Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2012

Para qué son los Sacramentos

 

Lo había profetizado Isaías: «Los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará».

Jesús habría de curar a muchos. Y la mayoría de las veces lo hará usando medios, como en el caso del Evangelio de hoy.

Le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Podía haberlo curado sin tocarlo siquiera, pero quiso usar sus dedos y su saliva.

Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Ábrete». Podía no haber mirado al cielo, pero lo quiso hacer; podía no haber suspirado, pero lo quiso hacer.

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Los milagros son signos del poder de Dios, pero ese poder se quiere manifestar, a su vez, con signos visibles, porque somos humanos —cuerpos animados por almas espirituales— y necesitamos ver, percibir cosas físicas que expresan verdades espirituales.

Así son los Sacramentos: signos de verdades espirituales, que nos dan la gracia, la fuerza espiritual que Dios nos da para salvarnos y para santificarnos, porque con nuestras pobres fuerzas no podríamos lograr ninguna de las dos cosas.

¡Qué bueno saberlo!: Dios pone en manos de los sacerdotes el poder de realizar milagros, no solo de curaciones físicas y psicológicas, sino lo mejor: la seguridad de la consecución de la felicidad eterna en el Cielo. Porque si nos curamos de una enfermedad, de todos modos después nos vamos a morir. Pero si los ganamos la dicha eterna, ya no volveremos a enfermarnos ni a sufrir ni a morir: seremos inmensa e infinitamente felices.

Es que Jesús, como decía la gente en el colmo del asombro: «Todo lo ha hecho bien», perfectamente bien.

¿Aprovechamos ese maravilloso regalo que son los Sacramentos?

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La mayor bendición

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2009

«¡Se curó milagrosamente!» «¡Me gané la lotería!» «¡Salió bien de la operación que le hicieron!» «¡Conseguí el trabajo que quería!»… Todo esto lo llamamos bendiciones. Y también llamamos bendiciones el hecho de tener salud, dinero, bienestar…

Pero, ¿por qué las personas buenas sufren? ¿Por qué a un católico comprometido le ocurren cosas malas? Los buenos cristianos se enferman y sufren como los demás; y reciben bendiciones como los demás. ¿De qué sirve, entonces, esforzarse por mejorar?

Quizá lo que ocurre es que no hemos comprendido suficientemente la parábola de los talentos: podríamos descubrir detalles de la Revelación a los que no se les ha dado suficiente relieve:

«Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció enseguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: “Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos. El patrón le contestó: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.”

Vino después el que recibió dos, y dijo: “Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.” El patrón le dijo: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón”.

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.” Pero su patrón le contestó: “¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.”» (Mt 25, 14-30)

Dios nos ha enseñado en esta parábola que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, acceso a la cultura, viajes, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo (esto derriba el principal argumento que defiende la creencia en la reencarnación).

Por eso es que no podemos seguir llamando «bendiciones» a las cosas que recibimos o a los talentos; en realidad son pruebas. El Señor nos da para probarnos. Cuanto más nos dé, más pruebas habrá; y quien menos reciba, será menos probado.

Entonces cabe preguntarnos para qué nos prueba Dios y qué es lo qué es lo que nos quiere probar. ¿Acaso Dios no lo sabe todo? ¿Acaso Dios no sabe de lo que somos capaces? ¿Hay algo que Él necesite saber?

La palabra «prueba» se debe entender aquí como se entiende en las Sagradas Escrituras: una oportunidad que Dios nos da para hacer méritos, para que el esfuerzo que hagamos le dé gloria y honra. Si no hay esfuerzo, no hay mérito.

Por eso, todo lo que llamamos «malo» en esta vida temporal es la posibilidad de hacer algo meritorio ante los ojos de Dios. Y esos méritos, unidos a los de Jesucristo, ayudarán a la salvación de muchas almas y a la instauración del Reino de Dios: un reino de amor, paz y alegría. Pero si la persona no tiene que esforzarse, no hace méritos.

Si, por ejemplo, alguien es probado con una enfermedad, es porque Dios quiere que esa persona haga méritos, que sea santa. Y los hará simplemente si acepta la voluntad de Dios, si le ofrece sus sufrimientos unidos a los de nuestro Salvador y si confía en su infinito amor, a pesar de las circunstancias.

Como se dijo más arriba, si no hay esfuerzo, no hay mérito, no hay santidad. Podemos deducir que no solamente es necesario sufrir, sino que nos conviene mucho, como ninguna otra cosa; concluiremos que sufrir es nuestra mayor bendición.

Pero hay más razones para querer el sufrimiento: el sufrimiento así ofrecido es reparador: le devuelve la honra y gloria que le quitamos a Dios con nuestros pecados, sirve para pagar la pena temporal que merecemos por los pecados propios y los de los demás.

Además, nos fortalece como seres humanos y, lo que es mejor, nos purifica para que no haya intereses escondidos en nuestra relación con Dios: así como una mujer sabe que un hombre la ama si es capaz de sufrir por ella, solo cuando sufrimos por Él se puede asegurar que lo amamos, pues cuando hay gusto personal se puede mezclar el egoísmo.

Finalmente, nuestro sufrimiento así ofrecido consuela el Corazón adolorido de Jesús, que tiene tan pocos amigos aquí en la tierra.

La mejor bendición, pues, son los sufrimientos. ¿Qué otra cosa en este mundo nos puede proporcionar tantos beneficios?

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Ciclo B, XV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 31, 2009

La misión de los apóstoles

 

Los doce apóstoles enviados por Jesucristo curaban muchos enfermos, pero los católicos de este siglo no logramos lo mismo: hoy no se ven los milagros de antaño.

Esta realidad hace que muchos se pregunten si es posible que la fuerza de Dios haya disminuido.

No. Lo que ha mermado es la fe de los actuales apóstoles y discípulos de Jesús: estamos desaprovechando la gracia que «superabundantemente derramó sobre nosotros toda sabiduría y prudencia».

Elegidos antes de la constitución del mundo para lleva la Buena Nueva a nuestros congéneres, podemos empapar todas nuestras acciones en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo por todos, para que seamos santos e inmaculados ante Él, de manera que esas acciones realicen la curación que quiere hoy Jesús para todos los hombres: que puedan oír los sordos que no escuchan la voz del amor, que se levanten y anden los paralíticos que el odio no deja caminar hacia la paz y la perfecta caridad, que hablen los mudos que no confían en el sacramento de la reconciliación, ¡que no haya más ciegos al amor de Dios!

El sendero que nos escoge Jesús es claro: no llevar ni pan ni alforja ni dinero, esto es, no confiar tanto en los valores humanos, sino en la fuerza y el poder de Dios; calzarse con las sandalias del servicio continuo, sin mirar el cansancio personal.

Oración, sacrificio y ansias de llegar a todos. Para Dios no hay acción pequeña: las acciones, las palabras y hasta los pensamientos nobles ofrecidos a Él tienen —empapados en su Sangre— valor infinito para que, célibes o casados, cumplamos con la misión que tenemos todos, como sus apóstoles y discípulos de estos tiempos.

Ya sabemos que eso es lo que el Señor nos pide. ¿Qué respondemos a ese llamado de amor?

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Ciclo B, V domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 9, 2009

 

 

El sentido de la vida

 

Al analizar al ser humano del tercer milenio, es fácil descubrir que tiene las mismas inquietudes de hombre antiguo. Hoy leemos que Job, aquel misterioso personaje, se preguntaba acerca de la vida casi trágicamente: «Al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré? Se alarga la noche, los días corren y se consumen sin esperanza…, mi vida es un soplo».

No hay nada más trágico que no saber de dónde venimos, para dónde vamos y qué vinimos a hacer en esta tierra… Vivir así, sin sentido, desgarra el corazón. Los que así lo hacen son unos inconscientes. Pero los hombres que se preguntan por el sentido de sus vidas parece que sufrieran de angustia existencial.

Para sanar estos corazones destrozados vino Jesús. Lo dice el salmo de Hoy: «Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas». Y vino también para sanar las demás enfermedades; lo dice también el Evangelio: La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, Él la levantó y se le quitó la fiebre. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y posesos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos y expulsó demonios.

En estos tiempos necesitamos expulsar principalmente los demonios de la ignorancia acerca del origen, el sentido y el destino de nuestras vidas. Y la única forma de salir de esa ignorancia es escuchar la Palabra de Dios. Él nos creó; por eso sólo Él puede responder preguntas tan trascendentales.

Es en la Palabra de Dios, en la Revelación, donde el ser humano puede hallar respuestas. Por eso el Evangelio nos cuenta que Jesús apremió a los apóstoles diciéndoles: vámonos a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido. Y así recorrió toda Galilea, enseñando el sentido de la vida.

Y así lo entendieron sus discípulos. Por eso se pusieron a predicar. San Pablo decía: «Siendo libre como soy me he hecho esclavo de todos para ganar a todos. Me he hecho débil con los débiles, para ganar débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos».

 

 

 

 

 

 

 

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