Hacia la unión con Dios

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Dios es amor*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 13, 2012

 

El primer y fundamental anuncio que la Iglesia está encargada de llevar al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean íntimamente permeados por ella, que ésta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos mínimamente, la presente meditación.

La expresión “amor de Dios” tiene dos acepciones muy diversas entre sí: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, más inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, más a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. También la predicación cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas épocas, casi solo del deber de amar a Dios (De diligendo Deo).

Pero la revelación bíblica da la precedencia al segundo significado: al amor de Dios, no al amor por Dios. Aristóteles decía que Dios mueve el mundo “en cuanto es amado”, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo más importante, a propósito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que lo ama primero: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo demás, incluida nuestra propia posibilidad de amar a Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19).

 

1. El amor de Dios en la eternidad

Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los demás se detenían en su nacimiento de María; él da el gran salto hacia atrás, del tiempo a la eternidad: “Al principio estaba la Palabra”. Lo mismo hace a propósito del amor. Todos los demás, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; él se remonta a más allá de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor: “Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios”: así podemos descomponer su afirmación: “Dios es amor” (1Jn 4,10).

De ella Agustín escribió: “Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las páginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta única palabra, es decir, que Dios es amor, no deberíamos pedir más”[2]. Toda la Biblia no hace sino “narrar el amor de Dios” [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las demás. Se discute sin fin, y no sólo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo más importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hipótesis, Él existiese pero no fuese amor, habría que temer más que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ¡Dios existe y es amor!

El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. Allí donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.

No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, así como —dice el filósofo Husserl— no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ¿A quién ama Dios para ser definido amor? ¿A la humanidad? Pero los hombres existen sólo desde hace algunos millones de años; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ¿El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años; antes, ¿a quién amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.

He aquí la respuesta de la revelación cristiana que la Iglesia recogió de Cristo y que explicitó en su Credo. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, que ama con un amor infinito que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que los une.

 

2. El amor de Dios en la creación

Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvación. La primera etapa de ella es la creación. El amor es, por su naturaleza, “diffusivum sui”, es decir, “tiende a comunicarse”. Dado que “el actuar sigue al ser”, siendo amor, Dios crea por amor. “¿Por qué nos ha creado Dios?”: así sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo después en la otra en el paraíso”. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: “con qué objetivo, con que fin nos ha creado Dios”; no responde a la pregunta sobre la causa causante: “por qué nos creó, qué le empujó a crearnos”. A esta pregunta no se debe responder: “para que lo amásemos”, sino “porque nos amaba”.

Según la teología rabínica, hecha propia por el Santo Padre en su último libro sobre Jesús, “el cosmos fue creado no para que haya múltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la ‘alianza’, el ‘sí’ del amor entre Dios y el hombre que le responde” [5]. La creación existe de cara al diálogo de amor de Dios con sus criaturas.

¡Qué lejos está, en este punto, la visión cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos más profundos para un joven o una chica es descubrir un día que está en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empeñado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabría convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oración suya a la Trinidad:

“¿Cómo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? […]. El fuego te obligó. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz veías todas las iniquidades que tu criatura debía cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, dándole el ser a tu imagen y semejanza. Tú, verdad eterna, me declaraste a mí tu verdad, es decir, que el amor te obligó a crearla”.

Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donación y de descendimiento; es también eros y en estado puro; es atracción hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinación por su belleza.

3. El amor de Dios en la revelación

La segunda etapa del amor de Dios es la revelación, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé […] ¡Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! […] Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer […] ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? […] Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1-4).

Encontramos este mismo lenguaje en Isaías: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?” (Is 49, 15) y en Jeremías: “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él” (Jr 31, 20).

En estos oráculos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno está hecho de estímulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y difícilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese más. El amor materno en cambio está hecho de acogida y de ternura; es un amor “visceral”; parte de las profundas fibras del ser de la madre, allí donde se formó la criatura, y de allí afirma toda su persona haciéndola “temblar de compasión”.

En el ámbito humano, estos dos tipos de amor – viril y materno – están siempre repartidos, más o menos claramente. El filósofo Séneca decía: “¿No ves cómo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces también de lágrimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse”[6]. Pero mientras el Dios del filósofo pagano tiene hacia los hombres sólo “el ánimo de un padre que ama sin debilidad” (son palabras suyas), el Dios bíblico tiene también el ánimo de una madre que ama “con debilidad”.

El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es “fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego” (cf Ct 8, 6), y también a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegría del día de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).

El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elección. ¡Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, también lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por él “como se alegra el esposo por la esposa” (Is 62,5)!

Como observa el Santo Padre en la “Deus caritas est”, la metáfora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la “alianza”, es la mejor muestra de que también el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un “hacer caridad” al hombre, en el sentido más restringido del término.

4. El amor de Dios en la encarnación

Llegamos así a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnación: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Frente a la encarnación se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnación. ¿Por qué Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundizó esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnación, como de todas las demás obras ad extrade la Trinidad.

Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a sí mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (“secundo vult alios habere condiligentes”). Si decide la encarnación es para que haya otro ser que le ama con el amor más grande posible fuera de Él [7]. La encarnación habría tenido lugar por tanto aunque Adán no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el “primogénito de la creación” (Col 1,15), no la solución a un problema creado a raíz del pecado de Adán.

Pero también la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnación del Hijo, no sólo para tener a alguien fuera de sí que le amase de modo digno de sí, sino también y sobre todo para tener a alguien fuera de sí a quien amar de manera digna de sí. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone “toda su complacencia” y con él a todos nosotros hechos “hijos en el Hijo”.

Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no sólo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido también subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situación. En el principio existía el amor, y “el amor se hizo carne”: así parafraseaba un antiquísimo escrito cristiano las palabras del Prólogo de Juan [8].

San Pablo acuña una expresión adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama “el amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rom 8, 39). Si, como se decía la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expresó y recogió en Cristo.

5. El amor de Dios infundido en los corazones

La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecostés, que hace presente y operante “el amor de Dios en Cristo Jesús” hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir sólo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).

¿Pero qué es este amor que ha sido derramado en nuestro corazón en el bautismo? ¿Es un sentimiento de Dios por nosotros? ¿Una disposición benévola suya respecto a nosotros? ¿Una inclinació? ¿Es decir, algo intencional? Es mucho más; es algo real. Es, literalmente, el amor de Dios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnación asumió una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de “inhabitación”. “Mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).

Nosotros nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), es decir, partícipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vorágine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor aún: entre la vorágine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.

6. ¡Nosotros hemos creído en el amor de Dios!

Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aquí es la revelación objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ¿qué haremos, qué diremos tras haber escuchado cuánto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ¡amar a Dios! ¿No es este, el primero y más grande mandamiento de la ley? Sí, pero viene después. Otra respuesta posible: ¡amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ¿No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4, 11)? También esto viene después; antes hay otra cosa que hacer. ¡Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que “Dios es amor”, el evangelista Juan exclama: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Jn 4,16).

La fe, por tanto. Pero aquí se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ¿Cómo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no sólo de crearnos, sino también de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ¿Cómo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.

El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribió una novela singular titulada “Cartas del diablo a su sobrino”. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que está empeñado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la práctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener éxito en el intento. Se trata de un moderno, finísimo tratado de moral y de ascética, que hay que leer al revés, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.

En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusión que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (así llaman a Dios) ame verdaderamente “a los gusanos humanos y desee su libertad”. Están seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un engaño, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el día en que “Nuestro Padre” (Así llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen razón.

Parecería una fe fácil y agradable; en cambio, es quizás lo más difícil que hay también para nosotros, criaturas humanas. ¿Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ¡No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo creyésemos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, porque el paraíso no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.

El mundo ha hecho cada vez más difícil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cuánto duele sentirse engañado. Así, se va engrosando cada vez más la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es más, en ningún amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal está también la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: “Sí, este amor de Dios es hermoso, pero no es para mí. Yo no soy digno…”.

Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los discípulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupación por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie – digo nadie – entre los filósofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros y agape.

San Pablo nos sugiere un método para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que él experimentó en su vida: la angustia, la persecución, la espada… (cf 2 Cor 11, 23 ss). Él los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.

Se nos invita a hacer como él: a mirar nuestra vida, tal como ésta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden allí, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto físico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.

Desde su vida personal, el Apóstol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 37-39). Observa “su” mundo, con los poderes que lo hacían amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infundían tanto terror al hombre antiguo.

Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La “altura” y la “profundidad”, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente pequeño abajo, el universo y el átomo. Todo está dispuesto a aplastarnos; el hombre es débil y está solo, en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador a raíz de los descubrimientos científicos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos está demostrando dramáticamente el caso de los reactores atómicos de Fukushima.

Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es más fuerte que todo. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

 

P. Raniero Cantalamessa

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[1] Aristóteles, Metafísica, XII, 7, 1072b.

[2] S. Agustín, Tratados sobre la Primera Carta de Juan, 7, 4.

[3] S. Agustín, De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.

[4] Cf. S. Kierkegaard, Disursos edificantes en diverso espíritu, 3: El Evangelio del sufrimiento, IV.

[5] Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana, 2011, p. 93.

[6] Séneca, De Providentia, 2, 5 s.

[7] Duns Scoto, Opus Oxoniense, I,d.17, q.3, n.31; Rep., II, d.27, q. un., n.3

[8] Evangelium veritatis (de los Códigos de Nag-Hammadi).

[9] Cf. S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, estrofa 38.

[10] C.S. Lewis, The Screwtape Letters, 1942, cap. XIX; trad. it. Le lettere di Berlicche, Milán, Mondadori, 1998

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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La furia de la naturaleza, ¿ira de Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 23, 2011

 

A Dios lo invocamos en los problemas, cuando nos falta dinero, para conseguir novio o novia, cuando compramos loterías, para conseguir trabajo… y en las tragedias. El resto del tiempo con frecuencia nos olvidamos de Dios, y vivimos como ateos: actuamos como si Dios no existiera, hablamos como si Dios no existiera (¡qué palabrotas!) y hasta pensamos como si Dios no existiera.

Pero resulta bastante curioso observar la actitud de la gente cuando, por ejemplo, hay un terremoto:

–Estaba predicho en las apariciones de la Virgen. No hay nada qué hacer.

–¡Nostradamus!

–¡Dios mío: perdóname!

–¡Dios mío: perdónanos!

–¡Es un castigo divino!

–Es que, aunque usted no lo crea, ya está cerca el fin del mundo.

–¡Claro! Es que en esa ciudad hay mucho pecado.

–Y, además, eso está llena de sectas satánicas.

(No sigo, porque las demás frases son más fuertes)

Quizá aquí no solo está presente la ignorancia en lo religioso sino en lo que la ciencia ha descubierto. Veamos algunos aspectos:

Los científicos han llegado a la conclusión de que el comienzo del universo se dio entre los 15,000 y los 18,000 millones de años antes de Cristo (A de C), aunque en los últimos años algunos tienen la tendencia a hablar de valores un poco menores.

El Creador le dio el ser al universo de modo que funcionara bajo ciertos parámetros determinados, uno de los cuales es el azar.

La tierra, una nebulosa inicialmente, se condensó unos 4,500 millones de años A de C. Fuego vomitado por volcanes primero, y luego, un enfriamiento paulatino que, con la presencia de agua, fueron el «caldo de cultivo» para la aparición de la vida unicelular.

Y, ¿cómo evolucionó la vida?

La evolución no es un proceso lógico con intenciones u objetivos a largo plazo, como puede ser el perfeccionamiento o cualquier cosa por el estilo. Es algo que sencillamente sucede, de forma impredecible, a un ritmo variable y de modo inconsistente. Esto es el concepto del azar, del que se hablaba anteriormente, y que constituye una de las reglas de la evolución de las especies.

Si lo ponemos de una manera gráfica para comprenderlo mejor, habría que decir que es como si el Creador hubiese puesto a girar un trompo, como lo haría un niño, con la diferencia de que el niño puede despreocuparse de la suerte del trompo, mientras que Dios permanece siempre al lado de los seres vivientes, respetando la condición propia de su actividad (que en el hombre es libre), pero pendiente de su suerte e interviniendo para su bien, especialmente cuando solicita su ayuda.

Aunque Dios no ha abandonado a su creación, y a pesar de que está al tanto de los acontecimientos e interviniendo en la historia, ha dejado que el azar sea una de las reglas del devenir universal y humano.

Así se producen, según los científicos que aceptan la teoría de la evolución, la extinción de las especies y la formación de nuevas especies.

Pero hubo 3 momentos especiales en la historia del universo en los que se hizo evidente la participación de Dios:

1)  La creación del cosmos, hace entre 18.000 y 15.000 millones de años;

2)  la creación de la vida, hace unos 3.500 millones de años y

3)  la creación del ser humano, hace unos 100.000 años.

Como se lee, no fue un paso de la evolución, fue una creación; y crear es, producir algo de la nada.

Estos 3 pasos no tienen explicación científica ni natural, pero sí sobrenatural. Es claro que la Biblia está dándole la razón a la ciencia, y viceversa.

En lo demás, Dios frecuentemente no quiere intervenir, puesto que echaría hacia atrás sus creaciones, como la regla del azar.

Así que mantener en la mente la idea del azar en la historia de la vida y, obviamente, en la del ser humano es sabio: nuestra vida es una aventura.

Aventura, porque no sabemos cuándo moriremos.

Aventura, porque no sabemos los acontecimientos que el futuro nos depara.

Aventura, porque la vida de los seres queridos no está comprada.

Aventura, porque no dominamos todavía las fuerzas de la naturaleza: ni siquiera podemos precisar el advenimiento los terremotos, los huracanes, los maremotos, la caída de los meteoritos…

Aventura, porque siempre estamos en peligro de perecer o de accidentarnos.

Aventura, porque no sabemos siquiera si seremos felices…

Podemos llegar a tener suerte, triunfos, alegrías, metas logradas, hijos, nietos… y, muchas veces, no lo sabemos todavía.

En fin, ¡son tantas las cosas buenas o malas que pueden pasar!…

Esta actitud de ver la vida como una aventura es sabia también, porque es natural. ¡Y también es de Dios, puesto que Él nos hizo e hizo el ecosistema en que vivimos!

Al mismo tiempo, Dios tiene previsto que seamos felices, que cada uno de los hombres sea feliz. Con esa finalidad nos dio la vida.

Entonces, ¿por qué permite que nos sucedan estas tragedias? ¿Cuál es el porqué del dolor humano?

Veamos: para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo, y cuanto más se exprima, más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de las leonas, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano puede vivir bebiendo únicamente agua mineral sólo unos pocos días: es necesario que mate seres vivos —vegetales y/o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan. Así hizo Dios a los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Hoy, el ser humano ya no sirve de alimento a las fieras sino en muy contadas ocasiones. En cambio, todos los logros le exigen un poco de dolor: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años!, si es que no hacen posgrado; los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio… en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se “quema las pestañas” frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a la “final”…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro “yo”, para que aparezca el “tú”: si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Es el dolor el que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es el dolor el que nos muestra, a veces, nuestros errores, para que rectifiquemos el camino.

Es el dolor el que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es el dolor el que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían, como está sucediendo en el mundo entero para auxiliar a los habitantes del eje cafetero colombiano.

Además, es el dolor el que a veces podemos ofrecer a Dios para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

Si supiéramos cuánto nos ama Dios se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etcétera. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría: que los padres, a veces, debemos permitir que nuestros hijos sufran para que aprendan a vivir.

 

 

 

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Ciclo A, I domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 23, 2011

El demonio ataca

 

Luego de la creación del hombre, el demonio lo incitó para que cometiera el mismo pecado en el que él incurrió: la soberbia. «Serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es», dijo el demonio.

Así fue la caída; pero el don de Dios no tiene comparación: la gracia de Dios se multiplica más todavía cuando este don gratuito pasa de un solo hombre, Jesucristo, a toda la humanidad, específicamente a todos aquellos que aprovechan el derroche de la gracia y el don de la verdadera rectitud.

Cuando el demonio le dijo a Jesús: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues la Escritura dice: Dios dará ordenes a sus ángeles y te llevarán en sus manos para que tus pies no tropiecen en piedra alguna», lo estaba tentando con la soberbia. Lo tentó también con el placer: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan». Y lo tentó con el tener: «Te daré todo esto si te arrodillas y me adoras».

Hoy, igualmente, él desea que caigamos en las tentaciones que nos pone a diario: la fama o el reconocimiento de los demás como finalidad principal y última de la vida; el deseo exagerado de poseer bienes materiales o dinero; y el hedonismo, el culto al placer del cuerpo, que nos cosifica a todos, incluida la mujer, que se ha ido convirtiendo en objeto de placer sexual.

Y todos hemos experimentado esos tres tipos de tentaciones. Se puede decir, entonces, que nuestra relación con el demonio es frecuente, diaria. Por eso es extraño que algunos se admiren al oír hablar del demonio; quizá piensan que él solamente ataca con la posesión, que es la más rara de sus formas de agredir. Recordemos que, además, el demonio hostiga también con las obsesiones.

Llama la atención que Jesús haya respondido al demonio con palabras de la Sagradas Escrituras. Lo hizo para enseñarnos que ante las tentaciones debemos seguir la Palabra de Dios contenida en la Biblia y en la Tradición de la Iglesia, cuyo resumen y actualización está en elCatecismo de la Iglesia Católica.

 

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¿Adán y Eva o la teoría de la evolución?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2010

Se ha suscitado una polémica grande acerca del origen del hombre: hay quienes defienden la idea de que el ser humano es producto de la evolución y de que, por lo tanto, varios individuos dieron ese formidable paso del mono al hombre simultáneamente; otros, por el contrario, creen en la narración bíblica que afirma que fue en una sola pareja -Adán y Eva- en la que hizo patente el cambio.

El genetista especializado en estudio de poblaciones Luigi Lucca Cavally-fforza, de la universidad de Stanfford, explica algo que tiene gran trascendencia en el estudio de la génesis del hombre:

Está genéticamente bien establecido el momento exacto del origen de un nuevo ser humano: se da al unirse los núcleos de los dos gametos (el óvulo y el espermatozoide). En ese momento, el ácido desoxirribonucléico (ADN) contenido en los 23 cromosomas del espermatozoide se une al ADN de los 23 cromosomas del óvulo. Ese ADN interviene en la construcción de nuestro organismo durante el crecimiento. Este nuevo ser humano, con 46 cromosomas que contienen toda la información genética requerida para formar a un adulto con sus características particulares se llama cigoto. El ADN está constituido por bases, y se sabe que en este ADN hay 3.000’000000 de pares de bases

Lo anterior es conocido por muchos, pero permanece muy olvidado un aspecto particular: mientras que del espermatozoide solo se usa su núcleo para la formación del cigoto, del óvulo se usan todas sus partes: núcleo, citoplasma y membrana celular. En el citoplasma femenino se encuentran unos organitos encargados de la respiración celular llamados mitocondrias, en donde hay unos pequeños trozos circulares de ADN, que se encargan de suministrar energía para el metabolismo celular (conjunto de reacciones químicas que efectúan constantemente las células de los seres vivos). A este se le llama el ADN mitocondrial, y tiene únicamente 16.500 pares de bases.

El ADN mitocondrial femenino se hereda de generación en generación solamente por línea materna.

Al compilar los estudios de las poblaciones en África, el doctor Cavally-fforza ha encontrado esa transmisión lineal femenina, y ha visto que las mutaciones (alteraciones producidas en la estructura o en el número de los genes o de los cromosomas) que se producen son menores en cualquier parte del mundo que en África, lo que sugiere que el linaje humano es más antiguo en ese continente. Además, la investigación ha revelado que las divergencias observadas son relativamente escasas, de apenas un 0,5 %.

Analizado esto con profundidad se llega a la conclusión lógica de que existió un antepasado común a todos los humanos y, por lo tanto, de que la especie humana proviene de una sola pareja.

Hoy son pocos los que todavía afirman que la primera mujer es resultado de un proceso evolutivo: basta mirar las gigantescas diferencias entre el homo sapiens y el homo erectus, su antecesor más inmediato, según los especialistas.

Y, lo que es más admirable aún, en ningún estudio genético se ve el menor rastro de material más antiguo que debería corresponder al homo erectus. Esto descarta la idea de que se hubiera producido un mestizaje entre el homo erectus y el ser humano, especie que la reemplazó completamente.

Este estudio genético de las mitocondrias del óvulo está consignado en varios artículos de varios genetistas reconocidos en el mundo entero, y ya lo llaman la “Eva mitocondrial”.

Ya que no hay datos que nieguen esta aseveración, sino que, por el contrario, varios estudios genéticos lo corroboran, cada día crece el número de científicos que tienen la certeza de que la especie humana nació de una pareja.

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2008

 

 

   

 

 

 

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

 

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, todo nuestra bilogía.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo tan pequeño como una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él. Y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con la dignidad de seres humanos; y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da los tesoros secretos y las riquezas escondidas, para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama.

Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

 

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Qué es ser cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

La mayoría de los cristianos fundamentan su vida de Fe en aspectos accidentales de la misma: en los ritos, en la seguridad que proporciona la cercanía a Dios, en la satisfacción de estar en el camino verdadero, en los beneficios psicológicos y espirituales que proporciona este modo de vida, en los sentimientos y aun en el sentimentalismo… en fin, en un egoísmo rampante: solo pensamos en la ganancia, en el provecho, en la recompensa…

Ser cristiano es, como su nombre lo dice, vivir como Cristo. Y, ¿cómo vivió Cristo?

Primero, durante 30 años, nos dio ejemplo de vida humilde, sencilla, normal, sin aspavientos, como uno de tantos, sin hacerse notar, como su Madre. Trabajó sin descanso, oró sin descanso, amó sin descanso…

Luego, dedicó 3 años más a enseñar, ya no con su ejemplo, sino con su palabra. Esto significa que gastó solo el 10 % de su vida a predicar. En cambio nosotros ¡cuánto hablamos! Parece que la fuerza se nos va por la boca…

Escogió nacer y vivir pobre, en una ciudad miserable y de mala fama (Nazaret era conocida como semillero de ladrones y prostitutas), ejercer una labor despreciada (en la época, Cicerón y otros la consideraban tan vil que no se atrevían a llamar seres humanos a los trabajadores manuales)…

Para finalizar, dio su vida por amor a la humanidad, por cada uno de nosotros que, pecadores, merecíamos únicamente su desprecio y su castigo; y no dio su vida de una manera fácil: con la humillación de una cruz, entre ladrones, y hasta verter la última gota de sangre y agua, según el testimonio de san Juan… ¡Una sola gota habría bastado para redimirnos! ¡Una sola! Pero su amor fue más allá de cualquier expectativa: se desbordó, fue un derroche… Y todo gratis, sin recibir nada a cambio, y por unos pecadores, desagradecidos, mal portados…

¿Vivimos así? ¿Somos como Cristo?

Ser cristianos comienza cuando dedicamos nuestro tiempo a lograr —gratis, sin esperar nada a cambio— los 2 principales objetivos de la Redención:

1) La salvación de las almas y

2) La reparación de la gloria de Dios que,

por nuestros pecados, le hemos quitado

Para dar un testimonio de vida, se debe profundizar con resolución y con todo el corazón en la tríada cristiana:

1. La creación,

2. La Encarnación y

3. La Redención.

Y, como consecuencia de esa meditación, se verá la importancia de vivir con:

Pobreza en el espíritu

Confianza total en Dios

Humildad

Obediencia delicada a Dios y a su Iglesia

Crucificarse con Jesús en el cumplimiento de los 15 mandamientos del católico: 10 de la Ley de Dios y 5 de su Iglesia, en las obras de misericordia corporales y espirituales, en la oración mental y verbal continua, en los actos de mortificación (sacrificios voluntarios)…

Unión a Jesús en la Sagrada Eucaristía

Misericordia con todos

Pureza

Completamente desapegado y confiado únicamente en ti, Padre mío, sabiéndome una pequeña criatura y siendo total y delicadamente obediente a ti y a tu Iglesia, te ofrezco vivir crucificado con Jesús y unido a Él en la Sagrada Eucaristía, ser misericordioso con todos y permanecer indiferente a todo lo que no sea amor, para ser así eco del Espíritu Santo en todos mis actos, palabras y pensamientos, y hasta en mis sentimientos.

Sagrado Corazón de Jesús e Inmaculado Corazón de María, ayúdenme a cumplir este propósito todos los días de mi vida. Amén.

 

 

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