Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Dignidad’

¿Relaciones sexuales prematrimoniales?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2018

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Cuando un hombre no valora a su novia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 12, 2016

Si un hombre rechaza a su novia o no la respeta, es porque no la valora; y no la valora porque ella le dio la oportunidad de tratarla así, porque no se hizo valorar.

Es mucho más frecuente de lo que se piensa —y de lo que se querría— encontrar mujeres que piensan en la posibilidad de seguir la relación con un hombre que las desprecia, ofende o maltrata psicológicamente. Actuar así es darle razones para que las valore menos aún: los hombres valoramos sólo lo que nos cuesta, y lo valoramos más si nos cuesta más; y muchos aplican este mismo criterio en las mujeres: valoran mucho más a aquellas mujeres que más trabajo les cuesta conquistar y a las que más trabajo les cuesta mantener cerca de sí.

Por eso, para que un hombre la trata así la valore —y para que ella misma aprenda a valorarse—, es necesario que lo rechace durante mucho tiempo (meses): no contestarle mensajes ni llamadas, no recibirle visitas, evitar encuentros con él (si viene por la calle, preferir dar la vuelta a toda la manzana)…

Además, solo al rechazarlo así, podrá descubrir si todavía está verdaderamente interesado en ella, si le queda algo de aprecio por ella: si es capaz de perseverar buscándola todo ese tiempo a pesar de sus rechazos, es porque hay algo en su corazón que se puede rescatar y, lo que es mejor, al ver la seguridad y la entereza de esa mujer, tendrá un mejor y más elevado concepto suyo, por lo que será posible que se empiece a enamorar… Pero si no es capaz, si no insiste, es porque no la ama en absoluto, y esto la hará comprender que jamás llegaría a ser feliz con él, razón con la que podrá tomar la decisión de borrarlo de su mente y de su corazón, para que tenga la posibilidad de entender que puede seguir adelante sin él. Cuando una mujer comprende esto, es cuando comienza a tener autoestima; efectivamente, es cuando dice: “Yo no necesito a nadie para ser feliz; me basta con el amor que sé que Dios me tiene”.

Pero la principal finalidad de actuar de ese modo es ayudarlo a mejorar como ser humano, pues será entonces cuando él podrá darse cuenta de lo mal que se ha portado y quizá comience a valorar sólo lo que se debe valorar y a respetar a los demás seres humanos. Y ayudar a alguien así es un acto de caridad cristiana, es cumplir con la obra de misericordia que nos enseña la Iglesia: Corregir al que yerra. Por el contrario, si no actúa así, omitirá un acto de amor verdadero.

Los hombres que actúan así requieren que los ayuden a darse cuenta de que no saben amar, pero que pueden aprender. Por eso, las mujeres que están con ellos deben alejarse y, mientras tanto, deben orar mucho por ellos, para que el Señor los ayude a recapacitar y a entender el amor verdadero que se le debe a un ser humano.

Si hacen esto, ayudarán a Nuestro Señor a mejorar la vida de esos hombres equivocados, y recibirán una recompensa muy grande en el Cielo.

 

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¿Es pecado el aborto?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 22, 2016

AbortoAl hablar sobre este tema debemos tener en cuenta que lo que importa es la verdad, y la verdad nos la reveló Dios: cada pecado ofende a Dios porque se ofende la dignidad (el valor) de sus hijos predilectos: los seres humanos. Por eso Dios sufre cuando el hombre peca, no porque Él se sienta ofendido como Dios, sino porque ve que sus hijos se hunden en la posibilidad de irse al infierno, donde no podrá darles su amor (que es la razón para la cual los creó y es lo que más desea: hacerlos inmensamente felices con su infinito amor). Sufre, además, porque hizo al hombre para que fuera libre, y él decidió hacerse esclavo de las cosas que lo denigran, que lo bajan de categoría, que disminuyen su valor como hijos de Dios: los pecados.

El aborto es un homicidio, un asesinato de un ser humano, hecho con alevosía (sin respetar el derecho que el niño tiene de vivir), premeditación (pensado, dándose cuenta de lo que se estaba por realizar), ventaja (el fuerte se aprovecha del débil, a la brava, con violencia) y, por último, es el asesinato de ¡un hijo!, no de un extraño. Por eso el aborto es uno de los pecados más graves que existen, es decir, hace sufrir mucho a Nuestro Señor.

La doctrina cristiana es, por una parte, la que está en el párrafo anterior, y nada la puede cambiar. Pero también incluye que Dios es infinitamente misericordioso y que sólo está esperando que la persona se arrepienta verdaderamente para perdonarlo; digámoslo así: cuando alguien comete el pecado del aborto (o cualquier otro pecado), Dios está ansioso, a la expectativa, deseando con todas sus fuerzas que la persona se arrepienta sinceramente de haber hecho sufrir a un Dios tan bueno y, cuando esa persona da el paso (se confiesa con un obispo o con un sacerdote que tiene la potestad de levantar la excomunión, en caso de haber realizado un aborto), ¡se pone feliz!, porque puede hacer lo que más le gusta: derramar su infinita misericordia, perdonar. Y cuando Él perdona, olvida que ocurrió: para Él ya no cuenta ese pecado. Por este acto, Dios da una nueva oportunidad para ir al Cielo: que la persona reinicie una nueva vida, una vida santa, por supuesto.

 

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‘Hay que ambicionar’

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2014

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca!; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mayor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

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El cristiano y la verdad

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2014

 

Cada ser humano debe buscar la verdad en conciencia.

En la profundidad de su conciencia, el hombre descubre una ley que no se dicta él a sí mismo. Es una voz que oye con claridad en los oídos del corazón y que lo invita suavemente a amar y a obrar el bien, y a evitar el mal: «haz esto», «evita lo otro».

Esta ley que lleva el hombre en su corazón fue puesta allí por Dios para que con ella pudiera buscar la verdad, la verdad poseída por Dios.

Esa verdad se halla por encima de la conciencia y es independiente de ella. La conciencia, por eso mismo, no es la verdad ni puede crear la verdad: son muchos los hombres que fabrican sus propios errores y los llaman verdades. La verdad auténtica siempre es algo más grande que la mente humana; por eso debe ser respetada y buscada con humildad.

Tampoco se elige la verdad como si fuera «una verdad entre otras posibles verdades». Una verdad, y una sola, se presenta como real y verdadera, y esta se acepta o se rechaza.

La dignidad del ser humano lo obliga a obedecer a la conciencia, ya que según ella será juzgado, como lo explica Pablo:

«Y así demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. Serán juzgados por su propia conciencia, y los acusará o los aprobará su propia razón el día en que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo. Es lo que dice mi Evangelio. (Rm 2, 15-16)

Esa conciencia nos exige que ordenemos toda nuestra vida según las exigencias de la verdad, aun a pesar de que sea difícil de vivir o que no nos guste; y nos pide también que no nos dejemos llevar por comodidades, gustos, conveniencias, afinidades, opiniones personales, caprichos y cosas por el estilo; sino que sigamos la verdad que la voz de la conciencia nos muestra.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia tanta mayor seguridad tendrán las personas para apartarse del subjetivismo y para someterse a las normas objetivas de la moralidad: ya no juzgaremos ni actuaremos de acuerdo con nuestro modo de pensar o de sentir, sino acordes con lo justo, lo equitativo y lo correcto, es decir, de acuerdo con la verdad.

Así obtendremos el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas y ganaremos el derecho a expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas; en esto consiste la libertad de religión.

 

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La caridad que hay que ejercer con el infiel

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2012

 

1. Desde el punto de vista terrenal, la infidelidad es la mayor muestra de desamor: quien es infiel simplemente no ama.

La segunda verdad es que quien prometió fidelidad delante de Dios, en un acto solemne, le falló a Dios, le falló a su esposa (si tienen hijos, les falló también a ellos), destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando incumplió lo que libremente prometió.

Y en tercer lugar, quien esconde durante un tiempo esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia: si se valora, lo olvida para siempre. Para ella él está muerto. Resucitará para ella únicamente, cuando demuestre su sincero arrepentimiento con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque se vean muy sinceras y honestas.

 

2. Desde el punto de vista espiritual, debemos recordar, por una parte, que a todo pecador debe dársele la oportunidad de arrepentirse. Pero tampoco podemos olvidar que ni siquiera Dios perdona cuando no hay arrepentimiento sincero.

Los adúlteros —pecadores— no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Por eso, si ella no le muestras una indiferencia total (“No vale la pena seguir con él si no cambia”) y un rechazo por sus malas acciones, es posible que jamás se convierta de su mala vida.

Y, para saber si está realmente arrepentido, es necesario, no solamente que él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vida, sino que pase mucho tiempo pidiéndole perdón a su mujer y mostrándole su arrepentimiento sincero (con lágrimas, regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando

Si la mujer no hace esto, falta a la caridad: se nos ha enseñado que, para ser buen cristiano, es necesario corregir al que yerra, no con palabras —que casi nunca son eficaces— sino con hechos. ¿Cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe exigir la mujer burlada por su marido.

 

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significaría que no había ni la más mínima semillita de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, nada había por rescatar. Y también significaría que pocas ganas tiene de corregirse y, por lo tanto, de salvarse.

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Ciclo A, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 7, 2011

Dios o el dinero

 

¿Andamos preocupados por la vida? Fijémonos en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros y, sin embargo, el Padre del Cielo, nuestro Padre, las alimenta. ¿No valemos mucho más que las aves? ¡Qué poca fe tenemos!

Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, el Padre nuestro, sabe que necesitamos todo eso. Oigamos lo que nos dice hoy: «¿Puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidara, yo nunca me olvidaría de ti.»

Y, ¿qué hacer para lograr que Él no se olvide de nosotros? Él también nos lo dice: Buscar primero el Reino de Dios y la Justicia de Dios, y se nos darán también todas las cosas que necesitamos.

Pero como nadie puede servir a dos patrones (necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro), no podemos servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. Es necesario que, de ahora en adelante, nos ocupemos más en saber la voluntad de Dios y en cumplirla, que en ganar más dinero o tener más cosas.

Cuando falta el dinero, ¿nos angustiamos más que cuando nos falta la Eucaristía del domingo? ¿Qué pensamientos ocupan más nuestra mente: nuestras posesiones o el estar en paz con Dios, confesados? ¿Llegamos a hacer cosas deshonestas por ganar un poco más de dinero? ¿Cobramos lo justo? ¿Pagamos lo justo? ¿Damos o pedimos comisiones «por debajo de cuerda»? ¿Cumplimos nuestro horario de trabajo o le robamos unos minutos a la empresa?…

Los hechos hablan más que las palabras. No podemos servir a Dios y al dinero.

Si queremos que nunca nos falte lo necesario —ni lo material ni lo espiritual—, tenemos que escoger.

«Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios lo que se merece.»

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Ciclo A, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 6, 2010

I DOMINGO DE ADVIENTO

La lucha por llegar a la casa del Padre

 

Comienza hoy un nuevo año litúrgico, y las lecturas nos invitan al cambio, a comenzar un nuevo camino. Este año nuevo aparece como el cuaderno nuevo de un colegial: listo para que se inicie sobre él un trabajo limpio, pulcro, perfecto.

El profeta Isaías nos muestra la meta: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas; en ese lugar ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. ¡La paz que tanto buscamos será nuestra!

Pero para que la paz verdadera llegue a nosotros, es necesario que escuchemos la voz de san Pablo cuando dice que ya es hora de espabilarse. La paz es primer logro de nuestra lucha interior por acercarnos a Dios: dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con la dignidad de los hijos de Dios, dignidad de reyes, de señores, de hombres bañados por la gracia, de templos del Espíritu Santo: nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni contiendas. Habremos dado así honor a nuestra condición de hombres y de cristianos, y tendremos las virtudes necesarias para acceder a la auténtica paz y a la alegría verdadera.

Revestidos de Nuestro Señor Jesucristo, dueños de nosotros mismos, sin malos deseos —producto casi siempre del excesivo cuidado personal— estaremos preparados, en vela, para la hora decisiva, la hora en que vendrá el Hijo del hombre.

Él nos llevará a la eterna e imperturbable felicidad: junto a Dios–Padre, en donde sentiremos que por fin nos realizaremos como seres humanos.

Por eso ya hoy podemos cantar presagiando nuestra conquista: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Y cuando lleguemos a la Jerusalén celestial, nos diremos a nosotros mismos: ¡Valió la pena!

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Ciclo C, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 27, 2010

¿Cristianos explotadores?

 

Parece que Amós viviera en nuestros días; o, más bien, que los seres humanos no hemos avanzado nada, en cuanto se refiere al manejo del dinero: «A ustedes me dirijo, explotadores del pobre, que quisieran hacer desaparecer a los humildes… Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan sólo por dinero.» Pero también grita que Dios jura, por su Tierra Santa, que jamás ha de olvidar lo que hacen.

Los empresarios de hoy deben preguntarse si están pagando salarios justos, si sus empleados están siendo explotados, si lo que reciben ellos corresponde a lo que trabajan. El día del juicio no habrá disculpas válidas: es a otros hijos de Dios a quienes se los explota, es decir, ¡a sus propios hermanos!

¿Cómo será la justicia divina para ellos? Jesús lo explica en el Evangelio: El que ha actuado correctamente en cosas de menor importancia, será digno de premio en la más importante: ganarse el Cielo. Y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas (pagar y cobrar lo justo), tampoco será honrado en el Cielo.

Y —sigue diciendo Jesús— es que nadie puede servir a dos patrones, a Dios y a sus intereses económicos; que es lo mismo que decir: a sus hermanos y a sus propios intereses; porque necesariamente escogerá a uno y rechazará al otro. El que dijo esto es el mismo que nos creó y nos conoce más que nosotros mismos: ¡No podemos servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero!

Por eso mismo, san Pablo recomienda ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas por todos, especialmente por los jefes de estado y todos los gobernantes, para que les vaya bien en el juicio y nosotros podamos llevar una vida tranquila y en paz, con toda piedad y dignidad; pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de estas verdades.

Y ojalá en todo lugar los hombres oren limpios de todo enojo por sus jefes, especialmente si son explotadores, para que el Señor les cambie el corazón, no tanto para que paguen un salario justo, sino —sobre todo— para que se salven.

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