Hacia la unión con Dios

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El cristiano frente al COVID-19

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2020

Veamos la realidad:

Con base en los estudios científicos y asesorados por expertos, las autoridades gubernamentales están haciendo sus mejores esfuerzos para disminuir la incidencia de la pandemia. Obedecer esas normas y recomendaciones no sólo es lo más sensato sino que es una actitud cristiana, como san Pablo lo explicó: “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas” (Rm 13, 1).

Infortunadamente, no todos los ciudadanos están obedeciendo: en todo el mundo se ven personas haciendo lo contrario a lo ordenado o recomendado, y esto retrasa el efecto que se pretende: disminuir el número de afectados y de muertos.

Ya que el periodo de incubación es de dos semanas, lo único que podría eliminar totalmente la pandemia es que se hiciera una cuarentena mundial de tres semanas, como mínimo, pero debería ser una cuarentena absoluta: que nadie salga a ninguna parte durante esas tres semanas. Pero lograr eso es imposible: deben haber autoridades vigilando para que se cumpla, personal médico disponible para cualquier eventualidad, etc.

Esta pandemia no la detiene absolutamente nada: recorrerá el mundo, morirán los que tienen que morir, se enfermarán los que tienen que enfermarse, se recuperarán los que se tienen que recuperar y permanecerán sanos los que tienen que permanecer sanos.

 

El único que puede cambiar el curso de la pandemia es Dios; y podemos estar seguros de que pasará lo que más nos convenga: Dios sabe más, y nos ama más de lo que nos amamos nosotros mismos o de lo que podríamos llegar a imaginar.

Jesús nos enseñó que “sólo una cosa es necesaria” (Lc 10, 43): nuestra salvación, que lleguemos al Cielo a gozar eternamente de la felicidad eterna, del Amor. Todo lo demás es secundario, porque es pasajero: vida o muerte, salud o enfermedad, bienestar o malestar…, todo pasa. Es por eso que el Espíritu Santo inspiró a san Pablo cuando nos enseñó que no pongamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mientras que las invisibles son eternas (cf 2Co 4, 18) y que aspiremos a las cosas de arriba, no a las de la Tierra (cf Col 3, 2).

No podemos olvidar que esta vida es apenas “una mala noche en una mala posada”, como escribió santa Teresa de Jesús. Y, ¿qué es una noche frente a la eternidad?

¡Qué bueno sería que los cristianos acogiéramos con alegría la cruz que esta circunstancia nos ofrece!, tal y como el Señor nos lo enseñó: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lc 9, 23), y que lo ayudáramos así a salvar a otros, como hacía san Pablo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta sufrir a Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”; pero hagámoslo como nos lo dice este santo Apóstol: ¡con alegría, porque estamos amando al Señor y a nuestros hermanos!

Si cumplimos su Voluntad santísima (los Mandamientos de la Ley de Dios y los de su Iglesia), Dios propiciará que consigamos la finalidad para la que fuimos creados: la dicha eterna, junto a Él, que es lo único que realmente importa.

Y sabemos que cuanto más santos seamos, tanta más gloria tendremos en el Cielo. Por esto, oremos, no tanto para que se acabe la pandemia, sino para que ocurra lo que nos haga más santos.

E intercedamos por quienes están alejados de Dios, para que esta situación los acerque a Él, y se salven también.

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Practicar la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2018

El Magisterio de la Iglesia, custodio de la Revelación Universal, de la Palabra de Dios, nos ha enseñado que debemos practicar las obras de misericordia.

Y a esto nos ha invitado Su Santidad Francisco, no solo durante el año del jubileo, sino en muchas de sus predicaciones y entrevistas y, finalmente, en su exhortación apostólica: Gaudete et exultate.

En este documento, cita a Jesús, en el Evangelio según san Mateo, capítulo 25:

“Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” (25,35-36)

Hay que recordar que, en esta perícopa evangélica, Jesús comienza explicando cómo vamos a ser juzgados (vv 31-32); en consecuencia, lo que Jesús nos dice es por qué seremos juzgados: si hicimos o no esas obras de misericordia.

Por eso es muy importante que sepamos cuál es la razón por la que debemos amar así al prójimo.

Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos; y esto se hizo evidente en la prueba más grande de su amor: en la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Y quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano, quien ama verdaderamente a Dios, deberá amar al prójimo.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Pero hay que aclarar que, en el itinerario del crecimiento en el amor al prójimo, el seguidor de Cristo va descubriendo que los hermanos tienen unas necesidades para su vida temporal y otras para alcanzar la Vida eterna; y que estas últimas son más importantes. Efectivamente, la Palabra de Dios dice que nuestra vida, aquí en la Tierra, es muy corta:

Recuerda que mi vida es un soplo. (Jb 7, 7a)

Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa. (Sal 39, 6-7a)

¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!  (St 4, 14b)

Por esto, los cristianos más avanzados en el camino del amor saben que las ayudas materiales que les hagan a sus hermanos se les acabarán con esta vida presente: darles de comer, de beber, vestido, posada, visitarlos, etc. son obras de misericordia que les servirán mientras estén vivos. En cambio, si los ayudan a salvarse, ¡esa dicha sí que les durará eternamente! Y si los ayudan a santificarse, ¡mejor será para ellos!: alcanzarán un grado mayor de gloria en el Cielo.

El mismo Jesús nos lo dijo:

Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece. (Jn 6, 27a)

Así, pues, los cristianos más avanzados, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales de sus hermanos, se ocupan más —y principalmente— de sus necesidades espirituales.

Así hacía san Pablo; él decía: Nosotros no ponemos nuestro interés en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. (2Co 4, 18)

Y explicaba la razón: es que la apariencia de este mundo pasa. (1Co 7, 31b)

Por eso exhortaba a todos: Buscad las cosas de arriba. (Col 3, 1b) Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. (Col 3, 2)

Porque nosotros somos ciudadanos del cielo. (Flp 3, 20a)

Pero vale la pena preguntarnos por qué insistía tanto en este tema. Y la respuesta es que él temía que nos concentráramos mucho en nuestras necesidades temporales y que, sin darnos cuenta, nos fuéramos olvidando de la felicidad auténtica: el Cielo.

Y eso le pasó a uno de sus discípulos: Demas me ha abandonado por amor a este mundo. (2Tm 4, 10a)

Él sabía que a muchos cristianos les ocurriría lo mismo; por eso escribió: Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual. (Rm 8,5)

Y también: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna(Ga 6, 8)

De ese error se queja hoy el Santo Padre en el nº 100 de su exhortación apostólica:

Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

Como se puede deducir de estas palabras del Papa, las obras de misericordia católicas son infinitamente superiores a lo que hace una ONG, puesto que estas últimas no nacen del amor de Dios: son filantropía pura (hacer el bien porque es bueno). En cambio, el amor cristiano nace de su fuente: la intensidad del amor a Dios es tan alta, que el cristiano se desvive por el prójimo, se da por entero, desgastándose, día a día, sirviéndolo, sólo por amor a Dios.

Por eso, Jesús nos previno, cuando le contestó a la hermana de Lázaro: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola.” (Lc 10, 41-42) Y esta es: la salvación.

Ahora bien: los cristianos debemos trabajar por la salvación de todos, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales. Eso fue lo que determinaron las autoridades de la Iglesia naciente, como nos lo cuenta el mismo san Pablo, cuando las visitó para determinar cómo trabajarían por la salvación de las personas:

Reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos; sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero. (Ga 2, 9-10)

Es evidente, pues, que nadie —absolutamente nadie— está exento de la obligación de ayudar a los pobres y necesitados. Bien lo expresó san Cesáreo de Arlés:

Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo Él mismo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos”, [porque] cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad. (Sermón 25, 1: CCL 103, 111)

Debemos, pues, practicar siempre la caridad completa: ayudar a nuestros hermanos tanto en sus necesidades temporales como en las eternas.

Pero jamás olvidemos de que lo que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el ser humano— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

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