Hacia la unión con Dios

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UN PACTO*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 14, 2012

Yo pedí a mi sierva santa Margarita: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas, que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”. También contigo desearía hacer este pacto. Yo, que, como Señor absoluto podría acercarme exigiendo sin ningunas condiciones, quiero pactar con mis criaturas. Ya ves a cuánto me abajo. Y tú ¿no quieres pactar conmigo? No tengas miedo que hayas de salir perdiendo; Yo, en los tratos con mis criaturas, soy tan condescendiente y benigno, que cualquiera pensaría que me engañan. Además, es un convenio que no te obligará, ni bajo pecado mortal, ni bajo pecado venial; Yo no quiero compro­misos que te ahoguen; quiero amor, genero­sidad, paz: no zozobras ni apreturas de conciencia.

Ya ves que el pacto tiene dos partes: una que me obliga a Mí y otra que te obliga a ti. A Mí, cuidar de ti y de tus intereses; a ti, cuidar de Mí y de los míos. ¿Verdad que es un convenio muy dulce?

 

PRIMERA PARTE

Principiaremos por la parte mía: “Yo cuidaré de ti y de tus cosas”. Para eso es necesario que todas, a saber: alma, cuerpo, vida, salud, familia, asuntos, en una palabra, todo, lo remitas plenamente a la disposición de mi suave Providencia y que me dejes obrar. Yo quiero arreglarlas a mi gusto y tener las manos libres. Por eso deseo que me des todas las llaves; que me concedas licencia para entrar y salir cuando Yo quiera, que no andes vigilándome para ver y examinar lo que hago; que no me pidas cuentas de ningún paso que dé, aunque no veas la razón y aunque parezca a primera vista que va a ceder en tu daño; pues, aunque tengas muchas veces que ir a ciegas, te consolará el saber que te hallas en buenas manos. Y cuando ofreces tus cosas, no ha de ser con el fin precisamente de que Yo te las arregle a tu gusto; porque eso ya es ponerme condiciones y proceder con miras interesadas, sino para que las arregle según me parezca a Mí; para que proceda en todo como dueño y como rey con entera libertad, aunque prevea alguna vez que mi determi­nación te haya de ser dolorosa. Tú no ves sino el presente; Yo veo lo porvenir. Tú miras con el microscopio; Yo miro con telescopio de inconmensurable alcance; y soluciones que de momento parecerían felicísimas son a veces desastrosas para lo que ha de llegar; fuera de que en ocasiones, para probar tu fe y confianza en Mí y hacerte merecer gloria, permitiré de momento con intención deliberada el tras­torno de tus planes.

Mas con esto no quiero que te abandones a una especie de fatalismo quietista y descui­des tus asuntos interiores o exteriores. Debes seguir como ley aquel consejo que os dejé en el Evangelio: “Cuando hubiereis hecho cuan­to se os había mandado, decid: Siervos inútiles somos”. Debes en cualquier asunto tomar todas las diligencias que puedas, como si el éxito dependiera de ti solo, y después decirme con humilde confianza: “Corazón de Jesús, hice según mi flaqueza cuanto buenamente pude; lo demás ya es cosa tuya; el resultado lo dejo a tu Providencia”. Y después de dicho esto procura desechar toda inquietud y quedarte con el reposo de un lago en una tranquila tarde de otoño.

LO QUE SE DEBE OFRECER

Como dije, debes ofrecerme todo, sin excluir absolutamente nada, pues sólo me excluyen algo las personas que se fían poco de Mí.

El Alma

Ponla en mis manos; tu salvación eterna, grado de gloria en el cielo, pro­gresos en la virtud, defectos, pasiones mise­rias: todo. Hay algunas personas que siempre andan henchidas de temores, angustias, desa­lientos por las cosas del espíritu. Si esto es, hijo mío, porque pecas gravemen­te, está muy justificado. Es un estado tristí­simo el del pecado mortal, que a todo trance debes abandonar en seguida, ya que te hace enemigo formal mío. Esfuérzate, acude a Mí con instancia, que Yo te ayudaré mucho y sobre todo confiésate con frecuen­cia: cada semana, si puedes, que este es un excelente remedio. Caídas graves no son obstáculo para consagrarte a Mí, con tal que haya sincero deseo de enmienda: la consa­gración será un magnífico medio para salir de ese estado.

Hay otra clase de personas que no pecan mortalmente, y sin embargo siempre están interiormente de luto, porque creen que no progresan en la vida espiritual. Esto no me satisface. Debes también aquí hacer cuanto buenamente puedas según la flaqueza humana, y lo demás abandonármelo a Mí. El Cielo es un jardín completísimo, y así debe contener toda variedad de plantas; no todo ha de ser cipreses, azucenas y claveles; también ha de haber tomillos; ofrécete a ocupar ese lugar. Todas estas amarguras en personas que no pecan grave­mente, nacen porque buscan más su gloria que la mía. La virtud, la perfección tiene dos aspectos: el de ser bien tuyo y el de ser bien mío; tú debes procurarla con empeño, mas con paz, por ser bien mío, pues lo tuyo en cuanto tuyo, ya quedamos en que debes remitirlo a mi cuidado. Además debes tener en cuenta que, si te entregas a Mí, la obra de tu perfección, más bien que tú, la haré Yo.

 

El cuerpo

También Yo quiero encargarme de tu salud y de tu vida, y por eso tienes que ponerlas en mis manos. Yo sé lo que te conviene; tú no lo sabes. Toma los medios que buenamente se puedan para conservar o recuperar la salud, y lo demás remítelo a mi cuidado, desechando aprehensiones, imaginaciones, miedos, persuadido de que no de medicinas ni de médicos sino prin­cipalmente de Mí vendrán la enfermedad y el remedio.

 

Familia

Padres, cónyuges, hijos, hermanos, pa­rientes. Hay personas que no hallan difi­cultad en ofrecérseme a sí mismos, pero a veces se resisten a poner resueltamente en mis manos algún miembro especial de su familia a quien mucho aman. No parece sino que voy a matar in continenti todo cuanto a mi bondad se confíe. ¡Qué concepto tan pobre tienen de Mí! A veces dicen que en sí no tienen dificultad en sufrir, pero que no quisieran ver sufrir a esa persona; creen que consagrarse a Mí y comenzar a sufrir todos cuantos les rodean, son cosas inseparables. ¿De dónde habrán sacado esa idea? Lo que sí hace la consagración sincera es suavizar mucho las cruces que todos tenéis que llevar en este mundo.

 

Bienes de fortuna

Fincas, negocios, carrera, oficio, empleo, casa, etc. Yo no exijo que las almas que me aman abandonen estas cosas, a no ser que las llame al estado religioso. Todo lo contrario: deben cuidar de ellas, ya que constituyen una parte de las obligaciones de su estado. Lo que pido es que las pongan en mis manos, que hagan lo que buenamente puedan a fin de que tengan feliz éxito, pero el resultado me lo reserven a Mí sin angustia, ni zozobras, ni desesperaciones.

 

Bienes espirituales

Ya sabes que todas las acciones virtuosas que ejecutas en estado de gracia, y los sufragios que después de tu muerte se ofrezcan por tu descanso, tienen una parte a la cual puedes renunciar a favor de otras personas, ya vivas, ya difuntas. Pues bien, hijo mío: desearía que de esa parte me hicieras donación plena, a fin de que Yo la distribuya entre las personas que me pareciere bien. Yo sé mejor que tú en quiénes precisa establecer mi reinado, a quiénes hace más falta, en dónde surtirá mejor efecto, y así podré repartirla con más provecho que tú. Pero esta donación no es óbice para que ciertos sufragios que o la obediencia, o la caridad, o la piedad piden en algunas ocasiones, puedas ofrecerlos tú.

Todo, pues, has de entregármelo con entera confianza, para que Yo lo administre como me parezca bien; y aunque no debes hacerlo con miras interesadas, ya verás cómo, a pesar de que en ocasiones sueltas pondré a prueba tu confianza haciendo que salgan mal, sin embargo, en conjunto tus asuntos han de caminar mejor; tanto mejor cuanto fuere el interés con que tú tomes los míos. Cuanto más pienses tú en Mí, más pensaré Yo en ti; cuanto más te preocupes de mi gloria, más me preo­cuparé de la tuya; cuanto más trabajes por mis asuntos, más trabajaré por los tuyos. Tienes que procurar, hijo mío, ser más desinteresado. Hay algunas personas que sólo piensan en sí; su mundo espiritual es un sistema planetario en el cual ellos ocupan el centro, y todo lo demás, incluso mis intereses —al menos en la práctica—, son especie de planetas que giran alrededor; este egocentrismo interior es mal sistema astronómico.

No quiere decir lo dicho que no se pueda pedir al Sagrado Corazón por nues­tros intereses, pero se ha de hacer así:

a) O pidiendo simplemente por tal o cual necesidad propia o ajena sin ofrecer ninguna obra buena por eso, y diciéndole al Corazón Divino que sólo queremos que nos oiga si es para el aumento de su reinado; pero que si lo que suplicamos es indiferente a su gloria solamente deseamos que haga su voluntad. La razón de esto es que el alma verdaderamente consagrada sólo anhela el reinado del Sagrado Corazón, según el com­promiso. Y no se vaya a pensar que por abandonarse a Él van a dejar de importarnos esas necesidades, sino que por interesarnos mucho las dejamos en las mejores manos, confiando siempre en que Él nos dará lo que más nos convenga, aunque aparentemente a veces sea al contrario, pues Él no puede querer sino nuestro bien. Además, la con­fianza es lo que más lo compromete en nuestro favor. En resumen: busquemos su reinado en todo, y sólo su reinado, y con­fiemos en que Él nos proporcionará lo mejor.

b) La otra manera de lograr un favor del cielo es ofreciendo por ello el mérito de una obra buena hecha en gracia (Santa Misa, comunión, etc.); pero, como quien se consagra ofrece ese mérito al Corazón de Jesús, solo por caridad, cortesía u obligación —como ya se dijo— podemos disponer de él, pidiendo por una necesidad, en esa for­ma; y en tal caso decirle al Sagrado Corazón que si no es de su agrado, haga y disponga como le parezca mejor.

No es contra el espíritu de esta primera parte de la consagración el pedir al Sagrado Corazón que nos purifique más y más de nuestras culpas, para que reinando mejor en nosotros podamos trabajar más eficaz­mente por su reinado en los demás; que nos llene de todas las virtudes; que lleve pronto al Cielo tal o cual alma del Purgatorio etc., pero sin ofrecer ninguna obra por esas intenciones, contentándonos con encomendarlas, llenos de confianza en la voluntad del Divino Corazón.

 

SEGUNDA PARTE

Hijo mío, hemos llegado con esto a la segunda parte de la consagración: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas”. Esta es la parte para ti más importante, porque en rigor es la propiamente tuya. La anterior era la mía; si en ella te pedí aquella entrega de todo, era con el fin de tener las manos libres para cumplir la parte del convenio que me toca; mas la tuya, en la que debes poner toda la decisión de tu alma, la que ha de formar el termómetro que marque los grados de tu amor para conmigo, es la presente: cuidar de mis santos intereses.

¿Sabes cuáles son mis intereses? Yo, hijo mío, no tengo otros que las almas: éstas son mis intereses y mis joyas y mi amor; quiero, como decía a mi sierva Mar­garita, “establecer el imperio de mi Amor” en todos los corazones. No ha llegado todavía mi reinado; hay de él cierta extensión externa en las naciones católicas, pero ese reinado hondo, por el cual el amor para conmigo sea el que, no de nombre sino de hecho, mande, gobierne e impere establemente en el alma; ese reinado ¡qué poco extendido está aún en los pueblos cristianos! Y no es que el terreno falte; son numerosas las almas preparadas para ello, y cada día serán más; lo que faltan son apóstoles; dame un corazón tocado con este divino imán, y verás qué pronta­mente quedan imantados otros.

 

Maneras de apostolado

¡Qué fácil es ser apóstol! No hay edad, ni sexo, ni estado, ni condición que puedan decirse ineptos. ¡Son tantos los medios de trabajar! Míralos:

 

1º La oración. O sea, pedir al Cielo mi reino continuamente; pedirlo a mi Padre, pedírmelo a Mí, a mi Madre, a mis santos. Pedirlo en la Iglesia, en la calle, en medio de tus ocupaciones diarias. “¡Que reines, Corazón Divino!”. Esta ha de ser la excla­mación que en todo el día no se caiga de tus labios; repítela diez, veinte, cincuenta, cien, doscientas veces por día, hasta que se te haga habitual; busca mañas e indus­trias para acordarte. ¿Quién no puede ser apóstol? ¡Y qué buen apostolado éste de oración por instantáneas! Dame una mu­chedumbre de almas lanzando de continuo estas saetas, y dime si no harán mella en el Cielo; son moléculas de vapor que se elevan, forman nubes y se deshacen después en lluvia fecunda sobre el mundo.

 

2º El sacrificio. Primero pasivo o de aceptación. ¡Cuántas molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores a veces pequeños, a veces grandes, suelen sobrevenirnos a todos, como me sobrevinieron a Mí, a mi Madre y a mis santos! Pues bien, todo eso llevado en silencio, con paciencia y aun con alegría si puedes; todo eso ofrecido porque reine, ¡qué apostolado tan rico! Hijo mío, la Cruz es lo que más vale, porque es lo que más cuesta. ¡Cuántas cruces se estropean tristemente entre los hombres!

¡Y son joyas tan preciosas! En segundo lugar, el sacrificio activo, o de mortificación. Procura habituarte al vencimiento frecuente en cosas pequeñas, práctica tan excelente en la vida espiritual. Vas por la calle y te asalta el deseo de mirar tal objeto, no lo mires; tendrías gusto en probar tal golosina, no la pruebes; te han inculpado una cosa que no has hecho, y no se sigue gran perjuicio de callarte, cállate; y así en casos parecidos, y todo porque Yo reine.

Y si tu generosidad lo pide, puedes pasar a penitencias mayores. Ya ves ¡qué campo de apostolado se presenta ante tus ojos! Y éste ¡sí que es eficaz!

 

3º Ocupaciones diarias. Algunas personas dicen que no pueden trabajar por el reinado del Corazón de Jesús por estar muy ocupa­das; como si los deberes de su estado, las obligaciones de su oficio y sus quehaceres diarios, hechos con cuidado y esmero, no pudieran convertirse en trabajos apostólicos. Sí, hijo mío; todo depende de la intención con que se hagan. Una misma madera puede ser trozo de leña que se arroje en una hornilla o devotísima imagen que se ponga en un altar. Mientras te ocupas en eso, procura muchas veces levantar a Mí tus ojos y como saborearte en hacerlo todo bien, para que todas tus obras sean mone­das preciosísimas que caigan en la alcancía que guardo para la obra de mi reinado en el mundo. Debes también esforzarte, aunque con paz, por ser cada día más santo, porque cuanto más lo seas, tendrá mayor eficacia lo que hicieres por mi gloria.

 

4º La Propaganda. A veces podrías prestar tu apoyo a alguna empresa de mi Corazón Divino; recomendar tal o cual práctica a las personas que están a tu alrededor, ganarlas, si puede ser, a fin de que se entreguen a Mí como te entregaste tú. Y si tienes dificultad en hablar, una hoja o un folleto no la tienen; dalo o recomiéndalo; colócalo otras veces en un sobre, y envíalo de misión a cualquier punto del globo.

¡Cuántas almas me han ganado donde menos se pensaba estos misioneros errabundos!

¡Ya ves que sí existen maneras de trabajar por mi reino! Si no luchas, no será por falta de armas. No hay momento en todo el día en que no puedas manejar alguna de ellas. Debes imitar al girasol o al helio tropo, que miran sin cesar al astro–rey. Es muy fácil ser mi apóstol. Y ¡qué cosa tan hermosa! ¡Una vida de continuo iluminada por este ideal esplendoroso! ¡Todas las obras del día convertidas en oro de caridad! A la hora de la muerte ¡qué dulce será, hijo mío, echar una mirada hacia atrás y ver cinco, diez, veinte o más años de trescientos sesenta y cinco días cada uno, pasados todos los días así!

 

5º La reparación. ¿Quieres amarme de veras? Dos cosas hace el amor: procurar a quien se ama todo el bien de que carezca y librarlo del mal que sobre él pesare. Con el apostolado me procuras el bien, me das las almas; con la reparación me libras del mal, lavas mi divino honor de las manchas que le infieren los pecados. Sí, hijo mío, puede una injuria borrarse dando una satisfacción. Y ¡cuántas podrías tú darme no sólo por tus pecados sino por los in­finitos que cada día se cometen! Yo no quiero agobiarte con mil prácticas; las mismas oraciones, sacrificios, acciones de cada día, y propaganda entusiasta, que sirven de apostolado, sirven de reparación, si se hacen con esta intención. “¡Que reines!”, “Perdónanos nuestras deudas”, “¡Porque reines!”, “En reparación por lo que te ofendemos, Señor”, han de ser jaculatorias que siempre estén en tus labios. Dos oficios principales tuve en mi vida terrestre: el de Apóstol que funda el reino de Dios, y el de Sacerdote y Victima que expía los pecados de los hombres. Quiero que los mismos tengas tú. Con la devoción a mi Corazón Divino, pretendo hacer de cada hombre una copia exacta mía, un pequeño redentor. ¡Qué sublime y qué hermoso para ti!

 

CONCLUSIÓN

¡Animo, pues; lánzate! Si mil personas lo han hecho y eran de carne y hueso como tú. Escoge un día de fiesta, el primero que llegue; te vas preparando mientras tanto con lectura reposada de todas estas ideas; llegado el día escogido, te confiesas y comul­gas con fervor, y cuando dentro de tu pecho me tuvieres es la mejor ocasión de hacer tu consagración. Para facilitarte el trabajo, y porque es muy necesario que la consagración sea completa, ya que ha de constituir todo un programa de vida, tienes abajo un esbozo con todas las ideas nece­sarias. Pero repito, hijo mío, que no te asustes; no te obliga nada de eso ni a pecado venial; quiero anchura de corazón, generosi­dad y amor; sólo pido que te resuelvas a hacer por cumplirla lo que puedas buena­mente. ¿Quién no puede hacer lo que buenamente pueda?

Después no te olvides de volverla a renovar cada día en la Iglesia o en tu casa, porque el hacerla a diario es punto muy importante; si no la renuevas cada día, pronto la abandonaras; si la renuevas acaba­rás por cumplirla. Así lo hagas, hijo mío. Si con decisión abrazas este santo camino, ¡qué brisa primaveral, qué torrente de san­gre joven y vigorizante advertirás en tu alma!

Y ahora, hijo mío, dos consejos, para terminar. Uno es que procures no olvidarme en el Sagrario. Me agrada el culto a mi imagen, pero más vale mi Persona que mi imagen. La Eucaristía es mi Sacramento, porque es el del Amor. Yo quisiera que me recibieses con alguna más frecuencia y quisiera también verte alguna vez entre día; ¡no sabes lo que agradezco estas visi­tas de amigo! El otro consejo es que pro­cures, si es posible, sacar un ratito al día, para leer y meditar cosas de mi Corazón; de este modo poco a poco irás abriendo la concha, en que se guarda la perla de esta devoción divina.

CONSAGRACIÓN

 

¡Sacratísima Reina de los Cielos y Madre mía amabilísima! Yo, N. N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin em­bargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero conociendo bien mi indignidad e inconstan­cia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuida­dos el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

 

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y amor: gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de “cuidar Tú de mí y yo de Ti”, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo: todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mí ofrecieren otros en vida o después de muerto; por si de algo pue­de servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

Quiero, en cambio, Corazón amabi­lísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más: bien, quisiera hacer mucho, para que reines en el mundo; quiero, con oración larga o ja­culatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis pequeños vencimientos, y en fin, con la propaganda, no estar, a ser posible, un momento sin ha­cer algo por ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado y tu gloria, hasta mi postrer aliento, que ¡ojala! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervientísimo. Amén.

 

 

 

NIHIL OBSTAT. José Restrepo, Pbro.

IMPRIMATUR. Ernestus Solano, Pbro. Vic. Gen.

Bogotae, 1 junii, 1962. Reg. L. Resp., Fol. 68, No. 982.

 

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Ciclo A, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 28, 2011

El alimento del alma

Dios, cuando les dio maná a los judíos, quería enseñarles que no sólo de pan vive el hombre, sino que todo lo que sale de la boca de Dios es vida para el hombre.

Los hizo pasar necesidad y los puso a prueba, para colmarlos mejor después con su propia Carne y su propia Sangre.

Pregunta san Pablo: La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Así, siendo muchos formamos un solo cuerpo, porque el pan es uno y todos participamos del mismo pan.

Y eso es a lo que ahora llamamos comunión: unión común. No una unión figurativa, simbólica; es la unión real con Jesús y con todos los que reciben el Sacramento de la Eucaristía: sus almas están vinculadas espiritualmente con un vínculo más fuerte que cualquiera material; vínculo que lleva a sentirnos hermanos de verdad, a ayudarnos, a trabajar por el bienestar de los demás.

Pero, además de esa comunión, hay más: el que coma de este pan vivirá para siempre: «El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en Mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y Yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por Mí».

Una vez confesados de nuestros pecados mortales o habiendo hecho un acto de contrición para los pecados veniales, la comunión frecuente del Cuerpo de Cristo nos hace permanecer en Él y Él en nosotros: nuestros actos, palabras, pensamientos y hasta nuestros sentimientos se irán identificando día a día con los de Jesús; Él va eliminando nuestros egoísmos, nuestra soberbia, nuestra codicia, nuestros yerros… etc., de manera que pueda entrar en nuestra vida, poco a poco, y transformarnos, para bien nuestro y de los que están a nuestro alrededor… Hasta que vivamos por Él, como Él mismo lo dijo.

Transformados a la imagen de Jesús podremos hacer muchas cosas como Él, incluso milagros. Vale la pena iniciar este camino.

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Acto de consagración de los jóvenes a María Santísima*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 17, 2009

 

Virgen de Fátima, Madre mía tan amada, adhiriéndome al Movimiento Mariano, hoy me consagro —de modo especialísimo— a tu Corazón inmaculado.

Con este acto solemne te ofrezco toda mi vida, mi corazón, mi alma y mi cuerpo, especialmente este período que estoy viviendo de mi juventud.

Guíame por la senda que nos trazó Jesús: la del amor, de la bondad, de la santidad.

Ayúdame a huir del pecado, del mal, del egoísmo, y a rechazar las tentaciones de la violencia, de la impureza y de la droga.

Te prometo confesarme con frecuencia y recibir a Jesús en mi corazón como alimento espiritual de vida, observar los mandamientos de Dios, caminar por la vía del amor y la pureza, recitar cada día el Santo Rosario.

Quiero ser testimonio de unidad con gran amor al Papa, al obispo y a mis sacerdotes.

Te amo, Madre mía dulcísima, y te ofrezco mi juventud por el triunfo de tu Corazón Inmaculado en el mundo.

 “En estos tiempos, la Madre celeste os pide obras de penitencia y de conversión.

La oración vaya siempre acompañada de interior y fecunda mortificación.

Mortificad vuestros sentidos para que podáis ejercitar el dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestras pasiones desordenadas.

Los ojos sean verdaderos espejos del alma: abridlos para recibir y para dar la luz del bien y de la gracia, y cerradlos a cualquier influjo del mal y del pecado.

La lengua se suelte para decir palabras de bondad, de amor y de verdad, y, por tanto, el más profundo silencio rodee siempre la formación de cada palabra.

La mente se abra solo a pensamientos de paz y de misericordia, de comprensión y de salvación, y jamás quede desflorada por el juicio y la crítica, y mucho menos por la maldad y la condena.

El corazón se cierre con firmeza a todo desordenado apego a vosotros mismos, a las criaturas y al mundo en que vivís, para que pueda abrirse a la plenitud del amor a Dios y al prójimo.”

 

La Santísima Virgen María al padre Esteban Gobby, marzo 4 de 1981.

 

Acto de consagración al Corazón Inmaculado de María

 

Virgen de Fátima, Madre de misericordia, Reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores, nosotros, adhiriéndonos al Movimiento Mariano, nos consagramos de modo especialísimo a tu Corazón Inmaculado.

Con este acto de consagración queremos vivir contigo y por medio de ti todos los compromisos asumidos con nuestra consagración bautismal. Nos comprometemos también a realizar en nosotros aquella interior conversión, tan requerida por el Evangelio, que nos libre de todo apego a nosotros mismos y a los fáciles compromisos con el mundo, para estar, como tú, siempre dispuestos a cumplir solo la voluntad del Padre.

Y, mientras, queremos confiarte, Madre dulcísima y misericordiosa, nuestra existencia y vocación cristiana, para que tú dispongas de ella para tus designios de salvación en esta hora decisiva que pesa sobre el mundo; nos comprometemos a vivirla según tus deseos, particularmente en lo que se refiere a un renovado espíritu de oración y de penitencia, a la participación fervorosa en la celebración de la Eucaristía y al apostolado, al rezo diario del Santo Rosario y a un austero modo de vida conforme al evangelio, que sirva a todos de buen ejemplo en la observancia de la Ley de Dios y en el ejercicio de las virtudes cristianas, especialmente de la pureza.

Te prometemos también estar unidos al Santo Padre, a la jerarquía y a nuestros sacerdotes, para oponer así una barrera al proceso de oposición al Magisterio que amenaza los fundamentos mismos de la Iglesia.

Bajo tu protección queremos ser los apóstoles de esta hoy tan necesaria unidad de oración y de amor al Papa, para quien te suplicamos una especial protección.

Finalmente te prometemos conducir a las almas con las que entremos en contacto a una renovada devoción hacia ti.

Conscientes de que el ateísmo ha hecho naufragar en la Fe a un gran número de fieles, que la desacralización ha entrado en el Templo santo de Dios, que el mal y el pecado invaden cada vez más al mundo, nos atrevemos a levantar confiados los ojos a ti, Madre de Jesús y Madre nuestra misericordiosa y poderosa, e invocar también hoy y esperar de ti la salvación para todos tus hijos, oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

 

(Con aprobación eclesiástica)

 

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Avatares de la fórmula de la consagración

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2009

Colombia era el único país de habla hispana (fuera de España, por supuesto) que en la celebración de la Eucaristía no había cambiado el pronombre personal vosotros por el ustedes. Dicho de otra manera, solamente en España y en Colombia el sacerdote–celebrante seguía diciendo: «El Señor esté con vosotros», mientras que en el resto de Hispanoamérica, ya desde hace bastante tiempo estaban diciendo: «El Señor esté con ustedes».

Había quienes defendían el uso del pronombre español vosotros, mostrando así una forma de respeto por las cosas divinas, mientras que otros objetaban la idea afirmando que aquello no era más que una herencia idiomática de España, de la que había de destetarse…

El hecho es que la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos quiso que, en el proceso llamado de inculturación, se respetasen las costumbres y la cultura de cada país y de cada región, no imponiendo, en este caso, el uso de un pronombre personal que se usa únicamente en España, en los actos cultuales como la Misa.

Por eso, en la nueva edición colombiana del Misal se cambió el vosotros por el ustedes y todo el lenguaje que se relacione, como se está haciendo en todos los leccionarios: falta únicamente el correspondiente al ferial Adviento a Pascua.

Sin embargo, el venerable Juan Pablo II se reservó el derecho de mantener la fórmula de la consagración con el vosotros, después de aprobar la tercera edición latina.

En una de las asambleas de la Conferencia Episcopal de Colombia se hizo una votación para que la fórmula de la consagración quedara con el pronombre personal ustedes, pero esa votación no convenció a la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. Por consiguiente, la fórmula quedó con el vosotros.

Sin saberse por qué razón, la oración presidencial que hace alusión a la paz, después del embolismo, también se dejó con el vosotros: «Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles: la paz os dejo, la paz os doy…».

Es probable que se haya tomado esta decisión por el tradicional criterio de hacer eso ya que son las mismísimas palabras de nuestro Señor Jesucristo y están tan cerca de la fórmula de la consagración. Lo que está claro es que la Conferencia Episcopal de Colombia solo discutió únicamente la fórmula de la consagración.

Por último, como ya se sabe, fue Su Santidad Benedicto XVI quien ordenó corregir el error que se cometió desde hace ya casi cuarenta años: haber traducido mal las palabras que Jesucristo usó para la consagración del vino. Fueron ellas: «Tomad y bebed todos de él… que será derramada por vosotros y por muchos.

  

   

  

 

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Aprovechar la Eucaristía*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2008

Al empezar la Misa, póngase bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del Santo Sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para los demás. ¡Ah, si usted pudiese comprender el valor de una sola Misa sobre el Corazón de Dios, y los bie­nes que se podrían conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre Celestial es la Sangre de Jesucristo: ¡con esta Sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar a las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtud más heroicos. […]

En el ofertorio ofrézcase a Dios por manos del sacerdote, pídale que le cambie sus inclinaciones y su corazón, que la haga amar la virtud, sobre todo la humildad. Dígale que usted quiere que todo en usted sea sacrificado. Pídale al Señor que reciba la ofrenda de todos sus pensamientos, de todos sus afectos, de todo su ser.

En la consagración, represéntese estar a los pies de la Cruz de Nuestro Señor, y que la Sangre de Jesús penetre en su alma gota a gota; este es el momento más precioso para alcanzar gracias del buen Dios.

Pídale en ese momento al Señor por las ánimas del purgatorio, para que su Sangre apague todas las llamas, pues entonces Jesús no rehusa nada.

En la Comunión, únase a las disposiciones de la Santísima Virgen; pídale que le preste su corazón y reciba en él a Jesús, lo adore, ame y glorifique por usted. No deje nunca en sus comuniones de hacer una intención por las ánimas; acuérdese de que Nuestro Señor mismo quiere que ruegue por su libertad, y que nada le negará a usted su Padre, pidiéndole en su nombre.

 

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Como durante todo el día se están celebrando misas, hará bien en unirse a ellas.

Evite apresurarse en lo que deba hacer, y nunca deje sus comuniones […]; no puede comprender cuánto pierde en omitir­las; haga a menudo la comunión espiritual.

 

 

Mensaje de María Sofía Claux (alma del purgatorio),

dirigido a la hermana Margarita María Mousset,

del monasterio de la Visitación de San–Ceré, 1863


 

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Consagración del matrimonio a la Santísima Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 

 

María, el más dulce nombre

que pueda emitir el hombre;

con tu Hijo el Amor trajiste

y la senda a la eternidad nos diste.

 

A ti  siempre hemos recurrido

en toda necesidad;

por consuelo hemos acudido,

confiados en tu generosidad.

 

Refrescas la vida con tu amor,

haciendo desaparecer todo dolor;

a Jesús nos llevas de las manos

y así nos sentimos hermanos.

 

Ir contigo, oh Virgen pura,

de triunfo es señal segura;

por eso acudimos a rogarte

y nuestro matrimonio consagrarte.

 

Al fin del camino de tu manto asidos

el mundo entero podrá proclamar

que quienes deseen permanecer unidos

es a tu Hijo a quien deben amar.

 

 

 

 

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