Hacia la unión con Dios

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¿Somos hombres nuevos?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 8, 2014

Charlando de noche con Nicodemo, Jesús le reveló algo grande y misterioso:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»(Jn 3, 3)

Tan misterioso fue, que Nicodemo —que no entendió nada— le preguntó que si, para lograrlo, era posible entrar de nuevo en el seno materno…

La Iglesia siempre ha enseñado al respecto que hay dos etapas: la primera, puramente sacramental y la segunda, espiritual:

1) por el Bautismo dejamos de ser hombres viejos y nos hacemos hombres nuevos: somos integrados a la vida divina, para comenzar una nueva vida en Cristo, dejando atrás el pecado, y

2) por la práctica y el ejercicio de la perfección espiritual —con la gracia de Dios, obtenida de los Sacramentos y la oración asidua— continuar en esa nueva vida en Cristo, ascendiendo hasta la experiencia mística, la contemplación y unión con Dios.

Para la primera etapa, san Pablo nos dejó algunas enseñanzas:

«sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado» (Rm 6, 6)

«a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias» (Ef 4, 22)

«No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras» (Col 3, 9)

Pero no es el deseo divino —ni el de san Pablo— que nos quedemos en esa etapa: Dios desea que no solo dejemos de pecar, sino que todo sea nuevo:

«Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.» (2Co 5, 17)

Se refiere a algo mayor, a algo que está en una dimensión superior:

«a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad.» (Ef 4, 24)

Ese Hombre Nuevo —con mayúsculas— es Cristo, del que debemos revestirnos, hasta convertirnos en el mismo Cristo. Lo dice con gran vehemencia:

«¡hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros»(Ga 4, 19)

Y, ¿cómo veremos a Cristo formado en nosotros?

Cuando actuemos como Él, el Hombre Nuevo. Somos hombres nuevos únicamente si acogemos e integramos en nuestras vidas las enseñanzas divinas.

Hay personas, por ejemplo, que se acercan a Dios para servirse de Él, no para servirlo:

  • Consideran un privilegio pertenecer a un ministerio (el de predicar, por ejemplo), en vez de ser conscientes de que ministerium significa servicio. Dicen: “Gracias por esta oportunidad” —como si fuera un honor—, en vez de prestar el servicio con sencillez y únicamente por amor a Dios, no por otras razones.

  • Creen que lo importante son las estadísticas, como si este ministerio fuera algo terrenal: “Están asistiendo muchos a las predicaciones”, afirman orgullosos, o: “Estoy contento porque me han pedido que predique en tal sitio”. En cambio, quienes ya son hombres nuevos saben que los planes de Dios son distintos a los de los hombres y, por eso, solo ponen los medios para servir a Dios, dejándole a Él sólo los resultados.

  • Preguntan si la predicación gustó o no, con lo que descubren sus vanidosas intenciones.

  • Y, entre quienes los invitan o dirigen a estos predicadores, hay quienes los elogian, como si se tratara de una empresa terrenal y solamente humana; les dicen, por ejemplo: “La labor que estás haciendo es muy bella”, como si no supieran que la labor apostólica es realizada por el Espíritu Santo, a quien simplemente le colaboran.

  • Hacen esos elogios, aunque Jesús aclaró que «no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»(Mt 20, 26).

Los hombres nuevos, por el contrario, recuerdan que Jesús afirmó que «si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35); por eso saben que, para incrementar la eficacia  apostólica, es mejor no solamente ser excluido, sino postergado, olvidado, humillado, tal y como nos lo reiteran tanto los santos místicos.

Es que les quedó muy claro lo que aseveró Jesucristo: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24); están conscientes de que deben morir (mortificarse) a sí mismos, para hacer fructífero su apostolado.

Por otra parte, Dios tiene un plan perfecto de salvación para cada ser humano, y nosotros, sus servidores, entramos en ese plan como una tuerca entra en una maquinaria gigantesca y compleja (que no llegamos a entender): se ajusta al tornillo con una determinada fuerza. Y eso es todo lo que debe hacer: no pretende, por ejemplo, entender el plan de Dios; solo desea servirlo, por amor, haciendo lo que tiene que hacer, aunque sea mínima su participación en ese magnífico plan. Es más: mientras menos entienda los designios divinos sobre las almas, más útil será para Dios y para los destinatarios de su apostolado.

Por eso los negocios divinos tienen metodologías diferentes a los humanos:

1) oración, oración, oración,

2) unión a la Cruz de Cristo y

3) desprendimiento total de intenciones personales y querer solo la Voluntad de Dios: pureza total del corazón.

Esa pureza comienza con la vivencia auténtica de las virtudes teologales:

–   ¿Creemos realmente que la vida terrenal es solo un paso hacia la eternidad?

–   ¿Recordamos continuamente que esta vida es una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor?

–   ¿Estamos convencidos de que Dios está pendiente de nosotros y que lo dispone todo para nuestro bien?

–   ¿Confiamos realmente en el amor de Dios por nosotros? ¿Estamos seguros de que solo Él sabe qué nos conviene? ¿Creemos que todo lo puede y que lo que permite —aunque a veces nos parezca malo— es para nuestro bien?

Contestemos con sinceridad estas preguntas:

·   ¿Estamos seguros del amor de Dios o nos angustiamos cuando hay peligros?

·   ¿Cómo tomaríamos la noticia de una enfermedad terminal: nos desesperaríamos, aceptaríamos la Voluntad de Dios o nos sentiríamos dichosos al saber que vamos a llegar a la felicidad eterna?

·   ¿Cómo recibiríamos la muerte de un ser querido?

El hombre viejo todavía huye del sufrimiento; el nuevo lo acepta gozoso, pues sabe que Dios lo usa en beneficio de otros, como lo hacía san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

El hombre nuevo sabe que Dios todo lo dispone para nuestro bien y que de las manos de Dios solo pueden salir cosas buenas para sus hijos, aunque no las entienda. Paradójicamente, va entrando en un conocimiento nuevo, perfecto:

«revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3, 10)

El conocimiento perfecto al que se refiere es la Cruz:

«la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde,el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no demostró Dios que la sabiduría del mundo es necedad? Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.» (1Co 1, 18-20. 22-24).

Es una sabiduría sobrenatural:

«hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra» (1Co 2, 7).

Por eso, el hombre nuevo sabe que debe negarse a sí mismo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24; Mc 8, 34).

Y carga todos los días la Cruz con Cristo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»(Lc 9, 23).

Es lo mismo que decir que el verdadero servidor de Jesús, el que sí lo ama, el hombre nuevo:

*  sirve a Dios, no se sirve de Él,

*  no considera su labor un privilegio sino un servicio de amor,

*  no se ocupa por saber los resultados de su servicio, sino en tener contento al Señor,

*  no admite ni da elogios,

*  no se preocupa de las opiniones de nadie; solo quiere agradar a Dios,

*  se niega a sí mismo en todo,

*  se oculta para no aparecer,

*  se mortifica (carga con Jesús la Cruz) para ayudar a realizar el plan de Dios,

*  ora intensamente, sabiendo que solo Dios convierte a las personas y

*  ofrece sus mortificaciones para que se cumpla ese plan, trazado desde la eternidad por la infinita sabiduría.

Estas son palabras dirigidas a hombres nuevos, porque ya son espirituales; no son para hombres viejos (carnales).

Con personas así se encontró san Pablo, y tuvo que escribirles:

«Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente; […]  porque ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?» (1Co 3, 1-3)

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La misión de la Iglesia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 9, 2011

 

Llama mucho la atención cómo Su Santidad logra enmarcar en la actual coyuntura varios acontecimientos. Efectivamente, al lado del lamento papal por la negatividad del mundo moderno, el modelo consumista, la frialdad en las relaciones humanas y la esterilidad espiritual y demográfica, están varios aspectos optimistas que vale la pena resaltar para que podamos contribuir al bien propio y al de toda la humanidad, como lo quiere Dios:

«No se puede comprender la acción del Espíritu en la Iglesia y en el mundo con análisis estadísticos o con otros subsidios de las ciencias humanas porque aquella se sitúa en otro plano, el de la gracia, percibido por la fe».

En estas palabras del Mensaje se entrevé la profundidad de la fe que, con su vida, nos enseña el Santo Padre:

«Se trata de una acción con frecuencia escondida, misteriosa, pero seguramente eficaz. El Espíritu Santo no ha perdido la fuerza propulsora que tenía en la época de la Iglesia naciente. Hoy actúa como en los tiempos de Jesús y de los apóstoles.»

Pero, ¿cómo podremos hacer realidad ese «optimismo de la esperanza» del que nos habla, para hacer una evangelización sin límites?:

«Es consolador saber que no somos nosotros, sino que es Él mismo [el Espíritu Santo] el protagonista de la misión. Esto da serenidad, alegría, esperanza intrepidez.»

Y ¿cómo llegar al meollo de la eficacia? La respuesta está también en el texto:

«El sufrimiento, afrontado por Cristo y por el Evangelio, es indispensable para el desarrollo del Reino de Dios.»

¿Quiere decir esto que el Papa nos está pidiendo cosas medievales?

Quienes tratamos de obedecerlo, sabiendo que así obedecemos a Dios Padre, podemos encontrar un camino certero en sus palabras:

«Personas que, en el silencio de su servicio cotidiano, ofrecen a Dios sus oraciones y sufrimientos por las misiones y los misioneros.»

Pero, además, nos dice el Papa que el mundo entero es misionero:

«Invito por lo tanto a reafirmar, contra todo pesimismo, la fe en la acción del Espíritu, que llama a todos los creyentes a la santidad y al empeño misionero.»

Y más adelante nos insiste:

«Porque todos, sin excepción, son llamados a colaborar con la misión de la Iglesia; la oración, el ofrecimiento de los propios sufrimientos y el testimonio de vida son elementos primarios para la misión, al alcance de todos los hijos e hijas de Dios.»

Ese ofrecimiento de los sufrimientos es el que mostrará al Espíritu Santo la anulación de nuestro “yo”, requerida para que Él pueda hacer su obra con su fuerza propulsora —como en los primeros tiempos de la Iglesia— y no con la pobre fuerza nuestra, que es inútil sin el Espíritu.

Solo así escucharemos con esperanza la voz de Cristo en su Vicario:

«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas de vuestro corazón y de vuestra vida a Cristo! ¡Dejaos implicar en la misión del anuncio del Reino de Dios; para esto el Señor fue enviado, y ha transmitido la misma misión a sus discípulos de todos los tiempos. Dios, que no se deja vencer en generosidad, ¡os dará el cien por uno y la vida eterna!»

Vale la pena escuchar, atender y acatar la voz del Papa. En verdad, ¡vale la pena!

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Ciclo A, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 26, 2011

XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Pensamos como Dios?

Nuestros caminos son diferentes de los caminos de Dios. ¿Por qué? Porque nosotros vivimos en el tiempo, mientras Él vive en la eternidad. Él sabe lo que ocurre y lo que ocurrirá; como nos dice en la primera lectura, Él está por encima del tiempo, por encima del espacio y por encima de nuestros proyectos.

Quienes entienden esto e intentan adecuar su existencia a esta realidad son capaces de comprender las palabras de san Pablo: «Por una parte siento gran deseo de irme para estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor; pero, pensando en ustedes, conviene que yo me quede aquí, ya que podré seguirles enseñando el camino a la felicidad verdadera».

Y, consecuentemente, los que se dan cuenta de que esta vida es pasajera, de que luego vendrá otra infinita, advertirán que las disposiciones de Dios son más sabias, aunque a primera vista el hombre crea lo contrario, pues Él ve desde la perspectiva eterna; además, nos ama infinitamente más de lo que podríamos llegar a imaginar.

Por esto, Jesús dice en el Evangelio que los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos. Estas palabras significan mucho más de lo que se deduce inicialmente: Para el prototipo del hombre de hoy, por ejemplo, los «triunfadores» son los que poseen dinero y cosas materiales, los que experimentan más placeres, los que logran acceder al poder o a la fama…

Pero para el Señor lo que vale es vivir en gracia de Dios: amarlo a Él y al prójimo y, cada vez que pecamos gravemente, confesarnos; ser humildes y sencillos, sin engreírnos por nada; vivir las virtudes que nos distinguen como cristianos, es decir, la Fe, la Esperanza y el Amor; practicar las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; hacer oración, saber ofrecer y agradecer a Dios la vida: dichas y desdichas, trabajo y descanso, etc.

Lo que Jesús quiere es que hagamos, con y por amor, lo que debemos hacer para ganarnos el Cielo; allá derramará sobre nosotros todo su amor, eternamente.

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Sacerdotes, profetas y reyes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2011

En el Antiguo Testamento aparecen tres tipos de mediadores entre Dios y su pueblo: el sacerdote, el profeta y el rey.

Eran instrumentos y representantes especiales de Dios. A través de su ministerio era edificado el pueblo (Dt 17, 14 — 18, 22).

Nuestro Señor Jesucristo, el Divino Mediador, el perfecto mediador, reúne en sí esos tres tipos de mediadores, siendo al mismo tiempo Sacerdote, Profeta y Rey. En el Nuevo Testamento a Jesús se le dan los tres títulos:

  1. sacerdote (Hb 4, 14-16; cf Jn 19, 23; Ap 1, 13)

  2. profeta-nabi (Lc 24, 19) y

  3. rey (Jn 6, 15; 18, 33-37: ambiguo, pero véanse en los cuatro evangelios la entrada mesiánica en Jerusalén [Mt 21, 1-11 y par] y la inscripción sobre la cruz [Mt 27, 37-42 y par]).

Como sacerdote ofrece el sacrificio de su misma Persona por todos los hombres; como profeta nos revela el carácter de Dios y nos explica el plan de la salvación; y como rey gobierna el vasto imperio del Reino de los Cielos.

Cristo como sacerdote

El sacerdote del Antiguo Testamento era un hombre consagrado divinamente para representar a los hombres delante de Dios. Para poder conseguir el favor divino para los representados, el sacerdote ofrecía sacrificios. Cristo se ofreció a sí mismo como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” para reconciliar a los hombres con Dios. Su ministerio sacerdotal no ha terminado (Hb 7, 25). Él es nuestro actual Sacerdote, que intercede al Padre a nuestro favor.

Jesucristo fue el Sacerdote que se ofreció a Sí mismo como víctima y salvó al mundo.

Cristo como profeta

El profeta traía el mensaje de Dios a los hombres por predicación y por predicción de acontecimientos futuros. Cristo hizo estas dos cosas (Mt 5 al 7, comparado con Mt 24) Moisés profetizó de Cristo como El Profeta. (Hch 3, 22-26, comparado con Mt 21, 10-11) Como apunta el Dr. J. M Pendleton: «Ninguno habló jamás como Él en la manera autorizada de enseñar; en la adaptación de lo que dijo a la generalidad del pueblo; en su revelación del carácter de Dios; en su descripción de la naturaleza; en su manifestación del camino de salvación; en la luz que arrojó sobre la doctrina de la inmortalidad del alma, la resurrección del cuerpo, la gloria del cielo y las miserias del infierno. ¿Quién entre los sabios, filósofos, patriarcas o profetas, jamás habló como Él? En la majestad de su incomparable superioridad avanza, arrancando de sus enemigos este elogio involuntario: “Nunca ha hablado hombre así como este habla” (Jn 7, 46)».

Jesucristo fue el Profeta que, por hablar alto en nombre de Dios, se lo quitaron los hombres de encima.

Cristo como rey

Los judíos, basados especialmente en las profecías de David y de Daniel, creían que el Mesías sería un rey, y acertaban, con la única diferencia de que su reino no era de este mundo. Jesús declara ante Pilato su posición como rey (Jn 18, 36-37) El ladrón arrepentido lo reconoció como rey y le pidió lugar en su reino (Lc 23, 42). Los cristianos esperamos su segunda venida, en la cual se manifestará como «Rey de Reyes y Señor de Señores» (1Tm 6, 14-16). Es el deber de los siervos de Dios predicar su Palabra y hacer súbditos para este reino mientras el Señor viene, sabiendo que Él pagará a cada uno conforme a su labor.

Jesucristo, como lo proclama el título de la Cruz, es el Rey que se ha atraído a Sí todos los corazones.

En la Tradición apostólica

La tríada aparece en la Tradición apostólica a propósito de la bendición del Aleo: reyes, sacerdotes y profetas. Más tarde aparece en textos patrísticos y Eusebio de Cesarea (t 340 ca.) la usa en un sentido cristológico. Se encuentra también en la época medieval, pero no aparece como tema dominante hasta la época de los reformadores, especialmente con Calvino. Empieza a usarse en el siglo XVII, haciéndose más frecuente en el siglo XIX con Newman, que de forma novedosa propone que la eclesiología debe atender al triple ministerio de la Iglesia, cuyo ministerio profético asegura la regla de la verdad contra la tentación del racionalismo, el ministerio sacerdotal guía al culto contra la superstición, y el ministerio real conduce a la santidad contra la ambición y la tiranía. De esta forma los tres ministerios se atemperan mutuamente y se libran uno al otro de sus peculiares tentaciones. Así, el culto frena el racionalismo, la verdad vence la superstición y la piedad mitiga el peso de la ley.

Ya en el siglo XX, un estudio católico clave sobre la tríada fue el de J. Fuchs en 1941. Y. Congar había empezado a usarla como principio eclesiológico en la década de 1930, convirtiéndola en principio organizador de su obra clásica sobre los laicos. La tríada, en forma de maestro, rey y sacerdote, fue aplicada por Pío XII a Cristo en su encíclica Mystici corporis. G. Philips recurrió a ella también en su estudio sobre los laicos. Estaba, pues, madura en la época del Vaticano II.

El Concilio la aplica a Cristo, a los laicos y a los ministros ordenados. En este último caso sigue el orden maestro-sacerdote-pastor/rey (LG 25-27; CD 12-16; PO 4-6), mientras que aplicada a los laicos el orden es sacerdote-profeta-rey (LG 34-36). Quizá su función más importante consista en indicar la igualdad radical en dignidad de todos los cristianos: «Por tanto, el pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4, 5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo […]. Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del cuerpo de Cristo» (LG 32).

Un pueblo de sacerdotes

Hay una diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico que es esencial y no cuestión de grado (essentia et non gradu tantum [LG 10]). El sacerdote ministerial realiza un servicio distinto en la comunidad, pero eso no significa que por ello sea más santo que los laicos. Hay que buscar en la Lumen gentium los elementos clave que muestran en qué sentido es esencialmente diferente el sacerdocio de los laicos del sacerdocio de los ordenados, al igual que los elementos que muestran lo que tienen de común.

Todos están consagrados, por lo que sus obras son verdaderos sacrificios espirituales (Rm 12, 1) y un testimonio para los demás (LG 10). El sacerdocio común se ejerce en la vida sacramental de la Iglesia (LG 11). La vida de sacrificio de los laicos es «espiritual» (está regida por el Espíritu Santo): Cristo se «asocia íntimamente [a los laicos] a su vida y a su misión y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres […], pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (1Pe 2, 5), que en la celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor» (LG 34).

Un pueblo de profetas

Sabemos por las Actas del Concilio que LG describe la función profética de todo el pueblo: es una participación en la función profética de Cristo; consiste en el testimonio, la alabanza, la confesión de la fe y el sensus fidei. Más tarde LG 35 desarrolla el tema de la función profética de los laicos: establecidos como testigos, dotados del sensus fidei y la gracia de la palabra «de modo que el poder del evangelio pueda resplandecer en la vida diaria de la familia y la sociedad», convirtiéndose en heraldos de esperanza, sin ocultar la razón de la misma, de forma que, «incluso ocupados en sus tareas temporales, puedan los laicos desempeñar la valiosa labor de procurar ahondar diligentemente en el conocimiento de la verdad revelada y de pedir encarecidamente a Dios el don de la sabiduría».Al tratar de los obispos, Lumen gentium 25 subraya la importancia de la predicación del evangelio, e insiste en que son maestros autorizados del mismo (Magisterio). La proclamación del Evangelio es la primera tarea de los sacerdotes, que tienen además la responsabilidad de un amplio ministerio en la Palabra (PO 4).

Un pueblo de reyes

Finalmente, el oficio real no está tan desarrollado como los otros dos oficios en el capítulo II de LG, donde se dice que es común a todos los bautizados y lo ejercen por una parte los obispos (LG 27, donde se le da el nombre de «oficio pastoral»; Obispos) y por otra los laicos (LG 36, en relación a la tarea pastoral de los sacerdotes; cf PO 6). A propósito de estos últimos se dice: «También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad v de gracia, reino de justicia. de amor y de paz […]. Deben, por tanto, los fieles, conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios… En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado […]. Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia […]. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas… Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí» (LG 36). El oficio pastoral de los obispos (LG 27) y de los presbíteros (PO 6) es una participación especial en el oficio real de Cristo. Estos se ocupan de los fieles de un modo global, nunca de manera dominante. sino como siervos.

El Bautismo y la situación del fiel según su condición de vida

Cada católico es proclamado en su Bautismo como Sacerdote, Profeta, y Rey, y en la Confirmación es confirmado oficialmente por el obispo de sus tres mismos derechos y deberes: Sacerdote, Profeta y Rey.

Quien recibe el Bautismo queda revestido de Jesús, el Mesías, lo que significa que la misma vida de Cristo está presente y actúa en el que ha recibido el Bautismo.
El bautizado, unido a Cristo en la Iglesia, es como Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, y está llamado a dar testimonio del Señor en este mundo.

Pero después se va concretando lo específico de cada vocación, de la misión de cada uno.

Eso «específico» de cada vocación ha influido en todos los ámbitos de la Iglesia; así, se puede ver, por ejemplo, la estructura de los libros centrales del Código de Derecho canónico: II. Del pueblo de Dios; III. La función de enseñar en la Iglesia; IV. De la función de santificar en la Iglesia.

Asimismo, en algunos fieles se desarrolla más lo sacerdotal que lo profético o lo real; en otros se enfatiza más el aspecto profético que lo sacerdotal o lo real; y, finalmente, en otros sobresale más su aspecto real.

Así, se ha concretado en la idea de un triple oficio, que tradicionalmente se ha explicado como la situación del fiel según su condición de vida:

  1. Los clérigos, que ejercen sobre todo la función sacerdotal

  2. La vida consagrada, en los que descolla su función profética

  3. Los seglares, cuyo énfasis de vida es su función real

La función sacerdotal de los clérigos

La figura del clérigo evoca imágenes de sacrificio y de mediación. El sacerdote es aquel que ofrece el sacrificio para rendir culto a Dios y darle gracias por su presencia divina en el mundo. El sacerdote es también un mediador, aquel que está ante Dios e intercede por el pueblo. Esto quiere decir que el sacerdote está ante Dios para pedir perdón, para implorar la paz y la gracia. Y es ésta la verdadera y propia función del seglar que participa en el misterio de la salvación de Cristo.

La función profética de la vida consagrada

Quien vive la vida consagrada es aquel que, profundamente inmerso en la voluntad de Dios y la conoce desde dentro. Y sólo entonces el profeta es un instrumento que transmite la voluntad divina a los otros con su vida ejemplar, que anuncia el estilo de vida de los glorificados, de manera que se entienda y se siga.

La función real de los seglares

La identificación del seglar como rey indica que son ellos quienes plasman con más claridad la condición o función real de Jesucristo: se refiere al mismo sentido que se le da a esta palabra cuando al final del año litúrgico se celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. El prefacio de esta solemnidad recoge la teología de esta celebración, más allá de la imagen que de los “reyes” de este mundo (por ejemplo el rey de España, o un Presidente de una República) podamos tener:

“Porque, ungiéndolo con óleo de alegría,
consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu Unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
para que, ofreciéndose a sí mismo,
como víctima inmaculada y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana;
y sometiendo a su poder la creación entera
entregara a tu Majestad infinita
un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida,
el reino de la santidad y de la gracia,
el reino de la justicia, del amor y de la paz.”

En la dimensión del seglar como rey se resalta el poder, el señorío del seglar sobre la creación, puesto que desde su condición secular, permaneciendo esencialmente en el mundo, es por lo que puede ser instrumento del Señor para someter la creación entera a su Señorío.

El sacerdote y el religioso, por supuesto, están en el mundo…, pero es un estar en el mundo como lugar sociológico, más que teológico. El estar en el mundo, su vocación y misión, desde su condición sacerdotal y profética, es para anunciar y dirigir las realidades terrenas hacia un horizonte: el más allá; señalar los bienes que no son de este mundo… Mientras que la presencia del seglar en el mundo es plenamente teológica: es el lugar en el que lo coloca su vocación y misión —la secularidad— para, desde esa realeza y señorío, recapitular todas las cosas en Cristo y presentarlas al Padre, que es donde aparece su dimensión sacerdotal: consagrar el mundo a Dios.

Los que recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado ministerio, por razón de su vocación particular; en tanto que los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas.

A los seglares, por su parte, pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

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Pastores dabo vobis*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 17, 2011

PASTORES DABO VOBIS
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL

DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS SACERDOTES
EN LA SITUACIÓN ACTUAL

INTRODUCCIÓN

1. «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15).

Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen: «Pondré al frente de ellas (o sea, de mis ovejas) Pastores que las apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas» (Jer 23, 4).

La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y definitivo de la promesa de Dios: «Yo soy el buen Pastor» (Jn 10, 11). Él, «el gran Pastor de las ovejas» (Heb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (cf. Jn 21, 15ss.; 1 Pe 5, 2).

Concretamente, sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19) y «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo.

Sabemos por la fe que la promesa del Señor no puede fallar. Precisamente esta promesa es la razón y fuerza que infunde alegría a la Iglesia ante el florecimiento y aumento de las vocaciones sacerdotales, que hoy se da en algunas partes del mundo; y representa también el fundamento y estímulo para un acto de fe más grande y de esperanza más viva, ante la grave escasez de sacerdotes que afecta a otras partes del mundo.

Todos estamos llamados a compartir la confianza en el cumplimiento ininterrumpido de la promesa de Dios, que los Padres sinodales han querido testimoniar de un modo claro y decidido: «El Sínodo, con plena confianza en la promesa de Cristo, que ha dicho: ‘He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28, 20), y consciente de la acción constante del Espíritu Santo en la Iglesia, cree firmemente que nunca faltarán del todo los ministros sagrados en la Iglesia… Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, sin embargo la acción del Padre, que suscita las vocaciones, nunca cesará en la Iglesia».(1)

Como he dicho en la clausura del Sínodo, ante la crisis de las vocaciones sacerdotales, «la primera respuesta que la Iglesia da, consiste en un acto de confianza total en el Espíritu Santo. Estamos profundamente convencidos de que esta entrega confiada no será defraudada, si, por nuestra parte, nos mantenemos fieles a la gracia recibida».(2)

2. ¡Permanecer fieles a la gracia recibida! En efecto, el don de Dios no anula la libertad del hombre, sino que la promueve, la desarrolla y la exige.

Por esto, la confianza total en la incondicional fidelidad de Dios a su promesa va unida en la Iglesia a la grave responsabilidad de cooperar con la acción de Dios que llama y, a la vez, contribuir a crear y mantener las condiciones en las cuales la buena semilla, sembrada por Dios, pueda echar raíces y dar frutos abundantes. La Iglesia no puede dejar jamás de rogar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cf. Mt 9, 38) ni de dirigir a las nuevas generaciones una nítida y valiente propuesta vocacional, ayudándoles a discernir la verdad de la llamada de Dios para que respondan a ella con generosidad; ni puede dejar de dedicar un cuidado especial a la formación de los candidatos al presbiterado.

En realidad, la formación de los futuros sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, y la atención asidua, llevada a cabo durante toda la vida, con miras a su santificación personal en el ministerio y mediante la actualización constante de su dedicación pastoral lo considera la Iglesia como una de las tareas de máxima importancia para el futuro de la evangelización de la humanidad.

Esta tarea formativa de la Iglesia continúa en el tiempo la acción de Cristo, que el evangelista Marcos indica con estas palabras: «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).

Se puede afirmar que la Iglesia —aunque con intensidad y modalidades diversas— ha vivido continuamente en su historia esta página del Evangelio, mediante la labor formativa dedicada a los candidatos al presbiterado y a los sacerdotes mismos. Pero hoy la Iglesia se siente llamada a revivir con un nuevo esfuerzo lo que el Maestro hizo con sus apóstoles, ya que se siente apremiada por las profundas y rápidas transformaciones de la sociedad y de las culturas de nuestro tiempo así como por la multiplicidad y diversidad de contextos en los que anuncia y da testimonio del Evangelio; también por el favorable aumento de las vocaciones sacerdotales en diversas diócesis del mundo; por la urgencia de una nueva verificación de los contenidos y métodos de la formación sacerdotal; por la preocupación de los Obispos y de sus comunidades a causa de la persistente escasez de clero; y por la absoluta necesidad de que la nueva evangelización tenga en los sacerdotes sus primeros «nuevos evangelizadores».

Precisamente en este contexto histórico y cultural se ha situado la última Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, dedicada a «la formación de los sacerdotes en la situación actual», con la intención, después de veinticinco años de la clausura del Concilio, de poner en práctica la doctrina conciliar sobre este tema y hacerla más actual e incisiva en las circunstancias actuales».(3)

3. En línea con el Concilio Vaticano II acerca del Orden de los presbíteros y su formación,(4) y deseando aplicar concretamente a las diversas situaciones esa rica y probada doctrina, la Iglesia ha afrontado en muchas ocasiones los problemas de la vida, ministerio y formación de los sacerdotes.

Las ocasiones más solemnes han sido los Sínodos de los Obispos. Ya en la primera Asamblea general, celebrada en octubre de 1967, el Sínodo dedicó cinco congregaciones generales al tema de la renovación de los seminarios. Este trabajo dio un impulso decisivo a la elaboración del documento de la Congregación para la Educación Católica titulado «Normas fundamentales para la formación sacerdotal».(5)

La segunda Asamblea general ordinaria de 1971 dedicó la mitad de sus trabajos al sacerdocio ministerial. Los frutos de este largo estudio sinodal, recogidos y condensados en algunas «recomendaciones», sometidas a mi predecesor el Papa Pablo VI y leídas en la apertura del Sínodo de 1974, se referían principalmente a la doctrina sobre el sacerdocio ministerial y a algunos aspectos de la espiritualidad y del ministerio sacerdotal.

También en otras muchas ocasiones el Magisterio de la Iglesia ha seguido manifestando su solicitud por la vida y el ministerio de los sacerdotes. Se puede decir que en los años posconciliares no ha habido ninguna intervención magisterial que, en alguna medida, no se haya referido, de modo explícito o implícito, al significado de la presencia de los sacerdotes en la comunidad, a su misión y su necesidad en la Iglesia y para la vida del mundo.

En estos últimos años y desde varias partes se ha insistido en la necesidad de volver sobre el tema del sacerdocio, afrontándolo desde un punto de vista relativamente nuevo y más adecuado a las presentes circunstancias eclesiales y culturales. La atención ha sido puesta no tanto en el problema de la identidad del sacerdote cuanto en problemas relacionados con el itinerario formativo para el sacerdocio y con el estilo de vida de los sacerdotes. En realidad, las nuevas generaciones de los que son llamados al sacerdocio ministerial presentan características bastante distintas respecto a las de sus inmediatos predecesores y viven en un mundo que en muchos aspectos es nuevo y que está en continua y rápida evolución. Todo esto debe ser tenido en cuenta en la programación y realización de los planes de formación para el sacerdocio ministerial.

Además, los sacerdotes que están ya en el ejercicio de su ministerio, parece que hoy sufren una excesiva dispersión en las crecientes actividades pastorales y, frente a la problemática de la sociedad y de la cultura contemporánea, se sienten impulsados a replantearse su estilo de vida y las prioridades de los trabajos pastorales, a la vez que notan, cada vez más, la necesidad de una formación permanente.

Por ello, la atención y las reflexiones del Sínodo de los Obispos de 1990 se ha centrado en el aumento de las vocaciones para el presbiterado; en la formación básica para que los candidatos conozcan y sigan a Jesús, preparándose a celebrar y vivir el sacramento del Orden que los configura con Cristo, Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia; en el estudio específico de los programas de formación permanente, capaces de sostener, de una manera real y eficaz, el ministerio y vida espiritual de los sacerdotes.

El mismo Sínodo quería responder también a una petición hecha por el Sínodo anterior, que trató sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Los mismos laicos habían pedido la dedicación de los sacerdotes a su formación, para ser ayudados oportunamente en el cumplimiento de su común misión eclesial. Y en realidad, «cuanto más se desarrolla el apostolado de los laicos, tanto más fuertemente se percibe la necesidad de contar con sacerdotes bien formados, sacerdotes santos. De esta manera, la vida misma del pueblo de Dios pone de manifiesto la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre la relación entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial o jerárquico, pues en el misterio de la Iglesia la jerarquía tiene un carácter ministerial (cf. Lumen gentium, 10). Cuanto más se profundiza el sentido de la vocación propia de los laicos, más se evidencia lo que es propio del sacerdocio».(6)

4. En la experiencia eclesial típica del Sínodo, aquella «singular experiencia de comunión episcopal en la universalidad, que refuerza el sentido de la Iglesia universal, la responsabilidad de los Obispos en relación con la Iglesia universal y su misión, en comunión afectiva y efectiva en torno a Pedro»,(7) se ha dejado oír claramente la voz de las diversas Iglesias particulares, y en este Sínodo, por vez primera, la de algunas Iglesias del Este. Las Iglesias han proclamado su fe en el cumplimiento de la promesa de Dios: «Os daré Pastores según mi corazón» (Jer 3, 15), y han renovado su compromiso pastoral por la atención a las vocaciones y por la formación de los sacerdotes, con el convencimiento de que de ello depende el futuro de la Iglesia, su desarrollo y su misión universal de salvación.

Considerando ahora el rico patrimonio de las reflexiones, orientaciones e indicaciones que han preparado y acompañado los trabajos de los Padres sinodales, uno a la de ellos mi voz de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, con esta Exhortación Apostólica postsinodal; y la dirijo al corazón de todos los fieles y de cada uno de ellos, en particular al corazón de los sacerdotes y de cuantos están dedicados al delicado ministerio de su formación. Con esta Exhortación Apostólica deseo salir al encuentro y unirme a todos y cada uno de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos.

Con la voz y el corazón de los Padres sinodales hago mías las palabras y los sentimientos del «Mensaje final del Sínodo al Pueblo de Dios»: «Con ánimo agradecido y lleno de admiración nos dirigimos a vosotros, que sois nuestros primeros cooperadores en el servicio apostólico. Vuestra tarea en la Iglesia es verdaderamente necesaria e insustituible. Vosotros lleváis el peso del ministerio sacerdotal y mantenéis el contacto diario con los fieles. Vosotros sois los ministros de la Eucaristía, los dispensadores de la misericordia divina en el Sacramento de la Penitencia, los consoladores de las almas, los guías de todos los fieles en las tempestuosas dificultades de la vida».

«Os saludamos con todo el corazón, os expresamos nuestra gratitud y os exhortamos a perseverar en este camino con ánimo alegre y decidido. No cedáis al desaliento. Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios».

«El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros todos los días de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato de Cristo».(8)

CAPÍTULO I

TOMADO DE ENTRE LOS HOMBRES
La formación sacerdotal ante los desafíos del final del segundo milenio

El sacerdote en su tiempo

5. «Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb 5, 1).

La Carta a los Hebreos subraya claramente la «humanidad» del ministro de Dios: pues procede de los hombres y está al servicio de los hombres, imitando a Jesucristo, «probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15).

Dios llama siempre a sus sacerdotes desde determinados contextos humanos y eclesiales, que inevitablemente los caracterizan y a los cuales son enviados para el servicio del Evangelio de Cristo.

Por eso el Sínodo ha estudiado el tema de los sacerdotes en su contexto actual, situándolo en el hoy de la sociedad y de la Iglesia y abriéndolo a las perspectivas del tercer milenio, como se deduce claramente de la misma formulación del tema: «La formación de los sacerdotes en la situación actual».

Ciertamente «hay una fisonomía esencial del sacerdote que no cambia: en efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá asemejarse a Cristo. Cuando vivía en la tierra, Jesús reflejó en sí mismo el rostro definitivo del presbítero, realizando un sacerdocio ministerial del que los apóstoles fueron los primeros investidos y que está destinado a durar, a continuarse incesantemente en todos los períodos de la historia. El presbítero del tercer milenio será, en este sentido, el continuador de los presbíteros que, en los milenios precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en el dos mil la vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único y permanente sacerdocio de Cristo».(9) Pero ciertamente la vida y el ministerio del sacerdote deben también «adaptarse a cada época y a cada ambiente de vida… Por ello, por nuestra parte debemos procurar abrirnos, en la medida de lo posible, a la iluminación superior del Espíritu Santo, para descubrir las orientaciones de la sociedad moderna, reconocer las necesidades espirituales más profundas, determinar las tareas concretas más importantes, los métodos pastorales que habrá que adoptar, y así responder de manera adecuada a las esperanzas humanas».(10)

Por ser necesario conjugar la verdad permanente del ministerio presbiteral con las instancias y características del hoy, los Padres sinodales han tratado de responder a algunas preguntas urgentes: ¿qué problemas y, al mismo tiempo, qué estímulos positivos suscita el actual contexto sociocultural y eclesial en los muchachos, en los adolescentes y en los jóvenes, que han de madurar un proyecto de vida sacerdotal para toda su existencia?, ¿qué dificultades y qué nuevas posibilidades ofrece nuestro tiempo para el ejercicio de un ministerio sacerdotal coherente con el don del Sacramento recibido y con la exigencia de una vida espiritual correspondiente?

Presento ahora algunos elementos del análisis de la situación que los Padres sinodales han desarrollado, conscientes de que la gran variedad de circunstancias socioculturales y eclesiales presentes en los diversos países aconseja señalar sólo los fenómenos más profundos y extendidos, particularmente aquellos que se refieren a los problemas educativos y a la formación sacerdotal.

El Evangelio hoy: esperanzas y obstáculos

6. Múltiples factores parecen favorecer en los hombres de hoy una conciencia más madura de la dignidad de la persona y una nueva apertura a los valores religiosos, al Evangelio y al ministerio sacerdotal.

En la sociedad encontramos, a pesar de tantas contradicciones, una sed de justicia y de paz muy difundida e intensa; una conciencia más viva del cuidado del hombre por la creación y por el respeto a la naturaleza; una búsqueda más abierta de la verdad y de la tutela de la dignidad humana; el compromiso creciente, en muchas zonas de la población mundial, por una solidaridad internacional más concreta y por un nuevo orden mundial, en la libertad y en la justicia. Junto al desarrollo cada vez mayor del potencial de energías ofrecido por las ciencias y las técnicas, y la difusión de la información y de la cultura, surge también una nueva pregunta ética; la pregunta sobre el sentido, es decir, sobre una escala objetiva de valores que permita establecer las posibilidades y los límites del progreso.

En el campo más propiamente religioso y cristiano, caen prejuicios ideológicos y cerrazones violentas al anuncio de los valores espirituales y religiosos, mientras surgen nuevas e inesperadas posibilidades para la evangelización y la renovación de la vida eclesial en muchas partes del mundo. Tiene lugar así una creciente difusión del conocimiento de las Sagradas Escrituras; una nueva vitalidad y fuerza expansiva de muchas Iglesias jóvenes, con un papel cada vez más relevante en la defensa y promoción de los valores de la persona y de la vida humana; un espléndido testimonio del martirio por parte de las Iglesias del Centro y Este europeo, como también un testimonio de la fidelidad y firmeza de otras Iglesias que todavía están sometidas a persecuciones y tribulaciones por la fe.(11)

El deseo de Dios y de una relación viva y significativa con Él se presenta hoy tan intenso, que favorecen, allí donde falta el auténtico e íntegro anuncio del Evangelio de Jesús, la difusión de formas de religiosidad sin Dios y de múltiples sectas. Su expansión, incluso en algunos ambientes tradicionalmente cristianos, es ciertamente para todos los hijos de la Iglesia, y para los sacerdotes en particular, un motivo constante de examen de conciencia sobre la credibilidad de su testimonio del Evangelio, pero es también signo de cuán profunda y difundida está la búsqueda de Dios.

7. Pero con estos y otros factores positivos están relacionados muchos elementos problemáticos o negativos.

Todavía está muy difundido el racionalismo que, en nombre de una concepción reductiva de «ciencia», hace insensible la razón humana al encuentro con la Revelación y con la trascendencia divina.

Hay que constatar también una defensa exacerbada de la subjetividad de la persona, que tiende a encerrarla en el individualismo incapaz de relaciones humanas auténticas. De este modo, muchos, principalmente muchachos y jóvenes, buscan compensar esta soledad con sucedáneos de varias clases, con formas más o menos agudas de hedonismo, de huida de las responsabilidades; prisioneros del instante fugaz, intentan «consumir» experiencias individuales lo más intensas posibles y gratificantes en el plano de las emociones y de las sensaciones inmediatas, pero se muestran indiferentes y como paralizados ante la oferta de un proyecto de vida que incluya una dimensión espiritual y religiosa y un compromiso de solidaridad.

Además, se extiende por todo el mundo —incluso después de la caída de las ideologías que habían hecho del materialismo un dogma y del rechazo de la religión un programa— una especie de ateísmo práctico y existencial, que coincide con una visión secularizada de la vida y del destino del hombre. Este hombre «enteramente lleno de sí, este hombre que no sólo se pone como centro de todo su interés, sino que se atreve a llamarse principio y razón de toda realidad»,(12) se encuentra cada vez más empobrecido de aquel «suplemento de alma» que le es tanto más necesario cuanto más una gran disponibilidad de bienes materiales y de recursos lo hace creer falsamente autosuficiente. Ya no hay necesidad de combatir a Dios; se piensa que basta simplemente con prescindir de Él.

En este contexto hay que destacar en particular la disgregación de la realidad familiar y el oscurecimiento o tergiversación del verdadero significado de la sexualidad humana. Son fenómenos que influyen, de modo muy negativo, en la educación de los jóvenes y en su disponibilidad para toda vocación religiosa. Igualmente debe tenerse en cuenta el agravarse de las injusticias sociales y la concentración de la riqueza en manos de pocos, como fruto de un capitalismo inhumano,(13) que hace cada vez mayor la distancia entre pueblos ricos y pueblos pobres; de esta manera se crean en la convivencia humana tensiones e inquietudes que perturban profundamente la vida de las personas y de las comunidades.

Incluso en el campo eclesial se dan fenómenos preocupantes y negativos, que influyen directamente en la vida y el ministerio de los sacerdotes, como la ignorancia religiosa que persiste en muchos creyentes; la escasa incidencia de la catequesis, sofocada por los mensajes más difundidos y persuasivos de los medios de comunicación de masas; el mal entendido pluralismo teológico, cultural y pastoral que, aun partiendo a veces de buenas intenciones, termina por hacer difícil el diálogo ecuménico y atentar contra la necesaria unidad de la fe; la persistencia de un sentido de desconfianza y casi de intolerancia hacia el magisterio jerárquico; las presentaciones unilaterales y reductivas de la riqueza del mensaje evangélico, que transforman el anuncio y el testimonio de la fe en un factor exclusivo de liberación humana y social o en un refugio alienante en la superstición y en la religiosidad sin Dios.(14)

Un fenómeno de gran relieve, aunque relativamente reciente en muchos países de antigua tradición cristiana, es la presencia en un mismo territorio de consistentes núcleos de razas y religiones diversas. Se desarrolla así cada vez más la sociedad multirracial y multirreligiosa. Si, por un lado, esto puede ser ocasión de un ejercicio más frecuente y fructuoso del diálogo, de una apertura de mentalidad, de una experiencia de acogida y de justa tolerancia, por otro lado, puede ser causa de confusión y relativismo, sobre todo en personas y poblaciones de una fe menos madura.

A estos factores, y en relación íntima con el crecimiento del individualismo, hay que añadir el fenómeno de la concepción subjetiva de la fe. Por parte de un número creciente de cristianos se da una menor sensibilidad al conjunto global y objetivo de la doctrina de la fe en favor de una adhesión subjetiva a lo que agrada, que corresponde a la propia experiencia y que no afecta a las propias costumbres. Incluso apelar a la inviolabilidad de la conciencia individual, cosa legítima en sí misma, no deja de ser, en este contexto, peligrosamente ambiguo.

De aquí se sigue también el fenómeno de los modos cada vez más parciales y condicionados de pertenecer a la Iglesia, que ejercen un influjo negativo sobre el nacimiento de nuevas vocaciones al sacerdocio, sobre la autoconciencia misma del sacerdote y su ministerio en la comunidad.

Finalmente, la escasa presencia y disponibilidad de sacerdotes crea todavía hoy en muchos ambientes eclesiales graves problemas. Los fieles quedan con frecuencia abandonados durante largos períodos y sin la adecuada asistencia pastoral; esto perjudica el crecimiento de su vida cristiana en su conjunto y, más aún, su capacidad de ser ulteriormente promotores de evangelización.

Los jóvenes ante la vocación y la formación sacerdotal

8. Las numerosas contradicciones y posibilidades que presentan nuestras sociedades y culturas y, al mismo tiempo, las comunidades eclesiales, son percibidas, vividas y experimentadas con una intensidad muy particular por el mundo de los jóvenes, con repercusiones inmediatas y más que nunca incisivas en su proceso educativo. En este sentido el nacimiento y desarrollo de la vocación sacerdotal en los niños, adolescentes y jóvenes encuentran continuamente obstáculos y estímulos.

Los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la llamada «sociedad de consumo», que los hace dependientes y prisioneros de una interpretación individualista, materialista y hedonista de la existencia humana. El «bienestar» materialísticamente entendido tiende a imponerse como único ideal de vida, un bienestar que hay que lograr a cualquier condición y precio. De aquí el rechazo de todo aquello que sepa a sacrificio y renuncia al esfuerzo de buscar y vivir los valores espirituales y religiosos. La «preocupación» exclusiva por el tener suplanta la primacía del ser, con la consecuencia de interpretar y de vivir los valores personales e interpersonales no según la lógica del don y de la gratuidad, sino según la de la posesión egoísta y de la instrumentalización del otro.

Esto se refleja, en particular, sobre la visión de la sexualidad humana, a la que se priva de su dignidad de servicio a la comunión y a la entrega entre las personas, para quedar reducida simplemente a un bien de consumo. Así, la experiencia afectiva de muchos jóvenes no conduce a un crecimiento armonioso y gozoso de la propia personalidad, que se abre al otro en el don de sí mismo, sino a una grave involución psicológica y ética, que no dejará de tener influencias graves para su porvenir.

En la raíz de estas tendencias se halla, en no pocos jóvenes, una experiencia desviada de la libertad: lejos de ser obediencia a la verdad objetiva y universal, la libertad se vive como un asentimiento ciego a las fuerzas instintivas y a la voluntad de poder del individuo. Se hacen así, en cierto modo, naturales en el plano de la mentalidad y del comportamiento el resquebrajamiento de la aceptación de los principios éticos, y en el plano religioso —aunque no haya siempre un rechazo de Dios explícito— una amplia indiferencia y desde luego una vida que, incluso en sus momentos más significativos y en las opciones más decisivas, es vivida como si Dios no existiese. En este contexto se hace difícil no sólo la realización, sino la misma comprensión del sentido de una vocación al sacerdocio, que es un testimonio específico de la primacía del ser sobre el tener; es un reconocimiento del significado de la vida como don libre y responsable de sí mismo a los demás, como disponibilidad para ponerse enteramente al servicio del Evangelio y del Reino de Dios bajo la particular forma del sacerdocio.

Incluso en el ámbito de la comunidad eclesial, el mundo de los jóvenes constituye, no pocas veces, un «problema». En realidad, si en los jóvenes, todavía más que en los adultos, se dan una fuerte tendencia a la concepción subjetiva de la fe cristiana y una pertenencia sólo parcial y condicionada a la vida y a la misión de la Iglesia, cuesta emprender en la comunidad eclesial, por una serie de razones, una pastoral juvenil actualizada y entusiasta. Los jóvenes corren el riesgo de ser abandonados a sí mismos, al arbitrio de su fragilidad psicológica, insatisfechos y críticos frente a un mundo de adultos que, no viviendo de forma coherente y madura la fe, no se presentan ante ellos como modelos creíbles.

Se hace entonces evidente la dificultad de proponer a los jóvenes una experiencia integral y comprometida de vida cristiana y eclesial, y de educarlos para la misma. De esta manera, la perspectiva de la vocación al sacerdocio queda lejana a los intereses concretos y vivos de los jóvenes.

9. Sin embargo, no faltan situaciones y estímulos positivos, que suscitan y alimentan en el corazón de los adolescentes y jóvenes una nueva disponibilidad, así como una verdadera y propia búsqueda de valores éticos y espirituales, que por su naturaleza ofrecen terreno propicio para un camino vocacional a la entrega total de sí mismos a Cristo y a la Iglesia en el sacerdocio.

Hay que decir, antes que nada, que se han atenuado algunos fenómenos que en un pasado reciente habían provocado no pocos problemas, como la contestación radical, los movimientos libertarios, las reivindicaciones utópicas, las formas indiscriminadas de socialización, la violencia.

Hay que reconocer además que también los jóvenes de hoy, con la fuerza y la ilusión típicas de la edad, son portadores de los ideales que se abren camino en la historia: la sed de libertad; el reconocimiento del valor inconmensurable de la persona; la necesidad de autenticidad y de transparencia; un nuevo concepto y estilo de reciprocidad en las relaciones entre hombre y mujer; la búsqueda convencida y apasionada de un mundo más justo, más solidario, más unido; la apertura y el diálogo con todos; el compromiso por la paz.

El desarrollo, tan rico y vivaz en tantos jóvenes de nuestro tiempo, de numerosas y variadas formas de voluntariado dirigidas a las situaciones más olvidadas y pobres de nuestra sociedad, representa hoy un recurso educativo particularmente importante, porque estimula y sostiene a los jóvenes hacia un estilo de vida más desinteresado, abierto y solidario con los necesitados. Este estilo de vida puede facilitar la comprensión, el deseo y la respuesta a una vocación de servicio estable y total a los demás, incluso en el camino de una plena consagración a Dios mediante la vida sacerdotal.

La reciente caída de las ideologías, la forma tan crítica de situarse ante el mundo de los adultos, que no siempre ofrecen un testimonio de vida entregada a los valores morales y trascendentes, la misma experiencia de compañeros que buscan evasiones en la droga y en la violencia, contribuyen a hacer más aguda e ineludible la pregunta fundamental sobre los valores que son verdaderamente capaces de dar plenitud de significado a la vida, al sufrimiento y a la muerte. En muchos jóvenes se hacen más explícitos el interrogante religioso y la necesidad de vida espiritual. De ahí el deseo de experiencias “de desierto” y de oración, el retorno a una lectura más personal y habitual de la Palabra de Dios, y al estudio de la teología.

Al igual que eran ya activos y protagonistas en el ámbito del voluntariado social, los jóvenes lo son también cada vez más en el ámbito de la comunidad eclesial, sobre todo con la participación en las diversas agrupaciones, desde las más tradicionales, aunque renovadas, hasta las más recientes. La experiencia de una Iglesia llamada a la «nueva evangelización» por su fidelidad al Espíritu que la anima y por las exigencias del mundo alejado de Cristo pero necesitado de Él, como también la experiencia de una Iglesia cada vez más solidaria con el hombre y con los pueblos en la defensa y en la promoción de la dignidad personal y de los derechos humanos de todos y cada uno, abren el corazón y la vida de los jóvenes a ideales muy atrayentes y que exigen un compromiso, que puede encontrar su realización concreta en el seguimiento de Cristo y en el sacerdocio.

Es natural que de esta situación humana y eclesial, caracterizada por una fuerte ambivalencia, no se pueda prescindir de hecho ni en la pastoral de las vocaciones y en la labor de formación de los futuros sacerdotes ni tampoco en el ámbito de la vida y del ministerio de los sacerdotes, así como en el de su formación permanente. Por ello, si bien se pueden comprender los diversos tipos de «crisis», que padecen algunos sacerdotes de hoy en el ejercicio del ministerio, en su vida espiritual y también en la misma interpretación de la naturaleza y significado del sacerdocio ministerial, también hay que constatar, con alegría y esperanza, las nuevas posibilidades positivas que el momento histórico actual ofrece a los sacerdotes para el cumplimiento de su misión.

El discernimiento evangélico

10. La compleja situación actual, someramente expuesta mediante alusiones y a modo de ejemplo, exige no sólo ser conocida, sino sobre todo interpretada. Únicamente así se podrá responder de forma adecuada a la pregunta fundamental: ¿Cómo formar sacerdotes que estén verdaderamente a la altura de estos tiempos, capaces de evangelizar al mundo de hoy?(15)

Es importante el conocimiento de la situación. No basta una simple descripción de los datos; hace falta una investigación científica con la que se pueda delinear un cuadro exacto de las circunstancias socioculturales y eclesiales concretas.

Pero es aún más importante la interpretación de la situación. Ello lo exige la ambivalencia y a veces el carácter contradictorio que caracterizan las situaciones, las cuales presentan a la vez dificultades y posibilidades, elementos negativos y razones de esperanza, obstáculos y aperturas, a semejanza del campo evangélico en el que han sido sembrados y «conviven» el trigo y la cizaña (cf.Mt 13, 24ss.).

No siempre es fácil una lectura interpretativa, que sepa distinguir entre el bien y el mal, entre signos de esperanza y peligros. En la formación de los sacerdotes no se trata sólo y simplemente de acoger los factores positivos y constatar abiertamente los negativos. Se trata de someter los mismos factores positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que rechazarlos en bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor, que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad.

Para el creyente, la interpretación de la situación histórica encuentra el principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de actuación consiguientes en una realidad nueva y original, a saber, en el discernimiento evangélico; es la interpretación que nace a la luz y bajo la fuerza del Evangelio, del Evangelio vivo y personal que es Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo. De ese modo, el discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus vicisitudes y circunstancias no un simple «dato», que hay que registrar con precisión y frente al cual se puede permanecer indiferentes o pasivos, sino un «deber», un reto a la libertad responsable, tanto de la persona individual como de la comunidad. Es un «reto» vinculado a una «llamada» que Dios hace oír en una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente; pero antes aún llama a la Iglesia, para que mediante «el Evangelio de la vocación y del sacerdocio» exprese su verdad perenne en las diversas circunstancias de la vida. También deben aplicarse a la formación de los sacerdotes las palabras del Concilio Vaticano II: «Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda ella responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza».(16)

Este discernimiento evangélico se funda en la confianza en el amor de Jesucristo, que siempre e incansablemente cuida de su Iglesia (cf. Ef 5, 29); Él es el Señor y el Maestro, piedra angular, centro y fin de toda la historia humana.(17) Este discernimiento se alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo, que suscita por todas partes y en toda circunstancia la obediencia de la fe, el valor gozoso del seguimiento de Jesús, el don de la sabiduría que lo juzga todo y no es juzgada por nadie (cf. 1 Cor 2, 15); y se apoya en la fidelidad del Padre a sus promesas.

De este modo, la Iglesia sabe que puede afrontar las dificultades y los retos de este nuevo período de la historia sabiendo que puede asegurar, incluso para el presente y para el futuro, sacerdotes bien formados, que sean ministros convencidos y fervorosos de la «nueva evangelización», servidores fieles y generosos de Jesucristo y de los hombres.

Mas no ocultemos las dificultades. No son pocas, ni leves. Pero para vencerlas están nuestra esperanza, nuestra fe en el amor indefectible de Cristo, nuestra certeza de que el ministerio sacerdotal es insustituible para la vida de la Iglesia y del mundo.

CAPÍTULO II

ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO
Naturaleza y misión del sacerdocio ministerial

Mirada al sacerdote

11. «En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él» (Lc 4, 20). Lo que dice el evangelista san Lucas de quienes estaban presentes aquel sábado en la sinagoga de Nazaret, escuchando el comentario que Jesús haría del texto del profeta Isaías leído por él mismo, puede aplicarse a todos los cristianos, llamados a reconocer siempre en Jesús de Nazaret el cumplimiento definitivo del anuncio profético: «Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Y la «escritura» era ésta: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). En efecto, Jesús se presenta a sí mismo como lleno del Espíritu, «ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva»; es el Mesías, el Mesías sacerdote, profeta y rey.

Es éste el rostro de Cristo en el que deben fijarse los ojos de la fe y del amor de los cristianos. Precisamente a partir de esta «contemplación» y en relación con ella los Padres sinodales han reflexionado sobre el problema de la formación de los sacerdotes en la situación actual. Este problema sólo puede encontrar respuesta partiendo de una reflexión previa sobre la meta a la que está dirigido el proceso formativo, es decir, el sacerdocio ministerial como participación en la Iglesia del sacerdocio mismo de Jesucristo. El conocimiento de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el presupuesto irrenunciable, y al mismo tiempo la guía más segura y el estímulo más incisivo, para desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de promoción y discernimiento de las vocaciones sacerdotales, y la de formación de los llamados al ministerio ordenado.

El conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el camino que es preciso seguir, y que el Sínodo ha seguido de hecho, para salir de la crisis sobre la identidad sacerdotal. «Esta crisis —decía en el Discurso al final del Sínodo— había nacido en los años inmediatamente siguientes al Concilio. Se fundaba en una comprensión errónea, y tal vez hasta intencionadamente tendenciosa, de la doctrina del magisterio conciliar. Y aquí está indudablemente una de las causas del gran número de pérdidas padecidas entonces por la Iglesia, pérdidas que han afectado gravemente al servicio pastoral y a las vocaciones al sacerdocio, en particular a las vocaciones misioneras. Es como si el Sínodo de 1990, redescubriendo toda la profundidad de la identidad sacerdotal, a través de tantas intervenciones que hemos escuchado en esta aula, hubiese llegado a infundir la esperanza después de esas pérdidas dolorosas. Estas intervenciones han manifestado la conciencia de la ligazón ontológica específica que une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y buen Pastor. Esta identidad está en la raíz de la naturaleza de la formación que debe darse en vista del sacerdocio y, por tanto, a lo largo de toda la vida sacerdotal. Ésta era precisamente la finalidad del Sínodo».(18)

Por esto el Sínodo ha creído necesario volver a recordar, de manera sintética y fundamental, la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial, tal y como la fe de la Iglesia las ha reconocido a través de los siglos de su historia y como el Concilio Vaticano II las ha vuelto a presentar a los hombres de nuestro tiempo.(19)

En la Iglesia misterio, comunión y misión

12. «La identidad sacerdotal —han afirmado los Padres sinodales—, como toda identidad cristiana, tiene su fuente en la Santísima Trinidad»,(20) que se revela y se autocomunica a los hombres en Cristo, constituyendo en Él y por medio del Espíritu la Iglesia como «el germen y el principio de ese reino».(21) La Exhortación Christifideles laici, sintetizando la enseñanza conciliar, presenta la Iglesia como misterio, comunión y misión: ella «es misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la comunión misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión)».(22)

Es en el misterio de la Iglesia, como misterio de comunión trinitaria en tensión misionera, donde se manifiesta toda identidad cristiana y, por tanto, también la identidad específica del sacerdote y de su ministerio. En efecto, el presbítero, en virtud de la consagración que recibe con el sacramento del Orden, es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, con el cual, como Cabeza y Pastor de su pueblo, se configura de un modo especial para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo.(23)

Se puede entender así el aspecto esencialmente relacional de la identidad del presbítero. Mediante el sacerdocio que nace de la profundidad del inefable misterio de Dios, o sea, del amor del Padre, de la gracia de Jesucristo y del don de la unidad del Espíritu Santo, el presbítero está inserto sacramentalmente en la comunión con el Obispo y con los otros presbíteros,(24) para servir al Pueblo de Dios que es la Iglesia y atraer a todos a Cristo, según la oración del Señor: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros… Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 11.21).

Por tanto, no se puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial si no es bajo este multiforme y rico conjunto de relaciones que brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en la comunión de la Iglesia, como signo e instrumento, en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.(25) Por ello, la eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo. La referencia a la Iglesia es pues necesaria, aunque no prioritaria, en la definición de la identidad del presbítero. En efecto, en cuanto misterio la Iglesia está esencialmente relacionada con Jesucristo: es su plenitud, su cuerpo, su esposa. Es el «signo» y el «memorial» vivo de su presencia permanente y de su acción entre nosotros y para nosotros. El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. El sacerdocio de Cristo, expresión de su absoluta «novedad» en la historia de la salvación, constituye la única fuente y el paradigma insustituible del sacerdocio del cristiano y, en particular, del presbítero. La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales.

Relación fundamental con Cristo, Cabeza y Pastor

13. Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro perfecto y definitivo del sacerdocio de la nueva Alianza.(26) Esto lo ha hecho en su vida terrena, pero sobre todo en el acontecimiento central de su pasión, muerte y resurrección.

Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos, Jesús siendo hombre como nosotros y a la vez el Hijo unigénito de Dios, es en su propio ser mediador perfecto entre el Padre y la humanidad (cf. Heb 8-9); Aquel que nos abre el acceso inmediato a Dios, gracias al don del Espíritu: «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gál 4, 6; cf. Rom 8,15).

Jesús lleva a su plena realización el ser mediador al ofrecerse a sí mismo en la cruz, con la cual nos abre, una vez por todas, el acceso al santuario celestial, a la casa del Padre (cf. Heb 9, 24-26). Comparados con Jesús, Moisés y todos los mediadores del Antiguo Testamento entre Dios y su pueblo —los reyes, los sacerdotes y los profetas— son sólo como «figuras» y «sombra de los bienes futuros, no la realidad de las cosas» (cf. Heb 10, 1).

Jesús es el buen Pastor anunciado (cf. Ez 34); Aquel que conoce a sus ovejas una a una, que ofrece su vida por ellas y que quiere congregar a todos en «un solo rebaño y un solo pastor» (cf. Jn 10, 11-16). Es el Pastor que ha venido «no para ser servido, sino para servir» (cf. Mt 20, 24-28), el que, en la escena pascual del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1-20), deja a los suyos el modelo de servicio que deberán ejercer los unos con los otros, a la vez que se ofrece libremente como cordero inocente inmolado para nuestra redención (cf. Jn 1, 36; Ap 5, 6.12).

Con el único y definitivo sacrificio de la cruz, Jesús comunica a todos sus discípulos la dignidad y la misión de sacerdotes de la nueva y eterna Alianza. Se cumple así la promesa que Dios hizo a Israel: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Y todo el pueblo de la nueva Alianza —escribe San Pedro— queda constituido como «un edificio espiritual», «un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2, 5). Los bautizados son las «piedras vivas» que construyen el edificio espiritual uniéndose a Cristo «piedra viva… elegida, preciosa ante Dios» (1 Pe 2, 4.5). El nuevo pueblo sacerdotal, que es la Iglesia, no sólo tiene en Cristo su propia imagen auténtica, sino que también recibe de Él una participación real y ontológica en su eterno y único sacerdocio, al que debe conformarse toda su vida.

14. Al servicio de este sacerdocio universal de la nueva Alianza, Jesús llamó consigo, durante su misión terrena, a algunos discípulos (cf. Lc 10, 1-12) y con una autoridad y un mandato específicos llamó y constituyó a los Doce para que «estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 14-15).

Por esto, ya durante su ministerio público (cf. Mt 16, 18) y de modo pleno después de su muerte y resurrección (cf. Mt 28; Jn 20, 21), Jesús confiere a Pedro y a los Doce poderes muy particulares sobre la futura comunidad y para la evangelización de todos los pueblos. Después de haberles llamado a seguirle, los tiene cerca y vive con ellos, impartiendo con el ejemplo y con la palabra su enseñanza de salvación, y finalmente los envía a todos los hombres. Y para el cumplimiento de esta misión Jesús confiere a los apóstoles, en virtud de una especial efusión pascual del Espíritu Santo, la misma autoridad mesiánica que le viene del Padre y que le ha sido conferida en plenitud con la resurrección: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 18-20).

Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el ministerio confiado a los apóstoles y su propia misión: «quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt 10,40); «quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10, 16). Es más, el cuarto evangelio, a la luz del acontecimiento pascual de la muerte y resurrección, afirma con gran fuerza y claridad: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21; cf. 13, 20; 17, 18). Igual que Jesús tiene una misión que recibe directamente de Dios y que concretiza la autoridad misma de Dios (cf. Mt 7, 29; 21, 23; Mc 1, 27; 11, 28; Lc 20, 2; 24, 19), así los apóstoles tienen una misión que reciben de Jesús. Y de la misma manera que «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30) —de suerte que su doctrina no es suya, sino de aquel que lo ha enviado (cf. Jn 7, 16)— Jesús dice a los apóstoles: «separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5): su misión no es propia, sino que es la misma misión de Jesús. Y esto es posible no por las fuerzas humanas, sino sólo con el «don» de Cristo y de su Espíritu, con el «sacramento»: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Y así los apóstoles, no por algún mérito particular, sino por la participación gratuita en la gracia de Cristo, prolongan en la historia, hasta el final de los tiempos, la misma misión de salvación de Jesús en favor de los hombres.

Signo y presupuesto de la autenticidad y fecundidad de esta misión es la unidad de los apóstoles con Jesús y, en Él, entre sí y con el Padre, como dice la oración sacerdotal del Señor, síntesis de su misión (cf. Jn 17, 20-23).

15. A su vez, los apóstoles instituidos por el Señor llevarán a cabo su misión llamando, de diversas formas pero todas convergentes, a otros hombres, como Obispos, presbíteros y diáconos, para cumplir el mandato de Jesús resucitado, que los ha enviado a todos los hombres de todos los tiempos.

El Nuevo Testamento es unánime al subrayar que es el mismo Espíritu de Cristo el que introduce en el ministerio a estos hombres, escogidos de entre los hermanos. Mediante el gesto de la imposición de manos (Hch 6, 6; 1 Tim 4, 14; 5, 22; 2 Tim 1, 6), que transmite el don del Espíritu, ellos son llamados y capacitados para continuar el mismo ministerio apostólico de reconciliar, apacentar el rebaño de Dios y enseñar (cf. Hch 20, 28; 1 Pe 5, 2).

Por tanto, los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido confiado. Como escribe de manera clara y precisa la primera carta de san Pedro: «A los presbíteros que están entre vosotros les exhorto yo, como copresbítero, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado guiar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita» (1 Pe 5, 1-4).

Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre.(27)

Éste es el modo típico y propio con que los ministros ordenados participan en el único sacerdocio de Cristo. El Espíritu Santo, mediante la unción sacramental del Orden, los configura con un título nuevo y específico a Jesucristo, Cabeza y Pastor, los conforma y anima con su caridad pastoral y los pone en la Iglesia como servidores auto rizados del anuncio del Evangelio a toda criatura y como servidores de la plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados.

La verdad del presbítero, tal como emerge de la Palabra de Dios, o sea, Jesucristo mismo y su plan constitutivo de la Iglesia, es cantada con agradecimiento gozoso por la Liturgia en el Prefacio de la Misa Crismal: «Constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, y preparan a tus hijos al banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne en tu amor, se alimenta de tu palabra y se fortalece con tus sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por Ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y amor».

Al servicio de la Iglesia y del mundo

16. El sacerdote tiene como relación fundamental la que le une con Jesucristo, Cabeza y Pastor. Así participa, de manera específica y auténtica, de la «unción» y de la «misión» de Cristo (cf. Lc 4, 18-19). Pero íntimamente unida a esta relación está la que tiene con la Iglesia. No se trata de «relaciones» simplemente cercanas entre sí, sino unidas interiormente en una especie de mutua inmanencia. La relación con la Iglesia se inscribe en la única y misma relación del sacerdote con Cristo, en el sentido de que la «representación sacramental» de Cristo es la que instaura y anima la relación del sacerdote con la Iglesia.

En este sentido los Padres sinodales han dicho: «El sacerdote, en cuanto que representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, se sitúa no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la Iglesia. El sacerdocio, junto con la Palabra de Dios y los signos sacramentales, a cuyo servicio está, pertenece a los elementos constitutivos de la Iglesia. El ministerio del presbítero está totalmente al servicio de la Iglesia; está para la promoción del ejercicio del sacerdocio común de todo el Pueblo de Dios; está ordenado no sólo para la Iglesia particular, sino también para la Iglesia universal (cf. Presbyterorum Ordinis, 10), en comunión con el Obispo, con Pedro y bajo Pedro. Mediante el sacerdocio del Obispo, el sacerdocio de segundo orden se incorpora a la estructura apostólica de la Iglesia. Así el presbítero, como los apóstoles, hace de embajador de Cristo (cf. 2 Cor 5, 20). En esto se funda el carácter misionero de todo sacerdote.(28)

Por tanto, el ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en los Obispos, y en relación y comunión con ellos también en los presbíteros, una referencia particular al ministerio originario de los apóstoles, al cual sucede realmente, aunque el mismo tenga unas modalidades diversas.

De ahí que no se deba pensar en el sacerdocio ordenado como si fuese anterior a la Iglesia, porque está totalmente al servicio de la misma; pero tampoco como si fuera posterior a la comunidad eclesial, como si ésta pudiera concebirse como constituida ya sin este sacerdocio.

La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en Él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio. En particular, «el sacerdote ministro es servidor de Cristo, presente en la Iglesia misterio, comunión y misión. Por el hecho de participar en la “unción” y en la “misión” de Cristo, puede prolongar en la Iglesia su oración, su palabra, su sacrificio, su acción salvífica. Y así es servidor de la Iglesia misterio porque realiza los signos eclesiales y sacramentales de la presencia de Cristo resucitado. Es servidor de la Iglesia comunión porque —unido al Obispo y en estrecha relación con el presbiterio— construye la unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y servicios. Por último, es servidor de la Iglesia misión porque hace a la comunidad anunciadora y testigo del Evangelio».(29)

De este modo, por su misma naturaleza y misión sacramental, el sacerdote aparece, en la estructura de la Iglesia, como signo de la prioridad absoluta y gratuidad de la gracia que Cristo resucitado ha dado a su Iglesia. Por medio del sacerdocio ministerial la Iglesia toma conciencia en la fe de que no proviene de sí misma, sino de la gracia de Cristo en el Espíritu Santo. Los apóstoles y sus sucesores, revestidos de una autoridad que reciben de Cristo, Cabeza y Pastor, han sido puestos —con su ministerio— al frente de la Iglesia, como prolongación visible y signo sacramental de Cristo, que también está al frente de la Iglesia y del mundo, como origen permanente y siempre nuevo de la salvación, Él, que es «el salvador del Cuerpo» (Ef 5, 23).

17. El ministerio ordenado, por su propia naturaleza, puede ser desempeñado sólo en la medida en que el presbítero esté unido con Cristo mediante la inserción sacramental en el orden presbiteral, y por tanto en la medida que esté en comunión jerárquica con el propio Obispo. El ministerio ordenado tiene una radical «forma comunitaria» y puede ser ejercido sólo como «una tarea colectiva».(30) Sobre este carácter de comunión del sacerdocio ha hablado largamente el Concilio,(31) examinando claramente la relación del presbítero con el propio Obispo, con los demás presbíteros y con los fieles laicos.

El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión y colaboración responsable y necesaria con el ministerio del Obispo, en su solicitud por la Iglesia universal y por cada una de las Iglesias particulares, al servicio de las cuales constituyen con el Obispo un único presbiterio.

Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los demás miembros de este presbiterio, gracias al sacramento del Orden, con vínculos particulares de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad. En efecto, todos los presbíteros, sean diocesanos o religiosos, participan en el único sacerdocio de Cristo, Cabeza y Pastor, «trabajan por la misma causa, esto es, para la edificación del cuerpo de Cristo, que exige funciones diversas y nuevas adaptaciones, principalmente en estos tiempos»,(32) y se enriquece a través de los siglos con carismas siempre nuevos.

Finalmente, los presbíteros se encuentran en relación positiva y animadora con los laicos, ya que su figura y su misión en la Iglesia no sustituye sino que más bien promueve el sacerdocio bautismal de todo el Pueblo de Dios, conduciéndolo a su plena realización eclesial. Están al servicio de su fe, de su esperanza y de su caridad. Reconocen y defienden, como hermanos y amigos, su dignidad de hijos de Dios y les ayudan a ejercitar en plenitud su misión específica en el ámbito de la misión de la Iglesia.(33)

El sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden, y el sacerdocio común o «real» de los fieles, aunque diferentes esencialmente entre sí y no sólo en grado,(34) están recíprocamente coordinados, derivando ambos —de manera diversa— del único sacerdocio de Cristo. En efecto, el sacerdocio ministerial no significa de por sí un mayor grado de santidad respecto al sacerdocio común de los fieles; pero, por medio de él, los presbíteros reciben de Cristo en el Espíritu un don particular, para que puedan ayudar al Pueblo de Dios a ejercitar con fidelidad y plenitud el sacerdocio común que les ha sido conferido.(35)

18. Como subraya el Concilio, «el don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación hasta los confines del mundo, pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles».(36) Por la naturaleza misma de su ministerio, deben por tanto estar llenos y animados de un profundo espíritu misionero y «de un espíritu genuinamente católico que les habitúe a trascender los límites de la propia diócesis, nación o rito y proyectarse en una generosa ayuda a las necesidades de toda la Iglesia y con ánimo dispuesto a predicar el Evangelio en todas partes».(37)

Además, precisamente porque dentro de la Iglesia es el hombre de la comunión, el presbítero debe ser, en su relación con todos los hombres, el hombre de la misión y del diálogo. Enraizado profundamente en la verdad y en la caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de anunciar a todos su salvación, está llamado a establecer con todos los hombres relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la verdad, de promoción de la justicia y la paz. En primer lugar con los hermanos de las otras Iglesias y confesiones cristianas; pero también con los fieles de las otras religiones; con los hombres de buena voluntad, de manera especial con los pobres y los más débiles, y con todos aquellos que buscan, aun sin saberlo ni decirlo, la verdad y la salvación de Cristo, según las palabras de Jesús, que dijo: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).

Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo de vida pastoral, marcado por la profunda comunión con el Papa, con los Obispos y entre sí, y por una colaboración fecunda con los fieles laicos, en el respeto y la promoción de los diversos cometidos, carismas y ministerios dentro de la comunidad eclesial.(38)

«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Escuchemos una vez más estas palabras de Jesús, a la luz del sacerdocio ministerial que hemos presentado en su naturaleza y en su misión. El «hoy» del que habla Jesús indica el tiempo de la Iglesia, precisamente porque pertenece a la «plenitud del tiempo», o sea, el tiempo de la salvación plena y definitiva. La consagración y la misión de Cristo: «El Espíritu del Señor… me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4, 18), son la raíz viva de la que brotan la consagración y la misión de la Iglesia «plenitud» de Cristo (cf. Ef 1, 23). Con la regeneración bautismal desciende sobre todos los creyentes el Espíritu del Señor, que los consagra para formar un templo espiritual y un sacerdocio santo y los envía a dar a conocer los prodigios de Aquel que, desde las tinieblas, los ha llamado a su luz admirable (cf. 1 Pe 2, 4-10). El presbítero participa de la consagración y misión de Cristo de un modo específico y auténtico, o sea, mediante el sacramento del Orden, en virtud del cual está configurado en su ser con Cristo, Cabeza y Pastor, y comparte la misión de «anunciar a los pobres la Buena Noticia», en el nombre y en la persona del mismo Cristo.

En su Mensaje final los Padres sinodales han resumido, en pocas pero muy ricas palabras, la «verdad», más aún el «misterio» y el «don» del sacerdocio ministerial, diciendo: «Nuestra identidad tiene su fuente última en la caridad del Padre. Con el sacerdocio ministerial, por la acción del Espíritu Santo, estamos unidos sacramentalmente al Hijo, enviado por el Padre como Sumo Sacerdote y buen Pastor. La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo Cristo. Ésta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría, la certeza de nuestra vida».(39)

CAPÍTULO III

EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ
La vida espiritual del sacerdote

Una vocación específica a la santidad

19. «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu no está simplemente sobre el Mesías, sino que lo llena, lo penetra, lo invade en su ser y en su obrar. En efecto, el Espíritu es el principio de la consagración y de la misión del Mesías: porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva … (Lc 4, 18). En virtud del Espíritu, Jesús pertenece total y exclusivamente a Dios, participa de la infinita santidad de Dios que lo llama, elige y envía. Así el Espíritu del Señor se manifiesta como fuente de santidad y llamada a la santificación.

Este mismo «Espíritu del Señor» está «sobre» todo el Pueblo de Dios, constituido como pueblo «consagrado» a Él y «enviado» por Él para anunciar el Evangelio que salva. Los miembros del Pueblo de Dios son «embebidos» y «marcados» por el Espíritu (cf. 1 Cor 12, 13; 2 Cor 1, 21ss; Ef 1, 13; 4, 30), y llamados a la santidad.

En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la vocación fundamental que el Padre dirige a todos desde la eternidad: la vocación a ser «santos e inmaculados en su presencia, en el amor», en virtud de la predestinación «para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 4-5) . Revelándonos y comunicándonos esta vocación, el Espíritu se hace en nosotros principio y fuente de su realización: él, el Espíritu del Hijo (cf.Gál 4, 6), nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes de su vida filial, o sea, de su amor al Padre y a los hermanos. «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gál 5, 25). Con estas palabras el apóstol Pablo nos recuerda que la existencia cristiana es «vida espiritual», o sea, vida animada y dirigida por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad.

La afirmación del Concilio, «todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»,(40) encuentra una particular aplicación referida a los presbíteros. Éstos son llamados no sólo en cuanto bautizados, sino también y específicamente en cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo título y con modalidades originales que derivan del sacramento del Orden.

20. El Decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los presbíteros nos ofrece una síntesis rica y alentadora sobre la «vida espiritual» de los sacerdotes y sobre el don y la responsabilidad de hacerse «santos». «Por el sacramento del Orden se configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del Orden episcopal. Cierto que ya en la consagración del bautismo —al igual que todos los fieles de Cristo— recibieron el signo y don de tan gran vocación y gracia, a fin de que, aun con la flaqueza humana, puedan y deban aspirar a la perfección, según la palabra del Señor: “Vosotros, pues, sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48). Ahora bien, los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del Orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno, para proseguir en el tiempo la obra admirable del que, con celeste eficacia, reintegró a todo el género humano. Por tanto, puesto que todo sacerdote personifica de modo específico al mismo Cristo, es también enriquecido de gracia particular para que pueda alcanzar mejor, por el servicio de los fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la perfección de Aquel a quien representa, y cure la flaqueza humana de la carne la santidad de Aquel que fue hecho para nosotros pontífice “santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores” (Heb 7, 26)».(41)

El Concilio afirma, ante todo, la «común» vocación a la santidad. Esta vocación se fundamenta en el Bautismo, que caracteriza al presbítero como un «fiel» (Christifidelis), como un «hermano entre hermanos», inserto y unido al Pueblo de Dios, con el gozo de compartir los dones de la salvación (cf. Ef 4, 4-6) y el esfuerzo común de caminar «según el Espíritu», siguiendo al único Maestro y Señor. Recordemos la célebre frase de San Agustín: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquél es un nombre de oficio recibido, éste es un nombre de gracia; aquél es un nombre de peligro, éste de salvación».(42)

Con la misma claridad el texto conciliar habla de una vocación «específica» a la santidad, y más precisamente de una vocación que se basa en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico del sacerdote, en virtud pues de una nueva consagración a Dios mediante la ordenación. A esta vocación específica alude también San Agustín, que, a la afirmación «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano», añade esta otra: «Siendo, pues, para mí causa del mayor gozo el haber sido rescatado con vosotros, que el haber sido puesto a la cabeza, siguiendo el mandato del Señor, me dedicaré con el mayor empeño a serviros, para no ser ingrato a quien me ha rescatado con aquel precio que me ha hecho ser vuestro consiervo».(43)

El texto del Concilio va más allá, señalando algunos elementos necesarios para definir el contenido de la «especificidad» de la vida espiritual de los presbíteros. Son éstos elementos que se refieren a la «consagración» propia de los presbíteros, que los configura con Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia; los configura con la «misión» o ministerio típico de los mismos presbíteros, la cual los capacita y compromete para ser «instrumentos vivos de Cristo Sacerdote eterno» y para actuar «personificando a Cristo mismo»; los configura en su «vida» entera, llamada a manifestar y testimoniar de manera original el «radicalismo evangélico».(44)

La configuración con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y la caridad pastoral

21. Mediante la consagración sacramental, el sacerdote se configura con Jesucristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y recibe como don una «potestad espiritual», que es participación de la autoridad con la cual Jesucristo, mediante su Espíritu, guía la Iglesia.(45)

Gracias a esta consagración obrada por el Espíritu Santo en la efusión sacramental del Orden, la vida espiritual del sacerdote queda caracterizada, plasmada y definida por aquellas actitudes y comportamientos que son propios de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia y que se compendian en su caridad pastoral.

Jesucristo es Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo. Es «Cabeza» en el sentido nuevo y original de ser «Siervo», según sus mismas palabras: «Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45). El servicio de Jesús llega a su plenitud con la muerte en cruz, o sea, con el don total de sí mismo, en la humildad y el amor: «se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz …» (Flp 2, 78). La autoridad de Jesucristo Cabeza coincide pues con su servicio, con su don, con su entrega total, humilde y amorosa a la Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre: él es el único y verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote y Víctima a la vez.

Este tipo concreto de autoridad, o sea, el servicio a la Iglesia, debe animar y vivificar la existencia espiritual de todo sacerdote, precisamente como exigencia de su configuración con Jesucristo, Cabeza y Siervo de la Iglesia.(46) San Agustín exhortaba de esta forma a un obispo en el día de su ordenación: «El que es cabeza del pueblo debe, antes que nada, darse cuenta de que es servidor de muchos. Y no se desdeñe de serlo, repito, no se desdeñe de ser el servidor de muchos, porque el Señor de los señores no se desdeñó de hacerse nuestro siervo».(47)

La vida espiritual de los ministros del Nuevo Testamento deberá estar caracterizada, pues, por esta actitud esencial de servicio al Pueblo de Dios (cf. Mt 20, 24ss,; Mc 10, 43-44), ajena a toda presunción y a todo deseo de «tiranizar» la grey confiada (cf. 1 Pe 5, 2-3). Un servicio llevado como Dios espera y con buen espíritu. De este modo los ministros, los «ancianos» de la comunidad, o sea, los presbíteros, podrán ser «modelo» de la grey del Señor que, a su vez, está llamada a asumir ante el mundo entero esta actitud sacerdotal de servicio a la plenitud de la vida del hombre y a su liberación integral.

22. La imagen de Jesucristo, Pastor de la Iglesia, su grey, vuelve a proponer, con matices nuevos y más sugestivos, los mismos contenidos de la imagen de Jesucristo, Cabeza y Siervo. Verificándose el anuncio profético del Mesías Salvador, cantado gozosamente por el salmista y por el profeta Ezequiel (cf. Sal 22-23; Ez 34, 11ss), Jesús se presenta a sí mismo como «el buen Pastor» (Jn 10, 11.14), no sólo de Israel, sino de todos los hombres (cf. Jn 10, 16). Y su vida es una manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su «caridad pastoral». Él siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36); él busca las dispersas y las descarriadas (cf. Mt 18, 12-14) y hace fiesta al encontrarlas, las recoge y defiende, las conoce y llama una a una (cf. Jn 10, 3), las conduce a los pastos frescos y a las aguas tranquilas (cf. Sal 22-23), para ellas prepara una mesa, alimentándolas con su propia vida. Esta vida la ofrece el buen Pastor con su muerte y resurrección, como canta la liturgia romana de la Iglesia: «Ha resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya».(48)

Pedro llama a Jesús el «supremo Pastor» (1 Pe 5, 4), porque su obra y misión continúan en la Iglesia a través de los apóstoles (cf. Jn 21, 15-17) y sus sucesores (cf.1 Pe 5, 1ss), y a través de los presbíteros. En virtud de su consagración, los presbíteros están configurados con Jesús, buen Pastor, y llamados a imitar y revivir su misma caridad pastoral.

La entrega de Cristo a la Iglesia, fruto de su amor, se caracteriza por aquella entrega originaria que es propia del esposo hacia su esposa, como tantas veces sugieren los textos sagrados. Jesús es el verdadero esposo, que ofrece el vino de la salvación a la Iglesia (cf. Jn 2, 11). Él, que es «Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo» (Ef 5, 23), «amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27). La Iglesia es, desde luego, el cuerpo en el que está presente y operante Cristo Cabeza, pero es también la Esposa que nace, como nueva Eva, del costado abierto del Redentor en la cruz; por esto Cristo está «al frente» de la Iglesia, «la alimenta y la cuida» (Ef 5, 29) mediante la entrega de su vida por ella. El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia.(49) Ciertamente es siempre parte de la comunidad a la que pertenece como creyente, junto con los otros hermanos y hermanas convocados por el Espíritu, pero en virtud de su configuración con Cristo, Cabeza y Pastor, se encuentra en esta situación esponsal ante la comunidad. «En cuanto representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, el sacerdote está no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la Iglesia».(50) Por tanto, está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia esposa. Su vida debe estar iluminada y orientada también por este rasgo esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de «celo» divino (cf.2 Cor 11, 2), con una ternura que incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los «dolores de parto» hasta que «Cristo no sea formado» en los fieles (cf. Gál 4, 19).

23. El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero.

El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen. «La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente exigente para nosotros…».(51)

El don de nosotros mismos, raíz y síntesis de la caridad pastoral, tiene como destinataria la Iglesia. Así lo ha hecho Cristo «que amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25); así debe hacerlo el sacerdote. Con la caridad pastoral, que caracteriza el ejercicio del ministerio sacerdotal como «amoris officium»,(52) «el sacerdote, que recibe la vocación al ministerio, es capaz de hacer de éste una elección de amor, para el cual la Iglesia y las almas constituyen su principal interés y, con esta espiritualidad concreta, se hace capaz de amar a la Iglesia universal y a aquella porción de Iglesia que le ha sido confiada, con toda la entrega de un esposo hacia su esposa».(53) El don de sí no tiene límites, ya que está marcado por la misma fuerza apostólica y misionera de Cristo, el buen Pastor, que ha dicho: «también tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10, 16).

Dentro de la comunidad eclesial, la caridad pastoral del sacerdote le pide y exige de manera particular y específica una relación personal con el presbiterio, unido en y con el Obispo, come dice expresamente el Concilio: «La caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculo de comunión con los Obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio».(54)

El don de sí mismo a la Iglesia se refiere a ella como cuerpo y esposa de Jesucristo. Por esto la caridad del sacerdote se refiere primariamente a Jesucristo: solamente si ama y sirve a Cristo, Cabeza y Esposo, la caridad se hace fuente, criterio, medida, impulso del amor y del servicio del sacerdote a la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo. Ésta ha sido la conciencia clara y profunda del apóstol Pablo, que escribe a los cristianos de la Iglesia de Corinto: somos «siervos vuestros por Jesús» (2 Cor 4, 5). Ésta es, sobre todo, la enseñanza explícita y programática de Jesús, cuando confía a Pedro el ministerio de apacentar la grey sólo después de su triple confesión de amor e incluso de un amor de predilección: «Le dice por tercera vez: “Simón de Juan, ¿me quieres?”… Pedro… le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas”» (Jn 21, 17).

La caridad pastoral, que tiene su fuente específica en el sacramento del Orden, encuentra su expresión plena y su alimento supremo en la Eucaristía: «Esta caridad pastoral —dice el Concilio— fluye ciertamente, sobre todo, del sacrificio eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí misma lo que se hace en el ara sacrificial».(55) En efecto, en la Eucaristía es donde se representa, es decir, se hace de nuevo presente el sacrificio de la cruz, el don total de Cristo a su Iglesia, el don de su cuerpo entregado y de su sangre derramada, como testimonio supremo de su ser Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia. Precisamente por esto la caridad pastoral del sacerdote no sólo fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta realización en su celebración, así como también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de impregnar de manera «sacrificial» toda su existencia.

Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote. Gracias a la misma puede encontrar respuesta la exigencia esencial y permanente de unidad entre la vida interior y tantas tareas y responsabilidades del ministerio, exigencia tanto más urgente en un contexto sociocultural y eclesial fuertemente marcado por la complejidad, la fragmentación y la dispersión. Solamente la concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opción fundamental y determinante de «dar la vida por la grey» puede garantizar esta unidad vital, indispensable para la armonía y el equilibrio espiritual del sacerdote: «La unidad de vida —nos recuerda el Concilio— pueden construirla los presbíteros si en el cumplimiento de su ministerio siguieren el ejemplo de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que lo envió para que llevara a cabo su obra … Así, desempeñando el oficio de buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfección sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción».(56)

La vida espiritual en el ejercicio del ministerio

24. El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar el Evangelio (cf. Lc 4, 18). La misión no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración, sino que constituye su finalidad intrínseca y vital: la consagración es para la misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino también la misión está bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo santificador.

Así fue en Jesús. Así fue en los apóstoles y en sus sucesores. Así es en toda la Iglesia y en sus presbíteros: todos reciben el Espíritu como don y llamada a la santificación en el cumplimiento de la misión y a través de ella.(57)

Existe por tanto una relación íntima entre la vida espiritual del presbítero y el ejercicio de su ministerio,(58) descrita así por el Concilio: «Al ejercer el ministerio del Espíritu y de la justicia (cf. 2 Cor 3, 8-9), (los presbíteros) si son dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivifica y guía, se afirman en la vida del espíritu. Ya que por las mismas acciones sagradas de cada día, como por todo su ministerio, que ejercen unidos con el Obispo y los presbíteros, ellos mismos se ordenan a la perfección de vida. Por otra parte, la santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio».(59)

«Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». Ésta es la invitación, la exhortación que la Iglesia hace al presbítero en el rito de la ordenación, cuando se le entrega las ofrendas del pueblo santo para el sacrificio eucarístico. El «misterio», cuyo «dispensador» es el presbítero (cf. 1 Cor 4,1), es, en definitiva, Jesucristo mismo, que en el Espíritu Santo es fuente de santidad y llamada a la santificación. El «misterio» requiere ser vivido por el presbítero. Por esto exige gran vigilancia y viva conciencia. Y así, el rito de la ordenación antepone a esas palabras la recomendación: «Considera lo que realizas». Ya exhortaba Pablo al obispo Timoteo: «No descuides el carisma que hay en ti» (1 Tim 4, 14; cf. 2 Tim 1, 6).

La relación entre la vida espiritual y el ejercicio del ministerio sacerdotal puede encontrar su explicación también a partir de la caridad pastoral otorgada por el sacramento del Orden. El ministerio del sacerdote, precisamente porque es una participación del ministerio salvífico de Jesucristo, Cabeza y Pastor, expresa y revive su caridad pastoral, que es a la vez fuente y espíritu de su servicio y del don de sí mismo. En su realidad objetiva el ministerio sacerdotal es «amoris officium», según la ya citada expresión de San Agustín. Precisamente esta realidad objetiva es el fundamento y la llamada para un ethos correspondiente, que es el vivir el amor, como dice el mismo San Agustín: «Sit amoris officium pascere dominicum gregem».(60) Este ethos, y también la vida espiritual, es la acogida de la «verdad» del ministerio sacerdotal como «amoris officium» en la conciencia y en la libertad, y por tanto en la mente y el corazón, en las decisiones y las acciones.

25. Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a través del ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve continuamente y profundice cada vez más la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en virtud de la consagración sacramental y de la configuración con Él, Cabeza y Pastor de la Iglesia.

Esa conciencia no sólo corresponde a la verdadera naturaleza de la misión que el sacerdote desarrolla en favor de la Iglesia y de la humanidad, sino que influye también en la vida espiritual del sacerdote que cumple esa misión. En efecto, el sacerdote es escogido por Cristo no como una «cosa», sino como una «persona» No es un instrumento inerte y pasivo, sino un «instrumento vivo», como dice el Concilio, precisamente al hablar de la obligación de tender a la perfección.(61) Y el mismo Concilio habla de los sacerdotes como «compañeros y colaboradores» del Dios «santo y santificador».(62)

En este sentido, en el ejercicio del ministerio está profundamente comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote. Su relación con Jesucristo, asegurada por la consagración y configuración del sacramento del Orden, instaura y exige en el sacerdote una posterior relación que procede de la intención, es decir, de la voluntad consciente y libre de hacer, mediante los gestos ministeriales, lo que quiere hacer la Iglesia. Semejante relación tiende, por su propia naturaleza, a hacerse lo más profunda posible, implicando la mente, los sentimientos, la vida, o sea, una serie de «disposiciones» morales y espirituales correspondientes a los gestos ministeriales que el sacerdote realiza.

No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente la celebración de los Sacramentos, recibe su eficacia salvífica de la acción misma de Jesucristo, hecha presente en los Sacramentos. Pero por un designio divino, que quiere resaltar la absoluta gratuidad de la salvación, haciendo del hombre un «salvado» a la vez que un «salvador» —siempre y sólo con Jesucristo—, la eficacia del ejercicio del ministerio está condicionada también por la mayor o menor acogida y participación humana.(63) En particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración de los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la caridad. Lo afirma con claridad el Concilio: «La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: “Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2, 20)».(64)

La conciencia de ser ministro de Jesucristo, Cabeza y Pastor, lleva consigo también la conciencia agradecida y gozosa de una gracia singular recibida de Jesucristo: la gracia de haber sido escogido gratuitamente por el Señor como «instrumento vivo» de la obra de salvación. Esta elección demuestra el amor de Jesucristo al sacerdote. Precisamente este amor, más que cualquier otro amor, exige correspondencia. Después de su resurrección Jesús hace a Pedro una pregunta fundamental sobre el amor: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?». Y a la respuesta de Pedro sigue la entrega de la misión: «Apacienta mis corderos» (Jn 21, 15). Jesús pregunta a Pedro si lo ama, antes de entregarle su grey. Pero es, en realidad, el amor libre y precedente de Jesús mismo el que origina su pregunta al apóstol y la entrega de «sus» ovejas. Y así, todo gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo. A su vez, el crecimiento del amor a Jesucristo determina el crecimiento del amor a la Iglesia: «Somos vuestros pastores (pascimus vobis), con vosotros somos apacentados (pascimur vobiscum). El Señor nos dé la fuerza de amaros hasta el punto de poder morir real o afectivamente por vosotros (aut effectu aut affectu)».(65)

26. Gracias a la preciosa enseñanza del Concilio Vaticano II,(66) podemos recordar las condiciones y exigencias, las modalidades y frutos de la íntima relación que existe entre la vida espiritual del sacerdote y el ejercicio de su triple ministerio: la Palabra, el Sacramento y el servicio de la Caridad.

El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo. Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1 Cor 2, 16), de modo que sus palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio. Solamente «permaneciendo» en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre, superando todo condicionamiento contrario o extraño al Evangelio (cf. Jn 8, 31-32). El sacerdote debe ser el primer «creyente» de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son «suyas», sino de Aquel que lo ha enviado. Él no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. Él no es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el Pueblo de Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar, el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado.(67) Él anuncia la Palabra en su calidad de ministro, partícipe de la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia. Por esto, por tener en sí mismo y ofrecer a los fieles la garantía de que transmite el Evangelio en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una sensibilidad, un amor y una disponibilidad particulares hacia la Tradición viva de la Iglesia y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que sirven para su recta interpretación y para custodiar su sentido auténtico.(68)

Es sobre todo en la celebración de los Sacramentos, y en la celebración de la Liturgia de las Horas, donde el sacerdote está llamado a vivir y testimoniar la unidad profunda entre el ejercicio de su ministerio y su vida espiritual: el don de gracia ofrecido a la Iglesia se hace principio de santidad y llamada a la santificación. También para el sacerdote el lugar verdaderamente central, tanto de su ministerio como de su vida espiritual, es la Eucaristía, porque en ella «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que mediante su carne, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres. Así son ellos invitados y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas sus cosas en unión con Él mismo».(69)

De los diversos Sacramentos y, en particular, de la gracia específica y propia de cada uno de ellos, la vida espiritual del presbítero recibe unas connotaciones particulares. En efecto, se estructura y es plasmada por las múltiples características y exigencias de los diversos Sacramentos celebrados y vividos.

Quiero dedicar unas palabras al Sacramento de la Penitencia, cuyos ministros son los sacerdotes, pero deben ser también sus beneficiarios, haciéndose testigos de la misericordia de Dios por los pecadores. Repito cuanto escribí en la Exhortación Reconciliatio et paenitentia: «La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia. La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos, el celo pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una palabra toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la Comunidad de la que es pastor».(70)

Por último, el sacerdote está llamado a revivir la autoridad y el servicio de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, animando y guiando la comunidad eclesial, o sea, reuniendo «la familia de Dios, como una fraternidad animada en la unidad» y conduciéndola «al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo».(71) Este «munus regendi» es una misión muy delicada y compleja, que incluye, además de la atención a cada una de las personas y a las diversas vocaciones, la capacidad de coordinar todos los dones y carismas que el Espíritu suscita en la comunidad, examinándolos y valorándolos para la edificación de la Iglesia, siempre en unión con los Obispos. Se trata de un ministerio que pide al sacerdote una vida espiritual intensa, rica de aquellas cualidades y virtudes que son típicas de la persona que preside y «guía» una comunidad; del «anciano» en el sentido más noble y rico de la palabra. En él se esperan ver virtudes como la fidelidad, la coherencia, la sabiduría, la acogida de todos, la afabilidad, la firmeza doctrinal en las cosas esenciales, la libertad sobre los puntos de vista subjetivos, el desprendimiento personal, la paciencia, el gusto por el esfuerzo diario, la confianza en la acción escondida de la gracia que se manifiesta en los sencillos y en los pobres (cf. Tit 1, 7-8).

Existencia sacerdotal y radicalismo evangélico

27. «El Espíritu del Señor sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu Santo recibido en el sacramento del Orden es fuente de santidad y llamada a la santificación, no sólo porque configura al sacerdote con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y le confía la misión profética, sacerdotal y real para que la lleve a cabo personificando a Cristo, sino también porque anima y vivifica su existencia de cada día, enriqueciéndola con dones y exigencias, con virtudes y fuerzas, que se compendian en la caridad pastoral. Esta caridad es síntesis unificante de los valores y de las virtudes evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su desarrollo hasta la perfección cristiana.(72)

Para todos los cristianos, sin excepciones, el radicalismo evangélico es una exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de la llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo, en virtud de la íntima comunión de vida con él, realizada por el Espíritu (cf. Mt 8, 18ss; 10, 37ss; Mc 8, 34-38; 10, 17-21; Lc 9, 57ss). Esta misma exigencia se presenta a los sacerdotes, no sólo porque están «en» la Iglesia, sino también porque están «al frente» de ella, al estar configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, capacitados y comprometidos para el ministerio ordenado, vivificados por la caridad pastoral. Ahora bien, dentro del radicalismo evangélico y como manifestación del mismo se encuentra un rico florecimiento de múltiples virtudes y exigencias éticas, que son decisivas para la vida pastoral y espiritual del sacerdote, como, por ejemplo, la fe, la humildad ante el misterio de Dios, la misericordia, la prudencia. Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:(73) el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan.

28. «Entre las virtudes más necesarias en el ministerio de los presbíteros, recordemos la disposición de ánimo para estar siempre prontos para buscar no la propia voluntad, sino el cumplimiento de la voluntad de aquel que los ha enviado (cf. Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38)».(74) Se trata de la obediencia, que, en el caso de la vida espiritual del sacerdote, presenta algunas características peculiares.

Es, ante todo, una obediencia «apostólica», en cuanto que reconoce, ama y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. En verdad no se da ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el propio Obispo diocesano, hacia los que debe observarse la «obediencia y respeto» filial, prometidos en el rito de la ordenación. Esta sumisión a cuantos están revestidos de la autoridad eclesial no tiene nada de humillante, sino que nace de la libertad responsable del presbítero, que acoge no sólo las exigencias de una vida eclesial orgánica y organizada, sino también aquella gracia de discernimiento y de responsabilidad en las decisiones eclesiales, que Jesús ha garantizado a sus apóstoles y a sus sucesores, para que sea guardado fielmente el misterio de la Iglesia, y para que el conjunto de la comunidad cristiana sea servida en su camino unitario hacia la salvación.

La obediencia cristiana, auténtica, motivada y vivida rectamente sin servilismos, ayuda al presbítero a ejercer con transparencia evangélica la autoridad que le ha sido confiada en relación con el Pueblo de Dios: sin autoritarismos y sin decisiones demagógicas. Sólo el que sabe obedecer en Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la obediencia de los demás.

La obediencia del presbítero presenta además una exigencia comunitaria; en efecto, no se trata de la obediencia de alguien que se relaciona individualmente con la autoridad, sino que el presbítero está profundamente inserto en la unidad del presbiterio, que, como tal, está llamado a vivir en estrecha colaboración con el Obispo y, a través de él, con el sucesor de Pedro.(75)

Este aspecto de la obediencia del sacerdote exige una gran ascesis, tanto en el sentido de capacidad a no dejarse atar demasiado a las propias preferencias o a los propios puntos de vista, como en el sentido de permitir a los hermanos que puedan desarrollar sus talentos y sus aptitudes, más allá de todo celo, envidia o rivalidad. La obediencia del sacerdote es una obediencia solidaria, que nace de su pertenencia al único presbiterio y que siempre dentro de él y con él aporta orientaciones y toma decisiones corresponsables.

Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial «carácter de pastoralidad». Es decir, se vive en un clima de constante disponibilidad a dejarse absorber, y casi «devorar», por las necesidades y exigencias de la grey. Es verdad que estas exigencias han de tener una justa racionalidad, y a veces han de ser seleccionadas y controladas; pero es innegable que la vida del presbítero está ocupada, de manera total, por el hambre del evangelio, de la fe, la esperanza y el amor de Dios y de su misterio, que de modo más o menos consciente está presente en el Pueblo de Dios que le ha sido confiado.

29. Entre los consejos evangélicos —dice el Concilio—, «destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Cor 7, 7), para que se consagren sólo a Dios con un corazón que en la virginidad y el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Cor 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo».(76) En la virginidad y el celibato la castidad mantiene su significado original, a saber, el de una sexualidad humana vivida como auténtica manifestación y precioso servicio al amor de comunión y de donación interpersonal. Este significado subsiste plenamente en la virginidad, que realiza, en la renuncia al matrimonio, el «significado esponsalicio» del cuerpo mediante una comunión y una donación personal a Jesucristo y a su Iglesia, que prefiguran y anticipan la comunión y la donación perfectas y definitivas del más allá: «En la virginidad el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida eterna».(77)

A esta luz se pueden comprender y apreciar más fácilmente los motivos de la decisión multisecular que la Iglesia de Occidente tomó y sigue manteniendo —a pesar de todas las dificultades y objeciones surgidas a través de los siglos—, de conferir el orden presbiteral sólo a hombres que den pruebas de ser llamados por Dios al don de la castidad en el celibato absoluto y perpetuo.

Los Padres sinodales han expresado con claridad y fuerza su pensamiento con una Proposición importante, que merece ser transcrita íntegra y literalmente: «Quedando en pie la disciplina de las Iglesias Orientales, el Sínodo, convencido de que la castidad perfecta en el celibato sacerdotal es un carisma, recuerda a los presbíteros que ella constituye un don inestimable de Dios a la Iglesia y representa un valor profético para el mundo actual. Este Sínodo afirma nuevamente y con fuerza cuanto la Iglesia Latina y algunos ritos orientales determinan, a saber, que el sacerdocio se confiera solamente a aquellos hombres que han recibido de Dios el don de la vocación a la castidad célibe (sin menoscabo de la tradición de algunas Iglesias orientales y de los casos particulares del clero casado proveniente de las conversiones al catolicismo, para los que se hace excepción en la encíclica de Pablo VI sobre el celibato sacerdotal, n. 42). El Sínodo no quiere dejar ninguna duda en la mente de nadie sobre la firme voluntad de la Iglesia de mantener la ley que exige el celibato libremente escogido y perpetuo para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el rito latino. El Sínodo solicita que el celibato sea presentado y explicado en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual, como precioso don dado por Dios a su Iglesia y como signo del Reino que no es de este mundo, signo también del amor de Dios a este mundo, y del amor indiviso del sacerdote a Dios y al Pueblo de Dios, de modo que el celibato sea visto como enriquecimiento positivo del sacerdocio».(78)

Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la motivación teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato. En cuanto ley, ella expresa la voluntad de la Iglesia, antes aún que la voluntad que el sujeto manifiesta con su disponibilidad. Pero esta voluntad de la Iglesia encuentra su motivación última en la relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso el celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor.

Para una adecuada vida espiritual del sacerdote es preciso que el celibato sea considerado y vivido no como un elemento aislado o puramente negativo, sino como un aspecto de una orientación positiva, específica y característica del sacerdote: él, dejando padre y madre, sigue a Jesús, buen Pastor, en una comunión apostólica, al servicio del Pueblo de Dios. Por tanto, el celibato ha de ser acogido con libre y amorosa decisión, que debe ser continuamente renovada, como don inestimable de Dios, como «estímulo de la caridad pastoral»,(79) como participación singular en la paternidad de Dios y en la fecundidad de la Iglesia, como testimonio ante el mundo del Reino escatológico. Para vivir todas las exigencias morales, pastorales y espirituales del celibato sacerdotal es absolutamente necesaria la oración humilde y confiada, como nos recuerda el Concilio: «Cuanto más imposible se considera por no pocos hombres la perfecta continencia en el mundo de hoy, tanto más humilde y perseverantemente pedirán los presbíteros, a una con la Iglesia, la gracia de la fidelidad, que nunca se niega a los que la piden, empleando, al mismo tiempo, todos los medios sobrenaturales y naturales, que están al alcance de todos».(80) Será la oración, unida a los Sacramentos de la Iglesia y al esfuerzo ascético, los que infundan esperanza en las dificultades, perdón en las faltas, confianza y ánimo en el volver a comenzar.

30. De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado una descripción muy concisa y profunda, presentándola como «sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino».(81) En realidad, sólo el que contempla y vive el misterio de Dios como único y sumo Bien, como verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y vivir la pobreza, que no es ciertamente desprecio y rechazo de los bienes materiales, sino el uso agradecido y cordial de estos bienes y, a la vez, la gozosa renuncia a ellos con gran libertad interior, esto es, hecha por Dios y obedeciendo sus designios.

La pobreza del sacerdote, en virtud de su configuración sacramental con Cristo, Cabeza y Pastor, tiene características «pastorales» bien precisas, en las que se han fijado los Padres sinodales, recordando y desarrollando las enseñanzas conciliares.(82) Afirman, entre otras cosas: «Los sacerdotes, siguiendo el ejemplo de Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre por nuestro amor (cf. 2 Cor 8, 9), deben considerar a los pobres y a los más débiles como confiados a ellos de un modo especial y deben ser capaces de testimoniar la pobreza con una vida sencilla y austera, habituados ya a renunciar generosamente a las cosas superfluas (Optatam totius, 9; C.I.C., can. 282)».(83)

Es verdad que «el obrero merece su salario» (Lc 10, 7) y que «el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio» (1 Cor 9, 14); pero también es verdad que este derecho del apóstol no puede absolutamente confundirse con una especie de pretensión de someter el servicio del evangelio y de la Iglesia a las ventajas e intereses que del mismo puedan derivarse. Sólo la pobreza asegura al sacerdote su disponibilidad a ser enviado allí donde su trabajo sea más útil y urgente, aunque comporte sacrificio personal. Ésta es una condición y una premisa indispensable a la docilidad que el apóstol ha de tener al Espíritu, el cual lo impulsa para «ir», sin lastres y sin ataduras, siguiendo sólo la voluntad del Maestro (cf. Lc 9, 57-62; Mc 10, 17-22).

Inserto en la vida de la comunidad y responsable de la misma, el sacerdote debe ofrecer también el testimonio de una total «transparencia» en la administración de los bienes de la misma comunidad, que no tratará jamás como un patrimonio propio, sino como algo de lo que debe rendir cuentas a Dios y a los hermanos, sobre todo a los pobres. Además, la conciencia de pertenecer al único presbiterio lo llevará a comprometerse para favorecer una distribución más justa de los bienes entre los hermanos, así como un cierto uso en común de los bienes (cf. Hch 2, 42-47).

La libertad interior, que la pobreza evangélica custodia y alimenta, prepara al sacerdote para estar al lado de los más débiles; para hacerse solidario con sus esfuerzos por una sociedad más justa; para ser más sensible y más capaz de comprensión y de discernimiento de los fenómenos relativos a los aspectos económicos y sociales de la vida; para promover la opción preferencial por los pobres; ésta, sin excluir a nadie del anuncio y del don de la salvación, sabe inclinarse ante los pequeños, ante los pecadores, ante los marginados de cualquier clase, según el modelo ofrecido por Jesús en su ministerio profético y sacerdotal (cf. Lc 4, 18).

No hay que olvidar el significado profético de la pobreza sacerdotal, particularmente urgente en las sociedades opulentas y de consumo, pues «el sacerdote verdaderamente pobre es ciertamente un signo concreto de la separación, de la renuncia y de la no sumisión a la tiranía del mundo contemporáneo, que pone toda su confianza en el dinero y en la seguridad material».(84)

Jesucristo, que en la cruz lleva a perfección su caridad pastoral con un total despojo exterior e interior, es el modelo y fuente de las virtudes de obediencia, castidad y pobreza que el sacerdote está llamado a vivir como expresión de su amor pastoral por los hermanos. Como escribe San Pablo a los Filipenses, el sacerdote debe tener «los mismos sentimientos» de Jesús, despojándose de su propio «yo», para encontrar, en la caridad obediente, casta y pobre, la vía maestra de la unión con Dios y de la unidad con los hermanos (cf. Flp 2, 5).

Pertenencia y dedicación a la Iglesia particular

31. Como toda vida espiritual auténticamente cristiana, también la del sacerdote posee una esencial e irrenunciable dimensión eclesial: es participación en la santidad de la misma Iglesia, que en el Credo profesamos como «Comunión de los Santos». La santidad del cristiano deriva de la de la Iglesia, la expresa y al mismo tiempo la enriquece. Esta dimensión eclesial reviste modalidades, finalidades y significados particulares en la vida espiritual del presbítero, en razón de su relación especial con la Iglesia, basándose siempre en su configuración con Cristo, Cabeza y Pastor, en su ministerio ordenado, en su caridad pastoral.

En esta perspectiva es necesario considerar como valor espiritual del presbítero su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular, lo cual no está motivado solamente por razones organizativas y disciplinares; al contrario, la relación con el Obispo en el único presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración propia del sacerdote y de su vida espiritual. En este sentido la «incardinación» no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que comporta también una serie de actitudes y de opciones espirituales y pastorales, que contribuyen a dar una fisonomía específica a la figura vocacional del presbítero.

Es necesario que el sacerdote tenga la conciencia de que su «estar en una Iglesia particular» constituye, por su propia naturaleza, un elemento calificativo para vivir una espiritualidad cristiana. Por ello, el presbítero encuentra, precisamente en su pertenencia y dedicación a la Iglesia particular, una fuente de significados, de criterios de discernimiento y de acción, que configuran tanto su misión pastoral, como su vida espiritual.

En el caminar hacia la perfección pueden ayudar también otras inspiraciones o referencias a otras tradiciones de vida espiritual, capaces de enriquecer la vida sacerdotal de cada uno y de animar el presbiterio con ricos dones espirituales. Es éste el caso de muchas asociaciones eclesiales —antiguas y nuevas—, que acogen en su seno también a sacerdotes: desde las sociedades de vida apostólica a los institutos seculares presbiterales; desde las varias formas de comunión y participación espiritual a los movimientos eclesiales. Los sacerdotes que pertenecen a Órdenes y a Congregaciones religiosas son una riqueza espiritual para todo el presbiterio diocesano, al que contribuyen con carismas específicos y ministerios especializados; con su presencia estimulan la Iglesia particular a vivir más intensamente su apertura universal.(85)

La pertenencia del sacerdote a la Iglesia particular y su dedicación, hasta el don de la propia vida, para la edificación de la Iglesia —«in persona Christi», Cabeza y Pastor—, al servicio de toda la comunidad cristiana, en cordial y filial relación con el Obispo, han de ser favorecidas por todo carisma que forme parte de una existencia sacerdotal o esté cercano a la misma.(86)

Para que la abundancia de los dones del Espíritu Santo sea acogida con gozo y dé frutos para gloria de Dios y bien de la Iglesia entera, se exige por parte de todos, en primer lugar, el conocimiento y discernimiento de los carismas propios y ajenos, y un ejercicio de los mismos acompañado siempre por la humildad cristiana, la valentía de la autocrítica y la intención —por encima de cualquier otra preocupación—, de ayudar a la edificación de toda la comunidad, a cuyo servicio está puesto todo carisma particular. Se pide, además, a todos un sincero esfuerzo de estima recíproca, de respeto mutuo y de valoración coordinada de todas las diferencias positivas y justificadas, presentes en el presbiterio. Todo esto forma parte también de la vida espiritual y de la constante ascesis del sacerdote.

32. La pertenencia y dedicación a una Iglesia particular no circunscriben la actividad y la vida del presbítero, pues, dada la misma naturaleza de la Iglesia particular(87) y del ministerio sacerdotal, aquellas no pueder reducirse a estrechos límites. El Concilio enseña sobre esto: «El don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8), pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles».(88)

Se sigue de esto que la vida espiritual de los sacerdotes debe estar profundamente marcada por el anhelo y el dinamismo misionero. Corresponde a ellos, en el ejercicio del ministerio y en el testimonio de su vida, plasmar la comunidad que se les ha confiado para que sea una comunidad auténticamente misionera. Como he señalado en la encíclica Redemptoris missio, «todos los sacerdotes deben de tener corazón y mentalidad de misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del mundo, atentos a los más lejanos y, sobre todo, a los grupos no cristianos del propio ambiente. Que en la oración y, particularmente, en el sacrificio eucarístico sientan la solicitud de toda la Iglesia por la humanidad entera».(89)

Si este espíritu misionero anima generosamente la vida de los sacerdotes, será fácil la respuesta a una necesidad cada día más grave en la Iglesia, que nace de una desigual distribución del clero. En este sentido ya el Concilio se mostró preciso y enérgico: «Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar en su corazón la solicitud por todas las Iglesias. Por tanto, los presbíteros de aquellas diócesis que son más ricas en abundancia de vocaciones, muéstrense de buen grado dispuestos, con permiso o por exhortación de su propio Obispo, a ejercer su ministerio en regiones, misiones u obras que padecen escasez de clero».(90)

«Renueva en sus corazones el Espíritu de santidad»

33. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva…» (Lc 4, 18). Jesús hace resonar también hoy en nuestro corazón de sacerdotes las palabras que pronunció en la sinagoga de Nazaret. Efectivamente, nuestra fe nos revela la presencia operante del Espíritu de Cristo en nuestro ser, en nuestro actuar y en nuestro vivir, tal como lo ha configurado, capacitado y plasmado el sacramento del Orden.

Ciertamente, el Espíritu del Señor es el gran protagonista de nuestra vida espiritual. Él crea el «corazón nuevo», lo anima y lo guía con la «ley nueva» de la caridad, de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida espiritual es decisiva la certeza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad. La conciencia del don infunde y sostiene la confianza indestructible del sacerdote en las dificultades, en las tentaciones, en las debilidades con que puede encontrarse en el camino espiritual.

Vuelvo a proponer a todos los sacerdotes lo que, en otra ocasión, dije a un numeroso grupo de ellos, «La vocación sacerdotal es esencialmente una llamada a la santidad, que nace del sacramento del Orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo, pobre, casto, humilde; es amor sin reservas a las almas y donación a su verdadero bien; es amor a la Iglesia que es santa y nos quiere santos, porque ésta es la misión que Cristo le ha encomendado. Cada uno de vosotros debe ser santo, también para ayudar a los hermanos a seguir su vocación a la santidad…

»¿Cómo no reflexionar… sobre la función esencial que el Espíritu Santo ejerce en la específica llamada a la santidad, propia del ministerio sacerdotal? Recordemos las palabras del rito de la Ordenación sacerdotal, que se consideran centrales en la fórmula sacramental: “Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado y sean, con su conducta, ejemplo de vida”.

»Mediante la Ordenación, amadísimos hermanos, habéis recibido el mismo Espíritu de Cristo, que os hace semejantes a Él, para que podáis actuar en su nombre y vivir en vosotros sus mismos sentimientos. Esta íntima comunión con el Espíritu de Cristo, a la vez que garantiza la eficacia de la acción sacramental que realizáis “in persona Christi”, debe expresarse también en el fervor de la oración, en la coherencia de vida, en la caridad pastoral de un ministerio dirigido incansablemente a la salvación de los hermanos. Requiere, en una palabra, vuestra santificación personal.»(91)

CAPÍTULO IV

VENID Y LO VERÉIS
La vocación sacerdotal en la pastoral de la Iglesia

Buscar, seguir, permanecer

34. «Venid y lo veréis» (Jn 1, 39). De esta manera responde Jesús a los dos discípulos de Juan el Bautista, que le preguntaban donde vivía. En estas palabras encontramos el significado de la vocación.

Así cuenta el evangelista la llamada a Andrés y a Pedro: «Al día siguiente, Juan se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus discípulos. De pronto vio a Jesús, que pasaba por allí, y dijo: “¡Éste es el cordero de Dios!” Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscáis?” Ellos contestaron: “Rabbí, (que quiere decir Maestro) ¿dónde vives?” Él les respondió: “Venid y lo veréis”. Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él. Eran como las cuatro de la tarde. Uno de los dos que siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Encontró Andrés en primer lugar a su propio hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo)”. Y lo llevó a Jesús. Jesús, al verlo, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan: en adelante te llamarás Cefas, (es decir, Pedro)”» (Jn 1, 35-42).

Esta página del Evangelio es una de tantas de la Biblia en las que se describe el «misterio» de la vocación; en nuestro caso, el misterio de la vocación a ser apóstoles de Jesús. La página de san Juan, que tiene también un significado para la vocación cristiana como tal, adquiere un valor simbólico para la vocación sacerdotal. La Iglesia, como comunidad de los discípulos de Jesús, está llamada a fijar su mirada en esta escena que, de alguna manera, se renueva continuamente en la historia. Se le invita a profundizar el sentido original y personal de la vocación al seguimiento de Cristo en el ministerio sacerdotal y el vínculo inseparable entre la gracia divina y la responsabilidad humana contenido y revelado en esas dos palabras que tantas veces encontramos en el Evangelio: ven y sígueme (cf. Mt 19, 21). Se le invita a interpretar y recorrer el dinamismo propio de la vocación, su desarrollo gradual y concreto en las fases del buscar a Jesús, seguirlo y permanecer con Él.

La Iglesia encuentra en este Evangelio de la vocación el modelo, la fuerza y el impulso de su pastoral vocacional, o sea, de su misión destinada a cuidar el nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones, en especial de las vocaciones al sacerdocio. Precisamente porque «la falta de sacerdotes es ciertamente la tristeza de cada Iglesia»,(92) la pastoral vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo, vigoroso y más decidido compromiso por parte de todos los miembros de la Iglesia, con la conciencia de que no es un elemento secundario o accesorio, ni un aspecto aislado o sectorial, como si fuera algo sólo parcial, aunque importante, de la pastoral global de la Iglesia. Como han afirmado repetidamente los Padres sinodales, se trata más bien de una actividad íntimamente inserta en la pastoral general de cada Iglesia particular,(93) de una atención que debe integrarse e identificarse plenamente con la lla mada “cura de almas” ordinaria,(94) de una dimensión connatural y esencial de la pastoral eclesial, o sea, de su vida y de su misión.(95)

La dimensión vocacional es esencial y connatural a la pastoral de la Iglesia. La razón se encuentra en el hecho de que la vocación define, en cierto sentido, el ser profundo de la Iglesia, incluso antes que su actuar. En el mismo vocablo de Iglesia (Ecclesia) se indica su fisonomía vocacional íntima, porque es verdaderamente «convocatoria», esto es, asamblea de los llamados: «Dios ha convocado la asamblea de aquellos que miran en la fe a Jesús, autor de la salvación y principio de unidad y de paz, y así ha constituido la Iglesia, para que sea para todos y para cada uno el sacramento visible de esta unidad salvífica».(96)

Una lectura propiamente teológica de la vocación sacerdotal y de su pastoral, puede nacer sólo de la lectura del misterio de la Iglesia como mysterium vocationis.

La Iglesia y el don de la vocación

35. Toda vocación cristiana encuentra su fundamento en la elección gratuita y precedente de parte del Padre, «que desde lo alto del cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales. Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado de su amor, él nos destinó de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos, por medio de Jesucristo» (Ef 1, 3-5).

Toda vocación cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin embargo nunca se concede fuera o independientemente de la Iglesia, sino que siempre tiene lugar en la Iglesia y mediante ella, porque, como nos recuerda el Concilio Vaticano II, «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente».(97)

La Iglesia no sólo contiene en sí todas las vocaciones que Dios le otorga en su camino de salvación, sino que ella misma se configura como misterio de vocación, reflejo luminoso y vivo del misterio de la Santísima Trinidad. En realidad la Iglesia, «pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»,(98) lleva en sí el misterio del Padre que, sin ser llamado ni enviado por nadie (cf.Rom 11, 33-35), llama a todos para santificar su nombre y cumplir su voluntad; ella custodia dentro de sí el misterio del Hijo, llamado por el Padre y enviado para anunciar a todos el Reino de Dios, y que llama a todos a su seguimiento; y es depositaria del misterio del Espíritu Santo que consagra para la misión a los que el Padre llama mediante su Hijo Jesucristo.

La Iglesia, que por propia naturaleza es «vocación», es generadora y educadora de vocaciones. Lo es en su ser de «sacramento», en cuanto «signo» e «instrumento» en el que resuena y se cumple la vocación de todo cristiano; y lo es en su actuar, o sea, en el desarrollo de su ministerio de anuncio de la Palabra, de celebración de los Sacramentos y de servicio y testimonio de la caridad.

Ahora se puede comprender mejor la esencial dimensión eclesial de la vocación cristiana: ésta no sólo deriva «de» la Iglesia y de su mediación, no sólo se reconoce y se cumple «en» la Iglesia, sino que —en el servicio fundamental de Dios— se configura necesariamente como servicio «a» la Iglesia. La vocación cristiana, en todas sus formas, es un don destinado a la edificación de la Iglesia, al crecimiento del Reino de Dios en el mundo.(99)

Esto que decimos de toda vocación cristiana se realiza de un modo específico en la vocación sacerdotal. Ésta es una llamada, a través del sacramento del Orden recibido en la Iglesia, a ponerse al servicio del Pueblo de Dios con una peculiar pertenencia y configuración con Jesucristo y que da también la autoridad para actuar en su nombre «et in persona» de quien es Cabeza y Pastor de la Iglesia.

En esta perspectiva se comprende lo que manifiestan los Padres sinodales: «La vocación de cada uno de los presbíteros existe en la Iglesia y para la Iglesia, y se realiza para ella. De ahí se sigue que todo presbítero recibe del Señor la vocación a través de la Iglesia como un don gratuito, una gratia gratis data (charisma). Es tarea del Obispo o del superior competente no sólo examinar la idoneidad y la vocación del candidato, sino también reconocerla. Este elemento eclesiástico pertenece a la vocación, al ministerio presbiteral como tal. El candidato al presbiterado debe recibir la vocación sin imponer sus propias condiciones personales, sino aceptando las normas y condiciones que pone la misma Iglesia, por la responsabilidad que a ella compete».(100)

El diálogo vocacional: iniciativa de Dios y respuesta del hombre

36. La historia de toda vocación sacerdotal, como también de toda vocación cristiana, es la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde a Dios en el amor. Estos dos aspectos inseparables de la vocación, el don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre, aparecen de manera clara y eficaz en las brevísimas palabras con las que el evangelista san Marcos presenta la vocación de los doce: Jesús «subió a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron a él» (3, 13). Por un lado está la decisión absolutamente libre de Jesús y por otro, el «venir» de los doce, o sea, el «seguir» a Jesús.

Éste es el modelo constante, el elemento imprescindible de toda vocación; la de los profetas, apóstoles, sacerdotes, religiosos, fieles laicos, la de toda persona.

Ahora bien, la intervención libre y gratuita de Dios que llama es absolutamente prioritaria, anterior y decisiva. Es suya la iniciativa de llamar. Por ejemplo, ésta es la experiencia del profeta Jeremías: «El Señor me habló así: “Antes de formarte en el vientre te conocí; antes que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones”» (Jr 1, 4-5). Y es la misma verdad presentada por el apóstol Pablo, que fundamenta toda vocación en la elección eterna en Cristo, hecha «antes de la creación del mundo» y «conforme al beneplácito de su voluntad» (Ef 1, 4. 5). La primacía absoluta de la gracia en la vocación encuentra su proclamación perfecta en la palabra de Jesús: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).

Si la vocación sacerdotal testimonia, de manera inequívoca, la primacía de la gracia, la decisión libre y soberana de Dios de llamar al hombre exige respeto absoluto, y en modo alguno puede ser forzada por presiones humanas, ni puede ser sustituida por decisión humana alguna. La vocación es un don de la gracia divina y no un derecho del hombre, de forma que «nunca se puede considerar la vida sacerdotal como una promoción simplemente humana, ni la misión del ministro como un simple proyecto personal».(101) De este modo, queda excluida radicalmente toda vanagloria y presunción por parte de los llamados (cf. Heb 5, 4 ss) los cuales han de sentir profundamente una gratitud admirada y conmovida, una confianza y una esperanza firmes, porque saben que están apoyados no en sus propias fuerzas, sino en la fidelidad incondicional de Dios que llama.

«Llamó a los que él quiso y vinieron a él» (Mc 3, 13). Este «venir», que se identifica con el «seguir» a Jesús, expresa la respuesta libre de los doce a la llamada del Maestro. Así sucede con Pedro y Andrés; les dijo: «’Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y ellos al instante, dejaron las redes y le siguieron» (Mt 4, 19-20). Idéntica fue la experiencia de Santiago y Juan (cf. Mt 4, 21-22). Así sucede siempre: en la vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios y la exaltación de la libertad del hombre; la adhesión a la llamada de Dios y su entrega a Él.

En realidad, gracia y libertad no se oponen entre sí. Al contrario, la gracia anima y sostiene la libertad humana, liberándola de la esclavitud del pecado (cf. Jn 8, 34-36), sanándola y elevándola en sus capacidades de apertura y acogida del don de Dios. Y si no se puede atentar contra la iniciativa absolutamente gratuita de Dios que llama, tampoco se puede atentar contra la extrema seriedad con la que el hombre es desafiado en su libertad. Así, al «ven y sígueme» de Jesús, el joven rico contesta con el rechazo, signo —aunque sea negativo— de su libertad: «Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10, 22).

Por tanto, la libertad es esencial para la vocación, una libertad que en la respuesta positiva se califica como adhesión personal profunda, como donación de amor —o mejor como re-donación al Donador: Dios que llama—, esto es, como oblación. «A la llamada —decía Pablo VI— corresponde la respuesta. No puede haber vocaciones, si no son libres, es decir, si no son ofrendas espontáneas de sí mismo, conscientes, generosas, totales… Oblaciones; éste es prácticamente el verdadero problema… Es la voz humilde y penetrante de Cristo, que dice, hoy como ayer y más que ayer: ven. La libertad se sitúa en su raíz más profunda: la oblación, la generosidad y el sacrificio».(102)

La oblación libre, que constituye el núcleo íntimo y más precioso de la respuesta del hombre a Dios que llama, encuentra su modelo incomparable, más aún, su raíz viva, en la oblación libérrima de Jesucristo —primero de los llamados— a la voluntad del Padre: «Por eso, al entrar en este mundo, dice Cristo: “No has querido sacrificio ni oblación, pero me has formado un cuerpo … Entonces yo dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”» (Heb 10, 5.7).

En íntima unión con Cristo, María, la Virgen Madre, ha sido la criatura que más ha vivido la plena verdad de la vocación, porque nadie como Ella ha respondido con un amor tan grande al amor inmenso de Dios.(103)

37. «Abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10, 22). El joven rico del Evangelio, que no sigue la llamada de Jesús, nos recuerda los obstáculos que pueden bloquear o apagar la respuesta libre del hombre: no sólo los bienes materiales pueden cerrar el corazón humano a los valores del espíritu y a las exigencias radicales del Reino de Dios, sino que también algunas condiciones sociales y culturales de nuestro tiempo pueden representar no pocas amenazas e imponer visiones desviadas y falsas sobre la verdadera naturaleza de la vocación, haciendo difíciles, cuando no imposibles, su acogida y su misma comprensión.

Muchos tienen una idea de Dios tan genérica y confusa que deriva en formas de religiosidad sin Dios, en las cuales la voluntad de Dios se concibe como un destino inmutable e inevitable, al que el hombre debe simplemente adaptarse y resignarse con total pasividad. Pero no es éste el rostro de Dios, que Jesucristo ha venido a revelarnos. En efecto, Dios es el Padre que, con amor eterno y precedente, llama al hombre y lo sitúa en un maravilloso y permanente diálogo con Él, invitándolo a compartir su misma vida divina como hijo. Es cierto que, con una visión equivocada de Dios, el hombre no puede reconocer ni siquiera la verdad sobre sí mismo, de tal forma que la vocación no puede ser ni percibida ni vivida en su valor auténtico; puede ser sentida solamente como un peso impuesto e insoportable.

También algunas ideas equivocadas sobre el hombre, sostenidas con frecuencia con aparentes argumentos filosóficos o «científicos», inducen a veces al hombre a interpretar la propia existencia y libertad como totalmente determinadas y condicionadas por factores externos de orden educativo, psicológico, cultural o ambiental. Otras veces se entiende la libertad en términos de absoluta autonomía pretendiendo que sea la única e inexplorable fuente de opciones personales y considerándola a toda costa como afirmación de sí mismo. Pero, de ese modo, se cierra el camino para entender y vivir la vocación como libre diálogo de amor, que nace de la comunicación de Dios al hombre y se concluye con el don sincero de sí, por parte del hombre.

En el contexto actual no falta tampoco la tendencia a concebir la relación del hombre con Dios de un modo individualista e intimista, como si la llamada de Dios llegase a cada persona por vía directa, sin mediación comunitaria alguna, y tuviese como meta una ventaja, o la salvación misma de cada uno de los llamados y no la dedicación total a Dios en el servicio a la comunidad. Encontramos así otra amenaza, más profunda y a la vez más sutil, que hace imposible reconocer y aceptar con gozo la dimensión eclesial inscrita originariamente en toda vocación cristiana, y en particular en la vocación presbiteral. En efecto, como nos recuerda el Concilio, el sacerdocio ministerial adquiere su auténtico significado y realiza la plena verdad de sí mismo en el servir y hacer crecer la comunidad cristiana y el sacerdocio común de los fieles.(104)

El contexto cultural al que aludimos, cuyo influjo no está ausente entre los mismos cristianos y especialmente entre los jóvenes, ayuda a comprender la difusión de la crisis de las mismas vocaciones sacerdotales, originadas y acompañadas por crisis de fe más radicales. Lo han declarado explícitamente los Padres sinodales, reconociendo que la crisis de las vocaciones al presbiterado tiene profundas raíces en el ambiente cultural y en la mentalidad y praxis de los cristianos.(105)

De aquí la urgencia de que la pastoral vocacional de la Iglesia se dirija decididamente y de modo prioritario hacia la reconstrucción de la «mentalidad cristiana», tal como la crea y sostiene la fe. Más que nunca es necesaria una evangelización que no se canse de presentar el verdadero rostro de Dios —el Padre que en Jesucristo nos llama a cada uno de nosotros— así como el sentido genuino de la libertad humana como principio y fuerza del don responsable de sí mismo. Solamente de esta manera se podrán sentar las bases indispensables para que toda vocación, incluida la sacerdotal, pueda ser percibida en su verdad, amada en su belleza y vivida con entrega total y con gozo profundo.

Contenidos y medios de la pastoral vocacional

38. Ciertamente la vocación es un misterio inescrutable que implica la relación que Dios establece con el hombre, como ser único e irrepetible, un misterio percibido y sentido como una llamada que espera una respuesta en lo profundo de la conciencia, esto es, en aquel «sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en la propia intimidad».(106) Pero esto no elimina la dimensión comunitaria y, más en concreto, eclesial de la vocación: la Iglesia está realmente presente y operante en la vocación de cada sacerdote.

En el servicio a la vocación sacerdotal y a su camino, o sea, al nacimiento, discernimiento y acompañamiento de la vocación, la Iglesia puede encontrar un modelo en Andrés, uno de los dos primeros discípulos que siguieron a Jesús. Es el mismo Andrés el que va a contar a su hermano lo que le había sucedido: «Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir el Cristo)» (Jn 1, 41). Y la narración de este «descubrimiento» abre el camino al encuentro: «Y lo llevó a Jesús» (Jn 1, 42). No hay ninguna duda sobre la iniciativa absolutamente libre ni sobre la decisión soberana de Jesús: es Jesús el que llama a Simón y le da un nuevo nombre: «Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que quiere decir Pedro)”» (Jn 1, 42). Pero también Andrés ha tenido su iniciativa: ha favorecido el encuentro del hermano con Jesús.

«Y lo llevó a Jesús». Éste es el núcleo de toda la pastoral vocacional de la Iglesia, con la que cuida del nacimiento y crecimiento de las vocaciones, sirviéndose de los dones y responsabilidades, de los carismas y del ministerio recibidos de Cristo y de su Espíritu. La Iglesia, como pueblo sacerdotal, profético y real, está comprometida en promover y ayudar el nacimiento y la maduración de las vocaciones sacerdotales con la oración y la vida sacramental, con el anuncio de la Palabra y la educación en la fe, con la guía y el testimonio de la caridad.

En su dignidad y responsabilidad de pueblo sacerdotal, la Iglesia encuentra en la oración y en la celebración de la liturgia los momentos esenciales y primarios de la pastoral vocacional. En efecto, la oración cristiana, alimentándose de la Palabra de Dios, crea el espacio ideal para que cada uno pueda descubrir la verdad de su ser y la identidad del proyecto de vida, personal e irrepetible, que el Padre le confía. Por eso es necesario educar, especialmente a los muchachos y a los jóvenes, para que sean fieles a la oración y meditación de la Palabra de Dios. En el silencio y en la escucha podrán percibir la llamada del Señor al sacerdocio y seguirla con prontitud y generosidad.

La Iglesia debe acoger cada día la invitación persuasiva y exigente de Jesús, que nos pide que «roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace, antes que nada, una humilde profesión de fe, pues al rogar por las vocaciones —mientras toma conciencia de su gran urgencia para su vida y misión— reconoce que son un don de Dios y, como tal, hay que pedirlo con súplica incesante y confiada. Ahora bien, esta oración, centro de toda la pastoral vocacional, debe comprometer no sólo a cada persona sino también a todas las comunidades eclesiales. Nadie duda de la importancia de cada una de las iniciativas de oración y de los momentos especiales reservados a ésta —comenzando por la Jornada Mundial anual por las Vocaciones— así como el compromiso explícito de personas y grupos particularmente sensibles al problema de las vocaciones sacerdotales. Pero hoy, la espera suplicante de nuevas vocaciones debe ser cada vez más una práctica constante y difundida en la comunidad cristiana y en toda realidad eclesial. Así se podrá revivir la experiencia de los apóstoles, que en el Cenáculo, unidos con María, esperan en oración la venida del Espíritu (cf. Hch 1, 14), que no dejará de suscitar también hoy en el Pueblo de Dios «dignos ministros del altar, testigos valientes y humildes del Evangelio».(107)

También la liturgia, culmen y fuente de la vida de la Iglesia(108) y, en particular, de toda oración cristiana, tiene un papel indispensable así como una incidencia privilegiada en la pastoral de las vocaciones. En efecto, la liturgia constituye una experiencia viva del don de Dios y una gran escuela de la respuesta a su llamada. Como tal, toda celebración litúrgica, y sobre todo la eucarística, nos descubre el verdadero rostro de Dios; nos pone en comunicación con el misterio de la Pascua, o sea, con la «hora» por la que Jesús vino al mundo y hacia la que se encaminó libre y voluntariamente en obediencia a la llamada del Padre (cf. Jn 13, 1); nos manifiesta el rostro de la Iglesia como pueblo de sacerdotes y comunidad bien compacta en la variedad y complementariedad de los carismas y vocaciones. El sacrificio redentor de Cristo, que la Iglesia celebra sacramentalmente, da un valor particularmente precioso al sufrimiento vivido en unión con el Señor Jesús. Los Padres sinodales nos han invitado a no olvidar nunca que «a través de la oblación de los sufrimientos, tan frecuentes en la vida de los hombres, el cristiano enfermo se ofrece a sí mismo como víctima a Dios, a imagen de Cristo, que se inmoló a sí mismo por todos nosotros (cf. Jn 17, 19)», y que «el ofrecimiento de los sufrimientos con esta intención es de gran provecho para la promoción de las vocaciones».(109)

39. En el ejercicio de su misión profética, la Iglesia siente como urgente e irrenunciable el deber de anunciar y testimoniar el sentido cristiano de la vocación: lo que podríamos llamar «el Evangelio de la vocación». También en este campo descubre la urgencia de las palabras del apóstol: «¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Cor 9, 16). Esta exclamación resuena principalmente para nosotros pastores y se refiere, juntamente con nosotros, a todos los educadores en la Iglesia. La predicación y la catequesis deben manifestar siempre su intrínseca dimensión vocacional: la Palabra de Dios ilumina a los creyentes para valorar la vida como respuesta a la llamada de Dios y los acompaña para acoger en la fe el don de la vocación personal.

Pero todo esto, aun siendo importante y esencial, no basta. Es necesaria una predicación directa sobre el misterio de la vocación en la Iglesia, sobre el valor del sacerdocio ministerial, sobre su urgente necesidad para el Pueblo de Dios. (110) Una catequesis orgánica y difundida a todos los niveles en la Iglesia, además de disipar dudas y contrastar ideas unilaterales o desviadas sobre el ministerio sacerdotal, abre los corazones de los creyentes a la espera del don y crea condiciones favorables para el nacimiento de nuevas vocaciones. Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles o limitar su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y la de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo de la palabra sino también de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas.

40. Como Pueblo real, la Iglesia se sabe enraizada y animada por la «ley del Espíritu que da la vida» (Rom 8, 2), que es esencialmente la ley regia de la caridad (cf. Sant 2, 8) o la ley perfecta de la libertad (cf. Sant 1, 25). Por eso cumple su misión cuando orienta a cada uno de los fieles a descubrir y vivir la propia vocación en la libertad y a realizarla en la caridad.

En su misión educativa, la Iglesia procura con especial atención suscitar en los niños, adolescentes y jóvenes el deseo y la voluntad de un seguimiento integral y atrayente de Jesucristo. La tarea educativa, que corresponde también a la comunidad cristiana como tal, debe dirigirse a cada persona. En efecto, Dios con su llamada toca el corazón de cada hombre, y el Espíritu, que habita en lo íntimo de cada discípulo (cf. 1 Jn 3, 24), es infundido a cada cristiano con carismas diversos y con manifestaciones particulares. Por tanto, cada uno ha de ser ayudado para poder acoger el don que se le ha dado a él en particular, como persona única e irrepetible, y para escuchar las palabras que el Espíritu de Dios le dirige.

En esta perspectiva, la atención a las vocaciones al sacerdocio se debe concretar también en una propuesta decidida y convincente de dirección espiritual. Es necesario redescubrir la gran tradición del acompañamiento espiritual individual, que ha dado siempre tantos y tan preciosos frutos en la vida de la Iglesia. En determinados casos y bajo precisas condiciones, este acompañamiento podrá verse ayudado, pero nunca sustituido, con formas de análisis o de ayuda psicológica.(111) Invítese a los niños, los adolescentes y los jóvenes a descubrir y apreciar el don de la dirección espiritual, a buscarlo y experimentarlo, a solicitarlo con insistencia confiada a sus educadores en la fe. Por su parte, los sacerdotes sean los primeros en dedicar tiempo y energías a esta labor de educación y de ayuda espiritual personal. No se arrepentirán jamás de haber descuidado o relegado a segundo plano otras muchas actividades también buenas y útiles, si esto lo exigía la fidelidad a su ministerio de colaboradores del Espíritu en la orientación y guía de los llamados.

Finalidad de la educación del cristiano es llegar, bajo el influjo del Espíritu, a la «plena madurez de Cristo» (Ef 4, 13). Esto se verifica cuando, imitando y compartiendo su caridad, se hace de toda la vida propia un servicio de amor (cf. Jn 13, 14-15), ofreciendo un culto espiritual agradable a Dios (cf. Rom 12, 1) y entregándose a los hermanos. El servicio de amor es el sentido fundamental de toda vocación, que encuentra una realización específica en la vocación del sacerdote. En efecto, él es llamado a revivir, en la forma más radical posible, la caridad pastoral de Jesús, o sea, el amor del buen Pastor, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11).

Por eso una pastoral vocacional auténtica no se cansará jamás de educar a los niños, adolescentes y jóvenes al compromiso, al significado del servicio gratuito, al valor del sacrificio, a la donación incondicionada de sí mismos. En este sentido, se manifiesta particularmente útil la experiencia del voluntariado, hacia el cual está creciendo la sensibilidad de tantos jóvenes. En efecto, se trata de un voluntariado motivado evangélicamente, capaz de educar al discernimiento de las necesidades, vivido con entrega y fidelidad cada día, abierto a la posibilidad de un compromiso definitivo en la vida consagrada, alimentado por la oración; dicho voluntariado podrá ayudar a sostener una vida de entrega desinteresada y gratuita y, al que lo practica, le hará más sensible a la voz de Dios que lo puede llamar al sacerdocio. A diferencia del joven rico, el voluntario podría aceptar la invitación, llena de amor, que Jesús le dirige (cf. Mc 10, 21); y la podría aceptar porque sus únicos bienes consisten ya en darse a los otros y «perder» su vida.

Todos somos responsables de las vocaciones sacerdotales

41. La vocación sacerdotal es un don de Dios, que constituye ciertamente un gran bien para quien es su primer destinatario. Pero es también un don para toda la Iglesia, un bien para su vida y misión. Por eso la Iglesia está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es responsable del nacimiento y de la maduración de las vocaciones sacerdotales. En consecuencia, la pastoral vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad eclesial como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia universal a la Iglesia particular y, análogamente, desde ésta a la parroquia y a todos los estamentos del Pueblo de Dios.

Es muy urgente, sobre todo hoy, que se difunda y arraigue la convicción de que todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones. El Concilio Vaticano II ha sido muy explícito al afirmar que «el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo, ante todo, con una vida plenamente cristiana».(112) Solamente sobre la base de esta convicción, la pastoral vocacional podrá manifestar su rostro verdaderamente eclesial, desarrollar una acción coordinada, sirviéndose también de organismos específicos y de instrumentos adecuados de comunión y de corresponsabilidad.

La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las vocaciones sacerdotales es del Obispo,(113) que está llamado a vivirla en primera persona, aunque podrá y deberá suscitar abundantes tipos de colaboraciones. A él, que es padre y amigo en su presbiterio, le corresponde, ante todo, la solicitud de dar continuidad al carisma y al ministerio presbiteral, incorporando a él nuevos miembros con la imposición de las manos. Él se preocupará de que la dimensión vocacional esté siempre presente en todo el ámbito de la pastoral ordinaria, es más, que esté plenamente integrada y como identificada con ella. A él compete el deber de promover y coordinar las diversas iniciativas vocacionales.(114)

El Obispo sabe que puede contar ante todo con la colaboración de su presbiterio. Todos los sacerdotes son solidarios y corresponsables con él en la búsqueda y promoción de las vocaciones presbiterales. En efecto, como afirma el Concilio, «a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, atañe procurar, por sí mismos o por otros, que cada uno de los fieles sea llevado en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación».(115) «Este deber pertenece a la misión misma sacerdotal, por la que el presbítero se hace ciertamente partícipe de la solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios en el Pueblo de Dios».(116) La vida misma de los presbíteros, su entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia —un testimonio sellado con la opción por la cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual—, su concordia fraterna y su celo por la evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo de fecundidad vocacional.(117)

Una responsabilidad particularísima está confiada a la familia cristiana, que en virtud del sacramento del matrimonio participa, de modo propio y original, en la misión educativa de la Iglesia, maestra y madre. Como han afirmado los Padres sinodales, «la familia cristiana, que es verdaderamente “como iglesia doméstica” (Lumen gentium, 11), ha ofrecido siempre y continúa ofreciendo las condiciones favorables para el nacimiento de las vocaciones. Y puesto que hoy la imagen de la familia cristiana está en peligro, se debe dar gran importancia a la pastoral familiar, de modo que las mismas familias, acogiendo generosamente el don de la vida humana, formen “como un primer seminario” (Optatam totius, 2) en el que los hijos puedan adquirir, desde el comienzo, el sentido de la piedad y de la oración y el amor a la Iglesia».(118) En continuidad y en sintonía con la labor de los padres y de la familia está la escuela, llamada a vivir su identidad de «comunidad educativa» incluso con una propuesta cultural capaz de iluminar la dimensión vocacional como valor propio y fundamental de la persona humana. En este sentido, si es oportunamente enriquecida de espíritu cristiano (sea a través de presencias eclesiales significativas en la escuela estatal, según las diversas legislaciones nacionales, sea sobre todo en el caso de la escuela católica), puede infundir «en el alma de los muchachos y de los jóvenes el deseo de cumplir la voluntad de Dios en el estado de vida más idóneo a cada uno, sin excluir nunca la vocación al ministerio sacerdotal».(119)

También los fieles laicos, en particular los catequistas, los profesores, los educadores, los animadores de la pastoral juvenil, cada uno con los medios y modalidades propios, tienen una gran importancia en la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Cuanto más profundicen en el sentido de su propia vocación y misión en la Iglesia, tanto más podrán reconocer el valor y el carácter insustituible de la vocación y de la misión sacerdotal.

En el ámbito de las comunidades diocesanas y parroquiales hay que apreciar y promover aquellos grupos vocacionales, cuyos miembros ofrecen su ayuda de oración y de sufrimiento por las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como su apoyo moral y material.

También hay que mencionar aquí a los numerosos grupos, movimientos y asociaciones de fieles laicos que el Espíritu Santo hace surgir y crecer en la Iglesia, con vistas a una presencia cristiana más misionera en el mundo. Estas diversas agrupaciones de laicos están resultando un campo particularmente fértil para el nacimiento de vocaciones consagradas y son ambientes propicios de oferta y crecimiento vocacional. En efecto, no pocos jóvenes, precisamente en el ambiente de estas agrupaciones y gracias a ellas, han sentido la llamada del Señor a seguirlo en el camino del sacerdocio ministerial y han respondido a ella con generosidad.(120) Por consiguiente, hay que valorarlas para que, en comunión con toda la Iglesia y para el crecimiento de ésta, presten su colaboración específica al desarrollo de la pastoral vocacional.

Los diversos integrantes y miembros de la Iglesia comprometidos en la pastoral vocacional harán tanto más eficaz su trabajo, cuanto más estimulen a la comunidad eclesial como tal —empezando por la parroquia-— para que sientan que el problema de las vocaciones sacerdotales no puede ser encomendado en exclusiva a unos «encargados» (los sacerdotes en general, los sacerdotes del Seminario en particular), pues, por tratarse de «un problema vital que está en el corazón mismo de la Iglesia»,(121) debe hallarse en el centro del amor que todo cristiano tiene a la misma.

CAPÍTULO V

INSTITUYÓ DOCE PARA QUE ESTUVIERAN CON ÉL
Formación de los candidatos al sacerdocio

Vivir, como los apóstoles, en el seguimiento de Cristo

42. «Subió al monte y llamó a los que él quiso: y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).

«Que estuvieran con él». No es difícil entender el significado de estas palabras, esto es, «el acompañamiento vocacional» de los apóstoles por parte de Jesús. Después de haberlos llamado y antes de enviarlos, es más, para poder mandarlos a predicar, Jesús les pide un «tiempo» de formación, destinado a desarrollar una relación de comunión y de amistad profundas con Él. Dedica a ellos una catequesis más intensa que al resto de la gente (cf. Mt 13, 11) y quiere que sean testigos de su oración silenciosa al Padre (cf. Jn 17, 1-26; Lc 22, 39-45).

En su solicitud por las vocaciones sacerdotales la Iglesia de todos los tiempos se inspira en el ejemplo de Cristo. Han sido —y en parte lo son todavía— muy diversas las formas concretas con las que la Iglesia se ha dedicado a la pastoral vocacional, destinada no sólo a discernir, sino también a «acompañar» las vocaciones al sacerdocio. Pero el espíritu que debe animarlas y sostenerlas es idéntico: el de promover al sacerdocio solamente los que han sido llamados y llevarlos debidamente preparados, esto es, mediante una respuesta consciente y libre que implica a toda la persona en su adhesión a Jesucristo, que llama a su intimidad de vida y a participar en su misión salvífica. En este sentido el Seminario en sus diversas formas y, de modo análogo, la casa de formación de los sacerdotes religiosos, antes que ser un lugar o un espacio material, debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y asegure un proceso formativo, de manera que el que ha sido llamado por Dios al sacerdocio pueda llegar a ser, con el sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Los Padres sinodales, en su Mensaje final, han expuesto de forma inmediata y profunda el significado original y específico de la formación de los candidatos al sacerdocio, diciendo que «vivir en el seminario, escuela del Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo como los apóstoles; es dejarse educar por Él para el servicio del Padre y de los hombres, bajo la conducción del Espíritu Santo. Más aún, es dejarse configurar con Cristo, buen Pastor, para un mejor servicio sacerdotal en la Iglesia y en el mundo. Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo: “¿Me amas?” (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida».(122)

Se trata pues de encarnar este espíritu —que nunca deberá faltar en la Iglesia— en las condiciones sociales, psicológicas, políticas y culturales del mundo actual, tan variadas y complejas, como han puesto de relieve los Padres sinodales en relación con las Iglesias particulares. Los mismos Padres, manifestando su grave preocupación, pero también su grande esperanza, han podido conocer y reflexionar ampliamente sobre el esfuerzo de búsqueda y actualización de los métodos de formación de los aspirantes al sacerdocio, puestos en práctica en todas sus Iglesias.

La presente Exhortación intenta recoger el fruto de los trabajos sinodales, señalando algunos objetivos logrados, mostrando algunas metas irrenunciables, poniendo a disposición de todos la riqueza de experiencias y de procesos formativos experimentados ya en modo positivo. En esta Exhortación se exponen separadamente la formación «inicial» y la formación «permanente», pero sin olvidar nunca la profunda relación que tienen entre sí y que debe hacer de las dos un solo proyecto orgánico de vida cristiana y sacerdotal. La Exhortación trata sobre las diversas dimensiones de la formación, humana, espiritual, intelectual y pastoral, como también sobre los ambientes y sobre los responsables de la formación de los candidatos al sacerdocio.

I. DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL

La formación humana, fundamento de toda la formación sacerdotal

43. «Sin una adecuada formación humana, toda la formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario».(123) Esta afirmación de los Padres sinodales expresa no solamente un dato sugerido diariamente por la razón y comprobado por la experiencia, sino una exigencia que encuentra sus motivos más profundos y específicos en la naturaleza misma del presbítero y de su ministerio.

El presbítero, llamado a ser «imagen viva» de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre y que se transparenta con singular eficacia en sus actitudes hacia los demás, tal como nos las presentan los evangelistas. Además, el ministerio del sacerdote consiste en anunciar la Palabra, celebrar el Sacramento, guiar en la caridad a la comunidad cristiana «personificando a Cristo y en su nombre», pero todo esto dirigiéndose siempre y sólo a hombres concretos: «Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb 5, 1). Por esto la formación humana del sacerdote expresa una particular importancia en relación con los destinatarios de su misión: precisamente para que su ministerio sea humanamente lo más creíble y aceptable, es necesario que el sacerdote plasme su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del hombre; es necesario que, a ejemplo de Jesús que «conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2, 25; cf. 8, 3-11), el sacerdote sea capaz de conocer en profundidad el alma humana, intuir dificultades y problemas, facilitar el encuentro y el diálogo, obtener la confianza y colaboración, expresar juicios serenos y objetivos.

Por tanto, no sólo para una justa y necesaria maduración y realización de sí mismo, sino también con vistas a su ministerio, los futuros presbíteros deben cultivar una serie de cualidades humanas necesarias para la formación de personalidades equilibradas, sólidas y libres, capaces de llevar el peso de las responsabilidades pastorales. Se hace así necesaria la educación a amar la verdad, la lealtad, el respeto por la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y, en particular, el equilibrio de juicio y de comportamiento.(124) Un programa sencillo y exigente para esta formación lo propone el apóstol Pablo a los Filipenses: «Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta» (Flp 4, 8). Es interesante señalar cómo Pablo se presenta a sí mismo como modelo para sus fieles precisamente en estas cualidades profundamente humanas: «Todo cuanto habéis aprendido —sigue diciendo— y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra» (Flp 4, 9).

De particular importancia es la capacidad de relacionarse con los demás, elemento verdaderamente esencial para quien ha sido llamado a ser responsable de una comunidad y «hombre de comunión». Esto exige que el sacerdote no sea arrogante ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en sus palabras y en su corazón,(125) prudente y discreto, generoso y disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar (cf. 1 Tim 3, 1-5; Tit 1, 7-9). La humanidad de hoy, condenada frecuentemente a vivir en situaciones de masificación y soledad sobre todo en las grandes concentraciones urbanas, es sensible cada vez más al valor de la comunión: éste es hoy uno de los signos más elocuentes y una de las vías más eficaces del mensaje evangélico.

En dicho contexto se encuadra, como cometido determinante y decisivo, la formación del candidato al sacerdocio en la madurez afectiva, como resultado de la educación al amor verdadero y responsable.

44. La madurez afectiva supone ser conscientes del puesto central del amor en la existencia humana. En realidad, como señalé en la encíclica Redemptor hominis, «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente».(126)

Se trata de un amor que compromete a toda la persona, a nivel físico, psíquico y espiritual, y que se expresa mediante el significado «esponsal» del cuerpo humano, gracias al cual una persona se entrega a otra y la acoge. La educación sexual bien entendida tiende a la comprensión y realización de esta verdad del amor humano. Es necesario constatar una situación social y cultural difundida que «”banaliza” en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta».(127) Con frecuencia las mismas situaciones familiares, de las que proceden las vocaciones sacerdotales, presentan al respecto no pocas carencias y a veces incluso graves desequilibrios.

En un contexto tal se hace más difícil, pero también más urgente, una educación en la sexualidad que sea verdadera y plenamente personal y que, por ello, favorezca la estima y el amor a la castidad, como «virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el “significado esponsal” del cuerpo».(128)

Ahora bien, la educación para el amor responsable y la madurez afectiva de la persona son muy necesarias para quien, como el presbítero, está llamado al celibato, o sea, a ofrecer, con la gracia del Espíritu y con la respuesta libre de la propia voluntad, la totalidad de su amor y de su solicitud a Jesucristo y a la Iglesia. A la vista del compromiso del celibato, la madurez afectiva ha de saber incluir, dentro de las relaciones humanas de serena amistad y profunda fraternidad, un gran amor, vivo y personal, a Jesucristo. Como han escrito los Padres sinodales, «al educar para la madurez afectiva, es de máxima importancia el amor a Jesucristo, que se prolonga en una entrega universal. Así, el candidato llamado al celibato, encontrará en la madurez afectiva una base firme para vivir la castidad con fidelidad y alegría».(129)

Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico y probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan una madurez afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia a todo lo que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre el cuerpo y el espíritu, a la estima y respeto en las relaciones interpersonales con hombres y mujeres. Una ayuda valiosa podrá hallarse en una adecuada educación para la verdadera amistad, a semejanza de los vínculos de afecto fraterno que Cristo mismo vivió en su vida (cf. Jn 11, 5).

La madurez humana, y en particular la afectiva, exigen una formación clara y sólida para una libertad, que se presenta como obediencia convencida y cordial a la «verdad» del propio ser, al significado de la propia existencia, o sea, al «don sincero de sí mismo», como camino y contenido fundamental de la auténtica realización personal.(130) Entendida así, la libertad exige que la persona sea verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás, generosa en la entrega y en el servicio al prójimo. Esto es importante para la respuesta que se ha de dar a la vocación, y en particular a la sacerdotal, y para ser fieles a la misma y a los compromisos que lleva consigo, incluso en los momentos difíciles. En este proceso educativo hacia una madura libertad responsable puede ser de gran ayuda la vida comunitaria del Seminario.(131)

Íntimamente relacionada con la formación para la libertad responsable está también la educación de la conciencia moral; la cual, al requerir desde la intimidad del propio «yo» la obediencia a las obligaciones morales, descubre el sentido profundo de esa obediencia, a saber, ser una respuesta consciente y libre —y, por tanto, por amor— a las exigencias de Dios y de su amor. «La madurez humana del sacerdote —afirman los Padres sinodales— debe incluir especialmente la formación de su conciencia. En efecto, el candidato, para poder cumplir sus obligaciones con Dios y con la Iglesia y guiar con sabiduría las conciencias de los fieles, debe habituarse a escuchar la voz de Dios, que le habla en su corazón, y adherirse con amor y firmeza a su voluntad».(132)

La formación espiritual: en comunión con Dios y a la búsqueda de Cristo

45. La misma formación humana, si se desarrolla en el contexto de una antropología que abarca toda la verdad sobre el hombre, se abre y se completa en la formación espiritual. Todo hombre, creado por Dios y redimido con la sangre de Cristo, está llamado a ser regenerado «por el agua y el Espíritu» (cf. Jn 3, 5) y a ser «hijo en el Hijo». En este designio eficaz de Dios está el fundamento de la dimensión constitutivamente religiosa del ser humano, intuida y reconocida también por la simple razón: el hombre está abierto a lo trascendente, a lo absoluto; posee un corazón que está inquieto hasta que no descanse en el Señor.(133)

De esta exigencia religiosa fundamental e irrenunciable arranca y se desarrolla el proceso educativo de una vida espiritual entendida como relación y comunión con Dios. Según la revelación y la experiencia cristiana, la formación espiritual posee la originalidad inconfundible que proviene de la «novedad» evangélica. En efecto, «es obra del Espíritu y empeña a la persona en su totalidad; introduce en la comunión profunda con Jesucristo, buen Pastor; conduce a una sumisión de toda la vida al Espíritu, en una actitud filial respecto al Padre y en una adhesión confiada a la Iglesia. Ella se arraiga en la experiencia de la cruz para poder llevar, en comunión profunda, a la plenitud del misterio pascual».(134)

Como se ve, se trata de una formación espiritual común a todos los fieles, pero que requiere ser estructurada según los significados y características que derivan de la identidad del presbítero y de su ministerio. Así como para todo fiel la formación espiritual debe ser central y unificadora en su ser y en su vida de cristiano, o sea, de criatura nueva en Cristo que camina en el Espíritu, de la misma manera, para todo presbítero la formación espiritual constituye el centro vital que unifica y vivifica su ser sacerdote y su ejercer el sacerdocio. En este sentido, los Padres del Sínodo afirman que «sin la formación espiritual, la formación pastoral estaría privada de fundamento»(135) y que la formación espiritual constituye «un elemento de máxima importancia en la educación sacerdotal».(136)

El contenido esencial de la formación espiritual, dentro del itinerario bien preciso hacia el sacerdocio, está expresado en el decreto conciliar Optatam totius: «La formación espiritual… debe darse de tal forma que los alumnos aprendan a vivir en trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Habiendo de configurarse a Cristo Sacerdote por la sagrada ordenación, habitúense a unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de toda su vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera que sepan iniciar en él al pueblo que ha de encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la fiel meditación de la Palabra de Dios, en la activa comunicación con los sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y el Oficio divino; en el Obispo, que los envía, y en los hombres a quienes son enviados, principalmente en los pobres, los niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos. Amen y veneren con filial confianza a la Santísima Virgen María, a la que Cristo, muriendo en la cruz, entregó como madre al discípulo».(137)

46. El texto conciliar merece una meditación detenida y amorosa, de la que fácilmente se pueden sacar algunos valores y exigencias fundamentales del camino espiritual del candidato al sacerdocio.

Se requiere, ante todo, el valor y la exigencia de «vivir íntimamente unidos» a Jesucristo. La unión con el Señor Jesús, fundada en el Bautismo y alimentada con la Eucaristía, exige que sea expresada en la vida de cada día, renovándola radicalmente. La comunión íntima con la Santísima Trinidad, o sea, la vida nueva de la gracia que hace hijos de Dios, constituye la «novedad» del creyente: una novedad que abarca el ser y el actuar. Constituye el «misterio» de la existencia cristiana que está bajo el influjo del Espíritu; en consecuencia, debe encarnar el «ethos» de la vida del cristiano. Jesús nos ha enseñado este maravilloso contenido de la vida cristiana, que es también el centro de la vida espiritual, con la alegoría de la vid y los sarmientos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador… Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 1. 4-5).

Cierto que, en la cultura actual, no faltan valores espirituales y religiosos, y el hombre —a pesar de toda apariencia contraria— sigue siendo incansablemente un hambriento y sediento de Dios. Pero con frecuencia la religión cristiana corre el peligro de ser considerada como una religión entre tantas o quedar reducida a una pura ética social al servicio del hombre. En efecto, no siempre aparece su inquietante novedad en la historia: es «misterio»; es el acontecimiento del Hijo de Dios que se hace hombre y da a cuantos lo acogen el «poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12); es el anuncio, más aún, el don de una alianza personal de amor y de vida de Dios con el hombre. Los futuros sacerdotes solamente podrán comunicar a los demás este anuncio sorprendente y gratificante si, a través de una adecuada formación espiritual, logran el conocimiento profundo y la experiencia creciente de este «misterio» (cf. 1 Jn 1, 1-4).

El texto conciliar, aun consciente de la absoluta trascendencia del misterio cristiano, relaciona la íntima comunión de los futuros presbíteros con Jesús con una forma de amistad. No es ésta una pretensión absurda del hombre. Es simplemente el don inestimable de Cristo, que dice a sus apóstoles: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15).

El texto conciliar prosigue indicando un segundo gran valor espiritual: la búsqueda de Jesús. «Enséñeseles a buscar a Cristo». Es éste, junto al quaerere Deum, un tema clásico de la espiritualidad cristiana, que encuentra su aplicación específica precisamente en el contexto de la vocación de los apóstoles. Juan, cuando nos narra el seguimiento por parte de los dos primeros discípulos, muestra el lugar que ocupa esta «búsqueda». Es el mismo Jesús el que pregunta: «¿Qué buscáis?» Y los dos responden: «Rabbí… ¿Dónde vives?» Sigue el evangelista: «Les respondió: “Venid y lo veréis”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día» (Jn 1, 37-39). En cierto modo la vida espiritual del que se prepara al sacerdocio está dominada por esta búsqueda: por ella y por el «encuentro» con el Maestro, para seguirlo, para estar en comunión con Él. También en el ministerio y en la vida sacerdotal deberá continuar esta «búsqueda», pues es inagotable el misterio de la imitación y participación en la vida de Cristo. Así como también deberá continuar este «encontrar» al Maestro, para poder mostrarlo a los demás y, mejor aún, para suscitar en los demás el deseo de buscar al Maestro. Pero esto es realmente posible si se propone a los demás una «experiencia» de vida, una experiencia que vale la pena compartir. Éste ha sido el camino seguido por Andrés para llevar a su hermano Simón a Jesús: Andrés, escribe el evangelista Juan, «se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” —que quiere decir Cristo—. Y le llevó donde Jesús» (Jn 1, 41-42). Y así también Simón es llamado —como apóstol— al seguimiento de Cristo: «Jesús, al verlo, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; en adelante te llamarás Cefas” —que quiere decir, “Pedro”—» (Jn 1, 42).

Pero, ¿qué significa, en la vida espiritual, buscar a Cristo? y ¿dónde encontrarlo? «Maestro, ¿dónde vives?» El decreto conciliar Optatam totius parece indicar un triple camino: la meditación fiel de la palabra de Dios, la participación activa en los sagrados misterios de la Iglesia, el servicio de la caridad a los «más pequeños». Se trata de tres grandes valores y exigencias que nos delimitan ulteriormente el contenido de la formación espiritual del candidato al sacerdocio.

47. Elemento esencial de la formación espiritual es la lectura meditada y orante de la Palabra de Dios (lectio divina); es la escucha humilde y llena de amor que se hace elocuente. En efecto, a la luz y con la fuerza de la Palabra de Dios es como puede descubrirse, comprenderse, amarse y seguirse la propia vocación; y también cumplirse la propia misión, hasta tal punto que toda la existencia encuentra su significado unitario y radical en ser el fin de la Palabra de Dios que llama al hombre, y el principio de la palabra del hombre que responde a Dios. La familiaridad con la Palabra de Dios facilitará el itinerario de la conversión, no solamente en el sentido de apartarse del mal para adherirse al bien, sino también en el sentido de alimentar en el corazón los pensamientos de Dios, de forma que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y valoración de los hombres y de las cosas, de los acontecimientos y problemas.

Pero es necesario acercarse y escuchar la Palabra de Dios tal como es, pues hace encontrar a Dios mismo, a Dios que habla al hombre; hace encontrar a Cristo, el Verbo de Dios, la Verdad que a la vez es Camino y Vida (cf. Jn 14, 6). Se trata de leer las «escrituras» escuchando las «palabras», la «Palabra» de Dios, como nos recuerda el Concilio: «La Sagrada Escritura contiene la Palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente Palabra de Dios».(138) Y el mismo Concilio: «En esta revelación Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía».(139)

El conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra de Dios revisten un significado específico en el ministerio profético del sacerdote, para cuyo cumplimiento adecuado son una condición imprescindible, principalmente en el contexto de la «nueva evangelización», a la que hoy la Iglesia está llamada. El Concilio exhorta: «Todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la palabra, han de leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse “predicadores vacíos de la palabra, que no la escucha por dentro” (San Agustín, Serm. 179, 1: PL 38, 966)».(140)

La forma primera y fundamental de respuesta a la Palabra es la oración, que constituye sin duda un valor y una exigencia primarios de la formación espiritual. Ésta debe llevar a los candidatos al sacerdocio a conocer y experimentar el sentido auténtico de la oración cristiana, el de ser un encuentro vivo y personal con el Padre por medio del Hijo unigénito bajo la acción del Espíritu; un diálogo que participa en el coloquio filial que Jesús tiene con el Padre. Un aspecto, ciertamente no secundario, de la misión del sacerdote es el de ser «maestro de oración». Pero el sacerdote solamente podrá formar a los demás en la escuela de Jesús orante, si él mismo se ha formado y continúa formándose en la misma escuela. Esto es lo que piden los hombres al sacerdote: «El sacerdote es el hombre de Dios, el que pertenece a Dios y hace pensar en Dios. Cuando la Carta a los Hebreos habla de Cristo, lo presenta como un Sumo Sacerdote “misericordioso y fiel en lo que toca a Dios” (Heb 2, 17)… Los cristianos esperan encontrar en el sacerdote no sólo un hombre que los acoja, que los escuche con gusto y les muestre una sincera amistad, sino también y sobre todo un hombre que les ayude a mirar a Dios, a subir hacia Él. Es preciso, pues, que el sacerdote esté formado en una profunda intimidad con Dios. Los que se preparan para el sacerdocio deben comprender que todo el valor de su vida sacerdotal dependerá del don de sí mismos que sepan hacer a Cristo y, por medio de Cristo, al Padre».(141)

En un contexto de agitación y bullicio como el de nuestra sociedad, un elemento pedagógico necesario para la oración es la educación en el significado humano profundo y en el valor religioso del silencio, como atmósfera espiritual indispensable para percibir la presencia de Dios y dejarse conquistar por ella (cf. 1 Re 19, 11ss.).

48. El culmen de la oración cristiana es la Eucaristía, que a su vez es «la cumbre y la fuente» de los Sacramentos y de la Liturgia de las Horas. Para la formación espiritual de todo cristiano, y en especial de todo sacerdote, es muy necesaria la educación litúrgica, en el sentido pleno de una inserción vital en el misterio pascual de Jesucristo, muerto y resucitado, presente y operante en los sacramentos de la Iglesia. La comunión con Dios, soporte de toda la vida espiritual, es un don y un fruto de los sacramentos; y al mismo tiempo es un deber y una responsabilidad que los sacramentos confían a la libertad del creyente, para que viva esa comunión en las decisiones, opciones, actitudes y acciones de su existencia diaria. En este sentido, la «gracia» que hace «nueva» la vida cristiana es la gracia de Jesucristo muerto y resucitado, que sigue derramando su Espíritu santo y santificador en los sacramentos; igualmente la «ley nueva», que debe ser guía y norma de la existencia del cristiano, está escrita por los sacramentos en el «corazón nuevo». Y es ley de caridad para con Dios y los hermanos, como respuesta y prolongación del amor de Dios al hombre, significada y comunicada por los sacramentos. Se entiende el valor de esta participación «plena, consciente y activa»(142) en las celebraciones sacramentales, gracias al don y acción de aquella «caridad pastoral» que constituye el alma del ministerio sacerdotal.

Esto se aplica sobre todo a la participación en la Eucaristía, memorial de la muerte sacrificial de Cristo y de su gloriosa resurrección, «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad»,(143) banquete pascual en el que «Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura».(144) Ahora bien, los sacerdotes, por su condición de ministros de las cosas sagradas, son sobre todo los ministros del Sacrificio de la Misa:(145) su papel es totalmente insustituible, porque sin sacerdote no puede haber sacrificio eucarístico.

Esto explica la importancia esencial de la Eucaristía para la vida y el ministerio sacerdotal y, por tanto, para la formación espiritual de los candidatos al sacerdocio. Con gran sencillez y buscando la máxima concreción deseo repetir que «es necesario que los seminaristas participen diariamente en la celebración eucarística, de forma que luego tomen como regla de su vida sacerdotal la celebración diaria. Además, han de ser educados a considerar la celebración eucarística como el momento esencial de su jornada, en el que participarán activamente, sin contentarse nunca con una asistencia meramente habitual. Fórmese también a los aspirantes al sacerdocio según aquellas actitudes íntimas que la Eucaristía fomenta: la gratitud por los bienes recibidos del cielo, ya que la Eucaristía significa acción de gracias; la actitud donante, que los lleve a unir su entrega personal al ofrecimiento eucarístico de Cristo; la caridad, alimentada por un sacramento que es signo de unidad y de participación; el deseo de contemplación y adoración ante Cristo realmente presente bajo las especies eucarísticas».(146)

Es necesario y también urgente invitar a redescubrir, en la formación espiritual, la belleza y la alegría del Sacramento de la Penitencia. En una cultura en la que, con nuevas y sutiles formas de autojustificación, se corre el riesgo de perder el «sentido del pecado» y, en consecuencia, la alegría consoladora del perdón (cf. Sal 51, 14) y del encuentro con Dios «rico en misericordia» (Ef 2, 4), urge educar a los futuros presbíteros en la virtud de la penitencia, alimentada con sabiduría por la Iglesia en sus celebraciones y en los tiempos del año litúrgico, y que encuentra su plenitud en el sacramento de la Reconciliación. De aquí provienen el significado de la ascesis y de la disciplina interior, el espíritu de sacrificio y de renuncia, la aceptación de la fatiga y de la cruz. Se trata de elementos de la vida espiritual, que con frecuencia se presentan particularmente difíciles para muchos candidatos al sacerdocio, acostumbrados a condiciones de vida de relativa comodidad y bienestar, y menos propensos y sensibles a estos elementos a causa de modelos de comportamiento e ideales presentados por los medios de comunicación social, incluso en los países donde las condiciones de vida son más pobres y la situación de los jóvenes más austera. Por esta razón, pero sobre todo para poner en práctica —a ejemplo de Cristo, buen Pastor— «la donación radical de sí mismo» propia del sacerdote, los Padres sinodales señalan que «es necesario inculcar el sentido de la cruz, que es el centro del misterio pascual. Gracias a esta identificación con Cristo crucificado, como siervo, el mundo puede volver a encontrar el valor de la austeridad, del dolor y también del martirio, dentro de la actual cultura imbuida de secularismo, codicia y hedonismo».(147)

49. La formación espiritual comporta también buscar a Cristo en los hombres.

En efecto, la vida espiritual, es vida interior, vida de intimidad con Dios, vida de oración y contemplación. Pero del encuentro con Dios y con su amor de Padre de todos, nace precisamente la exigencia indeclinable del encuentro con el prójimo, de la propia entrega a los demás, en el servicio humilde y desinteresado que Jesús ha propuesto a todos como programa de vida en el lavatorio de los pies a los apóstoles: «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).

La formación de la propia entrega generosa y gratuita, favorecida también por la vida comunitaria seguida en la preparación al sacerdocio, representa una condición irrenunciable para quien está llamado a hacerse epifanía y transparencia del buen Pastor, que da la vida (cf. Jn 10, 11.15). Bajo este aspecto la formación espiritual tiene y debe desarrollar su dimensión pastoral o caritativa intrínseca, y puede servirse útilmente de una justa —profunda y tierna, a la vez— devoción al Corazón de Cristo, como han indicado los Padres del Sínodo: «Formar a los futuros sacerdotes en la espiritualidad del Corazón del Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y al afecto de Cristo, Sacerdote y buen Pastor: a su amor al Padre en el Espíritu Santo, a su amor a los hombres hasta inmolarse entregando su vida».(148)

Por tanto, el sacerdote es el hombre de la caridad y está llamado a educar a los demás en la imitación de Cristo y en el mandamiento nuevo del amor fraterno (cf. Jn 15, 12). Pero esto exige que él mismo se deje educar continuamente por el Espíritu en la caridad del Señor. En este sentido, la preparación al sacerdocio tiene que incluir una seria formación en la caridad, en particular en el amor preferencial por los «pobres», en los cuales, mediante la fe, descubre la presencia de Jesús (cf. Mt 25, 40) y en el amor misericordioso por los pecadores.

En la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí mismo por amor, encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro sacerdote la educación en la obediencia, en el celibato y en la pobreza.(149) En este sentido invitaba el Concilio: «Entiendan con toda claridad los alumnos que su destino no es el mando ni son los honores, sino la entrega total al servicio de Dios y al ministerio pastoral. Con singular cuidado edúqueseles en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el espíritu de la propia abnegación, de suerte que se habitúen a renunciar con prontitud a las cosas que, aun siendo lícitas, no convienen, y a asemejarse a Cristo crucificado».(150)

50. La formación espiritual de quien es llamado a vivir el celibato debe dedicar una atención particular a preparar al futuro sacerdote para conocer, estimar, amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza y en su verdadera finalidad, y, por tanto, en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales. Presupuesto y contenido de esta preparación es la virtud de la castidad, que determina todas las relaciones humanas y lleva a experimentar y manifestar… un amor sincero, humano, fraterno, personal y capaz de sacrificios, siguiendo el ejemplo de Cristo, con todos y con cada uno».(151)

El celibato de los sacerdotes reviste a la castidad con algunas características de las cuales ellos, «renunciando a la sociedad conyugal por el reino de los cielos (cf. Mt 19, 12), se unen al Señor con un amor indiviso, que está íntimamente en consonancia con el Nuevo Testamento; dan testimonio de la resurrección en el siglo futuro (cf. Lc 20, 36) y tienen a mano una ayuda importantísima para el ejercicio continuo de aquella perfecta caridad que les capacita para hacerse todo a todos en su ministerio sacerdotal».(152) En este sentido el celibato sacerdotal no se puede considerar simplemente como una norma jurídica ni como una condición totalmente extrínseca para ser admitidos a la ordenación, sino como un valor profundamente ligado con la sagrada Ordenación, que configura a Jesucristo, buen Pastor y Esposo de la Iglesia, y, por tanto, como la opción de un amor más grande e indiviso a Cristo y a su Iglesia, con la disponibilidad plena y gozosa del corazón para el ministerio pastoral. El celibato ha de ser considerado como una gracia especial, como un don que «no todos entienden…, sino sólo aquéllos a quienes se les ha concedido» (Mt 19, 11).

Ciertamente es una gracia que no dispensa de la respuesta consciente y libre por parte de quien la recibe, sino que la exige con una fuerza especial. Este carisma del Espíritu lleva consigo también la gracia para que el que lo recibe permanezca fiel durante toda su vida y cumpla con generosidad y alegría los compromisos correspondientes. En la formación del celibato sacerdotal deberá asegurarse la conciencia del «don precioso de Dios»,(153) que llevará a la oración y la vigilancia para que el don sea protegido de todo aquello que pueda amenazarlo.

Viviendo su celibato el sacerdote podrá ejercer mejor su ministerio en el pueblo de Dios. En particular, dando testimonio del valor evangélico de la virginidad, podrá ayudar a los esposos cristianos a vivir en plenitud el «gran sacramento» del amor de Cristo Esposo hacia la Iglesia su esposa, así como su fidelidad en el celibato servirá también de ayuda para la fidelidad de los esposos.(154)

La importancia y delicadeza de la preparación al celibato sacerdotal, especialmente en las situaciones sociales y culturales actuales, han llevado a los Padres sinodales a una serie de cuestiones, cuya validez permanente está confirmada por la sabiduría de la madre Iglesia. Las propongo autorizadamente como criterios que deben seguirse en la formación de la castidad en el celibato: «Los Obispos, junto con los rectores y directores espirituales de los seminarios, establezcan principios, ofrezcan criterios y proporcionen ayudas para el discernimiento en esta materia. Son de máxima importancia para la formación de la castidad en el celibato la solicitud del Obispo y la vida fraterna entre los sacerdotes. En el seminario, o sea, en su programa de formación, debe presentarse el celibato con claridad, sin ninguna ambigüedad y de forma positiva. El seminarista debe tener un adecuado grado de madurez psíquica y sexual, así como una vida asidua y auténtica de oración, y debe ponerse bajo la dirección de un padre espiritual. El director espiritual debe ayudar al seminarista para que llegue a una decisión madura y libre, que esté fundada en la estima de la amistad sacerdotal y de la autodisciplina, como también en la aceptación de la soledad y en un correcto estado personal físico y psicológico. Para ello los seminaristas deben conocer bien la doctrina del Concilio Vaticano II, la encíclica Sacerdotalis caelibatus y la Instrucción para la formación del celibato sacerdotal, publicada por la Congregación para la Educación Católica en 1974. Para que el seminarista pueda abrazar con libre decisión el celibato por el Reino de los cielos, es necesario que conozca la naturaleza cristiana y verdaderamente humana, y el fin de la sexualidad en el matrimonio y en el celibato. También es necesario instruir y educar a los fieles laicos sobre las motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales propias del celibato sacerdotal, de modo que ayuden a los presbíteros con la amistad, comprensión y colaboración».(155)

Formación intelectual: inteligencia de la fe

51. La formación intelectual, aun teniendo su propio carácter específico, se relaciona profundamente con la formación humana y espiritual, constituyendo con ellas un elemento necesario; en efec to, es como una exigencia insustituible de la inteligencia con la que el hombre, participando de la luz de la inteligencia divina, trata de conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión.(156)

La formación intelectual de los candidatos al sacerdocio encuentra su justificación específica en la naturaleza misma del ministerio ordenado y manifiesta su urgencia actual ante el reto de la nueva evangelización a la que el Señor llama a su Iglesia a las puertas del tercer milenio. «Si todo cristiano —afirman los Padres sinodales— debe estar dispuesto a defender la fe y a dar razón de la esperanza que vive en nosotros (cf. 1 Pe 3, 15), mucho más los candidatos al sacerdocio y los presbíteros deben cuidar diligentemente el valor de la formación intelectual en la educación y en la actividad pastoral, dado que, para la salvación de los hermanos y hermanas, deben buscar un conocimiento más profundo de los misterios divinos».(157) Además, la situación actual, marcada gravemente por la indiferencia religiosa y por una difundida desconfianza en la verdadera capacidad de la razón para alcanzar la verdad objetiva y universal, así como por los problemas y nuevos interrogantes provocados por los descubrimientos científicos y tecnológicos, exige un excelente nivel de formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de anunciar —precisamente en ese contexto— el inmutable Evangelio de Cristo y hacerlo creíble frente a las legítimas exigencias de la razón huma na. Añádase, además, que el actual fenómeno del pluralismo, acentuado más que nunca en el ámbito no sólo de la sociedad humana sino también de la misma comunidad eclesial, requiere una aptitud especial para el discernimiento crítico: es un motivo ulterior que demuestra la necesidad de una formación intelectual más sólida que nunca.

Esta exigencia «pastoral» de la formación intelectual confirma cuanto se ha dicho ya sobre la unidad del proceso educativo en sus varias dimensiones. La dedicación al estudio, que ocupa una buena parte de la vida de quien se prepara al sacerdocio, no es precisamente un elemento extrínseco y secundario de su crecimiento humano, cristiano, espiritual y vocacional; en realidad, a través del estudio, sobre todo de la teología, el futuro sacerdote se adhiere a la palabra de Dios, crece en su vida espiritual y se dispone a realizar su ministerio pastoral. Es ésta la finalidad múltiple y unitaria del estudio teológico indicada por el Concilio(158) y propuesta nuevamente por el Instrumentum laboris del Sínodo con las siguientes palabras: «Para que pueda ser pastoralmente eficaz, la formación intelectual debe integrarse en un camino espiritual marcado por la experiencia personal de Dios, de tal manera que se pueda superar una pura ciencia nocionística y llegar a aquella inteligencia del corazón que sabe “ver” primero y es capaz después de comunicar el misterio de Dios a los hermanos».(159)

52. Un momento esencial de la formación intelectual es el estudio de la filosofía, que lleva a un conocimiento y a una interpretación más profundos de la persona, de su libertad, de sus relaciones con el mundo y con Dios. Ello es muy urgente, no sólo por la relación que existe entre los argumentos filosóficos y los misterios de la salvación estudiados en teología a la luz superior de la fe,(160) sino también frente a una situación cultural muy difundida, que exalta el subjetivismo como criterio y medida de la verdad. Sólo una sana filosofía puede ayudar a los candidatos al sacerdocio a desarrollar una conciencia refleja de la relación constitutiva que existe entre el espíritu humano y la verdad, la cual se nos revela plenamente en Jesucristo. Tampoco hay que infravalorar la importancia de la filosofía para garantizar aquella «certeza de verdad», la única que puede estar en la base de la entrega personal total a Jesús y a la Iglesia. No es difícil entender cómo algunas cuestiones muy concretas —como lo son la identidad del sacerdote y su compromiso apostólico y misionero— están profundamente ligadas a la cuestión, nada abstracta, de la verdad: si no se está seguro de la verdad, ¿cómo se podrá poner en juego la propia vida y tener fuerzas para interpelar seriamente la vida de los demás?

La filosofía ayuda no poco al candidato a enriquecer su formación intelectual con el «culto de la verdad», es decir, una especie de veneración amorosa de la verdad, la cual lleva a reconocer que ésta no es creada y medida por el hombre, sino que es dada al hombre como don por la Verdad suprema, Dios; que, aun con limitaciones y a veces con dificultades, la razón humana puede alcanzar la verdad objetiva y universal, incluso la que se refiere a Dios y al sentido radical de la existencia; y que la fe misma no puede prescindir de la razón ni del esfuerzo de «pensar» sus contenidos, como testimoniaba la gran mente de Agustín: «He deseado ver con el entendimiento aquello que he creído, y he discutido y trabajado mucho».(161)

Para una comprensión más profunda del hombre y de los fenómenos y líneas de evolución de la sociedad, en orden al ejercicio, «encarnado» lo más posible, del ministerio pastoral, pueden ser de gran utilidad las llamadas «ciencias del hombre», como la sociología, la psicología, la pedagogía, la ciencia de la economía y de la política, y la ciencia de la comunicación social. Aunque sólo sea en el ámbito muy concreto de las ciencias positivas o descriptivas, éstas ayudan al futuro sacerdote a prolongar la «contemporaneidad» vivida por Cristo. «Cristo, decía Pablo VI, se ha hecho contemporáneo a algunos hombres y ha hablado su lenguaje. La fidelidad a Él requiere que continúe esta contemporaneidad».(162)

53. La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y se construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la teología. El valor y la autenticidad de la formación teológica dependen del respeto escrupuloso de la naturaleza propia de la teología, que los Padres sinodales han resumido así: «La verdadera teología proviene de la fe y trata de conducir a la fe».(163) Ésta es la concepción que constantemente ha enseñado la Iglesia católica mediante su Magisterio. Ésta es también la línea seguida por los grandes teólogos, que enriquecieron el pensamiento de la Iglesia católica a través de los siglos. Santo Tomás es muy explícito cuando afirma que la fe es como el habitus de la teología, o sea, su principio operativo permanente,(164) y que «toda la teología está ordenada a alimentar la fe».(165)

Por tanto, el teólogo es ante todo un creyente, un hombre de fe. Pero es un creyente que se pregunta sobre su fe (fides quaerens intellectum), que se pregunta para llegar a una comprensión más profunda de la fe misma. Los dos aspectos, la fe y la reflexión madura, están profundamente relacionados entre sí; precisamente su íntima coordinación y compenetración es decisiva para la verdadera naturaleza de la teología, y, por consiguiente, es decisiva para los contenidos, modalidades y espíritu según los cuales hay que elaborar y estudiar la sagrada doctrina.

Además, ya que la fe, punto de partida y de llegada de la teología, opera una relación personal del creyente con Jesucristo en la Iglesia, la teología tiene también características cristológicas y eclesiales intrínsecas, que el candidato al sacerdocio debe asumir conscientemente, no sólo por las implicaciones que afectan a su vida personal, sino también por aquellas que afectan a su ministerio pastoral. Por ser la fe aceptación de la Palabra de Dios, lleva a un «sí» radical del creyente a Jesucristo, Palabra plena y definitiva de Dios al mundo (cf. Heb 1, 1ss.). Por consiguiente, la reflexión teológica tiene su centro en la adhesión a Jesucristo, Sabiduría de Dios. La misma reflexión madura debe considerarse como una participación de la «mente» de Cristo (cf. 1 Cor 2, 16) en la forma humana de una ciencia (scientia fidei). Al mismo tiempo la fe introduce al creyente en la Iglesia y lo hace partícipe de su vida, como comunidad de fe. En consecuencia, la teología posee una dimensión eclesial, porque es una reflexión madura sobre la fe de la Iglesia hecha por el teólogo, que es miembro de la Iglesia.(166)

Estas perspectivas cristológicas y eclesiales, que son connaturales a la teología, ayudan a desarrollar en los candidatos al sacerdocio, además del rigor científico, un grande y vivo amor a Jesucristo y a su Iglesia: este amor, a la vez que alimenta su vida espiritual, les sirve de pauta para el ejercicio generoso de su ministerio. Tal era precisamente la intención del Concilio Vaticano II, cuando pedía la reforma de los estudios eclesiásticos, mediante una más adecuada estructuración de las diversas disciplinas filosóficas y teológicas para hacer que «concurran armoniosamente a abrir cada vez más las inteligencias de los alumnos al misterio de Cristo, que afecta a toda la humanidad, influye constantemente en la Iglesia y actúa sobre todo por obra del ministerio sacerdotal».(167)

La formación intelectual teológica y la vida espiritual —en particular la vida de oración— se encuentran y refuerzan mutuamente, sin quitar por ello nada a la seriedad de la investigación ni al gusto espiritual de la oración. San Buenaventura advierte: «Nadie crea que le baste la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la búsqueda sin el asombro, la observacion sin el júbilo, la actividad sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, la investigación sin la sabiduría de la inspiración sobrenatural».(168)

54. La formación teológica es una tarea sumamente compleja y comprometida. Ella debe llevar al candidato al sacerdocio a poseer una visión completa y unitaria de las verdades reveladas por Dios en Jesucristo y de la experiencia de fe de la Iglesia; de ahí la doble exigencia de conocer «todas» las verdades cristianas y conocerlas de manera orgánica, sin hacer selecciones arbitrarias. Esto exige ayudar al alumno a elaborar una síntesis que sea fruto de las aportaciones de las diversas disciplinas teológicas, cuyo carácter específico alcanza auténtico valor sólo en la profunda coordinación de todas ellas.

En su reflexión madura sobre la fe, la teología se mueve en dos direcciones. La primera es la del estudio de la Palabra de Dios: la palabra escrita en el Libro sagrado, celebrada y transmitida en la Tradición viva de la Iglesia e interpretada auténticamente por su Magisterio. De aquí el estudio de la Sagrada Escritura, «la cual debe ser como el alma de toda la teología»:(169) de los Padres de la Iglesia y de la liturgia, de la historia eclesiástica, de las declaraciones del Magisterio. La segunda dirección es la del hombre, interlocutor de Dios: el hombre llamado a «creer», a «vivir» y a «comunicar» a los demás la fides y el ethos cristiano. De aquí el estudio de la dogmática, de la teología moral, de la teología espiritual, del derecho canónico y de la teología pastoral.

La referencia al hombre creyente lleva la teología a dedicar una particular atención, por un lado, a las consecuencias fundamentales y permanentes de la relación fe-razón; por otro, a algunas exigencias más relacionadas con la situación social y cultural de hoy. Bajo el primer punto de vista se sitúa el estudio de la teología fundamental, que tiene como objeto el hecho de la revelación cristiana y su transmisión en la Iglesia. En la segunda perspectiva se colocan aquellas disciplinas que han tenido y tienen un desarrollo más decisivo como respuestas a problemas hoy intensamente vividos, como por ejemplo el estudio de la doctrina social de la Iglesia, que «pertenece al ámbito… de la teología y especialmente de la teología moral»,(170) y que es uno de los «componentes esenciales» de la «nueva evangelización», de la que es instrumento;(171) igualmente el estudio de la misión, del ecumenismo, del judaísmo, del Islam y de otras religiones no cristianas.

55. La formación teológica actual debe prestar particular atención a algunos problemas que no pocas veces suscitan dificultades, tensiones, desorientación en la vida de la Iglesia. Piénsese en la relación entre las declaraciones del Magisterio y las discusiones teológicas; relación que no siempre se desarrolla como debería ser, o sea, en la perspectiva de la colaboración. Ciertamente «el Magisterio vivo de la Iglesia y la teología —aun desempeñado funciones diversas— tienen en definitiva el mismo fin: mantener al Pueblo de Dios en la verdad que hace libres y hacer de él la “luz de las naciones”. Dicho servicio a la comunidad eclesial pone en relación recíproca al teólogo con el Magisterio. Este último enseña auténticamente la doctrina de los Apóstoles y, sacando provecho del trabajo teológico, replica a las objeciones y deformaciones de la fe, proponiendo además, con la autoridad recibida de Jesucristo, nuevas profundizaciones, explicitaciones y aplicaciones de la doctrina revelada. La teología, en cambio, adquiere, de modo reflejo, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios, contenida en la Escritura y transmitida fielmente por la Tradición viva de la Iglesia bajo la guía del Magisterio, a la vez que se esfuerza por aclarar esta enseñanza de la Revelación frente a las instancias de la razón y le da una forma orgánica y sistemática».(172) Pero cuando, por una serie de motivos, disminuye esta colaboración, es preciso no prestarse a equívocos y confusiones, sabiendo distinguir cuidadosamente «la doctrina común de la Iglesia, de las opiniones de los teólogos y de las tendencias que se desvanecen con el pasar del tiempo (las llamadas “modas”)».(173) No existe un magisterio «paralelo», porque el único magisterio es el de Pedro y los apóstoles, el del Papa y los Obispos.(174)

Otro problema, que se da principalmente donde los estudios seminarísticos están encomendados a instituciones académicas, se refiere a la relación entre el rigor científico de la teología y su aplicación pastoral, y, por tanto, la naturaleza pastoral de la teología. En realidad, se trata de dos características de la teología y de su enseñanza que no sólo no se oponen entre sí, sino que coinciden, aunque sea bajo aspectos diversos, en el plano de una más completa «inteligencia de la fe». En efecto, el caracter pastoral de la teología no significa que ésta sea menos doctrinal o incluso que esté privada de su carácter científico; por el contrario, significa que prepara a los futuros sacerdotes para anunciar el mensaje evangélico a través de los medios culturales de su tiempo y a plantear la acción pastoral según una auténtica vision teológica. Y así, por un lado, un estudio respetuoso del carácter rigurosamente científico de cada una de las disciplinas teológicas contribuirá a la formación más completa y profunda del pastor de almas como maestro de la fe; por otro lado, una adecuada sensibilidad en su aplicación pastoral hará que sea el estudio serio y científico de la teología verdaderamente formativo para los futuros presbíteros.

Un problema ulterior nace de la exigencia —hoy intensamente sentida— de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe. Es éste un problema eminentemente pastoral, que debe ser incluido con mayor amplitud y particular sensibilidad en la formación de los candidatos al sacerdocio: «En las actuales circunstancias, en que en algunas regiones del mundo la religión cristiana se considera como algo extraño a las culturas, tanto antiguas como modernas, es de gran importancia que en toda la formación intelectual y humana se considere necesaria y esencial la dimensión de la inculturación.(175) Pero esto exige previamente una teología auténtica, inspirada en los principios católicos sobre esa inculturación. Estos principios se relacionan con el misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con la antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico de la inculturación; ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación, que proviene de Cristo.(176) El problema de esta inculturación puede tener un interés específico cuando los candidatos al sacerdocio provienen de culturas autóctonas; entonces, necesitarán métodos adecuados de formación, sea para superar el peligro de ser menos exigentes y desarrollar una educación más débil de los valores humanos, cristianos y sacerdotales, sea para revalorizar los elementos buenos y auténticos de sus culturas y tradiciones».(177)

56. Siguiendo las enseñanzas y orientaciones del Concilio Vaticano II y las normas de aplicación de la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, ha tenido lugar en la Iglesia una amplia actualización de la enseñanza de las disciplinas filosóficas y, sobre todo, teológicas en los seminarios. Aun necesitando en algunos casos ulteriores enmiendas o desarrollos, esta actualización ha contribuido en su conjunto a destacar cada vez más el proyecto educativo en el ámbito de la formación intelectual. A este respecto, «los Padres sinodales han afirmado de nuevo, con frecuencia y claridad, la necesidad —más aún, la urgencia-— de que se aplique en los seminarios y en las casas de formación el plan fundamental de estudios, tanto el universal como el de cada nación o Conferencia episcopal».(178)

Es necesario contrarrestar decididamente la tendencia a reducir la seriedad y el esfuerzo en los estudios, que se deja sentir en algunos ambientes eclesiales, como consecuencia de una preparación básica insuficiente y con lagunas en los alumnos que comienzan el período filosófico y teológico. Esta misma situación contemporánea exige cada vez más maestros que estén realmente a la altura de la complejidad de los tiempos y sean capaces de afrontar, con competencia, claridad y profundidad los interrogantes vitales del hombre de hoy, a los que sólo el Evangelio de Jesús da la plena y definitiva respuesta.

La formación pastoral: comunicar la caridad de Jesucristo, buen Pastor

57. Toda la formación de los candidatos al sacerdocio está orientada a prepararlos de una manera específica para comunicar la caridad de Cristo, buen Pastor. Por tanto, esta formación, en sus diversos aspectos, debe tener un carácter esencialmente pastoral. Lo afirma claramente el decreto conciliar Optatam totius, refiriéndose a los seminarios mayores: «La educación de los alumnos debe tender a la formación de verdaderos pastores de las almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor. Por consiguiente, deben prepararse para el ministerio de la Palabra: para comprender cada vez mejor la palabra revelada por Dios, poseerla con la meditación y expresarla con la palabra y la conducta; deben prepararse para el ministerio del culto y de la santificación, a fin de que, orando y celebrando las sagradas funciones litúrgicas, ejerzan la obra de salvación por medio del sacrificio eucarístico y los sacramentos; deben prepararse para el ministerio del Pastor: para que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención del mundo” (Mc 10, 45; cf. Jn 13, 12-17), y, hechos servidores de todos, ganar a muchos (cf. 1 Cor 9,19)».(179)

El texto conciliar insiste en la profunda coordinación que hay entre los diversos aspectos de la formación humana, espiritual e intelectual; y, al mismo tiempo, en su finalidad pastoral específica. En este sentido, la finalidad pastoral asegura a la formación humana, espiritual e intelectual algunos contenidos y características concretas, a la vez que unifica y determina toda la formación de los futuros sacerdotes.

Como cualquier otra formación, también la formación pastoral se desarrolla mediante la reflexión madura y la aplicación práctica, y tiene sus raíces profundas en un espíritu que es el soporte y la fuerza impulsora y de desarrollo de todo.

Por tanto, es necesario el estudio de una verdadera y propia disciplina teológica: la teología pastoral o práctica, que es una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una reflexión, sobre la Iglesia como «sacramento universal de salvación»,(180) como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en los Sacramentos y en el servicio de la caridad. La pastoral no es solamente un arte ni un conjunto de exhortaciones, experiencias y métodos; posee una categoría teológica plena, porque recibe de la fe los principios y criterios de la acción pastoral de la Iglesia en la historia, de una Iglesia que «engendra» cada día a la Iglesia misma, según la feliz expresión de San Beda el Venerable: «Nam et Ecclesia quotidie gignit Ecclesiam».(181) Entre estos principios y criterios se encuentra aquel especialmente importante del discernimiento evangélico sobre la situación sociocultural y eclesial, en cuyo ámbito se desarrolla la acción pastoral.

El estudio de la teología pastoral debe iluminar la aplicación práctica mediante la entrega y algunos servicios pastorales, que los candidatos al sacerdocio deben realizar, de manera progresiva y siempre en armonía con las demás tareas formativas; se trata de «experiencias» pastorales, que han de confluir en un verdadero «aprendizaje pastoral», que puede durar incluso algún tiempo y que requiere una verificación de manera metódica.

Mas el estudio y la actividad pastoral se apoyan en una fuente interior, que la formación deberá custodiar y valorarizar: se trata de la comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesús, la cual, así como ha sido el principio y fuerza de su acción salvífica, también, gracias a la efusión del Espíritu Santo en el sacramento del Orden, debe ser principio y fuerza del ministerio del presbítero. Se trata de una formación destinada no sólo a asegurar una competencia pastoral científica y una preparación práctica, sino también, y sobre todo, a garantizar el crecimiento de un modo de estar en comunión con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo, buen Pastor: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5).

58. Entendida así, la formación pastoral no puede reducirse a un simple aprendizaje, dirigido a familiarizarse con una técnica pastoral. El proyecto educativo del seminario se encarga de una verdadera y propia iniciación en la sensibilidad del pastor, a asumir de manera consciente y madura sus responsabilidades, en el hábito interior de valorar los problemas y establecer las prioridades y los medios de solución, fundados siempre en claras motivaciones de fe y según las exigencias teológicas de la pastoral misma.

A través de la experiencia inicial y progresiva en el ministerio, los futuros sacerdotes podrán ser introducidos en la tradición pastoral viva de su Iglesia particular; aprenderán a abrir el horizonte de su mente y de su corazón a la dimensión misionera de la vida eclesial; se ejercitarán en algunas formas iniciales de colaboración entre sí y con los presbíteros a los cuales serán enviados. En estos últimos recae —en coordinación con el programa del seminario— una responsabilidad educativa pastoral de no poca importancia.

En la elección de los lugares y servicios adecuados para la experiencia pastoral se debe prestar especial atención a la parroquia,(182) célula vital de dichas experiencias sectoriales y especializadas, en la que los candidatos al sacerdocio se encontrarán frente a los problemas inherentes a su futuro ministerio. Los Padres sinodales han propuesto una serie de ejemplos concretos, como la visita a los enfermos, la atención a los emigrantes, exiliados y nómadas, el celo de la caridad que se traduce en diversas obras sociales. En particular dicen: «Es necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de Cristo mismo que «pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38); el presbítero debe ser también el signo visíble de la solicitud de la Iglesia, que es Madre y Maestra. Y puesto que el hombre de hoy está afectado por tantas desgracias, especialmente los que viven sometidos a una pobreza inhumana, a la violencia ciega o al poder abusivo, es necesario que el hombre de Dios, bien preparado para toda obra buena (cf. 2 Tim 3, 17), reivindique los derechos y la dignidad del hombre. Pero evite adherirse a falsas ideologías y olvidar, cuando trata de promover el bien, que el mundo es redimido sólo por la cruz de Cristo».(183)

El conjunto de estas y de otras actividades pastorales educa al futuro sacerdote a vivir como «servicio» la propia misión de «autoridad» en la comunidad, alejándose de toda actitud de superioridad o ejercicio de un poder que no esté siempre y exclusivamente justificado por la caridad pastoral.

Para una adecuada formación es necesario que las diversas experiencias de los candidatos al sacerdocio asuman un claro carácter «ministerial», siempre en íntima conexión con todas las exigencias propias de la preparación al presbiterado y (por supuesto, sin menoscabo del estudio) relacionadas con el triple servicio de la Palabra, del culto y de presidir la comunidad. Estos servicios pueden ser la traducción concreta de los ministerios del Lectorado, Acolitado y Diaconado.

59. Ya que la actividad pastoral está destinada por su naturaleza a animar la Iglesia, que es esencialmente «misterio», «comunión», y «misión», la formación pastoral deberá conocer y vivir estas dimensiones eclesiales en el ejercicio del ministerio.

Es fundamental el ser conscientes de que la Iglesia es «misterio», obra divina, fruto del Espíritu de Cristo, signo eficaz de la gracia, presencia de la Trinidad en la comunidad cristiana; esta conciencia, a la vez que no disminuirá el sentido de responsabilidad propio del pastor, lo convencerá de que el crecimiento de la Iglesia es obra gratuita del Espíritu y que su servicio —encomendado por la misma gracia divina a la libre responsabilidad humana— es el servicio evangélico del «siervo inútil» (cf. Lc 17, 10).

En segundo lugar, la conciencia de la Iglesia como «comunión» ayudará al candidato al sacerdocio a realizar una pastoral comunitaria, en colaboración cordial con los diversos agentes eclesiales: sacerdotes y Obispo, sacerdotes diocesanos y religiosos, sacerdotes y laicos. Pero esta colaboración supone el conocimiento y la estima de los diversos dones y carismas, de las diversas vocaciones y responsabilidades que el Espíritu ofrece y confía a los miembros del Cuerpo de Cristo; requiere un sentido vivo y preciso de la propia identidad y de la de las demás personas en la Iglesia; exige mutua confianza, paciencia, dulzura, capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo en un amor a la Iglesia más grande que el amor a sí mismos y a las agrupaciones a las cuales se pertenece. Es especialmente importante preparar a los futuros sacerdotes para la colaboración con los laicos. «Oigan de buen grado —dice el Concilio— a los laicos, considerando fraternalmente sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, a fin de que, juntamente con ellos, puedan conocer los signos de los tiempos».(184) El Sínodo ha insistido también en la atención pastoral a los laicos: «Es necesario que el alumno sea capaz de proponer y ayudar a vivir a los fieles laicos, especialmente los jóvenes, las diversas vocaciones (matrimonio, servicios sociales, apostolado, ministerios y responsabilidades en las actividades pastorales, vida consagrada, dirección de la vida política y social, investigación científica, enseñanza). Sobre todo es necesario enseñar y ayudar a los laicos en su vocación de impregnar y transformar el mundo con la luz del Evangelio, reconociendo su propio cometido y respetándolo».(185)

Por último, la conciencia de la Iglesia como comunión «misionera» ayudará al candidato al sacerdocio a amar y vivir la dimensión misionera esencial de la Iglesia y de las diversas actividades pastorales; a estar abierto y disponible para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio del Evangelio, sin olvidar la valiosa ayuda que pueden y deben dar al respecto los medios de comunicación social;(186) y a prepararse para un ministerio que podrá exigirle la disponibilidad concreta al Espíritu Santo y al Obispo para ser enviado a predicar el Evangelio fuera de su país.(187)

II. AMBIENTES PROPIOS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL

La comunidad formativa del Seminario mayor

60. La necesidad del Seminario mayor —y de una análoga Casa religiosa de formación— para la preparación de los candidatos al sacerdocio, como fue afirmada categóricamente por el Concilio Vaticano II,(l88) ha sido reiterada por el Sínodo con estas palabras: «La institución del Seminario mayor, como lugar óptimo de formación, debe ser confirmada como ambiente normal, incluso material, de una vida comunitaria y jerárquica, es más, como casa propia para la formación de los candidatos al sacerdocio, con superiores verdaderamente consagrados a esta tarea. Esta institución ha dado muchísimos frutos a través de los siglos y continúa dándolos en todo el mundo».(189)

El seminario, que representa como un tiempo y un espacio geográfico, es sobre todo una comunidad educativa en camino: la comunidad promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor dedicó a los Doce. En realidad, los Evangelios nos presentan la vida de trato íntimo y prolongado con Jesús como condición necesaria para el ministerio apostólico. Esa vida exige a los Doce llevar a cabo, de un modo particularmente claro y específico, el desprendimiento —propuesto en cierta medida a todos los discípulos— del ambiente de origen, del trabajo habitual, de los afectos más queridos (cf. Mc 1,16-20; 10, 28; Lc 9, 11. 27-28; 9, 57-62; 14, 25-27). Se ha citado varias veces la narración de Marcos, que subraya la relación profunda que une a los apóstoles con Cristo y entre sí; antes de ser enviados a predicar y curar, son llamados «para que estuvieran con él» (Mc 3, 14).

La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión. Esta identidad constituye el ideal formativo que —en las muy diversas formas y múltiples vicisitudes que como institución humana ha tenido en la historia— estimula al seminario a encontrar su realización concreta, fiel a los valores evangélicos en los que se inspira y capaz de responder a las situaciones y necesidades de los tiempos.

El seminario es, en sí mismo, una experiencia original de la vida de la Iglesia; en él el Obispo se hace presente a través del ministerio del rector y del servicio de corresponsabilidad y de comunión con los demás educadores, para el crecimiento pastoral y apostólico de los alumnos. Los diversos miembros de la comunidad del seminario, reunidos por el Espíritu en una sola fraternidad, colaboran, cada uno según su propio don, al crecimiento de todos en la fe y en la caridad, para que se preparen adecuadamente al sacerdocio y por tanto a prolongar en la Iglesia y en la historia la presencia redentora de Jesucristo, el buen Pastor.

Incluso desde un punto de vista humano, el Seminario mayor debe tratar de ser «una comunidad estructurada por una profunda amistad y caridad, de modo que pueda ser considerada una verdadera familia que vive en la alegría».(190) Desde un punto de vista cristiano, el Seminario debe configurarse —continúan los Padres sinodales—, como «comunidad eclesial», como «comunidad de discípulos del Señor, en la que se celebra una misma liturgia (que impregna la vida del espíritu de oración), formada cada día en la lectura y meditación de la Palabra de Dios y con el sacramento de la Eucaristía, en el ejercicio de la caridad fraterna y de la justicia; una comunidad en la que, en el progreso de la vida comunitaria y en la vida de cada miembro, resplandezcan el Espíritu de Cristo y el amor a la Iglesia».(191) Confirmando y desarrollando concretamente esta esencial dimensión eclesial del Seminario, los Padres sinodales afirman: «como comunidad eclesial, sea diocesana o interdiocesana, o también religiosa, el Seminario debe alimentar el sentido de comunión de los candidatos con su Obispo y con su Presbiterio, de modo que participen en su esperanza y en sus angustias, y sepan extender esta apertura a las necesidades de la Iglesia universal».(192)

Es esencial para la formación de los candidatos al sacerdocio y al ministerio pastoral —eclesial por naturaleza— que se viva en el Seminario no de un modo extrínseco y superficial, como si fuera un simple lugar de habitación y de estudio, sino de un modo interior y profundo: como una comunidad específicamente eclesial, una comunidad que revive la experiencia del grupo de los Doce unidos a Jesús.(193)

61. El Seminario es, por tanto, una comunidad eclesial educativa, más aún, es una especial comunidad educativa. Y lo que determina su fisonomía es el fin específico, o sea, el acompañamiento vocacional de los futuros sacerdotes, y por tanto el discernimiento de la vocación, la ayuda para corresponder a ella y la preparación para recibir el sacramento del Orden con las gracias y responsabilidades propias, por las que el sacerdote se configura con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y se prepara y compromete para compartir su misión de salvación en la Iglesia y en el mundo.

En cuanto comunidad educativa, toda la vida del Seminario, en sus más diversas expresiones, está intensamente dedicada a la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de los futuros presbíteros; se trata de una formación que, aun teniendo tantos aspectos comunes con la formación humana y cristiana de todos los miembros de la Iglesia, presenta contenidos, modalidades y características que nacen de manera específica de la finalidad que se persigue, esto es, de preparar al sacerdocio.

Ahora bien, los contenidos y formas de la labor educativa exigen que el Seminario tenga definido su propio plan, o sea, un programa de vida que se caracterice tanto por ser orgánico-unitario, como por su sintonía o correspondencia con el único fin que justifica la existencia del Seminario: la preparación de los futuros presbíteros.

En este sentido, escriben los Padres sinodales: «en cuanto comunidad educativa, (el Seminario) está al servicio de un programa claramente definido que, como nota característica, tenga la unidad de dirección, manifestada en la figura del Rector y sus colaboradores, en la coherencia de toda la ordenación de la vida y actividad formativa y de las exigencias fundamentales de la vida comunitaria, que lleva consigo también aspectos esenciales de la labor de formación. Este programa debe estar al servicio —sin titubeos ni vaguedades— de la finalidad específica, la única que justifica la existencia del Seminario, a saber, la formación de los futuros presbíteros, pastores de la Iglesia.(194) Y para que la programación sea verdaderamente adecuada y eficaz, es preciso que las grandes líneas del programa se traduzcan más concretamente y al detalle, mediante algunas normas particulares destinadas a ordenar la vida comunitaria, estableciendo determinados instrumentos y algunos ritmos temporales precisos.

Otro aspecto que hay que subrayar aquí es la labor educativa que, por su naturaleza, es el acompañamiento de estas personas históricas y concretas que caminan hacia la opción y la adhesión a determinados ideales de vida. Precisamente por esto la labor educativa debe saber conciliar armónicamente la propuesta clara de la meta que se quiere alcanzar, la exigencia de caminar con seriedad hacia ella, la atención al «viandante», es decir al sujeto concreto empeñado en esta aventura y, consiguientemente, a una serie de situaciones, problemas, dificultades, ritmos diversos de andadura y de crecimiento. Esto exige una sabia elasticidad, que no significa precisamente transigir ni sobre los valores ni sobre el compromiso consciente y libre, sino que quiere decir amor verdadero y respeto sincero a las condiciones totalmente personales de quien camina hacia el sacerdocio. Esto vale no sólo respecto a cada una de las personas, sino también en relación con los diversos contextos sociales y culturales en los que se desenvuelven los Seminarios y con la diversa historia que cada uno de ellos tienen. En este sentido la obra educativa exige una constante renovación. Por ello, los Padres sinodales han subrayado también con fuerza, en relación con la configuración de los Seminarios: «Salva la validez de las formas clásicas del Seminario, el Sínodo desea que continúe el trabajo de consulta de las Conferencias Episcopales sobre las necesidades actuales de la formación, como se mandaba en el decreto Optatan totius (n. 1) y en el Sínodo de 1967. Revísense oportunamente las Rationes de cada nación o rito, ya sea con ocasión de las consultas hechas por las Conferencias Episcopales, ya sea en las visitas apostólicas a los Seminarios de las diversas naciones, para integrar en ellas diversos modelos comprobados de formación, que respondan a las necesidades de los pueblos de cultura así llamada indígena, de las vocaciones de adultos, de las vocaciones misioneras, etc».1(95)

62. La finalidad y la forma educativa específica del Seminario mayor exige que los candidatos al sacerdocio entren en él con alguna preparación previa. Esta preparación no creaba —al menos hasta hace algún decenio— problemas particulares, ya que los aspirantes provenían habitualmente de los Seminarios menores y la vida cristiana de las comunidades eclesiales ofrecía con facilidad a todos indistintamente una discreta instrucción y educación cristiana.

La situación en muchos lugares ha cambiado bastante. En efecto, se da una fuerte discrepancia entre el estilo de vida y la preparación básica, de los chicos, adolescentes y jóvenes —aunque sean cristianos e incluso comprometidos en la vida de la Iglesia—, por un lado, y, por otro, el estilo de vida del Seminario y sus exigencias formativas. En este punto, en comunión con los Padres sinodales, pido que haya un período adecuado de preparación que preceda la formación del Seminario: «Es útil que haya un período de preparación humana, cristiana, intelectual y espiritual para los candidatos al Seminario mayor. Estos candidatos deben tener determinadas cualidades: la recta intención, un grado suficiente de madurez humana, un conocimiento bastante amplio de la doctrina de la fe, alguna introducción a los métodos de oración y costumbres conformes con la tradición cristiana. Tengan también las aptitudes propias de sus regiones, mediante las cuales se expresa el esfuerzo de encontrar a Dios y la fe (cf. Evangelii nuntiandi, 48).(196)

«Un conocimiento bastante amplio de la doctrina de la fe», de que hablan los Padres sinodales, se exige igualmente antes de la teología, pues no se puede desarrollar una «intelligentia fidei» si no se conoce la «fides» en su contenido. Una tal laguna podrá ser más fácilmente colmada mediante el próximo Catecismo universal.

Mientras que, por una parte, se hace común el convencimiento de la necesidad de esta preparación previa al Seminario mayor, por otra, se da diversa valoración de sus contenidos y características, o sea: si la finalidad prioritaria ha de ser la formación espiritual para el discernimiento vocacional, o la formación intelectual o cultural. Además, no pueden olvidarse las muchas y profundas diversidades que existen, no sólo en relación con cada uno de los candidatos, sino también en relación con las varias regiones y países. Esto aconseja una fase todavía de estudio y experimentación, para que puedan definirse de una manera más oportuna y detallada los diversos elementos de esta preparación previa o «período propedéutico»: tiempo, lugar, forma, temas de este período, que desde luego han de estar en coordinación con los años sucesivos de la formación en el Seminario.

En este sentido, asumo y propongo a la Congregación para la Educación Católica la petición hecha por los Padres sinodales: «El Sínodo pide que la Congregación para la Educación Católica recoja todas las informaciones sobre las primeras experiencias ya hechas o que se están haciendo. En su momento, la Congregación comunique a las Conferencias Episcopales las informaciones sobre este tema».(197)

El Seminario menor y otras formas de acompañamiento vocacional

63. Como demuestra una larga experiencia, la vocación sacerdotal tiene, con frecuencia, un primer momento de manifestación en los años de la preadolescencia o en los primerísimos años de la juventud. E incluso en quienes deciden su ingreso en el Seminario más adelante, no es raro constatar la presencia de la llamada de Dios en períodos muy anteriores. La historia de la Iglesia es un testimonio continuo de llamadas que el Señor hace en edad tierna todavía. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, explica la predilección de Jesús hacia el apóstol Juan «por su tierna edad» y saca de ahí la siguiente conclusión: «esto nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud».(198)

La Iglesia, con la institución de los Seminarios menores, toma bajo su especial cuidado, discerniendo y acompañando, estos brotes de vocación sembrados en los corazones de los muchachos. En varias partes del mundo estos Seminarios continúan desarrollando una preciosa labor educativa, dirigida a custodiar y desarrollar los brotes de vocación sacerdotal, para que los alumnos la puedan reconocer más fácilmente y se hagan más capaces de corresponder a ella. Su propuesta educativa tiende a favorecer oportuna y gradualmente aquella formación humana, cultural y espiritual que llevará al joven a iniciar el camino en el Seminario mayor con una base adecuada y sólida.

Prepararse «a seguir a Cristo Redentor con espíritu de generosidad y pureza de intención»: éste es el fin del Seminario menor indicado por el Concilio en el decreto Optatam totius, donde se describe de la siguiente forma su carácter educativo: los alumnos «bajo la dirección paterna de sus superiores, secundada por la oportuna cooperación de los padres, lleven un género de vida que se avenga bien con la edad, espíritu y evolución de los adolescentes, y se adapte de lleno a las normas de la sana psicología, sin dejar a un lado la razonable experiencia de las cosas humanas y el trato con la propia familia».(199)

El Seminario menor podrá ser también en la diócesis un punto de referencia de la pastoral vocacional, con oportunas formas de acogida y oferta de informaciones para aquellos adolescentes que están en búsqueda de la vocación o que, decididos ya a seguirla, se ven obligados a retrasar el ingreso en el Seminario por diversas circunstancias, familiares o escolares.

64. Donde no se dé la posibilidad de tener el Seminario menor -—«necesario y muy útil en muchas regiones»— es preciso crear otras «instituciones»,(200) como podrían ser los grupos vocacionales para adolescentes y jóvenes. Aunque no sean permanentes, estos grupos podrán ofrecer en un ambiente comunitario una guía sistemática para el análisis y el crecimiento vocacional. Incluso viviendo en familia y frecuentando la comunidad cristiana que les ayude en su camino formativo, estos muchachos y estos jóvenes no deben ser dejados solos. Ellos tienen necesidad de un grupo particular o de una comunidad de referencia en la que apoyarse para seguir el itinerario vocacional concreto que el don del Espíritu Santo ha comenzado en ellos.

Como siempre ha sucedido en la historia de la Iglesia, y con alguna característica de esperanzadora novedad y frecuencia en las actuales circunstancias, se constata el fenómeno de vocaciones sacerdotales que se dan en la edad adulta, después de una más o menos larga experiencia de vida laical y de compromiso profesional. No siempre es posible, y con frecuencia no es ni siquiera conveniente, invitar a los adultos a seguir el itinerario educativo del Seminario mayor. Se debe más bien programar, después de un cuidadoso discernimiento sobre la autenticidad de estas vocaciones, cualquier forma específica de acompañamiento formativo, de modo que se asegure, mediante adaptaciones oportunas, la necesaria formación espiritual e intelectual.(201) Una adecuada relación con los otros aspirantes al sacerdocio y los períodos de presencia en la comunidad del Seminario mayor, podrán garantizar la inserción plena de estas vocaciones en el único presbiterio, y su íntima y cordial comunión con el mismo.

III. PROTAGONISTAS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL

La Iglesia y el Obispo

65. Puesto que la formación de los aspirantes al sacerdocio pertenece a la pastoral vocacional de la Iglesia, se debe decir que la Iglesia como tal es el sujeto comunitario que tiene la gracia y la responsabilidad de acompañar a cuantos el Señor llama a ser sus ministros en el sacerdocio.

En este sentido, la lectura del misterio de la Iglesia nos ayuda a precisar mejor el puesto y la misión que sus diversos miembros —individualmente y también como miembros de un cuerpo— tienen en la formación de los aspirantes al presbiterado.

Ahora bien, la Iglesia es por su propia naturaleza la «memoria», el «sacramento» de la presencia y de la acción de Jesucristo en medio de nosotros y para nosotros. A su misión salvadora se debe la llamada al sacerdocio; y no sólo la llamada, sino también el acompañamiento para que la persona que se siente llamada pueda reconocer la gracia del Señor y responda a ella con libertad y con amor. Es el Espíritu de Jesús el que da la luz y la fuerza en el discernimiento y en el camino vocacional. No hay, por tanto, auténtica labor formativa para el sacerdocio sin el influjo del Espíritu de Cristo. Todo formador humano debe ser plenamente consciente de esto. ¿Cómo no ver una «riqueza» totalmente gratuita y radicalmente eficaz, que tiene su «peso» decisivo en el trabajo formativo hacia el sacerdocio? ¿Y cómo no gozar ante la dignidad de todo formador humano, que, en cierto sentido, se presenta al aspirante al sacerdocio como visible representante de Cristo? Si la preparación al sacerdocio es esencialmente la formación del futuro pastor a imagen de Jesucristo, buen Pastor ¿quién mejor que el mismo Jesús, mediante la infusión de su Espíritu, puede donar y llevar hasta la madurez aquella caridad pastoral que Él ha vivido hasta el don total de sí mismo (cf. Jn 15, 13; 10, 11) y que quiere que sea vivida también por todos los presbíteros?

El primer representante de Cristo en la formación sacerdotal es el Obispo. Del Obispo, de cada Obispo, se podría afirmar lo que el evangelista Marcos nos dice en el texto reiteradamente citado: «Llamó a los que él quiso: y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos…» (Mc 3, 13-14). En realidad la llamada interior del Espíritu tiene necesidad de ser reconocida por el Obispo como auténtica llamada. Si todos pueden «acercarse» al Obispo, porque es Pastor y Padre de todos, lo pueden de un modo particular sus presbíteros, por la común participación al mismo sacerdocio y ministerio. El Obispo —dice el Concilio— debe considerarlos y tratarlos como «hermanos y amigos».(202) Y esto se puede decir, por analogía, de cuantos se preparan al sacerdocio. Por lo que se refiere al «estar con él» —del texto evangélico—, esto es, con el Obispo, es ya un gran signo de la responsabilidad formativa de éste para con los aspirantes al sacerdocio el hecho de que los visite con frecuencia y en cierto modo «esté» con ellos.

La presencia del Obispo tiene un valor particular, no sólo porque ayuda a la comunidad del Seminario a vivir su inserción en la Iglesia particular y su comunión con el Pastor que la guía, sino también porque autentifica y estimula la finalidad pastoral, que constituye lo específico de toda la formación de los aspirantes al sacerdocio. Sobre todo, con su presencia y con la co-participación con los aspirantes al sacerdocio de todo cuanto se refiere a la pastoral de la Iglesia particular, el Obispo contribuye fundamentalmente a la formación del «sentido de Iglesia», como valor espiritual y pastoral central en el ejercicio del ministerio sacerdotal.

La comunidad educativa del Seminario

66. La comunidad educativa del Seminario se articula en torno a los diversos formadores: el rector, el director o padre espiritual, los superiores y los profesores. Ellos se deben sentir profundamente unidos al Obispo, al que, con diverso título y de modo distinto representan, y entre ellos debe existir una comunión y colaboración convencida y cordial. Esta unidad de los educadores no sólo hace posible una realización adecuada del programa educativo, sino que también y sobre todo ofrece a los futuros sacerdotes el ejemplo significativo y el acceso a aquella comunión eclesial que constituye un valor fundamental de la vida cristiana y del ministerio pastoral.

Es evidente que gran parte de la eficacia formativa depende de la personalidad madura y recia de los formadores, bajo el punto de visto humano y evangélico. Por esto son particularmente importantes, por un lado, la selección cuidada de los formadores y, por otro, el estimularles para que se hagan cada vez más idóneos para la misión que les ha sido confiada. Conscientes de que precisamente en la selección y formación de los formadores radica el porvenir de la preparación de los candidatos al sacerdocio, los Padres sinodales se han detenido ampliamente a precisar la identidad de los educadores. En particular, han escrito: «La misión de la formación de los aspirantes al sacerdocio exige ciertamente no sólo una preparación especial de los formadores, que sea verdaderamente técnica, pedagógica, espiritual, humana y teológica, sino también el espíritu de comunión y colaboración en la unidad para desarrollar el programa, de modo que siempre se salve la unidad en la acción pastoral del Seminario bajo la guía del rector. El grupo de formadores dé testimonio de una vida verdaderamente evangélica y de total entrega al Señor. Es oportuno que tenga una cierta estabilidad, que resida habitualmente en la comunidad del Seminario y que esté íntimamente unido al Obispo, como primer responsable de la formación de los sacerdotes».(203)

Son los Obispos los primeros que deben sentir su grave responsabilidad en la formación de los encargados de la educación de los futuros presbíteros. Para este ministerio deben elegirse sacerdotes de vida ejemplar y con determinadas cualidades: «la madurez humana y espiritual, la experiencia pastoral, la competencia profesional, la solidez en la propia vocación, la capacidad de colaboración, la preparación doctrinal en las ciencias humanas (especialmente la psicología), que son propias de su oficio, y el conocimiento del estilo peculiar del trabajo en grupo».(204)

Respetando la distinción entre foro interno y externo, la conveniente libertad para escoger confesores, y la prudencia y discreción del ministerio del director espiritual, la comunidad presbiteral de los educadores debe sentirse solidaria en la responsabilidad de educar a los aspirantes al sacerdocio. A ella, siempre contando con la conjunta valoración del Obispo y del rector, corresponde en primer lugar la misión de procurar y comprobar la idoneidad de los aspirantes en lo que se refiere a las dotes espirituales, humanas e intelectuales, principalmente en cuanto al espíritu de oración, asimilación profunda de la doctrina de la fe, capacidad de auténtica fraternidad y carisma del celibato.(205)

Teniendo presente —como también lo han recordado los Padres sinodales— las indicaciones de la Exhortación Christifideles laici(206) y de la Carta Apostólica Mulieris dignitatem, que advierten la utilidad de un sano influjo de la espiritualidad laical y del carisma de la feminidad en todo itinerario educativo, es oportuno contar también —de forma prudente y adaptada a los diversos contextos culturales— con la colaboración de fieles laicos, hombres y mujeres, en la labor formativa de los futuros sacerdotes. Habrán de ser escogidos con particular atención, en el cuadro de las leyes de la Iglesia y conforme a sus particulares carismas y probadas competencias. De su colaboración, oportunamente coordenada e integrada en las responsabilidades educativas primarias de los formadores de los futuros presbíteros, es lícito esperar buenos frutos para un crecimiento equilibrado del sentido de Iglesia y para una percepción más exacta de la propia identidad sacerdotal, por parte de los aspirantes al presbiterado.(207)

Los profesores de teología

67. Cuantos introducen y acompañan a los futuros sacerdotes en la sagrada doctrina mediante la enseñanza teológica tienen una particular responsabilidad educativa, que con frecuencia —como enseña la experiencia— es más decisiva que la de los otros educadores, en el desarrollo de la personalidad presbiteral.

La responsabilidad de los profesores de teología, antes que en la relación de docencia que deben entablar con los aspirantes al sacerdocio, radica en la concepción que ellos deben tener de la naturaleza de la teología y del ministerio sacerdotal, como también en el espíritu y estilo con el que deben desarrollar su enseñanza teológica. En este sentido, los Padres sinodales han afirmado justamente que el «teólogo debe ser siempre consciente de que a su enseñanza no le viene la autoridad de él mismo, sino que debe abrir y comunicar la inteligencia de la fe últimamente en el nombre del Señor Jesús y de la Iglesia. Así, el teólogo, aun en el uso de todas las posibilidades científicas, ejerce su misión por mandato de la Iglesia y colabora con el Obispo en el oficio de enseñar. Y porque los teólogos y los Obispos están al servicio de la misma Iglesia en la promoción de la fe, deben desarrollar y cultivar una confianza recíproca y, con este espíritu, superar también las tensiones y los conflictos (cf. más ampliamente la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre La vocación eclesial del teólogo)».(208)

El profesor de teología, como cualquier otro educador, debe estar en comunión y colaborar abiertamente con todas las demás personas dedicadas a la formación de los futuros sacerdotes, y presentar con rigor científico, generosidad, humildad y entusiasmo su aportación original y cualificada, que no es sólo la simple comunicación de una doctrina —aunque ésta sea la doctrina sagrada—, sino que es sobre todo la oferta de la perspectiva que, en el designio de Dios, unifica todos los diversos saberes humanos y las diversas expresiones de vida.

En particular, la fuerza específica e incisiva de los profesores de teología se mide, sobre todo, por ser «hombres de fe y llenos de amor a la Iglesia, convencidos de que el sujeto adecuado del conocimiento del misterio cristiano es la Iglesia como tal, persuadidos por tanto de que su misión de enseñar es un auténtico ministerio eclesial, llenos de sentido pastoral para discernir no sólo los contenidos, sino también las formas mejores en el ejercicio de este ministerio. De modo especial, a los profesores se les pide la plena fidelidad al Magisterio porque enseñan en nombre de la Iglesia y por esto son testigos de la fe».(209)

Comunidades de origen, asociaciones, movimientos juveniles

68. Las comunidades de las que proviene el aspirante al sacerdocio, aun teniendo en cuenta la separación que la opción vocacional lleva consigo, siguen ejerciendo un influjo no indiferente en la formación del futuro sacerdote. Por eso deben ser conscientes de su parte específica de responsabilidad.

Recordemos, en primer lugar, a la familia: los padres cristianos, como también los hermanos, hermanas y otros miembros del núcleo familiar, no deben nunca intentar llevar al futuro presbítero a los límites estrechos de una lógica demasiado humana, cuando no mundana, aunque a esto sea un sincero afecto lo que los impulse (cf. Mc 3, 20-21. 31-35). Al contrario, animados ellos mismos por el mismo propósito de «cumplir la voluntad de Dios», sepan acompañar el camino formativo con la oración, el respeto, el buen ejemplo de las virtudes domésticas y la ayuda espiritual y material, sobre todo en los momentos difíciles. La experiencia enseña que, en muchos casos, esta ayuda múltiple ha sido decisiva para el aspirante al sacerdocio. Incluso en el caso de padres y familiares indiferentes o contrarios a la opción vocacional, la confrontación clara y serena con la posición del joven y los incentivos que de ahí se deriven, pueden ser de gran ayuda para que la vocación sacerdotal madure de un modo más consciente y firme.

En estrecha relación con las familias está la comunidad parroquial: ambas se unen en el plano de la educación en la fe; además, con frecuencia, la parroquia, mediante una específica pastoral juvenil y vocacional, ejerce un papel de suplencia de la familia. Sobre todo, por ser la realización local más inmediata del misterio de la Iglesia, la parroquia ofrece una aportación original y particularmente preciosa a la formación del futuro sacerdote. La comunidad parroquial debe continuar sintiendo como parte viva de sí misma al joven en camino hacia el sacerdocio, lo debe acompañar con la oración, acogerlo entrañablemente en los tiempos de vacaciones, respetar y favorecer la formación de su identidad presbiteral, ofreciéndole ocasiones oportunas y estímulos vigorosos para probar su vocación a la misión.

También las asociaciones y los movimientos juveniles, signo y confirmación de la vitalidad que el Espíritu asegura a la Iglesia, pueden y deben contribuir a la formación de los aspirantes al sacerdocio, en particular de aquellos que surgen de la experiencia cristiana, espiritual y apostólica de estas instituciones. Los jóvenes que han recibido su formación de base en ellas y las tienen como punto de referencia para su experiencia de Iglesia, no deben sentirse invitados a apartarse de su pasado y cortar las relaciones con el ambiente que ha contribuido a su decisión vocacional ni tienen por qué cancelar los rasgos característicos de la espiritualidad que allí aprendieron y vivieron, en todo aquello que tienen de bueno, edificante y enriquecedor.(210) También para ellos este ambiente de origen continúa siendo fuente de ayuda y apoyo en el camino formativo hacia el sacerdocio.

Las oportunidades de educación en la fe y de crecimiento cristiano y eclesial que el Espíritu ofrece a tantos jóvenes a través de las múltiples formas de grupos, movimientos y asociaciones de variada inspiración evangélica, deben ser sentidas y vividas como regalo del espíritu que anima la institución eclesial y está a su servicio. En efecto, un movimiento o una espiritualidad particular «no es una estructura alternativa a la institución. Al contrario, es fuente de una presencia que continuamente regenera en ella la autenticidad existencial e histórica. Por esto, el sacerdote debe encontrar en el movimiento eclesial la luz y el calor que lo hacen ser fiel a su Obispo y dispuesto a los deberes de la institución y atento a la disciplina eclesiástica, de modo que sea más fértil la vibración de su fe y el gusto de su fidelidad».(211)

Por tanto, es necesario que, en la nueva comunidad del Seminario —que el Obispo ha congregado—, los jóvenes provenientes de asociaciones y movimientos eclesiales aprendan «el respeto a los otros caminos espirituales y el espíritu de diálogo y cooperación», se atengan con coherencia y cordialidad a las indicaciones formativas del Obispo y de los educadores del Seminario, confiándose con actitud sincera a su dirección y a sus valoraciones.(212) Dicha actitud prepara y, de algún modo, anticipa la genuina opción presbiteral de servicio a todo el Pueblo de Dios, en la comunión fraterna del presbiterio y en obediencia al Obispo.

La participación del seminarista y del presbítero diocesano en espiritualidades particulares o instituciones eclesiales es ciertamente, en sí misma, un factor beneficioso de crecimiento y de fraternidad sacerdotal. Pero esta participación no debe obstaculizar sino ayudar el ejercicio del ministerio y la vida espiritual que son propios del sacerdote diocesano, el cual «sigue siendo siempre pastor de todo el conjunto. No sólo es el “hombre permanente”, siempre disponible para todos, sino el que va al encuentro de todos —en particular está a la cabeza de las parroquias— para que todos descubran en él la acogida que tienen derecho a esperar en la comunidad y en la Eucaristía que los congrega, sea cual sea su sensibilidad religiosa y su dedicación pastoral».(213)

El mismo aspirante

69. Por último, no se puede olvidar que el mismo aspirante al sacerdocio es también protagonista necesario e insustituible de su formación: toda formación -incluida la sacerdotal es en definitiva una auto-formación. Nadie nos puede sustituir en la libertad responsable que tenemos cada uno como persona.

Ciertamente también el futuro sacerdote —él el primero— debe crecer en la conciencia de que el Protagonista por antonomasia de su formación es el Espíritu Santo, que, con el don de un corazón nuevo, configura y hace semejante a Jesucristo, el buen Pastor; en este sentido, el aspirante fortalecerá de una manera más radical su libertad acogiendo la acción formativa del Espíritu. Pero acoger esta acción significa también, por parte del aspirante al sacerdocio, acoger las «mediaciones» humanas de las que el Espíritu se sirve. Por esto la acción de los varios educadores resulta verdadera y plenamente eficaz sólo si el futuro sacerdote ofrece su colaboración personal, convencida y cordial.

CAPÍTULO VI

TE RECOMIENDO QUE REAVIVES EL CARISMA DE DIOS QUE ESTÁ EN TI
Formación permanente de los sacerdotes

Razones teológicas de la formación permanente

70. «Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti» (2 Tim 1, 6).

Las palabras del Apóstol al obispo Timoteo se pueden aplicar legítimamente a la formación permanente a la que están llamados todos los sacerdotes en razón del «don de Dios» que han recibido con la ordenación sagrada. Ellas nos ayudan a entender el contenido real y la originalidad inconfundible de la formación permanente de los presbíteros. También contribuye a ello otro texto de san Pablo en la otra carta a Timoteo: «No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros. Ocúpate en estas cosas; vive entregado a ellas para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Vela por ti mismo y por la enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando así, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen» (1 Tim 4, 14-16).

El Apóstol pide a Timoteo que «reavive», o sea, que vuelva a encender el don divino, como se hace con el fuego bajo las cenizas, en el sentido de acogerlo y vivirlo sin perder ni olvidar jamás aquella «novedad permanente» que es propia de todo don de Dios, —que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5)— y, consiguientemente, vivirlo en su inmarcesible frescor y belleza originaria.

Pero este «reavivar» no es sólo el resultado de una tarea confiada a la responsabilidad personal de Timoteo ni es sólo el resultado de un esfuerzo de su memoria y de su voluntad. Es el efecto de un dinamismo de la gracia, intrínseco al don de Dios: es Dios mismo, pues, el que reaviva su propio don, más aún, el que distribuye toda la extraordinaria riqueza de gracia y de responsabilidad que en él se encierran.

Con la efusión sacramental del Espíritu Santo que consagra y envía, el presbítero queda configurado con Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y es enviado a ejercer el ministerio pastoral. Y así, al sacerdote, marcado en su ser de una manera indeleble y para siempre como ministro de Jesús y de la Iglesia, e inserto en una condición de vida permanente e irreversible, se le confía un ministerio pastoral que, enraizado en su propio ser y abarcando toda su existencia, es también permanente. El sacramento del Orden confiere al sacerdote la gracia sacramental, que lo hace partícipe no sólo del «poder» y del «ministerio» salvífico de Jesús, sino también de su «amor»; al mismo tiempo, le asegura todas aquellas gracias actuales que le serán concedidas cada vez que le sean necesarias y útiles para el digno cumplimiento del ministerio recibido.

De esta manera, la formación permanente encuentra su propio fundamento y su razón de ser original en el dinamismo del sacramento del Orden.

Ciertamente no faltan también razones simplemente humanas que han de impulsar al sacerdote a la formación permanente. Ello es una exigencia de la realización personal progresiva, pues toda vida es un camino incesante hacia la madurez y ésta exige la formación continua. Es también una exigencia del ministerio sacerdotal, visto incluso bajo su naturaleza genérica y común a las demás profesiones, y por tanto como servicio hecho a los demás; porque no hay profesión, cargo o trabajo que no exija una continua actualización, si se quiere estar al día y ser eficaz. La necesidad de «mantener el paso» con la marcha de la historia es otra razón humana que justifica la formación permanente.

Pero estas y otras razones quedan asumidas y especificadas por las razones teológicas que se han recordado y que se pueden profundizar ulteriormente.

El sacramento del Orden, por su naturaleza de «signo», propia de todos los sacramentos, puede considerarse —como realmente es— Palabra de Dios. Palabra de Dios que llama y envía es la expresión más profunda de la vocación y de la misión del sacerdote. Mediante el sacramento del Orden Dios llama ‘coram Ecclesia’ al candidato al sacerdocio. El «ven y sígueme» de Jesús encuentra su proclamación plena y definitiva en la celebración del sacramento de su Iglesia: se manifiesta y se comunica mediante la voz de la Iglesia, que resuena en los labios del Obispo que ora e impone las manos. Y el sacerdote da respuesta, en la fe, a la llamada de Jesús: «vengo y te sigo». Desde este momento comienza aquella respuesta que, como opción fundamental, deberá renovarse y reafirmarse continuamente durante los años del sacerdocio en otras numerosísimas respuestas, enraizadas todas ellas y vivificadas por el «sí» del Orden sagrado.

En este sentido, se puede hablar de una vocación «en» el sacerdocio. En realidad, Dios sigue llamando y enviando, revelando su designio salvífico en el desarrollo histórico de la vida del sacerdote y de las vicisitudes de la Iglesia y de la sociedad. Y precisamente en esta perspectiva emerge el significado de la formación permanente; ésta es necesaria para discernir y seguir esta continua llamada o voluntad de Dios. Así, el apóstol Pedro es llamado a seguir a Jesús incluso después de que el Resucitado le ha confiado su grey: «Le dice Jesús: ‘Apacienta mis ovejas’. ‘En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras’. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: ‘Sígueme’» (Jn 21, 17-19). Por tanto, hay un «sígueme» que acompaña toda la vida y misión del apóstol. Es un «sígueme» que atestigua la llamada y la exigencia de fidelidad hasta la muerte (cf. Jn 21, 22), un «sígueme» que puede significar una«sequela Christi» con el don total de sí en el martirio.(214)

Los Padres sinodales han expuesto la razón que muestra la necesidad de la formación permanente y que, al mismo tiempo, descubre su naturaleza profunda, considerándola como «fidelidad» al ministerio sacerdotal y como «proceso de continua conversión».(215) Es el Espíritu Santo, infundido con el sacramento, el que sostiene al presbítero en esta fidelidad y el que lo acompaña y estimula en este camino de conversión constante. El don del Espíritu Santo no excluye, sino que estimula la libertad del sacerdote para que coopere responsablemente y asuma la formación permanente como un deber que se le confía. De esta manera, la formación permanente es expresión y exigencia de la fidelidad del sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser. Es, pues, amor a Jesucristo y coherencia consigo mismo. Pero es también un acto de amor al Pueblo de Dios, a cuyo servicio está puesto el sacerdote. Más aún, es un acto de justicia verdadera y propia: él es deudor para con el Pueblo de Dios, pues ha sido llamado a reconocer y promover el «derecho» fundamental de ser destinatario de la Palabra de Dios, de los Sacramentos y del servicio de la caridad, que son el contenido original e irrenunciable del ministerio pastoral del sacerdote. La formación permanente es necesaria para que el sacerdote pueda responder debidamente a este derecho del Pueblo de Dios.

Alma y forma de la formación permanente del sacerdote es la caridad pastoral: el Espíritu Santo, que infunde la caridad pastoral, inicia y acompaña al sacerdote a conocer cada vez más profundamente el misterio de Cristo, insondable en su riqueza (cf. Ef 3, 14 ss.) y, consiguientemente, a conocer el misterio del sacerdocio cristiano. La misma caridad pastoral empuja al sacerdote a conocer cada vez más las esperanzas, necesidades, problemas, sensibilidad de los destinatarios de su ministerio, los cuales han de ser contemplados en sus situaciones personales concretas, familiares y sociales.

A todo esto tiende la formación permanente, entendida como opción consciente y libre que impulse el dinamismo de la caridad pastoral y del Espíritu Santo, que es su fuente primera y su alimento continuo. En este sentido la formación permanente es una exigencia intrínseca del don y del ministerio sacramental recibido, que es necesaria en todo tiempo, pero hoy lo es particularmente urgente, no sólo por los rápidos cambios de las condiciones sociales y culturales de los hombres y los pueblos, en los que se desarrolla el ministerio presbiteral, sino también por la «nueva evangelización», que es la tarea esencial e improrrogable de la Iglesia en este final del segundo milenio.

Los diversos aspectos de la formación permanente

71. La formación permanente de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, es la continuación natural y absolutamente necesaria de aquel proceso de estructuración de la personalidad presbiteral iniciado y desarrollado en el Seminario o en la Casa religiosa, mediante el proceso formativo para la Ordenación.

Es de mucha importancia darse cuenta y respetar la intrínseca relación que hay entre la formación que precede a la Ordenación y la que le sigue. En efecto, si hubiese una discontinuidad o incluso una deformación entre estas dos fases formativas, se seguirían inmediatamente consecuencias graves para la actividad pastoral y para la comunión fraterna entre los presbíteros, particularmente entre los de diferente edad. La formación permanente no es una repetición de la recibida en el Seminario y que ahora es sometida a revisión o ampliada con nuevas sugerencias prácticas, sino que se desarrolla con contenidos y sobre todo a través de métodos relativamente nuevos, como un hecho vital unitario que, en su progreso —teniendo sus raíces en la formación del Seminario— requiere adaptaciones, actualizaciones y modificaciones, pero sin rupturas ni solución de continuidad.

Y viceversa, desde el Seminario mayor es preciso preparar la futura formación permanente y fomentar el ánimo y el deseo de los futuros presbíteros en relación con ella, demostrando su necesidad, ventajas y espíritu, y asegurando las condiciones de su realización.

Precisamente porque la formación permanente es una continuación de la del Seminario, su finalidad no puede ser una mera actitud, que podría decirse, «profesional», conseguida mediante el aprendizaje de algunas técnicas pastorales nuevas. Debe ser más bien el mantener vivo un proceso general e integral de continua maduración, mediante la profundización, tanto de los diversos aspectos de la formación —humana, espiritual, intelectual y pastoral—, como de su específica orientación vital e íntima, a partir de la caridad pastoral y en relación con ella.

72. Una primera profundización se refiere a la dimensión humana de la formación sacerdotal. En el trato con los hombres y en la vida de cada día, el sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad humana que le permite comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y dialogar con todos. Sobre todo conociendo y compartiendo, es decir, haciendo propia, la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones, desde la indigencia a la enfermedad, desde la marginación a la ignorancia, a la soledad, a las pobrezas materiales y morales, el sacerdote enriquece su propia humanidad y la hace más auténtica y transparente, en un creciente y apasionado amor al hombre.

Al hacer madurar su propia formación humana, el sacerdote recibe una ayuda particular de la gracia de Jesucristo; en efecto, la caridad del buen Pastor se manifestó no sólo con el don de la salvación a los hombres, sino también con la participación de su vida, de la que el Verbo, que se ha hecho «carne» (cf. Jn 1, 14), ha querido conocer la alegría y el sufrimiento, experimentar la fatiga, compartir las emociones, consolar las penas. Viviendo como hombre entre los hombres y con los hombres, Jesucristo ofrece la más absoluta, genuina y perfecta expresión de humanidad; lo vemos festejar las bodas de Caná, visitar a una familia amiga, conmoverse ante la multitud hambrienta que lo sigue, devolver a sus padres hijos que estaban enfermos o muertos, llorar la pérdida de Lázaro…

Del sacerdote, cada vez más maduro en su sensibilidad humana, ha de poder decir el Pueblo de Dios algo parecido a lo que de Jesús dice la Carta a los Hebreos: «No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15).

La formación del presbítero en su dimensión espiritual es una exigencia de la vida nueva y evangélica a la que ha sido llamado de manera específica por el Espíritu Santo infundido en el sacramento del Orden. El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, Cabeza y Pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella «vida según el Espíritu» y para aquel «radicalismo evangélico» al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual. Esta formación es necesaria también para el ministerio sacerdotal, su autenticidad y fecundidad espiritual. «¿Ejerces la cura de almas?», preguntaba san Carlos Borromeo. Y respondía así en el discurso dirigido a los sacerdotes: «No olvides por eso el cuidado de ti mismo, y no te entregues a los demás hasta el punto de que no quede nada tuyo para ti mismo. Debes tener ciertamente presente a las almas, de las que eres pastor, pero sin olvidarte de ti mismo. Comprended, hermanos, que nada es tan necesario a los eclesiásticos como la meditación que precede, acompaña y sigue todas nuestras acciones: Cantaré, dice el profeta, y meditaré (cf. Sal 100, 1). Si administras los sacramentos, hermano, medita lo que haces. Si celebras la Misa, medita lo que ofreces. Si recitas los salmos en el coro, medita a quién y de qué cosa hablas. Si guías a las almas, medita con qué sangre han sido lavadas; y todo se haga entre vosotros en la caridad (1 Cor 16, 14). Así podremos superar las dificultades que encontramos cada día, que son innumerables. Por lo demás, esto lo exige la misión que se os ha confiado. Si así lo hacemos, tendremos la fuerza para engendrar a Cristo en nosotros y en los demás».(216)

En concreto, la vida de oración debe ser «renovada» constantemente en el sacerdote. En efecto, la experiencia enseña que en la oración no se vive de rentas; cada día es preciso no sólo reconquistar la fidelidad exterior a los momentos de oración, sobre todo los destinados a la celebración de la Liturgia de las Horas y los dejados a la libertad personal y no sometidos a tiempos fijos o a horarios del servicio litúrgico, sino que también se necesita, y de modo especial, reanimar la búsqueda continuada de un verdadero encuentro personal con Jesús, de un coloquio confiado con el Padre, de una profunda experiencia del Espíritu.

Lo que el apóstol Pablo dice de los creyentes, que deben llegar «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), se puede aplicar de manera especial a los sacerdotes, llamados a la perfección de la caridad y por tanto a la santidad, porque su mismo ministerio pastoral exige que sean modelos vivientes para todos los fieles.

También la dimensión intelectual de la formación requiere que sea continuada y profundizada durante toda la vida del sacerdote, concretamente mediante el estudio y la actualización cultural seria y comprometida. El sacerdote, participando de la misión profética de Jesús e inserto en el misterio de la Iglesia, Maestra de verdad, está llamado a revelar a los hombres el rostro de Dios en Jesucristo y, por ello, el verdadero rostro del hombre.(217) Pero esto exige que el mismo sacerdote busque este rostro y lo contemple con veneración y amor (cf. Sal 26, 8; 41, 2); sólo así puede darlo a conocer a los demás. En particular, la perseverancia en el estudio teológico resulta también necesaria para que el sacerdote pueda cumplir con fidelidad el ministerio de la Palabra, anunciándola sin titubeos ni ambigüedades, distinguiéndola de las simples opiniones humanas, aunque sean famosas y difundidas. Así, podrá ponerse de verdad al servicio del Pueblo de Dios, ayudándolo a dar razón de la esperanza cristiana a cuantos se la pidan (cf. 1 Pe 3, 15). Además, «el sacerdote, al aplicarse con conciencia y constancia al estudio teológico, es capaz de asimilar, de forma segura y personal, la genuina riqueza eclesial. Puede, por tanto, cumplir la misión que lo compromete a responder a las dificultades de la auténtica doctrina católica y superar la inclinación, propia y de otros, al disenso y a la actitud negativa hacia el magisterio y hacia la tradición».(218)

El aspecto pastoral de la formación permanente queda bien expresado en las palabras del apóstol Pedro: «Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios» (1 Pe 4, 10). Para vivir cada día según la gracia recibida, es necesario que el sacerdote esté cada vez más abierto a acoger la caridad pastoral de Jesucristo, que le confirió su Espíritu Santo con el sacramento recibido. Así como toda la actividad del Señor ha sido fruto y signo de la caridad pastoral, de la misma manera debe ser también para la actividad ministerial del sacerdote. La caridad pastoral es un don y un deber, una gracia y una responsabilidad, a la que es preciso ser fieles, es decir, hay que asumirla y vivir su dinamismo hasta las exigencias más radicales. Esta misma caridad pastoral, como se ha dicho, empuja y estimula al sacerdote a conocer cada vez mejor la situación real de los hombres a quienes ha sido enviado; a discernir la voz del Espíritu en las circunstancias históricas en las que se encuentra; a buscar los métodos más adecuados y las formas más útiles para ejercer hoy su ministerio. De este modo, la caridad pastoral animará y sostendrá los esfuerzos humanos del sacerdote para que su actividad pastoral sea actual, creíble y eficaz. Mas esto exige una formación pastoral permanente.

El camino hacia la madurez no requiere sólo que el sacerdote continúe profundizando los diversos aspectos de su formación sino que exige también, y sobre todo, que sepa integrar cada vez más armónicamente estos mismos aspectos entre sí, alcanzando progresivamente la unidad interior, que la caridad pastoral garantiza. De hecho, ésta no sólo coordina y unifica los diversos aspectos, sino que los concretiza como propios de la formación del sacerdote, en cuanto transparencia, imagen viva y ministro de Jesús, buen Pastor.

La formación permanente ayuda al sacerdote a superar la tentación de llevar su ministerio a un activismo finalizado en sí mismo, a una prestación impersonal de servicios, sean espirituales o sagrados, a una especie de empleo en la organización eclesiástica. Sólo la formación permanente ayuda al «sacerdote» a custodiar con amor vigilante el «misterio» del que es portador para el bien de la Iglesia y de la humanidad.

Significado profundo de la formación permanente

73. Los aspectos diversos y complementarios de la formación permanente nos ayudan a captar su significado profundo que es el de ayudar al sacerdote a ser y a desempeñar su función en el espíritu y según el estilo de Jesús buen Pastor.

¡La verdad hay que vivirla! El apóstol Santiago nos exhorta de esta manera: «Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Sant 1, 22). Los sacerdotes están llamados a «vivir la verdad» de su ser, o sea, a vivir «en la caridad» (cf. Ef 4, 15) su identidad y su ministerio en la Iglesia y para la Iglesia; están llamados a tomar conciencia cada vez más viva del don de Dios y a recordarlo continuamente. He aquí la invitación de Pablo a Timoteo: «Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tim 1, 14).

En el contexto eclesial, tantas veces recordado, podemos considerar el profundo significado de la formación permanente del sacerdote en orden a su presencia y acción en la Iglesia «mysterium, communio et missio».

En la Iglesia «misterio» el sacerdote está llamado, mediante la formación permanente, a conservar y desarrollar en la fe la conciencia de la verdad entera y sorprendente de su propio ser, pues él es «ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios» (cf. 1 Cor 4, 1). Pablo pide expresamente a los cristianos que lo consideren según esta identidad; pero él mismo es el primero en ser consciente del don sublime recibido del Señor. Así debe ser para todo sacerdote si quiere permanecer en la verdad de su ser. Pero esto es posible sólo en la fe, sólo con la mirada y los ojos de Cristo.

En este sentido, se puede decir que la formación permanente tiende, desde luego, a hacer que el sacerdote sea una persona profundamente creyente y lo sea cada vez más; que pueda verse con los ojos de Cristo en su verdad completa. Debe custodiar esta verdad con amor agradecido y gozoso; debe renovar su fe cuando ejerce el ministerio sacerdotal: sentirse ministro de Jesucristo, sacramento del amor de Dios al hombre, cada vez que es mediador e instrumento vivo de la gracia de Dios a los hombres; debe reconocer esta misma verdad en sus hermanos sacerdotes. Este es el principio de la estima y del amor hacia ellos.

74. La formación permanente ayuda al sacerdote, en la Iglesia «comunión», a madurar la conciencia de que su ministerio está radicalmente ordenado a congregar a la familia de Dios como fraternidad animada por la caridad y a llevarla al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo.(219)

El sacerdote debe crecer en la conciencia de la profunda comunión que lo vincula al Pueblo de Dios; él no está sólo «al frente de» la Iglesia, sino ante todo «en» la Iglesia. Es hermano entre hermanos. Revestido por el bautismo con la dignidad y libertad de los hijos de Dios en el Hijo unigénito, el sacerdote es miembro del mismo y único cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 16). La conciencia de esta comunión lleva a la necesidad de suscitar y desarrollar la corresponsabilidad en la común y única misión de salvación, con la diligente y cordial valoración de todos los carismas y tareas que el Espíritu otorga a los creyentes para la edificación de la Iglesia. Es sobre todo en el cumplimiento del ministerio pastoral, ordenado por su propia naturaleza al bien del Pueblo de Dios, donde el sacerdote debe vivir y testimoniar su profunda comunión con todos, como escribía Pablo VI: «Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el momento mismo que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio».(220)

Concretamente, el sacerdote está llamado a madurar la conciencia de ser miembro de la Iglesia particular en la que está incardinado, o sea, incorporado con un vínculo a la vez jurídico, espiritual y pastoral. Esta conciencia supone y desarrolla el amor especial a la propia Iglesia. Ésta es, en realidad, el objetivo vivo y permanente de la caridad pastoral que debe acompañar la vida del sacerdote y que lo lleva a compartir la historia o experiencia de vida de esta Iglesia particular en sus valores y debilidades, en sus dificultades y esperanzas, y a trabajar en ella para su crecimiento. Sentirse, pues, enriquecidos por la Iglesia particular y comprometidos activamente en su edificación, prolongando cada sacerdote, y unido a los demás, aquella actividad pastoral que ha distinguido a los hermanos que les han precedido. Una exigencia imprescindible de la caridad pastoral hacia la propia Iglesia particular y hacia su futuro ministerial es la solicitud del sacerdote por dejar a alguien que tome su puesto en el servicio sacerdotal.

El sacerdote debe madurar en la conciencia de la comunión que existe entre las diversas Iglesias particulares, una comunión enraizada en su propio ser de Iglesias que viven en un lugar determinado la Iglesia única y universal de Cristo. Esta conciencia de comunión intereclesial favorecerá el «intercambio de dones», comenzando por los dones vivos y personales, como son los mismos sacerdotes. De aquí la disponibilidad, es más, el empeño generoso por llegar a una justa distribución del clero.(221) Entre estas Iglesias particulares hay que recordar a las que, «privadas de libertad, no pueden tener vocaciones propias», como también las «Iglesias recientemente salidas de la persecución y las Iglesias pobres a las que, ya desde hace tiempo, muchos, con espíritu generoso y fraterno, han enviado ayudas y continúan enviándolas».(222)

Dentro de la comunión eclesial, el sacerdote está llamado de modo particular, mediante su formación permanente, a crecer en y con el propio presbiterio unido al Obispo. El presbiterio en su verdad plena es un mysterium: es una realidad sobrenatural, porque tiene su raíz en el sacramento del Orden. Es su fuente, su origen; es el «lugar» de su nacimiento y de su crecimiento. En efecto, «los presbíteros, mediante el sacramento del Orden, están unidos con un vínculo personal e indisoluble a Cristo, único Sacerdote. El Orden se confiere a cada uno en singular, pero quedan insertos en la comunión del presbiterio unido con el Obispo (Lumen gentium, 28; Presbyterorum ordinis, 7 y 8)».(223)

Este origen sacramental se refleja y se prolonga en el ejercicio del ministerio presbiteral: del mysterium al ministerium. «La unidad de los presbíteros con el Obispo y entre sí no es algo añadido desde fuera a la naturaleza propia de su servicio, sino que expresa su esencia como solicitud de Cristo Sacerdote por su Pueblo congregado por la unidad de la Santísima Trinidad».(224) Esta unidad del presbiterio, vivida en el espíritu de la caridad pastoral, hace a los sacerdotes testigos de Jesucristo, que ha orado al Padre «para que todos sean uno» (Jn 17, 21).

La fisonomía del presbiterio es, por tanto, la de una verdadera familia, cuyos vínculos no provienen de carne y sangre, sino de la gracia del Orden: una gracia que asume y eleva las relaciones humanas, psicológicas, afectivas, amistosas y espirituales entre los sacerdotes; una gracia que se extiende, penetra, se revela y se concreta en las formas más variadas de ayuda mutua, no sólo espirituales sino también materiales. La fraternidad presbiteral no excluye a nadie, pero puede y debe tener sus preferencias: las preferencias evangélicas reservadas a quienes tienen mayor necesidad de ayuda o de aliento. Esta fraternidad «presta una atención especial a los presbíteros jóvenes, mantiene un diálogo cordial y fraterno con los de media edad y los mayores, y con los que, por razones diversas, pasan por dificultades. También a los sacerdotes que han abandonado esta forma de vida o que no la siguen, no sólo no los abandona, sino que los acompaña aún con mayor solicitud fraterna».(225)

También forman parte del único presbiterio, por razones diversas, los presbíteros religiosos residentes o que trabajan en una Iglesia particular. Su presencia supone un enriquecimiento para todos los sacerdotes y los diferentes carismas particulares que ellos viven, a la vez que son una invitación para que los presbíteros crezcan en la comprensión del mismo sacerdocio, contribuyen a estimular y acompañar la formación permanente de los sacerdotes.

El don de la vida religiosa, en la comunidad diocesana, cuando va acompañado de sincera estima y justo respeto de las particularidades de cada Instituto y de cada espiritualidad tradicional, amplía el horizonte del testimonio cristiano y contribuye de diversa manera a enriquecer la espiritualidad sacerdotal, sobre todo respecto a la correcta relación y recíproco influjo entre los valores de la Iglesia particular y los de la universalidad del Pueblo de Dios. Por su parte, los religiosos procuren garantizar un espíritu de verdadera comunión eclesial, una participación cordial en la marcha de la diócesis y en los proyectos pastorales del Obispo, poniendo a disposición el propio carisma para la edificación de todos en la caridad.(226)

Por último, en el contexto de la Iglesia comunión y del presbiterio, se puede afrontar mejor el problema de la soledad del sacerdote, sobre la que han reflexionado los Padres sinodales. Hay una soledad que forma parte de la experiencia de todos y que es algo absolutamente normal. Pero hay también otra soledad que nace de dificultades diversas y que, a su vez, provoca nuevas dificultades. En este sentido, «la participación activa en el presbiterio diocesano, los contactos periódicos con el Obispo y con los demás sacerdotes, la mutua colaboración, la vida común o fraterna entre los sacerdotes, como también la amistad y la cordialidad con los fieles laicos comprometidos en las parroquias, son medios muy útiles para superar los efectos negativos de la soledad que algunas veces puede experimentar el sacerdote».(227)

Pero la soledad no crea sólo dificultades, sino que ofrece también oportunidades positivas para la vida del sacerdote: «aceptada con espíritu de ofrecimiento y buscada en la intimidad con Jesucristo, el Señor, la soledad puede ser una oportunidad para la oración y el estudio, como también una ayuda para la santificación y el crecimiento humano».(228) Se podría decir que una cierta forma de soledad es elemento necesario para la formación permanente. Jesús con frecuencia se retiraba solo a rezar (cf. Mt 14, 23). La capacidad de mantener una soledad positiva es condición indispensable para el crecimiento de la vida interior. Se trata de una soledad llena de la presencia del Señor, que nos pone en contacto con el Padre a la luz del Espíritu. En este sentido, fomentar el silencio y buscar espacios y tiempos «de desierto» es necesario para la formación permanente, tanto en el campo intelectual, como en el espiritual y pastoral. De este modo, se puede afirmar que no es capaz de verdadera y fraterna comunión el que no sabe vivir bien la propia soledad.

75. La formación permanente está destinada a hacer crecer en el sacerdote la conciencia de su participación en la misión salvífica de la Iglesia. En la Iglesia como misión, la formación permanente del sacerdote es no sólo condición necesaria, sino también medio indispensable para centrar constantemente el sentido de la misión y garantizar su realización fiel y generosa. Con esta formación se ayuda al sacerdote a descubrir toda la gravedad, pero al mismo tiempo toda la maravillosa gracia de una obligación que no puede dejarlo tranquilo —como decía Pablo: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 6, 16)— y es también, una exigencia, explícita o implícita, que surge fuertemente de los hombres, a los que Dios llama incansablemente a la salvación.

Sólo una adecuada formación permanente logra mantener al sacerdote en lo que es esencial y decisivo para su ministerio, o sea, como dice el apóstol Pablo, la fidelidad: «Ahora bien, lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles» (1 Cor 4, 2). A pesar de las diversas dificultades que encuentra, el sacerdote ha de ser fiel —incluso en las condiciones más adversas o de comprensible cansancio—, poniendo en ello todas las energías disponibles; fiel hasta el final de su vida. El testimonio de Pablo debe ser ejemplo y estímulo para todo sacerdote: «A nadie damos ocasión alguna de tropiezo —escribe a los cristianos de Corinto—, para que no se haga mofa del ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades y angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; como tristes, pero siempre alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos» (2 Cor 6, 3-10).

En cualquier edad y situación

76. La formación permanente, precisamente porque es «permanente», debe acompañar a los sacerdotes siempre, esto es, en cualquier período y situación de su vida, así como en los diversos cargos de responsabilidad eclesial que se les confíen; todo ello, teniendo en cuenta, naturalmente, las posibilidades y características propias de la edad, condiciones de vida y tareas encomendadas.

La formación permanente es un deber, ante todo, para los sacerdotes jóvenes y ha de tener aquella frecuencia y programación de encuentros que, a la vez que prolongan la seriedad y solidez de la formación recibida en el Seminario, lleven progresivamente a los jóvenes presbíteros a comprender y vivir la singular riqueza del «don» de Dios —el sacerdocio— y a desarrollar sus potencialidades y aptitudes ministeriales, también mediante una inserción cada vez más convencida y responsable en el presbiterio, y por tanto en la comunión y corresponsabilidad con todos los hermanos.

Si bien es comprensible una cierta sensación de «saciedad», que ante ulteriores momentos de estudio y de reuniones puede afectar al joven sacerdote apenas salido del Seminario, ha de rechazarse como absolutamente falsa y peligrosa la idea de que la formación presbiteral concluya con su estancia en el Seminario.

Participando en los encuentros de la formación permanente, los jóvenes sacerdotes podrán ofrecerse una ayuda mutua, mediante el intercambio de experiencias y reflexiones sobre la aplicación concreta del ideal presbiteral y ministerial que han asimilado en los años del Seminario. Al mismo tiempo, su participación activa en los encuentros formativos del presbiterio podrá servir de ejemplo y estímulo a los otros sacerdotes que les aventajan en años, testimoniando así el propio amor a todo el presbiterio y su afecto por la Iglesia particular necesitada de sacerdotes bien preparados.

Para acompañar a los sacerdotes jóvenes en esta primera delicada fase de su vida y ministerio, es más que nunca oportuno —e incluso necesario hoy— crear una adecuada estructura de apoyo, con guías y maestros apropiados, en la que ellos puedan encontrar, de manera orgánica y continua, las ayudas necesarias para comenzar bien su ministerio sacerdotal. Con ocasión de encuentros periódicos, suficientemente prolongados y frecuentes, vividos si es posible en ambiente comunitario y en residencia, se les garantizarán buenos momentos de descanso, oración, reflexión e intercambio fraterno. Así será más fácil para ellos dar, desde el principio, una orientación evangélicamente equilibrada a su vida presbiteral. Y si algunas Iglesias particulares no pudieran ofrecer este servicio a sus sacerdotes jóvenes, sería oportuno que colaboraran entre sí las Iglesias vecinas para juntar recursos y elaborar programas adecuados.

77. La formación permanente constituye también un deber para los presbíteros de media edad. En realidad, son muchos los riesgos que pueden correr, precisamente en razón de la edad, como por ejemplo un activismo exagerado y una cierta rutina en el ejercicio del ministerio. Así, el sacerdote puede verse tentado de presumir de sí mismo como si la propia experiencia personal, ya demostrada, no tuviese que ser contrastada con nada ni con nadie. Frecuentemente el sacerdote sufre una especie de cansancio interior peligroso, fruto de dificultades y fracasos. La respuesta a esta situación la ofrece la formación permanente, una continua y equilibrada revisión de sí mismo y de la propia actividad, una búsqueda constante de motivaciones y medios para la propia misión; de esta manera, el sacerdote mantendrá el espíritu vigilante y dispuesto a las constantes y siempre nuevas peticiones de salvación que recibe como «hombrede Dios».

La formación permanente debe interesar también a los presbíteros que, por la edad avanzada, podemos denominar ancianos, y que en algunas Iglesias son la parte más numerosa del presbiterio; éste deberá mostrarles gratitud por el fiel servicio que han prestado a Cristo y a la Iglesia, y una solidaridad particular dada su situación. Para estos presbíteros la formación permanente no significará tanto un compromiso de estudio, actualización o diálogo cultural, cuanto la confirmación serena y alentadora de la misión que todavía están llamados a llevar a cabo en el presbiterio; no sólo porque continúan en el ministerio pastoral, aunque de maneras diversas, sino también por la posibilidad que tienen, gracias a su experiencia de vida y apostolado, de ser valiosos maestros y formadores de otros sacerdotes.

También los sacerdotes que, por cansancio o enfermedad, se encuentran en una condicíón de debilidad física o de cansancio moral, pueden ser ayudados con una formación permanente que los estimule a continuar, de manera serena y decidida, su servicio a la Iglesia; a no aislarse de la comunidad ni del presbiterio; a reducir la actividad externa para dedicarse a aquellos actos de relación pastoral y de espiritualidad personal, capaces de sostener las motivaciones y la alegría de su sacerdocio. La formación permanente les ayudará, en particular, a mantener vivo el convencimiento que ellos mismos han inculcado a los fieles, a saber, la convicción de seguir siendo miembros activos en la edificación de la Iglesia, especialmente en virtud de su unión con Jesucristo doliente y con tantos hermanos y hermanas que en la Iglesia participan en la Pasión del Señor, reviviendo la experiencia espiritual de Pablo que decía: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1, 24).(229)

Los responsables de la formación permanente

78. Las condiciones en las que, con frecuencia y en muchos lugares, se desarrolla actualmente el ministerio de los presbíteros no hacen fácil un compromiso serio de formación: el multiplicarse de tareas y servicios; la complejidad de la vida humana en general y de las comunidades cristianas en particular; el activismo y el ajetreo típico de tantos sectores de nuestra sociedad, privan con frecuencia a los sacerdotes del tiempo y energías indispensables para «velar por sí mismos» (cf. 1 Tim 4, 16).

Esto ha de hacer crecer en todos la responsabilidad para que se superen las dificultades e incluso que éstas sean un reto para programar y llevar a cabo un plan de formación permanente, que responda de modo adecuado a la grandeza del don de Dios y a la gravedad de las expectativas y exigencias de nuestro tiempo.

Por ello, los responsables de la formación permanente de los sacerdotes hay que individuarlos en la Iglesia «comunión». En este sentido, es toda la Iglesia particular la que, bajo la guía del Obispo, tiene la responsabilidad de estimular y cuidar de diversos modos la formación permanente de los sacerdotes. Éstos no viven para sí mismos, sino para el Pueblo de Dios; por eso, la formación permanente, a la vez que asegura la madurez humana, espiritual, intelectual y pastoral de los sacerdotes, representa un bien cuyo destinatario es el mismo Pueblo de Dios. Además, el mismo ejercicio del ministerio pastoral lleva a un continuo y fecundo intercambio recíproco entre la vida de fe de los presbíteros y la de los fieles. Precisamente la participación de vida entre el presbítero y la comunidad, si se ordena y lleva a cabo con sabiduría, supone una aportación fundamental a la formación permanente, que no se puede reducir a un episodio o iniciativa aislada, sino que comprende todo el ministerio y vida del presbítero.

En efecto, la experiencia cristiana de las personas sencillas y humildes, los impulsos espirituales de las personas enamoradas de Dios, la valiente aplicación de la fe a la vida por parte de los cristianos comprometidos en las diversas responsabilidades sociales y civiles, son acogidas por el presbítero y, a la vez que las ilumina con su servicio sacerdotal, encuentra en ellas un precioso alimento espiritual. Incluso las dudas, crisis y demoras ante las más variadas situaciones personales y sociales; las tentaciones de rechazo o desesperación en momentos de dolor, enfermedad o muerte; en fin, todas las circunstancias difíciles que los hombres encuentran en el camino de su fe, son vividas fraternalmente y soportadas sinceramente en el corazón del presbítero que, buscando respuestas para los demás, se siente estimulado continuamente a encontrarlas primero para sí mismo.

De esta manera, todos los miembros del Pueblo de Dios pueden y deben ofrecer una valiosa ayuda a la formación permanente de sus sacerdotes. A este respecto, deben dejar a los sacerdotes espacios de tiempo para el estudio y la oración; pedirles aquello para lo que han sido enviados por Cristo y no otras cosas; ofrecerles colaboración en los diversos ámbitos de la misión pastoral, especialmente en lo que atañe a la promoción humana y al servicio de la caridad; establecer relaciones cordiales y fraternas con ellos; ayudar a los sacerdotes a ser conscientes de que no son «dueños de la fe», sino «colaboradores del gozo» de todos los fieles (cf. 2 Cor 1, 24).

La responsabilidad formativa de la Iglesia particular en relación con los sacerdotes se concretiza y especifica en relación con los diversos miembros que la componen, comenzando por el sacerdote mismo.

79. En cierto modo, es precisamente cada sacerdote el primer responsable en la Iglesia de la formación permanente, pues sobre cada uno recae el deber —derivado del sacramento del Orden— de ser fiel al don de Dios y al dinamismo de conversión diaria que nace del mismo don. Los reglamentos o normas de la autoridad eclesiástica al respecto, como también el mismo ejemplo de los demás sacerdotes, no bastan para hacer apetecible la formación permanente si el individuo no está personalmente convencido de su necesidad y decidido a valorar sus ocasiones, tiempos y formas. La formación permanente mantiene la juventud del espíritu, que nadie puede imponer desde fuera, sino que cada uno debe encontrar continuamente en su interior. Sólo el que conserva siempre vivo el deseo de aprender y crecer posee esta «juventud».

Fundamental es la responsabilidad del Obispo y, con él, la del presbiterio. La del Obispo se basa en el hecho de que los presbíteros reciben su sacerdocio a través de él y comparten con él la solicitud pastoral por el Pueblo de Dios. El Obispo es el responsable de la formación permanente, destinada a hacer que todos sus presbíteros sean generosamente fieles al don y al ministerio recibido, como el Pueblo de Dios los quiere y tiene el «derecho» de tenerlos. Esta responsabilidad lleva al Obispo, en comunión con el presbiterio, a hacer un proyecto y establecer un programa, capaces de estructurar la formación permanente no como un mero episodio, sino como una propuesta sistemática de contenidos, que se desarrolla por etapas y tiene modalidades precisas. El Obispo vivirá su responsabilidad no sólo asegurando a su presbiterio lugares y momentos de formación permanente, sino haciéndose personalmente presente y participando en ellos convencido y de modo cordial. Con frecuencia será oportuno, o incluso necesario, que los Obispos de varias Diócesis vecinas o de una Región eclesiástica se pongan de acuerdo entre sí y unan sus fuerzas para poder ofrecer iniciativas de mayor calidad y verdaderamente atrayentes para la formación permanente, como son cursos de actualización bíblica, teológica y pastoral, semanas de convivencia, ciclos de conferencias, momentos de reflexión y revisión del programa pastoral del presbiterio y de la comunidad eclesial.

El Obispo cumplirá con su responsabilidad pidiendo también la ayuda que puedan dar las facultades y los institutos teológicos y pastorales, los Seminarios, los organismos o federaciones que agrupan a las personas —sacerdotes, religiosos y fieles laicos— comprometidas en la formación presbiteral.

En el ámbito de la Iglesia particular corresponde a las familias un papel significativo; ellas, como «Iglesias domésticas», tienen una relación concreta con la vida de las comunidades eclesiales animadas y guiadas por los sacerdotes. En particular, hay que citar el papel de la familia de origen, pues ella, en unión y comunión de esfuerzos, puede ofrecer a la misión del hijo una ayuda específica importante. Llevando a cabo el plan providencial que la ha hecho ser cuna de la semilla vocacional, e indispensable ayuda para su crecimiento y desarrollo, la familia del sacerdote, en el más absoluto respeto de este hijo que ha decidido darse a Dios y a sus hermanos, debe seguir siendo siempre testigo fiel y alentador de su misión, sosteniéndola y compartiéndola con entrega y respeto.

Momentos, formas y medios de la formación permanente

80. Si todo momento puede ser un «tiempo favorable» (cf. 2 Cor 6, 2) en el que el Espíritu Santo lleva al sacerdote a un crecimiento directo en la oración, el estudio y la conciencia de las propias responsabilidades pastorales, hay sin embargo momentos «privilegiados», aunque sean más comunes y establecidos previamente.

Hay que recordar, ante todo, los encuentros del Obispo con su presbiterio, tanto litúrgicos (en particular la concelebración de la Misa Crismal el Jueves Santo), como pastorales y culturales, dedicados a la revisión de la actividad pastoral o al estudio sobre determinados problemas teológicos.

Están asimismo los encuentros de espiritualidad sacerdotal, como los Ejercicios espirituales, los días de retiro o de espiritualidad. Son ocasión para un crecimiento espiritual y pastoral; para una oración más prolongada y tranquila; para una vuelta a las raíces de la identidad sacerdotal; para encontrar nuevas motivaciones para la fidelidad y la acción pastoral.

Son también importantes los encuentros de estudio y de reflexión común, que impiden el empobrecimiento cultural y el aferrarse a posiciones cómodas incluso en el campo pastoral, fruto de pereza mental; aseguran una síntesis más madura entre los diversos elementos de la vida espiritual, cultural y apostólica; abren la mente y el corazón a los nuevos retos de la historia y a las nuevas llamadas que el Espíritu dirige a la Iglesia.

81. Son muchas las ayudas y los medios que se pueden usar para que la formación permanente sea cada vez más una valiosa experiencia vital para los sacerdotes. Entre éstos hay que recordar las diversas formas de vida común entre los sacerdotes, siempre presentes en la historia de la Iglesia, aunque con modalidades y compromisos diferentes: «Hoy no se puede dejar de recomendarlas vivamente, sobre todo entre aquellos que viven o están comprometidos pastoralmente en el mismo lugar. Además de favorecer la vida y la acción apostólica, esta vida común del clero ofrece a todos, presbíteros y laicos, un ejemplo luminoso de caridad y de unidad».(230)

También pueden ser de ayuda las asociaciones sacerdotales, en particular los institutos seculares sacerdotales, que tienen como nota específica la diocesaneidad, en virtud de la cual los sacerdotes se unen más estrechamente al Obispo y forman «un estado de consagración en el que los sacerdotes, mediante votos u otros vínculos sagrados, se consagran a encarnar en la vida los consejos evangélicos».(231) Todas las formas de «fraternidad sacerdotal» aprobadas por la Iglesia son útiles no sólo para la vida espiritual, sino también para la vida apostólica y pastoral.

Igualmente, la práctica de la dirección espiritual contribuye no poco a favorecer la formación permanente de los sacerdotes. Se trata de un medio clásico, que no ha perdido nada de su valor, no sólo para asegurar la formación espiritual, sino también para promover y mantener una continua fidelidad y generosidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Como decía el Cardenal Montini, futuro Pablo VI, «la dirección espiritual tiene una función hermosísima y, podría decirse indispensable, para la educación moral y espiritual de la juventud, que quiera interpretar y seguir con absoluta lealtad la vocación, sea cual fuese, de la propia vida; ésta conserva siempre una importancia beneficiosa en todas las edades de la vida, cuando, junto a la luz y a la caridad de un consejo piadoso y prudente, se busca la revisión de la propia rectitud y el aliento para el cumplimiento generoso de los propios deberes. Es medio pedagógico muy delicado, pero de grandísimo valor; es arte pedagógico y psicológico de grave responsabilidad en quien la ejerce; es ejercicio espiritual de humildad y de confianza en quien la recibe».(232)

CONCLUSIÓN

82. «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15).

Esta promesa de Dios está, todavía hoy, viva y operante en la Iglesia, la cual se siente, en todo tiempo, destinataria afortunada de estas palabras proféticas y ve cómo se cumplen diariamente en tantas partes del mundo, mejor aún, en tantos corazones humanos, sobre todo de jóvenes. Y desea, ante las graves y urgentes necesidades propias y del mundo, que en los umbrales del tercer milenio se cumpla esta promesa divina de un modo nuevo, más amplio, intenso, eficaz: como una extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.

La promesa del Señor suscita en el corazón de la Iglesia la oración, la petición confiada y ardiente en el amor del Padre que, igual que ha enviado a Jesús, el buen Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una multitud de presbíteros, siga así manifestando a los hombres de hoy su fidelidad y su bondad.

Y la Iglesia está dispuesta a responder a esta gracia. Siente que el don de Dios exige una respuesta comunitaria y generosa: todo el Pueblo de Dios debe orar intensamente y trabajar por las vocaciones sacerdotales; los candidatos al sacerdocio deben prepararse con gran seriedad a acoger y vivir el don de Dios, conscientes de que la Iglesia y el mundo tienen absoluta necesidad de ellos; deben enamorarse de Cristo, buen Pastor; modelar el propio corazón a imagen del suyo; estar dispuestos a salir por los caminos del mundo como imagen suya para proclamar a todos a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.

Una llamada particular dirijo a las familias: que los padres, y especialmente las madres, sean generosos en entregar sus hijos al Señor, que los llama al sacerdocio, y que colaboren con alegría en su itinerario vocacional, conscientes de que así será más grande y profunda su fecundidad cristiana y eclesial, y que pueden experimentar, en cierto modo, la bienaventuranza de María, la Virgen Madre: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno» (Lc 1, 42).

También digo a los jóvenes de hoy: sed más dóciles a la voz del Espíritu; dejad que resuenen en la intimidad de vuestro corazón las grandes expectativas de la Iglesia y de la humanidad; no tengáis miedo en abrir vuestro espíritu a la llamada de Cristo, el Señor; sentid sobre vosotros la mirada amorosa de Jesús y responded con entusiasmo a la invitación de un seguimiento radical.

La Iglesia responde a la gracia mediante el compromiso que los sacerdotes asumen para llevar a cabo aquella formación permanente que exige la dignidad y responsabilidad que el sacramento del Orden les confirió. Todos los sacerdotes están llamados a ser conscientes de la especial urgencia de su formación en la hora presente: la nueva evangelización tiene necesidad de nuevos evangelizadores, y éstos son los sacerdotes que se comprometen a vivir su sacerdocio como camino específico hacia la santidad.

La promesa de Dios asegura a la Iglesia no unos pastores cualesquiera, sino unos pastores «según su corazón». El «corazón» de Dios se ha revelado plenamente a nosotros en el Corazón de Cristo, buen Pastor. Y el Corazón de Cristo sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida (cf. Mc 6, 30 ss.), y desea palpitar en otros corazones —los de los sacerdotes—: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37). La gente necesita salir del anonimato y del miedo; ser conocida y llamada por su nombre; caminar segura por los caminos de la vida; ser encontrada si se pierde; ser amada; recibir la salvación como don supremo del amor de Dios; precisamente esto es lo que hace Jesús, el buen Pastor; Él y sus presbíteros con Él.

Y ahora, al terminar esta Exhortación, dirijo mi mirada a la multitud de aspirantes al sacerdocio, de seminaristas y de sacerdotes que —en todas las partes del mundo, en situaciones incluso las más difíciles y a veces dramáticas, y siempre en el gozoso esfuerzo de fidelidad al Señor y del incansable servicio a su grey— ofrecen a diario su propia vida por el crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad en el corazón y en la historia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Vosotros, amadísimos sacerdotes, hacéis esto porque el mismo Señor, con la fuerza de su Espíritu, os ha llamado a presentar de nuevo, en los vasos de barro de vuestra vida sencilla, el tesoro inestimable de su amor de buen Pastor.

En comunión con los Padres sinodales y en nombre de todos los Obispos del mundo y de toda la comunidad eclesial, os expreso todo el reconocimiento que vuestra fidelidad y vuestro servicio se merecen.(233)

Y mientras deseo a todos vosotros la gracia de renovar cada día el carisma de Dios recibido con la imposición de las manos (cf. 2 Tim 1, 6); de sentir el consuelo de la profunda amistad que os vincula con Cristo y os une entre vosotros; de experimentar el gozo del crecimiento de la grey de Dios en un amor cada vez más grande a Él y a todos los hombres; de cultivar el sereno convencimiento de que el que ha comenzado en vosotros esta obra buena la llevará a cumplimiento hasta el día de Cristo Jesús (cf. Flp 1, 6); con todos y cada uno de vosotros me dirijo en oración a María, madre y educadora de nuestro sacerdocio.

Cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como la persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios; que se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha sido llamada a la educación del único y eterno Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna. Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia.

Por eso, nosotros los sacerdotes estamos llamados a crecer en una sólida y tierna devoción a la Virgen María, testimoniándola con la imitación de sus virtudes y con la oración frecuente.

Oh María,
Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te honramos
para exaltar tu maternidad
y contemplar contigo
el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos,
oh Santa Madre de Dios.

Madre de Cristo,
que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne
por la unción del Espíritu Santo
para salvar a los pobres y contritos de corazón:
custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes,
oh Madre del Salvador.

Madre de la fe,
que acompañaste al templo al Hijo del hombre,
en cumplimiento de las promesas
hechas a nuestros Padres:
presenta a Dios Padre, para su gloria,
a los sacerdotes de tu Hijo,
oh Arca de la Alianza.

Madre de la Iglesia,
que con los discípulos en el Cenáculo
implorabas el Espíritu
para el nuevo Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el orden de los presbíteros
la plenitud de los dones,
oh Reina de los Apóstoles.

Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por el sacrificio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio,
oh Madre de los sacerdotes. Amén.

Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo —solemnidad de la Anunciación del Señor— del año 1992, décimo cuarto de mi Pontificado.


NOTAS

1. Proposición 2.

2. Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 5: L’Osservatore Romano,edición en lengua española, 2 de noviembre de 1990, pág. 11

3. Cf. Proposición 1.

4. Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 28; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius.

5. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970): AAS 62 (1970), 321-384.

6. Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 3: l.c.

7. Ibid., 1: l.c.

8. Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990), III: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de noviembre de 1990, pág. 12.

9. Angelus (14 enero 1990), 2: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de enero de 1990, pág. 4.

10. Ibid., 3: l.c.

11. Cf. Proposición 3.

12. Pablo VI, Homilía en la IX sesión pública del Conc. Ecum. Vat. II (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966), 55.

13. Cf. Proposición 3.

14. Cf. ibid.

15. Cf. Sínodo de los Obispos, La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales – Lineamenta, 5-6.

16. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 4.

17. Cf. Sínodo de los Obispos, VIII Asam. Gen. Ord. Mensaje de los Padres sinodales al pueblo de Dios (28 octubre 1990), I: l.c.

18. Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 4: l.c.; cf. Carta a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo 1991 (10 marzo 1991): L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 marzo de 1991.

19. Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis; Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius; S. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970): l.c. 321-384; Sínodo de los Obispos, II Asam. Gen. Ord., 1971.

20. Proposición 7.

21. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 5.

22. Exhort. ap. post-sinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 8: AAS 81 (1989), 405; cf. Sínodo de los Obispos II Asam. Gen. Extraord., 1985.

23. Cf. Proposición7.

24. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 7-8.

25. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 1.

26. Cf. Proposición 7.

27. Ibid.

28. Proposición 7.

29. Sínodo de los Obispos VIII Asam. Gen. Ord., La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales, «Instrumentum laboris», 16; cf. Proposición 7.

30. Angelus (25 febrero 1990): L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de marzo de 1990, pág. 12.

31. Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 7-9.

32. Ibid, 8; cf. Proposición 7.

33. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 9.

34. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 10.

35. Cf. Proposición 7.

36. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 10.

37. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 20.

38. Cf. Proposición 12.

39. Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990), III: l.c.

40. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 40.

41. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 12.

42. Sermo 340, 1: PL 38, 1483.

43. Ibid.: l.c.

44. Cf. Proposición 8.

45. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 2; 12.

46. Cf. Proposición 8.

47. Sermo Morin Guelferbytanus, 32, 1: PLS 2, 637.

48. Misal Romano, Antífona de comunión de la Misa del IV domingo de Pascua.

49. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 26: AAS 80 (1988), 1715-1716.

50. Proposición 7.

51. Homilía durante la adoración eucarística en Seúl (7 octubre 1989), 2: Insegnamenti XII/2 (1989), 785; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de octubre de 1989, pág. 2.

52. S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus 123,5: CCL 36, 678.

53. A los sacerdotes partecipantes en un encuentro convocado por la Conf. Episcopal Italiana (4 noviembre 1980): Insegnamenti, III/ 2 (1980), 1055.

54. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 14.

55. Ibid.

56. Ibid.

57. Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 75: AAS 68 (1976), 64-67.

58. Cf. Proposición 8.

59. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 12.

60. In Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: l.c.

61. Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 12.

62. Ibid. 5.

63. Cf. Conc. Ecum. Trident. Decretum de iustificatione, cap. 7; Decretum de sacramentis, can. 6, (DS 1529; 1606).

64. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 12.

65. S. Agustín, Sermo de Nat. sanct. Apost. Petri et Pauli ex Evangelio in quo ait: Simon Iohannis diligis me?: ex Bibliot. Casin. in Miscellanea Augustiniana, vol. I, dir. G. Morin O.S.B., Roma, Tip. Poligl. Vat., 1930, p. 404.

66. Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 4-6; 13.

67. Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975). 15: l.c., 13-15.

68. Cf. Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 8; 10.

69. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 5.

70. Exhort. ap. post-sinodal Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 31, VI: AAS 77 (1985), 265-266.

71. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 6.

72. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 42.

73. Cf. Proposición 9.

74. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 15.

75. Cf. ibid.

76. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 42.

77. Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 16: AAS 74 (1982), 98.

78. Proposición 11.

79. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum Ordinis, 16.

80. Ibid.

81. Proposición 8.

82. Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 17.

83. Proposición 10.

84. Ibid.

85. Cf. S. Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y S. Congregación para los Obispos, Notas directivas para las relaciones mutuas entre los Obispos y los religiosos en la Iglesia Mutuae relationes (14 mayo 1978), 18: AAS 70 (1978), 484-485.

86. Cf. Proposición 25; 38.

87. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 10.

88. cf. Proposición 12.

89. Carta Enc. Redemptoris missio, (7 diciembre 1990), 67: AAS 83 (1991) 315-316.

90. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 10.

91. Homilía a 5.000 sacerdotes provenientes de todo el mundo (9 octubre 1984), 2: Insegnamenti, VII/2 (1984), 839; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 28 de octubre de 1984, pág. 9.

92. Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 5: l.c.

93. Cf. Proposición 6.

94. Cf. Proposición 13.

95. Cf. Proposición 4.

96. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 9.

97. Ibid.

98. S. Cipriano, De dominica Oratione, 23: CCL 3/A, 105.

99. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 3.

100. Proposición 5.

101. Angelus (3 diciembre 1989), 2: Insegnamenti, XII/2 (1989), 1417;L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de dicembre de 1989, pág. 4

102. Mensaje para la V Jornada mundial de oración por las vocaciones sacerdotales (19 abril 1968): Insegnamenti, VI (1968), 134-135.

103. Cf. Proposición 5.

104. Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 10; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 12.

105. Cf. Proposición, 13.

106. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia el mundo actual Gaudium et spes, 16.

107. Misal Romano, Colecta de la Misa por las vocaciones a las Órdenes sagradas.

108. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosantum concilium, 10.

109. Proposición 15.

110. Ibid.

111. Cf. C.I.C can. 220: «A nadie es lícito (…) violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad»; cf. can. 642.

112. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 2.

113. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el oficio pastoral de los obispos en la Iglesia Christus Dominus, 15.

114. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius 2.

115. Decreto sobre el ministerio vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 6.

116. Ibid., 11.

117. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 2.

118. Proposición 14.

119. Proposición 15.

120. Cf. Proposición 16.

121. Mensaje para la XXII Jornada mundial de oración por las vocaciones sacerdotales (13 abril 1985) 1: AAS 77 (1985) 982.

122. Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990) IV: l.c.

123. Proposición 21.

124. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 11; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 3; S. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970), 51: l.c., 356-357.

125. Cf. Proposición 21.

126. Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979) 10: AAS 71 (1979), 274.

127. Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981) 37: l.c., 128.

128. Ibid.

129. Proposición 21.

130. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia el mundo actual Gaudium et spes, 24.

131. Cf. Proposición 21.

132. Proposición 22.

133. Cf. S. Agustín, Confes., I. 1: CSEL 33, 1.

134. Sínodo de los Obispos, VIII Asam. Gen. Ord. La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales «Instrumentum laboris», 30.

135. Proposición 22.

136. Proposición 23.

137. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 8.

138. Const. dogm. sobre la divina rivelación Dei Verbum, 24.

139. Ibid., 2.

140. Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 25.

141. Angelus (4 marzo 1990), 2-3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de marzo de 1990, pág. 1.

142. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosantum concilium, 14.

143. S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus 26, 13: l.c., 266.

144. Liturgia de las Horas, Antífona al «Magnificat» de las segundas Vísperas en la Solemnidad del S. Cuerpo y Sangre de Cristo.

145. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 13.

146. Angelus (1 julio 1990), 3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de julio de 1990, pág. 12.

147. Proposición 23.

148. Ibid.

149. Cf. Ibid.

150. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 9.

151. S. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970), l.c., 354.

152. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Opatatam totius, 10.

153. Ibid.

154. Carta a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo (8 abril 1979): Insegnamenti II/I (1979), 841-862; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de abril de 1979, pág. 1.

155. Proposición 24.

156. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 15.

157. Proposición 26.

158. Cf. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 16.

159. La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales «Instrumentum laboris», 39.

160. Cf. Congregación para la Educación Católica, Carta a los obispos sobre la enseñanza de la filosofía en los seminarios (20 enero 1972).

161. «Desideravi intellectu videre quod credidi et multum disputavi et laboravi», De Trinitate XV, 28: CCL 50/A, 534.

162. Discurso a los participantes en la XXI Semana Bíblica italiana (25 septiembre 1970): AAS 62 (1970), 618.

163. Proposición 26.

164. «Fides, quae est quasi habitus theologiae»: In Lib. Boetii de Trinitate V, 4, ad 8.

165. Cf. S. Tomás de Aquino, In I Sent., Q. 1, a. 2.

166. Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo Donum veritatis (24 mayo 1990), 11; 40: AAS 82 (1990), 1554-1555; 1568-1569.

167. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 14.

168. Itineranium mentis in Deum, Prol., n. 4: Opera omnia, tomus V, Ad Claras Aquas 1891, 296.

169. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 16.

170. Carta Enc. Sollecitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 41: AAS 80 (1988), 571.

17.1 Cf. Carta Enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 54: AAS 83 (1991), 859-860.

172. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo Donum veritatis (24 mayo 1990), 21: l.c., 1559.

173. Proposición 26.

174. Así, por ejemplo, escribía S. Tomás de Aquino: «Es necesario atenerse más a la autoridad de la Iglesia que a la autoridad de Agustín o de Jerónimo o de cualquier otro Doctor»: Summa Theol., II-II, q. 10, a. 12; añade que nadie puede defenderse con la autoridad de Jerónimo o de Agustín o de cualquier otro Doctor en contra de la autoridad de Pedro: cf. Ibid. II-II, q. 11, a. 2 ad 3.

175. Proposición 32.

176. Cf. Carta Enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990) 67: l.c., 315-316.

177. Cf. Proposición 32.

178. Proposición 27.

179. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 4.

180. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dog. sobre la Iglesia Lumen gentium, 48.

181. Explanatio Apocalypsis, lib. II, 12: PL 93, 166.

182. Cf. Proposición 28.

183. Ibid.

184. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 9; cf. Exhort. Ap. Christifideles laici (30 diciembre 1988), 61: l.c., 512-514.

185. Proposición 28.

186. Cf. Ibid.

187. Cf. Carta Enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990) 678: l.c., 315-316.

188. Cf. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 4.

189. Proposición 20.

190. Ibid.

191. Ibid.

192. Ibid.

193. Cf. Discurso a los alumnos y ex-alumnos del Colegio Capránica (21 enero 1983): Insegnamenti VI/I (1983) 173-178; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de abril de 1983, pág. 11.

194. Proposición 20.

195. Ibid.

196. Proposición 19.

197. Ibid.

198. In Iohannem Evangelistam Expositio, c. 21, lect. V, 2.

199. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 3.

200. Cf. Proposición 17.

201. Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970) 19: l.c., 342.

202. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 7.

203. Proposición 29.

204. Ibid.

205. Cf. Proposición 23.

206. Cf. Exhort. Ap. post-sinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 61; 63: l.c., 512-514; 517-518; Cart. ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 29-31: l.c., 1721-1729.

207. Cf. Proposición 29.

208. Proposición 30.

209. Ibid.

210. Cf. Proposición 25.

211. Discurso a los sacerdotes colaboradores con el movimiento «Comunión y Liberación» (12 septiembre 1985): AAS 78 (1986), 256; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de septiembre de 1985, pág. 11.

212. Cf. Proposición 25.

213. Encuentro con los representanes del clero suizo en Einsiedeln (15 junio 1984), 10: Insegnamenti VII/I (1984), 1798; L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de julio de 1984, pág. 14.

214. Cf. S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus. 123, 5: l.c., 678-680.

215. Cf. Proposición 31.

216. S. Carlos Borromeo, Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán 1559, 1178.

217. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.

218. Sínodo de los Obispos Asam. Gen. Ord., La formación de los presbíteros en las circunstancias actuales «Instrumentum laboris», 55.

219. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 6.

220. Carta Enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964) III: AAS 56 (1964), 647.

221. Cf. Congregación para el Cero, Notas directivas para la promoción de la cooperación mutua entre las Iglesias particulares y especialmente para la distribución más adecuada del clero Postquam apostoli (25 marzo 1980): AAS 72 (1980), 343-364.

222. Proposición 39.

223. Proposición 34.

224. Ibid.

225. Ibid.

226. Cf. Proposición 38; Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 1; Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 1; Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y Congregación para los Obispos, Notas directivas para las relaciones mutuas entre los Obispos y los religiosos en la Iglesia Mutuae relationes (14 mayo 1978) 2; 10: l.c., 475; 479-480.

227. Proposición 35.

228. Ibid.

229. Cf. Proposición 36.

230. Sínodo de los Obispos VIII Asam. Gen. Ord., La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales, «Instrumentum laboris», 60; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos en la Iglesia Christus Dominus, 30; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum ordinis, 8; C.I.C., can. 550, 2.

231. Proposición 37.

232. J. B. Montini, Carta pastoral Sobre el sentido moral, 1961.

233. Cf. Proposición 40.

 

 

 

 

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Ciclo A, domingo de Resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

¡Resucitó! ¡Resucitó!

Nadie lo podía creer: ni siquiera los apóstoles, pero había resucitado como lo prometió. La muerte fue vencida. Ahora podemos resucitar nosotros también.

El dueño de la vida nos ofrece la resurrección. Si hemos sido resucitados con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Preocupémonos por las cosas de arriba, no por las de la tierra.

Si hemos muerto al pecado, nuestra vida está ahora escondida con Cristo en Dios.

Cuando se manifieste el que es nuestra vida, también nosotros nos veremos con Él en la gloria.

Esa felicidad tan esquiva, esa que buscamos y no encontramos en los placeres, en las posesiones, en la fama, en el poder, está a la vuelta de la esquina, nos la ofrece Dios cada momento, si cumplimos tres requisitos:

Primero, que concentremos nuestra atención en la vida eterna, que nos alistemos para ese paso (Pascua) viviendo como Él quiere: cumplir los diez mandamientos de la ley de Dios y los cinco mandamientos de la Santa Madre Iglesia, aprovechar los Sacramentos  de la Reconciliación y la Comunión y orar con frecuencia; así demostraremos el amor a Dios.

Segundo, que le mostremos ese mismo amor a los demás viviendo para hacerlos felices —especialmente a los más cercanos—; que sepamos perdonar, comprender, ser desprendidos, generosos…

Y, por último, que respetemos el hábitat que Dios nos dio para beneficio de las generaciones que vienen.

Al vivir estos tres amores —a Dios, a los demás y al cosmos— nos haremos acreedores al premio mayor que Cristo nos ganó: el Cielo, para siempre, para siempre, para siempre…

Allí ya no habrá llanto ni dolor ni lucha ni estrés… Solo gozo, paz y felicidad.

¿No vale la pena?

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Ciclo C, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 29, 2010

¿Desde dónde reina Cristo?

Como nos cuenta la primera lectura, cuando los dirigentes de las tribus de Israel vinieron a hablar con David, le dijeron: «El Señor te dijo: «”Tú eres el que guiará a mi pueblo, tú llegarás a ser el rey de Israel”.» Con esto, según los Padres de la Iglesia, se estaba anunciando el reinado del descendiente de David: Jesucristo.

Efectivamente, porque se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los Cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor.

Eso es lo que resalta la segunda lectura de hoy: Él renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo, y logró ese puesto por una sola razón: porque derramó la Sangre en la Cruz.

Los Padres de la Iglesia y muchos santos defienden la idea de que Jesucristo reinó desde la Cruz. Efectivamente, el Evangelio nos cuenta que había sobre la cruz un letrero que decía: «Este es el Rey de los judíos». Y, cuando los sacerdotes le pidieron a Pilato que corrigiera el escrito, se negó.

Y, ¿cómo reinó? Con su humildad: los jefes se burlaban de Él diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él: le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Hasta uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero Jesús callaba; fue con la humildad como derrotó la soberbia del Demonio.

Cruz y humildad, pues, son el Trono y la corona de este Rey.

Eso fue lo que descubrió el otro malhechor; por eso le dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino».

Si nosotros también lo advertimos, escucharemos igualmente sus palabras: «En verdad te digo que estarás conmigo en el paraíso».

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Ciclo C, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2010

El más alto atributo de Dios

A veces olvidamos el atributo más sobresaliente de Dios: su infinita misericordia.

En el Éxodo, se nos cuenta que Dios no deja que estalle su furor contra los pecadores. Había determinado exterminarlos, pero Moisés suplicó al Señor, y Él renunció a destruir a su pueblo, como lo había anunciado.

Pablo nos cuenta que en un comienzo era un opositor, un perseguidor y un violento, y que a pesar de eso Dios lo perdonó, pues Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

Ya en el Evangelio, Cristo nos dice que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.

Y Jesús continuó explicando cuán grande es la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos: Cuando el hijo malvado dijo: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo», el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzó la fiesta.

¿Cómo es posible que, ante la declaración de la culpa de un malhechor, el juez lo absuelva? Eso es lo que hace Dios con aquellos que, verdaderamente arrepentidos, acuden al Sacramento de la Reconciliación. Incluso, si han pecado venialmente, el arrepentimiento sincero es suficiente para alcanzar el perdón de ese misericordioso Padre.

¿Desatenderemos esta ventajosísima oferta?

Todos las cualidades de Dios las posee en grado infinito, pero esta es una muestra de que su piedad, su misericordia: la más sublime de todas. Todo lo hace para nuestro bien, nos da cada vez más oportunidades para ser felices, a pesar de que le fallamos. ¡Cuánto nos ama!

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Las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2010

De septem Verbis a Christo in cruce prolatis

Prefacio

Obsérvenme, ahora, por cuarto año, preparándome para la muerte. Habiéndome retirado de los negocios del mundo a un lugar de reposo, me entrego a la meditación de las Sagradas Escrituras, y a escribir los pensamientos que se me ocurren en mis meditaciones, para que si ya no puedo ser de uso por la palabra de boca, o la composición de voluminosas obras, pueda por lo menos ser útil a mis hermanos por medio de estos piadosos librillos. Mientras reflexionaba entonces sobre cuál sería el tema más elegible tanto para prepararme para la muerte como para asistir a otros a vivir bien, se me ocurrió la Muerte de Nuestro Señor, junto con el último sermón que el Redentor del mundo predicó desde la Cruz, como desde un elevado púlpito, a la raza humana. Este sermón consiste de siete cortas pero profundas sentencias, y en estas siete palabras está contenido todo lo que Nuestro Señor manifestó cuando dijo: “Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los Profetas escribieron sobre el Hijo del Hombre”[1]. Todo lo que los Profetas predijeron sobre Cristo puede ser reducido a cuatro títulos: sus sermones a la gente; su oración al Padre; los grandes tormentos que soportó; y las sublimes y admirables obras que realizó. Todo esto fue verificado de manera admirable en la Vida de Cristo, pues Nuestro Señor no podía ser más diligente al predicar al pueblo. Predicaba en el Templo, en las sinagogas, en los campos, en los desiertos, en las casas, más aún, predicaba incluso desde una embarcación a la gente que estaba en la orilla. Era su costumbre pasar noches en oración a Dios, pues así dice el Evangelista: “Y se pasó la noche en la oración de Dios”[2]. Sus admirables obras al expulsar demonios, curar enfermos, multiplicar panes, calmar tormentas, han de ser leídas en cada página de los Evangelios[3]. Aún así, fueron muchas las injurias que fueron acumuladas sobre Él, como respuesta al bien que había hecho. Consistían éstas no sólo en palabras insolentes, sino también en apedrearlo[4] y despeñarlo[5]. En una palabra, todas estas cosas verdaderamente se consumaron en la Cruz. Su prédica desde la Cruz fue tan poderosa que “toda la multitud se volvió golpeándose el pecho”[6], y no sólo los corazones de los hombres, sino incluso las rocas fueron quebrantadas en pedazos. Él oró en la Cruz, como dice el Apóstol, “con poderoso clamor y lágrimas”, siendo así “escuchado por su actitud reverente”[7]. Sufrió tanto en la Cruz, en comparación con lo que había sufrido el resto de su vida, que el sufrimiento parece pertenecer sólo a su Pasión. Finalmente, nunca obró mayores signos y prodigios que cuando estando en la Cruz parecía reducido a la más grande debilidad y flaqueza. Entonces no sólo manifestó signos del cielo, los cuales los judíos habían pedido hasta el fastidio, sino que un poco después manifestó el más grande de todos los signos.

Pues luego de estar muerto y enterrado, se levantó de entre los muertos por su propia fuerza, llamando a su Cuerpo a la vida, incluso a una vida inmortal. Verdaderamente entonces podremos decir que en la Cruz se consumó todo lo que estaba escrito por los Profetas en relación al Hijo del Hombre.

Pero antes de empezar a escribir sobre las palabras que Nuestro Señor manifestó desde la Cruz, parece apropiado que deba decir algo de la Cruz misma, que fue el Púlpito del Predicador, altar del Sacerdote Víctima, campo del Combatiente, el taller del que obra maravillas. Los antiguos estaban de acuerdo al decir que la Cruz estaba hecha de tres trozos de madera: uno vertical, a lo largo del cual era puesto el cuerpo del crucificado; uno horizontal, al que estaban sujetas las manos; y el tercero estaba unido a la parte baja de la cruz, sobre el cual descansaban los pies del acusado, pero sujetos por medio de clavos para impedir su movimiento. Los antiguos Padres de la Iglesia concuerdan con esta opinión, como San Justino[8] y San Ireneo[9]. Estos autores, más aún, indican claramente que cada pie descansaba en la tabla, y no que un pie estaba puesto encima del otro. Por tanto, se sigue que Cristo fue clavado a la Cruz con cuatro clavos, y no tres, como muchos imaginan, quienes en las pinturas representan a Cristo, Nuestro Señor, clavado a la Cruz con un pie sobre el otro. Gregorio de Tours[10], claramente dice lo contrario, y confirma su opinión apelando a antiguos grabados. Yo, por mi parte, he visto en la Librería Real en París algunos manuscritos muy antiguos de los Evangelios, los cuales contenían muchos grabados de Cristo Crucificado y todos lo representaban con cuatro clavos.

San Agustín[11] y San Gregorio de Niza[12] dicen que el madero vertical de la Cruz se proyectaba un poco del madero vertical. Parecería que el Apóstol insinúa lo mismo, pues en su Carta a los Efesios, San Pablo escribe: “que podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad”[13]. Eso es claramente una descripción de la figura de la Cruz, que tenía cuatro extremos: anchura en la parte horizontal, longitud en la parte vertical, altura en aquella parte de la Cruz que sobresalía y se proyectaba de la parte horizontal, y profundidad en la parte que estaba enterrada en la tierra. Nuestro Señor no soportó los tormentos de la Cruz por casualidad, o contra su voluntad, pues Él había escogido este tipo de muerte desde toda la eternidad, como enseña San Agustín[14] por el testimonio del Apóstol: “Jesús de Nazaret, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por manos de los impíos”[15]. Y así Cristo, desde el principio de su prédica, dijo a Nicodemo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna”[16]. Muchas veces habló a sus Apóstoles sobre su Cruz, alentándolos a imitarlo a Él: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”[17].

Sólo Nuestro Señor sabe la razón que lo indujo a escoger este tipo de muerte. Los santos Padres, sin embargo, han pensado en algunas razones místicas, y las han dejado para nosotros en sus escritos. San Ireneo, en su trabajo al que nos hemos ya referido, dice que las palabras “Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos” fueron escritas sobre aquella parte de la Cruz donde ambos brazos se encuentran, para darnos a entender que las dos naciones, Judíos y Gentiles, que hasta aquel tiempo se habían rechazado una a la otra, fueron luego unidas en un solo cuerpo bajo una sola Cabeza: Cristo. San Gregorio de Niza, en su sermón sobre la Resurrección, dice que la parte de la Cruz que miraba hacia el cielo manifiesta que el cielo ha de ser abierto por la Cruz como por una llave; que la parte que estaba enterrada en la tierra manifiesta que el infierno fue despojado por Cristo cuando Él descendió ahí; y que los dos brazos de la Cruz que se estiraban hacia el este y el oeste manifiestan la regeneración del mundo entero por la Sangre de Cristo. San Jerónimo, en la Epístola a los Efesios, San Agustín[18], en su Epístola a Honorato, San Bernardo, en el quinto libro de su obra “Sobre la Consideración”, enseñan que el misterio principal de la Cruz fue levemente tocado por el Apóstol en las palabras “cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad”[19]. El significado primario de estas palabras apunta a los atributos de Dios, la altura significa su poder, la profundidad su sabiduría, la anchura su bondad, la longitud su eternidad. Hacen referencia también a las virtudes de Cristo en su Pasión: la anchura su caridad, la longitud su paciencia, la altura su obediencia, la profundidad su humildad. Significan, más aún, las virtudes que son necesarias para aquellos que son salvados a través de Cristo. La profundidad de la Cruz significa la fe, la altura la esperanza, la anchura la caridad, la longitud la perseverancia. De esto sacamos que sólo la caridad, la reina de las virtudes, encuentra un sitio en cualquier lugar, en Dios, en Cristo, y en nosotros. De las otras virtudes, algunas son propias a Dios, otras a Cristo, y otras a nosotros. En consecuencia, no es maravilloso que en sus últimas palabras desde la Cruz, que ahora vamos a explicar, Cristo diese el primer lugar a palabras de caridad.

Empezaremos por tanto explicando las primeras tres palabras que fueron dichas por Cristo a la hora sexta, antes que el sol fuera oscurecido y las tinieblas cubrieran la tierra. Consideraremos luego este eclipse del sol, y finalmente llegaremos a la explicación de todas las demás palabras de Nuestro Señor, que fueron dichas alrededor de la hora nona[20], cuando la oscuridad estaba desapareciendo y la Muerte de Cristo estaba a la mano.

Libro I

CAPÍTULO I

Explicación literal de la primera Palabra:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

Cristo Jesús, el Verbo del Padre Eterno, de quien el mismo Padre había dicho “Escuchadle”[21], quien había dicho de sí mismo “Porque uno solo es vuestro Maestro”[22], para realizar la tarea que había asumido, nunca dejó de instruirnos. No solamente durante su vida, sino incluso en los brazos de la muerte, desde el púlpito de la Cruz, nos predicó pocas palabras, pero ardientes de amor, de suma utilidad y eficacia, y en todo sentido dignas de ser grabadas en el corazón de todo cristiano, para ser ahí preservadas, meditadas, y realizadas literalmente y en obra. Su primera palabra es ésta: “Y dijo Jesús: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[23]. Plegaria que, aun siendo nueva y nunca antes escuchada, quiso el Espíritu Santo que sea predicha por el Profeta Isaías en estas palabras: “e intercedió por los transgresores”[24]. Y las peticiones de Nuestro Señor en la Cruz prueban cuán verdaderamente habló el Apóstol San Pablo cuando dijo: “la Caridad no busca su provecho”[25], pues de las siete palabras que habló nuestro Redentor, tres fueron por el bien de los demás, tres por su propio bien, y una fue común tanto para Él como para nosotros. Su atención, sin embargo, fue primero para los demás. Pensó en sí mismo al final.

De las tres primeras palabras que Él habló, la primera fue para sus enemigos, la segunda para sus amigos, y la tercera para sus parientes. Ahora bien, la razón por la cual oró, entonces, es que la primera demanda de la caridad es socorrer a aquellos que están necesitados, y aquellos que estaban más necesitados de socorro espiritual eran sus enemigos, y lo que nosotros, discípulos de tan gran Maestro, necesitamos más es amar a nuestros enemigos, virtud que sabemos muy difícil de obtener y que raramente encontramos, mientras que el amor a nuestros amigos y parientes es fácil y natural, crece con los años y muchas veces predomina más de lo que debería. Por lo cual escribió el Evangelista “Y dijo Jesús”[26]: donde la palabra “y” manifiesta el tiempo y la ocasión de esta oración por sus enemigos, y pone en contraste las palabras del Sufriente y las palabras de los verdugos, sus obras y las obras de ellos, como si el Evangelista quisiera explicarse mejor de esta manera: estaban crucificando al Señor, y en su misma presencia estaban repartiendo su túnica entre ellos, se burlaban y lo difamaban como embustero y mentiroso, mientras que Él, viendo lo que estaban haciendo, escuchando lo que estaban diciendo, y sufriendo los más agudos dolores en sus manos y pies, devolvió bien por mal, y oró: “Padre, perdónalos”.

Lo llama “Padre”, no Dios o Señor, porque quiso que Él ejerciese la benignidad del Padre y no la severidad de un Juez, y como quiso Él evitar la cólera de Dios, que sabía provocada por los enormes crímenes, usa el tierno nombre de Padre. La palabra Padre parece contener en sí misma este pedido: Yo, Tu Hijo, en medio de todos mis tormentos, los he perdonado. Haz tú lo mismo, Padre Mío, extiende tu perdón a ellos. Aunque no lo merecen, perdónalos por Mí, Tu Hijo. Acuérdate también que eres su Padre, pues los has creado, haciéndolos a tu imagen y semejanza. Muéstrales por tanto un amor de Padre, pues aunque son malos, son sin embargo hijos tuyos.

“Perdona”. Esta palabra contiene la petición principal que el Hijo de Dios, como abogado de sus enemigos, hace a su Padre. La palabra “perdona” puede referirse tanto al castigo debido al crimen como al crimen mismo. Si está referido al castigo debido al crimen, fue entonces la oración escuchada: pues ya que este pecado de los judíos demandaba que su perpetradores sientan instantánea y merecidamente la ira de Dios, siendo consumidos por fuego del cielo o ahogados en un segundo diluvio, o exterminados por el hambre y la espada, aun así, la aplicación de este castigo fue pospuesta por cuarenta años, período durante el cual, si el pueblo judío hubiese hecho penitencia, hubiesen sido salvados y su ciudad preservada, pero puesto que no hicieron penitencia, Dios mandó contra ellos al ejército romano que, durante el reino de Vespasiano, destruyó sus metrópolis, y parte de hambruna durante el sitio, y parte por la espada durante el saqueo de la ciudad, mató a una gran multitud de sus habitantes, mientras que los sobrevivientes eran vendidos como esclavos y dispersados por el mundo.

Todas estas desgracias fueron predichas por Nuestro Señor en las parábolas del viñador que contrató obreros para su viña, del rey que hizo una boda para su hijo, de la higuera estéril, y más claramente, cuando lloró por la ciudad el Domingo de Ramos. La oración de Nuestro Señor fue también escuchada si es que hacía referencia al crimen de los judíos, pues obtuvo para muchos la gracia de la compunción y la reforma de la vida. Hubieron algunos que “volvieron golpeándose el pecho”[27]. Estuvo el centurión que dijo “verdaderamente éste era el Hijo de Dios”[28]. Y hubo muchos que unas semanas después se convirtieron por la prédica de los Apóstoles, y confesaron a Aquel que habían negado, adoraron a Aquel que habían despreciado. Pero la razón por la cual la gracia de la conversión no fue otorgada a todos es que la voluntad de Cristo se conforma a la sabiduría y la voluntad de Dios, que San Lucas manifiesta cuando nos dice en los Hechos de los Apóstoles: “Y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna”[29].

“[Perdona]Los”. Esta palabra es aplicada a todos por cuyo perdón Cristo oró. En primer lugar es aplicada a aquellos que realmente clavaron a Cristo en la Cruz, y jugaron a la suerte sus vestiduras. Puede ser también extendida a todos los que fueron causa de la Pasión de Nuestro Señor: a Pilato que pronunció la sentencia; a las personas que gritaron “crucifícalo, crucifícalo”[30]; a los sumos sacerdotes y escribas que falsamente lo acusaron, y, para ir más lejos, al primer hombre y a toda su descendencia que por sus pecados ocasionaron la muerte de Cristo. Y así, desde su Cruz, Nuestro Señor oró por el perdón de todos sus enemigos. Cada uno, sin embargo, se reconocerá a sí mismo entre los enemigos de Cristo, de acuerdo a las palabras del Apóstol: “Cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”[31]. Por tanto, nuestro Sumo Sacerdote, Cristo, hizo una conmemoración para todos nosotros, incluso antes de nuestro nacimiento, en aquel sacratísimo “Memento”, si puedo así decirlo, que Él hizo en el primer Sacrificio de la Misa que celebró en el altar de la Cruz. ¿Qué retribución, oh alma mía, harás al Señor por todo lo que ha hecho por ti, aún antes de que seas? Nuestro amado Señor vio que tú también algún día estarías en las filas con sus enemigos, y aunque no lo pediste, ni lo buscaste, Él oró por ti a su Padre, para que no cargue sobre ti la falta cometida por ignorancia. ¿No te importa por tanto tener en cuenta a tan dulce Patrón, y hacer todo esfuerzo por servirle fielmente en todo? ¿No es justo que con tal ejemplo delante tuyo aprendas no sólo a perdonar a tus enemigos con facilidad, y orar por ellos, sino incluso a atraer a cuantos puedas para hacer lo mismo? Es justo, y esto deseo y tengo el propósito de hacer, con la condición de que Aquel que me ha dado tan brillante ejemplo me dé también en su bondad la ayuda suficiente para realizar tan grande obra.

Pues no saben lo que hacen. Para que su oración sea razonable, Cristo se disminuye, o más aún da la excusa que pueda por los pecados de sus enemigos. Él ciertamente no podía excusar la injusticia de Pilato, o la crueldad de los soldados, o la ingratitud de la gente, o el falso testimonio de aquellos que perjuraron. Entonces no quedó para Él más que excusar su falta alegando ignorancia. Pues con verdad el Apóstol observa: “pues de haberla conocido, no hubieran crucificado al Señor de la Gloria”[32]. Ni Pilato, ni los sumos sacerdotes, ni el pueblo sabían que Cristo era el Señor de la Gloria. Aun así, Pilato lo sabía un hombre justo y santo, que había sido entregado por la envidia de los sumos sacerdotes, y los sumos sacerdotes sabían que Él era el Cristo prometido, como enseña Santo Tomás, porque no podían –ni lo hicieron– negar que había obrado muchos de los milagros que los profetas habían predicho que el Mesías obraría. En fin, la gente sabía que Cristo había sido condenado injustamente, pues Pilato públicamente les había dicho: “No encuentro en este hombre culpa alguna”[33], e “Inocente soy de la sangre de este hombre justo”[34].

Pero aunque los judíos, tanto el pueblo como los sacerdotes, no sabían el hecho de que Cristo era Señor de la Gloria, aun así, no habrían permanecido en este estado de ignorancia si su malicia no los hubiera cegado. De acuerdo a las palabras de San Juan: “Aunque había realizado tan grandes señales delante de ellos, no creían en Él, porque había dicho Isaías: Ha cegado sus ojos, ha endurecido su corazón, para que no vean con los ojos, ni comprendan con su corazón, ni se conviertan, ni yo los sane”[35]. La ceguera no es excusa para un hombre ciego, porque es voluntaria, acompañando, no precediendo, el mal que hace. De la misma manera, aquellos que pecan en la malicia de sus corazones siempre pueden alegar ignorancia, lo que no es sin embargo una excusa para su pecado pues no lo precede sino que lo acompaña. Por lo que el Hombre Sabio dice: “Yerran los que obran iniquidad”[36]. El filósofo de igual modo proclama con verdad que todo el que hace mal es ignorante de lo que hace, y por consiguiente se puede decir de los pecadores en general: “No saben lo que hacen”. Pues nadie puede desear aquello que es malo en base a su maldad, porque la voluntad del hombre no tiende hacia el mal tanto como hacia el bien, sino sólo a lo que es bueno, y por esta razón aquellos que eligen lo que es malo lo hacen porque el objeto les es presentado bajo apariencia de bien, y así puede entonces ser elegido. Esto es resultado del desasosiego de la parte inferior del alma que ciega la razón y la hace incapaz de distinguir nada sino lo que es bueno en el objeto que busca. Así, el hombre que comete adulterio o es culpable de robo realiza estos crímenes porque mira sólo el placer o la ganancia que puede obtener, y no lo haría si sus pasiones no lo cegaran hasta lo la vergonzosa infamia de lo primero y la injusticia de lo segundo. Por tanto, un pecador es similar a un hombre que desea lanzarse a un río desde un lugar elevado. Primero cierra sus ojos y luego se lanza de cabeza, así aquel que hace un acto de maldad odia la luz, y obra bajo una voluntaria ignorancia que no lo exculpa, porque es voluntaria. Pero si una voluntaria ignorancia no exculpa al pecador, ¿por qué entonces Nuestro Señor oró: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”? A esto respondo que la interpretación más directa a ser hecha de las palabras de Nuestro Señor es que fueron dichas para sus verdugos, que probablemente ignoraban completamente no sólo la Divinidad del Señor, sino incluso su inocencia, y simplemente realizaron la labor del verdugo. Para aquellos, por tanto, dijo en verdad el Señor: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Una vez más, si la oración de Nuestro Señor ha de ser interpretada como aplicable a nosotros mismos, que no habíamos aún nacido, o a aquella multitud de pecadores que eran sus contemporáneos, pero que no tenían conocimiento de lo que estaba sucediendo en Jerusalén, entonces dijo con mucha verdad el Señor: “No saben lo que hacen”. Finalmente, si Él se dirigió al Padre en nombre de todos los que estaban presentes, y sabían que Cristo era el Mesías y un hombre inocente, entonces debemos confesar la caridad de Cristo que es tal que desea paliar lo más posible el pecado de sus enemigos. Si la ignorancia no puede justificar una falta, puede sin embargo servir como excusa parcial, y el deicidio de los judíos habría tenido un carácter más atroz de haber conocido la naturaleza de su Víctima. Aunque Nuestro Señor era consciente de que esto no era una excusa sino más bien una sombra de excusa, la presentó con insistencia, en realidad, para mostrarnos cuánta bondad siente hacia el pecador, y con cuánto deseo hubiese Él usado una mejor defensa, incluso para Caifás y Pilato, si una mejor y más razonable apología se hubiese presentado.

CAPÍTULO II

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Habiendo dado el significado literal de la primera palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz, nuestra próxima tarea será esforzarnos por recoger algunos de sus frutos más preferibles y ventajosos. Lo que más nos impacta en la primera parte del sermón de Cristo en la Cruz es su ardiente caridad, que arde con fulgor más brillante que el que podamos conocer o imaginar, de acuerdo a lo que escribió San Pablo a los Efesios: “Y conocer la caridad de Cristo que excede todo conocimiento”[37]. Pues en este pasaje el Apóstol nos informa por el misterio de la Cruz cómo la caridad de Cristo sobrepasa nuestro entendimiento, ya que se extiende más allá de la capacidad de nuestro limitado intelecto. Pues cuando sufrimos cualquier dolor fuerte, como por ejemplo un dolor de dientes, o un dolor de cabeza, o un dolor en los ojos, o en cualquier otro miembro de nuestro cuerpo, nuestra mente está tan atada a esto como para ser incapaz de cualquier esfuerzo. Entonces no estamos de humor ni para recibir a nuestros amigos ni para continuar con el trabajo. Pero cuando Cristo fue clavado en la Cruz, usó su diadema de espinas, como está claramente manifestado en las escrituras de los antiguos Padres; por Tertuliano entre los Padres Latinos, en su libro contra los judíos, y por Orígenes, entre los Padres griegos, en su obra sobre San Mateo; y por tanto se sigue que Él no podía ni mover su cabeza hacia atrás ni moverla de lado a lado sin dolor adicional. Toscos clavos ataban sus manos y pies, y por la manera en que desgarraban su carne, ocasionaban un doloroso y largo tormento. Su cuerpo estaba desnudo, desgastado por el cruel flagelo y los trajines del ir y venir, expuesto ignominiosamente a la vista de los vulgares, agrandando por su peso las heridas en sus pies y manos, en una bárbara y continua agonía. Todas estas cosas combinadas fueron origen de mucho sufrimiento, como si fueran otras tantas cruces. Sin embargo, oh caridad, verdaderamente sobrepasando nuestro entendimiento, Él no pensó en sus tormentos, como si no estuviera sufriendo, sino que solícito sólo para la salvación de sus enemigos, y deseando cubrir la pena de sus crímenes, clamó fuertemente a su Padre: “Padre, perdónalos”. ¿Qué hubiese hecho Él si estos infelices fuesen las víctimas de una persecución injusta, o hubiesen sido sus amigos, sus parientes, o sus hijos, y no sus enemigos, sus traidores y parricidas? Verdaderamente, ¡Oh benignísimo Jesús! Tu caridad sobrepasa nuestro entendimiento. Observo tu corazón en medio de tal tormenta de injurias y sufrimientos, como una roca en medio del océano que permanece inmutable y pacífica, aunque el oleaje se estrelle furiosamente contra ella. Pues ves que tus enemigos no están satisfechos con infligir heridas mortales sobre Tu cuerpo, sino que deben burlarse de tu paciencia, y aullar triunfalmente con el maltrato. Los miras, digo yo, no como un enemigo que mide a su adversario, sino como un Padre que trata a sus errantes hijos, como un doctor que escucha los desvaríos de un paciente que delira. Por lo que Tú no estás molesto con ellos, sino los compadeces, y los confías al cuidado de Tu Padre Todopoderoso, para que Él los cure y los haga enteros. Este es el efecto de la verdadera caridad, estar en buenos términos con todos los hombres, considerando a ninguno como tu enemigo, y viviendo pacíficamente con aquellos que odian la paz.

Esto es lo que es cantado en el Cántico del amor sobre la virtud de la perfecta caridad: “Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo”[38]. Las grandes aguas son los muchos sufrimientos que nuestras miserias espirituales, como tormentas del infierno, cargan sobre Cristo a través de los judíos y los Gentiles, quienes representaban las pasiones oscuras de nuestro corazón. Aún así, esta inundación de aguas, es decir de dolores, no puede extinguir el fuego de la caridad que ardió en el pecho de Cristo. Por eso, la caridad de Cristo fue más grande que este desborde de grandes aguas, y resplandeció brillantemente en su oración: “Padre, perdónalos”. Y no sólo fueron estas grandes aguas incapaces de extinguir la caridad de Cristo, sino que ni siquiera luego de años pudieron las tormentas de la persecución sobrepasar la caridad de los miembros de Cristo. Así, la caridad de Cristo, que poseyó el corazón de San Esteban, no podía ser aplastada por las piedras con las cuales fue martirizado. Estaba viva entonces, y él oró: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”[39]. En fin, la perfecta e invencible caridad de Cristo que ha sido propagada en los corazones de mártires y confesores, ha combatido tan tercamente los ataques de perseguidores, visibles e invisibles, que puede decirse con verdad incluso hasta el fin del mundo, que un mar de sufrimiento no podrá extinguir la llama de la caridad.

Pero de la consideración de la Humanidad de Cristo ascendamos a la consideración de Su Divinidad. Grande fue la caridad de Cristo como hombre hacia sus verdugos, pero mayor fue la caridad de Cristo como Dios, y del Padre, y del Espíritu Santo, en el día último, hacia toda la humanidad, que había sido culpable de actos de enemistad hacia su Creador, y, de haber sido capaces, lo hubiesen expulsado del cielo, clavado a una cruz, y asesinado. ¿Quién puede concebir la caridad que Dios tiene hacia tan ingratas y malvadas criaturas? Dios no guardó a los ángeles cuando pecaron, ni les dio tiempo para arrepentirse, sin embargo con frecuencia soporta pacientemente al hombre pecador, a blasfemos, y a aquellos que se enrolan bajo el estandarte del demonio, Su enemigo, y no sólo los soporta, sino que también los alimenta y cría, incluso hasta los alienta y sostiene, pues “en Él vivimos, nos movemos y existimos”[40], como dice el Apóstol. Ni tampoco preserva solo al justo y bueno, sino igualmente al hombre ingrato y malvado, como Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de San Lucas. Ni tampoco nuestro Buen Señor meramente alimenta y cría, alienta y sostiene a sus enemigos, sino que frecuentemente acumula sus favores sobre ellos, dándoles talentos, haciéndolos honorables, y los eleva a tronos temporales, mientras que Él aguarda pacientemente su regreso de la senda de la iniquidad y perdición.

Y para sobrepasar varias de las características de la caridad que Dios siente hacia los hombres malvados, los enemigos de su Divina Majestad, cada uno de los cuales requeriría un volumen si tratáramos singularmente con cada uno, nos limitaremos ahora a aquella singular bondad de Cristo de la que estamos tratando. ¿“Pues amó Dios tanto al mundo que dio su único hijo”?[41]. El mundo es el enemigo de Dios, pues “el mundo entero yace en poder del maligno”[42], como nos dice San Juan. Y “si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”[43], como vuelve a decir en otro lugar. Santiago escribe: “Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios” y “la amistad con el mundo es enemistad con Dios”[44]. Dios, por tanto, al amar este mundo, muestra su amor a su enemigo con la intención de hacerlo amigo suyo. Para este propósito ha enviado a su Hijo, “Príncipe de la Paz”[45], para que por medio suyo el mundo pueda ser reconciliado con Dios. Por eso al nacer Cristo los ángeles cantaron: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz”[46]. Así ha amado Dios al mundo, su enemigo, y ha tomado el primer paso hacia la paz, dando a su Hijo, quien puede traer la reconciliación sufriendo la pena debida a su enemigo. El mundo no recibió a Cristo, incrementó su culpa, se rebeló frente al único Mediador, y Dios inspiró a este Mediador devolver bien por mal orando por sus perseguidores. Oró y “fue escuchado por su reverencia”[47]. Dios esperó pacientemente qué progreso harían los Apóstoles por su prédica en la conversión del mundo. Aquellos que hicieron penitencia recibieron el perdón. Aquellos que no se arrepintieron luego de tan paciente tolerancia fueron exterminados por el juicio final de Dios. Por tanto, de esta primera palabra de Cristo aprendemos en verdad que la caridad de Dios Padre, que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna”[48], sobrepasa todo conocimiento.

CAPÍTULO III

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Si los hombres aprendiesen a perdonar las injurias que reciben sin murmurar, y así forzar a sus enemigos a convertirse en sus amigos, aprenderíamos una segunda y muy saludable lección al meditar la primera palabra. El ejemplo de Cristo y la Santísima Trinidad han de ser un poderoso argumento para persuadirnos en esto. Pues si Cristo perdonó y oró por sus verdugos, ¿qué razón puede ser alegada para que un cristiano no actúe de igual modo con sus enemigos? Si Dios, nuestro Creador, el Señor y Juez de todos los hombres, quien tiene en su poder el tomar venganza inmediata sobre el pecador, espera su regreso al arrepentimiento, y lo invita a la paz y la reconciliación con la promesa de perdonar sus traiciones a la Divina Majestad, ¿por qué una creatura no podría imitar esta conducta, especialmente si recordamos que el perdón de una ofensa obtiene una gran recompensa? Leemos en la historia de San Engelberto, Arzobispo de Colonia, asesinado por algunos enemigos que lo estaban esperando, que en el momento de su muerte oró por ellos con las palabras de Nuestro Señor, “Padre, perdónalos”, y fue revelado que esta acción fue tan agradable a Dios, que su alma fue llevada al cielo por manos de los ángeles, y puesta en medio del coro de los mártires, donde recibió la corona y la palma del martirio, y su tumba fue hecha famosa por el obrar de muchos milagros.

Oh, si los cristianos aprendiesen cuán fácilmente pueden, si quieren, adquirir tesoros inagotables, y obtener notables grados de honor y gloria al ganar el señorío sobre las varias agitaciones de sus almas, y despreciando magnánimamente los pequeños y triviales insultos, ciertamente no serían tan duros de corazón y obstinadamente en contra del indulto y el perdón. Argumentan que actuarían en contra de la naturaleza si se permitiesen ser injustamente rechazados con desprecio o ultrajados de obra o palabra. Si los animales salvajes, que meramente siguen el instinto natural, atacan salvajemente a sus enemigos en el momento que los ven, matándolos con sus garras o dientes, así nosotros, a la vista de nuestro enemigo, sentimos que nuestra sangre empieza a hervir, y nuestro deseo de venganza aflora. Tal razonamiento es falso. No hace la distinción entre la defensa propia, que es válida, y el espíritu de venganza, que es inválido.

Nadie puede hallar falta en un hombre que se defiende por una causa justa, y la naturaleza nos enseña rechazar la fuerza con la fuerza, pero no nos enseña a tomar venganza nosotros mismos por una injuria que hayamos recibido.

Nadie nos impide tomar las precauciones necesarias para prepararnos para un ataque, pero la ley de Dios nos prohíbe ser vengativos. El castigar una injusticia pertenece no al individuo privado, sino al magistrado público, y porque Dios es el Rey de reyes, por eso Él clama y dice: “Mía es la venganza, yo daré el pago merecido”[49].

En cuanto al argumento de que un animal es arrastrado por su propia naturaleza para atacar al animal que es enemigo de su especie, respondo que esto es el resultado de ser animales irracionales, que no pueden distinguir entre la naturaleza y lo que es vicioso en la naturaleza. Pero los hombres, dotados de razón, han de trazar una línea entre la naturaleza o la persona que ha sido creada por Dios y es buena, y el vicio o el pecado que es malo y no procede de Dios. De la misma manera, cuando un hombre ha sido insultado, él ha de amar a la persona de su enemigo y odiar el insulto, y debe más aún compadecerse de él que molestarse con él, así como un doctor ama a sus pacientes y prescribe para ellos con el necesario cuidado, pero odia la enfermedad y lucha con todos los recursos a sus disposición para alejarla, destruirla y hacerla inofensiva. Y esto es lo que el Maestro y Doctor de nuestras almas, Cristo nuestro Señor, enseña cuando dice: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a aquellos que os odian, y rogad por los que os persiguen y calumnian”[50]. Cristo nuestro Maestro no es como los Escribas y Fariseos que se sentaban en la silla de Moisés y enseñaban, pero no llevaban su enseñanza a la práctica. Cuando ascendió al púlpito de la Cruz, Él practicó lo que enseñó, al orar por los enemigos que amaba: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Ahora, la razón por la que la vista de un enemigo hace que en algunas personas la sangre hierva en las mismas venas es esta: que son animales que no han aprendido a tener las mociones de la parte inferior del alma, común tanto a la raza humana como a la creación salvaje, bajo el dominio de la razón, mientras que los hombres espirituales no son sujetos a estos movimientos de la carne, pero saben cómo mantenerlas controlados, no se molestan con aquellos que los han injuriado, sino que, por el contrario, se compadecen, y al mostrarles actos de bondad se esfuerzan por llevarlos a la paz y unidad.

Se objeta que esto es una prueba demasiado difícil y severa para hombres de noble nacimiento, que han de ser diligentes por su honor. No es así sin embargo. La tarea es fácil, pues, como atestigua el Evangelista; “el yugo” de Cristo, que ha dado esta ley para la guía de sus seguidores, “es suave, y su carga ligera”[51]; y sus “mandamientos no son pesados”[52], como afirma San Juan. Y si parecen difíciles y severos, parecen así por el poco o nada amor que tenemos por Dios, pues nada es difícil para aquel que ama, de acuerdo a lo dicho por el Apóstol: “la caridad es paciente, es servicial, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”[53]. Ni es Cristo el único que ha amado a sus enemigos, aunque en la perfección con la que practicó la virtud ha sobrepasado a todos los demás, pues al Santo Patriarca José amó con amor especial a sus hermanos que lo habían vendido a la esclavitud. Y en la Sagrada Escritura leemos cómo David con mucha paciencia sobrellevó las persecuciones de su enemigo Saúl, quien por largo tiempo buscó su muerte, y cuando estuvo en las manos de David quitarle la vida a Saúl, no lo mató. Y bajo la ley de la gracia el protomártir, San Esteban, imitó el ejemplo de Cristo al hacer esta oración mientras era apedreado a muerte: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”[54]. Y Santiago Apóstol, Obispo de Jerusalén, que fue arrojado de cabeza desde la cornisa del Templo, clamó al cielo en el momento de su muerte: “Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y San Pablo escribe de sí mismo y de sus compañeros apóstoles: “Nos insultan y bendecimos, nos persiguen y lo soportamos, nos difaman y respondemos con bondad”[55]. En fin, muchos mártires e innumerables otros, luego del ejemplo de Cristo, no han encontrado ninguna dificultad en cumplir este mandamiento. Pero pueden haber algunos que continuaran argumentando: no niego que debemos perdonar a nuestros enemigos, pero escogeré el tiempo que desee para hacerlo, cuando en realidad haya casi olvidado la injusticia que me ha sido hecha, y me haya calmado luego de haber pasado el primer arrebato de indignación. Pero cuáles serán los pensamientos de estas personas si durante este tiempo fuesen llamado a dar su cuenta final, y fuesen encontrados sin el traje de la caridad, y fuesen preguntados: “¿Cómo has entrado aquí sin traje de boda?”[56]. No estarían acaso aturdidos de asombro mientras Nuestro Señor pronuncia la sentencia sobre ellos: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”[57]. Actúa mejor con prudencia ahora, e imita la conducta de Cristo, quien oró a su Padre “Padre, perdónalos” en el momento cuando era objeto de sus burlas, cuando la sangre le chorreaba gota a gota de sus manos y pies, y su cuerpo entero era presa de dolorosas torturas. El es el verdadero y único Maestro, a cuya voz todos deben escuchar quienes no serán guiados al error: a Él se refirió el Padre Eterno cuando una voz fue escuchada del cielo diciendo: “Escuchadle”[58]. En Él están “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” de Dios[59]. Si pudieras preguntar la opinión de Salomón en cualquier punto, podrías con seguridad haber seguido su consejo, pero “aquí hay algo más que Salomón”[60].

Aún sigo escuchando más objeciones. Si decidimos devolver bien por mal, la bondad por el insulto, una bendición por una maldición, los malvados se harán insolentes, los canallas se harán más aplomados, los justo serán oprimidos, y la virtud será pisoteada bajo sus pies. Este resultado no se dará, pues a menudo, como dice el Hombre Sabio, “Una respuesta suave calma el furor”[61]. Además, la paciencia de un hombre justo no pocas veces llena de admiración a su opresor, y lo persuade de ofrecer la mano de la amistad. Más aún, olvidamos que el Estado nombra magistrados, reyes y príncipes, cuyo deber es hacer que los malvados sientan la severidad de la ley, y proveer medios para que los hombres honestos vivan una vida tranquila y pacífica. Y si en algunos casos la justicia humana es tardía, la Providencia de Dios, que nunca permite que un acto malévolo pase sin castigo o un acto bueno sin recompensa, está continuamente observándonos, y está cuidando de una manera imprevista que las ocurrencias con las cuales los malvados creen que los aplastarán, conducirá a la exaltación y el honor de los virtuosos. Por lo menos así lo dice San León: “Has estado furioso, oh perseguidor de la Iglesia de Dios, has estado furioso con el mártir, y has aumentado su gloria al incrementar su dolor. Pues ¿qué ha ideado tu ingenuidad que se haya vuelto para su honor, cuando incluso los mismo instrumentos de su tortura han sido tomados en triunfo?”. Lo mismo debe ser dicho de todos los mártires, así como los santos de la antigua ley. ¿Pues qué trajo más renombre y gloria al patriarca José que la persecución de sus hermanos? El haberlo vendido por envidia a los ismaelitas fue la ocasión de que se convirtiera en señor de todo Egipto y príncipe de todos sus hermanos.

Pero omitiendo estas consideraciones, pasaremos revista a los muchos y grandes inconveniencias que sufren aquellos hombres que, para escapar meramente de una sombra de deshonra frente a los hombres, están obstinadamente determinados a tomar su venganza sobre aquellos que les han hecho cualquier mal. En primer lugar, hacen la parte de tontos al preferir un mayor mal que uno menor. Pues es un principio aceptado en todo lugar, y declarado a nosotros por el Apóstol en estas palabras: “no hagamos el mal para que venga el bien”[62]. Se sigue que en consecuencia un mayor mal no ha de ser cometido para poder obtener alguna compensación por uno menor. Aquel que recibe la injuria recibe lo que es llamado el mal de la injuria: aquel que se venga de una injuria es culpable de lo que es llamado el mal del crimen. Ahora bien, sin duda, la desgracia de cometer un crimen es mayor que la desgracia de tener que soportar la injuria, pues aunque la ofensa puede hacer a un hombre miserable, no necesariamente lo hace malo. Un crimen, sin embargo, lo hace tanto miserable y malvado. La injuria priva al hombre del bien temporal, un crimen lo priva tanto del bien temporal y eterno. Así, un hombre que remedia el mal de una injuria cometiendo un crimen es como un hombre que se corta una parte de sus pies para que le entren un par de zapatos más pequeños, lo cual sería un completo acto de locura. Nadie es culpable de tal insensatez en sus preocupaciones temporales, pero sin embargo hay algunos hombres tan ciegos a sus intereses reales que no temen ofender mortalmente a Dios para poder escapar aquello que tiene la apariencia de desgracia, y mantienen un honorable semblante a los ojos de los hombres. Pues ellos caen bajo el desagrado y la ira de Dios, y a menos que se corrijan a tiempo y hagan penitencia, tendrán que soportar la desgracia y el tormento eternos, y perderán el interminable honor de ser ciudadanos del cielo. Añádase a esto que realizan un acto de lo más agradable para el diablo y sus ángeles, que urgen a este hombre a hacer una cosa injusta a aquel hombre con el propósito de sembrar la discordia y la enemistad en el mundo. Y cada uno debe reflexionar con calma cuán desgraciado es agradar al enemigo más fiero de la raza humana, y desagradar a Cristo. Además, ocasionalmente sucede que el hombre injuriado que anhela venganza hiere mortalmente a su enemigo y lo mata, por lo que es ignominiosamente ejecutado por asesinato, y toda su propiedad es confiscada por el Estado, o por lo menos es forzado al exilio, y tanto él como su familia viven una miserable existencia. Así es como el diablo juega y se burla de aquellos que escogen aprisionarse con las ataduras del falso honor, más que hacerse siervos y amigos de Cristo, el mejor de los Reyes, y ser reconocidos como herederos del reino más vasto y más durable. Por lo tanto, puesto que el hombre insensato, a pesar del mandamiento de Cristo, se niega a reconciliarse con sus enemigos, se expone al desastre total, todos los que son sabios escucharán la doctrina que Cristo, el Señor de todo, nos ha enseñado en el Evangelio con sus palabras, y en la Cruz con sus obras.

CAPÍTULO IV

Explicación literal de la segunda Palabra:

“Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”

La segunda palabra o la segunda frase pronunciada por Cristo en la Cruz fue, según el testimonio de San Lucas, la magnífica promesa que hizo al ladrón que pendía de una Cruz a su lado. La promesa fue hecha en las siguientes circunstancias. Dos ladrones habían sido crucificados junto con el Señor, uno a su mano derecha, el otro a su izquierda, y uno de ellos sumó a sus crímenes del pasado el pecado de blasfemar a Cristo y burlarse de Él por su carencia de poder para salvarlos, diciendo: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!”[63]. De hecho, San Mateo y San Marcos acusan a ambos ladrones de este pecado, pero es lo más probable que los dos Evangelistas usen el plural para referirse al número singular, según se hace frecuentemente en las Sagradas Escrituras, como observa San Agustín en su trabajo sobre la Armonía de los Evangelios. Así San Pablo, en su Epístola a los Hebreos, dice de los Profetas: “cerraron la boca a los leones… apedreados…, aserrados…; anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de cabras”[64]. Sin embargo hubo un solo Profeta, Daniel, que cerró la boca a los leones; hubo un solo Profeta, Jeremías, que fue apedreado; hubo un sólo Profeta, Isaías, que fue aserrado. Más aún, ni San Mateo ni San Marcos son tan explícitos con respecto a este punto como San Lucas, que dice de manera muy clara, “Uno de los malhechores colgados le insultaba”[65]. Ahora bien, incluso concediendo que los dos vituperaron al Señor, no hay razón para que el mismo hombre no lo haya maldecido en un momento, y en otro haya proclamado sus alabanzas.

Sin embargo, la opinión de los que mantienen que uno de los ladrones blasfemadores se convirtió por la oración del Señor, “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, contradice manifiestamente la narración evangélica. Pues San Lucas dice que el ladrón recién empezó a blasfemar a Cristo luego de que Él hiciera esta oración; por ello nos vemos conducidos a adoptar la opinión de San Agustín y de San Ambrosio, que dicen que sólo uno de los ladrones lo vituperó, mientras el otro lo glorificó y defendió; y según esta narración el buen ladrón increpó al blasfemador: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?”[66]. El ladrón fue feliz por su solidaridad con Cristo en la Cruz. Los rayos de la luz Divina que empezaban a penetrar la oscuridad de su alma, lo llevaron a increpar al compañero de su maldad y a convertirlo a una vida mejor; y este es el sentido pleno de su increpación: “Tú, pues, quieres imitar la blasfemia de los judíos, que no han aprendido aún a temer los juicios de Dios, sino que se ufanan de la victoria que creen haber alcanzado al clavar a Cristo a una cruz. Se consideran libres y seguros y no tienen aprensión alguna del castigo. ¿Pero acaso tú, que estás siendo crucificado por tus enormidades, no temes la justicia vengadora de Dios? ¿Por qué añades tú pecado a pecado?”. Luego, procediendo de virtud a virtud, y ayudado por la creciente gracia de Dios, confiesa sus pecados y proclama que Cristo es inocente. “Y nosotros” dice, somos condenados “con razón” a la muerte de cruz, “porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”[67]. Finalmente, creciendo aún la luz de la gracia en su alma, añade: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”[68]. Fue admirable, pues, la gracia del Espíritu Santo que fue derramada en el corazón del buen ladrón. El Apóstol Pedro negó a su Maestro, el ladrón lo confesó, cuando Él estaba clavado en su Cruz. Los discípulos yendo a Emaús dijeron, “Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel”[69]. El ladrón pide con confianza, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. El Apóstol Santo Tomás declara que no creerá en la Resurrección hasta que haya visto a Cristo; el ladrón, contemplando a Cristo a quien vio sujeto a un patíbulo, nunca duda de que Él será Rey después de su muerte.

¿Quién ha instruido al ladrón en misterios tan profundos? Llama Señor a ese hombre a quien percibe desnudo, herido, en desgracia, insultado, despreciado, y pendiendo en una Cruz a su lado: dice que después de su muerte Él vendrá a su reino. De lo cual podemos aprender que el ladrón no se figuró el reino de Cristo como temporal, como lo imaginaron ser los judíos, sino que después de su muerte Él sería Rey para siempre en el cielo. ¿Quién ha sido su instructor en secretos tan sagrados y sublimes? Nadie, por cierto, a menos que sea el Espíritu de Verdad, que lo esperaba con Sus más dulces bendiciones. Cristo, luego de su Resurrección dijo a Sus Apóstoles: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”[70]. Pero el ladrón milagrosamente previó esto, y confesó que Cristo era Rey en el momento en que no lo rodeaba ninguna semblanza de realeza. Los reyes reinan durante su vida, y cuando cesan de vivir cesan de reinar; el ladrón, sin embargo, proclama en alta voz que Cristo, por medio de su muerte heredaría un reino, que es lo que el Señor significa en la parábola: “Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse”[71]. Nuestro Señor dijo estas palabras un tiempo corto antes de su Pasión para mostrarnos que mediante su muerte Él iría a un país lejano, es decir a otra vida; o en otras palabras, que Él iría al cielo que está muy alejado de la tierra, para recibir un reino grande y eterno, pero que Él volvería en el último día, y recompensaría a cada hombre de acuerdo a su conducta en esta vida, ya sea con premio o con castigo. Con respecto a este reino, por lo tanto, que Cristo recibiría inmediatamente después de su muerte, el ladrón dijo sabiamente: “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. Pero puede preguntarse, ¿no era Cristo nuestro Señor Rey antes de su muerte? Sin lugar a dudas lo era, y por eso los Magos inquirían continuamente: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?”[72]. Y Cristo mismo dijo a Pilato: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”[73]. Pero Él era Rey en este mundo como un viajero entre extraños, por eso no fue reconocido como Rey sino por unos cuantos, y fue despreciado y mal recibido por la mayoría. Y así, en la parábola que acabamos de citar, dijo que Él iría “a un país lejano, para recibir la investidura real”. No dijo que Él la adquiriría por parte de otro, sino que la recibiría como Suya propia, y volvería, y el ladrón observó sabiamente, “cuando vengas con tu Reino”. El reino de Cristo no es sinónimo en este pasaje de poder o soberanía real, porque lo ejerció desde el comienzo de acuerdo a estos versículos de los salmos: “Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo”[74]. “Dominará de mar a mar, desde el Río hasta los confines de la tierra”[75]. E Isaías dice, “Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro”[76]. Y Jeremías, “Suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra”[77]. Y Zacarías, “¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna”[78]. Por eso en la parábola de la recepción del reino, Cristo no se refería a un poder soberano, ni tampoco el buen ladrón en su petición, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”, sino que ambos hablaron de esa dicha perfecta que libera al hombre de la servidumbre y de la angustia de los asuntos temporales, y lo somete solamente a Dios, Al cual servir es reinar, y por el cual ha sido puesto por encima de todas Sus obras. De este reino de dicha inefable del alma, Cristo gozó desde el momento de su concepción, pero la dicha del cuerpo, que era Suya por derecho, no la gozó actualmente hasta después de su Resurrección. Pues mientras fue un forastero en este valle de lágrimas, estaba sometido a fatigas, a hambre y sed, a lesiones, a heridas, y a la muerte. Pero como su Cuerpo siempre debió ser glorioso, por eso inmediatamente después de la muerte Él entró en el gozo de la gloria que le pertenecía: y en estos términos se refirió a ello después de su Resurrección: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Esta gloria que Él llama Suya propia, pues está en su poder hacer a otros partícipes de ella, y por esta razón Él es llamado el “Rey de la gloria”[79] y “Señor de la gloria”[80], y “Rey de Reyes”[81] y Él mismo dice a Sus Apóstoles, “yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros”[82]. Él, en verdad, puede recibir gloria y un reino, pero nosotros no podemos conferir ni el uno ni el otro, y estamos invitados a entrar “en el gozo de tu señor”[83] y no en nuestro propio gozo. Este entonces es el reino del cual habló el buen ladrón cuando dijo, “Cuando vengas con tu Reino”.

Pero no debemos pasar por alto las muchas excelentes virtudes que se manifiestan en la oración del santo ladrón. Una breve revista de ellas nos preparará para la respuesta de Cristo a la petición; “Señor, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. En primer lugar lo llama Señor, para mostrar que se considera a sí mismo como un siervo, o más bien como un esclavo redimido, y reconoce que Cristo es su Redentor. Luego añade un pedido sencillo, pero lleno de fe, esperanza, amor, devoción, y humildad: “Acuérdate de mí”. No dice: Acuérdate de mí si puedes, pues cree firmemente que Cristo puede hacer todo. No dice: Por favor, Señor, acuérdate de mí, pues tiene plena confianza en su caridad y compasión. No dice: Deseo, Señor, reinar contigo en tu reino, pues su humildad se lo prohibía. En fin, no pide ningún favor especial, sino que reza simplemente: “Acuérdate de mí”, como si dijera: Todo lo que deseo, Señor, es que Tú te dignes recordarme, y vuelvas tus benignos ojos sobre mí, pues yo sé que eres todopoderoso y que sabes todo, y pongo mi entera confianza en tu bondad y amor. Es claro por las palabras conclusivas de su oración, “Cuando vengas con tu Reino”, que no busca nada perecible y vano, sino que aspira a algo eterno y sublime.

Daremos oído ahora a la respuesta de Cristo: “Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La palabra “Amén” era usada por Cristo cada vez que quería hacer un anuncio solemne y serio a Sus seguidores. San Agustín no ha dudado en afirmar que esta palabra era, en boca de nuestro Señor, una suerte de juramento. No podía por cierto ser un juramento, de acuerdo a las palabras de Cristo: “Pues yo digo que no juréis en modo alguno… Sea vuestro lenguaje: “Sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de aquí viene del Maligno”[84]. No podemos, por lo tanto, concluir que nuestro Señor realizara un juramento cada vez que usó la palabra Amén. Amén era un término frecuente en sus labios, y algunas veces no sólo precedía sus afirmaciones con Amén, sino con Amén, amén. Así pues la observación de San Agustín de que la palabra Amén no es un juramento, sino una suerte de juramento, es perfectamente justa, porque el sentido de la palabra es verdaderamente: en verdad, y cuando Cristo dice: Verdaderamente os digo, cree seriamente lo que dice, y en consecuencia la expresión tiene casi la misma fuerza que un juramento. Con gran razón, por ello, se dirigió al ladrón diciendo: “Amén, yo te aseguro”, esto es, yo te aseguro del modo más solemne que puedo sin hacer un juramento; pues el ladrón podría haberse negado por tres razones a dar crédito a la promesa de Cristo si Él no la hubiera aseverado solemnemente. En primer lugar, pudiera haberse negado a creer por razón de su indignidad de ser el receptor de un premio tan grande, de un favor tan alto. ¿Pues quién habría podido imaginar que el ladrón sería transferido de pronto de una cruz a un reino? En segundo lugar podría haberse negado a creer por razón de la persona que hizo la promesa, viendo que Él estaba en ese momento reducido al extremo de la pobreza, debilidad e infortunio, y el ladrón podría por ello haberse argumentado: Si este hombre no puede durante su vida hacer un favor a Sus amigos, ¿cómo va a ser capaz de asistirlos después de su muerte? Por último, podría haberse negado a creer por razón de la promesa misma. Cristo prometió el Paraíso. Ahora bien, los judíos interpretaban la palabra Paraíso en referencia al cuerpo y no al alma, pues siempre la usaban en el sentido de un Paraíso terrestre. Si nuestro Señor hubiera querido decir: Este día tú estarás conmigo en un lugar de reposo con Abraham, Isaac, y Jacob, el ladrón podría haberle creído con facilidad; pero como no quiso decir esto, por eso precedió su promesa con esta garantía: “Amén, yo te aseguro”.

“Hoy”. No dice: Te pondré a Mi Mano Derecha en medio de los justos en el Día del Juicio. Ni dice: Te llevaré a un lugar de descanso luego de algunos años de sufrir en el Purgatorio. Ni tampoco: Te consolaré dentro de algunos meses o días, sino este mismo día, antes que el sol se ponga, pasarás conmigo del patíbulo de la cruz a las delicias del Paraíso. Maravillosa es la liberalidad de Cristo, maravillosa también es la buena fortuna del pecador. San Agustín, en su trabajo sobre el Origen del Alma, considera con San Cipriano que el ladrón puede ser considerado un mártir, y que su alma fue directamente al cielo sin pasar por el Purgatorio. El buen ladrón puede ser llamado mártir porque confesó públicamente a Cristo cuando ni siquiera los Apóstoles se atrevieron a decir una palabra a su favor, y por razón de esta confesión espontánea, la muerte que sufrió en compañía de Cristo mereció un premió tan grande ante Dios como si la hubiera sufrido por el nombre de Cristo. Si nuestro Señor no hubiera hecho otra promesa que: “Hoy estarás conmigo”, esto sólo hubiera sido una bendición inefable para el ladrón, pues San Agustín escribe: “¿Dónde puede haber algo malo con Él, y sin Él dónde puede haber algo bueno?”. En verdad Cristo no hizo una promesa trivial a los que lo siguen cuando dijo: “Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor”[85]. Al ladrón, sin embargo, le prometió no sólo su compañía, sino también el Paraíso.

Aunque algunas personas han discutido acerca del sentido de la palabra Paraíso en este texto, no parece haber fundamento para la discusión. Pues es seguro, porque es un artículo de fe, que en el mismo día de su muerte el Cuerpo de Cristo fue colocado en el sepulcro, y su Alma descendió al Limbo, y es igualmente cierto que la palabra Paraíso, ya sea que hablemos del Paraíso celeste o terrestre, no se puede aplicar ni al sepulcro ni al Limbo. No puede aplicarse al sepulcro, pues era un lugar muy triste, la primera morada de los cadáveres, y Cristo fue el único enterrado en el sepulcro: el ladrón fue enterrado en otro lugar. Más aún, las palabras, “estarás conmigo” no se hubieran cumplido, si Cristo hubiera hablado meramente del sepulcro. Tampoco se puede aplicar la palabra Paraíso al Limbo. Pues Paraíso es un jardín de delicias, e incluso en el paraíso terrenal había flores y frutas, aguas límpidas y una deliciosa suavidad en el aire. En el Paraíso celestial había delicias sin fin, gloria interminable, y los lugares de los bienaventurados. Pero en el Limbo, donde las almas de los justos estaban detenidas, no había luz, ni alegría, ni placer; no por cierto que estas almas estuviesen sufriendo, pues la esperanza de la redención y la perspectiva de ver a Cristo era sujeto de consuelo y gozo para ellos, pero se mantenían como cautivos en prisión. Y en este sentido el Apóstol, explicando a los profetas, dice: “Subiendo a la altura, llevó cautivos”[86]. Y Zacarías dice: “En cuanto a ti, por la sangre de tu alianza, yo soltaré a tus cautivos de la fosa en la que no hay agua”[87], donde las palabras “tus cautivos” y “la fosa en la que no hay agua” apuntan evidentemente no a lo delicioso del Paraíso sino a la oscuridad de una prisión. Por eso, en la promesa de Cristo, la palabra Paraíso no podía significar otra cosa que la bienaventuranza del alma, que consiste en la visión de Dios, y esta es verdaderamente un paraíso de delicias, no un paraíso corpóreo o local, sino uno espiritual y celestial. Por esta razón, al pedido del ladrón, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”, el Señor no replicó “hoy estarás conmigo” en Mi reino, sino “Estarás conmigo en el Paraíso”, porque en ese día Cristo no entró en su reino, y no entró en él hasta el día de su Resurrección, cuando su Cuerpo se volvió inmortal, impasible, glorioso, y ya no era pasible de servidumbre o sujeción alguna. Y no tendrá al buen ladrón como compañero suyo en su reino hasta la resurrección de todos los hombres en el último día. Sin embargo, con gran verdad y propiedad, le dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, pues en este mismo día comunicaría tanto al alma del buen ladrón como a las almas de los santos en el Limbo esa gloria de la visión de Dios que Él había recibido en su concepción; pues ésta es verdadera gloria y felicidad esencial; éste es el gozo supremo del Paraíso celeste. Debe admirarse también mucho la elección de las palabras utilizadas por Cristo en esta ocasión. No dijo: Hoy estaremos en el Paraíso, sino: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”, como si quisiera explicarse más extensamente, de la siguiente manera: Este día tú estás conmigo en la Cruz, pero tú no estás conmigo en el Paraíso en el cual estoy con respecto a la parte superior de Mi Alma. Pero en poco tiempo, incluso hoy, tú estarás conmigo, no sólo liberado de los brazos de la cruz, sino abrazado en el seno del Paraíso.

CAPÍTULO V

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Podemos recoger algunos frutos escogidos de la segunda palabra dicha desde la Cruz. El primer fruto es la consideración de la inmensa misericordia y liberalidad de Cristo, y qué cosa buena y útil es servirlo. Los muchos dolores que Él estaba sufriendo podrían haber sido alegados como excusa por nuestro Señor para no escuchar la petición del ladrón, pero en su caridad prefirió olvidar Sus propios graves dolores a no escuchar la oración de un pobre pecador penitente. Este mismo Señor no contestó una palabra a las maldiciones y reproches de los sacerdotes y soldados, pero ante el clamor de un pecador confesándose, su caridad le prohibió permanecer en silencio. Cuando es injuriado no abre su boca, porque Él es paciente; cuando un pecador confiesa su culpa, habla, porque Él es benigno. ¿Pero qué hemos de decir de su liberalidad? Aquellos que sirven a amos temporales obtienen con frecuencia una magra recompensa por muchas labores. Incluso en este día vemos a no pocos que han gastado los mejores años de su vida al servicio de príncipes, y se retiran a edad avanzada con un magro salario. Pero Cristo es un Príncipe verdaderamente liberal, un Amo verdaderamente magnánimo. No recibe servicio alguno de manos del buen ladrón, excepto algunas palabras bondadosas y el deseo cordial de asistirlo, y ¡contemplad con qué gran premio le devuelve! En este mismo día todos los pecados que había cometido durante su vida son perdonados; es puesto al mismo nivel con los príncipes de su pueblo, a saber, con los patriarcas y los profetas; y finalmente Cristo lo eleva a la solidaridad de su mesa, de su dignidad, de su gloria, y de todos Sus bienes. “Hoy”, dice, “estarás conmigo en el Paraíso”. Y lo que Dios dice, lo hace. Tampoco difiere esta recompensa a algún día distante, sino que en este mismo día derrama en su seno “una medida buena, apretada, remecida, rebosante”[88].

El ladrón no es el único que ha experimentado la liberalidad de Cristo. Los apóstoles, que dejaron o bien una barca, o bien un despacho de impuestos, o bien un hogar para servir a Cristo, fueron hechos por Él “príncipes sobre toda la tierra”[89] y los diablos, serpientes, y toda clase de enfermedades les fueron sometidos. Si algún hombre ha dado alimento o vestido a los pobres como limosna en el nombre de Cristo, escuchará estas palabras consoladoras en el Día del Juicio: “Tuve hambre, y me disteis de comer… estaba desnudo, y me vestisteis”[90], recibid, por lo tanto, y poseed mi Reino eterno. En fin, para no detenernos en muchas otras promesas de recompensas, ¿podría hombre alguno creer la casi increíble liberalidad de Cristo, si no hubiera sido Dios Mismo Quien prometió que “todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”[91]? San Jerónimo y los otros santos Doctores interpretan el texto arriba citado de esta manera. Si un hombre, por el amor de Cristo, abandona cualquier cosa en esta vida presente, recibirá una recompensa doble, junto con una vida de valor incomparablemente mayor que la pequeñez que ha dejado por Cristo. En primer lugar, recibirá un gozo espiritual o un don espiritual en esta vida, cien veces más precioso que la cosa temporal que despreció por Cristo; y un hombre espiritual escogería más bien mantener este don que cambiarlo por cien casas o campos, u otras cosas semejantes. En segundo lugar, como si Dios Todopoderoso considerase esta recompensa como de pequeño o ningún valor, el feliz mercader que negocia bienes terrenos por celestiales recibirá en el próximo mundo la vida eterna, en la cual palabra está contenido un océano de todo lo bueno.

Tal, pues, es la manera en que Cristo, el gran Rey, muestra su liberalidad a aquellos que se dan a su servicio sin reservas. ¿No son acaso necios aquellos hombres que, dejando de lado la bandera de Monarca como este, desean hacerse esclavos de Mamón, de la gula, de la lujuria? Pero aquellos que no saben qué cosas Cristo considera ser verdaderas riquezas, podrían decir que estas promesas son meras palabras, pues muchas veces hallamos que Sus amigos queridos son pobres, escuálidos, abyectos y sufridos, y por el otro lado, nunca vemos esta recompensa centuplicada que se proclama como tan verdaderamente magnífica. Así es: el hombre carnal nunca verá el ciento por uno que Cristo ha prometido, porque no tiene ojos con los cuales pueda verlo; ni participará jamás en ese gozo sólido que engendra una pura conciencia y un verdadero amor de Dios. Aduciré, sin embargo, un ejemplo para mostrar que incluso un hombre carnal puede apreciar los deleites espirituales y las riquezas espirituales. Leemos en un libro de ejemplos acerca de los hombres ilustres de la Orden Cisterciense, que un cierto hombre noble y rico, llamado Arnulfo, dejó toda su fortuna y se convirtió en monje Cisterciense, bajo la autoridad de San Bernardo. Dios probó la virtud de este hombre mediante los amargos dolores de muchos tipos de sufrimientos, particularmente hacia el final de su vida; y en una ocasión, cuando estaba sufriendo más agudamente que de costumbre, clamó con voz fuerte: “Todo lo que has dicho, Oh Señor Jesús, es verdad”. Al preguntarle los que estaban presentes, cuál era la razón de su exclamación, replicó:

“El Señor, en su Evangelio, dice que aquellos que dejan sus riquezas y todas las cosas por Él, recibirán el ciento por uno en esta vida, y después la vida eterna. Yo entiendo largamente la fuerza y gravedad de esta promesa, y yo reconozco que ahora estoy recibiendo el ciento por uno por todo lo que dejé. Verdaderamente, la gran amargura de este dolor me es tan placentera por la esperanza de la Divina misericordia que se me extenderá a causa de mis sufrimientos, que no consentiría ser liberado de mis dolores por cien veces el valor de la materia mundana que dejé. Porque, verdaderamente, la alegría espiritual que se centra en la esperanza de lo que vendrá, sobrepasa cien veces toda la alegría mundana, que brota del presente”. El lector, al ponderar estas palabras, podrá juzgar qué tan grande estima ha de tenerse por la virtud venida del cielo de la esperanza cierta de la felicidad eterna.

CAPÍTULO VI

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

El conocimiento del poder de la Divina gracia y de la debilidad de la voluntad humana, es el segundo fruto a ser recogido de la consideración de la segunda palabra, y este conocimiento equivale a decir que nuestra mejor política es poner toda nuestra confianza en la gracia de Dios, y desconfiar enteramente de nuestra propia fuerza. Si algún hombre quiere conocer el poder de la gracia de Dios, que ponga sus ojos en el buen ladrón. Era un pecador notorio, que había pecado en el perverso curso de su vida hasta el momento en que fue sujeto a la cruz, esto es, casi hasta el último momento de su vida; y en este momento crítico, cuando su salvación eterna estaba en juego, no había nadie presente para aconsejarlo o asistirlo. Pues aunque estaba en gran proximidad a su Salvador, sin embargo sólo escuchaba a los sumos sacerdotes y Fariseos declarando que Él era un seductor y un hombre ambicioso que buscaba tener poder soberano. También escuchaba a su compañero, burlándose perversamente en términos similares. No había nadie que dijera una palabra buena por Cristo, e incluso Cristo Mismo no refutaba estas blasfemias y maldiciones. Sin embargo, con la asistencia de la gracia de Dios, cuando las puertas del cielo parecían cerradas para él, y las fauces del infierno abiertas para recibirlo, y el pecador mismo tan alejado como parece posible de la vida eterna, fue iluminado repentinamente de lo alto, sus pensamientos se dirigieron hacia el canal apropiado, y confesó que Cristo era inocente y el Rey del mundo por venir, y, como ministro de Dios, reprobó al ladrón que lo acompañaba, lo persuadió de que se arrepintiera, y se encomendó humilde y devotamente a Cristo. En una palabra, sus disposiciones fueron tan perfectas que los dolores de su crucifixión compensaron por cuanto sufrimiento pudiera estar guardado para él en el Purgatorio, de tal modo que inmediatamente después de la muerte ingresó en el gozo de su Señor. Por esta circunstancia resulta evidente que nadie debe desesperar de la salvación, pues el ladrón que entró en la viña del Señor casi a la hora duodécima recibió su premio con aquellos que habían venido en la primera hora. Por otro lado, en orden a permitirnos ver la magnitud de la debilidad humana, el mal ladrón no se convierte ni por la inmensa caridad de Cristo, Quien oró tan amorosamente por Sus ejecutores, ni por la fuerza de sus propios sufrimientos, ni por la admonición y ejemplo de su compañero, ni por la inusual oscuridad, el partirse de las rocas, o la conducta de aquellos que, después de la muerte de Cristo, volvieron a la ciudad golpeándose el pecho. Y todas estas cosas sucedieron después de la conversión del buen ladrón, para mostrarnos que mientras uno pudo ser convertido sin estas ayudas, el otro, con todos estos auxilios, no pudo, o en realidad no quiso, ser convertido.

Pero puede preguntarse, ¿por qué Dios ha dado la gracia de la conversión a uno y se la ha negado al otro? Contestó que a ambos se le dio gracia suficiente para su conversión, y que si uno pereció, pereció por su propia culpa, y que si el otro se convirtió, fue convertido por la gracia de Dios, pero no sin la cooperación de su propia libre voluntad. Todavía podría argüirse, ¿por qué no dio Dios a ambos esa gracia eficaz que capaz de sobreponerse al corazón más endurecido? La razón de que no lo haya hecho así es uno de esos secretos que debemos admirar pero no penetrar, pues debemos quedar satisfechos con el pensamiento de que no puede haber injusticia en Dios[92], como dice el Apóstol, pues, como lo expresa San Agustín, los juicios de Dios pueden ser secretos, pero no pueden ser injustos. Aprender de este ejemplo a no posponer nuestra conversión hasta la proximidad de la muerte, es una lección que nos concierne de forma más inmediata. Pues si uno de los ladrones cooperó con la gracia de Dios en el último momento, el otro la rechazó, y encontró su perdición definitiva. Y todo lector de historia, u observador de lo que sucede alrededor, no puede sino saber que la regla es que los hombres terminen una vida perversa con una muerte miserable, mientras que es una excepción que el pecador muera de manera feliz; y, por el otro lado, no sucede con frecuencia que aquellos que viven bien y santamente lleguen a un fin triste y miserable, sino que muchas personas buenas y piadosas entran, después de su muerte, en posesión de los gozos eternos. Son demasiado presuntuosas y necias aquellas personas que, en un asunto de tal importancia como la felicidad eterna o el tormento eterno, osan permanecer en un estado de pecado mortal incluso por un día, viendo que pueden ser sorprendidas por la muerte en cualquier momento, y que después de la muerte no hay lugar para el arrepentimiento, y que una vez en el infierno ya no hay redención.

CAPÍTULO VII

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Se puede extraer un tercer fruto de la segunda palabra de nuestro Señor, advirtiendo el hecho de que hubieron tres personas crucificadas al mismo tiempo, uno de los cuales, a saber, Cristo, fue inocente; otro, a saber, el buen ladrón, fue un penitente; y el tercero, a saber, el mal ladrón, permaneció obstinado en su pecado: o para expresar la misma idea en otras palabras, de los tres que fueron crucificados al mismo tiempo, Cristo fue siempre y trascendentemente santo, uno de los ladrones fue siempre y notablemente perverso, y el otro ladrón fue primero un pecador, pero ahora un santo. De esta circunstancia hemos de inferir que todo hombre en este mundo tiene su cruz y que aquellos que buscamos vivir sin tener una cruz que llevar, apuntamos a algo que es imposible, mientras que debemos tener por sabias a aquellas personas que reciben su cruz de la mano del Señor, y la cargan incluso hasta la muerte, no sólo pacientemente sino alegremente. Y el que toda alma piadosa tiene una cruz que cargar puede deducirse de estas palabras de nuestro Señor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”[93], y de nuevo, “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”[94], que es precisamente la doctrina del Apóstol: “Todos los que quieran vivir piadosamente”, dice, “en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones”[95]. Los Padres Griegos y Latinos dan su entera adhesión a esta enseñanza, y para no ser prolijo haré sólo dos citas. San Agustín en su comentario a los salmos escribe: “Esta vida corta es una tribulación: si no es una tribulación no es un viaje: pero si es un viaje o bien no amas el país hacia el cual estás viajando, o bien sin duda estarás en tribulación”. Y en otro lugar: “Si dices que no has sufrido nada aún, entonces no has empezado a ser Cristiano”. San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías al pueblo de Antioquía, dice: “La tribulación es una cadena que no puede ser desvinculada de la vida de un Cristiano”. Y de nuevo: “No puedes decir que un hombre es santo si no ha pasado la prueba de la tribulación”. En verdad esta doctrina puede ser demostrada por la razón. Las cosas de naturaleza contraria no pueden ser puestas en presencia de la otra sin una oposición mutua; así el fuego y el agua, mientras se mantengan aparte, permanecerán quietas; pero júntalas, y el agua empezará a sonar, a convertirse en glóbulos, y a transformarse en vapor hasta que o el agua se consuma, o el fuego se extinga. “Frente al mal está el bien”, dice el Eclesiástico, “frente a la muerte, la vida. Así frente al piadoso, el pecador”[96]. Los hombres justos se comparan al fuego, su luz brilla, su celo arde, siempre están ascendiendo de virtud en virtud, siempre trabajando, y todo lo que emprenden lo realizan eficazmente. Por el otro lado los pecadores son comparados al agua. Son fríos, moviéndose siempre en la tierra, y formando lodo por todos lados. ¿Es pues, por lo tanto, extraño que los hombres malos persigan a las almas justas? Pero porque, incluso hasta el fin del mundo, el trigo y la cizaña crecerán en el mismo campo, la chala y el maíz pueden estar en el mismo almacén, los peces buenos y malos pueden ser hallados en la misma red, esto es hombres derechos y perversos en el mismo mundo, e incluso en la misma Iglesia; de esto necesariamente se sigue que los buenos y los santos serán perseguidos por los malos y los impíos.

Los perversos también tienen sus cruces en este mundo. Pues aunque no sean perseguidos por los buenos, aún así serán atormentados por otros pecadores, por sus propios vicios, e incluso por sus conciencias perversas. El sabio Salomón, que ciertamente hubiera sido feliz en este mundo, si la felicidad fuera posible aquí, reconoció que tenía una Cruz que cargar cuando dijo:

“Consideré entonces todas las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo es vanidad y atrapar vientos”[97]. Y el escritor del Libro del Eclesiástico, que era también un hombre muy prudente, pronuncia esta sentencia general: “Grandes trabajos han sido creados para todo hombre, un yugo pesado hay sobre los hijos de Adán”[98]. San Agustín en su comentario a los Salmos dice que “la mayor de las tribulaciones es una conciencia culpable”. San Juan Crisóstomo en su homilía sobre Lázaro muestra extensamente cómo los perversos deben tener sus cruces. Si son pobres, su pobreza es su cruz; si no son pobres, la avaricia es su cruz, que es una cruz más pesada que la pobreza; si están postrados en un lecho de enfermedad, su lecho es su cruz. San Cipriano nos dice que todo hombre desde el momento de su nacimiento está destinado a cargar una cruz y a sufrir tribulación, lo cual es preanunciado por las lágrimas que derrama todo infante. “Cada uno de nosotros”, escribe, “en su nacimiento, en su misma entrada al mundo, derrama lágrimas. Y aunque entonces somos inconscientes e ignorantes de todo, sin embargo sabemos, incluso en nuestro nacimiento, qué es llorar: por una previsión natural lamentamos las ansiedades y trabajos de la vida que estamos comenzando, y el alma ineducada, por sus lamentos y llanto, proclama las farragosas conmociones del mundo al que está ingresando”.

Siendo las cosas así no puede haber duda de que hay una cruz guardada para el bueno así como para el malo, y sólo me resta probar que la cruz de un santo dura poco tiempo, es ligera y fecunda, mientras que la de un pecador es eterna, pesada y estéril. En primer lugar no puede haber duda en el hecho de que un santo sufre sólo por un breve periodo, pues no puede tener que soportar nada cuando esta vida haya pasado. “Desde ahora, sí –dice el Espíritu–” a las almas justas que parten, “que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan”[99]. “Y [Dios] enjugará toda lágrima de sus ojos”[100]. Las sagradas Escrituras dicen de forma muy positiva que nuestra vida presente es corta, aunque a nosotros nos pueda parecer larga: “Están contados ya sus días”[101] y “El hombre, nacido de mujer, corto de días”[102] y “¿Qué será de vuestra vida? … ¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!”[103]. El Apóstol, sin embargo, que llevó una cruz muy pesada desde su juventud hasta su edad anciana, escribe en estos términos en su Epístola a los Corintios: “En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”[104], pasaje en el cual habla de sus sufrimientos como sin medida, y los compara a un momento indivisible, aunque se hayan extendido por un periodo de más de treinta años. Y sus sufrimientos consistieron en estar hambriento, sediento, desnudo, apaleado, en haber sido golpeado tres veces con varas por los Romanos, cinco veces flagelado por los judíos, una vez apedreado, y haber tres veces naufragado; en emprender muchos viajes, en ser muchas veces prisionero, en recibir azotes sin medida, en ser reducido muchas veces hasta el último extremo[105]. ¿Qué tribulaciones, pues, llamaría pesadas, si considera estas como ligeras, como realmente son? ¿Y qué dirías tú, amable lector, si insisto en que la cruz es no sólo ligera, sino incluso dulce y agradable por razón de las superabundantes consolaciones del Espíritu Santo? Cristo dice de su yugo que puede ser llamado cruz: “Mi yugo es suave y mi carga ligera”[106]; y en otro lugar dice: “Lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”[107]. Y el Apóstol escribe: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones”[108]. En una palabra, no podemos negar que la cruz del justo es no sólo ligera y temporal, sino fecunda, útil, y portadora de todo buen regalo, cuando escuchamos a nuestro Señor decir: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”[109], a San Pablo exclamando que “Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”[110], y a San Pedro exhortándonos a regocijarnos si “participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria”[111].

Por otro lado no es necesaria una demostración para mostrar que la cruz de los perversos es eterna en su duración, muy pesada y carente de mérito. Con certeza que la muerte del mal ladrón no fue un descenso de la Cruz, como lo fue la muerte del buen ladrón, pues hasta ahora ese hombre desdichado está morando en el infierno, y morará allí para siempre, porque el “gusano” del perverso “no morirá, su fuego no se apagará”[112]. Y la cruz del glotón rico, que es la cruz de aquellos que almacenan riquezas, que son muy aptamente comparadas por el Señor a espinas que no pueden ser manipuladas o guardadas con impunidad, no cesa con esta vida como cesó la cruz del pobre Lázaro, sino que lo acompaña al infierno, donde incesantemente arde y lo atormenta, y lo fuerza a implorar una gota de agua para refrescar su lengua ardiente: “porque estoy atormentado en esta llama”[113]. Por eso la cruz de los perversos es eterna en su duración, y los lamentos de aquellos de quienes leemos en el libro de la Sabiduría, dan testimonio de que es pesada y ardua: “Nos hartamos de andar por sendas de iniquidad y perdición, atravesamos desiertos intransitables”[114]. ¡Qué! ¿No son senderos difíciles de andar la ambición, la avaricia, la lujuria? ¿No son senderos difíciles de andar los acompañantes de estos vicios: ira, contiendas, envidia? No son senderos difíciles de andar los pecados que brotan de estos acompañantes: traición, disputas, afrentas, heridas y asesinato? Lo son ciertamente y no es poco frecuente que obliguen a los hombres a suicidarse en desesperación, y, buscando por medio de ello evitar una cruz, preparar para sí mismos una mucho más pesada.

¿Y qué ventaja o fruto derivan los perversos de su cruz? No es más capaz de traerles una ventaja que los espinos lo son de producir uvas, o los cardos higos. El yugo del Señor trae la paz, según Sus propias palabras: “Tomad sobre vosotros mi yugo … y hallaréis descanso para vuestras almas”[115]. ¿Puede el yugo del demonio, que es diametralmente opuesto al de Cristo, traer otra cosa que preocupación y ansiedad? Y esto es de mayor importancia aún: que mientras la Cruz de Cristo es el paso a la felicidad eterna, “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”[116], la cruz del demonio es el paso a los tormentos eternos, de acuerdo a la sentencia pronunciada sobre los perversos: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles”[117]. Si hubiera hombres sabios que están crucificados en Cristo, no buscarían bajar de la Cruz, como el ladrón buscó tontamente, sino que permanecerán más bien cerca a su lado, con el buen ladrón, y pedirán perdón de Dios y no la liberación de la cruz, y así sufriendo sólo con Él, reinarán también con Él, de acuerdo a las palabras del Apóstol: “Sufrimos con Él, para ser también con él glorificados”[118]. Si, sin embargo, hubiera sabios entre aquellos que son oprimidos por la cruz del demonio, se preocuparían de sacársela de encima de una vez, y si tienen algún sentido cambiarán las cinco yugadas[119] de bueyes por el único yugo de Cristo. Por las cinco yugadas de bueyes se refiere a los trabajos y cansancio de los pecadores que son esclavos de sus cinco sentidos; y cuando un hombre trabaja en hacer penitencia en lugar de pecar, trueca las cinco yugadas de bueyes por el único yugo de Cristo. Feliz es el alma que sabe cómo crucificar la carne con sus vicios y concupiscencias, y distribuye las limosnas que pudieran haberse gastado en gratificar sus pasiones, y pasa en oración y en lectura espiritual, en pedir la gracia de Dios y el patrocinio de la Corte Celestial, las horas que podrían perderse en banquetear y en satisfacer la ambición incansable de hacerse amigo de los poderosos. De esta manera la cruz del mal ladrón, que es pesada y baldía, puede ser con provecho intercambiada por la Cruz de Cristo, que es ligera y fecunda.

Leemos en San Agustín cómo un soldado distinguido discutía con uno de sus compañeros acerca de tomar la cruz. “Díganme, les pido, a qué meta nos han de conducir todos los trabajos que emprendemos? ¿Qué objeto nos presentamos a nosotros mismos? ¿Por quién servimos como soldados? Nuestra mayor ambición es hacernos amigos del Emperador; ¿y no está acaso el camino que nos conduce a su honor, lleno de peligros, y cuando hemos alcanzado nuestro punto, no estamos colocados entonces en la posición más peligrosa de todas? ¿Y por cuántos años tendremos que laborar para asegurar este honor? Pero si deseo volverme amigo de Dios, me puedo hacer amigo Suyo en este momento”. Así argumentaba que como para asegurarse la amistad del Emperador tiene que emprender muchas fatigas largas y estériles, actuaría más sabiamente si emprendiera menores y más leves trabajos para asegurarse la amistad de Dios. Ambos soldados tomaron su decisión en el momento; ambos dejaron el ejército en orden a servir en serio a su Creador, y lo que incrementó su alegría al tomar este primer paso fue que las dos damas con las cuales estaban a punto de casarse, ofrecieron espontáneamente su virginidad a Dios.

APTÍCULO VIII

Explicación literal de la tercera Palabra: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”

La última de las tres palabras, que tienen una referencia especial a la caridad por el prójimo, es: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”[120]. Pero antes que expliquemos el significado de esta palabra, debemos detenernos un poco en el pasaje precedente del Evangelio de San Juan: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”[121]. Dos de las tres Marías que estaban de pie cerca a la Cruz son conocidas, a saber, María, la Madre de nuestro Señor, y María Magdalena. Acerca de María, la mujer de Cleofás, hay alguna duda; algunos la suponen la hija de Santa Ana, que tuvo tres hijas, esto es, María, la Madre de Cristo, la mujer de Cleofás, y María Salomé. Pero esta opinión está casi desacreditada. Pues, en primer lugar, no podemos suponer que tres hermanas se llamen por el mismo nombre. Más aún, sabemos que muchos hombres piadosos y eruditos sostienen que nuestra Bienaventurada Señora era la única hija de Santa Ana; y no se menciona otra María Salomé en los Evangelios. Puesto que donde San Marcos dice que “María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle”[122], la palabra Salomé no está en caso genitivo, como si quisiera decir María, la madre de Salomé, como justo antes había dicho María, la madre de Santiago, sino que está en caso nominativo y en género femenino, como resulta claro de la versión Griega, donde la palabra está escrita. Más aún, esta María Salomé era la esposa de Zebedeo[123], y la madre de los Apóstoles Santiago y San Juan, como aprendemos de los dos Evangelistas, San Mateo y San Marcos[124], así como María, la madre de Santiago era la esposa de Cleofás, y la madre de Santiago el menor y de San Judas. Por lo cual la verdadera interpretación es esta: que María, la mujer de Cleofás, era llamada hermana de la Bienaventurada Virgen porque Cleofás era el hermano de San José, el Esposo de la Bienaventurada Virgen, y las esposas de dos hermanos tienen el derecho de llamarse y ser llamadas hermanas. Por la misma razón Santiago el menor es llamado el hermano de nuestro Señor, aunque sólo era su primo, pues era el hijo de Cleofás, quien, como hemos dicho, era el hermano de San José. Eusebio nos brinda este relato en su historia eclesiástica, y cita, como autoridad digna de fe, a Hegesipo, un contemporáneo de los Apóstoles. También tenemos a favor de la misma interpretación la autoridad de San Jerónimo, como podemos deducir de su trabajo contra Helvidio.

También hay un aparente desacuerdo en las narrativas evangélicas, en el que será bueno detenernos brevemente. San Juan dice que estas tres mujeres estaban de pie cerca de la Cruz del Señor, mientras que tanto San Marcos[125] como San Lucas[126] dicen que estaban distantes. San Agustín en su tercer libro acerca de la Armonía de los Evangelios hace armonizar estos tres textos de la siguiente manera. Estas santas mujeres pueden haber dicho que estaban al mismo tiempo distantes de la Cruz y cerca de la Cruz. Estaban distantes de la Cruz en referencia a los soldados y ejecutores, que estaban en una proximidad tal a la Cruz que podían tocarla, pero estaban suficientemente cerca de la Cruz para escuchar las palabras del Señor, que la multitud de espectadores, que estaban a mayor distancia, no podían escuchar. También podemos explicar los textos de la siguiente manera. Durante el momento mismo en que el Señor fue clavado a la Cruz, la concurrencia de soldados y gente mantuvo a las santas mujeres a la distancia, pero apenas la Cruz fue fijada en tierra, muchos de los judíos volvieron a la ciudad, y entonces las tres mujeres y San Juan se acercaron más. Esta explicación elimina la dificultad acerca de la razón por la cual la Bienaventurada Virgen y San Juan se aplicaron a sí mismos las palabras, “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”, cuando habían tantos otros presentes, y Cristo no se dirigió ni a su Madre ni a su discípulo por su nombre. La verdadera respuesta a esta objeción es que las tres mujeres y San Juan estaban parados tan cerca de la Cruz como para permitir al Señor designar mediante Sus miradas las personas a las que Se estaba dirigiendo. Además, las palabras fueron dichas evidentemente a Sus amigos personales, y no a extraños. Y entre Sus amigos personales que estaban allí no había ningún otro hombre a quien pudiera decir, “Ahí tienes a tu madre”, a excepción de San Juan, y no había ninguna otra mujer que quedara sin hijos por su muerte, a excepción de su Madre Virgen. Por lo cual Él dijo a su Madre: “Ahí tienes a tu hijo”, y a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Este es pues el sentido literal de estas palabras: Estoy por cierto a punto de pasar de este mundo al seno de Mi Padre Celestial, y pues tengo plena conciencia de que Tú, Mi Madre, no tienes ni parientes, ni marido, ni hermanos, ni hermanas, en orden a no dejarte totalmente desprovista de auxilio humano, Te encomiendo al cuidado de Mi muy amado discípulo Juan: él actuará contigo como un hijo, y Tú actuarás con él como una Madre. Y este consejo o mandato de Cristo, que lo mostró tan preocupado por los otros, fue bienvenido igualmente por ambas partes, y de ambos podemos creer que habrán inclinado sus cabezas como muestra de su aquiescencia, pues San Juan dice de sí mismo: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”, esto es, San Juan inmediatamente obedeció a nuestro Señor, y consideró a la Bienaventurada Virgen, junto con sus ya ancianos padres Zebedeo y Salomé, entre las personas a las cuales era su deber cuidar y atender.

Todavía permanece una pregunta adicional que puede hacerse. San Juan fue uno de aquellos que había dicho: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?”[127]. Y entre las cosas que habían abandonado, nuestro Señor enumera padre y madre, hermanos y hermanas, casa y tierras; y San Mateo, hablando de San Juan y de su hermano Santiago, dijo: “Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron”[128]. ¿De dónde viene pues que a quien había dejado una madre por Cristo, el Señor le diga que mire a la Bienaventurada Virgen como Madre? No tenemos que ir muy lejos para encontrar una respuesta. Cuando los Apóstoles siguieron a Cristo dejaron a su padre y a su madre, en la medida en que podían ser un impedimento para la vida evangélica, y en la medida en que pudieran derivar una ventaja mundana o un placer carnal de su presencia. Pero no dejaron esa solicitud que un hombre está en justicia obligado a mostrar por sus padres o sus hijos, si necesitan su dirección o su asistencia. Por lo cual algunos escritores espirituales afirman que el hijo no puede entrar en una orden religiosa si su padre está o tan abatido por la edad, u oprimido por la pobreza, que no puede vivir sin su auxilio. Y así como San Juan dejó a su padre y a su madre cuando no tenían necesidad de él, así cuando Cristo le ordenó cuidar y atender a su Madre Virgen, ella estaba desprovista de todo auxilio humano. Dios, por cierto, sin ninguna asistencia del hombre, hubiera podido atender a su Madre con todas las cosas necesarias por el ministerio de los ángeles, así como sirvieron a Cristo Mismo en el desierto, pero quiso que San Juan hiciera esto para que mientras el Apóstol cuidaba de la Virgen, ella pudiera honrar y auxiliar al Apóstol. Pues Dios envió a Elías a asistir a la pobre viuda, no porque Él no pudiera haberla sostenido por medio de un cuervo, como lo había hecho antes, sino, como observa San Agustín, para que el profeta la pueda bendecir. Por lo cual complació a nuestro Señor confiar su Madre al cuidado de San Juan por el doble propósito de otorgarle a él una bendición, y de probar ante todos que él por encima de los demás era su discípulo amado. Pues verdaderamente en esta transferencia de su Madre se cumplió aquél texto: “Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”[129]. Pues ciertamente recibió el ciento por uno aquel que dejando a su madre, la esposa de un pescador, recibió como madre a la Madre del Creador, la Reina del mundo, llena de gracia, bendita entre las mujeres, y próxima a ser elevada por encima de todos los coros de los ángeles en el reino celestial.

CAPÍTULO IX

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Si examinamos atentamente todas las circunstancias bajo las cuales esta tercera palabra fue dicha, podemos recoger muchos frutos de su consideración. En primer lugar, hemos puesto ante nosotros el intenso deseo que Cristo sintió de sufrir por nuestra salvación para que nuestra redención pudiera ser copiosa y abundante. Pues para no incrementar el dolor y la pena que sienten, algunos hombres toman medidas para evitar que sus parientes estén presentes en su muerte, particularmente si su muerte ha de ser violenta, acompañada de desgracia e infamia. Pero Cristo no se sació con su propia y amarguísima Pasión, tan llena de dolor y vergüenza, sino que quiso que su Madre y el discípulo a quien amaba estuvieran presentes e incluso estuvieran de pie cerca de la Cruz para que la visión de los sufrimientos de aquellos más queridos a Él aumentara su propio sufrimiento. Cuatro ríos de Sangre manaban del cuerpo herido del Señor en la Cruz, y él deseaba que cuatro ríos de lágrimas fluyeran de los ojos de su Madre, de su discípulo, de María la hermana de su Madre, y de Magdalena, la más querida de las santas mujeres, para que la causa de sus sufrimientos fuera no tanto el derramamiento de su propia Sangre, como la copiosa inundación de lágrimas que la visión de su agonía arrancaba de los corazones de los que estaban cerca. Me imagino que escucho a Cristo diciéndome: “Las olas de la muerte me envolvían”[130], pues la espada de Simeón atraviesa y hiere Mi Corazón, tan cruelmente como atraviesa el alma de Mi inocentísima Madre. ¡Es pues así que una muerte amarga separa no sólo el alma del cuerpo, sino también a la madre del hijo, y tal Madre de tal Hijo! Por esta razón dijo, “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, pues su amor por María no le permitía en un momento así dirigirse a Ella con el nombre tierno de Madre. Dios tanto amó al mundo que le dio su Hijo Unigénito para su Redención, y el Hijo Unigénito tanto amó al Padre que derramó profusamente su propia Sangre por su honor, y no satisfecho con los dolores de su Pasión, ha soportado las agonías de la compasión, para que hubiera una redención abundante por nuestros pecados. Y para que no perezcamos, sino que gocemos de la vida eterna, el Padre y el Hijo nos exhortan a imitar su caridad al representarla en su más exquisita belleza; y aún así el corazón del hombre todavía se resiste a esta caridad tan grande, y por lo tanto merece más bien sentir la ira de Dios, que saborear la dulzura de su misericordia, y caer en los brazos del Divino amor. Seríamos de verdad ingratos, y mereceríamos tormentos eternos, si por su amor no soportásemos lo poco que es necesario purgar para nuestra salvación, cuando contemplamos a nuestro Redentor amándonos en una medida tal, como para sufrir por nosotros más de lo necesario, soportar tormentos incontables y derramar cada gota de su Sangre, cuando una sola gota hubiera sido ampliamente suficiente para nuestra redención. La única razón que puede darse para nuestra desidia y locura es que ni meditamos en la Pasión de Cristo, ni consideramos su inmenso amor por nosotros con la seriedad y atención con que deberíamos. Nos contentamos con leer apuradamente la Pasión, o en escucharla leer, en lugar de asegurarnos oportunidades adecuadas para penetrar en nosotros mismos con el pensamiento de ella. Por eso el santo Profeta nos exhorta: “Mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta”[131]. Y el Apóstol dice: “Fijaos en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo”[132]. Pero vendrá el tiempo en que nuestra ingratitud hacia Dios y nuestro desinterés por el asunto de nuestra salvación será fuente de sincero dolor para nosotros. Pues hay muchos que en el Último Día gemirán “en la angustia de su espíritu”[133], y dirán: “Luego vagamos fuera del camino de la verdad; la luz de la justicia no nos alumbró, no salió el sol para nosotros”[134]. Y no sentirán este dolor estéril por primera vez en el infierno, sino que en el Día del Juicio, cuando sus ojos mortales sean cerrados en la muerte, y los ojos de su alma se abran, contemplarán la verdad de estas cosas frente a las cuales durante su vida voluntariamente se cegaron.

 

CAPÍTULO X

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Podemos extraer otro fruto de la consideración de la tercera palabra dicha por Cristo en la Cruz de esta circunstancia: que habían tres mujeres cerca de la Cruz de nuestro Señor. María Magdalena es la representante del pecador arrepentido, o de aquél que está haciendo su primer intento de avanzar en el camino de la perfección. María la mujer de Cleofás es la representante de aquellos que ya han hecho algún avance hacia la perfección; y María la Madre Virgen de Cristo es la representante de aquellos que son perfectos. Podemos emparejar a San Juan con nuestra Señora, pues en poco tiempo sería, si es que no lo había sido ya, confirmado en gracia. Estas eran las únicas personas que se encontraban cerca de la Cruz, pues los pecadores abandonados, que nunca piensan en la penitencia están muy distantes de la escala de la salvación, la Cruz. Más aún, estas almas escogidas no estaban cerca de la Cruz sin un propósito, pues incluso ellos necesitaban de la asistencia de Aquél que estaba clavado sobre ella. Los penitentes, o principiantes en la virtud, para sostener la guerra contra sus vicios y concupiscencias, requieren ayuda de Cristo, su Guía, y reciben esta ayuda para luchar con la serpiente antigua por el aliento que les da su ejemplo, pues Él no descendería de la Cruz hasta haber obtenido una victoria total sobre el demonio, que es lo que somos enseñados por San Pablo en su Epístola a los Colosenses: “Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la suprimió clavándola en la cruz. Y, una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal”[135]. María, la mujer de Cleofás y madre de hijos que son llamados hermanos de nuestro Señor, es la representante de aquellos que ya han hecho algún progreso en el sendero de la perfección. Estos también necesitan asistencia de la Cruz, para que los cuidados y ansiedades de este mundo, con los cuales necesariamente están mezclados, no ahoguen en ellos la buena semilla, y una noche de trajín resulte en la captura de nada. Por eso las almas en este estado de perfección deben todavía trabajar y lanzar muchas miradas a Cristo clavado en su Cruz, el cual no se satisfizo con las grandes y múltiples obras que realizó durante su vida, sino que quiso por medio de su muerte avanzar hasta el grado más heroico de virtud, pues hasta que el enemigo de la humanidad hubiera sido totalmente derrotado y puesto en fuga, Él no descendería de su Cruz. Cansarse en la búsqueda de la virtud, y dejar de obrar actos de virtud, son los mayores impedimentos a nuestro avance espiritual, pues, como nota verazmente San Bernardo en su Epístola a Garino, “el que no avanza en la virtud, retrocede”, y en la misma epístola se refiere a la escalera de Jacob, sobre la cual todos los ángeles o bien ascendían o bien descendían, pero ninguno estaba detenido. Más aún, incluso en los perfectos que viven una vida de celibato y son vírgenes, como eran nuestra Bienaventurada Señora y San Juan, el cual por esta razón era el Apóstol escogido de Cristo, incluso estos, digo, necesitan grandemente la asistencia del Él, que fue crucificado, pues su misma virtud los expone al peligro de caer por la soberbia espiritual, a menos que estén bien cimentados en la humildad. Durante el curso de su ministerio público, Cristo nos dio muchas lecciones de humildad, como cuando dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”[136]. Y de nuevo: “Vete a sentarte en el último puesto”[137]; y “Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”[138]. Aun así, todas Sus exhortaciones acerca de la necesidad de esta virtud no son tan persuasivas como el ejemplo que nos puso en la Cruz. ¿Pues qué mayor ejemplo de humildad podemos concebir que el Omnipotente se deje atar con sogas y clavar a una Cruz? ¿Y que Él, “en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”[139], permita que Herodes y su ejército lo traten como un loco y lo vistan con una túnica blanca, y que Aquél que “se sienta en querubines”[140] sufra Él mismo ser crucificado entre dos ladrones? Bien podemos decir después de esto, que el hombre que se arrodillase ante un crucifijo, y mirase en el interior de su alma, y llegase a la conclusión de que no es deficiente en la virtud de la humildad, sería incapaz de aprender lección alguna.

CAPÍTULO XI

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

En tercer lugar, de las palabras que Cristo dirigió a su Madre y a su discípulo desde el púlpito de la Cruz, aprendemos cuáles son los respectivos deberes de los padres hacia sus hijos, y de los hijos hacia sus padres. Trataremos en primer lugar de los deberes que los padres tienen para con sus hijos. Los padres cristianos deben amar a sus hijos, pero de tal manera que el amor a sus hijos no debe interferir con su amor a Dios. Esta es la doctrina que presenta nuestro Señor en el Evangelio: “El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”[141]. Fue en obediencia a esta ley que nuestra Señora estuvo de pie junto a la Cruz viviendo ella misma una intensa agonía, aunque con gran firmeza de ánimo. Su dolor fue una prueba del gran amor que tenía para su Hijo, que moría en la Cruz junto a ella, y su firmeza fue una prueba de su entrega a Dios que reina en el cielo. Mirar a su inocente Hijo, a quien ella amó apasionadamente, muriendo en medio de tales tormentos, era suficiente como para destrozar su corazón; pero aunque hubiese estado en sus capacidades, no habría impedido la crucifixión, pues ella sabía que todos estos sufrimientos eran infligidos a su Hijo según “el determinado designio y previo conocimiento de Dios”[142]. El amor es la medida del dolor, y puesto que esta Madre Virgen amó mucho, por tanto era ella afligida mas allá de toda medida al contemplar a su Hijo tan cruelmente torturado. ¿Y cómo podría no haber amado esta Virgen Madre a su Hijo, sabiendo que sobrepasaba al resto de la humanidad en toda excelencia, y cuando Él estaba unido a ella con un lazo más cercano que los demás hijos estaban unidos a sus padres? Hay un doble motivo por que el que los padres aman a sus hijos; uno, porque los han engendrado, y el otro, porque las buenas cualidades de sus hijos redundan en sí mismos. Hay algunos padres, sin embargo, que sienten apenas una pequeña ligazón con sus hijos, y otros que realmente los odian si son minusválidos o perversos, o si tienen la mala fortuna de ser ilegítimos. Ahora bien, por las dos razones que acabamos de mencionar, la Virgen Madre de Dios amó a su Hijo más que lo que cualquier otra madre podría haber amado a sus hijos. En primer lugar, ninguna mujer ha engendrado jamás a un hijo sin la cooperación de su marido, pero la Bienaventurada Virgen tuvo a su Hijo sin contacto alguno con varón; como Virgen lo concibió, y como Virgen lo dio a luz, y como Cristo nuestro Señor según la generación divina tiene Padre y no Madre, según la generación humana tiene Madre y no Padre. Cuando decimos que Cristo nuestro Señor fue concebido del Espíritu Santo, no queremos decir que el Espíritu Santo sea el Padre de Cristo, sino que Él formó y moldeó el Cuerpo de Cristo, no a partir de su propia sustancia, sino de la pura carne de la Virgen. Verdaderamente entonces la Virgen lo ha engendrado sola, sólo ella puede clamar que es su propio Hijo, y por tanto lo ha amado con más amor que cualquier otra madre. En segundo lugar, el Hijo de la Virgen no sólo fue y es hermoso más que los hijos de los hombres sino que sobrepasa en todo también a todos los ángeles, y como consecuencia natural de su gran amor, la Bienaventurada Virgen lloró en la Pasión y Muerte de su Hijo más que otras, y San Bernardo no duda en afirmar en uno de sus sermones que el dolor que sintió nuestra Señora en la crucifixión fue un martirio del corazón, según la profecía de Simeón: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!”[143]. Y puesto que el martirio del corazón es más amargo que el martirio del cuerpo, San Anselmo en su obra Sobre la excelencia de la Virgen dice que el dolor de la Virgen fue más amargo que cualquier sufrimiento corporal. Nuestro Señor, en su Agonía en el Huerto de Getsemaní, sufrió un martirio del corazón al pasar revista a todos los sufrimientos y tormentos que habría de soportar al día siguiente, y abriendo en su alma las compuertas al dolor y al miedo empezó a estar tan afligido que un Sudor de Sangre manó de su Cuerpo, algo que no sabemos que haya resultado jamás de sus sufrimientos corporales. Por tanto, más allá de toda duda, nuestra Bienaventurada Señora cargó una pesadísima cruz, y soportó un dolor conmovedor, de la espada de dolor que atravesó su alma, pero se mantuvo de pie junto a la Cruz como verdadero modelo de paciencia, y contempló todos los sufrimientos de su Hijo sin manifestar signo alguno de impaciencia, porque buscó el honor y la gloria de Dios más que la gratificación de su amor materno. Ella no cayó el piso medio muerta de dolor, como algunos imaginan; tampoco se cortó los cabellos, ni sollozó o gritó fuertemente, sino que valientemente llevó la aflicción que era la voluntad de Dios que llevase. Ella amó a su Hijo vehementemente, pero amó más el honor de Dios Padre y la salvación de la humanidad, del mismo modo que su Divino Hijo prefirió estos dos objetos a la preservación de su vida. Más aún, su inconmovible fe en la resurrección de su Hijo acrecentó la confianza de su alma al punto que no tuvo necesidad de consolación alguna. Ella fue consciente de que la Muerte de su Hijo sería como una pequeña dormición, tal como dijo el Salmista Real: “Yo me acuesto y me duermo, y me despierto, pues el Señor me sostiene”[144].

Todos los fieles deben imitar este ejemplo de Cristo subordinando el amor a sus hijos al amor a Dios, que es el Padre de todos, y ama a todos con un amor mayor y más beneficioso que el que podemos experimentar. En primer lugar, los padres cristianos deben amar a sus hijos con un amor viril y prudente, no alentándolos si obran mal, sino educándolos en el temor de Dios, y corrigiéndolos, e incluso amonestándolos y castigándolos si han ofendido a Dios o son negligentes en su educación. Pues esta es la voluntad de Dios, tal como nos es revelada en las Sagradas Escrituras, en el libro del Eclesiástico: “¿Tienes hijos? Instrúyelos e inclínalos desde su juventud”[145]. Y leemos de Tobías que “desde su infancia le enseñó a su hijo a temer a Dios y abstenerse de todo pecado”[146]. El Apóstol advierte a los padres que no exasperen a sus hijos, no sea que se vuelvan apocados, sino que los formen mediante la instrucción y la corrección del Señor, esto es, no tratarlos como esclavos, sino como hijos[147]. Los padres que son muy severos con sus hijos, y que los reprochan y castigan incluso por una pequeña falta, los tratan como esclavos, y tal tratamiento los desalentará y les hará odiar el techo paterno; y por el contrario, los padres que son muy indulgentes criarán hijos inmorales, que serán luego víctimas del fuego del infierno en vez de poseer una corona inmortal en el cielo.

El método correcto que han de adoptar los padres en la educación de sus hijos es enseñarles a obedecer a sus superiores, y cuando sean desobedientes corregirlos, pero de manera tal que se evidencia que la corrección procede de un espíritu de amor y no de odio. Más aún, si Dios llama a un hijo al sacerdocio o a la vida religiosa, ningún impedimento debe ponerse a esta vocación, pues los padres no han de oponerse a la voluntad de Dios, sino más bien decir con el santo Job: “El Señor me lo dio, y el Señor me lo quitó: bendito sea el nombre del Señor”[148]. Finalmente, si los padres pierden a sus hijos por una muerte intempestiva, como nuestra Bienaventurada Madre perdió a su Divino Hijo, deben confiar en el buen juicio de Dios, quien a veces toma un alma para sí si percibe que podría perder su inocencia y así perecer por siempre. Verdaderamente, si los padres pudiesen penetrar en los designios de Dios en relación a la muerte de un hijo, se alegrarían en vez de llorar: y si tuviésemos una fe viva en la Resurrección, como la tuvo nuestra Señora, no nos lamentaríamos más porque una persona muera en su juventud, que lo que habríamos de lamentarnos porque una persona vaya a dormir antes de la noche, pues la muerte del fiel es una clase de sueño, como nos dice el Apóstol en su Epístola a los Tesalonicenses: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los que están dormidos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza”[149]. El Apóstol habla de la esperanza y no de la fe, porque no se refiere a una resurrección incierta, sino a una resurrección feliz y gloriosa, similar a la de Cristo, que fue un despertar a la vida verdadera. Pues el hombre que tiene una fe firme en la resurrección del cuerpo, y confía en que su hijo muerto se despertará de nuevo a la gloria, no tiene motivo de pena, sino una gran razón para alegrarse, pues la salvación de su hijo está asegurada.

Nuestro siguiente punto es tratar acerca del deber que los hijos tienen para sus padres. Nuestro Señor nos dio en su Muerte el más perfecto ejemplo de respeto filial. Ahora, según las palabras del Apóstol, el deber de los hijos es: “corresponder a sus progenitores”[150]. Los hijos corresponden a sus padres cuando les proveen todo lo necesario para ellos en su edad avanzada, tal como sus padres les procuraron alimento y vestido en su infancia. Cuando Cristo estuvo a punto de morir confió su anciana Madre, que no tenía nadie que la cuidase, a la protección de San Juan, y le dijo que en adelante lo mire como a su hijo, y le mandó a San Juan que la reverenciara como a su madre. Y así nuestro Señor cumplió perfectamente las obligaciones que un hijo debe a su madre. En primer lugar, en la persona de San Juan. Le dio a su Madre Virgen un hijo que era de la misma edad que él, o tal vez un año menor, y por tanto era en todo sentido capaz de proveer por el bienestar de la Madre de nuestro Señor. En segundo lugar, le dio por hijo al discípulo a quien amaba más que a los demás, y quien ardientemente le había retribuido amor por amor, y en consecuencia nuestro Señor tuvo la mayor confianza en la diligencia con la que su discípulo sostendría a su Madre. Más aún, escogió al discípulo que sabía que viviría más que los otros apóstoles, y que por lo tanto viviría más que su Madre. Finalmente, nuestro Señor tuvo esta atención para con su Madre en el momento más calamitoso de su vida, cuando su Cuerpo entero fue presa de sufrimientos, cuando su Alma entera fue atormentada por las insolentes mofas de sus enemigos, y tenía que beber el cáliz amargo de la inminente muerte, de modo que parecería que no podría pensar en nada sino en sus propios dolores. Sin embargo, su amor por su Madre triunfó por encima de todo, y olvidándose de sí mismo, su único pensamiento fue cómo confortarla y ayudarla, y no fue en vano su esperanza en la prontitud y fidelidad de su discípulo, pues “desde aquella hora la acogió en su casa”[151].

Cada hijo tiene una mayor obligación que la que nuestro Señor tuvo de proveer por las necesidades de sus padres, pues cada ser humano le debe más a sus padres que lo que Cristo le debía a su Madre. Cada niño recibe de sus padres un mayor favor que el que pueden esperar devolver, pues ha recibido de sus manos lo que para él es imposible darles, a saber, el ser. “Recuerda –dice el Eclesiástico–, que no habrías nacido si no fuese por ellos”[152]. Sólo Cristo es una excepción a esta regla. En efecto, Él recibió de su Madre su vida como hombre, pero Él le dio a ella tres vidas; su vida humana, cuando con la cooperación del Padre y del Espíritu Santo la creó; su vida de gracia, cuando la previno en la dulzura de sus bendiciones creándola Inmaculada, y su vida de gloria cuando fue asumida al reino de la gloria y exaltada por encima de los coros de los ángeles. En consecuencia, si Cristo, quien le dio a su Bienaventurada Madre más de lo que Él había recibido de ella en su nacimiento, deseó corresponderle, ciertamente el resto de la humanidad está aún más obligada a corresponder a sus padres. Más aún, al honrar a nuestros padres no hacemos sino lo que es nuestro deber, y aún así la bondad de Dios es tal como para recompensarnos por ello. En los Diez Mandamientos está grabada la ley: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra”[153]. Y el Espíritu Santo dice: “Aquél que honre a su padre tendrá gozo en sus propios hijos, y en el día de su oración será escuchado”[154]. Y Dios no sólo recompensa a los que reverencian a sus padres, sino que castiga a los que les son irrespetuosos, pues éstas son las palabras de Cristo: “Dios ha dicho que el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte”[155]. “Y maldito es de Dios quien irrita a su madre”[156]. Por lo tanto, podemos concluir que la maldición de un padre traerá consigo la ruina, pues Dios mismo lo ratificará. Esto se prueba por muchos ejemplos; y narraremos brevemente uno que refiere San Agustín en su Ciudad de Dios. En Cesarea, una ciudad de Capadocia, habían diez niños, a saber siete varones y tres mujeres, que fueron malditos por su madres, y fueron inmediatamente golpeados por el cielo con tal castigo que todos sus miembros temblaron, y, en su penosa situación, adonde fuera que fuesen, no podían soportar la mirada de sus conciudadanos, y así vagaron por todo el mundo Romano. Al final, dos de ellos fueron curados por las reliquias de San Esteban Protomártir, en presencia de San Agustín.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO XII

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

La carga y el yugo que puso nuestro Señor en San Juan, al confiar a su cuidado la protección de su Madre Virgen, fueron ciertamente un yugo dulce y una carga ligera. ¿Quién pues no estimaría una felicidad habitar bajo el mismo techo con quien había llevado por nueve meses en su vientre al Verbo Encarnado, y había disfrutado por treinta años la más dulce y feliz comunicación de sentimientos con Él? ¿Quién no enviaría al discípulo elegido de nuestro Señor, cuyo corazón fue alegrado en la ausencia del Hijo de Dios por la presencia constante de la Madre de Dios? Y aún así si no me equivoco está en nuestro poder obtener por medio de nuestras oraciones que nuestro amabilísimo Señor, que se hizo Hombre por nuestra salvación y fue crucificado por amor a nosotros, nos diga en relación a su Madre, “He ahí a tu Madre”, y diga a su Madre por cada uno de nosotros “¡He ahí a tu hijo!”. Nuestro buen Señor no escatima sus gracias, con tal que nos acerquemos al trono de gracia con fe y confianza, con corazones sinceros, abiertos y no hipócritas. Aquel que desea tenernos como coherederos del reino de su Padre, no desdeñará tenernos como coherederos en el amor de su Madre. Y tampoco nuestra benignísima Madre llevará a mal tener una innumerable multitud de hijos, pues ella tiene un corazón capaz de abrazarnos a todos, y desea ardientemente que no perezca ninguno de esos hijos que su Divino Hijo redimió con su preciosa Sangre y aún más preciosa Muerte. Aproximémonos por tanto con confianza al trono de la gracia de Cristo, y con lágrimas roguémosle humildemente que le diga a su Madre por cada uno de nosotros, “He ahí a tu hijo”, y a nosotros en relación a su Madre, “He ahí a tu Madre”. ¡Cuán seguros estaremos bajo la protección de tal Madre! ¿Quién se atreverá a apartarnos de debajo de su manto? ¿Qué tentaciones, qué tribulaciones podrían vencernos si nos confiamos a la protección de la Madre de Dios y Madre nuestra? Y no seremos los primeros que han obtenido tan poderosa protección. Muchos nos han precedido, muchos, digo, se han puesto bajo la singular y maternal protección de tan poderosa Virgen, y nadie ha sido abandonado de ella con su alma en un estado perplejo y abatido, sino que todos los que han confiado en el amor de tal Madre están felices y gozosos. De ella se ha escrito: “Ella te pisará la cabeza”[157]. Quienes confían en ella pueden con seguridad “pisar sobre el áspid y la víbora, y hollar al león y al dragón”[158]. Escuchemos, sin embargo, las palabras de unos pocos hombres ilustres de los tanto que han reconocido haber encontrado la esperanza de su salvación el Virgen, y a quienes podemos creer que nuestro Señor les dijo “He ahí a tu Madre”, y en relación a quienes le dijo a su Madre, “He ahí a tu hijo”.

El primero será San Efrén de Siria, un antiguo Padre de tanto renombre que San Jerónimo nos informa que sus trabajos eran leídos públicamente en las iglesias antes que las Sagradas Escrituras. En uno de sus sermones sobre las alabanzas de la Madre de Dios, él dice: “La inmaculada y pura Virgen Madre de Dios, la Reina de todo, y la esperanza de los que desesperan”. Y nuevamente: “Tú eres un puerto para los que son atacados por tormentas, consuelo del mundo, liberadora de los que están en prisión; tú eres madre de los huérfanos, redentora de los cautivos, alegría del enfermo, y estrella para la seguridad de todos”. Y nuevamente: “Guárdame y protégeme bajo tu brazo, ten piedad de mí que estoy manchado por el pecado. No confío en nadie sino en ti, oh Virgen sincerísima. ¡Salve, paz, gozo y seguridad del mundo!”. Citaremos a continuación a San Juan Damasceno, quien fue uno de los primeros en mostrar el más grande honor y poner la mayor confianza en la protección de la santísima Virgen. Así dice en un sermón sobre la Natividad de la Bienaventurada Virgen: “Oh hija de Joaquín y Ana, oh Señora, recibe las oraciones de un pecador que te ama y honra ardientemente, y mira a ti como su única esperanza de alegría, como la sacerdotisa de la vida, y la guía de los pecadores para retornar a la gracia y el favor de tu Hijo, y la segura depositaria de la seguridad, aligera el peso de mis pecados, vence mis tentaciones, haz mi vida pía y santa, y concédeme que bajo tu guía pueda llegar a la felicidad celestial”. Ahora seleccionaremos unos pocos pasajes de dos Padres latinos. San Anselmo, en su trabajo Sobre la Excelencia de la Virgen dice: “Considero como un gran signo de predestinación para alguno que se le haya concedido el favor de meditar frecuentemente en María”. Y nuevamente: “Recuerda que a veces obtenemos auxilio con más prontitud invocando el nombre de la Virgen Madre que si hubiésemos invocado el Nombre del Señor Jesús, su único Hijo, y es no porque sea ella más grande o poderosa que Él, ni porque sea Él más grande y poderoso por medio de ella, sino más bien ella por medio de Él. ¿Cómo es entonces que obtenemos auxilio más prontamente al invocarla que al invocar a su Hijo? Digo que creo que es así, y mi explicación es que su Hijo es el Señor y Juez de todo, y es capaz de discernir los méritos de cada uno. En consecuencia, cuando su Nombre es invocado por alguien, puede con justicia prestar oídos sordos a la súplica, pero si el nombre de su Madre es invocado, incluso suponiendo que los méritos del que suplica no le dan derecho a ser escuchado, aún así los méritos de la Madre de Dios son tales que su Hijo no puede negarse a escuchar su oración”. Pero San Bernardo, en un lenguaje que es verdaderamente admirable, describe por un lado el afecto santo y maternal con el que la Bienaventurada Virgen acoge a los que le son devotos, y por otro el amor filial de quienes la miran como Madre. En su segundo sermón sobre el texto “El Ángel fue enviado”, exclama: “Oh tú, quienquiera que seas, que sabes que estás expuesto a los peligros del tempestuoso mar de este mundo más que lo que gozas de la seguridad de la tierra firme, no alejes tus ojos del esplendor de esta Estrella, del María Estrella del Mar, a menos que desees ser devorado por la tempestad. Si los vientos de las tentaciones surgen,, si eres arrojado a las rocas de las tribulaciones, mira esta Estrella, llama a María. Si eres arrojado aquí y allá en las oleadas del orgullo, de la ambición, de las calumnias, de la envidia, levanta la mirada hacia esta Estrella, llama a María. Si tú, aterrorizado por la magnitud de tus crímenes, perplejo ante el impuro estado de tu conciencia, y sacudido por el temor de tu Juez, empiezas a ser engullido por el abismo de la tristeza o el hoyo de la desesperanza, piensa en María; en todos tus peligros, en todas tus dificultades, en todas tus dudas piensa en María, llama a María. No serás confundido si la sigues, no desesperarás si le rezas, no te equivocarás si piensas en ella”. El mismo Santo en este sermón sobre la Natividad de la Virgen dice los siguiente: “Alza tus pensamientos y juzga con qué afecto quiere Él que honremos a María que ha llenado su alma con la plenitud de su bondad, de modo que toda esperanza, toda gracia, toda protección del pecado que recibamos la reconozcamos como viniendo a través de sus manos”. “Veneremos a María con todo nuestro corazón y todas nuestras oblaciones, pues esa es la voluntad de quien ha hecho que recibamos todo por medio de María”. “Hijos míos, ella es la escalera para los pecadores, ella es my mayor confianza, ella es todo el fundamento de mi esperanza”. A estos extractos de los escritos de dos santos Padres, añadiré algunas citas de dos santos Teólogos. Santo Tomás, en su ensayo sobre la salutación angélica, dice: “Ella es bendita entre todas las mujeres porque ella sola ha quitado la maldición de Adán, ha traído bendiciones a la humanidad, y ha abierto las puertas del Paraíso. Por eso es llamada María, nombre que significa “Estrella del Mar”, pues así como marineros conducen sus naves a puerto mirando las estrellas, así los Cristianos son llevados a la gloria por la intercesión de María”. San Buenaventura escribe en su Pharetra: “Oh Santísima Virgen, así como todo el que te odia y es olvidado por ti necesariamente perecerá, así todo el que te ama y es amado por ti necesariamente será salvado”. El mismo Santo en su Vida de San Francisco habla así de la confianza de éste en la Bienaventurada Virgen: “Amó a la Madre de nuestro Señor Jesucristo con un amor inefable, por ella nuestro Señor Jesucristo llegó a ser nuestro hermano, y por ella obtuvimos misericordia. Junto a Cristo colocó toda su confianza en ella, la miró como abogada propia y de su Ordena, y en su honor ayunó devotamente desde la fiesta de San Pedro y San Pablo hasta la Asunción”. Con estos santos juntaremos el nombre del Papa Inocencio III, quien fue eminentemente distinguido por su devoción a la Virgen, y no sólo celebró sus grandezas en sus sermones, sino que construyó un monasterio en su honor, y lo que es más admirable, en una exhortación que dirigió a su grey para que confíen en ella, usó palabras cuya veracidad fue luego ejemplificada en su propia persona. Así hablo en su segundo sermón sobre la Asunción: “Que el hombre que está sentado en la oscuridad del pecado mire la luna, que invoque a María para que ella interceda ante su Hijo, y le obtenga la compunción de corazón. Pues ¿quién que la haya alguna vez llamado en su desgracia no ha sido escuchado?”. El lector puede consultar el cap. IX, libro 2, sobre “Las lágrimas de la paloma”, y ver que allí hemos escrito sobre el Papa Inocencio III. De estos extractos, y de estos signos de predestinación, queda abundantemente evidente que una devoción cordial a la Virgen Madre de Dios no es novedad alguna. Pues parecería increíble que perezca alguien en cuyo favor Cristo le ha dicho a su Madre: “He ahí a tu hijo”, con tal que no preste oídos sordos a las palabras que Cristo le dirigió a él mismo: “He ahí a tu Madre”.

 

 

Libro II

 

SOBRE LAS CUATRO ÚLTIMAS PALABRAS DICHAS EN LA CRUZ

 

 

CAPÍTULO I

Explicación literal de la cuarta Palabra:

“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”

Hemos explicado en la parte anterior las tres primeras palabras que fueron pronunciadas por nuestro Señor desde el púlpito de la Cruz, alrededor de la hora sexta, poco después de su crucifixión. En esta parte explicaremos las cuatro restantes palabras, que, luego de la oscuridad y el silencio de tres horas, proclamó este mismo Señor desde este mismo púlpito con fuerte voz. Pero primero parece necesario explicar brevemente cuál, y de dónde, y para qué surgió la oscuridad que existió entre las tres primeras y las últimas cuatro palabras, pues así dice San Mateo: “Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: “¡Elí, Elí! ¿Lemá sabactaní?”, esto es: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?””[159]. Y esta oscuridad surgió de un eclipse de sol, tal como nos lo narra San Lucas:

“Se eclipsó el sol”[160], dice.

Pero aquí se presentan tres dificultades. En primer lugar, un eclipse de sol ocurre en luna nueva, cuando la luna está entre la tierra y el sol, y esto no puede haber sucedido en la muerte de Cristo, porque la luna no estaba en conjunción con el sol, como ocurre cuando hay luna nueva, sino que estaba opuesta al sol como en la luna nueva, pues la Pasión ocurrió en la Pascua de los judíos, que, según San Lucas, estaba en el día catorce del mes lunar. En segundo lugar, incluso si la luna hubiese estado en conjunción con el sol en el momento de la Pasión, la oscuridad no podría haber durado tres horas, es decir, desde la sexta hasta la nona, pues un eclipse de sol no dura tanto tiempo, especialmente si es un eclipse total, cuando el sol está tan escondido que su oscuridad es llamada tinieblas. Pues dado que la luna se mueve más rápido que el sol, según su propio movimiento, oscurece la superficie entera del sol por un periodo breve solamente, y, estando el sol constantemente en movimiento, mientras la luna se aleja, empieza a dar su luz a la tierra. Finalmente, no puede ocurrir jamás que por la conjunción del sol y de la luna la tierra entera quede en tinieblas, Pues la luna es más pequeña que el sol, incluso más pequeña que la tierra, y por lo tanto por su interposición no puede la luna oscurecer tanto al sol como para privar al universo de su luz. Y si alguien sostiene que la opinión de los Evangelistas se refiere solamente a la tierra de Palestina, y no al mundo entero absolutamente, es refutado por el testimonio de San Dionisio el Areopagita, quien, en su Epístola a San Policarpo, declara que en la ciudad de Heliópolis, en Egipto, él mismo vio este eclipse del sol, y sintió estas horrorosas tinieblas. Y Flego, un historiador griego, gentil, relata este eclipse cuando dice: “En el cuarto año de la bicentesimosegunda Olimpiada, tuvo lugar el eclipse más grande y extraordinario que haya jamás ocurrido, pues a la hora sexta la luz del día se trocó en tinieblas de noche, de modo que las estrellas aparecieron en los cielos”. Este historiador no escribió en Judea, y es citado por Orígenes contra Celso, y Eusebio en sus Crónicas sobre el trigésimo tercer año de Cristo. Luciano mártir da así testimonio del acontecimiento: “Mira en nuestros anales, y encontrarás que en el tiempo de Pilato desapareció el sol, y el día fue invadido por tinieblas”. Rufino cita estas palabras de San Luciando en la Historia Eclesiástica de Eusebio, que él mismo tradujo al latín. También Tertuliano, en su Apologeticon, y Pablo Orosio, en su historia, todos ellos, en efecto, hablan del globo entero, y no de solo Judea. Ahora bien en cuanto a la solución de las dificultades. Lo que dijimos más arribe, que un eclipse de sol ocurre en luna nueva, y no en luna llegan, es cierto cuando tiene lugar un eclipse natural; pero el eclipse en la muerte de Cristo fue extraordinario y no natural, pues fue el efecto de Aquel que hizo el sol y la luna, el cielo y la tierra. San Dionisio, en el pasaje que acabamos de referir, afirma que al mediodía la luna fue vista por él y por Apolofanes acercarse al sol con un movimiento rápido e inusual, y que la luna se ubicó a sí misma ante el sol y permaneció en esa posición hasta la hora nona, y de la misma manera regresó a su lugar en el Este. A la objeción de que un eclipse del sol no podía durar tres horas, de modo que por todo ese tiempo las tinieblas cubriesen la tierra, podemos responder que en un eclipse natural y ordinario esto sería cierto: este eclipse, sin embargo, no estuvo regido por las leyes de la naturaleza, sino por la voluntad del Creador Todopoderosos, quien pudo tan fácilmente detener a la luna, como ocurrió, quieta ante el sol, sin moverse ni más rápido ni más lento que el sol, como pudo traer la luna de modo extraordinario y con gran velocidad desde su posición al Este del sol, y luego de tres horas hacerla regresar a su lugar en los cielos. Finalmente, un eclipse del son no podría haber sido percibido en el mismo momento en todas partes del mundo, pues la luna es más pequeña que la tierra y mucho más pequeña que el sol. Esto es ciertísimo en relación a la simple interposición de la luna; pero lo que la luna no podía hacer por sí misma, lo hizo el Creador del sol y de la luna, con tan sólo dejar de cooperar con el sol en la iluminación del globo. Y, nuevamente, no puede ser cierto, como algunos supones, que estas tinieblas universales fueran causadas por nubes densas y oscuras, pues es evidente, por la autoridad de los antiguos, que durante este eclipse y tinieblas las estrellas brillaron en el cielo y nubes densas habrían oscurecido no sólo al sol, sino también la luna y las estrellas.

Son varias las razones dadas por las que Dios deseó estas tinieblas universales durante la Pasión de Cristo. Hay dos especiales entre ellas. Primero, para mostrar la verdadera ceguera del pueblo judío, como nos lo cuenta San León en su décimo sermón sobre la Pasión de nuestro Señor, y esta ceguera de los judíos dura hasta este momento, y seguirá durando, según la profecía de Isaías:

“¡Arriba, resplandece, oh Jerusalén, que ha llegado tu luz, y la gloria del Señor ha amanecido sobre ti! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos”[161]: la más densa oscuridad, sin duda, cubrirá al pueblo de Israel, y una espesa nube más ligera y fácilmente disipable cubrirá a los gentiles. La segunda razón, tal como lo enseña San Jerónimo, fue para mostrar la inmensa magnitud del pecado de los judíos. En efecto, antes, hombres perversos solían hostigar, perseguir y matar a los buenos; ahora, hombres impíos se atrevieron a perseguir y crucificar a Dios mismo, quien había asumido nuestra naturaleza humana. Antes los hombres discutían unos con otros; de las disputas pasaban a las maldiciones; y de las maldiciones a la sangre y el asesinato; ahora siervos y esclavos se han levantado contra el Rey de los hombres y de los ángeles, y con una inaudita audacia lo han clavado en una Cruz. Por tanto, el mundo entero se ha llenado de horror, y para mostrar cuánto detesta semejante crimen, el sol ha retirado sus rayos y ha cubierto el universo con una terrible oscuridad.

Pasemos ahora a la interpretación de las palabras del Señor: “¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?”. Estas palabras están tomadas del Salmo 21: “Dios mío, Dios mío, mírame, ¿por qué me has abandonado?”[162]. Las palabras “mírame”, que aparecen a la mitad del versículo, fueron añadidas por los Setenta intérpretes, pero en el texto hebreo sólo se encuentran las palabras que nuestro Señor pronunció. Debemos resaltar que los Salmos fueron escritos en hebreo, y las palabras pronunciadas por Cristo estaban en parte en siriaco, que era el lenguaje entonces en uso entre los judíos. Estas palabras: “Talita kumi — Muchacha, a ti te digo, levántate”, y “Effatá — Ábrete”, así como otras palabras en el Evangelio son siriacas y no hebreas. Nuestro Señor entonces se queja de haber sido abandonado por Dios, y se queja gritando con fuerte voz. Estas dos circunstancias deben ser brevemente explicadas. El abandono de Cristo por su Padre puede ser interpretado de cinco maneras, pero hay una sola que es la verdadera interpretación. Pues, en efecto, hubo cinco uniones entre el Padre y el Hijo: una, la unión natural y eterna de la Persona el Hijo en esencia; la segunda, el nuevo lazo de unión de la Naturaleza Divina con la naturaleza humana en la Persona del Hijo, o lo que es lo mismo, la unión de la Persona Divina del Hijo con la naturaleza humana; la tercera era la unión de gracia y voluntad, pues Cristo como hombre era un hombre “lleno de gracia y de verdad”[163], como lo atestigua en San Juan: “yo hago siempre lo que le agrada a él”[164], y de Él lo dijo el Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[165]. La cuarta fue la unión de gloria, pues el alma de Cristo gozó desde el momento de la concepción de la visión beatífica; la quinta fue la unión de protección a la que se refiere cuando dice: “y el que me ha enviado está conmigo, no me ha dejado solo”[166]. El primer tipo de unión es inseparable y eterno, pues se funda en la Esencia Divina, y así dice nuestro Señor: “Yo y el Padre somos uno”[167]; y por tanto no dijo Cristo: “Padre mío, ¿por qué me has abandonado?”, sino “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pues el Padre es llamado el Dios del Hijo sólo después de la Encarnación y por razón de la Encarnación. El segundo tipo de unión no ha sido ni jamás puede ser disuelto, pues lo que Dios ha asumido una vez no puede jamás dejarlo de lado y por eso dice el Apóstol: “El que no se perdonó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”[168]; y, San Pedro, “Cristo padeció por nosotros”, y “Ya que Cristo padeció en la carne”[169]: todo lo cual prueba que no quien fue crucificado no fue meramente un hombre, sino el verdadero Hijo de Dios, y Cristo el Señor. El tercer tipo de unión también existe aún y existirá siempre: “Pues también Cristo murió una sola vez por nuestros pecados, el justo por los injustos”[170], tal como lo expresa San Pedro; pues para ningún provecho nos habría sido la muerte de Cristo si esta unión de gracia se hubiese disuelto. La cuarta unión no pudo ser interrumpida, pues la beatitud del alma no puede perderse, ya que comprende el goce de todo bien, y la parte superior del alma de Cristo estaba verdaderamente feliz[171].

Queda entonces solamente la unión de protección, que fue quebrada por un breve periodo, para dar tiempo a la oblación del sacrificio de sangre para la redención del mundo. En efecto, Dios Padre pudo en varias maneras haber protegido a Cristo, y haber impedido la Pasión, y por este motivo dice Cristo en su Oración en el Huerto: “Padre, todo es posible para ti; aparte de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú”[172]: y nuevamente a San Pedro: “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?”[173]. Asimismo, Cristo como Dios pudo haber salvado del sufrimiento su Cuerpo, pues dice “Nadie me la quita [mi vida]; yo la doy voluntariamente”[174] y esto es lo que había profetizado Isaías: “Fue ofrecido por su propia voluntad”[175]. Finalmente, el Alma bendita de Cristo puedo haber transmitido al Cuerpo el don de la impasibilidad y de la incorrupción; pero le plugo al Padre, y al Verbo, y al Espíritu Santo, para que se cumpliese el decreto de la Santa Trinidad, permitir que el poder del hombre prevalezca temporalmente contra Cristo. Pues esta era la hora a la que se refería Cristo cuando dijo a los que venían a aprehenderlo:

“Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”[176]. Así entonces, Dios abandonó a su Hijo cuando permitió que su Carne humana sufriese tan crueles tormentos sin consuelo alguno, y Cristo manifestó este abandono gritando con voz fuerte para que todos puedan conocer la inmensidad del precio de nuestra redención, pues hasta esa hora había Él soportado todos sus tormentos con tanta paciencia y ecuanimidad que apareciese casi como libre de la capacidad de sentir. No se quejó Él de los judíos que lo acusaron, ni de Pilato que lo condenó, ni de los soldados que lo crucificaron. No gimió; no gritó; no dio ningún signo exterior de su sufrimiento; y ahora, a punto de morir, para que la humanidad pueda entender, y nosotros, sus siervos, podamos recordar una gracia tan inmensa, y el valor del precio de nuestra redención, quiso declarar públicamente el gran sufrimiento de su Pasión. Por eso estas palabras “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” no son palabras de alguien que acusa, o que reprocha, o que se queja, sino, como he dicho, son palabras de Alguien que declara la inmensidad de su sufrimiento por la mejor de las causas, y en el más oportuno de los momentos.

CAPÍTULO II

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Hemos explicado brevemente lo relativo a la historia de la cuarta palabra: nos toca ahora recoger algunos frutos del árbol de la Cruz. El primer pensamiento que se presenta es que Cristo quiso apurar el cáliz de su Pasión hasta lo último. Permaneció en la Cruz por tres horas, desde la hora sexta hasta la nona. Permaneció por tres horas enteras y completas, incluso por más de tres horas, pues fue pegado a la Cruz antes de la hora sexta, y no quiso morir hasta la hora nona, como se prueba a continuación. El eclipse de sol comenzó a la hora sexta, como lo muestran los tres Evangelistas Mateo, Marcos y Lucas; San Marcos dice expresamente: “Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona”[177]. Ahora bien, nuestro Señor pronunció sus tres primeras palabras en la Cruz antes que se iniciase la oscuridad, y por lo tanto antes de la hora sexta. San Marcos explica esta circunstancia más claramente diciendo: “Era la hora tercia cuando le crucificaron”; y añadiendo poco después: “Llegada la hora sexta, hubo oscuridad”[178]. Cuando dice que nuestro Señor fue crucificado en la hora tercia, quiere indicar que fue clavado en la Cruz antes del fin de esa hora, y por lo tanto antes del inicio de la hora sexta. Debemos notar aquí que San Marcos habla de las horas principales, cada una de las cuales contenía tres horas ordinarias, tal como el propietario llamó a sus viñadores en las horas primera, tercia, sexta, nona y undécima[179]. Por tanto San Marcos dice que nuestro Señor fue crucificado en la hora tercia, pues la hora sexta no había llegado aún.

Nuestro Señor quiso entonces beber el cáliz lleno y rebosante de su Pasión para enseñarnos a amar el cáliz amargo del arrepentimiento y el esfuerzo, y a no amar la copa de las consolaciones y los placeres mundanos. Según la ley de la carne y el mundo, debemos escoger pequeñas mortificaciones, pero grandes indulgencias; poco trabajo, pero mucha alegría; tomar poco tiempo para nuestras oraciones, pero largo tiempo para conversaciones ociosas. En verdad no sabemos lo que pedimos, pues el Apóstol advierte a los Corintios: “cada cual recibirá el salario según su propio trabajo”[180]; y nuevamente: “no recibe la corona si no ha competido según el reglamento”[181]. La felicidad eterna debe ser la recompensa del trabajo eterno, pero puesto que no podríamos disfrutar jamás de la felicidad eterna su nuestro trabajo aquí tuviese que ser eterno, nuestro Señor queda satisfecho si durante la vida que pasa como una sombra nos esforzamos por servirlo por el ejercicio de las buenas obras; por otro lado, los que pasan su corta vida ociosamente o, lo que es peor, pecando y provocando la ira de Dios, no son hijos sino niños que no tienen corazón, ni entendimiento, ni juicio. Pues si era necesario que Cristo padeciera y entrara así en su gloria[182], cómo podremos entrar en una gloria que no es nuestra perdiendo el tiempo detrás de los placeres y la gratificación de la carne? Si el significado del Evangelio fuese oscuro, y pudiese ser entendido solamente luego de arduo esfuerzo, tal vez habría alguna excusa; pero su significado ha sido puesto de modo tan sencillo con el ejemplo de la vida de Aquel que lo predicó primero, que ni el ciego puede equivocarse en percibirlo. Y la enseñanza de Cristo no ha sido ejemplificada sólo con su propia vida, sino que ha habido tantos comentarios a su doctrina al alcance de todos, como han habido apóstoles, mártires, confesores, vírgenes y santos, cuyas alabanzas y triunfos celebramos día a día. Y todos estos proclaman fuertemente que no a través de muchos placeres, sino “a través de muchas tribulaciones” nos es necesario “entrar en el Reino de Dios”[183].

CAPÍTULO III

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Otro fruto, y muy provechoso, puede ser obtenido por la consideración del silencio de Cristo durante esas tres horas que transcurrieron entre la hora sexta y la nona. Pues, oh alma mía, ¿qué fue lo que hizo tu Señor durante esas tres horas? El horror y la oscuridad universal habían cubierto el mundo, y tu Señor estaba reposando, no en una suave cama, sino en una Cruz, desnudo, sobrecargado de dolores, sin nadie que lo consuele. Tú, Señor, que eres el único que sabe lo que sufriste, enseña a tus siervos a entender cuánta gratitud te deben, para que participen contigo de tus lágrimas, y para que sufran por tu amor, si es tu parecer, la pérdida de todo tipo de consuelo en este su lugar de exilio.

“Oh hijo mío, durante el curso entero de mi vida mortal, que no fue otra cosa que continuo trabajo y dolor, no experimenté jamás tanta angustia como durante esas tres horas, ni sufrí jamás con mayor buena voluntad que entonces. Pues entonces, por la debilidad de mi Cuerpo, mis Heridas se abrían cada vez más, y la amargura de mis dolores se acrecentaba. También entonces, el frío, que aumentaba por la ausencia del sol, hizo aún mayores los sufrimientos de mi desnudo Cuerpo desde la cabeza hasta los pies. También entonces, la oscuridad misma que impedía la vista del cielo, de la tierra y de todo lo demás, como que forzó mis pensamientos a detenerse tan sólo en los tormentos de mi Cuerpo, de modo que así estas tres horas parecieron ser tres años. Pero ya que mi Corazón estaba inflamado con un anhelante deseo de honrar a mi Padre, de mostrarle mi obediencia, y de procurar la salvación de vuestras almas, y los dolores de mi cuerpo se acrecentaban tanto más cuanto este deseo iba siendo saciado, así estas tres horas parecieron ser tan sólo tres pequeños momentos, así de grande fue mi amor al sufrir”.

“Oh querido Señor, habiendo sido ése el caso, somos muy ingratos si tratamos de pasar una hora pensando en tus dolores, cuando tú no vacilaste en pender de una Cruz por nuestra Salvación durante tres horas completas, en la aterradora oscuridad, el frío y la desnudez, sufriendo una incontenible sed y punzadas aún más amargas. Pero, Tú que amas a los hombres, te pido me respondas esto. ¿Pudo la vehemencia de tus sufrimientos apartar por un sólo momento tu Corazón de la oración durante esas tres largas y silentes horas? Pues cuando nosotros pasamos dificultad, especialmente si sufrimos un dolor corporal, encontramos una gran dificultad para orar”.

“No ocurrió eso conmigo, hijo mío, pues en un Cuerpo débil tenía Yo un Alma lista para la oración. Efectivamente, durante esas tres horas, cuando no salió una sola palabra de mis labios, oré y supliqué al Padre por ti con mi Corazón. Y oré no sólo con mi Corazón, sino también con mis Heridas y con mi Sangre. Pues había tantas bocas clamando por ti ante el Padre como Heridas había en mi Cuerpo, y mis Heridas eran muchas; y había tantas lenguas pidiendo y rogando por ti ante el mismo Padre, que es tu Padre y mi Padre, como había gotas de Sangre cayendo al suelo”.

“Ahora finalmente, Señor, has abatido del todo la impaciencia de tu siervo, quien si eventualmente busca rezar lleno de trabajos, o cargado con aflicciones, apenas puede levantar su mente a Dios para rezar por sí mismo; o si por tu gracia consigue levantar su mente, no puede mantener fija su atención, sino que sus pensamientos se vuelven errantes hacia su trabajo o su dolor. Por tanto, Señor, ten piedad de este siervo tuyo por tu gran misericordia, para que imitando el gran ejemplo de tu paciencia pueda caminar por tus huellas y aprender a desdeñar sus leves aflicciones, al menos durante su oración”.

CAPÍTULO IV

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Cuando nuestro Señor exclamó en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Él no ignoraba la razón por la cual Dios lo había abandonado. ¿Qué podía ignorar quien conocía todas las cosas? Y así San Pedro, cuando nuestro Señor le preguntó “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”, respondió, “Señor, tu sabes todas las cosas: tu sabes que te amo”[184]. Y el Apóstol San Pablo, hablando de Cristo, dice, “En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento”[185]. Cristo por lo tanto preguntó, no para aprender algo, sino para alentarnos a preguntar, de manera que buscando y encontrando podamos aprender muchas cosas que nos serán útiles e incluso quizás necesarias. ¿Por qué, entonces, Dios abandonó a su Hijo en medio de sus pruebas y de su amarga angustia? Cinco razones se me presentan, y éstas las mencionaré para que aquellos que son más sabios que yo puedan tener la oportunidad de investigar otras mejores y más útiles.

La primera razón que se me presenta es la grandeza y la multitud de los pecados que la humanidad ha cometido contra su Dios, y que el Hijo de Dios asumió para expiarlos en su propia Carne: “El mismo”, escribe Pedro, “que llevó nuestros pecados en su Cuerpo sobre el árbol; a fin de que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos para la justicia; por cuyas heridas vosotros fuisteis curados”[186]. En efecto, la grandeza de las ofensas que Cristo asumió para expiar es en cierto sentido infinita, por razón de la Persona de infinita majestad y excelencia que ha sido ofendida; pero, por otro lado, la Persona de Aquel que expía, Persona que es el Hijo de Dios, es también de infinita majestad y excelencia, y por consiguiente cada sufrimiento voluntariamente tomado por el Hijo de Dios, incluso si hubiese derramado tan sólo una gota de su Sangre, habría sido una expiación suficiente. Con todo quiso Dios que su Hijo tuviera que sufrir innumerables tormentos y los más duros dolores, porque nosotros habíamos cometido no una sino numerosas ofensas, y el Cordero de Dios, que quitó los pecados del mundo, tomó sobre sí no sólo el pecado de Adán, sino todos los pecados de toda la humanidad. Esto se ve en ese abandono del que el Hijo se queja al Padre: “¿Por qué me has abandonado?”. La segunda razón es la grandeza y la multitud de las penas del infierno, y el Hijo de Dios muestra cuán grandes son al querer apagarlos con los torrentes de su Sangre. El profeta Isaías nos enseña qué tan terribles son, que son completamente intolerables, cuando pregunta: “¿Quién de ustedes puede habitar con el fuego devorador? ¿Quién de ustedes podrá habitar con llamas eternas?”[187]. Demos, entonces, gracias con todo nuestro corazón a Dios, quien consintió abandonar por un momento a su Único Hijo a los más grandes tormentos, para liberarnos de las llamas que serían eternas. Démosle gracias, también, desde el fondo de nuestro corazón al Cordero de Dios, que prefirió ser abandonado por Dios bajo su espada castigadora que abandonarnos a nosotros a los dientes de aquella bestia que siempre roerá y nunca estará satisfecha de roernos.

La tercera razón es el alto valor de la gracia de Dios, que es esa perla tan preciosa que obtuvo Cristo, el mercader sabio, vendiendo todo lo que tenía, y nos la devolvió a nosotros. La gracia de Dios, que nos fue dada en Adán, y que perdimos a través del pecado de Adán, es una piedra tan preciosa que mientras adorna nuestras almas y las hace agradables a Dios, es también una prenda de la felicidad eterna. Nadie podía devolvernos esa piedra preciosa, que era la joya de nuestras riquezas y de la cual la astucia de la serpiente nos había privado, sino el Hijo de Dios, quien venció por su sabiduría la maldad del demonio, y quien nos la devolvió al gran costo de sí mismo, ya que soportó tantas penas y dolores. Prevaleció la obediencia del Hijo, que tomó sobre sí el más penoso peregrinaje para recuperarnos esa joya preciosa. La cuarta causa fue la inmensa grandeza del reino de los cielos, que el Hijo de Dios nos abrió con su inmensa fatiga y sufrimiento, a quien la Iglesia canta agradecida, “Cuando venciste el aguijón de la muerte, abriste el reino de los cielos a los creyentes”. Pero para conquistar el aguijón de la muerte fue necesario sostener un duro combate con la muerte, y para que el Hijo de Dios pudiera triunfar lo más gloriosamente posible en este combate, fue abandonado por su Padre. La quinta causa fue el inmenso amor que el Hijo de Dios tenía por su Padre. Pues en la redención del mundo y en la extirpación del pecado, Él se propuso hacer una satisfacción abundante y superabundante en honor de su Padre. Y esto no podría haber sido hecho si el Padre no hubiese abandonado al Hijo, esto es, si no le hubiese permitido sufrir todos los tormentos que pudieran ser ideados por la malicia del demonio, o pudieran ser soportados por un hombre. Si, por lo tanto, alguien pregunta por qué Dios abandonó a su Hijo en la Cruz cuando estaba sufriendo tan extremados tormentos, nosotros podemos responder que Él fue abandonado para enseñarnos la inmensidad del pecado, la inmensidad del infierno, la inmensidad de la gracia Divina, la inmensidad de la vida eterna, y la inmensidad del amor que el Hijo de Dios tuvo por su Padre. De estas razones surge otra pregunta: ¿Por qué, entonces, ha mezclado Dios el cáliz del sufrimiento de los mártires con una consolación espiritual tal que prefieren beber su cáliz endulzado con estas consolaciones a estar sin sufrimiento ni consolación, y permitió a su querido y amado Hijo beber hasta el final el cáliz amargo de su sufrimiento sin ninguna consolación? La respuesta es que en el caso de los mártires no se verifica ninguna de las razones que hemos dado arriba con respecto a nuestro Señor.

CAPÍTULO V

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Otro fruto debe ser recogido, no tanto de la cuarta palabra en sí misma como de las circunstancias del tiempo en el cual fue pronunciada: esto es, de la consideración de la terrible oscuridad que precedió inmediatamente a la enunciación de esta palabra. La consideración de esta oscuridad sería lo más apropiado, no sólo para ilustrar a la nación hebrea, sino para fortalecer a los cristianos mismos en la fe, si consideran seriamente la fuerza de las verdades que nos proponemos encontrar en ella.

La primera verdad es que mientras Cristo estaba en la Cruz el sol estaba oscurecido de tal manera que las estrellas eran tan visibles como lo son de noche. Este hecho es garantizado por cinco testigos, dignos de toda credibilidad, quienes eran de distintas naciones y escribieron sus libros en tiempos distintos y en lugares distintos, de tal manera que sus escritos no pudieron ser el resultado de comparación o conspiración alguna. El primero es San Mateo, un judío, quien escribió en Judea, y fue uno de aquellos que vio el sol oscurecerse. Ahora bien, ciertamente un hombre de este cuidado y prudencia no hubiera escrito lo que escribió, y en la ciudad de Jerusalén como es probable, a menos que el hecho que describió hubiese sido verdadero. De otra manera hubiese sido ridiculizado y objeto de burla para los habitantes de la ciudad y del país por haber escrito algo que todos sabían era falso. Otro testigo es San Marcos, quien escribió en Roma; también él vio el eclipse, pues se encontraba en Judea en ese tiempo con los demás discípulos de nuestro Señor. El tercero es San Lucas, quien era griego y escribió en griego: también él vio el eclipse en Antioquía. Como Dionisio Areopagita lo vio en Heliópolis, en Egipto, San Lucas pudo verlo más fácilmente en Antioquía, que está más cerca de Jerusalén que Heliópolis. Los testigos cuarto y quinto son Dionisio y Apolófanes, ambos griegos y en ese tiempo gentiles, quienes claramente afirman que vieron el eclipse y se llenaron de asombro ante él. Estos son los cinco testigos que dan testimonio del hecho porque lo vieron. A su autoridad debemos añadir la de los Anales de los Romanos y la de Flegon, el cronista del emperador Adriano, como hemos mostrado arriba en el primer capítulo. Por consiguiente esta primera verdad no puede ser negada por Judíos o Paganos sin gran temeridad. En medio de los cristianos es considerada parte de la fe católica.

La segunda verdad es que este eclipse sólo pudo ser ocasionado por el grandísimo poder de Dios: que por lo tanto no pudo ser el trabajo del demonio, o de los hombres a través de la mediación del demonio, sino que procedió de la especial Providencia y voluntad de Dios, el Creador y Soberano del mundo. La prueba es ésta. El sol sólo pudo ser eclipsado por uno de estos tres métodos: ya sea por la interposición de la luna entre el sol y la tierra; o por alguna nube grande y densa; o a través de la absorción o extinción de los rayos del sol. La interposición de la luna no pudo haber ocurrido por las leyes de la naturaleza, ya que era la Pascua de los judíos y la luna estaba llena. El eclipse entonces debió haber ocurrido o sin la interposición de la luna, o la luna, por algún milagro grande y extraordinario, debió haber pasado en unas pocas horas sobre un espacio que naturalmente le tomaría catorce días completar, y luego por la repetición del milagro habría retornado a su lugar natural. Ahora bien, es admitido por todos que sólo Dios puede influenciar los movimientos de las esferas celestes, porque el demonio tiene sólo poder en este globo, y así el Apóstol llama a Satanás “el príncipe de los poderes de este aire”[188].

El eclipse del sol no pudo haber ocurrido por el segundo método, pues una densa y gruesa nube no podría esconder los rayos del sol sin al mismo tiempo ocultar las estrellas. Y tenemos la autoridad de Flegon para decir que durante este eclipse las estrellas eran tan visibles en el cielo como lo son durante la noche. Y respecto al tercer método, debemos recordar que los rayos del sol no pudieron ser absorbidos o extinguidos sino sólo por el poder de Dios quien creó el sol. Por lo tanto esta segunda verdad es tan cierta como la primera, y no puede ser negada sin un grado igual de temeridad.

La tercera verdad es que la Pasión de Cristo fue la causa del eclipse que fue realizado por la especial Providencia de Dios, y es probada por el hecho de que la oscuridad ensombreció la tierra justo el tiempo que nuestro Señor permaneció vivo en la Cruz, esto es, desde la hora sexta hasta la nona. Atestiguan esto todos los que hablan del eclipse; y no podría haber ocurrido que un eclipse en sí mismo milagroso coincidiese por casualidad con la Pasión de Cristo. Pues los milagros no son producto de la casualidad, sino del poder de Dios. Y no conozco de ningún autor que haya asignado otra causa a este eclipse tan maravilloso. Así pues, quienes conocen a Cristo reconocen que fue realizado en atención a Él, y quienes no lo conocen confiesan su ignorancia de su causa, pero permanecen en admiración ante el hecho.

La cuarta verdad es que una oscuridad tan terrible sólo podría haber mostrado que la sentencia de Caifás y Pilato era injustísima, y que Jesús era el Hijo único y verdadero de Dios, el Mesías prometido a los judíos. Esta fue la razón por la que los judíos pedían su muerte. Pues cuando en el consejo de los Sacerdotes, los Escribas y los Fariseos el Sumo Sacerdote vio que la evidencia presentada contra Él no probaba nada, se levantó y dijo: “Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”.

Y cuando nuestro Señor reconoció y confesó que sí lo era, aquél “rasgó sus vestidos y dijo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?” Respondieron ellos diciendo: “Es reo de muerte””[189]. Nuevamente cuando estaba ante Pilato, quien deseaba liberarlo, los Sumos Sacerdotes y el pueblo gritaban: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios”[190]. Este fue el principal motivo por el que Cristo nuestro Señor fue condenado a la muerte de la Cruz, y esto había sido profetizado por el profeta Daniel cuando dijo: “el Cristo será suprimido, y el pueblo que lo niegue no será suyo”[191]. Por esta causa, entonces, Dios permitió que durante la Pasión de Cristo una horrible oscuridad se esparza sobre el mundo entero, para mostrar con total claridad que el Sumo Sacerdote estuvo equivocado, que el pueblo judío estuvo equivocado, que Herodes estuvo equivocado, y que el que estuvo colgado de la Cruz era su único Hijo, el Mesías. Y cuando el centurión vio estas manifestaciones celestiales exclamó: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”[192]; y nuevamente, “Ciertamente este Hombre era justo”[193]. Pues el centurión reconoció en tales signos celestiales la voz de Dios anulando la sentencia de Caifás y de Pilato, y declarando que este Hombre era condenado a muerte en contra de la ley, pues era el Autor de la vida, el Hijo de Dios, el Cristo prometido. Pues qué otra cosa podría haber significado Dios con esta oscuridad, con la secreta separación de las rocas y el rasgarse el velo del Templo, sino que se estaba apartando de un pueblo que una vez fue el suyo, y estaba airado con gran ira pues no habían conocido el tiempo de su visita.

Ciertamente si los judíos considerasen estas cosas, y al mismo tiempo volviesen su atención al hecho de que desde ese día fueron dispersados por todas las naciones, no tuvieron ya ni reyes ni pontífices, ni altares, ni sacrificios, ni profetas, deberían concluir que han sido abandonados por Dios y, lo que es peor, que se han sido entregados a un sentido corrupto, y que se cumple en ellos ahora lo que Isaías profetizó cuando presentó al Señor diciendo: “Escuchad bien, pero no entendáis, ved bien, pero no comprendáis. Enceguece el corazón de ese pueblo y hazlo duro de oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y lo cure”[194].

CAPÍTULO VI

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

En las tres primeras palabras Cristo nuestro Maestro nos ha recomendado tres grandes virtudes: caridad para con nuestros enemigos, amabilidad para los que sufren, y afecto por nuestros padres. En las cuatro últimas palabras nos recomienda cuatro virtudes, ciertamente no más excelentes, pero aún así no menos necesarias para nosotros: humildad, paciencia, perseverancia y obediencia. En efecto, de la humildad, que puede ser llamada la virtud característica de Cristo, pues no se ha hecho mención de ella en los escritos de los sabios de este mundo, nos dio Él ejemplo por medio de sus acciones durante el transcurso completo de su vida y con selectas palabras se mostró como el Maestro de la virtud cuando dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón”[195]. Pero en ningún momento nos alentó más claramente a la práctica de esta virtud, y junto con ella a la de la paciencia, que no puede ser separada de la humildad, que cuando exclamó “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pues Cristo nos muestra con estas palabras que con el consentimiento de Dios, tal como lo atestiguaron las tinieblas, se había oscurecido toda su gloria y su excelencia, y nuestro Señor no podría haber soportado esto si no hubiese poseído la virtud de la humildad en el grado más heroico.

La gloria de Cristo, de la que nos escribe San Juan al inicio de su Evangelio –“Vimos su gloria, gloria como de Hijo Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”[196]–, consistía en su Poder, su Rectitud, su Justicia, su real Majestad, la felicidad de su Alma, y la dignidad divina de la que gozaba como el verdadero y real Hijo de Dios. Las palabras “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, muestran que su Pasión echó un velo sobre todos estos dones. Su Pasión echó un velo sobre su poder, pues cuando estuvo clavado en la Cruz aparecía tan impotente que los Sumos Sacerdotes, los soldados y el ladrón se burlaban de su debilidad diciendo: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la Cruz; Él que salvó a otros, a sí mismo no puede salvarse”[197]. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad le fue necesaria a Él que era Todopoderoso, para no responder ni una palabra a semejantes mofas! Su Pasión echó un velo sobre su Sabiduría, pues ante el Sumo Sacerdote, ante Herodes, ante Pilato, estuvo como privado de entendimiento y respondió sus preguntas con el silencio, de modo tal que “Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido”[198]. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad, le fue necesaria a quien era no sólo más sabio que Salomón, sino que era la Sabiduría misma de Dios, para tolerar tales ultrajes! Su Pasión echó un velo sobre la rectitud de su vida, pues fue clavado a una Cruz entre dos ladrones, como un embustero del pueblo, y un usurpador de un reino ajeno. Y Cristo confesó que el haber sido abandonado por su Padre parecía proyectar un mayor resplandor a la gloria de su vida inocente. “¿Por qué me has abandonado?”. Pues Dios no suele abandonar a los hombres rectos sino a los perversos. En efecto, todo hombre orgulloso tiene particular cuidado para evitar decir algo que pueda llevar a sus oyentes a deducir que ha sido menospreciado. Pero los hombres humildes y pacientes, cuyo Rey es Cristo, aprovechan diligentemente toda ocasión de practicar su humildad y su paciencia, con tal que al hacerlo no violen la verdad. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad le fue necesaria para soportar semejantes insultos, especialmente a Aquel de quien San Pablo dice: “Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos”![199]. Esta Pasión proyecta tal velo sobre su real Majestad que tenía una corona de espinas por diadema, una caña como cetro, un patíbulo como cámara de audiencia, dos ladrones como sus reales huéspedes. ¡Cuánta paciencia entonces, cuánta humildad le fue necesaria a quien era el verdadero Rey de reyes, Señor de señores, y Príncipe de los reyes de este mundo! ¿Qué diré de la alegría de corazón de la que Cristo gozó desde el momento mismo de su concepción, y de la que, si hubiese querido, podría haber hecho participar a su Cuerpo? ¿Qué velo echó su Pasión sobre la gloria de su felicidad, pues lo hizo, como dice Isaías, “Despreciable, y desecho de hombres, Varón de dolores, y colmado de injurias”[200], de modo que en la grandeza de su sufrimiento gritó: “Dios mío, Dios míos, ¿por qué me has abandonado?”? En fin, su Pasión oscureció tanto la poderosa dignidad de su Persona Divina que Aquel que se sienta no sólo por encima de todos los hombres, sino por encima de los mismos Ángeles, pudo decir “Pero soy un gusano y no hombre, la vergüenza de los hombres, y el asco del pueblo”[201].

Cristo, entonces, descendió en su Pasión al abismo mismo de la humildad, pero esta humildad tuvo su recompensa y su gloria. Lo que nuestro Señor había prometido tan a menudo de que “el que se humilla será ensalzado”, nos dice el Apóstol que fue ejemplificado en su propia Persona. “Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”[202]. Así, quien parecía ser el menor de los hombres es declarado ser el primero, y una pequeña y como pasajera humillación ha sido seguida por una gloria que será eterna. Así ha ocurrido con los Apóstoles y los Santos. San Pablo dice de los Apóstoles: “Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos”[203], esto es, los compara a las cosas más viles que son holladas bajo los pies. Así fue su humildad. ¿Cuál es su gloria? San Juan Crisóstomo nos dice que los apóstoles están sentados ahora en el cielo, cerca al trono mismo de Dios, donde los querubines lo alaban y los serafines lo obedecen. Ellos están asociados con los grandes príncipes de la corte celestial. Y estarán allí por siempre. Si los hombres considerasen cuán glorioso es imitar en esta vida la humildad del Hijo de Dios, y viesen a cuánta gloria los conduciría esta humildad, encontraríamos muy pocos hombres orgullosos. Pero puesto que la mayoría de los hombres miden todo con sus sentidos y con consideraciones humanas, no debemos sorprendernos si el número de los humildes es pequeño, y el de los orgullosos infinito.

CAPÍTULO VII

Explicación literal de la quinta Palabra:

“Tengo sed”

La quinta palabra que encontramos en San Juan es “tengo sed”. Pero para entenderla tenemos que añadir las palabras precedentes y subsiguientes del mismo evangelista. “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca”[204]. El significado de estas palabras es que nuestro Señor deseaba realizar todo lo que sus profetas, inspirados por el Espíritu Santo, habían predicho sobre su vida y muerte. Ya todo se había realizado, excepto el haber mezclado hiel con lo que iba a beber, de acuerdo a lo que está en el salmo sesenta y nueve: “Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre”[205] . Por eso, para que la Escritura se realice, es que gritó con fuerte voz: “Tengo sed”. Pero ¿por qué para que fueran cumplidas la Escrituras? ¿Por qué no más bien porque realmente estaba sediento y quería calmar su sed? Un profeta no profetiza con el propósito de que se cumpla aquello que predice, sino profetiza porque ve que aquello que profetiza se va a cumplir, y por eso lo predice. Consecuentemente el hecho de prever o de predecir algo no es el motivo para que esto ocurra, más bien, el evento que va ocurrir es la causa por la que puede ser prevista o predicha.

Aquí tenemos abierto, ante nuestra vista, un gran misterio. Nuestro Señor sufrió desde el comienzo de la crucifixión una sed de lo más dolorosa, y esta sed siguió creciendo, de tal forma que se convirtió en uno de los dolores más intensos que tuvo que soportar en la Cruz, pues el derramamiento de una gran cantidad de sangre seca a la persona, produciendo una violenta sed. Yo mismo una vez conocí un hombre que tenía varias heridas y consecuentemente había perdido mucha sangre, y que solo pedía algo para beber, como si no le importaran sus heridas, sino solo su terrible sed. Lo mismo es relatado de San Emeramo, mártir, quien estaba atado a una estaca, cruelmente torturado, y de lo único que se quejaba era de la sed. Pero Cristo había sido arrastrado de un lado al otro por la ciudad, y desde la flagelación en la columna, había sangrado copiosamente esa sangre que durante la crucifixión fluía de su cuerpo, como de cuatro fuentes, y este desangramiento continuó por varias horas. ¿No habrá experimentado una sed violentísima? Sin embargo, soportó esta agonía por tres horas en silencio, y lo pudo haber soportado hasta la muerte, que estaba tan próxima. ¿Entonces, por qué se mantuvo silente sobre este asunto durante tanto tiempo, y al momento de la muerte, pronunció su sufrimiento clamando, “¡Tengo sed!”? Porque era la voluntad de Dios que todos nosotros sepamos que su Hijo único había sufrido esta agonía. Y así nuestro Padre celestial quiso que sea predicho por sus profetas, y también quiso que nuestro Señor Jesucristo, para dar un ejemplo de paciencia a sus fieles seguidores, reconociera que sufrió esa intensa agonía al exclamar “Tengo sed”. Esto es, todos los poros de mi cuerpo están cerrados, mis venas están resecas, mi paladar está reseco, mi garganta esta reseca, todos mis miembros están resecos. Si alguien desea aliviarme, deme algo de beber.

Consideremos ahora, qué bebida le fue ofrecida por los que estaban cerca a la Cruz. “Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron una esponja a una rama de hisopo empapada en vinagre y se la acercaron a la boca”. ¡Oh, qué consolación! ¡Qué alivio! Había allí una vasija llena de vinagre, una bebida que tiende a hacer que las heridas duelan y que apura la muerte. Por este motivo estaba ahí, para hacer que los que estaban crucificados mueran más rápidamente. Al tratar ese punto San Cirilo dice con razón, “En vez de algo refrescante y aliviador, le ofrecieron algo que era doloroso y amargo”. Y si consideramos lo que San Lucas escribe en el Evangelio, todo esto se vuelve todavía más probable: “También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre”[206]. A pesar de que San Lucas dice esto de nuestro Señor justo después de que fue clavado a la Cruz, no obstante podemos creer piadosamente que cuando el soldado lo escuchó exclamar, “Tengo sed”, le ofrecieron el vinagre por medio de la misma esponja y rama que burlándolo ya le habían ofrecido. Concluimos que al principio un poco antes de su crucifixión le presentaron vino mezclado con hiel, y al poco tiempo de la muerte le dieron vinagre, una bebida de lo más desagradable para un hombre en agonía, para que la pasión de Cristo sea de comienzo a fin una autentica y real pasión que no admitía consolación.

CAPÍTULO VIII

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

El Antiguo Testamento es comúnmente interpretado por el Nuevo Testamento, pero en relación a este misterio de la sed del Señor, las palabras del Salmo sesenta y nueve pueden ser consideradas como un comentario al Evangelio. Pues, de las palabras del Evangelio no podemos decidir con certeza si los que le ofrecieron vinagre al Señor sediento lo hicieron para aliviarlo, o para agravarle su agonía. Esto es, no sabemos si lo hicieron por un motivo de amor o de odio. Con San Cirilo, estamos inclinados a creer en el segundo motivo, pues las palabras del salmista son muy claras para requerir una explicación. Y de estas palabras podemos sacar una lección: aprender a tener sed con Cristo de aquellas cosas de las que podamos estar sedientos con provecho. Esto es lo que dice el salmista: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno. Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre”[207]. Y así, los que un poco antes de la crucifixión le dieron al Señor vino mezclado con hiel, de la misma manera que los que le ofrecieron a nuestro Señor crucificado vinagre, representan a los que reclama cuando dice: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno”.

Pero tal vez alguien podría preguntar: ¿No se afligieron con Él auténticamente y de corazón, su Santísima Virgen Madre, y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena, y el apóstol San Juan, que estaban al pie de la Cruz? ¿No se afligieron realmente con Él, lamentando su suerte, aquellas santas mujeres que siguieron al Señor hasta el monte Calvario? ¿No estaban los apóstoles en un estado de tristeza durante todo el tiempo de su pasión, como predicó Cristo: “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará”?[208] Todos estos se afligieron y realmente se afligieron, pero no se afligieron junto con Cristo, pues el motivo y causa de su tristeza era bien distinta del motivo y causa de la tristeza de Cristo. Nuestro Señor dijo: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno”. Ellos se lamentaban por el sufrimiento corporal y muerte de Cristo. Pero Él no se lamentó de esto más que por un momento en el jardín, para probar que realmente era un hombre. ¿No había dicho: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”[209]; y nuevamente: “Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre”?[210] Entonces, ¿cuál fue la causa de la tristeza de nuestro Señor en la que no encontró nadie que lo acompañará en su pesar? Era la perdida de las almas por las que estaba sufriendo. Y ¿cuál era la fuente de consuelo que no pudo encontrar en nadie, sino la cooperación con él en la salvación de aquellos que tan ardientemente esperaba? Esto era el único alivio que anhelaba, esto deseaba, estaba hambriento, sediento de esto, pero le dieron hiel por comida y le dieron vinagre por bebida. El pecado está representado por la amargura de la hiel, que nada puede ser más amargo para el gusto. La obstinación del pecado está representada por la acidez y el agresivo hedor del vinagre. Entonces, Cristo tenía una auténtica causa para su tristeza cuando vio por ladrón convertido, no sólo otro que permaneció en su obstinación, sino aparte innumerables otros; cuando vio que todos sus apóstoles se escandalizaron de su Pasión, que Pedro lo había negado, que Judas lo había traicionado.

Si alguien desea confortar y consolar a Cristo hambriento y sediento en la Cruz, lleno de pena y pesar, que primero se manifieste verdaderamente penitente, déjenlo detestar sus propios pecados, y entonces junto con Cristo, déjenlo tener un hondo pesar en sus corazón, porque tan gran número de almas mueren diariamente, a pesar de que todas podrían ser fácilmente salvadas si sólo utilizaran la gracia que Él ha comprado para ellos al redimirlos. San Pablo era uno de esos que se afligía con el Señor, cuando en la Carta a los Romanos dice: “Digo la verdad en Cristo, no miento, –mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo–, siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, los israelitas, de los cuales es la adopción filial”[211]. Con esta máxima, no pudo el apóstol mostrar con mayor intensidad su ardiente deseo de la salvación las almas: “Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo”. Quiere decir, según lo que dice San Juan Crisóstomo, en su obra sobre la compunción del corazón, que se sentía tan excesivamente afligido por la maledicencia de los judíos, que quería, si fuese posible, ser separado de Cristo, por el bien de su gloria[212]. No deseaba ser separado del amor de Cristo, pues sería contradictorio con lo que dice en otra parte de la misma epístola: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”[213], sino de la gloria de Cristo, prefiriendo ser privado de la participación en la gloria de su Salvador a que su Señor sea privado del fruto adicional de su Pasión, que vendría de la conversión de tantos miles de judíos. Él verdaderamente se afligió junto con el Señor y consoló el pesar de su divino Maestro. Pero ¿cuán escasos son los imitadores de este gran apóstol hoy en día? Primeramente, muchos pastores de almas están más afligidos si se reducen o pierden las rentas de la Iglesia que si un gran número de almas se pierde por su ausencia o negligencia. San Bernardo dice, refiriéndose a algunos: “soportamos el detrimento que Cristo sufre con más ecuanimidad que lo que deberíamos soportar nuestra propia pérdida. Balanceamos nuestros gastos diarios con la entrada diaria de nuestras ganancias, y no sabemos nada de la perdida que ocurre en el rebaño de Cristo”[214]. No es suficiente que un obispo viva santamente, y se empeñe en su conducta privada a imitar las virtudes de Cristo, a no ser que se empeñe para que los que estén en sus manos, o mejor dicho sus hijos, sean santos, y trate de guiarlos, haciendo que sigan los pasos de Cristo hacia el gozo eterno. Entonces, que los que desean sufrir con Cristo, giman con Cristo, y para compadecerse de Él, cuiden su rebaño, nunca desamparen sus ovejas, más bien diríjanlas por la palabra y guíenlas con su ejemplo.

Cristo también puede reclamar razonablemente de los laicos, por no afligirse con él ni aliviarlo. Y si cuando estaba colgado de la Cruz, expresó su pesar por la perfidia y la obstinación de los judíos, por quienes su esfuerzo se perdió, por quienes su tormento fue ridiculizado, y por quienes la preciosa medicina de su sangre fue desperdiciada insanamente. ¡Cómo será esa expresión observando, no desde la Cruz, sino desde el cielo, a aquellos que creen en Él, y no lucran nada de su pasión, pisan su preciosa sangre y le ofrecen hiel y vinagre al aumentar diariamente sus pecados, sin pensar en el juicio final o temer el fuego del infierno! “Se produce alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”[215]. Pero ¿no es acaso esta alegría transformada en tristeza, leche en hiel, y vino en vinagre, que los que por la fe y el bautismo han nacido en Cristo, y que por el sacramento de la reconciliación han resucitado de la muerte a la vida, si en poco tiempo vuelven a matar su alma al recaer en pecado mortal? “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo”[216]. Pero ¿acaso no es doblemente afligida la madre si el hijo muere inmediatamente después del nacimiento o nace ya muerto? Tantos trabajan por su salvación confesando sus pecados, tal vez incluso ayunando y dando limosna, pero su afán es en vano y nunca obtienen el perdón de sus pecados, pues tienen una falsa conciencia o son responsables de una ignorancia culpable. Estos trabajos, y el trabajo inútil ¿no es a caso una aflicción doble para ellos mismos y para sus confesores? Tales personas son como enfermos que aceleran su muerte usando una medicina amarga que esperan que los cure. O como un jardinero que soporta gran sufrimiento por sus viñedos y tierras y que pierde todos los frutos de su cuidado por una tormenta repentina. Estos son los males que debemos deplorar, y cualquiera que gima y que es afligido con Cristo en la Cruz, y cualquiera que se empeñe con toda su fuerza en aminorarlos, alivia las penas y el pesar de nuestro Señor crucificado, y participará con Él en el gozo del cielo, y reinará para siempre con Él en el reino de su Padre celestial.

 

 

CAPÍTULO IX

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Cuando medito atentamente sobre la sed que soportó Cristo en la Cruz, se me ocurre otra consideración muy útil. Me parece que nuestro Señor ha dicho, “Tengo sed”, en el mismo sentido en que se dirigió a la Samaritana, “Dame de beber”. Pues al desvelar el misterio que contienen estas palabras, también dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”[217]. Pero, ¿cómo podía tener sed Aquel que es la fuente del agua viva? ¿No se refiere a sí mismo cuando dice: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba?”[218]. Y, ¿no es Él la roca a la cual el apóstol se refiere cuando dice: “y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo”[219]. En fin, ¿no es Él que se dirige a los Judíos por la boca del profeta Jeremías: “a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen?”[220]. Entonces, me parece que nuestro Señor desde la Cruz, como desde un trono elevado, mira a todo el mundo que está lleno de hombres que están sedientos y exhaustos, y por lo reseco que está, tiene piedad de la sequía que soporta la humanidad, y grita, “Tengo sed”. Esto es, estoy sediento por la sequedad y aridez de mi Cuerpo, pero esta sed pronto se terminará. Sin embargo, la sed que sufro por el deseo de que los hombres empiecen a conocer por la fe que soy el auténtico manantial de agua viva y que se acerquen y beban es incomparablemente mayor.

¡Oh, qué felices seríamos si escuchásemos con atención las palabras que nos está dirigiendo la Palabra encarnada! ¿No tiene sed casi todo hombre, con la ardiente e insaciable sed de la concupiscencia, que por las aguas turbias y pasajeras de las cosas temporales y corruptibles, que son considerados bienes, tales como el dinero, el honor, y los placeres? Y, ¿quién ha escuchado las palabras de su maestro, Cristo, y ha probado el agua viva de la sabiduría divina, que no se haya sentido abominado por las cosas mundanas, y empezado a aspirar las celestiales? ¿Quién ha puesto a un lado el deseo de adquirir y acumular las cosas de este mundo y ha empezado a aspirar y desear por las celestiales? Esta agua viva no brota del mundo, más bien baja del cielo. Nuestro Señor, que es el manantial de agua viva, nos lo va dar si es que le pedimos con oraciones fervientes y copiosas lagrimas. No solo va eliminar toda ansiedad por las cosas mundanas, sino que también va a ser nuestra fuente infalible de comida y bebida en nuestro exilio. De este modo habla Isaías: “todos los sedientos, id por agua,” y para que no pensemos que esta agua es preciosa y querida, añade: “venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche”[221]. Dice que es un agua que tiene que ser comprada, pues no puede ser adquirida sin esfuerzo, y sin tener la adecuada disposición para recibirla, pero no es comprada con plata o por intercambio, pues es entregada gratuitamente, pues es invalorable. Lo que el profeta en una línea llama agua, en la próxima llama vino y leche, pues es tan eficaz que contiene las cualidades del agua, vino y leche.

La verdadera sabiduría y caridad se entienden como agua, pues refresca el corazón de la concupiscencia, se entienden como vino pues calienta y embriaga la mente con un ardor sobrio, se entienden como leche pues nutre al joven en Cristo con un alimento fortalecedor, como lo dice Pedro: “Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura”[222]. Esta misma sabiduría y caridad –lo opuesto a la concupiscencia de la carne– es el yugo que es dulce, y la carga ligera, que aquellos que lo toman dócil y humildemente lo descubren como un descanso real y auténtico para sus almas. De tal forma que ya no tienen sed, ni se afanan por retirar agua de fuentes mundanas. Este deleitable descanso para el alma ha llenado desiertos, habitados monasterios, reformado al clero, contenido matrimonios. El palacio de Teodosio el Joven no era diferente de un monasterio. La corte de Elzeario tenía poca diferencia con la casa de religiosos pobres. En vez de las peleas y discusiones, se escuchaban salmos y música sacra. Todas estas bendiciones se deben a Cristo, que al precio de su propio sufrimiento, sació nuestra sed y así regó los áridos corazones de hombres que no van a tener sed nuevamente, a no ser que ante la instigación del enemigo voluntariamente se retiren del manantial eterno.

CAPÍTULO X

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

La imitación de la paciencia de Cristo es el tercer fruto en ser recogido de la consideración de la quinta palabra. En la cuarta palabra la humildad de Cristo, junto con su paciencia, era notable. En la quinta palabra, resplandece sola su paciencia. Ahora bien, la paciencia es no sólo una de la más grandes virtudes, sino es positivamente la más necesaria para nosotros. San Cipriano dice: “Entre todos los caminos de ejercicio celestial, no conozco uno más provechoso para esta vida o ventajoso para la próxima: que aquellos que se esfuerzan con temor y devoción por obedecer los mandamientos de Dios deban, sobre todas las cosas, practicar la virtud de la paciencia”. Pero antes de que hablemos de la necesidad de la paciencia, debemos distinguir la virtud de su falsificación. La verdadera paciencia nos permite soportar el infortunio de sufrir sin caer en la desgracia de pecar. Tal fue la paciencia de los mártires, que prefirieron soportar las torturas del verdugo que negar la fe de Cristo, que prefirieron sufrir la pérdida de sus bienes mundanos antes que adorar dioses falsos. La falsificación de esta virtud nos lleva a soportar cualquier penalidad para obedecer a la ley de la concupiscencia, arriesgar la pérdida de la felicidad eterna por causa del placer momentáneo. Tal es la paciencia de los esclavos del demonio, que soportan hambre y sed, frío y calor, la pérdida de su reputación, la pérdida incluso del cielo, para incrementar sus riquezas, disfrutar los placeres de la carne, o ganar un puesto de honor.

La verdadera paciencia tiene la propiedad de incrementar y preservar todas las otras virtudes. Santiago es nuestra autoridad para este elogio de la paciencia. Él dice: “Y la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas, para seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear”[223]. Debido a las dificultades que nos encontramos en la práctica de la virtud, ninguna puede florecer sin la paciencia, pero cuando las otras virtudes son acompañadas por ésta, todas las dificultades desaparecen, pues la paciencia hace derechos los caminos torcidos, y suaves los caminos ásperos. Y esto es tan verdadero que San Cipriano, hablando de la caridad, la reina de las virtudes, clama: “La caridad, el lazo de la amistad, el fundamento de la paz, el poder y la fuerza de la unión, es mayor que la fe o la esperanza. Es la virtud de la cual los mártires obtienen su constancia, y es la que practicaremos para siempre en el Reino de los Cielos. Pero sepárala de la paciencia, y se hundirá; aleja de ella el poder del sufrimiento y de la constancia, y se marchitará y morirá”[224]. El mismo santo manifiesta la necesidad de esta virtud también para preservar nuestra castidad, firmeza, y paz con el prójimo. “Si la virtud de la paciencia es fuerte y firmemente enraizada en sus corazones, tu cuerpo, que es santo y templo del Dios vivo, no será contaminado con adulterio, tu firmeza no será ensuciada por la mancha de la injusticia, ni luego de haberse alimentado con el Cuerpo de Cristo, estarán tus manos empapadas de sangre”. Quiere significar, por el contrario de estas palabras, que sin la paciencia ni el hombre casto podrá ser capaz de preservar su pureza, ni el hombre justo será equitativo, ni aquel que ha recibido la Sagrada Eucaristía será libre del peligro de la ira y el homicidio.

Lo que Santiago escribe de la virtud de la paciencia es enseñado en otras palabras por el Profeta David, por Nuestro Señor, y su Apóstol. En el salmo noveno, David dice: “La paciencia de los pobres no será vana para siempre”[225], porque tiene una obra perfecta, y en consecuencia su fruto nunca se pudrirá. Así como estamos acostumbrados a decir que las labores del granjero son provechosas cuando producen una buena cosecha, y son inútiles cuando no producen nada, así de la paciencia se dice que nunca perece porque sus efectos y recompensas permanecerán para siempre. En el texto que acabamos de citar, la palabra pobre es interpretada significando al hombre humilde que confiesa que es pobre, y que no puede hacer ni sufrir nada sin la ayuda de Dios. En su tratado sobre la paciencia[226], San Agustín manifiesta que no sólo los pobres, sino incluso los ricos, pueden poseer la verdadera paciencia, siempre y cuando confíen no en sí mismos sino en Dios, a quien, realmente necesitados de todos los dones divinos, puedan pedir y recibir este favor. Nuestro Señor parece implicar lo mismo cuando dice en el Evangelio “Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas”[227]. Pues en realidad sólo poseen sus almas –esto es su vida, como propias y de la cual nada los puede privar–, quienes soportan con paciencia toda aflicción, incluso la muerte misma, para no pecar en contra de Dios. Y aunque por la muerte parecen perder sus almas, no las pierden, sino que las preservan para siempre. Pues la muerte del justo no es muerte, sino un sueño, y puede ser incluso tenida como un sueño de corta duración. Pero el impaciente, que para preservar la vida del cuerpo no duda en pecar negando a Cristo, adorando ídolos, cediendo a sus deseos lujuriosos, o cometiendo algún otro crimen, parece ciertamente preservar su vida por un tiempo, pero en realidad pierde la vida tanto del cuerpo como del alma para siempre. Y en cuanto del realmente paciente, puede con verdad ser dicho: “No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza”[228]. Por lo que del impaciente con igual verdad podemos exclamar: No hay un sólo miembro de tu cuerpo que no arderá en el fuego del infierno.

Finalmente, el Apóstol confirma nuestra opinión: “Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido”[229]. En este texto San Pablo explícitamente afirma a la paciencia no sólo como útil, sino incluso como necesaria para realizar la voluntad de Dios, y realizándola sentir en nosotros el efecto de su promesa: “recibir la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman”[230], y guardar sus mandamientos pues “si alguno me ama, guardará mi Palabra”, y “el que o me ama no guarda mis palabras”[231]. Así vemos pues que toda la Escritura enseña a los fieles la necesidad de la virtud de la paciencia. Por esta razón, Cristo deseó en los últimos momentos de su vida declarar aquel interno, y durísimo, y largamente soportado sufrimiento –su sed– para alentarnos por tal ejemplo a preservar nuestra paciencia en todas las desgracias. Que la sed de Cristo fue una tortura de las más impetuosas lo hemos mostrado en el capítulo anterior. Que fue largamente soportado fácilmente lo podemos probar.

Para empezar, los flagelos junto a la columna. Cuando aquello tuvo lugar, Cristo estaba ya fatigado por su prolongada plegaria y agonía y sudor de sangre en el Huerto, por sus muchos viajes de un lado a otro durante la noche y la sucesiva mañana, del jardín de la casa de Anás, de la casa de Anás a la de Caifás, de la casa de Caifás a aquella de Pilato, de la casa de Pilato a la de Herodes, y de la casa de Herodes nuevamente a la de Pilato. Más aún, desde el momento de la última cena, Nuestro Señor no había probado ni comida ni bebida, o disfrutado de un momento de reposo, sino que había soportado muchos y gravosos insultos en la casa de Caifás, fue luego cruelmente azotado, lo que en sí mismo era suficiente para provocar una terrible sed, y cuando la flagelación hubo terminado, su sed, lejos de ser saciada, fue incrementada, pues luego siguió la coronación de espinas y las burlas y el escarnio. Y cuando había sido ya coronado, su sed, lejos de ser saciada, fue incrementada, pues luego siguió el llevar la Cruz, y cargado con el instrumento de su muerte, nuestro fatigado y exhausto Señor subió esforzadamente el monte del Calvario. Cuando llegó le ofrecieron vino mezclado con hiel, que probó pero no tomó. Y así acabó finalmente el camino, pero la sed que durante todo el camino había torturado a nuestro querido Señor fue sin duda incrementada. Luego siguió la crucifixión, y mientras la Sangre corría de sus cuatro Heridas como de cuatro fuentes, todos pueden concebir cuán enorme su sed ha de haber sido. Finalmente, por tres horas sucesivas, en medio de una gran oscuridad, debemos imaginar con que ardiente sed el sagrado Cuerpo fue consumido. Y aunque los que estaban ahí le ofrecieron vinagre, aún así, puesto que no era agua o vino, sino un trago fuerte y amargo, e incluso un trago muy corto, puesto que lo tuvo que tomar a gotas de una esponja, podemos decir sin dudar que nuestro Redentor, desde el comienzo de su Pasión hasta su muerte, soportó con la más heroica paciencia esta terrible agonía. Pocos de nosotros pueden saber por experiencia cuán grande es este sufrimiento, pues hallamos agua en cualquier lugar para calmar nuestra sed. Pero aquellos que viajan muchos días seguidos en el desierto algunas veces conocen lo que es la tortura de la sed.

Curcio relata que Alejandro Magno estuvo una vez marchando a través del desierto con su ejército, y que luego de sufrir todas las privaciones de la falta de agua, llegaron a un río, y los soldados empezaron a beber con tanta ansiedad, que muchos murieron en el acto, y añade que “el número de los que murieron en aquella ocasión fue mayor que el que había perdido en cualquier batalla”. Su ardiente sed era tan insoportable que los soldados no pudieron refrenarse tanto como para respirar mientras bebían, y en consecuencia Alejandro perdió buena parte de su ejército. Hay otros que han sufrido mucho de sed como para tener al lodo, al aceite, a la sangre y a otras cosas impuras, que nadie tocaría a menos que sea urgido por terrible necesidad, como deliciosas. De esto aprendemos cuán grande fue la Pasión de Cristo, y cuan brillantemente su paciencia fue desplegada en ella. Dios nos concedió poder conocer esto, imitarlo, y sufriéndolo junto con Cristo aquí, reinar luego con Él.

Pero me parece escuchar algunas almas piadosas exclamar cuán deseosos y ansiosos están para saber por qué medios pueden mejor imitar la paciencia de Cristo, y poder decir con el Apóstol: “Con Cristo estoy crucificado”[232], y con San Ignacio Mártir: “Mi amor es crucificado”[233]. No es tan difícil como muchos imaginan. No es necesario para todos acostarse en el suelo, flagelarse hasta sangrar, ayunar diariamente a pan y agua, usar sayales, una cadena de hierro o algún otro instrumento de penitencia para conquistar la carne y crucificarla con sus vicios y concupiscencias. Estas prácticas son laudables y útiles, siempre y cuando no sean peligrosas para la salud, o hechas sin el permiso del director. Pero deseo mostrar a mis piadosos lectores un medio para practicar la virtud de la paciencia de nuestro manso y gentil Redentor, que todos pueden abrazar, que no contiene nada extraordinario, nada nuevo, y por cuyo uso nadie puede ser sospechoso de buscar o ganar aplauso por su santidad.

En primer lugar entonces, quien ama la virtud de la paciencia ha de alegremente someterse a aquellas labores y penalidades en las que estamos seguros por fe que es voluntad divina que debamos afligirnos, de acuerdo a aquellas palabras del Apóstol: “Necesitas paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios, y conseguir así lo prometido”[234]. Ahora bien, lo que Dios quiere que abracemos no es ni difícil para mí enseñar, ni difícil para mis lectores aprender. Todos los mandamientos de nuestra Santa Madre Iglesia deben ser guardados con obediencia amorosa y paciencia, no importa cuán difícil o duros pueden parecer. ¿Qué son estos mandamientos de la Iglesia? Los ayunos de Cuaresma, los días de ayuno y abstinencia, y ciertas vigilias. Guardar religiosamente éstas, como han de ser guardadas, requerirá una gran cantidad de paciencia. Ahora bien, supongamos que una persona en un día de ayuno se sienta en una mesa muy bien servida, o en su única comida permitida come tanto como lo hubiese hecho en dos comidas en un día ordinario, o anticipa el momento para comer, o come más de lo que es permitido, tal persona ciertamente ni tendrá hambre ni sed, ni su paciencia producirá fruto. Pero si resuelve firmemente no tomar alimento antes del tiempo permitido, a menos que enfermedad o alguna otra necesidad lo obligue, y come alimentos que son burdos y ordinarios y propios para un tiempo de penitencia, y no se excede en lo que normalmente come en una comida, y da a los pobres todo lo que hubiese comido si no fuese un día de ayuno, como dice San León, “dejen a los pobres alimentarse con aquello que los que ayunan se han abstenido; y permitámonos sentir hambre por un corto tiempo, caramente amado, y por corto tiempo disminuyamos lo que queremos para nuestro propio placer, para poder ser de utilidad a los pobres”, y si en la tarde permite que la colación sea nada más que una colación, en tal caso, sin duda la paciencia será necesaria para soportar el hambre y la sed, y por tanto al ayunar imitaremos lo más posible la paciencia de Cristo, y seremos clavados, por lo menos en parte, a la Cruz con él. Pero alguno objetará que todas estas cosas no son absolutamente necesarias. Lo concedo, pero son necesarias si deseamos practicar la virtud de la paciencia, o ser como nuestro sufriente Redentor. Nuevamente, nuestra Santa Madre Iglesia ordena a los eclesiásticos y a los religiosos recitar o cantar las horas canónicas. Aquí necesitaremos toda la asistencia que la virtud de la paciencia nos pueda dar, si es que esta lectura y oración sagrada ha de ser realizada en la manera que debe ser, pues hay algunos que no tienen suficiente que hacer como para mantenerse libres de distracciones durante la oración. Muchos corren en sus oraciones tan rápidamente como pueden, como si estuvieran realizando una tarea muy laboriosa, y quisiesen librarse de la carga en el menor tiempo posible, y dicen su Oficio, no parados o arrodillados, sino sentados o caminando, como si la fatiga de la oración fuese disminuida al sentarse o aligerada por caminar. Esto hablando de aquellos que rezan su Oficio en privado, no de aquellos que lo cantan en el coro. También, para no interrumpir su sueño, muchos recitan durante el día aquella parte del Oficio que la Iglesia ha ordenado que sea dicha en la noche. No digo nada de la atención y elevación de mente que es requerida mientras que Dios es invocado en la oración, porque muchos piensan acerca de lo que están cantando o leyendo menos que cualquier otra cosa. Verdaderamente es sorprendente que muchos más no ven cuán necesaria la virtud de la paciencia es para erradicar la repugnancia que sentimos a pasar un tiempo prolongado de oración, levantarse para decir las horas canónicas en el tiempo adecuado, soportar la fatiga de estar parado o arrodillado, prevenir nuestros pensamientos de divagar, y mantenerlos fijos en lo único en lo que estamos realizando. Que mis lectores escuchen ahora un relato de la devoción con la que San Francisco de Asís recitaba su breviario, y aprenderán entonces que el Oficio Divino no puede ser dicho sin el ejercicio de la más grande paciencia. En su Vida de San Francisco, San Buenaventura dice así: “Este santo hombre estaba tan habituado a recitar el Oficio Divino con no menor miedo que devoción hacia Dios, y aunque sufría grandes dolores en los ojos, estómago, columna, e hígado, nunca se hubiera recostado en alguna pared o detenido mientras lo cantaba, sino que de erguido de pie, sin su capucha, mantenía sus ojos fijos, y tenía la apariencia de una persona en desmayo. Si estaba de viaje, se mantenía a su horario regular, y recitaba el Divino Oficio en la manera usual, sin importar si una lluvia violenta estaba cayendo. Se pensaba a sí mismo culpable de una seria falta si, mientras que recitaba permitía a su mente ocuparse con pensamientos vanos, y cuantas veces esto le pasaba se apresuraba a ir a confesión para expiar por ello. Recitaba los salmos con tal atención de mente como si tuviese a Dios presente delante de él, y cuando decía el nombre del Señor, gustaba sus labios por la dulzura que la pronunciación de tal nombre le dejaba”. Tan pronto alguno se esfuerce por recitar el Oficio Divino de esta manera, y levantarse en la noche para rezar Maitines, Laudes y Prima, aprenderá por experiencia la labor y paciencia que son necesarias para el debido cumplimiento de esta tarea. Hay muchas otras cosas que la Iglesia, guiada por las Sagradas Escrituras, nos pone como voluntad de Dios, y para el debido cumplimiento de ellos requerimos también de la virtud de la paciencia, como dar al pobre de nuestra propia superfluidad, perdonar a aquellos que nos injurian, o satisfacer a aquellos que hemos injuriado, confesar nuestros pecados por lo menos una vez al año, y recibir la Sagrada Eucaristía, lo que requiere no poca preparación. Todo esto demanda paciencia, pero a modo de ejemplo explicaré algunas cosas más con mayor detenimiento.

Todo lo que, sean demonios o hombres, hacen para afligirnos es otra indicación de la voluntad Divina, y otro llamado al ejercicio de nuestra paciencia. Cuando hombres y espíritus malos nos prueban, su objeto es injuriarnos, no beneficiarnos. Aun así Dios, sin quien no pueden hacer nada, no permitirá ninguna tormenta a nuestro alrededor, a menos que lo juzgue útil. En consecuencia, toda aflicción puede ser tenida como viniendo de la mano de Dios, y debe ser por tanto soportada con paciencia y alegría. El santo y derecho Job sabía que las desgracias con las que era golpeado, y que le privaron en un día de todas sus riquezas, de todos sus hijos, y de toda su salud corporal, procedían del odio del demonio. Aún así exclamó:

“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor”[235], porque sabía que sus calamidades solo podían suceder por la voluntad de Dios. No digo esto porque pienso que cuando uno es perseguido sea por otros hombres o por el demonio, no deba, o debiera, hacer lo posible por recuperar sus pérdidas, consultar un doctor si está mal, o defenderse a sí y a su propiedad, sino que sencillamente doy este aviso: no tomar venganza en contra de los hombres malvados, no devolver el mal por mal, sino soportar la desgracia con paciencia porque Dios desea que así lo hagamos, y al cumplir su voluntad recibiremos la promesa.

La última cosa que deseo observar es esta. Todos debemos luchar para estar íntimamente convencidos de que todo lo que sucede por suerte o accidente, como una gran sequía, excesiva lluvia, pestilencia, hambruna, y otras, no suceden sin la especial providencia y voluntad de Dios, y en consecuencia no debemos quejarnos de los elementos, o de Dios mismo, sino considerar males de este tipo como un flagelo con el que Dios nos castiga por nuestros pecados, e inclinándonos bajo su mano todopoderosa, soportemos todo con humildad y paciencia. Dios será entonces apaciguado. Derramará sus bendiciones sobre nosotros. Nos corregirá a nosotros sus hijos con amor paternal, y no nos privará del Reino de los Cielos. Podemos aprender cual es la recompensa de la paciencia de un ejemplo que San Gregorio aduce. En la trigésimo quinta homilía sobre los Evangelios, dice que un cierto hombre Esteban era tan paciente como para considerar a aquellos que lo oprimían como sus más grandes amigos. Devolvía agradecimientos por los insultos, tenía a las desgracias como ganancias, contaba a sus enemigos entre el número de los que le deseaban el bien y eran sus benefactores. El mundo lo consideraba como un insensato y un loco, pero no fue sordo a las palabras del Apóstol de Cristo: “Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio para llegar a ser sabio”[236]. Y San Gregorio añade que cuando se estaba muriendo muchos ángeles fueron vistos asistiéndolo alrededor de su cama, quienes llevaron su alma derecho al cielo, y el santo Doctor no dudó en tener a Esteban entre los mártires por virtud de su extraordinaria paciencia.

CAPÍTULO XI

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Aún queda un fruto más, y el más dulce de todos, para ser recogido de la consideración de esta palabra. San Agustín, en su explicación de la palabra “Tengo sed”, a ser hallada en su tratado sobre el Salmo 68, dice que manifiesta no sólo el deseo que Cristo tenía por beber, sino más aún el deseo con que estaba inflamado de que sus enemigos crean en Él y se salven. Podemos ir un poco más lejos, y decir que Cristo tuvo sed por la gloria de Dios y salvación de los hombres, y nosotros hemos de tener sed por la gloria de Dios, honor de Cristo, y por nuestra propia salvación y la salvación de nuestros hermanos. No podemos dudar de que Cristo tuvo sed por la gloria de su Padre y la salvación de las almas, pues todas sus obras, toda su predicación, todos sus sufrimientos, todos sus milagros, así lo proclaman. Debemos considerar lo que tenemos que hacer para no mostrarnos ingratos a tal Benefactor, y qué medios hemos de tomar para inflamarnos de tal manera que realmente estemos sedientos por la gloria de Dios, que “tanto amó al mundo que dio a su único Hijo”[237], y ferviente y ardientemente estar sedientos por el honor de Cristo, quien “nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma”[238], sintiendo tanta compasión por nuestros hermanos como un deseo celoso de su salvación. Aún lo más necesario para nosotros es anhelar cordial y ardorosamente nuestra propia salvación, que este deseo nos empuje, de acuerdo a nuestra fuerza, a pensar y hablar y hacer todo lo que nos pueda ayudar a salvar nuestras almas. Si no nos importa nada el honor de Dios, o la gloria de Cristo, y no sentimos ninguna ansiedad por nuestra propia salvación, o la de los otros, se sigue que Dios será privado del honor que le es debido, que Cristo perderá la gloria que es suya, que nuestro prójimo no llegará al cielo, y que nosotros mismos pereceremos miserablemente para la eternidad. Y por este relato estoy muchas veces lleno de asombro al reflexionar que todos sabemos cuán sinceramente estuvo sediento Cristo por nuestra salvación, y nosotros, que creemos a Cristo la Sabiduría del Dios viviente, no somos movidos a imitar su ejemplo en materia tan íntimamente conectada con nosotros. Ni estoy menos sorprendido de ver hombres correr tras bienes mundanos con tal avidez, como si no hubiera cielo, y preocupándose tan poco por su propia salvación que, lejos de andar sedientos de ella, con las justas piensan en ella de pasada, como material trivial de poca importancia. Más aún los bienes temporales, que no son placeres puros, sino que son acompañados de muchas desventuras, son buscados con vehemencia y ansiedad. Pero a la felicidad eterna, que es deleite absoluto, es dada tan poca importancia, querida con tan poca preocupación, como si no poseyese ventaja alguna. ¡Ilumina, Señor, los ojos de mi alma, para que pueda encontrar la causa de tan dolorosa indiferencia!

El amor produce deseo, y el deseo, cuando es excesivo, es llamado sed. Ahora bien, ¿quién hay que no puede amar su propia felicidad temporal, particularmente cuando esa felicidad es libre de cualquier cosa que la puede dañar? Y si premio tan grande no puede ser sino amado, ¿por qué no puede ser ardientemente deseado, ansiosamente buscado, y con todas nuestras fuerzas estar sedientos de él? Tal vez la razón es que nuestra salvación no es materia que caiga bajo los sentidos, nunca hemos tenido experiencia de cómo es, como sí la hemos tenido en materias que se relacionan al cuerpo; y estamos tan solícitos para él, pero tan fríamente indiferentes para la primera. Pero si tal es el caso, por qué David, que era hombre mortal como nosotros, anhelaba tan ansiosamente la visión de Dios, y la felicidad en el cielo que consiste en la visión de Dios, como para clamar:

“Como el ciervo desea las fuentes de agua, así te desea a ti, oh Dios, mi alma. Sedienta está mi alma del Dios fuerte, vivo. ¿Cuándo vendré y apareceré ante la faz de Dios?”[239]. David no es el único en este valle de lágrimas que ha deseado con tal ardiente deseo alcanzar la visión de Dios. Ha habido otros más, distinguidos por su santidad, por quienes las cosas de este mundo fueron tenidas como despreciables e insípidas, y para quienes nada más el pensamiento y el recuerdo de Dios era agradable y delicioso. La razón entonces por la que no estamos sedientos de nuestra felicidad eterna no es porque el cielo es invisible, sino porque no pensamos con atención acerca de lo que está ante nosotros, con asiduidad, con fe. Y la razón por la cual no tomamos en cuenta las materias celestiales como debiéramos es porque no somos hombres espirituales, sino sensuales: “El hombre sensual no percibe aquellas cosas que son del Espíritu de Dios”[240]. Por lo que, alma mía, si deseas por tu propia salvación, y la de tu prójimo, si mantienes en el corazón el honor de Dios y la gloria de Cristo, escucha las palabras del santo Apóstol Santiago: “Si alguno de ustedes está falto de sabiduría, demándela a Dios que la da a todos copiosamente y no da improperios, y le será concedida”[241]. Esta sublime sabiduría no ha de ser adquirida en las escuelas de este mundo, sino en la escuela del Espíritu Santo de Dios, quien convierte al hombre sensual en uno espiritual. Pero no es suficiente pedir por esta sabiduría solo una vez y con frialdad, sino demandarla con mucha insistencia de nuestro Padre celestial. Pues si un padre en la carne no puede rehusarse a su hijo cuando le pide pan, “¿Cuánto más su Padre celestial dará espíritu bueno a los que se lo pidieron?”[242].

CAPÍTULO XII

Explicación literal de la sexta Palabra: “Todo está cumplido”

 

La sexta palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz es mencionada por San Juan como ligada de alguna manera a la quinta palabra. Pues tan pronto como Nuestro Señor había dicho “Tengo sed”, y había probado el vinagre que le había sido ofrecido, San Juan añade: “Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido””[243]. Y en verdad nada puede ser añadido a estas sencillas palabras: “Todo está cumplido”, excepto que la obra de la Pasión estaba ahora perfeccionada y completada. Dios Padre había impuesto dos tareas a su Hijo: la primera predicar el Evangelio, la otra sufrir por la humanidad. En cuanto a la primera ya había dicho Cristo: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”[244]. Nuestro Señor dijo estas palabras luego de que había concluido el largo discurso de despedida a sus discípulos en las Última Cena. Ahí había cumplido la primera obra que su Padre Celestial le había impuesto. La segunda tarea, beber la amarga copa de su cáliz, faltaba aún. Había aludido a esto cuando preguntó a los dos hijos de Zebedeo “¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?”[245]; y también: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz”[246]; y en otro lugar: “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?”[247]. Sobre esta tarea, Cristo al momento de su muerte podía entonces exclamar: “Todo está cumplido, pues he apurado el cáliz del sufrimiento hasta lo último, nada nuevo me espera ahora sino morir”. E inclinado la cabeza, expiró[248].

Pero como ni Nuestro Señor, ni San Juan, quienes fueron concisos en lo que dijeron, han explicado qué fue lo cumplido, tenemos la oportunidad de aplicar la palabra con gran razón y ventaja a diversos misterios. San Agustín, en su comentario sobre este pasaje, refiere la palabra al cumplimiento de todas las profecías que se referían al Señor. “Luego de que Jesús supiera que todas las cosas estaban ahora cumplidas, para que sea cumplida la Escritura, dijo: tengo sed”, y “Cuando había tomado el vinagre, dijo: “Todo está cumplido””[249], lo que significa que lo que quedaba todavía por cumplir había sido cumplido, y por tanto podemos concluir que Nuestro Señor quería manifestar que todo lo que había sido predicho por los profetas en relación a su Vida y Muerte había sido hecho y cumplido. En verdad, todas las predicciones habían sido verificadas. Su concepción: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo”[250]. Su nacimiento en Belén: “Más tu, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar Israel”[251]. La aparición de una nueva estrella: “De Jacob nacerá una estrella”[252]. La adoración de los Reyes: “Los reyes de Tarsis y las islas le ofrecerán dones, los reyes de Arabia y de Sabá le traerán presentes”[253]. La predicación del Evangelio: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ungió, me envió para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, anunciar la remisión de los cautivos y la libertad a los encarcelados”[254]. Sus milagros: “El mismo Dios vendrá y les salvará. Entonces serán abiertos los ojos de los ciegos, se abrirán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como el ciervo y la lengua de los mudos será desatada”[255]. El cabalgar sobre un asno: “Mira que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, vendrá pobre y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna”[256]. Y toda la Pasión había sido gráficamente predicha por David en los Salmos, por Isaías, Jeremías, Zacarías, y otros. Este es el significado de lo que Nuestro Señor decía cuando estaba a punto de comenzar su Pasión: “Miren, subimos a Jerusalén y va a cumplirse todo lo que escribieron los profetas sobre el Hijo del hombre”[257]. De las cosas que debían cumplirse, ahora dice: “Todo está cumplido”, todo está terminado, para que lo que los profetas predijeron sea ahora encontrado como verdad.

En segundo lugar, San Juan Crisóstomo dice que la palabra “Todo está cumplido” manifiesta que el poder que había sido dado a los hombres y demonios sobre la persona de Cristo les había sido quitado con la muerte de Cristo. Cuando Nuestro Señor dijo a los Sumos Sacerdotes y maestros del Templo “esta es su hora y el poder de las tinieblas”[258], aludía a este poder. Todo el periodo de tiempo durante el cual, con el permiso de Dios, los malvados tuvieron poder sobre Cristo, fue concluido cuando exclamó “Todo está cumplido”, pues la peregrinación del Hijo de Dios entre los hombres, que había predicho Baruc, vino a su fin: “Este es nuestro Dios y ningún otro será tenido en cuenta ante él. Él penetró los caminos de la sabiduría y la dio a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado. Después fue vista en la tierra y conversó con los hombres”[259]. Y junto con su peregrinaje, aquella condición de su vida mortal fue terminada, aquella por la que sentía hambre y sed, dormía y se fatigaba, fue sujeto de afrentas y flagelos, heridas y a la muerte. Y así cuando Cristo en la Cruz exclamó “Todo está cumplido, e inclinando la cabeza, expiró”, concluyó el camino del que había dicho: “Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre”[260]. Esa laboriosa peregrinación fue terminada, sobre lo que había dicho Jeremías: “Esperanza de Israel, salvador en tiempo de la tribulación, ¿por qué estás en esta tierra como un extraño o como un viajero que pasa?”[261]. La sujeción de su naturaleza humana a la muerte fue terminada, el poder de sus enemigos sobre Él fue acabado.

En tercer lugar concluyó el mayor de todos los sacrificios. En comparación al real y verdadero Sacrificio todos los sacrificios de la Antigua Ley son tenidos como meras sombras y figuras. San León dice: “Has atraído todas las cosas hacia ti, Señor, pues cuando el velo del Templo fue rasgado, el Santo de los Santos se apartó de los sacerdotes indignos: las figuras se convirtieron en verdades, las profecías se manifestaron, la Ley se convirtió en el Evangelio”. Y un poco más adelante, dice: “Al cesar la variedad de sacrificios en los que las víctimas era ofrecidas, la única oblación de tu Cuerpo y Sangre cubre por las diferencias de las víctimas”[262]. Pues en este único Sacrificio de Cristo, el sacerdote es el Dios-Hombre, el altar es la Cruz, la víctima es el cordero de Dios, el fuego para el holocausto es la caridad, el fruto del sacrificio es la redención del mundo. El sacerdote, digo, era el Hombre-Dios. No hay nadie mayor: “Tu eres sacerdote para siempre, de acuerdo al rito de Melquisedec”[263], y con justicia de acuerdo al rito de Melquisedec, porque leemos en la Escritura que Melquisedec no tenía padre o madre o genealogía, y Cristo no tenía Padre en la tierra, o madre en el cielo, y no tenía genealogía, pues “¿Quien contará su generación?”[264]; “De mi seno, antes del lucero, te engendré”[265]; “y su salida desde el principio, desde los días de la eternidad”[266]. El altar fue la Cruz. Y así como previamente al tiempo en que Cristo sufrió sobre ella era el signo de la más grande ignominia, así ahora se ha dignificado y ennoblecido, y en el último día aparecerá en el cielo más brillante que el sol. La Iglesia aplica a la Cruz las palabras del Evangelista: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo”[267], pues ella canta: “Esta señal de la Cruz aparecerá en el cielo cuando el Señor venga a juzgar”. San Juan Crisóstomo confirma esta opinión, y observa que cuando “el sol sea oscurecido, y la luna no de su luz”[268], la Cruz se verá más brillante que el sol en su esplendor al medio día. La víctima fue el cordero de Dios, todo inocente e inmaculado, de quien Isaías dice: “Como oveja será llevado al matadero, como cordero, delante del que lo trasquila, enmudecerá y no abrirá su boca”[269], y de quien su Precursor había dicho: “He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo”[270]; y San Pedro: “Sabiendo que han sido redimidos, no con oro, ni con plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como cordero inmaculado y sin mancilla”[271]. Es llamado también en el Apocalipsis “el cordero que fue muerto desde el principio del mundo”[272], porque el mérito de su sacrificio fue previsto por Dios y fue en beneficio de aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo. El fuego que consume el holocausto y completa el sacrifico es el inmenso amor que, como en hoguera ardiente, ardió en el Corazón del Hijo de Dios, y el cual las muchas aguas de su Pasión no pudieron extinguir. Finalmente, el fruto del Sacrificio fue la expiación de los pecados para todos los hijos de Adán, o en otras palabras, la reconciliación del mundo entero con Dios. San Juan en su primera Carta, dice: “Él es propiciación por nuestros pecados, y no tan solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”[273] y esta es sólo otra manera de expresar la idea de San Juan Bautista: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”[274]. ¿Una dificultad surge aquí. Como pudo Cristo ser al mismo tiempo sacerdote y víctima, puesto que era deber del sacerdote matar a la víctima? Ahora bien, Cristo no se mató a sí mismo, ni podía hacerlo, pues si lo hubiese hecho habría cometido un sacrilegio y no ofrecido un sacrificio. Es verdad que Cristo no se mató a sí mismo, aún así ofreció un sacrificio real, porque pronta y alegremente se ofreció a sí mismo a la muerte por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Pues ni los soldados hubiesen podido aprehenderlo, ni los clavos traspasado sus manos y pies, ni la muerte, aunque estuviese clavado a la Cruz, hubiese tenido ningún poder sobre Él si el mismo no lo hubiese querido así. En consecuencia, con gran verdad dijo Isaías: “Él se ofreció porque él mismo lo quiso”[275]; y Nuestro Señor: “Yo doy mi vida; no me la quita ninguno, yo la doy por mí mismo”[276]. Y aún más claramente San Pablo: “Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave aroma”[277]. Por tanto, de manera maravillosa fue dispuesto que todo el mal, todo el pecado, todo el crimen cometido al poner a muerte a Cristo fuese cometido por Judas y los judíos, por Pilato y los soldados. Ellos no ofrecieron ningún sacrificio, sino que fueron culpables del sacrilegio, y merecían ser llamados no sacerdotes sino miserables sacrílegos. Y toda la virtud, toda la santidad, toda la obediencia de Cristo, que se ofreció a sí mismo como víctima a Dios al soportar pacientemente la muerte, incluso muerte de Cruz, para poder apaciguar la ira de su Padre, reconciliar a la humanidad con Dios, satisfacer la justicia Divina, y salvar la raza caída de Adán. San León expresa de manera hermosa este pensamiento en pocas palabras: “Permitió que las manos impuras de los miserables se vuelvan contra Él, y se convirtieran en cooperadores con el Redentor en el momento en que cometían un abominable pecado”.

En cuarto lugar, por la muerte de Cristo la gran lucha entre Él mismo y el príncipe del mundo llegó a su fin. Al aludir a esta lucha, el Señor hizo uso de estas palabras: “El juicio del mundo comienza ahora; ahora será expulsado fuera el príncipe de este mundo. Cuando sea alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo”[278]. La lucha fue judicial, no militar. La lucha fue entre dos demandantes, no dos ejércitos rivales. Satanás disputó con Cristo la posesión del mundo, el dominio sobre la humanidad. Por largo tiempo el demonio se había lanzado ilegítimamente a poseerlo, porque había vencido al primer hombre, y había hecho a él y a todos sus descendientes esclavos suyos. Por esta razón, San Pablo llama a los demonios “principados y potestades, gobernadores de estas tinieblas del mundo”[279]. Y como dijimos antes, incluso Cristo llama al demonio “príncipe de este mundo”. Ahora el demonio no solamente quiso ser príncipe, sino incluso el dios de este mundo, y así exclama el Salmo: “Porque todos los dioses de las naciones son demonios, pero el Señor hizo los cielos”[280]. Satanás era adorado en los ídolos de los gentiles, y era rendido culto en sus sacrificios de corderos y terneros. Por otro lado, el Hijo de Dios, como verdadero y legítimo heredero del universo, demandó el principado de este mundo para Él. Esta fue la disputa decidida en la Cruz, y el juicio fue pronunciado en favor del Señor Jesús, porque en la Cruz expió plenamente los pecados del primer hombre y de todos sus hijos. Pues la obediencia mostrada al Padre Eterno por su Hijo fue mayor que la desobediencia de un siervo a su Señor, y la humildad con la que murió el Hijo de Dios en la Cruz redundó más para el honor del Padre que el orgullo de un siervo sirvió para su injuria. Así Dios, por los méritos de su Hijo, fue reconciliado con la humanidad, y la humanidad fue arrancada del poder del demonio, y “nos trasladó al reino de su Hijo muy amado”[281].

Hay otra razón que San León aduce, y la daremos en sus propias palabras. “Si nuestro orgulloso y cruel enemigo hubiese podido conocer el plan que la misericordia de Dios había adoptado, habría reprimido las pasiones de los judíos, y no los habría incitado con odio injusto, por lo que pudiese perder su poder sobre los cautivos al atacar infructuosamente la libertad de Aquel que nada le debía”. Esta es una razón de muchísimo peso. Puesto que es justo que el demonio perdiera toda su autoridad sobre todos aquellos que por el pecado se habían hecho esclavos suyos, porque se había atrevido a poner sus manos sobre Cristo, quien no era su esclavo, quien nunca había pecado, y a quien sin embargo había perseguido a muerte. Ahora, si tal es el estado del caso, si la batalla ha terminado, si el Hijo de Dios ha ganado la victoria, y si “quiere que todos los hombres se salven”[282], ¿cómo es que tantos en esta vida están bajo el poder del demonio, y sufren los tormentos del infierno en la próxima? Lo respondo en una palabra: lo quieren. Cristo salió victorioso de la contienda, luego de otorgar dos indecibles favores a la raza humana. Primero el abrir a los justos las puertas del cielo, que habían estado cerradas desde la caída de Adán hasta aquel día, y en el día de su victoria, dijo al ladrón que había sido justificado por los méritos de su sangre, a través de la fe, la esperanza, y la caridad: “Este día estarás conmigo en el Paraíso”[283], y la Iglesia en su exultación, clama: “Tu, habiendo vencido al aguijón de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos”. El segundo, la institución de los Sacramentos, que tienen el poder de perdonar los pecados y conferir la gracia. Envía a los predicadores de su Palabra a todas las partes del mundo a proclamar: “Aquel que cree, y sea bautizado, será salvado”[284]. Y así nuestro victorioso Señor ha abierto el camino a todos para adquirir la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y si hay algunos que no quieren entrar en este camino, mueren por su propia culpa, y no por la falta de poder o la falta de querer de su Redentor.

En quinto lugar, la palabra “Todo está cumplido” puede ser con justicia aplicada a la conclusión del edificio, esto es, la Iglesia. Cristo nuestro Señor usa esta misma palabra en referencia a un edificio: “Hic homo coepit aedificare et non potuit consummare”, “Este hombre empezó a edificar y no ha podido acabar”[285]. Los Padres enseñan que la fundación de la Iglesia fue hecha cuando Cristo fue bautizado, y el edificio completado cuando murió. Epifanio, en su tercer libro contra los herejes, y San Agustín en el último libro de la Ciudad de Dios, muestran que Eva, que fue hecha a partir de una costilla de Adán mientras dormía, tipifica a la Iglesia, que fue hecha del costado de Cristo mientras dormía en la muerte. Y resaltan que no sin razón el libro del Génesis usa la palabra “construyó”, y no “formó”. San Agustín[286] prueba que el edificio de la Iglesia comenzó con el bautismo de Cristo, con las palabras del Salmista: “Dominará de mar a mar y desde el río hasta los confines de la redondez de la tierra”[287]. El reino de Cristo, que es la Iglesia, comenzó con el bautismo que recibió de manos de San Juan, por la que consagró las aguas e instituyó ese sacramento que es la puerta de la Iglesia, y cuando la voz de su Padre fue claramente escuchada en los cielos: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[288]. Desde ese momento nuestro Señor empezó a predicar y a reunir discípulos, quienes fueron los primeros hijos de la Iglesia. Y todos los sacramentos derivan su eficacia de la Pasión de Cristo, aunque el costado de Nuestro Señor fue abierto después de su muerte, y sangre y agua, que tipifican los dos sacramentos principales de la Iglesia, fluyeron. El fluir de la sangre y el agua del costado de Cristo luego de su muerte fue una señal de los sacramentos, no de su institución. Podemos concluir entonces que la edificación de la Iglesia fue completada cuando Cristo dijo: “Todo está cumplido”, porque nada quedó luego más que la muerte, que sucedió inmediatamente, y cumplió el precio de nuestra redención.

CAPÍTULO XIII

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Cualquiera que con atención reflexione sobre la sexta palabra ha de obtener muchas ventajas de sus reflexiones. San Agustín saca una lección muy útil del hecho de que la palabra “Todo está cumplido” muestra el cumplimiento de todas las profecías que hacen referencia a Nuestro Señor. Puesto que estamos seguros por lo que pasó que las profecías relacionadas a Nuestro Señor fueron verdaderas, así nosotros deberíamos tener la misma certeza de que otras cosas que los mismos Profetas han profetizado y que aún no han sucedido son igualmente ciertas. Los Profetas hablaron no de lo que quisieron, sino bajo inspiración del Espíritu Santo, y como el Espíritu Santo es Dios, quien no puede engañar o extraviar, nosotros deberíamos estar muy confiados de que todo lo que predijeron sucederá, si es que no ha sucedido ya. “Pues hasta ahora, decía San Agustín, todo ha sido realizado, por lo que ha de cumplirse con certeza sucederá. Tengamos un temor reverente en el Día del Juicio, pues el Señor vendrá. Él, que vino como un humilde bebé, vendrá de nuevo como un Dios poderoso”. Nosotros tenemos más razones que los santos del Antiguo Testamento para nunca flaquear en nuestra fe, o en lo que creemos que vendrá. Aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo estaban obligados a creer, sin prueba alguna, muchas cosas de las que nosotros ya tenemos abundantes testimonios, y por todo aquello que ya ha sido cumplido podemos deducir fácilmente que las otras profecías también se cumplirán. Los contemporáneos de Noé habían escuchado acerca del Diluvio Universal, no solo a través de los labios del profeta de Dios, sino también al mirarlo trabajando tan diligentemente en la construcción del Arca; y aún así, como nunca antes había habido un diluvio o algo similar a ello, no se convencieron, y en consecuencia la ira Divina los tomó desprevenidos. Así como nosotros sabemos que la profecía de Noé se cumplió, no deberíamos tener ninguna dificultad en creer que el mundo y todo lo que ahora estimamos tanto será un día destruido por el fuego. Sin embargo, aún hay algunos pocos que poseen una fe tan viva en todo esto como para desprenderse ellos mismos de las cosas perecibles, y fijar sus corazones en los gozos de arriba, que son reales y eternos.

Los terrores del Último Día han sido profetizados por Cristo mismo, por lo que es totalmente inexcusable que alguien no pueda convencerse de que, así como algunas profecías han sido ya cumplidas, otras también lo serán. Estas son las palabras de Cristo: “Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el Arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo de hombre. Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”[289]. Y San Pedro dijo: “El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá”[290]. Pero algunos argumentarán que todas estas cosas están sumamente lejanas. Concedamos que efectivamente están aún lejanas, y si lo están, el día de la muerte ciertamente no está muy lejano: su hora es incierta, lo que sí es cierto es que en el juicio particular cada uno deberá rendir cuenta sobre cada palabra vana. Y si esto por cada palabra vana ¿qué sobre las palabras pecaminosas, y las blasfemias, que son tan comunes? Y si tenemos que rendir cuenta sobre cada palabra vana ¿Qué de las acciones, de los robos, adulterios, fraudes, asesinatos, injusticias, y otros pecados mortales? Por lo tanto el cumplimiento de algunas profecías nos harán aún más culpables si es que no creemos que las otras profecías se cumplirán. Ni es suficiente solamente creer, a menos que nuestra fe eficazmente mueva nuestra voluntad a hacer o evitar aquello que nuestro entendimiento nos enseña que debe ser hecho o evitado. Si un arquitecto opina que una casa está a punto de desplomarse, y sus habitantes creen en las palabras del arquitecto, pero aún así no abandonan la casa y terminan sepultados en sus ruinas, ¿Qué dirá la gente de ésa fe? Ellos dirán con el Apóstol: “Profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan”[291]. O, ¿Qué se diría si un doctor le ordena a su paciente no tomar vino, y el paciente lo asume como un buen consejo, pero aún así continua tomando vino, y se molesta si es que no se lo dan? ¿No deberíamos decir que ése paciente estaba loco y que en realidad no confiaba en su doctor? ¡Quisiera que no hubiera tantos cristianos que profesan creer en los juicios de Dios y en otras cosas, y con su conducta contradicen sus palabras!

CAPÍTULO XIV

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Otra ventaja puede ser sacada de la segunda interpretación que dimos a la palabra “todo está cumplido”. Junto con San Juan Crisóstomo dijimos que por su muerte Cristo concluyó su estadía laboriosa entre nosotros. Nadie puede negar que su vida mortal fue sumamente dura, pero su misma dureza fue compensada por su cortedad, su fruto, su gloria, y su honor. Duró treinta y tres años. ¿Qué es una labor de treinta y tres años comparado a un descanso eterno? Nuestro Señor trabajó con hambre y sed, en medio de muchas penalidades, de insultos innumerables, de golpes, heridas, de la muerte misma. Pero ahora bebe de la fuente de la alegría, y su alegría será eterna. Fue humillado, y por un corto tiempo fue “oprobio de los hombres y desecho del pueblo”[292], pero “Dios le exaltó, y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos”[293]. Por otro lado, los pérfidos judíos se regocijaron durante una hora por Cristo y sus sufrimientos. Judas por una hora disfrutó el precio de su avaricia: unas pocas monedas de plata. Pilato por una hora se glorificó porque no había perdido la amistad de Tiberio, y había vuelto a ganar la de Herodes. Pero por casi dos mil años han estado sufriendo los tormentos del infierno, y sus gritos de desesperanza serán escuchados por siempre y para siempre.

Desde su miseria, todos los siervos de la Cruz pueden aprender cuán bueno y fructuoso es ser humildes, dóciles, pacientes, cargar su Cruz en esta vida, seguir a Cristo como su guía, y de ninguna manera envidiar a aquellos que parecen estar alegres en este mundo. Las vidas de Cristo y de sus apóstoles y mártires son un verdadero comentario a las palabras del Señor de señores. “Bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”[294] Y por otro lado “ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo. Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre. Ay de los que reís ahora, porque tendréis aflicción y llanto”[295].

Aunque ni las palabras, ni la vida y muerte de Cristo son entendidas o seguidas por el mundo, aún quien sea que desee dejar los afanes del mundo y entrar en su corazón y meditar seriamente y decirse a sí mismo: “Escucharé lo que Dios me va a hablar”[296], e importuna a su Divino Señor con humilde plegaria y lamento de espíritu, entenderá sin dificultad toda la verdad, y la verdad lo hará libre de todos sus errores, y lo que antes parecía imposible será entonces fácil.

CAPÍTULO XV

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

El tercer fruto a ser recogido por la consideración de la sexta palabra es que debemos aprender a ser sacerdotes espirituales, “para ofrecer a Dios sacrificios espirituales”[297], como nos dice San Pedro, o como advierte San Pablo, “ofrecer” nuestros “cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios”, nuestro “culto racional”[298]. Pues si esta palabra “todo está cumplido” nos muestra que el Sacrificio de nuestro Sumo Sacerdote ha sido cumplido en la Cruz, es justo y propio que los discípulos de un Dios crucificado, deseosos, hasta donde puedan, de imitar a su Señor, se ofrezcan ellos mismos como un sacrificio a Dios, de acuerdo a su debilidad y pobreza. Ciertamente, San Pedro dice que todos los cristianos son sacerdotes, no estrictamente como aquellos que son ordenados por obispos en la Santa Iglesia Católica para ofrecer el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Cristo, sino sacerdotes espirituales para ofrecer víctimas espirituales, no tales como leemos en el Antiguo Testamento, ovejas y bueyes, tórtolas y palomas, o la Víctima del Nuevo Testamento, el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Eucaristía, sino víctimas místicas que pueden ser ofrecidas por todos, como la oración y la alabanza y las obras buenas y los ayunos y las obras de misericordia, como dice San Pablo: “ofrezcamos siempre un sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de los labios que confiesan su Nombre”[299]. En su Carta a los Romanos, el mismo Apóstol nos dice, resaltándolo de manera especial, que ofrezcamos a Dios el sacrificio místico de nuestros cuerpos tras los sacrificios de la Antigua Ley, que eran regulados por cuatro decretos. El primero era que la víctima debía ser algo consagrado a Dios, por lo que era ilegítimo darle algún uso profano. El segundo era que la víctima debía ser una creatura viviente, como una oveja, una cabra o un ternero. El tercero, que debía ser sagrado, es decir, limpio, pues los judíos consideraban algunos animales limpios y otros no. Ovejas, bueyes, cabras, tórtolas, gorriones y palomas eran limpios, mientras que el caballo, el león, el zorro, el águila, el cuervo, entre otros, no eran limpios. El cuarto, que la víctima debía ser quemada, y despedir un olor de suavidad. Todas estas cosas enumera el Apóstol. “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será vuestro culto espiritual”[300]. Como entiendo al Apóstol, no nos está exhortando a ofrecer un sacrificio estrictamente hablando, como si quisiese que nuestros cuerpos fuesen muertos y quemados, como los cuerpos de las ovejas al ser ofrecidas en sacrificio, sino ofrecer un sacrificio místico y razonable, un sacrificio que es similar, pero no igual, espiritual y no corporal. El Apóstol por tanto nos exhorta a la imitación de Cristo ya que Él ofreció en la Cruz para beneficio nuestro el Sacrificio de su Cuerpo en una muerte real y verdadera, para que, por honor suyo, ofrezcamos nuestros cuerpos como víctimas vivas, santas y perfectas, una víctima que es agradable a Dios, y que es de manera espiritual muerta y quemada.

Daremos ahora algunas palabras de explicación en relación a los cuatro decretos que regulan los sacrificios judíos. En primer lugar, nuestros cuerpos deben ser víctimas consagradas a Dios, que debemos usar para el honor de Dios. Pues no debemos mirar a nuestros cuerpos como propiedad nuestra, sino como propiedad de Dios, a quien estamos consagrados por el Bautismo, y que nos ha comprado en gran precio, como dice el Apóstol a los Corintios. Ni seamos tampoco meras víctimas, sino víctimas vivas por la vida de la gracia y el Espíritu Santo. Pues aquellos muertos por el pecado no son víctimas de Dios, sino del demonio, que mata nuestras almas y se regocija en su destrucción. Nuestro Dios, que siempre fue y es la fuente de la vida, no le habría ofrecido a Él fétidos despojos que no son aptos para nada sino para ser arrojados a las bestias. En segundo lugar, debemos tener mucho cuidado en preservar esta vida de nuestras almas para que podamos ofrecer nuestro “culto espiritual”. Ni es suficiente para la víctima estar viva. Debe ser también santa. Un “sacrificio viviente” y “santo”, dice San Pablo. La oblación de víctimas limpias fue un sacrificio santo. Como hemos dicho antes, algunos cuadrúpedos eran limpios, como las ovejas, cabras y bueyes, y algunas aves eran limpias, como las tórtolas, gorriones y palomas. La primera clase de animales significan la vida activa, la última la contemplativa. Consecuentemente, si aquellos que llevan una vida activa entre los fieles desean ofrecerse a sí mismos como víctimas santas a Dios, deben imitar la simplicidad y la mansedumbre del cordero, que no conoce venganza, la laboriosidad y la seriedad del buey, que no busca reposo, ni corre vanamente de aquí para allá, sino soporta su carga y arrastra su arado y trabaja asiduamente en el cultivo de la tierra, y finalmente, la agilidad de la cabra al trepar las montañas y su rapidez en detectar objetos desde lejos. No deben descansar satisfechos con solo ser mansos, ni realizando ciertas tareas. Deben alzar sus corazones por la oración frecuente y contemplar las cosas que están arriba. Pues ¿cómo pueden realizar sus acciones por la gloria de Dios y hacerlas ascender como incienso de sacrificio ante Él, si raramente o nunca piensan en Dios, ni lo buscan, y no están por medio de la meditación ardiendo con su Amor? La vida activa del cristiano no debe estar completamente separada de la contemplativa, así como la contemplativa no debe estar enteramente separada de la activa. Aquellos que no siguen el ejemplo de los bueyes y corderos y cabras en su trabajo continuo y útil por su Señor, sino que desean y buscan su propia comodidad temporal, no pueden ofrecer a Dios una víctima santa. Se parecen más a bestias feroces y carnívoras, como lobos, perros, osos, y cuervos, que hacen de su estómago un dios, y siguen las huellas del “león rugiente” que “ronda buscando a quién devorar”[301]. Aquellos cristianos que siguen una vida contemplativa y buscan ofrecerse como víctimas vivas y santas a Dios deben imitar la soledad de la tórtola, la pureza de la paloma, la prudencia del gorrión. La soledad de la tórtola es aplicable principalmente a los monjes y ermitaños, que no tienen comunicación con el mundo y están enteramente dedicados a la contemplación de Dios y cantando sus alabanzas. La pureza y la fecundidad de la paloma es necesaria para los obispos y sacerdotes, que se relacionan con los hombres y han de engendrar y criar hijos espirituales, y será difícil para ellos imitar tal pureza y fecundidad a menos que frecuentemente vuelen hacia su país celestial por la contemplación, y por la caridad condescender a socorrer las necesidades de los hombres. Hay el peligro de que se abandonen enteramente a la contemplación y no engendren hijos espirituales, o de volverse tan llenos de trabajo que se contaminen con deseos mundanos, y mientras están ansiosos por salvar las almas de los demás, se conviertan ellos –que Dios lo impida– en náufragos. La prudencia del gorrión es necesaria tanto para los contemplativos como para aquellos que se entregan a las tareas activas del ministerio. Hay tanto gorriones de cerca como gorriones de casa. Los gorriones de cerca muestran mucho cuidado en evitar las redes y las trampas puestas para ellos, y los gorriones de casa, que viven próximos al hombre, nunca se convierten en amigos del hombre, y con dificultad son capturados. Así los cristianos, y de manera especial los sacerdotes y monjes, deben imitar la prudencia del gorrión para evitar caer en las redes y trampas puestas para ellos por el diablo, y cuando tratan con hombres, lo hacen solo para beneficio del prójimo, evitando cualquier familiaridad con él, especialmente con las mujeres, escapando de conversaciones vanas, declinando invitaciones, y no estando presentes en actuaciones o teatros.

El último decreto en relación a los sacrificios era que la víctima fuera no sólo viva y santa, sino también agradable, esto es, dar un suavísimo olor, de acuerdo a lo que dice la Escritura: “Y el Señor aspiró un suave aroma”[302], y “Cristo se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma”[303]. Era necesario que la víctima, para poder desprender este aroma tan agradable a Dios, esté tanto muerta como quemada. Esto tiene lugar en el sacrificio místico y razonable del cual estamos hablando, cuando la concupiscencia de la carne es completamente subyugada y abrasada por el fuego de la caridad. Nada más eficaz, veloz y perfecto para mortificar la concupiscencia de la carne que un sincero amor de Dios. Pues Él es el Rey y Señor de todos los afectos de nuestro corazón, y todos nuestros afectos son gobernados por Él y dependen de Él, sea aquellos de temor o esperanza, de deseo u odio, o ira, o cualquier otra inquietud de mente. Ahora bien, el amor rinde nada más que un amor más fuerte, y consecuentemente, cuando el amor Divino posee completamente el corazón del hombre y lo enciende en llamas, todos los deseos carnales se rinden a él, y siendo completamente subyugados, no nos ocasionan ninguna inquietud. Y por tanto, ardientes aspiraciones y oraciones fervorosas ascienden de nuestros corazones como incienso ante el trono de Dios. Este es el sacrificio que Dios pide de nosotros, y al que el Apóstol nos exhorta a estar los más prontamente preparados para ofrecer.

San Pablo usa un argumento muy fuerte para persuadirnos de ello, así como es en sí mismo duro y lleno de dificultad. Su argumento es expresado en estas palabras: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva”[304]. En el texto griego encontramos la palabra “misericordias” usada en vez de “misericordia”. ¿Qué y cuántas son las misericordias de Dios por las que el Apóstol nos exhorta? En primer lugar está la creación, por la que fuimos hechos algo mientras que antes éramos nada. En segundo lugar, aunque Dios Todopoderoso no tenía necesidad de nuestro servicio, nos ha hecho siervos suyos, porque desea que hagamos algo por lo que pueda recompensarnos. En tercer lugar, nos hizo a su imagen, y nos hizo capaces de conocerlo y amarlo. En cuarto lugar, nos hizo, a través de Cristo, sus hijos adoptivos y coherederos de su Hijo Unigénito. En quinto lugar, nos hizo miembros de su Esposa, de aquella Iglesia de la cual Él es la Cabeza. Por último, se ofreció a sí mismo en la Cruz, “como oblación y víctima de suave aroma”[305], para redimirnos de la esclavitud y lavarnos de nuestra iniquidad, “para que pueda presentar a Él una Iglesia gloriosa, sin que tenga mancha ni arruga”[306]. Estas son las misericordias de Dios por las que el Apóstol nos exhorta, como si dijera: “el Señor ha derramado tantas gracias sobre ustedes, que ni las merecen, ni las han pedido, ¿y aún tienen como cosa difícil el ofrecerse a sí mismos a Dios como víctimas vivas, santas y razonables? En verdad, lejos de ser difícil, debería parecer, para cualquiera que atentamente considera todas las circunstancias, fácil y ligero y agradable y placentero servir a tan buen Dios con nuestro corazón entero a través de todo tiempo, y tras el ejemplo de Cristo, ofrecernos a nosotros enteramente a Él como una víctima, una oblación, y un holocausto en olor de suavidad.

CAPÍTULO XVI

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Un cuarto fruto puede ser cosechado de una cuarta explicación de la palabra “todo está cumplido”. Pues si es verdad, como muy ciertamente es, que Dios por los méritos de Cristo nos ha librado de la servidumbre del diablo, y nos ha colocado en el reino de su amado Hijo, preguntemos, y no desistamos en nuestra indagación hasta que hayamos encontrado alguna razón, por qué tanta gente prefiere la esclavitud del enemigo de la humanidad, en vez del servicio a Cristo, nuestro amabilísimo Señor, y escoger el arder para siempre en las llamas del infierno con Satanás, en vez de reinar felicísimos en la gloria eterna con Nuestro Señor Jesucristo. La única razón que hallo es que el servicio a Cristo empieza con la Cruz. Es necesario crucificar la carne con sus vicios y concupiscencias. Esta trago amargo, este cáliz de hiel, naturalmente produce nausea en el hombre frágil, y es muchas veces la única razón por la cual el preferiría ser esclavo de sus pasiones que ser Señor de ellas por tal remedio. Un hombre sin razón, ciertamente, o más aún no un hombre sino una bestia, pues un hombre despojado de su razón es tal, puede ser gobernado por sus deseos y apetitos. Pero como el hombre es dotado de razón, ciertamente sabe o debería saber que aquel que es mandado crucificar su carne con sus vicios y concupiscencias debe insistir en guardar este precepto, particularmente al ser asistido por la gracia de Dios para hacer tal, y que Nuestro Señor, como buen doctor, prepara de tal manera esta amarga poción en orden a que pueda ser bebida sin dificultad. Más aún, si alguno de nosotros individualmente fuera la primera persona a la que estas palabras fuesen dirigidas “Toma tu cruz y sígueme”, tal vez tendríamos una excusa para dudar y desconfiar de nuestras fuerzas, y no atrevernos a poner nuestras manos sobre una cruz que consideramos incapaces de cargar. Pero como no solamente hombres, sino incluso niños de tierna edad han valientemente tomado la Cruz de Cristo, la han cargado pacientemente, y han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias, ¿por qué habremos de temer? ¿Por qué habremos de dudar? San Agustín fue vencido por este argumento, y de una vez dominó sus concupiscencias carnales que por años había considerado inconquistables. Puso delante de los ojos de su alma a tantos hombres y mujeres que habían llevado vidas castas, y se dijo a sí mismo: “¿Por qué no puedes hacer lo que tantos de ambos sexos han hecho confiando no en su propia fuerza, sino en el Señor su Dios?”. Lo que ha sido dicho de la concupiscencia de la carne, puede ser dicho con igual fuerza de la concupiscencia de los ojos, que es la avaricia y el orgullo de la vida. No hay vicio que con la asistencia de Dios no pueda ser superado, y no hay razón para temer que Dios se rehusará a ayudarnos. San León dice: “Dios Todopoderoso insiste con justicia que guardemos sus mandamientos pues él nos previene con su gracia”. Miserables y locas y necias son, pues, aquellas almas que prefieren llevar cinco yugos de bueyes bajo el mando de Satanás, y con trabajo y pena ser esclavos de sus sentidos, y finalmente ser torturados para siempre con su líder, el diablo, en las llamas del infierno, que someterse al yugo de Cristo, que es dulce y ligero, y hallar descanso para sus almas en esta vida, y en la próxima vida una corona eterna con su Rey en interminable gloria.

 

CAPÍTULO XVII

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Un quinto fruto puede ser recogido de esta palabra, pues podemos aplicarla a la edificación de la Iglesia que fue perfeccionada en la Cruz, como otra Eva formada de la costilla de otro Adán. Y este misterio debería enseñarnos a amar la Cruz, honrar la Cruz, y estar estrechamente unidos a la Cruz. ¿Pues quién no ama el lugar de nacimiento de su madre? Todos los fieles tienen una extraordinaria veneración por el sagrado hogar de Loreto, porque es el lugar de nacimiento de la Virgen Madre de Dios, y ahí en su vientre virginal Ella concibió a Jesucristo Nuestro Señor, como el ángel anunció a San José: “Porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo”[307]. Así la Santa Iglesia Católica Romana, consiente del lugar de su nacimiento, tiene a la Cruz plantada en todo lugar, y en todo lugar exhibida. Somos enseñados a hacerla sobre nosotros mismos, la vemos en las iglesias y casas. La Iglesia no confiere ningún sacramento sin la Cruz, no bendice nada sin el signo de la Cruz, y nosotros, los hijos de la Iglesia, manifestamos nuestro amor a la Cruz cuando pacientemente sobrellevamos las adversidades por amor a nuestro Dios crucificado. Esto es gloriarse en la Cruz. Esto es hacer lo que dijo el Apóstol: “Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre de Jesús”[308]. San Pablo simplemente nos da a entender lo que él quiere decir por glorificarse en la Cruz cuando dice: “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”[309]. Y nuevamente en su Carta a los Gálatas: “Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado, y yo un crucificado para el mundo”[310]. Esto es ciertamente el triunfo de la Cruz, cuando el mundo con sus pompas y placeres está muerto para el alma cristiana que ama a Cristo crucificado, y el alma está muerta para el mundo al amar las tribulaciones y el desprecio que el mundo odia, y odiando los placeres de la carne, y el aplauso vacío de hombres a los que ama el mundo. De esta manera el verdadero siervo de Dios rinde tan perfectamente que también puede decirse de él: “está concluido”.

CAPÍTULO XVIII

El sexto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

El último fruto en ser cosechado de la consideración de esta palabra ha de ser recogido de la perseverancia que Nuestro Señor exhibió en la Cruz. Somos enseñados por esta palabra “todo está cumplido” cómo Nuestro Señor perfeccionó tanto la obra de su Pasión desde el principio hasta el fin que nada le faltaba: “Las obras de Dios son perfectas”[311]. Y como Dios Padre completó la obra de la creación en el sexto día y descansó el séptimo, así el Hijo de Dios completó la obra de nuestra redención en el sexto día y descansó en el sueño de la muerte el séptimo. En vano los judíos lo provocaban: “Si Él es el Rey de Israel que baje de la Cruz y creeremos en Él”[312]. Con mayor verdad exclamaba San Bernardo: “Porque es el Rey de Israel, no abandonará el emblema de su realeza. No nos dará una excusa para fallar en nuestra perseverancia, que sola es coronada: no hará torpes las lenguas de los predicadores, ni mudos los labios de aquellos que consuelan a los débiles, ni vacías las palabras de aquellos cuyo deber es decir a todos: no abandonen su cruz, pues sin duda cada alma individual hubiera respondido si pudiese: He abandonado mi cruz, porque Cristo desertó primero de la suya”. Cristo perseveró en su Cruz incluso hasta su muerte, para perfeccionar tanto su obra que nada le faltase, y dejarnos ejemplo de perseverancia en todo sentido digno de nuestra admiración. Es fácil ciertamente permanecer en lugares que nos acomodan, o perseverar en tareas que nos agradan, pero es muy difícil quedarse en el puesto de uno cuando hay tanto dolor a ser aliviado, o continuar en una ocupación en la que hay tanta ansiedad ligada a ella. Pero si pudiésemos entender la razón que indujo a Nuestro Señor a perseverar en la Cruz, deberíamos estar completamente convencidos que tenemos que cargar nuestra cruz con constancia, y de ser necesario, cargarla con coraje incluso hasta nuestra muerte. Si fijamos los ojos solamente en la Cruz no podemos sino llenarnos de horror a la vista de tal instrumento de muerte. Pero si fijamos nuestros ojos en Él que nos exhorta a cargar la Cruz, y en el lugar al que la Cruz nos llevará, y en el fruto que la Cruz produce en nosotros, entonces, en vez de aparecer llena de dificultades y obstáculos, será fácil y agradable perseverar en llevarla, e incluso permanecer con constancia clavada en ella.

¿Entonces por qué Cristo perseveró tanto colgado de su Cruz incluso hasta la muerte sin un lamento o una murmuración? La primera razón es el amor que tenía por su Padre: “La copa que me ha dado el Padre, ¿no la he de beber?”[313]. Cristo amó a su Padre y el Padre amó a su Hijo Unigénito con un amor igualmente inefable. Y cuando vio el cáliz del sufrimiento ofrecido a Él por su todo-bueno y todo-amoroso Padre en tal manera que Él no pudo concluir sino que era ofrecido a Él por la mejor de las razones, no nos ha de maravillar que tomara hasta los residuos con la mayor prontitud. El Padre había hecho una fiesta de bodas para su Hijo, y le había dado por Esposa la Iglesia, ciertamente desfigurada y deformada, pero que Él había de limpiar amorosamente en el baño de su preciosa Sangre y hacerla hermosa, “sin mancha ni arruga”[314]. Cristo por su lado amó cariñosamente a la Esposa dada a Él por su Padre, y no dudó en derramar su Sangre para hacerla hermosa y atractiva. Si Jacob sudó por siete años alimentando a los rebaños de Labán, sufrió el calor y el frío y la falta de sueño para poder casarse con Raquel, y si estos siete años de trabajos pasaron tan rápidamente que “parecieron sino pocos días dada la grandeza de su amor”[315], y otros siete años parecieron igualmente cortos, no debe sorprendernos que el Hijo de Dios deseó ser colgado de la Cruz por tres horas por su Esposa, la Iglesia, que había de ser madre de tantos miles de santos y de tantos hijos de Dios. Más aún, al beber al amargo cáliz de su Pasión, Cristo estaba llevado no sólo por su Amor al Padre y a su Esposa, sino también por la exaltada gloria y la ilimitada y eterna alegría que iba a asegurar por medio de su Cruz. “Se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por lo cual Dios lo exaltó, y le dio el Nombre que está sobre todo nombre: para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre”[316].

Al ejemplo que Cristo nos ha puesto, añadamos también el ejemplo que los Apóstoles manifiestan para que imitemos. San Pablo en su Carta a los romanos, luego de enumerar sus propias cruces y las de sus compañeros, pregunta: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿Los peligros? ¿La espada? Como dice la Escritura: por Tu causa somos muertos todo el día, tratados como ovejas destinadas al matadero”. Y contesta su propia pregunta: “Pero en todo esto vencemos gracias a Aquel que nos amó”[317]. No debemos preocuparnos del sufrimiento que las cruces significan si deseamos permanecer firmes en sobrellevarlas, sino alentarnos a nosotros mismos por el amor de aquel Dios que tanto nos amó que entregó a su único Hijo por nuestro rescate; o incluso manteniendo fijos nuestros ojos en Aquel Hijo de Dios que nos amó y “se dio a sí mismo por nosotros”[318]. En su Carta a los Corintios, el mismo Apóstol dice: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones”[319]. ¿Cuándo surgió esta consolación y este gozo que lo hace, por así decirlo, impasible en toda aflicción? Él nos da la respuesta: “la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”[320]. Por tanto la contemplación de la corona que lo aguardaba, y el pensamiento que siempre guardó ante él, valía por todos las pruebas de esta vida momentánea y trivial. “¿Qué persecución –clama San Cipriano– puede prevalecer ante tales pensamientos?”[321]. Como segundo modelo tomaremos la conducta de San Andrés, que no miró la cruz en la que iba a ser colgado por dos días como una horca, sino que la abrazó como a un amigo, y cuando los espectadores de su ejecución querían bajarlo, de ninguna manera lo consentía, pues deseaba permanecer unido a la cruz incluso hasta su muerte. Y ésta no es la acción de una persona loca o necia, sino de un apóstol iluminado y de un hombre lleno del Espíritu Santo.

Todos los cristianos pueden aprender del ejemplo de Cristo y sus apóstoles cómo comportarse cuando no pueden descender de su cruz, esto es, cuando no se pueden liberar de alguna aflicción particular o no pueden sufrir sin pecar. En primer lugar, la vida de cada religioso ligado por los votos de pobreza, castidad y obediencia, es comparada al martirio del cual no debe huir. Si un esposo está casado a una esposa irascible, áspera y mal humorada, o una esposa está casada a un hombre cuyo temperamento y carácter no es en lo más mínimo menos difícil de tratar, como San Agustín, en sus “Confesiones”, nos asegura era la disposición de su padre, el esposo de Santa Mónica, entonces la cruz debe ser valientemente cargada, pues la unión es indisoluble. Los esclavos que han perdido su libertad, prisioneros condenados a servicio perpetuo, enfermos que sufren de una enfermedad incurable, los pobres que son tentados a asegurar el alivio momentáneo robando, todos y cada uno han de dirigir sus pensamientos, no a la cruz que cargan, sino a Aquel que ha puesto la cruz sobre ellos, si desean perseverar cargándola con paz interior, y desean ganarse la inmensa recompensa que es prometida a ellos en el cielo cuando sus sufrimientos acaben. Sin duda es Dios quien nos aflige con las cruces, y Él es nuestro amadísimo Padre, y sin su participación ni la tristeza ni la alegría pueden tener lugar en nosotros. Sin duda, también, cualquier cosa que nos pase por voluntad suya es lo mejor para nosotros, y ha de ser tan agradable para nosotros como para llevarnos a decir con Cristo: “El Cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?”[322]; y con el Apóstol: “Pero en todo eso vencemos gracias a Aquel que nos amo”[323]. En consecuencia, aquellos que no pueden dejar de lado su cruz sin pecar deben considerar, no su presente sufrimiento, sino la corona que les aguarda, y cuya posesión más que compensará todas las aflicciones, todos los dolores de esta vida. “Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con lo gloria que se ha de manifestar en nosotros”[324], fue lo que dijo San Pablo de sí mismo, y el juicio que hizo sobre Moisés fue: “prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, a disfrutar el efímero goce del pecado, estimando como riqueza mayor que los tesoros de Egipto, el oprobio de Cristo, porque tenía los ojos puestos en la recompensa”[325].

Para consolación de aquellos que son forzados a cargar la pesada carga de la cruz a lo largo de muchos años, no estará fuera de lugar relatar brevemente la historia de dos almas que no perseveraron, y encontraron esperándolos una cruz más pesada y eterna. Cuando Judas el traidor empezó a reflexionar sobre lo detestable y enorme de su traición, se sintió incapaz de soportar la vergüenza y la confusión de encontrarse nuevamente con alguno de los apóstoles o discípulos de Cristo, y se colgó a sí mismo con una soga. Lejos de escapar de la vergüenza que temía, solo cambió una cruz por otra más pesada. Pues su confusión será aún mayor cuando, el día del Juicio Final, tendrá que pararse delante de todos los ángeles y hombres, no sólo como el traidor convicto de su Señor, sino como un asesino de sí mismo. Que necedad fue de su parte evitar una breve vergüenza delante del entonces pequeño rebaño de Cristo, quienes hubieran sido mansos y buenos con él, como su Señor, y lo hubiesen confiado a la misericordia de su Redentor, y no tener que sufrir la infamia y la ignominia que ha de sufrir cuando esté delante a la vista de todas las creaturas como un traidor a su Dios y un suicida. El otro ejemplo es tomado del panegírico de San Basilio sobre los cuarenta mártires. En la persecución del emperador Licinio, cuarenta soldados fueron condenados a muerte por su firme creencia en Cristo. Fueron ordenados ser expuestos desnudos durante la noche en un lago congelado, y ganar su corona por la lenta agonía de ser congelados a muerte. Al lado del lago congelado se tenía preparado un baño caliente, al cual cualquiera que negara su fe tenía la libertad de introducirse. Treinta y nueve de los mártires dirigieron sus pensamientos a la felicidad eterna que los esperaba, sin importarles su sufrimiento actual, que pronto acabaría, perseverando con facilidad en su fe, mereciendo recibir de las manos de Jesucristo su corona de gloria eterna. Pero uno ponderó y consideró sus tormentos, no pudo perseverar, y se lanzó al baño caliente. Mientras la sangre empezó correr nuevamente a través de sus miembros congelados, expiró su alma, que, marcada con la desgracia de ser un traidor a su Dios, descendió directamente a los eternos tormentos del infierno. Buscando evadir la muerte, este infeliz desdichado la halló, cambiando una transitoria y comparativamente ligera cruz por una insoportable y eterna. Los imitadores de estos dos hombres miserables pueden ser hallados entre aquellos que abandonan su vida religiosa, que alejan de sí el yugo que es suave y la carga que es ligera, y cuando menos lo esperan, se encuentran atados como esclavos del yugo más pesado de sus numerosos apetitos que nunca satisfacen, y aplastados bajo la vejadora carga de innumerables pecados. Aquellos que se niegan a cargar la Cruz de Cristo están obligados a cargar las ataduras y cadenas de Satanás.

CAPÍTULO XIX

Explicación literal de la séptima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”

Hemos llegado a la última palabra que Nuestro Señor pronunció. En el momento de la muerte de Jesús, “dando un fuerte grito, dijo, “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu””[326]. Explicaremos cada palabra separadamente. “Padre”. Merecidamente llama a Dios su Padre, pues Él era un Hijo que había sido obediente a su Padre incluso hasta la muerte, y era propio que su último deseo, que con seguridad iba a ser escuchado, sea precedido por tan dulce nombre. “En tus manos”. En las Sagradas Escrituras las manos de Dios significan la inteligencia y la voluntad de Dios, o en otras palabras, su sabiduría y poder, o también, la inteligencia de Dios que conoce todas las cosas, y la voluntad de Dios que puede hacer todas las cosas. Con estos dos atributos como manos, Dios hace todas las cosas, y no necesita ningún instrumento en el cumplimiento de su voluntad. San León dice: “La voluntad de Dios es su omnipotencia”[327]. En consecuencia, con Dios querer es hacer. “Todo cuanto quiso lo ha hecho”[328]. “Te encomiendo”. Entrego a tu cuidado mi Vida, con la seguridad de que me será devuelta cuando venga el tiempo de mi resurrección. “Mi espíritu”. Hay diversidad de opinión en cuanto al significado de esta palabra. Ordinariamente la palabra espíritu es sinónimo de alma, que es la forma substancial del cuerpo, pero puede significar también la vida misma, pues respirar es el signo de la vida. Aquellos que respiran viven, y mueren los que dejan de respirar. Si por la palabra Espíritu entendemos aquí el alma de Cristo, debemos guardarnos de pensar que su alma, en el momento de la separación del cuerpo, estaba en peligro. Estamos acostumbrados a encomendar con muchas oraciones y ansiedades las almas de los agonizantes, porque están a punto de aparecer delante del tribunal de un Juez estricto para recibir su recompensa o castigo por sus pensamientos, palabras y hechos. El alma de Cristo no estaba en tal necesidad, porque disfrutaba de la Visión Beatífica desde el tiempo de su creación, estaba unida hipostáticamente a la persona del Hijo de Dios, y podía incluso ser llamada el Alma de Dios, y también porque dejaba el cuerpo victoriosa y triunfante, objeto de terror para los demonios, y no un alma a ser asustada por ellos. Si la palabra “espíritu” es entonces tomada como sinónimo de alma, el sentido de estas palabras de Nuestro Señor “Te encomiendo mi Espíritu” es que el Alma de Dios que estaba en el cuerpo como en un tabernáculo estaba a punto de lanzarse a las manos del Padre como en un lugar de confianza, hasta que debiera regresar al cuerpo, de acuerdo a las palabras del Libro de la Sabiduría:

“Las almas de los justos están en las manos de Dios”[329]. Sin embargo, el sentido comúnmente aceptado de la palabra en este pasaje es la vida del cuerpo. Con esta interpretación la palabra puede ser entonces ampliada. Entrego ahora mi aliento de vida, y mientras dejo de respirar, dejo de vivir. Pero este aliento, esta vida, te la confío a Ti, Padre mío, para que en breve puedas nuevamente restituirla a mi cuerpo. Nada de lo que guardas perece. En Ti todas las cosas viven. Con una palabra llamas a la existencia cosas que no eran, y con una palabra das la vida a aquellos que no la tenían.

Podemos entender que esta es la verdadera interpretación de la palabra del salmo 30, uno de los versículos que Nuestro Señor cita: “Sácame de la red que me han tendido, que tú eres mi refugio; en tus manos encomiendo mi espíritu”[330]. En este versículo, el profeta claramente significa “vida” por la palabra “espíritu”, pues pide a Dios preservar su vida, y no sufrir muerte por sus enemigos. Si consideramos el contexto en el Evangelio, está claro que éste es el sentido que Nuestro Señor quería darle. Pues luego de haber dicho “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”, el evangelista añade:

“Y diciendo esto expiró”[331]. Ahora bien, expirar es lo mismo que cesar de respirar, característica sólo de los que viven. No puede ser dicho del alma, que es la forma substancial del cuerpo, como puede ser dicho del aire que inhalamos, que lo respiramos mientras vivimos, y que dejamos de respirarlo tan pronto morimos. Finalmente, nuestra interpretación es asegurada por las palabras de San Pablo: “El cual habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente”[332]. Algunos autores refieren este pasaje a la oración de Nuestro Señor en el huerto: “Abba, Padre, todo es posible para ti, aparta de mí este cáliz”[333]. Pero esto es incorrecto, pues Nuestro Señor en aquella ocasión ni oró con un fuerte grito, ni fue escuchada su oración, y Él mismo no quería ser escuchado para ser librado de la muerte. Oró para que el cáliz de su Pasión fuera apartado de Él para mostrar su natural rechazo a la muerte, y para aprobar que realmente era hombre cuya naturaleza es temer su llegada. Y luego de esta oración añadió: “Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”[334]. En consecuencia, la oración en el Huerto no era la oración a la que alude el Apóstol en su Carta a los Hebreos. Otros, refieren este texto de San Pablo a la oración que Cristo hizo en la Cruz por aquellos que lo estaban crucificando. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[335]. En aquella ocasión, sin embargo, Nuestro Señor no oró con un fuerte grito, y no oró por sí mismo, ni tampoco oró para ser librado de la muerte, siendo ambas de estas cosas mencionadas claramente por el Apóstol como el fin de la oración de Nuestro Señor. Queda entonces que las palabras de San Pablo se deben referir a la oración hecha por Cristo al morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”[336]. Esta plegaria, dice San Lucas, la hizo con fuerte voz: “Y Jesús, dando un fuerte grito, dijo”. Las palabras tanto de San Pablo como San Lucas concuerdan con esta interpretación. Más aún, como dice San Pablo, Nuestro Señor oró para ser salvado de la muerte, y esto no puede significar que oró para ser salvado de la muerte en la Cruz, pues en ese caso su plegaria no fue escuchada, y el Apóstol nos asegura que fue escuchada. El verdadero significado es que Él oró para no ser devorado por la muerte, sino solamente para probar la muerte y luego regresar a la vida. Esta es la explicación evidente de estas palabras: “Habiendo ofrecido ruegos y súplicas con poderoso clamor de lágrimas al que podía salvarle de la muerte”[337]. Nuestro Señor no podía sino saber que Él iba a morir ya que estaba tan cerca de la muerte, y deseó ser librado de la muerte sólo en el sentido de no ser cautivo de la muerte. En otras palabras, oró por su pronta resurrección, y su oración fue rápidamente concedida, pues se alzó triunfante el tercer día. Esta interpretación del pasaje de San Pablo prueba más allá de toda duda que cuando el Señor dijo: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”, la palabra “espíritu” es sinónimo de vida y no de alma. Nuestro Señor no estaba ansioso por su Alma, pues la sabía segura, pues gozaba ya de la Visión Beatífica, y había visto a su Dios cara a cara desde el momento de su creación, pero estaba ansioso por su cuerpo, sabiendo con anticipación que pronto estaría privado de vida, y oró para que su cuerpo no esté largo tiempo en el sueño de la muerte. Esta oración fue tiernamente escuchada y concedida abundantemente.

CAPÍTULO XX

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

De acuerdo a la práctica que hasta ahora hemos seguido, recogeremos algunos frutos de la consideración de la última palabra dicha por Cristo en la Cruz, y de su muerte que sucedió inmediatamente. Y primero mostraremos la sabiduría, el poder, y la infinita caridad de Dios desde la misma circunstancia que parece acompañada de tanta debilidad e insensatez. Su fuerza es claramente manifestada en esto: que Nuestro Señor murió mientras gritaba con fuerte voz. De esto concluimos que si hubiese sido su voluntad no habría tenido que morir, pero murió porque así quiso. Como regla, las personas a punto de morir pierden gradualmente su fuerza y su voz, y en el último instante no son capaces de articular palabra. Y así, no fue sin razón que el Centurión, al escuchar grito tan fuerte proferido de los labios de Cristo, que había perdido casi hasta la última gota de su sangre, exclamó: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios”[338].

Cristo es un Señor poderoso, tanto que mostró su fuerza incluso en su muerte, no solo al gritar fuertemente con sus últimas fuerzas, sino también al hacer temblar la tierra, quebrando las rocas en pedazos, abriendo tumbas, y rasgando el velo del Templo. Sabemos, por autoridad de San Marcos, que todas estas cosas ocurrieron en la muerte de Cristo, y todos y cada uno de estos eventos tiene su significado oculto, en el que es manifestada su Divina sabiduría. El terremoto y el quebrarse de las rocas manifestaron que su Muerte y Pasión moverían a muchos hombres a arrepentirse, y suavizaría los corazones más duros. San Lucas da esta interpretación a estos misteriosos presagios, pues luego de mencionarlos, añade que lo judíos se volvieron tras haber presenciado la Crucifixión “golpeándose el pecho”[339]. El abrirse de las tumbas prefiguró la gloriosa resurrección de los muertos, que fue uno de los resultados de la muerte de Cristo. El rasgado del velo del Templo, por lo cual el Santo de los Santos podía ser visto, fue prenda de que el Cielo sería abierto por los méritos de su Muerte y Pasión, y que todos los predestinados verían entonces a Dios cara a cara. Ni tampoco fue su sabiduría manifestada solamente en estos signos y maravillas. Fue manifestada también produciendo vida de la muerte, como fue prefigurado por Moisés al producir agua de la roca[340], y por el símil en el que Cristo se compara a sí mismo como a un grano de trigo[341]. Pues así como es necesario para el grano morir para dar fruto, así por su Muerte en la Cruz Cristo enriqueció por la vida de gracia innumerables multitudes de todas las naciones. San Pedro expresa la misma idea cuando habla de Jesucristo como “devorando la muerte para que fuésemos herederos de la vida eterna”[342]. Como si dijera: el primer hombre probó el fruto prohibido y sujetó su posteridad a la muerte; el Segundo Hombre probó la amarga fruta de la muerte, y todos los que renacen en Él reciben la vida eterna. Finalmente, su sabiduría fue manifestada en el modo de su Muerte, pues desde ese momento la Cruz, a lo que no había habido nada más ignominioso y desgraciado, se convirtió en emblema tan digno y glorioso que incluso los reyes lo consideran un honor usarlo como ornamento. En su adoración de la Cruz, la Iglesia canta: “Suaves son los clavos, y suave la madera, que soporta un peso tan suave y bueno”.

San Andrés, al mirar la cruz en la que iba a ser crucificado, exclamó: “Salve, preciosa cruz, que has sido adornada por los preciosos miembros de mi Señor. Largo tiempo te he deseado, ardientemente te he buscado, ininterrumpidamente te he amado, y ahora te encuentro lista para recibir mi anhelante alma. Seguro y lleno de alegría vengo a ti, recíbeme pues en tu abrazo, ya que soy discípulo de Cristo mi Señor, que me redimió al colgar de ti”.

Qué decir ahora de la infinita caridad de Dios. Previamente a su muerte Nuestro Señor dijo: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”[343]. Cristo literalmente dio su vida, pues nadie podía privarlo de ella en contra de su voluntad. “Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente”[344]. Un hombre no puede mostrar mayor amor por sus amigos que dando la vida por ellos, puesto que nada es más precioso o querido que la vida, ya que es el fundamento de toda felicidad. “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?”[345], esto es, su vida. Cada uno instintivamente rechaza con todas sus fuerzas un ataque en contra de su vida. Leemos en Job: “Piel por piel, todo lo que el hombre posee lo da por su vida”[346]. Hasta ahora, sin embargo, hemos visto este hecho en una manera general. Descenderemos ahora a lo particular. De muchos modos, y de inefable manera, Cristo mostró su amor hacia toda la raza humana, y hacia cada individuo, al morir en la Cruz. En primer lugar, su vida era la más preciosa de todas las vidas, puesto que era la vida del Hombre-Dios, la vida del más poderoso de los reyes, la vida del más sabio de los doctores, la vida del mejor de los hombres. En segundo lugar, Él dio su vida por sus enemigos, por los pecadores, por los desdichados ingratos. Más aún, dio su vida para que al precio de su misma Sangre estos pecadores, estos desdichados ingratos, puedan ser arrebatados de las llamas del infierno. Y finalmente, dio su vida para hacer a estos enemigos, estos pecadores, estos desdichados ingratos, sus hermanos y coherederos y conjuntamente poseedores con Él de la alegría eterna en el Reino de los Cielos. ¿Podrá haber una sola alma tan endurecida e ingrata para no amar a Jesucristo con todo su corazón? Oh Dios, convierte a Ti nuestros corazones de piedra, y no sólo nuestros corazones, sino los corazones de todos los cristianos, los corazones de todos los hombres, incluso los corazones de los infieles que nunca te han conocido, y de los ateos que te han negado.

CAPÍTULO XXI

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

Otro y muy provecho fruto sería cosechado de la consideración de esta palabra si pudiésemos hacernos el hábito de repetirnos continuamente la oración que Cristo nuestro Señor nos enseñó en la Cruz con su último aliento: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”[347]. Nuestro Señor no tenía necesidad como nosotros para hacer tal oración. Él era el Hijo de Dios. Nosotros somos siervos y pecadores, y en consecuencia nuestra Santa Madre y Señora, la Iglesia, nos enseña a hacer constante uso de esta plegaria, y repetir no sólo la parte que usó nuestro Señor, sino entera, como la hallamos en los Salmos de David: “En tus manos encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad”[348]. Nuestro Señor omitió la última parte del versículo porque Él era el Redentor y no uno a ser redimido, pero aquel que ha sido redimido con su preciosa Sangre no debe omitirlo. Más aún, Cristo, como el Hijo Unigénito de Dios, oró a su Padre. Nosotros, por otro lado, oramos a Cristo como nuestro Redentor, y en consecuencia no decimos “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, sino “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad”. El protomártir San Esteban fue el primero en usar esta oración cuando en el momento de su muerte exclamó: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”[349].

Nuestra Santa Madre Iglesia nos enseña a hacer uso de esta jaculatoria en tres distintas ocasiones. Nos enseña a decirla diariamente al comienzo de las completas, como aquellos que recitan el Oficio Divino pueden confirmarlo. En segundo lugar, cuando nos acercamos a la Sagrada Eucaristía, luego del “Domine non sum dignus”, el sacerdote dice primero para sí mismo y luego para los otros que comulgan: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Finalmente, al momento de la muerte, recomienda a todos los fieles imitar a su Señor al morir en el uso de esta plegaria. No hay duda de que somos ordenados a usar este versículo en las Completas, porque esa parte del Oficio Divino es rezada al final del día, y San Basilio en sus reglas explica cuán fácil es al llegar la oscuridad, y empieza la noche, encomendar nuestro espíritu a Dios, para que si súbitamente nos coge la muerte, no seamos hallados desprevenidos. La razón por la que debemos usar la misma jaculatoria en el momento en que recibimos la Sagrada Eucaristía es clara, pues el recibir la Sagrada Eucaristía es riesgoso y a la vez tan necesario, que no podemos ni acercarnos con mucha frecuencia ni abstenernos sin peligro: “Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre de Cristo Nuestro Señor”, y “come y bebe su propio castigo”[350]. Y aquel que no recibe el Cuerpo de Cristo Nuestro Señor no recibe el pan de vida, incluso la vida misma. Así que estamos rodeados de peligros como hombres hambrientos, inseguros de si la comida que es ofrecida está envenenada o no. Con miedo y temblor hemos entonces de exclamar: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, a menos que Tú en tu bondad me hagas digno, y por tanto di solo una palabra y mi alma será sanada. Pero como no tengo razón para dudar si Tu te dignarías curar mis heridas, encomiendo mi espíritu a tus manos, para que llegado el momento, tú puedas estar cerca y asistir a mi alma, a la que has redimido con tu preciosa Sangre.

Si algunos cristianos pensaran seriamente en estas cosas, no estarían tan prontos a recibir el sacerdocio con el objeto de ganarse la vida con los estipendios que reciben de las misas. Tales sacerdotes no están tan ansiosos de acercarse a este gran Sacrificio con una preparación adecuada, como lo están para obtener el fin que se proponen, que es asegurar la comida para sus cuerpos, y no para sus almas. Hay también otros que, asistentes a los palacios de prelados y príncipes, se aproximan a este gran misterio a través del respeto humano, por miedo a que por accidente incurran en desagradar a sus señores al no comulgar a las horas regularmente constituidas. ¿Qué ha de hacerse entonces? ¿Es más ventajoso acercarse con poca frecuencia a este Banquete Divino? Ciertamente no. Mucho mejor es acercarse frecuentemente pero con la debida preparación, pues, como dice San Cirilo, mientras menos nos aproximamos menos estamos preparados para recibir el mana celestial.

La llegada de la muerte es un tiempo cuando nos es necesario repetir con gran ardor una y otra vez la plegaria: “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”. Pues si nuestra alma al dejar nuestro cuerpo cae en las manos de Satanás, no hay esperanza de salvación. Si por el contrario, cae en las manos paternales de Dios, no hay más causa alguna para temer el poder del enemigo. Consecuentemente con intenso dolor, con verdadera y perfecta contrición, con confianza ilimitada en la misericordia de nuestro Dios, debemos en el momento temido clamar una y otra vez: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Y en ese último momento, aquellos que durante la vida pensaron poco en Dios son más severamente tentados a la desesperanza, porque no tienen ahora mayor tiempo para arrepentirse. Deben alzar ahora el escudo de la fe, recordando que está escrito: “La maldad del malvado no le hará sucumbir el día en que se aparte de su maldad”[351], y el yelmo de la esperanza, confiando en la bondad y la compasión de Dios, y repitiendo continuamente “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, ni fallar en añadir aquella parte de la plegaria que es el fundamento de nuestra esperanza: “pues Tu me has redimido, Señor, Dios de verdad”. ¿Quién puede devolver a Jesús la sangre inocente que ha derramado por nosotros? ¿Quién puede pagar de vuelta el rescate con el que nos ha comprado? San Agustín, en el libro noveno de sus Confesiones, nos alienta a poner confianza ilimitada en nuestro Redentor, porque la obra de nuestra redención, una vez realizada, nunca será inútil o inválida, a menos que le pongamos a su efecto una barrera impenetrable por nuestra desesperanza y falta de penitencia.

CAPÍTULO XXII

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

El tercer fruto en ser recogido es el siguiente. Al acercarse la muerte debemos confiar no tanto en las limosnas, ayunos, y oraciones de nuestros parientes y amigos. Muchos, durante la vida, se olvidan todo acerca de sus almas, y no piensan en nada más y no hacen nada más que amontonar dinero para que sus hijos y nietos puedan abundar en riquezas. Cuando se aproxima la muerte empiezan por primera vez a pensar en sus propias almas, y como han dejado toda su substancia mundana a sus parientes, les encomiendan también sus almas para que sean asistidas por sus limosnas, oraciones, el sacrificio de la Misa, y otras obras buenas. El ejemplo de Cristo no nos enseña a actuar de esta manera. Él encomendó su Espíritu no a sus parientes, sino a su Padre. San Pedro no dice que actuemos de esta manera, sino que “encomendemos” nuestras “almas al Creador haciendo el bien”[352].

No encuentro falta en aquellos que ordenan o buscan o desean que se hagan caridades y que sea ofrecido el Santo Sacrificio por el reposo de sus almas, pero culpo a aquellos que ponen excesiva confianza en las oraciones de sus hijos y parientes, pues la experiencia enseña que los muertos son prontamente olvidados. Lamento también que en asunto de tal importancia como es la salvación eterna los cristianos no obren por sí mismos, no hagan ellos mismos sus limosnas, y se aseguren amistades por quienes, de acuerdo al Evangelio, puedan ser recibidos “en eternas moradas”[353]. Finalmente, reprendo severamente a aquellos que no obedecen al Príncipe de los Apóstoles, que nos ordena encomendar nuestras almas al fiel Creador, no solo por nuestras palabras, sino por nuestras buenas obras. Las obras que nos serán ventajosas en presencia de Dios son aquellas que nos hacen eficaz y verdaderamente cristianos piadosos. Escuchemos las voces del Cielo que resonaban en los oídos de San Juan: “Y oí una voz que decía desde el cielo: escribe: dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan”[354]. Por tanto, las buenas obras que son hechas mientras vivimos, y no las que son hechas para nosotros por nuestros hijos y parientes luego de nuestra muerte, son las buenas obras que nos acompañarán. Particularmente si no son solamente buenas en sí mismas, sino, como lo expresa San Pedro –no sin cierto significado oculto–, cuando están bien hechas. Muchos pueden enumerar cantidades de buenas obras que han hecho, muchos sermones, Misas diarias, el rezo del Oficio Divino por años, el ayuno anual de Cuaresma, frecuentes limosnas. Pero cuando todas estas son pesadas en la escala Divina, y hay un escrutinio rígido para determinar si han sido hechas bien, con intención justa, con la debida devoción, en el lugar y tiempo adecuados, con un corazón lleno de gratitud hacia Dios… Oh, ¿cuántas cosas que parecían meritorias se volverán en detrimento nuestro? ¿Cuántas cosas que al juicio de los hombres aparecían como oro y plata y piedras preciosas, serán halladas de madera y paja y rastrojo, buenas solo para la fogata? Esta consideración me alarma no poco, y mientras más cercano me encuentro a la muerte, pues el Apóstol me advierte “lo anticuado y viejo está a punto de cesar”[355], más claramente veo la necesidad de seguir el consejo de San Juan Crisóstomo. Aquel santo doctor nos dice que no pensemos mucho en nuestras buenas obras, porque si son realmente buenas, estos es, bien realizadas, están ya escritas en el Libro de la Vida, y no hay peligro de que seamos defraudados de nuestros justos méritos; y nos alienta a pensar más bien en nuestras acciones malas, y luchar para expiarlas con corazón contrito y espíritu humilde, con muchas lágrimas y un serio arrepentimiento[356]. Aquellos que siguen este consejo pueden exclamar con gran confianza en el momento de su muerte: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”.

CAPÍTULO XXIII

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

Sigue un cuarto fruto en ser recogido de la alegre manera en que la plegaria de Jesucristo fue escuchada, lo cual nos debería animar a un mayor fervor al encomendar nuestros espíritus a Dios. Con gran verdad nos dice el Apóstol que Nuestro Señor Jesucristo “fue escuchado por su reverencia”[357].

Nuestro Señor oró a su Padre, como hemos mostrado antes, por la pronta resurrección de su Cuerpo. Su plegaria fue concedida, pues la resurrección no fue prolongada más allá de lo necesario para establecer el hecho de que el Cuerpo de Nuestro Señor estuvo realmente separado de su alma. A menos que pudiese ser probado que su Cuerpo había sido realmente privado de vida, la resurrección y la estructura de la fe cristiana construida sobre ese misterio caerían a tierra. Cristo hubiese tenido que permanecer en la tumba por lo menos cuarenta horas para realizar el signo del profeta Jonás, de quien Él mismo dijo que prefiguraba su propia muerte. Para que la resurrección de Cristo pudiese ser acelerada lo más posible, y que fuese evidente que su plegaria había sido escuchada, los tres días y las tres noches que Jonás pasó en el estómago de la ballena, fueron, en relación a la resurrección de Cristo, reducidos a un día entero y partes de dos días. Así que el tiempo que estuvo el cuerpo de Nuestro Señor en el sepulcro no son propiamente, más que por una figura del lenguaje, tres días y tres noches. Dios Padre no sólo oyó la oración de Cristo acelerando el tiempo de su resurrección, sino al dar a su cuerpo muerto una vida incomparablemente mejor que la que tenía antes. Antes de su muerte, Cristo era mortal. La vida que le fue restituida era inmortal. Antes de su muerte la vida de Cristo era pasible, y sujeta al hambre y la sed, a la fatiga y a las heridas. La vida que le fue restituida era impasible. Antes de su muerte la vida de Cristo era corpórea, la vida que le fue restituida era espiritual, y el cuerpo estaba tan sujeto al espíritu que en un abrir y cerrar de ojos podía llevarse a donde el alma quisiese. El Apóstol da la razón por la cual la oración de Cristo fue tan prontamente concedida al decir que “fue escuchado por su reverencia”. La palabra griega conlleva la idea de un temor reverencial que era una cualidad distintiva del respeto que sentía Cristo por su Padre. Así, Isaías al enumerar los dones del Espíritu Santo que adornarían el alma de Cristo dice: “Reposará sobre él el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y será lleno del espíritu del temor de Dios”[358]. Mientras el alma de Cristo se llenaba de temor reverencial por su Padre, proporcionalmente el Padre se llenaba de complacencia en su Hijo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[359]. Y como el Hijo reverenció al Padre, el Padre escuchó su oración y le concedió lo que pedía.

Se sigue que si queremos ser escuchados por nuestro Padre Celestial, y que sean concedidas nuestras oraciones, debemos imitar a Cristo al aproximarnos a nuestro Padre que está en el cielo con gran reverencia, prefiriendo su honor a todo lo demás. Entonces sucederá que nuestras peticiones serán escuchadas, y especialmente aquella de la que depende nuestro lote en la eternidad; que al acercarse la muerte Dios preserve nuestras almas, que han sido encomendadas a su cuidado, del león rugiente que está rondando listo para recibir su presa. Que nadie piense, sin embargo, que la reverencia a Dios es mostrada meramente en genuflexiones, en descubrirnos la cabeza, y tales señales externas de adoración y honor. En adición a esto, el temor reverencial implica un gran temor de ofender la Divina Majestad, un íntimo y continuo horror del pecado, no por miedo al castigo, sino por amor a Dios. Fue provisto con este temor reverencial que no se atrevía ni siquiera pensar de pecar en contra de Dios: “Dichoso el hombre que teme a Yahveh, que en sus mandamientos mucho se complace”[360]. Tal hombre verdaderamente teme a Dios, y puede por eso ser llamado dichoso, pues se esfuerza por cumplir todos sus mandamientos. La santa viuda Judit “era muy estimada de todos, porque temía mucho al Señor”[361]. Ella era tanto joven como rica, pero nunca cedió ni se entregó a una situación de pecado. Se mantuvo con sus sirvientas apartada en su habitación, y “llevaba ceñido un sayal, y ayunaba todos los días de su vida a excepción de los sábados, novilunios y fiestas de la casa de Israel”[362]. Observen con cuanto celo, incluso bajo la antigua ley, que permitía mayor libertad que el Evangelio, una mujer joven y rica evitó los pecados de la carne, y por ninguna razón más que “porque temía mucho al Señor”. Las Sagrada Escritura menciona lo mismo del santo Job, quien hizo un pacto con sus ojos para no mirar virgen alguna, estos es, no miraría a una virgen por miedo de que alguna sombra de pensamiento impuro cruzara su mente. ¿Por qué el Santo Job tomó tales precauciones? “Hice un pacto con mis ojos para ni siquiera pensar en una virgen. Porque ¿qué parte tendría Dios en mí desde arriba y qué herencia el Omnipotente desde las alturas?”[363]. Lo que significa que si algún pensamiento impuro lo manchase, no tendría más la herencia de Dios, ni Dios sería su parte. Si quisiera mencionar los ejemplos de los santos del Nuevo Testamento, nunca acabaría. Este es, pues, el temor reverencial de los santos. Si estuviésemos llenos del mismo temor, no habría nada que no obtendríamos fácilmente de nuestro Padre Celestial.

 

CAPÍTULO XXIV

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

El último fruto es cosechado de la consideración de la obediencia mostrada por Cristo en sus últimas palabras y en su muerte en la Cruz. Las palabras del Apóstol: “Se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”[364], reciben su completa realización cuando Nuestro Señor expiró con estas palabras en sus labios: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Para poder recoger el fruto más precioso del árbol de la Santa Cruz debemos esforzarnos por examinar todo lo que pueda ser dicho de la obediencia de Cristo. Él, el Señor y Patrón de toda virtud, tuvo hacia su Padre Celestial una obediencia tan pronta y perfecta como para hacer imposible imaginar o concebir algo mayor.

En primer lugar, la obediencia de Cristo a su Padre empezó con su concepción y continuó ininterrumpidamente hasta su muerte. La vida de Nuestro Señor Jesucristo fue un perpetuo acto de obediencia. El alma de Cristo disfrutó desde el momento de su creación el ejercicio de su libre voluntad, estando llena de gracia y sabiduría, y en consecuencia, aun cuando estaba encerrado en el vientre de su Madre, era capaz de practicar la virtud de la obediencia. El salmista, hablando en la persona de Cristo, dice: “En el principio del libro está escrito de mí que debo hacer tu voluntad. Dios mío, lo he deseado y tu ley está arraigada en medio de mi corazón”[365]. Estas palabras pueden ser simplificadas así: “En el principio del libro”, esto es desde el principio hasta el fin de los textos inspirados de la Escritura, está mostrado que fui elegido y enviado al mundo “para hacer tu voluntad. Dios mío, lo he deseado” y libremente aceptado. He puesto “la ley”, tu mandamiento, tu deseo, “en medio de mi corazón”, para meditar sobre él constantemente, para obedecerlo puntual y prontamente. Las palabras mismas de Cristo significan igual: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, y llevar a cabo su obra”[366]. Pues así como un hombre no come de vez en cuando, a intervalos distantes uno del otro durante su vida, sino que diariamente come y se goza en ello, así Cristo Nuestro Señor era firme en ser obediente a su Padre todos los días de su vida. Era su alegría y su placer. “He bajado del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”[367]. Y nuevamente: “El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque hago siempre lo que le agrada a Él”[368]. Y puesto que la obediencia es el más excelente de todos los sacrificios, como dijo Samuel a Saúl[369], así cada acción que Cristo realizó durante su vida fue un sacrificio agradabilísimo para la Divina Majestad. La primera prerrogativa entonces de la obediencia de Nuestro Señor es que duró desde el momento de su Concepción hasta su muerte en la Cruz.

En segundo lugar, la obediencia de Cristo no estaba limitada a un tipo de tarea particular, como parece ser a veces el caso de otros hombres, sino que se extendió a todo lo que le plugo al Padre Eterno ordenar. De esto vinieron muchas de las vicisitudes en la vida de Nuestro Señor. En un momento lo vemos en el desierto sin comer ni beber, tal vez privándose incluso del sueño, y viviendo con “con las fieras”[370]. En otro momento lo vemos mezclándose con los hombres, comiendo y bebiendo con ellos. Luego viviendo en la oscuridad y el silencio en Nazaret. Ahora aparece ante el mundo dotado de elocuencia y sabiduría, y obrando milagros. En una ocasión ejerce su autoridad y bota del Templo a aquellos que lo estaban profanando al negociar dentro de él. En otra ocasión se esconde, y como un hombre débil y sin fuerza se aleja de la muchedumbre. Todas estas diferentes acciones requieren un alma desprendida de sí, y devota a la voluntad de otra. A menos que previamente hubiese dado el ejemplo de renunciar a todo lo que la naturaleza humana alaba, no hubiera dicho a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo”[371], que renuncie a su propia voluntad y a su propio juicio. A menos que estuviese preparado para dar su vida con tanta prontitud que pareciese que en verdad la odiaba, no habría alentado a sus discípulos con tales palabras como “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas, e incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo”[372]. Esta renuncia de uno mismo, tan conspicua en la personalidad de Nuestro Señor, es la verdadera raíz y, como tal, madre de la obediencia. Y aquellos que no están preparados para el sacrificio personal nunca adquirirán la perfección de la obediencia. ¿Cómo puede un hombre obedecer prontamente la voluntad de otro si prefiere su propia voluntad y juicio a la del otro? La vasta orbe del cielo obedece a las leyes de la naturaleza tanto al amanecer como al ponerse. Los ángeles son obedientes a la voluntad de Dios. No tienen voluntad propia opuesta a la de Dios, sino que están felices unidos a Dios, y son uno en espíritu con Él. Y así canta el salmista: “Bendigan al Señor todos sus ángeles, poderosos en fortaleza, que son ejecutores de su palabra, para obedecer la voz de sus órdenes”[373].

En tercer lugar, la obediencia de Cristo no fue solo infinita en su longitud y anchura, pero proporcionalmente como por el sufrimiento fue humillada hasta lo más bajo, así en cuanto a su recompensa será exaltada. La tercera característica entonces de la obediencia de Cristo es que fue probada por el sufrimiento y las humillaciones. Para cumplir la voluntad de su Padre Celestial, el niño Cristo, en completo uso de todas sus facultades, consintió en ser encerrado por nueve meses en la oscura prisión del vientre de su Madre. Otros bebés no sienten esta privación pues no tienen uso de razón, pero Cristo tenía uso de razón, y debe haber temido el confinamiento en el estrecho vientre, incluso del vientre de la que había escogido como Madre. A través de la obediencia a su Padre, y por el amor que le tenía, superó a la muerte, y la Iglesia dice: Cuando asumiste sobre Ti el liberar al hombre, no aborreciste el vientre de la Virgen”. Nuevamente, nuestro querido Señor necesitó no poca paciencia y humildad para asumir las maneras y debilidades de un pequeño, cuando no solamente era más sabio que Salomón, sino que era el Hombre “en quien están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento”[374].

Consideren, más aún, cuánto habrá sido su auto-control y mansedumbre, su paciencia y humildad, para haber permanecido dieciocho años, desde los doce hasta los treinta, escondido en una oscura casa en Nazaret, haber sido tenido como el hijo de un carpintero, haber sido llamado carpintero, haber sido tomado como un hombre ignorante y sin educación, cuando al mismo tiempo su sabiduría sobrepasaba la de los ángeles y hombres juntos. Durante su vida pública, adquirió gran renombre por su predicación y sus milagros, pero sufrió grandes necesidades y soportó muchos reveses. “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde descansar la cabeza”[375]. Adolorido de pies y fatigado, se sentaba al costado de un pozo. Y hubiese podido rodearse con abundancia de todas las cosas, por el servicio de hombres o ángeles, de no haber estado impedido por la obediencia que le debía a su Padre. ¿Me detendré en las contradicciones que sufrió, en los insultos que soportó, en las calumnias que fueron habladas en contra de Él, en sus heridas y en la corona de espinas de su Pasión, en la ignominia de la Cruz misma? Su humilde obediencia ha tomado tan honda raíz que solo podemos maravillarnos y admirarla. No podemos imitarla perfectamente.

Hay todavía una mayor profundización a su obediencia. La obediencia de Cristo finalmente llegó a este estado, en que con fuerte voz clamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró”[376]. Parecería que el Hijo de Dios quisiese dirigirse a su Padre de esta manera: “Este mandamiento he recibido de Ti, Padre mío”[377], dar mi vida para poder recibirla nuevamente de tus manos. El tiempo ha llegado ahora para cumplir este último mandamiento tuyo. Y aunque la separación de mi alma y mi cuerpo será una separación dura, porque desde el momento de su creación han permanecido unidas en gran paz y amor, y aunque la muerte encontró una entrada en este mundo a través de la maldad del demonio, y la naturaleza humana se rebela contra la muerte, aún así tus mandamientos están profundamente fijos en lo más íntimo de mi corazón, y prevalecerán incluso sobre la muerte misma. Por tanto estoy preparado para probar la amargura de la muerte, y tomar hasta lo último el cáliz que has preparado para mí. Pero como es tu deseo que entregue mi vida de tal manera que la reciba de nuevo de Ti, así, “en tus manos encomiendo mi Espíritu”, para que puedas restaurármela como quieras. Y entonces, habiendo recibido el permiso de su Padre para morir, inclinó la cabeza como manifestación de su obediencia, y expiró. Su obediencia triunfó y prevaleció. No sólo recibió su recompensa en la persona de Cristo, quien, porque su humilló por debajo de todo, y obedeció todo por amor a su Padre, ascendió al cielo, y desde su trono gobierna todo, sino que tiene su recompensa también en esto: que todo el que imita a Cristo ascenderá a los cielos, será puesto como Señor sobre todos los bienes de su Señor, y será partícipe de su dignidad real y poseedor de su Reino para siempre. Por otro lado, la virtud de la obediencia ha ganado tan manifiesta victoria sobre los espíritus rebeldes, desobedientes y orgullosos, como para hacerlos temblar y huir a la vista de la Cruz de Cristo.

Quien sea que desee ganar la gloria del cielo, y encontrar verdadera paz y descanso para su alma, debe imitar el ejemplo de Cristo. No sólo los religiosos que se han ligado a sí mismos por el voto de obediencia a su superior, quien representa a Dios, sino todos los hombres que desean ser discípulos y hermanos de Cristo deben aspirar a ganar esta victoria espiritual sobre sí mismos. De otro modo, estarán miserablemente para siempre con los orgullosos demonios del infierno. Puesto que la obediencia es un precepto divino, y ha sido impuesto sobre todos, es necesario para todos. Para todos sin excepción fueron dirigidas las palabras de Cristo: “Tomad sobre vosotros mi yugo”[378]. A todos los predicadores del Evangelio dice: “Obedeced a vuestros prelados y someteos a ellos”[379]. A todos los reyes dice Samuel: “¿Pues qué prefiere el Señor, holocaustos y víctimas, o más bien que se obedezca la voz del Señor? Mejor es obedecer que sacrificar”[380]. Y para mostrar la grandeza del pecado de la desobediencia añade: “Porque como pecado de hechicería es la rebeldía” contra los mandamientos de Dios, o los mandamientos de aquellos que ejercen el lugar de Dios.

En consideración a aquellos que voluntariamente se entregan a la práctica de la obediencia, y someten su voluntad a la de su superior, diré unas pocas palabras de su feliz estado de vida. El profeta Jeremías, inspirado por el Espíritu Santo, dice “Es bueno para el hombre haber llevado el yugo desde su juventud. Se sentará solitario y mantendrá su paz, porque aceptó llevar el yugo sobre sí”[381]. Cuán grande es la alegría contenida en estas palabras “¡Es bueno!”. Por el resto de la frase podemos concluir que ellos abrazan todo lo que es útil, honorable, deseable, de hecho, todo en lo que debe consistir la felicidad. El hombre que está acostumbrado desde su juventud al yugo de la obediencia, será libre a lo largo de su vida del aplastante yugo de los deseos carnales. San Agustín, en el libro octavo de sus Confesiones, reconoce la dificultad que un alma, que por años ha obedecido a la concupiscencia de la carne, debe experimentar al sacudir tal yugo, y por otro lado habla de la facilidad y de la gloria que experimentamos al cargar el yugo del Señor si es que las trampas del vicio no han atrapado al alma. Más aún, no es ganancia poco considerable obtener mérito por cada acción en presencia de Dios. El hombre que no realiza ninguna acción por su propio libre querer, sino que hace todo por obediencia a su superior, ofrece a Dios en cada acción un sacrificio agradabilísimo a Él, pues como dice Samuel: “Mejor es obedecer que sacrificar”[382]. San Gregorio da una razón para esto: “Al ofrecer víctimas –dice– sacrificamos la carne de otro. Por la obediencia nuestra propia voluntad es sacrificada”[383]. Y lo que es aún más admirable en esto es que, incluso si un Superior peca al dar una orden, el sujeto no sólo no peca, sino que incluso obtiene mérito por su obediencia siempre y cuando lo ordenado no vaya en contra de la ley de Dios. El Profeta continua: “Se sentará solitario y mantendrá su paz”. Estas palabras significan que el hombre obediente reposa porque ha hallado paz para su alma. Aquel que ha renunciado a su propia voluntad, y se ha entregado a sí mismo enteramente a realizar la voluntad Divina que es manifestada a él a través de la voz de su superior, nada desea, nada busca, no piensa de nada, nada anhela, sino que es libre de todo cuidado ansioso, y “con María se sienta a los pies del Señor escuchando su voz”[384]. El solitario se sienta, tanto porque vive con aquellos que “no tienen sino un solo corazón y una sola alma”[385], y porque no ama nada con amor privado, individual, sino todo en Cristo y por causa de Cristo. Es silente porque no pelea con nadie, disputa con nadie, litiga con nadie. La razón de esta gran tranquilidad es porque “aceptó llevar el yugo sobre sí”, y es trasladado de las filas de los hombres a las filas de los ángeles. Hay muchos que se preocupan a sí mismos por sí mismos, y actúan como animales privados de razón. Buscan las cosas de este mundo, estiman solo aquellas cosas que complacen los sentidos, alimentan sus deseos carnales, y son avaros, impuros, glotones e intemperados. Otros llevan una vida puramente humana, y se mantienen encerrados en sí mismos, como aquellos que se esfuerzan por escudriñar los secretos de la naturaleza, o descansan satisfechos dando preceptos de moral. Otros, se alzan sobre sí mismos, y con la especial ayuda y asistencia de Dios llevan una vida que es más angelical que humana. Estos abandonan todo lo que poseen en este mundo, y negando su propia voluntad, pueden decir con el Apóstol: “Somos ciudadanos del cielo”[386]. Emulando la pureza, la contemplación, y la obediencia de los ángeles, llevan una vida de ángeles en este mundo. Los ángeles nunca son ensuciados con la mancha del pecado, “ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos”[387], y liberados de todo lo demás, son enteramente absortos en cumplir la voluntad de Dios. “Bendigan al Señor todos sus ángeles, poderosos en fortaleza, que son ejecutores de su palabra, para obedecer la voz de sus órdenes”[388]. Esta es la felicidad de la vida religiosa. Aquellos que en la tierra imitan lo más posible la pureza y la obediencia de los ángeles, sin duda serán partícipes de su gloria en el cielo, especialmente si siguen a Cristo, su Amo y Señor, quien “se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”[389], y “siendo Hijo de Dios, aprendió la obediencia por las cosas que padeció”[390], esto es, aprendió por su propia experiencia que la obediencia genuina es probada en el sufrimiento, y en consecuencia su ejemplo nos enseña no sólo obediencia, sino que el fundamento de una verdadera y perfecta obediencia es la humildad y la paciencia. No es prueba de que somos verdadera y perfectamente obedientes al obedecer en cosas que son honorables y agradables. Tales órdenes no nos prueban si es la virtud de la obediencia o algún otro motivo que nos mueve a actuar. Pero un hombre que manifiesta prontitud y ardor en obedecer todo lo que es humillante y laborioso, prueba que es un verdadero discípulo de Cristo, y ha aprendido el significado de la verdadera y perfecta obediencia.

San Gregorio hábilmente nos enseña lo que es necesario para la perfección de la obediencia en las diferentes circunstancias. Dice: “algunas veces recibiremos ordenes agradables, y en otros momentos desagradables. Es de la mayor importancia recordar que en algunas circunstancias, si algo de amor propio se filtra en nuestra obediencia, nuestra obediencia es nula. En otras circunstancias nuestra obediencia será en proporción menos virtuosa en la medida que hay menor sacrificio personal. Por ejemplo: un religioso es puesto en un puesto honorable. Es nombrado superior de un monasterio. Ahora bien, si asume este oficio a través del motivo meramente humano del gusto, estará juntamente falto de obediencia. Ese hombre no es dirigido por obediencia, asumiendo tareas agradables es esclavo de su propia ambición. De la misma manera, un religioso recibe alguna orden humillante si, por ejemplo, cuando su amor propio lo lleva a aspirar a la superioridad, es ordenado realizar algunos oficios que no conllevan ninguna distinción ni dignidad, entonces disminuirá el mérito de su obediencia en proporción a lo que falta en forzar su voluntad en desear el oficio, porque de mala gana y a fuerza obedece en asunto que considera indigno de sus talentos o de su experiencia. La obediencia invariablemente pierde algo de su perfección si el deseo por ocupaciones bajas y humildes no acompaña de alguna manera u otra la obligación forzada de asumirlas. En las órdenes, por tanto, que son repugnantes a la naturaleza, ha de haber algo de sacrificio personal, y en las órdenes que son agradables a la naturaleza no debe haber amor propio. En el primer caso la obediencia será más meritoria mientras más cerca esté unida a la voluntad divina mediante el deseo. En el segundo caso la obediencia será más perfecta mientras más separada esté de cualquier anhelo de reconocimiento mundano. Entenderemos mejor las diferentes señales de la verdadera obediencia al considerar dos acciones de dos santos que están ahora en el cielo[391]. Cuando Moisés estaba pastando las ovejas en el desierto, fue llamado por el Señor, quien le habló a través de la boca de un ángel desde la zarza ardiendo, para llevar al pueblo judío en su éxodo de la tierra de Egipto. En su humildad, Moisés dudó en aceptar tan glorioso mando. “¡Por favor, Señor! —dijo— Desde ayer y antes de ayer yo no soy elocuente, y después que has hablado a tu siervo, me hallo aun tartamudo y pesado de lengua”[392]. Deseó declinar el oficio mismo, y rogó para que pueda ser dado a otro. “Te ruego, Señor, que envíes al que has de enviar”[393]. ¡Mirad! Arguye su falta de elocuencia como una excusa al Autor y Dador del habla, para ser exonerado de una labor que era honorable y llena de autoridad. San Pablo, como dice a los Gálatas[394], fue divinamente advertido de ir a Jerusalén. En el camino se encuentra con el Profeta Ágabo, y se entera por él lo que tendrá que sufrir en Jerusalén. “Ágabo, se acercó a nosotros, tomó el cinturón de Pablo, se ató sus pies y sus manos y dijo: “esto dice el Espíritu Santo: así atarán los judíos en Jerusalén al hombre de quien es este cinturón. Y le entregarán en manos de los gentiles””[395]. A lo que San Pablo inmediatamente respondió: “Yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino a morir también en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús”[396]. Sin amilanarse por la revelación que recibió acerca de los sufrimientos que le estaban reservados, se dirigió a Jerusalén. Realmente anhelaba sufrir, aunque como hombre debe haber sentido algo de miedo, pero este mismo miedo fue vencido, haciéndolo más valerosos. El amor propio no encontró lugar en la honorable tarea que fue impuesta a Moisés, pues tuvo que vencerse a sí mismo para asumir la guía del pueblo judío. Voluntariamente se dirigió San Pablo hacia el encuentro de la adversidad. Era consciente de las persecuciones que lo aguardaban, y su fervor lo hacía anhelar aun cruces más pesadas. Uno deseó declinar el renombre y la gloria de ser líder de una nación, incluso cuando Dios visiblemente lo llamaba. El otro estaba preparado y deseoso para abrazar las penalidades y tribulaciones por amor a Dios. Con el ejemplo de estos dos santos ante nosotros, debemos decidirnos, si deseamos obtener la perfecta obediencia, a permitir que la voluntad de nuestro superior solamente imponga sobre nosotros tareas honorables, y a forzar nuestra propia voluntad a abrazar los oficios difíciles y humillantes”[397]. Hasta aquí San Gregorio. Cristo nuestro Señor, Señor de todo, había previamente aprobado por su conducta la doctrina aquí expuesta por San Gregorio. Cuando sabía que la gente venía para llevarlo por la fuerza y hacerlo su rey, “huyó al monte, solo”[398]. Pero cuando sabía que los judíos y soldados, con Judas a la cabeza, venían para hacerlo prisionero y crucificarlo, de acuerdo al mandato que había recibido de su Padre, de buena gana salió al encuentro de ellos, dejándose capturar y atar. Cristo, por tanto, nuestro buen Señor, nos ha dado un ejemplo de la perfección de la obediencia, no solamente por su predicación y palabras, sino por sus obras y en la verdad. Reverenció a su Padre con una obediencia fundada en el sufrimiento y las humillaciones. La Pasión de Cristo exhibe el más brillante ejemplo de la más exaltada y ennoblecida de las virtudes. Es un modelo que siempre han de tener ante sus ojos aquellos que han sido llamados por Dios para aspirar a la perfección de la obediencia y la imitación de Cristo.

 

 

INDICE

Prefacio

LIBRO I

SOBRE LAS TRES PRIMERAS PALABRAS PRONUNCIADAS EN LA CRUZ

CAPÍTULO I Explicación literal de la primera Palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

CAPÍTULO II El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO III El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IV Explicación literal de la segunda Palabra: “Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”

CAPÍTULO V El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VI El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VII El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VIII Explicación literal de la tercera Palabra: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”

CAPÍTULO IX El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO X El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XI El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XII El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

LIBRO II

SOBRE LAS CUATRO ÚLTIMAS PALABRAS DICHAS EN LA CRUZ

CAPÍTULO I Explicación literal de la cuarta Palabra: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”

CAPÍTULO II El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO III El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IV El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO V El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VI El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VII Explicación literal de la quinta Palabra: “Tengo sed”

CAPÍTULO VIII El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IX El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO X El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XI El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XII Explicación literal de la sexta Palabra: “Todo está cumplido”

CAPÍTULO XIII El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XIV El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XV El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVI El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVII El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVIII El sexto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XIX Explicación literal de la séptima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”

CAPÍTULO XX El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXI El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXII El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXIII El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXIV El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

 

 

 

San Roberto Belarmino

 

NOTAS:

[1] Lc 18,31.

[2] Lc 6,12.

[3] Mt 8; Mc 4; Lc 6; Jn 6.

[4] Jn 8.

[5] Lc 4.

[6] Lc 23,48.

[7] Hb 5,7.

[8] En “Dial. cum Thyphon,” lib. v.

[9] “Advers. haeres. Valent.”

[10] “Lib. de Gloria Martyr.” c. vi.

[11] Epist i.

[12] Serm. i “De Ressur.”

[13] Ef 3,18.

[14] Epist. 120.

[15] Hch 2,23.

[16] Jn 3,14-15.

[17] Mt 16,24.

[18] Epist. 120.

[19] Ef 3,18.

[20] Mt 27.

[21] Mt 17,5.

[22] Mt 23,10.

[23] Lc 23,34.

[24] Is 53,12.

[25] 1Cor 13,5.

[26] Lc 23,34.

[27] Lc 23,48.

[28] Mt 27,54.

[29] Hch 13,48.

[30] Mt 27,22.

[31] Rom 5,10.

[32] 1Cor 2,8.

[33] Lc 23,14.

[34] Mt 27,24.

[35] Jn 12,37-40.

[36] Prov 4,22.

[37] Ef 3,19.

[38] Cant 8,7.

[39] Hch 7,59.

[40] Hch 17,28.

[41] Jn 3,16.

[42] 1Jn 5,19.

[43] 1Jn 2,I[5].

[44] Stgo 4,4.

[45] Is 2,6.

[46] Lc 2,14.

[47] Hb 5,7.

[48] Jn 3,16.

[49] Rom 12,19.

[50] Mt 5,44.

[51] Mt 11,39.

[52] 1Jn 5,3.

[53] 1Cor 13,4-7.

[54] Hch 7,59.

[55] 1Cor 4,12.13.

[56] Mt 12,12.

[57] Mt 21,13.

[58] Mt 17,5.

[59] Col 2,3.

[60] Mt 12,42.

[61] Prov 15,1.

[62] Rom 3,8.

[63] Lc 23,39.

[64] Hb 11,33.37.

[65] Lc 23,39.

[66] Lc 23,40.

[67] Lc 23,41.

[68] Lc 23,42.

[69] Lc 24,21.

[70] Lc 24,26.

[71] Lc 19,12.

[72] Mt 2,2.

[73] Jn 18,37.

[74] Sal 2,6.

[75] Sal 72,8.

[76] Is 9,5.

[77] Jer 23,5.

[78] Zac 9,9.

[79] Sal 24,8.

[80] 1Cor 2,8.

[81] Ap 19,16.

[82] Lc 22,29.

[83] Mt 25,21.

[84] Mt 5,34.37.

[85] Jn 12,26.

[86] Ef 4,8.

[87] Zac 9,11.

[88] Lc 6,38.

[89] Sal 45,17.

[90] Mt 25,35.36.

[91] Mt 19,29.

[92] Ver Rom 9,14.

[93] Mt 16,24.

[94] Lc 14,27.

[95] 2Tim 3,12.

[96] Eclo 33,14.

[97] Ecl 2,11.

[98] Eclo 40,1.

[99] Ap 14,13.

[100] Ap 21,4.

[101] Job 14,5.

[102] Job 14,1.

[103] Stgo 4,14.

[104] 2Cor 4,17.

[105] Ver 2Cor 11,24.

[106] Mt 11,30.

[107] Jn 16,20.

[108] 2Cor 7,4.

[109] Mt 5,10.

[110] Rom 8,18.

[111] 1Pe 4,13.

[112] Is 66,24

[113] Lc 16,24.

[114] Sab 5,7.

[115] Mt 11,29.

[116] Lc 24,26.

[117] Mt 25,41.

[118] Rom 8,17.

[119] Ver Lc 14,19.

[120] Jn 19,26.27.

[121] Jn 19,25-27.

[122] Mc 16,1.

[123] Ver Mt 27,56.

[124] Ver Mc 15,40.

[125] Ver Mc 15,40.

[126] Ver Lc 23,49.

[127] Mt 19,27.

[128] Mt 4,22.

[129] Mt 19,29.

[130] Sal 18,5.

[131] Lam 1,12.

[132] Hb 12,3.

[133] Sab 5,3.

[134] Sab 5,6.

[135] Col 2,14-15.

[136] Mt 11,29.

[137] Lc 14,10.

[138] Lc 18,14.

[139] Col 2,3.

[140] Sal 99,1.

[141] Mt 10,37.

[142] Hch 2,23.

[143] Lc 2,35.

[144] Sal 3,6.

[145] Eclo 7,24.

[146] Tob 1,10.

[147] Col 3,21; Ef 6,4.

[148] Job 1,21.

[149] 1Tes 4,12.

[150] 1Tim 5,4.

[151] Jn 19,27.

[152] Eclo 7,30.

[153] Ex 20,12.

[154] Eclo 3,6.

[155] Mt 15,4.

[156] Eclo 3,18.

[157] Gén 3,15.

[158] Sal 90,13.

[159] Mt 27,45.46.

[160] Lc 23,44.

[161] Is 60,1.2.

[162] Sal 21,1.

[163] Jn 1,14.

[164] Jn 8,29.

[165] Mt 3,17.

[166] Jn 8,29.

[167] Jn 10,30.

[168] Rom 8,32.

[169] 1Pe 2,21; 4,1.

[170] 1Pe 3,18.

[171] S.Th., III, q. 46, a. 8.

[172] Mc 14,36.

[173] Mt 26,53.

[174] Jn 10,18.

[175] Is 53,7.

[176] Lc 22,53.

[177] Mc 15,33.

[178] Mc 15,25.

[179] Mt 20.

[180] 1Cor 3,8.

[181] 2Tim 2,5.

[182] Lc 24,26.

[183] Hch 14,22.

[184] Jn 21,17.

[185] Col 2,3.

[186] 1Pe 2,24.

[187] Is 33,14.

[188] Ef 2,2.

[189] Mt 26,63.65.66.

[190] Jn 19,7.

[191] Dan 9,26.

[192] Mt 27,54.

[193] Lc 23,47.

[194] Is 6,9-10.

[195] Mt 11,29.

[196] Jn 1,14.

[197] Mc 27,40-42.

[198] Lc 23,11.

[199] Hb 7,26.

[200] Is 53,3.

[201] Sal 21,7.

[202] Flp 2,8-10.

[203] 1Cor 4,13.

[204] Jn 19,28-29.

[205] Sal 69,22.

[206] Lc 23,36.

[207] Sal 68 ,21-22.

[208] Jn 16,20.

[209] Lc 22,15.

[210] Jn 14,28.

[211] Rom 9,1-4.

[212] Libro I, homilía 18.

[213] Rom 8,35.

[214] “De Consider.” Libro IV, Capítulo 9.

[215] Lc 15,10.

[216] Jn 16,21.

[217] Jn 4,7-10.

[218] Jn 7,37.

[219] 1Cor 10,4.

[220] Jer 2,13.

[221] Is 55,1.

[222] 1Pe 2,2.

[223] Stgo 1,4.

[224] Serm. “De Patientia.”

[225] Sal 9,19.

[226] Cap. 15

[227] Lc 21,19.

[228] Lc 21,18.

[229] Hb 10,36.

[230] Stgo 1,12.

[231] Jn 14,23-24.

[232] Gál 2,19.

[233] “Epist. ad Rom.”

[234] Hb 10,36.

[235] Job 1,21.

[236] 1Cor 3,18.

[237] Jn 3,16.

[238] Ef 5,2.

[239] Sal 41,2-3.

[240] 1Cor 2,14.

[241] Stgo 1,5.

[242] Lc 11,13.

[243] Jn 19,30.

[244] Jn 17,4.

[245] Mt 20,22.

[246] Lc 22,42.

[247] Jn 18,11.

[248] Jn 19,30.

[249] Jn 19,28.30.

[250] Is 7,14.

[251] Miq 5,2.

[252] Nm 24,17.

[253] Sal 71,10.

[254] Is 61,1.

[255] Is 35,4.5.6.

[256] Za 9,9.

[257] Lc 18,31.

[258] Lc 22,53.

[259] Ba 3,36-38.

[260] Jn 16,28.

[261] Jer 14,8.

[262] Serm. 8. De Pass. Dom.

[263] Sal 109,4.

[264] Is 53,8.

[265] Sal 109,3.

[266] Miq 5,2.

[267] Mt 24,30.

[268] Mt 24,29.

[269] Is 53,7.

[270] Jn 1,29.

[271] 1Pe 1,18-19.

[272] Ap 13,8.

[273] 1Jn 2,2.

[274] Jn 1,29.

[275] Is 53,7.

[276] Jn 10,17.18.

[277] Ef 5,2.

[278] Jn 12,31-32.

[279] Ef 6,12.

[280] Sal 95,5.

[281] Col 1,13.

[282] 1Tim 2,4.

[283] Lc 23,43.

[284] Mc 16,16.

[285] Lc 14,30.

[286] “De Civit.” l. 27, c. 8.

[287] Sal 71,8.

[288] Mt 3,17.

[289] Mt 24,37.38.39.42

[290] 2Pe 3,10

[291] Tit 1,16.

[292] Sal 21,7.

[293] Fil 2,9-10.

[294] Mt 5,3.10.

[295] Lc 6,24.25.

[296] Sal 84,9

[297] 1Pe 2,5.

[298] Rom 12,1.

[299] Hb 13,15.

[300] Rom 12,1.

[301] 1Pe 5,8.

[302] Gén 8,21.

[303] Ef 5,2.

[304] Rom 12,1.

[305] Ef 5,2.

[306] Ef 5,27.

[307] Mt 1,20.

[308] Hch 5,41.

[309] Rom. 5,3-5.

[310] Gál 6,14.

[311] Dt 32,24.

[312] Mt 27,42.

[313] Jn 18,11.

[314] Ef 5,27.

[315] Gén 29,20.

[316] Flp 2,8-11.

[317] Rom 8,35-37.

[318] Tit 2,14.

[319] 2Cor 7,4.

[320] 2Cor 4,17.

[321] Cyprian., Lib. de Exhort. Martyr.

[322] Jn 18,11.

[323] Rom 8,37.

[324] Rom 8,18.

[325] Hb 11,25-26.

[326] Lc 23,46.

[327] Serm. ii. “De Nativ.”

[328] Sal 113,3.

[329] Sab 3,1.

[330] Sal 30,5-6.

[331] Lc 23,46.

[332] Hb 5,7.

[333] Mc 14,36.

[334] Mc 14,36.

[335] Lc 23,34.

[336] Lc 23,46.

[337] Hb 5,7.

[338] Mt 27,54.

[339] Lc 23,48.

[340] Núm 20,11.

[341] Jn 12,24.

[342] 1Pe 3,22.

[343] Jn 15,13.

[344] Jn 10,18.

[345] Mt 16,26.

[346] Job 2,4.

[347] Lc 23,46.

[348] Sal 30,6.

[349] Hch 7,58.

[350] 1Cor 11,27.29.

[351] Ez 33,12.

[352] 1Pe 4,19.

[353] Lc 14,9.

[354] Ap 14,13.

[355] Hb 8,13.

[356] Hom. xxxviii. “Ad Popul. Antioch.”

[357] Hb 5,7

[358] Is 11,2-3.

[359] Mt 17,5.

[360] Sal 111,1.

[361] Jdt 8,8.

[362] Jdt 8,6.

[363] Job 31,1-2.

[364] Flp 2,8.

[365] Sal 39,8-9.

[366] Jn 4,34.

[367] Jn 6,38.

[368] Jn 8,29.

[369] 1Sam 15,22.

[370] Mc 1,13.

[371] Mt 16,24.

[372] Lc 14,26.

[373] Sal 102,20.

[374] Col 2,3.

[375] Lc 9,58.

[376] Lc 23,46.

[377] Jn 10,18.

[378] Mt 11,29.

[379] Hb 13,17.

[380] 1Sam 15,22-23.

[381] Lam 3,27-28.

[382] 1Sam 15,23.

[383] “Lib. Mor.” xxxv. c. x.

[384] Lc 10,39.

[385] Hch 4,32.

[386] Flp 3,20.

[387] Mt 18,10.

[388] Sal 102,20.

[389] Flp 2,8.

[390] Hb 5,8.

[391] Ex 3.

[392] Ex 4,10.

[393] Ex 4,13.

[394] Gál 2,2.

[395] Hch 21,11.

[396] Hch 21,13.

[397] “Lib. Mor.” xxxv. c. x.

[398] Jn 6,15.

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Ciclo C, XVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2010

¿Y si muriéramos hoy?

 

¿Por qué se nos olvidaron las preguntas que nos hacíamos en la juventud? En una de ellas nos interrogábamos acerca de tantas fatigas y preocupaciones en la vida, del sentido de la existencia, del esfuerzo con el que adquirimos las cosas (para luego dejárselas a otros)…

Esas y otras inquietudes han tenido todos los jóvenes en la historia de la humanidad, y están plasmadas en la primera lectura de hoy, extractada de un escrito antiquísimo, mucho antes de Jesucristo. Pero, ¿las hemos respondido?

Ya hace cerca de veinte siglos, cuando vino Jesús, Él mismo nos ayudó a contestar esas preguntas, diciéndonos que evitemos toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son las posesiones las que le dan vida, como lo expresó en el Evangelio de hoy.

San Pablo, por su parte, completando lo que Cristo nos reveló, nos explicó que, si hemos sido resucitados con Cristo, debemos buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; que si queremos ser felices debemos preocuparnos por las cosas de arriba, no por las de la tierra; porque nosotros estamos hechos para estar con Dios, en la gloria eterna, la felicidad para la que fuimos creados.

Y añade que, en consecuencia, debemos hacer morir en nosotros lo que es terrenal, es decir, libertinaje, impureza, pasión desordenada, malos deseos y el amor al dinero, que es una manera de idolatría.

Vivir tras lo terrenal lo llama él «el hombre viejo y sus vicios»; hay que vivir como hombre nuevo, que no cesa de renovarse a la imagen de su Creador, hasta conseguir el perfecto conocimiento para alcanzar la meta de la felicidad.

¿Qué pasaría si, como dice Jesús, esta misma noche nos reclaman nuestra alma?

Nos preocupamos mucho por lo que nos pase en esta vida temporal y, como dice santa Teresa de Jesús, es apenas una mala noche en una mala posada.

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La reencarnación y el cristianismo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 19, 2010

¿SON COMPATIBLES?

 

Cada vez se incrementa el número de cristianos que dicen creer en la reencarnación. Los hay, incluso, quienes aseguran que está descrita en la Biblia.

 

¿Dice algo la Biblia al respecto?

Veamos primero el Antiguo Testamento:

En el salmo 39, que es una meditación sobre la brevedad de la vida, dice: «Señor, no me mires con enojo, para que pueda alegrarme antes de que me vaya y ya no exista más» (v. 14).

Job, en medio de su terrible enfermedad, le suplica a Dios, a quien creía culpable de su sufrimiento: «Puesto que son pocos los días que me quedan apártate de mí, que goce un poco de alegría, antes de que me vaya, para no volver más, a la región de tinieblas y de sombra» (10, 20-21).

Una mujer, en una audiencia, hace reflexionar al rey David: «Todos somos mortales y así como el agua que se derrama en tierra no se puede recoger, así tampoco Dios devuelve la vida.» (2S 14, 14)

En el libro de la Sabiduría hay otra cita: «El hombre, en su maldad, es capaz de quitar la vida, pero no puede hacer que vuelva el aliento cuando se ha escapado, ni puede llamar de nuevo al alma que ha partido.» (16, 14)

Estas citas muestran implícitamente que para el cristiano no es posible la creencia en la reencarnación.

Pero fue en el año 200 antes de Cristo cuando se iluminó para siempre el tema del más allá. En esa época entró en el pueblo judío la fe en la resurrección, y quedó definitivamente descartada la posibilidad de la reencarnación. Según esta novedosa explicación divina, al morir una persona recupera inmediatamente la vida; pero no en la tierra, sino en otra dimensión llamada la eternidad. Y comienza a vivir una vida distinta, sin límites de tiempo ni espacio. Es una vida que ya no puede morir más, denominada vida eterna.

Esta enseñanza aparece por primera vez en la Biblia en el libro de Daniel. Allí, un ángel le revela un gran secreto: «Muchos de los que duermen en la tumba se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el horror y la vergüenza eterna.» (12, 2)

La segunda vez que se encuentra esta certeza es en un relato en que el rey Antíoco IV de Siria tortura a 7 hermanos judíos para obligarlos a abandonar su fe. Mientras moría el segundo, dijo al rey: «Asesino, nos quitas la presente vida, pero el Rey del mundo nos resucitará. Nos dará una vida eterna a nosotros que morimos por sus leyes.» (2 Mc 7, 9)

Y al morir el séptimo exclamó: «Ahora mis hermanos han terminado de sufrir un breve tormento por una vida que no se agotará; están ahora en la amistad de Dios. Tú, en cambio, sufrirás las penas merecidas por tu soberbia.» (2 Mc 7, 36)

 

Ahora veamos citas del Nuevo Testamento:

El mismo Jesús confirmó oficialmente esta doctrina con la parábola del rico y el pobre Lázaro:

«Había un hombre rico que se vestía con ropa finísima y comía regiamente todos los días. Había también un pobre, llamado Lázaro, todo cubierto de llagas, que estaba tendido a la puerta del rico. Hubiera deseado saciarse con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros venían a lamerle las llagas.

Pues bien, murió el pobre y fue llevado por los ángeles al cielo junto a Abraham. También murió el rico, y lo sepultaron.

Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo. Entonces gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas”. Abraham le respondió: “Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos. Además, mira que hay un abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de ustedes al nuestro.”

El otro replicó: “Entonces te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, a mis cinco hermanos: que vaya a darles su testimonio para que no vengan también ellos a parar a este lugar de tormento”. Abraham le contestó: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”.

El rico insistió: “No lo harán, padre Abraham; pero si alguno de entre los muertos fuera donde ellos, se arrepentirían”. Abraham le replicó: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no se convencerán”.» (Lc 16, 19-31)

No dijo Jesús que a este hombre rico le correspondiera reencarnarse para purgar sus faltas.

Así mismo, cuando Jesús moría en la Cruz, cuenta el evangelio que uno de los ladrones crucificado a su lado le pidió: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.» (Lc 23, 42)

Si Jesús hubiera admitido la posibilidad de la reencarnación, tendría que haberle dicho: «Ten paciencia, debes pasar por varias reencarnaciones hasta purificarte completamente». Pero su respuesta fue: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» (v. 43)

Si «hoy» iba a estar en el paraíso es porque nunca más podía volver a nacer en este mundo.

San Pablo también rechaza la reencarnación: al escribir a los filipenses les dice: «Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de irme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor. Pero, pensando en ustedes, conviene que yo permanezca en esta vida.» (1, 23-24)

Si hubiera creído posible la reencarnación, inútiles habrían sido sus deseos de morir, ya que volvería a encontrarse con la frustración de una nueva vida terrenal.

Y explicando a los corintios lo que sucede el día de nuestra muerte les dice: «Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible. Se siembra como cosa despreciable, y resucita para la gloria. Se siembra un cuerpo impotente, y resucita lleno de vigor. Se siembra un cuerpo material, y despierta un cuerpo espiritual.» (1Co 15, 42-44)

La afirmación bíblica más contundente de que la reencarnación es insostenible para un cristiano la tiene la carta a los hebreos: «Los hombres mueren una sola vez y después viene para ellos el juicio.» (9, 27)

¿Puede, entonces, un cristiano creer en la reencarnación? Queda claro que no. La idea de tomar otro cuerpo y regresar a la tierra después de la muerte es absolutamente incompatible con las enseñanzas de la Biblia.

 

La Resurrección de Jesucristo es la verdad culminante de la fe de los cristianos en él, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, trasmitida como fundamental por la Tradición Apostólica, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial.

Cristo resucitó. El misterio de la Resurrección de Cristo es un acontecimiento real, que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento.

Hecho único en la historia de la humanidad, la Resurrección muestra aspectos precisos: Jesús establece relaciones directas con sus discípulos, mediante el tacto (Cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (Cf. Lc 24, 39. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Los invita así a reconocer que Él no es solo espíritu (Cf. Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (Cf. Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27).

Este cuerpo auténtico y real posee, sin embargo, al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (Cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4), porque su humanidad ya no puede ser detenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre.

La Resurrección de Cristo no fue siquiera un retorno a la vida terrena, como en las resurrecciones que él había realizado antes, en las cuales las personas volvían a tener —por el poder de Jesús— una vida terrena «ordinaria»; en cierto momento volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente: en su cuerpo resucitado pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio.

Y los cristianos creen firmemente que también ellos resucitarán, como Jesús.

 

Por eso, el cristianismo es esencialmente diferente a la creencia en la reencarnación, la creencia de que el alma, tras la muerte, migra de un cuerpo a otro.

Quien cree en la reencarnación no puede profesar su fe en la resurrección; igualmente, el que sostiene la resurrección no puede creer en la reencarnación.

 

Pero no solo las Sagradas Escrituras impiden creer en la reencarnación. Además, hay algunas reflexiones que pueden ayudar a comprender mejor las discrepancias que hay entre el cristianismo y la reencarnación:

 

El cristiano, el que cree en Cristo, cree que Jesucristo es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, y que se hizo hombre para pagar el pecado de soberbia que el ser humano cometió de querer ser como Dios; por eso, por los pecados de los hombres, sufrió y murió. Si Cristo pagó sus pecados, ¿qué razón tiene volver a una nueva vida (reencarnar) a pagar lo malo que se hizo en la anterior?

 

Y, ¿de qué serviría el Bautismo, por el cual se nos borra el pecado por el que merecíamos un castigo infinito?

 

Además, el revivir el sacrificio de Cristo en la Cruz, por el cual fuimos salvados del castigo que merecíamos. ¿Qué sentido tendría la celebración eucarística si existiese la reencarnación?

 

¿Y qué decir de la Unción de los Enfermos, que se aplica a quienes están más cerca del último y único viaje hacia la eternidad?

 

Dios se inventó también otra muestra de amor por los hombres: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados» (Jn 20, 23). Los sacerdotes tienen la potestad de representar a Dios y, en su Nombre, perdonar los pecados en el sacramento de la Reconciliación, la confesión, el único lugar donde el reo se declara culpable, y es perdonado. Si se cree en la reencarnación, en la que se «purifican» los pecados, vida tras vida, ¿para qué sirve la confesión que inventó el mismo Dios?

 

Por extensión podría preguntarse también: ¿cuál es la razón de ser de los apóstoles y discípulos y de sus sucesores, los obispos y sacerdotes, escogidos por el mismo Dios para administrar ese y los demás sacramentos?

 

Por otra parte, la doctrina de la reencarnación podría invitar a la irresponsabilidad. En efecto, si uno cree que va a tener varias vidas, además de esta, existe la posibilidad de que no se exija mucho para vivir bien la vida presente, pues pensará que siempre quedarán otras reencarnaciones dónde mejorar. En cambio, si uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene solamente esta vida para llegar a la meta, no permitirá que se le escapen las oportunidades para ser mejor.

  

 

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El Sagrado Corazón de Jesús*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

 

El Protestantismo en el siglo XVI, y el Jansenismo en el XVII, habían puesto todos los medios posibles para desfigurar uno de los dogmas esenciales del cristianismo, cual es el amor de Dios a todos los hombres.

Era pues menester que el Espíritu de Amor, que rige siempre a la Iglesia, encon­trase un medio nuevo para oponerse a la herejía avasa­lladora, a fin de que la Esposa de Cristo, lejos de ver disminuir su amor a Jesús, lo sintiese acrecentado cada día más y más.

En el culto católico, en esa norma tan segura de nuestra creencia, fue donde se veri­ficó tal manifestación, al instituirse la solemnidad del Corazón sacratísimo de Jesús.

Un autor anónimo del siglo XII, tenido por san Bernardo, nos habla en el Oficio de este día de la majestad de este Santo de los Santos, de esta Arca del Testamento del Cora­zón de Jesús, tierno amigo de las almas[1].

Las dos vírgenes benedic­tinas santa Gertrudis y santa Matilde (siglo XIII), tuvieron una visión muy clara de toda la magnitud de la devoción al Sagrado Corazón. San Juan evangelista, apareciéndose a la primera, le anunció que «la revelación de los dulcísimos latidos del Corazón de Jesús, que él mismo había oído al recostarse sobre su pecho, estaba reservada para los últimos tiempos, cuando el mundo, envejecido y enfriado en el divino amor, ten­dría que calentarse con la revelación de estos misterios»[2]. Este Corazón, dicen las dos santas, es un altar sobre el que Cristo se ofrece al Padre como Hostia perfecta y en todo agradable. Es un incensario de oro, del que se elevan hasta el Padre tantas columnas de incienso, cuantos son los hombres por los cuales Cristo padeció. En este Corazón se ennoblecen y se tornan gra­tas al Padre las alabanzas y acciones de gracias que a Dios damos y todas cuantas buenas obras hacemos.

Mas para hacer que este culto fuese público y oficial, la Provi­dencia suscitó primeramente a san Juan Eudes, el cual compuso ya en 1670 un Oficio y Misa del Sagrado Corazón.

Después escogió Dios a santa Margarita María Alacoque, a la que Jesús mostró su Corazón, en Paray-le-Monial, el 16 de Junio de 1675, domingo del Corpus, mandándole que se estableciese una fiesta del Sagrado Corazón el viernes que sigue a la Octava del Santísimo Sacramento. Del beato Claudio de la Colombiére, jesuita y confesor de la vidente salesa, heredó la Compañía de Jesús el celo para extenderla más y más. Dignóse luego Jesús aparecerse a la sierva de Dios, sor Josefa Menéndez (en Poitiers, Francia) y al venerable padre Hoyos (en España).

La solemnidad del Sagrado Corazón resume todas las fases de la vida de Jesús, que la liturgia había recorrido desde Adviento hasta el Corpus, y constituye como un tríptico admirable con todos los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de la existencia del Salvador, gastada toda ella en amar a su Padre y a los hombres. De ahí que esta solemnidad se halle colocada en un punto culminante, desde donde se puede abarcar de una sola mirada el pasado trabajoso de los actos redentores de Cristo, y el glorioso porvenir de las victorias que obtendrá mediante la acción del Espíritu Santo en las almas hasta la consumación de los siglos.

Viene esta solemnidad después de otras de Cristo, y así las completa condensándolas todas en un objeto único material, que es el Cora­zón de carne de un Dios, y otro formal, o sea, la inmensa caridad de Cristo simbolizada en ese Corazón. Esta festividad no se rela­ciona con ningún misterio en particular de la vida del Salvador, sino que los abarca todos; y, por ende, la devoción al Sagrado Corazón se extiende a todos los beneficios que durante todo el año nos ha prodigado la caridad divina. Ésta es la fiesta del amor de Dios a los hombres. Lejos de compartir la Iglesia la esterilizadora frialdad jansenista, que concibe a Dios como un genio dañino y temible, nos invita a considerarlo ante todo como a bondadoso Padre, diciéndonos que sintamos del Señor en bondad, que lo llame­mos Padre a boca llena y a Jesús Hermano nuestro mayor, que ha tenido a bien compartir con nosotros la herencia eterna.

Cualquiera que sea la función que el corazón desempeñe en el organismo humano, cierto es que se ha tomado por sabios e ignorantes como centro de las emociones que producen en esa víscera su correspondiente sacudida, considerándolo, por lo mismo, como asiento del amor. Y no hay en este culto tan extendido, tan fecundo en frutos espirituales, pugna alguna con ninguno de los principios dogmáticos, ni es una condescendencia con el senti­mentalismo moderno, ni una devoción de niños y mujerzuelas. Jesús quiere y pide que se honre a su sacratísimo Corazón, porque con ello se honra también a toda su persona divino-humana, toda vez que el culto va directa o indirectamente a la persona. Ya el Papa Pío XI elevó el rito de esta hermosa fiesta, dándole Misa y Oficio nuevo con octava.

Las manifestaciones del amor de Cristo, haciendo resaltar más la ingratitud de los hombres, que no corresponden sino con frialdad e indiferencia, son causa de que esta solemnidad ofrezca también un aspecto de reparación.

Vayamos a la escuela del Corazón de Jesús, cuyo amor dulce y humilde a nadie rechaza, y en Él encontraremos descanso para nuestras almas.

Dos pensamientos dominantes hay en esta solemnidad: el amor que Jesús nos tiene y la reparación que se le debe por el desamor y las ofensas de los hombres.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] Lecciones del 2º noct. Los editores de las obras de san Buenaventura reivindican este texto par su ilustre doctor.

[2] Heraldo del divino Amor. Libro IV, c. 4.

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La Muerte Mística, en la beata Isabel de la Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2010

  

«Me parece que todo es pérdida desde que sé lo que tiene de trascendente el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por su amor lo he perdido todo, teniendo todas las cosas por basura para ganar a Cristo, y ser encontrada en Él, no con mi propia justicia, sino con la justicia que viene de Dios por la fe. Lo que quiero es conocerlo, a Él, y la potencia de su resurrección, y la comunión en sus sufrimientos, esto es ¡conformarme a su muer­te!… Prosigo mi carrera, procurando llegar allí a donde Cristo me ha destinado al tomarme. Todo mi cuidado es olvidar lo que dejo atrás, tender constantemente hacia lo que está por venir. Corro derecho a la meta, al premio de la vocación celeste a la que Dios me ha llamado en Cristo Jesús» (Flp 3, 8-10 y 12-14). 

  

El Apóstol nos revela la grandeza de esta vocación, al decirnos: «Desde la eternidad Dios nos ha elegido para hacernos in­maculados, santos ante Él por el amor» (Ef 1, 4). Pero, para ser así «enraizados y fundamentados en la caridad» (Ef 3, 17), es decir: en Dios mismo («Deus charitas est») (1 Jn 4, 16), se exige salir de sí, una separación absoluta de todas las cosas; en una palabra: un estado de muerte, que entregue la criatura al Crea­dor. Cuando el alma, despegada de todo por la sencillez de la mirada con que ella contempla a su divino Objeto, se establece en ese estado bienaventurado del que habla San Pablo, cuando dice: «Vosotros estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3, 3), o también: «Nuestra vida está en los cielos» (Flp 3,20), todas sus potencias están ordenadas a Dios. Ella no vibra más que con el toque misterioso del Espíritu Santo, que la transforma en «la alabanza de gloria a que fue pre­destinada por un decreto del que obra todas las cosas según el consejo de su voluntad» (Ef 1, 11-12). Entonces, en cada minuto que pasa, todos sus actos, movimientos, aspiraciones, al mis­mo tiempo que la «enraízan» más profundamente en el Ser divi­no, son otras tantas alabanzas, adoraciones y homenajes a su Santidad infinita. Todo en ella da «testimonio de la verdad» (Jn 1 18, 37), y glorifica a Aquel que ha dicho: «Sed santos, porque yo soy Santo» (1 Pe 1, 16). 

  

18 de octubre de 1905  

 

  Beata Isabel de la Trinidad 

    

 

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¡Ser Esposa de Cristo!*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 20, 2009

Beata Isabel de la Trinidad

No es sólo la expresión del más dulce de los sueños; es una realidad divina; la expresión de todo un misterio de semejanza y de unión; éste es el nombre que en la mañana de nuestra con­sagración pronuncia la Iglesia sobre nosotras: Veni, Sponsa Christi! 

¡Hay que vivir la vida de Esposa! ¡«Esposa», todo lo que este nombre hace presentir de amor dado y recibido!… ¡de intimi­dad, de fidelidad, de entrega absoluta!… Ser Esposa es entregar­se como él se entregó; ser inmolada como él, por él, para él… ¡Es Cristo, que se hace todo nuestro, y nosotras, que nos hacemos «toda suya»!

Ser Esposa es tener todos los derechos sobre su Corazón… Es un diálogo de corazón a corazón para toda la vida… Es vivir con… siempre con… Es descansar de todo en él y permitirle des­cansar de todo en nuestra alma…

Es no saber más que amar: amar adorando, amar reparando, amar orando, pidiendo, olvidándose. ¡Amar siempre, bajo to­das las formas!

«Ser Esposa» es tener los ojos en los suyos, el pensamiento obsesionado por él, el corazón todo cautivo, todo lleno, como fuera de sí y pasado a él; el alma plena de su alma, de su oración; todo el ser cautivado y entregado…

Es, teniendo siempre fija la mirada en él, sorprender el menor signo y el más insignificante deseo; es entrar en todas sus ale­grías, compartir todas sus tristezas. Es ser fecunda, corredentora, engendrar almas a la vida de la gracia, multiplicar los hijos adoptivos del Padre, los rescatados por Cristo, los coherederos de su gloria (cf. Gal 4,5-7).

«Ser Esposa», esposa carmelita, es tener el corazón abrasado de Elías, el corazón transverberado de Teresa, Su «verdadera es­posa», porque cela su honor.

Finalmente, ser tomada por Esposa, esposa mística, es haber arrebatado su Corazón hasta el punto que, olvidando toda dis­tancia, el Verbo se derrame [desahogue] en el alma, como en el seno del Padre, ¡con el mismo éxtasis de infinito amor! Es el Pa­dre, el Verbo y el Espíritu invadiendo el alma, deificándola y consumándola en el Uno, por el amor. Es el matrimonio, el es­tado estable, porque es la unión indisoluble de las voluntades y de los corazones. Y Dios dijo: Hagámosle una compañera semejante a él; serán dos en uno (Gn 2,18.24).

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Ciclo B, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 18, 2009

Para que el hombre no muera

 

Elías, a quien creían que Jesús llamaba desde la Cruz, comió y bebió pan y agua, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios. En cambio, los judíos —los escogidos— comieron en el desierto el maná enviado por el mismo Dios y, sin embargo, murieron.

Hoy, Jesús se nos presenta como el pan de la vida: el que coma de este pan vivirá para siempre.

¿Somos conscientes de lo que significa vivir para siempre? ¡No morir!… ¿Creemos realmente en esto? ¿No es verdad que muchas veces durante el día pensamos en lo de hoy, en lo de los días próximos, en las preocupaciones económicas, de salud,… y hasta en los afanes y en el tráfico?

Cristo vino a decir a todos que el Padre existe, que Él lo conoce desde siempre y que nos espera otra vida después de esta. Los cristianos hemos sido escogidos por ese Padre amoroso para ser sus imitadores, como hijos queridos, y para que vivamos en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros, para pagar nuestros pecados.

¡Estamos marcados con una marca divina! La marca de la liberación final. Y por eso no podemos ser iguales a los demás: debemos desterrar de nosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Seamos, como nos dice san Pablo, buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros, como Él nos perdonó. No más maldad, no más rencor, no más venganzas (ni siquiera pequeñas), ¡no más que amor de Dios!

Los que, como nosotros, están marcados por Dios y que, además, reciben el Cuerpo de Cristo, pan para la eternidad, sólo pueden estar listos para el amor.

Solo así la vida será como un mar, en el que muchos pasan grandes trabajos para mantenerse a flote, y la fe como la fuerza de Dios que nos hace nadar en la superficie, sin hundirnos. Y, como si fuera poco, seguros de que iremos a la vida eterna, a la felicidad sin fin.

   

 

 

 

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Ciclo B, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 30, 2009

El hombre perdido es rescatado por Dios

Alianza, compromiso. Estas palabras dicen muy poco a los seres humanos de nuestros días; parecen aludir a los procesos de paz…

Pero se trata de lo mejor que le pudo haber ocurrido al ser humano: caído como estaba por el pecado, destinado al infierno, marcado por el fracaso total; es el mismo Dios quien hace una alianza para redimirlo: fue la que Dios hizo a través de Moisés, como nos lo narra hoy la primera lectura: Moisés tomó la mitad de la sangre y la echó en vasijas; con la otra mitad roció el altar. Después tomó el libro de la Alianza y lo leyó en presencia del pueblo. Respondieron: «Obedeceremos al Señor y haremos todo lo que Él pide». Entonces Moisés tomó la sangre con la que roció el pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a todos estos compromisos.»

Pero esa alianza solo era una figura de la que Dios haría a través de Cristo que, como el Sumo Sacerdote que nos consigue los nuevos dones de Dios, entra en un santuario no creado y, con su propia Sangre, consigue de una sola vez nuestra liberación definitiva.

Por eso Cristo es el mediador de un nuevo testamento o alianza. Por su muerte fueron redimidas las faltas cometidas, y desde entonces la promesa se cumple en los que Dios llama para la herencia eterna: ¡nosotros!

Y esa promesa se cumple en la Misa de cada día:

Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen; esto es mi cuerpo». Tomó luego una copa, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos».

Esta es la razón de ser de la solemnidad de hoy, en la que festejamos nuestra liberación, en la que el Cuerpo santísimo de Cristo es destrozado por amor a sus hijos, los hombres, y su santísima Sangre paga nuestros pecados.

¿No vale la pena celebrar este portentoso hecho?

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Ciclo B, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en junio 9, 2009

Una fuerza descomunal

 

Estaban todos los apóstoles reunidos cuando, de repente, vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo…

La violencia que expresa en esta narración, en el lenguaje moderno, podría ser presagio de un suceso aterrador, algo demoledor, devastador.

Pero lo que hoy puede suceder es precisamente lo contrario: que el Espíritu Santo descienda sobre cada uno de nosotros, y penetre en el alma, para invadirnos de un amor inmenso, infinito, que es la mayor fuerza del cosmos: una fuerza unitiva tal, que lo cohesione todo, hasta hacerlo parecer uno.

Si recibiéramos con las debidas disposiciones esta fuerza sobrenatural —la más poderosa de todas—, inmediatamente quedaríamos fusionados al Dios–Amor: recibiríamos todo el impacto de su fuerza, sin podernos resistir a ella, pues experimentaríamos toda la felicidad que hemos estado anhelando toda la vida.

Y, como si fuera poco, esa fuerza nos llevaría a romper todos los obstáculos que ponemos para vivir el amor entre nosotros, aquí en la tierra. Quedaríamos con tal avidez de amar a nuestros semejantes, que nada ni nadie podría echar abajo. Comenzaríamos a vivir el ideal que Cristo vino a traer a la tierra: que cada uno de nosotros dedique su vida a trabajar por la felicidad de los demás, sin esperar nada a cambio; olvidándose de sí mismo.

Así constituiríamos la Nueva Jerusalén, la Jerusalén del amor: todos en un solo cuerpo. Haríamos realidad lo que hoy dice san Pablo: Hemos sido bautizados en el único Espíritu para que formemos un solo cuerpo.

Y recibiríamos su primer fruto: la paz que recibieron los apóstoles; cuando Jesús se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Y después, si fallamos, el perdón: «A quienes perdonen los pecados les serán perdonados». ¿Qué más queremos?

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Ciclo B, Ascensión del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2009

¿Para qué subió Jesús?

 

“Subiendo a la altura, repartió dones a los hombres.” Eso fue lo que lo hizo subir: poder repartir regalos a los miembros de la Iglesia: Dios dispuso que unos fueran apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros, etc.

Y, ¿qué pretendía con ello? Que hubiera una adecuada organización de los miembros de la Iglesia, en las funciones del servicio, pues todos pertenecemos a un cuerpo: somos el Cuerpo místico de Cristo.

Por eso debemos ayudarnos los unos a los otros con los dones que cada uno recibió, para que todos crezcamos espiritualmente, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo, a la felicidad personal y social, a la santidad individual y gremial.

Él sube, podríamos decir, para poder organizar la Iglesia desde allá. Porque no se trataba sólo de cumplir la misión de Jesús: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.» Había que organizase.

De hecho, Jesús se presentó a ellos después de su pasión, y les dio numerosas pruebas de que vivía. Durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. En una ocasión en que estaba reunido con ellos les dijo que no se alejaran de Jerusalén y que esperaran lo que el Padre había prometido. «Ya les hablé al respecto, les dijo: Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.»

Después, los apóstoles salieron a predicar en todos los lugares, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que los acompañaban. Y se fueron organizando, dirigidos por el Espíritu Santo, hasta conformar la Iglesia que conocemos hoy: con una cabeza invisible —Cristo—, una visible —el Santo Padre—, toda la jerarquía y el pueblo fiel, obediente a la jerarquía, caminando hacia la unión con Dios, hacia la felicidad eterna.

 

   

 

 

 

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Posición de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2009

CONGREGACIÓN PARA EL CLERO

REFLEXIONES DEL CARDENAL CLAÚDIO HUMMES
CON MOTIVO DEL XL ANIVERSARIO DE LA CARTA ENCÍCLICA
«SACERDOTALIS CAELIBATUS»
DEL PAPA PABLO VI

La importancia del celibato sacerdotal

Al entrar en el XL aniversario de la publicación de la encíclica Sacerdotalis caelibatus de Su Santidad Pablo VI, la Congregación para el clero cree oportuno recordar la enseñanza magisterial de este importante documento pontificio.

En realidad, el celibato sacerdotal es un don precioso de Cristo a su Iglesia, un don que es necesario meditar y fortalecer constantemente, de modo especial en el mundo moderno profundamente secularizado.

En efecto, los estudiosos indican que los orígenes del celibato sacerdotal se remontan a los tiempos apostólicos. El padre Ignace de la Potterie escribe:  “Los estudiosos en general están de acuerdo en decir que la obligación del celibato, o al menos de la continencia, se convirtió en ley canónica desde el siglo IV (…). Pero es importante observar que los legisladores de los siglos IV o V afirmaban que esa disposición canónica estaba fundamentada en una tradición apostólica. Por ejemplo, el concilio de Cartago (del año 390) decía:  “Conviene que los que están al servicio de los misterios divinos practiquen la continencia completa (continentes esse in omnibus) para que lo que enseñaron los Apóstoles y ha mantenido la antigüedad misma, lo observemos también nosotros”” (cf. Il fondamento biblico del celibato sacerdotale, en:  Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale. Cinisello Balsamo 1993, pp. 14-15). En el mismo sentido, A.M. Stickler habla de argumentos bíblicos en favor del celibato de inspiración apostólica (cf. Ch. Cochini, Origines apostoliques du Célibat sacerdotal, Prefacio, p. 6).

Desarrollo histórico

El Magisterio solemne de la Iglesia reafirma ininterrumpidamente las disposiciones sobre el celibato eclesiástico. El Sínodo de Elvira (300-303?), en el canon 27, prescribe:  “El obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios; pero en modo alguno plugo (al Concilio) que tengan a una extraña” (Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, ed. Herder, Barcelona 1955, n. 52 b, p. 22); y en el canon 33:  “Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” (ib., 52 c).

También el Papa Siricio (384-399), en la carta al obispo Himerio de Tarragona, fechada el 10 de febrero de 385, afirma:  “El Señor Jesús (…) quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que él es esposo, irradiara con esplendor (…). Todos los sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir, que desde el día de nuestra ordenación consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos” (ib., n. 89, p. 34).

En el primer concilio ecuménico de Letrán, año 1123, en el canon 3 leemos:  “Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió que habitaran el concilio de Nicea (325)” (ib., n. 360, p. 134).

Asimismo, en la sesión XXIV del concilio de Trento, en el canon 9 se reafirma la imposibilidad absoluta de contraer matrimonio a los clérigos constituidos en las órdenes sagradas o a los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad; con ella, la nulidad del matrimonio mismo, juntamente con el deber de pedir a Dios el don de la castidad con recta intención (cf. ib., n. 979, p. 277).

En tiempos más recientes, el concilio ecuménico Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis (n. 16), reafirmó el vínculo estrecho que existe entre celibato y reino de los cielos, viendo en el primero un signo que anuncia de modo radiante al segundo, un inicio de vida nueva, a cuyo servicio se consagra el ministro de la Iglesia.

Con la encíclica del 24 de junio de 1967, Pablo VI mantuvo una promesa que había hecho a los padres conciliares dos años antes. En ella examina las objeciones planteadas a la disciplina del celibato y, poniendo de relieve sus fundamentos cristológicos y apelando a la historia y a lo que los documentos de los primeros siglos nos enseñan con respecto a los orígenes del celibato-continencia, confirma plenamente su valor.

El Sínodo de los obispos de 1971, tanto en el esquema presinodal Ministerium presbyterorum (15 de febrero) como en el documento final Ultimis temporibus (30 de  noviembre), afirma la necesidad de conservar el celibato en la Iglesia latina, iluminando su fundamento, la convergencia de los motivos y las condiciones que lo favorecen (Enchiridion del Sínodo de los obispos, 1. 1965-1988; edición de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, Bolonia 2005, nn. 755-855; 1068-1114; sobre todo los nn. 1100-1105).

La nueva codificación de la Iglesia latina de 1983 reafirma la tradición de siempre:  “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Código de derecho canónico, can. 277, 1).
En la misma línea se sitúa el Sínodo de 1990, del que surgió la exhortación apostólica del siervo de Dios Papa Juan Pablo II Pastores dabo vobis, en la que el Sumo Pontífice presenta el celibato como una exigencia de radicalismo evangélico, que favorece de modo especial el estilo de vida esponsal y brota de la configuración del sacerdote con Jesucristo, a través del sacramento del Orden (cf. n. 44).

El Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, que recoge los primeros frutos del gran acontecimiento del concilio ecuménico Vaticano II, reafirma la misma doctrina:  “Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres  creyentes  que  viven  como célibes y  que tienen  la  voluntad de guardar el celibato por el reino de los cielos” (n. 1579).

En el más reciente Sínodo, sobre la Eucaristía, según la publicación provisional, oficiosa y no oficial, de sus proposiciones finales, concedida por el Papa Benedicto XVI, en la proposición 11, sobre la escasez de clero en algunas partes del mundo y sobre el “hambre eucarística” del pueblo de Dios, se reconoce “la importancia del don inestimable del celibato eclesiástico en la praxis de la Iglesia latina”. Con referencia al Magisterio, en particular al concilio ecuménico Vaticano II y a los últimos Pontífices, los padres pidieron que se ilustraran adecuadamente las razones de la relación entre celibato y ordenación sacerdotal, respetando plenamente la tradición de las Iglesias orientales. Algunos hicieron referencia a la cuestión de los viri probati, pero la hipótesis se consideró un camino que no se debe seguir.

El pasado 16 de noviembre de 2006, el Papa Benedicto XVI presidió en el palacio apostólico una de las reuniones periódicas de los jefes de dicasterio de la Curia romana. En esa ocasión se reafirmó el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica ininterrumpida, así como la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados.

Las razones del sagrado celibato

En la encíclica Sacerdotalis caelibatus, Pablo VI presenta al inicio la situación en que se encontraba en ese tiempo la cuestión del celibato sacerdotal, tanto desde el punto de vista del aprecio hacia él como de las objeciones. Sus primeras palabras son decisivas y siguen siendo actuales:  “El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras” (n. 1).

Pablo VI revela cómo meditó él mismo, preguntándose acerca del tema, para poder responder a las objeciones, y concluye:  “Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe, también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida tanto en la comunidad de los fieles como en la profana” (n. 14).

“Ciertamente —añade el Papa—, como ha declarado el sagrado concilio ecuménico Vaticano II, la virginidad “no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales” (Presbyterorum ordinis, 16), pero el mismo sagrado Concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos” (n. 17).

Es verdad. El celibato es un don que Cristo ofrece a los llamados al sacerdocio. Este don debe ser acogido con amor, alegría y gratitud. Así, será fuente de felicidad y de santidad.

Las razones del sagrado celibato, aportadas por Pablo VI, son tres:  su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.

Comencemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús, el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, “se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento, entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad” (n. 19).

El mismo matrimonio natural, bendecido por Dios desde la creación, pero herido por el pecado, fue renovado por Cristo, que “lo elevó a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia. (…) Cristo, mediador de un testamento más excelente (cf. Hb 8, 6), abrió también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (cf. 1 Co 7, 33-35), manifiesta de modo más claro y complejo la realidad, profundamente innovadora del Nuevo Testamento” (n. 20).

Esta novedad, este nuevo camino, es la vida en la virginidad, que Jesús mismo vivió, en armonía con su índole de mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. “En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres” (n. 21). Servicio de Dios y de los hombres quiere decir amor total y sin reservas, que marcó la vida de Jesús entre nosotros. Virginidad por amor al reino de Dios.

Ahora bien, Cristo, al llamar a sus sacerdotes para ser ministros de la salvación, es decir, de la nueva creación, los llama a ser y a vivir en novedad de vida, unidos y semejantes a él en la forma más perfecta posible. De ello brota el don del sagrado celibato, como configuración más plena con el Señor Jesús y profecía de la nueva creación. A sus Apóstoles los llamó “amigos”. Los llamó a seguirlo muy de cerca, en todo, hasta la cruz. Y la cruz los llevará a la resurrección, a la nueva creación perfeccionada. Por eso sabemos que seguirlo con fidelidad en la virginidad, que incluye una inmolación, nos llevará a la felicidad. Dios no llama a nadie a la infelicidad, sino a la felicidad. Sin embargo, la felicidad se conjuga siempre con la fidelidad. Lo dijo el recordado Papa Juan Pablo II a los esposos reunidos con él en el II Encuentro mundial de las familias, en Río de Janeiro.
Así se llega al tema del significado escatológico del celibato, en cuanto que es signo y profecía de la nueva creación, o sea, del reino definitivo de Dios en la Parusía, cuando todos resucitaremos de la muerte.

Como enseña el concilio Vaticano II, la Iglesia “constituye el germen y el comienzo de este reino en la tierra” (Lumen gentium, 5). La virginidad, vivida por amor al reino de Dios, constituye un signo particular de los “últimos tiempos”, pues el Señor ha anunciado que “en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Sacerdotalis caelibatus, 34).

En un mundo como el nuestro, mundo de espectáculo y de placeres fáciles, profundamente fascinado por las cosas terrenas, especialmente por el progreso de las ciencias y las tecnologías —recordemos las ciencias biológicas y las biotecnologías—, el anuncio de un más allá, o sea, de un mundo futuro, de una parusía, como acontecimiento definitivo de una nueva creación, es decisivo y al mismo tiempo libra de la ambigüedad de las aporías, de los estrépitos, de los sufrimientos y contradicciones, con respecto a los verdaderos bienes y a los nuevos y profundos conocimientos que el progreso humano actual trae consigo.

Por último, el significado eclesiológico del celibato nos lleva más directamente a la actividad pastoral del sacerdote.

La encíclica Sacerdotalis caelibatus afirma:  “la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (n. 26). El sacerdote, semejante a Cristo y en Cristo, se casa místicamente con la Iglesia, ama a la Iglesia con amor exclusivo. Así, dedicándose totalmente a las cosas de Cristo y de su Cuerpo místico, el sacerdote goza de una amplia libertad espiritual para ponerse al servicio amoroso y total de todos los hombres, sin distinción.

“Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios” (n. 30).
La encíclica añade, asimismo, que el celibato aumenta la idoneidad del sacerdote para la escucha de la palabra de Dios y para la oración, y lo capacita para depositar sobre el altar toda su vida, que lleva los signos del sacrificio (cf. nn. 27-29).

El valor de la castidad y del celibato

El celibato, antes de ser una disposición canónica, es un don de Dios a su Iglesia; es una cuestión vinculada a la entrega total al Señor. Aun distinguiendo entre la disciplina del celibato de los sacerdotes seculares y la experiencia religiosa de la consagración y de la profesión de los votos, no cabe duda de que no existe otra interpretación y justificación del celibato eclesiástico fuera de la entrega total al Señor, en una relación que sea exclusiva, también desde el punto de vista afectivo; esto supone una fuerte relación personal y comunitaria con Cristo, que transforma el corazón de sus discípulos.

La opción del celibato hecha por la Iglesia católica de rito latino se ha realizado, desde los tiempos apostólicos, precisamente en la línea de la relación del sacerdote con su Señor, teniendo como gran icono el “¿Me amas más que estos?” (Jn 21, 15), que Jesús resucitado dirige a Pedro.

Por tanto, las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas del celibato, todas ellas arraigadas en la comunión especial con Cristo a la que está llamado el sacerdote, pueden tener diversas expresiones, según lo que afirma autorizadamente la encíclica Sacerdotalis caelibatus.
Ante todo, el celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral” (n. 24). La caridad es el criterio supremo para juzgar la vida cristiana en todos sus aspectos; el celibato es un camino del amor, aunque el mismo Jesús, como refiere el evangelio según san Mateo, afirma que no todos pueden comprender esta realidad:  “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19, 11).

Esa caridad se desdobla en los clásicos aspectos de amor a Dios y amor a los hermanos:  “Por la virginidad o el celibato a causa del reino de los cielos, los presbíteros se consagran a Cristo de una manera nueva y excelente y se unen más fácilmente a él con un corazón no dividido” (Presbyterorum ordinis, 16). San Pablo, en un pasaje al que aquí se  alude, presenta  el  celibato y la virginidad como “camino para agradar al Señor” sin divisiones (cf. 1 Co 7, 32-35):  en otras palabras, un “camino del amor”, que ciertamente supone una vocación particular, y en este sentido es un carisma, y que es en sí mismo excelente tanto para el cristiano como para el sacerdote.

El amor radical a Dios, a través de la caridad pastoral, se convierte en amor a los hermanos. En el decreto Presbyterorum ordinis leemos que los sacerdotes “se dedican más libremente a él y, por él al servicio de Dios y de los hombres y se ponen al servicio de su reino y de la obra de la regeneración sobrenatural sin ningún estorbo. Así se hacen más aptos para aceptar en Cristo una paternidad más amplia” (n. 16). La experiencia común confirma que a quienes no están vinculados a otros afectos, por más legítimos y santos que sean, además del de Cristo, les resulta más sencillo abrir plenamente y sin reservas su corazón a los hermanos.

El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Explica también la encíclica:  “Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre” (Sacerdotalis caelibatus, 21).

La existencia histórica de Jesucristo es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada tanto en el plano cristiano como en el de la común racionalidad humana.

Si la vida cristiana común no puede legítimamente llamarse así cuando excluye la dimensión de la cruz, cuánto más la existencia sacerdotal sería ininteligible si prescindiera de la perspectiva del Crucificado. A veces en la vida de un sacerdote está presente el sufrimiento, el cansancio y el tedio, incluso el fracaso, pero esas cosas no la determinan en última instancia. Al escoger seguir a Cristo, desde el primer momento nos comprometemos a ir con él al Calvario, conscientes de que tomar la propia cruz es el elemento que califica el radicalismo del seguimiento.

Por último, como he dicho, el celibato es un signo escatológico. Ya desde ahora está presente en la Iglesia el reino futuro:  ella no sólo lo anuncia, sino que también lo realiza sacramentalmente, contribuyendo a la “nueva creación”, hasta que la gloria de Cristo se manifieste plenamente.
Mientras que el sacramento del matrimonio arraiga a la Iglesia en el presente, sumergiéndola totalmente en el orden terreno, que así se transforma también él en lugar posible de santificación, la virginidad remite inmediatamente al futuro, a la perfección íntegra de la creación, que sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos.

Medios para ser fieles al celibato

La sabiduría bimilenaria de la Iglesia, experta en humanidad, ha identificado constantemente a lo largo del tiempo algunos elementos fundamentales e irrenunciables para favorecer la fidelidad de sus hijos al carisma sobrenatural del celibato.

Entre ellos destaca, también en el magisterio reciente, la importancia de la formación espiritual del sacerdote, llamado a ser “testigo de lo Absoluto”. La Pastores dabo vobis afirma:  “Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo:  “¿Me amas?” (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (n. 42).

En este sentido, son absolutamente fundamentales tanto los años de la formación remota, vivida en la familia, como sobre todo los de la próxima, en los años del seminario, verdadera escuela de amor, en la que, como la comunidad apostólica, los jóvenes seminaristas mantienen una relación de intimidad con Jesús, esperando el don del Espíritu para la misión. “La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio” (ib., 16).

El sacerdocio no es más que “vivir íntimamente unidos a él” (ib., 46), en una relación de comunión íntima que se describe como “una forma de amistad” (ib.). La vida del sacerdote, en el fondo, es la forma de existencia que sería inconcebible si no existiera Cristo. Precisamente en esto consiste la fuerza de su testimonio:  la virginidad por el reino de Dios es un dato real; existe porque existe Cristo, que la hace posible.

El amor al Señor es auténtico cuando tiende a ser total:  enamorarse de Cristo quiere decir tener un conocimiento profundo de él, frecuentar su persona, sumergirse en él, asimilar su pensamiento y, por último, aceptar sin reservas las exigencias radicales del Evangelio. Sólo se puede ser testigos de Dios si se hace una profunda experiencia de Cristo. De la relación con el Señor depende toda la existencia sacerdotal, la calidad de su experiencia de martyria, de su testimonio.

Sólo es testigo de lo Absoluto quien de verdad tiene a Jesús por amigo y Señor, quien goza de su comunión. Cristo no es solamente objeto de reflexión, tesis teológica o recuerdo histórico; es el Señor presente; está vivo porque resucitó y nosotros sólo estamos vivos en la medida en que participamos cada vez más profundamente de su vida. En esta fe explícita se funda toda la existencia sacerdotal. Por eso la encíclica dice:  “Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de parecerle sin consistencia e incongruente” (Sacerdotalis caelibatus, 75).

Además de la formación y del amor a Cristo, un elemento esencial para conservar el celibato es la pasión por el reino de Dios, que significa la capacidad de trabajar con diligencia y sin escatimar esfuerzos para que Cristo sea conocido, amado y seguido. Como el campesino que, al encontrar la perla preciosa, lo vende todo para comprar el campo, así quien encuentra a Cristo y entrega toda su existencia con él y por él, no puede menos de vivir trabajando para que otros puedan encontrarlo.

Sin esta clara perspectiva, cualquier “impulso misionero” está destinado al fracaso, las metodologías se transforman en técnicas de conservación de una estructura, e incluso las oraciones podrían convertirse en técnicas de meditación y de contacto con lo sagrado, en las que se disuelven tanto el yo humano como el Tú de Dios.

Una ocupación fundamental y necesaria del sacerdote, como exigencia y como tarea, es la oración, la cual es insustituible en la vida cristiana y, por consecuencia, en la sacerdotal. A la oración hay que prestar atención particular:  la celebración eucarística, el Oficio divino, la confesión frecuente, la relación afectuosa con María santísima, los ejercicios espirituales, el rezo diario del santo rosario, son algunos de los signos espirituales de un amor que, si faltara, correría el riesgo de ser sustituido con los sucedáneos, a menudo viles, de la imagen, de la carrera, del dinero y de la sexualidad.

El sacerdote es hombre de Dios porque está llamado por Dios a serlo y vive esta identidad personal en la pertenencia exclusiva a su Señor, que se documenta también en la elección del celibato. Es hombre de Dios porque de él vive, a él habla, con él discierne y decide, en filial obediencia, los pasos de su propia existencia cristiana.

Los sacerdotes, cuanto más radicalmente sean hombres de Dios, mediante una existencia totalmente teocéntrica, como subrayó el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, el 22 de diciembre de 2006, tanto más eficaz y fecundo será su testimonio y tanto más rico en frutos de conversión será su ministerio. No hay oposición entre la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre; al contrario, la primera es condición de posibilidad de la segunda.

Conclusión:  una vocación santa

La Pastores dabo vobis, hablando de la vocación del sacerdote a la santidad, después de subrayar la importancia de la relación personal con Cristo, presenta otra exigencia:  el sacerdote, llamado a la misión del anuncio, recibe el encargo de llevar la buena nueva como un don a todos. Sin embargo, está llamado a acoger el Evangelio ante todo como don ofrecido a su propia existencia, a su propia persona y como acontecimiento salvífico que lo compromete a una vida santa.

Desde esta perspectiva, Juan Pablo II habló del radicalismo evangélico que debe caracterizar la santidad del sacerdote. Por tanto, se puede decir que los consejos evangélicos tradicionalmente propuestos por la Iglesia y vividos en los estados de la vida consagrada, son los itinerarios de un radicalismo vital al que también, a su modo, el sacerdote está llamado a ser fiel.

La exhortación afirma:  “Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:  el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan” (n. 27).

Más adelante, refiriéndose a la dimensión ontológica en la que se fundamenta el radicalismo evangélico, dice:  “El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, cabeza y pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella “vida según el Espíritu” y para aquel “radicalismo evangélico” al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual” (n. 72).

La nupcialidad del celibato eclesiástico, precisamente por esta relación entre Cristo y la Iglesia que el sacerdote está llamado a interpretar y a vivir, debería dilatar su espíritu, iluminando su vida y encendiendo su corazón. El celibato debe ser una oblación feliz, una necesidad de vivir con Cristo para que él derrame en el sacerdote las efusiones de su bondad y de su amor que son inefablemente plenas y perfectas.

A este propósito, son iluminadoras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI:  “El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase:  “Dominus pars (mea)“, Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe:  la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundamentar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres”.

 22 de diciembre de 2006

 

 

Card. CLÁUDIO HUMMES, o.f.m.
Prefecto de la Congregación para el clero

  

 

 

 

 

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Ciclo B, IV domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 24, 2009

Un derroche de amor

 

El domingo de hoy presenta una especie de resumen de la historia de las relaciones entre el ser humano y Dios.

En la primera lectura se nos cuenta cómo todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según costumbres abominables de las naciones paganas.

Dios les enviaba desde el principio avisos por medio de mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo. Pero ellos maltrataron a los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se burlaron de sus profetas.

Sin embargo, el amor de Dios es infinito: previó la solución para que sus hijos no se perdieran irremediablemente en el infierno.

Por eso, san Pablo nos dice en la segunda lectura que Dios es rico en misericordia: ¡con qué amor tan inmenso nos amó! Estábamos muertos por nuestras faltas y nos hizo revivir con Cristo: ¡por pura gracia hemos sido salvados! Nos resucitó en Cristo Jesús y con Él, para sentarnos con Él en el mundo de la felicidad. En Cristo Jesús, Dios es todo generosidad para con nosotros, por lo que quiere manifestar en los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia.

Y deja muy claro que fue un don de Dios, de manera que nadie tiene por qué sentirse orgulloso.

Es el mismo Jesucristo quien nos dice en el Evangelio que ese don fue el amor con el que Dios amó al mundo: entregó a su Hijo Único a la muerte para que quien crea en Él no se pierda irremediablemente en el infierno, sino que tenga vida eterna.

Creer es actuar en consecuencia, es decir, tener una vida santa. Por eso san Pablo afirma que quien cree en Él no tendrá juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado.

¿Creemos en Él? ¿Cómo reaccionamos ante ese derroche de amor?, ¿le demostramos nuestro agradecimiento con nuestro comportamiento?

  

 

 

 

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A Cristo crucificado*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 19, 2009

A Cristo crucificado 

 

No me mueve, mi Dios, para quererte

El cielo que me tienes prometido;

Ni me mueve el infierno tan temido

Para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte

Clavado en una cruz y escarnecido;

Muéveme ver tu cuerpo tan herido;

Muéveme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

Que aunque no hubiera cielo te amara

Y aunque no hubiera infierno te temiera.

 

No tienes que me dar porque te quiera;

Pues aunque cuanto espero no esperara,

Lo mismo que te quiero te quisiera.

 

A Cristo crucificado, soneto anónimo, también conocido como No me mueve, mi Dios, para quererte, el más difundido de los sonetos religiosos escritos en español y que para el crítico Marcel Bataillon es “el más ilustre soneto de la literatura española”.

Apareció por primera vez en la Vida del espíritu para saber tener oración con Dios de Antonio de Rojas, en 1628, y más tarde el predicador mexicano Miguel de Guevara lo incluyó en Arte doctrinal y modo general para aprender la lengua matlazinga (1638).

Aunque es anónimo, desde su aparición críticos eruditos han atribuido esta composición a san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, Pedro Reyes, Lope de Vega, fray Miguel de Guevara y tantos otros, pero nadie ha aportado pruebas concluyentes. Incluso se discute la época de redacción y su origen: italiano, latino, francés, portugués. El carácter y contenido de este soneto es místico y en él se expresa con gran intensidad el amor a Cristo crucificado.

   

 

 

 

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San Pablo, ¿machista?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 19, 2009

Esa es la impresión que se llevan muchas mujeres y algunos hombres al leer la carta de Pablo a los Efesios.

Las palabras que logran esa sensación son las siguientes:

“Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; Él que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.”

Es frecuente oír hablar o leer en exégesis profundas del pueblo judío sus costumbres machistas, heredadas por el pueblo cristiano. Y también se repiten los análisis de algunos sexólogos, muchas veces dándole un sentido peyorativo a las enseñanzas de la Iglesia Católica.

Pero lo que pocos destacan es el texto que continúa:

“Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia.

“Se entregó a sí mismo por ella […] Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.”

Aquí caben varias preguntas

¿Cuántos esposos aman a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia?

Y, ¿cómo amó Cristo a su Iglesia? Primero, nos dio ejemplo de vida sencilla, trabajadora, humilde y pobre, durante 30 años. Después, dedicó todos sus esfuerzos a enseñarnos esa vida, durante 3 años. Y, finalmente, entregó su vida en una Cruz, no sin antes pasar por las terribles angustias en el huerto de los olivos, la aprehensión infame, la traición de uno de los suyos, la noche entera en una celda aterido de frío, la humillación de un juicio injusto, la atroz flagelación, burlas y burlas hasta la coronación de espinas, la vía dolorosa cargando con el instrumento de su propio suplicio, el horrendo martirio de la crucifixión, la agonía de 3 horas y el fallecimiento en desamparo total.

“Obras son amores y no buenas razones”, dice el refrán: ¿Cuantos esposos han sido capaces de sufrir por amor a su esposa? ¿Cuántos dejan a un lado el egoísmo para dedicar su vida con todas las fuerzas -a ejemplo de Jesús- a hacer felices a sus esposas?

Ese llamado de san Pablo es categórico: “Así deben también los maridos amar a sus mujeres”.

¿Podrá esto tomarse como machista?

He aquí, más bien, la perfección del amor conyugal:

Un hombre que destina todo su ímpetu a hacer feliz a su esposa; busca solo su bienestar con toda su alma, con todo su corazón, con todas sus fuerzas, haciendo a un lado sus propias metas egoístas o mezquinas.

Y una mujer que, como dijera la encíclica, es amada así, ¿cómo no va a ser condescendiente con su marido? Al sentir ese apoyo moral y psicológico, ¿no se someterá a él sin reservas?, ¿no sentirá que él es, efectivamente, su cabeza, como dice san Pablo?

Y la última pregunta: ¿no sería este el ejemplo ideal para los hijos? Si los esposos actúan como lo pide la Iglesia, se verá nacer y crecer una nueva generación libre de egoísmos y de machismo, se formarán hogares con más sentido de la dignidad de la mujer y del hombre y, como consecuencia lógica, si se tiene sana la “célula” de la comunidad -la familia-, se hará un cambio positivo en todo ese “organismo” viviente que es la sociedad.

  

 

 

 

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Ciclo B, II domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2009

 

 

La vida espiritual

 

Hay un aspecto de nuestra fe que muy pocos conocen y que, para los que lo viven, tiene reservadas las más maravillosas experiencias que en esta tierra se pueden disfrutar.

Se trata de la vida mística, es decir, la experiencia de lo divino. Efectivamente, el ser humano fue hecho para vivir estas experiencias; nada más podrá satisfacer esos anhelos que bullen en su interior: Dios se comunica al alma, colmándola de consuelos, gozos y deleites espirituales que nunca se podrán comparar con los terrenales.

Pero para acceder a ellos es necesario no reservarse nada, como nos lo sugiere la primera lectura: Dios le dijo a Abraham que por no haberse reservado ni siquiera a su hijo, que era lo que más quería, lo llenaría de bendiciones.

Por eso la Iglesia se goza poniendo a nuestra consideración la transfiguración del Señor el día de hoy: porque es figura de nuestra propia transfiguración, un cambio de figura, para que nos convirtamos en aquellos hijos de Dios que viven en intimidad con Dios, recibiendo de Él todas esas comunicaciones que llenan nuestras más íntimas y altas aspiraciones.

Además de no reservarnos nada, debemos orar. Orar mucho; con constancia y con confianza.

Una constancia tal que nunca dejemos de hacerlo; por ningún motivo; a diario.

Y una confianza total en ese amor divino, que lo único que busca es nuestra auténtica felicidad, la felicidad de haber llegado a la meta: el encuentro con Dios que nos transfigura. Confianza que muestra san Pablo en la segunda lectura:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Si ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con Él todo lo demás? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios mismo los declara justos. ¿Quién los condenará? ¿Acaso será Cristo, el que murió y, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?

   

 

 

 

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Ciclo B, I domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 2, 2009

Entrar en el Arca

 

Nos dice san Pedro que muchos se negaron a creer, en tiempo de Noé, cuando se iba acabando la paciencia de Dios y Noé ya estaba construyendo el arca. Pero algunas personas, ocho en total, entraron al arca y se salvaron a través del agua.

Hoy es posible que vivamos una situación similar: el mal que hay en el mundo es una evidencia palpable y, si miramos nuestro interior, quizá encontremos aspectos de nuestra vida por corregir, conductas para cambiar, virtudes que instaurar…

Con esta cuaresma que comienza se abre ante nuestros ojos la oportunidad perfecta para hacer esos cambios; es una especie de Arca en la que debemos entrar para pasar el torrencial, hasta que lleguemos a la Semana Santa, limpios y puros, como Dios nos quiere.

Y el ejemplo nos lo da el mismo Cristo, como nos lo cuenta el Evangelio: Estuvo cuarenta días en el desierto, orando, haciendo penitencia. Esta es la oportunidad que nos brinda Dios, por medio de su Iglesia: un tiempo de examen, reparación y cambio; y todo con la finalidad de estar preparados para el encuentro con Dios, en las fiestas de Pascua y, también, en la fiesta del Cielo.

No faltarán las pruebas; a Jesús le pasó lo mismo: fue tentado por Satanás. Él no quiere nuestra conversión, por eso, enfilará todas sus fuerzas para evitarla.

En el fondo, la Cuaresma se vive toda la vida: Dios permite que el Demonio nos ataque para irnos fortaleciendo y para ir eliminando las impurezas que nos impedirían ir al Cielo, a gozar de la eternidad feliz.

Pero nunca nos faltará la fuerza de Dios, la gracia, con la que venceremos al enemigo de nuestra auténtica realización personal, es decir, la eterna bienaventuranza junto al Amor de los amores. Ya muchos lo han logrado; ¿por qué no vamos a lograrlo nosotros?

Jesús, como entonces, nos proclama la Buena Noticia de Dios: «El Reino de Dios está cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Noticia.»

¿Desatenderemos ese llamado de amor? ¿Vamos a entrar en el Arca?

   

 

 

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