Hacia la unión con Dios

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Que rindan cuentas todos los culpables, incluso obispos, dice el Papa Francisco

Posted by pablofranciscomaurino en junio 5, 2019

 

El Papa Francisco dice que los culpables de abusos sexuales y quienes los encubrieron deben rendir cuentas a la justicia, algo que “en muchos casos incluye a los obispos”, señaló el vocero vaticano, Greg Burke al comentar la carta que el Santo Padre publicó este lunes. Este 20 de agosto el Pontífice publicó una carta dirigida “al Pueblo de Dios” en la que condenó los abusos sexuales cometidos por los sacerdotes, esto a raíz del informe de la Corte Suprema de Pensilvania que denuncia más de mil casos ocurridos en los últimos 70 años y en los que están involucrados unos 300 sacerdotes. “El Papa Francisco dice que se necesita urgentemente que los culpables rindan cuentas, no solo los que cometieron esos crímenes, sino también aquellos que los cubrieron. Lo cual en muchos casos incluye a los obispos. Además de hacer un llamamiento a toda la Iglesia Católica para que se adopten las medidas de protección necesarias en todas las instituciones”, señaló el Director de la Sala de Prensa, Greg Burke. El vocero señaló que el texto del Papa “es para Irlanda, para Estados Unidos, es para Chile”, pero también para el resto de fieles que conforman el pueblo de Dios. En ese sentido, Burke se refirió a los escándalos de abusos denunciados en Irlanda y que fueron condenados por Benedicto XVI en 2010; así como los casos ocurridos en Chile y que llevaron a la condena del sacerdote Fernando Karadima, también en 2010, y al informe elaborado este 2018 por Mons. Charles Scicluna luego de una visita apostólica encomendada por Francisco. Burke señaló que “es significativo que el Papa se refiera a los abusos como un crimen, no solo un pecado y que pida perdón”. Francisco “es muy consciente de que todos los esfuerzos no serán suficientes para reparar el daño hecho a las víctimas”, muchas de las cuales han sido escuchadas por el Pontífice “a lo largo de los años y esto claramente se nota en la carta. El Papa lo subraya: las heridas nunca prescriben”. Asimismo, indicó el vocero, en su carta “el Papa también pide que todos los creyentes pongan de su parte con las armas tradicionales para combatir el mal: oración y penitencia”. En su carta, el Pontífice señaló que “la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males”. “Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias”, expresó. Francisco dijo que “el dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad”.

Si desea leer todo el contenido de la carta del Papa, haga clic aquí:

http://m.vatican.va/content/francescomobile/es/letters/2018/documents/papa-francesco_20180820_lettera-popolo-didio.html

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¿Dios castiga?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 1, 2018

Si recurrimos a las definiciones de la Real Academia Española, podemos entender mejor este asunto.

Efectivamente, hay cinco acepciones para la palabra: CASTIGO. Estas son las dos que nos interesan:

  1. m. Pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta.

  2. m.ant. Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección.

La primera definición se refiere a la pena que pagan en el Purgatorio o en el Infierno quienes quedaron debiendo algo, mientras que la otra es la que se aplica aquí en la tierra: Dios, en su infinita misericordia, prefiere amonestarnos amorosamente, para que nos corrijamos y no tengamos que pagar nada en el Purgatorio o en el Infierno.

Por eso es que decimos que Dios es infinitamente misericordioso y también infinitamente justo: infinitamente misericordioso antes de nuestra muerte (nos da miles de oportunidades de enmendarnos) y es infinitamente justo inmediatamente después de que muramos, pues es el momento de la justicia, cuando ya no hay oportunidad de enmendar nada, pues ya nos dio todas las oportunidades para arrepentirnos y cambiar.

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Las decisiones en la Iglesia

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2015

Cuando se descubre un sacerdote homosexual y la Iglesia no lo sanciona, la humanidad levanta su voz exigiendo que lo expulsen y castiguen; pero si la Iglesia lo hace, el mundo la acusa de homófoba y discriminadora.

A la Iglesia, sin embargo, no le importa la opinión de la gente, sino lo que piensa Dios, y actúa según su criterio.

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¿Quién era Barrabás?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2014

Históricamente ya lo sabemos: Barrabás era un bandido (Jn 18, 40). Este Barrabás había sido encarcelado por algunos disturbios y un asesinato en la ciudad (Lc 23, 19); había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín (Mc 15, 7).

Pero si lo estudiamos con algo de profundidad, quizás encontremos aspectos desconocidos y útiles para nuestra vida y para ayudar a los demás. Conviene recordar lo que ocurrió:

Cuando el gobernador volvió a preguntarles: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», ellos contestaron: «A Barrabás.» Pilato les dijo: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Cristo?» Todos contestaron: «¡Crucifícalo!» Pilato insistió: «¿Qué ha hecho de malo?» Pero ellos gritaban cada vez con más fuerza: «¡Que sea crucificado!» (Mt 27, 20-23)

Desde el punto de vista jurídico romano, el castigo que pedían —que fuera crucificado— era el que por justicia merecía Barrabás, no Jesús. Místicamente podemos pensar que nosotros, por el pecado original y por nuestros pecados personales, somos los merecedores de tal castigo: unas pequeñas criaturas osaron ofender gravemente a su Creador, a quien es la fuente de todos sus beneficios: Dios eterno; por eso merecíamos un castigo eterno.

Pero el Hijo de Dios, la Segunda persona de la Santísima Trinidad, llena de amor por sus criaturas, vino a la tierra tomando la condición humana, y pagó por esos pecados, recibiendo el castigo que en justicia merecíamos nosotros…

Por eso, cada vez que elegimos el pecado, podemos decir que estamos eligiendo a Barrabás y exigiendo que crucifiquen a nuestro Salvador.

No fueron, pues, los judíos de entonces quienes pidieron la sentencia de muerte para Jesús: fuimos nosotros, los pecadores.

Pero hay algo más profundo en todo esto. En el pecado hay siempre una elección: prefiero mis caprichos a la voluntad de Dios, prefiero lo que en mi soberbia creo mi bienestar antes que la gloria y honra de Dios y —siempre— me prefiero a mí que a Dios… Por eso, en el fondo de todo pecado subyace una actitud en la que me elijo a mí antes que a Dios.

Podríamos decir que en el momento en el que Pilato preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», yo contesté: «A mí».

Ahora ya puedo responder quién era Barrabás. Y dolerme. Y pedir perdón. Y pedir su ayuda… Y empezar a amarlo.

 

 

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Ciclo B, XXXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 12, 2012

¿Premio o castigo?

 

Pocas veces pensamos en las postrimerías del hombre: nuestro juicio, el Cielo, el Infierno y el Purgatorio.

Al final del año litúrgico, la Iglesia nos pone de presente estas ineludibles realidades, para que pensemos en ellas. Nos estamos preparando para lo que pueda pasar, para lo eventual: tenemos seguro médico, seguro de accidentes, seguro para proteger el carro o la casa de un robo, seguro de estudios, seguro de incendio, seguro de terremoto, en fin, seguro para todo. Y nada de eso es seguro: no es seguro que nos enfermemos, que tengamos un accidente, que nos estrellemos en nuestro carro o que nos roben…

Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Habrá premio y habrá castigo: el profeta Daniel nos lo dice hoy: muchos se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.

Jesús, como lo dice hoy la Carta a los Hebreos, ha ofrecido por los pecados un solo sacrificio, y presentó a los hombres el camino de la salvación. Quienes se acojan a su bondad, y aprovechen ese sacrificio, mediante una sola oblación serán llevados a la perfección para siempre: serán santificados.

Y, ¿cómo debemos acogernos a su bondad?

Cumpliendo los mandamientos, aprovechando los Sacramentos y haciendo oración. Solo quienes hagan esto serán los elegidos que se congregarán desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte. Y serán eternamente felices.

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La justicia infinita de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en enero 14, 2011

 

Dios es misericordioso. Nada más veraz, nada más cierto. La mayor evidencia de la misericordia de Dios se muestra en la tríada del cristiano: la creación, la Encarnación y la Redención. Efectivamente, esas tres realidades definen más que nada ese atributo divino poseído en forma infinita, como todos los suyos: nos creó, nos hizo los reyes de la creación visible, y cuando nos alejamos voluntariamente de la felicidad eterna en el Cielo vino como uno de nosotros y murió para pagar nuestra deuda…

Pero también es infinitamente justo. Lo dicen innumerables pasajes de la Biblia. Solamente de uno de sus 73 libros, el Evangelio de san Mateo, se extractan a continuación algunas palabras del Hijo de Dios, nuestro salvador Jesús:

El Amor de los amores dijo un día:

«El que ignore el último de los mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

Y añadió, para que quedara muy claro:

«Yo os lo digo: si no hay en vosotros algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley, vosotros no podréis entrar en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20).

Parece duro que aquél que lloró por su amigo Lázaro predicara un día lo siguiente:

«Yo os digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22).

El que perdonó al ladrón en la cruz fue bastante claro:

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (Mt 5, 29).

El que sentía compasión de todos, pues estaban como ovejas sin pastor les decía:

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9).

El que contó la bella historia del hijo pródigo habló de la senda que lleva a la perdición:

«Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran.» (Mt 7, 13-14)

¡Y esto es palabra de Dios!

El que se compadeció de la mujer cananea decía refiriéndose a los hombres:

«Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego» (Mt 7, 19).

Aquél que sintió dolor por la mujer que perdió a su hijo y lo resucitó dijo:

«Entonces yo les diré claramente: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, vosotros que hacéis el mal!» (Mt 7, 23).

El que curó a un paralítico proclamó una vez:

«Os digo que, en el día del Juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que vosotros» (Mt 11, 24).

El que curó a los endemoniados dijo otro día:

«Yo os digo que, en el día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho» (Mt 12, 36).

El que curó a un leproso le dijo a Pedro, cuando él no quiso aceptar la pasión de su maestro:

«Apártate de mí Satanás» (Mt 16, 23).

Leamos lo que hizo el que decía que había que perdonar las ofensas y poner la otra mejilla:

Entró en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo. Derribó las mesas de los que cambiaban monedas y los puestos de los vendedores de palomas. » (Mt 21, 12).

El que habló del amor a los enemigos, una vez sintió hambre y veamos lo que pasó:

Divisando una higuera cerca del camino, se acercó, pero no encontró más que hojas. Entonces dijo a la higuera: «¡Nunca jamás volverás a dar fruto!» Y al instante la higuera se secó. Al ver esto, los discípulos se maravillaron: «¿Cómo pudo secarse la higuera, y tan rápido?» (Mt 21, 18-20).

El que multiplicó los panes para que comiera la gente no dejó entrar a las vírgenes necias:

Más tarde llegaron las otras jóvenes y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero él respondió: «En verdad, os lo digo: no os conozco.» Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis el día ni la hora. (Mt 25, 11-13).

El que sanó al siervo del Centurión contó alguna vez la historia de alguien invitado a las bodas de un rey:

Le dijo: «Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas?» El hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a sus servidores: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Sabed que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.» (Mt 22, 12-14).

El que resucitó a una niña recriminó con todos estos insultos a los escribas y fariseos:

«¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos, que sois unos hipócritas! […] ¡Ay de vosotros, que sois guías ciegos! […] ¡Torpes y ciegos! […] no cumplís la Ley en lo que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe. […] ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley y fariseos, que sois unos hipócritas! Vosotros sois como sepulcros blanqueados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre. Vosotros también aparentáis ser personas muy correctas, pero en vuestro interior estáis llenos de falsedad y de maldad. […] ¡Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo lograréis escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 13-33)

 Todas estas son citas de uno solo de los libros de la Biblia. Si se escribieran todas las citas que hay en los otros 72 libros sobre la justicia de Dios, este artículo sería de unas trescientas páginas.

Como se ve, Dios posee en grado infinito, no solamente la misericordia, sino también la justicia.

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Ciclo A, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Una señal

 

Aunque a todos nos gusta recibir buenas noticias, no siempre nos las dan. Los medios de comunicación, que viven tras la noticia de mayor impacto, más bien nos alarman constantemente con malas noticias: muertes, asesinatos, secuestros, masacres, etc. Y hay incluso algunos que ya no se asombran al enterarse de esas atrocidades…

Evangelio significa Buena Nueva, es decir, Buena Noticia. Y realmente fue la mejor noticia que recibió la especie humana. Como cuenta Isaías, fue una señal que estremeció a las profundidades del lugar oscuro y a las alturas del Cielo: la joven Virgen está embarazada por obra del Espíritu Santo y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.

Dios, dejando la gloria que le pertenece, desciende para estar con nosotros, se hace hombre como nosotros, para compartir nuestra vida, nuestras ansias, nuestro dolor, nuestras alegrías…; todo, menos el pecado. Así nos dimos cuenta de que nos comprende más que nadie.

Además, no deja que seamos castigados: paga por nosotros el pecado original.

Pero hay más: Jesús nos da las enseñanzas necesarias para que alcancemos el Cielo, lugar de eterna dicha y consuelo, de paz y descanso. Nos lo había prometido: en la casa de mi Padre hay muchas moradas…

Y nos promete su compañía por los siglos de los siglos: está en los sagrarios, realmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, a la espera de nuestras quejas, de nuestras peticiones, de nuestro amor… Y nos da al Espíritu Santo, para que podamos decirle a Dios Padre: «Papá» y para que nos ayude en la lucha diaria por conseguir la felicidad. Esta Buena Nueva anunciada de antemano por sus profetas en las Santas Escrituras se refiere a su Hijo que al resucitar de entre los muertos nos abrió el camino al Cielo.

Por eso hacemos la novena de aguinaldos, por eso celebramos junto a los seres queridos, por eso estamos felices.

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Ciclo C, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 4, 2010

Generosos o castigados

 

Si el Señor amenaza a las naciones ricas, no es por sus riquezas, es porque son indiferentes ante las desdichas ajenas: «¡Ay de ustedes, los primeros de la primera de las naciones, a quienes acude todo el mundo»; es porque descansan en su orgullo y se sienten seguros por sí mismos, no por Dios.

Lo mismo sucede con las personas ricas: ellas no son malas por tener dinero o poder; lo son si son egoístas e indiferentes a la suerte ajena, o si no ponen su confianza en el Señor sino en el dinero y el poder…

Escuchemos lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Pero tú, hombre de Dios, huye de todo eso. Procura ser religioso y justo. Vive con fe y amor, constancia y bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado…

Las palabras claves de este escrito son: «fe y amor, constancia y bondad». Fe para creer que es Dios quien nos ayuda a dejar el egoísmo. Amor para darlo a los demás, única manera de dejar el egoísmo. Después, constancia para ejercitar esas obras de caridad. Y, por último, bondad para seguir en ese camino hasta el Cielo, lo que lograremos si seguimos estos consejos.

¿Cómo estamos utilizando los bienes que recibimos en esta vida? ¿Se benefician muchos de ellos o los usamos únicamente para nuestro propio beneficio? ¿Tenemos cosas que no usamos?, ¿las guardamos en forma egoísta?…

¿O más bien somos generosos con nuestros parientes necesitados?… Eso es amor. Si no lo hacemos, tendremos una mala noticia tras la Resurrección: nuestra perdición eterna, como le sucedió al rico del Evangelio: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos.»

Y allí será tarde para todo, hasta para avisarle a los demás; tal vez tengamos que oír algo parecido a lo que Abraham le dijo al rico: Si no escuchan a la Iglesia, aunque resucite un muerto, no se convencerán.

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¿Por qué permite Dios que suframos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2008

 Ø  Porque sirve de prueba a los que agradan a Dios, y los purga para embellecerlos más (como se purgan las joyas y las estatuas)

Ø  Porque es medicina que preserva para no caer:

§  Debilita al hombre viejo y

§  Quita las armas del enemigo: la soberbia, la codicia y la lujuria

Ø  Porque es medicina que paga la culpa, limpiándola de sus pecados:

§  Hace entrar en los rincones de la conciencia y ver la fealdad del alma, y la invita a la contrición

§  Hace entender lo que alguna vez se había oído o leído sin entender

§  Libra de las penas del infierno

§  Libra de las penas del purgatorio

Ø  Porque sirve de castigo, que no gusta en el momento, pero que luego es valorado por lo útil que nos fue

Ø  Porque alumbra los bienes de la gloria eterna, al hacernos conscientes de que somos peregrinos en este valle de lágrimas, y de que todo lo temporal es sombra o sueño

Ø  Porque nos concientiza de las necesidades de los prójimos, las cuales no veíamos cuando no teníamos su pobreza, sus enfermedades, sus necesidades… Aparece entonces la compasión, y los ayudamos con la caridad que no tendríamos sin los sufrimientos

Ø  Porque nos conocemos mejor y nos humillamos, porque sin el sufrimiento el hombre es ciego y no se conoce, y cree que es bueno. Si en el momento del sufrimiento hacemos muchos propósitos que no cumplimos después, nos humillamos y pedimos ayuda a Dios, llorando nuestra flaqueza

Ø  Porque nos perfecciona:

§  Hace el corazón capaz de Dios, vaciándolo de las criaturas a las que estaba apegado, porque descubrimos su vaciedad, inestabilidad, finitud e inutilidad

§  Hincha en el amor a Dios

§  Hace volar hacia la perfección

Ø  Porque nos conocemos mejor, y vemos mejor la diferencia entre lo malo y lo bueno y, también, entre los malos y los buenos

Ø  Porque hace volver al bien y enmendarse

Ø  Porque sirve de ejemplo para los demás

Ø  Porque nos enseña de las riquezas que: adquirirlas está lleno de trabajos; poseerlas, de fervor; y perderlas, de dolor.

 

 Extractado del libro: Tratado de la tribulación, del padre Pedro de Ribadeneira

 

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¿Prohíbe Dios las imágenes?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2008

La siguiente frase del Éxodo hace creer a algunos que Dios prohíbe las imágenes:

«No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni los sirvas, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso.» (Ex 20, 3–5).

Esta frase es clara desde el comienzo: «No tendrás otros dioses fuera de mí». Por eso, lo que Dios pretendía, en esa época del Antiguo Testamento, era que el pueblo escogido no cayera en algo que los pueblos vecinos trataban de infundirles: la creencia en otros dioses, es decir, tener ídolos.

Así mismo, en el Deuteronomio se lee:

«No tendrás otro dios delante de mí. No te harás ídolos, no te harás figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo o aquí debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. Ante ellas no te hincarás ni les rendirás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.» (Dt 5, 7–9)

También es claro este mensaje desde el principio: «No tendrás otro dios delante de mí.». Quien lea lo anterior con sencillez y simplicidad (sin prevenciones ni prejuicios) puede darse cuenta de que la finalidad de estas palabras es el rechazo de Dios a la idolatría, no a hacer o tener imágenes.

La prueba de esto es que el mismo Dios manda hacer imágenes: la Biblia cuenta que, en el primer templo que Él manda construir en el mundo:

«El Señor habló a Moisés para decirle: “Me harán un santuario para que Yo habite en medio de ellos, y lo harán, como también todas las cosas necesarias para mi culto, según el modelo que Yo te enseñaré. Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta.”» (Ex 25, 1.8-9.18)

Queda claro, entonces, que Dios no solamente permite que se hagan imágenes, sino que Él mismo las manda a hacer.

Además, el libro de Josué narra que él y los sacerdotes se postraron ante esas imágenes:

«Entonces Josué y todos los jefes de Israel rasgaron sus vestidos, se cubrieron de ceniza la cabeza y permanecieron postrados delante del Arca del Señor hasta la tarde.» (Jos 7, 6)

Más adelante, se nos cuenta cómo Dios, otra vez, manda a hacer otra imagen:

«El Señor le dijo a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y colócala en un poste. El que haya sido mordido, al verla, sanará”.» (Nm 21, 8)

Y Moisés obedeció la orden de Dios:

«Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un poste. Cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba la serpiente de bronce y se sanaba.» (Nm 21, 9)

Cuenta la Biblia también que cuando Salomón construyó el templo le hizo imágenes:

«Dentro del Lugar Santísimo, puso dos querubines hechos de madera de olivo silvestre, de cinco metros de alto. Cada una de sus alas tenía dos metros y medio de largo, de manera que había cinco metros de una punta a la otra de las alas. Los dos querubines tenían exactamente la misma hechura y las mismas medidas: cinco metros de alto. Colocó los querubines dentro de la Casa, con las alas desplegadas, de manera que, por el lado exterior un ala tocaba la pared y, en el medio de la Casa, las alas de ambos se tocaban. Salomón cubrió de oro los dos querubines.» (1Re 6, 23-28)

Y, acto seguido, Salomón le hizo más imágenes al templo:

«Sobre el panel que estaba entre los listones había leones, bueyes y querubines. Lo mismo sobre los listones. Por encima y por debajo de los leones y de los toros había adornos.» (1Re 7, 29)

Finalmente, tras esa construcción, Dios se muestra complacido por el templo, lleno de imágenes:

«Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó la Casa del Señor.» (1Re 8, 10)

Dios no se puede contradecir: si Él mismo manda hacer imágenes, no las puede prohibir. Es la idolatría lo que Dios reprueba.

Dios prohibió hacer o tener imágenes para evitar que la fe en el único Dios, el Señor, se contaminara con las prácticas idolátricas, fetichistas y politeístas de los pueblos vecinos:

En efecto, cualquiera que se volvía al objeto de bronce se salvaba, no por lo que tenía a su vista, sino por ti, el Salvador de todos. (Sb 16, 7)

Por eso, la idolatría significa creer que un trozo de papel, yeso, bronce u otro material es un dios, que tiene poderes como tal, y que hay que adorarlo.

Israel fue entendiendo que el Señor es el único Dios de todos los pueblos y que las imágenes, altares, oraciones y cultos sólo a Él estaban destinados. Así, el peligro de la idolatría desapareció.

Entonces, el propio Dios, que se había mantenido invisible hasta ese momento, viendo ya maduro a su pueblo, quiso hacerse una imagen para que todos la pudieran contemplar, oír, tocar: se acercó a los hombres mediante una figura, la de Cristo:

Él es la imagen del Dios que no se puede ver. (Col 1, 15)

Se niegan a creer, porque el dios de este mundo los ha vuelto ciegos de entendimiento y no ven el resplandor del Evangelio glorioso de Cristo, que es imagen de Dios. (2Co 4, 4)

Con esta explicación, ¿cómo se podría pensar en volver a esas épocas anteriores de ignorancia y prohibir de nuevo las imágenes?

Las imágenes de Cristo nos recuerdan su vida y sus hechos en los pasajes que representan, nos impulsan a alabarlo por cuantas bondades realizó cuando vivió entre nosotros. Las imágenes son, y han sido durante mucho tiempo, la Biblia de los analfabetas y de los niños pequeños que todavía no saben leer.

Por otra parte, las imágenes de los santos nos ayudan a elevar nuestro corazón a Dios para bendecirlo por lo que hizo en ellos y a través de ellos, nos recuerdan la santidad a la que estamos llamados y estimulan nuestro esfuerzo por lograrla.

 

 

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¿Existe el purgatorio?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

 

Es muy frecuente oír que el purgatorio no existe.

Acudamos a la Biblia para refrescar algunos conceptos:

«Al que calumnie al Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo, ni en el otro.» (Mt 12, 32)

De esta frase de Jesús se desprende que hay pecados que se perdonan en “este mundo”, y hay pecados que se perdonan “en el otro”.

Si así es, si se perdonan en la otra vida, ¿dónde se perdonan?

¿En el infierno? No puede ser, porque en el infierno no hay Redención.

¿En el cielo? Tampoco puede ser, porque allí nada ni nadie puede entrar manchado:

«Nada manchado entrará en ella [en la Nueva Jerusalén], ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.» (Ap 21, 27)

Debe haber entonces un lugar —un estado— donde se perdonen los pecados en el otro mundo, donde se purifican las almas antes de entrar al cielo. Ese estado es llamado purgatorio por los católicos.

Y hasta tal punto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos, hasta que pagara toda la deuda. (Mt 18, 34)

«Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo.» (Mt 5, 25–26)

Son palabras de Jesús que hablan explícitamente de un lugar (“allí”) en donde “saldrás” “hasta que hayas pagado”.

Del infierno no puede ser, pues de allá nadie sale nunca.

Del cielo tampoco, porque allí no se paga nada.

En la Biblia se habla de la necesaria purificación. Pablo, por ejemplo, habla de una salvación pasando por el fuego:

«Sobre este cimiento se puede construir con oro, plata, piedras preciosas, madera, caña o paja. Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.» (1Co 3, 12-15)

Y, hablando de la necesidad de la muerte de Cristo, la carta a los hebreos explica esa purificación:

«Tal vez fuera necesario purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales; pero esas mismas realidades necesitan sacrificios más excelentes.» (Hb 9, 23)

Por otra parte, Pablo ruega para que el Señor le conceda misericordia a Onesíforo, ya muerto:

«Que el Señor bendiga a la familia de Onesíforo, pues a menudo vino a confortarme y no se avergonzó de mis cadenas. Apenas llegó a Roma, se puso a buscarme hasta que me encontró. El Señor le conceda que alcance misericordia ante el Señor aquel día; tú conoces mejor que nadie los servicios que me prestó en Éfeso.» (2Tm 1, 16-18)

En el segundo libro de los Macabeos hay otra clara alusión al purgatorio:

«Efectuó entre sus soldados una colecta y entonces envió hasta dos mil monedas de plata a Jerusalén a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado. Todo esto lo hicieron muy bien inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y de acuerdo con la fe. Esta fue la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos; para que fueran perdonados de su pecado.» (2M 12, 43–46)

Si los compañeros caídos habían sido buenos, ya se habrían ganado el cielo, y no tendrían necesidad de ese sacrificio ofrecido por Judas ni, como dice el texto, «orar por ellos».

Si —por el contrario— habían sido malos, se habrían ganado el infierno; y ya nada los salvaría.

La frase: «Judas ofreció este sacrificio por los muertos» obliga a pensar que algunos muertos no van ni al infierno ni al cielo. Entonces, ¿a dónde van? Es obvio deducir que irán a purgarse para ganarse esa «valiosa recompensa para los que mueren como creyentes».

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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Dios, siendo tan bueno, ¿cómo pudo crear el infierno?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 29, 2008

 No recibe el mismo castigo quien ataca a un ciudadano simple que quien lo hace a un policía o quien lo hace al presidente de la república. El primero pasará unas horas en la cárcel; el segundo, unos días; y el tercero, unas semanas o meses. Por lo tanto, no es el grado de la ofensa la que determina el castigo, sino la dignidad del ofendido. Y si alguien ofende a un Dios eterno, ¿cuánto tiempo deberá ser castigado?

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

El término “infierno” designa el lugar o, mejor, la situación de castigo que corresponde a los impíos. En este sentido es empleada con frecuencia en la Biblia:

«Y, al salir, verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí. El gusano que los devora no morirá, y el fuego que los quema no se apagará, y todos se sentirán horrorizados al verlos. (Is 66, 24)

«Ya tiene la pala en sus manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus bodegas, mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga.» (Mt 3, 12)

El mismo Jesús señala la existencia del infierno:

«Pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.» (Mc 9, 47-48)

«Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22)

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.» (Mt 5, 29-30)

«Dirá después a los que estén a la izquierda: “¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!”» (Mt 25, 41)

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

«El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles; éstos recogerán de su Reino todos los escándalos y también los que obraban el mal, y los arrojarán en el horno ardiente. Allí no habrá más que llanto y rechinar de dientes.» (Mt 13, 41-42)

«Así pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí será el llorar y el rechinar de dientes.» (Mt 13, 49-50)

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9)

«¿Cómo lograrán escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 33)

«Yo les voy a mostrar a quién deben temer: teman a Aquel que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder para echarlo al infierno. Créanme que es a ése a quien deben temer.» (Lc 12, 5)

«Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo.» (Lc 16, 23)

«Y ahora yo te digo: tú eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del infierno jamás la podrán vencer.» (Mt 16, 18)

«El patrón de ese servidor vendrá en el día que no lo espera y a la hora que menos piensa. Le quitará el puesto y lo mandará donde los hipócritas: allí será el llorar y el rechinar de dientes.» (Mt 24, 50-51)

Y Pablo reafirma lo que será el infierno:

«Serán condenados a la perdición eterna, lejos del rostro del Señor y de su Gloria irresistible.» (2Ts 1, 9)

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Sanación intergeneracional?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 18, 2008

¿Sanación intergeneracional?

 

  1. La herencia

Se cree que todos tenemos ataduras provenientes de nuestros antepasados. Se afirma, por ejemplo, que si alguien fuma en exceso o es alcohólico, esto se debe a que heredó esos hábitos malos de sus padres, abuelos o cualquier ascendiente; que si alguno de nuestros antepasados realizó rituales satánicos o brujería, esto nos producirá efectos secundarios adversos en nuestra alma; que las malas acciones de nuestros antepasados dejan secuelas en su descendencia; que la herencia nos condiciona…

La parte de la biología que trata de la herencia y de lo relacionado con ella es la genética. Esta ciencia ha avanzado mucho en los últimos tiempos y, con las nuevas investigaciones, se han podido descubrir en determinados individuos alguna tendencia a realizar ciertas conductas determinadas, lo que ha llevado a los investigadores a postular la teoría de que algunos factores genéticos pueden tratar de inducirnos o persuadirnos a actuar así.

Si bien esta teoría no está demostrada plenamente, debe advertirse que, de comprobarse, se trataría simplemente de una propensión, una tendencia a repetir esas conductas. No puede asumirse como verdad que, por herencia, el individuo adquiera esas costumbres; lo único que se afirma en las investigaciones es que existe la posibilidad, por la tendencia que existe. Un ejemplo ayuda mucho a entender esto:

Si un individuo tiene problemas depresivos que lo llevan a encerrarse en el alcoholismo, es posible que su hijo adquiera hereditariamente esa tendencia a la depresión; si, además, se dan las condiciones ambientales (poco cariño por parte de su padre, por ejemplo), es factible que repita la conducta paterna de esconder su problema acudiendo al licor.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la ciencia de la psicología ha demostrado hasta la saciedad que el entorno del individuo influye mucho en la conducta: lo que lo llevará al alcoholismo no es tanto la herencia sino el ejemplo de quienes con él conviven.

Por otra parte, es inadmisible pensar que el ser humano pueda estar condicionado a actuar mal o bien. De ser así, no se podría juzgar la bondad o la maldad de sus acciones; nadie sería culpable, nadie sería virtuoso; todos seríamos una especie de robots sin libertad.

Todos podemos dominar las malas inclinaciones que puedan provenir de factores hereditarios: una simple tendencia no obliga a nadie.

No existen las cadenas o ataduras intergeneracionales que producen los mismos daños de generación en generación; lo que parecen cadenas o ataduras son hábitos aprendidos o puras coincidencias que se pueden descubrir también en otras familias. Y si no existen tales cadenas ni ataduras, tampoco hay que tratar de romperlas.

Toda persona es libre; de otro modo no sería persona, pues la libertad es uno de los distintivos de la especie humana.

Por eso, toda oración de sanación puede beneficiar al individuo de algunos hábitos inadecuados que pudo adquirir por aprendizaje.

  1. La sanación «intergeneracional»

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian». (Dt 5, 9)

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron. Pero me muestro favorable hasta mil generaciones con los que me aman y observan mis mandamientos. (Ex 20, 5-6)

Él mantiene su benevolencia por mil generaciones y soporta la falta, la rebeldía y el pecado, pero nunca los deja sin castigo; pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos y nietos hasta la tercera y la cuarta generación». (Ex 34, 7)

Ante todas estas palabras divinas nace la pregunta: Y, ¿dónde está la bondad de Dios?

En otro pasaje se reafirma:

Tú mantienes tu bondad por mil generaciones, pero castigas la falta de los padres en sus hijos. (Jr 32, 18)

Pero después se añade:

¡Oh Dios grande y poderoso, que te llamas Dios de los Ejércitos, grande en tus proyectos y poderoso en tus realizaciones; Tú tienes los ojos fijos en la conducta de los humanos para pagar a cada uno según su conducta y según el fruto de sus obras! (Jr 32, 19)

¿Acaso Dios se contradice? No. Él es la misma verdad; no puede contradecirse:

Se acuerda para siempre de su alianza, de la palabra impuesta a mil generaciones, del pacto que con Abraham concluyó, y de su juramento a Isaac. (Sal 105, 8-9)

¿Cómo se pueden entender estos pasajes aparentemente contrarios? En la Biblia van apareciendo las respuestas:

«Reconoce, pues, que el Señor Dios, tu Dios, es “el” Dios. Es el Dios fiel, que guarda su Alianza y su misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamientos, pero castiga en su propia persona a quien lo odia, y lo sanciona sin demora». (Dt 7, 9-10)

Es verdad que no se encontraría en nuestros días tribu, familia, pueblo o ciudad de las nuestras que se postre ante dioses hechos por mano del hombre, como sucedió en otros tiempos, por lo cual, en castigo, nuestros padres fueron entregados a la espada y al saqueo, y murieron en forma desastrosa ante sus enemigos. En cambio, nosotros no reconocemos a otro Dios fuera de él, y en esto radica nuestra esperanza de que no nos mirará con indiferencia, ni a nosotros, ni a ninguno de nuestra raza. (Jdt 8, 18-20)

Y, en otros pasajes, se refiere claramente a la culpa individual:

Lo mismo pasa con el que va donde la mujer de su prójimo: el que la toca no quedará sin castigo. (Pr 6, 29)

Un severo castigo aguarda al que se sale del camino; si no quiere corregirse, morirá. (Pr 15, 10)

Escucha tú desde los cielos y obra; juzga a tus siervos y castiga al culpable, haciendo recaer su conducta sobre su cabeza y declarando inocente al justo, dándole según lo que merece. (2Cro 6, 23)

Recuerda, pues, ¿cuándo ha perecido un inocente, dónde se ha visto que los buenos desaparezcan? He observado a los que hacen el mal: los mismos que lo siembran lo cosechan. (Jb 4, 7-8)

Después de éste trajeron al sexto, quien dijo a punto de morir: «No te equivoques. En verdad, es por causa de nosotros mismos que sufrimos todo esto, porque pecamos contra nuestro propio Dios; por eso nos han pasado cosas asombrosas. (2Mc 7, 18)

Además, unas son nuestras culpas; otras, las de nuestros padres:

Y ahora, Señor, acuérdate de mí y mírame. Perdona mis pecados, así como el mal que hice por ignorancia. Perdona los pecados de mis padres que pecaron ante ti. (Tb 3, 3)

Quizá donde más luces hay es en el capítulo 18 de Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «¿Por qué al hablar de Israel repiten este proverbio: Los padres comieron uvas verdes y los hijos tienen dentera a los hijos les temblaron los dientes? Yo juro, dice el Señor, que ese proverbio no tendrá más valor en Israel. Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. […] Sea un hombre justo que practica el derecho y la justicia; […] sigue mis mandamientos, observa mis leyes y actúa en todo con fidelidad. Ese hombre es justo y vivirá, palabra del Señor. Pero ocurre que ese hombre tiene un hijo violento, que derrama sangre y comete esas faltas que su padre no cometió. […] ¿Después de eso, vivirá? Ciertamente que no. Si cometió todos esos crímenes, debe morir: él será responsable de su muerte. […] Pero ese hombre, a su vez, tiene un hijo; éste vio todos los pecados que cometía su padre, los vio pero no lo imitó. […] Observa mis leyes y sigue mis mandamientos. Ese no morirá por el pecado de su padre, sino que al contrario vivirá. Quien morirá por su pecado es el padre, el que multiplicó sus violencias, robó a su prójimo e hizo lo que es malo en medio de mi pueblo. […] Quien debe morir es el que peca; el hijo no carga con el pecado del padre, y el padre no cargará con el pecado del hijo. El mérito del justo le corresponderá sólo a él, y la maldad del malo, sólo a él. […] Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento, gente de Israel, dice el Señor.

Esto se corrobora en Dt 24, 16:

No serán ejecutados los padres por culpa de los hijos ni los hijos serán ejecutados por culpa de los padres. Cada cual será ejecutado por su propio pecado.

Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, el Señor, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Todo lo anterior quiere decir que la verdadera sanación intergeneracional es la Redención, dada a través de la muerte y resurrección de Jesucristo, que se lleva a cabo con dos requisitos: la Fe en Jesucristo y el Sacramento del Bautismo.

Una vez bautizados —ya perdonados y sin el pecado original—, cada uno puede cometer pecados personales, por los que será juzgado y castigado. El perdón de los pecados mortales personales, posteriores al Bautismo, requiere también de dos condiciones: un sincero arrepentimiento y el Sacramento de la Reconciliación, mientras que los pecados veniales no exigen el Sacramento.

  1. Interpretar la Biblia

Cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

  • Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.

  • Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.

  • Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.

  • Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.

  • Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

  • Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

  • El AT fue superado y sobrepasado por el NT.

  • El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

  • El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.

  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

  • En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)

  • Documentos eclesiales (de la Iglesia)

  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

  • Derecho canónico

  • Liturgia

  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Con el fin de recoger todos estos documentos de la Iglesia en uno solo, se editó el Enchiridion Symbolorum o Denzinger. Esta labor que se ha seguido realizando hasta ahora.

Pues bien: en ninguno de los documentos oficiales del Magisterio de la Iglesia Católica hay nada escrito acerca de la sanación intergeneracional ni acerca de las llamadas cadenas ni ataduras intergeneracionales. Lo cual significa que estos temas están fuera del depósito de la fe, de la Revelación Universal; es decir: no son cristianos.

Por otra parte, no se puede afirmar que estos temas de la sanación intergeneracional, cadenas ni ataduras intergeneracionales son nuevas revelaciones del Espíritu Santo, pues no debemos olvidar lo que afirma el Magisterio en el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él.» (nº 73).

  1. Castigo

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

A Dios no le importa si sufrimos o no en esta vida temporal: lo único que quiere es que nos salvemos.

  1. ¿Buscar la Sanación?

Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»  (Lc 11, 9-13)

¿Por qué el Señor dice que el Padre dará el Espíritu Santo, en vez de lo que le pedimos? Porque Él sabe que lo importante no son las cosas temporales: un pez, un huevo, la salud, la vida…; lo importante es la vida eterna.

Y para llegar a ella, es necesario que nuestros pecados sean perdonados:

Unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo, para ponerlo delante de él. Pero no encontrando por dónde meterlo, a causa de la multitud, subieron al terrado, lo bajaron con la camilla a través de las tejas y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados». (Lc 5, 18-20)

Así quiso enseñarnos que lo importante no es la sanación, sino la salvación: aunque nos curen mil veces y mil veces nos resuciten, de todas formas moriremos.

Quienes olvidan esto, no entienden la bendición que es el sufrimiento:

Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es su Iglesia. (Col 1, 24)

Y hasta podrían hacerse enemigos de la Cruz de Cristo, como lo dice el apóstol:

Porque muchos viven, según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3, 18).

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