Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Dinero’

¿Negarse a sí mismo?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 1, 2017

 

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña.» (Mt 13, 24b-26)

Son muchas las cizañas que ha sembrado el enemigo en el campo de Dios; y entre ellas está la herejía que, según el Código de Derecho Canónico, consiste en «la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma» (CIC  751). La herejía, por tanto, es la oposición voluntaria a la autoridad de Dios depositada en Pedro, los Apóstoles y sus sucesores y lleva a la excomunión inmediata.

Y la más popular de todas las herejías en estos tiempos —y la que más daño está haciendo— es el voluntarismo, también conocido como semipelagianismo.

Para definirla, es necesario precisar antes un par de conceptos:

 

1) El pelagianismo cree que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Afirma que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente lo que Dios les ha mandado. Y cuando dice “más fácilmente” quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil.

Pelagio decía que Dios nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar; pero que no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer.

Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones de súplica de la Iglesia: ¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?

No hay un pecado original que deteriore profundamente la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como ejemplo, que como Salvador, como causa de la salvación.

Para el pelagiano no hay un pecado original que deteriore la naturaleza del ser humano: la naturaleza del hombre está sana, y es capaz por sí misma de hacer el bien y de perseverar en él. Cristo, por tanto, ha de verse más en cuanto Maestro, como causa ejemplar, que en cuanto Salvador, como causa eficiente de salvación.

La oración de súplica, la virtualidad santificante de los sacramentos, que confieren gracia sobrenatural, confortadora de la naturaleza humana,… todo eso carece de necesidad y sentido para el pelagiano.

En resumen: el hombre no necesita de lo divino para hacer obras buenas ni para llegar a la santidad.

 

2) La doctrina católica afirma que la libertad humana se mueve movida por la gracia de Dios. Dios es la causa principal en la producción de la obra buena; el hombre es la causa instrumental: le sirve a Dios de instrumento para realizar esa obra buena. Por tanto, la libertad no puede producir el bien por sí misma; sino que necesita la moción de la gracia divina.

Ahora bien, la libertad humana puede resistirse a la acción de la gracia, pecar; pero no puede ella sola hacer el bien y perseverar en él.

La eficacia de la gracia es intrínseca, por sí misma, no por la cooperación de la libertad humana que, meritoriamente, consiente en ser movida por ella. Por tanto, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María.

Dios, con la eficacia de su gracia, nos hace obrar, y hace que nosotros pasemos de no querer a querer y cambia las voluntades de los hombres para que realicen las obras buenas (Cf. Denz. 1997). Es la enseñanza perfectamente clara de San Pablo: «por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me concedió no ha sido estéril, sino que he trabajado yo más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1Cor 15,10-11). Y Santa Teresa del Niño Jesús, gran Doctora de la gracia, emplea las imágenes del «ascensor» y del «pincelito» para expresar la obra de Dios en su maravillosa santificación personal.

La Iglesia sabe bien que «es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). «Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que el santo pensamiento, el buen consejo y todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, y “sin Él no podemos nada” (Jn 15, 5)» (Indiculus cp. 6). Y por la gracia, «por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera» (ib. cp. 9). «Cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en nosotros y con nosotros» (Orange II, can. 9).

 

3) El voluntarismo o semipelagianismo:

Esta herejía explica que la libertad humana se «coordina» con la gracia divina. Los semi-pelagianos no son pelagianos: admiten la necesidad de la gracia divina para obrar el bien. Pero entienden que el acto libre (la parte humana) trabaja con la gracia divina (la parte de Dios), y así la hace eficaz en la producción del bien.

Según este gravísimo error, Dios ama a todos los hombres igualmente, ofreciendo a todos igualmente su gracia para hacer el bien, y es el mayor o menor grado de generosidad de cada persona humana lo que principalmente determina el crecimiento en la vida sobrenatural. San Roberto Belarmino, S. J., Doctor de la Iglesia, reconoce que ese modo de pensar es inconciliable con la fe católica. ¡Y son tantos, y a veces tan buenos, los que piensan así hoy!

En la doctrina católica, si uno es más santo que otro, eso se debe principalmente a que ha sido especialmente amado y agraciado por Dios: el ejemplo máximo es la Virgen María. Dios ama a todos, pero ama a unos más que a otros, y no distribuye sus gracias por igual. Bien sabe uno que esta doctrina choca frontalmente con el igualitarismo falso de la cultura moderna; pero es la verdad de la fe católica.

Los voluntaristas o semipelagianos opinan que la eficacia de la gracia en realizar la obra buena se da por el asentimiento y la cooperación humana y obtiene su efecto porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de San Agustín y de Santo Tomás e incluso ajena a la doctrina de las Divinas Escrituras.

Quien quiera profundizar en esta doctrina, puede hacerlo visitando Gratis Date, Gracia y libertad:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=63

 

La doctrina católica de la negación de sí mismo

Jesús fue categórico: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24b; Mc 8, 34b; Lc 9, 23b). ¿Y por qué?

Es que antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos; pero después de ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

Pero, para eso, hace falta la negación de nosotros mismos. ¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

Jesús nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano. Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!» (Mt 27, 46; Mc 15, 34).

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama negarse a sí mismo. Y es el comienzo de la vida en Dios, de la vida mística, una muestra gratis en esta vida de lo que se experimentará en el Cielo: la felicidad eterna, la auténtica.

Por otra parte, toda la Tradición de la Iglesia: los santos Padres de la Iglesia, los santos que expusieron la mística y, en general, todos los santos, acatando las sapientísimas palabras de Jesucristo —negarse a sí mismo— han descrito o simplemente han vivido la teología espiritual (mística), en la que parten de su propia nada.

Este ha sido su lema: «Nada sé, nada tengo, nada puedo, nada soy y nada valgo», para llegar a la unión mística.

Efectivamente, de muchos santos hemos leído oraciones parecidas a esta:

¡Oh, abismo infinito de poder!, ¡oh, abismo infinito de sabiduría!, ¡oh, abismo infinito de amor!… ¿Quién eres Tú?… Y, ¿quién soy yo? ¡Una criatura tan miserable!, un atado de pecados, el último de todos, el más pobre, el más pequeño, el peor, el más despreciable… Tú eres el Todo y yo la nada…, ¡una nada pecadora! ¡Y he aquí, oh, divina Bondad, que te me diste todo!: Padre mío, Hermano mío, Esposo mío…

¡Gracias por esta inmensa muestra de predilección! ¡Ahora lo puedo todo en Aquél que me conforta!

Cauteriza con el ardor de tu amor mis pecados, mis apegos, mis miserias, mis imperfecciones y hasta mis apetitos, para que pueda dejarme amar por ti, y me conviertas en amor puro.

Haz, te lo ruego, que sea un instrumento eficaz de tu gracia.

Se dan cuenta de que, cuando se mueven movidos por la gracia de Dios y realizan el bien, es Dios quien actúa en y a través de ellos.

Se percibe claramente que, tanto ellos como cuantos se animen a obedecer la máxima de Jesucristo de negarse a sí mismos, nada son por sí mismos, pero que son mucho por Jesús, que los elevó con su gracia.

Y esto es exactamente lo que quiso enseñar Dios al pueblo cristiano, en el episodio de Moisés en la zarza ardiente: cuando Dios envía a Moisés al Faraón para que saque a su pueblo de Egipto, Moisés le pregunta su nombre a Dios, y Él le responde:

«Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘Yo soyʼ me ha enviado a vosotros”.» (Ex 3, 13b-14), significando así que el único que ES es Él, es decir: que Él se da el ser a sí mismo, que Él se da la vida, que vive por sí mismo; en cambio, nosotros recibimos el ser prestado de Él: si Dios dejara de pensar un instante en nosotros, nos desintegraríamos inmediatamente. En otras palabras: que somos nada, pues hasta el ser lo tenemos prestado. Es más: somos peores que la nada, pues la nada no peca y nosotros sí.

 

La doctrina voluntarista

Pero los voluntaristas —es decir: los no-cristianos o cristianos herejes— no aceptan de ningún modo esta verdad revelada por Dios. Y, con muy buena voluntad pero equivocados, pues nos están bien formados doctrinalmente, se expresan con argumentos como estos:

—¿No somos nada?… Somos la obra maravillosa del Creador.

—Decir que “No somos Nada” limita nuestro amor propio, por lógica limita nuestro amor al prójimo y en consecuencia limita nuestro amor a Dios. Somos la mejor creación de Dios, imperfectamente perfecta.

—Los extremos no ayudan a la santidad… Decir que somos nada o decir que somos producto terminado es sabotear nuestro poder y responsabilidad en este mundo. Poder y responsabilidad dado por Dios…, talentos que debemos poner al servicio del prójimo.

Como se ve, ponen el énfasis en el ser humano, no en el de la gracia de Dios (la parte divina). Subrayan el «Yo»: los talentos, el poder de la parte humana. Creyendo que es lo correcto, pretenden estar trabajando coordinados con Dios para producir el bien, no subordinados a Él, con humildad.

Con esos criterios, olvidando el «niéguese a sí mismo» de Jesús, se niegan a sí mismos la posibilidad de los gozos y deleites espirituales que se experimentan en la unión con Dios, deliciosos presagios y anticipos de la eterna felicidad.

Posted in Doctrina de la Iglesia, Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Negarse a sí mismo?

La riqueza

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2016

 

Riqueza 2

 

El trabajo honesto ofrece dignidad; no gran riqueza, por cierto. Es que la riqueza no es un don de Dios: es una prueba difícil de superar, sin sentir avidez por ella o sin tener soberbia o egoísmo.

 

La riqueza es para compartirla con quien no la posee, no para Riquezavanagloriarse.

 

Es la prueba más difícil para el alma. Y esto a muchos podrá parecer extraño.

 

Posted in Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , | Comentarios desactivados en La riqueza

Noviembre 1

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

TODOS LOS SANTOS

Nuestra fiesta

Cuando Jesús nos dijo a todos que fuéramos santos como su Padre, simplemente repitió lo que Dios ya había dicho doce siglos antes, en el Levítico, capítulo 20, versículo 26. Y es lo mismo que el primer Papa, san Pedro, escribió en su primera encíclica (1P 1, 15).

Nuestra vocación a la santidad —la unión plena con Dios— está, pues, en la médula de la Revelación de Dios al ser humano: es nuestro deber ser santos. Y si Dios nos lo pide, es porque sabe que contamos con su gracia para lograrlo.

Por eso, al final de los tiempos, Juan vio una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, para la gloria de Dios.

¡Nos vio a nosotros! A los que Dios llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!, como bien lo dice san Pablo en la segunda lectura.

Y, ¿cómo tenemos esa certeza? Él mismo nos responde: «Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.» La pregunta obvia que nace es esta: ¿Tenemos esa esperanza?

La esperanza proviene de la Palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» Somos pobres si nos sentimos necesitados de Dios; no lo somos si confiamos en el dinero, en nuestras posesiones, en nuestras habilidades…

Y con las demás bienaventuranzas se acrecienta nuestra esperanza porque, como Jesús lo prometió, seremos consolados, heredaremos la tierra, quedaremos saciados, alcanzaremos misericordia, veremos a Dios, nos llamarán Hijos de Dios, será nuestro el reino de los cielos ¡y nuestra recompensa será grande en el cielo!

Hoy celebramos a todos los que, con la gracia de Dios lo lograron.

¿Estamos haciendo todo para que un día nos celebren esta solemnidad?

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Noviembre 1

‘Hay que ambicionar’

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2014

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca!; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mayor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

Posted in Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ‘Hay que ambicionar’

Ciclo B, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

¿Confiamos?

 

Cuando el profeta Elías le pidió un pedazo de pan a la viuda, y ella confió en la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías (que el tarro de harina no se agotaría ni se vaciaría el frasco de aceite), comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo.

¿Estamos dispuestos a confiar así?

Es que quien confía en el Señor ve milagros; pero ve más milagros quien confía hasta el extremo de entregar lo último que le queda para vivir, como esta viuda.

Lo mismo nos quiere enseñar Jesús en el Evangelio de hoy: mientras miraba cómo la gente depositaba su limosna y muchos ricos daban en abundancia, se percató de que una viuda muy pobre colocó dos pequeñas monedas. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir». Tengamos en cuenta que las viudas de la época en que vivió Jesús estaban totalmente desprotegidas económicamente: eran desvalidas.

En cambio, Jesús deplora la confianza que en sí mismos tenían los fariseos de entonces: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes».

¿En qué confiamos nosotros, los cristianos de hoy? ¿En nosotros mismos? ¿En nuestro dinero? ¿En nuestra habilidades? ¿En nuestros conocimientos? ¿En nuestro prestigio? ¿En nuestras relaciones sociales? ¿Tal vez en los seguros que compramos?… ¿O confiamos realmente en Dios?

Recordemos lo que nos enseña Dios, quien nos creó, en la segunda lectura de hoy: «el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio»: No hay reencarnación, no hay una segunda oportunidad para poner finalmente nuestra confianza únicamente en Dios.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XXXII domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

La pregunta más importante

 

La filosofía, que busca establecer, entre otras cosas, el sentido del vivir y el obrar humano, no ha sido suficiente para establecer el camino a la felicidad. Mucho menos han servido las otras ciencias o la tecnología… Solo Dios, nuestro creador, puede satisfacer el anhelo ferviente que hay en nuestro ser: la eterna felicidad.

Así lo entendió el hombre que corrió hacia Jesucristo y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».

Es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Sabiduría encarnada; en Él encontramos todas las respuestas a las preguntas que tenemos sobre nosotros, nuestro origen, nuestra esencia, la finalidad de nuestra vida y nuestro destino y, además, sobre nuestro Creador y sus planes sobre nosotros.

En el libro de la Sabiduría se nos muestra en forma de figura —como en sombras— a ese Jesucristo; efectivamente, habla así:

Preferí la Sabiduría a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Y la Sabiduría infinita, eterna, le enseñó a aquel hombre los dos secretos para alcanzar la auténtica felicidad eterna: primero, cumplir los mandamientos; y segundo, desapegarse del dinero.

Hasta aquí llegó la sagacidad que mostró inicialmente este hombre, pues se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos —los que están apegados al dinero— entrar en el Reino de Dios!».

En cambio, a quienes aceptan el reto, la Sabiduría les asegura aquí, en esta tierra, el ciento por uno; ¡y la Vida eterna en el mundo futuro!

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

¿Sobre todas las cosas?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 1, 2013

“Es que eso de amar a Dios sobre todas las cosas nadie lo puede cumplir”, fueron las palabras que el sacerdote escuchó de labios de su pequeño catecúmeno.

Y no era para menos. Entendida así la explicación del primer mandamiento de la Ley de Dios da la impresión de que es imposible amar más a Dios que a los hijos, a los padres, a la novia, a la esposa… o, más aún, a nosotros mismos.

Si bien esta es la meta final —amar a Dios en todas esas personas—, la finalidad inicial se centra en no reemplazar a Dios.

No substituirlo por la energía cósmica, ni por otros dioses.

Por eso también se prohiben las creencias y lecturas esotéricas (nueva era), que reemplazan al Dios por “Maitreyas” y energías, y reducen a Cristo —Dios y hombre verdadero— al nivel de una de ellas… Así, cada vez que un católico lee o estudia estos temas u otros en los cuales basa su vida o su estabilidad emocional, está —directa o indirectamente— mudando a Dios.

Asistir a sesiones de espiritismo no solo es algo parecido, sino que, además, quien lo hace, se pone en peligro de caer en la forma más violenta de pecar contra este mandamiento: el satanismo. Con las estadísticas tan altas de esta práctica en nuestro país, es necesario que los padres de familia, los educadores y los sacerdotes repiquen constantemente para prevenir.

Es también sorprendente para los párrocos que van a bendecir las casas de sus parroquianos ver suplir a Dios con la penca de sábila, las velas de colores y aromas, los cuarzos, las pirámides, etcétera, o creyendo en la cruz magnética del gran poder, la pulsera de la felicidad o de la riqueza… ¡Una vela a Dios y otra quién sabe a quien!

Pero este mandamiento nos recuerda que tampoco podemos suplir a Dios con el placer, el tener, el poder o la fama, como sucede cuando lo que hacemos es más elocuente que lo que decimos:

  • Si los placeres se erigen en la prioridad de la vida, dejando a un lado los deberes que nacen del amor que caracteriza al cristiano, especialmente el de servir de algún modo a los demás; es decir, si nos preocupamos más por nuestro bienestar que por el de nuestros hermanos.
  • Si un padre de familia mueve cielo y tierra para ganar dinero en un negocio, si se trasnocha o deja de comer por esa ganancia, y si, por el contrario, deja a un lado su obligación de amor de asistir a la Eucaristía un domingo porque está cansado y dice: “Dios entenderá”, no solamente está cambiando al Dios verdadero por el dios–dinero, sino que está dejando un funesto ejemplo a sus hijos (el dinero es más importante que Dios).
  • Si el poder se usa para el propio beneficio y no para servir.
  • Si la fama es un fin y no una consecuencia de nuestros actos de servicio a la comunidad.

Pero si se trata de crecer tenemos que volver a las palabras del niño: que cada día nuestro amor a Dios sea más puro, y pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.

Estamos llamados a subir un peldaño diario en la escalera del amor hasta que salga todo ese “yo” que estorba, y entre ese Dios–Amor, junto con todos los demás hijos suyos, a quienes también Él llama por ese camino.

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Sobre todas las cosas?

Juzgar o comprender

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 18, 2012

 

Nos hiere profundamente la actitud de muchas personas a través de la cual expresan su desprecio, su interés por mostrar su superioridad sobre nosotros o su absoluta falta de interés en nuestras necesidades. Y a veces no nos quedamos sin hacer algo al respecto: reiteramos que todos ellos merecían una reprensión, y la hacemos o de algún modo la propiciamos.

Y esta actitud la tenemos tanto en el ámbito laboral como en todos los campos de nuestra vida: familia, relaciones sociales, vendedores, trato con dependientes de cualquier empresa… Y así llegamos a ganarnos la animadversión de muchos… Y lo que es peor: no la pasamos muy bien, puesto que con cada evento nos enfadamos o, al menos, sentimos algún disgusto, a pesar de la supuesta satisfacción lograda al haber defendido “mi causa” o “la causa de otros”…

Pero hay un camino hermoso por recorrer:

Así como nosotros mismos tenemos defectos, los demás tienen también —digamos— ese “derecho” a ser defectuosos. Nadie es perfecto. Y, en consecuencia, también ellos tienen derecho a que nosotros seamos capaces de pasar por alto sus errores, así como lo esperamos de ellos.

Los defectos de cada persona tienen sus raíces en causas muy profundas, y que casi todos ellos nacen de carencias afectivas en la primera etapa de la vida: antes de los doce años. En esa etapa de nuestra vida todos necesitamos recibir una dosis suficiente de amor por parte de nuestros padres, y que nuestros padres, porque no la recibieron, no pudieron dárnosla en medida suficiente. Y esto se remonta, generación tras generación, en orden ascendente, quién sabe desde cuando…

Lo peor de esta situación es que en esa época no somos capaces de entender por qué no nos aman suficientemente (ni siquiera tenemos clara esa idea en el cerebro); sólo nos duele…

Y, como somos tan pequeños, no tenemos las herramientas para encarar esa realidad y, mucho menos, darle solución.

Por estas causas, hay miles de personas llenas de agresividad o, por el contrario, de pusilanimidad, simplemente porque no recibieron el amor necesario para que sus vidas —desde el punto de vista afectivo y emocional— se desarrollaran adecuada y normalmente.

La mayoría de ellos tratan de suplir esas carencias afectivas ahogándolas en cuatro actitudes que toman como la razón de ser de sus vidas: el tener, el poder, el placer y/o la fama, tratando de llenar inútilmente con ellas ese vacío (si tienen dinero, acuden a las ciencias de la psicología clínica o la psiquiatría).

Y es por esto que encontramos personas que quieren imponerse de alguna manera sobre los demás (así sea aprovechando que tienen poder para manejar al público), altivos, arrogantes, displicentes, déspotas, despreciadoras, despectivas, desdeñosas, totalmente desinteresadas en los problemas de otros, frías y hasta sin la más mínima cultura para saludar…

¡Pobres seres humanos!: unos tratan de llenar sus vacíos afectivos infantiles con esas actitudes mientras que otros reaccionan agresivamente para ocultar su vulnerabilidad. Sí; porque gritar o emplear la fuerza (física o con palabras) es la mayor muestra de debilidad: el hombre que está seguro de su poder no siente necesidad de demostrarlo. Por eso son dignos de nuestra compasión, no de nuestra reprensión.

Podemos estar por encima de esas lides. Podemos decidir verlos como lo que son: víctimas que lloran porque no recibieron cariño, aunque lloren equivocadamente. Pensemos por un momento: ¿Qué hacemos cuando vemos el berrinche de un niño? ¿No es verdad que no le damos la trascendencia que le damos a la de un adulto? Pues bien: ¿por qué hacemos esta diferencia? Porque no hemos descubierto que entre la actitud infantil de un niño y la de un adulto que no supo cómo solucionar las carencias afectivas de su infancia no hay diferencia: son adultos en el porte, no en el interior. ¡La correcta actitud de un adulto que se siente atacado de alguna manera por estos sufrientes seres es la lástima! Y, tras ella, la comprensión Y después el perdón. ¡Aunque nos estén hiriendo!, pues ya sabemos de qué herida viene su agresión.

Quien comienza a actuar así empieza a descubrir algo maravilloso: que esas agresiones ya no lo hieren tanto, que esos errores ya no le afectan. ¡Se ha comenzado a liberar! Se ha comenzado a curar; ¡y sin medicamentos ni terapias de ninguna clase! Poco a poco empieza a verificar que puede llegar al estado en el que nada lo afecta; como dicen ahora los muchachos: ¡Todo le resbala!

Pensemos: “Si yo hubiera nacido en el hogar en el que nació Hitler, hubiera vivido en sus circunstancias históricas, hubiera tenido los padres y amigos que él tuvo, hubiera sufrido lo que él sufrió, etc., me pregunto: ¿No sería igual o peor que él?” ¿No es verdad que, en su situación, nosotros seríamos peores que esos que nos agreden o nos ignoran y desprecian…? Lo repito: ¡Pobres seres humanos! Necesitan de nuestra comprensión y corremos a corregirlos, sin saber de dónde les vienen todos sus males…

¡Qué serenidad produce el dejar de sentir las agresiones y desprecios que nos hacen! Pero más enriquecedor es acabar con ese deseo de “dejar sentada nuestra posición” ante los demás, de corregir, de reprender, de exigir respeto (cuando sabemos que no pueden darlo). Se reducen —y hasta se acabarían— las disputas acaloradas, y el mundo comenzaría a caminar hacia la paz auténtica: esa que viene de dentro, esa que no se pierde fácilmente, esa que fortalece y da ejemplo.

Finalmente, solo así estableceríamos el cristianismo en el mundo. Jesús dijo: “En esto conocerán que sois mis discípulos: En que os amáis unos a otros. ¿Hay mayor muestra de amor auténtico que comenzar a dejar de juzgar a los demás y comprenderlos?

Muy a menudo los cristianos nos engañamos pensando que es mejor seguidor de Jesús quien va a Misa y ora con frecuencia y, a pesar de eso, no es capaz de entender que los demás tienen razones para equivocarse. No; el verdadero católico es quien va a Misa y ora con frecuencia para llenar su corazón de ese amor divino con el que nunca juzga a los demás, y admite en su mente que, como él, también son seres falibles.

Aunque hayamos recorrido un buen trecho con la gracia de Dios, es posible que todavía nos falte cumplir en ocasiones estos criterios… Pero sé que Dios se complace más con nuestra lucha que con nuestros logros, que en realidad son suyos y no nuestros.

Oremos para que Dios nos dé la gracia de la verdadera pureza de corazón: la absoluta indiferencia a todo lo que no sea amor.

 

Posted in La conducta del cristiano | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Juzgar o comprender

Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Ciclo A, XVII domingo de Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 2, 2011

El mejor negocio del mundo

Las palabras: «Te doy sabiduría e inteligencia como nadie la tuvo antes de ti ni la tendrá después» pueden parecer anecdóticas, porque ser inteligentes y sabios es algo poco valorado actualmente. Hoy, para muchos, lo que importa es tener dinero y poder para disfrutar de la vida presente: placeres, admiración, fama…

Por eso, resulta también pintoresca la historia de Salomón y la de otros muchos que llenan las páginas de las biografías de hombres célebres que, según el juicio del mundo, no supieron vivir.

Sin embargo, al revisar las vidas de quienes se llenaron de posesiones, placer, dinero, fama y aplausos, podemos encontrarnos con la sorpresa de que las estadísticas muestran que en ellos hubo —y hay— más tratamientos psicológicos y psiquiátricos, más búsqueda infructuosa de la verdad… y más suicidios.

Al leer hoy la carta de san Pablo a los Romanos podemos descubrir en ella algo que puede ayudar a tantos problemas psicológicos, algo que da la paz. En uno de sus apartes dice: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman». Esto quiere decir que el Creador nuestro ofrece a sus criaturas el verdadero bienestar, la auténtica felicidad.

Es indispensable que recordemos lo que pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí ya no habrá oportunidad para arrepentirse; ahora sí.

En el Evangelio, Dios mismo nos lo repite de una manera más clara: El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo; el hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo. También es como un comerciante que busca perlas finas; si llega a sus manos una de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra. Esta es, pues, la mejor inversión de la vida: vender todo el egoísmo, el afán desmesurado de placer, los apegos a las cosas y el deseo insano de alabanzas o de poder, y cambiarlos por bienestar eterno, por felicidad imperecedera, por Cielo.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, XVII domingo de Tiempo Ordinario

Ciclo C, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 4, 2010

Generosos o castigados

 

Si el Señor amenaza a las naciones ricas, no es por sus riquezas, es porque son indiferentes ante las desdichas ajenas: «¡Ay de ustedes, los primeros de la primera de las naciones, a quienes acude todo el mundo»; es porque descansan en su orgullo y se sienten seguros por sí mismos, no por Dios.

Lo mismo sucede con las personas ricas: ellas no son malas por tener dinero o poder; lo son si son egoístas e indiferentes a la suerte ajena, o si no ponen su confianza en el Señor sino en el dinero y el poder…

Escuchemos lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Pero tú, hombre de Dios, huye de todo eso. Procura ser religioso y justo. Vive con fe y amor, constancia y bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado…

Las palabras claves de este escrito son: «fe y amor, constancia y bondad». Fe para creer que es Dios quien nos ayuda a dejar el egoísmo. Amor para darlo a los demás, única manera de dejar el egoísmo. Después, constancia para ejercitar esas obras de caridad. Y, por último, bondad para seguir en ese camino hasta el Cielo, lo que lograremos si seguimos estos consejos.

¿Cómo estamos utilizando los bienes que recibimos en esta vida? ¿Se benefician muchos de ellos o los usamos únicamente para nuestro propio beneficio? ¿Tenemos cosas que no usamos?, ¿las guardamos en forma egoísta?…

¿O más bien somos generosos con nuestros parientes necesitados?… Eso es amor. Si no lo hacemos, tendremos una mala noticia tras la Resurrección: nuestra perdición eterna, como le sucedió al rico del Evangelio: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos.»

Y allí será tarde para todo, hasta para avisarle a los demás; tal vez tengamos que oír algo parecido a lo que Abraham le dijo al rico: Si no escuchan a la Iglesia, aunque resucite un muerto, no se convencerán.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo C, XXVI domingo del tiempo ordinario

Ciclo C, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 27, 2010

¿Cristianos explotadores?

 

Parece que Amós viviera en nuestros días; o, más bien, que los seres humanos no hemos avanzado nada, en cuanto se refiere al manejo del dinero: «A ustedes me dirijo, explotadores del pobre, que quisieran hacer desaparecer a los humildes… Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan sólo por dinero.» Pero también grita que Dios jura, por su Tierra Santa, que jamás ha de olvidar lo que hacen.

Los empresarios de hoy deben preguntarse si están pagando salarios justos, si sus empleados están siendo explotados, si lo que reciben ellos corresponde a lo que trabajan. El día del juicio no habrá disculpas válidas: es a otros hijos de Dios a quienes se los explota, es decir, ¡a sus propios hermanos!

¿Cómo será la justicia divina para ellos? Jesús lo explica en el Evangelio: El que ha actuado correctamente en cosas de menor importancia, será digno de premio en la más importante: ganarse el Cielo. Y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas (pagar y cobrar lo justo), tampoco será honrado en el Cielo.

Y —sigue diciendo Jesús— es que nadie puede servir a dos patrones, a Dios y a sus intereses económicos; que es lo mismo que decir: a sus hermanos y a sus propios intereses; porque necesariamente escogerá a uno y rechazará al otro. El que dijo esto es el mismo que nos creó y nos conoce más que nosotros mismos: ¡No podemos servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero!

Por eso mismo, san Pablo recomienda ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas por todos, especialmente por los jefes de estado y todos los gobernantes, para que les vaya bien en el juicio y nosotros podamos llevar una vida tranquila y en paz, con toda piedad y dignidad; pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de estas verdades.

Y ojalá en todo lugar los hombres oren limpios de todo enojo por sus jefes, especialmente si son explotadores, para que el Señor les cambie el corazón, no tanto para que paguen un salario justo, sino —sobre todo— para que se salven.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo C, XXV domingo del tiempo ordinario

El verdadero enemigo de la felicidad

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2010

EL VERDADERO ENEMIGO DE LA FELICIDAD

 ¿Por qué sufrimos?
 ¿Cómo aparece la depresión?
 ¿Por qué discutimos acaloradamente? ¿por qué peleamos?
 ¿De dónde nace el sentimiento de la envidia?
 ¿Por qué sentimos odios? ¿Por qué sentimos ira?
 ¿Qué nos enfurece?
 ¿Por qué fracasan los matrimonios, las sociedades…?
 ¿Qué hace que nos afecte tanto la falta de dinero?
 ¿Cómo se acaban las amistades?
 ¿Cuál es la causa de este estrés moderno que no nos deja?

Manuel es un muchacho a quien le angustiaba la falta de unión en su familia: su único familiar en la ciudad, su hermano mayor, quien le daba alojamiento mientras estudiaba, estaba peleando con él; ya no se hablaban y se preparaba cada uno su comida, cosa que no habían dejado de hacer nunca. Para él era como no tener familia…
Según contó, los roces se presentaron porque, tratando de ayudar a su hermano, le aconsejó que no arrendara una de las habitaciones de la casa a cualquiera, sin percatarse primero qué tan bueno podría ser el arrendatario. Ambos —según él— son orgullosos y se dejaron de tratar después de una discusión en la que cada uno defendía a gritos sus “derechos”: «Yo soy dueño de esta casa» «Yo también vivo aquí; y acuérdese que soy su hermano».

La causa de todo es la soberbia…

Yendo a misa, en un semáforo que estaba en rojo, se me acercó un niño pequeño y pobre a venderme unos caramelos. Sonriendo le dije que no y le di las gracias. Sin embargo, insistió ofreciéndome “hacer un negocio” conmigo. Tras mi nueva negativa no se retiró, sino que se obstinó en su empeño. Decidí cerrar la ventana del carro, pero el niño se colgó del vidrio impidiéndome hacerlo. Con rabia le cogí el brazo fuertemente y se lo retiré del vidrio y lo logré cerrar con tan mala suerte que se le cayeron varios caramelos. El niño lloraba frotándose el brazo…
No he dejado de pensar en lo sucedido: dejándome llevar por la ira, agredí a un niño pobre que, quizás angustiado por su pobreza, insiste, machaconamente y sin prudencia (porque no tuvo oportunidad de aprenderla), en que le hagan una compra.

¡Soberbia!, peor que la de Manuel… La causa de todos nuestros males.
Efectivamente, en un altísimo porcentaje, la respuesta a las preguntas del recuadro al comienzo de estas líneas es la soberbia.
El Diccionario de la lengua española define con exactitud esta palabra:

Soberbia: del latín superbia.
 Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros.
 Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

Pero son muchas las formas que toma la soberbia:
Unas veces, como orgullo, es decir, arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, a veces disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.
Otras, como presunción, es decir, vanagloriarse, tener alto concepto de sí mismo.
Y, además de estas, hay otras innumerables figuras de la soberbia, que se tratan de exponer y explicar a continuación, junto con el daño que puede ocasionarnos a nosotros mismos, a los demás y al mundo en que vivimos.

La imagen que proyecto a los demás
Casi todos pensamos que actuamos bien; creemos que somos buenos.
Casi todos nos sentimos “expertos” para solucionar las vidas de los demás.
Con frecuencia nos ocultamos a nosotros mismos nuestros defectos; y quizá lo logramos… Pero no a todos podemos engañar. La gente se da cuenta de más cosas y circunstancias que nosotros mismos, y de nuestras verdaderas intenciones. Bajo la apariencia de bondad, salen al exterior nuestros deseos de aplausos, de un “qué dirán” positivo. Muchas veces —no nos engañemos— pretendemos que nos alaben, que nos tomen por buenos.
Algunos son más hábiles que otros en proyectar esa imagen a los demás. Y algunos son más duchos que otros para descubrir el engaño.
Todos conocemos, por ejemplo, ese tipo de personas que “nunca se equivocan”, que “siempre tienen la razón”, que siempre dan una explicación a su mal comportamiento y a sus palabras desacertadas. Y quizá muchos hemos caído en ese error alguna vez… o muchas.

Noemí no permitía que sus compañeros de trabajo cuestionaran la calidad de su labor; según ella, hacía todo perfecto. Un día, el jefe la llamó para encargarle una tarea que otro había hecho mal:
–Señora Noemí, como ya sabe, estos papeles no se entregaron a tiempo la vez pasada; le ruego que los haga llegar lo más pronto posible.
–¡Pero, señor, usted no me había pedido que los enviara!
–¿Le dije acaso que usted había fallado?
–Pero es que…
Noemí volvió la cabeza y se percató de algunas miradas de sus compañeros que, admirados por su conducta, mecían la cabeza de un lado para otro y murmuraban: «No tiene remedio»…

¿Cuántas veces hemos hecho algo parecido? ¿Cuántas veces al día decimos la consabida frase: «Pero es que…»?
¿Por qué nos preocupa tanto nuestra imagen? ¿Qué nos lleva a tratar de mantenerla intacta por todos los medios? ¿A qué le tememos? ¿Es que no somos humanos ni nos podemos equivocar? ¿Acaso conocemos a alguien que nunca yerra?…
Pero, sobre todas esas preguntas se yergue una más importante:
¿Qué pretendemos esconder con esa conducta? La experiencia unida a los estudios científicos han demostrado que bajo esa actitud de querer proyectar una imagen que no poseemos está siempre la conciencia cierta de que somos inferiores a los demás, es decir, una autoestima pobre.

Fernando es un hombre de mediana edad, de cuna humilde (cosa que nunca ha aceptado), a quien no le ha ido bien en la vida.
Aunque, al morir, su padre le confió el cuidado de toda su familia, su hermano fue el que se encargó de hacerlo; fue su hermano el que triunfó en los negocios, el que les dio estabilidad económica, el que les facilitó apoyo para sus empresas, el que les presta dinero para realizar todos sus sueños y poder alardear ante los demás de tener una fortuna apreciable, granjeada —por supuesto—, con sus “inmensas virtudes para hacer negocios, con sus buenas relaciones sociales y con los supuestos pergaminos de la familia”…
Ahora Fernando les dice a todos que las posesiones de su hermano son suyas, y finge triunfos que nunca tuvo. Casi todos los que lo conocen detestan su actitud constante de querer mostrar posesiones y cualidades que no tiene, su altivez y vanagloria persistentes, y un engreimiento que raya en el desprecio de los demás.
Mientras su ex esposa y sus hijos pasan dificultades económicas, viaja con frecuencia y hace gastos suntuarios; ante todos pretende que sus ingresos son altos y muy justos despilfarrando, mientras que al juez que lleva su caso de separación le lleva una relación de inmensas deudas a su hermano y jefe, de quien devenga un salario paupérrimo.
Este pobre hombre trata de encubrir sus faltas ante los demás intentando proyectar una imagen mejor de sí. Lo peor de todo es que quienes lo conocen, no solo se dan cuenta de sus intentonas, sino que se alejan de él cada vez más.

Si somos sinceros, en mayor o menor grado muchos de nosotros hemos caído en esa trampa de nuestro principal enemigo: la soberbia.
Cuando dejemos de decir sin atención aquello de que “nadie es perfecto”, cuando lo comprendamos de veras, cuando nos percatemos de que no somos la excepción, habremos dado el primer paso para no poner una coraza defensiva ante los demás. ¡Somos como todos!: erramos, pecamos, caemos, reaccionamos mal…
Si lo pensamos con un poco de sabiduría, llegaremos a la conclusión de que en las condiciones de los demás seríamos iguales de malos o peores.
Analicémoslo detenidamente: si hubiésemos nacido en el hogar en que nació Hitler, si hubiéramos heredado sus genes, si hubiéramos tenido los amigos que él tuvo y hubiéramos vivido las circunstancias que él vivió, ¿quién se atrevería a negar que habríamos hecho el mal que él hizo a la humanidad?…
¿Qué sería del Fernando de nuestra historia si alguien lo ama por lo que es, y no por lo que dice que tiene? Es probable que se comenzaría a valorar y, en la medida que lo haga, dejará de hacerse propaganda, dejará de inventar virtudes o cualidades, haciendas o propiedades, puesto que él sabe lo que vale por sí mismo, como ser humano que es, con cualidades y defectos, como todos.
Otra de las veladas formas de la soberbia No aceptar las ofensas de los demás.

A uno de mis maestros de kung–fu lo vi combatir con el mejor exponente de artes marciales de mi país. Fue una demostración extraordinaria de conocimientos y de habilidad física; quienes asistimos a este “espectáculo” (si se puede decir así) nos percatamos de qué tan lejos estábamos (y estamos) de llegar a esa destreza, a esa maestría.
Unos días después, mientras mi profesor me dictaba unas clases particulares en su academia, arribaron dos karatecas de otra academia de artes marciales a quienes yo conocía y de quienes tenía la certeza de que eran inferiores en cualidades marciales. Uno de ellos se presentó diciendo que era cinturón negro y que quería verificar cuánto sabía mi maestro. El otro afirmó que cualquiera de ellos le ganaría en duelo, y le pidió, en nombre de la valentía, que aceptara el reto instantáneamente.
Era para mí más que evidente que mi maestro no solo podría vencer a uno de ellos sino a ambos al mismo tiempo pero para mi sorpresa el maestro se negó:
–La valentía se expresa cuando hay que defender una buena causa, no para demostrar nada.
Uno de los retadores le preguntó:
–¿Es usted cobarde?
–Puede comenzar a pegarme. No me defenderé.
Estas últimas palabras fueron mágicas: no siguieron insistiendo…

El hombre que está seguro de su poder no siente la necesidad de demostrarlo porque conoce su fortaleza, y jamás se aprovecha de ella.
Lo mismo sucede cuando dicen cosas de nosotros que, sean verdades o no, hablan mal de nosotros: el sabio calla y el necio dice que “el que calla otorga” y se defiende con todas las armas posibles, incluyendo la ofensa; y de todos los modos posibles, incluyendo la venganza. Todo esto lleva, por supuesto, fácilmente a la pérdida de la paz individual y social.
Por otra parte, la competencia, cualquiera que sea, incita los ánimos para demostrar que somos mejores que los demás en cualquier campo: el deporte, la inteligencia, las artes, la ciencia, la política, los negocios, la habilidad para ganar dinero, la capacidad para conquistar bien sea una pareja o triunfos en la vida… Y lleva fácilmente a la soberbia.
Otra vez se hace indispensable recalcar que siempre habrá críticas contra nosotros, que no hay seres perfectos, que somos uno más —diferente, por supuesto— pero con cualidades y defectos, como todos.
Se podrá pensar que es indispensable negar lo que es falso, que cuando hacen una acusación falsa en contra nuestra, por amor a la verdad, conviene corregir el error. Efectivamente, si de esta acusación se derivan problemas o penalizaciones, es necesario rectificar; pero, en la mayoría de las ocasiones la crítica o la censura de nuestros actos se hace en el ámbito coloquial, sin consecuencias penosas graves para nadie diferente del acusado, que bien puede alzarse de hombros, si se valora por encima de los criterios de los demás, es decir, si es grande espiritualmente.
Gritar o emplear la fuerza física es propio de los que creen débiles sus argumentos o de los que no tienen la razón. La fuerza de los argumentos es intrínseca. La verdad no necesita ser defendida, se sostiene por sí sola.
Y cuando ofendemos al interlocutor estamos haciendo algo peor que cuando gritamos.
En fin, no necesitamos proyectar ninguna imagen para ser valorados ni para ser apreciados, basta un poco de conciencia certera de que somos iguales a los demás; ni superiores ni inferiores: unos tienen unas cualidades y unos defectos; otros poseen otras y otros, respectivamente.

La imagen que creo que proyecto a los demás
Otro error fatal para la felicidad y para la paz interior es el autoengaño. Comienza este por valorarnos poco y querer proyectar una imagen falsa de nosotros mismos; y sigue al creer saber lo que los demás piensan de cada uno de nosotros.
Pretender hacer creer, por ejemplo, que somos bondadosos, al hacer sin convencimiento propio un acto de caridad, sino exclusivamente para que los demás lo vean y nos aplaudan, va cargado de un humor maligno. El humor es el genio o la disposición en que uno se halla para hacer una cosa; y es perceptible:

En su consultorio, cuando un médico se interesaba sólo por el dinero que ganaba, los pacientes eran pocos.
Un día, hace muchos años, alguien le explicó que no era un negocio lo que él tenía, sino que prestaba un servicio. De pronto, su interés por el bienestar de los pacientes fue mayor que el beneficio económico que representaban. Eran seres humanos los que iban a buscar salud, y no bolsillos que podía desocupar.
Y los pacientes, poco a poco, se fueron aumentando…
¿Por qué se dio ese cambio en el número de pacientes?
Porque, al comienzo, ellos advertían fácilmente que no se interesaba en ellos, sino en sus billeteras. Por el humor, ese olor que se expele al hablar, al mirar, al expresarse, al movernos…
Ahora se dan cuenta de que su atención se centra en sus dolencias, en sus malestares, en sus intereses; y en cómo solucionarlos de la mejor manera posible.
Así lo han aprendido sus alumnos de posgrado y, quienes lo han puesto en práctica le han alegrado con sus buenas noticias: son felices sirviendo y, sin buscarlo, ¡ganan más dinero!

Hay que aprender a ser bondadosos, no a parecerlo.
Y así como se hace con la bondad, se pueden evaluar las demás virtudes.
Podemos hacer un examen de conciencia al respecto, preguntándonos lo siguiente para cada virtud:

 ¿Vivo diariamente y con sinceridad esta virtud?
 O, por el contrario, ¿solamente intento mostrarla?
 Cuando vivo esta virtud, ¿lo hago para servir o para lucirme?

Una vez hecho este análisis, se puede organizar un plan de lucha interior que busque lograr 3 objetivos:

1. Erradicar defectos,
2. mejorar virtudes o
3. hacer que las cualidades que ya se poseen tengan una recta intención.

El no aceptar los errores, defectos y pecados contrarios a cada una de estas virtudes sería soberbia.
Como se ve, es mucho lo que se puede mejorar en sinceridad, en buena intención. La lucha diaria será muy provechosa para el enriquecimiento de cada uno de nosotros, como también para prosperar en nuestras relaciones familiares, laborales y sociales.

La imagen que intento proyectar a Dios
Si intentamos engañarnos, nos hacemos daño. Si procuramos embaucar a los demás, los alejamos de nosotros. Pero si tratamos de fingir ante Dios, somos unos tontos: el que nos creó, ¿va a caer en nuestras trampas?; el que todo lo ve, ¿va a ser presa de la duda?; el que todo lo sabe, ¿va a ser engañado?…
En la Biblia Jesús cuenta una historia que nos sirve para exponer mejor esta idea:

«Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas”.
Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”.
Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Es de notar que los fariseos eran los más celosos observantes de la ley de Dios; algo así como los católicos convencidos y practicantes de hoy. Por su parte, los publicanos eran considerados pecadores.
Si se mira con detenimiento, la conducta del fariseo era de admirar: cumplía cabalmente sus obligaciones religiosas, hacía ayunos (los ayunos de entonces eran muy fuertes) y daba limosnas generosas…
Pero Jesús explica que la humildad del pecador atrae las gracias divinas, mientras que la soberbia del fariseo las rechaza.
Y nosotros, ¿nos creemos especiales por vivir bien nuestra religión? Eso sería soberbia y rechazaríamos la ayuda del cielo.

Eugenia es una señora muy especial: desde hace 14 años pertenece al grupo de oración de su parroquia, lleva 10 como catequista (da clases de catecismo para preparar niños a la primera comunión) y ahora es ministro extraordinario de la comunión, es decir, reparte la comunión con autorización del obispo. Todos la conocen en el barrio porque recoge comida y ropa para repartirla entre los más necesitados…
Un día, en una reunión social, alguien le dijo:
–Oye, Eugenia, ¿qué tal es el grupo de oración de san Juan Bosco?
Se refería a la parroquia contigua. Ella respondió:
–¡Nooo! Esos no saben hacer oración. Además, su director tiene errores crasos…

La soberbia, en la que todos caemos a diario, fue la responsable de que en la frase de Eugenia se entrevieran dos aspectos: primero, que —según ella— el grupo de oración al que pertenece es mejor que otros, y segundo, que ella es muy buen juez, probablemente debido a sus “muchos conocimientos” y a su trayectoria en la Iglesia.
Así actuamos a veces, cuando nos creemos “dueños” de la verdad.
Como esta, son muchas las formas de soberbia en las que podemos caer, produciendo daño propio y ajeno y, lo que es peor, deteriorando nuestras relaciones con Dios, único que puede ayudarnos a ser mejores y fuente única de nuestra felicidad.
Pero quizá la peor muestra de soberbia en este campo se da en el ecumenismo, el movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas.
Los cristianos, es decir, los que creen en Cristo, se dividen en 4 grandes grupos: los católicos, los cristianos orientales, los protestantes o evangélicos reformados y los anglicanos/episcopalianos.
Esa división es dolorosa: se atacan verbal y aun físicamente, y hasta se matan unos a otros.

Hace algún tiempo, un amigo verificó algo de eso cuando buscaba con quién instruirse más acerca de la vida y obra de san Francisco de Asís. Un día, oyó a un sacerdote que predicaba y que nombraba con frecuencia al pobrecillo de Asís. Lo abordó y le preguntó si era franciscano. Le respondió: «Yo amo mucho a Francisco, pero no amo a los franciscanos». En ese momento comprendió qué tan lejos estaba ese cura del espíritu franciscano… ¡Qué desilusión!
Y Jesucristo dijo precisamente lo contrario: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros».

Es sencillo y simple, entonces, deducir que si atacamos de una u otra forma a otros cristianos no seremos reconocidos como discípulos de Jesús.
No seremos reconocidos como discípulos de Jesús si somos miembros del grupo de oración de nuestra parroquia y criticamos a los de otra parroquia; si afirmamos que los franciscanos renovados son extremistas, porque viven en esa pobreza absoluta; si censuramos al Minuto de Dios y a todos los movimientos católicos carismáticos; si juzgamos fascistas a los integrantes de Tradición, Familia y Propiedad (TFP); si dudamos de la procedencia del dinero con que se mantiene Radio María; si calificamos a la asociación María Santificadora como “un grupo de fanáticos”; si calumniamos a los frailes menores de la iglesia de la Porciúncula —en Bogotá— diciendo que son los dueños del centro comercial que queda a su lado; si la emprendemos contra un párroco que nos cobró un servicio, porque “está llenándose de plata con las cosas de Dios”; si tildamos al Opus Dei como rígido y excesivamente conservador; si solo hablamos de los sacerdotes para destacar sus defectos; si hablamos de la Iglesia para reprocharla por las riquezas que posee en el Vaticano o en el mundo entero; si en los grupos de oración o de apostolado criticamos a nuestros compañeros porque “no se merecen el puesto que les han dado” o porque “no tiene las cualidades para realizar esa labor”; si no somos capaces de soportar los defectos de nuestros compañeros de fe; si destacamos la ineficacia de la labor apostólica de otro; si hacemos juicios a los sacerdotes o, peor, a los obispos o al Papa; si manifestamos pensamientos que desunen a los católicos; si hablamos de sacerdotes de “avanzada” o “retrógrados”…
Los discípulos de Jesús son los que unen, los que excusan siempre a los demás, los que tratan de ocultarles las fallas, los que los perdonan anticipadamente porque se sienten hermanos, los que dejan los juicios a Dios…; en fin, los que cuando no pueden alabar, callan.
Para dejar este defecto, Él mismo nos da el remedio:

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la Vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno».

¡Mordámonos la lengua para hablar de cualquier ser humano, pero hagámoslo más duro si se trata de un hermano!
Además, el nuestro no es “el” camino. De hecho, hay muchos: la infinita sabiduría de Dios ha suscitado múltiples movimientos apostólicos religiosos o seculares, porque así lo ha querido. Pero todos esos caminos deben distinguirse por algo muy particular. Y Jesús fue claro en eso: «En que os amáis los unos a los otros».
Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus discípulos, sino que vino a llamarnos a todos, hasta a los pecadores.
¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos equivocados? ¿Nos atreveríamos a afirmar que son pecadores? ¡Nos equivocamos también nosotros tantas veces! Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no pensaríamos, hablaríamos y actuaríamos como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros en esas circunstancias?
Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros ¡está con nosotros!
Ese ejemplo es Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.
Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia; sino obras, las que nos pide Dios. Y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos; amor ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros».

Ese amor y esa unidad, entonces, son la vacuna contra esta clase de soberbia.
Pero, además, la soberbia, verdadero virus del alma, se mete en todas partes: en la oración, en la comprensión de los mandamientos, en la lectura de la Biblia y del Catecismo de la Iglesia Católica, en la confesión de nuestros pecados, en nuestras devociones, a la hora de asistir a la Santa Misa… En fin, ese virus pequeñito, sin que nos demos cuenta, afecta toda nuestra fe.
Para comprender mejor esto, analicemos las siguientes preguntas con detenimiento:

 ¿Cuál es la imagen que tengo de Dios? ¿lo veo tan inmenso que no lo puedo comprender y dedico mi vida a descubrirlo poco a poco, sabiendo que nunca llegaré a penetrar su ser por completo? O, por el contrario, ¿creo que con mi inteligencia soy capaz de abarcarlo y entenderlo?
 ¿Está mi oración mental llena de palabras adornadas o elegantes? O, en cambio, ¿hablo con sencillez y humildad, sabiéndome siempre una criatura frente a Dios?…
 ¿Tengo una confianza absoluta en que Dios, si quiere, puede darme lo que le pido? O, al contrario, ¿me lleno de dudas a la hora de pedir?
 ¿Tengo miedo de presentarme ante un Dios tan perfecto, siendo yo un pobre pecador, o me da seguridad saber que Él vino a buscar a los pecadores y que me ama tal y como soy, siempre y cuando me arrepienta sinceramente y luche por vencer mis defectos?
 ¿Me rebelo cuando no consigo lo que le pido a Dios, o me digo que Él siempre sabe más y acato su voluntad?
 ¿Critico los mandamientos de la Ley de Dios o los de la Iglesia? ¿Digo que la Iglesia es retrógrada porque no acepta el uso de anticonceptivos, la esterilización o el aborto… O, en cambio, ¿soy humilde al acatar las normas que nos dio Jesús a través de su Iglesia?
 ¿Leo la Biblia por mi cuenta y riesgo, o apoyado en las explicaciones del Magisterio de la Iglesia? ¿Acepto que a la Iglesia la asiste el Espíritu Santo para interpretar la Biblia y que el Catecismo es una buena forma de entender mi Fe?
 ¿No me confieso porque pienso que lo puedo hacer directamente con Dios, o acato la orden que Él dio, y soy capaz de humillarme contándole mis pecados a otro pecador? ¿Acepto que el sacerdote tiene ese poder delegado por Dios?
 ¿Niego la devoción a la Virgen María y a los santos o, siento que no necesito de intercesores, porque soy perfectamente capaz, por mis grandes virtudes, de dirigirme directamente a Dios? O, por el contrario, ¿soy humilde y me acojo a todos los medios que haya a mi alcance para lograr las cosas buenas y nobles que deseo?
 ¿Me comporto en las iglesias como si Dios no estuviera allí? O, ¿creo firmemente en la presencia real de Jesús en la Hostia y el Vino consagrados, arrodillándome con devoción, haciendo un silencio respetuoso, adorándolo como al Señor de señores, Rey de reyes, Dios del universo?
 Como católico, ¿busco a Dios para usarlo en beneficio de mis egoísmos? O, al contrario, ¿pretendo únicamente devolverle a Dios la gloria que le hemos quitado con nuestros pecados y ayudarle a salvar almas?

Los temas son innumerables, pero la última pregunta del listado anterior es quizá la más importante, y se podría expresar de estos 2 modos:
¿Me busco yo o lo busco a Él?
¿Lo que me mueve es la soberbia? ¿o es el amor?

La imagen que realmente proyecto a Dios
Como ya se dijo, a Dios no lo podemos engañar. Él, incluso, sabe más de nosotros que nosotros mismos. Por eso, se da cuenta de nuestras más recónditas intenciones, de nuestros pensamientos más íntimos…
El primer obstáculo que solemos poner en nuestra relación con Dios es la concepción que tenemos de nosotros mismos: nuestras virtudes, nuestras cualidades y nuestras habilidades son, como nuestra vida, obsequios de Dios; nada de eso merecíamos.
Nacemos y vivimos porque Él lo quiso, no porque nos lo hayamos ganado por nuestros méritos. Tenemos inteligencia, salud, destrezas mentales o manuales, simplemente porque a Él le dio la gana. Todo lo bueno que hay en nosotros es un regalo de Dios.
Entonces, ¿de qué nos gloriamos, de qué nos ufanamos, de qué nos sentimos engreídos, de qué nos jactamos…? ¿Qué tenemos bueno que no nos lo haya dado Dios?
Asimismo, si no robamos, si no matamos, si no le hacemos mal a nadie, eso es, sencillamente, lo normal (aunque no sea lo común).
Lo mismo sucede con las acciones buenas que realizamos: el cumplir las obligaciones que tenemos como hijos, padres, hermanos, esposos, amigos, empleados o patrones: no es meritorio hacer el bien, simplemente es ser consecuentes con nuestra condición.
Ser buenos seres humanos o buenos católicos es lo que se espera de nosotros.
Nosotros ya hicimos la prueba que Dios nos puso y la perdimos: caímos en el pecado original. Habíamos perdido el derecho a la felicidad eterna en el cielo. Fue el Hijo de Dios, Jesucristo, quien gratis —por amor— pagó la deuda que teníamos con Dios Padre y, gratis, nos ganó de nuevo la posibilidad de ser dichosos por siempre junto a Él.
Dios quiere hacer de nosotros hombres santos y nos da la gracia para lograrlo; una gracia que proviene de los méritos de Jesús, no de nuestros méritos. Si nos ponemos en disposición para recibir esa gracia, si ponemos todos los medios materiales y espirituales, el Espíritu Santo actuará en nuestras vidas para hacernos como Él nos quiere: santos. Pero, a veces, estorbamos esa acción del Espíritu Santo.
En cambio, santos son los que simplemente hicieron lo que debían hacer. No estorbaron la acción del Espíritu Santo; Él pudo hacer su obra en ellos.
Por lo tanto, lo único que nos corresponde es no estorbar. Y si lo logramos, habremos hecho lo que Dios quería.
Él sabe que somos simplemente criaturas; que caímos con el pecado original y que, por lo tanto, somos débiles y susceptibles; que podemos volver a caer y que, de hecho, lo hacemos cada momento.
Pero Él nos ha querido llenar de sus tesoros de amor: la gracia de Dios conferida por los Sacramentos. El mismo san Pablo dice que llevamos esos tesoros en vasos de barro.
Y así, simples vasos de barro, Dios nos ama, con un amor infinito, como infinito es todo lo de Él.
Si Dios nos ama tal y como somos, ¿por qué no aceptar nuestra condición de criaturas, de pecadores?
Junto a Dios somos pequeños, pobres, pecadores… ¡Las tres “P” que nos distinguen!
Y así, con esas tres “P”, Dios nos ama tanto que su Hijo dio la vida por nosotros.
Con estos pensamientos, hemos llegado a la concepción más cercana a la verdadera humildad, lo contrario a la soberbia. Cuanto más nos alejemos de esta idea, tanto más cerca estaremos de la soberbia.
Porque eso es lo que soy cuando me siento mejor de lo que soy; cuando hablo como si fuera un “doctor”, un sabio; cuando actúo con vanagloria, esto es, con vana gloria, ¡porque la gloria es solo para Dios!
Y si miro mis soberbias, mis codicias, mis envidias, mis odios, mi gula, mi lujuria, mi pereza… siento que aterrizo en mi pequeña, pobre y pecadora realidad…
Pero Dios me llena de esperanza, porque Él me puede levantar cuantas veces me caiga: la confesión de mis pecados ante un sacerdote borra de su mente todos mis pecados, me limpia y me llena de gracia para seguir adelante en mis luchas por darle gusto… ¡Me da siempre una nueva oportunidad! ¡Qué muestra de amor tan grande!
Y si mis pecados son veniales puedo hacer un acto de contrición y un propósito firmes, y ¡arriba otra vez!
Además, en ambos casos, puedo recibir fuerza adicional en la Eucaristía: asisto a la Santa Misa con devoción y comulgo con el mismo Cristo que murió por mí en la Cruz, y me lleno de Él para vencerme en la próxima escaramuza contra la soberbia.
Sé que así, con su gracia, al final venceré: con Dios el triunfo está sellado con anticipación.
Por eso ahora paladeo, despacio, las palabras de esa oración tan corta que nos enseñaron cuando éramos niños:
«Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.: No quiero las alabanzas ni la gloria para mí, sino para ti, Dios Padre; no te la quitaré nunca más, Dios Hijo; ayúdame a glorificarte a ti, Dios Espíritu Santo. Porque la gloria es tuya desde el principio, desde la eternidad; la gloria es todavía hoy únicamente para ti; y seguirá siendo para ti siempre, por los siglos de los siglos, hasta después de que se acabe el mundo, por toda la eternidad.

Querer obligar a los demás

Sucedió con Andrés. Su esposa no le colaboraba en nada: todos los negocios los hacía él, había instalado varias veces almacenes que atendía él solo.
Le pregunté qué hacía su esposa y me contestó: «Lo de la casa, doctor, pero no me ayuda en nada…»
Tenían 4 hijos y no tenían empleada del servicio doméstico; la pobre mujer debía encargarse de mantener el aseo del hogar, de la comida y de la ropa de todos, de los estudios y de la educación de los niños (todos escolares), de hacer el mercado, de atender a su marido en todo, de asistir a las reuniones de padres de familia en el colegio, de sacarlos al parque y a las diversiones en vacaciones… Todo eso le tocaba hacerlo a ella, porque Andrés no tenía tiempo, ya que estaba muy ocupado en sus negocios… Él no hacía nada de eso y —según él— ¡ella no le colaboraba en nada!
«¿Colaborar?», le pregunté. Y me respondió: «Bueno, yo sé que no es colaborarme, porque es su obligación…»
Esto ya era el colmo. Pretendía que la esclava que se había conseguido como esposa, además de lo que ya hacía, le atendiera el almacén, quién sabe para hacer qué, mientras ella se mataba; además, Andrés llegaba tan cansado a la casa que no podía atender a ninguno de sus hijos, según me dijo. ¡Pobrecito!

Nos aterra esta historia y, sin embargo, ¡cuantas veces actuamos como Andrés! No siempre somos tan injustos, pero, ¿no es verdad que muchas veces deseamos que los demás piensen como nosotros, sin dejarles la más mínima libertad?
Y nos creemos “expertos” en solucionar los defectos de los demás: «Si fulanita me hiciera caso…» «Es que mengano debería…» «¡Si zutano se dejara ayudar!…» Los ejemplos podrían llenar muchas páginas y no acabaríamos de exponerlos.
Y si se trata de querer manejar la vida de los demás, qué mejor ejemplo que el de exigir que todos cumplan las leyes (las objetivas y las que nosotros inventamos) o el de reclamar nuestros derechos.

Ayer iba manejando mi carro por la calzada que me correspondía.
Por la vía contraria se acercaba un autobús que se detuvo, detrás del cual venía también un taxi, que no quiso esperar e, irrespetando mi legítimo derecho, se pasó a mi camino quedando frente a mí. La verdad, yo había podido pasar por un lado (había espacio), pero me resistía a darle paso a un infractor; por eso recibí un insulto (el consabido por todos), que me hizo reaccionar arracionalmente: lo reté (como un animal que muestra los dientes).
Por fortuna, sentí miedo de que tuviera un arma, y eso me hizo pensar en que lo que estaba haciendo era completamente contrario a mi dignidad de ser humano y a mi calidad de cristiano.
Además, lo que pretendía era inaudito: educar ¡por la fuerza! (qué contradicción: educar con la fuerza a un ser humano) a un hombre adulto en unos segundos, cuando durante toda su vida le habían enseñado a ser violento para defenderse…
Y lo peor de todo es que —¡qué horror!— este supuesto “educador de hombres” estaba a la altura de un animal que no posee inteligencia…

De estos errores se pueden aprender cosas positivas:
1. Primero, que, por ser pequeños, pobres y pecadores, nunca llegaremos a conseguir la perfección… Esto es bueno, ya que siempre que caiga en el error de la vana–gloria, habrá algo que me recuerde que soy de barro: frágil y quebradizo; de ese modo, quedará perpetuamente salvaguardada la gloria de Dios.
2. Segundo, debemos aprender que la aspiración de doblegar a los demás a nuestra forma de pensar es siempre soberbia. Por el contrario, el respeto a la libertad ajena es propio del alma grande que, como Dios, desea que el bien obrar nazca del interior de los demás —sin forzamientos—, y sabe esperar con paciencia hasta que se decidan a hacerlo y, en el peor de los casos, tolera las decisiones opuestas a su parecer, sabiendo que los demás son hermanos que pueden equivocarse, como nosotros. No quiere decir esto que se tolere el error; se tolera al hermano que cae en él, se lo ama y se lo aconseja, y se ora por él insistentemente, hasta que encuentre la verdad y, con ella, parte de la felicidad.
3. La tercera lección de este episodio es que las acciones pacíficas evitan los encuentros dañosos: si hubiera pensado en mi interior que aquel taxista tenía afán por llegar a algún lugar, que pensó que el bus se había detenido indefinidamente, que yo podía pasar por un lado sin estorbarle y sin perjudicarme (lo único que debía hacer era virar un poco), que nada puedo enseñar “a las malas” y que podría haber ofrecido esa pequeña molestia por la salud espiritual de ese taxista, me habría evitado un disgusto y se lo habría evitado a él, nos habría ahorrado unos minutos, habría actuado a la altura de un ser humano, habría sido consecuente con mi condición de católico y, lo que es mejor, habría convertido esa situación en una ocasión para orar por el taxista —en una actitud cristiana— y, por lo tanto, nos habríamos enriquecido ambos…
En menor medida, siempre que criticamos a alguien estamos tratando de decir que somos mejores que los demás, que sabemos más que ellos, que poseemos la verdad o que los demás caen más en el error, etc.
Por eso la crítica es doblemente mala: por más pequeña que sea, suscita nuestra soberbia e incita a la comparación, siempre con resultados adversos al amor de Dios.

El remedio
“La humildad es la verdad”, dijo santa Teresa de Ávila; y tenía razón: humildad es saberse criatura, saberse de barro, saberse débil, auxiliarse en Dios, acogerse a la intercesión de los ángeles y de los santos. Es saber que si Dios nos deja un instante, no solo caemos, sino que dejamos de existir. Pero hay más: es actuar con concordancia con ese modo de pensar.
Así como se vio la definición del Diccionario para la palabra soberbia, leamos la de la humildad, su contraria:

Humildad: del latín humilitas, -atis.
Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

De acuerdo con lo que se ha dicho hasta ahora, nadie ha sido totalmente humilde. Algunos, como san Francisco de asís y san José, se han convertido en verdaderos paradigmas de esa virtud. Pero quienes nunca fallaron al vivirla son la Santísima Virgen María y Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Por eso, vale la pena analizar someramente alguno de sus actos o actitudes al respecto:
Empecemos por san Francisco de Asís. Su vida de entera, tras su conversión, fue una oda a la humildad. Leamos sólo un pasaje de su biografía:

«Celebrado por todos y por todos ensalzado, solo para él era un ser vilísimo, solo él se consideraba con todo ardor objeto de menosprecio. Con frecuencia se veía honrado de todos y por ello se sentía tan profundamente herido, que, rehusado todo halago humano, se hacía insultar por alguien. Llamaba a un hermano y le decía: “Te mando por obediencia que me injuries sin compasión y me digas la verdad contra la falsedad de estos”. Y mientras el hermano, muy a pesar suyo, lo llamaba villano, mercenario, sinsustancia, él, entre sonrisas y aplausos, respondía: “El Señor te bendiga, porque dices la verdad; esto es lo que necesita oír el hijo de Pedro Bernardone”. De este modo traía a su memoria el origen humilde de su cuna.
Con objeto de probar que en verdad era digno de desprecio y de dar a los demás ejemplo de auténtica confesión, no tenía reparo en manifestar ante todo el público, durante la predicación, la falta que hubiera cometido. Más aún: si le asaltaba, tal vez, algún mal pensar sobre otro o sin reflexionar le dirigía una palabra menos correcta, al punto confesaba su culpa con toda humildad al mismo de quien había pensado o hablado y le pedía perdón.
La conciencia, testigo de toda inocencia, no lo dejaba reposar, vigilándose con toda solicitud en tanto la llaga del alma no quedase enteramente curada.
No le agradaba que nadie se apercibiera de sus progresos en todo género de empresas; sorteaba por todos los medios la admiración, para no incurrir en vanidad.»

En estos párrafos se ve una de las expresiones históricas más bellas de la virtud de la humildad.
Bien lejos nos sentimos de este santo al comparar nuestras vanidades, orgullos y soberbias con esa purísima humildad, pero también es edificante e iluminador este ejemplo que invita a seguirlo. La lucha será dura, pero bien sabemos que, con la ayuda del Espíritu Santo, nos acercaremos cada día un poco más.
Adentrémonos ahora en las vidas de dos seres humanos muy especiales, para comprender mejor esta virtud y para aprender a vivirla, ya que en ellos residió de forma maravillosa.
Se trata, en primer lugar, de la Virgen María, aquella mujer en la que esperaban todas las generaciones, puesto que sería ella la Madre del Salvador de la humanidad.
Anunciada con siglos de anterioridad, el pueblo judío la ansiaba tanto, que la esterilidad femenina, ya una gran pena, tenía una connotación adicional: “De esta no nacerá el Mesías”.
Madre de Dios, título extraordinario, imposible de emular y solo explicable para quienes se han dado cuenta del poder infinito de Dios; y, sin embargo, ¿quién era ella? ¿Una reina o emperatriz, llena de títulos nobiliarios y de posesiones, que nacería y viviría en la ciudad más importante del reino más poderoso del mundo, ante cuyo esposo se doblaban todas las rodillas…?
No. Era, simplemente la esposa de un humilde carpintero, que vivía en una ciudad desconocida si no fuera por los muchos ladrones y prostitutas que la habitaban… Cicerón, hacía poco, escribía que quienes dedicaban su vida a trabajos manuales no debían ser considerados seres humanos…
Cuando fue visitada por el ángel que le informó que la tercera Persona de la Santísima Trinidad la fecundaría para traer al mundo visible al Hijo de Dios, no salió a la calle gritando: «¡A mí, a mí me escogieron para ser la madre del Mesías! ¡Soy yo!…» Ella, según el Evangelio, guardaba todas esas cosas en su corazón:
Ubiquémonos en Nazaret, en la casa paterna de María:

«Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo.
Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás”.
María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible”.
Dijo María: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí tal como has dicho”. Después la dejó el ángel».

Se nota claramente que, después de preguntar lo necesario para hacer lo que Dios le mandaba hacer, la actitud de María fue ponerse a las órdenes de su Señor, no en calidad de empleada o de asalariada o de “voluntaria”, tal y como lo entendemos hoy día, sino en calidad de esclava. Y esclavo significa la persona que por estar bajo el dominio de otra carece en absoluto de libertad.
Asistir a la Santa Misa, hacer oración, dar limosnas, ofrecer a Dios unos minutos a la semana para trabajar en una obra social o apostólica…, todo eso es nada cuando lo comparamos con el hecho de entregar a Dios nuestra libertad: le estamos dando lo mejor de nuestra vida, toda nuestra vida.

«De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al ángel, y alababan a Dios con estas palabras: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia”.
Después de que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer”. Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre. Entonces contaron lo que los ángeles les habían dicho del niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían.
María, por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior».

Nada de propaganda. Nada de soberbia. Nada de orgullo. Nada de vanagloria…

«Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor. El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.
Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: “Ahora, Señor, ya puedes dejar que tu servidor muera en paz como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos, luz que se revelará a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”. Su padre y su madre estaban maravillados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Mira, este niño traerá a la gente de Israel ya sea caída o resurrección. Será una señal impugnada en cuanto se manifieste, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres”.
Había también una profetisa muy anciana, llamada Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser. No había conocido a otro hombre que a su primer marido, muerto después de siete años de matrimonio. Permaneció viuda, y tenía ya ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo día y noche al Señor con ayunos y oraciones. Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a Dios hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

Como el ángel le contó que su prima estaba embarazada, María la visitó. Leamos el pasaje:

«Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la Madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre! Muestra su misericordia siglo tras siglo a todos aquellos que viven en su presencia. Dio un golpe con todo su poder: deshizo a los soberbios y sus planes. Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su siervo, se acordó de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a sus descendientes para siempre.”»

¡Admirables palabras de elogio las de Isabel! ¡Y verídicas: bendita entre todas las mujeres del mundo y de la historia, bendito más que nada ni que nadie el fruto que hay en tu vientre: el Hijo de Dios. Y, por lo tanto, ella es la Madre de mi Señor, de alegría de mis entrañas, dichosa.
Y, sin embargo, las palabras de María muestran la humildad de la mujer más maravillosa que ha existido:
La grandeza del Señor se fijó en su humilde esclava. ¡Esclava! no más que esclava.
Es el Poderoso el que ha hecho obras grandes: ¡Santo es su Nombre!
Es que Él deshace a los soberbios y sus planes, derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes, colma de bienes a los hambrientos, y despide a los ricos con las manos vacías.
¿Aprenderemos? Si ella, la mayor criatura del universo, más encumbrada que los ángeles (superiores en naturaleza a los seres humanos), Madre de uno que es Dios, se llama a sí misma esclava, nosotros, ¿a qué aspiramos? ¿a llenarnos de nosotros mismos?
Además, ese silencio, esa humildad, esa sencillez y esa pequeñez fueron la causa de que la historia cambiara para nuestro bien.
Y esa eficacia se puede verificar en la historia de cada uno de nosotros, cuando no interrumpimos la acción del Espíritu Santo.
Es que no se trata de “hacer” cosas; el que las hace es Dios. Se trata de “dejar hacer” su obra al Espíritu Santo.
Debemos ser una especie de cristal, a través del cual pase la luz del sol, es decir, la gracia de Dios; pero ese cristal puede estar opacado por las manchas de nuestra soberbia…
En la medida en que desaparezcamos pasará la luz de Dios a los demás, más clara y pura; en la medida en que seamos transparentes se verá la acción del Espíritu Santo en las almas; en la medida en que no nos hagamos sentir, en que no nos notemos, en que pasemos desapercibidos, Dios hará su obra.
Limpios por la humildad que consiste en sabernos nada —Él es que actúa—, seríamos tan transparentes que nos asemejaríamos a nuestra Madre del cielo.
Es también impresionante verificar que la humildad de María, la Madre de Dios, no se ha mermado después de los episodios de la Encarnación, la visita a su prima Isabel, el nacimiento, los elogios de Ana y Simeón e, incluso, después de su paso por la vida temporal.
Los Evangelios la muestran muy pocas veces después de estos acontecimientos: en la pérdida y hallazgo del Niño Dios en el templo y en la realización del primer milagro de Jesús. Después de este último acontecimiento, parece que la Virgen —la humildad personificada— desaparece de la escena, para dar paso a Jesús, con la siguiente frase: «Hagan lo que Él les diga».
Sale Jesús al escenario, comienza su vida pública, y María desaparece, para dejarse ver en el momento del dolor, cuando Jesús es apresado. Humildad y valentía: cuando todos huyen y lo dejan solo, reaparece María…
Hoy, siglos después, María permanece en el corazón de los católicos, oculta en nuestra pequeñez, infundiéndonos brío para seguir adelante… en silencio. Un silencio eficaz como ninguno.
Es, además, despreciada por muchos que quieren destruirla, acabar con la devoción que se le tiene en el mundo entero, sacarla del Evangelio y de la vida de Fe (y esto lo desean hasta sus propios hijos cristianos)…
Y, sin embargo, ¡qué eficacia la de María: nos trajo al Hijo de Dios!
Él mismo quiso venir al mundo a través de María.
Cuando se manifestó al pueblo de Israel, los pastores lo encontraron junto a María, su Madre.
Cuando se manifestó al resto del mundo, los Reyes Magos lo hallaron junto a María, su Madre.
Cuando se manifestó por primera vez como Mesías, en las bodas de Caná, estaba junto a María, su Madre.
Cuando nos redimió con su Sangre, junto a Él se encontraba María, su Madre.
Cuando la Iglesia oraba unida, lo hacía junto a María, su Madre.
He aquí la primera paradoja cristiana: cuanto más importante es alguien para los designios de salvación, tanto más sencilla y humilde la escoge Dios.
Por lo tanto, si queremos ser buenos instrumentos de Dios, debemos ser muy humildes.
La segunda paradoja cristiana: cuanto más humilde es el instrumento, tanto más eficaz es.
¡Tachemos nuestro ego de nuestras vidas, para ser eficaces en las manos de Dios!
La tercera paradoja cristiana es palabra del mismo Dios: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».
Y, si María permaneció y permanece tan oculta, ¿qué pretenderá Dios con la vida escondida de san José?

 En el universo, en la creación entera, soy sólo una simple y pequeña criaturita. Por eso mi vida a partir de ahora será adorar, glorificar y servir con toda humildad y sencillez al Dios todopoderoso que me dio la vida, lo que tengo, la capacidad de amar y la promesa de la eterna felicidad junto al Él, único que puede saciar las ansias de sus criaturas.

  
 Nada tengo, nada sé, nada puedo, nada valgo, nada soy… Nada merezco… Pero «todo lo puedo en aquél que me fortalece».

 Sólo el humilde puede ver el poder de Dios.

 Señor, que tu gloria resplandezca en mi humildad.

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en El verdadero enemigo de la felicidad

“Gracias, Dios mío”*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 4, 2010

Anoche soñé que estaba en el Cielo y que un ángel me servía de guía para mostrarme los alrededores. Caminaba lado a lado a través de un largo salón de trabajo lleno de ángeles.

Mi ángel guía se detuvo enfrente de la primera sección y dijo:

«Esta es la sección de “Recibo”. Aquí todas las peticiones hechas a Dios en oración son recibidas.»

Miré alrededor del área, estaban extremadamente ocupados, y eran tantos los ángeles manejando las peticiones de todas las partes del mundo que quedé impresionado.

Luego pasamos a través de un largo corredor hasta que llegamos a la segunda sección.

El ángel me dijo entonces:

«Esta es la sección de empaque y despacho. Aquí, las gracias y las bendiciones que fueron solicitadas por las personas, son procesadas y entregadas a aquellos seres vivos que las pidieron.»

Noté cuán ocupados estaban allí también. Habían muchísimos ángeles trabajando muy duro; eran muchas las bendiciones que estaban siendo enviadas a la tierra.

Finalmente, en el punto más lejano del corredor, nos detuvimos en una puerta de una sección muy pequeña. Para mi gran sorpresa, había solo un ángel sentado allí, y con muy poco qué hacer.

«Este es el cuarto de confirmación de recibo», me informó el ángel. Parecía un poco apenado.

–¿Como es que hay tan poco trabajo aquí?, le pregunté.

–Es muy triste” —suspiró el ángel—, luego de que las personas reciben las bendiciones que solicitaron, muy pocos envían la confirmación de recibo de vuelta.

–Y, ¿cómo se debe confirmar el recibo de una bendición?, le pregunté al ángel.

–Muy simple, me contestó, solo tienes que decir “Gracias, Dios mío”.

Le pregunté al ángel:

–¿Y cuáles deben ser confirmadas?

–Si tienes comida en tu nevera, ropa con qué vestirte, un techo y un lugar para dormir…, eres más rico que el 75% de las personas de este mundo.

Si tienes dinero en el banco, en tu cartera, y monedas sueltas en tu alcancía, estás en el 8% de la riqueza del mundo.

Además…, si te levantaste esta mañana con más salud que enfermedad, tú estás más bendecido que muchos que no llegarán ni siquiera a sobrevivir este día…

Si nunca has experimentado miedo en una batalla, soledad en encerramiento, la agonía de la tortura, o el dolor de morir de hambre…, estás sobre 700 millones de personas de este mundo.

Si puedes asistir a una iglesia sin miedo a sufrir hostigamiento, arresto, tortura o la muerte…, eres envidiado por eso y más bendecido que 3 millones de personas de este mundo.

Si tus padres están aún vivos y aun están casados…, eres un caso raro.

Si puedes mantener tu cabeza en alto con una sonrisa, no eres simplemente raro…, eres único entre todos aquellos que viven en dudas y desesperanza.

Si recibiste este mensaje en tu propio computador, eres parte del 1% en el mundo que tiene esa oportunidad.

Y si puedes leer este mensaje, has recibido doble bendición, porque hay alguien que piensa que eres especial, y eres más bendecido que 2 mil millones de personas que no pueden leer.

Que tengas un maravilloso día; cuenta tus bendiciones y, si tú quieres, pasa este mensaje a aquellas personas que quieras recordarle lo bendecidos que están.

 Anónimo

  

 

 

Posted in Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en “Gracias, Dios mío”*

Ciclo C, IV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 4, 2010

El amor verdadero

 

No hay sentimiento más noble que el amor.

La nobleza y la bondad, como el altruismo y la filantropía, palidecen ante el amor.

Muchos han escrito sobre el amor, pero pocos lo han hecho como san Pablo; hoy, esas singulares palabras están en la Liturgia. Pareciera que no hay nada que quitar ni nada que añadir.

Pero sí podemos tratar de entenderlas en su máxima expresión:

Sólo Dios puede amar de veras, y esa cualidad es insondable; tanto, que únicamente en la otra vida «veremos cara a cara», entonces podremos conocer como Dios nos conoce. Y como «mi conocer es por ahora inmaduro» y sólo se ama lo que se conoce, hoy no sabemos amar de verdad.

Lo prueba la vida cotidiana: casi todos luchando egoístamente por lo suyo; solamente unos pocos viviendo para los demás. Y en la célula de la sociedad, que es la familia, muchos esposos tratando de aprovecharse al máximo de su cónyuge, mientras que solo unos pocos dan ejemplo de entrega verdadera, sin esperar nada a cambio, fuera de la satisfacción de ver feliz al otro.

¿Cuál es el secreto de estos, los que sí saben amar? Tal vez saben que es imposible amar sin sacrificio, ese espíritu de sacrificio que da con gusto y que se da con gusto: la satisfacción de saciar las ansias del ser amado, y que también sacia las ansias de felicidad de quien se entrega por amor.

Llenarse de dinero, de fama, de cosas materiales, de placer… siempre deja un vacío. Pero dar enriquece el alma, como hace una madre cuando limpia a su bebé dejando a un lado el asco, cuando lo amamanta aunque la hiera, cuando hace todo por su bienestar aun a costa del suyo, ¡y sabiendo que él no se da cuenta de todos sus sacrificios!…

Esto es lo único que nos puede hacer felices y, lo que es mejor, nos prepara para la otra vida, donde ya no habrá necesidad de fe pues ya veremos el Amor cara a cara; ni esperanza, ¡pues experimentaremos el Amor perfecto!

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo C, IV domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, XVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 5, 2009

El alimento que perdura

 

«Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura», dijo Jesús a quienes lo buscaban.

Muchos, desde que se levantan, luchan por el «alimento» que perece: no solo el alimento para el cuerpo —desayuno, almuerzo y comida—, sino también el que intenta saciar el deseo de tener, de gozar, del placer, del qué dirán, del «surgir», del «triunfar»… Se los ve por todas partes colmando el día de muchos quehaceres, corriendo de un lado para otro, angustiados por la falta de dinero —o por saber qué hacer con ese dinero—… y, siempre, con estrés, buscando quién o qué pueda darles algo de paz.

Así, los psicólogos clínicos y los psiquiatras, pero también los consultorios de diversas y novedosas terapias se convierten en alternativas de todas estas mujeres y hombres insatisfechos y «llenos de vacío». Además, las personas migran a creencias como la reencarnación, el budismo, el hinduismo, los Testigos de Jehová, las sectas protestantes y miles de opciones más.

La respuesta la dio, hace dos milenios, aquel que es el camino, la verdad y la vida: «que creáis en el que Él ha enviado».

«Pero yo creo», podremos decir, y estaremos en lo cierto si, todos los días, al levantarnos, lo hacemos para trabajar por Él y por toda la humanidad, para que los hijos de Dios vayan recorriendo el camino del amor, para que el mundo mejore y para que todos sean felices.

Trabajar es, primero, dar ejemplo; luego, orar sin desfallecer por todos, día tras día, y si nuestro amor es mayor, hora tras hora; después, ofrecer sacrificios pequeños (y si amamos más, grandes) para unirnos a la cruz de Jesús y así ser eficaces; y por último, si se presenta la oportunidad, enseñar esto a cuantos podamos.

¿Por qué no comenzar ahora?

Nunca pasaremos hambre, nunca más pasaremos sed.

 

 

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XVIII domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 8, 2008

 Ya viene. ¿Estamos listos?

 

Dice Isaías que una voz —la de Juan el Bautista— clama: «Abran el camino al Señor en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.» Porque aparecerá la gloria del Señor y todos los mortales a una verán que el Señor fue el que habló.

«¡Aquí está su Dios!» Sí, aquí viene el Señor, el fuerte, el que pega duro y se impone. Trae todo lo que ganó con sus victorias, delante de él van sus trofeos.

Pero más parece que el mundo entero amenaza ruina: la corrupción de las costumbres, la lucha casi enfermiza por el dinero y el placer, la violencia generalizada, el olvido de Dios…

Algunos dicen que Dios se demora en cumplir su promesa, pero no es así: Pedro afirma hoy que ante el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. El Señor es generoso con todos, y no quiere que se pierdan algunos, sino que todos lleguen a la conversión, y les da el tiempo necesario para que lo logren.

Nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y una tierra nueva en que reine la justicia. Con una esperanza así, esforcémonos para que Dios los encuentre en su paz, sin mancha ni culpa.

Sigamos escuchando a Juan, el Bautista:

«Detrás de mí viene uno con más poder que yo. Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, aunque fuera arrodillándome ante él. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo.»

El que viene es Jesús, el Salvador, el que nos bautiza en el Espíritu Santo. Y llegará en pocos días a nuestro corazón. ¿Cómo lo estamos esperando? ¿Cómo nos estamos preparando?

¿Tenemos acaso lleno el corazón de deseos de dinero y de placeres? Si ese corazón ya está ocupado, ¿cómo podrá entrar Jesús?

Nos está dando tiempo. ¿Qué esperamos?

 

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, II domingo de Adviento

Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2008

 

 

   

 

 

 

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

 

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, todo nuestra bilogía.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo tan pequeño como una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él. Y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con la dignidad de seres humanos; y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da los tesoros secretos y las riquezas escondidas, para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama.

Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

 

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Decálogo de tácticas de enganche

Posted by pablofranciscomaurino en julio 29, 2008

 1.  La nueva doctrina debe reemplazar la realidad. Para esto se altera la historia o se ignora para hacerla consecuente con la nueva creencia, se hace énfasis en que es más válida, verdadera y cierta que la experiencia.

2.  Se hace que los miembros del nuevo grupo aparezcan contentos y entusiastas todo el tiempo; de este modo los “nuevos” van suprimiendo sus propios sentimientos y no pueden desarrollar su capacidad de juicio. Se aclara que todos los males son resultado de falta de fe o de fallas en el comportamiento.

3.  Se comprimen las ideas de la nueva doctrina en frases cortas -clichés- muy sonoros, fácilmente memorizables y fácilmente expresables. Esas ideas se van metiendo en el ambiente de manera que se enaltezca lo bueno del grupo y lo malo de los demás; también se utilizan para rechazar todo lo que pueda contradecir la nueva creencia. Se utiliza un lenguaje divisor, exageradamente solemne. Es el lenguaje de no pensar, de no hacer juicio alguno ni sobre el o los dirigentes ni sobre el credo. Este lenguaje “cargado” da un sentido de seguridad a su gente y aísla a los individuos del mundo exterior.

4.  A la nueva doctrina se le da altura de ciencia sagrada, de verdad absoluta, más allá de todo cuestionamiento. Se exige para ella reverencia creciente. El o los dirigentes tienen todas las respuestas, son los que poseen la revelación de la verdad. Un cuestionamiento sobre ellos o sus enseñanzas tiene visos de irreverencia y sacrilegio.

5.  A medida que se “progresa” los nuevos participantes deben ser cada vez más crédulos, hasta llegar a exigírseles que publiquen sus errores, aun los más íntimos, siempre en presencia del o de los líderes, no para aliviar las penas ni con finalidad terapéutica, sino más bien como un acto de rendición. Así se va diluyendo el “yo”, se anula o se explota el talento personal en beneficio del grupo.

6.  Se imprime en los cerebros la idea de que todo es negro o blanco. De este modo, las ideas, sentimientos y acciones coherentes con la ideología y la política del grupo son buenas, mientras que las que las podrían cuestionar son malas.

Se induce a pensar que en nombre de la nueva ideología todo se puede hacer: la bondad o maldad de un acto dependen de si va en pro de la doctrina del grupo. Se crea un mundo estrecho de culpa y vergüenza. Uno de esos actos malos, por ejemplo, es la deserción.

7.  Los seguidores son merecedores de la vida; sus detractores, de la muerte. A los “de afuera” se les permite vivir solo si cambian y entran a la organización. Los “de adentro” viven así con el temor de ser declarados “muertos”. De esta manera el “creyente” piensa que solo es si cree, si obedece, si está ”dentro”.

8.  Para provocar patrones de conducta específicos se hacen “estallar” sentimientos místicos: los dirigentes son “iluminados” por una “aura” de misterio, son los llamados a realizar “una gran misión”, se muestran como los “guardianes de la verdad”. Así mismo, los “escogidos” tienen el “privilegio” de participar en esa importante misión, y se pueden asociar a los que no pertenecen a su organización solo para beneficiar la causa.

9.  Se controla lo que los adeptos ven, oyen, leen, escriben, expresan o experimentan. Se les excluye cualquier cosa distinta a la doctrina del grupo. Y finalmente les hacen creer que todo se sabe de un modo místico: lo que pasa y lo que va a pasar. Entonces el individuo queda aislado del exterior, no tiene capacidad de reflexión interna y pierde su identidad fuera del grupo.

10.  Se da al dinero el apelativo de “demonio” para cualquier uso que no sea el de pagar el diezmo a la comunidad. Es en este momento que este autómata pierde lo único que le quedaba: su dinero.

 

 

  

 

 

 

 

Posted in Cristianos | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Decálogo de tácticas de enganche