Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Clérigos’

Sacerdotes, profetas y reyes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2011

En el Antiguo Testamento aparecen tres tipos de mediadores entre Dios y su pueblo: el sacerdote, el profeta y el rey.

Eran instrumentos y representantes especiales de Dios. A través de su ministerio era edificado el pueblo (Dt 17, 14 — 18, 22).

Nuestro Señor Jesucristo, el Divino Mediador, el perfecto mediador, reúne en sí esos tres tipos de mediadores, siendo al mismo tiempo Sacerdote, Profeta y Rey. En el Nuevo Testamento a Jesús se le dan los tres títulos:

  1. sacerdote (Hb 4, 14-16; cf Jn 19, 23; Ap 1, 13)

  2. profeta-nabi (Lc 24, 19) y

  3. rey (Jn 6, 15; 18, 33-37: ambiguo, pero véanse en los cuatro evangelios la entrada mesiánica en Jerusalén [Mt 21, 1-11 y par] y la inscripción sobre la cruz [Mt 27, 37-42 y par]).

Como sacerdote ofrece el sacrificio de su misma Persona por todos los hombres; como profeta nos revela el carácter de Dios y nos explica el plan de la salvación; y como rey gobierna el vasto imperio del Reino de los Cielos.

Cristo como sacerdote

El sacerdote del Antiguo Testamento era un hombre consagrado divinamente para representar a los hombres delante de Dios. Para poder conseguir el favor divino para los representados, el sacerdote ofrecía sacrificios. Cristo se ofreció a sí mismo como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” para reconciliar a los hombres con Dios. Su ministerio sacerdotal no ha terminado (Hb 7, 25). Él es nuestro actual Sacerdote, que intercede al Padre a nuestro favor.

Jesucristo fue el Sacerdote que se ofreció a Sí mismo como víctima y salvó al mundo.

Cristo como profeta

El profeta traía el mensaje de Dios a los hombres por predicación y por predicción de acontecimientos futuros. Cristo hizo estas dos cosas (Mt 5 al 7, comparado con Mt 24) Moisés profetizó de Cristo como El Profeta. (Hch 3, 22-26, comparado con Mt 21, 10-11) Como apunta el Dr. J. M Pendleton: «Ninguno habló jamás como Él en la manera autorizada de enseñar; en la adaptación de lo que dijo a la generalidad del pueblo; en su revelación del carácter de Dios; en su descripción de la naturaleza; en su manifestación del camino de salvación; en la luz que arrojó sobre la doctrina de la inmortalidad del alma, la resurrección del cuerpo, la gloria del cielo y las miserias del infierno. ¿Quién entre los sabios, filósofos, patriarcas o profetas, jamás habló como Él? En la majestad de su incomparable superioridad avanza, arrancando de sus enemigos este elogio involuntario: “Nunca ha hablado hombre así como este habla” (Jn 7, 46)».

Jesucristo fue el Profeta que, por hablar alto en nombre de Dios, se lo quitaron los hombres de encima.

Cristo como rey

Los judíos, basados especialmente en las profecías de David y de Daniel, creían que el Mesías sería un rey, y acertaban, con la única diferencia de que su reino no era de este mundo. Jesús declara ante Pilato su posición como rey (Jn 18, 36-37) El ladrón arrepentido lo reconoció como rey y le pidió lugar en su reino (Lc 23, 42). Los cristianos esperamos su segunda venida, en la cual se manifestará como «Rey de Reyes y Señor de Señores» (1Tm 6, 14-16). Es el deber de los siervos de Dios predicar su Palabra y hacer súbditos para este reino mientras el Señor viene, sabiendo que Él pagará a cada uno conforme a su labor.

Jesucristo, como lo proclama el título de la Cruz, es el Rey que se ha atraído a Sí todos los corazones.

En la Tradición apostólica

La tríada aparece en la Tradición apostólica a propósito de la bendición del Aleo: reyes, sacerdotes y profetas. Más tarde aparece en textos patrísticos y Eusebio de Cesarea (t 340 ca.) la usa en un sentido cristológico. Se encuentra también en la época medieval, pero no aparece como tema dominante hasta la época de los reformadores, especialmente con Calvino. Empieza a usarse en el siglo XVII, haciéndose más frecuente en el siglo XIX con Newman, que de forma novedosa propone que la eclesiología debe atender al triple ministerio de la Iglesia, cuyo ministerio profético asegura la regla de la verdad contra la tentación del racionalismo, el ministerio sacerdotal guía al culto contra la superstición, y el ministerio real conduce a la santidad contra la ambición y la tiranía. De esta forma los tres ministerios se atemperan mutuamente y se libran uno al otro de sus peculiares tentaciones. Así, el culto frena el racionalismo, la verdad vence la superstición y la piedad mitiga el peso de la ley.

Ya en el siglo XX, un estudio católico clave sobre la tríada fue el de J. Fuchs en 1941. Y. Congar había empezado a usarla como principio eclesiológico en la década de 1930, convirtiéndola en principio organizador de su obra clásica sobre los laicos. La tríada, en forma de maestro, rey y sacerdote, fue aplicada por Pío XII a Cristo en su encíclica Mystici corporis. G. Philips recurrió a ella también en su estudio sobre los laicos. Estaba, pues, madura en la época del Vaticano II.

El Concilio la aplica a Cristo, a los laicos y a los ministros ordenados. En este último caso sigue el orden maestro-sacerdote-pastor/rey (LG 25-27; CD 12-16; PO 4-6), mientras que aplicada a los laicos el orden es sacerdote-profeta-rey (LG 34-36). Quizá su función más importante consista en indicar la igualdad radical en dignidad de todos los cristianos: «Por tanto, el pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4, 5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo […]. Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del cuerpo de Cristo» (LG 32).

Un pueblo de sacerdotes

Hay una diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico que es esencial y no cuestión de grado (essentia et non gradu tantum [LG 10]). El sacerdote ministerial realiza un servicio distinto en la comunidad, pero eso no significa que por ello sea más santo que los laicos. Hay que buscar en la Lumen gentium los elementos clave que muestran en qué sentido es esencialmente diferente el sacerdocio de los laicos del sacerdocio de los ordenados, al igual que los elementos que muestran lo que tienen de común.

Todos están consagrados, por lo que sus obras son verdaderos sacrificios espirituales (Rm 12, 1) y un testimonio para los demás (LG 10). El sacerdocio común se ejerce en la vida sacramental de la Iglesia (LG 11). La vida de sacrificio de los laicos es «espiritual» (está regida por el Espíritu Santo): Cristo se «asocia íntimamente [a los laicos] a su vida y a su misión y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres […], pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (1Pe 2, 5), que en la celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor» (LG 34).

Un pueblo de profetas

Sabemos por las Actas del Concilio que LG describe la función profética de todo el pueblo: es una participación en la función profética de Cristo; consiste en el testimonio, la alabanza, la confesión de la fe y el sensus fidei. Más tarde LG 35 desarrolla el tema de la función profética de los laicos: establecidos como testigos, dotados del sensus fidei y la gracia de la palabra «de modo que el poder del evangelio pueda resplandecer en la vida diaria de la familia y la sociedad», convirtiéndose en heraldos de esperanza, sin ocultar la razón de la misma, de forma que, «incluso ocupados en sus tareas temporales, puedan los laicos desempeñar la valiosa labor de procurar ahondar diligentemente en el conocimiento de la verdad revelada y de pedir encarecidamente a Dios el don de la sabiduría».Al tratar de los obispos, Lumen gentium 25 subraya la importancia de la predicación del evangelio, e insiste en que son maestros autorizados del mismo (Magisterio). La proclamación del Evangelio es la primera tarea de los sacerdotes, que tienen además la responsabilidad de un amplio ministerio en la Palabra (PO 4).

Un pueblo de reyes

Finalmente, el oficio real no está tan desarrollado como los otros dos oficios en el capítulo II de LG, donde se dice que es común a todos los bautizados y lo ejercen por una parte los obispos (LG 27, donde se le da el nombre de «oficio pastoral»; Obispos) y por otra los laicos (LG 36, en relación a la tarea pastoral de los sacerdotes; cf PO 6). A propósito de estos últimos se dice: «También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad v de gracia, reino de justicia. de amor y de paz […]. Deben, por tanto, los fieles, conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios… En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado […]. Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia […]. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas… Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí» (LG 36). El oficio pastoral de los obispos (LG 27) y de los presbíteros (PO 6) es una participación especial en el oficio real de Cristo. Estos se ocupan de los fieles de un modo global, nunca de manera dominante. sino como siervos.

El Bautismo y la situación del fiel según su condición de vida

Cada católico es proclamado en su Bautismo como Sacerdote, Profeta, y Rey, y en la Confirmación es confirmado oficialmente por el obispo de sus tres mismos derechos y deberes: Sacerdote, Profeta y Rey.

Quien recibe el Bautismo queda revestido de Jesús, el Mesías, lo que significa que la misma vida de Cristo está presente y actúa en el que ha recibido el Bautismo.
El bautizado, unido a Cristo en la Iglesia, es como Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, y está llamado a dar testimonio del Señor en este mundo.

Pero después se va concretando lo específico de cada vocación, de la misión de cada uno.

Eso «específico» de cada vocación ha influido en todos los ámbitos de la Iglesia; así, se puede ver, por ejemplo, la estructura de los libros centrales del Código de Derecho canónico: II. Del pueblo de Dios; III. La función de enseñar en la Iglesia; IV. De la función de santificar en la Iglesia.

Asimismo, en algunos fieles se desarrolla más lo sacerdotal que lo profético o lo real; en otros se enfatiza más el aspecto profético que lo sacerdotal o lo real; y, finalmente, en otros sobresale más su aspecto real.

Así, se ha concretado en la idea de un triple oficio, que tradicionalmente se ha explicado como la situación del fiel según su condición de vida:

  1. Los clérigos, que ejercen sobre todo la función sacerdotal

  2. La vida consagrada, en los que descolla su función profética

  3. Los seglares, cuyo énfasis de vida es su función real

La función sacerdotal de los clérigos

La figura del clérigo evoca imágenes de sacrificio y de mediación. El sacerdote es aquel que ofrece el sacrificio para rendir culto a Dios y darle gracias por su presencia divina en el mundo. El sacerdote es también un mediador, aquel que está ante Dios e intercede por el pueblo. Esto quiere decir que el sacerdote está ante Dios para pedir perdón, para implorar la paz y la gracia. Y es ésta la verdadera y propia función del seglar que participa en el misterio de la salvación de Cristo.

La función profética de la vida consagrada

Quien vive la vida consagrada es aquel que, profundamente inmerso en la voluntad de Dios y la conoce desde dentro. Y sólo entonces el profeta es un instrumento que transmite la voluntad divina a los otros con su vida ejemplar, que anuncia el estilo de vida de los glorificados, de manera que se entienda y se siga.

La función real de los seglares

La identificación del seglar como rey indica que son ellos quienes plasman con más claridad la condición o función real de Jesucristo: se refiere al mismo sentido que se le da a esta palabra cuando al final del año litúrgico se celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. El prefacio de esta solemnidad recoge la teología de esta celebración, más allá de la imagen que de los “reyes” de este mundo (por ejemplo el rey de España, o un Presidente de una República) podamos tener:

“Porque, ungiéndolo con óleo de alegría,
consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu Unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
para que, ofreciéndose a sí mismo,
como víctima inmaculada y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana;
y sometiendo a su poder la creación entera
entregara a tu Majestad infinita
un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida,
el reino de la santidad y de la gracia,
el reino de la justicia, del amor y de la paz.”

En la dimensión del seglar como rey se resalta el poder, el señorío del seglar sobre la creación, puesto que desde su condición secular, permaneciendo esencialmente en el mundo, es por lo que puede ser instrumento del Señor para someter la creación entera a su Señorío.

El sacerdote y el religioso, por supuesto, están en el mundo…, pero es un estar en el mundo como lugar sociológico, más que teológico. El estar en el mundo, su vocación y misión, desde su condición sacerdotal y profética, es para anunciar y dirigir las realidades terrenas hacia un horizonte: el más allá; señalar los bienes que no son de este mundo… Mientras que la presencia del seglar en el mundo es plenamente teológica: es el lugar en el que lo coloca su vocación y misión —la secularidad— para, desde esa realeza y señorío, recapitular todas las cosas en Cristo y presentarlas al Padre, que es donde aparece su dimensión sacerdotal: consagrar el mundo a Dios.

Los que recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado ministerio, por razón de su vocación particular; en tanto que los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas.

A los seglares, por su parte, pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

.

Posted in Iglesia | Etiquetado: , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Sacerdotes, profetas y reyes

Cómo está estructurado el Pueblo de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

Son muchas las dudas que existen en cuanto se refiere a la estructura de la Iglesia fundada por Jesucristo, incluso en la legislación, especialmente en lo que se refiere a los términos que se deben usar.

Varios de los documentos del Concilio Vaticano II, el Código de Derecho Canónico, la exhortación apostólica: La vida consagrada y otros documentos de la Iglesia, aportan material e información para lograr hacer un esquema completo, claro y conciso a la vez.

 

Con base en esos documentos, se descubre que hay dos maneras de dividir al Pueblo de Dios: según la constitución jerárquica de la Iglesia y según la condición de vida de sus miembros, así:

 

A. Según la constitución jerárquica de la Iglesia

 

            1. Los ministros sagrados o clérigos

 

            2. Los laicos

 

 

B. Según la situación del fiel según su condición de vida

 

            1. Clérigos seculares

 

            2. Vida consagrada

 

                        a. Institutos

 

1) Institutos religiosos

 

2. Institutos seculares

 

                        b. Vida eremítica o anacorética

 

                        c. El Orden de las vírgenes

 

                        d. Viudas

 

                        e. Nuevas formas de vida consagrada

 

            3. Seglares

 

                        a. Sociedades de vida apostólica

 

                        b. Asociaciones de fieles

 

                        c. Movimientos apostólicos

 

 

He aquí la descripción:

 

A. Según la constitución jerárquica de la Iglesia

 

Debido al principio de igualdad, todos los que pertenecen al Pueblo de Dios reciben un mismo nombre, el de fieles, y todos gozan igualmente de una condición común. El Sacramento que constituye a un hombre en fiel es el Bautismo. Por eso, todos los bautizados forman la Iglesia.

 

Según la voluntad de Cristo, su fundador, no hay más que una Iglesia y solo existe una condición de fiel: se es discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia cuando se está unido al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, por tres vínculos de común unión: fe, sacramentos y unión con el Papa y los obispos.

 

Pero también, porque así lo quiso Dios, por el Sacramento del Orden, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sa­grados, que se denominan también clérigos; los demás se denominan laicos.

 

 

1. Los ministros sagrados o clérigos

 

Por voluntad de Cristo —y por consiguiente no por decisión o delegación de los hombres— existe en la Iglesia unos grados o categorías, llamados jerarquía, dotada de poder y misión recibidos de Cristo para:

 

·        enseñar la doctrina,

·        guardar la fe,

·        gobernar la vida de la Iglesia,

·        administrar los sacramentos y

·        renovar el sacrificio de Cristo en la Cruz mediante la celebración de la Santa Misa.

 

Pero la jerarquía es una participación del sacerdocio de Cristo; por eso se diferencia no sólo por el grado sino por su esencia.

 

El sacerdocio jerárquico es un poder sacramen­tal sobre el Cuerpo de Cristo, del que se origina el poder sobre la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo; es el poder de santificar, gobernar y enseñar a los fieles.

 

El sacerdo­cio jerárquico es participación de un poder de Dios, y sólo por un acto de Dios puede ser otorgarlo, a través del Sacramento del Orden, la ordenación.

 

Este Sacramento tiene tres grados: episcopado (obispos), presbiterado (presbíteros) y diaconado (diáconos). De estos tres grados, los dos primeros son sacerdotes, pero no el tercero, que constituye el grado inferior de la jerarquía y que sólo se destina a servicios relacionados con los otros dos grados.

 

Los obispos son los sucesores de los apóstoles que, unidos entre sí, forman lo que se llama el Colegio apostólico. Este Colegio apostólico no tiene autoridad sino cuando está unido al Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como Cabeza de ese mismo Colegio apostólico.

Los obispos reciben del Señor la misión de enseñar a todas las gentes, de predicar el Evangelio a toda criatura; son los administradores de la gracia del supremo sacerdocio y gobiernan con el poder y las facultades de Cristo y como sus enviados las iglesias particulares que se les han encomendado: a cada obispo se le encomienda una diócesis, una prelatura o un vicariato apostólico, que suelen ser zonas territoriales o geográficas, dentro de las cuales están todos los fieles a los que gobierna.

 

Los presbíteros son los sacerdotes colaboradores de su obispo, como ayuda e instrumento suyo, y lo representan en la diócesis a la que están incardinados, es decir, a la que pertenecen oficialmente.

 

Por su parte, los diáconos sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en la diócesis a la que pertenecen.

 

Prelaturas personales

 

Las prelaturas personales no son una zona territorial o geográfica, como las diócesis, sino un pueblo específico: por eso se habla de prelatura personal, a diferencia de las otras, que son territoriales. Así ocurre, por ejemplo, con los miembros del ejército y sus familias: son guiados por los presbíteros que los atienden y el obispo castrense que los gobierna como su prelado. En algunos casos, también están integradas por aquellos que se incorporan a sus fines y lo hacen mediante contratos o convenciones, en los que se determinan los derechos y deberes mutuos, de acuerdo con los estatu­tos de la prelatura.

 

Ejemplo de prelatura personal es el Opus Dei, cuyos miembros, esparcidos por todo el mundo, están bajo la autoridad de su obispo–prelado y tienen sus presbíteros, que los asisten espiritualmente. Dicha ayuda espiritual se extiende a quienes participan de los medios de formación que imparte la prelatura a toda clase de personas

 

Por sus poderes y funciones, los obispos, presbíteros y diáconos no se pueden reunir en una sola categoría, pero sí con relación con el sacramento del Orden que reciben y que:

 

o   produce en ellos una consagración personal, que los hace personas sagradas para ser destinados al culto divino, y —en los que son sacerdotes— su condición es la de personas que obran en Persona de Cristo cuando ejercen su sacerdocio;

o   los destina a los asuntos eclesiásticos, de modo que deben apartarse, al menos en gran parte, de los asuntos seculares (o temporales);

o   causa en ellos un estilo de vida.

 

Este es un tipo de fieles que reciben el nombre de ministros sagrados o clérigos y su conjunto se llama clero o clerecía.

 

Respecto a la condición del fiel no hay ninguna distinción entre varón y mujer: la mujer tiene todos los derechos de los fieles al igual que el varón. La ordenación sagrada no es un derecho de los fieles, pues responde a una específica voluntad de Cristo y exige, a la vez, llamada divina y de la jerarquía; por eso, que solo los varones sean sujetos para la válida ordenación no constituye ninguna discriminación de derechos respecto de las mujeres. La capacidad para ordenarse no pertenece al plano de igualdad, sino a la variedad y distinción de funciones y, por lo tanto, la diferencia entre varón y mujer no atenta contra la igualdad. El sacerdocio ministerial actúa en la Persona de Cristo, y Cristo realizó el sacrificio de la Cruz como Nuevo Adán, esto es, no solo como hombre, sino también como varón y como Esposo. Por eso, la actuación en la Persona de Cristo requiere ser varón; la mujer no puede actuar en la Persona de Cristo.

 

 

2. Los laicos

 

Por contraste con los clérigos, el resto de los fieles han recibido, ya en los primeros siglos, el nombre de laicos.

 

En este sentido, el término laico significa el no clérigo, con todos los derechos, capacidades y deberes del fiel. Laico no implica otra cosa que la ausencia de ordenación sagrada. Al no tener ningún elemento positivo de especificación, el laico en este sentido no forma ningún tipo específico de fiel, sino que equivale al que es fiel, sin otra circunstancia específica.

 

Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el servicio estable (se llaman ministros instituidos) de lector y acólito, mediante el rito litúrgico prescrito. También se deja abierta la puerta a que otros servicios laicales sean solicitados por las conferencias episcopales.

 

Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en la ceremonia litúrgica; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, según las normas.

 

Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores, ni acólitos, suplirlos en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la Palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho.

 

Los laicos que de modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial de la Iglesia tienen el deber de adquirir la formación conveniente que se requiere para desempeñar bien su función, y para ejercerla con conciencia, generosidad y diligencia.

 

 

 

B. Según la situación del fiel según su condición de vida

 

En los dos grupos descritos —clérigos y laicos— hay fieles que se obligan a cumplir de los consejos evangéli­cos de obediencia, pobreza y castidad, a través de una ceremonia que se llama la profesión. Y lo hacen mediante votos u otros vínculos sagrados, reconocidos y aprobados por la Iglesia, con los que se consagran a Dios según una ma­nera particular, contribuyendo así a la misión salvadora de la Iglesia.

 

Este estado no afecta a la estructura jerárquica de la Iglesia; pertenece, sin embargo, a la vida y santidad de la mis­ma.

 

Aparece así la tripartición, según los tipos de fieles:

 

1.      Los clérigos seculares, aquellos sacerdotes que se dedican a los asuntos de la Iglesia.

 

2.      La vida consagrada, aquellos que hacen la profesión los consejos evangéli­cos, y que se caracterizan por la separación del mundo.

 

Para evitar confusiones, en esta clasificación se prefiere usar el término: vida consagrada, en vez del anterior, menos amplio: religiosos.

 

3.      Los seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

 

También para evitar la confusión que se puede presentar al utilizar la palabra laico que, como se dijo más arriba es aquel fiel que no es clérigo, en esta tripartición se utiliza el término: seglar: aquel fiel que no es consagrado ni sacerdote secular.

 

En resumen, mientras la bipartición —clérigos y laicos— tiene por criterio la recepción del sacramento del Orden y su fundamento es la constitución jerárquica, la tripartición —clérigos seculares, vida consagrada y seglares— tiene por criterio la condición de vida y por fundamento la diversa posición jurídica del fiel respecto de la Iglesia y del mundo.

 

Aquí cabe muy bien recordar la oración con la que el sacerdote unge a los que son bautizados: “Yo te unjo para que seas como Jesucristo: sacerdote, profeta y rey”. De esta incorporación a Jesucristo por el Bautismo surgen todas las vocaciones: el sacerdocio ministerial (Cristo sacerdote), la vida consagrada (Cristo profeta) y la vida seglar (Cristo rey).

 

 

1. Clérigos seculares

 

De los clérigos se habló ya lo suficiente, más arriba, cuando se explicó que son aquellos que recibieron el Sacramento del Orden sagrado, los ministros sagrados.

 

La palabra secular significa aquí que estos ministros ordenados no profesan los consejos evangélicos y, por lo tanto, pertenecen a una diócesis (son sacerdotes diocesanos), a una prelatura o a un vicariato apostólico.

 

 

2. Vida consagrada

 

El estado de los consagrados no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia; ni es un estado intermedio entre la condición clerical y la condición laical.

 

La vida consagrada por la profesión pública y sagrada de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo se dedican totalmente a Dios como su amor supremo. Entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, buscan conseguir la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, anuncian la gloria que nos espera en el Cielo. Esto es lo que identifica la vida consagrada y la distingue de cualquier otra forma de vida consagrada producida por la simple recepción del Bautismo o la del Orden sagrado.

 

 

a. Institutos

 

Son dos los institutos de vida consagrada: los institutos religiosos y los institutos seculares, y tienen las siguientes características:

 

v Los miembros de los institutos de vida consagrada adquieren en la Iglesia una forma estable de vivir que se llama estado.

v Es una nueva consagración, añadida a la consagración bautismal: están entregados a Dios por un título nuevo y propio.

v La nueva consagración es un valioso testimonio público que anuncia la gloria del Cielo.

v Todo ello se realiza a través de estos tres factores esenciales:

¨      la profesión formal en presencia de la Iglesia de los tres consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia,

¨      la asunción de esta obligación mediante votos, u otros sagrados vínculos asimilados teológicamente a los votos como pueden ser juramentos, promesas, etc. y

¨      la observancia de las Reglas propias de cada instituto.

 

Se llama instituto clerical aquel que se halla bajo la dirección de clérigos, que ejercitan del Orden sagrado y está reconocido como tal por la autoridad de la Iglesia.

 

Se denomina instituto laical aquel que no incluye el ejercicio del Orden sagrado. Hoy, sin embargo, para expresar adecuadamente la vocación de sus miembros, se prefiere usar el término de instituto religioso de hermanos.

 

 

1) Institutos religiosos

 

La vida religiosa, como consagración total de la persona, manifiesta el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida futura. De este modo el religioso consuma la plena donación de sí mismo como sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda su existencia se hace culto continuo a Dios en la caridad.

 

Un instituto religioso es una sociedad en la que los miembros emiten votos públicos perpetuos o temporales (que han de renovarse, sin embargo, al vencer el plazo), y viven vida fraterna en común. El voto es una promesa deliberada y libre, hecha a Dios, de un bien posible y mejor, que debe ser cumplido en virtud de la religión.

 

El testimonio público que han de dar los religiosos a Cristo y a la Iglesia lleva consigo un apartamiento del mundo.

 

Los rasgos específicos de un instituto religioso son los siguientes:

 

§  La profesión de los consejos evangélicos mediante votos públicos perpetuos (o que lo vayan a ser). En un instituto religioso no caben otros sagrados vínculos que los originados por los votos, a diferencia de los institutos seculares.

§  La vida común, no entendida sólo como incorporación a una sociedad como miembro, sino en cuanto significa vida en comunidad dentro de la misma casa y bajo una común disciplina.

§  La separación del mundo según la índole y finalidad de cada instituto. Esto se fundamenta en el hecho de que el estado religio­so, en cuanto que deja a sus miembros más libres de los cuidados terrenos, ma­nifiesta también mejor a todos los creyentes los bienes celestiales ya presentes en esta vida, al tiempo que da un testimonio de la vida nueva y eterna conse­guida por la Redención de Cristo, y anuncia la resurrección futura y la glo­ria del Reino celestial.

 

Nadie piense que los religiosos por su consagración, se hacen extraños a los hombres o inúti­les dentro de la ciudad terrena. Porque, aunque en algunos casos no estén di­rectamente cerca de sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes de un modo más profundo en las entrañas de Cristo y cooperan con ellos espiritualmente para que la edificación de la Ciudad terrena se fundamente siempre en Dios y a Él se dirija, no sea que hayan trabajado en vano los que la edifican.

 

Los institutos puramente contemplativos son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, el esfuerzo (la ascesis) personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios.

 

En los institutos de vida activa y contemplativa, las diversas familias se dedican, además de la contemplación, a la actividad apostólica y misionera o a obras de caridad.

 

 

2. Institutos seculares

 

Son institutos de vida consagrada: se consagran, tienden a la perfección de la caridad, pero sus fieles viven en el mundo, y se dedican a procurar la santificación del mundo haciendo apostolado en el mundo; esa es la razón de su existencia..

 

Son institutos de vida consagrada por la profesión verdadera y completa de los consejos evangélicos reconocida como tal por la Iglesia, pero si los institutos religiosos profesan los consejos evangélicos necesariamente mediante votos públicos, los institutos seculares —también de modo público— los asumen mediante otros vínculos sagrados, como juramentos, promesas, etc., según lo que establezcan las constituciones en cada caso.

 

Otra diferencia con los institutos religiosos consiste en que sus miembros han de vivir en las circunstancias ordinarias del mundo, ya solos, ya con su propia familia, ya en grupos de vida fraterna, de acuerdo con las constituciones, es decir: no tienen la vida fraterna en común.

 

La tercera diferencia es que no se les exige separación del mundo, sino inserción en el mismo. Secular no es sinónimo de laico; aquí la secularidad es la condición de clérigos o laicos que abrazan esta forma de vida permaneciendo en el siglo, por contraposición a los religiosos, a quienes se les exige una separación del mismo.

 

Los institutos seculares suelen estar formados por miembros laicos (no sacerdotes), pero hay también institutos seculares clericales, que dan una valiosa aportación. En ellos, sacerdotes diocesanos se consagran a Cristo según un carisma específico, para ser fermento de comunión y generosidad apostólica entre los hermanos del instituto.

 

Está establecido que los miembros se incorporan en forma definitiva al instituto mediante vínculos temporales que, en cuanto tales, deben ser siempre renovados periódicamente. Y se incorporan en forma perpetua, cuando asumen los vínculos sagrados perpetuos y, por tanto, no renovables.

 

 

b. Vida eremítica o anacorética

 

Además de los institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce a los ermitaños o anacoretas quienes, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo.

 

Un ermitaño es reconocido por el derecho como entregado a Dios dentro de la vida consagrada si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante votos u otro vínculo sagrado, en manos del obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo su dirección.

 

Los anacoretas nunca han sido considerados como instituto; se trata de la vida eremítica pura (hay algunas órdenes, por ejemplo camaldulenses, que dentro de sus constituciones tienen la posibilidad de vivir la vida eremítica, pero no son anacoretas).

 

 

c. El Orden de las vírgenes

 

Asemejadas a las forma de vida consagrada eremítica están las vírgenes quienes, formulando el propósito santo de seguir más de cerca a Cristo, son consagradas a Dios por el obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran los desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia.

 

Esta forma de vida es para algunas mujeres fieles (y únicamente para mujeres). Sólo practican un consejo, aunque queda plenificado por ser sólo uno y solemnizado litúrgicamente. Aunque en el canon están dentro de la vida consagrada, por ser sólo un consejo evangélico, la mayor parte de los comentaristas dicen que no es vida consagrada, sino que se le asemeja.

 

El ritual y las normas de la Santa Sede establecen los requisitos que se han de cumplir: no ser viudas, no haber vivido pública o manifiestamente en estado o condición contraria a la castidad; edad, prudencia y costumbres —según quienes las conocen— que garanticen la perseverancia en su propósito.

 

Pueden asociarse, pero su asociación no da lugar a un instituto de vida consagrada; si se asocian se rigen por lo establecido para las asociaciones de fieles (que se describen más abajo).

 

 

d. Viudas

 

Hoy vuelve a practicarse también la consagración de las viudas, que se remonta a los tiempos apostólicos, así como la de los viudos. Estas personas, mediante el voto de castidad perpetua como signo del Reino de Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración y al servicio de la Iglesia.

 

 

e. Nuevas formas de vida consagrada

 

Se deja abierta la puerta a nuevas formas de vida religiosa o consagrada, cuya aprobación se reserva la Sede Apostólica, encomendando entre tanto a los obispos el discernimiento sobre las mismas.

 

 

3. Seglares

 

Finalmente, ya no como vida consagrada, están lo seglares, que se pueden asociar, si así lo desean.

 

 

a. Sociedades de vida apostólica

 

Sociedades de vida común sin votos era su nombre anterior.

 

Sus miembros no profesan votos, aunque algunas sociedades pueden abrazar los consejos evangélicos mediante otros vínculos que determinen las constituciones; en estos casos, la profesión sería privada. Buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de las constituciones.

 

No son institutos de vida consagrada, porque les falta por definición el elemento fundamental de la consagración: la profesión pública de los tres consejos evangélicos.

 

Se asemejan, no obstante, a los institutos de vida consagrada y más específicamente a los institutos religiosos, por los fines que persiguen y, simultáneamente, por la vida en común a la que se comprometen sus socios. La vida en común es el elemento esencial de estas sociedades.

 

Esta asimilación —no identificación— implica, como principal consecuencia que buena parte de las normas por la que se rigen sea según los institutos de vida consagrada o los institutos religiosos.

 

 

b. Asociaciones de fieles

 

Existen en la Iglesia asociaciones en las que los fieles, clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos, buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, como iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación del orden temporal con espíritu cristiano.

 

Se llaman clericales las que están bajo la dirección de clérigos, hacen suyo el ejercicio del Orden sagrado y son reconocidas como tales por la autoridad competente.

 

Se llaman órdenes terceras, miembros asociados o con otro nombre adecuado, las que, viviendo en el mundo y participando del espíritu de un instituto religioso, se dedican al apostolado y buscan la perfección cristiana bajo la alta dirección de ese instituto.

 

Las asociaciones públicas de fieles son las que han sido erigidas por la autoridad eclesiástica competente, y llevan consigo la posibilidad de actuar en nombre de la Iglesia, dentro del ámbito de los fines que se proponen alcanzar.

 

Las asociaciones privadas en ningún momento pueden actuar en nombre de la Iglesia; son fruto de la iniciativa privada de los fieles, aunque pueden adquirir personalidad jurídica por decreto de la autoridad si bien, aunque no deseen obtener esa personalidad jurídica, deben someter sus estatutos a la revisión de la autoridad eclesiástica.

 

 

c. Movimientos apostólicos

 

Como un apartado más, además de hablar de las asociaciones de fieles, habría que hablar hoy, también, de los movimientos apostólicos. Jurídicamente es posible que estén englobados dentro de las asociaciones de fieles, pero en el ámbito eclesial y magisterial se habla de estos movimientos como una realidad con autonomía propia.

 

 

 

 

 

Posted in Iglesia | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Cómo está estructurado el Pueblo de Dios