Hacia la unión con Dios

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Ciclo A, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Una señal

 

Aunque a todos nos gusta recibir buenas noticias, no siempre nos las dan. Los medios de comunicación, que viven tras la noticia de mayor impacto, más bien nos alarman constantemente con malas noticias: muertes, asesinatos, secuestros, masacres, etc. Y hay incluso algunos que ya no se asombran al enterarse de esas atrocidades…

Evangelio significa Buena Nueva, es decir, Buena Noticia. Y realmente fue la mejor noticia que recibió la especie humana. Como cuenta Isaías, fue una señal que estremeció a las profundidades del lugar oscuro y a las alturas del Cielo: la joven Virgen está embarazada por obra del Espíritu Santo y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.

Dios, dejando la gloria que le pertenece, desciende para estar con nosotros, se hace hombre como nosotros, para compartir nuestra vida, nuestras ansias, nuestro dolor, nuestras alegrías…; todo, menos el pecado. Así nos dimos cuenta de que nos comprende más que nadie.

Además, no deja que seamos castigados: paga por nosotros el pecado original.

Pero hay más: Jesús nos da las enseñanzas necesarias para que alcancemos el Cielo, lugar de eterna dicha y consuelo, de paz y descanso. Nos lo había prometido: en la casa de mi Padre hay muchas moradas…

Y nos promete su compañía por los siglos de los siglos: está en los sagrarios, realmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, a la espera de nuestras quejas, de nuestras peticiones, de nuestro amor… Y nos da al Espíritu Santo, para que podamos decirle a Dios Padre: «Papá» y para que nos ayude en la lucha diaria por conseguir la felicidad. Esta Buena Nueva anunciada de antemano por sus profetas en las Santas Escrituras se refiere a su Hijo que al resucitar de entre los muertos nos abrió el camino al Cielo.

Por eso hacemos la novena de aguinaldos, por eso celebramos junto a los seres queridos, por eso estamos felices.

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Ciclo B, Ascensión del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2009

¿Para qué subió Jesús?

 

“Subiendo a la altura, repartió dones a los hombres.” Eso fue lo que lo hizo subir: poder repartir regalos a los miembros de la Iglesia: Dios dispuso que unos fueran apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros, etc.

Y, ¿qué pretendía con ello? Que hubiera una adecuada organización de los miembros de la Iglesia, en las funciones del servicio, pues todos pertenecemos a un cuerpo: somos el Cuerpo místico de Cristo.

Por eso debemos ayudarnos los unos a los otros con los dones que cada uno recibió, para que todos crezcamos espiritualmente, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo, a la felicidad personal y social, a la santidad individual y gremial.

Él sube, podríamos decir, para poder organizar la Iglesia desde allá. Porque no se trataba sólo de cumplir la misión de Jesús: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.» Había que organizase.

De hecho, Jesús se presentó a ellos después de su pasión, y les dio numerosas pruebas de que vivía. Durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. En una ocasión en que estaba reunido con ellos les dijo que no se alejaran de Jerusalén y que esperaran lo que el Padre había prometido. «Ya les hablé al respecto, les dijo: Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.»

Después, los apóstoles salieron a predicar en todos los lugares, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que los acompañaban. Y se fueron organizando, dirigidos por el Espíritu Santo, hasta conformar la Iglesia que conocemos hoy: con una cabeza invisible —Cristo—, una visible —el Santo Padre—, toda la jerarquía y el pueblo fiel, obediente a la jerarquía, caminando hacia la unión con Dios, hacia la felicidad eterna.

 

   

 

 

 

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