Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Buena Noticia’

Ciclo C, XIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 12, 2010

¿Está alegre tu corazón?

Casi todos los hombres buscan continuamente las diversiones y las distracciones, e inventan una y mil formas para gozar, es decir, usar las cosas y aprovechar las circunstancias para experimentar placer con ello.

A veces esto sucede porque hay muchas penas; al fin y al cabo, ¿no es este mundo «un valle de lágrimas»? Pero en la mayoría de las ocasiones esta actitud obedece a que el hombre no tiene paz ni alegría en su corazón, razón que mueve a muchos a buscarlas en las sectas y en el esoterismo…

El católico se distingue de los demás —esencialmente— por tres características: la Fe: creemos en todo lo que decimos en el Credo y en lo que está escrito en el Catecismo; la Esperanza: sabemos que nos espera el premio a nuestros esfuerzos; y la Caridad: estamos seguros de que el amor es el verdadero y único camino que lleva a la felicidad verdadera.

Las lecturas de hoy nos enseñan que la alegría del cristiano nace de la Esperanza. Isaías nos dice: Festejen a Jerusalén, gocen con ella, alégrense de su alegría…, se alegrará su corazón.

San Pablo nos urge para que luchemos por ella: el cristiano debe su alegría a la gloria de la Cruz de Cristo, no a la vanagloria personal —a menudo nos creernos más de lo que somos—, ya que es sólo eso: vana gloria.

A su vez, san Lucas nos cuenta cómo Jesús envió a setenta y dos discípulos a dar a todos la más nueva, positiva y alegre noticia: está cerca de ustedes el Reino de Dios, la alegría y la paz absolutas.

Algo que llama la atención es que Jesús les dice a esos enviados que no lleven talega, alforja ni sandalias; esto es, a no poner las ilusiones en las cosas, sino en el motivo de nuestra verdadera esperanza: ¡el día en que se cumplirá lo que hoy nos hace dueños de la alegría!

¿Nos hemos dado cuenta alguna vez que también nosotros somos portadores de esta Buena Noticia?

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Ciclo C, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 31, 2010

El Espíritu Santo, ¿actúa hoy?

 

El Espíritu Santo guió la pluma de los escritores del Antiguo Testamento, descendió sobre la Virgen María para hacerla Madre de Dios, llegó a los apóstoles a través de Jesús para perdonar los pecados y para darles poder de consagrar, y los invadió el día de Pentecostés, haciendo de ellos hombres completamente diferentes: hablaban la lengua de los que los oían, enseñaban la Buena Noticia por todas partes, oraban y se reunían para partir el pan, ofrecían sus sacrificios y hasta la vida, si fuera necesario, por el amor del Dios que nos creó y nos salvó…

Hoy, día en que ese mismo Espíritu Santo vuelve sobre su Iglesia para purificarla y para infundirle de nuevo el empuje de los primeros tiempos, ¿cómo estamos reaccionando? ¿Por qué a nosotros no nos infunde el mismo brío?

Porque Dios ama la libertad. Porque el ser humano puede decir que no a Dios.

Y porque el pecado es como el fango que dificulta el caminar: es necesario que desechemos de nuestras vidas los apetitos desordenados y amemos directamente a Dios, al Amor mismo.

Hagámonos unas preguntas: ¿Qué es realmente lo que amamos? ¿Dónde están nuestros intereses? ¿Por qué cosas nos esforzamos? ¿A qué le dedicamos más tiempo durante el día, durante la semana? ¿Verdad que no es siempre a Dios? ¿Verdad que el hogar, el afán por las comodidades, por el dinero o por el «qué dirán» y otras muchas cosas son, a veces, nuestros verdaderos tesoros?

Mientras tanto, el mundo necesita de amor. Todos los creados por el Padre, redimidos por el Hijo y empujados por el Espíritu Santo tenemos ese amor, único capaz de saciar de felicidad al mundo. Nadie más puede.

¿Dejaremos que el mundo se siga destruyendo? Tenemos la posibilidad de ayudar al Espíritu Santo en su tarea de santificación del mundo. Es un plan magistral, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios. Solo debemos ponernos a su servicio, dejarnos guiar por el Amor, que vive en nosotros, para hacer el milagro.

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Ciclo C, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2010

La verdadera libertad

 

Los nazarenos debieron quedar estupefactos cuando Jesús leyó el pasaje: «Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista», y peor quedarían cuando dijo que esa Escritura se estaba cumpliendo en ese momento.

¿Quién era él para hacer esa afirmación tan atrevida? ¿Se creía tan importante como para ser el Enviado descrito por el profeta Isaías?

Su infinita humildad hizo que no realizara los signos y milagros que en otras regiones demostraron que el Espíritu del Señor sí estaba sobre Él.

Ese es el estilo de la sabiduría: quieta, callada y ocultamente, sin que se sepa, llega a los humildes —no a los sumisos, como se acostumbra a definir hoy esa virtud—, a quienes obran en concordancia con el conocimiento propio, a quienes saben que nada es suyo (que todo es prestado por Dios), a los pobres.

La pobreza no es no tener sino saber que nada es propio. A estos llega el Mensaje de Dios, la Noticia de su salvación, por la Cruz de Cristo.

También llegó a los cautivos, que saben ahora que existe la auténtica libertad: la emancipación de las malas inclinaciones, de las dependencias, de las esclavitudes…

El hombre está oprimido por ellas, y la manera más fácil de liberarse es seguir el camino que Cristo ya recorrió: darse a los demás, si es necesario hasta el dolor, y hasta la muerte, aunque no creamos tener suficiente para dar, ya que Él nos prestará lo que tengamos que dar.

Y, además, llegó a todos los ciegos… A nosotros, por ejemplo, que olvidamos a menudo que Él está con nosotros, y que debemos cumplir la misión que nos corresponde en este mundo.

¿Qué nos detiene para convertirnos por fin en parte del Cuerpo de Cristo, el único hombre que ha sido verdaderamente libre, el Único que nos llevará a la auténtica libertad, que tanto perseguimos?

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Ciclo B, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 26, 2009

¡Se ha cumplido el plazo!

 

Cuando Jonás pregonó a los ninivitas, creyeron en Dios, y se convirtieron. Vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo. Hoy, ese mismo Señor dice en el Evangelio: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; conviértanse y crean la Buena Noticia”.

Antes predicaba Jonás a un pueblo antiguo; hoy es el mismísimo Jesús quien se dirige a nosotros. ¿Hacemos lo mismo que el pueblo de Nínive o seguimos con nuestra mala vida?

Y, ¿qué es eso de la Buena Noticia? Para poder entenderlo, debemos orar con humildad tal como lo dice el salmo de hoy: “Señor, instrúyeme en tus sendas. Señor, enséñame tus caminos, enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador”, porque, como dice el mismo salmo, Él hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

El humilde, pues, aprende que esta vida no es permanente; el humilde se deja enseñar que existirá otra vida —esa sí definitiva, infinita—, por la cual vale la pena luchar; el humilde se empieza a hacer consciente de que aquí, en esta tierra, las cosas son temporales, pasajeras, secundarias: no se preocupa tanto por estar bien ahora, sino por saber cómo llegar allá: a la felicidad auténtica, ni se ocupa tanto en los negocios de este mundo como en invertir para la vida eterna.

Por eso, el apóstol san Pablo nos apremia diciéndonos: “Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en este mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina”.

¡Se termina! ¡Y cuántos esfuerzos se perdieron!, ¡cuántas angustias!…

En cambio, cualquier sacrificio que nos lleve a la verdadera Vida, la eterna, no solo no se perderá sino que fue nuestra mejor inversión. Y, ¿cuál  es esa inversión? Nuestra conversión.

  

 

 

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