Hacia la unión con Dios

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Hay 2 clases de católicos:

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2016

  • los que hablan, discuten y opinan (sobre el Papa, lo que dijo, lo que dicen los demás, etc.) y

  • los que trabajan por el Reino de Dios y su justicia: orando, reparando, procurando su propia santificación y evangelizando con el ejemplo.

¿A qué grupo perteneces?

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¡Familias católicas!

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2014

Dirigiéndose a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, el Santo Padre se puso categórico al hablar de los esposos, frente a los problemas y conflictos:

«Jamás hay que abandonar la oración, el recurso frecuente al sacramento de la reconciliación y la dirección espiritual, pensando en sustituirlos con otras técnicas de apoyo humano y psicológico».

A más de uno le habrá parecido extraño ese énfasis: la palabra «jamás», rara vez es usada por Su Santidad en ese sentido urgente.

Y ¿qué es lo que le urge tanto al Papa?

Que los esposos han abandonado la oración, ese encuentro personal con Dios que los capacita para ser buenos padres y parejas saludables, que les provee la paz necesaria para vivir en armonía, que les da la alegría de vivir en familia y que los impulsa a la generosidad para establecer hogares luminosos y alegres.

Ese Dios es el único que puede enseñar el amor verdadero, con el que la célula de la sociedad, la familia, propenderá por el cambio social que tanto anhelamos.

Pide el Papa que el Sacramento de la Reconciliación sea frecuente: al pedir perdón a Dios cultivaremos el perdón en nuestro hogar y no nos faltará nunca la gracia de Dios para formar familias santas y pujantes, de donde saldrán ciudadanos honestos y trabajadores.

E invita a la dirección espiritual: que alguien, con prudencia y experiencia, dirija nuestras almas por el camino que Dios desea para cada uno de nosotros.

Ninguna de estas tres ayudas maravillosas puede ser reemplazada por otras técnicas de apoyo humano y psicológico: Dios es la sabiduría infinita.

Y continúa diciendo Su Santidad que vivamos la vida familiar en la presencia de nuestro Padre amoroso:

«Jamás hay que relegar al olvido lo esencial, o sea, vivir en familia bajo la mirada tierna y misericordiosa de Dios».

Es todo un programa para engrandecer la vida familiar y, por ende, el globo terráqueo.

¿Aprenderemos?

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El cristiano y la verdad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2014

 

Cada ser humano debe buscar la verdad en conciencia.

En la profundidad de su conciencia, el hombre descubre una ley que no se dicta él a sí mismo. Es una voz que oye con claridad en los oídos del corazón y que lo invita suavemente a amar y a obrar el bien, y a evitar el mal: «haz esto», «evita lo otro».

Esta ley que lleva el hombre en su corazón fue puesta allí por Dios para que con ella pudiera buscar la verdad, la verdad poseída por Dios.

Esa verdad se halla por encima de la conciencia y es independiente de ella. La conciencia, por eso mismo, no es la verdad ni puede crear la verdad: son muchos los hombres que fabrican sus propios errores y los llaman verdades. La verdad auténtica siempre es algo más grande que la mente humana; por eso debe ser respetada y buscada con humildad.

Tampoco se elige la verdad como si fuera «una verdad entre otras posibles verdades». Una verdad, y una sola, se presenta como real y verdadera, y esta se acepta o se rechaza.

La dignidad del ser humano lo obliga a obedecer a la conciencia, ya que según ella será juzgado, como lo explica Pablo:

«Y así demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. Serán juzgados por su propia conciencia, y los acusará o los aprobará su propia razón el día en que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo. Es lo que dice mi Evangelio. (Rm 2, 15-16)

Esa conciencia nos exige que ordenemos toda nuestra vida según las exigencias de la verdad, aun a pesar de que sea difícil de vivir o que no nos guste; y nos pide también que no nos dejemos llevar por comodidades, gustos, conveniencias, afinidades, opiniones personales, caprichos y cosas por el estilo; sino que sigamos la verdad que la voz de la conciencia nos muestra.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia tanta mayor seguridad tendrán las personas para apartarse del subjetivismo y para someterse a las normas objetivas de la moralidad: ya no juzgaremos ni actuaremos de acuerdo con nuestro modo de pensar o de sentir, sino acordes con lo justo, lo equitativo y lo correcto, es decir, de acuerdo con la verdad.

Así obtendremos el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas y ganaremos el derecho a expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas; en esto consiste la libertad de religión.

 

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¿Somos semipelagianos o voluntaristas?*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2012

El pelagianismo. En el siglo IV, cuando la Iglesia se ve invadida por multitudes de neófitos, surge en Roma un monje de origen británico, Pelagio (354-427), riguroso y ascético, que ante la mediocridad espiritual imperante, predica un moralismo muy optimista sobre las posibilidades naturales éticas del hombre. Los planteamientos de Pelagio resultaban muy aceptables para el ingenuo optimismo greco-romano respecto a la naturaleza: «Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla» (Epist. I Pelagii ad Demetriadem 30,16). Somos libres, no necesitamos gracia.

San Agustín resume así la doctrina pelagiana: «Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice [Pelagio] que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil. La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones [de súplica] de la Iglesia [¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?]. Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original» (De hæresibus, lib. I, 47-48. 42,47-48).

Según ellos, no hay, pues, un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación. La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobre-natural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido.

La Iglesia afirma la verdad católica de la gracia muy pronto. Aunque las doctrinas de Pelagio fueron en principio aprobadas por varios obispos y Sínodos, debido a informaciones insuficientes y malentendidas, pronto la Iglesia rechaza el pelagianismo con gran fuerza en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas, sobre todo a través de las enseñanzas de los pelagianos Celestio y Julián de Eclana (Indiculus 431, Orange II 529, Trento 1547, Errores Pistoya 1794: Denz 238-249, 371, 1520ss, 2616). Gran fuerza tuvieron en la lucha contra el pelagianismo varios santos Padres, como San Jerónimo, el presbítero hispano Orosio, San Próspero de Aquitania y sobre todo San Agustín de Hipona. Se atrevieron a combatir los errores de su propio tiempo.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15,5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).


El semipelagianismo es un grave error que en el siglo V se produjo en algunos monasterios del sur de Francia, como Marsella –de aquí vino el llamarlo error massiliense– y Lérins, isla frente a Cannes. Fue formulado y difundido por hombres de muy santa vida, como los monjes Juan Casiano, abad de Marsella (+430), en su Colación XIII, San Vicente de Lérins (+445), autor del Commonitorium, y San Fausto, Obispo de Riez, antes abad de Lérins (400-490). Ellos, claramente alejados del pelagianismo –reconocían el pecado original, la necesidad de la gracia y de la oración de petición–, erraban, sin embargo, acerca de la primacía absoluta de la gracia. Queriendo reaccionar contra ciertas tesis de San Agustín, que a su entender eliminaban la libertad del hombre en su colaboración con la gracia, vinieron a afirmar que ciertos esfuerzos de la voluntad humana preceden a la gracia y que el principio mismo de la fe (initium fidei) depende del hombre. Eran hombres santos, que erraron en un tiempo en que la Iglesia no había definido suficientemente la doctrina católica sobre la gracia.

San Fausto de Riez es el exponente máximo del semipelagianismo (De gratia Dei: PL 58,783-836). Según él, Dios ofrece igualmente a todos los hombres su gracia salvadora, y aquellos que generosamente la reciben, son los que se salvan. No son éstos, por tanto, propiamente elegidos de Dios (Rm 8,29), sino que más bien son ellos quienes se eligen a sí mismos, mereciendo así la salvación. La predestinación no es, por tanto, sino la previsión divina de aquellos que libremente van a recibir la gracia. Y es la voluntad humana la que hace eficaz la gracia, y la que decide el grado de santidad final según el grado mayor o menor de su generoso esfuerzo personal: «Regnorum cælorum vim patitur» (es el esfuerzo el que gana el Reino celestial, Lc 16,16). A fines del s. V, apenas entre los Obispos del sudeste de las Galias se alzaban voces contra la doctrina semipelagiana de católicos tan fidedignos como Casiano, Vicente y Fausto. El De gratia de Fausto era considerado por el escritor Genadio de Marsella (+500), docto sacerdote, como un «opus egregium».

Rechazo católico inmediato. También eran santos –y probablemente más santos, digo yo– quienes refutaron inmediatamente el semipelagianismo, como San Agustín (+430), San Hilario (401-449), obispo de Arlés, el monje San Próspero de Aquitania (+450), gran defensor del agustinismo, y San Fulgencio (+533), obispo de Ruspe, en el norte de África.

También el Magisterio pontificio, estimulado por esos autores, produjo a lo largo del siglo V varias declaraciones contrarias al semipelagianismo, reunidas en un documento, el Indiculus, que fue reconocido por Roma hacia el 500 (Denz. 238-249). Pero la más perfecta enseñanza de la Iglesia contra el semipelagianismo, en la misma doctrina del Indiculus, se produjo en el Sínodo II de Orange (529), pequeña ciudad al sudeste de Francia (Denz. 238-249). Fue presidido por San Cesáreo, obispo de Arlés (+543), y confirmado por el Papa Bonifacio II (Denz. 370-397).

Es significativo que tanto Hilario, como Próspero y Cesáreo, los tres habían sido monjes de Lérins, y conocían bien la doctrina del «semipelagianismo». Este término, por cierto, nació mucho después, cuando los que contradecían las tesis del P. Luis de Molina, S. J. (1535-1600), expuestas en su libro la Concordia (1588), lo acusaban de profesar las sententiæ semipelagianorum, es decir, de revivir los errores massilienses, ya condenados por la Iglesia.

Cánones principales del Sínodo II de Orange. El sufrido lector me va a permitir –a la fuerza– que transcriba buena parte de los cánones de este maravilloso Sínodo provincial (Arausicano). Su doctrina fue especialmente tenida en cuenta en los debates del Concilio de Trento. Han de ser leídos estos cánones con gran atención porque 1.–como es normal en los antiguos sínodos y concilios, su formulación es sumamente densa, precisa y concisa; y 2.–porque afirman unas verdades grandiosas, muy olvidadas actualmente hasta por los católicos más fieles. Si hoy la mayoría de los católicos no practicantes son apóstatas o pelagianos, una buena parte de los practicantes se ven más o menos afectados de semipelagianismo. Hemos de comprobarlo más adelante. Atención, pues:

Can. 1 y 2: El pecado original existe, y no en el sentido de Pelagio, sino en el de la Iglesia.

Can. 3: «Si alguno dice que la gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia hace que sea invocado [Dios] por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol: “he sido encontrado por los que no me buscaban. Manifiestamente aparecí a quien por mí no preguntaba” (Rm 10,20; cf. Is 65,1)».

Can. 4: «Si alguno porfía que Dios espera nuestra voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo, que por Salomón dice: “es preparada la voluntad por el Señor” (Prov. 8,35: en LXX), y al Apóstol que saludablemente predica: “Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar, según su beneplácito” (Flp 2,13)».

Can. 5: «Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe… se muestra enemigo de los dogmas apostólicos… “Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús” (Flp 1,6)… “A vosotros se os ha concedido por Cristo no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis” (1,29), y: “de gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios” (Ef 2,8)»…

Can. 6: «Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas, y no consiente que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: “¿qué tienes tú que no lo hayas recibido?” (1Cor 4,7), y: “por la gracia de Dios soy lo que soy” (1Cor 15,10)».

Can. 7: Es engañado por la herejía quien «afirma que por la fuerza de la naturaleza se puede pensar como conviene, o elegir algún bien que toca a la salud de la vida eterna, o consentir a la saludable y evangélica predicación… “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), y: “no que seamos capaces de pensar nada por nosotros como de nosotros, sino que nuestra suficiencia viene de Dios” (2Cor 3,5)».

Can. 8: Yerra el que «porfía que pueden venir a la gracia del bautismo unos por misericordia, otros en cambio por libre albedrío… El Señor mismo lo prueba, al atestiguar que no algunos, sino “ninguno puede venir a Él sino aquel a quien el Padre atrajere” (Jn 6,44); así como al bienaventurado Pedro le dice: “bienaventurado eres, Simón, hijo de Joná, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17); y el Apóstol: “nadie puede decir Señor a Jesús, sino en el Espíritu Santo” (1Cor 12,3)».

Can. 9: «Sobre la ayuda de Dios. Don divino es el que pensemos rectamente y que contengamos nuestros pies de la falsedad y la injusticia; porque cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros».

Can. 12: «Cuáles nos ama Dios. Tales nos ama Dios cuales hemos de ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento nuestro».

Can. 13: «De la reparación del libre albedrío. El albedrío de la voluntad, debilitado en el primer hombre, no puede repararse sino por la gracia del bautismo. Lo perdido no puede ser devuelto, sino por el que pudo darlo. De ahí que la Verdad misma diga: “si el Hijo os liberare, entonces seréis verdaderamente libres” (Jn 8,36)».

Can. 18: «Que por ningún merecimiento se previene a la gracia. Se debe recompensa a las obras buenas, si se hacen; pero la gracia, que no se debe, precede para que se hagan».

Can. 20: «Que el hombre no puede nada bueno sin Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, en cambio, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre».

Can. 22: «De lo que es propio de los hombres. Nadie tiene de suyo sino mentira y pecado. Y si alguno tiene alguna verdad y justicia, viene de aquella fuente» divina.

Can. 23: «De la voluntad de Dios y del hombre. Los hombres hacen su voluntad y no la de Dios, cuando hacen lo que a Dios desagrada; mas cuando hacen lo que quieren para servir a la divina voluntad, aun cuando voluntariamente hagan lo que hacen, la voluntad, sin embargo, es de Aquel por quien se prepara y se manda lo que quieren».

Can. 24: «De los sarmientos de la vid. De tal modo están los sarmientos en la vid que a la vid nada le dan, sino que de ella reciben de qué vivir»…

Concluye el Sínodo con una profesión solemne de la fe católica, redactada por San Cesáreo de Arlés, en la que reafirma la doctrina conciliar, añadiéndole más argumentos y citas bíblicas. «También profesamos y creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que Él nos inspira primero –sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte– la fe y el amor a Él».

Bonifacio II confirma el Sínodo II de Orange (531: Denz. 398-400): «Vosotros definís que la recta fe en Cristo y el comienzo de toda buena voluntad, conforme a la verdad católica, es inspirado en el alma de cada uno por la gracia de Dios preveniente». Por tanto, «no hay absolutamente bien alguno según Dios que pueda nadie querer, empezar o acabar sin la gracia de Dios».

La primacía y la gratuidad total de la gracia de Dios es lo que está en juego en estas gravísimas cuestiones. Es muy significativo que la Iglesia dedicó sus primeros Sínodos y Concilios a definir ante todo las realidades más importantes de la fe católica: la Encarnación del Verbo, la santísima Trinidad, la gracia divina… El semipelagianismo –posterior al pelagianismo, ya condenado por la Iglesia–, estimando que la gracia de Dios se ofrece igualmente a todos, y que es la libertad humana personal la que, con su mayor o menor empeño, decide las buenas obras, prácticamente pone la iniciativa de la vida espiritual en el hombre. En consecuencia, la mayor o menor santificación de la persona es principalmente cuestión de su «generosidad» en la colaboración con la gracia. Y consiguientemente… etc. Ya lo iremos viendo.

Hace unos años, en un cursillo que di sobre la gracia divina a una veintena de católicos especialmente cualificados, les puse al inicio –confieso que con una cierta perfidia– un cuestionario previo, con una docena de frases (verdadera / falsa) tomadas textualmente de Concilios, de San Fausto de Riez, de Santo Tomás de Aquino, etc. Creo recordar que había entre ellos tres católicos, tres pelagianos y catorce semipelagianos.

La doctrina de la Biblia y del Magisterio apostólico es muy clara: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Es Dios el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, c. 9)… Cuando se leen estas frases tan claras, parece que la realidad que afirman –otra cosa será la explicación teológica que de ella se dé– es evidente: la gracia mueve la libertad del hombre para que pueda hacer el bien, un bien que no podría hacer ella sola sin la ayuda sobrenatural de Dios.

Sin embargo, son muchos los cristianos que ignoran esta verdad tan absolutamente fundamental, y que incluso se extrañan y eventualmente se escandalizan cuando se afirma de modo explícito. Más adelante, con el favor de Dios, he de exponer con cierta amplitud la doctrina católica. Pero contrapongo ahora, en forma muy abreviada, la fe católica en la primacía y eficacia de la gracia, y el modo semipelagiano de entender estas cuestiones.

Doctrina católica. La libertad humana es causa «subordinada», que se mueve movida por la gracia de Dios, la causa principal, en la producción de la obra buena. Por tanto, la libertad es causa real de la obra buena, pero no causa autónoma, que pueda producir su objeto propio, el bien, por sí misma; sino causa creatural, segunda, subordinada, que necesita la moción de la gracia divina. Puede la libertad humana, si Dios lo permite, resistir la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él. La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la co-operación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

El papa Paulo V mandó que cesaran las disputas entre Dominicos y Jesuitas sobre la explicación teológica de este misterio (1607). Y comunicó en 1611 al embajador español que, si la Santa Sede había sobreseído el pronunciamiento sobre esta disputa, se debía, entre otras causas, a que las dos partes estaban de acuerdo «en la sustancia de la verdad católica, esto es, que Dios con la eficacia de su gracia nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer, y dobla y cambia las voluntades de los hombres» para afirmarlas en las obras buenas salvíficas (Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

Doctrina semipelagiana. La libertad humana es causa «co-ordinada» con la gracia divina. Los semipelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) concurre con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace extrínsecamente eficaz en la producción del bien. Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, aunque adversario de ciertas tesis tomistas de los dominicos, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

«Algunos [semipelagianos] opinan que la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana, de modo que por su resultado se llama eficaz la gracia… y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín [y de Santo Tomás], y en cuanto a lo que yo entiendo, incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras» (De gratia et libero arbitrio I, cp. XII; cf. F. Canals, Gracia y salvación, Anales de la Fund. Fco. Elías de Tejada, 2, 1996, 13-30).

El voluntarismo pone, pues, la iniciativa de la vida espiritual en el hombre, quedando la gracia en la condición de ayuda, de ayuda necesaria, sin duda –«sin mí no podéis hacer nada»–, pero de ayuda. Aunque los cristianos que se ven afectados por esa actitud sean con frecuencia doctrinalmente ortodoxos –no son pelagianos, ni tampoco son semipelagianos conscientes–, en su espiritualidad práctica no alcanzan a vivir del todo, es imposible, la primacía absoluta de la gracia divina, la total gratuidad de la gracia, ni tampoco son conscientes de su intrínseca eficacia. No pueden llegar a la perfecta humildad, y por tanto a la plena santidad. Ellos estiman que ir más o menos adelante en el camino de la santidad «es cuestión de voluntad»; «querer es poder», etc. A veces, más que un error doctrinal, estos desastrosos planteamientos son en ellos una desviación espiritual, debida a tres causas principales:

1.– Una mala instrucción en la fe católica. Sólo un ejemplo. El padre Severino González, S. J., a mediados del siglo pasado, en una de las colecciones de teología dogmática más difundidas, rechaza juntamente las doctrinas agustinianas, tomistas y escotistas en estas cuestiones, y mantiene que «ningún sistema que afirme la gracia intrínsecamente eficaz puede explicar su concordia con la libertad» (Sacræ Theologiæ Summa, BAC, Madrid 1953, III, tract. III, tesis 33, nn. 313 y 324). Los muchachos de esos años no leíamos esas obras académicas, pero sí leíamos no pocos libros (por ejemplo, El joven de carácter, del húngaro Tihamer Toth, 1889-1931) que, si no recuerdo mal, por ahí andaban. Querer es poder. Es cuestión de generosidad… Aquellos libros nos hicieron mucho bien, pero también ocasionaron graves daños espirituales, cuya profunda huella negativa ha permanecido siempre en algunos, por falta de verdad católica. Padre, «santifícalos en la verdad» (Jn 17,17).

2.– Un antropocentrismo cultural ampliamente predominante, no solo en el mundo, sino también en las zonas mundanizadas de la Iglesia. El teocentrismo humilde que caracterizó tan profundamente la cristiandad antigua y medieval fue debilitándose mucho, como bien sabemos, a partir sobre todo del Renacimiento. Desde entonces, el antropocentrismo voluntarista, inevitablemente soberbio –aunque no se trate a veces de una soberbia personal, sino de especie humana– ha producido frecuentemente en los últimos siglos un cristianismo falsificado, en el que se ignora en gran medida la primacía de la gracia. Son muchos los católicos que son pelagianos –entre los no practicantes la mayoría–, y piensan que ir a la santidad está en la fuerza natural del hombre. Por eso, como no son tontos, no lo intentan, y dejan la vida cristiana. Y otros son semipelagianos –bastante numerosos entre los practicantes–, pues piensan que el bien que han de hacer procede en parte de Dios, y en parte, la más decisiva, por supuesto, de su propia voluntad libre.

3.– Un bajo nivel espiritual de sacerdotes y laicos. Entre los cristianos todavía carnales (1Cor 3,1-3), también entre aquellos que tienden con fuerza a la perfección, el voluntarismo suele ser el error más frecuente, pues si la pereza a veces, muchas veces, les daña, todavía hace en ellos peores estragos la soberbia, que unas veces es perezosa y otras activa, pero que siempre tiende a poner en el hombre la iniciativa, quitándosela a Dios, aunque sea inconscientemente.

En cambio los santos –ya lo comprobaremos– todos profesan la doctrina católica de la gracia, porque todos son perfectamente humildes. Y como dice Santa Teresa, «la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira» (6 Moradas 10,8). Es cierto que algunos santos, en sus comienzos, cuando todavía eran carnales, andaban no poco engañados, y fueron voluntaristas por carácter personal o por una formación incorrecta; pero cuando por la gracia de Dios llegaron a una condición espiritual, todos ellos descubrieron la primacía absoluta de la gracia, pues de otra manera no hubieran llegado a la santidad. La plena santidad se da en la perfecta humildad y verdad.

Un San Ignacio, por ejemplo, cuando se convierte en Loyola leyendo Vidas de santos, se decía a sí mismo: «Santo Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto; pues yo lo tengo de hacer» (Autobiografía 7). Por narices. Pero en cuanto va entrando en Dios y en la vida espiritual, muy pronto alcanza por don del Señor un supremo conocimiento de la gracia. Y en sus Ejercicios dispone: «pedir a Dios Nuestro Señor quiera mover mi voluntad y poner en mi ánima lo que yo debo hacer»… (17). «Aquí será pedir gracia para elegir lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea» (152). Por ahí vamos mejor. Sus maravillosas reglas de discernimiento muestran claramente que en la vida espiritual la pretensión fundamental ha de ser dejar hacer a Dios, haciendo lo que Él quiera hacer en nosotros, incondicionalmente.

La operatividad caracteriza al voluntarismo semipelagiano. Es cierto que a veces el semipelagianismo, al cifrar tanto la obra de la santificación en el esfuerzo de la voluntad libre del hombre, lleva al voluntarista a abandonar la vida cristiana. Sabiendo bien por experiencia aquello de San Pablo: «no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. Es el pecado que mora en mí» (cf. Rm 7, 15-19), concluye: «si así es el camino de la perfección, yo no tengo nada que hacer. Mejor será abandonar el intento». Y confiándose sin más a la misericordia de Dios –en el mejor de los casos–, pasa del semipelagianismo al luteranismo protestante.

Pero el voluntarismo semipelagiano lleva normalmente a los cristianos fieles y practicantes a una operatividad malsana. Ya sabemos, sí, que «la fe, si no tiene obras, está muerta» (Sant 2,17). Y no olvidamos las exhortaciones de Santa Teresa: «que no, hermanas, no: obras quiere el Señor» (5 Moradas 3,11); «vosotras diciendo y haciendo, palabras y obras» (Camino Perf. 55,2). Pero en una vida espiritual católica –sinergia de gracia y libertad–, que da siempre la iniciativa a Dios y a su gracia, el florecimiento en la santidad va siempre de la persona a las obras, del interior al exterior, con paz y suavidad, aunque a veces con gran cruz. Bajo el impulso del Espíritu Santo, en gran medida imprevisible, la oración y el ejercicio de las virtudes, el cultivo de la persona, de sus modos de pensar, de querer y de sentir, la cruz de cada día, va haciéndole florecer en buenas obras, al ritmo que marca Dios, no al señalado por la propia persona o por su director espiritual o su grupo: «es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,7). Hay cactus que, bien regados y cuidados, siguen espinudos y feos tiempo y tiempo, hasta que, de pronto, dan lugar a una flor maravillosa.

En el voluntarismo, por el contrario, se produce una cierta subordinación de la persona a las obras concretas. Se tira de la planta para que crezca más rápidamente, con el peligro de quedarse con ella en la mano. El crecimiento espiritual se pretende sobre todo por la prescripción –personal o ajena– de un conjunto de obras buenas, bien concretas, cuya realización se estimula y se controla con frecuencia.

Si las obras no se cumplen, vendrán juicios temerarios («soy un flojo; yo no valgo para esto»; «es un flojo; no vale, dejémoslo»; «puede, pero le faltó generosidad»). Y si se cumplen, vendrán juicios igualmente temerarios («soy un tipo formidable»; «es un tipo formidable»). Más aún. La operatividad voluntarista lleva a la prisa, que se hace crónica, y al activismo, al mismo tiempo que pone límites muy tasaditos a los tiempos de oración (personas tensas, comunidades siempre super-ocupadas). Lleva inevitablemente a la obra mal hecha, aunque la apariencia exterior de la misma sea buena. Cuantifica la vida espiritual (dos horas de oración santifican el doble que una; evidente). Da ocasión para los escrúpulos con gran frecuencia. Fija objetivos («este año tiene Ud. –o su comunidad– que conseguir al menos dos vocaciones para el Instituto, y una docena de vinculaciones de laicos»). Controla los resultados pretendidos, con mal desánimo o con peor satisfacción, según se hayan conseguido las metas. Lleva a un normativismo y a un legalismo detallista, y no advierte que leyes y normas señalan siempre obras mínimas, que no pocos voluntaristas tomarán como máximas, contentándose con su cumplimiento: todo lo que pase de ahí es para ellos exageraciones. Mediocridad congénita. «El viento [del Espíritu Santo] sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo nacido del Espíritu» (Jn 3,8).

El voluntarismo es tremendamente insano, tanto espiritual como psicológicamente. No capta la vida cristiana como un don constante de Dios, «gracia sobre gracia» (Jn 1,16), sino como un incesante esfuerzo laborioso del hombre. Sus errores y los daños que produce en personas y en grupos son tantos que resultan indescriptibles.

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/0912190950-indice-de-reforma-o-apostasia-51

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‘No me puse la ceniza’

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 22, 2012

Él es un católico ejemplar: ha estudiado bien la doctrina de la Iglesia, ha vivido en gracia de Dios, frecuenta los Sacramentos, hace oración mental todos los días… Y, además, es un buen consejero y predicador de la Palabra de Dios.

Pero este miércoles de Ceniza sorprendió a todos sus familiares, amigos y conocidos: no se impuso la ceniza.

Cuando le preguntaron por qué no lo había hecho, contestó:

No fui capaz: eso es una gran responsabilidad. Ponerme la ceniza significaría reconocerme ante el mundo entero como pecador; hasta aquí la cosa parece fácil. Pero, además, ponerme la ceniza significaría proclamar a todos los que me ven que estoy comprometido —durante cuarenta días— a vivir sinceramente arrepentido por mis pecados y a expiarlos, haciendo penitencias, viviendo en austeridad, ayunando y haciendo abstinencia, oración, actos de caridad, limosnas…

Por eso no me la puse. No quiero convertir la ceniza en un acto superficial, en una caricatura de lo que verdaderamente expresa.

Y para completar, ponerme la ceniza me obligaría a renovar mi vida, a una conversión auténtica, a luchar contra el mal que reside en mí, a erradicar el pecado, a llenarme de virtudes cristianas, especialmente el amor: al final de la Cuaresma, tendría que amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a mí mismo; y esto es muy difícil.

Le pediré al Señor que algún día me dé la gracia de estar verdaderamente dispuesto para ponerme la ceniza.

¿En qué se equivocó este hombre? En olvidarse de la infinita misericordia de Dios: Dios hará por él lo que él no puede hacer: su conversión.

¿En qué acertó? En valorar y respetar el signo de la Ceniza tal y como lo hace la Iglesia.

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Ciclo A, XXVII del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 10, 2011

La misión de cada católico

Dios, el creador y dueño del Universo, tenía unos planes para todos nosotros, ya que habíamos quedado heridos por el pecado original y, por eso, tendemos al mal: decidió que en sus planes debíamos participar todos, para poder ayudarnos.

Así, cada uno tiene una misión específica que cumplir: ser buenos seres humanos y buenos cristianos, desarrollando al máximo nuestras capacidades. Cada uno, haciendo lo que le corresponde, pondrá su «granito de arena» en el proyecto salvador de Dios, y así toda la humanidad se verá beneficiada.

Pero, ¿hemos cumplido nuestra misión? Dios se queja en la primera lectura, y parece que esa queja es para nuestros días: esperaba rectitud y va creciendo el mal; esperaba justicia y sólo se oye el grito de los oprimidos…

Él plantó una viña: la Iglesia, compuesta por todos los bautizados. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló al Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que todos los fieles cristianos trabajemos en esa viña y demos muchos frutos buenos.

Pero, a veces, nosotros no hacemos caso a lo que ellos —la jerarquía— nos piden; criticamos a la Iglesia; aceptamos mezclar nuestra Fe con la Nueva Era y otros modos de pensar; no cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios ni los de su Iglesia, sino que nos inventamos nuestras propias leyes; rechazamos la Confesión y los demás Sacramentos; hablamos mal de los sacerdotes y poco es lo que oramos por ellos; vivimos la vida lejos de Dios…

¿Qué tal que Dios hiciera lo que le sugirieron a Jesús los sacerdotes de su época: hacernos morir sin compasión, por ser gente tan mala?

¿No sería mejor que pongamos en práctica lo que nos recomienda san Pablo?: Presentemos nuestras peticiones a Dios y juntemos la acción de gracias a la súplica. Y, sobre todo, vivamos lo que es verdadero, noble, justo, limpio, todo lo que es fraternal y hermoso, todos los laudables valores morales.

Esta es la misión de todo cristiano.

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Ciclo A, IV domingo del Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 7, 2011

La paradoja cristiana

 

Hoy, los medios de comunicación nos dicen qué creer, por cuáles cosas luchar, cómo debemos portarnos para hallar la felicidad… Esto ha formado una gran cantidad de esclavos. Esclavos del placer, del tener, del poder, de la fama… Y la experiencia nos ha mostrado que ninguno de esos caminos hace feliz a nadie.

En cambio, bastaría ver a un buen católico para descubrir la esencia de la felicidad verdadera. Un buen católico es el que vive las palabras de Jesús:

Feliz el que tiene el espíritu del pobre, porque de él es el Reino de los Cielos. Espíritu de pobre es no confiar en el dinero, ni en sus habilidades, ni en sus influencias… Es confiar sólo en Dios. ¿Quién podrá contra él?

Feliz el que llora, porque recibirá un consuelo infinito: el Amor de Dios.

Feliz el paciente, porque recibirá la tierra en herencia.

Feliz el que tiene hambre y sed de justicia, porque será saciado.

Feliz el compasivo, porque obtendrá misericordia.

Feliz el de corazón limpio, porque verá a Dios.

Feliz el que trabaja por la paz, porque será reconocido como hijo de Dios. ¡Hijo, no esclavo!; posee toda la dignidad de un hijo de Dios.

Feliz el que es perseguido por causa del bien, porque de él es el Reino de los Cielos.

Felices nosotros, cuando por nuestro amor a Dios y a los hombres nos insulten, nos persigan y nos levanten toda clase de calumnias. Alegrémonos y estemos contentos, porque será grande la recompensa que recibiremos en el Cielo, porque bien sabemos que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de nosotros y fueron felices.

Es que lo que importa no es esta vida pasajera; lo que es verdaderamente primordial es ser felices eternamente: no por unos cuantos días, meses o años, como nos lo ofrecen los medios de comunicación y las costumbres de hoy.

¡Fuimos hechos para la eternidad!

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Ciclo C, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 27, 2010

¿Cristianos explotadores?

 

Parece que Amós viviera en nuestros días; o, más bien, que los seres humanos no hemos avanzado nada, en cuanto se refiere al manejo del dinero: «A ustedes me dirijo, explotadores del pobre, que quisieran hacer desaparecer a los humildes… Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan sólo por dinero.» Pero también grita que Dios jura, por su Tierra Santa, que jamás ha de olvidar lo que hacen.

Los empresarios de hoy deben preguntarse si están pagando salarios justos, si sus empleados están siendo explotados, si lo que reciben ellos corresponde a lo que trabajan. El día del juicio no habrá disculpas válidas: es a otros hijos de Dios a quienes se los explota, es decir, ¡a sus propios hermanos!

¿Cómo será la justicia divina para ellos? Jesús lo explica en el Evangelio: El que ha actuado correctamente en cosas de menor importancia, será digno de premio en la más importante: ganarse el Cielo. Y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas (pagar y cobrar lo justo), tampoco será honrado en el Cielo.

Y —sigue diciendo Jesús— es que nadie puede servir a dos patrones, a Dios y a sus intereses económicos; que es lo mismo que decir: a sus hermanos y a sus propios intereses; porque necesariamente escogerá a uno y rechazará al otro. El que dijo esto es el mismo que nos creó y nos conoce más que nosotros mismos: ¡No podemos servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero!

Por eso mismo, san Pablo recomienda ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas por todos, especialmente por los jefes de estado y todos los gobernantes, para que les vaya bien en el juicio y nosotros podamos llevar una vida tranquila y en paz, con toda piedad y dignidad; pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de estas verdades.

Y ojalá en todo lugar los hombres oren limpios de todo enojo por sus jefes, especialmente si son explotadores, para que el Señor les cambie el corazón, no tanto para que paguen un salario justo, sino —sobre todo— para que se salven.

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El Sagrado Corazón de Jesús*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

 

El Protestantismo en el siglo XVI, y el Jansenismo en el XVII, habían puesto todos los medios posibles para desfigurar uno de los dogmas esenciales del cristianismo, cual es el amor de Dios a todos los hombres.

Era pues menester que el Espíritu de Amor, que rige siempre a la Iglesia, encon­trase un medio nuevo para oponerse a la herejía avasa­lladora, a fin de que la Esposa de Cristo, lejos de ver disminuir su amor a Jesús, lo sintiese acrecentado cada día más y más.

En el culto católico, en esa norma tan segura de nuestra creencia, fue donde se veri­ficó tal manifestación, al instituirse la solemnidad del Corazón sacratísimo de Jesús.

Un autor anónimo del siglo XII, tenido por san Bernardo, nos habla en el Oficio de este día de la majestad de este Santo de los Santos, de esta Arca del Testamento del Cora­zón de Jesús, tierno amigo de las almas[1].

Las dos vírgenes benedic­tinas santa Gertrudis y santa Matilde (siglo XIII), tuvieron una visión muy clara de toda la magnitud de la devoción al Sagrado Corazón. San Juan evangelista, apareciéndose a la primera, le anunció que «la revelación de los dulcísimos latidos del Corazón de Jesús, que él mismo había oído al recostarse sobre su pecho, estaba reservada para los últimos tiempos, cuando el mundo, envejecido y enfriado en el divino amor, ten­dría que calentarse con la revelación de estos misterios»[2]. Este Corazón, dicen las dos santas, es un altar sobre el que Cristo se ofrece al Padre como Hostia perfecta y en todo agradable. Es un incensario de oro, del que se elevan hasta el Padre tantas columnas de incienso, cuantos son los hombres por los cuales Cristo padeció. En este Corazón se ennoblecen y se tornan gra­tas al Padre las alabanzas y acciones de gracias que a Dios damos y todas cuantas buenas obras hacemos.

Mas para hacer que este culto fuese público y oficial, la Provi­dencia suscitó primeramente a san Juan Eudes, el cual compuso ya en 1670 un Oficio y Misa del Sagrado Corazón.

Después escogió Dios a santa Margarita María Alacoque, a la que Jesús mostró su Corazón, en Paray-le-Monial, el 16 de Junio de 1675, domingo del Corpus, mandándole que se estableciese una fiesta del Sagrado Corazón el viernes que sigue a la Octava del Santísimo Sacramento. Del beato Claudio de la Colombiére, jesuita y confesor de la vidente salesa, heredó la Compañía de Jesús el celo para extenderla más y más. Dignóse luego Jesús aparecerse a la sierva de Dios, sor Josefa Menéndez (en Poitiers, Francia) y al venerable padre Hoyos (en España).

La solemnidad del Sagrado Corazón resume todas las fases de la vida de Jesús, que la liturgia había recorrido desde Adviento hasta el Corpus, y constituye como un tríptico admirable con todos los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de la existencia del Salvador, gastada toda ella en amar a su Padre y a los hombres. De ahí que esta solemnidad se halle colocada en un punto culminante, desde donde se puede abarcar de una sola mirada el pasado trabajoso de los actos redentores de Cristo, y el glorioso porvenir de las victorias que obtendrá mediante la acción del Espíritu Santo en las almas hasta la consumación de los siglos.

Viene esta solemnidad después de otras de Cristo, y así las completa condensándolas todas en un objeto único material, que es el Cora­zón de carne de un Dios, y otro formal, o sea, la inmensa caridad de Cristo simbolizada en ese Corazón. Esta festividad no se rela­ciona con ningún misterio en particular de la vida del Salvador, sino que los abarca todos; y, por ende, la devoción al Sagrado Corazón se extiende a todos los beneficios que durante todo el año nos ha prodigado la caridad divina. Ésta es la fiesta del amor de Dios a los hombres. Lejos de compartir la Iglesia la esterilizadora frialdad jansenista, que concibe a Dios como un genio dañino y temible, nos invita a considerarlo ante todo como a bondadoso Padre, diciéndonos que sintamos del Señor en bondad, que lo llame­mos Padre a boca llena y a Jesús Hermano nuestro mayor, que ha tenido a bien compartir con nosotros la herencia eterna.

Cualquiera que sea la función que el corazón desempeñe en el organismo humano, cierto es que se ha tomado por sabios e ignorantes como centro de las emociones que producen en esa víscera su correspondiente sacudida, considerándolo, por lo mismo, como asiento del amor. Y no hay en este culto tan extendido, tan fecundo en frutos espirituales, pugna alguna con ninguno de los principios dogmáticos, ni es una condescendencia con el senti­mentalismo moderno, ni una devoción de niños y mujerzuelas. Jesús quiere y pide que se honre a su sacratísimo Corazón, porque con ello se honra también a toda su persona divino-humana, toda vez que el culto va directa o indirectamente a la persona. Ya el Papa Pío XI elevó el rito de esta hermosa fiesta, dándole Misa y Oficio nuevo con octava.

Las manifestaciones del amor de Cristo, haciendo resaltar más la ingratitud de los hombres, que no corresponden sino con frialdad e indiferencia, son causa de que esta solemnidad ofrezca también un aspecto de reparación.

Vayamos a la escuela del Corazón de Jesús, cuyo amor dulce y humilde a nadie rechaza, y en Él encontraremos descanso para nuestras almas.

Dos pensamientos dominantes hay en esta solemnidad: el amor que Jesús nos tiene y la reparación que se le debe por el desamor y las ofensas de los hombres.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] Lecciones del 2º noct. Los editores de las obras de san Buenaventura reivindican este texto par su ilustre doctor.

[2] Heraldo del divino Amor. Libro IV, c. 4.

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El fervor en la oración

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2010

Muchos católicos y, en general, los cristianos piensan que el escaso fervor en la oración es un error o una falla de la persona. Y sufren por esa situación. Lo mismo creen de las demás dificultades que se presentan en la oración, como la imaginación —que santa Teresa de Jesús llamaba “la loca de la casa”—, la falta de concentración, etc. Y hasta llegan a creer que le han fallado a Dios y que se deben confesar.

No saben que nada de eso es pecado, que ni siquiera es una falta de amor. Por el contrario, deben saber que si perseveran tratando de hacer oración, le darán muchísima gloria a Dios.

Y es que el Señor permite que nos ocurran estas cosas precisamente porque nos quiere hacer avanzar en el camino del amor auténtico: si perseveramos en la oración a pesar de las dificultades, le demostramos que lo amamos, que no hacemos oración para sentirnos bien sino para hacerlo sentir bien. En cambio, si dejamos de hacer oración cuando surgen obstáculos de cualquier género le probamos que orábamos por interés; y, como ya sabemos, el amor auténtico es desinteresado: solo busca el bien del amado.

Dios no evalúa los sentimientos o las sensaciones, sino la voluntad de cada persona: lo que hace, no lo que siente. Por eso, nunca los sentimientos son motivo de confesión; lo son las acciones, las omisiones, las palabras y hasta los pensamientos; pero los sentimientos no son objeto de juzgamientos morales, porque no los podemos dominar.

A propósito: la confesión tiene como objetivo perdonar —borrar— lo que ofende a Dios, no salir del desaliento que nos causan nuestros sentimientos.

Además, cuando alguien se esfuerza, hace méritos ante Dios. Si no tuviera que hacer ningún esfuerzo, porque por ejemplo tiene fervor, poco mérito haría.

Así es el amor: si a pesar de que a veces nos sentimos sin ánimo, no dejamos de ejercer la caridad, estaremos dándole mucha gloria a Dios y lo estaremos ayudando a salvar muchas almas porque, a pesar de los impedimentos que pone el demonio, seguimos haciendo la voluntad de Dios.

Por otra parte, el amor no consiste en ser cariñosos o afectuosos; el amor son los hechos: amamos a Dios todo lo que podemos si hicimos oración lo mejor que pudimos; y Él quedó contento, porque nunca nos exigiría dar más de lo que podíamos:

¿Poco fervor podemos tener en la oración? Poco fervor esperaba de nosotros. Si después podemos más, Él esperará más de nosotros. Además, Él sabe cómo estamos en cada momento, por cuáles dificultades estamos pasando.

Al persistir en la oración recibiremos, sin darnos cuenta, muchas gracias espirituales que nos harán avanzar en el camino hacia la perfección que nos pidió Jesús (Mt 5, 48). Por el contrario, si le seguimos haciendo caso a esas asechanzas del demonio, no adelantaremos en la vida espiritual.

Quedémonos tranquilos sabiendo que Él sonríe al vernos luchar y, aunque creamos que no prosperamos, estemos seguros de que por ahí es el camino.

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La mayor bendición

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2009

«¡Se curó milagrosamente!» «¡Me gané la lotería!» «¡Salió bien de la operación que le hicieron!» «¡Conseguí el trabajo que quería!»… Todo esto lo llamamos bendiciones. Y también llamamos bendiciones el hecho de tener salud, dinero, bienestar…

Pero, ¿por qué las personas buenas sufren? ¿Por qué a un católico comprometido le ocurren cosas malas? Los buenos cristianos se enferman y sufren como los demás; y reciben bendiciones como los demás. ¿De qué sirve, entonces, esforzarse por mejorar?

Quizá lo que ocurre es que no hemos comprendido suficientemente la parábola de los talentos: podríamos descubrir detalles de la Revelación a los que no se les ha dado suficiente relieve:

«Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció enseguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: “Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos. El patrón le contestó: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.”

Vino después el que recibió dos, y dijo: “Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.” El patrón le dijo: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón”.

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.” Pero su patrón le contestó: “¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.”» (Mt 25, 14-30)

Dios nos ha enseñado en esta parábola que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, acceso a la cultura, viajes, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo (esto derriba el principal argumento que defiende la creencia en la reencarnación).

Por eso es que no podemos seguir llamando «bendiciones» a las cosas que recibimos o a los talentos; en realidad son pruebas. El Señor nos da para probarnos. Cuanto más nos dé, más pruebas habrá; y quien menos reciba, será menos probado.

Entonces cabe preguntarnos para qué nos prueba Dios y qué es lo qué es lo que nos quiere probar. ¿Acaso Dios no lo sabe todo? ¿Acaso Dios no sabe de lo que somos capaces? ¿Hay algo que Él necesite saber?

La palabra «prueba» se debe entender aquí como se entiende en las Sagradas Escrituras: una oportunidad que Dios nos da para hacer méritos, para que el esfuerzo que hagamos le dé gloria y honra. Si no hay esfuerzo, no hay mérito.

Por eso, todo lo que llamamos «malo» en esta vida temporal es la posibilidad de hacer algo meritorio ante los ojos de Dios. Y esos méritos, unidos a los de Jesucristo, ayudarán a la salvación de muchas almas y a la instauración del Reino de Dios: un reino de amor, paz y alegría. Pero si la persona no tiene que esforzarse, no hace méritos.

Si, por ejemplo, alguien es probado con una enfermedad, es porque Dios quiere que esa persona haga méritos, que sea santa. Y los hará simplemente si acepta la voluntad de Dios, si le ofrece sus sufrimientos unidos a los de nuestro Salvador y si confía en su infinito amor, a pesar de las circunstancias.

Como se dijo más arriba, si no hay esfuerzo, no hay mérito, no hay santidad. Podemos deducir que no solamente es necesario sufrir, sino que nos conviene mucho, como ninguna otra cosa; concluiremos que sufrir es nuestra mayor bendición.

Pero hay más razones para querer el sufrimiento: el sufrimiento así ofrecido es reparador: le devuelve la honra y gloria que le quitamos a Dios con nuestros pecados, sirve para pagar la pena temporal que merecemos por los pecados propios y los de los demás.

Además, nos fortalece como seres humanos y, lo que es mejor, nos purifica para que no haya intereses escondidos en nuestra relación con Dios: así como una mujer sabe que un hombre la ama si es capaz de sufrir por ella, solo cuando sufrimos por Él se puede asegurar que lo amamos, pues cuando hay gusto personal se puede mezclar el egoísmo.

Finalmente, nuestro sufrimiento así ofrecido consuela el Corazón adolorido de Jesús, que tiene tan pocos amigos aquí en la tierra.

La mejor bendición, pues, son los sufrimientos. ¿Qué otra cosa en este mundo nos puede proporcionar tantos beneficios?

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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La formación doctrinal

Posted by pablofranciscomaurino en abril 24, 2009

Así como una persona cualquiera debe formarse durante unos dieciocho años para poder ejercer una profesión, un católico debe hacer algo parecido:

Primero, hay que leer, meditar y estudiar los libros que san Juan Pablo II llamó los libros de cabecera de un católico, de cualquier católico:

1) el Catecismo de la Iglesia Católica,

2) la Biblia y

3) el Código de Derecho Canónico.

Al terminar esta primera fase, habremos recibido la formación básica (algo similar a la primaria).

En segundo lugar, se deben estudiar:

1) los documentos oficiales de la Iglesia: los del Concilio Vaticano II, las Cartas y Encíclicas de los papas (principalmente los más recientes), los documentos de las Congregaciones del Vaticano, Asambleas episcopales y Sínodos…,

2) la Liturgia y

3) la Patrística (los escritos de los Padres de la Iglesia).

Con esta segunda fase, se llega a ser medianamente formado (se equipara al bachillerato).

Y, por último, se deben continuar los estudios con:

1) la teología espiritual (mística),

2) los escritos de los Doctores de la Iglesia y

3) las vidas y obras de los santos.

Una vez culminados estos estudios, digámoslo así, termina la formación universitaria.

Sin embargo, la persona que llega a este nivel no tiene todavía la capacidad para evaluar, la facultad de discernir si algo (apariciones, revelaciones privadas, mensajes de videntes, nuevas formas de espiritualidad, etc.) está de acuerdo con la doctrina de la Iglesia o no. Es decir, no está especializado.

Para eso hace falta lo que hoy llaman la maestría y el doctorado, por una parte; y por otra, la ayuda eficaz e inequívoca del Espíritu Santo, requisitos que solo llena el Magisterio de la Iglesia: únicamente la autoridad competente de la Iglesia es capaz de aprobar o desaprobar cualquiera de esas cosas.

Es esa autoridad competente la que también, por eso mismo, autoriza las obras espirituales (libros, folletos, novenas, oraciones…). Por eso, cada vez que vayamos a comprarlas, es necesario que busquemos la aprobación eclesiástica: el Nihil obstat (no hay óbice, nada obsta, nada es contrario a la fe) y el Imprimatur (puede imprimirse), firmado por lo menos por un Obispo.

Aquí hay que agregar que, aunque estén aprobadas por la Iglesia, las revelaciones privadas no son necesarias, pues el Magisterio simplemente certifica que nada nuevo hay en ellas.

En consecuencia, lo único verdaderamente necesario para el cristiano es la Revelación Universal, contenida en La Tradición de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras, es decir, lo que enseña oficialmente el Magisterio de la Iglesia (ni siquiera lo que opine un sacerdote, por más santo que parezca).

He aquí lo que dice el Magisterio en el nº 10 del Compendio del Catecismo:

“¿Qué valor tienen las revelaciones privadas?

El Magisterio de la Iglesia, al que corresponde el discernimiento de tales revelaciones, no puede aceptar, por tanto, aquellas “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación definitiva, que es Cristo.”

Y en el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 67:

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

Hay, sin embargo, personas que ni siquiera han terminado sus estudios básicos y se animan a aprobar revelaciones privadas porque, según su propio criterio (!?), son buenas o se ajustan a la doctrina católica.

La Iglesia ni siquiera obliga a ninguno de sus hijos a creer en las revelaciones privadas aprobadas por ella: cada fiel es libre de creerlas o no. Es más: una aprobación significa que esa revelación privada es probable, no indudable. Lo único que está haciendo la Iglesia es informando que en ella no hay nada contrario a la fe y a las costumbres: que los fieles pueden leerlas sin peligro para sus almas.

En cuanto a los mensajes que son auténticos, ¿para qué los envían Dios, la Santísima Virgen, los ángeles o los santos? Lo hacen para atraer a los que están alejados de la fe; no son para los que ya están más maduros. Son como el kínder y la transición, antes de la primaria: con ellas Dios, su Santísima Madre, los ángeles o los santos llaman a iniciar el camino; pero el camino hay que seguirlo, no quedarse en el comienzo.

Lamentablemente, hay católicos que pierden el tiempo que deberían invertir en la formación que se describió más arriba, y lo ocupan leyendo escritos, oyendo prédicas o viendo videos sobre apariciones, revelaciones privadas, mensajes de videntes y nuevas formas de espiritualidad…

  

 

 

 

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Ciclo A, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 12, 2008

La misión de cada católico

Dios, el creador y dueño del universo, tenía unos planes para todos nosotros, ya que habíamos quedado heridos por el pecado original y, por eso, tendemos al mal: decidió que en sus planes debíamos participar todos, para poder ayudarnos.

Así, cada uno tiene una misión específica que cumplir: ser buenos como seres humanos y buenos cristianos, desarrollando al máximo nuestras capacidades. Cada uno, haciendo lo que le corresponde, pondrá su «granito de arena» en el proyecto salvador de Dios, y así toda la humanidad se verá beneficiada.

Pero, ¿hemos cumplido nuestra misión? Dios se queja en la primera lectura, y parece que esa queja es para nuestros días: esperaba rectitud y va creciendo el mal; esperaba justicia y sólo se oye el grito de los oprimidos…

Él plantó una viña: la Iglesia, compuesta por todos los bautizados. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló al Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que todos los fieles cristianos trabajemos en esa viña y demos muchos frutos buenos.

Pero, a veces, nosotros no hacemos caso a lo que ellos, la jerarquía, nos pide; criticamos a la Iglesia; aceptamos mezclar nuestra Fe con la Nueva Era y otros modos de pensar; no cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios ni los de su Iglesia, sino que nos inventamos nuestras propias leyes; rechazamos la Confesión y los demás Sacramentos; hablamos mal de los sacerdotes y poco es lo que oramos por ellos; vivimos la vida lejos de Dios…

¿Qué tal que Dios hiciera lo que le sugirieron a Jesús los sacerdotes de su época: hacernos morir sin compasión, por ser gente tan mala?

¿No sería mejor que pongamos en práctica lo que nos recomienda san Pablo?:

Presentemos nuestras peticiones a Dios y juntemos la acción de gracias a la súplica. Y, sobre todo, vivamos lo que es verdadero, noble, justo, limpio, todo lo que es fraternal y hermoso, todos los laudables valores morales.

Esta es la misión de todo cristiano.

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Matrimonio católico, ¿para qué?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

Para que un amor sea verdadero, debe darse en los 3 planos en que se maneja el ser humano: el biológico, el psicológico y el espiritual.

 

A nadie escapa de su mente el hecho de que la sexualidad humana se manifiesta —en una pareja— a través del cuerpo, de sus estructuras anatómicas, de su parte material, de su biología. Esto es tan cierto y tan normal, que hoy repugna a cualquiera la concepción fanático–religiosa de que todo lo genital es pecaminoso.

 

Aparte de esto, el hombre no es sólo cuerpo, biología: el hombre llora, se alegra, sonríe y ríe; triunfa y fracasa; está disgustado y a veces disfruta; vive intensamente la vida o se deja llevar por las circunstancias; ama o es egoísta; es decir, siente.

 

La entrega mutua que viven los seres humanos; la compenetración entre los esposos; el compartir los sentimientos, las emociones y la afectividad; la complementariedad psicológica que buscan los que se aman es el plano psicológico, ausente siempre en los animales.

 

Pero hay algo propio del hombre, además, que influye en las relaciones de pareja. Se trata de algo que la historia ha probado desde hace milenios: el hombre desde la época de las cavernas ha levantado sus ojos en busca de alguien que le dé cómo llenar sus ansias —que bullen en su interior sin descansar— de ser trascendente, imperecedero; sabe él que su vida no termina aquí en la tierra, sino que después de ésta existe la esperanza de otra, es decir, Dios. Es inherente al ser humano la creencia en otra vida. Este es el plano espiritual. Y en el amor, lo espiritual significa para siempre. Cuando uno ama de veras, ama con la ilusión de que sea “hasta que la muerte los separe” y, si fuera posible, hasta después de la muerte, que trascienda, que no tenga fin.

 

El aspecto espiritual, reluce de una manera muy especial en el amor humano. Un amor meramente carnal no tiene nada en qué competir con un amor en el que la entrega se limita a complementarse psicológicamente, siendo uno de los componentes de la pareja apoyo y suplemento del otro; pero aquel y este palidecen frente a una entrega imperecedera, que no piensa en un fin, una entrega que busca trascender, difundirse hacia la eternidad, como lo es el amor en el plano espiritual.

 

Y si el amor verdadero tiene que ser espiritual, también debe contar con Dios, creador de la materia y del espíritu.

 

El matrimonio, en cuanto unión de un hombre  esposo  y de una mujer  esposa en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios (Gn 1,27-28; 2,20-24). Esto significa que su valor intrínseco, su legitimidad y las leyes que lo regulan no pueden nacer en el hombre, sino en Dios.

 

Dios lo desea monógamo e indisoluble (Mt 19,4-5). Y desde siempre se canta el amor exclusivo (Gn 25,19-28; 41,50; Tb 11,5-15; Jdt 8,2-8; Pro 5,15-20; 18,22; Sir 26,1-4; todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos (Lv 20,10; Dt 22,22; Ez 18,6; Mal 2,14-16). Esa exclusividad, esa estabilidad y esa fidelidad, entonces,  difícilmente se pueden conseguir sin la ayuda de Dios.

 

Con esto se va alumbrando el ideal religioso del matrimonio que Jesús (Mt 19,3-9; Mc 10,2-12; Jn 2,1-11) y Pablo (1 Co 7,2-5.10-11; Ef 5,31-33) reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia (Ef 5,23-32). Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia.

 

Cualquier católico que se case por lo civil o que viva en unión libre, entonces, está dejando a un lado el amor en el plano espiritual —el más importante— y, por lo tanto, se está engañando a sí mismo, porque no ama por completo, y está engañando a su pareja, pues no se está dando del todo. Ante las vicisitudes del matrimonio, será muy difícil lograr esa exclusividad, esa estabilidad y esa fidelidad, y, por tanto, muy fácil el fracaso.

 

Por otro lado está rechazando la gracia divina que Dios da a los contrayentes, necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia y, por ende, para lograr su felicidad.

 

 

 

 

 

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El dedo en la llaga

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

Lo que va a leer le va a doler. Algo de lo que está escrito en este artículo no le va a gustar. Después no se queje: dirá que le pusieron el dedo en la llaga…

Mientras muchos teólogos disputan cosas altas y encumbradas, mientras algunos obispos se ocupan en las cosas de su cargo, mientras millones de párrocos concentran sus esfuerzos para sacar la parroquia adelante, mientras unos religiosos se reúnen para un nuevo capítulo general o provincial, mientras ciertos laicos comprometidos sugieren cómo conseguir un altoparlante para llegar a más gente…; mientras tanto, entre el pueblo llamado católico, crecen los índices de abortos, adulterios, divorcios, uso de anticonceptivos, relaciones prematrimoniales, uniones libres, matrimonios civiles, pornografía…; robos, cobros injustos, demoras en los pagos de los empleados, no pago de impuestos, etc.

Mientras tanto, las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc., atraen cada día a más y más católicos…

Mientras tanto, ex católicos llenan cada vez más las otras denominaciones cristianas y sectas de toda índole…

Mientras tanto, los índices de católicos que asisten a la Eucaristía y participan de los Sacramentos disminuye dramáticamente…

¿Por qué sucede todo esto?

«Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden.» (1Co 1, 18a)

Porque algunos teólogos, obispos, presbíteros, religiosos y laicos han olvidado la cruz o le tienen miedo; porque sin dejar de hacer lo dicho más arriba —lo que les corresponde— no aceptan ni buscan la unión con la Cruz redentora y eficacísima de Jesús, que terminó en la Resurrección.

Y resurrección es lo que necesita el católico de hoy, que está muerto porque no está evangelizado. Y no está evangelizado porque evangelizar no es lo mismo que enseñar: enseñar es simplemente transmitir unos conocimientos; evangelizar, por el contrario, no se logra sin el martirio de nuestro propio «yo», sin la unión con el sacrificio de Cristo. Por eso la cruz es una locura para los que se pierden; «pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios.» (1Co 1, 18a). ¡El poder que nos falta!

Si seguimos empeñados en «enseñar», nos seguiremos fijando en las técnicas, en los medios, en fin, en la sabiduría de los hombres. Pero, ¿qué dice Dios de esto?:

«Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la pericia de los instruidos. Sabios, entendidos, teóricos de este mundo: ¡cómo quedan puestos! ¿Y la sabiduría de este mundo? Dios la dejó como loca.» (1Co 1, 19-20)

Otros pretenden convertir hoy a los tibios con milagros: apariciones de la Virgen en todas partes, anuncios de castigos, profecías que viajan a través de la Internet, hojitas que prometen bienestar y que se dejan en las bancas de las iglesias…

¡Qué actuales son las palabras de san Pablo!:

«Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: para los judíos, ¡qué escándalo! Y para los griegos, ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.» (1Co 1, 22-24).

La unión efectiva —no figurativa— con la Cruz de Cristo es el único camino para fortalecer a la Iglesia y resucitar a los muertos: fue el camino que recorrió Jesús. Cristianos son los que siguen a Cristo: ¡No más miedo a la Cruz!

 Tomado del libro:

´EL QUE QUIERA VENIR EN POS DE MÍ…´. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, (próximo a publicarse).

 

 

 

 

 

 

 

 

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Algo que no podremos hacer en el Cielo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 9, 2008

 –¿Ustedes se quieren morir?

–Por supuesto que no, padre.

–Yo sí.

La mirada de asombro de los concurrentes no inmutó al veterano presbítero, quien sólo sonrió mientras continuaba:

–Un santo decía que no sabía qué escoger: si el encuentro con ese ser maravilloso que llenaría todas sus ansias de felicidad o quedarse aquí trabajando por su gloria y por la salvación de las almas…

Así se explica en la catequesis de los infantes lo que será ese encuentro maravilloso:

Allí, en el Cielo, estará Dios: todo lo bello reunido en un solo Ser, todo lo bondadoso, lo bueno, lo delicado, lo compasivo, lo comprensivo; toda la ternura, la paciencia, la simpatía, toda la alegría; la tranquilidad… en fin, todo el amor en un sólo ser, Dios, que se nos da para llenarnos de felicidad.

Es una felicidad eterna, en un presente continuo, sin ayer y sin mañana, sin antes ni después, un ahora hermoso que no pasa; ¡y es una felicidad que sacia sin saciar!: cuando ya se siente plena, no llena del todo, pues se desea más…

La narración se hace a veces tan clara y convincente que de vez en cuando un niño dice: “¡Yo quiero irme ya!”. Quien haya tenido esta experiencia lo puede corroborar.

Esos niños aprenden el verdadero valor de la vida si, luego de sus palabras, se les describe la importancia de la vida temporal como preámbulo de la futura y de la conducta que nos ganará el cielo.

–Sin embargo, hay algo que en el cielo perderemos: la Cruz.

–Y, ¿quién quiere la Cruz?

–La quiere quien sabe de amor.

Mientras haya esperanza para que un alma nos acompañe a ese fascinante lugar, en vez de pasar por el purgatorio o, peor aún, llegar a la eterna perdición, bien vale la pena la Cruz.

Mientras cada pequeño sufrimiento de la vida sea esa savia del árbol del cristianismo, la comunión de los santos, bien vale la pena la Cruz.

Mientras haya tiempo, vale la pena corredimir con Cristo.

Mientras se vive en esta vida terrena, en esta vida pasajera, se tiene la potestad de cambiar la historia, después no.

En el cielo ya no habrá Esperanza, ya no habrá Fe… solo quedará el Amor; y ya no quedará esperanza para salvar a nadie, ya no quedará opción para acrecentar la gloria de Dios, si no es alabándolo, cantando para Él  y gozando de Él.

¡Vale la pena vivir un poco más! ¡Vale la pena sufrir un poco más! ¡Vale la pena abrazar (y abrasarse con) la Cruz.

Es por el Amor, es por lograr el Amor para otros, es por Amor.

 

 

 

 

 

 

 

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