Hacia la unión con Dios

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Las ‘riquezas’ de la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2017

 

—Ese Vaticano es riquísimo. ¿Por qué no venden todas esas obras de arte y esos edificios, para darle el dinero a los pobres?

—El Papa vive en medio de riquezas, mientras hay millones de personas muriendo de hambre.

—¿No predican la caridad? Y mírenlos: llenos de oro.

—Los curas tienen plata por montones. ¿Dónde está su amor por los pobres y necesitados? ¿Por qué no cumplen el voto de pobreza que emitieron?

—A nosotros nos piden dinero con frecuencia, pero ellos no dan nada.

—La Iglesia Católica es la institución más rica de la Tierra. Y tiene poder político, influencias; no solo dinero.

Estos y muchos argumentos más se emiten, tanto en conversaciones familiares y sociales, como en los medios de comunicación.

 

Al respecto, hay 2 conceptos que suelen no tenerse en cuenta cuando se habla de este tema:

El primero es la función de la Iglesia Católica o, como se diría hoy a nivel empresarial: su misión.

La misión de una empresa contesta la pregunta “¿Cuál es nuestra razón de ser? Sirve como un punto de referencia para que todos los miembros de la empresa actúen en función de esa misión, es decir, lograr que se establezcan objetivos, diseñen estrategias, tomen decisiones y se ejecuten tareas, bajo ese criterio. Además, la misión le da identidad y personalidad a una empresa, permitiendo así distinguirla de otras empresas similares.

Asumiendo esta definición, la misión de la Iglesia Católica es la que le dio su Fundador:

«Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. » (Mt 28, 19)

«Id por todo el Mundo y predicar el Evangelio a toda criatura.» (Mc 16, 15)

Como se ve, en estas frases queda clarísima, pues, la función de la Iglesia: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR.

En ninguna parte de esta definición de su misión se expresa que la Iglesia deba solucionar problemas de orden temporal y, mucho menos, económicos.

Al contrario, en la escena en la que una mujer derrama sobre Jesucristo un perfume de alabastro, sus discípulos hablaron sobre el derroche que eso significaba; efectivamente, dijeron: «Podría haberse vendido a gran precio y darlo a los pobres» (Mt 26, 9; Mc 14, 5; Jn 12, 5); pero Él contestó: «Pobres en todo tiempo los tendréis con vosotros» (Mt 26, 11; Mc 14, 7; Jn 12, 8). Esto significa, primero, que la misión de Jesús ni de la Iglesia que fundaba no era acabar con la pobreza material; y segundo, que de todos modos la pobreza material jamás acabará.

Por todo lo dicho, están erradísimos quienes reclaman esa función para la Iglesia.

 

El segundo concepto que se olvida mucho es que, a pesar de que esa no es su función —su misión—, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda en los desastres naturales, en las guerras y en todas las calamidades de cualquier parte del Mundo: no hay ningún gobierno u ONG que ayude más. Y fuera de los momentos en los que hay desastres o calamidades, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda ordinariamente a la humanidad con sus innumerables instituciones de caridad: hospitales, horfanatos, ancianatos, centros educativos, jornadas de salud, etc., etc., etc.

 

En resumen: la Iglesia no fue fundada para solucionar problemas económicos ni para acabar con la pobreza material; a pesar de eso, es la institución que más ayuda a la humanidad.

 

Alguien argumentará que el Papa Francisco, al iniciar su pontificado, afirmó: «Quiero una Iglesia pobre, para los pobres», y es verdad; pero ¿a qué pobreza se refería el Santo Padre? A la misma pobreza a la que se refirió Jesús cuando aseguró: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

Pero este concepto debe entenderse como lo ha enseñado siempre la Iglesia: tal y como lo exponen san Agustín, en el libro De serm. Dom. in monte, y santo Tomás de Aquino, en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69, quienes explican la relación de los Dones del Espíritu Santo con las Bienaventuranzas.

Ellos revelan que, por el don del Temor, ese miedo a ofender a un Ser tan bueno, las personas desarrollan grandemente la virtud de la Humildad, pero entendida según la primera acepción del diccionario: «el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y el obrar de acuerdo con ese conocimiento». Y por eso es que Jesús los llama Pobres de espíritu, es decir, esas personas que ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. En otras palabras, según la enseñanza divina, los pobres de espíritu son los humildes. Y a quienes tienen esa hermosa virtud es a quienes se refería el Papa Francisco: una Iglesia compuesta por hombres y mujeres que conocen sus propias limitaciones y debilidades y que obran de acuerdo con ese conocimiento.

 

Alguno habrá que haya entendido a Su Santidad Francisco, no como lo ha enseñado siempre la Iglesia, sino como el mundo entiende a los pobres: aquellas personas necesitadas, que ni siquiera tienen lo necesario para vivir dignamente.

Y es así como algunos quieren que viva la Iglesia: sin medios para realizar su función: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR: se necesita dinero para construir y mantener los templos donde se puedan congregar los fieles a celebrar la Misa, a recibir los Sacramentos y a que se les proclame y predique la Palabra de Dios; se necesita dinero para editar y publicar los documentos con los que la Iglesia forma a sus fieles; se necesita dinero para que los sacerdotes vivan dignamente, y así puedan ejercer bien su labor, etc.

A nadie le parece bien que los trabajadores carezcan de lo necesario para realizar su labor, pero a la Iglesia algunos le quieren negar ese derecho. Entienden que tanto profesionales como artesanos deben tener lo necesario para vivir, pero no les conceden ese derecho a otros ciudadanos, como los sacerdotes y religiosos. Piden que se venda el Vaticano y todos los tesoros que contiene, pero jamás se les ocurriría pedir que se vendan los edificios y haberes del Gobierno y de los políticos, de las empresas y sus empresarios, de los profesionales, de los negociantes, etc.

Hay quienes piensan que todos los seres humanos tienen derecho a salir de la pobreza material y hasta luchan por ello, pero quieren a la Iglesia en malas condiciones materiales y económicas…

 

No sobra hacer una claridad a quienes afirman que los curas deberían cumplir su voto de pobreza: emiten este voto únicamente quienes se entregan a una vida consagrada; ni los diáconos (hay casi 45.000 en el Mundo) ni los sacerdotes (en la actualidad, casi 416.000 presbíteros y cerca de 52.000 obispos) ni el Papa hacen el voto de la pobreza, a no ser que sean religiosos, es decir, que pertenezcan a un instituto de vida consagrada. A la fecha, son casi 737.000 personas de vida consagrada en la Iglesia; los demás no hacen votos.

 

Por último, sería muy bueno que no generalizáramos: alguna vez alguien dijo:

—Es que los curas son ladrones y viven súper bien.

Uno le respondió:

—¿Y es que los conoces a todos?

—No —dijo el otro—, pero sí conozco a un cura que…

—Entonces di que conoces UN cura que…

 

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Ciclo B, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 19, 2009

Nuestra realización personal

 

En las lecturas de este año B, es Dios mismo por medio de Isaías quien nos grita: A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan; pidan sin dinero y coman, pidan sin pagar. Si me hacen caso, comerán cosas deliciosas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas. Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.

Estas palabras tienen un mensaje más profundo de lo que aparece a primera vista: habla primero de cosas materiales —comida, bebida—, pero termina diciendo que nuestra alma vivirá. Lo que pasa es que, como lo dice esta primera lectura, así como el Cielo está muy alto por encima de la tierra, así también los caminos de Dios se elevan por encima de nuestros caminos y sus proyectos son muy superiores a los nuestros.

Del principal proyecto, precisamente, nos habla san Juan en la segunda lectura: vencer al mundo para llegar a la única meta que realmente importa: la felicidad eterna en el Cielo. Y, ¿qué nos dice? Que quien vence al mundo es el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, que viene por el agua y la sangre: Jesucristo; y el Espíritu Santo también da su testimonio, el Espíritu que es la verdad.

Por eso Juan el Bautista dice: «Yo los he bautizado con agua, pero Él los bautizará en el Espíritu Santo.» Y así ocurrió: nos bautizaron con el agua que brotó del costado de Cristo, fuimos salvados por el derramamiento voluntario de su Sangre y el Espíritu Santo nos lleva misteriosamente hacia la santidad, es decir, al Cielo, donde seremos infinita e inmensamente felices.

Si Dios es amor, podemos decir que Él solo se realiza amando. Y si nosotros fuimos hechos para ser amados por Él, también podemos afirmar que nuestra realización personal consiste en ser amados por la Santísima Trinidad. Por eso, en el momento en el que Juan Bautizaba a Jesús, se vio la gloria de la Santísima Trinidad. Fue un presagio de lo que nos espera allá arriba, donde lograremos la tan anhelada realización personal.

 

 

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Ciclo B, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 8, 2008

 Ya viene. ¿Estamos listos?

 

Dice Isaías que una voz —la de Juan el Bautista— clama: «Abran el camino al Señor en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.» Porque aparecerá la gloria del Señor y todos los mortales a una verán que el Señor fue el que habló.

«¡Aquí está su Dios!» Sí, aquí viene el Señor, el fuerte, el que pega duro y se impone. Trae todo lo que ganó con sus victorias, delante de él van sus trofeos.

Pero más parece que el mundo entero amenaza ruina: la corrupción de las costumbres, la lucha casi enfermiza por el dinero y el placer, la violencia generalizada, el olvido de Dios…

Algunos dicen que Dios se demora en cumplir su promesa, pero no es así: Pedro afirma hoy que ante el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. El Señor es generoso con todos, y no quiere que se pierdan algunos, sino que todos lleguen a la conversión, y les da el tiempo necesario para que lo logren.

Nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y una tierra nueva en que reine la justicia. Con una esperanza así, esforcémonos para que Dios los encuentre en su paz, sin mancha ni culpa.

Sigamos escuchando a Juan, el Bautista:

«Detrás de mí viene uno con más poder que yo. Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, aunque fuera arrodillándome ante él. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo.»

El que viene es Jesús, el Salvador, el que nos bautiza en el Espíritu Santo. Y llegará en pocos días a nuestro corazón. ¿Cómo lo estamos esperando? ¿Cómo nos estamos preparando?

¿Tenemos acaso lleno el corazón de deseos de dinero y de placeres? Si ese corazón ya está ocupado, ¿cómo podrá entrar Jesús?

Nos está dando tiempo. ¿Qué esperamos?

 

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