Hacia la unión con Dios

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Cómo ejercer la caridad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2016

“Nosotros no fijamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas.” (2Co 4, 18)

Esta cita de la Palabra de Dios nos indica en qué quiere Él que nos concentremos, cuál quiere que sea nuestro interés principal en esta vida.

Además, cuando el Espíritu Santo inspiró a san Pablo a escribir esto, quiso resaltar para nosotros que, además de la Fe y la Caridad, la Esperanza es una de las 3 virtudes que distinguen al cristiano de los demás seres humanos, tal y como lo enseña la Iglesia Católica desde sus comienzos. Y quizá también lo haya hecho para resaltar esta virtud, previniendo así el error que sabía que iba a emerger en nuestros tiempos.

Efectivamente, hay hoy una gran cantidad de cristianos (católicos y protestantes) que han concentrado su atención casi solamente en el Amor, restándole importancia a las otras 2 virtudes teologales, especialmente a la Esperanza.

Y se concentran el Amor ejercido en el prójimo, pues hasta del amor a Dios se han olvidado casi por completo, dejándose impregnar por ese criterio equivocado que afirma que “Amar a Dios consiste únicamente en amar al prójimo”.

Recordemos que Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos. Los ama tanto que parece un loco de amor, como explica santa Catalina de Siena:

1) sabiendo que le iban a fallar, que lo iban a ofender gravemente, los creó,

2) quiso compartir su ser: se hizo uno de ellos para salvarlos,

3) padeció indeciblemente y se dejó matar para pagar sus pecados y para abrirles de nuevo las puertas del Cielo y

4) se quiso quedar con ellos mientras estuvieran en la tierra y se hizo su comida espiritual;

Pero a eso le podemos añadir que,

5) sabiendo que todavía le seguirían fallando, inventó una última tabla de salvación para ellos: el Sacramento de la Reconciliación.

Todas esas locuras de amor las hizo porque lo único que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el hombre— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

Se puede afirmar que quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano; y lo ama procurándole la eterna dicha.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Es en este contexto en que debe interpretarse esta frase de san Juan, apóstol y evangelista:

“Si alguno dice: ‘Amo a Diosʼ y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” (1Jn 4, 20)

Esto quiere decir que es mentiroso quien dice amar a Dios y no ama lo que Dios ama: al ser humano, a su hermano.

Están equivocados, pues, quienes interpretan esta frase afirmando que la única manera de amar a Dios es amar al prójimo, pues amar a Dios sobre todas las cosas consiste en adorarlo, honrarlo, bendecirlo y glorificarlo, dándole el culto que merece; obedecerlo, comportándonos de acuerdo con la dignidad que tenemos como hijos suyos; y vivir agradecidos con Él. Además, lo amamos trabajando por sus intereses: 1) reparando la honra y gloria del Padre, manchadas por las muchas ofensas que recibe, 2) ayudando a Jesús a salvar el mayor número de personas posibles y 3) cooperando con el Espíritu Santo en la santificación de todos los bautizados.

Otra deducción lógica es que amar al prójimo consiste en procurarle la felicidad eterna; no una “felicidad” pasajera que, como vimos, no es felicidad. Pero esto parecen olvidarlo quienes solamente procuran su bienestar pasajero: olvidándose casi por completo de llevarlos a la bienaventuranza eterna, dirigen todos sus esfuerzos para propiciarles bienestar pasajero: alimentación, vestido, vivienda, educación, salud, trabajo digno, etc., objetivos todos que debemos procurar —según nuestras capacidades—  si somos cristianos auténticos y amamos verdaderamente a nuestros hermanos, pero que no son la principal finalidad: ¿De qué serviría conseguirles todo el bienestar posible aquí en la tierra y, acabar con las injusticias y las desigualdades que los oprimen, si no logramos que lleguen al Cielo? ¿Habrá alguien tan tonto que prefiera 40, 50 ó 70 años de bienestar, justicia y oportunidades equitativas, sabiendo que todo eso acabará un día, y no prefiera la eterna y creciente dicha para la que fue creado? Claro: lo ideal sería conseguir ambas cosas, pero debemos tener claras las prioridades.

“Porque la apariencia de este mundo pasa.” (1Co 7, 31)

La Biblia nos enseña, en el salmo 38, que “la vida del hombre sobre la tierra es un soplo”; dos versículos después dice, casi con cinismo: “Y el hombre se afana por un soplo.

Asimismo, el apóstol Santiago afirma: “Ustedes son vapor que aparece un momento y después desaparece.” (St 4, 15).

Efectivamente, este mundo es una apariencia; y, por eso, debemos vivir de una manera diferente a los que no creen:

“Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen.” (1Co 7, 29-30)

Porque sabemos que todo esto pasará. Es por eso que san Pablo —inspirado por el Espíritu Santo— nos dejó estos criterios:

“Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra.” (Col 3, 2)

“Buscad las cosas de arriba.” (Col 3,1b)

Es que somos ciudadanos del Cielo:

“Muchos […] no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo.” (Flp 3, 18-20)

Ciudadanos del Cielo que viven, por ahora, desterrados:

“Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

“Conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro.” (1Pe 1,17)

Somos extranjeros y forasteros:

“Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de los deseos carnales que combaten contra el alma.” (1pe 2, 11)

Desterrados, extranjeros y forasteros, vivimos absolutamente seguros de que, por su infinito Amor, Dios nos cuida, está pendiente de nuestras necesidades:

“No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño, ¿por qué preocuparos de lo demás? Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura.” (Lc 12, 22-31)

Esos gentiles del mundo son los no-cristianos, los que son del mundo. Nosotros, como se lo dijo Jesús al Padre, vivimos en el mundo, pero no pertenecemos al mundo:

“Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo.” (Jn 17, 16)

Y, como ya sabe nuestro Padre que necesidades tenemos, nos concentramos en buscar más bien su Reino, absolutamente seguros de que Él nos dará por añadidura lo que precisemos.

Mientras los gentiles se afanan por sus necesidades materiales y temporales, nosotros, después de procurar la salvación de nuestros prójimos —su necesidad primordial—, los ayudamos con las necesidades materiales y temporales cuanto podamos, pero lo hacemos no como la finalidad de nuestra vida cristiana, sino como una consecuencia del amor.

De otro modo, correríamos el riesgo de nuestros corazones se apegaran a las preocupaciones temporales, como bien lo explica la Palabra de Dios:

“Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones […] por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros.” (Lc 21, 34)

Que no nos pase lo de la fábula: que por estar buscando encorvados otra moneda de oro, quedemos encorvados para siempre, sin poder ver la luz del sol…, de Dios.

Por el amor que nos tiene, Dios nos advierte constantemente sobre este peligro, con una insistencia empecinada:

“Las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto.” (Mc 4, 19)

“Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.” (Mt 6, 24)

Es que Él sabe que caemos fácilmente:

“Quien siembra en su carne cosechará corrupción de la carne; quien siembra en el espíritu cosechará vida eterna del espíritu.” (Ga 6, 8)

“Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios: ni la corrupción hereda la incorrupción.” (1Co 15, 50)

Es que las preocupaciones exageradas por las cosas materiales —aunque se hagan por  caridad—, nos pueden hacer descuidar lo único necesario. Eso les pasó a los primeros cristianos:

Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: «No parece bien que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo. (Hch 6, 1-3)

¡Los Apóstoles prefirieron nombrar a los primeros diáconos, para que se dedicaran a servir en las cosas temporales (la comida, que preserva la vida), antes de correr el riesgo de descuidar la Predicación, que lleva a la Vida (con mayúscula) eterna!

Cuando caemos en las preocupaciones y en las ocupaciones por lo temporal, debemos recordar lo que Jesús le dijo a la hermana de Lázaro y de María:

“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; una sola es necesaria.” (Lc 10, 41)

Fijémonos cuánto nos podemos equivocar: a pesar de que Jesús ya les había insistido muchas veces sobre la importancia de buscar sólo lo eterno —el Reino de Dios—, pues las necesidades temporales se nos darían por añadidura, los discípulos seguían entendiendo las palabras espirituales de Jesús como si fueran palabras sobre cosas temporales:

“Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes. Jesús les dijo: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.» Ellos hablaban entre sí diciendo: «Es que no hemos traído panes.» Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: «Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres, y cuántos canastos recogisteis ¿Ni de los siete panes de los cuatro mil, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos.» Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.” (Mt 16, 5-12)

No sigamos siendo discípulos sordos para lo espiritual: Amemos a Dios sobre todas las cosas y, por amor a Él, amemos a nuestros prójimos, ayudándolos primero a conseguir lo único necesario: su salvación, la dicha eterna, que es el acto de caridad más grande que podemos hacerles. Y, en segundo lugar, ayudémoslos también en lo temporal, en lo pasajero, en lo efímero, en lo fugaz: en lo que es añadidura.

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UN PACTO*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 14, 2012

Yo pedí a mi sierva santa Margarita: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas, que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”. También contigo desearía hacer este pacto. Yo, que, como Señor absoluto podría acercarme exigiendo sin ningunas condiciones, quiero pactar con mis criaturas. Ya ves a cuánto me abajo. Y tú ¿no quieres pactar conmigo? No tengas miedo que hayas de salir perdiendo; Yo, en los tratos con mis criaturas, soy tan condescendiente y benigno, que cualquiera pensaría que me engañan. Además, es un convenio que no te obligará, ni bajo pecado mortal, ni bajo pecado venial; Yo no quiero compro­misos que te ahoguen; quiero amor, genero­sidad, paz: no zozobras ni apreturas de conciencia.

Ya ves que el pacto tiene dos partes: una que me obliga a Mí y otra que te obliga a ti. A Mí, cuidar de ti y de tus intereses; a ti, cuidar de Mí y de los míos. ¿Verdad que es un convenio muy dulce?

 

PRIMERA PARTE

Principiaremos por la parte mía: “Yo cuidaré de ti y de tus cosas”. Para eso es necesario que todas, a saber: alma, cuerpo, vida, salud, familia, asuntos, en una palabra, todo, lo remitas plenamente a la disposición de mi suave Providencia y que me dejes obrar. Yo quiero arreglarlas a mi gusto y tener las manos libres. Por eso deseo que me des todas las llaves; que me concedas licencia para entrar y salir cuando Yo quiera, que no andes vigilándome para ver y examinar lo que hago; que no me pidas cuentas de ningún paso que dé, aunque no veas la razón y aunque parezca a primera vista que va a ceder en tu daño; pues, aunque tengas muchas veces que ir a ciegas, te consolará el saber que te hallas en buenas manos. Y cuando ofreces tus cosas, no ha de ser con el fin precisamente de que Yo te las arregle a tu gusto; porque eso ya es ponerme condiciones y proceder con miras interesadas, sino para que las arregle según me parezca a Mí; para que proceda en todo como dueño y como rey con entera libertad, aunque prevea alguna vez que mi determi­nación te haya de ser dolorosa. Tú no ves sino el presente; Yo veo lo porvenir. Tú miras con el microscopio; Yo miro con telescopio de inconmensurable alcance; y soluciones que de momento parecerían felicísimas son a veces desastrosas para lo que ha de llegar; fuera de que en ocasiones, para probar tu fe y confianza en Mí y hacerte merecer gloria, permitiré de momento con intención deliberada el tras­torno de tus planes.

Mas con esto no quiero que te abandones a una especie de fatalismo quietista y descui­des tus asuntos interiores o exteriores. Debes seguir como ley aquel consejo que os dejé en el Evangelio: “Cuando hubiereis hecho cuan­to se os había mandado, decid: Siervos inútiles somos”. Debes en cualquier asunto tomar todas las diligencias que puedas, como si el éxito dependiera de ti solo, y después decirme con humilde confianza: “Corazón de Jesús, hice según mi flaqueza cuanto buenamente pude; lo demás ya es cosa tuya; el resultado lo dejo a tu Providencia”. Y después de dicho esto procura desechar toda inquietud y quedarte con el reposo de un lago en una tranquila tarde de otoño.

LO QUE SE DEBE OFRECER

Como dije, debes ofrecerme todo, sin excluir absolutamente nada, pues sólo me excluyen algo las personas que se fían poco de Mí.

El Alma

Ponla en mis manos; tu salvación eterna, grado de gloria en el cielo, pro­gresos en la virtud, defectos, pasiones mise­rias: todo. Hay algunas personas que siempre andan henchidas de temores, angustias, desa­lientos por las cosas del espíritu. Si esto es, hijo mío, porque pecas gravemen­te, está muy justificado. Es un estado tristí­simo el del pecado mortal, que a todo trance debes abandonar en seguida, ya que te hace enemigo formal mío. Esfuérzate, acude a Mí con instancia, que Yo te ayudaré mucho y sobre todo confiésate con frecuen­cia: cada semana, si puedes, que este es un excelente remedio. Caídas graves no son obstáculo para consagrarte a Mí, con tal que haya sincero deseo de enmienda: la consa­gración será un magnífico medio para salir de ese estado.

Hay otra clase de personas que no pecan mortalmente, y sin embargo siempre están interiormente de luto, porque creen que no progresan en la vida espiritual. Esto no me satisface. Debes también aquí hacer cuanto buenamente puedas según la flaqueza humana, y lo demás abandonármelo a Mí. El Cielo es un jardín completísimo, y así debe contener toda variedad de plantas; no todo ha de ser cipreses, azucenas y claveles; también ha de haber tomillos; ofrécete a ocupar ese lugar. Todas estas amarguras en personas que no pecan grave­mente, nacen porque buscan más su gloria que la mía. La virtud, la perfección tiene dos aspectos: el de ser bien tuyo y el de ser bien mío; tú debes procurarla con empeño, mas con paz, por ser bien mío, pues lo tuyo en cuanto tuyo, ya quedamos en que debes remitirlo a mi cuidado. Además debes tener en cuenta que, si te entregas a Mí, la obra de tu perfección, más bien que tú, la haré Yo.

 

El cuerpo

También Yo quiero encargarme de tu salud y de tu vida, y por eso tienes que ponerlas en mis manos. Yo sé lo que te conviene; tú no lo sabes. Toma los medios que buenamente se puedan para conservar o recuperar la salud, y lo demás remítelo a mi cuidado, desechando aprehensiones, imaginaciones, miedos, persuadido de que no de medicinas ni de médicos sino prin­cipalmente de Mí vendrán la enfermedad y el remedio.

 

Familia

Padres, cónyuges, hijos, hermanos, pa­rientes. Hay personas que no hallan difi­cultad en ofrecérseme a sí mismos, pero a veces se resisten a poner resueltamente en mis manos algún miembro especial de su familia a quien mucho aman. No parece sino que voy a matar in continenti todo cuanto a mi bondad se confíe. ¡Qué concepto tan pobre tienen de Mí! A veces dicen que en sí no tienen dificultad en sufrir, pero que no quisieran ver sufrir a esa persona; creen que consagrarse a Mí y comenzar a sufrir todos cuantos les rodean, son cosas inseparables. ¿De dónde habrán sacado esa idea? Lo que sí hace la consagración sincera es suavizar mucho las cruces que todos tenéis que llevar en este mundo.

 

Bienes de fortuna

Fincas, negocios, carrera, oficio, empleo, casa, etc. Yo no exijo que las almas que me aman abandonen estas cosas, a no ser que las llame al estado religioso. Todo lo contrario: deben cuidar de ellas, ya que constituyen una parte de las obligaciones de su estado. Lo que pido es que las pongan en mis manos, que hagan lo que buenamente puedan a fin de que tengan feliz éxito, pero el resultado me lo reserven a Mí sin angustia, ni zozobras, ni desesperaciones.

 

Bienes espirituales

Ya sabes que todas las acciones virtuosas que ejecutas en estado de gracia, y los sufragios que después de tu muerte se ofrezcan por tu descanso, tienen una parte a la cual puedes renunciar a favor de otras personas, ya vivas, ya difuntas. Pues bien, hijo mío: desearía que de esa parte me hicieras donación plena, a fin de que Yo la distribuya entre las personas que me pareciere bien. Yo sé mejor que tú en quiénes precisa establecer mi reinado, a quiénes hace más falta, en dónde surtirá mejor efecto, y así podré repartirla con más provecho que tú. Pero esta donación no es óbice para que ciertos sufragios que o la obediencia, o la caridad, o la piedad piden en algunas ocasiones, puedas ofrecerlos tú.

Todo, pues, has de entregármelo con entera confianza, para que Yo lo administre como me parezca bien; y aunque no debes hacerlo con miras interesadas, ya verás cómo, a pesar de que en ocasiones sueltas pondré a prueba tu confianza haciendo que salgan mal, sin embargo, en conjunto tus asuntos han de caminar mejor; tanto mejor cuanto fuere el interés con que tú tomes los míos. Cuanto más pienses tú en Mí, más pensaré Yo en ti; cuanto más te preocupes de mi gloria, más me preo­cuparé de la tuya; cuanto más trabajes por mis asuntos, más trabajaré por los tuyos. Tienes que procurar, hijo mío, ser más desinteresado. Hay algunas personas que sólo piensan en sí; su mundo espiritual es un sistema planetario en el cual ellos ocupan el centro, y todo lo demás, incluso mis intereses —al menos en la práctica—, son especie de planetas que giran alrededor; este egocentrismo interior es mal sistema astronómico.

No quiere decir lo dicho que no se pueda pedir al Sagrado Corazón por nues­tros intereses, pero se ha de hacer así:

a) O pidiendo simplemente por tal o cual necesidad propia o ajena sin ofrecer ninguna obra buena por eso, y diciéndole al Corazón Divino que sólo queremos que nos oiga si es para el aumento de su reinado; pero que si lo que suplicamos es indiferente a su gloria solamente deseamos que haga su voluntad. La razón de esto es que el alma verdaderamente consagrada sólo anhela el reinado del Sagrado Corazón, según el com­promiso. Y no se vaya a pensar que por abandonarse a Él van a dejar de importarnos esas necesidades, sino que por interesarnos mucho las dejamos en las mejores manos, confiando siempre en que Él nos dará lo que más nos convenga, aunque aparentemente a veces sea al contrario, pues Él no puede querer sino nuestro bien. Además, la con­fianza es lo que más lo compromete en nuestro favor. En resumen: busquemos su reinado en todo, y sólo su reinado, y con­fiemos en que Él nos proporcionará lo mejor.

b) La otra manera de lograr un favor del cielo es ofreciendo por ello el mérito de una obra buena hecha en gracia (Santa Misa, comunión, etc.); pero, como quien se consagra ofrece ese mérito al Corazón de Jesús, solo por caridad, cortesía u obligación —como ya se dijo— podemos disponer de él, pidiendo por una necesidad, en esa for­ma; y en tal caso decirle al Sagrado Corazón que si no es de su agrado, haga y disponga como le parezca mejor.

No es contra el espíritu de esta primera parte de la consagración el pedir al Sagrado Corazón que nos purifique más y más de nuestras culpas, para que reinando mejor en nosotros podamos trabajar más eficaz­mente por su reinado en los demás; que nos llene de todas las virtudes; que lleve pronto al Cielo tal o cual alma del Purgatorio etc., pero sin ofrecer ninguna obra por esas intenciones, contentándonos con encomendarlas, llenos de confianza en la voluntad del Divino Corazón.

 

SEGUNDA PARTE

Hijo mío, hemos llegado con esto a la segunda parte de la consagración: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas”. Esta es la parte para ti más importante, porque en rigor es la propiamente tuya. La anterior era la mía; si en ella te pedí aquella entrega de todo, era con el fin de tener las manos libres para cumplir la parte del convenio que me toca; mas la tuya, en la que debes poner toda la decisión de tu alma, la que ha de formar el termómetro que marque los grados de tu amor para conmigo, es la presente: cuidar de mis santos intereses.

¿Sabes cuáles son mis intereses? Yo, hijo mío, no tengo otros que las almas: éstas son mis intereses y mis joyas y mi amor; quiero, como decía a mi sierva Mar­garita, “establecer el imperio de mi Amor” en todos los corazones. No ha llegado todavía mi reinado; hay de él cierta extensión externa en las naciones católicas, pero ese reinado hondo, por el cual el amor para conmigo sea el que, no de nombre sino de hecho, mande, gobierne e impere establemente en el alma; ese reinado ¡qué poco extendido está aún en los pueblos cristianos! Y no es que el terreno falte; son numerosas las almas preparadas para ello, y cada día serán más; lo que faltan son apóstoles; dame un corazón tocado con este divino imán, y verás qué pronta­mente quedan imantados otros.

 

Maneras de apostolado

¡Qué fácil es ser apóstol! No hay edad, ni sexo, ni estado, ni condición que puedan decirse ineptos. ¡Son tantos los medios de trabajar! Míralos:

 

1º La oración. O sea, pedir al Cielo mi reino continuamente; pedirlo a mi Padre, pedírmelo a Mí, a mi Madre, a mis santos. Pedirlo en la Iglesia, en la calle, en medio de tus ocupaciones diarias. “¡Que reines, Corazón Divino!”. Esta ha de ser la excla­mación que en todo el día no se caiga de tus labios; repítela diez, veinte, cincuenta, cien, doscientas veces por día, hasta que se te haga habitual; busca mañas e indus­trias para acordarte. ¿Quién no puede ser apóstol? ¡Y qué buen apostolado éste de oración por instantáneas! Dame una mu­chedumbre de almas lanzando de continuo estas saetas, y dime si no harán mella en el Cielo; son moléculas de vapor que se elevan, forman nubes y se deshacen después en lluvia fecunda sobre el mundo.

 

2º El sacrificio. Primero pasivo o de aceptación. ¡Cuántas molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores a veces pequeños, a veces grandes, suelen sobrevenirnos a todos, como me sobrevinieron a Mí, a mi Madre y a mis santos! Pues bien, todo eso llevado en silencio, con paciencia y aun con alegría si puedes; todo eso ofrecido porque reine, ¡qué apostolado tan rico! Hijo mío, la Cruz es lo que más vale, porque es lo que más cuesta. ¡Cuántas cruces se estropean tristemente entre los hombres!

¡Y son joyas tan preciosas! En segundo lugar, el sacrificio activo, o de mortificación. Procura habituarte al vencimiento frecuente en cosas pequeñas, práctica tan excelente en la vida espiritual. Vas por la calle y te asalta el deseo de mirar tal objeto, no lo mires; tendrías gusto en probar tal golosina, no la pruebes; te han inculpado una cosa que no has hecho, y no se sigue gran perjuicio de callarte, cállate; y así en casos parecidos, y todo porque Yo reine.

Y si tu generosidad lo pide, puedes pasar a penitencias mayores. Ya ves ¡qué campo de apostolado se presenta ante tus ojos! Y éste ¡sí que es eficaz!

 

3º Ocupaciones diarias. Algunas personas dicen que no pueden trabajar por el reinado del Corazón de Jesús por estar muy ocupa­das; como si los deberes de su estado, las obligaciones de su oficio y sus quehaceres diarios, hechos con cuidado y esmero, no pudieran convertirse en trabajos apostólicos. Sí, hijo mío; todo depende de la intención con que se hagan. Una misma madera puede ser trozo de leña que se arroje en una hornilla o devotísima imagen que se ponga en un altar. Mientras te ocupas en eso, procura muchas veces levantar a Mí tus ojos y como saborearte en hacerlo todo bien, para que todas tus obras sean mone­das preciosísimas que caigan en la alcancía que guardo para la obra de mi reinado en el mundo. Debes también esforzarte, aunque con paz, por ser cada día más santo, porque cuanto más lo seas, tendrá mayor eficacia lo que hicieres por mi gloria.

 

4º La Propaganda. A veces podrías prestar tu apoyo a alguna empresa de mi Corazón Divino; recomendar tal o cual práctica a las personas que están a tu alrededor, ganarlas, si puede ser, a fin de que se entreguen a Mí como te entregaste tú. Y si tienes dificultad en hablar, una hoja o un folleto no la tienen; dalo o recomiéndalo; colócalo otras veces en un sobre, y envíalo de misión a cualquier punto del globo.

¡Cuántas almas me han ganado donde menos se pensaba estos misioneros errabundos!

¡Ya ves que sí existen maneras de trabajar por mi reino! Si no luchas, no será por falta de armas. No hay momento en todo el día en que no puedas manejar alguna de ellas. Debes imitar al girasol o al helio tropo, que miran sin cesar al astro–rey. Es muy fácil ser mi apóstol. Y ¡qué cosa tan hermosa! ¡Una vida de continuo iluminada por este ideal esplendoroso! ¡Todas las obras del día convertidas en oro de caridad! A la hora de la muerte ¡qué dulce será, hijo mío, echar una mirada hacia atrás y ver cinco, diez, veinte o más años de trescientos sesenta y cinco días cada uno, pasados todos los días así!

 

5º La reparación. ¿Quieres amarme de veras? Dos cosas hace el amor: procurar a quien se ama todo el bien de que carezca y librarlo del mal que sobre él pesare. Con el apostolado me procuras el bien, me das las almas; con la reparación me libras del mal, lavas mi divino honor de las manchas que le infieren los pecados. Sí, hijo mío, puede una injuria borrarse dando una satisfacción. Y ¡cuántas podrías tú darme no sólo por tus pecados sino por los in­finitos que cada día se cometen! Yo no quiero agobiarte con mil prácticas; las mismas oraciones, sacrificios, acciones de cada día, y propaganda entusiasta, que sirven de apostolado, sirven de reparación, si se hacen con esta intención. “¡Que reines!”, “Perdónanos nuestras deudas”, “¡Porque reines!”, “En reparación por lo que te ofendemos, Señor”, han de ser jaculatorias que siempre estén en tus labios. Dos oficios principales tuve en mi vida terrestre: el de Apóstol que funda el reino de Dios, y el de Sacerdote y Victima que expía los pecados de los hombres. Quiero que los mismos tengas tú. Con la devoción a mi Corazón Divino, pretendo hacer de cada hombre una copia exacta mía, un pequeño redentor. ¡Qué sublime y qué hermoso para ti!

 

CONCLUSIÓN

¡Animo, pues; lánzate! Si mil personas lo han hecho y eran de carne y hueso como tú. Escoge un día de fiesta, el primero que llegue; te vas preparando mientras tanto con lectura reposada de todas estas ideas; llegado el día escogido, te confiesas y comul­gas con fervor, y cuando dentro de tu pecho me tuvieres es la mejor ocasión de hacer tu consagración. Para facilitarte el trabajo, y porque es muy necesario que la consagración sea completa, ya que ha de constituir todo un programa de vida, tienes abajo un esbozo con todas las ideas nece­sarias. Pero repito, hijo mío, que no te asustes; no te obliga nada de eso ni a pecado venial; quiero anchura de corazón, generosi­dad y amor; sólo pido que te resuelvas a hacer por cumplirla lo que puedas buena­mente. ¿Quién no puede hacer lo que buenamente pueda?

Después no te olvides de volverla a renovar cada día en la Iglesia o en tu casa, porque el hacerla a diario es punto muy importante; si no la renuevas cada día, pronto la abandonaras; si la renuevas acaba­rás por cumplirla. Así lo hagas, hijo mío. Si con decisión abrazas este santo camino, ¡qué brisa primaveral, qué torrente de san­gre joven y vigorizante advertirás en tu alma!

Y ahora, hijo mío, dos consejos, para terminar. Uno es que procures no olvidarme en el Sagrario. Me agrada el culto a mi imagen, pero más vale mi Persona que mi imagen. La Eucaristía es mi Sacramento, porque es el del Amor. Yo quisiera que me recibieses con alguna más frecuencia y quisiera también verte alguna vez entre día; ¡no sabes lo que agradezco estas visi­tas de amigo! El otro consejo es que pro­cures, si es posible, sacar un ratito al día, para leer y meditar cosas de mi Corazón; de este modo poco a poco irás abriendo la concha, en que se guarda la perla de esta devoción divina.

CONSAGRACIÓN

 

¡Sacratísima Reina de los Cielos y Madre mía amabilísima! Yo, N. N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin em­bargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero conociendo bien mi indignidad e inconstan­cia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuida­dos el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

 

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y amor: gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de “cuidar Tú de mí y yo de Ti”, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo: todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mí ofrecieren otros en vida o después de muerto; por si de algo pue­de servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

Quiero, en cambio, Corazón amabi­lísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más: bien, quisiera hacer mucho, para que reines en el mundo; quiero, con oración larga o ja­culatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis pequeños vencimientos, y en fin, con la propaganda, no estar, a ser posible, un momento sin ha­cer algo por ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado y tu gloria, hasta mi postrer aliento, que ¡ojala! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervientísimo. Amén.

 

 

 

NIHIL OBSTAT. José Restrepo, Pbro.

IMPRIMATUR. Ernestus Solano, Pbro. Vic. Gen.

Bogotae, 1 junii, 1962. Reg. L. Resp., Fol. 68, No. 982.

 

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Ciclo B, XI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2012

Vivimos desterrados

Con frecuencia olvidamos que esta vida presente es un viaje hacia la eternidad. Que estamos de paso. Que somos expatriados.

Esta auténtica realidad hace cambiar nuestra perspectiva de la vida. San Pablo, en la segunda lectura, nos lo recuerda: estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos lo contrario: desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Y añade que todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.

Por eso, en la primera lectura, Ezequiel habla de un árbol. Se trata del Árbol bajo el cual nos debemos cobijar si queremos conseguir a la única meta por la que vale la pena luchar: desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Ese Árbol es el Reino de Dios, del que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy: como la semilla que se echa en la tierra y germina y va creciendo, sin que se sepa cómo, la tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Y cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Así, el Reino de Dios va creciendo en el alma de cada cristiano si se riega y se abona, es decir: si cumple los mandamientos, frecuenta los Sacramentos y ora frecuentemente.

También ese Reino es como un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Esto quiere decir que si el cristiano abona y riega su alma con esas tres costumbres (los mandamientos, los Sacramentos y la oración), su santidad crecerá cada vez más, y podrá llegar dichoso a vivir eternamente en el amor, en la paz y en la alegría auténticas, junto al Señor, la meta para la cual fue creado.

Y por añadidura, ya aquí en la tierra, experimentará una existencia llena de amor, paz y alegría, que irradiará a los demás, casi sin darse cuenta.

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Las experiencias místicas

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 4, 2012

Éxtasis, arrobamientos, levitación, contemplación infusa, unión mística, desposorio y matrimonio espiritual… Todas estas cosas nos inquietan cuando oímos o leemos las vidas de algunos santos: ¿Es esto para todos o para unos pocos privilegiados?

Y cuando los místicos nos dicen que ese es el camino ordinario de la vida espiritual, nos preguntamos: ¿Por qué no “sentimos” las experiencias místicas de los santos? ¿Cómo podremos recorrer los caminos de la contemplación? ¿Será verdad que esas vivencias superan todo lo que hemos vivido o podemos llegar a imaginar y que dan los momentos más felices a los que puede aspirar el ser humano?…

Pero, ¿cómo llegar a experimentar esa vida mística?

Para poder entender esto bien, es necesario saber que el ser humano se maneja en tres planos: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Usamos los sentidos para conocer lo que nos rodea. A través de ellos nos comunicamos con el mundo exterior. Digámoslo al modo de santa Teresa Benedicta de la Cruz: nuestra alma sale a través de los sentidos y se informa de lo que ocurre en el exterior; al regresar, con esa información, deducimos, tomamos decisiones y experimentamos las vivencias que se desprenden de nuestras relaciones con las cosas y con los otros seres.

En el cuerpo están los sentidos inferiores, que son el placer y el dolor y, además, la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto.

En el alma encontramos los sentidos superiores que son: el entendimiento, la memoria y la voluntad (las potencias del alma), las emociones, los afectos, los sentimientos, las sensaciones, la fantasía, la imaginación y las pasiones.

Pero, tanto los sentidos inferiores como los superiores, son incapaces de llegar a Dios, puesto que Dios está muy por encima de las capacidades humanas: la infinitud de Dios es inalcanzable desde la finitud del ser humano.

Por eso, es indispensable que se actúe en el espíritu: con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y para poder estar exclusivamente en este plano espiritual, sin mezcla alguna de los planos del cuerpo y del alma, es necesario eliminar nuestras ordinarias formas de conocer, es decir, eliminar el modo natural de entender: los sentidos.

Esta eliminación se lleva a cabo en la llamada noche oscura del sentido, en la cual todos los sentidos (inferiores y superiores) son purgados, para que el ser humano pase al estado espiritual.

Si bien esta purgación es dolorosa, a la vez es hermosísima y fructífera: así se llega a la Fe pura, la Esperanza cierta (segura) y la Caridad perfecta, con las que el hombre ya quedará dispuesto para la experiencia mística.

La Fe pura es aquella en la solamente participa el espíritu (no participa el alma ni el cuerpo). Hay Fe pura sólo cuando no se sienten emociones, afectos, sentimientos, pasiones ni sensaciones; hay Fe pura cuando no se trata de llegar a Dios por medio de la fantasía o la imaginación; hay Fe pura cuando ya no se pretende conocer a Dios a través del entendimiento (conocimiento teológico de Dios), la memoria y la voluntad. Porque, como se ve arriba, todo esto pertenece al plano del alma.

Esa noche oscura es, pues, el presagio de la vivencia más maravillosa que se puede experimentar aquí en la tierra: un pedacito de Cielo. Con palabras de hoy diríamos: una “muestra gratis” de lo que nos espera allá: la unión con Dios, el sumo Bien, el Amor. Y es la razón para la cual fuimos creados.

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

 

El Espíritu Santo, después del dogma de la Trinidad, nos re­cuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar con la Iglesia al Sacramento por excelencia que, sintetizando la vida toda del Salvador, tributa a Dios gloria infinita y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos pingües de la Re­dención.

Si Jesucristo en la Cruz nos salvó, al instituir la Eucaristía la vís­pera de su muerte, quiso en ella dejarnos un vivo recuerdo de su Pasión. El altar viene siendo como la prolon­gación del Calvario, y la Misa anuncia la muerte del Señor. Porque en efecto, allí está Jesús como una vícti­ma, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en su Sangre, de manera que, bajo las Sa­gradas Especies, Jesús mis­mo ofrece a su Padre, en unión con sus sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la cruz.

«Comiendo las víctimas, se participa del sacrificio»[1], y así, la Eucaristía fue insti­tuida en forma de alimento, a fin de que pudiésemos comulgar de la Víctima del Calvario. La Hostia santa se convierte en «trigo que nutre nuestras almas». Como Cristo al ser hecho Hijo de Dios recibió la vida eterna del Padre, así también los cristianos parti­cipan de su eterna vida, uniéndose a Jesús en el Sacramento, que es el símbolo de la unidad.

Esta posesión anticipada de la vida divina acá en la tierra por la Eucaristía es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamen­te disfrutaremos en el cielo, porque «el Pan mismo de los ángeles, que ahora comemos bajo los sagrados velos, lo comere­mos después en el cielo ya sin velos» (Concilio Tridentino).

Veamos en la Misa el centro de todo el culto de la Iglesia a la Eucaristía, y en la Comunión, el medio establecido por Jesús para que con mayor plenitud participemos en ese divino Sacrificio; y así nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del Salvador nos alcanzará los frutos perennes de su Redención.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] La celebración de la Misa tiene el mismo valor qua la muerte de Jesucristo, dice san Juan Crisóstomo.

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Ciclo C, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

El milagro de los milagros

 

En la primera lectura se nos cuenta que Melquisedec, rey de Salem, trajo pan y vino, pues era sacerdote del «Dios Altísimo». Era aproximadamente el año 1800 antes de Cristo, y ya se hacía una alusión velada del verdadero Pan del Cielo y del Vino consagrado, esto es, la Sangre preciosísima con la que el Salvador pagaría nuestras culpas y nos abriría de nuevo las puertas del Cielo.

Luego, en la historia sagrada se nos contarán más detalles de este misterio: la multiplicación de los panes que se nos narra en el Evangelio de hoy y muchos otros pasajes bíblicos irán enriqueciendo nuestro conocimiento acerca de este Don de dones, Sacramento en el que se nos da el mismísimo Dios, no solo como alimento, sino como medio perfecto y completo de unión mística con Él: efectivamente, quien recibe la Hostia consagrada recibe el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de la segunda Persona de la Santísima Trinidad y, con ella (pues no pueden estar separados), recibe también a las otras dos Personas de la Santísima Trinidad.

Esto quiere decir que, al participar de este banquete divino, la persona humana se hace una con la Santísima Trinidad, lo que implica que, si está en las debidas disposiciones, estará viviendo la unión mística perfecta, la meta de todos los esfuerzos ascéticos de los santos, la vivencia honda y profunda del encuentro personal con Dios. Es esta la finalidad última de la vida del cristiano, la razón por al cual fue creado, la esencia misma de su felicidad: su encuentro verdadero e íntimo con Dios.

¿Cómo podemos pasar por alto, pues, en la celebración de la Eucaristía, ese milagro de milagros, cuando el sacerdote repite las palabras de la consagración narradas por san Pablo en la segunda lectura? ¿Nos damos cuenta del misterio que estamos presenciando? ¿Habrá algo más alto en esta tierra de los seres humanos?

¿Cómo es posible, pues, que salgamos de la Eucaristía tal y como entramos?

  

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Las experiencias místicas

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2009

 

Éxtasis, arrobamientos, levitación, contemplación infusa, unión mística, desposorio y matrimonio espiritual… Todas estas cosas nos inquietan cuando oímos o leemos las vidas de algunos santos: ¿Es esto para todos o para unos pocos privilegiados?

Y cuando los místicos nos dicen que ese es el camino ordinario de la vida espiritual, nos preguntamos: ¿Por qué no “sentimos” las experiencias místicas de los santos? ¿Cómo podremos recorrer los caminos de la contemplación? ¿Será verdad que esas vivencias superan todo lo que hemos vivido o podemos llegar a imaginar y que dan los momentos más felices a los que puede aspirar el ser humano?…

Pero, ¿cómo llegar a experimentar esa vida mística?

Para poder entender esto bien, es necesario saber que el ser humano se maneja en tres planos: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Usamos los sentidos para conocer lo que nos rodea. A través de ellos nos comunicamos con el mundo exterior. Digámoslo al modo de santa Teresa Benedicta de la Cruz: nuestra alma sale a través de los sentidos y se informa de lo que ocurre en el exterior; al regresar, con esa información, deducimos, tomamos decisiones y experimentamos las vivencias que se desprenden de nuestras relaciones con las cosas y con los otros seres.

En el cuerpo están los sentidos inferiores, que son el placer y el dolor y, además, la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto.

En el alma encontramos los sentidos superiores que son: el entendimiento, la memoria y la voluntad (las potencias del alma), las emociones, los afectos, los sentimientos, las sensaciones, la fantasía, la imaginación y las pasiones.

Pero, tanto los sentidos inferiores como los superiores, son incapaces de llegar a Dios, puesto que Dios está muy por encima de las capacidades humanas: la infinitud de Dios es inalcanzable desde la finitud del ser humano.

Por eso, es indispensable que se actúe en el espíritu: con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y para poder estar exclusivamente en este plano espiritual, sin mezcla alguna de los planos del cuerpo y del alma, es necesario eliminar nuestras ordinarias formas de conocer, es decir, eliminar el modo natural de entender: los sentidos.

Esta eliminación se lleva a cabo en la llamada noche oscura del sentido, en la cual todos los sentidos (inferiores y superiores) son purgados, para que el ser humano pase al estado espiritual.

Si bien esta purgación es dolorosa, a la vez es hermosísima y fructífera: así se llega a la Fe pura, la Esperanza cierta (segura) y la Caridad perfecta, con las que el hombre ya quedará dispuesto para la experiencia mística.

La Fe pura es aquella en la que solamente participa el espíritu (no participa el alma ni el cuerpo). Hay Fe pura sólo cuando no se sienten emociones, afectos, sentimientos, pasiones ni sensaciones; hay Fe pura cuando no se trata de llegar a Dios por medio de la fantasía o la imaginación; hay Fe pura cuando ya no se pretende conocer a Dios a través del entendimiento (conocimiento teológico de Dios), la memoria y la voluntad. Porque, como se ve arriba, todo esto pertenece al plano del alma.

Esa noche oscura es, pues, el presagio de la vivencia más maravillosa que se puede experimentar aquí en la tierra: un pedacito de Cielo. Con palabras de hoy diríamos: una “muestra gratis” de lo que nos espera allá: la unión con Dios, el sumo Bien, el Amor. Y es la razón para la cual fuimos creados.

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Ciclo B, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 30, 2009

El hombre perdido es rescatado por Dios

Alianza, compromiso. Estas palabras dicen muy poco a los seres humanos de nuestros días; parecen aludir a los procesos de paz…

Pero se trata de lo mejor que le pudo haber ocurrido al ser humano: caído como estaba por el pecado, destinado al infierno, marcado por el fracaso total; es el mismo Dios quien hace una alianza para redimirlo: fue la que Dios hizo a través de Moisés, como nos lo narra hoy la primera lectura: Moisés tomó la mitad de la sangre y la echó en vasijas; con la otra mitad roció el altar. Después tomó el libro de la Alianza y lo leyó en presencia del pueblo. Respondieron: «Obedeceremos al Señor y haremos todo lo que Él pide». Entonces Moisés tomó la sangre con la que roció el pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a todos estos compromisos.»

Pero esa alianza solo era una figura de la que Dios haría a través de Cristo que, como el Sumo Sacerdote que nos consigue los nuevos dones de Dios, entra en un santuario no creado y, con su propia Sangre, consigue de una sola vez nuestra liberación definitiva.

Por eso Cristo es el mediador de un nuevo testamento o alianza. Por su muerte fueron redimidas las faltas cometidas, y desde entonces la promesa se cumple en los que Dios llama para la herencia eterna: ¡nosotros!

Y esa promesa se cumple en la Misa de cada día:

Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen; esto es mi cuerpo». Tomó luego una copa, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos».

Esta es la razón de ser de la solemnidad de hoy, en la que festejamos nuestra liberación, en la que el Cuerpo santísimo de Cristo es destrozado por amor a sus hijos, los hombres, y su santísima Sangre paga nuestros pecados.

¿No vale la pena celebrar este portentoso hecho?

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¿Matrimonio para siempre?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Cuando el sacerdote recuerda a los contrayentes que la relación de noviazgo culmina y ahora se perpetúa nueva en el sacramento del matrimonio, y los novios aceptan que se unirán “hasta que la muerte los separe”, es indudable que su intención dista mucho de ser otra.

 

Pero el índice de separaciones y el terrible flagelo del divorcio muestran que algo está fallando.

 

Se aducen argumentos tan nimios como la incompatibilidad de caracteres y tan “profundos” como la infidelidad conyugal, aunque hay tanta variabilidad en las posibles causas, que son simplemente impredecibles, como la de la liberación de la mujer y la incomprensión por parte de su marido.

 

La indisolubilidad matrimonial se ha tratado desde el punto de vista moral y se tiene la certeza desde la perspectiva teológica. Pero tanto los hombres como las mujeres hacen abstracción del grave daño que a sí mismos se hacen cuando no toman en serio el concepto perenne del matrimonio. Además, la experiencia cotidiana demuestra en qué modo y cuánto sufren los hijos.

 

El ser humano no se entrega como lo hacen los animales. Estos pueden estar juntos sólo en la cópula, por unos días (mientras dura el período de celo), durante la crianza o, a veces, durante toda la vida; tampoco se ve homogeneidad en el número: pueden ser una o varias hembras las compañeras de un macho, y esta tener varias cópulas con diferentes machos… Es lógico: tienen un alma sensible.

 

El hombre y la mujer poseen, en cambio, un alma espiritual. Efectivamente, además de su cuerpo (como los animales) y su alma (sus sentimientos, su psicología) y, haciendo parte de su esencia, está eso que lo hace pensar en la otra vida y —principal y particularmente útil para hablar del amor— eso que le hace pensar que toda relación marital debe ser para siempre: el aspecto espiritual.

 

Así, los nuevos esposos desean que su relación se perpetúe hasta la muerte y, si fuera posible, después de ella. No hay pareja que no lo haya deseado. El ser humano se mueve en tres planos: el biológico, el psicológico y el espiritual: se ama con el cuerpo, el alma y el espíritu; de otro modo este no sería un amor humano.

 

Lo espiritual tiende a traspasar el umbral de la muerte. Y si lo espiritual es imperecedero, el amor de un ser espiritual deberá ser eterno. La entrega total se da en los tres planos; por tanto, quien ama con un amor verdadero ama para siempre. Si no lo hace así, la conciencia, que dicta todos los sumandos de la ley natural, le reprenderá constantemente y hará de él un ser siempre infeliz que, obviamente, no será capaz de amar lo suficiente para mantener una relación estable, ni para educar adecuadamente a los hijos. He aquí, entonces, una de las razones de los frecuentes fracasos matrimoniales.

 

Desprendiéndose de esta, la otra causa más frecuente de disolución conyugal es el hecho triste, pero incuestionable, de considerar al otro una posesión más: si la dignidad de la mujer —más violada que la del hombre— se sigue vulnerando hasta hacer de ella un objeto de placer sexual, una sirvienta y alguien que se encarga de los hijos, en vez de una compañera del camino hacia la felicidad, con la que se enriquece la relación, ambos cónyuges irán en direcciones dispares y se facilitará el fracaso.

 

Ambos, hombres y mujeres, deberían tener como guía de su relación las siguientes palabras de Hugo de Víctor, en el siglo XII:

 

La mujer no fue sacada del cerebro del hombre, pues nunca se pensó que gobernara, ni de sus pies para que fuera su esclava, sino de su costado para que caminara a su lado, de debajo de su brazo para que fuese por él protegida y de cerca de su corazón para que la amase intensamente.

 

   

 

 

 

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Institución de la Eucaristía*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2008

En aquel momento, próxima ya la redención del género humano, mi Corazón no podía contener sus ardores y como era infinito el amor que sentía por los hombres, no quise dejarlos huérfanos.

Para vivir con ellos hasta la consumación de los siglos y demostrarles mi amor, quise ser su alimento, su sostén, su vida, su todo…

¡Ah! ¡Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de mi Corazón a todas las almas! ¡Cuánto deseo que se penetren del amor que sentía por ellas, cuando en el Cenáculo instituí la Eucaristía!

En aquel momento vi a todas las almas, que en el transcurso de los siglos habían de alimentarse de mi Cuerpo y de mi Sangre, y los efectos divinos producidos en muchísimas…

¡En cuántas almas esa Sangre inmaculada engendraría la pureza y la virginidad! ¡En cuántas encendería la llama del amor y del celo! ¡Cuántos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante mis ojos y en mi Corazón…! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves pecados, debilitadas por la fuerza de la pasión, vendrían a Mí para renovar su vigor con el Pan de los fuertes!…

¡Ah! ¡Quién podrá penetrar los sentimientos de mi Corazón en aquellos momentos! Sentimientos de amor, de gozo, de ternura… Mas… ¡cuánta fue también la amargura que embargó mi Corazón!

¡En cuántos corazones manchados por el pecado tendría que entrar… y cómo mi Carne y mi Sangre así profanadas habían de convertirse en causa de condenación para muchas almas!…

¡Ah! ¡Cómo vi en aquel momento todos los sacrilegios y ultrajes y las tremendas abominaciones que habían de cometerse contra Mí! ¡Cuántas horas había de pasar solo en el Sagrario! ¡Cuántas noches! ¡Cuántas almas rechazarían los llamamientos amorosos que, desde esa morada les dirigiría!…

Por amor a las almas, me quedo prisionero en la Eucaristía, para que en todas sus penas y aflicciones puedan venir a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el amigo más fiel. Mas ¡ese amor que se deshace y se consume por el bien de las almas, no ha de ser comprendido!…

Habito en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina en todas las enfermedades de su naturaleza corrompida, y ellos en cambio, se alejan de Mí, me ultrajan y me desprecian…

Pobres ¡pecadores! No os alejéis de Mí… Os espero día y noche en el Sagrario… No os reprenderé vuestros crímenes… No os echaré en cara vuestros pecados… Lo que haré será lavaros con la Sangre de mis llagas; no temáis. Venid a Mí… ¡No sabéis cuánto os amo!

Y vosotras, almas queridas, ¿por qué estáis frías e indiferentes a mi amor? Sé que tenéis que atender a las necesidades de vuestra familia, de vuestra casa, y que el mundo os solicita sin cesar; pero ¿no tendréis un momento para venir a darme una prueba de amor y agradecimiento? No os dejéis llevar de tantas preocupaciones inútiles y reservad un momento para venir a visitar al Prisionero de Amor.

Si vuestro cuerpo está débil y enfermo, ¿no procuráis hallar un momento para ir a buscar al médico que debe sanaros? Venid al que puede haceros recobrar las fuerzas y la salud del alma… Dad una limosna de amor a este mendigo divino que os espera, os llama y os desea.

En el momento de instituir la Eucaristía vi presentes a todas las almas privilegiadas que habían de alimentarse con mi Cuerpo y con mi Sangre y los diferentes efectos producidos en ellas. Para unas sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que consumiría sus miserias y las inflamaría en amor.

¡Ah!… esas almas reunidas ante Mí serán como un inmenso jardín, en el que cada planta produce diferente flor pero todas me recrean con su perfume. Mi sagrado Cuerpo será el sol que las reanime…

Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supierais, almas amadísimas, cuán fácil es consolar, ocultar y descansar a todo un Dios!

Este Dios que os ama con amor infinito, después de libraros de la esclavitud del pecado, ha sembrado en vosotras la gracia incomparable de la vocación, os ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios redentor vuestro se ha hecho vuestro Esposo.

El mismo os alimenta con su Cuerpo purísimo, y con su Sangre apaga vuestra sed.

Si estáis enfermas, Él es vuestro médico: venid, os dará la salud. Si tenéis frío, venid, os calentará. En Él encontraréis el descanso y la felicidad. No os alejéis de Él, que es la Vida, y cuando os pide consuelo, no se lo neguéis.

¡Qué amargura sentí en mi Corazón cuando vi a tantas almas que, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, habían de ser motivo de tristeza para mi Corazón!

¿No soy siempre el mismo?… ¿Acaso he cambiado para vosotras?… No, Yo no cambiaré jamás y hasta el fin de los siglos, os amaré con predilección y con ternura.

Sé que estáis llenas de miserias, pero esto no me hará apartar de vosotras mis miradas más tiernas, y con ansia os estoy esperando, no sólo para aliviar vuestras miserias, sino también para colmaros de nuevos beneficios.

Si os pido amor, no me lo neguéis; es muy fácil amar al que es el Amor mismo.

Si os pido algo costoso a vuestra naturaleza, os doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para venceros.

Os he escogido para que seáis mi consuelo. Dejadme entrar en vuestra alma y si no encontráis en ella nada que sea digno de Mí decidme con humildad y confianza: Señor, ya veis los frutos y las flores que produce mi jardín, venid, decidme qué debo hacer para que desde hoy empiece a brotar la flor que deseáis.

Si el alma me dice esto con verdadero deseo de probarme su amor, le responderé: alma querida, para que tu jardín produzca hermosas flores deja que Yo mismo las cultive; deja que Yo labre la tierra; empezaré por arrancar hoy esta raíz que me estorba y que tus fuerzas no alcanzan a quitar. No te turbes, si te pido el sacrificio de tus gustos, de tu carácter… tal acto de caridad, de paciencia, de abnegación,… de celo, de mortificación, de obediencia. Ese es el abono que mejorará la tierra y la hará producir flores y frutos.

La victoria sobre tu carácter, en tal ocasión, obtendrá luz para un pecador; con esta contrariedad soportada con alegría, cicatrizarás las heridas que me hizo con su pecado, repararás la ofensa y expiarás su falta… Si no te turbas al recibir esta advertencia y la aceptas con cierto gozo, alcanzarás que las almas a quienes ciega la soberbia, abran los ojos a la luz y pidan humildemente perdón.

Esto haré Yo en tu alma si me dejas trabajar libremente en ella; no sólo brotarán flores enseguida, sino que darás gran consuelo a mi Corazón… Voy buscando consuelo y quiero hallarlo en mis almas escogidas.

Señor, ya veis que estaba dispuesta a dejarte hacer de Mí lo que quisieras y no sé como he caído y te he disgustado. ¿Me perdonarás? ¡Soy tan miserable! No sirvo para nada…

Sí, alma querida, sirves para consolarme. No te desanimes, porque si no hubieses caído, tal vez no hubieras hecho ese acto de humildad y de amor que la falta te obliga a hacer y que tanto me consuela. Animo y adelante. Déjame trabajar en ti.

Todo esto se me puso delante al instituir la Eucaristía. El amor me encendía en deseos de ser el alimento de las almas. No me quedaba entre los hombres para vivir solamente con los perfectos, sino para sostener a los débiles y alimentar a los pequeños. Yo los haré crecer y robusteceré sus almas. Descansaré en sus miserias y sus buenos deseos me consolarán.

Pero… Entre las almas escogidas ¿no habrá algunas que me causen pena? ¿Perseverarán todas? Este es el grito de dolor que se escapa de mi Corazón… Este es el gemido que quiero que oigan las almas.

Al contemplar entonces a todas las almas que habían de alimentarse de este Pan Divino, vi también las ingratitudes y frialdades de muchas de ellas, en particular de tantas almas escogidas… de tantas almas consagradas… de tantos sacerdotes… ¡Cuánto sufrió mi Corazón! ¡Vi cómo se irían enfriando poco a poco, dando entrada primero a la rutina y al cansancio… después al hastío y finalmente a la tibieza!…

¡Y estoy en el sagrario por ellas! ¡Y espero!… Deseo que esa alma venga a recibirme, que me hable con confianza de esposa; que me cuente sus penas, sus tentaciones, sus enfermedades… que me pida consejo y solicite mis gracias, ya para ella, ya para otras almas… Quizá entre las personas de su familia o las que están a su cargo las hay que están en peligro… tal vez alejadas de Mí… Ven, le digo, dímelo todo con entera confianza… Pregúntame por los pecadores… Ofrécete para reparar… Prométeme que hoy no me dejarás solo… Mira si mi Corazón desea algo de ti que le pueda consolar…

Esto esperaba Yo de aquella alma ¡y de tantas! Mas, cuando se acerca a recibirme, apenas me dice una palabra, porque está distraída, cansada o contrariada. Su salud la tiene intranquila, sus ocupaciones la desazonan, la familia la preocupa, y entre los que conviven o tratan con ella, siempre hay alguien que la molesta.

“–No sé qué decir —confiesa ella misma— estoy fría… me aburro y paso el rato deseando salir de la capilla. ¡No se me ocurre nada!”

-¡Ah! – le contesto – ¿Y así vas a recibirme, alma a quien escogí y a quien he esperado con impaciencia toda la noche?

Sí, la esperaba para descansar en ella; le tenía preparado alivio para todas sus inquietudes; la aguardaba con nuevas gracias pero… como no me las pide… no me pide consejo ni fuerza… tan sólo se queja y apenas se dirige a Mí. Parece que ha venido por cumplimiento… porque es costumbre y porque no tiene pecado mortal que se lo impida. Pero no por amor, no por verdadero deseo de unirse íntimamente a Mí. ¡Qué lejos está esa alma de aquellas delicadezas de amor que Yo esperaba de ella!

¿Y aquel sacerdote?… ¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las almas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

He confiado a cada uno de ellos cierto número de almas para que con su predicación, sus consejos y, sobre todo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las almas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las almas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las almas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas almas la vida de la gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así… me reciben así… viven y mueren así…!

Este fue el más terrible dolor que sentí en la última Cena cuando vi, entre los doce, al primer apóstol infiel, representando a tantos otros que, en el transcurso de los siglos, habían de seguir su ejemplo.

La Eucaristía es invención de amor, es vida y fuerza de las almas, remedio para todas las enfermedades, viático para el paso del tiempo a la eternidad.

Los pecadores encuentran en ella la vida del alma; las almas tibias, el verdadero calor; las almas puras, suave y dulcísimo néctar; las fervorosas, su descanso y el remedio para calmar todas sus ansias; las perfectas, alas para elevarse a mayor perfección.

En fin, las almas religiosas hallan en ella su nido, su amor, y por último, la imagen de los benditos y sagrados votos que las unen íntima e inseparablemente al Esposo Divino.

Sí, almas consagradas; vuestro voto de pobreza está perfectamente representado en esta Hostia pequeña, redonda y fina, lisa y sin peso. Así el alma que ha hecho voto de pobreza, no debe tener ángulos, es decir, aficioncillas a cosas de su uso o de su empleo, ni a su familia ni a su pueblo natal; ha de estar siempre dispuesta a dejar… a cambiar… Nada de la tierra… el corazón libre sin apegos ocultos que lo aprisionen.

Esto no quiere decir que haya de ser insensible. El corazón más amante, puede mantener el voto de pobreza en toda su integridad. Lo esencial para el alma religiosa es que no posea nada sin la aprobación de los Superiores y que esté siempre dispuesta a abandonarlo, a la primera señal de la Voluntad de Dios.

Encontrareis también en la Hostia, pequeña y blanca, la perfecta imagen del voto de castidad. Aquí se halla encubierta, bajo las especies de pan y vino, la presencia real de todo un Dios. Tras este velo estoy Yo con mi Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así el alma consagrada por el voto de la virginidad, debe cubrirse con un velo de modestia y sencillez, de modo que bajo apariencias humanas, se esconda la pureza que la asemeja a los ángeles. Y sabedlo, almas que formáis la corte del Cordero Inmaculado, la gloria que me dais es incomparablemente mayor que me dan estos espíritus angélicos. Pues no han conocido las miserias de la naturaleza humana y no han tenido que luchar ni vencer para ser siempre purísimos.

Además, os asemejáis a mi Madre, que siendo criatura mortal ha vivido en la más perfecta pureza… En medio de todas las miserias humanas y, sin embargo, inmaculada en todos los instantes de su vida. Ella sola me ha glorificado más que todos los espíritus celestes y, atraído por esa pureza, un Dios tomó de Ella carne mortal, habitando en su criatura.

Más aún: el alma que vive consagrada a Mí por el voto de la castidad, se asemeja también, en cuanto puede la criatura, a Mí que soy su Creador, y que habiendo tomado la naturaleza humana con sus miserias, he vivido sin la más ligera sombra de mancha.

Así el alma que hace voto de castidad es una Hostia blanca y pura que rinde constante homenaje a la Majestad divina.

Almas religiosas, encontraréis también en la Eucaristía la imagen perfecta de vuestro voto de obediencia.

Pues en esta Hostia está cubierta y anonadada la grandeza y el poder de todo un Dios. Allí me veréis como sin vida, Yo que soy la vida de las almas y el sostén del mundo. Allí, no soy dueño de ir ni de quedarme, de estar solo o acompañado: bajo esta Hostia, sabiduría, poder, libertad, todo está escondido. Estas especies de pan son las ataduras que me atan y el velo que me cubre. Así el voto de obediencia es para el alma religiosa la cadena que la ata, el velo que la encubre para que no tenga voluntad, ni sabiduría, ni gusto, ni libertad, más que según el beneplácito divino, manifestado por sus Superiores.

Jesús*

* Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, 1991

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La falta de alegría en el rito católico

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

Muchos cristianos se quejan de la falta de alegría del rito católico de la Eucaristía; incluso se habla de cierta frialdad. También se aducen la monotonía y la repetición. Hoy, sin embargo, se hacen ceremonias en las que participan activamente los feligreses y que son muy atractivas: la música y los cantos, la preparación cuidadosa por parte de los sacerdotes, las homilías atrayentes, etcétera, hacen del símbolo algo hermoso, diáfano. Hay que ver, por otra parte, la solemnidad de algunos sacerdotes en la Celebración Eucarística, su gravedad, su compostura, su galanura, su elegancia, características todas que corresponden a la dignidad y a la altura de la ceremonia que están oficiando.

Pero muy por encima de esos aspectos externos, los ojos de la Fe entresacan un mundo extremadamente rico en experiencias espirituales; y se dice extremadamente rico sin el deseo de exagerar, ya que se trata de verdaderos portentos, de auténticos milagros, como se pasa a considerar:


-En el momento de la consagración del pan y del vino, el sacerdote deja de ser él mismo para convertirse en Jesús: son sus palabras las que convierten el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre.

Y esto no es figurativo, no es simbólico. Allí, con intervención humana pero con fuerza divina se realiza la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre.

Luego de las palabras del sacerdote: «Esto es mi Cuerpo» la apariencia de la Hostia continúa, pero ya no es la sustancia de un pedazo de pan lo que está en sus manos, es la sustancia del Cuerpo de Jesucristo. Parece pan, sabe a pan, huele a pan, tiene el mismo color y peso del pan, pero es el Cuerpo de Jesús.

Y después de: «Este es el cáliz de mi Sangre», la sustancia del vino se transforma en la sustancia —la esencia— de la Sangre que Cristo derramó en la Cruz por nosotros. Parece vino, sabe a vino, huele a vino, tiene el mismo color y peso del vino, pero es la Sangre de Jesús.

Y esto es un milagro que deja asombrado a cualquiera.

 

– Pero hay más: en ese momento de la consagración, se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén, y desaparecen los años que han transcurrido desde que Jesús murió, y ahí está el cristiano asistiendo al sacrificio de Jesús, percibiendo con los ojos del alma cómo alguien paga sus culpas muriendo en la Cruz, la prueba de amor más sublime que pueda existir.

Este es otro espectáculo que vale más que mil cantos de alabanza…

 

Si se tiene fe suficiente, se pueden ver todos los ángeles, los querubines, los serafines, los arcángeles, los santos, la Virgen María, postrados, en actitud de intensa adoración, consumidos por el dolor de ver al Hijo de Dios hecho una piltrafa, destrozado, agonizante… El Espíritu Santo y el Padre contemplan el milagro más maravilloso que ha habido en la historia de la humanidad: un Dios hecho hombre que se rebaja hasta la muerte, y muerte de Cruz, por amor. La muestra más grande de humildad hecha realidad (invisible, pero realidad)…

¿No es esto más grande que cualquier reunión de cristianos que estudian la Palabra y que alaban y agradecen al Dios vivo al unísono?

 

Todavía hay más: unos minutos después, los que se acercan a recibir la comunión experimentan el encuentro más grande para un ser humano: el mismo Dios —hecho pequeño en una Hostia— se introduce en el cuerpo y en el alma del creyente y lo transforma completamente.

Es la culminación de la realización humana, es el encuentro más íntimo con Cristo. Es un pedazo de cielo en la tierra. Es, por eso, la mayor muestra de amor de Dios a la criatura: ¡nosotros, que no somos nada junto a Él, recibiéndolo a Él! ¡Y hay quienes no se preparan bien para este encuentro!

¡Y se puede comulgar a diario! ¡Y hay algunos que no lo hacen…!

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

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¿Está Jesús realmente presente en la Hostia y el Vino consagrados?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 6, 2008

Veamos la Biblia:

·      «Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía.” Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: “Esta copa es la alianza nueva sellada con mi Sangre, que es derramada por ustedes”». (Lc 22, 19–20)

·      «Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y Coman; esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: “Beban todos de ella: esto es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de sus pecados”.» (Mt 26, 26–28)

·      «Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen; esto es mi Cuerpo.” Tomó luego una copa, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esto es mi Sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por una muchedumbre.”» (Mc 14, 22–24)

·      «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía.” De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía.” Fíjense bien: cada vez que comen de este pan y beben de esta copa están proclamando la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el Cuerpo y la Sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia y luego podrá comer el pan y beber de la copa. El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo.» (1Co 11, 23–29)

¿Está Jesús realmente en la Eucaristía? ¿Quiso Jesús hacer de ese un acto simbólico?

Dice la Biblia:

«La sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos purifica de todo pecado.» (1Jn 1, 7)

Y Jesús mismo advirtió:

«En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.» (Jn 6, 53–56)

Como se sabe, Jesús fundó una Iglesia para toda la posteridad. Por eso sus palabras tienen vigencia todavía hoy, y la seguirán teniendo hasta el fin del mundo, por los siglos de los siglos.

Entonces, ¿dónde puedo encontrar ese Cuerpo de Cristo sin el cual no tengo vida en mí, con el que vivo de vida eterna, según el mismo Jesús? ¿Dónde puedo encontrar esa Sangre de Cristo que me purifica de todo pecado, sin la cual no tengo vida en mí y con la que vivo de vida eterna?

La Sangre de Cristo se derramó en el Calvario hace cerca de veinte siglos, y muy lejos de donde yo vivo. El Cuerpo de Cristo ya no estaba en el sepulcro cuando llegaron los apóstoles…

Las respuestas están en la Biblia:

«La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?» (1Co 10, 16)

Ahora veamos un acontecimiento que narra el Nuevo Testamento en Jn, 6 32–67:

«Jesús contestó: “En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es Aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.” Ellos dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les dijo: “Yo soy el pan de vida”. […] Los judíos murmuraban porque Jesús había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”. […] Los judíos discutían entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su Carne?” Jesús les dijo: “En verdad les digo que si no comen la Carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.” […] Así habló Jesús en Cafarnaún enseñando en la sinagoga. Al escucharlo, cierto número de discípulos de Jesús dijeron: “¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién querrá escucharlo?” Jesús se dio cuenta de que sus discípulos criticaban su discurso y les dijo: “¿Les desconcierta lo que he dicho?” […] A partir de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirlo. Jesús preguntó a los Doce: “¿Quieren marcharse también ustedes?”»

Como se ve, a pesar de que se apartaban muchos de su lado, Jesús no se retractó: siguió afirmando explícitamente que Él es el pan de vida y que hay que comer su Carne y beber su Sangre para tener vida; y lo repitió 3 veces, como reiterándolo, aun a pesar de quedarse solo, sin sus discípulos.

En cada partícula de la Santa Hostia y en cada gota minúscula del Vino ya consagrados, están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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