Hacia la unión con Dios

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Los mensajes de los videntes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2015

Son tantos los videntes hoy día, que bien vale la pena refrescar algunos conceptos claves:

La Revelación pública y universal (todo lo que Dios reveló a los hombres de Sí mismo, del universo y de la vida humana) terminó cuando san Juan, el Apóstol y Evangelista, finalizó de escribir el Apocalipsis, hacia el año ciento diez de nuestra era; allí está contenido todo lo que debemos saber para alcanzar la salvación. Las revelaciones privadas y particulares no hacen parte de ese mensaje público y universal.

Una vez que la Iglesia ha estudiado una revelación privada y particular (lo cual suele ser demorado, debido a la gran responsabilidad que ello implica), da su concepto favorable, si ese mensaje se adecua y no tergiversa en nada el gran mensaje de la Revelación pública y universal. Y da un concepto desfavorable, indicando a sus hijos, los católicos, que ese mensaje no debe ser creído, por no estar incluido en la Revelación pública y universal.

Debido a que muchas revelaciones privadas y particulares son falsas, mientras la Iglesia se pronuncia, se dan los siguientes criterios:

  • Si la persona tiene un conocimiento doctrinal suficiente y nota algo contrario o que desdice de la Fe católica, debe rechazar esa revelación privada y particular y recomendar lo mismo a cuantos pueda.

  • Como lo único verdaderamente necesario es la Revelación pública y universal, a un católico formado en su Fe, coherente y maduro nunca le harán falta las revelaciones privadas y particulares; le basta el Magisterio de la Iglesia.

  • Aunque no son necesarias, si esas revelaciones privadas y particulares estimulan las virtudes cristianas e invitan a la conversión, a la penitencia, a la oración, pueden ayudar a las personas sencillas, simples y humildes, que no tienen acceso al conocimiento doctrinal.

  • Si en una revelación privada y particular hay mezcla de aspectos buenos y malos (por ejemplo, invitación a orar por la jerarquía eclesiástica y, a la vez, a desconfiar de la Iglesia), debe rechazarse y desaprobar con firmeza, pues se puede afirmar con firmeza que son típicas del demonio.

  • Por último, otro criterio certero: Nadie se equivoca obedeciendo. En el supuesto caso de que las órdenes, recomendaciones y dispensas del Vaticano no fueran según la Voluntad de Dios, quien obedece humildemente da gloria y honra a Dios.

Añadamos que cuando la Iglesia aprueba una revelación privada y particular lo que está afirmando es que sus mensajes están ya contenidos en la Revelación pública y universal; dicho de otro modo: no están diciendo nada nuevo. Por eso, nace la pregunta: ¿Para qué sirven, entonces, las revelaciones privadas y particulares?

Podemos afirmar que—cuando son auténticas— pueden servir a las personas que están alejadas de la Fe, para su conversión; pero, una vez convertidas, conviene que se desapeguen de lo que los acercó a Dios y se concentren en estudiar la doctrina de la Iglesia y en conocer y poner en práctica la teología espiritual católica (ascético-mística) para avanzar en su vida interior, hacia la unión con Dios.

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Hacer el bien y padecer

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 15, 2009

«Jesús ya pagó por nuestros pecados; nosotros no tenemos que sufrir.»…

Bien entendida esta frase es veraz y a la vez cierta (segura). Pero mal entendida puede llevar al error: «Si Jesús ya pagó por mis pecados; yo nunca sufriré en esta vida; tampoco tengo por qué hacer penitencia, no tengo que ofrecer sacrificios, no debo hacer mortificaciones —eso es cosa de masoquistas—, de nada sirve que le ofrezca a Dios mis sufrimientos…»

La Biblia dice exactamente lo contrario:

«Cristo padeció por vosotros, y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos.» (1P 2, 21b)

El mismo versículo comienza diciendo:

«Para esto fuisteis llamados.» (1P 2, 21a)

¿Acaso fuimos llamados para sufrir? La respuesta está en el versículo anterior:

«Pero si, haciendo el bien, aguantáis padeciendo, esto es lo grato a Dios.» (1P 2, 20b)

Son palabras clarísimas: lo grato a Dios es hacer el bien y aguantar padeciendo.

¿Por qué? Porque sin padecer no desaparecen los apetitos desordenados que nos dejó el pecado original: en vez de amar al Creador sobre todas las cosas, nos apegamos a las criaturas desordenadamente, prefiriéndolas. Antes de este pecado, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a las ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan dar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que son criaturas y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos tanto apetito por el placer, el tener, el poder y la fama, que con frecuencia ofendemos a Dios.

Él, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: hacer el bien y estar desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, para ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que sentimos en nuestro interior. Y eso duele. Pero vale la pena.

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¿Pobreza?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2008

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos», nos dijo Jesús (Mt 5, 3), y ya se nos ha explicado que no se trata de no tener cosas, sino de estar desprendido de ellas.

Pero, como toda la Escritura, este versículo tiene sus significados más profundos (místicos), y cuanto más nos adentramos en él más significados podemos encontrar: son cuatro los niveles místicos de la pobreza espiritual.

La pobreza a la nos referimos es mejor llamarla “en el espíritu”, pues así no se confunde con el apocamiento, la pusilanimidad (ánimo pobre), que algunos llaman “estupidez”: la pobreza de espíritu.

La pobreza en el espíritu pretende, como los otros consejos evangélicos, llevarnos a la realización personal auténtica, a la bienaventuranza eterna, la felicidad absoluta, distinta a la felicidad relativa, la única que se puede alcanzar en esta vida.

Se trata, en un primer nivel, de estar exentos de todo apetito desordenado por las cosas materiales, por las personas y por uno mismo, con lo que se consigue que el corazón empiece a desocuparse para que pueda ser llenado por Dios.

El segundo nivel consiste en el desapego de todas las formas con las que pretendemos “llegar” a Dios (y con las que nunca lo lograremos): la fantasía y a la imaginación, el discurso intelectual (pensar, estudiar, para llegar a Dios), y el deseo a sentir cosas agradables en la vida espiritual…

El tercero es no tener apego a las cosas espirituales, como querer disfrutar de los dones (mejor llamados carismas: don de lenguas, de interpretarlas, de profecía…), manifestaciones sobrenaturales (olores, visiones, locuciones…), etc.

El último es el desapego de los gozos inefables y deleites espirituales que se derivan de la unión con Dios, y es el más propiamente espiritual: la persona verdaderamente pobre en el espíritu no pretende gozar (ni siquiera con la compañía del Amado), sino amar al Amado (servirlo, darle gusto, tenerlo contento); vive totalmente desprendido de su propio querer, para complacerlo, cueste lo que le cueste. De hecho, este es ahora su único querer: complacerlo; es su mayor deleite, su mayor gozo…

Ser pobre es, entonces, estar desprendido de todo lo que se acaba de describir, para dejar que sea Dios quien actúe, como quiera, cuando quiera, cuanto quiera y en la intensidad que Él quiera, únicamente para su gloria y honra. Es, por tanto, el amor auténtico.

 

 

 

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