Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Creador’

Ponte estas gafas también

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2017

Dice la fábula que una vez iban por un camino un viejo, un burro y un niño. El niño iba montado en el burro y el viejo lo llevaba de cabestro. Pasaron por un caserío, y la gente criticaba: “Qué niño más desconsiderado, no se da cuenta de lo cansado que irá su abuelo”.
Al oír los comentarios, el niño se bajó y el viejo se montó al burro. Pasaron por otra aldea y la gente protestaba: “Qué viejo tan descarado, poner un niño a caminar, no hay derecho”.

Ante esta crítica, el viejo resolvió que su nieto se montara también, al anca, detrás de él. Pero al pasar por el siguiente pueblo la gente murmuraba: “Qué abuso, pobre burrito con semejante peso”.

Al oír esta observación, se apearon los dos y siguieron caminando al lado del burro. Ya iban llegando a su destino, pero al entrar al pueblo la gente los señalaba y se burlaba de ellos: “Miren qué idiotas, tienen un burro y ni siquiera lo usan”.

La moraleja es obvia: haga uno lo que haga, la gente siempre encontrará motivos para criticar nuestros actos.

Pero conviene aquí observar que hay 4 miradas distintas sobre lo que ocurre. Cada una se fija sólo en uno de los aspectos de la historia: la incomodidad del viejo, la del niño, la del burro y, finalmente, la inutilidad del animal.

Es más: hay también otras 2 miradas: la de la moraleja que apuntamos (hagas lo que hagas, siempre te criticarán) y la de quienes consideran estúpido querer dar gusto a todos.

¿De qué depende, pues, el juicio que se hace sobre algo? De la mirada subjetiva que se use. Algunos dirán que se trata de las gafas que nos ponemos en el momento de juzgar: ¿miramos con las gafas del niño, del viejo, del burro, del utilitarismo, de la crítica per se, del miedo al “¿qué dirán?”…

En fin, muy raramente los juicios se hacen con objetividad, es decir, con todas las gafas puestas.

Eso es lo que pasa con lo que dice el Papa:

Bajo la mirada del ideólogo de género, las apreciaciones del Papa tienen un tinte homófobo; con las gafas del tradicionalista a ultranza, el Papa claudica en la defensa de la verdad; a los inquisidores les parece un Papa poco claro, que no se decide por un bando; las mentes poco profundas lo juzgan según sus gustos y criterios personales…

Pero son muy pocos quienes reconocen en todo lo que escribe y habla el Romano Pontífice lo mismo que ha enseñado siempre la Iglesia, y que es lo que nos reveló el mismísimo Dios inmutable: que al pecador hay que verlo y tratarlo con infinita misericordia (como lo hace Dios), pero que el pecado pecado es, como lo fue hace dos mil años y como lo será dentro de dos mil años si los hombres siguen existiendo, y que el pecado le hace mal al pecador, por lo que hay que enseñarle a evitarlo, si desea ser feliz.

Esta es la perenne enseñanza del Creador del género humano, que no busca “estar a la moda”, tener o no seguidores en las redes sociales, ni ser o no aprobado…; lo único que persigue es el bien de su criatura predilecta de la creación visible: el ser humano.

-Ponte estas gafas también.

 

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¿Quién era Barrabás?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2014

Históricamente ya lo sabemos: Barrabás era un bandido (Jn 18, 40). Este Barrabás había sido encarcelado por algunos disturbios y un asesinato en la ciudad (Lc 23, 19); había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín (Mc 15, 7).

Pero si lo estudiamos con algo de profundidad, quizás encontremos aspectos desconocidos y útiles para nuestra vida y para ayudar a los demás. Conviene recordar lo que ocurrió:

Cuando el gobernador volvió a preguntarles: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», ellos contestaron: «A Barrabás.» Pilato les dijo: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Cristo?» Todos contestaron: «¡Crucifícalo!» Pilato insistió: «¿Qué ha hecho de malo?» Pero ellos gritaban cada vez con más fuerza: «¡Que sea crucificado!» (Mt 27, 20-23)

Desde el punto de vista jurídico romano, el castigo que pedían —que fuera crucificado— era el que por justicia merecía Barrabás, no Jesús. Místicamente podemos pensar que nosotros, por el pecado original y por nuestros pecados personales, somos los merecedores de tal castigo: unas pequeñas criaturas osaron ofender gravemente a su Creador, a quien es la fuente de todos sus beneficios: Dios eterno; por eso merecíamos un castigo eterno.

Pero el Hijo de Dios, la Segunda persona de la Santísima Trinidad, llena de amor por sus criaturas, vino a la tierra tomando la condición humana, y pagó por esos pecados, recibiendo el castigo que en justicia merecíamos nosotros…

Por eso, cada vez que elegimos el pecado, podemos decir que estamos eligiendo a Barrabás y exigiendo que crucifiquen a nuestro Salvador.

No fueron, pues, los judíos de entonces quienes pidieron la sentencia de muerte para Jesús: fuimos nosotros, los pecadores.

Pero hay algo más profundo en todo esto. En el pecado hay siempre una elección: prefiero mis caprichos a la voluntad de Dios, prefiero lo que en mi soberbia creo mi bienestar antes que la gloria y honra de Dios y —siempre— me prefiero a mí que a Dios… Por eso, en el fondo de todo pecado subyace una actitud en la que me elijo a mí antes que a Dios.

Podríamos decir que en el momento en el que Pilato preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», yo contesté: «A mí».

Ahora ya puedo responder quién era Barrabás. Y dolerme. Y pedir perdón. Y pedir su ayuda… Y empezar a amarlo.

 

 

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Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

La pregunta más importante

 

La filosofía, que busca establecer, entre otras cosas, el sentido del vivir y el obrar humano, no ha sido suficiente para establecer el camino a la felicidad. Mucho menos han servido las otras ciencias o la tecnología… Solo Dios, nuestro creador, puede satisfacer el anhelo ferviente que hay en nuestro ser: la eterna felicidad.

Así lo entendió el hombre que corrió hacia Jesucristo y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».

Es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Sabiduría encarnada; en Él encontramos todas las respuestas a las preguntas que tenemos sobre nosotros, nuestro origen, nuestra esencia, la finalidad de nuestra vida y nuestro destino y, además, sobre nuestro Creador y sus planes sobre nosotros.

En el libro de la Sabiduría se nos muestra en forma de figura —como en sombras— a ese Jesucristo; efectivamente, habla así:

Preferí la Sabiduría a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Y la Sabiduría infinita, eterna, le enseñó a aquel hombre los dos secretos para alcanzar la auténtica felicidad eterna: primero, cumplir los mandamientos; y segundo, desapegarse del dinero.

Hasta aquí llegó la sagacidad que mostró inicialmente este hombre, pues se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos —los que están apegados al dinero— entrar en el Reino de Dios!».

En cambio, a quienes aceptan el reto, la Sabiduría les asegura aquí, en esta tierra, el ciento por uno; ¡y la Vida eterna en el mundo futuro!

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Ciclo A, XXVII del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 10, 2011

La misión de cada católico

Dios, el creador y dueño del Universo, tenía unos planes para todos nosotros, ya que habíamos quedado heridos por el pecado original y, por eso, tendemos al mal: decidió que en sus planes debíamos participar todos, para poder ayudarnos.

Así, cada uno tiene una misión específica que cumplir: ser buenos seres humanos y buenos cristianos, desarrollando al máximo nuestras capacidades. Cada uno, haciendo lo que le corresponde, pondrá su «granito de arena» en el proyecto salvador de Dios, y así toda la humanidad se verá beneficiada.

Pero, ¿hemos cumplido nuestra misión? Dios se queja en la primera lectura, y parece que esa queja es para nuestros días: esperaba rectitud y va creciendo el mal; esperaba justicia y sólo se oye el grito de los oprimidos…

Él plantó una viña: la Iglesia, compuesta por todos los bautizados. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló al Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que todos los fieles cristianos trabajemos en esa viña y demos muchos frutos buenos.

Pero, a veces, nosotros no hacemos caso a lo que ellos —la jerarquía— nos piden; criticamos a la Iglesia; aceptamos mezclar nuestra Fe con la Nueva Era y otros modos de pensar; no cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios ni los de su Iglesia, sino que nos inventamos nuestras propias leyes; rechazamos la Confesión y los demás Sacramentos; hablamos mal de los sacerdotes y poco es lo que oramos por ellos; vivimos la vida lejos de Dios…

¿Qué tal que Dios hiciera lo que le sugirieron a Jesús los sacerdotes de su época: hacernos morir sin compasión, por ser gente tan mala?

¿No sería mejor que pongamos en práctica lo que nos recomienda san Pablo?: Presentemos nuestras peticiones a Dios y juntemos la acción de gracias a la súplica. Y, sobre todo, vivamos lo que es verdadero, noble, justo, limpio, todo lo que es fraternal y hermoso, todos los laudables valores morales.

Esta es la misión de todo cristiano.

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Hacer el bien y padecer

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 15, 2009

«Jesús ya pagó por nuestros pecados; nosotros no tenemos que sufrir.»…

Bien entendida esta frase es veraz y a la vez cierta (segura). Pero mal entendida puede llevar al error: «Si Jesús ya pagó por mis pecados; yo nunca sufriré en esta vida; tampoco tengo por qué hacer penitencia, no tengo que ofrecer sacrificios, no debo hacer mortificaciones —eso es cosa de masoquistas—, de nada sirve que le ofrezca a Dios mis sufrimientos…»

La Biblia dice exactamente lo contrario:

«Cristo padeció por vosotros, y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos.» (1P 2, 21b)

El mismo versículo comienza diciendo:

«Para esto fuisteis llamados.» (1P 2, 21a)

¿Acaso fuimos llamados para sufrir? La respuesta está en el versículo anterior:

«Pero si, haciendo el bien, aguantáis padeciendo, esto es lo grato a Dios.» (1P 2, 20b)

Son palabras clarísimas: lo grato a Dios es hacer el bien y aguantar padeciendo.

¿Por qué? Porque sin padecer no desaparecen los apetitos desordenados que nos dejó el pecado original: en vez de amar al Creador sobre todas las cosas, nos apegamos a las criaturas desordenadamente, prefiriéndolas. Antes de este pecado, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a las ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan dar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que son criaturas y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos tanto apetito por el placer, el tener, el poder y la fama, que con frecuencia ofendemos a Dios.

Él, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: hacer el bien y estar desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, para ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que sentimos en nuestro interior. Y eso duele. Pero vale la pena.

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Las exigencias de Jesús para quienes desean seguirlo

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 12, 2009

Son muchos los cristianos que han leído u oído estas palabras de Jesús en Mt 16, 24 o en Mc 8, 34: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». En Lc 9, 23 dice casi lo mismo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame».

Pero quizá las han leído de corrido, sin profundizar en ellas. Por eso huyen de la Cruz. La huída de la Cruz es constante y continua: van ya dos milenios en los que los que se llaman cristianos —es decir, seguidores de Cristo— no quieren saber nada de cruces, sufrimientos, dolores, penas, padecimientos, aflicciones, ni nada por el estilo.

Lo que más impresión causa es que las palabras de Jesús dejan claro que esas son las condiciones para seguirlo. Jesús fue explícito; Él no dijo: «El que quiera venir en pos de mí, venga, que nunca sufrirá» o «El que quiera venir en pos de mí, sólo gozará». Tampoco dijo: «El que quiera venir en pos de mí, diga simplemente: “Creo en Jesús”» o «El que quiera venir en pos de mí, apréndase de memoria la Biblia»… Su frase no admite discusión: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Sin embargo, casi nadie desea la cruz y, mucho menos, negarse a sí mismo: hoy, por el contrario, muchos psicólogos dirían que hay que afianzar el «yo» por encima de todo, hacer crecer la autoestima pues, según ellos, es ese uno de los principales problemas del mundo moderno… Pero la perenne Palabra de Dios, el Creador del cosmos y cuanto contiene, el Eterno, sigue ahí, alzada, para que todos los cristianos la lean: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»

¿A quién le creeremos: a la psicología moderna o a quien nos hizo, a quien nos creó de la nada? ¿Quién sabrá más: la Sabiduría encarnada o los vaivenes de las ciencias humanas?, ¿el Creador o las criaturas hechas por Dios?,  ¿la Verdad eterna e invariable o lo voluble?…

En este punto, el lector quizá se siente metido en una encrucijada, en una situación difícil de entender y sin saber qué decisión tomar. Y esto se debe más que todo a que nos han enseñado a huir del sufrimiento como de algo que va en contra de nuestra felicidad, sin preguntarnos por qué Dios lo ha permitido, sin buscar la razón de ser del sufrimiento. Parece que hubiéramos heredado la norma superficial de huir de él, como hacen los animales, que se guían únicamente por el placer y el dolor: en efecto, consideramos a los analgésicos y a los anestésicos, dos de los mejores resultados de la ciencia.

Y, ¿no es mejor tratar de entender que huir? ¿No se esconde un poco de cobardía en ese huir? Pensemos en quienes han dado su vida por amor a Jesucristo, pensemos en quienes soportaron sufrimientos por amor a Él, pensemos en quienes siguieron las palabras de Jesús hasta las últimas consecuencias: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

 

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El mejor ayuno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 30, 2009

El sentido más profundo del ayuno se desprende de saber que somos criaturas y que, como tales, debemos adorar al Creador. Esta es la lógica reacción del hombre, pequeño y pecador, ante la grandeza de Dios.

Sólo el Señor debe y puede ser adorado. Adorar a las criaturas, sean ángeles, hombres de cualquier rango u otros seres de la naturaleza, es lo contrario a la condición de criatura de todo ser humano, está severamente prohibido por Dios y puede constituir un grave pecado.

Cuando el hombre está más interesado en otras criaturas que en el Creador está cayendo en ese desorden; y eso es precisamente lo que nos sucede desde que cometimos el pecado original: en vez de poner todos nuestros intereses en dar gloria a Dios, a menudo los ponemos en cosas, personas, otras criaturas o en nosotros mismos (lo que se llama soberbia), abandonando la total adoración al único y verdadero Dios, y poniendo en peligro la consecución de la felicidad eterna en el Cielo.

Desapegarse de todas esas criaturas es un proceso que debe pasar por dos etapas: el esfuerzo personal y, ya que nuestras fuerzas son insuficientes, la ayuda del Espíritu Santo.

Para dar el primer paso, uno de los caminos más adecuados es el ayuno. Si, por ejemplo, dejamos de comer algo o lo disminuimos un poco, lograremos grandes cosas: nos desapegaremos del apetito desordenado por la comida, y amaremos a Dios con un poco más de pureza; nos haremos más dueños de nosotros mismos: dominaremos un poco los deseos del cuerpo, que a veces se convierte en un enemigo que impide nuestro ascenso a Dios; nos uniremos a la Cruz de Cristo y, con eso, lo ayudaremos a salvar almas; facilitaremos la acción del Espíritu Santo, quien nos dará la gracia que necesitamos para purificarnos por completo de los apetitos que hemos puesto por encima de nuestro amor a Dios, y así lo glorificaremos, dándole cada vez más lo que se merece; y, por último, ayudaremos a eliminar el mal personal y el mal del mundo, como nos lo cuenta este pasaje evangélico:

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron en privado : «¿Por qué nosotros no pudimos echar a ese demonio?» Jesús les dijo: «Esta clase de demonios solo se puede expulsar con la oración y el ayuno». (Mt 17, 19.21)

Pero hay algunos ayunos que nos alcanzarán más altos beneficios. Ayunar, por ejemplo, de vez en cuando, comodidades, descanso o bienestar…; ayunar riquezas, regalando algo a los más necesitados…; ayunar deseo de que nos comprendan o de que nos hagan «justicia»; ayunar aplausos, triunfos, consuelos…; en fin, ayunar todo lo que nos aleje más de los apegos y nos acerque más a Dios —Suma Bondad— y, por lo tanto, a nuestra felicidad.

De este modo se facilitará la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, que quemará nuestras impurezas para hacernos cada vez más dignos de la bondad de su Amor, el Amor eterno, el Amor verdadero, el único que puede llenar las ansias que bullen en nuestro interior.

   

 

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Inmaculada Concepción de la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 14, 2008

Anuncio: ¿de qué?

 

¿Qué es lo que le anuncia el arcángel a la Virgen María? ¿Por qué se le da tanta importancia a este hecho?

Lo explican claramente las lecturas de hoy: primero, se nos narra cómo Dios Padre creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta que llegara a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Pero el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado; por eso san Pablo grita en la segunda lectura: ¡Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos ha bendecido en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales!

Y la primera beneficiada será, anticipadamente, la Madre de ese Niño–Dios: por sus méritos, ¡la hizo nacer sin pecado original! Él —Dios— podía hacerlo, quería hacerlo, así que lo hizo.

Después seguiremos nosotros si, como dice el Apóstol, permanecemos en su presencia santos y sin mancha.

   

(Tomado del libro: Un llamamiento al amor

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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Ciclo A, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 12, 2008

La misión de cada católico

Dios, el creador y dueño del universo, tenía unos planes para todos nosotros, ya que habíamos quedado heridos por el pecado original y, por eso, tendemos al mal: decidió que en sus planes debíamos participar todos, para poder ayudarnos.

Así, cada uno tiene una misión específica que cumplir: ser buenos como seres humanos y buenos cristianos, desarrollando al máximo nuestras capacidades. Cada uno, haciendo lo que le corresponde, pondrá su «granito de arena» en el proyecto salvador de Dios, y así toda la humanidad se verá beneficiada.

Pero, ¿hemos cumplido nuestra misión? Dios se queja en la primera lectura, y parece que esa queja es para nuestros días: esperaba rectitud y va creciendo el mal; esperaba justicia y sólo se oye el grito de los oprimidos…

Él plantó una viña: la Iglesia, compuesta por todos los bautizados. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló al Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que todos los fieles cristianos trabajemos en esa viña y demos muchos frutos buenos.

Pero, a veces, nosotros no hacemos caso a lo que ellos, la jerarquía, nos pide; criticamos a la Iglesia; aceptamos mezclar nuestra Fe con la Nueva Era y otros modos de pensar; no cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios ni los de su Iglesia, sino que nos inventamos nuestras propias leyes; rechazamos la Confesión y los demás Sacramentos; hablamos mal de los sacerdotes y poco es lo que oramos por ellos; vivimos la vida lejos de Dios…

¿Qué tal que Dios hiciera lo que le sugirieron a Jesús los sacerdotes de su época: hacernos morir sin compasión, por ser gente tan mala?

¿No sería mejor que pongamos en práctica lo que nos recomienda san Pablo?:

Presentemos nuestras peticiones a Dios y juntemos la acción de gracias a la súplica. Y, sobre todo, vivamos lo que es verdadero, noble, justo, limpio, todo lo que es fraternal y hermoso, todos los laudables valores morales.

Esta es la misión de todo cristiano.

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