Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Caridad’

¿Qué pasó con la Esperanza?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 28, 2019

Entre los cristianos son innumerables las alusiones al Amor y a la Fe: están por todas partes: en las predicaciones, en los escritos, en las consignas, en las reflexiones… Maravilloso enaltecimiento de 2 de las 3 virtudes teologales.

Pero, ¿qué pasó con la 3ª, la virtud de la Esperanza? ¿Por qué no se la cita con la misma frecuencia? ¿Por qué nos concentramos en vivir en esta Tierra el Amor y la Fe, sin la ilusión del Cielo?

¿No será por eso que hay tantos cristianos —católicos o no— que viven tristes?

¿Es que se nos olvidó que «no tenemos aquí una patria permanente, sino que andamos en busca de la futura» (Hb 13, 14)?

San Pablo lo dejó claro: «Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del Cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.» (Col 3, 1)

E insiste: «Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la Tierra» (Col 3, 2); «busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1);

Es que «Nosotros somos ciudadanos del Cielo» (Flp 3, 20). Pero parece que seguimos sintiéndonos ciudadanos de la ciudad terrenal en la que nacemos o en la que vivimos: decimos que ahí está nuestro hogar…

Pensar así entraña un peligro: que nos ocupemos únicamente de conseguir solo las cosas temporales, y nos olvidemos de lo espiritual, pues «los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5); esto quiere decir que quienes ponen su principal interés en procurarse lo temporal, se olvidan de lo eterno con más facilidad.

Este peligro es evidente en quienes se concentran en ejercer la caridad, sin pensar en la vida eterna, sin darse cuenta de que todo amor proviene de lo alto, del Señor Dios-Amor, y a Él regresa; y se les olvida que para eso fuimos creados: para alcanzar la plenitud del Amor, en el encuentro con Él, el Amor infinito, único capaz de saciar nuestras ansias de felicidad, esas que hierven en nuestro interior y que se calmarán únicamente cuando seamos invadidos por esa avalancha de Amor eterno.

Es por esto que san Pablo nos apremia diciendo: «Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa».

Amar, sí, a nuestros hermanos; por supuesto que sí. Pero pensando en lo que siempre nos ha enseñado la Iglesia: que habrá diferentes grados de gloria en el Cielo*, según la capacidad de recibir amor que desarrollemos en esta vida y que, por tanto, determinará el grado de dicha que recibiremos allá.

Por consiguiente, el amor que practicamos aquí en la Tierra es también un entrenamiento para recibir en mayor o menor grado el Amor infinito.

Porque estamos absolutamente seguros de que nos sobrevendrá «un pesadísimo caudal de gloria eterna» (2Co 4, 17b), una dicha si par, una felicidad sobreabundante.

Es por eso que nosotros —los cristianos— «no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18).

Así, pues, cada vez que oigamos decir: «Fe y Amor» o «Amor y Fe», añadamos de inmediato: «¡Y esperanza!», para que la consigna no quede incompleta, para que sea verdaderamente cristiana.

* https://wp.me/pfQgb-2hA

Posted in Doctrina de la Iglesia, Precisiones doctrinales, Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Qué pasó con la Esperanza?

Practicar la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2018

El Magisterio de la Iglesia, custodio de la Revelación Universal, de la Palabra de Dios, nos ha enseñado que debemos practicar las obras de misericordia.

Y a esto nos ha invitado Su Santidad Francisco, no solo durante el año del jubileo, sino en muchas de sus predicaciones y entrevistas y, finalmente, en su exhortación apostólica: Gaudete et exultate.

En este documento, cita a Jesús, en el Evangelio según san Mateo, capítulo 25:

“Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” (25,35-36)

Hay que recordar que, en esta perícopa evangélica, Jesús comienza explicando cómo vamos a ser juzgados (vv 31-32); en consecuencia, lo que Jesús nos dice es por qué seremos juzgados: si hicimos o no esas obras de misericordia.

Por eso es muy importante que sepamos cuál es la razón por la que debemos amar así al prójimo.

Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos; y esto se hizo evidente en la prueba más grande de su amor: en la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Y quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano, quien ama verdaderamente a Dios, deberá amar al prójimo.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Pero hay que aclarar que, en el itinerario del crecimiento en el amor al prójimo, el seguidor de Cristo va descubriendo que los hermanos tienen unas necesidades para su vida temporal y otras para alcanzar la Vida eterna; y que estas últimas son más importantes. Efectivamente, la Palabra de Dios dice que nuestra vida, aquí en la Tierra, es muy corta:

Recuerda que mi vida es un soplo. (Jb 7, 7a)

Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa. (Sal 39, 6-7a)

¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!  (St 4, 14b)

Por esto, los cristianos más avanzados en el camino del amor saben que las ayudas materiales que les hagan a sus hermanos se les acabarán con esta vida presente: darles de comer, de beber, vestido, posada, visitarlos, etc. son obras de misericordia que les servirán mientras estén vivos. En cambio, si los ayudan a salvarse, ¡esa dicha sí que les durará eternamente! Y si los ayudan a santificarse, ¡mejor será para ellos!: alcanzarán un grado mayor de gloria en el Cielo.

El mismo Jesús nos lo dijo:

Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece. (Jn 6, 27a)

Así, pues, los cristianos más avanzados, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales de sus hermanos, se ocupan más —y principalmente— de sus necesidades espirituales.

Así hacía san Pablo; él decía: Nosotros no ponemos nuestro interés en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. (2Co 4, 18)

Y explicaba la razón: es que la apariencia de este mundo pasa. (1Co 7, 31b)

Por eso exhortaba a todos: Buscad las cosas de arriba. (Col 3, 1b) Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. (Col 3, 2)

Porque nosotros somos ciudadanos del cielo. (Flp 3, 20a)

Pero vale la pena preguntarnos por qué insistía tanto en este tema. Y la respuesta es que él temía que nos concentráramos mucho en nuestras necesidades temporales y que, sin darnos cuenta, nos fuéramos olvidando de la felicidad auténtica: el Cielo.

Y eso le pasó a uno de sus discípulos: Demas me ha abandonado por amor a este mundo. (2Tm 4, 10a)

Él sabía que a muchos cristianos les ocurriría lo mismo; por eso escribió: Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual. (Rm 8,5)

Y también: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna(Ga 6, 8)

De ese error se queja hoy el Santo Padre en el nº 100 de su exhortación apostólica:

Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

Como se puede deducir de estas palabras del Papa, las obras de misericordia católicas son infinitamente superiores a lo que hace una ONG, puesto que estas últimas no nacen del amor de Dios: son filantropía pura (hacer el bien porque es bueno). En cambio, el amor cristiano nace de su fuente: la intensidad del amor a Dios es tan alta, que el cristiano se desvive por el prójimo, se da por entero, desgastándose, día a día, sirviéndolo, sólo por amor a Dios.

Por eso, Jesús nos previno, cuando le contestó a la hermana de Lázaro: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola.” (Lc 10, 41-42) Y esta es: la salvación.

Ahora bien: los cristianos debemos trabajar por la salvación de todos, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales. Eso fue lo que determinaron las autoridades de la Iglesia naciente, como nos lo cuenta el mismo san Pablo, cuando las visitó para determinar cómo trabajarían por la salvación de las personas:

Reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos; sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero. (Ga 2, 9-10)

Es evidente, pues, que nadie —absolutamente nadie— está exento de la obligación de ayudar a los pobres y necesitados. Bien lo expresó san Cesáreo de Arlés:

Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo Él mismo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos”, [porque] cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad. (Sermón 25, 1: CCL 103, 111)

Debemos, pues, practicar siempre la caridad completa: ayudar a nuestros hermanos tanto en sus necesidades temporales como en las eternas.

Pero jamás olvidemos de que lo que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el ser humano— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

Posted in La conducta del cristiano, Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Practicar la misericordia

Bienaventuranzas y Dones del Espíritu Santo en el itinerario hacia la unión con Dios

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 20, 2017

Basados en la clasificación tradicional de los santos místicos —san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y otros muchos— se ha establecido un orden ascendente de las personas que buscan la santidad, a medida que avanzan. Estas etapas se denominan las edades espirituales, y tienen su fundamento en la Biblia, en los Padres de la Iglesia (orientales y latinos), en santos autores de la Edad Media y hasta en el Magisterio apostólico. Todos esto se puede corroborar en el libro: Síntesis de espiritualidad católica, de los sacerdotes José Rivera, y José María Iraburu:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=55&a=47.

Estas edades espirituales han recibido diferentes denominaciones; aquí usaremos la más adecuada a nuestros tiempos:

1. Principiantes

2. Avanzados

3. Perfectos

Ahora bien: en esta clasificación se han insertado los dones del Espíritu Santo, procurando explicar cómo esos dones van ayudando a quienes recorren esas 3 etapas buscando la santidad, la unión con Dios.

San Agustín, obispo de Hipona, en el libro De serm. Dom. in monte, relaciona las bienaventuranzas enumeradas por San Mateo (5,3-12), con los dones del Espíritu Santo; usando como base esta explicación, santo Tomás de Aquino explica también la relación de los Dones con las Bienaventuranzas en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69. Sorprende comprobar tanta similitud en las apreciaciones de san León Magno, en su Sermón sobre las bienaventuranzas (n° 95, 1-9: PL 54, 461-466), con lo que se ratifica la inspiración del Espíritu Santo sobre estos temas.

Primero, es necesario conocer los textos:

Estas son las bienaventuranzas del Evangelio de san Mateo (5, 3-12):

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Por su parte, en la Biblia Vulgata —que es la traducción de la Biblia oficial de la Iglesia—, en el libro de Isaías (11, 2-3) están descritos los dones del Espíritu Santo, así:

Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y piedad de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas.

Principiantes

En los principiantes, los dones son incipientes y, por eso mismo, las bienaventuranzas apenas se desarrollan.

Avanzados

Por su parte, quienes ya son adelantados reciben de Dios la gracia de vivir las primeras 3 bienaventuranzas y afianzar los primeros 3 dones así:

  1. Por el don del Temor, aquel miedo a ofender a un Ser tan bueno, desarrollan grandemente la virtud de la obediencia: al director espiritual, a los superiores, a la jerarquía eclesiástica, a la doctrina oficial del Magisterio de la Iglesia, al Papa. Además, no les gusta gobernar ni mandar; encuentran su gozo en dejarse mandar, aun por los inferiores, en todo lo que no es pecado.

Son los que Jesús llama Pobres en el espíritu, es decir, quienes ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. De ellos es el Reino de los Cielos, según lo afirmó también Jesús.

  1. El don de la Piedad se manifiesta en 2 modos: siendo generosos con todos y desarrollando la virtud de la religión, la que mueve a dar a Dios el culto debido de adoración, alabanza, bendición, glorificación…

Esta generosidad para con Dios y para con los demás es la que los hace verdaderamente Mansos y, al mismo tiempo, su mansedumbre los vuelve generosos en grado muy elevado. Y es por eso que poseerán no solamente esta tierra (la gente valora mucho esta virtud), sino también la Tierra prometida.

  1. Reciben el don de la Ciencia, que consiste en un discernimiento que los faculta para percibir la inmensa gravedad del pecado, con la luz que Dios les da. Por eso no pueden menos que llorar. Lloran los pecados propios y ajenos. Y reciben la promesa de que serán consolados.

Perfectos

En una primera etapa, Dios les afianza:

  1. El don de la Fortaleza, que se manifiesta primero en el dominio sobre los apegos y, después, en el Hambre y sed de justicia, de conocer y ajustarse a los misterios divinos ocultos. Ellos serán saciados del mismo Dios/Justicia, que es el acopio de todas las virtudes.

  1. Con el don del Consejo, aprenden a vivir desprendidos de sí mismos y abandonarse totalmente a la Voluntad divina por una tempestad de amor que el Espíritu Santo hace nacer en sus corazones. Son ahora Misericordiosos con todos, porque están saciados de Dios. Y alcanzarán misericordia: ¡gozarán del objeto de su amor!

Y después reciben:

  1. El don de la Inteligencia, que consiste en la simplicidad de la verdad, la caridad y la unidad. Son ahora Puros, Limpios de corazón; y por eso verán a Dios, es decir, experimentarán la contemplación (de los atributos divinos, infinitamente dignos de amor): lo que “ni el ojo vio, mi el oído oyó…”. Es el cognocere de la Verdad: un descanso en el gozo, por encima de toda actividad…

  1. Y el don de la Sabiduría que los induce continuamente a hacer siempre y en todo su Voluntad; por eso, están unidos al Espíritu divino. Son los pacíficos, los que trabajan por la paz. Serán hijos de Dios, serán quienes descansan en su paz.

  1. Finalmente, llegan a adquirir la Caridad perfecta: Padecen persecución por la justicia (por ajustarse a Dios). De ellos es el Reino de los Cielos.

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Bienaventuranzas y Dones del Espíritu Santo en el itinerario hacia la unión con Dios

Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

______________

*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

Posted in Apostolado, Oraciones, Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Cuando un hombre no valora a su novia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 12, 2016

Si un hombre rechaza a su novia o no la respeta, es porque no la valora; y no la valora porque ella le dio la oportunidad de tratarla así, porque no se hizo valorar.

Es mucho más frecuente de lo que se piensa —y de lo que se querría— encontrar mujeres que piensan en la posibilidad de seguir la relación con un hombre que las desprecia, ofende o maltrata psicológicamente. Actuar así es darle razones para que las valore menos aún: los hombres valoramos sólo lo que nos cuesta, y lo valoramos más si nos cuesta más; y muchos aplican este mismo criterio en las mujeres: valoran mucho más a aquellas mujeres que más trabajo les cuesta conquistar y a las que más trabajo les cuesta mantener cerca de sí.

Por eso, para que un hombre la trata así la valore —y para que ella misma aprenda a valorarse—, es necesario que lo rechace durante mucho tiempo (meses): no contestarle mensajes ni llamadas, no recibirle visitas, evitar encuentros con él (si viene por la calle, preferir dar la vuelta a toda la manzana)…

Además, solo al rechazarlo así, podrá descubrir si todavía está verdaderamente interesado en ella, si le queda algo de aprecio por ella: si es capaz de perseverar buscándola todo ese tiempo a pesar de sus rechazos, es porque hay algo en su corazón que se puede rescatar y, lo que es mejor, al ver la seguridad y la entereza de esa mujer, tendrá un mejor y más elevado concepto suyo, por lo que será posible que se empiece a enamorar… Pero si no es capaz, si no insiste, es porque no la ama en absoluto, y esto la hará comprender que jamás llegaría a ser feliz con él, razón con la que podrá tomar la decisión de borrarlo de su mente y de su corazón, para que tenga la posibilidad de entender que puede seguir adelante sin él. Cuando una mujer comprende esto, es cuando comienza a tener autoestima; efectivamente, es cuando dice: “Yo no necesito a nadie para ser feliz; me basta con el amor que sé que Dios me tiene”.

Pero la principal finalidad de actuar de ese modo es ayudarlo a mejorar como ser humano, pues será entonces cuando él podrá darse cuenta de lo mal que se ha portado y quizá comience a valorar sólo lo que se debe valorar y a respetar a los demás seres humanos. Y ayudar a alguien así es un acto de caridad cristiana, es cumplir con la obra de misericordia que nos enseña la Iglesia: Corregir al que yerra. Por el contrario, si no actúa así, omitirá un acto de amor verdadero.

Los hombres que actúan así requieren que los ayuden a darse cuenta de que no saben amar, pero que pueden aprender. Por eso, las mujeres que están con ellos deben alejarse y, mientras tanto, deben orar mucho por ellos, para que el Señor los ayude a recapacitar y a entender el amor verdadero que se le debe a un ser humano.

Si hacen esto, ayudarán a Nuestro Señor a mejorar la vida de esos hombres equivocados, y recibirán una recompensa muy grande en el Cielo.

 

Posted in La conducta del cristiano, Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Cuando un hombre no valora a su novia

Noviembre 2 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

La Iglesia purgante

Ayer, nosotros —la Iglesia militante— celebrábamos la solemnidad de todos los miembros de la Iglesia triunfante; hoy conmemoramos a los miembros de la Iglesia purgante, aquellos que terminaron su carrera, sin la perfección que se nos pide para poder gozar de la bienaventuranza eterna, de la felicidad sin fin.

Y los recordamos porque queremos pedirle a Dios que los saque pronto de ese estado de purgación en el que se encuentran; efectivamente, las imperfecciones con las que murieron y la pena temporal que todavía deben por sus pecados los obliga a pasar un tiempo determinado limpiándose con sufrimientos para poder entrar en la Nueva Jerusalén, donde «nada impuro puede entrar».

Son todos los difuntos que no fueron santos: nuestros parientes, nuestros amigos…; todos nuestros hermanos conocidos y desconocidos.

Y necesitan de nuestra ayuda, porque ya no pueden hacer méritos: ese tiempo es únicamente para purificarse, pues el tiempo de hacer méritos se acabó para ellos en el momento de su muerte; pero nosotros podemos hacer méritos por ellos ofreciendo nuestras oraciones, sacrificios, obras de caridad, limosnas e indulgencias, seguros de que si obramos así, recibiremos lo mismo si llegamos a ese mismo estado…; a no ser que con la gracia de Dios logremos evitarnos el Purgatorio, que es lo que Él quiere y que es lo más deseable.

Precisamente hoy, por ser su conmemoración, es un día ideal para hacer un examen de conciencia personal y pensar en nuestra situación: Si muriéramos en este momento, ¿cómo sería nuestro juicio?, ¿tendríamos que pasar mucho tiempo en el Purgatorio?

Hagamos un propósito firmísimo de corregirnos con la gracia de Dios —que nunca nos faltará—, y usemos mismos medios para disminuir el tiempo de Purgatorio que debemos pasar: hagamos también por nosotros oraciones, sacrificios, obras de caridad, limosnas e indulgencias.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Noviembre 2 (cuando cae en domingo)

Cruzando el umbral de la esperanza

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 28, 2014

¿Un libro profético?

Ningún título pudo ser más exacto para el libro que contiene las respuestas que le diera el Papa Juan Pablo II a Vittorio Messori.

Además de la ecuanimidad y el profundo respeto por otras formas de pensar, la caridad verdadera, el afán apostólico y la profundidad con que está escrito, hacen pensar que este Pontífice se adelantó en el tiempo: lo que más se destaca es ese vivísimo expresar de la esperanza y de la alegría cristianas.

En un mundo donde hay guerras por todas partes, desastres naturales que entristecen el caminar humano, pérdida de la verdadera Fe, que se intenta reemplazar con caminos viejos o nuevos, dolor físico y moral…, revive este libro, abanderado de la Esperanza; esperanza del triunfo del bien sobre el mal, esperanza de la vida sobre la muerte eterna —verdadero mal—, esperanza en la resurrección.

¡Cuántos de nosotros no perdemos con relativa frecuencia el norte en nuestro trajinar diario! ¡Cuántas caras tristes en las filas de quien triunfó sobre el mal verdadero!, ¡de quien venció a la misma muerte!

Hoy, este libro, escrito por un hombre sobresaliente, más que especial, lleno de la gracia de Dios —¡santo!—, se vuelve a erigir como la voz de la Esperanza, para decirnos a todos los católicos que somos los privilegiados del mundo, que tenemos la certeza de que nuestro camino finaliza en el Cielo, que no hay nada por qué tener miedo, que Jesús resucitó y tras él resucitaremos todos…

Y esto nos lleva irremediablemente a la alegría verdadera: la inmutable, la que no cambia por la perspectiva de lo que nos espera en los próximos días, la que todavía no ha encontrado el mundo e intenta llenar con ilusiones pasajeras.

Si vivimos hoy lo que se lee en Cruzando el umbral de la esperanza, los demás hombres verán abismados la alegría de los hijos de Dios. Se sentirán atraídos por esa fuerza fulminante del amor de Dios que brilla en nosotros, harán a un lado los espejismos de las sectas y de la Nueva Era, y serán arrastrados a la verdadera fe.

Este es el verdadero apostolado: el ejemplo de una actitud positiva que nace de saberse llenos de Fe, de Esperanza cierta y veraz, y de Caridad.

De la mano del ahora san Juan Pablo, seguros de su entrañable escucha del Espíritu Santo —oración íntima—, llegaremos a la eterna felicidad.

 

Posted in Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , | Comentarios desactivados en Cruzando el umbral de la esperanza

¿Perdonar la infidelidad?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2013

 

El amor verdadero consiste en trabajar con todas las fuerzas (cueste lo que cueste) por la persona amada, para procurarle la felicidad; además, no importa si para lograrlo tenemos que sufrir, pues lo único que queremos es la felicidad de esa persona, por encima de nuestra propia felicidad. Es más: las metas que teníamos antes de enamorarnos pasan a un segundo lugar. Lo único que queremos es que esa persona sea feliz: agradarla, consolarla cuando está triste, ayudarla a cumplir sus metas, acompañarla cuando necesita compañía, animarla cuando está desanimada… En fin: nuestra mayor felicidad es la felicidad de ella. ¡Nos olvidamos de nosotros mismos! Así es el amor auténtico.

No ama, por lo tanto, quien tiene reservas egoístas: el que busca únicamente sus propios intereses: desea que esa persona le dé lo que anhela. El ejemplo más frecuente es el del hombre que quiere usar a su esposa para sentir placer sexual, para que le críe sus hijos, para que le prepare la comida, para que le arregle la ropa y le tenga la casa cuidada, limpia y ordenada… O la mujer que solamente se casa porque quiere sentirse amada por un esposo caballeroso, detallista, amoroso, generoso y, ojalá, adinerado y atractivo… Todo esto no es sino egoísmo, que es precisamente lo contrario del amor: no buscan hacer feliz a su pareja; buscan más bien a alguien que los haga felices.

 

1. La infidelidad es la mayor muestra de desamor

Esta es la primera verdad: quien es infiel simplemente no ama. 

La segunda verdad es que él le prometió fidelidad delante de Dios, en un acto sagrado y solemne: le falló a Dios, le falló a ella, les falló también a sus hijos (si los hay), destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando hirió su propia dignidad incumpliendo lo que libremente prometió.

Y en tercer lugar, quien esconde esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia:

 

2. Dios solamente perdona a quien está sinceramente arrepentido

No podemos olvidar que Dios —que posee la misericordia en grado sumo, infinito— perdona únicamente cuando hay arrepentimiento sincero:

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

Algunas personas aducen que se debe perdonar a todos, incluso a quienes no se arrepienten porque, de no hacerlo, Dios no nos perdonará nuestras culpas; y añaden que si Dios hubiera esperado nuestro arrepentimiento, todavía estaríamos sin redimir. Si esto fuera así, todos seríamos perdonados siempre, aunque no nos arrepintiéramos; no habría, por tanto, necesidad de confesarnos con un sacerdote, ni siquiera de pedir perdón. Tampoco sería verdad lo que enseña el Catecismo: que 2 de los 5 requisitos para una Confesión válida son: contrición de corazón y propósito de la enmienda.

¿El Sacramento de la Reconciliación bien realizado no una muestra de arrepentimiento? Y sin este Sacramento, no se nos perdonan los pecados mortales.

Así, pues, todos debemos perdonar a un ofensor, en el sentido de seguir queriéndolo y procurando su bien, etc. Pero perdonar en un sentido estricto un pecado del esposo o de quien sea no es posible, si no hay arrepentimiento suficiente: tampoco Dios nos perdona si no nos arrepentimos de nuestro pecado, porque seguimos apegados a él.

 

3. Dios manda que corrijamos a nuestros hermanos

Son varios los casos de madres beatificadas por la Iglesia que aguantaron a sus maridos adúlteros crónicos, sin pedir la separación, buscando que no se rompiese más aún la familia, procurando que el adúltero siguiera contando con la fidelidad de la esposa… y logrando, a veces, después de muchísimos sufrimientos y humillaciones, la conversión del esposo y el restablecimiento de la unión conyugal. Así, estas mujeres actúan como Dios que, aunque le seamos infieles, mantiene la fidelidad de su amor, y nos sigue amando y llamando al arrepentimiento, deseoso de darnos su perdón.

Pero estos casos son muy raros, verdaderamente milagrosos: se dan cuando el Espíritu Santo inspira a la mujer a vivir una forma de martirio conyugal, en el que ella se santifica soportando pacientemente al esposo, orando con constancia y con gran confianza, y ofreciendo a Dios sus sufrimientos por la conversión de su marido.

La evidencia histórica muestra —por el contrario— que los adúlteros que  son perdonados fácilmente recaen, aun cuando parezcan arrepentidos.

Por esto, conviene dejar claros algunos conceptos sobre el amor conyugal:

El amor verdadero consiste en trabajar con todas las fuerzas por la persona amada, para procurarle la felicidad. Lo único que queremos es que esa persona sea feliz: no solamente agradarla temporalmente, sino que consiga una felicidad duradera.

Por eso, no se puede llamar amor al hecho de que una mamá le conceda a su hijo pequeño todos sus caprichos. Por ejemplo: si el niño quiere solo carbohidratos (dulces, caramelos, helados, postres, chocolates, etc.), y eso es lo que le da, o si lo deja jugar todo el día, a pesar de que el niño no haya hecho las tareas escolares, simplemente para evitar un altercado con él.

En consecuencia, podemos afirmar que tanto quien busca no tener el mínimo roce con la persona que dice amar como el que únicamente procura evitarle lo que le incomoda, están faltando al amor. Porque siempre conviene corregir a la persona que se ama.

Es más: no corregirla es no amarla, puesto que la mayoría de las veces las personas no se dan cuenta de sus errores, si no hay alguien que se los muestre: si yo, por ejemplo, nunca recibo una advertencia de quienes dicen amarme, jamás me enteraré del mal que estoy haciendo y, por lo tanto, seré condenado el día del juicio, ya sea al purgatorio o al infierno, dependiendo de los pecados que haya cometido: veniales o mortales.

Por eso, cuando Dios nos juzgue, nos pedirá cuentas por no haber corregido a las personas que vivieron a nuestro alrededor.

En resumen: si yo no corrijo a quien digo que amo, por evitarle (o evitarme) un disgusto, en realidad no lo amo.

Por eso, Dios nos advierte que debemos corregir al pecador. Efectivamente, en la Biblia se nos dice:

Si no le hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta y viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre te pediré cuentas a ti. Pero si tú adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mala conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida. (Ez 3, 18bc-19)

Y también en:

Si tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida. (Ez 33, 8-9)

El mismo Jesús lo dijo, como vimos más arriba:

Si tu hermano peca, repréndelo. (Lc 17, 3)

En las enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia esto está consignado en las obras de misericordia; efectivamente, la tercera obra de misericordia espiritual es: Corregir al que yerra.

Su mismo nombre lo dice: este es un acto de misericordia, un acto de amor; tanto que, si no lo realizamos, faltamos a la caridad, pecamos por omisión.

 

4. A los hombres no se los corrige con palabras

Las mujeres suelen escuchar más; los hombres no tanto. Por eso, quien quiere corregir a un hombre, lo debe hacer con hechos, no con palabras.

Pero, ¿cuál hecho? ¿Cómo hacer?

La mejor forma de ayudar a un hombre infiel es la indiferencia: hacer silencio y no demostrarle nada, no mostrarse cariñosa con él, no atenderlo, no servirle la comida, no plancharle la ropa…, ni siquiera contestarle una palabra. Y seguir así durante mucho tiempo.

Si él le pregunta: «¿Qué te pasa?», ella no le contesta… Si sigue preguntando, lo máximo que le dice es: «Nada».

Y, si durante un bien tiempo continúa preguntándole lo mismo, le contesta algo así:

«Lo que hiciste (o estás haciendo) estás haciendo me duele, es verdad, pero más me preocupa el daño que te estás haciendo tú mismo: has fallado gravemente a la responsabilidad que adquiriste libremente, y le estás dando un malísimo ejemplo a tus hijos. Le estás fallando a Dios, y a Él nada se le pasa por alto: Él te está mirando… Piensa en tu salvación; no juegues con fuego.»

Los adúlteros —pecadores— ordinariamente no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Aunque los hay, no hay que esperar siempre milagros; por eso, si la mujer no le muestra una indiferencia total y un rechazo por sus malas acciones, lo más posible es que jamás se convierta de su mala vida.

Por lo tanto, ella debe continuar en esa actitud hasta que él muestre un sincero arrepentimiento.

Efectivamente, después de exhortarnos a corregir al prójimo, Jesucristo dijo:

Y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

Exige una condición para perdonar: que se arrepienta sinceramente. Es la misma condición que nos exige Él —que es infinitamente misericordioso— para perdonarnos: que estemos verdaderamente arrepentidos. Si no nos ve arrepentidos, no recibiremos su perdón.

El amor de esposa la hará esperar el tiempo que sea necesario para que se produzca la gracia que el Señor desea: su arrepentimiento sincero.

Ella sabrá si su esposo está realmente arrepentido, no solamente cuando él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vida, sino cuando pase mucho tiempo pidiéndole mil veces perdón a su esposa y mostrándole su sincero arrepentimiento (con regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando, y continua orando intensamente por él.

Repito: sincero arrepentimiento, demostrado con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque parezcan muy sinceras y honestas.

De no actuar así, es decir, cuando la mujer no tiene paciencia y lo perdona a la primera palabra, puede tener la seguridad casi absoluta —así lo demuestra la experiencia— de que él le fallará de nuevo, pues un hombre jamás valora a una mujer que no se valora.

Además, ¿cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe pedir la mujer burlada por su marido.

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significa que no había ni la más mínima semilla de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, ya nada había por rescatar.

 

5. Mientras tanto, la esposa debe estar muy unida a Dios

Para que Dios ayude a su esposo a caer en la cuenta de sus errores y para que la ayude a ella a ser fuerte, he aquí lo que debe hacer.

Primero, en una situación como esta, necesita del único que la puede ayudar: debe estar en gracia de Dios (sin pecado mortal), para que Él pueda socorrerla, tanto para tomar las decisiones correctas como también para conseguir la paz y la fuerza que requiere en estos momentos. Con ese fin, es necesario que se reconcilie con Dios, confesándose cuanto antes.

Segundo: ya reconciliada con Dios, acercarse a un oratorio o iglesia, ponerse de rodillas ante el sagrario, y entregarse a Dios, diciéndole, con sus propias palabras y estilo, algo así:

“Señor, vengo a ti, porque no puedo más; a ti, que lo puedes todo, que me amas más de lo que yo puedo imaginar, que sabes qué es lo que nos conviene: te entrego mi ser, mi matrimonio, mi hogar, mis hijos (si los hay) y mi esposo, para que hagas en nosotros lo que yo no puedo hacer: tu voluntad.”

Tercero: debe orar diariamente con mucha insistencia y confianza, muchos días, y ofrecer todo, incluyendo su misma situación anímica, como un sacrificio, que unirá al Sacrificio de Cristo (la Misa), todas las veces que pueda asistir, ojalá diariamente.

Después, ella debe aceptar la Voluntad de Dios; solo Él sabe qué es lo mejor para los hijos y para ambos esposos. Por eso, es a Él a quien se le deben dejar los resultados: Él sabe —nosotros no— lo que le conviene a cada pareja. Para unos será mejor la separación; para otros, la reconciliación, después de la conversión auténtica del marido.

Y, tanto para llenarse de autoestima como para estar abandonada a la Voluntad divina, es necesario pedir insistentemente la virtud de la fortaleza, orando constante y confiadamente, frecuentando los Sacramentos y ofreciendo pequeños sacrificios —incluyendo el mismo dolor de la situación que está viviendo— por esta intención.

 

Posted in Matrimonio | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Perdonar la infidelidad?

La caridad que hay que ejercer con el infiel

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2012

 

1. Desde el punto de vista terrenal, la infidelidad es la mayor muestra de desamor: quien es infiel simplemente no ama.

La segunda verdad es que quien prometió fidelidad delante de Dios, en un acto solemne, le falló a Dios, le falló a su esposa (si tienen hijos, les falló también a ellos), destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando incumplió lo que libremente prometió.

Y en tercer lugar, quien esconde durante un tiempo esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia: si se valora, lo olvida para siempre. Para ella él está muerto. Resucitará para ella únicamente, cuando demuestre su sincero arrepentimiento con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque se vean muy sinceras y honestas.

 

2. Desde el punto de vista espiritual, debemos recordar, por una parte, que a todo pecador debe dársele la oportunidad de arrepentirse. Pero tampoco podemos olvidar que ni siquiera Dios perdona cuando no hay arrepentimiento sincero.

Los adúlteros —pecadores— no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Por eso, si ella no le muestras una indiferencia total (“No vale la pena seguir con él si no cambia”) y un rechazo por sus malas acciones, es posible que jamás se convierta de su mala vida.

Y, para saber si está realmente arrepentido, es necesario, no solamente que él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vida, sino que pase mucho tiempo pidiéndole perdón a su mujer y mostrándole su arrepentimiento sincero (con lágrimas, regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando

Si la mujer no hace esto, falta a la caridad: se nos ha enseñado que, para ser buen cristiano, es necesario corregir al que yerra, no con palabras —que casi nunca son eficaces— sino con hechos. ¿Cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe exigir la mujer burlada por su marido.

 

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significaría que no había ni la más mínima semillita de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, nada había por rescatar. Y también significaría que pocas ganas tiene de corregirse y, por lo tanto, de salvarse.

Posted in La conducta del cristiano, Matrimonio | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en La caridad que hay que ejercer con el infiel

¿Qué es la vida?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2012

 

Esa pregunta tan profunda, que solemos hacer al comienzo de la adolescencia, no siempre queda contestada.

Con el paso de los años, esa cuestión permanece viva en algunos, ya casi desesperanzados.

Otros la han respondido con sus cabezas, pero no con sus vidas: sus afirmaciones quizá asentadas en el estudio y en la meditación son teóricas, pero no hay coherencia entre sus actos y la finalidad que dicen haber dado a sus vidas, ejemplo patente de lo cual son algunos cristianos que viven en forma acomodadiza su religión, llegando a negar principios fundamentales de su Fe.

Pero también hay quienes no tienen Fe. O quienes la tienen débil. Son aquellos a los que se les pregunta acerca de sus creencias y las enumeran con decisión y firmeza, pero les acaece algún evento negativo en sus vidas, como la muerte de un ser querido, y dicen con un dejo de desilusión y de abulia: “La vida es un misterio…”

Estos últimos olvidaron que hace dos mil años vino el mismo Dios a decirnos lo que son la vida presente y la que nos espera:

Que hay un Padre que nos creó y que creó todo el universo para nuestro provecho. Que somos criaturas suyas y que nos ama como nadie puede amarnos, ya que Él es perfecto. Que cada ser inanimado o animado es una pequeñísima expresión de su ser. Que cada cosa bella es una muestra minúscula de lo que es Él: que está representada en un mineral, en una planta o en un animal…

Se puede deducir, entonces, que la vida es una experiencia maravillosa, porque podemos  ir descubriendo lo que nos dio y que es para nuestro bienestar: el aire, el agua, la lluvia, el sol, los alimentos, los vegetales, los animales tan variados… Cosas todas redescubiertas y tan valoradas hace siete siglos por san Francisco.

Y al volver la vista sobre los seres humanos, con quienes compartimos esta vida, los podemos hallar todos tan diferentes… tantas formas de ser, tantos modos de pensar, tantos “mundos” interiores por descubrir… Sus aptitudes, todas tan variadas, que hacen de este mundo una orquesta en la que cada uno puede tocar su instrumento para producir la armonía en el cosmos: unos en las artes, otros en la literatura, las ciencias, la religión, filosofía y demás humanidades, la tecnología, el comercio, la educación, las comunicaciones, la medicina, la construcción, el transporte… en fin, miles y miles de ocupaciones que pueden hacer progresar técnica, científica, cultural y espiritualmente a la especie humana… Concebidos así, no hay trabajos de segunda categoría (¿qué haría un director de orquesta sin uno de sus músicos?), y la vida se convierte en una aventura fascinante.

Como si todo esto fuera poco, está lo que aprendimos de niños: conocer, amar y servir a Dios. La aventura de mayor alcance para el ser humano, trascender, está al alcance de todos: tenemos la facultad para abrir los ojos del espíritu y, con ellos, ver las cosas invisibles: los ángeles, los santos, la Virgen, ¡Dios! Comunicarse con Él a través de la oración, paladear algo de su belleza, de su bondad, de su perfección; y, aunque no lleguemos nunca a comprenderlo del todo, conocerlo, y admirarnos y asombrarnos con su deslumbrante ser…

Además, están la Redención y la Revelación: los hombres, que habíamos pecado al transgredir las leyes del Creador, tenemos la dicha de saber que vino su Hijo a pagar nuestra culpa y a enseñarnos el único camino que puede hacernos felices: el amor verdadero.

Y, como si esto no fuera suficiente, nos hizo sus hijos adoptivos, ¡podemos llamarlo “Padre”! Un Padre que sabe de nuestros sufrimientos, de nuestras penas, de nuestras ansias… (y que sabe más, y que por eso a veces las permite). Así el católico vive sereno, en paz, por su Fe.

Y —esto ya es el colmo— se quedó con nosotros para acompañarnos hasta el fin de los siglos, en forma de… ¡comida espiritual! Comida que nos da fuerza para llegar a la meta.

Sí. Hay más todavía: hay una meta que será la plenitud del amor, el cielo, la posesión eterna y completa de Dios, único que puede saciar las ansias de felicidad que tenemos. Así el cristiano vive con alegría, por su Esperanza.

Y al llegar a disfrutar de la plenitud del Amor (con mayúscula) será eternamente feliz, finalidad intrínseca de todos los seres humanos. Por su Caridad.

Posted in Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Qué es la vida?

Ciclo B, XIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2012

¿Predicarles a los parientes?

 

Muchos sacerdotes enseñan a sus fieles que todo católico debe hacer apostolado y que, como la caridad comienza por casa, es a los de la propia casa a quienes hay que predicar primero. Y es frecuente que quienes los escuchan, obedeciendo tales consejos, lleguen a sus casas a hablar de Dios, con el consecuente —y frecuentísimo— rechazo de sus parientes…

Algunos regresan acongojados a su párroco para contarle lo que les ocurrió, y él les repite lo que leemos en la primera lectura de hoy: «Son un pueblo rebelde, al menos sabrán que hubo un profeta en medio de ellos», como escribió Ezequiel.

Por su parte, Jesús, como nos cuenta el Evangelio, decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Lo que ocurre es que en la casa, entre los parientes y en nuestra tierra debemos predicar, no con palabras, sino con la vida: si les explicamos lo felices que estamos al haber descubierto a Dios en el camino, seremos rechazados; pero si no les hablamos, sino que nos convertimos en una fuentes de amor, de paz y de alegría, y los llenamos de eso mismo: amor, paz y alegría, y ellos quedarán deslumbrados por nuestro cambio.

No se demorarán en preguntarnos de dónde sacamos ese amor, esa paz y esa alegría, y podremos explicarles que nuestro corazón está en paz, porque tenemos Fe: creemos en un Dios que nos ama y nos cuida; les diremos que vivimos alegres, porque tenemos Esperanza: sabemos que vamos para el Cielo, que el final de la vida es la felicidad; y notarán que estamos llenos del amor de Dios, razón por la cual estamos siempre sirviendo a los demás.

Hay que predicar primero en la casa, a los parientes y en nuestra tierra, pero con el ejemplo, no con palabras.

Pero sabemos que la fuerza para convertir a nuestros seres queridos y parientes proviene de Dios; quien crea que puede convencer a alguien se engaña: a san Pablo le dijo Jesús: «Te basta mi gracia; pues la fuerza se realiza en la debilidad».

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XIV domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, XIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 25, 2012

La muerte

Nos dice el libro de la Sabiduría: «Dios no hizo la muerte. Dios creó al hombre para la inmortalidad». Entonces, ¿cómo entró la muerte en el mundo?

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que «la muerte es consecuencia del pecado». Efectivamente, Dios creó al hombre para que viviera sin sufrimientos ni enfermedades en este mundo un tiempo señalado, luego del cual pasaría al Cielo a gozar de la visión beatífica.

Como nos sigue diciendo el mismo libro de la Sabiduría, la envidia del diablo lo incitó a tentar al hombre, y éste se dejó llevar por esa tentación. Así el ser humano pecó contra Dios.

Después, Jesucristo vino del Cielo, se hizo hombre y pagó nuestros pecados, abriéndonos de nuevo las puertas del Cielo, que habíamos cerrado con esos pecados; pero quedaron las consecuencias lógicas de nuestros pecados: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, que no estaban en los planes de Dios.

Además, los innumerables méritos de la vida de Jesús trajeron otros beneficios maravillosos: lo que era malo —la enfermedad, el sufrimiento y la muerte— ahora se vuelve útil: quien acepta y ofrece a Dios la enfermedad, el sufrimiento o la muerte se hace santo y ayuda a los demás a conseguir esa santidad, que es la seguridad de llegar el Cielo a vivir infinitamente felices.

Y para que nos quedara claro, Él mismo declaró que la muerte corporal no es la que nos debe preocupar, sino la muerte eterna, que consiste en no conseguir llegar al Cielo; por eso, cuando muere la niña del relato del Evangelio, dice: «La niña no está muerta, está dormida»; y la despierta de ese sueño.

Esta felicidad, la auténtica, se consigue con el ejercicio de las 3 virtudes teologales: la Fe —la que curó a la mujer que padecía flujos—, la esperanza —lo único que importa es lograr la vida eterna, ¡la felicidad!— y la caridad efectiva, como nos dice san Pablo en la segunda lectura: «Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres».

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XIII domingo del tiempo ordinario

Síntomas del voluntarismo semipelagiano*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 10, 2012

Semipelagianismo

Sus tesis principales se exponen en este mismo blog en el artículo: ¿Somos semipelagianos o voluntaristas? Son, en resumen, las siguientes.

1) Gracia y libertad: la parte de Dios y la parte del hombre concurren, como causas co-ordinadas, para realizar el bien.

2) Es la acción del hombre, co-operando con la gracia divina, la que hace eficaz a ésta.

3) Dios ama a todos por igual, y la mayor santidad se determina fundamentalmente por la mayor generosidad del esfuerzo humano.

4) La iniciativa de la vida espiritual la lleva, de hecho, el hombre. Etc.

De esta enfermedad espiritual, que en los buenos cristianos podríamos llamar simplemente voluntarismo, se siguen efectos pésimos, que son síntomas propios de una enfermedad grave.

Antropocentrismo mediocre, voluntad propia y cambios de ánimo. El voluntarismo más o menos semipelagiano es congénitamente mediocre, aunque a primera vista parezca a veces lo contrario. El voluntarista, no partiendo de la iniciativa de Dios, sino de sí mismo, de su leal saber y entender –y ateniéndose normalmente a sus inclinaciones personales–, es decir, partiendo de su propia voluntad, va proponiéndose ciertas obras buenas concretas, dando por supuesto que, ya que son buenas, Dios le dará necesariamente su gracia para hacerlas. El voluntarismo personal o institucional, partiendo de iniciativa humana, aunque incluya un hermoso conjunto de obras buenas, siempre lo establece proporcionado a las fuerzas del hombre: de ahí su mediocridad congénita.Y así el voluntarista va llevando adelante, como puede, su vida espiritual, a su manera y modo de ser: vanamente desanimado cuando no consige sus intentos y vanamente satisfecho de sí cuando los cumple.

Preocupaciones. Partiendo el cristiano en la vida espiritual de sí mismo, es inevitable que viva tenso y preocupado. No acaba de «hacerse como niño», para dejarse llevar pacíficamente de la mano de Dios, entrando así en el Reino de su paz y de su alegría. No termina de abandonarse confiadamente a la iniciativa, tantas veces sorprendente, del Espíritu Santo. No pone su mayor empeño en discernir la voluntad de Dios, en ocasiones tan contraria a nuestros intentos. Y nunca acaba de entender que la proa de su barco ha de ser siempre la oración de petición: «pedir luz para conocer Su voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla» (Or. I dom. T.O.). Centrado en sí mismo y en sus obras, no se centra en Dios y en su obra. No hay modo así de vivir con la paz y la alegría propia de los hijos de Dios.

Pero ni siquiera se hace problema de conciencia acerca de sus preocupaciones. Le parece que en la vida del hombre, con tantas posibles vicisitudes favorables o adversas, son normales, es decir, son inevitables. En la práctica no cree que el abandono confiado en el amor providente de Dios pueda ahuyentar toda ansiedad e inquietud, guardando a la persona en una paz continua e inalterable. No intenta no preocuparse porque le parece imposible conseguirlo, ni siquiera con la ayuda de la gracia. Ignora este cristiano voluntarista que la palabra de Cristo «no os preocupéis» (cf. Mt 6,25-34), no es simplemente un consejo, es un mandato, y que Él, por supuesto, nos da su gracia para poder cumplirlo. Las preocupaciones consentidas son, pues, malos pensamientos, tan malos como los pensamientos obscenos consentidos. Son materia de confesión sacramental.

«Encomienda al Señor tus afanes, que Él te sustentará» (Sal 54,23). «Cuando se multiplican mis preocupaciones, Tus consuelos son mi delicia» (93,19). «Encomienda tu camino al Señor, confía en Él, y Él actuará. Descansa en el Señor y espera en él» (36,5.7). «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo» (4,9; cf. 3,6).

Imposibles la paz y la alegría inalterables. El voluntarista ignora que el hombre no está creado para querer en forma autónoma desde su propia voluntad, ni siquiera para querer cosas buenas. Está creado para querer lo que la Voluntad divina quiera en su providencia. Debe querer, como decía Santa Maravillas, «lo que Dios quiera, como Dios quiera y cuando Dios quiera». Cualquier volición humana, desvinculada o contraria a la voluntad divina, crea en el hombre necesariamente preocupaciones, ansiedades, temores, vanas tristezas, vanas alegrías… «Porca miseria». El hombre tiene que querer todo, solo y aquello que Dios quiere: ni más, ni menos, ni otra cosa, por buena que ésta sea. «Su alimento» tiene que ser hacer siempre, con la ayuda de la gracia, la Voluntad divina, y no la propia, por «santa» que ella sea –que no puede serlo, si es propia–. ¿Tan difícil es entenderlo?…

Evitación sistemática del martirio. El voluntarismo, en cualquiera de sus formas –pelagiana o semipelagiana– excluye por principio el martirio, es decir, la Cruz de Cristo. La ruina del cristianismo en Occidente en los últimos siglos viene principalmente de este error.

Los católicos, como discípulos humildes de Jesús, saben que todo el bien es causado por la gracia de Dios, y que el hombre co-labora en la producción de ese bien dejándose mover libremente por la moción de la gracia, es decir, se mueve movido por la gracia divina. Dios y el hombre se unen así en la producción de la obra buena como causas subordinadas, en la que la principal es Dios y la instrumental y secundaria el hombre. Los cristianos fieles a la voluntad de Dios se mueven movidos por ella, incondicionalmente, sin cálculos humanos de eficacias previsibles.

Por eso, al combatir el mal y al promover el bien bajo la acción de la gracia, no temen verse marginados, encarcelados o muertos. Llegada la persecución –que en uno u otro modo es continua en el mundo–, ni se les pasa por la mente pensar que aquella fidelidad martirial, que pueda traerles desprecios, marginaciones, empobrecimientos, desprestigios y disminuciones sociales o incluso la pérdida de sus vidas, va a frenar la causa del Reino en este mundo. Están ciertos de que la docilidad incondicional a la gracia de Dios es lo más fecundo para la evangelización del mundo, aunque eventualmente pueda traer consigo proscripciones sociales, penalidades y muerte. Están, pues, prontos para el martirio.

El voluntarismo antropocéntrico, por el contrario, ha producido en los últimos siglos un falso cristianismo, que ignora la primacía de la gracia, la primacía absoluta de la voluntad salvífica de Dios –tan desconcertante a veces: la Cruz–. Piensan entonces muchos cristianos que la obra buena, en definitiva, procede solo de la fuerza del hombre (pelagianismo), o a lo más que procede en parte de Dios y en parte del hombre (semipelagianismo).

Y lógicamente, en esta perspectiva voluntarista, los cristianos, tratando de proteger la parte suya humana, no quieren perder la propia vida o ver disminuída su fuerza y prestigio; más aún, estiman imposible que Dios quiera hacer unos bienes que puedan exigir en los fieles marginación, persecución o muerte. Dios «no puede querer» en ninguna circunstancia que el hombre se arranque el ojo, la mano o el pie (Mc 9,43-48), pues esta disminución de la parte humana debilitaría necesariamente la obra de Dios en el mundo.

En consecuencia, rehuyen el martirio como sea, en conciencia, en cualquiera de sus formas. Tratan por todos los medios de estar bien situados y considerados en el mundo; procuran, haciéndose cómplices al menos pasivos de tantas abominaciones mundanas, estar a bien con los poderosos del mundo presente. Así, de este modo, podrán servir mejor al Reino de Dios en la vida presente. «Salvando su vida» en este mundo, esperan conseguir que su parte humana colabore mejor y más eficazmente con la parte de Dios en la salvación del mundo.

Igualmente la Iglesia y cada cristiano deben evitar cualquier enfrentamiento con el mundo, eludiendo toda actitud que pueda desprestigiar el Evangelio ante los mundanos, o dar ocasión a persecuciones, pues una Iglesia debilitada y mártir, debilitada su fuerza humana, no podrá co-laborar eficazmente con Dios, no podrá servir en el siglo presente la causa del Reino. Todo aquello que es una pérdida de influjo social, de posibilidad de acción, de imagen atrayente, es una miseria, no tiene gracia alguna. El martirio es malo incluso para la salud… Así piensan bajo el influjo del Padre de la Mentira.

La Iglesia voluntarista, puesta en el mundo en el trance del Bautista, se dice a sí misma: «no le diré la verdad al rey, pues si lo hago, me cortará la cabeza, y no podré seguir evangelizando. Yo debo proteger ante todo el ministerio profético que Dios me ha confiado». ¡Cuántos Obispos, párrocos, teólogos, padres de familia, profesores, misioneros, laicos comprometidos y feligreses de toda índole piensan y actúan así! Por el contrario, sabiendo que la salvación del mundo la obra Dios, la Iglesia, la Iglesia verdadera de Cristo, dice y hace la verdad, sin miedo a verse pobre y marginada. Y entonces es cuando, sufriendo persecución, evangeliza al mundo: «no te es lícito tener la mujer de tu hermano».

Horror a la Cruz, buscando eficacias. Los cristianos afectados de pelagianismo o semipelagianismo, por el camino suyo, tan razonable, van llegando poco a poco, casi insensiblemente, a silencios y complicidades con el mundo cada vez mayores. Lo vemos en una de sus formas más escandalosas en muchos «políticos católicos», absolutamente estériles para la causa de Cristo. Quieren guardar la cabeza sobre sus hombros, y conservar su escaño… Cesa entonces la evangelización de los pueblos, de las instituciones y de la cultura.¡Y así actúan quienes decían estar empeñados en impregnar de Evangelio todas las realidades temporales!

No será raro así que al abuelo, piadoso semipelagiano conservador, tenga un hijo pelagiano progresista; y es incluso probable que el nieto baje otro peldaño, y llegue a la apostasía. De todo lo cual hablo más ampliamente en dos libros, De Cristo o del mundo y El martirio de Cristo y de los cristianos.

Cuando el bien y el mal son dictados por la mayoría –trátese de una mayoría real o ficticia, inducida por los poderes mediáticos y políticos–, el martirio aparece como una opción morbosa, excéntrica, opuesta al bien común, insolidaria con la sociedad general. Los cristianos semipelagianos no quieren de ningún modo que se debilite la parte humana con la que pretenden colaborar con el Salvador: se callan, se disfrazan y pasan por lo que sea «para no ser perseguidos por la cruz de Cristo» (Gál 6,12). Reconozcamos que este grave error es con frecuencia en buenos cristianos inculpable, porque sufren una «ignorancia invencible», invencible de hecho en ellos, porque nadie les ha dicho la verdad evangélica. Pero otras veces es culpable, cuando se avergüenzan del Evangelio y del Magisterio apostólico: silencios clamorosos, anticoncepción habitual, complicidades con el poder político perverso, conflicto de valores, moral de actitudes, opción por el mal menor, situacionismo, consecuencialismo, etc.

Según esta visión el obispo, el rector de una escuela o de una universidad católica, el político cristiano, el párroco en su comunidad, el teólogo moralista en sus escritos, es un cristiano impresentable, que no está a la altura de su misión, si por lo que dice o lo que hace ocasiona grandes persecuciones del mundo. Con sus palabras y obras, es evidente, desprestigia a la Iglesia, le ocasiona odios y desprecios del mundo, dificulta, por tanto, las conversiones, y es causa de divisiones entre los cristianos. Debe, pues, ser silenciado, marginado o retirado por la misma Iglesia. Aunque lo que diga y haga sea la verdad y el bien, aunque sea el más puro Evangelio, aunque guarde perfecta fidelidad a la tradición católica, aunque diga o haga lo que dijeron e hicieron todos los santos. Fuera con él: no queremos mártires. En la vida de la Iglesia los mártires son un lastre, una vergüenza, un desprestigio. No deben ser tolerados, sino eficazmente reprimidos por la misma Iglesia.

Qué tristeza. Si el martirio implica un fracaso total –la cruz del Calvario–, si consiste en sufrir un rechazo absoluto del mundo, está claro que el martirio es algo sumamente malo, algo que debe evitarse como sea. Por el mismo bien de la Iglesia. Algunos cristianos insensatos quizá piensan que la Iglesia evitadora del martirio, la que «guarda su vida» en este mundo, será una Iglesia próspera, atractiva y alegre en la vida presente. Pero eso es como suponer que la esposa infiel, que se entrega al adulterio, será una mujer alegre. No, es todo lo contrario; es una mujer muy triste. Lo que alegra el corazón humano es lo que viene de Dios: el amor, la fidelidad, la abnegación, la entrega en el amor. Por el contrario, la infidelidad es traición al amor, y solo puede traer tristeza. Los mártires son alegres y los apóstatas son tristes. «En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; pero el que aborrece su alma en este mundo la guardará para la vida eterna» (Jn 12,24,25). Es así. Es palabra de Cristo.

El voluntarismo semipelagiano, como todas las enfermedades, tiene muchos síntomas. Y conviene que quienes lo padecen sean sanados por Cristo, que les da su gracia para conocerlos y vencerlos.

La vocación. Comienzo por aquí, porque en la vocación está el principio de todo. Dios, en el orden natural, llama al ser a cada criatura, y la mantiene en la existencia. Dios, en el orden sobrenatural, llama a la gracia al hombre caído: «le llama de las tinieblas a su luz admirable» (1Pe 2,9). Dios es «el que llama» (Gál 5,8: kalon) y los cristianos somos «los llamados» (Rm 8,30: keklemenoi).

La llamada de Dios es absolutamente gratuita. Y por parte Suya, «los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rom 11,29: karismata kai e klesis). Todo en la vocación es amor gratuito de Dios, que sólo en Él tiene su causa. Él elige desde la eternidad, llama con una vocación dada en el tiempo –la llamada al pueblo de Israel, a ser cristiano, al apostolado, al matrimonio, al camino concreto personal–, consagra a los llamados –bautismo, orden, matrimonio, profesión religiosa–, y envía en la misión propia de cada vocación. Dios elige-llama-consagra-envía.

Todo en la vocación es don gratuito del amor de Cristo: «es la voz del Amado que me llama» (Cant 5,2). Gran verdad absolutamente cierta es que «todos los hombres son llamados a la unión con Cristo» (Vat. II, LG 3). Pero es igualmente cierto que los cristianos, los apóstoles, somos objeto de una especial llamada del amor de Dios para formar la Iglesia, «sacramento universal de salvación» (LG 48; AG 1). La Escritura lo afirma muchas veces: somos «elegidos de Dios, santos y amados» (Col 3,12). Y esta elección-llamada parte exclusivamente de la elección eterna de Dios. Nunca viene determinada por los bienes que Él mismo haya puesto en hombres o pueblos. Cuántas veces el Señor elige-llama a lo más pequeño, Israel, «el más pequeño de todos los pueblos» (Deut 7,6-7); a mujeres estériles; a gente que apenas cuenta ante el mundo: «mirad, hermanos, vuestra vocación, pues no hay entre vosotros» muchos nobles, poderosos, cultos, sino más bien gente humilde, «para que nadie pueda gloriarse ante Dios» (1Cor 1,26-29). Pues bien,

el voluntarismo semipelagiano, conforme a su teología de la gracia, plantea la elección vocacional como si Dios ofreciera igualitariamente a los cristianos los diversos caminos de vida, unos de suyo más idóneos para la santificación personal y otros no tanto –aunque todos santos y santificantes–; y como si después fuera ya el cristiano, según el grado de su generosidad, quien decidiera seguir lo más perfecto o lo menos perfecto, aunque también bueno. Esta visión es una distorsión terrible de la verdad de las vocaciones, es causa de errores vocacionales, de escrúpulos y de grandes sufrimientos. Y hay que reconocer que es un error típicamente semipelagiano: Dios ofrece la misma gracia a todos, y es la parte humana la que, haciendo eficaz la gracia, la parte divina, decide lo más o menos perfecto. En definitiva, no es Dios quien elige y llama gratuitamente, sino que es el cristiano el que, por lo visto, «se llama» a sí mismo según el grado de su mayor o menor generosidad. Con inevitable preocupación se pregunta: «¿Qué elijo?»

Cuando yo acabé el bachillerato, mi madre, con esa excusa, me mandó a hacer Ejercicios espirituales. Y todavía recuerdo cómo al final de ellos el padre predicador nos invitó a elegir la vocación. En una hoja, trazando una raya vertical en medio, habíamos de ir poniendo a un lado y otro los pros y contras que alcanzábamos a ver en orden a nuestra santificación. Se hacía finalmente la suma, y el total resultante, determinaba nuestra vocación concreta dentro de la Iglesia. Ya entonces a mí aquello me pareció un espanto. Y ahora todavía me horroriza más.

Otro caso ilustrativo. Siendo yo joven, asistí a la profesión religiosa de una amiga mía. Y recuerdo también la prédica del cura que presidió la Misa. ¡Qué canto a la generosidad de esta muchacha, a quien el mundo y la vida le sonríen (aquí amplia enumeración de sus cualidades), y que, sin embargo, dejándolo todo, va a seguir a Cristo por un camino austero y penitente!… etc. etc. etc. Ya entonces a mí todo aquello me sonaba muy mal. No sabía yo entonces que, simplemente, era semipelagiano. Imagínense ustedes un sacerdote que en una boda canta la generosidad de esta joven, que teniendo tantos pretendientes excelentes, etc., ha venido a casarse con éste (con este pobre diablo). Es de suponer que, al término de la ceremonia, los familiares del novio entrarían a la sacristía para leerle la cartilla al ministro del Señor. «¿Pero usted qué se ha creído?»…

la fe católica nos enseña, por el contrario, que Dios llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Y que la vocación, la que sea, es un don precioso que el hombre, con inmenso agradecimiento, debe recibir libre y meritoriamente, con el auxilio de la gracia divina, por supuesto. «¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú que no hayas recibido?… Gracias a Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido en vano, sino que he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 4,7; 15,10). San Pablo, recién converso, se plantea su vocación como se debe: «Señor ¿qué quieres que haga?» (Hch 22,10).

Es cuestión de generosidad. La vocación –y toda obra cristiana– es un don de Dios, que el hombre recibe. Si hablamos el castellano usual, es generoso el donante, no el que recibe. Si un hombre dona una gran herencia a una familia numerosa que está en la ruina, el generoso es el donante, no la familia que recibe tan precioso donativo. Y esto es lo que sucede en toda vocación y acción cristiana. El generoso es Dios, que estando nosotros muertos por nuestros delitos y pecados, esclavizados por el mundo y por la carne, cautivos del demonio, «nos dió vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados» (Ef 2,1-10: leerlo entero). El generoso es Dios. Si, por ejemplo, a uno le falta sabiduría, «que la pida a Dios y la recibirá, porque Él la da a todos generosamente, y sin reproches» (Sant 1,5).

Miremos el caso de la vocación de un apóstol. Cristo elige por pura gracia a Mateo. No lo mira con desprecio, en su miserable condición de publicano, idólatra de la riqueza, excomulgado de su pueblo, sino que lo llama a dejar su oficina de recaudación, y lo consagra como Apóstol suyo, para enviarlo a predicar y a escribir el Evangelio. Gracia, pura gracia gratuita ha sido la elección, la vocación, la consagración y la misión. Y gracia de Cristo ha sido también la que ha movido el corazón de Mateo para poder seguirlo, aceptando su llamada y dejándolo todo. ¿Dónde está aquí la generosidad de Mateo? ¡Cantemos la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que por pura gracia ha hecho de este pobre diablo un Apóstol santo! «Sígueme. Y él, levantándose, lo siguió» (Mt 9,9-13). Todo ha sido gracia. Y por eso lo primero que se le ocurre a Mateo –que era católico y no semipelagiano– es celebrarlo en un gran banquete, en el que no sería raro que alguno se hubiera pasado un poco en la bebida. Está feliz, loco de gratitud y alegría. Y piensa que si alguno elogia su generosidad personal es que no está en su sano juicio.

Católicos excelentes hay que emplean con frecuencia la palabra generosidad al hablar de la vocación y, lógicamente, de cualquier otro asunto de la vida espiritual. Muchos de ellos tienen una captación del misterio de la gracia perfectamente católica; pero no escapan a una contaminación del lenguaje de origen voluntarista.

«Es cuestión de generosidad». «Pone usted en peligro su misma salvación por falta de perseverancia». «Ingresó en el noviciado, pero no perseveró: le faltó generosidad». «Dios no se deja ganar en generosidad por el hombre». O sea: usted propóngase el bien que sea, cuanto más alto mejor, y esté seguro de que la gracia de Dios, siendo la obra tan buena, vendrá ciertamente en su auxilio para que pueda vivirla. Etc. ¿Pero qué están diciendo?… Todo eso es semipelagianismo puro y duro. ¿Cuándo estos católicos se van a enterar de que, aunque solo sea en el lenguaje, son semipelagianos?

Dios te pide. Toda la vida cristiana, toda, está movida por la gracia de Dios, toda es gracia, toda es don de Dios. Es Él quien «obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13); de tal modo que «cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, c.9). Ahora bien, cuando alguien da algo a otro, a esa acción le llamamos donativo, y no petición. Y cuando alguien pide algo a alguien, su acción es una petición. ¿Es así o no es así?… Pues bien, si Dios da a los hombres su gracia, siempre gratuita, moviéndolos a querer y a obrar el bien, ¿por qué a esa acción no se le da el nombre de donación, que le corresponde, y se dice en cambio que Dios pide al cristiano esto y lo otro? ¿A qué viene hablar de que Dios pide a éste que dé más limosna, al otro que se case, a otro más que ingrese en un monasterio, etc.? «Siempre Dios pidiendo», en vez de «siempre Dios dando», como es la verdad. ¿Qué sentido tiene, en la fe católica ese modo de expresar la vida espiritual? «Recibir, más me parece a mí eso, que no dar nosotros nada» (Sta. Teresa, Vida 11,13). ¿Tan difícil es esto de entender; o mejor, de creer?

Supongamos que un director espiritual dice al cristiano que se le confía, atendiendo a las mociones de gracia que parece recibir: «según lo que me cuentas, yo creo que Dios te pide que dobles el tiempo de la oración». El consejo podrá ser prudente y beneficioso. Pero ¿por qué lo expresa en forma de petición? ¿No es más conforme a la verdad decir: «parece que Dios quiere darte la gracia de aumentar al doble tu oración»? En el fondo, dicho de un modo o de otro, está dando el mismo consejo, es cierto. Pero la formulación primera encaja perfectamente con el semipelagianismo, puede dar ocasión a la soberbia («he cumplido: le he dado a Dios lo que me pedía»), al escrúpulo también, y a otros malos efectos. En cambio, la segunda formulación habla como siempre lo hace la sagrada Escritura y la mejor Tradición católica, y solo puede producir efectos buenos.

Ese «Dios te pide» esto y lo otro expresa mal la doctrina católica sobre la acción de la gracia. Pero tiene en cambio pleno sentido si se parte de una teología semipelagiana de la gracia. Según ella, Dios ofrece su parte (la gracia), y «pide» al hombre que ponga su parte (la voluntad libre), de tal modo que, con la generosa colaboración de la persona, venga así la gracia a ser eficaz en la buena obra pretendida (noviciado, matrimonio, más oración, etc.). Ésta es la verdad. Y no se ofendan si la digo, pues solo pretendo que sean «santificados en la verdad» (Jn 17,17). Pero, por otro lado también, no se me asusten

Puede darse una ortodoxia perfecta en la vida de la gracia, que en algunos temas, sin embargo, esté expresada verbalmente en modos deficientes. Trento dice que la concupiscencia no es pecado, pero que «procede del pecado y al pecado inclina» (Denz 1515). Pues bien, aquí habría que decir que ese modo de hablar voluntarista puede darse, y se da con relativa frecuencia, en un marco doctrinal católico y santo. Pero conviene reconocer honradamente que es un modo verbal que procede del error voluntarista y que a él inclina. Reconozcamos con humildad que siempre llevará en sí al menos el peligro de ocasionar en las personas ramalazos voluntaristas negativos, malos entendimientos de la acción de Dios en el hombre. Insisto: muchas veces el marco doctrinal es en la persona o en la comunidad tan claramente católico, que neutraliza en buena medida los efectos negativos de un modo de hablar ciertamente deficiente. En buena medida… No siempre del todo.

Hablen en católico de la gracia divina. Hablen como hablan la Escritura y la Liturgia, los Concilios y los grandes Doctores de la Iglesia. Hablen como lo han hecho todos los santos.

Bueno, la verdad es que no todos los santos usaron siempre y en todo un lenguaje claramente católico de la gracia. Antes de que se formulase en la Iglesia dogmáticamente la doctrina de la gracia, hubo santos, como Fausto de Riez o Vicente de Lérins, ya lo vimos, que hablaron así (61). Más penoso es que, después de reprobado por la Iglesia el error semipelagiano, haya todavía algunos santos, a partir sobre todo del siglo XVII, que en ocasiones usan un lenguaje más o menos marcado por el ramalazo semipelagiano voluntarista. Ciertamente, aquéllos y estos santos, captan perfectamente en su mente y en su corazón la verdad de la gracia: si no, no hubieran sido santos. Y además el lenguaje espiritual que emplean, en su conjunto, es clarísimamente católico. Pero… pero algunas veces ese lenguaje espiritual se ve marcado por estas deficiencias voluntaristas de su tiempo. Lo comprobaremos en algunos santos, con el favor de Dios.

Dios no te puede pedir. Allí donde se generalice un tanto en la cultura cristiana el Dios te pide, no tendrá nada de raro que, con un poco más, se dé el paso al Dios no te puede pedir. Cualquier contradicción en el pensamiento cristiano puede esperarse en cuanto se aleja de la verdad católica. Las dos actitudes, que son ciertamente contradictorias, coinciden en que centran la vida cristiana en la voluntad, la parte humana. Por el contrario, los católicos reconocemos la iniciativa absoluta de la gracia de Dios, a la que el hombre debe una docilidad incondicional, que no resiste ni pone nunca límites a lo que Dios quiera darle en su infinita misericordia.

Un buen número de moralistas católicos saben perfectamente aquello que Dios no puede pedir a los cristianos. Y elaboran planteamientos –conflicto de deberes, opción fundamental, mal menor, etc.– que permitan evitar en buena conciencia el martirio y la fidelidad a ciertas normas morales, como las que prohiben la anticoncepción, al menos en ciertos casos. «Llevan ustedes casados diez años y tienen ya cinco niños. Dios no les puede pedir que eviten los anticonceptivos».

Otros maestros espirituales –éstos, a lo mejor, muy estrictos– saben también perfectamente aquello que Dios no puede pedir a los fieles laicos, alegando la secularidad que Él quiere en sus vidas.

«Usted es una señora seglar, madre de familia, con muchas responsabilidades y trabajos. Por tanto, Dios no le puede pedir que haga una hora diaria de oración y menos aún que practique mortificaciones corporales». Prohibido. El director voluntarista, y más después del Vaticano II, sabe perfectamente lo que es un laico, y lo que Dios puede o no puede pedirle sin desmedro de su secularidad. Desde luego, con una espiritualidad semejante no tendríamos la maravilla de una Concepción Cabrera de Armida (1862-1937), madre mejicana de ocho hijos, fundadora de las Religiosas de la Cruz, de los Misioneros del Espíritu Santo y de otras asociaciones para laicos. Ella tuvo la dirección espiritual de Mons. Luis Mª Martínez, Arzobispo Primado de Méjico, gran maestro de espiritualidad católica (1881-1956). De ella cuenta su biógrafo, el P. Treviño, M. Sp. S.: «todas las noches dedicaba cerca de dos horas a la oración, interrumpiendo el sueño. Gustaba de unir a esta oración alguna penitencia, como hacerla postrada en el suelo, con una corona de espinas en la cabeza» (Concepción Cabrera de Armida, La Cruz, San Luis Potosí 1987, 7ª ed., 108). Semejantes «excesos» sólamente pueden ocurrir cuando la libertad del cristiano se abandona incondicionalmente a la acción del Espíritu Santo, que «sopla donde quiere» (Jn 3,8).

Lo que más cuesta es lo más santificante, lo más meritorio. Eso es falso. A esa convicción conduce aquella espiritualidad voluntarista que, al menos en la práctica, centra más la santificación en el esfuerzo del hombre (parte humana), que en la eficacia intrínseca de la gracia (parte divina). Y siguiendo ese camino, el cristianismo se va entendiendo mucho más como una ascesis costosa, que como un gozo, un don, una salvación inefable, que se recibe del amor de Cristo, «gracia sobre gracia» (Jn 1,16). No pocos bautizados entonces van cayendo en el alejamiento de la vida cristiana, para abandonarla finalmente por completo, cayendo en la apostasía. Ya sabemos, sí, que no es posible seguir a Jesucristo sin tomar la cruz de cada día. Esto el Maestro «lo decía a todos» (Lc 9,23). Pero sus discípulos sabemos que ese yugo es ligero, que pesa poco, y que en él hallamos nuestro descanso (Mt 11,29-30).

La obra más santificante y meritoria es la realizada con mayor caridad. Lo explico un poco.

Es la caridad la que santifica y da mérito a nuestras obras: «sólo la caridad edifica» (l Cor 8,1). Sin ella, por mucho que yo haga, «no teniendo caridad, de nada me aprovecha», aunque dé mi fortuna a los pobres, aunque me mate a mortificaciones (1 Cor 13,3). Por eso enseña Santo Tomás que «el mérito de la vida eterna pertenece en primer lugar a la caridad, y a las otras virtudes [laboriosidad, paciencia, castidad, etc.] secundariamente, en cuanto que sus actos son imperados por la caridad» (STh I-II,114,4).

Las obras hechas con más amor son las más libres y meritorias. Sigue diciendo Santo Tomás: «es manifiesto que lo que hacemos por amor lo hacemos con la máxima voluntariedad; por donde se ve que, también por parte de la voluntariedad que se exige para el mérito, éste pertenece principalmente a la caridad» (ib.). Y la caridad sobrenatural, evidentemente, sólo puede ejercitarse bajo la moción del Espíritu Santo. Es docilidad a la gracia.

El mérito de la obras no está en función de su penalidad, sino del grado de caridad con que se realizan. Y cuanto mayor es el amor, menos cuestan. El principio de que «lo que más cuesta es lo que más mérito tiene» procede de inspiración semipelagiana, y no es verdadero, pues precisamente las obras hechas con más amor son las que menos cuestan y las que más mérito tienen. Santo Tomás: «importa más para el mérito y la virtud lo bueno que lo difícil. No siempre lo más difícil es lo más meritorio» (STh II-II,27,8 ad 3m).

A un cristiano rico, pero apegado a sus riquezas, le cuesta mucho hacer un donativo a unos familiares muy necesitados, porque tiene muy poca caridad. Un cristiano muy caritativo, en cambio, realiza la misma obra con verdadero gozo –si no da más es porque no puede–, y su obra es mucho más meritoria. Aquella pobre viuda del Evangelio, que para el honor del Dios y de su templo, «ha dado de su miseria cuanto tenía, todo su sustento» (Mc 12,41-44), lo ha hecho con inmenso amor y facilidad, bajo la acción de la gracia. «Dios ama al que da con alegría» (2Cor 9,7), porque Dios ama a quien da con amor, con caridad, bajo la moción de su Amor divino.

Sólo la caridad más crecida es capaz de realizar las obras más costosas, más penosas para el hombre carnal. Bajo la moción de la gracia, el cristiano de gran caridad es capaz de obras que para otros son imposibles: dedicar la vida a cuidar leprosos, donar a un familiar la mitad de la propia hacienda para sacarle de la ruina, etc. Pero quede claro al mismo tiempo que todo lo que se hace en caridad, por duro que sea, se realiza bajo la moción del Espíritu Santo, que da la posibilidad, más aún, la inclinación, para obrarlo. Y en este sentido se hace con alegría, aunque sea en ocasiones con gran cruz. Por eso la vida de los santos es la más crucificada, la menos costosa y la más alegre.

San Pablo expresa con frecuencia este misterio: «así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación» (2Cor 1,5). «Estoy lleno de consuelo, rebosando de gozo en todas nuestras penalidades» (7,4). Sobreabunda en gozo, en medio de mil tribulaciones y trabajos, porque sobreabunda en la caridad a Cristo y a los hombres. En tres artículos sobre La alegría cristiana trato más ampliamente de este tema.

Por otra parte, la virtud más crecida es la que se ejercita con más facilidad y más mérito. Cuando la virtud de la castidad, por ejemplo, está muy débil, cuesta mucho guardar la pureza en pensamientos y deseos, palabras y obras; es una guerra muy dura. Por el contrario, cuando la virtud (virtus: fuerza) de la castidad está muy perfecta, se ejercita con toda facilidad en los buenos actos que le son propios, incluso normalmente –normalmente– con gozo. Y ésa es sin duda la castidad más meritoria y grata a Dios. En el crecimiento de esta virtud, como en el de todas, suelen darse tres fases: cuando la virtud es 1) incipiente, hay mucha guerra; cuando está 2) adelantada, se viva con paz su objeto propio; y cuando está 3) perfecta, se ejercita con gozo. Lo que realmente resultaría costoso y repugnante sería obrar en contra de esa virtud.

Creer que a quien posee un alto grado de virtud siempre se le facilita ejercitarla suele ser también un síntoma semipelagiano, pues el voluntarismo siempre es cuantitativo y operacionista. Acabo de decir que, en principio, van juntas la perfección de la virtud y la facilidad para ejercitarla. Sin embargo, como Santo Tomás enseña, no siempre puede identificarse grado de una virtud y grado de facilidad para su ejercicio. «Ocurre a veces que uno que tiene un hábito [virtud] encuentra dificultad en obrar y, por consiguiente, no siente complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural], a causa de algún impedimento de origen extrínseco; como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad» (STh I-II,65,3).

Identificar sin más virtud y obras es un grave error, que causa grandes perturbaciones en la vida espiritual, que origina muchos discernimientos erróneos, muchas exhortaciones vanas, muchas correcciones inoportunas, muchos esfuerzos inútiles y no pocos sufrimientos. El cristiano, aun revestido de la gracia de Cristo, sufre grandes limitaciones y precariedades. Bien sabemos, con Santo Tomás, que «la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona» (STh I, 1,8 ad 2m). Pero no necesariamente la gracia sana la naturaleza siempre y en todo, sino que, según el beneplácito de Dios providente, puede dejar que peduren en la naturaleza graves deficiencias, que no son pecado, para que la persona crezca en humildad y participe más de la pasión de Cristo. Trato algo más ampliamente de este tema en el artículo Santos no ejemplares.

Cuántas veces, por ejemplo, un cristiano muy fuerte en la virtud de la esperanza puede sufrir, sin embargo, depresiones profundas y duraderas, provenientes de huellas genéticas o familiares, por condicionamientos educativos erróneos, por causas somáticas o por noches espirituales. Un director espiritual voluntarista hará de esa terrible dolencia un diagnóstico claro: «falla en usted la virtud de la esperanza», con lo cual acabará de hundirlo en la angustia y el escrúpulo. Este mismo director, si se acercara a Cristo en Getsemaní, no dudaría en decirle: «menos angustias y más confianza en Dios, que un santo triste es un triste santo. Alegre esa cara, que da pena verlo».

Cuántas veces, por ejemplo, un hombre con verdadero espíritu de oración, que por lo que sea está pasando un tiempo, a veces muy largo, sin capacidad alguna para ejercitarlo en actos concretos –me refiero sobre todo a ratos largos de oración–, quizá intente, como dice Santa Teresa, «atormentar el alma a lo que no puede» (Vida 11,16). Y quizá se vea atormentado también, además, por un director voluntarista: «no se engañe; usted no hace oración porque no quiere, porque rehuye la cruz que a veces hay en ella». Los colegios de psiquiatras, para ganar clientes, deberían promover campañas pelagianas y semipelagianas en parroquias, catequesis y grupos cristianos, sea de religiosos, sea de laicos. Harían una inversión ciertamente rentable.

La santa Doctora Teresa entiende estos problemas muy de otro modo, porque los entiende al modo católico: «aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarlo. Esta determinación es la que quiere; ese otro afligimiento que nos damos, no sirve de más que para inquietar el alma; y si había de estar inhábil para aprovechar una hora, lo está cuatro» (ib.). Ya dice San Juan de la Cruz que «hay muchas almas que piensan que no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada» (prólogo Subida 6).

El menosprecio de los débiles es uno de los aspectos más lamentables y dañinos del voluntarismo semipelagiano. El voluntarismo menosprecia a las personas de poca salud física y psicológica, de escasa inteligencia y cultura, de caracteres mal cristalizados, de inestabilidad emocional no superada. Y admira simétricamente a los hombres sanos, fuertes, estables, de firme carácter. Los juicios temerarios abundan inevitablemente en un ambiente espiritual semejante: «es un tipo formidable», «es mejor que lo dejes: con éste no hay nada que hacer», «aquél parece muy aprovechable» (esa frase la he oído yo: una persona «muy aprovechable»). El voluntarismo se avergüenza del Evangelio, que tantas veces muestra la preferencia de Cristo hacia los pequeños, hacia los que no cuentan nada para el mundo (Lc 10,21; 1Cor 2,26-31). Los deja a un lado. No le valen. Así, al mismo tiempo, deja a un lado a Jesús, que fue «ungido y enviado para evangelizar a los pobres» (cf. Lc 4,18).

Quedarían por describir muchos otros síntomas del voluntarismo, pero están más o menos incluídos en los ya señalados:

Los esfuerzos activos son los que valen, los pasivos no, o no tanto. Una pobreza elegida santifica; padecida por ruina, no tanto.

Todo lo que es gratuito, sin esfuerzo, no vale, porque nada cuesta. Fuera, pues, el agua bendita, las novenas, los crucifijos en las habitaciones, las imágenes piadosas, y hasta ¡la Misa dominical!…

Centrarse en la voluntad lleva necesariamente a una vida espiritual de ánimo cambiante, ánimo/desánimo.

La pobreza evangélica, todo eso de: “solo una túnica, no oro ni plata”, tanto en la vida personal como en las actividades apostólicas, tiene valores románticos indudables; pero en la práctica es claro que hay que evitar la pobreza lo más posible.

Es mejor la riqueza de medios, hay que ser realistas: cuanto más fuerte esté la parte humana, tanto más crece el Reino en las personas y en el mundo. Por tanto, revista informativa carísima de un instituto o grupo cristiano, con estadísticas apabullantes. Liturgia con globitos, pantallas gigantes, danzas y cantautores. Evento juvenil cristiano, al modo de macro-maxi-hiper-super-show profano. Títulos académicos siempre que sea buenamente posible, y si no, también. Etc. Cuanto más y mejor, mejor.

Métodos de oración y de apostolado de segura eficacia (más o menos como algunos medicamentos para hacer crecer el pelo), ejercitaciones de auto-ayuda, técnicas que perfeccionan tanto tanto al hombre y al mundo que nada hay mejor.

Adulaciones y elogios pestilentes de «la parte humana»: los jóvenes (la esperanza de la Iglesia), las mujeres (el mundo se salvará en clave de feminización), los obreros, los teólogos renovadores, la nueva pastoral, la familia (¡la familia salvará al mundo!), etc.

Todo ese mundo voluntarista es una miseria y un enorme error multiforme, que cierra en buena medida a la gracia del Salvador. Es causa muy suficiente para la descristianización progresiva de Occidente. Sólo nos ha sido dado bajo los cielos un nombre, el de Jesús, en el que podamos hallar la salvación, una salvación por gracia divina (Hch 4,12).

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/0912190950-indice-de-reforma-o-apostasia-51

Posted in Doctrina de la Iglesia, La conducta del cristiano | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Síntomas del voluntarismo semipelagiano*

‘No me puse la ceniza’

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 22, 2012

Él es un católico ejemplar: ha estudiado bien la doctrina de la Iglesia, ha vivido en gracia de Dios, frecuenta los Sacramentos, hace oración mental todos los días… Y, además, es un buen consejero y predicador de la Palabra de Dios.

Pero este miércoles de Ceniza sorprendió a todos sus familiares, amigos y conocidos: no se impuso la ceniza.

Cuando le preguntaron por qué no lo había hecho, contestó:

No fui capaz: eso es una gran responsabilidad. Ponerme la ceniza significaría reconocerme ante el mundo entero como pecador; hasta aquí la cosa parece fácil. Pero, además, ponerme la ceniza significaría proclamar a todos los que me ven que estoy comprometido —durante cuarenta días— a vivir sinceramente arrepentido por mis pecados y a expiarlos, haciendo penitencias, viviendo en austeridad, ayunando y haciendo abstinencia, oración, actos de caridad, limosnas…

Por eso no me la puse. No quiero convertir la ceniza en un acto superficial, en una caricatura de lo que verdaderamente expresa.

Y para completar, ponerme la ceniza me obligaría a renovar mi vida, a una conversión auténtica, a luchar contra el mal que reside en mí, a erradicar el pecado, a llenarme de virtudes cristianas, especialmente el amor: al final de la Cuaresma, tendría que amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a mí mismo; y esto es muy difícil.

Le pediré al Señor que algún día me dé la gracia de estar verdaderamente dispuesto para ponerme la ceniza.

¿En qué se equivocó este hombre? En olvidarse de la infinita misericordia de Dios: Dios hará por él lo que él no puede hacer: su conversión.

¿En qué acertó? En valorar y respetar el signo de la Ceniza tal y como lo hace la Iglesia.

Posted in La conducta del cristiano | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ‘No me puse la ceniza’

Por las ramas

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2011

Son muchos los que olvidan la esencia del cristianismo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 34-35).

Pero, ¡cuántos hay que creen que ser cristianos consiste en asistir a la Eucaristía todos los días, rezar el Rosario, visitar al Santísimo Sacramento, hacer muchas horas de oración…! Otros creen que ser cristianos es pertenecer a un grupo de oración, asistir a congresos de alabanza o de adoración, vivir determinada espiritualidad… Olvidan que todos estos actos son medios para llenarse del amor de Dios, y así repartir ese amor a todos los que viven a su alrededor.

También están los que creen que Dios los escogió para corregir a los demás: se la pasan escribiendo cartas o artículos agresivos a cuantas personas o entidades defienden un criterio o conducta contrarias a la Fe. Olvidan que la verdad sin caridad no es verdad.

Hay quienes creen que la esencia de la vida cristiana consiste en saber mucho: leen libros, se aprenden los versículos y los capítulos de la Biblia para defender cualquier criterio, asisten a cuanta predicación pueden, toman cursos, estudian teología… Olvidan que, aunque es importante conocer nuestra doctrina, el cristiano no se distingue por saber, sino por amar.

Y, por último, pululan cada vez más los que concentran su atención en las cosas periféricas de la Fe cristiana, descuidando su esencia: creen que Satanás está en todas partes o que la Virgen se aparece en todas partes o que el Señor se la pasa haciendo manifestaciones extraordinarias… Y se olvidan que la Iglesia, como Madre que es, tiene un Magisterio que nos informa lo que está correcto y lo que no; para que nos despreocupemos de todas esas cosas, y nos concentremos en lo más importante: en amar.

¿Queremos saber qué tan buenos seguidores de Cristo somos? Preguntémosle a quienes conviven con nosotros qué reciben de nosotros; si ellos nos dicen que somos los que les damos amor, los que trabajamos por su felicidad, los que dejando a un lado nuestro egoísmo nos ocupamos por su bienestar…, sabremos que somos buenos cristianos.

Pero si ellos notan que lo que nosotros queremos es que nos amen, que nos respeten, que nos valoren, que nos tengan en cuenta…, podremos deducir con ello cuán egoístas somos. Y el egoísmo es lo contrario del amor; es decir, es lo contrario del cristianismo.

 

 

 

Posted in Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Por las ramas

Examen de conciencia para seglares

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 27, 2011

 

¿Hice santa mi vida cumpliendo cada una de mis obligaciones familiares, laborales, eclesiales y sociales? ¿Amé eficaz y efectivamente a cada uno de mis seres queridos? ¿Fui un trabajador honesto y responsable? ¿Actué en todo momento como un buen cristiano?, ¿y como un buen ciudadano? ¿Irradié en todas partes paz y alegría?

¿Se me notaron la Fe, la Esperanza y la Caridad en cada uno de mis actos y actitudes?

¿Admiré el abismo infinito de poder, sabiduría y bondad de Dios, con una Fe pura y desnuda de toda figura e imaginación, con atención amorosa en el inabarcable, el incomprensible, el inefable?

¿Viví profundamente la Esperanza de llegar a ese mar infinito de Amor? ¿Estuve seguro de aquel que es bondad y misericordia, de aquel con el cual vivo día y noche, que me conoce y que conozco, que me ama y que amo? ¿Tuve absoluta confianza en Él? ¿Lo esperé todo de Él? ¿Me abandoné como un bebé?

¿Tuve intimidad con aquel que es todo Amor y que se pone al nivel de sus criaturas para pedirles que no lo dejen solo y que le den su amor? ¿Fui para todos alter Christus, ipse Christus? ¿Fue mi mirada siempre una mirada de amor transformador? ¿Se me notó su dulzura y su ternura para con todos? Como el rey Midas, ¿todo lo que toqué se convirtió en amor, paz y gozo? ¿Ayuné todo para amar solo a Dios sin sustentarme más en las criaturas? ¿Me crucifiqué detrás de la Cruz por el Reino de Dios y su justicia, amando a Jesús? ¿Aproveché estos tesoros: incomodidades, frío, calor, sed, hambre, cansancio, pobreza, fracaso, vergüenzas, incomprensión, desconfianza, rechazo, críticas, falsas acusaciones, ofensas, irrespeto, «injusticias», desprecios, humillaciones, deshonra, desprestigio, ingratitud, indiferencia de los seres queridos, desamor, esclavitud, soledad, desconsuelo, enfermedad, dolor, desamparo…?

¿Hice algunos minutos de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración? ¿Seguí las indicaciones de mi director espiritual? ¿Me mantuve en la presencia de Dios, orando en todo momento? ¿Hice silencio? ¿Previne todo con la oración, diciendo: «Señor, en tu Nombre actuaré y sé que seré poderoso»?

¿Ofrecí las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador? ¿Ofrecí mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios?

¿Renové el Sacrificio de Cristo al asistir hoy a la Eucaristía? ¿Al comulgar, con cuánto amor recibí al Amor de los amores? ¿Visité al Santísimo Sacramento, al prisionero del Amor?

¿Honré a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María? ¿La tuve todo el día como especial protectora?

¿Medité, en estos días, los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Me arrepentí sinceramente de todos mis pecados, preparándome así para recibir el Sacramento de la Reconciliación?

¿Traté de vivir la pobreza dentro de mi estado? ¿Tuve las cosas como medios, no como fines? ¿Viví con sobriedad? ¿Administré los bienes con prudencia? ¿Ejercí la caridad con ellos?

¿Estuve sin apegos por las criaturas, para tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios? ¿Cuánto oré y me sacrifiqué con ese Amor por la felicidad de mis seres queridos?, ¿y por toda la humanidad?

¿Busqué en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios? ¿Permanecí indiferente a todo lo que no fue amor? ¿Traté de vivir en estado de inocencia y de gracia, alabando a Dios con mi vida? ¿Se notó que el Espíritu Santo mora en mí? ¿Hice y dije lo que Jesús haría y diría?

¿Fui el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos —en mi casa, en mi trabajo, en la Iglesia y en la sociedad— como Jesús, humilde, paciente, crucificado?

¿Fui hoy obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual?

¿Me acordé de que lo único que merezco es el infierno? ¿Me dejé ofender, calumniar y agredir, con tranquilidad, bondad, benevolencia y amor?

¿Controvertí? ¿Comprendí, excusé, disculpé y disimulé las faltas de los demás? Si corregí a alguien, ¿lo hice con mi amor y con mi ejemplo?, ¿lo dejé actuar a Él?

¿Usé mis virtudes sabiendo que son solo préstamos? ¿Pensé en mi propia imagen, la defendí? ¿Hablé de mí? ¿Me oculté por completo, como la nada? ¿Cuántos actos de humildad hice hoy? ¿Estuve a los pies de todos?

Medité algo del Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia, el Código de Derecho Canónico, el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos» o la constitución Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II?

¿Oré por el Papa, los Obispos, los Presbíteros (especialmente por mi párroco) y los diáconos?

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Examen de conciencia para seglares

El Abandono en la Divina Providencia*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 25, 2011

 

I. Verdades consoladoras.

 

Una de las verdades mejor establecidas y de las más consoladoras que se nos han revelado es que nada nos sucede en la tierra, excepto el pecado, que no sea porque Dios lo quiere; Él es quien envía las riquezas y la pobreza; si estáis enfermos, Dios es la causa de vuestro mal; si habéis recobrado la salud, es Dios quien os la ha devuelto; si vivís, es solamente a Él a quien debéis un bien tan grande; y cuando venga la muerte a concluir vuestra vida, será de su mano de quien recibiréis el golpe mortal.

Pero, cuando nos persiguen los malvados, ¿debemos atribuirlo a Dios? Sí, también le podéis acusar a Él del mal que sufrís. Pero no es la causa del pecado que comete vuestro enemigo al maltrataros, y sí es la causa del mal que os hace este enemigo mientras peca.

No es Dios quien ha inspirado a vuestro enemigo la perversa voluntad que tiene de haceros mal, pero es Él quien le ha dado el poder. No dudéis, si recibís alguna llaga, es Dios mismo quien os ha herido. Aunque todas las criaturas se aliaran contra vosotros, si el Creador no lo quiere, si Él no se une a ellas, si Él no les da la fuerza y los medios para ejecutar sus malos designios, nunca llegarán a hacer nada: No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo Alto, decía el Salvador del mundo a Pilatos. Lo mismo podemos decir a los demonios y a los hombres, incluso a las criaturas privadas de razón y de sentimiento. No, no me afligiríais, ni me incomodaríais como hacéis si Dios no lo hubiera ordenado así; es Él quien os envía, Él es quien os da el poder de tentarme y afligirme: No tendríais ningún poder sobre mí si no os fuera dado de lo Alto.

Si meditáramos seriamente, de vez en cuando, este artículo de nuestra fe, no se necesitaría más para ahogar todas nuestras murmuraciones en las pérdidas, en todas las desgracias que nos suceden. Es el Señor quien me había dado los bienes, es Él mismo quien me los ha quitado; no es ni esta partida, ni este juez, ni este ladrón quien me ha arruinado; no es tampoco esta mujer que me ha envenenado con sus medicamentos; si este hijo ha muerto… todo esto pertenecía a Dios y no ha querido dejármelo disfrutar más largo tiempo.

 

CONFIEMOS EN LA SABIDURÍA DE DIOS

 

Es una verdad de fe que Dios dirige todos los acontecimientos de que se lamenta el mundo; y aún más, no podemos dudar de que todos los males que Dios nos envía nos sean muy útiles: no podemos dudar sin suponer que al mismo Dios le falta la luz para discernir lo que nos conviene.

Si, muchas veces, en las cosas que nos atañen, otro ve mejor que nosotros lo que nos es útil, ¿no será una locura pensar que nosotros vemos las cosas mejor que Dios mismo, que Dios que está exento de las pasiones que nos ciegan, que penetra en el porvenir, que prevé los acontecimientos y el efecto que cada causa debe producir? Vosotros sabéis que a veces los accidentes más importunos tienen consecuencias dichosas, y que por el contrario los éxitos más favorables pueden acabar finalmente de manera funesta. También es una regla que Dios observa a menudo, de ir a sus fines por caminos totalmente opuestos a los que la prudencia humana acostumbra escoger.

En la ignorancia en que estamos de lo que debe acaecernos posteriormente, ¿cómo osaremos murmurar de lo que sufrimos por la permisión de Dios? ¿No tememos que nuestras quejas conduzcan a error, y que nos quejamos cuando tenemos el mayor motivo para felicitamos de su Providencia? José es vendido, se le lleva como esclavo, y se le encarcela; si se afligiera de sus desgracias, se afligiría de su felicidad, pues son otros tantos escalones que elevan insensiblemente hasta el trono de Egipto. Saúl ha perdido las asnas de su padre; es necesario irlas a buscar muy lejos e inútilmente; mucha preocupación y tiempo perdido, es cierto; pero si esta pena le disgusta, no hubiera habido disgusto tan irracional, visto que todo esto estaba permitido para conducirle al profeta que debe ungirle de parte del Señor, para que sea el rey de su pueblo.

¡Cuánta será nuestra confusión cuando comparezcamos delante de Dios, y veamos las razones que habrá tenido de enviarnos estas cruces que hemos recibido tan a pesar nuestro! He lamentado la muerte del hijo único en la flor de la edad: ¡Ay!, pero si hubiera vivido algunos meses o algunos años más, hubiera perecido a manos de un enemigo, y habría muerto en pecado mortal. No he podido consolarme de la ruptura de este matrimonio: Si Dios hubiera permitido que se hubiera realizado, habría pasado mis días en el duelo y la miseria. Debo treinta o cuarenta años de vida a esta enfermedad que he sufrido con tanta impaciencia. Debo mi salvación eterna a esta confusión que me ha costado tantas lágrimas. Mi alma se hubiera perdido de no perder este dinero. ¿De qué nos molestamos?… ¡Dios carga con nuestra conducta, y nos preocupamos! Nos abandonamos a la buena fe de un médico, porque lo suponemos entendido en su profesión; él manda que se os hagan las operaciones más violentas, alguna vez que os abran el cráneo con el hierro; que se os horade, que os corten un miembro para detener la gangrena, que podría llegar hasta el corazón. Se sufre todo esto, se queda agradecido y se le recompensa liberalmente, porque se juzga que no lo haría si el remedio no fuera necesario, porque se piensa que hay que fiar en su arte; ¡y no le concederemos el mismo honor a Dios! Se diría que no nos fiamos de su sabiduría y que tenemos miedo de que nos descaminara. ¡Cómo!, ¿entregáis vuestro cuerpo a un hombre que puede equivocarse y cuyos menores errores pueden quitaros la vida, y no podéis someteros a la dirección del Señor?

Si viéramos todo lo que Él ve, querríamos infaliblemente todo lo que Él quiere; se nos vería pedirle con lágrimas las mismas aficiones que procuramos apartar por nuestros votos y nuestras oraciones. A todos nos dice lo que dijo a los hijos del Zebedeo: Nescítis quid petatis; hombres ciegos, tengo piedad de vuestra ignorancia, no sabéis lo que pedís; dejadme dirigir vuestros intereses, conducir vuestra fortuna, conozco mejor que vosotros lo que necesitáis; si hasta ahora hubiera tenido consideración a vuestros sentimientos y a vuestros gustos, estaríais ya perdidos y sin recurso.

 

CUANDO DIOS NOS PRUEBA

 

¿Pero queréis estar persuadidos que en todo lo que Dios permite, en todo lo que os sucede, sólo se persigue vuestro verdadero interés, vuestra verdadera dicha eterna? Reflexionad un poco en todo lo que ha hecho por vosotros. Ahora estáis en la aflicción; pensad que el autor de ella, es el mismo que ha querido pasar toda su vida en dolores para ahorraros los eternos; que es el mismo que tiene su ángel a vuestro lado, velando bajo su mandato en todos vuestros caminos y aplicándose a apartar todo lo que podría herir vuestro cuerpo o mancillar vuestra alma; pensad que el que os ata a esta pena es el mismo que en nuestros altares no cesa de rogar y de sacrificarse mil veces al día para expiar vuestros crímenes y para apaciguar la cólera de su Padre a medida que le irritáis; que es el que viene a vosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía, el que no tiene mayor placer, que el de conversar con vosotros y el de unirse a vosotros. Tras estas pruebas de amor, ¡qué ingratitud más grande desconfiar de Él, dudar sobre si nos visita para hacernos bien o para perjudicarnos! &emdash;¡Pero me hiere cruelmente, hace pesar su mano sobre mí! &emdash;¿Qué habéis de temer de una mano que ha sido perforada, que se ha dejado clavar a la cruz por vosotros? &emdash;¡Me hace caminar por un camino espinoso! &emdash;¿Si no hay otro para ir al cielo, desgraciados seréis, si preferís perecer para siempre antes que sufrir por un tiempo! ¿No es éste el mismo camino que ha seguido antes que vosotros y por amor vuestro? ¿Habéis encontrado alguna espina que no haya señalado, que no haya teñido con su sangre? ¡Me presenta un cáliz lleno de amargura! Sí, pero pensad que es vuestro divino Redentor quien os lo presenta; amándoos tanto corno lo hace, ¿podría trataros con rigor si no tuviera una extraordinaria utilidad o una urgente necesidad? Tal vez habéis oído hablar del príncipe que prefirió exponerse a ser envenenado antes que rechazar el brebaje que su médico le había ordenado beber, porque había reconocido siempre en este médico mucha fidelidad y mucha afección a su persona. Y nosotros, cristianos, ¡rechazaremos el cáliz que nos ha preparado nuestro divino Maestro, osaremos ultrajarle hasta ese punto! Os suplico que no olvidéis esta reflexión; si no me equivoco, basta para hacernos amar las disposiciones de la voluntad divina por molestas que nos parezcan. Además, éste es el medio de asegurar infaliblemente nuestra dicha incluso desde esta vida.

 

ARROJARSE EN LOS BRAZOS DE DIOS

 

Supongo, por ejemplo, que un cristiano se ha liberado de todas las ilusiones del mundo por sus reflexiones y por las luces que ha recibido de Dios, que reconoce que todo es vanidad, que nada puede llenar su corazón, que lo que ha deseado con las mayores ansias es a menudo fuente de los pesares más mortales; que apenas si se puede distinguir lo que nos es útil de lo que nos es nocivo, porque el bien y el mal están mezclados casi por todas partes, y lo que ayer era lo más ventajoso es hoy lo peor; que sus deseos no hacen más que atormentarle, que los cuidados que toma para triunfar le consumen y algunas veces le perjudican, incluso en sus planes, en lugar de hacerlos avanzar; que, al fin y al cabo, es una necesidad el que se cumpla la voluntad de Dios, que no se hace nada fuera de su mandato y que no ordena nada a nuestro respecto que no nos sea ventajoso.

Después de percibir todo esto, supongo también que se arroja a los brazos de Dios como un ciego, que se entrega a Él, por decirlo así, sin condiciones ni reservas, resuelto enteramente a fiarse a Él en todo y de no desear nada, no temer nada, en una palabra, de no querer nada más que lo que Él quiera, y de querer igualmente todo lo que Él quiera; afirmo que desde este momento esta dichosa criatura adquiere una libertad perfecta, que no puede ser contrariada ni obligada, que no hay ninguna autoridad sobre la tierra, ninguna potencia que sea capaz de hacerle violencia o de darle un momento de inquietud.

Pero, ¿no es una quimera que a un hombre le impresionen tanto los males como los bienes? No, no es ninguna quimera; conozco personas que están tan contentas en la enfermedad como en la salud, en la riqueza como en la indigencia; incluso conozco quienes prefieren la indigencia y la enfermedad a las riquezas y a la salud.

Además no hay nada más cierto que lo que os voy a decir: Cuanto más nos sometamos a la voluntad de Dios, más condescendencia tiene Dios con nuestra voluntad. Parece que desde que uno se compromete únicamente a obedecerle, Él sólo cuida de satisfacernos: y no sólo escucha nuestras oraciones, sino que las previene, y busca hasta el fondo de nuestro corazón estos mismos deseos que intentamos ahogar para agradarle y los supera a todos.

En fin, el gozo del que tiene su voluntad sumisa a la voluntad de Dios es un gozo constante, inalterable, eterno. Ningún temor turba su felicidad, porque ningún accidente puede destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre una roca en medio del océano; ve venir hacia él las olas más furiosas sin espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento impulse las olas de un lado o del otro, sigue inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e inquebrantable.

De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre igual que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.

 

PRÁCTICA DEL ABANDONO CONFIADO

 

Nos queda por ver cómo podemos alcanzar esta feliz sumisión. Un camino seguro para conducirnos es el ejercicio frecuente de esta virtud. Pero como las grandes ocasiones de practicarla son bastante raras, es necesario aprovechar las pequeñas que son diarias y cuyo buen uso nos prepara en seguida para soportar los mayores reveses, sin conmovernos. No hay nadie a quien no sucedan cien cosillas contrarias a sus deseos e inclinaciones, sea por nuestra imprudencia o distracción, sea por la inconsideración o malicia de otro, ya sean el fruto de un puro efecto del azar o del concurso imprevisto de ciertas causas necesarias. Toda nuestra vida está sembrada de esta clase de espinas que sin cesar nacen bajo nuestras pisadas, que producen en nuestro corazón mil frutos amargos, mil movimientos involuntarios de aversión, de envidia, de temor, de impaciencia, mil enfados pasajeros, mil ligeras inquietudes, mil turbaciones que alteran la paz de nuestra alma al menos por un momento. Se nos escapa por ejemplo una palabra que no quisiéremos haber dicho o nos han dicho otra que nos ofende; un criado sirve mal o con demasiada lentitud, un niño os molesta, un importuno os detiene, un atolondrado tropieza con vosotros, un caballo os cubre de lodo, hace un tiempo que os desagrada, vuestro trabajo no va como desearíais, se rompe un mueble, se mancha un traje o se rompe. Sé que en todo esto no hay que ejercitar una virtud heroica, pero os digo que bastaría para adquirirla infaliblemente si quisiéramos; pues si alguien tuviera cuidado para ofrecer a Dios tolas estas contrariedades y aceptarlas como dadas por su Providencia, y si además se dispusiera insensiblemente a una unión muy íntima con Dios, será capaz en poco tiempo de soportar los más tristes y funestos accidentes de la vida.

A este ejercicio que es tan fácil, y sin embargo tan útil para nosotros y tan agradable a Dios que ni puedo decíroslo, hemos de añadir también otro. Pensad todos los días, por las mañanas, en todo lo que pueda sucederos de molesto a lo largo del día. Podría suceder que en este día os trajeran la nueva de un naufragio, de una bancarrota, de un incendio; quizá antes de la noche recibiréis alguna gran afrenta, alguna confusión sangrante; tal vez sea la muerte la que os arrebatará la persona más querida de vosotros; tampoco sabéis si vais a morir vosotros mismos de una manera trágica y súbitamente. Aceptad todos estos males en caso de que quiera Dios permitirlos; obligad vuestra voluntad a consentir en este sacrificio y no os deis ningún reposo hasta que no la sintáis dispuesta a querer o a no querer todo lo que Dios quiera o no quiera.

En fin, cuando una de estas desgracias se deje en efecto sentir, en lugar de perder el tiempo quejándose de los hombres o de la fortuna, id a arrojaros a los pies de vuestro divino Maestro, para pedirle la gracia de soportar este infortunio con constancia. Un hombre que ha recibido una llaga mortal, si es prudente no correrá detrás del que le ha herido, sino ante todo irá al médico que puede curarle. Pero si en semejantes encuentros, buscarais la causa de vuestros males, también entonces deberíais ir a Dios pues no puede ser otro el causante de vuestro mal.

Id pues a Dios, pero id pronto, inmediatamente, que sea éste el primero de todos vuestros cuidados; id a contarle, por así decirlo, el trato que os ha dado, el azote de que se ha servido para probaros. Besad mil veces las manos de vuestro Maestro crucificado, esas manos que os han herido, que han hecho todo el mal que os aflige. Repetid a menudo aquellas palabras que también Él decía a su Padre, en lo más agudo de su dolor: Señor, que se haga vuestra voluntad y no la mía; Fiat voluntas tua. Sí mi Dios, en todo lo que queráis de mí hoy y siempre, en el cielo y en la tierra, que se haga esta voluntad, pero que se haga en la tierra como se cumple en el cielo.

 

 

II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores

 

Ved a esta madre amante que con mil caricias mira de apaciguar los gritos de su hijo, que le humedece con sus lágrimas mientras le aplican el hierro y el fuego; desde el momento en que esta dolorosa operación se hace ante sus ojos y por su mandato, ¿quién va a dudar de que este remedio violento debe ser muy útil a este hijo que después encontrará una perfecta curación o al menos el alivio de un dolor más vivo y duradero?

Hago el mismo razonamiento cuando os veo en la adversidad. Os quejáis de que se os maltrate, os ultrajen, os denigren con calumnias, que os despojen injustamente de vuestros bienes: Vuestro Redentor; este nombre es aún más tierno que el de padre o madre, vuestro Redentor es testigo de todo lo que sufrís, Él os lleva en su seno, y ha declarado que cualquiera que os toque, le toca a Él mismo en la niña del ojo; sin embargo. Él mismo permite que seáis atravesado, aunque pudiera fácilmente impedirlo, ¡y dudáis que esta prueba pasajera no os procure las más sólidas ventajas! Aunque el Espíritu Santo no hubiera llamado bienaventurados a los que sufren aquí abajo, aunque todas las páginas de la Escritura no hablaran en favor de las adversidades, y no viéramos que son el pago más corriente de los amigos de Dios, no dejaría de creer que nos son infinitamente ventajosas. Para persuadirme, basta saber que Dios ha preferido sufrir todo lo que la rabia de los hombres ha podido inventar en las torturas más horribles, antes de yerme condenado a los menores suplicios de la otra vida; basta, dije, que sepa que es Dios mismo quien me prepara, quien me presenta el cáliz de amargura que debo beber en este mundo. Un Dios que ha sufrido tanto para impedirme sufrir, no se dará el cruel e inútil placer de hacerme sufrir ahora.

 

HAY QUE CONFIAR EN LA PROVIDENCIA

 

Para mí, cuando veo a un cristiano abandonarse al dolor en las penas que Dios le envía, digo en primer lugar: «He aquí un hombre que se aflige de su dicha; ruega a Dios que le libre de la indigencia en que se encuentra y debería darle gracias de haberle reducido a ella. Estoy seguro que nada mejor podría acaecerle que lo que hace el motivo de su desolación; para creerlo tengo mil razones sin réplica. Pero si viera todo lo que Dios ve, si pudiera leer en el porvenir las consecuencias felices con las que coronará estas tristes aventuras, ¿cuánto más no me aseguraría en mi pensamiento?

En efecto, si pudiéramos descubrir cuales son los designios de la Providencia, es seguro que desearíamos con ardor los males que sufrimos con tanta repugnancia.

¡Dios mío!, si tuviéramos un poco más de fe, si supiéramos cuánto nos amáis, cómo tenéis en cuenta nuestros intereses, ¿cómo miraríamos las adversidades? Iríamos en busca de ellas ansiosamente, bendeciríamos mil veces la mano que nos hiere.

«¿Qué bien puede proporcionarme esta enfermedad que me obliga a interrumpir todos mis ejercicios de piedad?», dirá tal vez alguien. «¿Qué ventaja puedo obtener de la pérdida de todos mis bienes que me sitúa en el desespero, de esta confusión que abate mi valor y que lleva la turbación a mi espíritu?» Es cierto que estos golpes imprevistos, en el momento en que hieren acaban algunas veces con aquellos sobre quienes caen y les sitúan fuera del estado de aprovecharse inmediatamente de su desgracia: Pero esperad un momento y veréis que es por allí por donde Dios os prepara para recibir sus favores más insignes. Sin este accidente, es posible que no hubierais llegado a ser peor, pero no hubierais sido tan santo. ¿No es cierto que desde que os habéis dado a Dios, no os habíais resuelto a despreciar cierta gloria fundada en alguna gracia del cuerpo o en algún talento del espíritu, que os atraía la estima de los hombres? ¿No es cierto que teníais aún cierto amor al juego, a la vanidad, al lujo? ¿No es cierto que no os había abandonado el deseo de adquirir riquezas, de educar a vuestros hijos con los honores del mundo? Quizá incluso cierto afecto, alguna amistad poco espiritual disputaba aún vuestro corazón a Dios. Sólo os faltaba este paso para entrar en una libertad perfecta; era poco, pero, en fin, no hubierais podido hacer aún este último sacrificio; sin embargo, ¿ de cuántas gracias no os privaba este obstáculo? Era poco, pero no hay nada que cueste tanto al alma cristiana como el romper este último lazo que le liga al mundo o a ella misma; sólo en esta situación siente una parte de su enfermedad; pero le espanta el pensamiento de su remedio, porque el mal está tan cerca del corazón que sin el socorro de una operación violenta y dolorosa, no se le puede curar; por esto ha sido necesario sorprenderos, que cuando menos pensabais en ello, una mano hábil haya llevado el hierro adelante en la carne viva, para horadar esta úlcera oculta en el fondo de vuestras entrañas; sin este golpe, duraría aún vuestra languidez. Esta enfermedad que se detiene, esta bancarrota que os arruina, esta afrenta que os cubre de vergüenza, la muerte de esta persona que lloráis, todas estas desgracias harán en un instante lo que no hubieran hecho todas vuestras meditaciones, lo que todos vuestros directores hubieran intentado inútilmente.

 

 

 

 

 

VENTAJAS INESPERADAS DE LAS PRUEBAS

 

Y si la aflicción en que estáis por voluntad de Dios, os hastía de todas las criaturas, si os compromete a daros enteramente a vuestro Creador, estoy seguro que le estaréis más agradecidos por lo que os ha afligido, que por lo que le hubierais ofrecido en vuestros votos si os evitaba la aflicción; los demás favores que habéis recibido de Él, comparados con esta desgracia, no serán a vuestros ojos más que pequeños favores. Siempre habéis mirado las bendiciones temporales que ha derramado hasta ahora sobre vuestra familia como los efectos de su bondad hacia vosotros; pero entonces veréis claramente que nunca os amó tanto como cuando trastornó todo lo que había hecho para vuestra prosperidad, y que si había sido liberal al daros las riquezas, el honor, los hijos y la salud, ha sido pródigo al quitaros todos estos bienes.

No hablo de los méritos que se adquieren por la paciencia; por lo general, es cierto que se gana más para el cielo en un día de adversidad que durante varios años pasados en la alegría, por santo que sea el uso que se haga de ella.

Todo el mundo conoce que la prosperidad nos debilita; y es mucho cuando un hombre dichoso, según el mundo, se toma la pena de pensar en el Señor una o dos veces por día; las ideas de los bienes sensibles que le rodean ocupan tan agradablemente su espíritu que olvida con mucho lodo lo demás. Por el contrario la adversidad nos lleva de un modo natural a elevar los ojos al cielo, para, mediante esta visión, suavizar la amarga impresión de nuestros males. Sé que se puede glorificar a Dios en toda clase de estados y que no deja de honrarle la vida de un cristiano que le sirve en una alegre fortuna; pero ¡quién asegura que este cristiano le honra tanto como el hombre que le bendice en los sufrimientos! Se puede decir que el primero es semejante a un cortesano asiduo y regular, que no abandona nunca a su príncipe, que le sigue al consejo, que todo lo hace a gusto, que hace honor a sus fiestas; pero que el segundo es como un valiente capitán, que toma las ciudades para su rey, que le gana las batallas, a través de mil peligros y a precio de su sangre, que lleva lejos la gloria de las armas de su señor y los límites de su imperio.

Del mismo modo, un hombre que disfruta de una salud robusta, que posee grandes riquezas, que vive en honor, que tiene la estima del mundo, si este hombre usa como debe de todas estas ventajas, si las recibe con agradecimiento, si las refiere a Dios como a su divino Maestro por una conducta tan cristiana; pero si la Providencia le despoja de todos estos bienes, si le consume de dolores y de miserias y si en medio de tantos males, persevera en los mismos sentimientos, en las mismas acciones de gracias, si sigue al Señor con la misma prontitud y la misma docilidad, por un camino tan difícil, tan opuesto a sus inclinaciones, entonces es cuando publica las grandezas de Dios y la eficacia de su gracia, del modo más generoso y brillante.

 

OCASIONES DE MÉRITOS Y DE SALVACIÓN

 

Juzgad de ahí la gloria que deben esperar de Jesucristo las personas que le habrán glorificado en un camino tan espinoso. Entonces será cuando nosotros reconoceremos cuánto nos habrá amado Dios, dándonos las ocasiones de merecer una recompensa tan abundante; entonces nos reprocharemos a nosotros mismos el habernos quejado de lo que debería aumentar nuestra felicidad; de haber gemido, de haber suspirado, cuando deberíamos habernos alegrado; de haber dudado de la bondad de Dios, cuando nos daba las señales más seguras. Si un día han de ser así nuestros sentimientos, ¿por qué no entrar desde hoy en una disposición tan feliz? ¿Por qué no bendecir a Dios en medio de los males de esta vida, si estoy seguro que en el cielo le daré gracias eternas?

Todo esto nos hace ver que sea cuál sea el modo como vivamos deberíamos recibir siempre toda adversidad con alegría. Si somos buenos, la adversidad nos purifica y nos vuelve mejores, nos llena de virtudes y de méritos; si somos viciosos, nos corrige y nos obliga a ser virtuosos.

 

 

III. Recurso a la oración

 

Es extraño que habiéndose comprometido Jesucristo tan a menudo y tan solemnemente a atender todos nuestros votos, la mayor parte de los cristianos se quejan todos los días de no ser escuchados. Pues, no se puede atribuir la esterilidad de nuestras oraciones a la naturaleza de los bienes que pedimos, ya que no ha exceptuado nada en sus promesas: Omnia quaecumque Orantes petitis credite quia accipietis (creed que obtendréis cuanto pidiereis por la oración). Tampoco se puede atribuir esta esterilidad a la indignidad de los que piden, pues lo ha prometido a toda clase de personas sin excepción: Omnis qui petit accipit (quien pide, recibe). ¿De dónde puede venir que tantas oraciones nuestras sean rechazadas? ¿Quizás no se deba a que como la mayor parte de los hombres son igualmente insaciables e impacientes en sus deseos, hacen demandas tan excesivas o con tanta urgencia que cansan, que desagradan al Señor o por su indiscreción o por su importunidad? No, no; la única razón por la que obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca insistencia.

Es cierto que Jesucristo nos ha prometido de parte de su Padre, concedernos todo, incluso las cosas mas pequeñas; pero nos ha prescrito observar un orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano esperaremos obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura: Quaerite primum regnum Dei, et haec omnia adicientur vobis.

 

PARA OBTENER BIENES

 

No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir, incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente, pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al daros las mayores.

He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón. Dios le había dado la libertad de pedir todo lo que quisiera, él le suplicó de concederle la sabiduría, que necesitaba para cumplir santamente con sus deberes de la realeza. No hizo ninguna mención ni de los tesoros ni de la gloria del mundo; creyó que haciéndole Dios una oferta tan ventajosa tendría la ocasión de obtener bienes considerables. Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que no pedía. Quia postulasti verbum hoc, et non petisti tibi dies multos, nec divitias…, ecce feci tibi secundum sermones tuos: Te concedo de gusto esta sabiduría porque me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de honores y de riquezas, porque no me has pedido nada de todo esto: Sed et haec quae non postulasti, divitias scilicet et gloriam.

Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos debemos extrañar que hasta ahora hayamos orado sin éxito. Os confieso que a menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas, que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay que hacer estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para obtener de Dios una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la paciencia cristiana, el desprecio del mundo, el desapego de las criaturas; tras estos primeros pasos de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por el restablecimiento de vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios; Dios hubiera escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se hubiera contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos.

Sin estas gracias primeras, todo lo demás podría ser perjudicial y de ordinario así es; he aquí por qué somos rechazados. Murmuramos, acusamos al Cielo de dureza, de poca fidelidad en sus promesas. Pero nuestro Dios es un Padre lleno de bondad, que prefiere sufrir nuestras quejas y nuestras murmuraciones, antes que apaciguarías con presentes que nos serían funestos.

 

PARA APARTAR LOS MALES

 

Lo que he dicho de los bienes, lo digo también de los males de que deseamos vernos libres. Alguien dirá que él no suspira por una gran fortuna, que se contentaría con salir de esta extrema indigencia en la que sus desgracias lo han reducido; deja la gloria y la alta reputación para los que la ansían, desearía tan sólo evitar el oprobio en que le sumergen las calumnias de sus enemigos; en fin, puede pasarse de los placeres, pero sufre dolores que no puede soportar; desde hace tiempo está rogando, pide al Señor con insistencia a ver si quiere suavizarlos; pero le encuentra inexorable. No me sorprende; tenéis males secretos mucho mayores que los males de que os quejáis, sin embargo son males de los que no pedís ser librados; si para conseguirlo hubierais hecho la mitad de las oraciones que habéis hecho para ser curados de los males exteriores, haría ya mucho tiempo que hubierais sido librados de los unos y de los otros. La pobreza os sirve para mantener en humildad a vuestro espíritu, orgulloso por naturaleza; el apego extremo que tenéis por el mundo os hace necesarias estas medicinas que os afligen; en vosotros las enfermedades son como un dique contra la inclinación que tenéis por el placer, contra esta pendiente que os arrastraría a mil desgracias. El descargaros de estas cruces, no sería amaros, sino odiaros cruelmente, a no ser que os concedan las virtudes que no tenéis. Si el Señor os viera con cierto deseo de estas virtudes, os las concedería sin dilación y no sería necesario pedir el resto.

 

NO SE PIDE BASTANTE

 

Ved cómo por no pedir bastante, no recibimos nada, porque Dios no podría limitar su liberalidad a pequeños objetos, sin perjudicarnos a nosotros mismos. Os ruego observéis que no digo que no se puedan pedir prosperidades temporales sin ofenderle, y pedir ser liberados de las cruces bajo las que gemimos; sé que para rectificar las oraciones por las que se solicita este tipo de gracias basta con pedirlas con la condición de que no sean contrarias ni a la gloria de Dios, ni a nuestra propia salvación; pero como es difícil que sea glorioso a Dios el escucharos o útil para vosotros, si no aspiráis a mayores dones, os digo que en tanto os contentéis con poco, corréis el riesgo de no obtener nada.

¿Queréis que os dé un buen método para pedir la felicidad incluso temporal, método capaz de forzar a Dios para que os escuche? Decidle de todo corazón: Dios mío, dadme tantas riquezas que mi corazón sea satisfecho o inspiradme un desprecio tan grande que no las desee más; libradme de la pobreza o hacédmela tan amable que la prefiera a todos los tesoros de la tierra; que cesen estos dolores, o lo que será aún más glorioso para Vos, haced que cambien en delicias para mí y que lejos de afligirme y de turbar la paz de mi alma lleguen a ser, a su vez, la fuente más dulce de alegría. Podéis descargarme de la cruz; podéis dejármela, sin que sienta el peso. Podéis extinguir el fuego que me quema; podéis hacer, que en lugar de apagarlo para que no me queme, me sirva de refrigerio, como lo fue para los jóvenes hebreos en el horno de Babilonia. Os pido lo uno o lo otro. ¿Qué importa el modo como yo sea feliz? Si lo soy por la posesión de los bienes terrestres, os daré eternas acciones de gracias; si lo soy por la privación de estos mismos bienes, será un prodigio más gloria a vuestro nombre quedará estaré aún más reconocido.

He aquí una oración digna de ser ofrecida a Dios por un verdadero cristiano. Cuando roguéis de este modo, ¿sabéis cuál es el efecto de vuestros votos? En primer lugar estaréis contento suceda lo que suceda; ¿acaso desean otra cosa los que están deseosos de bienes temporales que estar contentos? En segundo lugar, no solamente no obtendréis infaliblemente una de las dos cosas que habéis perdido, sino que ordinariamente obtendréis las dos. Dios os concederá el disfrute de las riquezas; y para que las poseáis sin apego y sin peligro, os inspirará a la vez un desprecio saludable. Pondrá fin a vuestros dolores, y además os dejará una sed ardiente que os dará el mérito de la paciencia, sin que sufráis. En una palabra, os hará felices en esta vida y temiendo que vuestra dicha no os corrompa, os hará conocer y sentir la vanidad. ¿Se puede desear algo más ventajoso? Nada, sin duda. Pero como una ventaja tan preciosa es digna de ser pedida, acordaos también que merece ser pedida con insistencia. Pues la razón por la que se obtiene tan poco, no es solamente porque se pide poco, es también porque, se pida poco o mucho, no se pide bastante.

 

PERSEVERANCIA EN LA ORACIÓN

 

¿Queréis que todas vuestras oraciones sean eficaces infaliblemente? ¿Queréis forzar a Dios a satisfacer todos vuestros deseos? En primer lugar digo que no hay que cansarse de orar. Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y que se complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos.

Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la bondad de Dios, jamás se cree uno rechazado, jamás se podría creer que desee quitarnos toda esperanza. Pienso, lo confieso, que cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; nunca creo que mi oración haya sido rechazada, hasta que me doy cuenta de que he dejado de orar; cuando tras un año de solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como tenía al principio, no dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder valor después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy persuadido que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya dejado rogar. Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles, jamás hubiera reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido; ya que mi asiduidad no ha cesado, es una razón para mi el creer que seré pagado liberalmente.

En efecto, la. conversión de san Agustín no fue concedida a santa Mónica hasta después de diez y seis años de lágrimas; pero también fue una conversión incomparablemente más perfecta que la que había pedido. Todos sus deseos se limitaban a ver reducida la incontinencia de este joven en los límites del matrimonio, y tuvo el placer de verle abrazar los más elevados consejos de castidad evangélica. Había deseado solamente que se bautizara, que fuera cristiano, y ella le vio elevado al sacerdocio, a la dignidad episcopal.

En fin, ella sólo pedía a Dios verle salir de la herejía y Dios hizo de él la columna de la Iglesia y el azote de los herejes de su tiempo. Si después de un año o dos de oraciones, esta piadosa madre se hubiera desanimado, si después de diez o doce años, viendo que el mal crecía cada día, que este hijo desgraciado se comprometía cada día en nuevos errores, en nuevos excesos, que a la impureza había añadido la avaricia y la ambición; silo hubiera abandonado todo entonces por desesperación, ¡cuál hubiera sido su ilusión! ¿Qué agravio no hubiera hecho a su hijo? ¡De qué consolación no se hubiera privado ella misma! ¡De qué tesoro no hubiera frustrado a su siglo y a todos los siglos venideros!

 

UNA CONFIANZA OBSTINADA

 

Para terminar, me dirijo a aquellas personas que veo inclinadas a los pies del altar, para obtener estas preciosas gracias que Dios tiene tanta complacencia en vernos pedir. Almas dichosas, a quienes Dios da a conocer la vanidad de las cosas mundanas, almas que gemís bajo el yugo de vuestras pasiones y que rogáis para ser librados de ellas, almas fervientes que estáis inflamadas del deseo de amar a Dios y de servirle como los santos le han servido y usted que solicita la conversión de este marido, de esta persona querida, no os canséis de rogar, sed constantes, sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechaza hoy, mañana lo obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os será más favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean inútiles: Se lleva la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en proporción al tiempo que hayáis empleado en rogar; se os está amasando un tesoro que os colmará de una sola vez, que excederá a todos vuestros deseos.

Es necesario descubriros hasta el fin los resortes secretos de la Providencia: La negativa que recibís ahora no es más que un fingimiento del que Dios se sirve para inflamar más vuestro fervor. Ved cómo obra respecto a la Cananea, cómo rehúsa verla y oírla, cómo la trata de extranjera y más duramente aún. ¿No diréis que la importunidad de esta mujer le irrita más y más? Sin embargo, dentro de Él, la admira y está encantado de su confianza y de su humildad; y por esto la rechaza. ¡Oh clemencia disfrazada, que toma la máscara de la crueldad con qué ternura rechazas a los que más quieres escuchar! Guardaos de dejaros sorprender; al contrario, urgid tanto más cuanto más os parezca que sois rechazados.

Haced como la Cananea, servios contra Dios mismo de las razones que pueda tener para rechazaros. Es cierto debéis decir, que favorecerme sería dar a los perros el pan de los hijos, no merezco la gracia que pido, pero tampoco pretendo que se me conceda por mis méritos, es por los méritos de mi amable Redentor. Si, Señor, debéis temer que haya más consideración a mi indignidad que a vuestra promesa, y que queriendo hacerme justicia os engañéis a vos mismo. Si fuera más digno de vuestros beneficios, os seria menos glorioso el hacerme partícipe de ellos. No es justo hacer favores a un ingrato; ¡oh, Señor!, no es vuestra justicia lo que yo imploro, sino vuestra misericordia. ¡Mantén tu ánimo! dichoso de ti que has comenzado a luchar tan bien contra Dios; no le dejes tranquilo; le agrada la violencia que le hacéis, quiere ser vencida. Haceos notar por vuestra importunidad, haced ver en vosotros un milagro de constancia; forzad a Dios a dejar el disfraz y a deciros con admiración:

Magna est fides tua, fiat tibi sicut vis: Grande es tu fe; confieso que no puedo resistirte más; vete, tendrás lo que deseas, tanto en esta vida como en la otra.

 

 

 

 

 

 

 

 

III. EJERCICIO PARTICULAR DE CONFORMIDAD CON LA DIVINA PROVIDENCIA

 

La práctica de este piadoso ejercicio es de suma importancia, a causa de las preciosas ventajas que extraen siempre las personas que lo realizan bien.

 

1. Actos de fe, de esperanza y de caridad

 

I. En primer lugar se hace un acto de fe en la Providencia divina. Se intenta penetrarse bien de esta verdad de que Dios toma un cuidado continuo y muy atento, no solamente de todas las cosas en general, sino también de cada una en particular, de nosotros sobre todo, de nuestra alma, de nuestro cuerpo, de todo lo que nos interesa; que su solicitud, a la que nada escapa, se extiende a nuestra reputación, a nuestros trabajos, a nuestras necesidades de toda clase, a nuestra salud como a nuestras enfermedades, a nuestra vida como a nuestra muerte y hasta al menor de nuestros cabellos que no puede caer sin su permiso.

II. Luego del acto de fe, se hace un acto de esperanza. Entonces, se excita uno a una firme confianza en que esta Providencia divina proveerá a todo lo que nos concierne, que nos dirigirá, nos defenderá con una vigilancia y una afección más que paternal y nos gobernará de tal modo que suceda lo que suceda, si nos sometemos a su dirección, todo nos será favorable y volverá en bien nuestro, incluso las cosas que parezcan más contrarias.

III. A estos dos actos hay que añadir el de la caridad. Se testimonia a la divina Providencia el más vivo afecto, el amor más tierno, como un niño lo testimonia a su buena madre refugiándose en sus brazos; se hacen protestas de un amor absoluto por todos sus designios, por impenetrables que sean, sabiendo que son el fruto de una sabiduría infinita que no puede equivocarse y de una bondad soberana que no puede querer más que la perfección de sus criaturas; se hace de tal modo que este aprecio sea bastante práctico para disponemos a hablar de buena gana de la Providencia e incluso a tomar su defensa altamente contra los que se permitan negarla o criticaría.

 

2. Acto de filial abandono a la Providencia

 

Después de haber renovado muchas veces estos actos y de haberse penetrado bien de ellos, el alma se abandona a la divina Providencia, reposa y duerme dulcemente en sus brazos, como un niño en los brazos de su madre. Hace suyas entonces aquellas palabras de David: En paz me duermo luego que me acuesto porque tú, Señor, me das seguridad (Sal. 4, 9-10). O bien dirá con el mismo profeta: El Señor es mi Pastor; nada me falta. Me pone en verdes pastos y me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma y me guía por las rectas sendas, por amor de su nombre y por mi perfección. ¡Oh mi Señor! guiado por vuestra mano y cubierto por vuestra protección, aunque haya de pasar por un valle tenebroso, en medio de mis enemigos, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado son mi consuelo. Tú pones ante mi una mesa, enfrente de mis enemigos. Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida, y estaré en la casa del Señor por muy largos años (Sal. 22).

Llena de la alegría que le inspira también suaves palabras el alma recibe con respeto a esta dichosa disposición, todos los acontecimientos presentes de manos de la divina Providencia y espera todos los venideros con una dulce tranquilidad de espíritu, con una paz deliciosa. Vive como un niño, al abrigo de toda inquietud. Pero esto no quiere decir que ella permanezca en una espera ociosa de las cosas teniendo necesidad de ellas o que descuide el aplicarse a los asuntos que se presenten. Al contrario, hace por su parte, todo lo que depende de su mano, para llevarlos bien, emplea en ellos todas sus facultades; pero sólo se da a tales cuidados bajo la dirección de Dios, no mira su propia previsión más que como sometida enteramente a la de Dios y le abandona la libre disposición de todo, no esperando otro éxito que el que está en los designios de la voluntad divina.

 

3. Utilidad de este ejercicio

 

¡Oh! ¡Cuánta gloria y honor da a Dios el alma dispuesta de este modo!

Verdaderamente es una gran gloria para Él el tener una criatura tan apegada a su Providencia, tan dependiente de su conducta, llena de una esperanza tan firme y disfrutando de un reposo de espíritu tan profundo en espera de lo que tenga a bien enviarle. Y también, ¡cuánto cuidado no tomará Dios de tal alma! Él vela sobre las menores cosas que le interesan: Inspira a los hombres establecidos para gobernarla todo lo que es necesario para dirigirla bien; y si por el motivo que sea, esos hombres quisieran obrar en relación con ella de un modo que le fuera perjudicial, Él haría surgir obstáculos a sus designios por caminos secretos e inesperados y les forzaría a adoptar lo que sería más ventajoso para esta alma querida.

El Señor guarda a cuantos lo aman (Sal. 144,20). Si la Escritura da ojos a este Dios de bondad, es para velar por ellos; si le atribuye orejas es para escucharlos; si manos, es para defenderlos. Y quien les toque, toca al Señor en la niña de los ojos. Los niños serán llevados a la cadera, dice el Señor por boca del profeta Isaías, y serán acariciados sobre las rodillas. Como consuela una madre a su hijo, así os consolaré yo a vosotros (Is. 66, 12-13). En Oseas: Yo enseñé a andar a Efraín, le llevé en brazos (Os. 11,3). Mucho tiempo antes Moisés había dicho: En el desierto has visto como te ha llevado el Señor, tu Dios, como lleva un hombre a su hijo, por todo el camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar (Deut. 1, 31). También dice Dios en Isaías: Mamarás a los pechos de los reyes, recibirás un alimento delicioso y divino, y sabrás, mediante una dulce experiencia, con qué solicitud Yo, el Señor, soy tu Salvador (Is. 60, 16). ¡ Oh! ¡ dichosa situación para un alma!

En la persona de Noé se encuentra una imagen sensible de la felicidad que gusta el que se abandona completamente a Dios. Noé estaba en reposo y en paz en el arca con los leones, los tigres, los osos porque Dios le conducía mientras que las espantosas lluvias caían del cielo y en medio del trastorno general de los elementos y de toda la naturaleza. Por el contrario, los demás estaban en la más extraña confusión de cuerpo y de espíritu, perdían sus bienes, sus mujeres, sus hijos y hasta ellos mismos se perdían, tragados despiadadamente por las olas. Del mismo modo el alma que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su barca, boga con tranquilidad en el océano de esta vida, en medio de las tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieren gobernarse ellos mismos el Sabio los llama almas en tinieblas, excluidas de tu eterna Providencia (Sab. 17, 1-2) están en continua agitación y, no teniendo por piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un funesto naufragio después de haber sido el juguete de los vientos y de la tempestad.

Abandonémonos completamente a la divina Providencia, dejémosle todo el poder de disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos, sigámosla con verdadero amor como a nuestra madre; confiémonos a ella en todas nuestras necesidades, esperemos sin inquietud que aporte los remedios de su caridad. En fin, dejémosla obrar y ella nos proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del modo más conveniente; ella nos conducirá por caminos admirables al reposo del espíritu y a la dicha a que estamos llamados a gozar incluso desde esta vida, como un anticipo de la eterna felicidad que nos ha sido prometida.

 

Jean-Pierre DE CAUSSADE, S.J.

 

 

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en El Abandono en la Divina Providencia*

Explicación de la Muerte Mística

Posted by pablofranciscomaurino en enero 29, 2011

Ideas clave para la interpretación del texto sobre la Muerte Mística*

 

–  Anhelo por alcanzar un momento ideal pleno y definitivo de felicidad

–  No en una acción: en el futuro

–  Continuos fracasos

–  El ser humano puede devolver todo su ser amorosamente al ser infinito de Dios de donde saliera para dormirse en el conocimiento infinito de la esencia originaria

–  Para realizar ese nexo maravilloso nació el hombre

–  La más terrible y grande negatividad se convierte en la máxima y suprema positividad

–  Hace uno de dos que jamás fueron estrictamente dos

–  Todo está consumado: el ser, la acción, el saber, el amor (para retornar a la fuente del amor, su principio emanador)

–  Se puede dar antes del momento último de la vida (la muerte física), cuando con libertad amorosa decide ofrendarse a Dios

–  Es Dios quien refluye de su existencia fuera de Sí a la existencia dentro de Sí

–  Es un nuevo impulso de amor que produce el retorno al principio

–  Es la unión entre el «en Sí» y el «fuera de Sí» de la esencia divina, que lleva a vivir una existencia, la más parecida, al vivir divino–humano de Jesús

–  Este morir oblativo «fuera de Sí» que retorna al primitivo «ser en Sí» separable del acto final de la vida que es el morir es la muerte mística

 

El morir de Jesús

–  La encarnación: «Me has preparado un cuerpo» (Hb 10, 5)

–  Aceptado amorosamente por el Verbo, este designio lo puso en estado de ofrecer a la Trinidad algo que de ella procedía, sin ser la misma Trinidad: la creación material concentrada en su totalidad en el hombre

–  Aunque este es el sacrificio único de su muerte —Jesús es cabeza de todos los hombres— es un sacrificio renovable, explicitable y actualizable: la celebración de la Eucaristía es la dimensión social de esa renovación, explicitación y actualización

–  Y es renovable, explicitable y actualizable por la unión de nuestro propio sacrificio al suyo: cada hombre puede igualmente repetir anticipadamente el ofrecimiento de su propia muerte antes de que suceda como amorosa oblación al modo de Jesús

–  Para resucitar con Cristo a una vida nueva, como un hombre nuevo

 

La muerte mística

–  Retorno a la nada creatural (n – T)

–  Renuncia al propio querer por el querer de Dios: la santa indiferencia

–  Renuncia al autoafianzamiento para llegar el abandono total

–  El puro amor

–  Morir con Cristo

 

Religiosos:

1. Pobreza

2.    Castidad

3.    Obediencia

4.    Silencio

5.    Humildad

6.    Caridad

7.     Mortificación

 

 * El texto se encuantra en este mismo blog , y se cree que fue escrito por san Pablo de la Cruz

  

 

 

 

Posted in Religiosos | Etiquetado: , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Explicación de la Muerte Mística

Humildad*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2010

 

Decir Dios y decir Misericordia es la misma cosa; decir Jesús y decir Bondad es la misma cosa; decir Jesús y decir Compasión es la misma cosa; decir Jesús y decir Ternura es la misma cosa. Yo soy el óleo para sanar tus llagas, Yo soy el bálsamo para curar tus heridas, Yo soy la leche que te nutre, Yo soy la fuente de agua viva que te apaga la sed. Si quieres bajar al abismo de tu miseria, entra en el abismo de mi humildad.

¡Las almas rehuyen tanto las humillaciones! ¡Si ellas supieran el gran bien que encierran!

Yo encuentro mis delicias en un alma habitualmente humilde, esto es, que está siempre en un ambiente de humildad. En cambio, un alma que no se humilla más que de cuando en cuando me hace sonreír en esos momentos, pero no hace mis complacencias como las hace un alma habitualmente humilde.

No hay camino que conduzca más directamente, más seguramente, más pronto y más suavemente a Dios que la humildad. Estúdiala en el Evangelio, apréndela en mi vida, profundízala en la Eucaristía; si tú bebes la humildad de estos 3 manantiales, siempre la encontrarás.

Las imperfecciones deben servir a un alma para subir hacia Mí, por medio de la humildad, de la confianza y del amor. Yo bajo hacia el alma y quiero buscarla en su nada para unirla conmigo.

Quien mira a simple vista una gota de agua ve una gota de agua; con microscopio la ve igualmente pero, ¡cuántas cosas se ven dentro que antes no se veían! Pues bien, la humildad es como un microscopio espiritual; cuanto más se humilla el alma tanto más finas son las lentes y, por lo tanto, hacen ver más; es cierto, alma mía, que esto cuesta; pero el Paraíso es hermoso y es precioso ganárselo. Un alma fiel en humillarse y que no me niega ningún acto de humildad, ni interior ni exterior, es un alma que embelesa mi Corazón.

Como un guijarro cuando se desprende de lo alto de una montaña y cae en el valle si nada lo para, así el alma humilde, una vez que el Amor la ha hecho despreciarse a sí misma y le ha dado el impulso, ya no se para a no ser que ella ponga voluntariamente algún impedimento: le entra tal amor por las humillaciones que no se harta nunca, y el Amor la quiere siempre así para unírsela cada vez más. ¡Bienaventurada esta alma! Ha hallado la puerta del Cielo, ha hallado el reposo, ha hallado la paz, ha hallado la Vida, ha hallado a su Dios.

Dios oculta su presencia de amor a los soberbios, así como el sol oculta sus rayos cuando una densa nube se pone por medio. Pero los humildes son como varios espejos, que reflejan mejor la presencia de Dios. Un alma humilde tiene tal poder sobre mi Corazón, que basta con una verdaderamente humilde para desarmar mi justicia, más que mil pecadores para armarla.

La soledad del corazón es una gracia, porque dispone al alma al íntimo comercio con Dios; Dios se comunica al alma a medida que la encuentra sola y separada de todo; entonces la rodea de Sí mismo; dichosa el alma que se presta con amor al trabajo que obra en ella un Dios de amor. Dios penetra y fecundiza esta alma como la lluvia las raíces de una planta: estas raíces no salen nunca de la tierra para ir en busca del agua, pero esperan la lluvia. Si salieran de la tierra se secarían muy pronto.

Si te conservas en la humildad, moras con Dios, porque Dios se queda con el alma humilde, como la sombra se queda con el cuerpo: donde está el cuerpo está también la sombra.

 

Acto de humildad

Dios mío, mi soberano Amor, mi todo: yo que soy nada de nada, que nada tengo de virtud, de fidelidad, de correspondencia a tus gracias, de gratitud…, nada, en fin, de bueno; desde el profundo abismo de mi miseria recurro al abismo de tu misericordia, implorando de ella la gracia de poderte conocer y hacer que otros conozcan, de poderte amar y hacer que otros te amen, de poderte servir y hacer que otros te sirvan, de la manera más perfecta que le sea posible a una pobre criatura, para tu mayor gloria.

Voto de humildad

Dios mío, grandeza infinita: yo, pequeño átomo de miseria, desde el abismo profundo de mi nada me ofrezco, me consagro, me abandono del todo a ti; Dios mío confieso y reconozco que Tú eres el que eres, infinitamente grande, infinitamente poderoso, infinitamente bueno e infinitamente perfecto en todos tus divinos atributos; y yo soy el que no es, esto es, una nada culpable y una miseria pecaminosa. Gran Dios de misericordia, Tú te has dignado mirar a esta pequeña nada, y le has dado el ser racional, la has colmado de gracias que Tú sólo puedes enumerar. Dios mío, para honrar tu infinita misericordia te hago voto de humildad:

  •  No me quejaré nunca interior ni exteriormente de cualquier tratamiento que reciba, sea de Dios, sea de las criaturas racionales o irracionales. A la nada nada le es debido y no se queja nunca.
  •  No hablaré de mí mismo sino por obediencia o caridad (nunca por satisfacerme ni por ningún fin humano): por obediencia, cuando los superiores lo quieran o lo deseen; y por caridad, cuando pueda ayudar al prójimo.
  •  Me pondré en espíritu bajo los pies de todos con la convicción de que soy menos que nada; y con los hechos, haciéndome —cuanto pueda— el siervo de todos, cuando no me lo impida la intención de la obediencia o la práctica de mis deberes.
  •  Seré feliz y saltaré de alegría al poder, en las ocasiones que mi Dios me presente, probarle mi amor triturando el mío propio.

¡Oh Dios mío, concédeme hacerlo siempre con creciente generosidad!

Decálogo de la humildad

1. No eres nada, eres menos que nada, porque eres una miseria culpable y una nada pecadora.

2. Por ti mismo no puedes nada; sólo puedes una cosa: ofenderme abusando de mis gracias, y prepararte una eterna condenación.

3. Tú no mereces nada: la nada no juzga nada, no dice nada, no pide nada ni se lamenta de nada.

4. La nada se contenta con todo porque la nada no se merece nada, no pide nada ni se lamenta de nada.

5. La nada no pretende que otros se ocupen de ella, y cuando los superiores lo hacen por caridad, se sumerge o se sepulta en el abismo de su indignidad.

6. Te has de considerar como un trapo, pero no como un trapo limpio, que tantas veces aún se estima porque sirve para enjugar; sino como uno sucio, que solo mirarlo da asco, y que no se toca nunca con las manos, sino que se empuja con los pies o que se coge sólo con las puntas de los dedos para no mancharse. Así es como debes considerarte en comunidad para estar en tu puesto.

7. Debes estar siempre sumergido en el abismo de la consideración de tu nada y estimarte indigna de todo aquello que se te da.

8. No te opongas a nada de aquello que el Amor quiera hacer de ti; aunque Yo te conceda grandes gracias, recíbelas con humildad. Así es como has de hacer tú: esconderte cada vez más en la vida interior. Por fuera, la vida común; puntual sí, pero nada extraordinario; pero en el interior todo extraordinario: empezando por la caridad; después, la humildad; y después, la mortificación.

9. Déjate arrebatar por el Amor, cuando le plazca sacarte de la tierra de tus miserias para colocarte en la corona de gloria de mi dulcísimo Corazón para toda la eternidad. Imita a los ángeles que ayudan mucho a los hombres y sin embargo no se dejan ver ni oír.

10. Finalmente, mientras permanezcas abismado en tu nada, lo cual te atraerá muchas gracias, seré siempre para ti un Dios de bondad, un Dios de misericordia, un Dios de amor. Mas el día en que te ensoberbecieres, Yo sería entonces para ti un Dios de justicia. Te lo digo, no para asustarte, sino para avisarte, porque te amo mucho.

Si tú practicas la humildad, hallarás la paz; si la practicas más, también hallarás más paz; y si tú no vives ni respiras más que humildad, serás perseguida por mi amor, por mis predilecciones, por mis favores, más de lo que podría serlo un ladrón buscado por la policía.

Alma mía, yo quisiera poderte llamar «Mi Humildad», y lo lograré si eres fiel al amor.

 (De Jesús a sor Benigna Consolata Ferrero)

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Humildad*

Los estigmas místicos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

El estigma es una huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos que estaban en éxtasis, como símbolo de la participación de sus almas en la Pasión de Cristo.

Siempre se ha explicado que, en el proceso de la santidad a la que todos estamos llamados, y queriendo retribuir de algún modo el derroche de amor de Cristo para con nosotros, algunos han deseado identificarse tanto con Él, que Dios, en su inmensa misericordia y cuando su infinita sabiduría lo determina, les otorga el privilegio de vivir su misma Pasión, confiriéndoles participar de los estigmas que marcaron las manos, los pies y el costado de Jesús.

San Francisco de Asís fue el primero, en la historia del cristianismo, en recibir este milagro del amor divino. Luego, varias santas y santos han tenido la misma experiencia con estigmas visibles o invisibles.

Por otra parte, es admirable verificar cómo estos y todos los santos vivieron tantos y tan altos deleites y gozos espirituales, que nunca retrocedieron en la búsqueda de esa felicidad que se da en el encuentro con la divinidad. Solo así se puede explicar el martirio.

Sabemos también que ninguna vida santa estuvo exenta de sufrimiento. De hecho, los místicos, como san Juan de la Cruz y san Pablo de la Cruz, afirman que es imposible llegar a Dios sin pasar por la Cruz de Cristo.

El primero de ellos explica que el corazón del hombre debe estar vacío para que pueda entrar Dios, ya que Él no puede competir con las criaturas. Es necesario, por lo tanto, que se purifique de los apegos que posee, para vaciarse por completo y, así, ser llenado por Dios, único que puede calmar las ansias de felicidad que bullen siempre en su interior. Ese proceso de purificación se lleva a cabo atravesando dos «noches» —la noche oscura del sentido y la noche oscura del espíritu— dolorosas, antes de llegar al estado de perfección.

Para san Pablo de la Cruz ese estado de perfección es la muerte mística, que el alma debe experimentar para llegar con santidad a la divinidad. Muerta, es decir, purificada de todos los apegos y apetitos desordenados, el alma se hace susceptible del inefable Amor divino.

En ambos santos, morir a las imperfecciones es indispensable para que Dios pueda abrasar al alma con su amor, llenándola de esos maravillosos deleites y gozos espirituales, con los que queda prendada de Él y deseosa de nunca más apartarse de esa fuente inagotable de felicidad, por la que vive y muere de amor.

Estas imperfecciones o impurezas del alma consisten en que el ser humano, por la herida que le dejó el pecado original, se apega a lo creado: el cosmos, las plantas, los animales, los otros seres humanos y él mismo.

En vez de descubrir en las criaturas al Creador, y vivir enamorado de Él, admirándolo y alabándolo y bendiciéndolo por su propia vida y por la existencia de las demás criaturas, se queda absorto en ellas y en sí mismo, y hasta se enamora desordenadamente de sí mismo y de las otras criaturas, dándose y dándoles más valor que a Dios: lo creado se convierte en la finalidad de su vida y de su actuar, olvidándose de darle gloria a quien le dio la vida y le promete la eterna felicidad en el Cielo.

Por eso vino Jesús: para remediar el desprecio que el hombre le hizo a su Creador, sufrió una horrible Pasión y murió en una Cruz. Ahora el ser humano ha sido perdonado y tiene derecho a la felicidad sin fin.

Además, Jesucristo quiere que todos seamos tan felices como lo fueron los santos. De hecho, Él mismo nos dijo que fuéramos santos como nuestro Padre celestial. Y ser santo consiste en no pasar por el purgatorio, ese estado donde las almas pagan la pena temporal y se purgan de sus apegos, de sus apetitos desordenados, de sus imperfecciones…, en una palabra: de sus impurezas; pues nada impuro entrará en el Cielo para gozar del Amor infinito e inefable que Dios nos tiene preparado.

Y, como si fuera poco, se puede comenzar a experimentar esa dicha en la vida presente.

Quienes desean lograr ambas cosas, ser verdaderos santos y vivir en esta existencia esas dulzuras espirituales —regalo de Dios— tan enriquecedoras y bellas como ninguna otra, saben que es necesario ser cristiano hasta las últimas consecuencias, es decir, seguir decididamente a Cristo. Y eso significa vivir como Él y morir como Él.

A esa fascinante invitación se puede responder aceptando los estigmas místicos, es decir, unas marcas o señales en el alma, que, como los estigmas del cuerpo, son dolorosas, pero que están revestidas de la experiencia de lo divino y que, por lo tanto, llevarán al alma a paladear los más altos y más sublimes deleites que pueda experimentar el ser humano, deleites que no se pueden comparar con los placeres físicos, emocionales o afectivos que esta vida temporal pueda deparar.

Esas marcas místicas hacen sufrir, puesto que desarraigan en nosotros los apegos. Pero, luego de la herida, aparece una cicatriz en el alma, el estigma, prueba irrefutable de una batalla ganada en esa guerra por la felicidad eterna, y señal de deferencia divina.

A veces, la lucha interior —la ascética— será la encargada de ir eliminando los apegos; otras veces, el mismo Dios hará el trabajo sin participación activa del alma —la mística—: como para el ser humano es imposible lograr la santidad, el Señor, dueño de todo, irá puliendo esas impurezas del alma, los apetitos desordenados, para hacerla más digna de sí, más apta para su grandioso Amor. Ambos procesos producen dolor; de hecho, cuanto más arraigados están los apegos, tanto más duele erradicarlos.

Así, el alma va subiendo hacia Dios, hasta que es envuelta por ese Amor infinito, que llena todas sus ansias interiores de eterna bienaventuranza.

El proceso es dirigido por el Espíritu Santo y, en ocasiones, extrañará al alma el sistema que Él utiliza y los vericuetos por donde es guiada; pero ha de saberse que la sabiduría del Santo Espíritu sobrepasa infinitamente la del hombre, con lo que queda claro que la criatura no debe pretender entenderlo, pues no lo lograría.

Las virtudes teologales son las únicas que pueden llevar al alma a tan añorada meta.

Fe, creer en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos…, en fin, en todo lo que se afirma en el Credo y en todo lo que está consignado en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Esperanza en la vida eterna, donde y cuando el alma se encontrará con ese Ser maravilloso que sobrepasará con creces toda idea de felicidad: toda la belleza, toda la bondad, toda la verdad, todo el amor en un solo ser.

Y, por último, la Caridad o el Amor que se presiente ya en esta vida, en la entrega total a hacer la voluntad de Dios y a servir a los hombres, nuestros hermanos.

La consigna, entonces, es luchar por erradicar los apegos cuanto se pueda y, luego, abandonarse místicamente en Dios amándolo sin reservas egoístas, con la esperanza puesta en Él y solo en Él, y llenos de fe.

La Pasión del Señor

En cada renglón de la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo se encuentran lecciones utilísimas que el alma no debe desaprovechar, si quiere llegar a gozar de las delicias espirituales, junto a Dios.

Por eso, para cada estigma místico, vale la pena desgranar esas enseñanzas, paso a paso, como se muestra a continuación.

 

El estigma místico del servicio humilde

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban comiendo la cena y el diablo ya había depositado en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo. Jesús, por su parte, sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía. Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos; y luego se los secaba con la toalla que se había atado.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le contestó: «Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás más tarde». Pedro replicó: «Jamás me lavarás los pies». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no podrás tener parte conmigo». Entonces Pedro le dijo: «Señor, lávame, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: «El que se ha bañado, está completamente limpio y le basta lavarse los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos». Jesús sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos ustedes están limpios».

Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo.

En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica. (Jn 13, 1-17)

Desde los primeros versículos, san Juan, el apóstol y evangelista, despierta en sus lectores la curiosidad por lo que va a suceder, escribiendo que Jesús, «sabiendo que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Es el modo de prepararse el alma para iniciar el camino hacia Dios: amar hasta el extremo, sin reservas. Se entrevé ya que el compromiso es total, que nada se debe guardar el alma para sí misma: se trata de una entrega completa, «hasta el extremo».

Lavar los pies era una labor de esclavos, y Jesús quiere que hagamos lo mismo con nuestros hermanos: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo». Si el Maestro da ese ejemplo, sus discípulos, los cristianos, ¿qué debemos hacer? ¿Servimos así a nuestros hermanos? Cuando prestamos cualquier servicio, ¿lo hacemos con esos sentimientos? ¿Hasta qué punto está el alma dispuesta a llegar?, ¿hasta la esclavitud?… «Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica». Se vislumbra una promesa: quien ponga en práctica este consejo será feliz, con el concepto de felicidad de todo un Dios. ¿No vale la pena intentarlo?

Un vistazo a nuestra vida pasada hará a más de uno recordar todas aquellas ocasiones en las que prestamos servicios por algún interés oscuro y escondido: para que nos admiren, para que digan que somos buenos…; y Jesús lo que desea es nuestra humildad. Otras veces lo hicimos para ganarnos la aceptación de alguien y sacar de él o de ella algún provecho, para «cobrar» más adelante el servicio…; y Jesús busca que aprendamos a amar sin esperar nada a cambio. ¡Cuánto nos queda por aprender! ¡Cuánto por corregir!

Cada corrección producirá una cicatriz, pero nos acercará a la meta final.

A continuación, léase lo que el mismo Jesús dictó acerca de este episodio del Evangelio a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús[1], a comienzos del siglo XX:

«Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles… Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres.»

Y nosotros, ¿cuántas veces excluimos a los demás porque, a nuestro juicio, son pecadores? ¿Cuántas veces los despreciamos, en vez de aprender el inmenso Amor que acongoja el Corazón de Jesús por la pérdida de las almas y la continua invitación que les hace: «os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo.».? ¿Qué tan lejos estamos de tener los sentimientos de Jesús?

¿Recordamos que hay que «humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas […] ceñirse con la mortificación y la propia abnegación […] lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos»? ¿Cuánta rudeza hay para con los pecadores? ¿Nos humillamos realmente? ¿Nos abnegamos y nos mortificamos por los pecadores y por nuestros seres queridos? ¿Cuántas veces divulgamos los defectos de los demás?; o, por el contrario, ¿los disimulamos y los excusamos como Jesús quiere?

Para erradicar estas infecciones se requiere de mucha lucha interior (ascética) y de ayuda del Espíritu Santo (mística), lucha y ayuda espiritual que producirán en nuestras almas el estigma místico del servicio humilde. 

Por lo tanto, conviene realizar actos de servicio llenos de humildad, muestras de cariño fraternal para con los pecadores, orar y mortificarse constantemente por ellos, saber abnegarse en los gustos y en las aficiones, entrenarse en callar cuando se ven los defectos de los demás, disculparlos siempre…

Además, es imprescindible orar para pedir la ayuda del Espíritu Santo, con perseverancia y confiando en que esa ayuda llegará, cuando y como Él lo juzgue mejor.

 

El estigma místico del amor a los enemigos

Sigamos analizando el Evangelio:

«No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra Mí. Se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy». Tras decir estas cosas, Jesús se conmovió en su espíritu y dijo con toda claridad: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar». (Jn 13, 18-19. 21)

Jesús estaba dolido por la certeza que tenía de que Judas lo traicionaría pero, a pesar de saberlo, Él no hará lo mismo: «aun cuando [las almas] estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas».

En estos versículos se deduce un gesto maravilloso del Amor divino: devolver bien por mal, ahogar el mal en abundancia de bien. ¿Actuamos así? ¿Hacemos esto por quienes nos ofenden? ¿Lo hacemos con cariño, con amor verdadero?, ¿como Jesús? ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por la ira!

En cambio, Jesús, delante de Judas, dice lo que va a suceder, como dándole una oportunidad más para que recapacite. Y lo seguirá haciendo: más y más oportunidades para estimular el amor de quien lo hiere.

¿Cuántas oportunidades le damos a quienes nos ofenden? ¿Les hablamos con cariño, pensando en su bienestar espiritual? O, por el contrario, ¿los ignoramos? O, peor, ¿nos lanzamos a atacarlos?…

¡Cuánto cuesta purificarnos en este sentido! Pero vale la pena: compartiremos con Nuestro Señor el dolor que le causamos los hombres durante toda la historia de la humanidad; al fin y al cabo, nos lo merecíamos nosotros, ¡no Él!. Y lo mejor: tendremos otro estigma místico, muestra de su predilección por nosotros, con lo que iremos ganando en pureza, para —algún día— hacernos aptos de su Amor total y disfrutar de los gozos y deleites espirituales que nos tiene reservados.

 

El estigma místico del amor al prójimo

Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en Él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto. Hijos míos, Yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde Yo voy, ustedes no pueden venir. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como Yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros». Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde». Pedro le dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti». Jesús le respondió: «¿Dar tú la vida por Mí? En verdad te digo que antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces». (Jn 13, 31-38)

Las fuerzas para seguir al Señor y para morir por Él no son nuestras: nos las da el Espíritu Santo, cuando lo juzgue necesario. Para llegar a gozar de la felicidad, es cierto, tenemos que morir a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, a nuestros apegos por las criaturas, de modo que Jesús viva en nosotros.

Pero Él especifica que primero debemos amarnos como nos amó Jesús. Después llegará esa fuerza que nos hará capaces de dar la vida, en una muerte mística, para poder tener acceso al Cielo: solo cuando estemos totalmente puros seremos idóneos para gozar de la felicidad que nos ofrece Dios.

Ese paso previo, amarnos como nos amó Jesús, ¿cómo lo estamos viviendo? Jesús nos amó padeciendo y muriendo en una Cruz. ¿Nos amamos así? ¿No es verdad que todavía queda mucho por purificar? ¿No es verdad que todavía estamos muy apegados a nosotros mismos?

Amar significa vivir y morir por la felicidad de quien amamos; ¿estamos haciendo eso por los demás? ¿Cuánto oramos por ellos? ¿Cuántos sacrificios ofrecemos por ellos? ¿Cuánto tiempo les damos?…

Solo cuando aprendamos a amar, podremos seguir al Señor en la muerte mística, presagio de nuestra felicidad.

 

El estigma místico de aceptar el desprecio

Acudamos de nuevo al Evangelio:

«Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a Mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo. Pero ustedes no son del mundo, sino que Yo los elegí de en medio del mundo, y por eso el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a Mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? ¿Cómo, pues, acogerían la de ustedes? Les harán todo esto por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. Si Yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora su pecado no tiene disculpa. El que me odia a Mí, odia también a mi Padre. Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos obras que nadie hizo jamás, no serían culpables de pecado; pero las han visto y me han odiado a Mí y a mi Padre. Así se cumple la palabra que se puede leer en su Ley: Me odiaron sin causa alguna. Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser Él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de Mí. Y ustedes también darán testimonio de Mí, pues han estado conmigo desde el principio. Les hablo de todo esto para que no se vayan a tambalear. Serán expulsados de las comunidades judías; más aún, se acerca el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios. Y actuarán así porque no conocen ni al Padre ni a Mí. Se los advierto de antemano, para que cuando llegue la hora, recuerden que se lo había dicho». (Jn 15, 18 — 16, 4)

Esta perícopa muestra otro proceso de purificación —indispensable— que se lleva a cabo en el alma de quien desea llegar a la muerte mística del yo, y permitir así la acción imponderable del Espíritu Santo en el alma.

El mundo nos odia, porque seguimos a Cristo y, por eso mismo, no somos del mundo.

El mundo, en la Escritura, casi siempre da a entender los apegos por las criaturas, el apetito desordenado de bienes terrenos o, como dijera el mismo evangelista, la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida. Esto significa que nuestro corazón está arraigado en los bienes —criaturas, al fin y al cabo—, con lo que le impedimos a Dios su acción benéfica en nuestra alma.

Una vez eliminado el apego por el mundo, puestas las miras en el Creador, el Espíritu Santo abraza al alma con su Amor, mientras que el resto de los hombres (apegados todavía al mundo) nos ve como extraños, locos o estúpidos. Y es que el demonio les dice que a esos tales hay que odiarlos, puesto que con su testimonio gritan que hay que arrancar todo placer mundano, cosa que el mundo no puede aceptar, dado el apego tan grande con que los tiene dominados.

Ese odio que nos tienen ya se lo tuvieron a Jesús. Y fue tan grande, que lo mataron. ¿Somos capaces de soportar por amor a Jesús el desdén, el desprecio, el odio? Hay que sacar el bisturí para cortar donde sea necesario. O, si no podemos solos, orar para que el Señor lo haga: que nos purifique de nuestro apego al «qué dirán», del apego a nuestra imagen, etc. Dolerá, pero se limpiará nuestro corazón para que quepa Jesús más a sus anchas, más cómodo, desde donde nos llenará de su Amor.

El estigma que quedará, el del desprecio de los demás, nos enseñará a valorar las cosas, las circunstancias y los seres como son en realidad, no como erróneamente las valorábamos antes. Y así nos iremos dando cuenta de que, junto a Dios somos unas simples criaturas que nada merecen, pero que son infinitamente amadas por el Señor.

 

El estigma místico de no sentir a Dios

«Dentro de poco ya no me verán, pero después de otro poco me volverán a ver». Algunos discípulos se preguntaban: «¿Qué querrá decir con eso: “Dentro de poco ya no me verán y después de otro poco me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Me voy al Padre”?» Y se preguntaban: «¿A qué se refiere ese “dentro de poco”? No entendemos lo que quiere decir». Jesús se dio cuenta de que querían preguntarle y les dijo: «Ustedes andan discutiendo sobre lo que les dije: Dentro de poco tiempo no me verán y después de otro poco me volverán a ver. En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo. La mujer se siente afligida cuando está para dar a luz, porque le llega la hora del dolor. Pero después que ha nacido la criatura, se olvida de las angustias por su alegría tan grande; piensen: ¡un ser humano ha venido al mundo! Así también ustedes ahora sienten tristeza, pero Yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá arrebatar ese gozo». (Jn 16, 16-22)

Sucede con frecuencia (y aun en medio del desprecio de los demás y de otras heridas): sentimos que Dios no está presente, que se ha alejado; parece como que se olvidó de nosotros… Primero, habíamos sentido su presencia, quizá con visiones espirituales, quizá con locuciones interiores, quizá con sentimientos de gozo… Y, de pronto, sequedad, silencio.

Es el momento de dar gracias: el Señor nos está enseñando que no debemos apoyarnos en esas cosas para progresar en la vida espiritual y/o nos está probando (en el sentido de producir el efecto que se necesita): nos está purificando, para que desaparezcan esos apegos a los favores espirituales que a veces nos regala, para que nuestro corazón lo ame solo a Él, no a sus dones.

Con esta purificación avanza muchísimo más el alma, que si nos regalara más y más obsequios espirituales. Es necesario aprender, además, que esas gracias vienen a nuestra alma porque Él así lo quiere, no por mérito alguno de nuestra parte. Además, poco a poco iremos aprendiendo si esas cosas que sentimos provienen realmente de Dios o, por el contrario, las envía el demonio o son producto de nuestra imaginación, en razón de nuestra pequeñez.

Como se ve, en la medida que avanza nuestra meditación de la Pasión de Nuestro Señor, el Espíritu Santo va purificando y embelleciendo al alma para hacerla más apta de la alteza de Dios, para que, como lo dijo en el extracto evangélico que estamos analizando, nuestro corazón se llenará de alegría, y nadie nos podrá arrebatar ese gozo.

Pero los estigmas deben seguir viniendo, hasta que lleguemos a la muerte mística, encuentro profundo con la deidad.

 

El estigma místico de la obediencia

Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras voy a orar». Y llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a llenarse de temor y angustia, y les dijo: «Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos». Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: «Abbá, o sea, Padre, si para ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú». (Mc 14, 32-36)

Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo. (Lc 22, 44)

Es este un momento realmente impresionante en la vida de Cristo, en el nunca se profundizará suficientemente. Como hombre que era, llegó a sentir «temor y angustia» «de muerte» ante la inminente Pasión. Y como hombre, suplicó que, «si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora».

Tal vez hemos pasado por momentos similares: angustias que se manifiestan en circunstancias determinadas, como aflicción, congoja o ansiedad; temores opresivos sin causa precisa; o simplemente aprietos, situaciones apuradas… ¿Cómo reaccionamos? ¿Queremos aceptar radicalmente la voluntad de Dios? ¿Queremos llevar este estigma para consolar al Señor, para ayudarlo a salvar almas, para hacer justicia (somos nosotros quienes deberíamos pasar por ese momento y por toda la Pasión), para darle gloria a Dios, en fin, para amar?

Es más: ¿somos generosos como lo fue Jesús? ¿Decimos en esos momentos difíciles con Jesús «No se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú»?

Si, en medio de los aprietos, temores y angustias nos ofrecemos voluntariamente a Dios para seguir sufriendo por amor a Él y por amor a la humanidad, habremos marcado el alma con este maravilloso estigma, con el que nos acercaremos paulatinamente a la añorada muerte mística: sólo desear, saber y entender la vida de Jesús —humilde despreciado y desconocido—, camino, verdad y vida[2].

Esto es, nada menos, que la santidad misma: hacer en todo momento la Voluntad de Dios, sabiendo que es siempre lo mejor para nosotros, aun cuando sea dolorosa y parezca difícil de realizar o, incluso, imposible.

Dios nunca nos pedirá algo que no podamos cumplir. Recordemos que siempre contamos con su ayuda divina para todo lo que nos pida.

Leamos las palabras que, al respecto, le dijo a sor Josefa Menéndez:

«Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos…, después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… Les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní…, a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarlo, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador, y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…» [3]

Nacen varias preguntas: ¿Nos ponemos en actitud de silencio y oración siempre que llegan la angustia, la amargura, la tristeza? ¿Nos ofrecemos como víctimas para salvar a tantas y tantas almas que, sin otra ayuda se perderían irremediablemente? ¿Cuánta es nuestra generosidad? ¿Nos gana el miedo a la hora de padecer por Cristo, con Cristo y en Cristo, aceptando radicalmente la Voluntad de nuestro amoroso Padre?…

«Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde…, en un establo, lejos de mi casa y de mi patria…, de noche…, en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre san José…, no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa…; y, sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazareth y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi Pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas…, a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consiste en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.»

 

El estigma místico de permanecer despiertos

Sigue la narración de la Pasión:

Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora? Estén despiertos y oren para no caer en la tentación; pues el espíritu es animoso, pero la carne, débil». Y se alejó de nuevo a orar, repitiendo las mismas palabras. Al volver otra vez, los encontró de nuevo dormidos, pues no podían resistir el sueño y no sabían qué decirle. Vino por tercera vez, y les dijo: «Ahora ya pueden dormir y descansar. Está hecho, llegó la hora. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores». (Mc 14, 37-41)

¡Cuántas veces nos «dormimos» haciendo oración, cuántas veces nos «dormimos» en nuestros egoísmos y no escuchamos al Señor, cuántas veces nos «dormimos» en nuestra pereza y no hacemos lo que Él nos pide!

A los Apóstoles les quedó perfectamente claro que para no caer en la tentación hay que estar despiertos y orar. Y, ¿a nosotros? Las tentaciones vienen cada momento. Por consiguiente, ¿cuánto tiempo diario dedicamos a la oración mental, a ese diálogo (no monólogo) entre Dios y la criatura? ¿Acaso no sabemos que es imposible amar a alguien sin entablar una amistad? Y, ¿cómo entablaremos una amistad sin iniciar un trato y ser asiduos en él?

Jesús nos dio ejemplo: muchas veces se retiraba a orar en el silencio y la soledad; incluso cuando estaba cansado de predicar y hacer milagros; de mañana, antes de que amaneciera, o en la noche; al comenzar su vida pública o al prepararse para escoger a sus Apóstoles. Tanto lo hizo, que un día sus Apóstoles le pidieron que les enseñara a orar.

Solo las mujeres y hombres de oración pueden llegar a la santidad. Y solo ellos podrán adquirir los estigmas místicos…

«Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia…, para que hiciesen oración conmigo…, para descansar en ellos…; pero, ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia…, y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: «Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz».

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: «No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…» ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: «Padre mío». Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. ¡Muchas se perderían…, muchísimas me ofenderían y otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… Y, sin embargo, ¡inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y, sin embargo…, ¡ah!, en aquel momento vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña…, ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… Y, ¿quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…» [4]

Dice Jesús: «Quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas». Y nosotros, ¿cuántas veces, en nuestros momentos difíciles, acudimos a refugiarnos vanamente en las criaturas, en vez de acudir al Creador?, ¿al único que puede aliviarnos totalmente?

Por otra parte, ¿cómo reaccionamos ante ese derroche de amor, ante ese derramamiento de la preciosísima Sangre de Jesús, postrado en oración? ¿Le volvemos la espalda, como Él dice? ¿Somos fieles en escuchar su voz?…, ¿o la escuchamos pero sin seguirla? ¿No es verdad que, a veces, respondemos al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caemos en el sueño de la tibieza? ¿Qué dicen nuestras obras?, ¿que ya hemos trabajado bastante?, ¿que hemos sido escrupulosamente fieles hasta en los menores detalles, que hemos mortificado nuestra naturaleza y hemos llevado una vida de abnegación y que bien podemos permitirnos ahora un poco más de libertad?, ¿que ya no somos niños, que ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación?… ¿Que nos podemos dispensar de lo que nos molesta?…

¡Cuánta valentía y perseverancia nos falta! ¡Debemos permanecer despiertos para llevar la Cruz con Jesús y, después, participar de su eterna gloria en el Cielo! El único que puede dárnosla es Él. ¿Qué esperamos?

 

El estigma místico de aceptar la traición

Cuando terminó de hablar, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había allí un huerto, y Jesús entró en él con sus discípulos. .Judas, el que lo entregaba, conocía también ese lugar, pues Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas hizo de guía a los soldados romanos y a los guardias enviados por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, que llegaron allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscan?» Contestaron: «A Jesús el Nazareno». Jesús dijo: «Yo soy». Y Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos. (Jn 18, 1-5)

El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un beso, ése es; deténganlo y llévenlo bien custodiado». Apenas llegó Judas, se acercó a Jesús diciendo: «¡Maestro, Maestro!» y lo besó. (Mc 14, 44-45)

Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?» (Lc 22, 48)

Todos hemos sido traicionados alguna vez: grandes traiciones o traiciones pequeñas. ¿Cómo reaccionamos? ¿Sabemos perdonar? ¿Aceptamos esas traiciones como lo que son: la Cruz de Cristo que se nos ofrece para purificarnos?

Otra cosa: cuando nos traicionan, ¿nos acordamos de la inmensa traición que le hicimos a Jesús?

Escuchémoslo:

«Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah!, ¿qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho…, que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden…, y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas…, ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas!, ¿con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce…, uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid…, porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: «Yo soy».

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas…, había llegado mi hora…, y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.» [5]

¡Cuánto nos enseña este estigma de la traición! No hay mucho qué añadir. ¡Aquí tenemos tanto por mejorar!

 

El estigma místico de apreciar el abandono

Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. (Mt 26, 56b)

Entonces lo apresaron y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote, donde entraron; Pedro los seguía a distancia. Prendieron un fuego en medio del patio y luego se sentaron alrededor; Pedro también se acercó y se sentó entre ellos. Como estaba ahí sentado en la claridad del fuego, una muchachita de la casa lo vio y, después de mirarlo, dijo: «Este también estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «Mujer, yo no lo conozco». Momentos después otro exclamó al verlo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy». Como una hora más tarde, otro afirmaba: «Seguramente éste estaba con Él, pues, además, es galileo». De nuevo Pedro lo negó diciendo: «Amigo, no sé de qué hablas». Todavía estaba hablando cuando un gallo cantó. El Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro. Y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Los hombres que custodiaban a Jesús empezaron a burlarse de Él y a darle golpes. Le cubrieron la cara, y después le preguntaban: «Adivina quién te pegó». Y proferían toda clase de insultos contra Él. (Lc 22, 54-65)

¿Nos hemos sentido abandonados?, ¿solos? ¿Hemos experimentado la negación de un amigo, de un ser querido? Aunque duela, es necesario pasar por este trance: sentirse abandonado de los nuestros es un estigma místico que limpia profundamente al alma. Nos desapega de nuestro amor propio, de ese deseo impuro de sentirnos amados por las criaturas; así, el alma se vacía para que ingrese solo el Amor de Dios, con el que podremos ascender libres —sin peso alguno— por esa escalera hacia la unión mística con Dios.

De modo, pues, que cuando venga el abandono, la mayor soledad de todas, ¡a dar gracias a Dios! Y a aprovechar al máximo esa oportunidad.

«¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte…, a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, qué inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña…, si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia, impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… El también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al Cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.» [6]

 

El estigma místico de estimar el silencio

Los que tomaron preso a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los maestros de la Ley y las autoridades judías. Pedro lo iba siguiendo de lejos, hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo. Los jefes de los sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. Pero pasaban los falsos testigos y no se encontraba nada. Al fin llegaron dos que declararon: «Este hombre dijo: Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días». Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué es esto que declaran en contra tuya?» Pero Jesús se quedó callado. (Mt 26, 57-63)

Puede sorprender este silencio de Jesús ante las acusaciones injustas. El ejemplo que nos dejó es muy útil para nuestra alma. Se purificará de ese excesivo amor propio, principal escollo para llegar a Dios. Efectivamente, la soberbia fue el pecado con el que Lucifer atacó a Dios, el mismo con el que Adán y Eva ofendieron a Dios y es el que ahora se interpone entre el Amor de Dios y la criatura. Solo la humildad atrae las gracias de Dios.

Por eso conviene hacer un examen profundo: ¿cómo actuamos cuando nos critican? ¿Qué hacemos cuando, por ejemplo, nos enteramos de que hablan mal de nosotros? ¿Nos produce dolor o ira que nos acusen falsamente?… No somos todavía como Cristo si nos defendemos, si nos excusamos, si nos ponemos a exponer o a alegar causas o razones para explicar nuestras acciones o para que se borre de las mentes de los demás la culpa que se nos imputa…

Visto el silencio desde otro punto de vista, preguntémonos: ¿Por qué hablamos tanto? ¿Cuáles son los vacíos que queremos llenar con tantas palabras?

Otra vez, es mucho lo que debemos corregir y, también, es mucho lo que el Espíritu Santo debe reparar.

 

El estigma místico de la valentía

De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?». Jesús respondió: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras horrorizado y dijo: «¿Para qué queremos ya testigos? Ustedes acaban de oír sus palabras blasfemas. ¿Qué les parece?» Y estuvieron de acuerdo en que merecía la pena de muerte. (Mc 14, 61-64)

Jesús sabía que su respuesta lo llevaría a la muerte; sin embargo, no solo no dudó un momento en contestar afirmativamente, sino que reiteró su asentimiento diciendo lo que ellos estaban esperando para condenarlo: «Un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». Ya no había necesidad de hacer más preguntas: a su juicio, era culpable.

Esa valentía no es posible si el amor de Dios no está en nuestros corazones.

 

El estigma místico de unirse a la prisión de Jesús

Luego comenzaron a escupirlo en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!» (Mt 26, 67-68)

Veamos ahora lo que sintió y vivió Jesús en la prisión, para acompañarlo místicamente:

«Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera…, pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre…, ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza, ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse…, con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación…, una contrariedad…, una pena de familia o un momento de soledad y desolación…, decirme desde el fondo del alma: «te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad»?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí…, y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia…, después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados…, de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa…, cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos…, escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos…, hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir…, ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…»

¿Comprenderemos, ahora, los sentimientos del Corazón más amante del mundo? ¿Seremos capaces de seguir sus huellas?

 

Los estigmas místicos de la flagelación

Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado. (Jn 19, 1)

El Cuerpo de Jesús ya estaba lleno de heridas y moretones producidos por los golpes de los soldados y, además, estaba —como vimos— exhausto por el cansancio de la noche anterior: primero, las emociones que vivió en la despedida con sus apóstoles y la traición de Judas; luego, la oración intensa en Getsemaní; después, la noche solitaria y fría en la cárcel; más adelante, la levantada y el traslado para el juicio con Pilato; éste lo mandó a Herodes, quien lo devolvió… Y ahora, pone sus brazos mansamente en la columna, para ser atado a ella, y los soldados empiezan a descargar terribles azotes con cuerdas embreadas y con varas, llenos de malvada crueldad…

Al meditar en esto, muchos santos mártires se han entregado voluntariamente a compartir esa afrenta física y psicológica que sufrió Jesús por amor, con un desprendimiento tal, que han logrado llegar a los altares. Otros muchos, escondidos en el silencio de la historia, han seguido sus pasos, dejándose azotar hasta tocar casi la muerte…

Y nosotros, ¿no es verdad que cuidamos nuestro cuerpo con exagerada y casi enfermiza autocompasión? ¿No nos quejamos, a veces, por una pequeña herida que nos hacemos?

Si el alma se ve impulsada por el Espíritu Santo a compartir este dolor del Amor de los amores y sólo si nuestro director espiritual lo autoriza y en la medida que él lo autorice, haremos muy bien en aliviar los padecimientos de Cristo, completando, como diría san Pablo en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

Pero aquí encontramos más tesoros:

«Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto…, sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno, sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo…, sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilato, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros…, ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas…, las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah! ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor…, contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.»

Aceptemos la flagelación diaria que nos producen cuando nos critican, nos ofenden, nos vituperan, nos hieren, nos quitan nuestros derechos, nos amenazan o pasan por encima de nosotros…, en todas las circunstancias adversas de la vida. Aceptemos también cada dolor físico que, por pequeño que sea, se hará grande por el amor con que lo hagamos: accidentes, enfermedades, cirugías, etc. Eso, con constancia y unión a lo que sufrió Jesús, poco a poco, será bálsamo para las heridas del Señor y producirá los estigmas místicos de la flagelación en nuestras almas… ¡Amemos con Él y como Él!

 

El estigma místico de la coronación de espinas

Los soldados lo llevaron al pretorio, que es el patio interior, y llamaron a todos sus compañeros. Lo vistieron con una capa roja y le colocaron en la cabeza una corona que trenzaron con espinas. Después comenzaron a saludarlo: «¡Viva el rey de los judíos!» Y lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y se arrodillaban ante Él para rendirle homenaje. (Mc 15, 16-19)

¿Coronarnos de espinas? Sí: Dios, Rey, Señor de señores, Creador y dueño del universo, prefirió una corona de espinas a la que merecía.

Y nosotros, simples criaturas de barro, llenos de pecados, de faltas de amor, de faltas de obediencia, de faltas de fe, de faltas de humildad… ¿qué merecemos?

A veces creemos que merecemos cosas y, ¿qué tenemos que no nos lo haya dado Dios? Dios nos dio la vida, el cuerpo y el alma que poseemos, las cualidades que nos regaló… Un solo momento que el Creador deje de pensar en nosotros para darnos la vida y…, ¡moriremos! ¡Ni siquiera la vida que tenemos es nuestra!: nuestro ser es prestado. Somos nada; esta es la realidad más verídica y cierta de la vida.

Dios le dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes» (Ex 3, 14). Cuando el hombre se hace consciente de que su vida es prestada, de que es nada, es cuando conoce la verdad, su verdadera realidad. Y es cuando se hace humilde: deja la soberbia.

Y, ¿qué méritos tenemos? De hecho, ¡nos merecíamos el infierno! Otra cosa es que Jesús pagó nuestro rescate.

Por consiguiente, ¿de qué nos gloriamos?; ¿de qué presumimos?; ¿qué nos merecemos?…

Sí; es verdad: Jesús nos ama, y nos ama tanto que dio su vida para regalarnos la posibilidad de ir al Cielo. Pero eso es otro regalo inmerecido. Y son inmerecidos todos los demás regalos: la Iglesia, los sacerdotes, el Sacramento de la Reconciliación cada vez que pecamos, la Eucaristía, el poder recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los demás Sacramentos…, en fin, las muestras de la infinita misericordia de Dios.

¡Coronémonos de espinas!: aceptemos toda cruz que nos llegue para acallar nuestra soberbia y, si es mayor nuestro amor y agradecimiento,  —con la anuencia del Espíritu Santo, es decir, del director espiritual, cómo y cuándo él lo permita—, compartamos con ese Jesús–Amor esa corona de espinas que usaron y usan muchos santos.

Hagamos un propósito firme: ¡Ya nunca más dejaremos que la soberbia —sentirnos más que la nada que somos— aflore en nuestras vidas! Y, si alguna vez fallamos (que seguro fallaremos), a rectificar y a dar la gloria sólo a Dios.

Ahora, acompañemos en los sentimientos que abrumaban a Jesús:

«Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿conque eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían…, otros me insultaban…, otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales…, entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo…, como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehuyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehusan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah! ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y…, quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y, sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria…, más consuelo…, más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo…, se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?»

Recordémoslo: somos nada. Desde esta humildad iniciaremos nuestro viaje místico hacia el encuentro con Dios, para que nos siga llenando de su ser y de su amor, hasta que, purificados por completo en una muerte mística de nuestro «yo» (que tanto estorba), viva Cristo en nosotros, como lo expresó san Pablo: «Y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

 

El estigma místico de que sean preferidos los demás

Hay que borrar toda imperfección, y una de ellas es querer ser preferidos a los demás. Leamos:

Cada año, con ocasión de la Pascua, Pilato solía dejar en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había uno, llamado Barrabás, que había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín. Cuando el pueblo subió y empezó a pedir la gracia como de costumbre, Pilato les preguntó: «¿Quieren que ponga en libertad al rey de los judíos?» Pues Pilato veía que los jefes de los sacerdotes le entregaban a Jesús por una cuestión de rivalidad. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que pidiera la libertad de Barrabás. Pilato les dijo: «¿Qué voy a hacer con el que ustedes llaman rey de los judíos?». La gente gritó: «¡Crucifícalo!». Pilato les preguntó: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Y gritaron con más fuerza: «¡Crucifícalo!» Pilato quiso dar satisfacción al pueblo: dejó, pues, en libertad a Barrabás y sentenció a muerte a Jesús. (Mc 15, 6-15)

Nunca hubo un juicio más injusto para un Hombre tan justo:

«Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y, ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!…, ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!…, ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilato ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!»

¿Aprenderemos?

 

El estigma místico de cargar la cruz cada día

Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia Cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota. (Jn 19, 17)

Ya lo había anunciado Él mismo: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga»(Lc 9, 23). Ahora lo está cumpliendo.

Nosotros, que queremos seguirlo, ¿cargamos con la cruz de cada día?, ¿nos negamos a nosotros mismos? O, más bien, ¿nos damos todos los gustos egoístas y materiales posibles?…

Es verdad que se necesita mucha valentía para aceptar y vivir este propósito tan elevado pero, ¿vamos a dejar solo a Jesús? Ya otros han emprendido esta gigantesca tarea de amor, y se han ganado el Cielo y las delicias diarias del contacto directo con Dios: unos toques espirituales de la divinidad que no se pueden cambiar por nada en el mundo. ¡Vale la pena! ¡Vale la pena! ¡Vale la pena!

«En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del Cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras, almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro…, sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo, y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios…, y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo…, y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!» [7]

¿Nos uniremos valerosamente a ese par de Corazones que destilan tanto amor? Ya sé que no somos capaces pero, ¡con ellos lo lograremos!

Lo repito: ¡Vale la pena!

En ese momento, un tal Simón de Cirene, que es el padre de Alejandro y de Rufo, volvía del campo; los soldados lo obligaron a que llevara la Cruz de Jesús. (Mc 15, 21)

Ahora veamos cómo cargar la Cruz:

«Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado, o sea, que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas sí pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, que se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme…, consolarme…, se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento…; lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas, en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.» [8]

Hagamos este propósito: cuando llegue la Cruz, digámosle al Señor:

«Gracias, Jesús, por ese privilegio que me das, gracias por hacerme compartir tus sufrimientos, gracias por dejar que yo —siendo nada— te dé gloria de esta manera tan especial, gracias por esta muestra de tu predilección por mí… Y si quieres más, ¡tómame y haz de mí lo que quieras!

¿Necesitas que sufra un poco más por ti? –He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según tu palabra. Déjame mostrarte mi amor.

¿Te sirve que padezca más por la salvación de las almas? –¡Aquí me tienes! Déjame mostrarte mi amor.

¿Quieres que soporte mucho más dolor, que me una aún más a ti en la Cruz? –Sé que me darás las fuerzas para soportarlo. Tómame y haz lo que desees. Soy tuyo… ¡Para siempre!»

¡Que difícil es para un alma acostumbrada a vivir en la blandura de su propio egoísmo dar este paso! Pero solo quienes lo han intentado han comprendido lo que es el amor verdadero; han aprendido que solo así se encuentra la paz, la alegría y la felicidad verdaderas.

Antes de esta experiencia, nada sabemos del amor, nada entendemos de progreso espiritual… Después de traspasar este umbral, lo que creíamos que nos daría felicidad es apenas un esbozo tosco, minúsculo y pobre de la legítima, verdadera e imperecedera felicidad. Se entra a una estancia de placeres jamás imaginados, antesala del Cielo.

 

El estigma místico de la crucifixión

Allí lo crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús. Después de clavar a Jesús en la Cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron: «No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca». (Jn 18; 23-24)

Si es difícil aceptar el estigma místico de cargar la Cruz de Cristo, ¡cuánto nos costará ser crucificados místicamente con Él! Nos quejamos por cualquier pinchazo que nos hacemos y, ¿vamos a ser capaces de soportar una crucifixión?

Pero hay un camino para llenarnos de valor: pensemos en el ser humano que más amemos: un hijo, por ejemplo. Si se nos aparece Jesucristo y nos dice: «¿Qué serías capaz de hacer por él? ¿Serías capaz de morir en una cruz, como Yo?» Estoy seguro de que si Jesús nos garantizara la salvación de nuestro hijo si morimos así, nadie dudaría en entregarse a ese tormento, pidiéndole a Dios la fortaleza necesaria para soportarlo.

Pensemos que a quien más debemos amar es a Jesús: fue capaz de morir como nos lo merecíamos nosotros. Si Él ha hecho eso por nosotros, ¿nosotros qué debemos hacer por Él?

Los que deberíamos padecer semejante suplicio somos nosotros. Es más: merecíamos soportar ese castigo toda la eternidad, puesto que ofendimos a un Dios eterno. Lo justo es que nosotros paguemos nuestra deuda, no Él. Por lo tanto, llenémonos de fortaleza divina y —valientes— devolvamos Amor con amor; nunca alcanzaremos ese Amor (con mayúscula) pero, por lo menos, daremos lo que podamos.

Y, ¿cómo haremos tal cosa? Místicamente. Espiritualmente.

Vayamos al Calvario con Él, junto con los estigmas místicos que hemos estudiado (viviéndolos ya) y, desnudos de toda atadura del «yo» y de cualquier otro apego, coloquémonos detrás de la Cruz, donde nadie nos puede ver; dejemos que los clavos, después de traspasar a Jesús y al santo madero de la Cruz, atraviesen también nuestras manos y pies para perder con Jesús toda libertad humana, para anonadarnos y anularnos con Él y para llenarnos de la fuerza de su Amor.

Tres clavos, que representan las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad, con las que nos quedamos, después de despojarnos de todo lo demás, para ir al encuentro con la divinidad: creer en Dios por encima de todo, sin prueba alguna y aun contra toda expectativa, esperar en el encuentro definitivo con Él para ser inmensa e infinitamente felices y amarlo por encima de todas las cosas[9].

Tres clavos que arrancarán de nuestras vidas a los tres enemigos del hombre: la Fe acabará con las insidias del Demonio; la Esperanza nos apartará del atractivo del mundo; y la Caridad nos concentrará tanto en el Amor de los amores, que nada nos atraerán los apetitos de la carne.

Tres clavos que nos alejarán de la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida.

Tres clavos que nos pondrán las únicas metas por las que lucharemos de ahora en adelante: dar gloria a Dios Padre, ayudar a Jesucristo a salvar almas y repartir el Amor del Espíritu Santo.

Luego de esta mística crucifixión, solo queda esperar el abrazo y el abraso del Amor divino, felicidad en plenitud de cualquier ser humano. Y, luego, el Cielo.

«Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero…, ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha…, resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda…, ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren…, los nervios se desgarran…, los huesos se descoyuntan…, ¡el dolor es inmenso!…, mis pies quedan traspasados…, ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados…, este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del Cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el Cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!…, sin poder hacer el menor movimiento…, desnudo…, sin fama…, sin honra…, sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras, ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y, ¿qué rehusarás a mi amor? »

 

El estigma místico del perdón

Siempre impresiona volver a oír cómo, después de semejante ensañamiento, Jesús es capaz de perdonar a sus verdugos:

Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lc 23, 34a)

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades…; mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.

Se necesita estar muy desapegado para llegar a este extremo. Pero muchos, comenzando por Esteban, llegaron al mismo límite de Amor.

Basta amar con el Corazón de Dios. Podemos empezar orando por nuestros agresores, todos los días. Y es más fácil hacerlo a través de la Virgen María, nuestra Madre, porque para ella todos somos hermanos: tanto los agredidos como los agresores están en su corazón de Madre. Su dulzura nos facilitará el camino del perdón. Día a día, oración tras oración, Ella irá ablandando nuestro corazón de piedra hasta hacernos amar a nuestros enemigos; sí, amar; amar con toda el alma a nuestros ofensores. Y llegar hasta el extremo de ofrecer esas afrentas por ellos mismos, con el deseo de que sean felices. Al fin y al cabo, eso fue lo que hizo Jesús, y Él es nuestra meta: desde la cruz en la que estemos, amar con perdón sincero a todos los que nos tienen en esa cruz.

¡Qué bella purificación!: no solo nos hacemos aptos del Amor de Dios, sino que nos llenamos de paz. Paz interior que brota hacia los demás. Paz verdadera; de esa que nunca se va. Paz que se conduele del arrepentido:

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Porque había sobre la Cruz un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo». Y añadió: «Jesús, acuérdate de Mí cuando entres en tu Reino». Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». (Lc 23, 35-43)

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes…, ella te conduce a la vida eterna.

 

El estigma místico del desamparo total

Cerca de la Cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. .Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. (Jn 25, 25-27)

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.

Se despojó de todo lo que tenía. Nos dio lo último que le quedaba: su Madre, para que también fuera nuestra.

Pero ahí no paró en el desamparo: llegó hasta el final. Quiso sentir la soledad completa; quiso experimentar hasta el abandono de su Padre:

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde todo el país se cubrió de tinieblas. A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a Elías». Uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó en vinagre y la puso en la punta de una caña para darle de beber. Los otros le decían: «Déjalo, veamos si viene Elías a salvarlo». (Mt 27, 45-49)

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…

Este misterio tan profundo del deseo de Jesús de quedar tan desamparado jamás se entenderá por completo. Los teólogos afirman que habría bastado que derramara una sola gota de su Sangre para lograr la Redención, pero Jesús quiso llegar al expolio total, a su aniquilación total.

Lo hizo quizá para enseñarnos generosidad, amor, entrega. ¡O, mejor, lo hizo para que supiéramos que aquí en la tierra es posible la purificación que tendría lugar en el purgatorio! San Juan de la Cruz lo afirma así: los que llegan a estas alturas gozan en vida de algunos de los toques que Dios dará eterna y crecientemente en la gloria del Cielo… Y esto se da, puesto que el alma se ha purificado; se ha embellecido hasta ser digna de las caricias de Dios. ¡Oh inefables bellezas del Amor divino! ¡Cuán deseables son!… Pedacitos de Cielo…

 

El estigma místico de la agonía

Pero Jesús quiso más; ¡más todavía!:

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed», y con esto también se cumplió la Escritura. Había allí un jarro lleno de vino agrio. Pusieron en una caña una esponja empapada en aquella bebida y la acercaron a sus labios. Jesús probó el vino y dijo: «Todo está cumplido». (Jn 19, 28-30a)

¡Oh Padre mío!…, tengo sed de tu gloria…, y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir: «Todo está consumado».

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!

¿Qué le quedó por dar?…

Y, a nosotros, ¿cuánto nos falta por entregar? ¿Cuánto tenemos reservado para nuestro egoísmo, para nuestras bajezas, para nuestra comodidad, para nuestra soberbia…?

Sed de la gloria del Padre, sed de almas, sed de que el mundo conozca el Amor de Dios. Solo estas tres cosas nos importarán de ahora en adelante. ¡No más sed de otras cosas!

El resultado de purificarnos así, a través del sufrimiento, como lo hizo Jesús, será obtener la verdadera alegría.

Dios, al ver que como consecuencia del pecado aparecieron el dolor, la enfermedad y la muerte, las convirtió —como milagro de su Amor— en medios positivos para nuestro beneficio.

He aquí la verdadera alegría: la mala apariencia, las incomodidades, el frío, el calor, la sed, el hambre, el cansancio, el peso del trabajo y de la pobreza, el fracaso, la vergüenza, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, las «injusticias», el desprecio, la humillación, la deshonra, el desprestigio, la esclavitud, la cárcel, la soledad, la ingratitud, la indiferencia de los seres queridos, el desamor, el desconsuelo, la enfermedad, el dolor, la muerte… el desamparo. Así se facilita la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, la fuerza del amor verdadero.

«Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga». (Lc 9, 23b)

 

 


[1] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[2] San Pablo de la Cruz, Vivencia de Cristo paciente, La muerte mística, Colección: Clásicos de espiritualidad, B.A.C., Madrid, España, 2000.

[3] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[4] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[5] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[6] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[7] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[8] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[9] Cf. San Juan de la Cruz, Noche.

Posted in La Cruz | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Los estigmas místicos

Las experiencias místicas

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2009

 

Éxtasis, arrobamientos, levitación, contemplación infusa, unión mística, desposorio y matrimonio espiritual… Todas estas cosas nos inquietan cuando oímos o leemos las vidas de algunos santos: ¿Es esto para todos o para unos pocos privilegiados?

Y cuando los místicos nos dicen que ese es el camino ordinario de la vida espiritual, nos preguntamos: ¿Por qué no “sentimos” las experiencias místicas de los santos? ¿Cómo podremos recorrer los caminos de la contemplación? ¿Será verdad que esas vivencias superan todo lo que hemos vivido o podemos llegar a imaginar y que dan los momentos más felices a los que puede aspirar el ser humano?…

Pero, ¿cómo llegar a experimentar esa vida mística?

Para poder entender esto bien, es necesario saber que el ser humano se maneja en tres planos: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Usamos los sentidos para conocer lo que nos rodea. A través de ellos nos comunicamos con el mundo exterior. Digámoslo al modo de santa Teresa Benedicta de la Cruz: nuestra alma sale a través de los sentidos y se informa de lo que ocurre en el exterior; al regresar, con esa información, deducimos, tomamos decisiones y experimentamos las vivencias que se desprenden de nuestras relaciones con las cosas y con los otros seres.

En el cuerpo están los sentidos inferiores, que son el placer y el dolor y, además, la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto.

En el alma encontramos los sentidos superiores que son: el entendimiento, la memoria y la voluntad (las potencias del alma), las emociones, los afectos, los sentimientos, las sensaciones, la fantasía, la imaginación y las pasiones.

Pero, tanto los sentidos inferiores como los superiores, son incapaces de llegar a Dios, puesto que Dios está muy por encima de las capacidades humanas: la infinitud de Dios es inalcanzable desde la finitud del ser humano.

Por eso, es indispensable que se actúe en el espíritu: con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y para poder estar exclusivamente en este plano espiritual, sin mezcla alguna de los planos del cuerpo y del alma, es necesario eliminar nuestras ordinarias formas de conocer, es decir, eliminar el modo natural de entender: los sentidos.

Esta eliminación se lleva a cabo en la llamada noche oscura del sentido, en la cual todos los sentidos (inferiores y superiores) son purgados, para que el ser humano pase al estado espiritual.

Si bien esta purgación es dolorosa, a la vez es hermosísima y fructífera: así se llega a la Fe pura, la Esperanza cierta (segura) y la Caridad perfecta, con las que el hombre ya quedará dispuesto para la experiencia mística.

La Fe pura es aquella en la que solamente participa el espíritu (no participa el alma ni el cuerpo). Hay Fe pura sólo cuando no se sienten emociones, afectos, sentimientos, pasiones ni sensaciones; hay Fe pura cuando no se trata de llegar a Dios por medio de la fantasía o la imaginación; hay Fe pura cuando ya no se pretende conocer a Dios a través del entendimiento (conocimiento teológico de Dios), la memoria y la voluntad. Porque, como se ve arriba, todo esto pertenece al plano del alma.

Esa noche oscura es, pues, el presagio de la vivencia más maravillosa que se puede experimentar aquí en la tierra: un pedacito de Cielo. Con palabras de hoy diríamos: una “muestra gratis” de lo que nos espera allá: la unión con Dios, el sumo Bien, el Amor. Y es la razón para la cual fuimos creados.

Posted in La Cruz | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Las experiencias místicas

Ciclo B, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 31, 2009

«Y no tenían tiempo»

 

Basta mirar a nuestro alrededor para comprender la autodestrucción paulatina que emprendió la humanidad hace tiempo: homicidios que se producen por todas las «causas» (¡hasta por simples juegos!), secuestros, guerras fratricidas, eliminación de las buenas costumbres, valoración de los demás como sólo peldaños… Urge trabajar por la reedificación de los valores perdidos.

Si analizamos la vida de Jesucristo, nuestro modelo, podremos ver que, desde su infancia en el taller de José hasta los días de su predicación, fue intenso su trabajo por los demás, pues pasó haciendo el bien.

Cuenta san Marcos que Él y sus apóstoles «no tenían tiempo ni para comer». Por eso los invitó a un lugar desierto para descansar un poco. Luego reemprendería su labor salvífica hasta su muerte ignominiosa en el patíbulo de los ladrones, derribando el muro de la enemistad entre el hombre y Dios: el pecado.

Sin embargo, contrasta hoy la actitud de las propagandas de los medios de comunicación, cuando nos invitan a colocar el descanso por encima del trabajo y la diversión como algo más importante que el servicio.

Si bien es verdad que después de una ardua labor conviene restituir las fuerzas para seguir adelante con las metas que nos hemos impuesto, muchos hombres desconocen aún ese milagro de amor que nos acercó, por la Sangre de Cristo, de nuevo a la paz.

Es necesario que todos sepan que Dios los amó y los ama con un amor infinito, que «anuló» en su carne la ley de los mandamientos formulada solo en decretos, dándole así plenitud por la caridad.

Esta labor es imposible sin que participemos todos los hombres bautizados, especialmente nosotros.

El mundo se derrumba y el único que puede salvarlo quiere necesitar de nosotros para hacerlo. ¿Qué vamos a hacer?

¡Respondámosle!

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XVI domingo del tiempo ordinario

COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2008

 

1.      Hacer santa mi vida, cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales y sociales. Esta es mi principal vocación: amar eficaz y efectivamente a cada uno de mis familiares, ser un trabajador honesto y responsable, y actuar como un buen ciudadano; todo irradiando paz y alegría. No cumplir estos deberes queriendo llevar a cabo los compromisos que siguen sería un desorden que Dios no quiere.
 
2.      Que la Fe, la Esperanza y la Caridad se noten en cada uno de mis actos y actitudes.
 
3.      Hacer algunos minutos diarios de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración.
Seguir en esto las indicaciones de mi director espiritual.
 
4.      Ofrecer las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores —a veces pequeños, a veces grandes— que me sobrevengan, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador.
Asimismo, ofrecer mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios.
 
5.      Renovar, cuantas veces pueda, el Sacrificio de Cristo asistiendo a la Eucaristía. Comulgar con frecuencia. Visitar con asiduidad al Santísimo Sacramento.
 
6.      Honrar a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María. Tenerla como especial protectora. Meditar de cuando en cuando los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
 
7.      Recibir frecuentemente el Sacramento de la Reconciliación.
 
8.      Tratar de vivir la pobreza dentro de mi estado: estar sin apegos por las criaturas (cosas, personas, ideas ni por mí mismo), hasta tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios, con el que me entregaré a luchar primero por la felicidad de mis seres queridos, y luego por toda la humanidad.
Tener presente que las cosas que poseo son medios, no fines.
Vivir con sobriedad, no tener cosas de sobra, administrar los bienes con prudencia y ejercer la caridad.
 
9.      Buscar en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios.
Recordar que la pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.
 
10.   Hacer que la humildad sea mi principal virtud: quiero ser el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos: en mi casa, en mi trabajo y en la sociedad, como Jesús (cf. Mc 9, 35; Mc 10, 43-45; Mt 20, 26-28; Mt 23, 11).
Ser obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual.
Si he de corregir a alguien, que sea con mi amor y con mi ejemplo.
 
11.   Leer, meditar y estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y el Código de Derecho Canónico.
De igual forma, leer los documentos del Magisterio de la Iglesia, con especial atención el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos», del Concilio Vaticano II, y la constitución Gaudium et Spes, también del Concilio Vaticano II.
Hacer, al menos, una oración diaria por el Papa, los Obispos y los Presbíteros (especialmente por mi párroco).
 
12.   Leer y estudiar la vida y la doctrina de san Pablo de la Cruz.
 
13.   Orar constantemente y ofrecer mis sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos.
 
14.   En la medida de mis capacidades y posibilidades —después de orar mucho y de ofrecer mortificaciones—, contar y explicar a cuantos pueda la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y proponer algún modo de corresponder a semejante gracia.
 

 

Continúa, si lo deseas, leyendo el siguiente artículo:

ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

 

Posted in Pasionistas seglares | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES