Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Coros’

Unas gafas espirituales…

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2010

 

Serían las tres de la mañana. Me levanté para ir al baño y, al regreso, vi sobre mi mesita de noche unas gafas oscuras. No les hice mucho caso, pues dormitaba, y lo único que deseaba era volver a conciliar el sueño…

Al día siguiente, después de la ducha, me sorprendió volver a ver las gafas. Para mí eran desconocidas. Le pregunté a mi esposa si sabía de quién eran o por qué estaban allí. Semidormida, me contestó que no. Como me causaron curiosidad, me las puse y —cuál no sería mi sorpresa— no se veía oscuro a través de ellas; pero se observaban cosas extrañas: sentado, al lado de la cama, se veía un ser espiritual hermoso y transparente que sonreía con dulzura mirando a mi esposa.

Brinqué del susto cuando, al volverme para atrás, vi a otro ser igual que me observaba esbozando una sonrisa con ternura…

Después de reponerme al ver la bondad de estos seres, salí lleno de curiosidad hacia las alcobas de mis hijos, y reparé en una especie de ángeles infantiles que los acompañaban y cómo se complacían cuidándolos…

Sentí una paz inmensa… Como nunca la había sentido.

Bajé las escaleras y, junto a la puerta, vi a otro ser angelical como en guardia, como protegiendo la entrada de la casa. Con las gafas todo se veía normal; lo único llamativo y diferente eran esos seres espirituales. Me retiré las gafas, y vi todo, menos al ángel. Me las volví a colocar, y reapareció el ángel con su sonrisa. Estaba confuso y sorprendido… En ese momento recordé que cuando alguien manda bendecir una casa, Dios le asigna un ángel para que la guarde. «¡Son ángeles de verdad!», me dije primero seguro y luego…: «¿Serán realmente ángeles?… ¿De dónde salieron estas gafas?»

Mi primer impulso fue subir a despertar a mi esposa, contarle lo sucedido y compartir con ella mis sentimientos; pero tuve dos sensaciones que me lo impidieron: me preguntaba qué iría a decir de mí cuando le contara lo ocurrido y, además, sentí el impulso —extraño para mí, pues todo se lo confiaba a ella— de mantenerlo guardado por ahora.

En ese momento empecé a oír discutir a los vecinos; no era nada extraño: se la pasaban gritándose y ofendiéndose continuamente. A través de la ventana observé al esposo —como otras veces— manoteando y alzando la voz; pero noté algo raro: encima de él, a manera de un jinete montado sobre el cuello, había un ser transparente como los que vi en mi casa, pero oscuro… ¿Cómo diría? Como un tizón translúcido. Su actitud era la del que azuza a hacer el mal: como a un caballo, instaba a mi vecino a que profiriera malas palabras, a que gritara más, a que ofendiera a su esposa y ¡vaya que lo logró!: la pelea terminó en golpes. Luego, como vencedor, este horroroso jinete se llevó para afuera al malhumorado y violento esposo. Al hacer memoria, recordé que la cara de este espíritu no tenía la sonrisa ni la dulzura de los otros, sino una apariencia de maldad, de ira.

Los gritos despertaron a mi esposa, quien me encontró mirando todavía por la ventana. «Otra vez el mismo escándalo, ¿no? No se cansan de pelear», me dijo. Acto seguido me besó y me preguntó: «¿Quieres ya el desayuno?»

Mientras le contesté, me di cuenta de que no se había percatado de que tenía las gafas puestas. Otro tanto le pasó a mi hijo: me saludó como si no llevara nada puesto delante de mis ojos. Por eso, y ante la sarta de sorpresas que se veían con ellas, decidí dejármelas puestas.

El resto del día fue impresionante: al salir a la calle pude observar a la gente acompañada siempre de sus ángeles de la guarda y, algunos de ellos, con esos horribles jinetes hostigándolos e induciéndolos a hacer le mal. Incluso, había unos pocos sometidos por esos espíritus malignos, los cuales, en algunos casos, eran grandes y feroces, mientras que otros se veían más pequeños o menos decididos a acosar a sus víctimas. Podía también contemplar las luchas que entablaban los ángeles y los demonios para inducir a la gente a hacer el bien o el mal, respectivamente.

En el trabajo me encontré con un compañero que me tiene envidia, y que ha tratado de hacerme quedar mal con mi jefe, para quedarse con mi puesto. Cuando sentí desagrado al tener que saludarlo, vi a un demonio que me parecía conocido y que me decía: «Eso: siente rabia, siente ira, siente envidia, hazle el mal si puedes…» y otras cosas por el estilo.

Lo mismo sucedió con la secretaria de mi jefe: un demonio me trataba de disuadir para que observara lo linda y sexy que es, para que me diera cuenta de sus flirteos, para que me enorgulleciera con sus halagos y elogios y para que sintiera atracción por un poco de placer sexual… Al mismo tiempo, mi ángel custodio me traía a la memoria a mi esposa, su belleza interior y exterior, el amor que siempre he profesado por ella, el hogar que había conformado con esa maravillosa mujer, la pureza y dignidad de nuestra relación; me recordaba también la alteza del Sacramento de un matrimonio católico y el hecho de que soy templo del Espíritu Santo… Siempre fue fácil desechar la tentación, pero ahora lo fue más: las cosas eran más evidentes.

Solo hasta ahora advertía cuánta lucha espiritual se libra en la rutina de la vida humana…

A media mañana me llegó un proveedor de la empresa. Me sugería que, si le adjudicaba la compra de sus productos, yo sería beneficiado con un porcentaje jugoso. Otra vez se entabló una lucha entre estos agentes del bien y del mal.

Y así transcurrió el resto de mi día laboral.

Pero lo que sucedió cuando fui a Misa fue más asombroso: a medida que me acercaba a la iglesia iba aumentando el número de ángeles buenos, había también otros ángeles más grandes, bellos y poderosos (creo que eran arcángeles)… Al atravesar el umbral del templo me quedé maravillado: miles y miles de ángeles arrodillados adoraban y alababan a Dios con gran devoción. Pude descubrir que estaban ordenados en nueve coros que, inspirados, cantaban los más hermosos y deslumbrantes himnos y cánticos en honor a la Santísima Trinidad.

Volví los ojos al Tabernáculo, al sagrario, y quedé atónito: toda la majestad de Dios se manifestaba con una elegancia y alteza que no se puede describir con palabras humanas. Se veían —creo que imperfectamente, pues intuía que de otro modo no lo habría podido resistir— las tres Personas de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Quedé anonadado: toda la belleza, la bondad, la excelsitud, la sabiduría y el amor que pueda caberle a uno en la cabeza eran nada comparado con lo que estaba viendo… Las palabras se quedan, no cortas, sino impotentes para describir aquello…

A la derecha había un trono: coronada como Reina del universo, la Madre de Dios enarbolaba el cetro del amor de Dios y llamaba a él a todos sus hijos; los ángeles le rendían pleitesía a su Reina… ¡Era algo espectacular!…

Contrastaban con la adoración y alabanza de los ángeles y de los santos (que también estaban allí, plenos de felicidad), la actitud distraída de algunos feligreses que entraban conmigo a la pequeña iglesia: unos conversaban, otros permanecían abstraídos en sus pensamientos, otros bostezaban… Yo dije en voz baja, pero que se oyó: «¡Cuántas veces yo también he estado tan distraído! ¡Qué ignorancia la nuestra! Si supiéramos…»

También noté que subía una especie de incienso hacia el sagrario. Mi ángel custodio se percató de mis interrogantes porque me dijo: «Esas son las oraciones de la Iglesia purgante». Yo concluí: «¡Vienen del purgatorio!…»

Comenzó la Eucaristía casi sin que me diera cuenta, pues andaba admirado contemplando tanta maravilla.

Cuando el sacerdote dijo las palabras de la consagración, un silencio irrumpió en el templo, y llegaron más y más ángeles que lo llenaron literalmente: en el piso, por el aire, desde afuera, entre las paredes, en todas partes, se postraron en actitud de profunda adoración para ver morir a Dios, de modo incruento…

Parecía que el tiempo se hubiera detenido: sólo se escuchaban las palabras del celebrante… La adoración se tornó intensa como nunca, imposible de describir… Yo contuve el aliento…: «Esto es sublime… inefable…»

Al llegar a la casa, saludé a mi esposa y a mis hijos con cariño, y subí a la alcoba. Me quité las gafas y las puse sobre la mesita de noche, donde las había encontrado por la mañana. Todo se veía otra vez como antes.

De pronto, sentí que me tocaban el hombro con suavidad y una voz me decía:

«Esas gafas siempre han estado ahí; lo que pasa es que hasta hoy las viste. Y todos los seres humanos las tienen a su lado. Estas son las gafas de la Fe. Úsalas cuando quieras.»

Posted in Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Unas gafas espirituales…