Hacia la unión con Dios

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¿Ayunar?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 10, 2008

 El ayuno es un gesto religioso, poco apreciado hoy, pero muy enraizado en todas las antiguas religiones y muy positivamente valorado por la Biblia en diversas circunstancias:

1.     Como signo del reconocimiento de la condición frágil y pecadora del hombre frente a la soberanía y santidad de Dios.

2.    Como medio de implorar la protección divina contra una calamidad.

3.    Para pedir ayuda antes de emprender una difícil empresa.

4.    Como señal de luto por una desgracia doméstica o nacional.

5.    Como manera de prepararse al encuentro con Dios.

Pero la Biblia no considera el ayuno como un rito mágico; por eso mismo sólo lo valora positivamente cuando va acompañado de la oración y de la ayuda al necesitado: son muchas las citas[1].

Además de acompañar todo ayuno con la oración y la ayuda al necesitado, la Biblia nos enseña que el ayuno tiene unas características especiales:

Entonces me llegó una palabra del Señor de los Ejércitos: «Esto es lo que dirás a todos residentes del país y a los sacerdotes: Cuando ustedes han ayunado y llorado en julio y en septiembre, durante setenta años, ¿lo han hecho realmente por Mí? Si ustedes quieren comer y beber, que lo decidan ustedes mismos. ¿Acaso ya se olvidaron de lo que decía el Señor por medio de los antiguos profetas cuando la gente vivía tranquila en Jerusalén y sus pueblos vecinos y los desiertos de Negueb y la Sefela estaban poblados? Pues bien, esto es lo que el Señor decía por sus profetas: Tomen decisiones justas, actúen con sinceridad, sean compasivos con sus hermanos. No opriman a la viuda ni al huérfano, al extranjero ni al pobre; no anden pensando cómo hacerle el mal a otro.[2]

El Señor pregunta: «¿Lo han hecho realmente por Mí?». Esta es, entonces, la segunda cualidad del ayuno querido por Dios: Hacerlo realmente por amor a Dios.

Repitamos lo que contestó el Señor, para descubrir otros requisitos del ayuno verdadero: «Tomen decisiones justas, actúen con sinceridad, sean compasivos con sus hermanos. No opriman a la viuda ni al huérfano, al extranjero ni al pobre; no anden pensando cómo hacerle el mal a otro». He aquí las otras cualidades del ayuno:

Justicia, sinceridad, compasión por los demás, no oprimir a nadie, no andar pensando cómo hacer mal…

Si hacemos ayunos de comida sin vivir esas cualidades, haremos que pase lo que pasó cuando ellos lo hicieron: «El Señor se enojó mucho con esto».

Jesús añade otra característica:

«Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Cuando tú hagas ayuno, lávate la cara y perfúmate el cabello».[3]

Que nadie se dé cuenta, sólo Dios.

Pero el ayuno que le agrada más a Él es un ayuno particular:

Grita con fuerza y sin miedo. Levanta tu voz como trompeta y denuncia a mi pueblo sus maldades, y sus pecados a la familia de Jacob. Según dicen, me andan buscando día a día y se esfuerzan por conocer mis caminos, como una nación que practica la justicia y no descuida las órdenes de su Dios. Vienen a preguntarme cuáles son sus obligaciones y desean la amistad de Dios. Y se quejan: «¿Por qué ayunamos y tú no lo ves, nos humillamos y tú no lo tomas en cuenta?» Porque en los días de ayuno ustedes se dedican a sus negocios y obligan a trabajar a sus obreros. Ustedes ayunan entre peleas y contiendas, y golpean con maldad. No es con esta clase de ayunos que lograrán que se escuchen sus voces allá arriba. ¿Cómo debe ser el ayuno que me gusta, o el día en que el hombre se humilla?

¿Acaso se trata nada más que de doblar la cabeza como un junco o de acostarse sobre sacos y ceniza? ¿A eso llaman ayuno y día agradable al Señor? ¿No saben cuál es el ayuno que me agrada?: Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo. Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano. Entonces tu luz surgirá como la aurora y tus heridas sanarán rápidamente. Tu recto obrar marchará delante de ti y la Gloria del Señor te seguirá por detrás. Entonces, si llamas al Señor, responderá. Cuando lo llames, dirá: «Aquí estoy».

Si en tu casa no hay más gente explotada, si apartas el gesto amenazante y las palabras perversas; si das al hambriento lo que deseas para ti y sacias al hombre oprimido, brillará tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad se volverá como la claridad del mediodía. El Señor te confortará en cada momento, en los lugares desérticos te saciará. Él rejuvenecerá tus huesos y serás como huerto regado, cual manantial de agua inagotable. Volverás a edificar sobre las ruinas antiguas y reconstruirás sobre los cimientos del pasado; y todos te llamarán: El que repara sus muros, el que arregla las casas en ruinas.[4]

Entonces, el ayuno que le agrada a Dios es que seamos buenos seres humanos y buenos católicos. Repasemos todos estos preceptos y verificaremos que todos se resumen, como dice el mismo texto, en un recto obrar

Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano. Que en tu casa no haya más gente explotada, que apartes el gesto amenazante y las palabras perversas; que des al hambriento lo que deseas para ti y sacies al hombre oprimido…

Pero el sentido más profundo del ayuno se desprende de saber que somos criaturas y que, como tales, debemos adorar al Creador. Esta es la lógica reacción del hombre, pequeño y pecador, ante la cercanía y grandeza de Dios. En ella se entrelazan agradecimiento y homenaje, veneración y respeto. Esta actitud interior se manifiesta en gestos exteriores tales como el sacrificio, la postración y el canto.

Sólo el Señor debe y puede ser adorado. Adorar a las criaturas, sean ángeles, hombres de cualquier rango u otros seres de la naturaleza, es lo contrario a la condición de criatura de todo ser humano, está severamente prohibido por Dios y puede constituir un grave pecado.

Cuando el hombre está más interesado en otras criaturas que en el Creador está cayendo en ese desorden; y eso es precisamente lo que nos sucede desde que cometimos el pecado original: en vez de poner todos nuestros intereses en dar gloria a Dios, a menudo los ponemos en cosas, personas, otras criaturas o en nosotros mismos (soberbia), abandonando al único y verdadero Dios, y poniendo en peligro la consecución de la felicidad eterna en el Cielo.

Desapegarse de todas esas criaturas es un proceso que debe pasar por dos etapas: el esfuerzo personal y, ya que nuestras fuerzas son insuficientes, la ayuda del Espíritu Santo.

Para dar el primer paso, uno de los caminos más adecuados es el ayuno. Si, por ejemplo, dejamos de comer algo que queremos o lo disminuimos un poco, lograremos grandes cosas:

1.     Nos desapegaremos del apetito desordenado por la comida, y amaremos a Dios con un poco más de pureza.

2.    Nos haremos más dueños de nosotros mismos: dominaremos un poco los deseos del cuerpo, ese enemigo que impide nuestro ascenso a Dios.

3.    Nos uniremos a la Cruz de Cristo y, con eso, lo ayudaremos a salvar almas.

4.    Facilitaremos la acción del Espíritu Santo, quien nos dará la gracia que necesitamos para purificarnos por completo de los apetitos que hemos puesto por encima de nuestro amor a Dios, y así lo glorificaremos, dándole cada vez más lo que se merece.

5.    Y, por añadidura, ayudaremos a eliminar el mal personal y el mal del mundo:

     Entonces los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos echar a ese demonio?» Jesús les dijo: «Esta clase de demonios solo se puede expulsar con la oración y el ayuno».[5]

Idénticos beneficios alcanzaremos con todos los ayunos:

Ayunar, por ejemplo, —de vez en cuando— comodidades, descanso o bienestar; ayunar riquezas, regalando algo a los más necesitados; ayunar deseo de que nos comprendan o de que nos hagan «justicia»; ayunar aplausos, triunfos, consuelos…, en fin, todo lo que nos aleje más de los apegos y nos acerque más a Dios —Suma Bondad— y, por lo tanto, a nuestra única posible felicidad.

Iguales ganancias espirituales traerá amar las incomodidades, el frío, el calor, la sed, el hambre, el cansancio, el peso del trabajo y de la pobreza, el fracaso, la vergüenza, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, las «injusticias», el desprecio, la humillación, la deshonra, el desprestigio, la esclavitud, la cárcel, la soledad, la ingratitud, la indiferencia de los seres queridos, el desamor, el desconsuelo, la enfermedad, el dolor, la muerte, el desamparo… Todas estas circunstancias se convertirán, para nosotros, en verdaderos tesoros.

De este modo se facilitará la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, que quemará nuestras impurezas para hacernos cada vez más dignos de la bondad de su Amor, el Amor eterno, el Amor verdadero, el único que podrá llenar las ansias que bullen en nuestro interior.

Por eso, nunca hubo ni habrá mejor oportunidad para afirmar: «Vale la pena morir a las criaturas y a nosotros mismos por el Amor. ¡Vale la pena!»


[1] Tb 5, 8; 12, 8-9; Jr 14, 10-12; Is 58, 3-7; Mt 9, 14-17; Hch 13, 2-3; Hch 14, 23

[2] Za 7, 4-10

[3] Mt 6, 16-17

[4] Is 58, 1-12

[5] Mt 17, 19.21

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