Hacia la unión con Dios

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Si tengo fe, ¿por qué no veo milagros?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2019

Misas y congresos de sanación, imposición de manos, narraciones de curaciones…, toda una parafernalia en torno a milagros, dones, carismas, etc.

Además, se está popularizando cada vez más la idea de que acudir a Dios es prodigioso y que lo es de modo instantáneo. Hoy, por ejemplo, se repite con frecuencia: «Si te acercas a Dios te vas a curar»; «Tenga confianza en Dios; Él le arreglará ese problema y cualquier otro»; «A usted le va mal es porque no se ha acercado a Dios»…

Y, por otra parte, hay muchos que se preguntan: «¿Por qué Dios no me hace el milagrito que le estoy pidiendo?» «Yo pido y pido, ¡y nada!».

Dios lo puede todo y podría darnos gusto siempre. Pero sabe más que nosotros. Y ama a cada ser humano más de lo que él mismo pueda amarse o de lo que se pueda imaginar. Por eso, todo cuanto ocurre, especialmente cuando el mal nos aflige, sucede porque es lo más conveniente y lo mejor para cada uno, aun cuando sea contrario a los puntos de vista más prudentes. Si nos negamos a recibir de las manos de Dios las tribulaciones a las que hemos sido destinados, obramos en contra de nuestros mejores intereses.

Lo que hay que hacer es pedir lo que deseamos, pero adecuando nuestra voluntad a la suya, como lo hizo Jesús: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Y dejar todo en sus manos.

Si Él decide que lo mejor es concedernos el favor, ¡Bendito sea! Si no lo hace, es porque sabe que lo mejor para nosotros es que carguemos con esa cruz que nos beneficiará aun cuando no lo notemos.

Pero a veces, lo que se pide es algo que a todas luces es bueno, como la conversión de una persona; y, sin embargo, parece que Dios tampoco nos escucha.

¿Qué puede estar pasando? Tal vez sea que el modo de pedir no sea el correcto:

Lo primero que hay que hacer es una oración confiada y perseverante: no es bueno desistir ni descansar.

Segundo, ofrecer algunos pequeños sacrificios que nos unan a la Cruz de Cristo, porque es ahí donde está la eficacia; además, esas pequeñas mortificaciones purificarán la intención con la que se está pidiendo el favor y nos hará más santos.

Y, por último, esperar el momento que Dios crea más oportuno.

Siguiendo esta secuencia, veremos milagros.

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Ciclo A, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2011

¿Quién es Jesús?

Jesús preguntó a sus discípulos: «Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo?». Si se nos hace esa pregunta quizá responderíamos: «Tú eres el Hijo de Dios» o «Tú eres el Salvador». Pero lo que importa no es lo que digamos, es lo que contestemos con nuestra vida:

Algunos, por ejemplo, dicen con sus vidas que Jesús es un mago, una persona que hace milagros; ya que solamente se acuerdan de Él cuando tienen necesidades. Sus vidas transcurren concentradas en las cosas materiales, en sus familias, en su trabajo, en su vida social y, cuando les sucede algo desagradable o les está a punto de suceder, acuden al «mago».

Otros —de los que no hacen mal a nadie— cumplen algunos mandamientos, van a la Santa Misa los domingos y fiestas de guardar, quizá cumplan con la obligación de hacer ayuno y abstinencia los días prescritos y de confesarse una vez al año… Esos, en mayor o menor grado, consideran a Jesús un Dios justiciero al que hay que cumplirle unos requisitos «o si no se pone furioso».

Hay otro grupo de fieles que creen que Jesús no es Dios, sino «un hombre muy bueno». Son todos aquellos que mezclan su fe con la reencarnación, filosofías esotéricas como la Nueva Era, etc.

Para otros, Jesús es la absoluta misericordia, que lo perdona todo, incluso aquellos pecados de los que no nos arrepentimos ni estamos dispuestos a dejar. Estiman estos que Dios, por más perfecto que sea, no puede ser justo…

Nos falta mucho conocimiento del misterio insondable que es Jesús. Nos falta mucho trato con Él, es decir: mucha oración mental. Solo tratándolo podremos conocerlo… ¡Qué profunda es la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios! ¿Cómo indagar sus decisiones o reconocer sus caminos? ¿Quién entró jamás en los pensamientos del Señor?…

Entrando —por la amistad, por el trato íntimo— en ese misterio, nuestra vida gritará con san Pedro: «Tú eres el Hijo del Dios vivo».

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