Hacia la unión con Dios

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`Me duele la Iglesia´, respuesta al artículo del padre Llano

Posted by pablofranciscomaurino en julio 17, 2012

El reverendo padre Alfonso Llano Escobar, S. J., en su columna: Un alto en el camino de: El Tiempo, escribió el siguiente artículo:

Me duele la Iglesia

Sí, me duele la Iglesia y, porque la amo, me duelen más tantas debilidades de la Iglesia oficial: el Papa, el Vaticano, Roma.

No la ataco. ¡Dios me libre! La quiero, como a madre, la deseo santa, abierta al mundo, humana, con sentido común, no cerrada sobre sí misma, de espaldas a la realidad.

Tantos amigos me piden te diga lo que ellos piensan, con el deseo firme y sincero de volver a ella. Pero, que aterrice, que no se calle, que se actualice, que oiga el clamor de sus hijos, deseosos de ver en ella la presencia del Dios humano, que tanta falta les hace.

Trataré de presentar algunas de las confidencias que me hacen a diario, y me piden que te musite unas cuantas inquietudes a ver si encuentran solución, y ven una Iglesia renovada, abierta, con los ojos puestos en el cielo pero con los pies bien asentados en la tierra.

¿Por qué te opones, querida Iglesia, a los científicos, desde Copérnico hasta Hawking, pasando por Da Vinci, por Darwin, Hubble y Teilhard? ¿Por qué no dejar que los sabios piensen, avancen y nos ofrezcan un mundo más científico, puesto al servicio del hombre?

¿Por qué excomulgas, sabiendo que con cada excomunión te ganas un enemigo mortal? La excomunión de Miguel Cerulario (siglo XI) dio origen a la Iglesia Ortodoxa. Con la excomunión de Lutero (siglo XVI) nació el Protestantismo. La excomunión de los masones engendró una Masonería enemiga de tu misión apostólica. La excomunión del Modernismo dio origen a todo el espíritu anticlerical del siglo XX. La excomunión del Liberalismo dio origen a un liberalismo radical, y así por el estilo.

Iglesia querida, ¿por qué no oyes el clamor de miles de sacerdotes, que ven a colegas suyos, como los luteranos, los anglicanos, los ortodoxos, que encuentran compatible, como los Apóstoles, su sacerdocio con el vínculo matrimonial, clamor ante el Papa para que les quite el yugo del celibato obligatorio, incompatible, en muchos casos, con el amor y con los justos afectos del corazón?

¿Por qué no oyes, santa Iglesia, el clamor de tantos fracasados en su primer matrimonio, muchos sin culpa propia, que, al iniciar un segundo matrimonio, se ven obligados a llevar un catolicismo de ‘segundo orden’, sin poder comulgar ni practicar una vida cristiana normal, que no comprenden, ante el hecho de que muchos sacerdotes que dejan su sacerdocio pueden recuperar una vida normal de creyentes de ‘primer orden’? ¿Por qué, Señor, estas diferencias, por qué?

¿Por qué elevas a los altares a tantos hombres y mujeres que no significan una invitación a llevar una vida ejemplar, en vez de elevar, como modelos de santidad moderna, a hombres de ciencia y probada virtud como Teilhard de Chardin, Juan Sebastián Bach, así haya pertenecido a la Iglesia luterana; Elizabeth Kübler Rosse, la Madre Teresa de Calcuta y tantos otros, que dejaron una estela de ciencia, virtud y servicialidad?

No entiendo por qué tus clérigos usan tantos títulos ceremoniosos, como Monseñor, Su Reverencia, Su Excelencia, Su Eminencia, Su Santidad. ¿Dónde queda la humildad de tu Maestro, que abrió senderos de sencillez y fraternidad?

Santa Iglesia: ¿por qué no derribas los muros del Vaticano y te abres al mundo libre y actual, como la Alemania oriental, para entablar un diálogo permanente y sincero con él, un diálogo con los pobres de Italia y del mundo, con los recaudadores de impuestos y prostitutas, con los niños y los ancianos de hoy?

Iglesia querida: no te pongas de espaldas al mundo, no pierdas la dimensión humana que Dios asumió al encarnarse en Jesús: sé humana, sé sencilla, sé aterrizada en tus documentos y mensajes de fe: deja ese estilo esotérico y señorial que te aleja de nosotros y te hace distante e incomprensible.

Marcha, codo a codo, con nosotros, danos tus mensajes de verdad y de amor, pero escucha, también, nuestras quejas, que salen sinceras del fondo del corazón.

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Respuesta:

Reverendo padre:

Alfonso Llano Escobar, S. J.

Columna: Un alto en el camino (1º de julio de 2012).

El Tiempo.

Como me llamaste madre, yo te digo:

Querido hijo: ¿te duele la Iglesia? ¿Acaso no sabes que tú eres Iglesia? «Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él» (1Co 12, 27). Si lo que llamas Iglesia oficial tiene tantas debilidades, el Papa, el Vaticano, Roma, esas son tus debilidades.

Dices que no me atacas —«¡Dios me libre!»—, que me quieres, como a madre: 1) santa, 2) abierta al mundo, 3) humana, 4) con sentido común, 5) no cerrada sobre sí misma, de espaldas a la realidad.

Y yo te digo que 1) soy santa, porque quien me fundó es el Santo, aunque todos mis hijos —como tú— todavía no lo sean, pues están pendientes todavía de criticar sin ver sus propios defectos, de corregir y no de corregirse, de criticar en vez de amar;

2) estoy abierta al mundo desde mi fundación: quien me busca me encuentra, a todos les ofrezco los medios para salvarse;

3) no hay nada más humano que la Iglesia, pues no ha habido institución que haya hecho más servicios de caridad en el mundo, y nadie propicia más el bienestar temporal y eterno;

4) tener sentido común, hijo mío, no consiste en pedirle al Espíritu Santo que se adecúe a los criterios mundanos sino pedirle al mundo que se adecúe a los criterios de quien lo construyó, de quien sabe para qué lo hizo y cómo hacerlo feliz;

5) por eso mismo, lo que tú llamas: estar cerrada sobre mí misma, de espaldas a la realidad es en verdad amor: yo cuido de mis hijos, para que no solamente sean felices en la vida eterna sino todo lo que puedan en esta.

Nunca me he opuesto al avance científico: muéstrame un solo documento oficial en el que yo —como Iglesia— lo haya hecho (no me hables de opiniones de alguno de mis hijos que, como tú, solo me critican): ¿oponerme yo a los científicos, desde Copérnico hasta Hawking, pasando por Da Vinci, por Darwin, Hubble y Teilhard? ¿Cuándo he impedido que los sabios piensen, avancen y nos ofrezcan un mundo más científico, puesto al servicio del hombre?

Cuando excomulgo, lo hago para protegerte del mal, aun sabiendo que con cada excomunión me puedo ganar un enemigo (no mortal, como dices, porque nadie puede acabar con la Iglesia de Jesucristo: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella» [Mt 16, 18]). Además, debo ser fiel a mi fundador, Jesucristo: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad» (Mt 18, 15-17). No me importa excomulgar a quien dices, con tal de salvarte del error, ese sí, fatal.

Hijo querido, no te preocupes más por el clamor de esos miles (?) de sacerdotes que dices que ven a colegas suyos, como los luteranos, los anglicanos, los ortodoxos, que encuentran compatible, como los Apóstoles, su sacerdocio con el vínculo matrimonial, clamor ante el Papa para que les quite el yugo del celibato obligatorio, pues tú conoces mejor que muchos los temas de la sexualidad del ser humano: sabes que el hombre es el complemento de la mujer y ella de él. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Al ser creado por Dios, sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de un hombre por una mujer, porque ella es signo de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa Signo sensible de un efecto interior y espiritual. El matrimonio es el signo a través del cual se ama a Dios en la imagen de la esposa.

En cambio, en la virginidad que vive un sacerdote, Dios se convierte en el esposo de su alma. ¡El sacerdote alcanza a Dios directamente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad —la unión con Dios— es lo significado.

Esta unión con Dios, entonces, viene a ser la meta definitiva del hombre. Para los casados, el matrimonio es un signo de esta unión con Dios, unión que también ellos deben vivir para alcanzar la felicidad. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento.

Todo esto se puede corroborar en las Sagradas Escrituras:

«El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor. (1Co 7, 32-34a. 35)

Se trata, pues, como dice san Pablo, de «una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor.»

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio:

«Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!». (Mt 19, 12)

El sacerdote que tiene una auténtica vocación se entrega directamente a Dios; no necesita del medio, del signo, es decir, no necesita el Sacramento del matrimonio, pues goza ya de la intimidad de quien verdaderamente lo complementa: Dios. Ya posee lo que el matrimonio apenas promete.

Proponerle a un buen sacerdote que se case es como pedirle a un hombre enamorado que se contente con una fotografía de su esposa, con una imagen.

Por esto, los seminaristas que tienen auténtica vocación abrazan libremente el celibato antes de ordenarse: se eximen voluntariamente del ejercicio de su genitalidad porque ya no lo necesitan; están por encima de los deseos sexuales del matrimonio, porque los colma plenamente el encuentro íntimo y sincero del yo personal con Dios, encuentro que trasciende la señal física.

Desafortunadamente, hay sacerdotes que no comprendieron estas maravillas de su vocación, y por lo tanto tampoco se hicieron conscientes de que podrían vivir tan cerca de la meta definitiva del hombre: la unión con Dios; son ellos los que tienen momentos de crisis en los que “el amor, el afecto y el sexo se hacen incontrolables”, como dicen algunos, y son los que intentan llenar el gran vacío que les queda con un amor humano (o con el sexo).

Pero los que son consecuentes con la grandeza de su vocación nunca pensarían en algo menor al encuentro directo con la divinidad.

Te pido que estudies lo que escribieron —para tu bien— mis últimos papas sobre el asunto del celibato sacerdotal:

https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/?s=El+celibato+sacerdotal+seg%C3%BAn+los+%C3%BAltimos+papas

Querido hijo mío Alfonso: yo sí oigo el clamor de tantos fracasados en su primer matrimonio, muchos sin culpa propia, y me duele su situación más que a ti, puesto que me preocupa su salvación eterna; recuerda lo que santa Teresa de Jesús dijo: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada».

Por eso, al iniciar un segundo matrimonio, ellos no pueden comulgar, pues no practican una vida cristiana normal: ellos mismos escogen vivir eso que tú llamas creyentes de «segundo orden». Son ellos los que hacen las diferencias a las que tú te refieres. ¿Por qué? Porque fueron libres al prometer fidelidad hasta la muerte; nadie los obligó (ni a los sacerdotes se les obliga a vivir el celibato; ellos lo eligen, como viste más arriba). El riesgo de que el matrimonio fracase existía y corrieron libremente ese riesgo. ¿Por qué no lo pensaron mejor? Yo los valoro tanto que sé que pueden cumplir lo que prometen o no prometer lo que no pueden cumplir. Son seres humanos libres, hechos a imagen y semejanza de Dios.

Elevo a los altares a tantos hombres y mujeres que precisamente significan una invitación a llevar una vida ejemplar, la que les consigue el fin último del hombre: la realización personal: la felicidad auténtica, ¡la eterna!, en vez de elevar, como modelos de santidad moderna, a hombres de ciencia y probada virtud como Teilhard de Chardin, Juan Sebastián Bach, Elizabeth Kübler Rosse y tantos otros, que dejaron una estela de ciencia, virtud y servicialidad, pero que no sé si se salvaron o no, no sé si lograron esa plena realización personal; es que para ti quiero lo mejor, no apenas lo bueno. A la Madre Teresa de Calcuta ya la beatifiqué y va camino de ser canonizada (infórmate mejor, hijo mío querido).

No es fraternidad ni humildad desconocer que Dios hace diferencias, y a unos da un cargo o responsabilidad más elevado que a otros; además, tú aprendiste que hay personas que tienen más edad, dignidad o que ejercen funciones de gobierno u oficio de mayor respeto, como tú, a quien Dios elevó la dignidad altísima del sacerdocio ministerial sagrado. Es el respeto de los fieles por lo sagrado (y por los humanos consagrados) y no la exigencia de los clérigos los que dan esos títulos a los que te refieres. Por eso, mi encabezado de esta carta dice: Reverendo padre (y lo puse a pesar de ser tu madre).

No sé cuáles son los muros del Vaticano que dices que hay que derribar: ¿No estoy abierta al mundo libre y actual, como la Alemania oriental, para entablar un diálogo permanente y sincero con él, un diálogo con los pobres de Italia y del mundo, con los recaudadores de impuestos y prostitutas, con los niños y los ancianos de hoy? ¿No lo he hecho siempre?

Aunque digas lo contrario, marcho, codo a codo, contigo y con todos mis hijos, dándoles mis mensajes de verdad y de amor y, aunque digas lo contrario, escucho tus quejas, esas que te salen sinceras del fondo del corazón, como sale sincero, del fondo de mi corazón, este grito: ¡Qué triste es para una madre tener que defenderse de uno de sus hijos!

La Iglesia, tu madre, que tanto te ama.

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