Hacia la unión con Dios

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Septiembre 14 (en donde se celebra hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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Mayo 3 (en donde se celebra el día de hoy y cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Para tener vida eterna

Cuando el pueblo de Dios perdió la fe y se quejó por no recibir lo que deseaba, a pesar de haber visto tantos milagros como nos lo cuenta el Libro de los Números, el Señor les envió serpientes que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel.

Al sufrir esto, le pidieron a Moisés que intercediera por el pueblo. Y, según la indicación del Señor, Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida.

Esta es la figura con la que Dios anunció que Jesús salvaría a los hombres cuando fuera crucificado en lo alto, como lo explicó Jesús: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna».

¡Vida eterna! ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? ¡No moriremos jamás! ¡Y seremos felices, totalmente felices, crecientemente felices!

¿Cómo, pues, no exaltar la Santa Cruz, causa de semejante dicha?

Para que no se nos olvidara jamás, el Espíritu Santo le hizo redactar este cántico a san Pablo, en su carta a los Filipenses:

Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y muerte de cruz!

Y por haber muerto en esta Cruz Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. ¡Tanto amó Dios al mundo!

Veneremos la Santa Cruz, donde Cristo dejó clavada nuestra deuda.

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Ciclo C, XVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 2, 2010

La misericordia infinita de Dios

En el episodio del Génesis se hace evidente la infinita bondad de Dios: a pesar de que las quejas contra Sodoma y Gomorra eran enormes, y su pecado era en verdad muy grande, Dios no trató igual al justo y al malvado. Abrahán volvió a hablar una y otra vez intercediendo por los pocos justos que había: cincuenta, cuarenta y cinco… ¡diez! Y el Señor dijo: «En atención a esos diez, no destruiré la ciudad».

Es exactamente lo que nos ocurrió a nosotros, como lo enseña san Pablo en la carta a los Colosenses: Son muchos los pecados que hemos cometido; de hecho ya estábamos muertos por nuestros pecados, pero Dios nos hizo revivir por Cristo: con su dolorosísima Pasión y muerte ¡nos perdonó todas nuestras faltas! Anuló el comprobante de nuestra deuda, esos mandamientos que nos acusaban; lo clavó en la Cruz y lo suprimió.

Insólito hecho: siendo infinitamente justo ¡sufrió lo que nosotros merecíamos en justicia!

Es que también es infinita su misericordia, su bondad, porque infinito es su amor.

Esta prueba de amor infinito por sus criaturas es simplemente la realización de sus enseñanzas en el Evangelio: «¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a los que se lo pidan!»

El Padre que tenemos en el Cielo está allí —diríamos en un lenguaje muy humano— esperando ansioso para derramar sobre nosotros todo lo que necesitamos para ser felices: su Amor —¡el Espíritu Santo es el Amor!—sobre nosotros.

«Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá»

¿Lo pedimos? ¿Lo buscamos? ¿Llamamos a esa puerta?

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Ciclo A, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 21, 2008

Saber perdonar

Una de las principales causas de estrés, no perdonar o no saber perdonar, es el tema de las lecturas de hoy. Sabemos la teoría: Dios perdonó a todos los hombres el pecado original, su pecado de soberbia.

Al ver que estábamos perdidos, y que en justicia habríamos de sufrir y de morir, decidió venir al mundo y pagar la deuda, para que tuviéramos de nuevo la posibilidad de ir al Cielo a gozar con Él eternamente de la felicidad. Él, sin ser culpable, por amor, cargó en sus hombros nuestro pecado.

Además, sabiendo que quedamos heridos por el pecado original, instituyó el Sacramento del perdón: cada vez que caigamos, por nuestra debilidad, tenemos la oportunidad de volver a reconciliarnos con Él.

Ante esa muestra maravillosa de amor, ¿cómo no perdonar a los demás?

Nosotros ofendimos a todo un Dios y Él nos perdonó; nosotros, al ofendernos unos a otros, injuriamos a una criatura, a un ser humano. Por eso, en teoría, es más fácil que nos perdonemos.

Pero, ¡cuánto cuesta perdonar!… Y es que no sabemos qué es perdonar, porque creemos que se trata de no volver a sentir ira o rencor; y eso, a veces, parece imposible.

Perdonar es no dejarnos dominar por ese sentimiento de ira o rencor cada vez que nos acordamos de la herida que nos produjeron, es no rechazar al ofensor (aunque sigamos rechazando su mal acto), es recordar que el otro tiene debilidades como nosotros, es tratar de ponerse en su lugar: la educación que recibió, las circunstancias que ha vivido durante su vida pasada, lo hicieron actuar de esa manera… Además, ¿no es verdad que, en su situación, nosotros nos habríamos portado igual o peor que ellos?…

Al actuar y pensar así vislumbraremos por qué razón Dios sí fue capaz de perdonarnos a nosotros, habiendo pecado tan gravemente, y podremos comenzar a descubrir el verdadero amor. Y nos liberaremos del estrés que produce no saber perdonar.

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