Hacia la unión con Dios

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Por un guerrillero

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 3, 2017

Una idea que puede hacer que la paz llegue a Colombia: que cada católico se comprometa a lograr la conversión de un guerrillero.

Se puede «adoptar» espiritualmente a ese guerrillero, ofreciendo nuestras oraciones, trabajos y sacrificios por él, con constancia y con la confianza de que seremos escuchados por nuestro Señor, quien dijo que «si en la tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre Celestial se lo concederá. Pues donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mt 18, 19-20).

Ya que la mayoría de los colombianos son católicos, muchos estarían trabajando por la conversión de un mismo guerrillero.

La asistencia a la Eucaristía, las oraciones que hagamos, las penas que tengamos que soportar, el trabajo de cada día y todo lo que hagamos, puede ser ofrecido a Dios en el Nombre de su Hijo Jesucristo por esa intención. Y como Él lo prometió, nos concederá la conversión de todos los guerrilleros.

Además, las oraciones a la Santísima Virgen María, a los ángeles y a los santos, para que intercedan por cada militante de la guerrilla, reforzarán nuestra petición al Padre.

Con nuestra perseverancia y una confianza total en Dios —porque Él todo lo puede y nos ama tanto que nada nos negará— lograremos que el Señor acabe con este mal que nos afecta cada vez más de cerca.

Y, después de convertir a los guerrilleros, seguiremos con los paramilitares, los narcotraficantes, los corruptos…; hasta que Colombia logre tener paz, para la gloria de Dios.

Él está con nosotros. ¡No podemos perder!

 

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¿Por qué Dios no nos da lo que le pedimos?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 10, 2011

Dios desea lo mejor para nosotros, porque nos ama; y, además, todo lo puede.

Él tiene en sus manos miles de cosas para regalarnos, y está ansioso de que se las pidamos, para dárnoslas… Está esperando que las pidamos, para derrochar todo su amor, como padre amorosísimo que es, dándonos gusto en todo.

Entonces, ¿por qué no nos da todas esas cosas? El problema está precisamente en que en el fondo no nos creemos eso. Si lo creyéramos así, si creyéramos en su infinito amor, en su infinita bondad, en su infinita misericordia, si creyéramos que está que se derrite de deseos de mostrarnos su amor, su misericordia, su dulzura, su ternura, entonces le pediríamos con confianza y con constancia.

Una confianza total, como la de la niña chiquita, que sabe que su papá millonario la adora y que nunca le negará nada, sino lo que él sabe que no es para su bien. ¡Y Dios es Papá! ¡Y es millonario, más que todos los papás del mundo! ¡Todo lo puede! Nada nos negaría si se lo pidiéramos con confianza de hijos.

Y, por otro lado, con constancia. Es de admirar cómo los niños pequeños insisten e insisten sin descanso, hasta lograr que sus padres le den lo que les piden. ¿Por qué no somos así con nuestro Padre–Dios? Porque todavía no creemos que es papá amorosísimo, porque todavía no nos hemos dado cuenta de que Él fue capaz de sufrir atrozmente por nosotros y terminar dando su vida por nuestra felicidad.

En el fondo, lo que sucede es que todavía no creemos, porque no hemos meditado suficientemente la Pasión y la Muerte de nuestro Señor. Por eso es que los santos amaban entrañablemente a Jesús y estaban dispuesto a dar la vida por Él; y por eso es que ellos hacían milagros: porque no había nada que el Señor les negara, ya que todo lo esperaban de Él, con una confianza infinita.

Meditemos, pues, diariamente, la Pasión y la Muerte de nuestro divino Redentor, y veremos milagros, experimentaremos su misericordia, nuestros sueños se harán realidad.

Y, después de meditar asiduamente Pasión y la Muerte de Jesús —la muestra más maravillosa del amor de Dios por nosotros—, pidámosle eso que deseamos, convencidos de que nos lo dará. Él mismo lo dijo.

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Ciclo B, II domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2009

 

 

La vida espiritual

 

Hay un aspecto de nuestra fe que muy pocos conocen y que, para los que lo viven, tiene reservadas las más maravillosas experiencias que en esta tierra se pueden disfrutar.

Se trata de la vida mística, es decir, la experiencia de lo divino. Efectivamente, el ser humano fue hecho para vivir estas experiencias; nada más podrá satisfacer esos anhelos que bullen en su interior: Dios se comunica al alma, colmándola de consuelos, gozos y deleites espirituales que nunca se podrán comparar con los terrenales.

Pero para acceder a ellos es necesario no reservarse nada, como nos lo sugiere la primera lectura: Dios le dijo a Abraham que por no haberse reservado ni siquiera a su hijo, que era lo que más quería, lo llenaría de bendiciones.

Por eso la Iglesia se goza poniendo a nuestra consideración la transfiguración del Señor el día de hoy: porque es figura de nuestra propia transfiguración, un cambio de figura, para que nos convirtamos en aquellos hijos de Dios que viven en intimidad con Dios, recibiendo de Él todas esas comunicaciones que llenan nuestras más íntimas y altas aspiraciones.

Además de no reservarnos nada, debemos orar. Orar mucho; con constancia y con confianza.

Una constancia tal que nunca dejemos de hacerlo; por ningún motivo; a diario.

Y una confianza total en ese amor divino, que lo único que busca es nuestra auténtica felicidad, la felicidad de haber llegado a la meta: el encuentro con Dios que nos transfigura. Confianza que muestra san Pablo en la segunda lectura:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Si ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con Él todo lo demás? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios mismo los declara justos. ¿Quién los condenará? ¿Acaso será Cristo, el que murió y, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?

   

 

 

 

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