Hacia la unión con Dios

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¡Qué decepción!

Posted by pablofranciscomaurino en julio 17, 2020

Tengo la sensación de que fui un ingenuo, al creer que con la pandemia se iba a despertar nuestra consciencia, y que todo iba a mejorar. Pero no fue así: en el tráfico se percibe la misma agresividad; las noticias muestran que se disparó la corrupción, porque los entes de control están operando menos ahora; no solo se aprovechó para la especulación de precios de algunos productos, sino también de servicios, como el de la salud, a nivel privado, en la que ahora se les cobra más a los pacientes, para cubrir los nuevos gastos de implementos de asepsia, en vez de tener en cuenta la situación económica de muchos; la solidaridad no se ve sino en casos aislados: los pobres no reciben todos los auxilios que el gobierno puede darles ni los de los empresarios que están económicamente bien; en la mayoría de las ocasiones, los que todavía tienen un ingreso mensual fijo no ayudan a tantos otros que están con hambre, porque dependen de lo que logren ganar cada día y no pueden trabajar; son pocos los que se acuerdan de las necesidades de las personas independientes, que están en verdaderas dificultades…

Y lo peor es que esta situación no nos hace pensar que tendremos que dar cuentas a Dios de todo lo que tuvimos y de lo que no compartimos.
En serio: creí que iba a haber cambios significativos, pero son minúsculos… El egoísmo sigue siendo la norma de conducta principal.

Esta situación fue permitida por Dios para hacernos un llamado a que mejoremos como seres humanos, pero parece que ese llamado no está siendo escuchado…

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Las homilías

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 11, 2020

A pesar de que no todas las homilías están ajustadas a la doctrina oficial del Magisterio eclesial —pues se escuchan en muchos púlpitos errores y desviaciones de la verdad—, la mayoría guardan fidelidad a la Revelación Universal, custodiada por la Santa Madre Iglesia.

Pero también se nota que muchos sacerdotes no han aprovechado esos púlpitos para enseñar todo su bagaje de doctrina, moral y espiritualidad.

Desde el punto de vista moral, por ejemplo, muchos clérigos se quedarían aterrados si hicieran una encuesta entre sus feligreses, y se enteraran del índice tan alto de quienes, entre ellos, apoyan el aborto, la eutanasia, la homosexualidad y la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, los que toman y recomiendan el uso de anticonceptivos, etc. Muchos desconocen el fondo inmoral de todos estos actos contrarios a la naturaleza humana. También sería bueno que se preguntaran cuántos fieles olvidan cumplir o desconocen los Mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia, cuántos no creen en el demonio y/o en el Infierno…

¿Por qué estos temas parecen velados en las homilías? Nuestro Señor dijo la verdad sin reparo alguno y, hay que saberlo, eso le acarreó la muerte; y hoy serán criticados, reprobados y tachados de retrógrados quienes se atrevan a presentar la doctrina de la Santa Madre Iglesia para que sus hijos vayan por la senda que lleva a la salvación. Pero, ¿no vale la pena sufrir por los hijos de Dios y por su gloria? Antaño —y todavía hoy— hay ejemplos numerosísimos de mártires que dieron la vida por la verdad, a semejanza de Jesucristo, y que hoy viven eternamente felices, gozando de la bienaventuranza eterna, y diciéndose precisamente eso: “¡Valió la pena!”

En cuanto a la doctrina se refiere, los predicadores podrían ayudar al pueblo de Dios a evitar el peligro inmenso que corren hoy de caer en herejías, tan populares como dañinas para su fe, como el voluntarismo semipelagiano (que tiene tantos adeptos inconscientes y que tantas indiferencias religiosas y apostasías ha cosechado en la actualidad), los sincretismos religiosos, que viven y enseñan tantos católicos, y otros errores doctrinales más…

Tampoco aprovechan para enseñar toda la espiritualidad existente sobre todos los modos de oración mental y la contemplación, a la que nos invitan los santos místicos, reiterando ellos que la vida contemplativa es para todos, no para unos privilegiados.

Tienen estos Pastores una altísima responsabilidad, pues el Señor les confió unas ovejas, que fueron compradas a pretio magno (a tan alto precio 1Co 6,20). Y de ellas les pedirá cuenta Nuestro Señor.

Si a esto sumamos otra verdad —igualmente valiosa—: el hecho de que es la oración de los fieles la que da fuerza a sus Pastores para realizar las tareas propias de su labor, debemos deducir que esa oración ha faltado mucho entre los bautizados. Y, aunque sabemos que es la Cruz de Cristo la que incrementa la eficacia de la oración, son muy pocos los fieles que ofrecen sacrificios por sus Pastores… También a estos cristianos se les pedirá cuenta por no haber orado por sus Pastores y por no haberse unido al Señor Jesús en su Pasión, para ayudar a propiciar la santidad del clero y a favorecer su labor pastoral

 

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Cilclo C, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 30, 2010

Sorpresas a la hora del juicio

 

El profeta Isaías, en la primera lectura, nos entreabre el aspecto místico del fin de los tiempos, cuando toda la humanidad se entregará a adorar a su Creador…

Si obtenemos la misericordia de Dios, en ese momento la paz inundará nuestros corazones; no nos dejará la alegría de haber obtenido la meta; y nos embragará la felicidad de sabernos amados infinita y eternamente por Dios, pues ya no seremos estorbo para su amor.

Pero no todos alcanzarán esa dicha: muchos serán enviados a llorar y a rechinar los dientes eternamente, como nos lo advierte el Señor en el Evangelio de hoy.

Sus palabras están dirigidas a nosotros. Efectivamente, nos dice: «No sé quiénes son ustedes. Aléjense de Mí, malvados. Ustedes serán echados fuera. Hay últimos que serán los primeros y primeros que serán últimos».

Es que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó, y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, cultura, viajes, talentos, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo.

Pero Dios no quiere que vayamos al Infierno. Por eso nos amonesta diciéndonos lo que nos podría pasar. Y por eso también nos corrige: en la segunda lectura, se nos explica en qué consisten las correcciones divinas:

«No menosprecies la corrección del Señor, pues Él corrige a quien ama». Como a hijos nos trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Y lo hace para hacernos partícipes de su santidad, de la felicidad auténtica.

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