Hacia la unión con Dios

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Oración de entrega amorosa al Señor

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 31, 2015

Padre eterno: haz que haga todo FUSIONADO por el Espíritu Santo a Jesús, e inmolado con Él en la Eucaristía, como la Virgen Dolorosa: con profundísima humildad, absoluta confianza e intensa intimidad de amor y de dolor; que te sirva con mis trabajos, penas y oraciones, en penitencia constante, alabanza continua y docilidad total; y que sea para los demás una fuente de tu amor, de tu alegría y de tu paz. Amén.

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Ciclo A, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 28, 2011

El gran misterio que nos llenará de dicha

El Señor es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad, nos dice la primera lectura. Ante esa realidad, debemos contestar como Moisés: «Señor, si realmente nos miras con buenos ojos, ven y camina en medio de nosotros; aunque seamos un pueblo rebelde, perdona nuestras faltas y pecados, y recíbenos por herencia tuya».

De hecho, eso fue lo que sucedió: Jesús le dice a Nicodemo en el Evangelio —y nos dice hoy a todos— que ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no lo envió al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a Él.

Efectivamente, Dios Padre, compadecido de la suerte de los hombres tras el pecado original, envió a Dios Hijo para que pagara la factura que debíamos por nuestros pecados y así quedáramos libres de nuestra culpa.

Ahora, Dios Espíritu Santo, es decir, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, se hace presente entre nosotros, especialmente cuando nos bautizamos, porque nos limpia del pecado original y cuando nos confirmamos, porque ese mismo Espíritu Santo nos está fortaleciendo como soldados de Cristo en la lucha contra el mal. Del mismo modo, son las Tres Personas divinas las que nos perdonan los pecados cuando nos confesamos, las que nos preparan el viaje a la eternidad cuando se nos administra el sacramento de la Unción de los Enfermos, las que unen sacramentalmente a los que se casan, las que ordenan a los sacerdotes…

En la segunda lectura, san Pablo nos alienta diciendo que estemos alegres, que sigamos progresando, que nos animemos mutuamente, que tengamos un mismo sentir y que vivamos en paz, pues el Dios del amor y de la paz, la Santísima Trinidad —toda la belleza, toda la bondad, toda la sabiduría— estará con nosotros.

Invoquemos a la Santísima Trinidad diciendo todos los días: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo», mientras esperamos disfrutarla, dichosos, el Cielo.

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