Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Belleza’

Los floreros de los templos

Posted by pablofranciscomaurino en julio 24, 2015

Supuestamente las flores son para el Santísimo, para darle culto; sin embargo, están orientadas de modo que sea el pueblo quien pueda gozar de su belleza. Los acólitos son los que se dan cuenta, ya que desde el sagrario se ve la parte trasera de los floreros llena de tallos y fea; a veces hasta se ve el oasis (esponja verde donde se entierran las flores) y cinta pegante que lo sostiene todo.

Así como los floreros de los templos hay muchas actitudes y circunstancias. Por momentos parece que lo importante es la imagen de la Iglesia, no su esencia ni la fuerza que posee por el hecho de ser fundada por Jesucristo y asistida por el Espíritu Santo.

Baste ver la poca confianza en Dios que algunos tienen en la labor pastoral y en el apostolado: con frecuencia se cree más en las «tácticas de enganche», la publicidad, la alegría en los ritos y en los cantos, la simpatía del sacerdote, etc., que en la gracia de Dios.

Se invierte poco tiempo en la oración… Se ora con poca fe… Se rechaza el sacrificio para lograr la conversión de las almas… Se ama poco a los pecadores. Y estos fueron los medios enseñados y utilizados por Cristo. En resumen, se sigue más el método de los hombres que el de Dios.

Lo que se consigue es casi siempre fugaz: almas muy emocionadas al ver un sacerdote «tan moderno», tan innovador… «Cómo le llega a la gente» —repiten—, «Es un cura que está a la moda». Pero, después de las primeras pruebas, dejan el entusiasmo inicial. Son como la semilla que cae en las piedras del camino: sin raíces. Luego se agostan por el sol y mueren.

¿Queremos ese tipo de católicos?… ¿Querrá Dios ese tipo de hijos?

La fecundidad apostólica de los santos que arrastraron a tantos en pos de Jesús, dispuestos a todo por seguirlo y vivir como Él —incluso hasta el martirio—, radica en donde está la fecundidad del fundador de la Iglesia: oblación total de sí mismo por la salvación de los hombres.

 

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Ciclo A, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 28, 2011

El gran misterio que nos llenará de dicha

El Señor es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad, nos dice la primera lectura. Ante esa realidad, debemos contestar como Moisés: «Señor, si realmente nos miras con buenos ojos, ven y camina en medio de nosotros; aunque seamos un pueblo rebelde, perdona nuestras faltas y pecados, y recíbenos por herencia tuya».

De hecho, eso fue lo que sucedió: Jesús le dice a Nicodemo en el Evangelio —y nos dice hoy a todos— que ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no lo envió al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a Él.

Efectivamente, Dios Padre, compadecido de la suerte de los hombres tras el pecado original, envió a Dios Hijo para que pagara la factura que debíamos por nuestros pecados y así quedáramos libres de nuestra culpa.

Ahora, Dios Espíritu Santo, es decir, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, se hace presente entre nosotros, especialmente cuando nos bautizamos, porque nos limpia del pecado original y cuando nos confirmamos, porque ese mismo Espíritu Santo nos está fortaleciendo como soldados de Cristo en la lucha contra el mal. Del mismo modo, son las Tres Personas divinas las que nos perdonan los pecados cuando nos confesamos, las que nos preparan el viaje a la eternidad cuando se nos administra el sacramento de la Unción de los Enfermos, las que unen sacramentalmente a los que se casan, las que ordenan a los sacerdotes…

En la segunda lectura, san Pablo nos alienta diciendo que estemos alegres, que sigamos progresando, que nos animemos mutuamente, que tengamos un mismo sentir y que vivamos en paz, pues el Dios del amor y de la paz, la Santísima Trinidad —toda la belleza, toda la bondad, toda la sabiduría— estará con nosotros.

Invoquemos a la Santísima Trinidad diciendo todos los días: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo», mientras esperamos disfrutarla, dichosos, el Cielo.

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El catolicismo, ¿garante de la felicidad?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 26, 2009

Más del 90% de los latinos son católicos. Y más de ese mismo porcentaje viven con estrés. Esta realidad percibida por los psicólogos y los psiquiatras de las clases socioeconómicas que pueden acceder a ellos es evidente en las cantinas, en las tiendas de esquina, en los campos de tejo, en los altos índices de riñas y muertes que suceden en esos lugares, en las inmensas ganancias de las empresas que producen la cerveza y el aguardiente…

En la guía espiritual de las almas también se nota una incidencia cada vez mayor de estrés, tanto que ya se pide que la acción pastoral y el Sacramento de la Reconciliación se circunscriban a su realidad, sin pisar el terreno de la psicología.

Son muchas las preguntas que surgen ante esta realidad: ¿Acaso la Iglesia fundada por Cristo no es la respuesta para el hombre de hoy? Si la religión Católica es la verdadera, ¿qué está sucediendo? ¿Es —tal vez— que no vivimos bien el cristianismo?…

De las respuestas a estas preguntas depende la estabilidad individual y eclesial. No podemos dejarlas sin respuestas despreocupadamente. Es imprescindible analizar con profundidad y valentía la situación: ¿De qué nos sirve ser católicos si estamos en condición similar a la de los demás?

Al estudiar las vidas de los santos nos encontramos con algo común a todos: la persuasión de que esta vida es pasajera, de que (como dice la canción) la meta no está en esta tierra, es un cielo que está más allá. Y estar persuadido es tener la convicción, es tener por veraz y cierta una cosa que ya ni la razón puede negar.

Desde el Antiguo Testamento se ve esa persuasión en el segundo de los hermanos Macabeos, quien dijo en su suplicio: «Asesino, nos quitas la presente vida, pero el Rey del mundo nos resucitará. Nos dará una vida eterna a nosotros que morimos por sus leyes»; parecidas fueron las palabras del cuarto de ellos: «Más vale morir a manos de los hombres y aguardar las promesas de Dios que nos resucitará; tú, en cambio, no tendrás parte en la resurrección para la vida.»; luego, la madre de todos anima al menor, el último que le quedaba: «No temas a ese verdugo, sino que, haciéndote digno de tus hermanos, recibe la muerte para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en el tiempo de la misericordia.»

También en el Nuevo Testamento se puede descubrir esa convicción en muchas de las palabras del mismo Jesucristo; convicción que llevó a los mártires de estos dos últimos milenios a sufrir con valentía y sin perder la paz, hasta dar la vida por amor a Dios. Son ya innumerables esos testimonios de quienes no amaron tanto su vida terrestre cuanto la futura y definitiva, junto a ese Dios que colmará todas sus ansias de bondad, de belleza, de sabiduría y de amor.

Nosotros, los católicos de hoy y de estas latitudes, ¿hasta dónde somos capaces de llegar?  ¿seguiremos ese mismo camino o no somos tan valientes o, mejor, no estamos tan convencidos como los mártires? Esta es la prueba de oro del católico.

¿Qué estamos dispuestos a perder por amor a Cristo? ¿la salud? ¿los seres queridos? ¿la honra? (¡cuánto nos excusamos a veces!) ¿los bienes que poseemos? (¡cómo nos quejamos!) ¿nuestros caprichos? (¿cuántas veces nos molestamos cuando nos impiden realizar las cosas como queremos?) ¿las habilidades que tenemos?…

La lista es bastante grande, interminable. Cada lector puede hacer su propio examen de conciencia. Y decidir qué hacer: o amar a Dios con toda el alma, con todo el corazón y con todas las fuerzas y poner toda la confianza en Él, o vivir con estrés, como un pagano.

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Los tres anhelos del hombre

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

 

Tres deseos vehementes atraen a la mujer y al hombre, desde el punto de vista natural, es decir, con lo que la naturaleza proveyó al ser humano:

 

1. La belleza

A todos nos atrae la belleza: una flor hermosa, un bello paisaje, un atardecer naranja en una playa… hacen que se experimente una sensación de agrado; los prados llenos de verde, el mar azul que parece infinito, las nubes blancas en el horizonte aguamarina, los bosques tupidos divisados desde un avión… no nos pasan desapercibidos; plantas multicolores; animales de todas clases, formas y tamaños, unos más bellos que otros; todo esto en la naturaleza no humana.

Y qué decir de la mujer: tanto ellos como ellas se complacen en la armonía de su cuerpo, en el encanto de su femineidad, en la galanura de su andar… Pinturas, dibujos y fotografías que se hacen y se venden por doquier y en todas las épocas hacen patente esa admiración que producen. Se hacen reinados de belleza, se venden las revistas que las tienen en sus portadas, se compran los productos que ellas anuncian…

Así mismo, los encantos de la naturaleza se introducen en las minúsculas viviendas de hoy: plantas en sus materas y animales domésticos unas veces; y otras, se llenan sus muros de cuadros y retablos que nos recuerdan, siempre y cada vez más, la naturaleza a la que pertenecemos.

No es difícil deducir que el hombre nació con el ansia natural por la belleza.

 

2. La bondad

¡Cuánto atrae al ser humano la bondad! Se nota en las películas, cuando el televidente o cinéfilo llora ante el sacrificio de uno que da su vida por los demás; se nota cuando alguien se conmueve ante la sonrisa pura y tierna de un bebé; se nota en la prensa escrita o hablada cuando muere un personaje que vivió para los demás…

Teresa de Calcuta, Gandhi, Jesús, Confucio, y todos los grandes hombres de la historia de la humanidad…

Se inventó un premio para otorgar a los mejores: el Nobel (de la Paz y de muchas áreas más); se dan medallas a los héroes; se entregan diplomas y pergaminos; se hacen conmemoraciones, fiestas y hasta bustos y estatuas…

El lector pudo haber recordado algo que vio u oyó y que lo hizo sentir aprecio por la bondad…

Es indudable, también, que al hombre le atrae en forma natural la bondad.

 

3. La verdad

Alguno podría decir: “¡Cuánto hemos avanzado en este campo!” Evidentemente, a vuelo de pájaro, se diría que la mente del ser humano no conoce límites: no acaba de producirse un adelanto científico o tecnológico y ya está apareciendo el otro que lo deja atrás.

¿Y el universo? No han pasado 2 años desde que el hombre descubrió unas mil quinientas galaxias más hasta el momento en que se escriben estas líneas…

Pero al avanzar se incrementan las preguntas: ¿Cuántas galaxias habrá en total?…

Cualquier especialista en cualquier área corroboraría lo dicho: cada respuesta trae más y más preguntas.

Además, están las incógnitas perennes: la razón de ser de la enfermedad, del dolor, de la vejez, de la muerte…

Y, también siempre, están en nuestro interior las preguntas que nos hicimos durante la adolescencia: “¿De dónde vengo?”, ¿Para dónde voy?”, “¿Qué vine a hacer en esta tierra?”, “¿Qué sentido tiene la vida?”…

Por qué, por qué, ¡por qué! Parece como si se pusieran de pie todos los “porqués”.

El hombre es un ser lleno de preguntas. Muchas sin respuestas.

Preguntas que hacen evidente el deseo natural de alcanzar la verdad.

Y ese deseo es evidente en todos los seres humanos: aun los más relativistas de todos los encuestados dejaban entrever su idea de una gran verdad y su anhelo por poseerla para poder contestar sus inquietudes más recónditas, por alcanzar una verdad que ni la retórica ni la elocuencia ni la vehemencia pueden cambiar, que ni siquiera la pueden embellecer o afear. Es una verdad que se sostiene sola, que no necesita ser defendida, que solo debe ser presentada para que brille por sí misma. Es un deseo por la verdad.

——- o ——-

Está claro: la belleza, la bondad y la verdad son las aspiraciones más altas de nuestro ser. Nacimos con ellas.

Y se siente la necesidad de llenar esas aspiraciones. Y no se sabe cómo hacerlo.

Para empezar, el primer paso es contestar por qué están allí, adentro.

¿Es, acaso, que el Creador las puso ahí con una finalidad?

¿No será que quiere atraernos hacia Él?

La respuesta es afirmativa, porque Él es la suma de toda la belleza, Él es toda la bondad junta y Él es la verdad absoluta.

Ya empiezan a aparecer respuestas: nuestro corazón —hecho por Él— nunca descansará hasta que llegue al encuentro con el Creador. Él es la finalidad de todo hombre.

En ese sentido se podría decir que somos como robots: estamos programados para buscar, encontrar y seguir a Dios. Lo demás no nos satisface, nos deja siempre un vacío interior: si tenemos dinero, queremos más; si hallamos placeres, sentimos que no nos llenan; si buscamos amores, nos decepcionamos con más frecuencia de la que querríamos o nos volvemos esclavos de las veleidades o de los vaivenes de las emociones y hasta de las pasiones; a pesar de lograr las metas que nos proponemos, a veces el estrés y una sensación de vacío nos acompañan…

Tratamos de llenar ese vacío con otras cosas o acciones que, en la mayoría de los casos, desdicen de nuestra dignidad de seres humanos, porque no estamos “programados” para ello.

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

 

 

 

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