Hacia la unión con Dios

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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Ciclo A, XXVII del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 10, 2011

La misión de cada católico

Dios, el creador y dueño del Universo, tenía unos planes para todos nosotros, ya que habíamos quedado heridos por el pecado original y, por eso, tendemos al mal: decidió que en sus planes debíamos participar todos, para poder ayudarnos.

Así, cada uno tiene una misión específica que cumplir: ser buenos seres humanos y buenos cristianos, desarrollando al máximo nuestras capacidades. Cada uno, haciendo lo que le corresponde, pondrá su «granito de arena» en el proyecto salvador de Dios, y así toda la humanidad se verá beneficiada.

Pero, ¿hemos cumplido nuestra misión? Dios se queja en la primera lectura, y parece que esa queja es para nuestros días: esperaba rectitud y va creciendo el mal; esperaba justicia y sólo se oye el grito de los oprimidos…

Él plantó una viña: la Iglesia, compuesta por todos los bautizados. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló al Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que todos los fieles cristianos trabajemos en esa viña y demos muchos frutos buenos.

Pero, a veces, nosotros no hacemos caso a lo que ellos —la jerarquía— nos piden; criticamos a la Iglesia; aceptamos mezclar nuestra Fe con la Nueva Era y otros modos de pensar; no cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios ni los de su Iglesia, sino que nos inventamos nuestras propias leyes; rechazamos la Confesión y los demás Sacramentos; hablamos mal de los sacerdotes y poco es lo que oramos por ellos; vivimos la vida lejos de Dios…

¿Qué tal que Dios hiciera lo que le sugirieron a Jesús los sacerdotes de su época: hacernos morir sin compasión, por ser gente tan mala?

¿No sería mejor que pongamos en práctica lo que nos recomienda san Pablo?: Presentemos nuestras peticiones a Dios y juntemos la acción de gracias a la súplica. Y, sobre todo, vivamos lo que es verdadero, noble, justo, limpio, todo lo que es fraternal y hermoso, todos los laudables valores morales.

Esta es la misión de todo cristiano.

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Ciclo A, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 3, 2011

¿Como Dios o como los hombres?

Todo el texto de la primera lectura es útil para comprender la asombrosa diferencia entre los pensamientos de Dios y los de los hombres:

«Ustedes dicen: La manera de ver las cosas que tiene el Señor no es la correcta. Oigan, pues, gente de Israel: ¿así que mi manera de ver las cosas no es correcta? ¿No lo será más bien la de ustedes? Cuando el justo se aparta de la justicia y comete el mal y por eso muere, muere por culpa de la injusticia que cometió. Del mismo modo, si el malvado se aparta de la mala vida que llevaba y actúa según el derecho y la justicia, vivirá. Si se aparta de todas las infidelidades que cometía, debe vivir, pero no morir.»

Muy frecuente es que la soberbia humana se crea con el derecho a juzgar a Dios.

Cuando decimos, por ejemplo: «Dios se cobra nuestros pecados», deberíamos decir: «Dios nos corrige por amor».

Del mismo modo, cuando afirmamos que la Iglesia está equivocada, estamos erigiéndonos en «sabios» poseedores de la verdad, por encima de Jesucristo, el fundador de la Iglesia Católica, y a la que le prometió su asistencia infinita.

En cambio, aquellos que aceptan la voluntad de Dios y las directrices de su Iglesia, como dice san Pablo en la segunda lectura, se ponen de acuerdo, están unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hacen nada por rivalidad o vanagloria. Tienen la humildad de no creer que son mejores que los demás. No buscan los propios intereses, sino que se preocupan por los demás. Es decir, piensan como Dios, no como los hombres.

Y los que piensan como Dios tienen, los unos con los otros, la misma actitud que tuvo Cristo Jesús: no se apegó a su categoría de Dios, sino que se redujo a la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres, y se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Este es el camino de nuestra felicidad: pensar como Dios y ser tan humildes como Jesús; no como los hombres.

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Ciclo A, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 28, 2011

El gran misterio que nos llenará de dicha

El Señor es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad, nos dice la primera lectura. Ante esa realidad, debemos contestar como Moisés: «Señor, si realmente nos miras con buenos ojos, ven y camina en medio de nosotros; aunque seamos un pueblo rebelde, perdona nuestras faltas y pecados, y recíbenos por herencia tuya».

De hecho, eso fue lo que sucedió: Jesús le dice a Nicodemo en el Evangelio —y nos dice hoy a todos— que ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no lo envió al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a Él.

Efectivamente, Dios Padre, compadecido de la suerte de los hombres tras el pecado original, envió a Dios Hijo para que pagara la factura que debíamos por nuestros pecados y así quedáramos libres de nuestra culpa.

Ahora, Dios Espíritu Santo, es decir, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, se hace presente entre nosotros, especialmente cuando nos bautizamos, porque nos limpia del pecado original y cuando nos confirmamos, porque ese mismo Espíritu Santo nos está fortaleciendo como soldados de Cristo en la lucha contra el mal. Del mismo modo, son las Tres Personas divinas las que nos perdonan los pecados cuando nos confesamos, las que nos preparan el viaje a la eternidad cuando se nos administra el sacramento de la Unción de los Enfermos, las que unen sacramentalmente a los que se casan, las que ordenan a los sacerdotes…

En la segunda lectura, san Pablo nos alienta diciendo que estemos alegres, que sigamos progresando, que nos animemos mutuamente, que tengamos un mismo sentir y que vivamos en paz, pues el Dios del amor y de la paz, la Santísima Trinidad —toda la belleza, toda la bondad, toda la sabiduría— estará con nosotros.

Invoquemos a la Santísima Trinidad diciendo todos los días: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo», mientras esperamos disfrutarla, dichosos, el Cielo.

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Ciclo A, VI domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en junio 7, 2011

Cómo amar a Dios

Las lecturas de hoy están ordenadas a lograr un solo propósito: que sepamos cómo amar a Dios.

El primer paso consiste en cumplir sus mandamientos. La Biblia está llena de ocasiones en la que se repite esta idea —de hecho está 410 veces—; en el Evangelio de hoy, el mismo Jesús nos los dice: «El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama».

Jesús había dicho eso mismo unas líneas más arriba, junto con una promesa: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes, el Espíritu de Verdad».

Y, ¿qué significa todo esto? Que el Espíritu Santo vendrá sobre todos los que acepten que Jesucristo es el Hijo de Dios y nuestro salvador y lo amen. Efectivamente, cuando nos bautizamos, el Espíritu Santo se posa en nuestras almas; y, como ya se dijo, el mejor modo de demostrarle nuestro amor es cumplir los mandamientos.

Pero, en la Confirmación, el Espíritu Santo nos hace soldados de Cristo, y podemos ser como los primeros cristianos que, además de cumplir esos mandamientos, llenos de entusiasmo, propagaban la noticia de que no estamos obligados a ir al infierno: ahora podemos escoger nuestra suerte eterna.

Es también el Espíritu Santo el que llena de su gracia a los diáconos que, como Felipe, pueden realizar prodigios, hacer que toda la población se interese por su predicación, hacer salir los espíritus malos de los endemoniados y hacer que los paralíticos y cojos queden sanos… En fin, ¡producir alegría!

En la segunda lectura nos pide san Pedro que estemos siempre dispuestos para dar una respuesta a quien nos pida cuenta de nuestra esperanza: que aunque morimos por ser de carne, después resucitaremos por el Espíritu.

Para comenzar, entonces, debemos aceptar a Cristo y cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios y los cinco de la Iglesia que Él mismo fundó.

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Ciclo A, domingo de Resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

¡Resucitó! ¡Resucitó!

Nadie lo podía creer: ni siquiera los apóstoles, pero había resucitado como lo prometió. La muerte fue vencida. Ahora podemos resucitar nosotros también.

El dueño de la vida nos ofrece la resurrección. Si hemos sido resucitados con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Preocupémonos por las cosas de arriba, no por las de la tierra.

Si hemos muerto al pecado, nuestra vida está ahora escondida con Cristo en Dios.

Cuando se manifieste el que es nuestra vida, también nosotros nos veremos con Él en la gloria.

Esa felicidad tan esquiva, esa que buscamos y no encontramos en los placeres, en las posesiones, en la fama, en el poder, está a la vuelta de la esquina, nos la ofrece Dios cada momento, si cumplimos tres requisitos:

Primero, que concentremos nuestra atención en la vida eterna, que nos alistemos para ese paso (Pascua) viviendo como Él quiere: cumplir los diez mandamientos de la ley de Dios y los cinco mandamientos de la Santa Madre Iglesia, aprovechar los Sacramentos  de la Reconciliación y la Comunión y orar con frecuencia; así demostraremos el amor a Dios.

Segundo, que le mostremos ese mismo amor a los demás viviendo para hacerlos felices —especialmente a los más cercanos—; que sepamos perdonar, comprender, ser desprendidos, generosos…

Y, por último, que respetemos el hábitat que Dios nos dio para beneficio de las generaciones que vienen.

Al vivir estos tres amores —a Dios, a los demás y al cosmos— nos haremos acreedores al premio mayor que Cristo nos ganó: el Cielo, para siempre, para siempre, para siempre…

Allí ya no habrá llanto ni dolor ni lucha ni estrés… Solo gozo, paz y felicidad.

¿No vale la pena?

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Santa Catalina de Siena y la locura de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2011

Santa Catalina penetró como pocos en los abismos de la bondad de Dios. Contemplando el misterio de la providencia inefable, su corazón se dilataba según las medidas del Corazón de Cristo. Permanecía, sin duda, en su cuerpo, pero le parecía estar fuera de él, por el arrebato que en ella producía el exceso de la divina caridad. ¿No es acaso excesiva dicha condescendencia, no hay cierta locura en el amor de Dios?

«¡Oh inefable y dulcísima Caridad! ¿Quién no se inflamará ante tanto amor? ¿Qué corazón resistirá sin desfallecer? Diríase, oh Abismo de caridad, que pierdes la cordura por tus criaturas, como si no pudieras vivir sin ellas, siendo nuestro Dios… Tú, que eres la vida, fuente de toda vida y sin la cual todo muere, ¿por qué, pues, estás tan loco de amor? ¿Por qué te apasionas con tu criatura, haciendo de ella tu complacencia y delicias?»

Tales acentos aparecen no sólo en las páginas de su escrito, el Diálogo, sino en sus cartas y elevaciones. En una de estas últimas leemos: «¡Oh Trinidad eterna, Trinidad eterna; oh Fuego y Abismo de caridad; oh Loco de tu criatura!… ¡Oh Trinidad eterna, Loco de amor!». La criatura, a la que había hecho a imagen y semejanza suya, lo ha enajenado: «Loco de tu misma hechura». 

La Locura de Dios. Nos enardece este pensamiento. Un primer síntoma de esa locura es el hecho mismo de la creación del ser humano. Catalina no acaba de admirarse viendo cómo Dios no nos creó por ningún otro motivo que no fuese el fuego gratuito de su caridad. Conocía, por cierto, las iniquidades que íbamos a cometer, pero «Tú hiciste como si no lo vieras, antes fijaste la mirada en la belleza de tu criatura, de la que Tú, como loco y ebrio de amor, te enamoraste, y por amor la sacaste de ti, dándole el ser a imagen y semejanza tuya».

Transida la Santa de fuego, sangre y amor, sus palabras, que brotan con una vehemencia sobrecogedora, llevan el signo inequívoco de la belleza y de la poesía, estremeciendo las fibras más recónditas del corazón. Nuestro Dios es un Dios loco, loco de amor. ¿Acaso precisaba de nosotros? Él es la vida indeficiente y de nada necesita. Con todo, se comporta como si no pudiese vivir sin nosotros. Ya esto parecía excesivo.

Pero la locura de Dios no se clausura en la creación. Quedaba todavía por realizar su gesto más enajenado, la Encarnación del Verbo.

«¿Cómo has enloquecido de esta manera? Te enamoraste de tu hechura, te complaciste y te deleitaste con ella en ti mismo, y quedaste ebrio de su salud. Ella te huye, y Tú la vas buscando. Ella se aleja, y Tú te acercas. Ya más cerca no podías llegar al vestirte de su humanidad. Y yo, ¿qué diré? Gritaré como Jeremías: ¡Ah, ah! (Jer 1, 6). No sé decir otra cosa; porque la lengua, finita, no puede expresar el afecto del alma que te desea infinitamente… ¿Qué viste? Vi los arcanos de Dios. Pero, ¿qué digo? Nada puedo decir, porque los sentidos son torpes. Diré solamente que mi alma ha gustado y ha visto el abismo de la suma y eterna Providencia»

Tenemos un Padre divino que ha perdido la razón. Nada le podíamos añadir a su grandeza, ningún mal le podíamos hacer con nuestro pecado, y, sin embargo, para que no nos perdiéramos, hace justicia sobre el Cuerpo de su propio Hijo. «¡Señor, parece que enloqueces!» El Hijo, por su parte, tan enamorado y loco como su Padre, corrió por el camino de la obediencia, hasta dejarse clavar en la Cruz. Algo increíble. Porque «yo soy el ladrón y Tú eres el ajusticiado en lugar de mí». La Cruz es el acto de la locura total. De ella «está suspenso aquel a quien su amor y no los tres clavos retienen en ella fijo y fuerte, Cristo, il Pazzo d’amore (el Loco de amor)».

«Pero no le bastó esta locura, sino que se quiso quedar, todo él, Dios y hombre, envuelto en la blancura del pan». La Encarnación, el Calvario, la Eucaristía, ¿no es acaso la locura total?

La misericordia de Dios, tal como la ha ejercido, está en el telón de fondo de esta locura ininterrumpida. Se ha dicho que el mejor título que le convendría al Diálogo sería: «Libro de la misericordia». Porque todo su contenido se resume en las palabras: «Quiero hacer misericordia al mundo». El amor loco no se rinde, ni aun ante el rebelde. Así le canta Catalina:

«¡Oh misericordia que procede de tu Divinidad, Padre eterno, y que gobierna por tu poder el mundo entero! Por tu misericordia hemos sido creados, por tu misericordia hemos sido recreados en la Sangre de tu Hijo; tu misericordia nos conserva; tu misericordia ha puesto a tu Hijo en agonía y lo ha abandonado sobre el leño de la Cruz… ¡Oh loco de amor! ¿No era bastante haberte encarnado, sino que además has querido morir… Y tu misericordia ha hecho más todavía: te has quedado como alimento. ¡Oh misericordia! ¡Mi corazón se hace todo fuego pensando en ti! De cualquier lado que mi espíritu se vuelva y se revuelva no encuentra sino misericordia…»

Alfredo Sáenz, S. J.

 

Si a todo esto añadimos la misericordia de Dios, al instituir el Sacramento del perdón, podemos quedar abismados de la infinita locura del amor de Dios: la confesión es un tribunal en el que un reo se declara culpable y, a diferencia de lo que ocurre con la justicia humana, ¡el juez nos perdona! ¿Qué más podemos pedir?

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Ciclo A, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Él mismo viene

 

Hoy es un día de espera. Las lecturas nos muestran la espera del Mesías: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?», fue lo que dijo san Juan. Y san Pablo: «Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida del Señor está cerca». «Calma, no tengan miedo, porque ya viene su Dios»: Isaías. ¿Tenemos, en esta etapa de preparación a la Navidad, la misma actitud de espera que tenían los judíos y los primeros cristianos? ¿Cómo nos estamos preparando?

Ya viene el Señor para alojarse en el corazón de cada uno de nosotros.

Viene para abrazarnos —y abrasarnos— con su amor…

Viene para decirnos que no le importan nuestros pecados, que se los entreguemos, que los quiere…, para perdonarlos…, para manifestar su misericordia.

Viene para manifestarnos que su amor está por encima de nuestros defectos, que nos ama tal y como somos, y que nadie nos amará tanto como Él, que Él es el único que nunca traiciona, que podemos contar con Él ahora y siempre… ¿Cómo hacer caso omiso a semejante llamado?

Es el momento de decir que sí: entreguémosle nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación, al sacerdote —Cristo que perdona—, que los borrará de su mente, para siempre. Y, ya reconciliados, vivamos sus mandatos de amor y esperemos a ese Amor (con mayúscula), con una vida más limpia, más pura, más acorde con el acontecimiento que se nos viene encima.

Preparemos la novena de aguinaldos, las invitaciones, la comida, alistemos la sala para los invitados…; pero, muy especialmente, preparemos Pula casa de nuestro corazón para el eminente Inquilino que, a partir de ese día, vivirá en ella… Y que esa casa se mantenga siempre limpia, siempre amable, siempre dispuesta al amor: se convertirá en un hogar luminoso, apacible y alegre, y viviremos así en la verdadera casa del Padre.

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Ciclo A, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 6, 2010

I DOMINGO DE ADVIENTO

La lucha por llegar a la casa del Padre

 

Comienza hoy un nuevo año litúrgico, y las lecturas nos invitan al cambio, a comenzar un nuevo camino. Este año nuevo aparece como el cuaderno nuevo de un colegial: listo para que se inicie sobre él un trabajo limpio, pulcro, perfecto.

El profeta Isaías nos muestra la meta: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas; en ese lugar ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. ¡La paz que tanto buscamos será nuestra!

Pero para que la paz verdadera llegue a nosotros, es necesario que escuchemos la voz de san Pablo cuando dice que ya es hora de espabilarse. La paz es primer logro de nuestra lucha interior por acercarnos a Dios: dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con la dignidad de los hijos de Dios, dignidad de reyes, de señores, de hombres bañados por la gracia, de templos del Espíritu Santo: nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni contiendas. Habremos dado así honor a nuestra condición de hombres y de cristianos, y tendremos las virtudes necesarias para acceder a la auténtica paz y a la alegría verdadera.

Revestidos de Nuestro Señor Jesucristo, dueños de nosotros mismos, sin malos deseos —producto casi siempre del excesivo cuidado personal— estaremos preparados, en vela, para la hora decisiva, la hora en que vendrá el Hijo del hombre.

Él nos llevará a la eterna e imperturbable felicidad: junto a Dios–Padre, en donde sentiremos que por fin nos realizaremos como seres humanos.

Por eso ya hoy podemos cantar presagiando nuestra conquista: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Y cuando lleguemos a la Jerusalén celestial, nos diremos a nosotros mismos: ¡Valió la pena!

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Ciclo C, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2010

Baja pronto, que quiero hacerte feliz

 

Con mucha frecuencia se nos olvida que Dios es amor, que Dios es perdón, que Dios es misericordia, que Dios es dulzura… Tal vez ocurra esto porque no comprendemos que lo que llamamos «malo» aquí en la tierra lo permite Dios únicamente para nuestro bien. ¡Cuántas veces, por ejemplo, un problema es el que nos acerca a Él!

Y Dios lo sabe. Por eso a veces permite que suframos: efectivamente, Él prefiere —si es necesario— que no la pasemos muy bien en esta tierra, con tal de que nos ganemos el Cielo, donde derramará todo su amor sobre nosotros.

En esta vida estamos de paso; santa Teresa afirmó que esta vida es apenas una mala noche en una mala posada. Por tanto, ¿qué importa un mal pasajero, si nos ganamos la felicidad eterna?

En el libro de la Sabiduría se nos recuerda que el Señor se compadece de todos para que se arrepientan, que ama a todos los seres y no aborrece nada de lo que hizo; pues, si algo odiara, no lo habría creado. Por eso corrige poco a poco a los que caen y los reprende recordándoles sus pecados, para que se aparten del mal y se salven, lleguen al Cielo y sean inmensa y eternamente felices.

Por eso san Pablo, en la segunda lectura, dice que ruega en todo tiempo por todos, para que nuestro Dios lleve a término con su poder todo deseo de hacer el bien, para que así el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado por la vida de cada cristiano.

Por eso, como en el Evangelio, a todos nos dice Jesús lo mismo que le dijo a Zaqueo «Baja pronto; porque conviene que hoy me quede en tu casa.» Baja de tu arrogancia, de la soberbia que domina tus actos, de ese querer gobernar tu vida con tus criterios, y deja que Yo, que soy la humildad, me hospede en tu vida y te enseñe a ser feliz.

Si respondemos como Zaqueo, es decir, si nos confesamos y dejamos el pecado, podremos oír también lo que Jesús le dijo: «Hoy ha llegado tu salvación».

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Ciclo C, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 4, 2010

Generosos o castigados

 

Si el Señor amenaza a las naciones ricas, no es por sus riquezas, es porque son indiferentes ante las desdichas ajenas: «¡Ay de ustedes, los primeros de la primera de las naciones, a quienes acude todo el mundo»; es porque descansan en su orgullo y se sienten seguros por sí mismos, no por Dios.

Lo mismo sucede con las personas ricas: ellas no son malas por tener dinero o poder; lo son si son egoístas e indiferentes a la suerte ajena, o si no ponen su confianza en el Señor sino en el dinero y el poder…

Escuchemos lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Pero tú, hombre de Dios, huye de todo eso. Procura ser religioso y justo. Vive con fe y amor, constancia y bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado…

Las palabras claves de este escrito son: «fe y amor, constancia y bondad». Fe para creer que es Dios quien nos ayuda a dejar el egoísmo. Amor para darlo a los demás, única manera de dejar el egoísmo. Después, constancia para ejercitar esas obras de caridad. Y, por último, bondad para seguir en ese camino hasta el Cielo, lo que lograremos si seguimos estos consejos.

¿Cómo estamos utilizando los bienes que recibimos en esta vida? ¿Se benefician muchos de ellos o los usamos únicamente para nuestro propio beneficio? ¿Tenemos cosas que no usamos?, ¿las guardamos en forma egoísta?…

¿O más bien somos generosos con nuestros parientes necesitados?… Eso es amor. Si no lo hacemos, tendremos una mala noticia tras la Resurrección: nuestra perdición eterna, como le sucedió al rico del Evangelio: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos.»

Y allí será tarde para todo, hasta para avisarle a los demás; tal vez tengamos que oír algo parecido a lo que Abraham le dijo al rico: Si no escuchan a la Iglesia, aunque resucite un muerto, no se convencerán.

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Ciclo C, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 27, 2010

¿Cristianos explotadores?

 

Parece que Amós viviera en nuestros días; o, más bien, que los seres humanos no hemos avanzado nada, en cuanto se refiere al manejo del dinero: «A ustedes me dirijo, explotadores del pobre, que quisieran hacer desaparecer a los humildes… Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan sólo por dinero.» Pero también grita que Dios jura, por su Tierra Santa, que jamás ha de olvidar lo que hacen.

Los empresarios de hoy deben preguntarse si están pagando salarios justos, si sus empleados están siendo explotados, si lo que reciben ellos corresponde a lo que trabajan. El día del juicio no habrá disculpas válidas: es a otros hijos de Dios a quienes se los explota, es decir, ¡a sus propios hermanos!

¿Cómo será la justicia divina para ellos? Jesús lo explica en el Evangelio: El que ha actuado correctamente en cosas de menor importancia, será digno de premio en la más importante: ganarse el Cielo. Y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas (pagar y cobrar lo justo), tampoco será honrado en el Cielo.

Y —sigue diciendo Jesús— es que nadie puede servir a dos patrones, a Dios y a sus intereses económicos; que es lo mismo que decir: a sus hermanos y a sus propios intereses; porque necesariamente escogerá a uno y rechazará al otro. El que dijo esto es el mismo que nos creó y nos conoce más que nosotros mismos: ¡No podemos servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero!

Por eso mismo, san Pablo recomienda ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas por todos, especialmente por los jefes de estado y todos los gobernantes, para que les vaya bien en el juicio y nosotros podamos llevar una vida tranquila y en paz, con toda piedad y dignidad; pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de estas verdades.

Y ojalá en todo lugar los hombres oren limpios de todo enojo por sus jefes, especialmente si son explotadores, para que el Señor les cambie el corazón, no tanto para que paguen un salario justo, sino —sobre todo— para que se salven.

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Ciclo C, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2010

El más alto atributo de Dios

A veces olvidamos el atributo más sobresaliente de Dios: su infinita misericordia.

En el Éxodo, se nos cuenta que Dios no deja que estalle su furor contra los pecadores. Había determinado exterminarlos, pero Moisés suplicó al Señor, y Él renunció a destruir a su pueblo, como lo había anunciado.

Pablo nos cuenta que en un comienzo era un opositor, un perseguidor y un violento, y que a pesar de eso Dios lo perdonó, pues Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

Ya en el Evangelio, Cristo nos dice que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.

Y Jesús continuó explicando cuán grande es la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos: Cuando el hijo malvado dijo: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo», el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzó la fiesta.

¿Cómo es posible que, ante la declaración de la culpa de un malhechor, el juez lo absuelva? Eso es lo que hace Dios con aquellos que, verdaderamente arrepentidos, acuden al Sacramento de la Reconciliación. Incluso, si han pecado venialmente, el arrepentimiento sincero es suficiente para alcanzar el perdón de ese misericordioso Padre.

¿Desatenderemos esta ventajosísima oferta?

Todos las cualidades de Dios las posee en grado infinito, pero esta es una muestra de que su piedad, su misericordia: la más sublime de todas. Todo lo hace para nuestro bien, nos da cada vez más oportunidades para ser felices, a pesar de que le fallamos. ¡Cuánto nos ama!

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Ciclo C, XV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2010

‘Vete y haz tú lo mismo’

 

Son 613 los preceptos que deben cumplir los judíos para salvarse, según los enumeró san Jerónimo, y aparecen en el Antiguo Testamento. Según ese criterio, quien los cumplía se salvaba.

Y Dios, a través de Moisés, les dijo que se volvieran a Dios, con todo su corazón y con toda su alma, cumpliéndolos. Además, afirmó que esos mandamientos no eran superiores a sus fuerzas ni estaban fuera de su alcance, y que sólo hacía falta ponerlos en práctica.

Ahora que Jesús ya vino, nos enseñó la Ley que los cobija a todos: la Ley del amor. Un amor que no es sentimiento, sino obras, como se percibe en la historia del samaritano que contó Jesucristo en el Evangelio de hoy.

Como es frecuente que confundamos el amor con un sentimiento que nos complace, Él nos enseñó que el amor son actos con los que complacemos a quienes amamos.

Por eso, se ha dicho siempre que existen tres opciones: pensar como los bandidos: «Lo tuyo es mío»; pensar como el sacerdote y el levita que pasaron y no ayudaron al que golpearon y dejaron medio muerto: «Lo mío es mío»; o pensar como el samaritano: «Lo mío es tuyo».

La tercera opción es la cristiana; es la que Jesús hizo con nosotros: al vernos pecadores desvalidos y por eso sin derecho al Cielo, pagó nuestras culpas, nos curó y nos abrió de nuevo la posibilidad de ser inmensamente felices cuando disfrutemos de la dicha eterna. Gracias, pues, a Jesucristo fue reconciliado el ser humano con Dios, por la Sangre de su Cruz.

¿Elegimos esa opción? ¿Siempre?

Cristo Jesús es la imagen del Dios que no se puede ver, nos dice la segunda lectura, ese Dios-Amor que siempre dice a sus hijos, los hombres: «Todo lo mío es tuyo».

Jesús nos dice a cada uno: «Vete y haz tú lo mismo».

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Ciclo C, XIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 6, 2010

¿Escuchas que Dios te llama?

 

Elías unge a Eliseo para hacerlo profeta; Jesús ofrece la vocación a uno, rechaza a otro y, a quien vacila, lo impulsa a obedecer el llamado que le hace. Hoy todo, pues, nos habla de vocación, llamado.

La vocación es una inspiración con que Dios llama a alguien a un estado: matrimonio, vida consagrada, sacerdocio… Están equivocados quienes piensan que la vocación es simplemente una inclinación a cualquier estado, profesión o carrera. Es un llamado de Dios.

Atender ese llamado de Dios y obedecerlo nos asegura la felicidad; la auténtica, pues Dios es la infinita sabiduría y no puede equivocarse; sabe Él qué es lo que más nos hará felices. Y, como nos ama, desea solo nuestra felicidad y la favorece. Así pues, quien quiera ser feliz sólo tiene que atender el llamado divino.

Pareciera que la segunda lectura es la consecuencia lógica de las otras dos: quien sigue a Dios obedeciendo el llamado que Él le hace será libre: no se someterá más al yugo de la esclavitud. Porque es esclavitud seguir nuestro parecer: pensar que nosotros sabemos —más que Dios— qué es lo que nos conviene; también es esclavitud obstinarnos en nuestro juicio, olvidándonos de que Dios nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos.

Por eso, nuestra vocación es la libertad. No esa libertad que encubre los deseos de la carne (placer, tener, poder y fama), sino el amor que Dios da a quienes lo siguen, y por el que nos hacemos esclavos unos de otros. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo.

Por eso san Pablo nos dice: caminen según el espíritu y así no realizarán los deseos de la carne, pues los deseos de la carne se oponen al espíritu, y los deseos del espíritu se oponen a la carne.

El espíritu da la libertad; la carne nos esclaviza.

El espíritu nos hace tender a amar; la carne, a ser egoístas. ¿De cuál nos estamos dejando guiar?

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Benedicto XVI a los sacerdotes*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 22, 2010

DIÁLOGO ENTRE EL PAPA Y LOS PRESBÍTEROS DE TODO EL MUNDO

(Desde el 10 al 18 de junio de 2010)

 

I. No basta con “hacer”

Los sacerdotes hoy, en general, se encuentran sobrecargados de trabajo. Muchos llevan varias parroquias a la vez, las dificultades aumentan y el contexto social no ayuda. ¿Cómo hacer?

Esta fue la primera pregunta, desde Brasil, planteada al Papa Benedicto XVI durante la Vigilia de Oración celebrada en la Plaza de San Pedro el pasado jueves 10 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal.

El presbítero José Eduardo Oliveira y Silva, en nombre de los sacerdotes de América, subrayó que muchos se sienten “superados”: “Con toda la buena voluntad intentamos hacer frente a las necesidades de una sociedad muy cambiada, ya no más enteramente cristiana, pero nos damos cuenta de que nuestro “hacer” no basta”.

“¿A dónde ir, Santidad? ¿En qué dirección?”, preguntó al Papa.

Es difícil ser párroco

El Papa admitió que hoy “es muy difícil ser párroco, también y sobre todo en los países de antigua cristiandad”.

“Las parroquias son cada vez más extensas, unidades pastorales… es imposible conocer a todos, es imposible hacer todos los trabajos que se esperan de un párroco”, añadió.

La causa, explicó el Papa, es que “nuestras fuerzas son limitadas y las situaciones son difíciles en una sociedad cada vez más diversificada, más complicada”.

El Pontífice quiso dar algunos consejos a los presbíteros. El primero, el sacerdote debe “poner la vida”.

Si los fieles ven que el sacerdote “no hace solo un oficio, horas de trabajo, y que después está libre y vive sólo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado por Cristo”, si “ven que está lleno de la alegría del Señor, comprenden también que no lo puede hacer todo, aceptan sus límites, y ayudan al párroco”.

“Este me parece el punto más importante: que se pueda ver y sentir que el párroco realmente se siente un llamado por el Señor; que está lleno de amor por el Señor y por los suyos”, añadió.

En segundo lugar, el Papa aconsejó establecer prioridades, “ver lo que es posible y lo que es imposible”.

Las tres prioridades fundamentales, dijo el Papa, “son las tres columnas de nuestro ser sacerdotes. Primero, la Eucaristía, los Sacramentos: hacer posible y presente la Eucaristía”. Después, “el anuncio de la Palabra en todas las dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía”. El tercer punto “es la caritas, el amor de Cristo”.

Otro punto que no hay que desatender, advirtió el Papa, es “la relación personal con Cristo”.

“La relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, ¡es condición para nuestro trabajo por los demás! Y la oración no es algo marginal: es precisamente rezar la “profesión” del párroco”.

Y la tercera recomendación del Papa, la humildad: “reconocer nuestros límites”.

“Recordemos una escena de Marcos, capítulo 6, donde los discípulos estaban ‘estresados’, querían hacer todo, y el Señor dice: ‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. También éste es trabajo – diría – pastoral: encontrar y tener la humildad, el valor de descansar”.

“Por tanto, pienso que la pasión por el Señor, el amor por el Señor, nos muestra las prioridades, las decisiones, nos ayuda a encontrar el camino”.

Benedicto XVI concluyó animando a los presentes: “sé que hay muchos párrocos en el mundo que dan realmente todas sus fuerzas por la evangelización, por la presencia del Señor y de sus Sacramentos”.

“A estos párrocos fieles, que trabajan con todas las fuerzas de su vida, de nuestro ser apasionados por Cristo, quisiera decir un gran ‘gracias’, en este momento”.

II. La verdadera teología

La teología actual, muchas veces, aparece como una mera especulación intelectual, separada de la doctrina y de la vida espiritual. Para un sacerdote, a quien su trabajo deja apenas tiempo para la formación, ¿cómo orientarse en un laberinto de ideas y opiniones que a veces parece contradecir al magisterio?

Esta fue la segunda pregunta al Papa Benedicto XVI, en la pasada vigilia del 10 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal, y fue planteada por un sacerdote procedente desde Costa de Brasil (África), Mathias Agnero.

El Papa coincidió en que se trata de un problema “difícil y doloroso”, pero no “nuevo”: el propio san Buenaventura planteaba “dos tipos de teología”, una que procede de “la arrogancia de la razón” y otra que busca “profundizar en el conocimiento del amado”.

“Existe realmente una teología que quiere sobre todo ser académica, parecer científica, y olvida la realidad vital, la presencia de Dios, su presencia entre nosotros, su hablar hoy, no sólo en el pasado”, explicó el Papa a los presentes.

Esta teología “viene de la arrogancia de la razón, que quiere dominar todo, hace pasar a Dios de sujeto a objeto que estudiamos, mientras debería ser sujeto que nos habla y nos guía”, y “no nutre la fe, sino que oscurece la presencia de Dios en el mundo”.

“Modas”

Actualmente, comentó Benedicto XVI, “se impone la llamada ‘visión moderna del mundo’ (Bultmann), que se convierte en el criterio de cuanto sería posible o imposible”, afirmando que “todo es como siempre, que todos los acontecimientos históricos son del mismo tipo”, con lo que “se excluye precisamente la novedad del Evangelio, se excluye la irrupción de Dios, la verdadera novedad que es la alegría de nuestra fe”.

Sin embargo, el Papa quiso “desmitificar” estas teologías “a la moda”, siguiendo su propia experiencia.

“Yo comencé a estudiar teología en enero de 1946, y he visto por tanto a tres generaciones de teólogos, y puedo decir: las hipótesis que en aquel tiempo, y después en los años 60 y 80 eran las más nuevas, absolutamente científicas, absolutamente casi dogmáticas, ¡con el tiempo han envejecido y ya no valen! Muchas de ellas parecen casi ridículas”, afirmó.

Por ello, invitó a los teólogos a “no tener miedo al fantasma de la cientificidad”, a tener el coraje de “no someterse a todas las hipótesis del momento, sino de pensar realmente a partir de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y que nos abre el acceso a la verdad”.

Especialmente, subrayó la importancia de “no pensar que la razón positivista, que excluye lo trascendente – que no puede ser accesible – sea la razón verdadera. Esta razón débil, que presenta sólo las cosas experimentables, es realmente una razón insuficiente”.

“Nosotros teólogos debemos usar la razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener el valor de ir más allá del positivismo a la cuestión de las raíces del ser”, añadió.

Teología por amor

Existe también “una teología que quiere conocer más por amor al amado, está estimulada por el amor y guiada por el amor, quiere conocer más al amado. Y esta es la verdadera teología, que viene del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo”, explicó el Papa.

“La formación es muy importante. Pero debemos ser también críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que ver también a los teólogos y las teologías”, subrayó.

El Pontífice recomendó tanto a sacerdotes como a seminaristas, consultar a menudo el Catecismo de la Iglesia Católica: “aquí vemos la síntesis de nuestra fe, y este Catecismo es verdaderamente el criterio para ver dónde va una teología aceptable o no aceptable”.

En este sentido, pidió a los presentes que sean “críticos en el sentido positivo”, es decir, “críticos contra las tendencias de la moda y abiertos a las verdaderas novedades, a la profundidad inagotable de la Palabra de Dios, que se revela nueva en todos los tiempos, también en nuestro tiempo”.

Por último, el Papa invitó a los sacerdotes a “tener confianza en el Magisterio permanente de la comunión de los obispos con el Papa”.

Por ello recordó que la Sagrada Escritura “no es un libro aislado: está vivo en la comunidad viva de la Iglesia, que es el mismo sujeto en todos los siglos y que garantiza la presencia de la Palabra de Dios”.

“El Señor nos ha dado a la Iglesia como sujeto vivo, con la estructura de los obispos en comunión con el Papa, y esta gran realidad de los obispos del mundo en comunión con el Papa nos garantiza el testimonio de la verdad permanente”.

“Hay abusos, lo sabemos, pero en todas partes del mundo hay muchos teólogos que viven verdaderamente de la Palabra de Dios, se nutren de la meditación, viven la fe de la Iglesia y quieren ayudar para que la fe esté presente hoy día. A estos teólogos quisiera decir un gran ‘gracias’”, concluyó.

III. El celibato anticipa el Cielo

El sentido profundo del celibato en un sacerdote es que anticipa la vida plena de la resurrección. Así respondió el Papa Benedicto XVI, el pasado jueves 10 de junio, a la pregunta que el eslovaco Karol Miklosko le dirigió en nombre de los presbíteros de Europa.

Durante la Vigilia de clausura del Año Sacerdotal, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó a los miles de sacerdotes presentes que el celibato sacerdotal, hoy tan cuestionado, supone una consecuencia de la unión del “yo” del presbítero con Cristo.

Esto, afirmó, significa que el sacerdote “es ‘atraídos’ también a su realidad de Resucitado, que seguimos adelante hacia la vida plena de la resurrección, de la que Jesús habla a los saduceos en Mateo, capítulo 22: es una vida “nueva”, en la que ya estamos más allá del matrimonio”.

“Es importante que nos dejemos penetrar siempre de nuevo por esta identificación del ‘yo’ de Cristo con nosotros, de este ser ‘sacados’ hacia el mundo de la resurrección – prosiguió –. En este sentido, el celibato es una anticipación” del cielo.

El problema de la cristiandad en el mundo de hoy, subrayó el Papa, “es que no se piensa ya en el futuro de Dios: parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia”.

“El sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente. Vivir, por tanto, así como en un testimonio de la fe: creemos realmente que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura”.

Celibato y matrimonio

Benedicto XVI reconoció que “para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no tiene nada que ver, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad”.

“Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo. ¡Y esto debería desaparecer!”

En un cierto sentido, arguyó, “puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse”.

Sin embargo, “este no casarse es algo totalmente, fundamentalmente distinto del celibato, porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida”.

Este “celibato moderno” es un “no” al vínculo, un “no” a la definitividad, “un tener la vida solo para sí mismo. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un ‘sí’ definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor”.

El celibato en un sacerdote “es un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este ‘no’, de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el ‘sí’ definitivo que supone, confirma el ‘sí’ definitivo del matrimonio”.

Por ello, añadió, “el celibato confirma el ‘sí’ del matrimonio con su ‘sí’ al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios”.

Este “escándalo de la fe”, concluyó el Papa, no debe quedar oscurecido por los “escándalos secundarios” provocados por las flaquezas de los sacerdotes. “El celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”.

IV. No al clericalismo

Vivir verdaderamente la Eucaristía es el mejor antídoto contra una tentación de la Iglesia desde siempre: el clericalismo, o el vivir alejado de la realidad del mundo y en una “urna protegida” dentro de la Iglesia.

Así respondió el Papa Benedicto XVI a la pregunta planteada, en nombre de los presbíteros de Asia, por el japonés Atsushi Yamashita, durante la vigilia de conclusión del Año Sacerdotal, el pasado 10 de junio en la Plaza de San Pedro de Roma.

“Sabemos que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes en todos los siglos, también hoy; tanto más importante es encontrar la forma verdadera de vivir la Eucaristía, que no es cerrarse al mundo, sino precisamente la apertura a las necesidades del mundo”, afirmó el Papa.

La cuestión, explicó, es “cómo vivir la centralidad de la Eucaristía sin perderse en una vida puramente cultual, ajenos a la vida de cada día de las demás personas”.

Para vivir bien la Eucaristía, arguyó Benedicto XVI, “debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza este gran drama de Dios que sale de sí mismo”.

En este sentido la Eucaristía “debe considerarse como el entrar en este camino de Dios”: El sacrificio “consiste precisamente en salir de nosotros, en dejarnos atraer a la comunión del único pan, del único Cuerpo, y así entrar en la gran aventura del amor de Dios”.

“Vivir la Eucaristía en su sentido original, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda forma de clericalismo”.

“La Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: que el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. Y por tanto, de esta forma, debemos aprender la Eucaristía, que es además lo contrario del clericalismo, de cerrarse en sí mismos”, añadió.

Puso como ejemplo a la Madre Teresa “de un amor que se deja a sí mismo, que deja todo tipo de clericalismo, de alejamiento del mundo, que va a los más marginados, a los más pobres, a las personas a punto de morir, y que se da totalmente al amor por los pobres, por los marginados”.

“Sin la presencia del amor de Dios que se da no sería posible realizar ese apostolado, no habría sido posible vivir en ese abandono de sí mismos; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden llevar a cabo este gran acto de amor, esta apertura a todos”, concluyó.

V. La vocación viene de Dios

La falta de vocaciones hoy es un “problema doloroso” que aflige a la Iglesia, reconoció el Papa Benedicto XVI, en la última pregunta planteada durante la Vigilia celebrada en San Pedro el pasado 10 de junio, durante la clausura del Año Sacerdotal.

A la cuestión planteada por Anthony Denton, de Australia, en nombre de los sacerdotes de Oceanía, supone “un problema grande y doloroso de nuestro tiempo”, admitió Benedicto XVI.

Es “la falta de vocaciones, a causa de la cual Iglesias locales están en peligro de volverse áridas, porque falta la Palabra de vida, falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás Sacramentos”.

Sin embargo, advirtió el Papa, ante este problema existe una “gran tentación”, que consiste en “tomar nosotros mismos en mano la cuestión, de transformar el sacerdocio – el sacramento de Cristo, el ser elegidos por Él – en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y que por lo demás uno se pertenece solo a sí mismo; y hacerlo así como cualquier otra vocación: hacerlo accesible y fácil”.

Pero, subrayó, esta “es una tentación, que no resuelve el problema”.

Citó a propósito la historia bíblica de Saúl, que realiza un sacrificio en lugar del profeta Samuel porque éste no se presenta a tiempo antes de una batalla.

Este rey, explicó el Papa, “piensa resolver así el problema, que naturalmente no se resuelve, porque toma en mano por sí mismo lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente a la manera de Dios”.

“Así, también nosotros, si ejerciésemos solo una profesión como las demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que solo Dios da, que puede venir solo de su vocación y no de nuestro hacer, no resolveremos nada”.

Lo único que hay que hacer, insistió, es “rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción también”, llamar “al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes”.

Tres consejos

El Papa señaló tres “recetas” para promover las vocaciones. La primera, cada sacerdote “debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente”.

“Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo”, subrayó.

La segunda, la oración, y la tercera, “tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios les llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina”.

“El mundo de hoy es tal que casi parece excluida la maduración d una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que aparezca la belleza de la fe, en los que aparezca que éste es un modelo de vida”.

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Ciclo C, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

El milagro de los milagros

 

En la primera lectura se nos cuenta que Melquisedec, rey de Salem, trajo pan y vino, pues era sacerdote del «Dios Altísimo». Era aproximadamente el año 1800 antes de Cristo, y ya se hacía una alusión velada del verdadero Pan del Cielo y del Vino consagrado, esto es, la Sangre preciosísima con la que el Salvador pagaría nuestras culpas y nos abriría de nuevo las puertas del Cielo.

Luego, en la historia sagrada se nos contarán más detalles de este misterio: la multiplicación de los panes que se nos narra en el Evangelio de hoy y muchos otros pasajes bíblicos irán enriqueciendo nuestro conocimiento acerca de este Don de dones, Sacramento en el que se nos da el mismísimo Dios, no solo como alimento, sino como medio perfecto y completo de unión mística con Él: efectivamente, quien recibe la Hostia consagrada recibe el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de la segunda Persona de la Santísima Trinidad y, con ella (pues no pueden estar separados), recibe también a las otras dos Personas de la Santísima Trinidad.

Esto quiere decir que, al participar de este banquete divino, la persona humana se hace una con la Santísima Trinidad, lo que implica que, si está en las debidas disposiciones, estará viviendo la unión mística perfecta, la meta de todos los esfuerzos ascéticos de los santos, la vivencia honda y profunda del encuentro personal con Dios. Es esta la finalidad última de la vida del cristiano, la razón por al cual fue creado, la esencia misma de su felicidad: su encuentro verdadero e íntimo con Dios.

¿Cómo podemos pasar por alto, pues, en la celebración de la Eucaristía, ese milagro de milagros, cuando el sacerdote repite las palabras de la consagración narradas por san Pablo en la segunda lectura? ¿Nos damos cuenta del misterio que estamos presenciando? ¿Habrá algo más alto en esta tierra de los seres humanos?

¿Cómo es posible, pues, que salgamos de la Eucaristía tal y como entramos?

  

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Santísima Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 7, 2010

 

El Espíritu Santo, cuyo reinado se inaugura con la fiesta de Pentecostés, vuelve a inculcar a nuestras almas en esta segunda parte del año (desde Trinidad hasta Adviento), lo que Jesús nos enseñó en la pri­mera (del Adviento hasta la Trinidad).

El dogma fundamental, del que todo fluye y al que todo en el cristianismo viene a parar es el de la Santísima Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno tras otro en el curso del ciclo a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, autor de la Redención, y a Dios Espíritu Santo, autor de nuestra san­tificación, la Iglesia nos incita hoy a la consideración y ren­dida adoración del gran mis­terio que nos hace reconocer y adorar en Dios la unidad de naturaleza en la trinidad de personas.

«Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, cantamos la fiesta de la San­tísima Trinidad en el Oficio del Domingo que sigue —escri­bía san Ruperto en el siglo XII—, y este lugar está muy bien escogido, porque tan pronto como hubo bajado el Espíritu Santo, comenzó la predicación y la creencia; y, en el bautismo, la fe y la confesión en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.»

Afirmaciones del dogma de la Trinidad se ven a granel en la Liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo empieza y termina la Misa y el Oficio divino y se confieren los Sacramentos. A todos los Salmos sigue el Gloria Patri…; los himnos acaban con la doxología y las oraciones por una con­clusión en honor de las Tres Divinas Personas. Dos veces se recuerda en la Misa que el Sacrificio se ofrece a la Trinidad beatísima[1].

Si queremos vernos siempre exentos de toda adversidad, hagamos hoy con la liturgia solemne profesión de fe en la santa y eterna Trinidad y en su indivisible Unidad, seguros de que la visión clara de Dios en el cielo será el premio de nuestra fe ciega en este como en los demás Misterios de nuestra Sacro­santa religión. Démosle también rendidas gracias por habérnoslo revelado; pues que, al revés de la existencia de Dios, no hubié­ramos los hombres podido ni sospechar tan sublime misterio, que aun cuando sea para nosotros oscuro, todavía nos permite conocer a Dios mejor que le conoció pueblo alguno de la tierra. El párroco celebra hoy la misa por sus feligreses.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] El dogma de la Trinidad resplandeció también en nuestras iglesias. Nuestros Padres gozaban viendo en la altura, anchura y largura admirablemente propor­cionadas de esos edificios un símbolo de la Trinidad; lo mismo que en sus divisiones principales y en las secundarias: el santuario, el coro y la nave; las bóvedas, el triforio y la claraboya; las tres entradas, las tres puertas, los tres ventanales y a menudo también las tres torres. Por doquier, hasta en los detalles ornamentales, el número tres repetido sin cesar obedece a una idea, a la fe en la Trinidad.

También la iconografía cristiana tradujo de mil maneras este mismo pensamiento. Hasta el siglo XII a Dios Padre se lo representó por una mano que sale de las nubes y bendice. En esa mano se significa la divina omnipotencia. En los siglos XIII y XIV se ve ya la cara y luego el busto del Padre, el cual, desde el siglo XV es representado como un venerable anciano vestido con ornamentos papales.

Hasta el siglo XII Dios Hijo fue primero representado por una cruz, por un cordero o bien por un gallardo joven semejante al Apolo de los gentiles. Desde el siglo XII al XVI vemos ya representado a Cristo en la plenitud de la edad y con barba. A partir del XIII lleva la Cruz y también aparece en figura de cordero.

Al Espíritu Santo se lo representó primero por una paloma, cuyas alas extendidas tocaban a veces la boca del Padre y del Hijo, para demostrar cómo procede de ambos. Ya desde el siglo XI aparece con la figura de un niñito, por idéntico motivo. En el siglo XIII es un adolescente y en el XV un nombre hecho y semejante al Padre y al Hijo, pero con una paloma sobre Sí o en la mano, para distinguirlo así de las otras dos divinas personas. Mas desde el siglo XVI la paloma torna a asumir el derecho exclusivo de representar al Espíritu Santo.

Para representar a la Trinidad se adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo tres círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio central que queda libre por la intersección de los círculos.

La fiesta de la Santísima. Trinidad debe su origen al hecho de que las ordenaciones del sábado de témporas, como quiera que se celebraran por la tarde y se prolonga­ran hasta el domingo, éste carecía entonces de liturgia propia.

Todo el año, lo mismo que este día, está consagrado a la Santísima Trinidad, y la Misa que se dio a este primer domingo después de Pentecostés fue una Misa votiva compuesta a principios del siglo VII en honor de ese inescrutable misterio.

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La homosexualidad en la Biblia

Posted by pablofranciscomaurino en junio 4, 2010

 

Dios fue quien nos hizo. Él es quien sabe lo que está bien y lo que está mal, y nos lo enseña:

«No te acostarás con varón como con mujer: es una abominación.» (Lv 18, 22)

«Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío.» (Rm 1, 27)

«¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios.» (1Co 6, 9-10)

Para quien crea que la Biblia es la Palabra de Dios, estas frases son contundentes.

Por eso es imposible pensar que el homosexual nace así. ¿Acaso Dios hace a algunos homosexuales, para luego castigarlos? ¿Sería justo? Un ser que no es justo, no es perfecto y, por lo tanto, no sería Dios.

Como se ha demostrado científicamente, el sexo cromosómico o genético, el sexo gonadal (gónada significa glándula sexual), el sexo embrionario o de las vías genitales y por último, el sexo fenotípico o genital de los homosexuales es masculino o femenino, nunca neutro o intermedio.

Pueden existir factores —psicológicos, principalmente— que favorezcan la tendencia, pero nunca puede afirmarse que el ser humano está programado genéticamente para ser homosexual: siempre será un ser libre; y con esa libertad, si sienten inclinación afectiva por personas del mismo sexo, pueden evitar las relaciones homosexuales, que son antifisiológicas y no naturales.

Además, esta inclinación se puede superar; basta que, junto con la comprensión, el apoyo y la ayuda profesional necesaria, reciban la instrucción adecuada para lograrlo.

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Ciclo C, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 31, 2010

El Espíritu Santo, ¿actúa hoy?

 

El Espíritu Santo guió la pluma de los escritores del Antiguo Testamento, descendió sobre la Virgen María para hacerla Madre de Dios, llegó a los apóstoles a través de Jesús para perdonar los pecados y para darles poder de consagrar, y los invadió el día de Pentecostés, haciendo de ellos hombres completamente diferentes: hablaban la lengua de los que los oían, enseñaban la Buena Noticia por todas partes, oraban y se reunían para partir el pan, ofrecían sus sacrificios y hasta la vida, si fuera necesario, por el amor del Dios que nos creó y nos salvó…

Hoy, día en que ese mismo Espíritu Santo vuelve sobre su Iglesia para purificarla y para infundirle de nuevo el empuje de los primeros tiempos, ¿cómo estamos reaccionando? ¿Por qué a nosotros no nos infunde el mismo brío?

Porque Dios ama la libertad. Porque el ser humano puede decir que no a Dios.

Y porque el pecado es como el fango que dificulta el caminar: es necesario que desechemos de nuestras vidas los apetitos desordenados y amemos directamente a Dios, al Amor mismo.

Hagámonos unas preguntas: ¿Qué es realmente lo que amamos? ¿Dónde están nuestros intereses? ¿Por qué cosas nos esforzamos? ¿A qué le dedicamos más tiempo durante el día, durante la semana? ¿Verdad que no es siempre a Dios? ¿Verdad que el hogar, el afán por las comodidades, por el dinero o por el «qué dirán» y otras muchas cosas son, a veces, nuestros verdaderos tesoros?

Mientras tanto, el mundo necesita de amor. Todos los creados por el Padre, redimidos por el Hijo y empujados por el Espíritu Santo tenemos ese amor, único capaz de saciar de felicidad al mundo. Nadie más puede.

¿Dejaremos que el mundo se siga destruyendo? Tenemos la posibilidad de ayudar al Espíritu Santo en su tarea de santificación del mundo. Es un plan magistral, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios. Solo debemos ponernos a su servicio, dejarnos guiar por el Amor, que vive en nosotros, para hacer el milagro.

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La purificación del amor*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2010

 

El amor en las almas de elección es una tendencia hacia Dios y hacia cuanto se relaciona con Él; tendencia que con el ejercicio y el sacrificio crece y crece hasta poder llamarse incendio. Este incendio lleva al alma hacia la unión con Dios de un modo irresistible, por decirlo así.

No sucede esto del mismo modo en las almas ordina­rias, en las cuales el amor no es una tendencia sino un esfuerzo del alma hacia Dios. Este esfuerzo naturalmente va haciéndose fácil a medida que el alma se ejercita en las obras del amor, y si es fiel puede granjearse la predilección de Dios, y su amor crece y crece hasta ha­cerse incendio, como se ha dicho, en las almas de espe­cial elección de Dios.

Pero en ambos casos el Amor se resiente de nuestra imperfección, y es como el agua que toma la forma de la vasija que la contiene, porque el Amor se va amoldando al ser y modo natural del sujeto que lo recibe, resultando imperfecto como es él. Como Dios es la pureza y simplicidad por excelencia, natural­mente le desagradan estas imperfecciones; por eso el Espíritu Santo mismo se encarga de purificar este amor por medio de un admirable proceso, lento a veces, pero seguro siempre. A esto llamamos la purificación del amor y por ella, como se ha dicho, Dios se convierte para el alma en amarguísima mirra[1].

El proceso se verificará más o menos así:

El alma plena de este divinísimo amor, fuente de ale­grías celestiales, origen de plenitudes desconocidas fuera de él, siente que se entrega a él, con dulzuras y alegrías inefables que la hacen exclamar llena de júbilo, palabras de amor.

Otras veces se muestra satisfecha por la perfección de su Amado, y convida a todas las criaturas para que la ayuden a cantar su amor. Su vida es un festín de alegrías y dulzuras incom­prensibles para los mundanos. Ella, es decir, el alma herida por este amor, echa lejos de sí los afectos de la tierra, y ama la soledad porque en ella se le comunica el Amado de su corazón; por eso guarda su secreto llena de júbilo.

Mas este amor, por muy puro que parezca, en el fon­do tiene algo humano, algo de satisfacción propia, al­guna de tantas malezas de las que sabe producir la naturaleza humana caída, y que le impiden el brillo diamantino que debe tener a los ojos de Dios.

Pero aguardad: Dios va a purificarlo de su escoria para que nada lo empañe.

Esta alma que estaba embriagada de amor, comienza a sentir desolaciones hon­das e inexplicables ansias insaciables,… ¡languideces ex­trañas!… ¡Busca por donde quiera al Amado de su alma, a quien cree haber perdido! Inquiere por todas partes… Pregunta a su propia conciencia… pulsa su corazón… Como no obtiene respuesta, se vuelve al mismo Amado y llorosa dice: “¿En dónde puede encontrarte mi alma que está abrasada en ansias de un amor desolado; dónde he de buscarte, dulzura mía?”

Así, estas desolaciones, ansias y embriagueces amoro­samente dolorosas van arrancando del alma los gustos de la tierra que en ella permanecían, a pesar de todo le van quitando el amor a las satisfaccioncillas; los pequeños in­tereses propios que lleva como ocultos, se le acaban. El amor se hace menos sensible, se simplifica. Desaparece el apego a las prácticas exteriores. El sufrimiento comienza a serle amable y como de imperiosa necesidad.

¡Ay! el alma así herida llega por fin al “Sólo Dios basta” de Santa Teresa y, como quien pasa de un hemisferio a otro, se encuentra en una vida completamente nueva. Nada echa de menos y lo tiene todo, sin tener nada. La vehemencia de los deseos cede su puesto a la dulce tran­quilidad de una plenitud desconocida. Parece que todo calla en su interior y que el exterior, aunque sea turbulen­to, difícil, no penetra en ella. He aquí la transición.

Es que el amor purificado trae su atmósfera propia. Un vacío de criaturas, una como especie de dejadez y abandono amoroso, suceden a aquel abismo insondable de desolaciones y penas interiores. Ella misma cree ha­ber desaparecido y la paz de aquella alma es mar sin riberas. Cierta placidez se refleja en su semblante y la bondad de su corazón hacia el prójimo parece que se refina en condescendencias inesperadas.

Pero, deja alma afortunada que la herida aún no ha adquirido toda su profundidad. Esta plácida tarde de ve­rano ha de transformarse en mar de amarguras dulces y de negruras luminosas. Bien pronto destacará en aquella llaga de amor, un punto nuevo doloroso.

Una amargura que se parece a la ausencia de Dios que sentía en los principios de la desolación amarga se pre­senta entonces; pero bien comprende el alma que Dios está con ella. Es una pena honda… honda… Quizás sea la repercusión sentida y como grabada en la parte supe­rior del espíritu, del reposado deseo que Dios tiene de unírsele, de fundirla en Él, y el alma afortunada no sabe explicársela. Esto constituye un dolor fino y recio que la hiere duramente y que es el medio de Dios para terminar la lenta purificación de aquel amor.

En este estado el alma, libre de todo lazo de interés propio, hace suyos los intereses de Dios. La voluntad lle­na de energía para todo aquello que se refiere al bien de Dios, unificándose con la de Él, parece que se pierde en ella. No sabe ya querer lo que Dios no quiere y quiere lo que Él quiere como en el mismo querer de Dios. Dice entonces con San Pablo: “Vivo mas no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

Y he ahí la etapa del celo que consume. “Dame almas y toma lo demás”, es lo único que dice. El celo, en este estado del alma, es como la válvula que da salida a las avenidas del Amor y alivia el alma que sólo se alimenta del los sacrificios que Él le impone. Como cierva herida, clama por la gloria de su Señor y no tiene consuelo si no la ve cumplida y he aquí el mar de dolor, del cual el alma no quiere por ninguna cosa, ni del cielo ni de la tierra, aliviarse.

Nada busca ya para ella; ya ha muerto místicamente y sólo suspira por la extensión de la gloria de Dios; tiene sed abrasadora de darle lo que Él con tanto afán busca: las almas. Quisiera no sólo darle las que ya están creadas sino crearle millones más para coronarlo. Surgen enton­ces mil deseos imposibles, que Dios recibe como realida­des. Ella quiere darle a Dios lo mismo que tiene, como si de ello careciera. Quiere con vivas ansias que termine pronto el imperio del pecado y gime por no realizar este deseo; quiere tener millones de corazones para amar y entrañas para envolver al prójimo. En medio del casi in­menso dolor que la hace sentir el ver a Dios ofendido, quiere morir y exclama con Santa Magdalena de Pazzis: “Padecer y no morir…”.

Hace entonces suyos las lamentaciones de Jeremías por la desolación de la gloria de Dios menoscabada. Ya pide a los peñascos sus cuevas para retirarse a llorar el desconocimiento de Dios, ya quiere como los cautivos de Israel colgar su arpa de los cipreses a orillas de los ríos de Babilonia, porque no quiere cantos en la tierra de los pecadores. No quiere consuelo mientras el Dios de su alma no sea amado de todos.

En fin, esta alma feliz vive de amor muriendo y quiere recibir en sí todos los tiros que el pecado asesta contra la gloria de su Amado. Y en el mar de su dolor, Dios es para ella, como dice el Cantar de los Cantares: “Hacecito de mirra”. Es decir que la amargura que le causa estará siempre con ella.

Efectivamente, esta pena, esta agonía interior, la acom­pañará hasta que, al dejar la tierra, suba como incienso de suave olor, a gozar de la gloria del que tanto amó y por quien tanto sufrió, en compañía de la legión de al­mas, hijas de su celo, frutos de su martirio.

Estas almas, aunque estén en lo más recóndito de una cartuja, son esencialmente apostólicas porque así lo re­quiere la fuerza de su amor; salvan las almas como los más denodados misioneros y son poderosos ante Dios de modo estupendo.

La meditación asidua de la Sagrada Pasión

Las almas que tienen atractivo especial por los miste­rios de la Pasión, se alimentan del amor de compasión y reciben, por medio de él, los fenómenos de purificación de que hemos hablado antes; y aunque sus agonías y penas interiores son ordinariamente de otro género, las llevan a un resultado semejante y terminan en una altura que, delante de Dios, da el rendimiento del más subido apostolado, si el alma es constantemente fiel.

Para estas almas llega del mismo modo Dios a ser manojito de mirra porque se empapan en los dolores de Jesús en su Sagrada Pasión, la meditan contemplando la Divinidad tan inseparable y misteriosamente unida a ese Cuerpo y Alma oprimidos por el dolor y la humilla­ción, y cada uno de los atributos divinos va produciendo en aquellas almas, a través del amor de compasión, una influencia purificadora de conocimiento y de amor. Aún en los menores detalles de la Sagrada Pasión, ven flotar las grandezas de la Divinidad, y por eso su meditación es propiamente una subida contemplación. Los dolores ínti­mos de Jesús tocan la fibra más delicada de esas almas, porque conocen que el origen de su intensidad son los atributos de la divinidad, en ellos reflejada.

Estas almas llegan a reflejar en sí el majestuoso dolor de pésame que brota la Pasión de Jesús, y comprenden de modo estupendo —insondable— la amargura del amabi­lísimo Corazón de Jesús, bajo cuyo conocimiento parece que se aniquilan delante de Dios.

Venturosas almas que purificadas por el amor de com­pasión, abrazando el Crucifijo y con Él, los intereses de Dios menoscabados en el mundo, gritan como la Esposa de los Cantares: “Manojito de mirra es mi Amado para mí”.

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* Introducción del libro: Manojitos de mirra, de la beata Laura Montoya

   Hermanas Lauritas: cra. 4 nº 11-45 sur, Bogotá, Colombia. Tel.: 3335542


[1] Entiéndase que la mirra es una resina fina, olorosa y amarga, perfecto símbolo de la Pa­sión de Jesús que es fino amor, perfume delicado del alma, que la contempla y amargura honda y profunda para el corazón amante y agradecido

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Ciclo C, III domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 15, 2010

Cómo alcanzar la misericordia de Dios

 

La Cuaresma es la época de preparación para la Semana Santa, mediante el esfuerzo por alejar de nuestras vidas todo lo que no nos deja ir rápido hacia Dios, especialmente nuestras malas inclinaciones.

Amar a Dios sobre todas las cosas es, incluso, desechar el desmedido apego a los bienes materiales.

Esa lucha diaria por purificarnos se ve premiada por la infinita misericordia del Señor. Efectivamente, las frases de la liturgia de hoy, «he visto la opresión de mi pueblo», «me he fijado en sus sufrimientos», explican su profundo amor y su condolencia; y el salmo nos recuerda que Él «es compasivo y misericordioso».

También podemos comprobar que Jesús asiente al viñador cuando este le dice que espere un año más (había esperado ya tres años). Es que Dios da siempre una nueva oportunidad para que demos fruto; todo lo perdona, todo lo espera…

¿Qué podemos decir a todo esto? ¿No es el momento de comenzar, agradecidos, y de volver a comenzar, una y otra vez, la lucha interior para limpiarnos de todo lo que no nos deja «volar» hacia lo infinito, hacia la paz verdadera, la paz de los hijos de Dios?

¿Por qué no aprovechar estos días de purificación? ¿Por qué no empezar hoy a buscar a Dios en nuestros corazones, en nuestras vidas?

Intentémoslo: hagamos una buena confesión para recomenzar, limpios.

Y después, vayamos al encuentro de ese Dios que tanto nos ama: está en nuestros hogares, en nuestro trabajo, en las reuniones sociales… Digámosle, entre charla y charla, entre trabajo y trabajo, lo que nos preocupa, lo que nos ilusiona, lo que nos duele… Volvámonos sus amigos.

Y, si queremos progresar rápidamente, ofrezcámosle con cariño todo: trabajos y descanso, alegrías y tristezas, sinsabores y gozos, penas y aflicciones…; toda nuestra vida familiar, laboral y social, para unirnos así a la vida ordinaria que el Hijo de Dios quiso compartir con los hombres.

De este modo, nos uniremos también a los dolores que Él padeció en la Cruz por nosotros, pagándole al Amor con amor. Si hacemos esto, ¡es seguro que experimentaremos en nuestras vidas su compañía y su misericordia!

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Ciclo C, I domingo de cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 2, 2010

¿Tentaciones?

 

Consuela saber que Jesús tuvo tentaciones. Y las tuvo en el momento en que se aprestaba a realizar la obra salvífica, la razón por la que vino a este mundo.

Es verdad que Él era Dios, pero también era hombre: basta verlo llorar cuando muere su amigo Lázaro; mirar su cara de tristeza cuando se retiró, dolido, el joven rico; asistir con la imaginación al Monte de los Olivos y observar su profundo dolor y angustia… Sufría, sentía, se dolía, se alegraba como nosotros…, pero como amaba más que nosotros, esos sentimientos eran más intensos.

Quería enseñarnos que todos los pasos que vamos a dar deben ir precedidos por una intensa oración, acompañada por algo de mortificación, por un poco de sacrificio. Intentaba, con su ejemplo, decirnos que todos necesitamos preparar nuestra alma —el sufrimiento es la vida del alma—, para que, al dejar de lado los apetitos egoístas, tuviéramos alas para volar por los senderos de la santidad hasta la eternidad, fin verdadero de nuestras vidas.

Jesús aprovecha que el demonio intenta hacerlo caer, para que nosotros sepamos qué hacer cuando sobrevenga la tentación: acudir afanosamente a la oración y a la mortificación, para llenarnos de fortaleza interior, y así enfrentar, con valentía, nuestras malas inclinaciones.

Además, debemos acudir a la Ley de Dios, para que sepamos qué hacer en cada caso. Reconoceremos que esa es la Ley suave que Él vivió: amar a Dios sobre todas las cosas (obedecerlo) y al prójimo como a nosotros mismos. Y, ¿cómo vivió esa Ley? Nos enseñó, durante treinta años, cómo debíamos portarnos, viviendo una vida sencilla y humilde, y pagó nuestras culpas dándolo todo en la Cruz.

¿No nos impulsa esto a seguir su ejemplo? ¿Acabaremos con esa cobardía que no nos deja vivir como los ángeles, ángeles con los pies bien puestos en la tierra?

Iniciemos esta Cuaresma pidiendo a Jesús que, por nuestra unión a su Cruz, nos limpie e impregne nuestro corazón de amor, de alegría y de paz, para poder darlas a los demás.

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Ciclo C, IV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 4, 2010

El amor verdadero

 

No hay sentimiento más noble que el amor.

La nobleza y la bondad, como el altruismo y la filantropía, palidecen ante el amor.

Muchos han escrito sobre el amor, pero pocos lo han hecho como san Pablo; hoy, esas singulares palabras están en la Liturgia. Pareciera que no hay nada que quitar ni nada que añadir.

Pero sí podemos tratar de entenderlas en su máxima expresión:

Sólo Dios puede amar de veras, y esa cualidad es insondable; tanto, que únicamente en la otra vida «veremos cara a cara», entonces podremos conocer como Dios nos conoce. Y como «mi conocer es por ahora inmaduro» y sólo se ama lo que se conoce, hoy no sabemos amar de verdad.

Lo prueba la vida cotidiana: casi todos luchando egoístamente por lo suyo; solamente unos pocos viviendo para los demás. Y en la célula de la sociedad, que es la familia, muchos esposos tratando de aprovecharse al máximo de su cónyuge, mientras que solo unos pocos dan ejemplo de entrega verdadera, sin esperar nada a cambio, fuera de la satisfacción de ver feliz al otro.

¿Cuál es el secreto de estos, los que sí saben amar? Tal vez saben que es imposible amar sin sacrificio, ese espíritu de sacrificio que da con gusto y que se da con gusto: la satisfacción de saciar las ansias del ser amado, y que también sacia las ansias de felicidad de quien se entrega por amor.

Llenarse de dinero, de fama, de cosas materiales, de placer… siempre deja un vacío. Pero dar enriquece el alma, como hace una madre cuando limpia a su bebé dejando a un lado el asco, cuando lo amamanta aunque la hiera, cuando hace todo por su bienestar aun a costa del suyo, ¡y sabiendo que él no se da cuenta de todos sus sacrificios!…

Esto es lo único que nos puede hacer felices y, lo que es mejor, nos prepara para la otra vida, donde ya no habrá necesidad de fe pues ya veremos el Amor cara a cara; ni esperanza, ¡pues experimentaremos el Amor perfecto!

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