Hacia la unión con Dios

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Ciclo A, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

¿Pensamos como Dios?

 

Nuestros caminos son diferentes de los caminos de Dios. ¿Por qué? Porque nosotros vivimos en el tiempo, mientras que Él vive en la eternidad. Él sabe lo que ocurre y lo que ocurrirá; como nos dice en la primera lectura, Él está por encima del tiempo, por encima del espacio y por encima de nuestros proyectos.

Quienes entienden esto e intentan adecuar su existencia a esta realidad son capaces de comprender las palabras de san Pablo: por una parte siento gran deseo de irme para estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor; pero, pensando en ustedes, conviene que yo me quede aquí, ya que podré seguirles enseñando el camino a la felicidad verdadera.

Y, consecuentemente, los que se dan cuenta de que esta vida es pasajera, de que luego vendrá otra infinita, advertirán que las disposiciones de Dios son más sabias, aunque a primera vista el hombre crea lo contrario, pues Él ve desde la perspectiva eterna; además, nos ama infinitamente más de lo que podríamos llegar a imaginar.

Por esto, Jesús dice en el Evangelio que los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos. Estas palabras significan mucho más de lo que se deduce inicialmente:

Para el prototipo del hombre de hoy, por ejemplo, los “triunfadores” son los que poseen dinero y cosas materiales, los que experimentan más placeres, los que logran acceder al poder o a la fama…

Pero para el Señor lo que vale es vivir en gracia de Dios: amarlo a Él y al prójimo y, cada vez que pecamos gravemente, confesarnos; ser humildes y sencillos, sin engreírnos por nada; vivir las virtudes que nos distinguen como cristianos, es decir, la Fe, la Esperanza y el Amor; practicar las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; hacer oración, saber ofrecer y agradecer a Dios la vida: dichas y desdichas, trabajo y descanso, etc.

Lo que Jesús quiere es que hagamos, con y por amor, lo que debemos hacer para llevarnos al Cielo, y allá, derramar sobre nosotros todo su amor, eternamente.

 

 

 

 

 

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Los dones del Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Por el cardenal Carlo Maria Martini[1]

 

«Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.» (Is 11, 1-2).

 

A estos seis dones —que leemos en la Biblia hebrea—, en la Biblia griega y en la Biblia latina les añaden el don de la piedad.

 

Cada cristiano vive de Fe, Esperanza y Caridad; la Fe es perfeccionada por el espíritu de entendimiento, ciencia y consejo; la Esperanza, por el espíritu del temor de Dios y de fortaleza; la Caridad se expresa plenamente cuando es perfeccionada por la piedad y la sabiduría.

 

1.    Entendimiento: Potencia del alma, en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce.[2]

El don de la inteligencia lo necesitamos para comprender los misterios divinos, la relación entre la Cruz y la Trinidad, entre la Cruz y la paternidad de Dios; para intuir en este misterio divino el de nuestra vida y de nuestra muerte.

Lo necesitamos para comprender cómo el misterio de Dios se revela en nuestro tiempo; para comprender cómo Jesús crucificado y resucitado vive entre nosotros y podemos encontrarlo; para comprender cómo el Espíritu Santo está actuando en medio de nosotros y podemos dejarnos vivificar por Él.

Lo necesitamos para hacernos descubrir entre los pliegues de la vida cotidiana la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para hacernos contemplar en nuestras cruces la presencia del Resucitado.

 

2.   Ciencia: Conocimiento cierto de las cosas creadas por sus principios y causas.

Es la capacidad de referir a Dios todas las cosas del mundo, yendo más allá de las apariencias y comprendiendo el valor simbólico, relativo, de toda criatura con respecto al ser y al misterio de Dios, de aquel que lo ha creado todo.

Es capaz de contribuir a la búsqueda del significado último y de las urgencias penúltimas frente a las cuestiones y a los desafíos culturales y éticos más variados.

Con él es posible captar los signos de los tiempos y los fermentos evangélicos presentes en todas partes, incluso en las situaciones aparentemente más cerradas a la luz de la verdad revelada.

Es posible comprender las necesidades concretas de una determinada comunidad y trazar para ella un proyecto adecuado.

He aquí donde se halla contenida la ciencia del amor.

 

3.    Consejo: Parecer o dictamen que se da o toma para hacer o no hacer una cosa.

Es el saber orientarse en la complejidad moral de la vida.

Es acudir prácticamente a los motivos de la Fe al obrar.

Nos permite ver todo a la luz de la eternidad, en el querer de Dios, Padre bueno.

Forma personalidades fuertes, tranquilas, seguras de sí mismas; por el contrario, la acción del espíritu del mal consiste en llevarnos a la tristeza, a replegarnos sobre nosotros mismos, a una confusión que bloquea la mente, a una ansiedad que lacera e impide decidirse, haciéndonos permanecer siempre en el mismo punto.

 

4.   Temor de Dios: Miedo reverencial y respetuoso que se debe tener de agraviar a un Dios tan bueno.

Es un amor a Dios consciente de la propia fragilidad y, por consiguiente, de la posibilidad de ofender al Señor, de perder su amistad. Es una actitud de grande reverencia hacia un misterio que nos supera por todas partes, que no poseemos, que no tenemos a la mano, porque nos es dado continuamente como un don, y nosotros tenemos continuamente la posibilidad de rechazarlo, de perderlo, de descuidarlo.

El temor de Dios ve el actuar moral no como simple obediencia a una ley, sino como una relación con una persona; relación personal con Dios Padre, con el Señor Jesús. Por consiguiente, el temor de Dios nos permite vivir el actuar moral con toda la delicadeza, el respeto, la diligencia, el afecto que expresa la relación verdadera con una persona, y que exige la relación con Dios mismo, Padre y Señor.

Es la conciencia de que Dios es Mysterium fascinans, misterio que atrae y fascina por su amabilidad (digno de ser amado); y al mismo tiempo es la conciencia de que Dios es también Mysterium tremendum, con el cual no se puede jugar, que nos interpela profunda y seriamente porque es amor total y exigente, relación personal de alianza y de don.

Es el temor de faltar, de no estar a la altura de tan grande amor y, al mismo tiempo, el fuerte deseo de ser totalmente de Dios.

Las actitudes contrarias al temor de Dios son la superficialidad, el facilismo, la trivialidad en la oración y en la vida.

 

5.    Fortaleza: Vencer el temor y huir de la temeridad.

Es la victoria sobre el miedo a la muerte y a cualquier otro mal, porque sabe que está en los brazos del Padre que no lo abandona nunca.

Es el don que nos da la capacidad de profesar la Fe, incluso en las contradicciones y en los peligros. El caso más serio del don de la fortaleza es el martirio, la superación del miedo a la muerte, simplemente porque estamos en las manos de Dios.

Perfecciona la virtud de la Esperanza, llevándola al heroísmo, al desprecio de la muerte, a la superación del  miedo a la muerte.

 

6.   Piedad: Don que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas; y por el amor al prójimo, actos de amor y compasión.

Nos hace orar con gusto y de buena gana, con entusiasmo, nos hace salir del corazón una oración fluida, serena, calmada.

Nos coloca en condiciones de vivir la oración de los hijos que gritan a Dios invocándolo con el apelativo: «¡Padre!».

Es la capacidad de hablar con Dios filialmente, con ternura; de alabarlo y adorarlo.

Es la orientación del corazón y de toda la vida para adorar a Dios como Padre, para rendirle el culto que lo reconoce como fuente y meta de todo don auténtico.

Es la ternura hacia Dios, el estar enamorados de Él y el deseo de rendirle gloria en cada cosa.

¡Es tan dulce llamar a Dios «Padre nuestro»! Nos hace mirar hacia Dios con sencillez filial y con verdad.

Es, por otra parte, el don de la sensibilidad en la relación humana, que nos permite tratar a todos con la mayor delicadeza, con amabilidad.

Por consiguiente, es un don que compenetra la vida cotidiana, la vida de familia, las relaciones de cada día, haciéndolas hermosas, fáciles, agradables; un don que elimina las espinas, los choques, y suaviza nuestras relaciones.

La actividad contraria es la dureza del corazón, la falta de sensibilidad, el no saber comprender a los otros.

Es difusivo y benéfico, comenzando por la oración filial y afectuosa, en las relaciones de los hijos con los padres, de los padres con los hijos, de los esposos entre sí, en las relaciones de trabajo, de amistad, de parroquia, de comunidad, de grupo…, porque está impregnado de atención, respeto y sensibilidad.

 

7.    Sabiduría: Conducta prudente en la vida.

Es el don de verlo todo con los ojos de Dios, con su mirada, de verlo todo desde arriba. Es el don de ver los acontecimientos y las situaciones como los ve Jesús crucificado y resucitado, desde lo alto de la Cruz y desde la gloria de la Resurrección. Se trata de verlos desde lo alto y desde el centro. No por una inteligencia particular o una luz intelectual, sino por instinto divino.

Sabiduría significa precisamente «sabor». Está ligado a la Caridad, al amor, más que a la inteligencia. Es la inteligencia del amor, del corazón. Es una penetración amorosa que percibe el sabor de los misterios de Dios: del misterio trinitario, del misterio de la Cruz, de los misterios del Reino, del misterio de la historia…

Y esa sabiduría se les da también a las personas más sencillas, e incluso más a ellas que a los otros. ¡Cuán grande es en ellos el sentido de la providencia divina, cuán baja la estimación de las cosas terrenas, cuán grande la paz íntima y el gozo de una vida intachable…!

Es el don que permite enmarcar cada problema en un marco más amplio: el marco de la verdad completa, de la verdad auténtica.

Lo que es opuesto a la sabiduría es la falta de sabor de las cosas de Dios, la carencia del sentido de Dios, del sentido del misterio, del sentido de la providencia…

Es la historia de un hombre que ha hecho sus cuentas sin Dios, sin la muerte, sin tener presente la verdad de la vida; de quien vive sin sentido, preocupado solamente por el presente; de quien no comprende, en los acontecimientos oscuros o contrarios a las expectativas comunes, el designio de Dios; de quien hace sus cálculos sin contar con la Cruz; de un hombre que ha construido su casa sobre la arena, que no ha conocido el orden de la vida evangélica, declarado en el sermón de la montaña.

No reconoce ese orden de la vida evangélica, expresado en hacerse pequeños, en no pretender los primeros puestos, en respetar la autoridad, en amar la oración, en vivir en común, en perdonar las ofensas…

Se trata de un don instintivo, del cual uno se da cuenta después. No es necesario que lo sintamos, por cuanto el Espíritu no tiene necesidad de hacerse sentir para actuar en nosotros.

 

Muchas personas —tal vez con frecuencia también nosotros— se mueven por su voluntad, cuentan con sus propias fuerzas, piensan que todo lo tienen en la mano…

 

Oremos intensamente para que el fuego del Espíritu Santo arda no solo en nuestros corazones, sino que caliente e ilumine los corazones de toda nuestra sociedad.

 

Si desea leer escritos como este, visite, por favor, la siguiente dirección:

 https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/

 También puede encontrar otros temas de interés en:

 http://mauriciorubiano.wordpress.com/

 

 


[1] Arzobispo de Milán

[2] Las definiciones que se presentan en los cuadros fueron extraídas del Diccionario de la Real Academia Española

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¿Por qué permite Dios que suframos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2008

 Ø  Porque sirve de prueba a los que agradan a Dios, y los purga para embellecerlos más (como se purgan las joyas y las estatuas)

Ø  Porque es medicina que preserva para no caer:

§  Debilita al hombre viejo y

§  Quita las armas del enemigo: la soberbia, la codicia y la lujuria

Ø  Porque es medicina que paga la culpa, limpiándola de sus pecados:

§  Hace entrar en los rincones de la conciencia y ver la fealdad del alma, y la invita a la contrición

§  Hace entender lo que alguna vez se había oído o leído sin entender

§  Libra de las penas del infierno

§  Libra de las penas del purgatorio

Ø  Porque sirve de castigo, que no gusta en el momento, pero que luego es valorado por lo útil que nos fue

Ø  Porque alumbra los bienes de la gloria eterna, al hacernos conscientes de que somos peregrinos en este valle de lágrimas, y de que todo lo temporal es sombra o sueño

Ø  Porque nos concientiza de las necesidades de los prójimos, las cuales no veíamos cuando no teníamos su pobreza, sus enfermedades, sus necesidades… Aparece entonces la compasión, y los ayudamos con la caridad que no tendríamos sin los sufrimientos

Ø  Porque nos conocemos mejor y nos humillamos, porque sin el sufrimiento el hombre es ciego y no se conoce, y cree que es bueno. Si en el momento del sufrimiento hacemos muchos propósitos que no cumplimos después, nos humillamos y pedimos ayuda a Dios, llorando nuestra flaqueza

Ø  Porque nos perfecciona:

§  Hace el corazón capaz de Dios, vaciándolo de las criaturas a las que estaba apegado, porque descubrimos su vaciedad, inestabilidad, finitud e inutilidad

§  Hincha en el amor a Dios

§  Hace volar hacia la perfección

Ø  Porque nos conocemos mejor, y vemos mejor la diferencia entre lo malo y lo bueno y, también, entre los malos y los buenos

Ø  Porque hace volver al bien y enmendarse

Ø  Porque sirve de ejemplo para los demás

Ø  Porque nos enseña de las riquezas que: adquirirlas está lleno de trabajos; poseerlas, de fervor; y perderlas, de dolor.

 

 Extractado del libro: Tratado de la tribulación, del padre Pedro de Ribadeneira

 

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Los frutos del Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 28, 2008

Los frutos del Espíritu Santo*

La tradición de la Iglesia enumera 12

“Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Gálatas 5, 22-23)” (Catecismo, 1832).

Son los frutos que produce el Espíritu Santo en la vida del cristiano a lo largo de su vida, además de sus 7 dones, dones que son recibidos, junto a las virtudes teologales, en el sacramento del bautismo; dones que son aumentados con el Sacramento de la Confirmación (Catecismo, 1302), dados en plenitud.

El cristiano es como los árboles: cuando está maduro dará sus frutos; por sus frutos os conocerán (Mt 12, 33). Cuando los árboles están maduros, darán unos frutos que no son agrios, sino dulces y buenos a la vista.

Los santos son quienes han sabido dar todos estos frutos y han sabido practicar las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Ojo, que no hay que confundir estos frutos con la vivencia de los valores humanos.

Veamos ahora en qué consisten dichos frutos:

1. Amor o caridad

Quien da este fruto hace ver a Cristo en su vida; es quien permite actuar a Cristo en su vida (Ga2, 20). Si falta el amor no puede encontrarse ninguna acción sobrenatural, ningún mérito para la vida eterna, ninguna verdadera y completa felicidad.

2. Alegría o gozo

Es el fruto que emana naturalmente del amor; es como la luz del sol, o el perfume de la flor, o el calor del fuego. Esta alegría no se apaga en medio de los problemas; todo lo contrario, crece y se robustece en medio de ellos pues se hace más necesaria que nunca. Cuando se está en comunión con Dios amor, la persona es feliz; y busca también hacer felices a los demás. Es una alegría que supera todo goce fundado en la carne o en las cosas materiales.

3. Paz

La paz es la perfección de la alegría, porque supone el goce del objeto amado. El “objeto” amado, por excelencia, no puede ser otro sino Dios, y de ahí, la seguridad de la paz que brota de tener a Dios en el corazón. La paz nos hace ser personas serenas y mantiene al alma en la posesión de una constante alegría a pesar de todo.

4. Paciencia

Quien da este fruto, supera las turbaciones que implica la lucha permanente contra los enemigos del alma y sus fuerzas invisibles y visibles. También facilita un encuentro armonioso con las criaturas con las que nos relacionamos. La paciencia nos hace ser cristianos que se saben controlar e impide que seamos resentidos o vengativos. Este fruto ayuda a superar la tristeza e impide que nos quejemos ante los problemas y sufrimientos de la vida.

5. Benignidad

Es una disposición permanente a la indulgencia y a la afabilidad. Es un fruto que nos ayuda a ser gentiles y ayuda a defender la verdad sabiendo ‘discutir’. Da una dulzura especial en el trato con los demás. Es una gran señal de la santidad de un alma y de la acción en ella del Espíritu Santo.

6. Bondad

Es la fuerza que nos ayuda a ocuparnos del prójimo y beneficiarlo. Es como consecuencia de la benignidad pero de manera más incisiva en quien sufre y necesita ayuda. Quien da este fruto no critica malsanamente y tampoco condena a los demás; es más, ayuda a sanar a ejemplo de Jesucristo, la bondad infinita.

7. Longaminidad

Longanimidad es el mismo coraje o el ánimo en las dificultades que se oponen al bien; es un ánimo sobrenatural para concebir y ejecutar las obras de la verdad. Este fruto permite al cristiano saber esperar la acción de la Divina Providencia, cuando ve que, según la lógica humana, se retrasa el cumplimiento de sus designios. Es un fruto que permite mantenernos perseverantes ante las dificultades.

8. Mansedumbre

Ayuda a evitar la cólera y las reacciones violentas. Se opone a la ira y al rencor, evita que el cristiano caiga en sentimientos de venganza. La mansedumbre hace al cristiano suave en sus palabras y en el trato frente a la prepotencia de alguien. Es el fruto que nos asemeja a Jesús manso y humilde de corazón.

9. Fidelidad

Quien da este fruto defiende la fe en público y no la oculta por miedo o vergüenza. La fidelidad es cierta facilidad para aceptar todo lo que hay que creer; es firmeza para afianzarnos en ello y tener la seguridad de la verdad que creemos sin sentir dudas. Al dar este fruto estamos glorificando a Dios quien es la verdad absoluta.

10. Modestia

Quien da este fruto excluye todo lo que sea áspero y mal educado; este fruto se le nota al cristiano en el vestir, en el hablar, en su comportamiento, etc.. Ayuda para que nuestros sentidos no se fijen en cosas indecorosas y vulgares. Ayuda a ser discreto y cuidadoso con el cuerpo, evitando ser ocasión de pecado para los demás; así como también a preparar y mantener nuestro cuerpo para ser, en medio de nuestra debilidad, digna morada de Dios.

11. Continencia

Como indica su nombre, ayuda a contener o a tener a raya la concupiscencia en lo que concierne al comer, al beber, al divertirse y en los otros placeres de la vida terrenal. La satisfacción de estos instintos es ordenada por la continencia como consecuencia de la dignidad de los hijos de Dios que tenemos. La continencia mantiene el orden en el interior del hombre.

12. Castidad

La castidad es la victoria conseguida sobre la carne y ayuda a que el cristiano sea más un templo vivo del Espíritu Santo. Quien da este fruto es cuidadoso y delicado en todo lo que se refiere al uso de la sexualidad. Quien es casto (ya sea virgen o casado) experimenta la alegría de la íntima amistad de Dios: felices los limpios de corazón, porque verán a Dios.

* Por Henry Vargas Holguín

Publicado en Aleteia:

https://es.aleteia.org/2017/05/22/cuales-son-los-frutos-del-espiritu-santo/

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