velo. Así se comenzaron a cumplir las palabras del Señor: «Voy a abrir las tumbas de ustedes, oh pueblo mío, haré que se levanten de sus tumbas […] Entonces, cuando haya abierto sus tumbas y los haya hecho levantarse, sabrán que yo soy el Señor. Pondré en ustedes mi Espíritu y vivirán. –Palabra del Señor.»

Es que la verdadera muerte no es lo que creemos los hombres: es la imposibilidad de ganar la dicha eterna en el Cielo, estar en el pecado, vivir sin la gracia de Dios. Todo eso es muerte: sin esperanza, sin ilusión, sin vida de fe; sin tener presente la existencia verdadera de la Santísima Trinidad, de Santa María Virgen, de los ángeles, de los santos, de los que se limpian sus pecados en el purgatorio…

Y de los demonios, que buscan por todos los medios que muramos una y otra vez a la vida sobrenatural, que vivamos según la carne: que nos ocupemos exclusivamente del placer, del tener, del poder o de la fama…, y así nos olvidemos de lo que Dios tiene preparado a los que lo aman.

Esta muerte es peor que la separación del alma y el cuerpo: es muerte en vida, y es eterna, si no resucitamos a través de la confesión de nuestros pecados. ¡Esa reconciliación con Dios es la resurrección que, más que la de Lázaro, nos lleva a la verdadera Vida: ya no estamos en la carne, sino que vivimos en el espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en nosotros! Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en nosotros, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a nuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en nosotros.

Morir es, pues, tener pecados mortales. Enfermarnos es tener pecados veniales. Y para ambos hay remedio: la resurrección del Sacramento de la Reconciliación y el arrepentimiento sincero, junto con el inicio de una nueva vida: Vida de Dios, vida para Dios.

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Ciclo C, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2010

El más alto atributo de Dios

A veces olvidamos el atributo más sobresaliente de Dios: su infinita misericordia.

En el Éxodo, se nos cuenta que Dios no deja que estalle su furor contra los pecadores. Había determinado exterminarlos, pero Moisés suplicó al Señor, y Él renunció a destruir a su pueblo, como lo había anunciado.

Pablo nos cuenta que en un comienzo era un opositor, un perseguidor y un violento, y que a pesar de eso Dios lo perdonó, pues Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

Ya en el Evangelio, Cristo nos dice que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.

Y Jesús continuó explicando cuán grande es la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos: Cuando el hijo malvado dijo: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo», el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzó la fiesta.

¿Cómo es posible que, ante la declaración de la culpa de un malhechor, el juez lo absuelva? Eso es lo que hace Dios con aquellos que, verdaderamente arrepentidos, acuden al Sacramento de la Reconciliación. Incluso, si han pecado venialmente, el arrepentimiento sincero es suficiente para alcanzar el perdón de ese misericordioso Padre.

¿Desatenderemos esta ventajosísima oferta?

Todos las cualidades de Dios las posee en grado infinito, pero esta es una muestra de que su piedad, su misericordia: la más sublime de todas. Todo lo hace para nuestro bien, nos da cada vez más oportunidades para ser felices, a pesar de que le fallamos. ¡Cuánto nos ama!

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Ciclo C, XI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 21, 2010

Dios que perdona

Son muchas las ocasiones en las que, en las Sagradas Escrituras, queda patente la infinita misericordia de Dios. Hoy se nos presentan dos lecturas alusivas:

Primero, la historia en la que Dios, por medio del profeta Natán, le reclama al rey David su pecado y le anuncia el castigo que en justicia debe recibir. Y en el Evangelio se nos cuenta la historia de la pecadora que, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, tomó un frasco de perfume, se colocó detrás de Él, a sus pies, y se puso a llorar.

En ambos casos, por el arrepentimiento sincero, sale a relucir el perdón de Dios. Por eso, la segunda lectura nos enseña que las personas no son justas por observar la Ley del Antiguo Testamento (pues nadie está sin pecado), sino por la fe en Cristo Jesús: porque creen en la misericordia infinita para quienes están verdaderamente arrepentidos.

Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser hechos justos a partir de la fe en Cristo Jesús, y no por las prácticas de la Ley del Antiguo Testamento. Porque el cumplimiento de la Ley del Antiguo Testamento no hace a ningún mortal una persona justa según Dios; lo que hace justo a alguien son los méritos de Jesucristo. Y son estos méritos los que perdonan los pecados:

«Como el Padre me envío a Mí, así los envío yo también a ustedes.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen sus pecados, serán perdonados.» (Jn 20, 21-23)

Esto significa que así como Dios Padre tiene autoridad para enviar a su Hijo a reconciliar a la humanidad con Dios, así mismo Jesucristo, con esa autoridad, envía a los sacerdotes a reconciliar a los hombres con Dios, a través del Sacramento de la Penitencia.

El verdadero arrepentimiento se manifiesta en obedecer sus palabras: debemos, pues, confesar nuestros pecados en el Sacramento de la Reconciliación.

¿Por qué no lo hacemos hoy?

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Ciclo C, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

Amor con amor se paga

 

Ezequiel escribió siglos atrás lo que el Corazón amantísimo del Señor le dejaba ver a su pueblo en esa época: «Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido.» En Oseas se mostró como una madre, en el Cantar de los cantares como un esposo…

Es que lo que el Corazón de Dios tiene guardado es un abismo infinito de amor por sus criaturas, los hombres. Pero tuvo que revelarse poco a poco, teniendo en cuenta la idiosincrasia y la inmadurez del ser humano en la historia.

Y, como escribió san Pablo, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y nos lo explica admirablemente: Cristo murió por los pecadores, por los malos, por los impíos; sí: cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Ese Corazón de Jesús que murió por nosotros, sin merecerlo, es el que hoy contemplamos admirados, abismados, aterrados… pues, como pago de nuestro desamor, Él derrama su infinita misericordia sobre nosotros…

¡Nuestro pequeño y miserable corazón no puede entender que el odio, el desprecio y la falta de correspondencia al Amor se nos pague con más amor!

Y la única explicación que nos da es: «Os digo que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».

¡Nuestra conversión es Alegría para Dios!

Ante esa alegría divina debemos reaccionar siendo agradecidos tanto cuanto podamos y reparando arrepentidos nuestro desamor: primero, una buena confesión de nuestros pecados (con sincero arrepentimiento por haber ofendido a un Dios tan bueno y la promesa de no ofenderlo más); y, después, una vida santa, conseguida con la fuerza que se obtiene de la asiduidad en la oración mental y la frecuencia de los Sacramentos.

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Ciclo B, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 5, 2009

Vivir y morir por el ideal más grande

 

Es impresionante ver el valor san Pedro y los demás Apóstoles: querían explicarle a la gente la felicidad que los embargaba; querían que todo el mundo se enterara que el ser humano puede ser feliz; habían encontrado la llave de la felicidad; nada les importaba: ni el sufrimiento, ni la cárcel, ni las críticas, ni que los encarcelaran, ni que los condenaran a muerte…

Y todo se basaba en un argumento que recoge hoy la primera lectura, de la boca de san Pedro: «Mataron al Señor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.»

Los demás Apóstoles se contaban unos a otros la misma noticia: Jesús resucitó y, por consiguiente, nosotros resucitaremos también. ¡Y resucitaremos a una vida de felicidad eterna!

Habían entendido que por este ideal, por esparcir esta noticia, vale la pena cualquier sacrificio; vale la pena hasta sacrificar la propia vida que, al fin y al cabo, es transitoria, efímera.

Jesús les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan».

Para ser felices es, por lo tanto, indispensable que nos arrepintamos, que consigamos el perdón de nuestros pecados y que, como dice la segunda lectura, no pequemos más. Y así conoceremos a Dios, que nos llevará al Cielo.

Sabremos que lo conocemos si cumplimos sus mandatos: los de la Ley de Dios y los de la Iglesia. Si alguien los guarda, el auténtico amor de Dios está en él.

Si los Apóstoles y los primeros cristianos eran capaces de dejarse matar por este ideal, nosotros deberíamos preferir morir antes que dejar de cumplir uno de sus mandamientos; porque sabemos que si así lo hacemos lograremos la meta.

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