Hacia la unión con Dios

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¿Evangelizar a los de la casa?

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2014

Cuando una persona se acerca a Dios y se convierte, se llena de dicha interior y desea fervientemente que sus parientes sigan su mismo camino. Además, suele ocurrir que en la parroquia o grupo de oración se le recomiende que los evangelice, que hay que convertirlos, que hay que comenzar por ellos…

Pero la verdad es que ellos no comprenden ese cambio; lo suelen confundir con fanatismo religioso y, si les habla de Dios, lo rechazan…

Así, la alegría que experimenta el recién convertido se ve empañada desde temprano por ese dolor que experimenta al ver que sus seres más cercanos no lo entienden, lo critican y hasta se burlan de él, lo ponen en ridículo ante los demás, etc. Y aunque siente el apoyo de la comunidad a la que pertenece y la asistencia divina, ese desconsuelo es difícil de llevar.

Pero Jesús dijo que ningún profeta es bien recibido en su propia casa (Lc 4, 24). Nadie les dice que a los familiares no se los debe evangelizar con palabras, que no deben hablarles a sus familiares de Dios ni de las cosas de Dios (mucho menos tratar de obligarlos a asistir a misa o a otra celebración o encuentro espiritual…).

Es con el ejemplo como se los debe acercar a Dios; es mostrándoles la felicidad que ahora los embarga.

¿Y esto cómo se hace?

1) Amándolos, es decir, sirviéndolos con gusto,

2) infundiéndoles paz y

3) llenándolos de alegría.

En resumen: que se note que ahora está lleno de Dios, pero sin hablarles de Él; predicarles con la vida, no con las palabras.

Al ver este cambio positivo en su vida, los demás se sentirán atraídos. Se preguntarán: «¿Por qué ahora se ve tan feliz?» «¿Por qué ya no se disgusta como antes?» «¿Por qué es tan cariñoso y servicial?»…

Y a veces hasta le harán la pregunta: «Oye, ¿qué te ha hecho cambiar tanto?» Esa será la señal, el momento propicio para que aproveche —ahora sí— a evangelizar con la Palabra; contestará, por ejemplo: «Porque ahora estoy con Dios».

Y las palabras que diga en adelante serán escuchadas.

 

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Ciclo A, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 6, 2010

I DOMINGO DE ADVIENTO

La lucha por llegar a la casa del Padre

 

Comienza hoy un nuevo año litúrgico, y las lecturas nos invitan al cambio, a comenzar un nuevo camino. Este año nuevo aparece como el cuaderno nuevo de un colegial: listo para que se inicie sobre él un trabajo limpio, pulcro, perfecto.

El profeta Isaías nos muestra la meta: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas; en ese lugar ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. ¡La paz que tanto buscamos será nuestra!

Pero para que la paz verdadera llegue a nosotros, es necesario que escuchemos la voz de san Pablo cuando dice que ya es hora de espabilarse. La paz es primer logro de nuestra lucha interior por acercarnos a Dios: dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con la dignidad de los hijos de Dios, dignidad de reyes, de señores, de hombres bañados por la gracia, de templos del Espíritu Santo: nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni contiendas. Habremos dado así honor a nuestra condición de hombres y de cristianos, y tendremos las virtudes necesarias para acceder a la auténtica paz y a la alegría verdadera.

Revestidos de Nuestro Señor Jesucristo, dueños de nosotros mismos, sin malos deseos —producto casi siempre del excesivo cuidado personal— estaremos preparados, en vela, para la hora decisiva, la hora en que vendrá el Hijo del hombre.

Él nos llevará a la eterna e imperturbable felicidad: junto a Dios–Padre, en donde sentiremos que por fin nos realizaremos como seres humanos.

Por eso ya hoy podemos cantar presagiando nuestra conquista: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Y cuando lleguemos a la Jerusalén celestial, nos diremos a nosotros mismos: ¡Valió la pena!

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