Hacia la unión con Dios

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Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

______________

*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

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Cuando un hombre no valora a su novia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 12, 2016

Si un hombre rechaza a su novia o no la respeta, es porque no la valora; y no la valora porque ella le dio la oportunidad de tratarla así, porque no se hizo valorar.

Es mucho más frecuente de lo que se piensa —y de lo que se querría— encontrar mujeres que piensan en la posibilidad de seguir la relación con un hombre que las desprecia, ofende o maltrata psicológicamente. Actuar así es darle razones para que las valore menos aún: los hombres valoramos sólo lo que nos cuesta, y lo valoramos más si nos cuesta más; y muchos aplican este mismo criterio en las mujeres: valoran mucho más a aquellas mujeres que más trabajo les cuesta conquistar y a las que más trabajo les cuesta mantener cerca de sí.

Por eso, para que un hombre la trata así la valore —y para que ella misma aprenda a valorarse—, es necesario que lo rechace durante mucho tiempo (meses): no contestarle mensajes ni llamadas, no recibirle visitas, evitar encuentros con él (si viene por la calle, preferir dar la vuelta a toda la manzana)…

Además, solo al rechazarlo así, podrá descubrir si todavía está verdaderamente interesado en ella, si le queda algo de aprecio por ella: si es capaz de perseverar buscándola todo ese tiempo a pesar de sus rechazos, es porque hay algo en su corazón que se puede rescatar y, lo que es mejor, al ver la seguridad y la entereza de esa mujer, tendrá un mejor y más elevado concepto suyo, por lo que será posible que se empiece a enamorar… Pero si no es capaz, si no insiste, es porque no la ama en absoluto, y esto la hará comprender que jamás llegaría a ser feliz con él, razón con la que podrá tomar la decisión de borrarlo de su mente y de su corazón, para que tenga la posibilidad de entender que puede seguir adelante sin él. Cuando una mujer comprende esto, es cuando comienza a tener autoestima; efectivamente, es cuando dice: “Yo no necesito a nadie para ser feliz; me basta con el amor que sé que Dios me tiene”.

Pero la principal finalidad de actuar de ese modo es ayudarlo a mejorar como ser humano, pues será entonces cuando él podrá darse cuenta de lo mal que se ha portado y quizá comience a valorar sólo lo que se debe valorar y a respetar a los demás seres humanos. Y ayudar a alguien así es un acto de caridad cristiana, es cumplir con la obra de misericordia que nos enseña la Iglesia: Corregir al que yerra. Por el contrario, si no actúa así, omitirá un acto de amor verdadero.

Los hombres que actúan así requieren que los ayuden a darse cuenta de que no saben amar, pero que pueden aprender. Por eso, las mujeres que están con ellos deben alejarse y, mientras tanto, deben orar mucho por ellos, para que el Señor los ayude a recapacitar y a entender el amor verdadero que se le debe a un ser humano.

Si hacen esto, ayudarán a Nuestro Señor a mejorar la vida de esos hombres equivocados, y recibirán una recompensa muy grande en el Cielo.

 

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¿Perdonar la infidelidad?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2013

 

El amor verdadero consiste en trabajar con todas las fuerzas (cueste lo que cueste) por la persona amada, para procurarle la felicidad; además, no importa si para lograrlo tenemos que sufrir, pues lo único que queremos es la felicidad de esa persona, por encima de nuestra propia felicidad. Es más: las metas que teníamos antes de enamorarnos pasan a un segundo lugar. Lo único que queremos es que esa persona sea feliz: agradarla, consolarla cuando está triste, ayudarla a cumplir sus metas, acompañarla cuando necesita compañía, animarla cuando está desanimada… En fin: nuestra mayor felicidad es la felicidad de ella. ¡Nos olvidamos de nosotros mismos! Así es el amor auténtico.

No ama, por lo tanto, quien tiene reservas egoístas: el que busca únicamente sus propios intereses: desea que esa persona le dé lo que anhela. El ejemplo más frecuente es el del hombre que quiere usar a su esposa para sentir placer sexual, para que le críe sus hijos, para que le prepare la comida, para que le arregle la ropa y le tenga la casa cuidada, limpia y ordenada… O la mujer que solamente se casa porque quiere sentirse amada por un esposo caballeroso, detallista, amoroso, generoso y, ojalá, adinerado y atractivo… Todo esto no es sino egoísmo, que es precisamente lo contrario del amor: no buscan hacer feliz a su pareja; buscan más bien a alguien que los haga felices.

 

1. La infidelidad es la mayor muestra de desamor

Esta es la primera verdad: quien es infiel simplemente no ama. 

La segunda verdad es que él le prometió fidelidad delante de Dios, en un acto sagrado y solemne: le falló a Dios, le falló a ella, les falló también a sus hijos (si los hay), destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando hirió su propia dignidad incumpliendo lo que libremente prometió.

Y en tercer lugar, quien esconde esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia:

 

2. Dios solamente perdona a quien está sinceramente arrepentido

No podemos olvidar que Dios —que posee la misericordia en grado sumo, infinito— perdona únicamente cuando hay arrepentimiento sincero:

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

Algunas personas aducen que se debe perdonar a todos, incluso a quienes no se arrepienten porque, de no hacerlo, Dios no nos perdonará nuestras culpas; y añaden que si Dios hubiera esperado nuestro arrepentimiento, todavía estaríamos sin redimir. Si esto fuera así, todos seríamos perdonados siempre, aunque no nos arrepintiéramos; no habría, por tanto, necesidad de confesarnos con un sacerdote, ni siquiera de pedir perdón. Tampoco sería verdad lo que enseña el Catecismo: que 2 de los 5 requisitos para una Confesión válida son: contrición de corazón y propósito de la enmienda.

¿El Sacramento de la Reconciliación bien realizado no una muestra de arrepentimiento? Y sin este Sacramento, no se nos perdonan los pecados mortales.

Así, pues, todos debemos perdonar a un ofensor, en el sentido de seguir queriéndolo y procurando su bien, etc. Pero perdonar en un sentido estricto un pecado del esposo o de quien sea no es posible, si no hay arrepentimiento suficiente: tampoco Dios nos perdona si no nos arrepentimos de nuestro pecado, porque seguimos apegados a él.

 

3. Dios manda que corrijamos a nuestros hermanos

Son varios los casos de madres beatificadas por la Iglesia que aguantaron a sus maridos adúlteros crónicos, sin pedir la separación, buscando que no se rompiese más aún la familia, procurando que el adúltero siguiera contando con la fidelidad de la esposa… y logrando, a veces, después de muchísimos sufrimientos y humillaciones, la conversión del esposo y el restablecimiento de la unión conyugal. Así, estas mujeres actúan como Dios que, aunque le seamos infieles, mantiene la fidelidad de su amor, y nos sigue amando y llamando al arrepentimiento, deseoso de darnos su perdón.

Pero estos casos son muy raros, verdaderamente milagrosos: se dan cuando el Espíritu Santo inspira a la mujer a vivir una forma de martirio conyugal, en el que ella se santifica soportando pacientemente al esposo, orando con constancia y con gran confianza, y ofreciendo a Dios sus sufrimientos por la conversión de su marido.

La evidencia histórica muestra —por el contrario— que los adúlteros que  son perdonados fácilmente recaen, aun cuando parezcan arrepentidos.

Por esto, conviene dejar claros algunos conceptos sobre el amor conyugal:

El amor verdadero consiste en trabajar con todas las fuerzas por la persona amada, para procurarle la felicidad. Lo único que queremos es que esa persona sea feliz: no solamente agradarla temporalmente, sino que consiga una felicidad duradera.

Por eso, no se puede llamar amor al hecho de que una mamá le conceda a su hijo pequeño todos sus caprichos. Por ejemplo: si el niño quiere solo carbohidratos (dulces, caramelos, helados, postres, chocolates, etc.), y eso es lo que le da, o si lo deja jugar todo el día, a pesar de que el niño no haya hecho las tareas escolares, simplemente para evitar un altercado con él.

En consecuencia, podemos afirmar que tanto quien busca no tener el mínimo roce con la persona que dice amar como el que únicamente procura evitarle lo que le incomoda, están faltando al amor. Porque siempre conviene corregir a la persona que se ama.

Es más: no corregirla es no amarla, puesto que la mayoría de las veces las personas no se dan cuenta de sus errores, si no hay alguien que se los muestre: si yo, por ejemplo, nunca recibo una advertencia de quienes dicen amarme, jamás me enteraré del mal que estoy haciendo y, por lo tanto, seré condenado el día del juicio, ya sea al purgatorio o al infierno, dependiendo de los pecados que haya cometido: veniales o mortales.

Por eso, cuando Dios nos juzgue, nos pedirá cuentas por no haber corregido a las personas que vivieron a nuestro alrededor.

En resumen: si yo no corrijo a quien digo que amo, por evitarle (o evitarme) un disgusto, en realidad no lo amo.

Por eso, Dios nos advierte que debemos corregir al pecador. Efectivamente, en la Biblia se nos dice:

Si no le hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta y viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre te pediré cuentas a ti. Pero si tú adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mala conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida. (Ez 3, 18bc-19)

Y también en:

Si tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida. (Ez 33, 8-9)

El mismo Jesús lo dijo, como vimos más arriba:

Si tu hermano peca, repréndelo. (Lc 17, 3)

En las enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia esto está consignado en las obras de misericordia; efectivamente, la tercera obra de misericordia espiritual es: Corregir al que yerra.

Su mismo nombre lo dice: este es un acto de misericordia, un acto de amor; tanto que, si no lo realizamos, faltamos a la caridad, pecamos por omisión.

 

4. A los hombres no se los corrige con palabras

Las mujeres suelen escuchar más; los hombres no tanto. Por eso, quien quiere corregir a un hombre, lo debe hacer con hechos, no con palabras.

Pero, ¿cuál hecho? ¿Cómo hacer?

La mejor forma de ayudar a un hombre infiel es la indiferencia: hacer silencio y no demostrarle nada, no mostrarse cariñosa con él, no atenderlo, no servirle la comida, no plancharle la ropa…, ni siquiera contestarle una palabra. Y seguir así durante mucho tiempo.

Si él le pregunta: «¿Qué te pasa?», ella no le contesta… Si sigue preguntando, lo máximo que le dice es: «Nada».

Y, si durante un bien tiempo continúa preguntándole lo mismo, le contesta algo así:

«Lo que hiciste (o estás haciendo) estás haciendo me duele, es verdad, pero más me preocupa el daño que te estás haciendo tú mismo: has fallado gravemente a la responsabilidad que adquiriste libremente, y le estás dando un malísimo ejemplo a tus hijos. Le estás fallando a Dios, y a Él nada se le pasa por alto: Él te está mirando… Piensa en tu salvación; no juegues con fuego.»

Los adúlteros —pecadores— ordinariamente no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Aunque los hay, no hay que esperar siempre milagros; por eso, si la mujer no le muestra una indiferencia total y un rechazo por sus malas acciones, lo más posible es que jamás se convierta de su mala vida.

Por lo tanto, ella debe continuar en esa actitud hasta que él muestre un sincero arrepentimiento.

Efectivamente, después de exhortarnos a corregir al prójimo, Jesucristo dijo:

Y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

Exige una condición para perdonar: que se arrepienta sinceramente. Es la misma condición que nos exige Él —que es infinitamente misericordioso— para perdonarnos: que estemos verdaderamente arrepentidos. Si no nos ve arrepentidos, no recibiremos su perdón.

El amor de esposa la hará esperar el tiempo que sea necesario para que se produzca la gracia que el Señor desea: su arrepentimiento sincero.

Ella sabrá si su esposo está realmente arrepentido, no solamente cuando él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vida, sino cuando pase mucho tiempo pidiéndole mil veces perdón a su esposa y mostrándole su sincero arrepentimiento (con regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando, y continua orando intensamente por él.

Repito: sincero arrepentimiento, demostrado con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque parezcan muy sinceras y honestas.

De no actuar así, es decir, cuando la mujer no tiene paciencia y lo perdona a la primera palabra, puede tener la seguridad casi absoluta —así lo demuestra la experiencia— de que él le fallará de nuevo, pues un hombre jamás valora a una mujer que no se valora.

Además, ¿cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe pedir la mujer burlada por su marido.

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significa que no había ni la más mínima semilla de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, ya nada había por rescatar.

 

5. Mientras tanto, la esposa debe estar muy unida a Dios

Para que Dios ayude a su esposo a caer en la cuenta de sus errores y para que la ayude a ella a ser fuerte, he aquí lo que debe hacer.

Primero, en una situación como esta, necesita del único que la puede ayudar: debe estar en gracia de Dios (sin pecado mortal), para que Él pueda socorrerla, tanto para tomar las decisiones correctas como también para conseguir la paz y la fuerza que requiere en estos momentos. Con ese fin, es necesario que se reconcilie con Dios, confesándose cuanto antes.

Segundo: ya reconciliada con Dios, acercarse a un oratorio o iglesia, ponerse de rodillas ante el sagrario, y entregarse a Dios, diciéndole, con sus propias palabras y estilo, algo así:

“Señor, vengo a ti, porque no puedo más; a ti, que lo puedes todo, que me amas más de lo que yo puedo imaginar, que sabes qué es lo que nos conviene: te entrego mi ser, mi matrimonio, mi hogar, mis hijos (si los hay) y mi esposo, para que hagas en nosotros lo que yo no puedo hacer: tu voluntad.”

Tercero: debe orar diariamente con mucha insistencia y confianza, muchos días, y ofrecer todo, incluyendo su misma situación anímica, como un sacrificio, que unirá al Sacrificio de Cristo (la Misa), todas las veces que pueda asistir, ojalá diariamente.

Después, ella debe aceptar la Voluntad de Dios; solo Él sabe qué es lo mejor para los hijos y para ambos esposos. Por eso, es a Él a quien se le deben dejar los resultados: Él sabe —nosotros no— lo que le conviene a cada pareja. Para unos será mejor la separación; para otros, la reconciliación, después de la conversión auténtica del marido.

Y, tanto para llenarse de autoestima como para estar abandonada a la Voluntad divina, es necesario pedir insistentemente la virtud de la fortaleza, orando constante y confiadamente, frecuentando los Sacramentos y ofreciendo pequeños sacrificios —incluyendo el mismo dolor de la situación que está viviendo— por esta intención.

 

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Ciclo A, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2011

El amor de corregir

San Pablo nos dice hoy que el amor no hace nada malo al prójimo. Quizá esto lo saben quienes repiten la frase: «Yo no le hago mal a nadie».

Pero en la primera lectura se encuentra algo un poco más difícil de vivir: cuando amamos a alguien que como todo ser humano se equivoca, peca, debemos llamarle amorosamente la atención. Dice Ezequiel que si no le hablamos de su mala conducta, el que actúa mal será castigado debido a su pecado, pero que Dios nos pedirá cuentas por ello. Si le llamamos la atención por su mala conducta y no se aparta de ella, morirá, pero nosotros no tendremos nada qué temer.

En el Evangelio, el mismo Jesús enseña que si mi hermano ha pecado, debo hablar con él a solas para reprochárselo. Si me escucha, habré ganado a mi hermano. Si no me escucha, debo ir con una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si tampoco escucha, la Iglesia puede reprobarlo, ya que Él —el que la fundó— dijo: «Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.»

Todo esto implica una obligación de amor: corregir al que yerra. ¿Le hemos dicho por amor y amor, a aquel pariente que vive en unión libre o casado «por lo civil» que así se aleja de la auténtica felicidad y ofende a Dios?; ¿le explicamos que pasar a comulgar viviendo así es sacrilegio? ¿Le recordamos a ese otro amigo el bien que recibiría si asistiera a la Santa Misa los domingos y fiestas? Y a ese compañero que cobra el porcentaje indebido o a ese otro que le es infiel a su esposa, ¿les recordamos Dios los está mirando?… En esto consiste el amarlos.

Otra cosa: Jesús dice que primero se debe hablar con el interesado, a solas. ¿Hacemos eso o hablamos mal de él a sus espaldas?

Y recordemos que también debemos dejarnos corregir: casi siempre nuestra soberbia no nos deja ver que a veces los que nos corrigen tienen razón. Aceptar los errores también es saber amar. ¿Lo hacemos?

 

 

 

 

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Ciclo A, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 14, 2008

El amor de corregir

San Pablo nos dice hoy que el amor no hace nada malo al prójimo. Quizá esto lo sabíamos desde que repetimos la frase: «Yo no le hago mal a nadie».

Pero en la primera lectura se encuentra algo un poco más difícil de vivir: cuando amamos a alguien que, como todo ser humano, se equivoca, peca, debemos llamarle amorosamente la atención. Dice Ezequiel que si no le hablamos de su mala conducta, el que actúa mal será castigado debido a su pecado, pero que Dios nos pedirá cuentas por ello. Si le llamamos la atención por su mala conducta y no se aparta de ella, morirá, pero nosotros no tendremos nada qué temer.

En el Evangelio, el mismo Jesús enseña que si mi hermano ha pecado, debo hablar con él a solas para reprochárselo. Si me escucha, habré ganado a mi hermano. Si no me escucha, debo ir con una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si tampoco escucha, la Iglesia puede reprobarlo, ya que Él —el que la fundó— dijo: “Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.”

Todo esto implica una obligación de amor: corregir al que yerra. ¿Le hemos dicho por amor y con amor, a aquel pariente que vive en unión libre o casado “por lo civil” que así se aleja de la auténtica felicidad y ofende a Dios?; ¿le explicamos que pasar a comulgar viviendo así es sacrilegio? ¿Le recordamos a ese otro amigo el bien que recibiría si asistiera a la Santa Misa los domingos y fiestas? Y a ese compañero que cobra el porcentaje indebido o a ese otro que le es infiel a su esposa, ¿les recordamos Dios los está mirando?… En esto consiste el amarlos.

Otra cosa: Jesús dice que primero se debe hablar con el interesado, a solas. ¿Hacemos eso o hablamos mal de él a sus espaldas?

También debemos dejarnos corregir. Casi siempre nuestra soberbia no nos deja ver que a veces los que nos corrigen tienen la razón. Aceptar los errores también es saber amar. ¿Lo hacemos?

 

 

 

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Las obras de misericordia*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 28, 2008

Espirituales

1. Enseñar al que no sabe

2. Dar buen consejo al que lo necesita

3. Corregir al que yerra

4. Perdonar las injurias

5. Consolar al triste

6. Sufrir con paciencia las molestias de nuestros prójimos

7. Rogar a Dios por los vivos y por los muertos

Corporales

1. Visitar a los enfermos

2. Dar de comer al hambriento

3. Dar de beber al sediento

4.Visitar a los presos

5. Vestir al desnudo

6. Dar posada al peregrino

7. Enterrar a los muertos

Iglesia Católica

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