Hacia la unión con Dios

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Vivimos en un universo alterno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2017

universo

Fue santa Teresa de Jesús quien, al describir el estado místico más alto de unión con Dios al que llegan algunos —conocido como la unión transformante o matrimonio espiritual—, afirmó que el mundo entero les parece a los místicos una farsa de locos.

Efectivamente, esta santa doctora de la Iglesia afirma que quien ha llegado a este grado místico tan elevado lo ve todo como “al revés” de como lo ven los demás hombres o de como lo veía él mismo antes de experimentar esa alta contemplación. Y se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en esa mentira» (Santa Teresa, Vida, 20, 26); «se ríe de sí mismo, del tiempo en el que valoraba el dinero y la codicia» (ídem 20, 27), y le parece que «no puede vivir, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21, 4).

Es más: se lamenta así: «¡Oh, qué será del alma que llega a este estado y se ve obligada a tratar con los demás, y ver esta farsa de esta vida tan mal establecida!» (21, 6).

Y así se expresan muchos otros santos místicos que han experimentado y descrito estas vivencias místicas.

Es que el Universo que creó Dios era uno solo, en el que se percibía tanto lo visible como lo invisible; pero después del pecado original, el ser humano perdió —entre otras muchas cosas— la capacidad de apreciar lo invisible: se opacaron para él la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles), los demonios, los santos… Tras el pecado del hombre, el apetito sensible por lo material, por lo temporal, creció tanto, que menguó casi hasta su extinción la facultad de advertir todo ese mundo espiritual.

Cegado de esa manera, el hombre perdió la noción completa del Universo en el que se halla inmerso y, por la mala inclinación que le quedó como consecuencia del pecado y por las tentaciones diarias que le producen los espíritus malignos, comenzó a apegarse a las criaturas visibles: a los otros seres humanos, a las cosas materiales, a sus propias ideas y a sí mismo.

Y hasta tal punto llegó, que muchos de ellos se convirtieron en esclavos de los placeres carnales, del deseo de poseer cosas materiales, de gozar de la fama o de la aprobación de los demás y de acceder al poder.

Por eso, san Juan llega a afirmar que «todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne [la lujuria], la concupiscencia de los ojos [la codicia] y la soberbia de la vida» (1Jn 2, 16), que son los 3 pecados capitales principales.

Perdida así su libertad para comprender su esencia material/espiritual, su trascendencia y la razón para la cual fueron creados por Dios, los hombres se empequeñecieron a tal punto, que disminuyeron más y más su capacidad de observar lo espiritual del mundo que los rodea, y se quedaron admirando y seguros únicamente del universo material.

En innumerables pasajes de la Biblia, se describen las tinieblas, la oscuridad en la que quedaron los mortales por eso. Un ejemplo entre muchos: «Pues mira cómo la oscuridad cubre la Tierra y espesa nube a los pueblos» (Is 60, 2a).

¿Y por qué se habla de oscuridad? Porque no se percatan los hombres que fueron hechos para una eternidad feliz, que esta vida es solo un paso para llegar allá: una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor; que solo quienes superen esa prueba podrán gozar de la felicidad a la que consciente o inconscientemente aspiran todos: una felicidad creciente que no acabe jamás, y que sacie sobreabundantemente las ansias de dicha que hierven en sus corazones.oscuridad

Vivir en esa oscuridad es como vivir en un universo distinto, diferente al primero, una especie de universo alterno, precisamente del que hablaba santa Teresa como una farsa: en este universo alterno lo que más importa es el placer, el tener, el poder y la fama.

En vez de procurarse la auténtica felicidad, corren por el mundo buscando llenar su vacío interior con un poco de placer diario, sin aspirar a nada duradero.

Para agravar su situación, muchas circunstancias de sus vidas estimulan esa inconciencia generalizada: los medios de comunicación los instan a buscar el placer pasajero y al poseer mucho como únicas fuentes posibles de felicidad; las novelas y las películas los inducen a apegarse más y más a sus seres queridos, de modo que cuando les acaece la muerte —inevitable, aunque muchos lo olvidan— se les desgarran dramáticamente sus corazones, sin que tengan en cuenta que pronto los verán, y mucho más rápido de lo que imaginan, pues esta vida «es sólo un soplo» (Sal 38, 7); cada vez que tienen un revés en sus vidas, pierden la paz, olvidando que Dios los está cuidando amorosamente, propiciando o permitiendo que cada acontecimiento ocurra para sacarlos de esa oscuridad en la que se encuentran o para acercarlos más a la felicidad auténtica que se gusta ya en la tierra: no saben que «todo es para bien» (Rm 8, 28).

Paradójicamente, muchos de ellos se quejan porque Dios no los escucha y, como su criterio está oscurecido, llegan a decir que Dios no existe, porque no les da lo que desean, ignorando de cuántos peligros los libró y cómo los ayudaba a acercarse a la luz, es decir, a la verdad.

Lo que más le cuesta entender al hombre o a la mujer que vive en esa oscuridad es el sufrimiento, permitido siempre por Dios para nuestra liberación de la oscuridad: verdad, por ejemplo, es que cada vez que Dios permite que muera un ser querido lo hace para recordarnos que esta vida es un instante, como afirmaba santa Teresita del Niño Jesús, que debemos ocuparnos más por lo verdaderamente importante —la vida eterna—, que debemos prepararnos para llegar a la casa de Dios-Padre. Y lo pretende Dios cuando permite una enfermedad o un sufrimiento: nos hace valorar las circunstancias en su medida correcta, nos hace verlas con su luz, no desde nuestra oscuridad.

Es que lo único que importa es ir a gozar para siempre del amor de Dios. Así lo expresó Jesús: «Marta, Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y una sola es necesaria» (Lc 10, 42). Y así nos lo dice a nosotros.

Desde nuestra oscuridad nos pueden parecer buenas muchas cosas y circunstancias que en realidad son malas para nosotros, pues nos alejarían de la finalidad de nuestra vida —lo único necesario, que decía Jesús, la felicidad auténtica— o correríamos el riesgo de alejarnos de ella.

Desde nuestra oscuridad podríamos hasta llegar a pensar que Dios nos quitó algo con lo que creíamos poder obtener un gran beneficio, pero desde su luz quizá nos sorprendamos al verificar cuán lejos estábamos de la verdad.

Por eso, dejemos que sea Dios quien guíe nuestras vidas, que haga y deshaga en ellas lo que quiera; dejemos a un lado la soberbia de creer que sabemos lo que nos conviene. Eso sería vivir con luz.

Vivir con luz es saber que estamos de paso por esta Tierra.

La luz que Dios nos da nos hace entender que lo único que se tendrá en cuenta a la hora del juicio será el amor efectivo (no el solamente afectivo) que hayamos realizado en esta vida: En cambio, la oscuridad nos hace cada vez más egoístas, hasta el punto de que muchos sólo piensan en sí mismos, sin importarles la suerte de los demás…

Lo más triste es que eso les ocurre a todos, en mayor o menor grado, inclusive a quienes están procurando las cosas del espíritu pues, como dice san Juan de la Cruz, casi siempre las buscan solo para complacerse, con lo que prueban su egoísmo…

Dios, al ver que su hijo, su criatura predilecta —el hombre— se perdía irremediablemente engañada de ese modo, se apiadó de ella, y le envió su Palabra esclarecedora y liberadora. Efectivamente, al leerla, el ser humano puede redescubrir lo que sus ojos tienen velado: el Universo completo. No ese universo parcial, sino todo: puede descubrir que tras esta vida, hay otra; que esta es muy corta, pues le espera una infinita, después de terminar su paso por esta Tierra.

Veamos algunos pasajes de esa Palabra de Dios:

San Pablo afirma que nosotros [se refiere a los cristianos que ya viven en la luz] «no nos fijamos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18). Nótese que aquí la Palabra de Dios habla de lo que nos interesa, de aquello a lo que le damos más importancia en nuestra vida: si seguimos buscando el placer, el tener, la fama, la honra, el poder, todavía estamos en la oscuridad.

Ya podemos entender que, en medio de la oscuridad, de las tinieblas, no advertimos sino la apariencia de las cosas y de las circunstancias. Por eso, conviene que recordemos constantemente que «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

Ver solo el universo alterno es ser mundanos, es vivir según la carne: «Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5).

Pero «el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

Salgamos de este universo alterno y regresemos al Universo primero, al Universo total. Vivamos en la verdad.

Para ello, basta cumplir los mandamientos, frecuentar los Sacramentos y hacer mucha, mucha oración.

Al orar, vislumbras ese primer Universo; al entrar a una iglesia, entras en él; al asistir a Misa, todo ese Universo baja para ti; al recibir un Sacramento, él entra en ti. Y así vivirás en la verdad.

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‘Hay que ambicionar’

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2014

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca!; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mayor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

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Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2012

¿Cumplir mandamientos?

 

La segunda acepción de la palabra Sabiduría, según la Academia de la Lengua, es: Conducta prudente en la vida o en los negocios. Es, pues, el secreto de la felicidad, de la felicidad auténtica: quien tenga tal conducta en la vida será feliz.

Y los mandamientos de Dios, como nos lo explica hoy el Deuteronomio, son nuestra sabiduría a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: «Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente». Y, más adelante dice: ¿Cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy nos da Dios?

Quien cumpla esos mandatos será, entonces, feliz.

Santiago, en la segunda lectura, va más lejos: si aceptamos dócilmente cumplir esos mandatos que están en la Palabra de Dios, nos salvaremos, ¡llegaremos a la felicidad eterna en el Cielo, donde no habrá más sufrimiento, estrés, angustia, enfermedades, muerte!…

Pero nos advierte que, para lograr esto, es indispensable llevar esa Palabra a la práctica y no limitarnos a escucharla, engañándonos a nosotros mismos.

Finalmente, en el Evangelio, san Marcos nos recuerda que Cristo, nada menos que la sabiduría encarnada, la infinita sabiduría, nos insta a que no honremos a Dios únicamente con los labios, ni menos aún con preceptos humanos; que cumplamos los divinos.

Y añade que es de dentro, del corazón del hombre, de donde salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad…

Para evitar todas esas maldades, que salen de dentro y hacen al hombre impuro, nos dio los mandamientos.

Cumplirlos es, pues, el acto más sensato, más prudente, el que más nos lleva a la felicidad y, por lo tanto, es el mejor negocio que podemos hacer en esta vida.

¿Cómo despreciarlos, creyendo que son una imposición divina?

 

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Las profundas cavernas del sentido*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 23, 2012

(Nota: el texto entre corchetes [ ] es añadido, para mejor comprensión.)

Estas cavernas son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad, las cuales son tan profundas, que no se llenan sino con infinito. Con lo que sufren cuando están vacías, podremos de alguna manera de ver lo que gozan y deleitan cuando están llenas de Dios.

Estas cavernas de las potencias, cuando no están vacías, purgadas y limpias de todo apego de criaturas, no sienten elvacío grande de su profunda capacidad; porque en esta vida basta cualquier cosita que se les pegue, para tenerlas tan distraídas y embelesadas que no sienten su privación, y no anhelan sus inmensos bienes ni conocen su capacidad. Y es cosa verdaderamente admirable que, siendo capaces de bienes infinitos, les baste el menor de todos los bienes para distraerlas de manera que no puedan recibir el verdadero Bien infinito, que es Dios, hasta que no se vacíen de esas pequeñas criaturas.

Pero cuando están vacías y limpias, es intolerable la sed, el hambre y el ansia de lo espiritual; porque, como son tan profundos los estómagos de estas cavernas, sufren profundamente, ya que el manjar que echan de menos tam¬bién es infinitamente profundo: es Dios.

Y este gran sentimiento comúnmente le ocurre a la persona hacia el final de la fase iluminativa, cuando ya está purificada su alma, pero todavía no ha llegado a la unión con Dios, donde ya se satisfará. Porque, como el apetito espiritual está vacío y purgado de toda criatura —y, por lo tanto no tiene apegos—, pierde el temple para lo natural y está templada para lo divino: tiene ya el vacío dispuesto y, como todavía no se le comunica lo divino, sufre intensamente por este vacío, y siente una sed de Dios que es más que el morir, especialmente cuando se le trasluce algún rayo divino que no se le comunica. Estos son los que padecen con un amor tan impaciente, que no pueden durar mucho sin recibir ese amor de Dios o morir.

La primera caverna es el entendimiento. Su vacío es una sed de Dios tan grande, que la compara David (Sal 41, 1) a la del ciervo (que dicen que es vehementísima), diciendo: Así como desea el ciervo las fuentes de las aguas, así mi alma desea a ti, Dios. Y esta es sed de las aguas de la sabiduría de Dios, que es el objeto del entendimiento[: Jesucristo, la sabiduría encarnada].

La segunda caverna es la voluntad, y el vacío de ésta es un hambre de Dios tan grande que hace desfallecer al alma, según lo dice también David (Sal 83, 3): Codicia y desfallece mi alma a los tabernáculos del Señor. Y esta hambre es de la perfección de amor que el alma pretende[: el Espíritu Santo].

La tercera caverna es la memoria, y el vacío de ésta es deshacimiento y derretimiento del alma por la posesión de Dios, como lo nota Jeremías (Lm 3, 20): Como con memoria me acordaré, y de Él mucho me acordaré, y se derretirá mi alma en mí; revolviendo estas cosas en mi corazón, viviré en esperanza de Dios Padre[, que todo lo da].

Es, pues, profunda la capacidad de estas cavernas, porque lo que en ellas puede caber, que es Dios, es profundo de infinita bondad; y así será en cierta manera su capacidad infinita, y así su sed es infinita, su hambre también es profunda e infinita, su deshacimiento y pena es muerte infinita. Que, aunque no se padece tan inten¬samente como en la otra vida, pero padécese una viva imagen de aquella privación infinita, por estar el alma en cierta disposición para recibir su lleno. Aunque este penar es a otro temple, porque es en los senos de! amor de la voluntad, que no es el que alivia la pena, pues cuanto mayor es el amor, es tanto más impaciente por la posesión de su Dios, a quien espera por momentos de intensa codicia.

Pero, ¡válgame Dios!, si es verdad que, cuando el alma desea a Dios con entera verdad, tiene ya al que ama, como dice san Gregorio sobre san Juan, ¿cómo sufre de ansias por lo que ya tiene? Porque en el deseo que —dice san Pedro— tienen los ángeles de ver al Hijo de Dios (1 Pe 1, 12), no hay alguna pena o ansia, porque ya lo poseen. Aquí el alma, cuanto más desea a Dios más lo posee, y la posesión de Dios le da deleite y satisfacción. Es lo mismo que les ocurre a los ángeles, que desean y se deleitan en la posesión de Dios, saciando siempre su alma, sin el fastidio de llenarse; por lo cual, porque no hay fastidio, siempre desean, y porque hay posesión, no sufren. Así mismo, el alma siente aquí este deseo, con tanta sensación de saciedad y de deleite, cuanto mayor es su deseo, pues tanto más tiene a Dios.

En esta cuestión viene bien notar la diferencia que hay en tener a Dios por gracia, y en tenerlo también por unión: cuando se tiene a Dios únicamente por la gracia, se da el amor entre Dios y la criatura; pero cuando se lo tiene también por unión, se dan las comunicaciones de Dios al alma y del alma a Dios, que tanto placer producen. Entre estos dos modos de tener a Dios se puede deducir la diferencia que hay entre el desposorio y el matrimonio espiritual.
Porque en el desposorio se dan una semejanza y una sola voluntad de ambos y, además, el Esposo le regala al alma dones y virtudes; pero en el matrimonio hay también comunicación de las personas entre sí y la vivencia de una unión auténtica.
Cuando el alma ha llegado a tanta pureza en sí y en sus potencias, la voluntad está muy pura y purgada de otros gustos y apetitos, según la parte inferior [los sentidos corporales] y la superior [inteligencia, memoria, sentimientos, sensaciones, afectos, emociones…], por lo que también está dándole enteramente el sí a Dios, siendo ya la voluntad de Dios y la del alma una. Entonces la persona, en un consentimiento propio y libre, ha llegado a tener todo lo que puede a Dios (por vía de voluntad y gracia). Y esto se da porque Dios le ha dado en el sí de ella su verdadero sí y entero de su gracia.

Es éste es un alto estado de desposorio espiritual del alma con el Verbo, en el cual el Esposo la da grandes dádivas y la visita amorosísimamente muchas veces, en las que ella recibe grandes sabores y deleites.
Pero todo esto no se compara con los deleites del matrimonio espiritual, porque apenas son disposiciones para la unión del matrimonio; que, aunque es verdad que esto pasa en el alma que está purgadísima de todo apego de criatura (porque de otro modo no se hubiera hecho el des¬posorio espiritual, como dijimos), todavía es necesario que el alma tenga otras disposiciones positivas de Dios, de sus visitas y sus dones, con las que la va purificando, hermoseando y afinando más, para que esté decentemente dispuesta para tan alta unión. Y en esto pasa tiempo (en unas más y en otras menos), porque Dios lo va haciendo a la velocidad que tiene cada alma. Y esto está figurado por aquellas doncellas que fueron escogidas para el rey Asuero (Est 2, 2-4; 12, 4), que, aunque ya las habían sacado de sus tierras y de la casa de sus padres, antes que las llegasen al lecho del rey, las tenían un año (aunque en el palacio) encerradas: durante el primer semestre se estaban disponiendo con ciertos ungüentos de mirra y otras especies, y el otro medio año con otros ungüentos más finos; solo después de ello iban al lecho del rey.

Es en este tiempo de este desposorio y espera del matrimonio con las unciones del Espíritu Santo, cuando son más valiosos los ungüentos de disposiciones para la unión de Dios, cuando se dan las ansias de las cavernas del alma, extremadas y delicadas. Es que estos ungüentos disponen más próximamente a la unión con Dios, y por eso engolosinan a alma más finamente de Dios: el deseo se hace más fino y profundo, porque el deseo de Dios es disposición para unirse con Dios.

San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 3ª, verso 3, 18ss

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Los vicios capitales en la vida de oración*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2010

 

Es muy frecuente encontrar que a las almas que se determinan a servir a Dios, Él les vaya dando deleites espirituales, del mismo modo que lo hace una madre con su hijo pequeño; por eso, pasan grandes ratos en oración e, incluso, las noches enteras; sus gustos son las penitencias y los ayunos; sus consuelos son usar los sacramentos y la comunicación de las cosas divinas: lo que los mueve a hacer todo es el gusto y el consuelo que encuentran en ello[1].

Y también es frecuente que sufran de los males establecidos por san Juan de la Cruz y que él denomina los vicios capitales:

La soberbia

Por su imperfección, les nace muchas veces cierto grado de soberbia oculta, con la que llegan a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos.

Sienten cierto deseo vano de hablar cosas espirituales delante de otros y, a veces, hasta de enseñarlas, más que de aprenderlas.

Condenan en su corazón a otros cuando no les ven los estilos de devoción que a ellos les gustaría que tuvieran, y hasta a veces lo dicen en voz alta.

A veces, no aceptan que los demás parezcan buenos (solo de ellos mismos se puede decir que son buenos); y así, con obras y palabras, cuando tienen la oportunidad, los condenan y los desprecian.

Otras veces, cuando sus directores o guías espirituales no les aprueban su espíritu o su modo de proceder (porque tienen gran deseo de que los estimen y alaben), juzgan que lo que sucede es que no los entienden o que los directores no son muy espirituales, y hasta procuran tratar con otro director que cuadre con su gusto.

En ocasiones tienen tantas ganas de que les entiendan su espíritu y su devoción, que hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, preferiblemente en público, no en secreto.

Muchos quieren ir por delante de su confesor, de lo que resultan mil envidias e inquietudes. Se privan de decirle sus pecados desnudos para que no los valoren en poco, y los van coloreando para que no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decirle lo malo, de modo el confesor habitual no piense que tienen errores y pecados, sino que todo lo que hacen es bueno.

También algunos de estos creen que sus faltas son pequeñas. Otras veces se entristecen demasiado al verse caer en ellas, pensando que ya deberían ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección.

Tienen muchas veces gran ansiedad de que Dios les quite sus faltas e imperfecciones, no tanto por amor a Dios, sino para no sentirse mal y experimentar paz.

Son enemigos de alabar a los demás y muy amigos de que los alaben.

Por el contrario, los que van avanzando hacia la perfección, valoran sus propias cosas como si fueran nada, y viven muy poco satisfechos de sí mismos; mientras que a todos los demás los tienen por superiores. Conocen cuánto merece Dios y lo poco que es todo cuanto hacen por Él; y así, consideran que hacen siempre muy pocas cosas por Dios. Y están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. Desean también que los demás los valoren poco, que hablen mal de ellos y que desestimen sus cosas. Cuando otros los alaban y estiman, no lo pueden creer, y les parece cosa extraña que digan esas bondades de ellos. Además, aceptan gustosos los consejos y desean que cualquiera les enseñe.

Los principiantes, en cambio, querrían enseñar todo, y hasta cuando alguien les está enseñando algo, ellos mismos toman la palabra, para demostrar que ya se lo saben. En cambio, los más avanzados, lejos de querer ser maestros de nadie, están muy dispuestos a cambiar de camino y a andar por ese nuevo camino, si así se lo pidiera su director espiritual, porque piensan que no aciertan en nada. Tampoco tienen ganas de contar sus cosas, porque las consideran inútiles y pequeñas; más gana tienen de decir sus faltas y pecados, que sus virtudes; hablan con simplicidad, para que su director espiritual los entienda; y se inclinan más a tratar de su alma con quien menos los valora y menos valora sus cosas y su espíritu.

La avaricia

Muchos andan muy desconsolados y quejumbrosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Otros no se cansan de oír consejos y aprender preceptos espirituales, de tener y leer muchos libros que traten de estos temas; y se les va más tiempo en eso que en mortificarse y perfeccionarse en la pobreza espiritual que deben tener.

Se llenan de imágenes, reliquias, cruces y rosarios curiosos: usan unos primero y luego usan los otros, porque los primeros ya no les satisfacen. Se aficionan a unos por ser más curiosos que otros.

No obstante, los que van bien encaminados no se aferran a estos instrumentos, ni les importa saber mucho acerca de ellos, solo lo que se necesita para tener una buena devoción, y agradar así a Dios.

La lujuria

A algunas almas, a veces les aparecen deleites sensuales inferiores cuando están tratando de vivir experiencias espirituales, como por ejemplo cuando están haciendo oración, cosa que no desean, pero de lo cual se aprovecha el demonio, quitándoles la quietud espiritual e inquietándolos, para que aflojen en la oración y hasta para que la dejen de hacer. Luego les viene un temor de que les aparezcan esas representaciones lujuriosas, temor que los hace sufrir.

Otras veces aparece lujuria con otras personas, creyendo que se trata de afectos espirituales. O les nace la tentación de tener deseos o representaciones morbosas, o de recordar algunas pasadas.

La ira

Otros, cuando se les acaba el sabor y el gusto en las cosas espirituales, se sienten mal y se irritan por cualquier pequeñez, como el niño que se aparta del pecho.

Hay otros que se indignan contra los defectos o vicios ajenos, con cierto ardor intranquilo, y a veces les dan impulsos de llamarles la atención por sus errores, y hasta lo hacen, haciéndose dueños de la virtud.

Otros, cuando se ven imperfectos, con impaciencia, se enfurecen contra sí mismos; querrían ser santos en un día. Como no son humildes ni desconfían de sí mismos, cuantos más propósitos hacen tanto más caen y tanto más se enojan.

La gula

Algunos, engolosinados con el sabor y el gusto que hallan en los ejercicios espirituales, procuran más el sabor del espíritu que la pureza y moderación.

Atraídos por el gusto que encuentran, algunos se matan con penitencias, y otros se debilitan con ayunos haciendo más de lo que soportan, sin orden ni consejo del director espiritual, antes “haciéndole trampa”; y hasta se atreven a hacerlo aunque le han mandado lo contrario.

Imperfectísimos, gente sin razón, no saben que el estar sujetos al director espiritual y la obediencia es penitencia de razón y de moderación, y por eso mejor aceptada y preferida por Dios que la penitencia corporal.

Piensan que el gustar y sentirse satisfechos es servir a Dios y satisfacerlo.

Cuando comulgan y no sienten gusto o sentimiento, piensan que no han hecho nada, lo cual es juzgar bajamente a Dios.

Quieren sentir a Dios y gustarlo como si fuese comprensible y accesible.

En la oración piensan que lo importante es hallar gusto y devoción sensible, y cuando no han encontrado ese placer, se desconsuelan mucho pensando que no han hecho nada, y tienen mucha desgana y repugnancia de volver a orar. Y hay quienes a veces dejan la oración.

Son muy flojos y perezosos en ir por el camino áspero de la cruz; el Señor por momentos los cura con tentaciones, sequedades y otros padecimientos.

La envidia

A los principiantes les suele disgustar el bien espiritual de los otros, y les da alguna tristeza que les lleven ventaja en ese camino.

En cambio, los aprovechados, si alguna envidia tienen, es la envidia santa de no tener las virtudes con las que otros le dan gloria a Dios; pero, al ver que otros tienen esas virtudes, se sienten muy contentos. Además, les entusiasma que todos vayan más adelante en el camino de la perfección, ya que así sirven a Dios en lo que ellos fallan.

La pereza espiritual

Otra característica de los principiantes es la pereza espiritual o tedio en las cosas que son más espirituales.

Si alguna vez, haciendo oración, no hallan la satisfacción que deseaban (porque conviene que Dios les quite esa satisfacción para probarlos), no quieren volver a hacerla o van de mala gana o, a veces, la dejan.

Muchos de estos querrían que Dios quisiera lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, sintiendo repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. Por eso creen que lo que no les gusta es porque no es voluntad de Dios; y, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, creen que Dios se satisface. Y también sienten fastidio cuando su director les manda algo que no les gusta.

Son muy flojos para las cosas que exigen fortaleza y, también, para trabajar en su perfección personal.

Se ofenden cuando Dios les manda la cruz, metiéndolos en la noche oscura donde Dios los desteta de estos gustos y sabores, y los deja en puras sequedades y tinieblas interiores, para quitarles todas estas impertinencias y niñerías.

 San Juan de la Cruz


[1] Cf. Noche, san Juan de la Cruz, 1, 1.

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Ciclo C, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 20, 2010

El consuelo del Señor

 Las lecturas que se recomiendan para este año C nos hablan de una sensación de consuelo muy grande. Efectivamente, en el capítulo 40 del Profeta Isaías se oye a nuestro Dios gritar:

Consuelen, consuelen a mi pueblo. Hablen a la Iglesia, hablen a su corazón, y díganle que su jornada ha terminado, que ha sido pagada su culpa.

Y es que, según escribió san Pablo a Tito, la generosidad del Dios Salvador acaba de manifestarse a todos los hombres. Ahora nos queda aguardar la feliz esperanza, la manifestación gloriosa de nuestro magnífico Dios y Salvador, Cristo Jesús, que se entregó por nosotros para rescatarnos de todo pecado y purificar a un pueblo que fuera suyo, dedicado a toda obra buena. Pero se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres; no se fijó en lo bueno que hubiéramos hecho, sino que tuvo misericordia de nosotros y nos salvó.

Ese derroche de amor comenzó con un Bautismo: el día que fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo de Juan. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre Él y se manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida.»

En el Bautismo, volvimos a nacer y fuimos renovados por el Espíritu Santo que Dios derramó sobre nosotros por Cristo Jesús, nuestro Salvador. Habiendo sido reformados por gracia, esperamos ahora nuestra herencia, la vida eterna.

Pero también en la primera lectura hay una voz que clama: Abran el camino a Dios en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.

Para lograr esto, para ver estas maravillas, el Apóstol nos enseña el camino: rechazar la vida sin Dios y las codicias mundanas, y viviendo en el mundo presente como seres responsables, justos y que sirven a Dios.

   

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El «edificio» espiritual

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

Existe una especie de edificio espiritual, donde viven todos los seres humanos.

Cada uno puede ubicarse para saber en qué piso se encuentra. Así podrá ir subiendo, hasta llegar a la unión verdadera e íntima con Dios, fuente única de la felicidad.

 

El sótano

Aquí están los que se encuentran en pecado mortal.

Por fortuna, son muy pocos los que están en este subterráneo: la mayoría de las veces se trata de almas que por ignorancia han actuado mal; otras, por coacciones psicológicas; y otras, por otras causas. Todas estas, por lo tanto, no viven en este sótano, sino en pisos superiores.

Por eso es doloroso oír, de vez en cuando, a las personas que teniendo plena advertencia y pleno consentimiento hacen algo malo y grave.

En esta cueva hace mucho frío y hay mucha oscuridad. Falta el amor, eso que nos hace sentir vivos, eso que da sentido a la vida del hombre, eso que le da el calor y la luz. No hay amor porque no está presente Dios, fuente única del Amor verdadero. Aunque lo nieguen o no se percaten de ello, las almas que viven aquí son infelices, confunden el amor con las pasiones o con el sentimentalismo, y así hieren a sus parientes, amigos y conocidos, y se alejan cada vez más de la posibilidad de encontrar la felicidad verdadera.

Además, se dejan llevar por las tentaciones de los espíritus malignos que habitan en esta, su cueva, y se van sumergiendo cada vez más en el mal. Helados y pasmados por el frío más intenso del desamor, pasan las horas impulsados constantemente por los demonios a pensar mal, a hablar mal, a hacer el mal, a no cumplir con sus obligaciones. Heridos por el pecado mortal como están, son presa fácil del demonio. A veces llegan con tentaciones difíciles de vencer o en condiciones peores. Es impresionante, por ejemplo, ver acá personas con obsesiones por un tema determinado: su supuesto o real desequilibrio psicológico, una persona en particular, el odio, el sexo, su orgullo, el dinero y las riquezas, su envidia o su pereza para salir de la situación en la que están… Todas estas son obsesiones demoníacas.

Es que en las paredes, por todas partes, se ven imágenes que invitan al mal. Las principales son siete: la soberbia, la lujuria, la codicia, la envidia, la gula, la pereza y la ira: los pecados capitales.

Hay, además, un túnel que conduce a una habitación inferior más sombría y tenebrosa, a través del cual algunos están entrando, muchas veces sin saberlo, al satanismo…

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

Debemos dar gracias a Dios porque siempre, en su infinita misericordia, pone al alcance del pecador una oportunidad, pues lo único que desea, por el amor tan grande que le tiene, es que se convierta y viva, pues Él murió por los pecadores[1]: todos los que estén en pecado mortal, antes de cualquier otra cosa, deben ir al único lugar del sótano por el que pueden salir de este atolladero: el ascensor, es decir, el confesionario. Allí está la única pero pequeñísima fuente de luz: el minúsculo botón que se oprime para llamar al ascensor. Sin la confesión, será imposible que surtan efecto en ellos las terapias psicológicas o psiquiátricas, o asesorías de otro tipo.

Y Dios desea que todos los que están en este lugar salgan pronto de Él; para eso vino al mundo. Veamos lo que le dice Jesús a una de estas almas:

«Hijo querido, yo soy Jesús, y este nombre quiere decir Salvador. Por eso mis manos están traspasadas por los clavos que me sujetaron a la Cruz, en la cual he muerto por tu amor. Mis pies llevan las mismas señales y mi Corazón está abierto por la lanza que me introdujeron en él después de mi muerte.

Así vengo a ti, para enseñarte quién soy y cuál es mi Ley. No te asustes: ¡es de amor!… Y cuando ya me conozcas, encontrarás descanso y alegría. ¡Es tan triste vivir huérfano! Venid, pobres hijos… Venid con vuestro Padre.

Tú me has ofendido, yo te perdono.

Tú me has perseguido, yo te amo.

Tú me has herido de palabra y de obra, yo quiero hacerte bien y abrirte mis tesoros.»[2]

 

El primer piso

En esta primera planta están aquellos seres humanos que viven ajenos al amor de Dios, porque no lo conocen o porque sus vidas han sido influidas por un materialismo muy fuerte, que no los deja vivir en el espíritu.

Los hay de dos tipos: los ateos, quienes niegan la existencia de Dios, y los que viven el llamado ateísmo práctico: aceptan teóricamente que Dios existe, pero actúan, hablan y piensan como si Dios no existiera.

Muchos cristianos que viven en esta planta baja, pegados a la tierra, sin miras superiores. Permanecen olvidados de Dios en su vida personal, familiar, laboral y social. Los atraen únicamente las imágenes de felicidad que hay pintadas en las cuatro paredes, los dioses del mundo: el placer, el tener, el poder y la fama.

«Yo no hago mal a nadie», suelen repetir machaconamente, pues no saben amar.

Bautizados pero no convertidos, se acuerdan de Dios únicamente en los momentos de apremio, para olvidarse de Él tan pronto como salen de sus problemas o cuando no los auxilia de inmediato, de acuerdo con sus exigencias, renegando —a veces— de su Creador.

El suelo está lleno de huecos, cubiertos con una tela negra, por donde caen con facilidad al sótano, especialmente uno que está en el centro, y que es el mayor. Estos huecos son todas las ocasiones de pecar gravemente que se les presentan de continuo. Un simple descuido y ¡caen a las tinieblas del pecado! Inmediatamente después, los demonios se apresuran a colocar una nueva tela negra con la que se oculta el hueco y se evita que entre luz al sótano.

En este primer piso no hay ventanas; la poca luz que le llega proviene del ascensor, cuando se abren sus puertas, el Sacramento de la Reconciliación.

Pero, además, se divisa otro sitio donde hay algo de luz: una escalera que tiene únicamente tres gradas altas. Estos visos de luz provienen de la ley natural que, con la gracia de Dios, puede llevar a las almas al conocimiento de Dios, a aceptarlo y a iniciar su búsqueda: es necesario que la persona haga el esfuerzo de subir el primer peldaño, el cual consiste en escuchar con atención el Evangelio: que existe un Dios–Padre que la ama entrañablemente y que desea todo lo mejor para ella; así podrá acercarse a conocer a ese Dios–Amor. El segundo escalón es, para algunos, un poco más difícil, por lo alto que es para ellos: aceptar que somos simplemente criaturas, que nuestro ser depende del Creador, que no podemos manejar nuestra vida tan acertadamente como Él, pues nos ama infinitamente y, como nos hizo, sabe mucho mejor qué es lo mejor para nuestra felicidad. Una vez en esta grada, se puede pasar al tercer escalón: como Creador, Dios tiene una Ley, «pero una Ley llena de suavidad y de amor»[3]: vivir las obligaciones del bautismo.

 

El segundo piso

Aquí están todos los que, movidos más por interés que por amor, ejecutan lo estrictamente necesario para merecer, al fin de la vida, la recompensa de sus trabajos. Cumplen los mandamientos, no tanto para ganarse el Cielo cuanto para no ir al infierno.

Con frecuencia, en este sitio se ven los que pertenecen a «grupos de oración» y a espectáculos de sanación en los estadios; asisten asiduamente a la celebración de la Eucaristía y oran con continuidad; cuentan las maravillas realizadas en ellos desde que se acercaron a Dios, están enfervorecidos animando a otros a seguir ese camino… Pero no está centrado su interés en dar gloria a Dios, sino en conseguir, bien cosas materiales, bien espirituales, como encontrar alivio a sus penas, llenar sus vacíos interiores, «huir» de la cruda realidad, llenarse de paz y de gozo espirituales, etc.

Y esa paz y ese gozo se les van, cuando no «sienten» la presencia de Dios, cuando las cosas no les salen como querían, cuando tienen un percance, cuando su supuesta fortaleza se derrumba con la muerte de un ser querido o una tragedia o un percance económico o la traición de un amigo…

Acá viven también los que se complacen porque son «de los buenos, no como los demás pecadores». A veces se ufanan ante los demás de ser buenos cristianos. Los hay también orgullosos de sus buenas obras, de sus rezos, de su «amor» para con los demás…

Como se puede deducir fácilmente, todos ellos se acercan a Dios por interés, para sacar utilidades. No han leído a Dios, quien dice:

«La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón»[4].

Las paredes, en este piso, tampoco tienen ventanas. A cambio de eso, en la parte alta de las paredes hay unas pequeñas claraboyas que dejan pasar algo de luz al recinto. Desdichadamente son pocos los que pueden empinarse para ver algo del Cielo, debido al peso que llevan a sus espaldas: su egocentrismo.

Esas paredes estás tapizadas con espejos, donde la mayoría se la pasan mirándose y aumentando su egoísmo, ese inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de Dios ni del de los demás. Hasta los hay ya ególatras, con un amor excesivo de sí mismos.

Todos los que aquí viven, caerán fácilmente por los huecos pequeños que hay en el piso, cubiertos también engañosamente por una tela gris oscura, cuando sean atraídos por las llamadas provocativas de los ángeles malos, es decir, las tentaciones a las que son sometidos, especialmente en el agujero de su soberbia.

Pero sí sabrán cuidarse mucho del agujero grande que está en el centro, tapado por una tela negra: les aterra la idea de pecar gravemente y, si caen, pronto se reconciliarán con Dios; pero están mucho más lejos de Dios de lo que creen.

Ese autoengaño les causa muchas penas cuando alguna otra persona los delata o cuando ellos mismos se percatan de su verdadera situación.

Además del ascensor —el perdón divino a través de la confesión—, pueden tomar la escalinata que hay para subir a pisos superiores: aprender que amar a Dios consiste en cumplir los mandatos amorosos que nos dejó a través de Moisés y de la Iglesia:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos»[5].

 

El tercer piso

Permanecen en esta planta los que no han comprendido el amor con que su Dios los ama; no les falta buena voluntad; viven bajo la Ley, pero sin amor; siguen la inclinación natural hacia el bien que la gracia depositó en el fondo de su corazón.

En términos generales son hombres buenos: cumplen los mandamientos, asisten a la Santa Misa, son honestos con los demás, con su trabajo y, en cierto sentido, con Dios.

En este habitáculo también hay agujeros, pero es más fácil descubrirlos, pues la tela que los cubre es gris clara. También se encuentra el hueco del centro, mayor que los demás, pero menor en tamaño que el de los pisos uno y dos.

En los muros de este piso hay ventanas por las que se ve la creación visible: los reinos mineral, protista, vegetal y animal, como también los seres humanos. En cambio, aquí permanecen casi siempre escondidas esas realidades invisibles —pero realidades—, como la Santísima Trinidad, la Virgen María, los arcángeles, los ángeles, los querubines, los serafines, los santos, las almas del purgatorio o, también, los demonios.

Sin embargo, entra suficiente luz para que, cuando alguien les explique un poco más de lo que ven, puedan observar esas otras verdades espirituales.

También entra algo de calor: cuando se les presenta la posibilidad, los que viven acá se mueven a compasión, se muestran caritativos con los necesitados.

A los que viven aquí, aunque no son servidores voluntarios pues no se presentaron nunca a recibir las órdenes de su Señor, como no tienen mala voluntad, les basta a veces una invitación para prestarse gustosos a los servicios que les piden; es decir, una propuesta a subir por la escalera ancha que lleva al piso siguiente: es bueno recordarles que Dios ya les ha dado la vida, lo que tienen desde el punto de vista material y la Fe; además, conviene recordarles que Jesús se encarnó y los redimió, y que los llenó de privilegios: la Iglesia, los sacramentos y la promesa de la felicidad eterna en el Cielo.

Esa escalera es, por lo tanto, la evangelización.

 

El cuarto piso

En esta etapa espiritual están los que sintieron conmoverse su corazón ante lo que el Hijo de Dios ha hecho por salvarlos y, llenos de buena voluntad, se presentan a Él, buscando cómo podrán publicar la bondad de su Señor y, sin abandonar sus propios intereses, trabajar por los de Jesucristo.

Cumplen con sus obligaciones de hijos, hermanos o padres y, mientras trabajan honradamente, sacan el tiempo necesario para colaborar con Dios en la salvación de las almas y en la extensión de su Reino:

Son, primero, almas de oración diaria; viven intensamente la Eucaristía como centro de su espiritualidad, ya que en ella encuentran la esencia de su salvación; rezan el Santo Rosario con gran devoción y realizan otras oraciones buscando pagar así a Dios todo lo que Él les ha dado.

En segundo lugar, trabajan en obras de apostolado en su parroquia o colaboran con los sacerdotes en todo lo que su tiempo y obligaciones se lo permiten… En fin, aman a Cristo.

La luz que hay en este piso entra por todos lados, ya que sus paredes son cristales: no solamente se puede contemplar la naturaleza, sino que se ven más fácilmente las realidades espirituales; además, la temperatura es cálida, puesto que hay amor a Dios y, consiguientemente, amor por los demás.

Ciertamente hay huecos en el piso, pero están destapados y son, por lo tanto, visibles: es más fácil distinguir el pecado de la virtud. Por otra parte, el agujero del centro, el del pecado mortal, es menor que el del tercer piso. Por eso hay paz…

A estos, el Padre del Cielo les ha dicho:

«Guarden la Ley que les ha dado su Dios y Señor. Guarden mis mandamientos y, sin desviarse a derecha ni a izquierda, vivan en la paz de sus fieles servidores».

 

El quinto piso

Se hallan aquí los que han conocido verdaderamente a Dios y, movidos por impulsos del amor, sienten vivos deseos de entregarse por completo al servicio de Dios Padre, sin ningún interés personal.

Dicen así:

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

Dios Padre les ha respondido:

«Deja tu casa, tus bienes, déjate a ti mismo y ven; haz cuanto yo te pida»[6].

Analicemos esas palabras del Padre: «Deja tu casa» no significa «Deja tu hogar». La casa, el edificio para habitar, es distinto del hogar, palabra que viene de hoguera y que significa sitio donde se hace la lumbre, fuego, calor, «calor de hogar», es decir, familia.

Lo que hay que dejar, entonces, es el amor por lo material. De hecho, Dios nunca querrá que dejemos de amar a nuestros seres queridos; por el contrario, nos pide encarecidamente que nos amemos los unos a los otros:

«Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando.» [7]

Y nos dice, además, cómo debemos amarnos:

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos.»[8]

¡Hasta dar la vida debemos amarnos!

En cambio, sí nos pide que no amemos así la «casa», es decir, todo lo que significa: el edificio mismo, los muebles, los electrodomésticos, la ropa, la comida, el dinero que se debe conseguir mensualmente para mantener esa casa…

Tampoco debemos apegarnos a los demás bienes materiales.

Esas cosas deben representar para nosotros un préstamo que Dios nos hace en esta vida terrenal, para nuestro bienestar y para el de los demás; no más, como a veces ocurre cuando les damos tanta importancia, que se nos olvida lo principal: la gloria de Dios y la salvación de las almas.

«Marta, Marta,    andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»[9]

Luego dice: «déjate a ti mismo», queriendo significar con eso que tampoco nos pongamos a nosotros mismos por encima de esas finalidades fundamentales de nuestra vida. Él lo había dejado claro:

«Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”.»[10]

No quiere Dios que nos despreciemos o que nos odiemos, sino de que dejemos nuestros intereses egoístas por lo único que vale la pena: el amor de Dios.

Luego prosigue diciendo: «y ven». Con esto quiere decir: «ven hacia mí», es decir, deja todo eso y decídete por mí, hallarás lo que necesitas para ser feliz.

Por eso, los que viven aquí, si son casados, aman a su cónyuge y a sus hijos por amor a Dios, para su gloria: conciben que el cónyuge es la imagen de Dios a quien ellos tienden y en quien encuentran su verdadero complemento… Y aman sin reservas egoístas a sus hijos, porque saben que eso alegra el Corazón de Jesús. Si son sacerdotes o religiosos, entregan su sexualidad en una oblación perfecta, directamente, a Dios.

Todos saben que su trabajo será, como su vida espiritual, oración y unión con la Cruz de Cristo. Por eso lo hacen bien, para ofrecérselo diariamente a Dios, como homenaje a su realeza y a su bondad…

Entre sus conocidos son ejemplo de paz y gozo interiores, de amistad sincera y desinteresada, de generosidad, de desprendimiento, etc.

Su lema es:

 

«Como criaturas, vivir para glorificar a Dios Padre;

revestidos de Jesucristo, ayudarlo a salvar almas;

y, llenos del Espíritu Santo, derramar ese amor a todos.»

 

Este último piso es la terraza, desde donde se puede explayar la vista; además, está cerca del Cielo: se viven las realidades espirituales.

Con agujeros más pequeños, tiene poco riesgo de caer en el  pecado, y son verdaderamente libres.

Sin paredes, cerca del calor y de la luz del Dios— Sol, los que habitan este privilegiado lugar no tienen otro deseo ni otra ocupación que no sea hacer la Voluntad de Dios.

Centran su vida en conocer esa divina Voluntad, a través de la oración, y en ponerla en práctica de inmediato y del modo más perfecto, para agradar a su Creador y Redentor. Pasan los días, las horas y los minutos pendientes de cómo satisfacer a Dios y ayudarlo a salvar almas.

Aman entrañablemente a Jesús sacramentado, asistiendo con fervor al Sacrificio incruento de la Santa Misa, comulgando con admiración por el amor de Dios que se empequeñece para ser alimento y vida de los bautizados, visitando con frecuencia a Jesús en el Tabernáculo…

Viven en actitud de agradecimiento, adoración y alabanza: es su vida la que alaba a Dios: con sus obras, con sus palabras y con sus pensamientos… Hasta con sus sentimientos quisieran hacer lo que la Sagrada Escritura llama sacrificios de alabanza…

Y escogen la Cruz: no van a la oración a recibir consuelo sino a dárselo al Sagrado Corazón de Jesús; si el Señor se les muestra esquivo y hay «sequedad» espiritual, la aceptan con tal de agradar a su Dios, y nunca fallan a la cita con su Jesús; su oración ya no es por ellos mismos, es por los demás: para que sean eternamente felices; se concentran sólo en la Gloria de Dios y en la salvación de las almas.

De hecho, aman la Cruz: saben que Jesús nos redimió en la Cruz, no con los milagros ni con la fama ni con el bienestar; ni siquiera con la predicación. Por eso, a la hora de los servicios a los demás o de las tareas apostólicas, escogen las más sacrificadas y escondidas; Prefieren no sobresalir, esconden sus virtudes, dejan que Jesús se luzca…

Recuerdan cómo murió Jesús: sentía dolor físico, sed, los tormentos de la agonía, todos lo habían abandonado, se le iba la vida… Y quiso amar más: sintió hasta el abandono de su Padre:

«Y a esa hora Jesús gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”»[11]

¡Es el colmo del despojo! ¡Es el colmo de la entrega! ¡Es el colmo del amor!

Por eso, los del quinto piso no menosprecian el frío, el calor, el dolor físico, el desprecio, la indiferencia, la pobreza, el hambre, la sed, la enfermedad, la crítica, el irrespeto, la esclavitud, la ira de los demás, la humillación, el desamor, la deshonra, la soledad, el desamparo, el rechazo, el cansancio, la ingratitud, las ofensas, el desconsuelo, la incomprensión, la incomodidad, el desprestigio, la cárcel, el despojo, la mala interpretación de los demás, la injusticia…[12] Aceptan todo eso con amor, por amor a Jesús y a las almas, se unen así al Redentor y se alistan, sin buscarlo, al premio que les espera.

Mientras tanto, sólo desean amar, amar, ¡amar!

De aquí salen los mártires. Por eso podemos decir que el martirio es una consecuencia, no algo que se busca. Asimismo, la santidad no es una finalidad, es un resultado. Resultados ambos del amor a Dios.

Aquí se da la oración de contemplación[13], porque aquí desaparecen los egoísmos, los apegos, y los apetitos; todos quedan desnudos de todo: solo les importa Dios. Hacer eso es poner por obra lo que les dijo Dios Padre: dejar su casa, sus bienes, dejarse a sí mismos y, con Jesús, hacer cuanto el Espíritu Santo les pida.

Solo aquí la muerte es un paso: desde este séptimo piso (contando los sótanos) vuelan las almas, suavemente, sin sobresaltos, hacia el Cielo…

 

 


[1] Cf. Rm 5, 6

[2] Carta de Dios, p. 102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[3] Carta de Dios, p. 101-102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[4] 1S 16, 7b

[5] Jn 14, 15

[6] Carta de Dios, p. 95, MRC editores, 1991, Bogotá, Colombia.

[7] Jn 15, 17

[8] Jn 15, 12-13

[9] Lc 10 41b-42

[10] Mc 8, 34

[11] Mc 15, 34

[12] Cf. Cómo hacer meditación, p. 55, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

[13] Cf. Cómo hacer meditación, pp. 82-86, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

  

 

 

 

 

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Cómo defendernos del Maligno

Posted by pablofranciscomaurino en abril 3, 2009

UNA PARADOJA QUE HAY QUE CONOCER

 

El ser humano fue creado para ser inmensamente feliz, gozando eternamente de la infinita bondad, belleza y sabiduría de Dios; por eso, es atraído continuamente por estos tres atributos divinos: lo cautiva toda bondad, le encanta la belleza y lo seduce la verdad.

Sin embargo, el Demonio pretende constantemente desviar esos intereses por otros bien definidos: el placer, el tener, el poder y la fama.

Y muchos hombres andan tras esos falsos dioses, buscando encontrar un poco de felicidad…, y no la hallan.

 

El placer

Ir tras los placeres deja al alma siempre insatisfecha: cada vez desea más y más, y cada vez se hunde más en el fango del deseo.

Poco a poco pierden la libertad, ya que sus intereses se comienzan a centrar en el hedonismo; y nunca llegan a ser felices, porque sin libertad no es posible encontrar la felicidad.

Quienes buscan el placer como finalidad principal en sus vidas caen con frecuencia en los pecados de lujuria, gula o pereza. Así, sus almas se van enfermando cada vez más y, lo que es peor, por este camino arriesgan su felicidad eterna en el Cielo.

Es necesario, entonces, que luchemos contra cualquier posibilidad de apego a los placeres.

Para ganar esta batalla, debes impedir que tu cuerpo sea el dueño de tu vida y de tu voluntad; que lo puedas someter con facilidad; que sea tu esclavo, no tu amo.

La mejor forma de hacerlo es contraponer al deseo desordenado de placer el espíritu de MORTIFICACIÓN. Como los santos, te puedes proponer dominar tus apetitos y unirte a la Cruz de Cristo en forma real, ofreciendo las penas y dolores que te dé la vida, y tus penitencias y sacrificios voluntarios (especialmente los que le sirvan a los demás). Todo con tres objetivos: para reparar los perjuicios que los seres humanos le hemos causado a la gloria de Dios con nuestros pecados, para ayudarlo a salvar almas y para repartir su Reino de amor, paz y alegría entre los hombres.

Te convertirás así en una víctima que consuela al Señor, a la manera de Cristo, y serás libre…, y feliz.

Repite, para lograrlo:

 

«Nada deseo, fuera de la Cruz del Señor.»

 

El tener

Perseguir el dinero o las cosas materiales también esclaviza. Hay miles de personas que se «matan» trabajando para conseguir un poco de dinero. ¡Cuánto bien harían si esos esfuerzos los pusieran al servicio del prójimo…, Cuántos santos se forjarían si se pusiera ese ahínco para las cosas de Dios…!

La codicia tiene presos e inutilizados a muchos: si no tienen dinero, sufren; si lo tienen, no saben cómo guardarlo, por si lo llegan a necesitar después; y si tienen mucho, se atormentan porque los pueden matar o secuestrar (a ellos o a sus seres queridos)…

Hay también quienes viven pensando en cómo demostrar a los demás que son ricos (o que no son pobres), porque se han rebajado tanto que piensan que no son nada sin posesiones (!?).

¿No es esto perder la libertad? El ser humano está hecho para la eternidad feliz. ¡Qué triste es ver a alguien luchar y trabajar por cosas tan pequeñas! Los bienes materiales duran muy poco, comparados con los espirituales: estos te los puedes llevar a la eternidad.

Los atractivos de esta tierra anulan a muchos hombres y mujeres, que pierden la visión de la auténtica verdad: esta vida es solo una mala noche en una mala posada, como dijo santa Teresa de Ávila. El día que comprendamos esto seremos más libres.

Por eso, el espíritu de POBREZA siempre ha sido y seguirá siendo la elección de los santos. No se trata de no tener, se trata de saber que las cosas son medios, no fines; se trata de poner tu seguridad en Dios, no en los bienes materiales; se trata de ser ricos, porque tenemos a Dios, y eso nos basta, y nos sobra; se trata de que pienses en grande: el Cielo, la auténtica felicidad.

Acostumbra a decir:

 

«Nada tengo; mi riqueza es el Señor.»

 

El poder

El poder no es malo ni bueno en sí mismo: si se tiene para servir, es bueno; si se posee para dominar a los demás o para beneficiarse de ellos, nos dañamos nosotros mismos, porque nos apegamos al poder, como sucede con el tener; es el Demonio quien triunfa.

Aunque los hay, es raro el caso de quien tiene poder y no se ensucia explotando a los demás, sirviéndose de ellos para sacar provecho, llenándose de egoísmo o de ira…

Ir tras el poder para estas malas intenciones es, además de perverso, estúpido: ningún poder temporal llena las aspiraciones del ser humano, puesto que fue hecho para metas más altas, para valores superiores: el amor eterno del que se goza en el Cielo.

Si deseas estos valores, debes estar decidido a servir siempre y a negarte al deseo del poder. Es el Señor quien todo lo puede: en todo dependes de Él.

Por eso, el mejor camino para ser feliz en esta vida y la otra es darte cuenta de que Dios es la fuente de todos tus dones, quien te dio todo lo que tienes, quien da todo a todos, de quien todo procede…; y de que tú no puedes nada por ti mismo.

Llénate de CONFIANZA en Él. Di a diario:

 

«Nada puedo. Todo lo hace el Señor.»

 

La fama

El aplauso, la admiración, el buen nombre, el respeto de los demás, la imagen, el «qué dirán»… Dioses de nuestros tiempos que pretenden reemplazar al Dios único y verdadero: el Amor.

Engreídos, arrogantes, soberbios, petulantes, vanidosos, llenos de sí mismos… Y todo, porque se sienten menos. Qué sabio es el dicho: «Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces».

Pretenden proyectar una imagen de bienestar, y son los más infelices de la tierra. Buscan el aprecio de los demás, y todos les huyen (menos los interesados en su dinero o en el provecho que les puedan sacar). ¡Se jactan de su nada! Qué triste espectáculo el que dan: son seres inflados de… aire.

Y cuando acaban los aplausos y se encuentran consigo mismos, ¡qué desventura verse tan solos y tan vacíos!

A veces la envidia los carcome por dentro; otras, el egoísmo los aísla de la felicidad. Pero siempre la soberbia los aniquila.

¡Lo único que merecemos todos es el infierno! Si nos salvamos es por la misericordia de Dios, si tenemos cualidades son un regalo de la misericordia de Dios, si hacemos el bien es por la misericordia de Dios…

En esto consiste la HUMILDAD: en saber que todo lo bueno que tenemos es por obra y gracia de Dios. Qué virtud tan olvidada y tan tergiversada. ¡Y tan útil  para la felicidad del ser humano!

La humildad es la verdad: tú eres criatura y, aunque te parezca un exabrupto, ¡se nos olvida a menudo que somos criaturas!

Por eso debes repetir constantemente:

 

«Nada valgo sin el Señor, que me sacó de la nada.»

 

Y una de las mejores maneras de ser humildes es la OBEDIENCIA. Obedecer al Creador, porque Él es la sabiduría: nosotros no sabemos nada junto a Él. Y obedecer a la Iglesia que Él fundó, porque en ella dejó todas las indicaciones para que fuéramos inmensamente felices.

No puedes cometer el error de creer que sabes más que Él; di:

 

«Nada sé, mi sabiduría es el Señor.»

 

Obedecer la Ley del Amor: amor a Dios, amor a tus hermanos los hombres y amor a la naturaleza que te dio como hogar…

Amar hasta el extremo, como Jesús, que dio la vida por sus amigos… ¡Es tanto lo que nos falta!

Tú —recuérdalo— dejarías de existir si Él dejara de pensar en ti un solo instante.

Por eso, conviene que te abandones en Dios. Con Él todo lo tienes, con Él todo lo puedes, con Él sabes todo lo que necesitas saber, con Él eres todo; sin Él, nada.

 

«Nada soy; solo el Señor es.»

 

En la lucha contra el Maligno la mejor estrategia es anularse porque, cuando pretendemos ser algo, el espíritu del mal se aprovecha y nos hace fallar en nuestro intento por ser felices. Sé sagaz: di siempre:

 

«No tengo nada, no sé nada, no puedo nada, no valgo nada, no soy nada, pero “TODO LO PUEDO EN AQUÉL QUE ME CONFORTA” (Flp 4, 13)».

 

   

  

 

 

 

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Ciclo B, V domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 30, 2009

 

 

El grano de trigo

 

Jesucristo, quien es la imagen de Dios invisible, la Sabiduría infinita encarnada, la mismísima Palabra de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, dijo algo que hoy nos narra el Evangelio, algo que quizá no hemos meditado con profundidad: «En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.»

Él se refería, primero, a su muerte: si muero por ustedes, daré mucho fruto: repararé la ofensa de los hombres contra mi Padre celestial, muchas almas se salvarán, entrarán al Cielo, y se instaurará mi Reino en la tierra: Reino de amor, paz y alegría.

Pero también quiso explicarnos que, para llegar a la dicha eterna, a la felicidad sin fin, es necesario que muramos a nuestros egoísmos, a la soberbia, a la codicia, a la lujuria, a la envidia, a la pereza, a la gula, a la ira…; y que si no morimos a todo esto, vamos a quedar solos e infelices, y fracasaremos como seres humanos.

Para explicárnoslo mejor, inmediatamente después, añadió: «El que ama su vida la destruye». Con esto quiere significar que todos aquellos que pretenden amar la vida terrenal hasta el extremo de olvidarse de la vida eterna, se autodestruyen para siempre; es decir, que quienes buscan el placer, el tener, el poder o la fama (cosas para la vida presente), por encima de la gloria y honra de Dios, nunca llegarán a ser felices.

Y continuó: «El que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna». Así queda clara la otra opción: si, por el amor a Dios y a los demás somos capaces de despreciar el placer, el tener, el poder y la fama, ganaremos la infinita bienaventuranza.

En esto consiste seguir a Jesús. Fijémonos en las palabras que dijo después: «El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor.» Ese puesto de honor es la auténtica realización del ser humano: el gozo perpetuo junto a Él, el Amor.

   

 

 

 

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Los pecados capitales*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Pecados capitales


Pecado:

Soberbia: Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimien-to por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

Virtud opuesta:

Humildad: Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limita-ciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

Pecado:

Avaricia: Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.

Virtud opuesta:

Largueza: Virtud moral que consiste en distribuir uno generosamente sus bienes sin esperar recompensa.

Pecado:

Lujuria: Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales.

Virtud opuesta:

Castidad: Virtud del que se abstiene de todo goce carnal ilícito.

Pecado:

Ira: Pasión del alma, que causa indignación y enojo. Apetito o deseo de venganza.

Virtud opuesta:

Paciencia: Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Facultad de saber esperar.

Pecado:

Gula: Exceso en la comida o bebida, y apetito desordenado de comer y beber.

Virtud opuesta:

Templanza: Moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón.

Pecado:

Envidia: Tristeza o pesar del bien ajeno.

Virtud opuesta:

Caridad: Amar al prójimo como a nosotros mismos.

Pecado:

Pereza: Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos.

Virtud opuesta:

Diligencia: Cuidado y actividad en ejecutar una cosa. Prontitud, agilidad, prisa.

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¿Por qué permite Dios que suframos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2008

 Ø  Porque sirve de prueba a los que agradan a Dios, y los purga para embellecerlos más (como se purgan las joyas y las estatuas)

Ø  Porque es medicina que preserva para no caer:

§  Debilita al hombre viejo y

§  Quita las armas del enemigo: la soberbia, la codicia y la lujuria

Ø  Porque es medicina que paga la culpa, limpiándola de sus pecados:

§  Hace entrar en los rincones de la conciencia y ver la fealdad del alma, y la invita a la contrición

§  Hace entender lo que alguna vez se había oído o leído sin entender

§  Libra de las penas del infierno

§  Libra de las penas del purgatorio

Ø  Porque sirve de castigo, que no gusta en el momento, pero que luego es valorado por lo útil que nos fue

Ø  Porque alumbra los bienes de la gloria eterna, al hacernos conscientes de que somos peregrinos en este valle de lágrimas, y de que todo lo temporal es sombra o sueño

Ø  Porque nos concientiza de las necesidades de los prójimos, las cuales no veíamos cuando no teníamos su pobreza, sus enfermedades, sus necesidades… Aparece entonces la compasión, y los ayudamos con la caridad que no tendríamos sin los sufrimientos

Ø  Porque nos conocemos mejor y nos humillamos, porque sin el sufrimiento el hombre es ciego y no se conoce, y cree que es bueno. Si en el momento del sufrimiento hacemos muchos propósitos que no cumplimos después, nos humillamos y pedimos ayuda a Dios, llorando nuestra flaqueza

Ø  Porque nos perfecciona:

§  Hace el corazón capaz de Dios, vaciándolo de las criaturas a las que estaba apegado, porque descubrimos su vaciedad, inestabilidad, finitud e inutilidad

§  Hincha en el amor a Dios

§  Hace volar hacia la perfección

Ø  Porque nos conocemos mejor, y vemos mejor la diferencia entre lo malo y lo bueno y, también, entre los malos y los buenos

Ø  Porque hace volver al bien y enmendarse

Ø  Porque sirve de ejemplo para los demás

Ø  Porque nos enseña de las riquezas que: adquirirlas está lleno de trabajos; poseerlas, de fervor; y perderlas, de dolor.

 

 Extractado del libro: Tratado de la tribulación, del padre Pedro de Ribadeneira

 

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