Hacia la unión con Dios

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Humildad*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2010

 

Decir Dios y decir Misericordia es la misma cosa; decir Jesús y decir Bondad es la misma cosa; decir Jesús y decir Compasión es la misma cosa; decir Jesús y decir Ternura es la misma cosa. Yo soy el óleo para sanar tus llagas, Yo soy el bálsamo para curar tus heridas, Yo soy la leche que te nutre, Yo soy la fuente de agua viva que te apaga la sed. Si quieres bajar al abismo de tu miseria, entra en el abismo de mi humildad.

¡Las almas rehuyen tanto las humillaciones! ¡Si ellas supieran el gran bien que encierran!

Yo encuentro mis delicias en un alma habitualmente humilde, esto es, que está siempre en un ambiente de humildad. En cambio, un alma que no se humilla más que de cuando en cuando me hace sonreír en esos momentos, pero no hace mis complacencias como las hace un alma habitualmente humilde.

No hay camino que conduzca más directamente, más seguramente, más pronto y más suavemente a Dios que la humildad. Estúdiala en el Evangelio, apréndela en mi vida, profundízala en la Eucaristía; si tú bebes la humildad de estos 3 manantiales, siempre la encontrarás.

Las imperfecciones deben servir a un alma para subir hacia Mí, por medio de la humildad, de la confianza y del amor. Yo bajo hacia el alma y quiero buscarla en su nada para unirla conmigo.

Quien mira a simple vista una gota de agua ve una gota de agua; con microscopio la ve igualmente pero, ¡cuántas cosas se ven dentro que antes no se veían! Pues bien, la humildad es como un microscopio espiritual; cuanto más se humilla el alma tanto más finas son las lentes y, por lo tanto, hacen ver más; es cierto, alma mía, que esto cuesta; pero el Paraíso es hermoso y es precioso ganárselo. Un alma fiel en humillarse y que no me niega ningún acto de humildad, ni interior ni exterior, es un alma que embelesa mi Corazón.

Como un guijarro cuando se desprende de lo alto de una montaña y cae en el valle si nada lo para, así el alma humilde, una vez que el Amor la ha hecho despreciarse a sí misma y le ha dado el impulso, ya no se para a no ser que ella ponga voluntariamente algún impedimento: le entra tal amor por las humillaciones que no se harta nunca, y el Amor la quiere siempre así para unírsela cada vez más. ¡Bienaventurada esta alma! Ha hallado la puerta del Cielo, ha hallado el reposo, ha hallado la paz, ha hallado la Vida, ha hallado a su Dios.

Dios oculta su presencia de amor a los soberbios, así como el sol oculta sus rayos cuando una densa nube se pone por medio. Pero los humildes son como varios espejos, que reflejan mejor la presencia de Dios. Un alma humilde tiene tal poder sobre mi Corazón, que basta con una verdaderamente humilde para desarmar mi justicia, más que mil pecadores para armarla.

La soledad del corazón es una gracia, porque dispone al alma al íntimo comercio con Dios; Dios se comunica al alma a medida que la encuentra sola y separada de todo; entonces la rodea de Sí mismo; dichosa el alma que se presta con amor al trabajo que obra en ella un Dios de amor. Dios penetra y fecundiza esta alma como la lluvia las raíces de una planta: estas raíces no salen nunca de la tierra para ir en busca del agua, pero esperan la lluvia. Si salieran de la tierra se secarían muy pronto.

Si te conservas en la humildad, moras con Dios, porque Dios se queda con el alma humilde, como la sombra se queda con el cuerpo: donde está el cuerpo está también la sombra.

 

Acto de humildad

Dios mío, mi soberano Amor, mi todo: yo que soy nada de nada, que nada tengo de virtud, de fidelidad, de correspondencia a tus gracias, de gratitud…, nada, en fin, de bueno; desde el profundo abismo de mi miseria recurro al abismo de tu misericordia, implorando de ella la gracia de poderte conocer y hacer que otros conozcan, de poderte amar y hacer que otros te amen, de poderte servir y hacer que otros te sirvan, de la manera más perfecta que le sea posible a una pobre criatura, para tu mayor gloria.

Voto de humildad

Dios mío, grandeza infinita: yo, pequeño átomo de miseria, desde el abismo profundo de mi nada me ofrezco, me consagro, me abandono del todo a ti; Dios mío confieso y reconozco que Tú eres el que eres, infinitamente grande, infinitamente poderoso, infinitamente bueno e infinitamente perfecto en todos tus divinos atributos; y yo soy el que no es, esto es, una nada culpable y una miseria pecaminosa. Gran Dios de misericordia, Tú te has dignado mirar a esta pequeña nada, y le has dado el ser racional, la has colmado de gracias que Tú sólo puedes enumerar. Dios mío, para honrar tu infinita misericordia te hago voto de humildad:

  •  No me quejaré nunca interior ni exteriormente de cualquier tratamiento que reciba, sea de Dios, sea de las criaturas racionales o irracionales. A la nada nada le es debido y no se queja nunca.
  •  No hablaré de mí mismo sino por obediencia o caridad (nunca por satisfacerme ni por ningún fin humano): por obediencia, cuando los superiores lo quieran o lo deseen; y por caridad, cuando pueda ayudar al prójimo.
  •  Me pondré en espíritu bajo los pies de todos con la convicción de que soy menos que nada; y con los hechos, haciéndome —cuanto pueda— el siervo de todos, cuando no me lo impida la intención de la obediencia o la práctica de mis deberes.
  •  Seré feliz y saltaré de alegría al poder, en las ocasiones que mi Dios me presente, probarle mi amor triturando el mío propio.

¡Oh Dios mío, concédeme hacerlo siempre con creciente generosidad!

Decálogo de la humildad

1. No eres nada, eres menos que nada, porque eres una miseria culpable y una nada pecadora.

2. Por ti mismo no puedes nada; sólo puedes una cosa: ofenderme abusando de mis gracias, y prepararte una eterna condenación.

3. Tú no mereces nada: la nada no juzga nada, no dice nada, no pide nada ni se lamenta de nada.

4. La nada se contenta con todo porque la nada no se merece nada, no pide nada ni se lamenta de nada.

5. La nada no pretende que otros se ocupen de ella, y cuando los superiores lo hacen por caridad, se sumerge o se sepulta en el abismo de su indignidad.

6. Te has de considerar como un trapo, pero no como un trapo limpio, que tantas veces aún se estima porque sirve para enjugar; sino como uno sucio, que solo mirarlo da asco, y que no se toca nunca con las manos, sino que se empuja con los pies o que se coge sólo con las puntas de los dedos para no mancharse. Así es como debes considerarte en comunidad para estar en tu puesto.

7. Debes estar siempre sumergido en el abismo de la consideración de tu nada y estimarte indigna de todo aquello que se te da.

8. No te opongas a nada de aquello que el Amor quiera hacer de ti; aunque Yo te conceda grandes gracias, recíbelas con humildad. Así es como has de hacer tú: esconderte cada vez más en la vida interior. Por fuera, la vida común; puntual sí, pero nada extraordinario; pero en el interior todo extraordinario: empezando por la caridad; después, la humildad; y después, la mortificación.

9. Déjate arrebatar por el Amor, cuando le plazca sacarte de la tierra de tus miserias para colocarte en la corona de gloria de mi dulcísimo Corazón para toda la eternidad. Imita a los ángeles que ayudan mucho a los hombres y sin embargo no se dejan ver ni oír.

10. Finalmente, mientras permanezcas abismado en tu nada, lo cual te atraerá muchas gracias, seré siempre para ti un Dios de bondad, un Dios de misericordia, un Dios de amor. Mas el día en que te ensoberbecieres, Yo sería entonces para ti un Dios de justicia. Te lo digo, no para asustarte, sino para avisarte, porque te amo mucho.

Si tú practicas la humildad, hallarás la paz; si la practicas más, también hallarás más paz; y si tú no vives ni respiras más que humildad, serás perseguida por mi amor, por mis predilecciones, por mis favores, más de lo que podría serlo un ladrón buscado por la policía.

Alma mía, yo quisiera poderte llamar «Mi Humildad», y lo lograré si eres fiel al amor.

 (De Jesús a sor Benigna Consolata Ferrero)

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Ciclo C, II domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en abril 19, 2010

¡Y se nos perdonan los pecados!

 

Algunos dicen que se confiesan directamente con Dios; que el sacerdote es, a veces, otro pecador como cualquiera de nosotros o incluso peor, y que Dios no necesita intermediarios.

¿No sería bueno creer al único que no se ha equivocado jamás?, ¿al amigo que dio la vida por sus amigos?, ¿al que ha vencido a la muerte?, ¿al único que ha resucitado?

Efectivamente, en el Evangelio de hoy se nos cuenta que, después de resucitado, Jesús dijo a los doce: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…».

Dios, que sabe nuestra debilidad para entender, quiso resucitar antes de instituir el Sacramento de la Reconciliación, para que creyéramos: el portentoso milagro de la Resurrección precedió al milagro de amor de Dios por el cual los sacerdotes reciben de Él poder para perdonar en su Nombre. Es como si quisiera decirnos: «Te demuestro mi poder volviendo a la vida, para que sepas que yo tengo el poder de perdonarte, si sigues mis indicaciones: si te confiesas con un sacerdote.

Fue Él quien nos creó, quien nos dio todo lo que tenemos, quien nos salvó de la muerte eterna; por Él, ahora podemos vivir eternamente. Y a Él (el sacerdote es Cristo que perdona) es a quien acudimos en busca del perdón.

Pero eso sólo será posible si seguimos las reglas que Él puso: primero: nuestro sincero arrepentimiento; segundo: que hagamos el propósito firme de no volver a pecar; y tercero: que tengamos la humildad de contar a otro mortal nuestros pecados, que otro pecador escuche nuestras faltas.

Ante esa humildad de quienes se declaran culpables, en vez del castigo que merecen, por su infinita misericordia, los perdona, una y otra vez…, y ¡cuantas veces sea necesario!

Es el camino que Dios nos preparó; y en él está nuestra salvación. Sigámoslo, y encontraremos la felicidad.

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