Hacia la unión con Dios

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La mística de la Pasión

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2009

La mística trata de la vida espiritual y contemplativa, de la experiencia de lo divino.

En el siglo XVIII, hubo un hombre italiano que centró su vida mística en la Pasión de Jesús; se llamó san Pablo de la Cruz, y fue el fundador de los Pasionistas. A continuación se presentan, con algunas palabras entresacadas de sus escritos, algunas características que identifican su ascenso espiritual:

“El recuerdo de la Pasión santísima de Jesucristo y la meditación de sus virtudes […] conducen al alma a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y a la contemplación más sublime.”

“El que quiere ser santo gusta de seguir las huellas divinas de Jesucristo, de ser hecho el oprobio y la abyección de la plebe. … El que quiere ser santo gusta de esconderse a los ojos de los hombres, toma lo dulce por amargo y lo amargo por dulce, y su alimento es hacer en todo la santísima voluntad de Dios; y como quiera que esta se cumple mejor en el padecer que en el gozar, porque en el goce peligra siempre entrar la propia voluntad, por eso el verdadero siervo de Dios ama el desnudo padecer, recibiéndolo sin intermediarios de la purísima voluntad de Dios. Recuerde que este divino trabajo, para ser seguro, conviene que pase por la puerta, que es Jesucristo nuestro Señor y su santísima Pasión, que es toda ella obra de amor; la cual jamás debe perderse de vista, con docilidad absoluta a la acción divina, a la que el alma debe ser fidelísima en obedecer interiormente.”

“Veo que se halla privada de todo consuelo. Doy gracias a Dios bendito, porque ahora se asemeja más al Esposo divino, abandonado de todos mientras agonizaba sobre la Cruz; pero en este abandono ofreció el gran sacrificio y lo consumó con las últimas palabras que dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto entregó su alma santísima en las manos del eterno Padre, y cumplió la obra de la humana redención. Haga usted lo mismo, hija mía. […] Ahora está en agonía sobre el riquísimo lecho de la Cruz. ¿Qué le queda por hacer, sino entregar el alma en manos del eterno Padre diciendo: Padre dulcísimo, en tus manos encomiendo mi espíritu? Y esto dicho, muera felizmente de esa preciosa muerte mística, y vivirá una nueva vida, mejor dicho, renacerá a una nueva vida deífica en el divino Verbo Cristo Jesús. Y, ¡oh, qué vida esta! Vida tal y tan grandiosa y llena de inteligencia celestial, que ni aun saber hablar de ella podrá conmigo.”

“Jesús oró en la Cruz durante tres horas: oración verdaderamente crucificada, sin consuelo interior ni exterior. ¡Oh Dios, qué gran enseñanza! Pida a Jesús que la imprima en su corazón. ¡Oh, cuánto hay aquí que meditar! He leído que durante su agonía en la Cruz, después de sus tres primeras llamas de amor, es decir, sus tres primeras palabras, Jesús quedó en silencio hasta la hora de nona, orando todo aquel tiempo. Dejo a su consideración cuán desolada fue su oración. Descanse pues sobre la cruz del dulce Jesús, y no exhale otra queja que este gemido: ‘Padre mío, Padre mío, hágase tu voluntad…’ Y luego calle. Continúe descansando sobre la cruz y luego calle hasta que llegue el momento dichoso de la verdadera muerte mística. Entonces, como dice san Pablo, estará toda oculta en Dios con Jesucristo (Col 3, 3), y se hallará en esa altísima soledad hacia la cual suspira, con desprendimiento absoluto de todo lo creado. Esta es la hora de sufrir en silencio y en paz: resignación perfecta en su agonía, que la conduce a la muerte mística.”

Sería tarea de nunca acabar seguir trascribiendo los escritos de san Pablo de la Cruz (se conservan más de dos mil de sus cartas); pero basta con lo dicho para ayudar a quienes deseen iniciar este maravilloso viaje, que termina en la única y auténtica realización del ser humano: la unión con Dios.

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El error que cometió san Pablo

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 13, 2008

Hablaba san Pablo a los atenienses en el areópago, acerca del “Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él” (Hch 17, 24) y, saltándose el relato de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor, les predicó la Resurrección de Jesucristo.

Cuando oyeron hablar de resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, y otros le decían: “Sobre esto te escucharemos en otra ocasión”. (Hch 17, 32)

Este fracaso de san Pablo nos da una lección clara acerca de la importancia de la predicación de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor. Efectivamente, sabemos que luego el Apóstol se dirigió a predicar en Corinto. Y es a los corintios, precisamente, a quienes les dice en su primera carta: “Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Co 2, 2). Se ve, pues, que san Pablo aprendió la lección.

Y nosotros, ¿aprendimos esta lección?

Poco a poco, en los tiempos modernos, se incrementa el discurso de la Resurrección de Cristo y decrece con él la predicación de la Cruz de Cristo. Poco a poco se retiran de los templos las imágenes de Cristo crucificado y se colocan las de Cristo resucitado. Es evidente que se quiere enseñar la virtud teologal de la Esperanza, proclamar el bienestar de la resurrección, el fin maravilloso que nos espera; pero parece que se nos están olvidando los medios para conseguirlo: la sabiduría de la Cruz.

Sabiduría, dice el Diccionario, es “Conducta prudente en la vida”, es decir, el adecuado modo de vivir para conseguir la felicidad, la suerte de los bienaventurados en el Cielo. La misma sabiduría que enseñaban los apóstoles: “Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Co 2, 7).

Y ¿dónde está esa sabiduría divina? En la Cruz de Cristo; nos lo dice claramente el Apóstol: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el disputador de este mundo? ¿No ha hecho Dios la sabiduría de este mundo? Porque […] los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1, 20. 22-24a).

Pero el versículo continúa: “escándalo para los judíos, locura para los gentiles”. Escándalo para algunos que creen que el cristianismo es llegar al Cielo sin pasar por la cruz; locura para quienes piensan todavía que es posible pasar esta vida sin cruz.

¡No! ¡Necesitamos pasar por la Cruz para purificarnos, y así poder entrar en el Cielo, es decir, conseguir la felicidad! Y, ¿cómo lo sabemos? Porque no ignoramos que a la gloria eterna “no entrará cosa impura” (Ap 21, 27).

¡Dejémonos purificar! No cometamos más el error de san Pablo; corrijámonos como él lo hizo. Amemos la Cruz; Dios la permite porque nos ama como hijos: “Vosotros sufrís, pero es para vuestro bien, y Dios os trata como a hijos” (Hb 12, 7a).

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

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