Hacia la unión con Dios

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Críticas al Papa

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2016

Papa

Después de que Jesús fundó su Iglesia y nombró al primer Papa, el Espíritu Santo se ha encargado de elegir a los otros 266 papas y de impedir que se equivoquen, tal y como lo prometió Jesucristo. ¿Por qué pensar, pues, que ahora sí Dios abandonó a su Iglesia y permitió que apareciera un papa que enseña errores?

Cuando un erudito lee los documentos que el Papa Francisco ha escrito o lo escucha, verifica que no enseña nada contrario a la doctrina oficial de la Iglesia que Cristo fundó.  En este caso se aplica muy bien el adagio: “Todo texto sacado de su contexto sirve para cualquier pretexto”.

Pero si alguien no sabe mucho acerca del Magisterio de la Iglesia, le debe bastar la humildad de saber que es una simple criatura que no debería ponerse en la actitud de juzgar al Papa.

La soberbia de quienes sí se creen con el derecho de cuestionar al Espíritu Santo, debe llevarnos a orar mucho por su conversión. Pero no debemos exponernos a seguir escuchando cosas que nos pueden confundir: esa soberbia es más peligrosa que otros pecados: incita a muchos a creerse jueces del papa, de la jerarquía eclesiástica y hasta del mismo Dios, con las consecuencias que se pueden imaginar.

A propósito de los juicios, san Agustín afirma: “Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás.” (Sermón 19, 2)

Y san Juan de la Cruz explica que los cristianos avanzados están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. (Cf. Noche, 1, 1-2)

De todos los pecados —aun los más graves— se puede salir si hay humildad; pero cuando falta esta virtud, hasta los más santos pueden caer.

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‛No hay quién confiese’

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 17, 2015

Después de participar en unos seminarios sobre la nueva evangelización, presentados en su parroquia por un grupo de sacerdotes y laicos comprometidos, una señora quedó convencida de que el apostolado es una necesidad imperiosa: impulsar a sus amigos y conocidos a un proceso de conversión con el cual se inicia el camino a la santidad producirá una renovación de la Iglesia, como lo desea el Santo Padre. También aprendió que el primer paso de esa conversión consiste en lograr que cada uno de sus amigos se acerque al Sacramento de la Reconciliación: la gracia de Dios le llegará a cada uno de tal modo, que lo impulsará a una vida más espiritual, más cerca de Dios.

Fue un trabajo intenso, como se lo habían enseñado: primero, oró fuertemente por el alma de su amigo, con gran confianza en Dios; luego, ofreció algunos pequeños sacrificios por él; y, por último, lo evangelizó: le habló con mucha caridad y respeto del amor de Dios, de la misericordia que tuvo con nosotros, pecadores, muriendo en la Cruz con una muerte atroz, de la oportunidad que nos da siempre que pecamos de acercarnos a Él a través del Sacramento de la Penitencia donde, en vez de castigar a quien se acusa culpable, lo perdona misericordiosamente…

La gracia de Dios no se hizo esperar: este señor, que llevaba veinte años sin confesarse, se conmovió e hizo el propósito de hacerlo en la primera oportunidad. Ella, feliz, se dijo las palabras de Jesús: «Habrá mucha alegría en el Cielo por un pecador que se convierta», y le dio gracias a Dios…

Una semana después, se encontró en la calle con el señor. Ansiosa, le preguntó: «¿Cómo te fue?». Él, sin inmutarse, le dijo: «He visitado 7 iglesias: en unas, me dijeron que tenía que llamar para pedir una cita con el padre; fui a otras antes o después de la Misa, y los padres me dijeron que no podían atenderme; en ninguna iglesia encontré horario para confesiones… Voy a dejarlo para más adelante.»

Ella pensó con tristeza: «Si hubiera podido confesarse, ya estaría en gracia de Dios. Puede que ahora se arrepienta.»

Y oró: «Señor, te pido que los sacerdotes ayuden a salvar más almas».

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Los mensajes de los videntes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2015

Son tantos los videntes hoy día, que bien vale la pena refrescar algunos conceptos claves:

La Revelación pública y universal (todo lo que Dios reveló a los hombres de Sí mismo, del universo y de la vida humana) terminó cuando san Juan, el Apóstol y Evangelista, finalizó de escribir el Apocalipsis, hacia el año ciento diez de nuestra era; allí está contenido todo lo que debemos saber para alcanzar la salvación. Las revelaciones privadas y particulares no hacen parte de ese mensaje público y universal.

Una vez que la Iglesia ha estudiado una revelación privada y particular (lo cual suele ser demorado, debido a la gran responsabilidad que ello implica), da su concepto favorable, si ese mensaje se adecua y no tergiversa en nada el gran mensaje de la Revelación pública y universal. Y da un concepto desfavorable, indicando a sus hijos, los católicos, que ese mensaje no debe ser creído, por no estar incluido en la Revelación pública y universal.

Debido a que muchas revelaciones privadas y particulares son falsas, mientras la Iglesia se pronuncia, se dan los siguientes criterios:

  • Si la persona tiene un conocimiento doctrinal suficiente y nota algo contrario o que desdice de la Fe católica, debe rechazar esa revelación privada y particular y recomendar lo mismo a cuantos pueda.

  • Como lo único verdaderamente necesario es la Revelación pública y universal, a un católico formado en su Fe, coherente y maduro nunca le harán falta las revelaciones privadas y particulares; le basta el Magisterio de la Iglesia.

  • Aunque no son necesarias, si esas revelaciones privadas y particulares estimulan las virtudes cristianas e invitan a la conversión, a la penitencia, a la oración, pueden ayudar a las personas sencillas, simples y humildes, que no tienen acceso al conocimiento doctrinal.

  • Si en una revelación privada y particular hay mezcla de aspectos buenos y malos (por ejemplo, invitación a orar por la jerarquía eclesiástica y, a la vez, a desconfiar de la Iglesia), debe rechazarse y desaprobar con firmeza, pues se puede afirmar con firmeza que son típicas del demonio.

  • Por último, otro criterio certero: Nadie se equivoca obedeciendo. En el supuesto caso de que las órdenes, recomendaciones y dispensas del Vaticano no fueran según la Voluntad de Dios, quien obedece humildemente da gloria y honra a Dios.

Añadamos que cuando la Iglesia aprueba una revelación privada y particular lo que está afirmando es que sus mensajes están ya contenidos en la Revelación pública y universal; dicho de otro modo: no están diciendo nada nuevo. Por eso, nace la pregunta: ¿Para qué sirven, entonces, las revelaciones privadas y particulares?

Podemos afirmar que—cuando son auténticas— pueden servir a las personas que están alejadas de la Fe, para su conversión; pero, una vez convertidas, conviene que se desapeguen de lo que los acercó a Dios y se concentren en estudiar la doctrina de la Iglesia y en conocer y poner en práctica la teología espiritual católica (ascético-mística) para avanzar en su vida interior, hacia la unión con Dios.

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La unión de los cristianos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 9, 2015

«Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por dios para su pueblo» (Carta apostólica Tertio millenio adveniente, nº 34).

Resulta u poco duro oír hablar a un Papa así, pero es conveniente que ese llamado de atención, ese «campanazo» de alerta conmueva nuestras entrañas al comenzar el siglo XXI.

«Es este un problema crucial para el testimonio evangélico en el mundo», continúa diciendo en su carta apostólica. Sin importar si los budistas o mahometanos tienen más o menos divisiones que nosotros, el espectáculo que brindamos al mundo es deplorable: Jesús es amor y estamos divididos. Jesús es amor y nos decimos cosas que hieren. Jesús nos dio, como despedida, el “amaos los unos a los otros como yo os he amado” y no lo hemos puesto en práctica.

Cada vez que rechazamos de palabra o de obra, a uno de nuestros hermanos, porque son Cristianos Evangélicos, Pentecostales, etc., estamos, sin quererlo quizá, poniendo un ladrillo más en el muro que nos separa.

En cambio, si se responde cada afrenta como Él nos enseñó, poniendo la otra mejilla, dando todo a quien se lo quiere llevar, amando de corazón y disculpando todo antes de ir al presentar la ofrenda al Altar, estaremos forjando la unión que quería el Papa cuando escribía «Comprometiendo a los cristianos, en sintonía con la gran invocación de Cristo, antes de la pasión: que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros (Jn 17, 21)».

Pero el Santo Padre hace énfasis en que «la unidad, en definitiva, es un don del Espíritu Santo». Por eso, traza el plan de trabajo:

  1. Oración ecuménica continua y creciente para lograr ese don.
  2. Compromiso de penitencia y de conversión.
  3. Actualización generosa de las directrices del Concilio.
  4. No caer en ligerezas o reticencias al testimoniar la verdad.
  5. Fomentar la unión en los postulados que nos unen, en vez de subrayar los que nos separan, ya que aquellos son siempre más que estos.

Este es el derrotero que se pone hoy ante nuestros ojos, con respecto a uno de los pecados que más hacen sufrir al Corazón de Jesús, infinita fuente de misericordia: oración, penitencia y obediencia.

 

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Vea la película: TIERRA DE MARÍA

Posted by pablofranciscomaurino en abril 6, 2015

Querida familia de INFINITO + 1 en Colombia,

¡Muchísimas gracias por todo vuestro cariño, vuestro trabajo de promoción y, sobre todo, vuestras oraciones!

Gracias a la generosidad de incontables personas, TIERRA DE MARÍA se ha podido estrenar en salas de cine colombianas, permaneciendo varios meses en cartelera. Pero la mayor alegría no viene del número de espectadores o de salas, ni de cuántas semanas ha permanecido en cartelera. El gran aplauso surge espontáneo cuando recibimos mensajes preciosos de algunos espectadores para los que TIERRA DE MARÍA ha significado una invitación sencilla y directa a la conversión, a la alegría, a la esperanza… y han aceptado esa propuesta del Cielo. ¡Qué alegría tan grande! No se limitan a decir “me ha gustado” o “no me ha gustado”, sino que Dios se les ha colado en el corazón desde la pantalla, con intención de renovárselo. Hemos de aplaudir esa acción del Espíritu Santo. Sin su intervención, TIERRA DE MARÍA sería un puro entretenimiento o un simple éxito cinematográfico, en el mejor de los casos. No es el fin de ninguna de las produccion es de INFINITO + 1.

Ahora ya tenéis a la venta el DVD de TIERRA DE MARÍA, y el visionado ON LINE en varias plataformas digitales, autorizadas como iTunes y Amazon. También podéis hacer vuestro pedido escribiendo a tierrademariacolombia@infinitomasuno.org o llamando al 3005602294.

También podéis ver TIERRA DE MARÍA en copias piratas o en plataformas piratas. Es la opción de muchas personas, que quieren ver las películas, pero no desean contribuir con su dinero a que sigamos produciéndolas. Que Dios bendiga a todos, sin excepción. Os agradecemos, muy sinceramente, a todos los que soportáis económicamente nuestro trabajo, mediante el pago de la entrada al cine, del DVD o del visionado ON LINE.

Por último, os pido que sigáis rezando por nosotros y por todos los espectadores de TIERRA DE MARÍA en el mundo. Su periplo continúa. Los próximos países: República Dominicana y Brasil.

¡Un grandísimo abrazo a cada uno de vosotros!

Juan Manuel Cotelo

INFINITO MÁS UNO

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Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

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Una pregunta

Posted by pablofranciscomaurino en enero 16, 2015

A las nuevas generaciones les hemos mostrado a un Jesús que sólo suscita indiferencia.

Dios quiere que nos identifiquemos de tal manera con Cristo, que provoquemos de nuevo la persecución y el martirio, semillero de cristianos auténticos.

¿Te animas?

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PLACER SUBLIME

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 4, 2014

Recién aparecido el ser humano sobre la tierra comenzó a preguntarse sobre su vida, su esencia, su razón de ser… Miles y miles de preguntas más le surgieron y, después de unos doscientos mil años, muchas no se han contestado.

Hay quienes por ejemplo, desde una perspectiva teocéntrica, han postulado la idea de que Dios creó al hombre. Y, más recientemente, con una mirada antropocéntrica, otros afirman que fue el hombre quien inventó la idea de un Dios, creador de todo. Pero se multiplican las creencias, y la cosmovisión de muchos es tan plural que habría que invertir varias vidas estudiándolas todas.

Ante semejante panorama, es admirable descubrir la ignorancia en la que todavía se encuentra el ser humano con respecto a estos temas tan trascendentales para sí mismo y para su vida, transcurridos tantos milenios, sobre todo ante los vertiginosos avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos.

Pero no solo es admirable; aterra saber que miles de millones de personas viven en un sinsentido parecido en muchos aspectos— al de los animales: nacen, crecen, se reproducen y mueren; hacen sus elecciones —profesión, matrimonio, lugar y estilo de vida, etc.— sin criterios claros sobre la razón última de su ser; no le dan más trascendencia a sus vidas que la de prever su futuro más inmediato, sin contemplar siquiera la posibilidad de que la vida siga después de la muerte, tal y como lo comenzó a intuir la especie humana desde sus comienzos. Además, se preguntaba sobre la posibilidad de la existencia de otros seres más allá de lo tangible y visible: seres espirituales, buenos y malos, con quienes quizá podrían interactuar y hasta valerse de ellos para cambiar las leyes de la naturaleza, como se empezó a creer en los inicios de la especie humana…

Sin embargo, siempre se ha oído hablar de algunos que han desarrollado su vida espiritual hasta llegar a la contemplación pura del mundo espiritual y al conocimiento de los espíritus; es decir, que han vivido experiencias místicas.

Entre la inconsciencia de unos y la profunda espiritualidad de otros se encuentran las actitudes que tienen los seres humanos frente a los cuestionamientos más profundos de su existencia, pero es evidente que —y hoy más que nunca— son más quienes viven sin desarrollar su plano espiritual, quedándose satisfechos dándole relieve únicamente a sus otros dos planos: el biológico y el psicológico; queda así truncada la integridad de su esencia, de su naturaleza, de su sustancia, con lo que muy difícilmente lograrán el pleno desarrollo de su ser y, por ende, la felicidad que tanto anhelan y persiguen, a pesar de que se les muestra tan esquiva.

Son varias las religiones que reclaman para sí las experiencias místicas más elevadas, pero no se puede negar que hay 3 características que las hacen más sublimes y, por consiguiente, más plenamente humanas:

1) las que producen la transformación moral del individuo: pasar un hombre de la maldad a la bondad, como es el caso de quienes dejan de matar, robar, ser infieles a sus esposas, etc., para comenzar una vida de bien,

2) las que facultan al individuo a realizar actos sobrenaturales, es decir, actos que no pueden realizar los seres humanos naturalmente (perdonar, por ejemplo, a quienes mataron a un hijo) y

3) el enaltecimiento de la facultad más elevada del ser humano: amar; tal es el caso de las personas que son capaces de olvidarse de sí mismas para conseguir el bien de otro (o de otros), sin esperar nada a cambio, y cuyo mayor ejemplo es el de quienes gastan su vida, día a día, en una labor de servicio humanitario o el de quienes llegan al extremo de morir por otros seres humanos, por amor a Dios, y que son llamados comúnmente mártires o testigos.

Ninguna de estas 3 acciones es posible, a menos de que se reciba una fuerza sobrenatural, un empuje espiritual que viene de lo alto, de una entidad superior, y solo el cristianismo ha mostrado evidencias claras al respecto: conversiones de personas que dejan el mal para siempre, capacidad de realizar acciones verdaderamente sobrenaturales y entrega total al servicio gratuito y desinteresado, a veces hasta la muerte, solo por amor a Dios y a la humanidad.

Efectivamente, al revisar toda la teología espiritual (ascético-mística) del cristianismo, se encuentra una doctrina sólida, amplia y profundamente desarrollada por maestros espirituales llamados los santos místicos.

En esta doctrina se enseña que Dios desciende hacia la criatura, para hacerla primero capaz de actos divinos y, después, de disponerse para una unión cada vez más íntima con Él. Y esa unión es el placer más elevado que puede experimentar el ser humano, puesto que fue creado para disfrutarlo.

Las personas que han experimentado este estado de unión, aun cuando sea incipiente, como suele ocurrir al comienzo, ya no desean en esta vida otra cosa que volver a vivirla y, ojalá, acentuarla cada vez más, pues descubren que todos los placeres biológicos o psicológicos —incluso el más elevado de todos: el amor humano— palidecen frente a un instante de esta unión con Dios: se siente tanto gozo espiritual, tantos consuelos y deleites espirituales, que ya no se desea seguir viviendo; lo único a lo que se aspira desde ese momento es conseguir esa unión con Dios: el máximo placer, el placer más sublime y elevado de todos.

Pero se explica que esto va ocurriendo paulatinamente, en 2 medidas: tanto cuanto Dios quiere participar de su Ser a la criatura y tanto cuanto la criatura se dispone para tal unión.

En este proceso, Dios va llenando a la persona de su gracia, que es un don, un regalo, un favor que le hace sin merecimiento alguno de su parte, con la que la va llenando primero de virtudes sobrenaturales y, después, de los 7 dones del Espíritu Santo, que la facultan para la unión con Dios.

Por su parte, la persona debe ser primero muy humilde: totalmente consciente de su condición de criatura, débil, proclive al mal e incapaz del bien, necesitada de la ayuda divina; y debe, además, vivir en gracia de Dios (cumpliendo los mandamientos), frecuentar los Sacramentos (asistir a Misa y comulgar, ojalá diariamente, y confesarse al menos una vez al mes) y hacer oración mental (dedicar diariamente un tiempo para hablar con ese Dios que la ama inmensa e intensamente y que lo único que quiere es hacerla feliz). Y le conviene conseguir un director espiritual que ya haya experimentado la unión con Dios, para dejarse guiar por él en este asunto de tanta trascendencia.

En la medida en la que la persona va dejando que Dios se acerque a ella, cumpliendo los requisitos dichos, Él le va dando esos regalos que la harán totalmente feliz.

Lo primero que le obsequia es la paz; una paz distinta a la que conocía. Se supo de un hombre que era conocido por todos como uno de los seres humanos más serenos, más tranquilos, más llenos de paz… Él mismo era consciente de ello, pues veía a muchos intranquilos, angustiados, ansiosos, etc. Pero el día en el que Dios lo visitó espiritualmente y le dejó la paz que Él deja en sus primeras visitas, este hombre descubrió que antes de esta experiencia estaba muy lejos de saber lo que era la paz auténtica, que lo que él creía que era paz no era ni un esbozo de la verdadera…

En otra ocasión, Dios le regaló una virtud por la que había luchado durante casi treinta años sin éxito: no controvertir sobre asuntos de Fe, pues siempre terminaba discutiendo acaloradamente con cuantos discrepaban de sus creencias. Se arrepentía después de cada suceso, pero no lograba erradicar su defecto, que atentaba contra la caridad que le debía a los demás. Un día, estando en oración, Dios se le presentó y le mostró su perfección, su santidad, su grandeza; y le dejó ver parte de la gran imperfección a la que este hombre estaba sometido, su miseria y cómo lo afeaban sus pecados… Después de este episodio, jamás volvió a discutir con nadie: quedó convencido de que no tenía autoridad moral para controvertir, y Dios le dio la fuerza para callar, orar y confiar más en Él que en los argumentos que solía poner para defender sus puntos de vista.

Y así, la persona va recibiendo de Dios dones cada vez más elevados, como el de una pareja de esposos que fue a visitar públicamente —los mostraron por la televisión— al asesino de su hijo, para perdonarlo: la audiencia vio aterrada el momento en el que ese par de señores mayores saludaban al sicario y le decían que lo perdonaban por amor a Dios.

La evidencia del Amor de Dios en estas experiencias llega a ser tan fuerte, que las personas adquieren una confianza ilimitada en ese Amor, y nada los perturba, nada los angustia, nada los preocupa… Saben que Dios tiene esta triple condición: 1) es infinitamente poderoso, 2) sabe qué es lo mejor para ellos y 3) los ama tanto, que solo les propiciará o permitirá lo mejor; por eso se abandonan totalmente en el Amor que ya experimentaron místicamente.

Y por eso mismo, aunque trabajan con responsabilidad en los asuntos temporales para hacer de este un mundo mejor y así dar gloria a Dios, les es indiferente la salud o la enfermedad, el bienestar o el malestar, la pobreza o la riqueza, tener trabajo o estar vacantes, la soledad o la compañía… Saben que todo está calculado sabiamente por Dios para conseguirles lo único que importa: la eternidad junto al Amor de los amores. En todas sus empresas e intereses —trabajo, familia, salud, educación, vestido, vivienda, alimentación, servicios a la comunidad…— ponen todos los medios y esfuerzos para que salgan lo mejor posible, pero dejan a Dios los resultados.

A quienes Dios une a Sí mismo de esta manera ya no les importa el cansancio: trabajan infatigablemente por el ideal más grande de todos: enseñar al mundo entero que esta vida es una sombra, es oscuridad; y que con la luz que Dios nos da en esas experiencias místicas comenzamos a ver la verdad: que lo único que importa es lograr cuanto podamos esa unión con Dios ahora —en el tiempo presente—, que después consigamos la unión completa y eterna con el Amor —¡la dicha eterna!—, y que nos llevemos a muchos a ese estado de felicidad, que jamás podremos describir, pues “ni ojo vio ni oído oyó ni llegó jamás a la mente de nadie lo que Dios tiene preparado para los que esperan en Él”.

Están seguros de que los sufrimientos que Dios les permite son para su propio bien y el bien de otros, porque saben que fue con sus sufrimientos como Cristo consiguió esa luz para la humanidad, y se sienten dichosos de sufrir con Cristo para ayudar a muchos a entender la vida tal y como es en realidad. Y por eso, ya no piden nada, fuera de la salvación y santificación (que es la unión con Dios) de todos: conocidos y desconocidos.

Y así como están dispuestos a vivir por este ideal, también lo están, si es necesario, a morir por él. Es por eso que solo en el cristianismo se ven mártires que dan la vida por amor a Jesucristo y por la felicidad auténtica de sus hermanos, los hombres. Muchos de ellos, en medio de sus sufrimientos mientras los martirizan y matan, cantan y alaban a Dios dichosos, pues son los seres humanos más felices; y lo serán plena y eternamente.

 

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¿Evangelizar a los de la casa?

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2014

Cuando una persona se acerca a Dios y se convierte, se llena de dicha interior y desea fervientemente que sus parientes sigan su mismo camino. Además, suele ocurrir que en la parroquia o grupo de oración se le recomiende que los evangelice, que hay que convertirlos, que hay que comenzar por ellos…

Pero la verdad es que ellos no comprenden ese cambio; lo suelen confundir con fanatismo religioso y, si les habla de Dios, lo rechazan…

Así, la alegría que experimenta el recién convertido se ve empañada desde temprano por ese dolor que experimenta al ver que sus seres más cercanos no lo entienden, lo critican y hasta se burlan de él, lo ponen en ridículo ante los demás, etc. Y aunque siente el apoyo de la comunidad a la que pertenece y la asistencia divina, ese desconsuelo es difícil de llevar.

Pero Jesús dijo que ningún profeta es bien recibido en su propia casa (Lc 4, 24). Nadie les dice que a los familiares no se los debe evangelizar con palabras, que no deben hablarles a sus familiares de Dios ni de las cosas de Dios (mucho menos tratar de obligarlos a asistir a misa o a otra celebración o encuentro espiritual…).

Es con el ejemplo como se los debe acercar a Dios; es mostrándoles la felicidad que ahora los embarga.

¿Y esto cómo se hace?

1) Amándolos, es decir, sirviéndolos con gusto,

2) infundiéndoles paz y

3) llenándolos de alegría.

En resumen: que se note que ahora está lleno de Dios, pero sin hablarles de Él; predicarles con la vida, no con las palabras.

Al ver este cambio positivo en su vida, los demás se sentirán atraídos. Se preguntarán: «¿Por qué ahora se ve tan feliz?» «¿Por qué ya no se disgusta como antes?» «¿Por qué es tan cariñoso y servicial?»…

Y a veces hasta le harán la pregunta: «Oye, ¿qué te ha hecho cambiar tanto?» Esa será la señal, el momento propicio para que aproveche —ahora sí— a evangelizar con la Palabra; contestará, por ejemplo: «Porque ahora estoy con Dios».

Y las palabras que diga en adelante serán escuchadas.

 

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Ciclo C, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2012

La felicidad auténtica

 

Todo lo que anunció el profeta Baruc es la expresión de la felicidad auténtica, como la entendían en el Antiguo testamento: que se abajen todos los montes elevados y las colinas encumbradas, que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, que los hijos de Dios caminen con seguridad guiados por la gloria de Dios, que el boscaje y a los árboles aromáticos le hagan sombra, que Dios los guíe con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia… ¡Que seamos felices de verdad!

Y para conseguir este fin, nos pide san Juan Bautista, ya en el Nuevo Testamento: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios». Esto quiere decir que la felicidad verdadera se da a quien endereza lo torcido en su vida, esto es, a quien se convierte.

Convertirse es todo un itinerario: primero es dejar de pecar; después es reducir los defectos y ganar virtudes; más adelante es buscar y conseguir la unión con Dios, el Amor de los amores, el único que llena nuestras ansias de felicidad.

Por eso, san Pablo, en la segunda lectura, desea que nuestro amor «siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores».

Hagamos caso a Dios, que nos dice por intermedio del profeta Baruc: despojémonos de nuestro vestido de luto y aflicción y vistámonos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da, envolvámonos en el manto de la justicia de Dios y pongámonos en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo».

Así llegaremos al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios.

Y podremos gritar eternamente: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres […] La boca se nos llena de risas, la lengua de cantares».

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Ciclo B, XIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2012

¿Predicarles a los parientes?

 

Muchos sacerdotes enseñan a sus fieles que todo católico debe hacer apostolado y que, como la caridad comienza por casa, es a los de la propia casa a quienes hay que predicar primero. Y es frecuente que quienes los escuchan, obedeciendo tales consejos, lleguen a sus casas a hablar de Dios, con el consecuente —y frecuentísimo— rechazo de sus parientes…

Algunos regresan acongojados a su párroco para contarle lo que les ocurrió, y él les repite lo que leemos en la primera lectura de hoy: «Son un pueblo rebelde, al menos sabrán que hubo un profeta en medio de ellos», como escribió Ezequiel.

Por su parte, Jesús, como nos cuenta el Evangelio, decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Lo que ocurre es que en la casa, entre los parientes y en nuestra tierra debemos predicar, no con palabras, sino con la vida: si les explicamos lo felices que estamos al haber descubierto a Dios en el camino, seremos rechazados; pero si no les hablamos, sino que nos convertimos en una fuentes de amor, de paz y de alegría, y los llenamos de eso mismo: amor, paz y alegría, y ellos quedarán deslumbrados por nuestro cambio.

No se demorarán en preguntarnos de dónde sacamos ese amor, esa paz y esa alegría, y podremos explicarles que nuestro corazón está en paz, porque tenemos Fe: creemos en un Dios que nos ama y nos cuida; les diremos que vivimos alegres, porque tenemos Esperanza: sabemos que vamos para el Cielo, que el final de la vida es la felicidad; y notarán que estamos llenos del amor de Dios, razón por la cual estamos siempre sirviendo a los demás.

Hay que predicar primero en la casa, a los parientes y en nuestra tierra, pero con el ejemplo, no con palabras.

Pero sabemos que la fuerza para convertir a nuestros seres queridos y parientes proviene de Dios; quien crea que puede convencer a alguien se engaña: a san Pablo le dijo Jesús: «Te basta mi gracia; pues la fuerza se realiza en la debilidad».

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‘No me puse la ceniza’

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 22, 2012

Él es un católico ejemplar: ha estudiado bien la doctrina de la Iglesia, ha vivido en gracia de Dios, frecuenta los Sacramentos, hace oración mental todos los días… Y, además, es un buen consejero y predicador de la Palabra de Dios.

Pero este miércoles de Ceniza sorprendió a todos sus familiares, amigos y conocidos: no se impuso la ceniza.

Cuando le preguntaron por qué no lo había hecho, contestó:

No fui capaz: eso es una gran responsabilidad. Ponerme la ceniza significaría reconocerme ante el mundo entero como pecador; hasta aquí la cosa parece fácil. Pero, además, ponerme la ceniza significaría proclamar a todos los que me ven que estoy comprometido —durante cuarenta días— a vivir sinceramente arrepentido por mis pecados y a expiarlos, haciendo penitencias, viviendo en austeridad, ayunando y haciendo abstinencia, oración, actos de caridad, limosnas…

Por eso no me la puse. No quiero convertir la ceniza en un acto superficial, en una caricatura de lo que verdaderamente expresa.

Y para completar, ponerme la ceniza me obligaría a renovar mi vida, a una conversión auténtica, a luchar contra el mal que reside en mí, a erradicar el pecado, a llenarme de virtudes cristianas, especialmente el amor: al final de la Cuaresma, tendría que amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a mí mismo; y esto es muy difícil.

Le pediré al Señor que algún día me dé la gracia de estar verdaderamente dispuesto para ponerme la ceniza.

¿En qué se equivocó este hombre? En olvidarse de la infinita misericordia de Dios: Dios hará por él lo que él no puede hacer: su conversión.

¿En qué acertó? En valorar y respetar el signo de la Ceniza tal y como lo hace la Iglesia.

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Ciclo C, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2010

El más alto atributo de Dios

A veces olvidamos el atributo más sobresaliente de Dios: su infinita misericordia.

En el Éxodo, se nos cuenta que Dios no deja que estalle su furor contra los pecadores. Había determinado exterminarlos, pero Moisés suplicó al Señor, y Él renunció a destruir a su pueblo, como lo había anunciado.

Pablo nos cuenta que en un comienzo era un opositor, un perseguidor y un violento, y que a pesar de eso Dios lo perdonó, pues Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

Ya en el Evangelio, Cristo nos dice que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.

Y Jesús continuó explicando cuán grande es la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos: Cuando el hijo malvado dijo: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo», el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzó la fiesta.

¿Cómo es posible que, ante la declaración de la culpa de un malhechor, el juez lo absuelva? Eso es lo que hace Dios con aquellos que, verdaderamente arrepentidos, acuden al Sacramento de la Reconciliación. Incluso, si han pecado venialmente, el arrepentimiento sincero es suficiente para alcanzar el perdón de ese misericordioso Padre.

¿Desatenderemos esta ventajosísima oferta?

Todos las cualidades de Dios las posee en grado infinito, pero esta es una muestra de que su piedad, su misericordia: la más sublime de todas. Todo lo hace para nuestro bien, nos da cada vez más oportunidades para ser felices, a pesar de que le fallamos. ¡Cuánto nos ama!

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Ciclo B, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 26, 2009

¡Se ha cumplido el plazo!

 

Cuando Jonás pregonó a los ninivitas, creyeron en Dios, y se convirtieron. Vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo. Hoy, ese mismo Señor dice en el Evangelio: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; conviértanse y crean la Buena Noticia”.

Antes predicaba Jonás a un pueblo antiguo; hoy es el mismísimo Jesús quien se dirige a nosotros. ¿Hacemos lo mismo que el pueblo de Nínive o seguimos con nuestra mala vida?

Y, ¿qué es eso de la Buena Noticia? Para poder entenderlo, debemos orar con humildad tal como lo dice el salmo de hoy: “Señor, instrúyeme en tus sendas. Señor, enséñame tus caminos, enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador”, porque, como dice el mismo salmo, Él hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

El humilde, pues, aprende que esta vida no es permanente; el humilde se deja enseñar que existirá otra vida —esa sí definitiva, infinita—, por la cual vale la pena luchar; el humilde se empieza a hacer consciente de que aquí, en esta tierra, las cosas son temporales, pasajeras, secundarias: no se preocupa tanto por estar bien ahora, sino por saber cómo llegar allá: a la felicidad auténtica, ni se ocupa tanto en los negocios de este mundo como en invertir para la vida eterna.

Por eso, el apóstol san Pablo nos apremia diciéndonos: “Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en este mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina”.

¡Se termina! ¡Y cuántos esfuerzos se perdieron!, ¡cuántas angustias!…

En cambio, cualquier sacrificio que nos lleve a la verdadera Vida, la eterna, no solo no se perderá sino que fue nuestra mejor inversión. Y, ¿cuál  es esa inversión? Nuestra conversión.

  

 

 

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