Hacia la unión con Dios

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Dios no ama por igual a todos los hombres*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2012

Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si alguien es más santo, es porque ha sido más amado por Dios. Es evidente que las criaturas existen porque Dios las ama: «Tú amas todo cuanto existe, y nada aborreces de lo que has hecho, que no por odio hiciste cosa alguna» (Sab 11,25). También es evidente que entre los seres creados, concretamente entre los hombres, hay unos mejores que otros, hay unos que tienen más bienes que otros. ¿Y de dónde viene que unas personas sean mucho más buenas que otras? Del amor de Dios. Dios no ama igualmente a todos los hombres. Y si uno es más bueno, es porque ha sido más amado por Dios.

Recuerdo un principio previo. El amor de Dios es muy diferente del amor de las criaturas. El amor de éstas es causado por los bienes del objeto amado: «la voluntad del hombre se mueve [a amar] por el bien que existe en las cosas» o personas. Por el contrario, «de cualquier acto del amor de Dios se sigue un bien causado en la criatura» (STh I-II,110, 1).

El amor de Dios es infinitamente gratuito, es un amor difusivo de su propia bondad: Dios ama porque Él es bueno. Así la luz ilumina por su propia naturaleza luminosa, no por la condición de los objetos iluminados. Y amando Dios a las criaturas, causa en ellas todos los bienes que en ellas pueda haber. Consecuentemente, si todos los hombres en alguna medida han recibido bienes de Dios, aquellos que han recibido más y mayores bienes los deben todos a un mayor amor de Dios hacia ellos.

Los santos, en sus autobiografías, dan con frecuencia testimonio agradecido de esta gran verdad, y a Dios atribuyen todo el bien que ellos tienen, que ciertamente es mucho mayor que el de otros hombres. «El Señor ha hecho en mí maravillas» (Lc 1,49). «¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes tú, que no hayas recibido?… Gracias a Dios soy lo que soy» (1Cor 4,7; 15,10).

Por tanto, Dios no ama más a una persona porque sea más perfecta y santa, sino que ésta es más santa y perfecta porque ha sido más amada por Dios. Esta verdad es constantemente proclamada en la Escritura. En ella resplandece el amor especial de Dios por su pueblo elegido, Israel, «el más pequeño» de todos los pueblos (Dt 7,6-8); por María, haciéndola inmaculada ya antes de nacer; por los cristianos, «elegidos de Dios, santos, amados» (Col 3,12); por «el discípulo amado», etc. Por eso Santo Tomás enseña que, «por parte del acto de la voluntad, Dios no ama más unas cosas que otras, porque lo ama todo con un solo y simple acto de voluntad, que no varía jamás. Pero por parte del bien que se quiere para lo amado, en este sentido amamos más a aquel para quien queremos un mayor bien, aunque la intensidad del querer sea la misma… Así pues, es necesario decir que Dios ama unas cosas más que a otras, porque como su amor es causa de la bondad de los seres, no habría unos mejores que otros si Dios no hubiese querido bienes mayores para los primeros que para los segundos» (STh I,20, 3). Es éste un principio teológico fundamental, que aplica el santo Doctor al misterio de la predestinación (I,23, 4-5) y a toda su teología de la gracia (I-II,109-114).

Son muchos los cristianos que hoy ignoran estas grandes verdades, pues casi nunca les son predicadas. Y por eso se desconciertan cuando las oyen. Pero un cristiano que las conozca poco, conoce mal, muy mal, el misterio de Dios y el de su gracia. Apenas entiende la maravilla sobrenatural de la vida cristiana.

José María Iraburu, sacerdote

Este artículo fue extraído de:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/0912190950-indice-de-reforma-o-apostasia-51

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Dios es amor*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 13, 2012

 

El primer y fundamental anuncio que la Iglesia está encargada de llevar al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean íntimamente permeados por ella, que ésta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos mínimamente, la presente meditación.

La expresión “amor de Dios” tiene dos acepciones muy diversas entre sí: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, más inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, más a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. También la predicación cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas épocas, casi solo del deber de amar a Dios (De diligendo Deo).

Pero la revelación bíblica da la precedencia al segundo significado: al amor de Dios, no al amor por Dios. Aristóteles decía que Dios mueve el mundo “en cuanto es amado”, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo más importante, a propósito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que lo ama primero: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo demás, incluida nuestra propia posibilidad de amar a Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19).

 

1. El amor de Dios en la eternidad

Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los demás se detenían en su nacimiento de María; él da el gran salto hacia atrás, del tiempo a la eternidad: “Al principio estaba la Palabra”. Lo mismo hace a propósito del amor. Todos los demás, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; él se remonta a más allá de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor: “Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios”: así podemos descomponer su afirmación: “Dios es amor” (1Jn 4,10).

De ella Agustín escribió: “Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las páginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta única palabra, es decir, que Dios es amor, no deberíamos pedir más”[2]. Toda la Biblia no hace sino “narrar el amor de Dios” [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las demás. Se discute sin fin, y no sólo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo más importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hipótesis, Él existiese pero no fuese amor, habría que temer más que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ¡Dios existe y es amor!

El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. Allí donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.

No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, así como —dice el filósofo Husserl— no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ¿A quién ama Dios para ser definido amor? ¿A la humanidad? Pero los hombres existen sólo desde hace algunos millones de años; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ¿El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años; antes, ¿a quién amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.

He aquí la respuesta de la revelación cristiana que la Iglesia recogió de Cristo y que explicitó en su Credo. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, que ama con un amor infinito que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que los une.

 

2. El amor de Dios en la creación

Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvación. La primera etapa de ella es la creación. El amor es, por su naturaleza, “diffusivum sui”, es decir, “tiende a comunicarse”. Dado que “el actuar sigue al ser”, siendo amor, Dios crea por amor. “¿Por qué nos ha creado Dios?”: así sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo después en la otra en el paraíso”. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: “con qué objetivo, con que fin nos ha creado Dios”; no responde a la pregunta sobre la causa causante: “por qué nos creó, qué le empujó a crearnos”. A esta pregunta no se debe responder: “para que lo amásemos”, sino “porque nos amaba”.

Según la teología rabínica, hecha propia por el Santo Padre en su último libro sobre Jesús, “el cosmos fue creado no para que haya múltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la ‘alianza’, el ‘sí’ del amor entre Dios y el hombre que le responde” [5]. La creación existe de cara al diálogo de amor de Dios con sus criaturas.

¡Qué lejos está, en este punto, la visión cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos más profundos para un joven o una chica es descubrir un día que está en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empeñado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabría convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oración suya a la Trinidad:

“¿Cómo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? […]. El fuego te obligó. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz veías todas las iniquidades que tu criatura debía cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, dándole el ser a tu imagen y semejanza. Tú, verdad eterna, me declaraste a mí tu verdad, es decir, que el amor te obligó a crearla”.

Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donación y de descendimiento; es también eros y en estado puro; es atracción hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinación por su belleza.

3. El amor de Dios en la revelación

La segunda etapa del amor de Dios es la revelación, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé […] ¡Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! […] Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer […] ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? […] Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1-4).

Encontramos este mismo lenguaje en Isaías: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?” (Is 49, 15) y en Jeremías: “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él” (Jr 31, 20).

En estos oráculos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno está hecho de estímulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y difícilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese más. El amor materno en cambio está hecho de acogida y de ternura; es un amor “visceral”; parte de las profundas fibras del ser de la madre, allí donde se formó la criatura, y de allí afirma toda su persona haciéndola “temblar de compasión”.

En el ámbito humano, estos dos tipos de amor – viril y materno – están siempre repartidos, más o menos claramente. El filósofo Séneca decía: “¿No ves cómo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces también de lágrimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse”[6]. Pero mientras el Dios del filósofo pagano tiene hacia los hombres sólo “el ánimo de un padre que ama sin debilidad” (son palabras suyas), el Dios bíblico tiene también el ánimo de una madre que ama “con debilidad”.

El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es “fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego” (cf Ct 8, 6), y también a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegría del día de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).

El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elección. ¡Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, también lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por él “como se alegra el esposo por la esposa” (Is 62,5)!

Como observa el Santo Padre en la “Deus caritas est”, la metáfora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la “alianza”, es la mejor muestra de que también el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un “hacer caridad” al hombre, en el sentido más restringido del término.

4. El amor de Dios en la encarnación

Llegamos así a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnación: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Frente a la encarnación se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnación. ¿Por qué Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundizó esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnación, como de todas las demás obras ad extrade la Trinidad.

Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a sí mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (“secundo vult alios habere condiligentes”). Si decide la encarnación es para que haya otro ser que le ama con el amor más grande posible fuera de Él [7]. La encarnación habría tenido lugar por tanto aunque Adán no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el “primogénito de la creación” (Col 1,15), no la solución a un problema creado a raíz del pecado de Adán.

Pero también la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnación del Hijo, no sólo para tener a alguien fuera de sí que le amase de modo digno de sí, sino también y sobre todo para tener a alguien fuera de sí a quien amar de manera digna de sí. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone “toda su complacencia” y con él a todos nosotros hechos “hijos en el Hijo”.

Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no sólo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido también subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situación. En el principio existía el amor, y “el amor se hizo carne”: así parafraseaba un antiquísimo escrito cristiano las palabras del Prólogo de Juan [8].

San Pablo acuña una expresión adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama “el amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rom 8, 39). Si, como se decía la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expresó y recogió en Cristo.

5. El amor de Dios infundido en los corazones

La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecostés, que hace presente y operante “el amor de Dios en Cristo Jesús” hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir sólo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).

¿Pero qué es este amor que ha sido derramado en nuestro corazón en el bautismo? ¿Es un sentimiento de Dios por nosotros? ¿Una disposición benévola suya respecto a nosotros? ¿Una inclinació? ¿Es decir, algo intencional? Es mucho más; es algo real. Es, literalmente, el amor de Dios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnación asumió una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de “inhabitación”. “Mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).

Nosotros nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), es decir, partícipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vorágine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor aún: entre la vorágine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.

6. ¡Nosotros hemos creído en el amor de Dios!

Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aquí es la revelación objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ¿qué haremos, qué diremos tras haber escuchado cuánto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ¡amar a Dios! ¿No es este, el primero y más grande mandamiento de la ley? Sí, pero viene después. Otra respuesta posible: ¡amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ¿No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4, 11)? También esto viene después; antes hay otra cosa que hacer. ¡Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que “Dios es amor”, el evangelista Juan exclama: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Jn 4,16).

La fe, por tanto. Pero aquí se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ¿Cómo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no sólo de crearnos, sino también de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ¿Cómo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.

El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribió una novela singular titulada “Cartas del diablo a su sobrino”. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que está empeñado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la práctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener éxito en el intento. Se trata de un moderno, finísimo tratado de moral y de ascética, que hay que leer al revés, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.

En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusión que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (así llaman a Dios) ame verdaderamente “a los gusanos humanos y desee su libertad”. Están seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un engaño, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el día en que “Nuestro Padre” (Así llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen razón.

Parecería una fe fácil y agradable; en cambio, es quizás lo más difícil que hay también para nosotros, criaturas humanas. ¿Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ¡No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo creyésemos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, porque el paraíso no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.

El mundo ha hecho cada vez más difícil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cuánto duele sentirse engañado. Así, se va engrosando cada vez más la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es más, en ningún amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal está también la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: “Sí, este amor de Dios es hermoso, pero no es para mí. Yo no soy digno…”.

Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los discípulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupación por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie – digo nadie – entre los filósofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros y agape.

San Pablo nos sugiere un método para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que él experimentó en su vida: la angustia, la persecución, la espada… (cf 2 Cor 11, 23 ss). Él los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.

Se nos invita a hacer como él: a mirar nuestra vida, tal como ésta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden allí, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto físico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.

Desde su vida personal, el Apóstol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 37-39). Observa “su” mundo, con los poderes que lo hacían amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infundían tanto terror al hombre antiguo.

Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La “altura” y la “profundidad”, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente pequeño abajo, el universo y el átomo. Todo está dispuesto a aplastarnos; el hombre es débil y está solo, en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador a raíz de los descubrimientos científicos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos está demostrando dramáticamente el caso de los reactores atómicos de Fukushima.

Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es más fuerte que todo. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

 

P. Raniero Cantalamessa

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[1] Aristóteles, Metafísica, XII, 7, 1072b.

[2] S. Agustín, Tratados sobre la Primera Carta de Juan, 7, 4.

[3] S. Agustín, De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.

[4] Cf. S. Kierkegaard, Disursos edificantes en diverso espíritu, 3: El Evangelio del sufrimiento, IV.

[5] Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana, 2011, p. 93.

[6] Séneca, De Providentia, 2, 5 s.

[7] Duns Scoto, Opus Oxoniense, I,d.17, q.3, n.31; Rep., II, d.27, q. un., n.3

[8] Evangelium veritatis (de los Códigos de Nag-Hammadi).

[9] Cf. S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, estrofa 38.

[10] C.S. Lewis, The Screwtape Letters, 1942, cap. XIX; trad. it. Le lettere di Berlicche, Milán, Mondadori, 1998

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Jesús misericordioso, en ti confío*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 17, 2011

Postrado ante tus pies, humildemente,

vengo a pedirte, dulce Jesús mío,

poderte repetir constantemente:

Jesús misericordioso, en ti confío.

Si la confianza es prueba de ternura,

esta prueba de amor darte yo ansío,

aun cuando este sumido en amargura,

Jesús misericordioso, en ti confío.

En las horas más tristes de mi vida,

Cuando todos me dejen, ¡Oh Dios Mío!,

y el alma este por penas combatida,

Jesús misericordioso, en ti confío.

Aunque sienta venir la desconfianza,

y aunque todos me miren con desvío,

no será confundida mi esperanza:

Jesús misericordioso, en ti confío.

Si contraje contigo santa alianza

y te di todo mi amor y mi albedrío,

¿cómo ha de ser frustrada mi esperanza?

Jesús misericordioso en ti confío.

Y siento una confianza de tal suerte,

que sin temor a nada, Jesús mio,

espero repetir hasta la muerte:

Jesús misericordioso, en ti confío.

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La voz de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2011

Un hombre como tú se encontró en un silencio profundo y comenzó a orar:

–Dios, si eres real, ¡háblame!

Y entonces una alondra del campo cantó, pero el hombre no escuchó.

Nuevamente, el hombre dijo con voz más fuerte:

–Dios, ¡háblame!

Y un trueno resonó en el cielo, pero el hombre no escuchó.

El hombre miró alrededor y dijo:

–Dios, déjame verte.

Y una estrella brilló, pero el hombre no se dio cuenta.

Entonces el hombre gritó:

–¡Dios, muéstrame un milagro!

Y una vida nació, pero el hombre no se dio cuenta.

El hombre lloró desesperadamente y dijo:

–¡Tócame, Dios, para saber que te encuentras aquí!

Dios se inclinó y tocó al hombre.

Pero el hombre —como tú— alejó la mariposa y se apartó sin darse cuenta.

 

Muchas veces, las cosas que pasamos por alto son aquellas que hemos estado buscando. No te pierdas las bendiciones de Dios simplemente porque no están envueltas como lo esperas.

 

Anónimo

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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Ciclo A, XXVII del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 10, 2011

La misión de cada católico

Dios, el creador y dueño del Universo, tenía unos planes para todos nosotros, ya que habíamos quedado heridos por el pecado original y, por eso, tendemos al mal: decidió que en sus planes debíamos participar todos, para poder ayudarnos.

Así, cada uno tiene una misión específica que cumplir: ser buenos seres humanos y buenos cristianos, desarrollando al máximo nuestras capacidades. Cada uno, haciendo lo que le corresponde, pondrá su «granito de arena» en el proyecto salvador de Dios, y así toda la humanidad se verá beneficiada.

Pero, ¿hemos cumplido nuestra misión? Dios se queja en la primera lectura, y parece que esa queja es para nuestros días: esperaba rectitud y va creciendo el mal; esperaba justicia y sólo se oye el grito de los oprimidos…

Él plantó una viña: la Iglesia, compuesta por todos los bautizados. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló al Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que todos los fieles cristianos trabajemos en esa viña y demos muchos frutos buenos.

Pero, a veces, nosotros no hacemos caso a lo que ellos —la jerarquía— nos piden; criticamos a la Iglesia; aceptamos mezclar nuestra Fe con la Nueva Era y otros modos de pensar; no cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios ni los de su Iglesia, sino que nos inventamos nuestras propias leyes; rechazamos la Confesión y los demás Sacramentos; hablamos mal de los sacerdotes y poco es lo que oramos por ellos; vivimos la vida lejos de Dios…

¿Qué tal que Dios hiciera lo que le sugirieron a Jesús los sacerdotes de su época: hacernos morir sin compasión, por ser gente tan mala?

¿No sería mejor que pongamos en práctica lo que nos recomienda san Pablo?: Presentemos nuestras peticiones a Dios y juntemos la acción de gracias a la súplica. Y, sobre todo, vivamos lo que es verdadero, noble, justo, limpio, todo lo que es fraternal y hermoso, todos los laudables valores morales.

Esta es la misión de todo cristiano.

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Ciclo A, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 3, 2011

¿Como Dios o como los hombres?

Todo el texto de la primera lectura es útil para comprender la asombrosa diferencia entre los pensamientos de Dios y los de los hombres:

«Ustedes dicen: La manera de ver las cosas que tiene el Señor no es la correcta. Oigan, pues, gente de Israel: ¿así que mi manera de ver las cosas no es correcta? ¿No lo será más bien la de ustedes? Cuando el justo se aparta de la justicia y comete el mal y por eso muere, muere por culpa de la injusticia que cometió. Del mismo modo, si el malvado se aparta de la mala vida que llevaba y actúa según el derecho y la justicia, vivirá. Si se aparta de todas las infidelidades que cometía, debe vivir, pero no morir.»

Muy frecuente es que la soberbia humana se crea con el derecho a juzgar a Dios.

Cuando decimos, por ejemplo: «Dios se cobra nuestros pecados», deberíamos decir: «Dios nos corrige por amor».

Del mismo modo, cuando afirmamos que la Iglesia está equivocada, estamos erigiéndonos en «sabios» poseedores de la verdad, por encima de Jesucristo, el fundador de la Iglesia Católica, y a la que le prometió su asistencia infinita.

En cambio, aquellos que aceptan la voluntad de Dios y las directrices de su Iglesia, como dice san Pablo en la segunda lectura, se ponen de acuerdo, están unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hacen nada por rivalidad o vanagloria. Tienen la humildad de no creer que son mejores que los demás. No buscan los propios intereses, sino que se preocupan por los demás. Es decir, piensan como Dios, no como los hombres.

Y los que piensan como Dios tienen, los unos con los otros, la misma actitud que tuvo Cristo Jesús: no se apegó a su categoría de Dios, sino que se redujo a la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres, y se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Este es el camino de nuestra felicidad: pensar como Dios y ser tan humildes como Jesús; no como los hombres.

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Ciclo A, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 28, 2011

El gran misterio que nos llenará de dicha

El Señor es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad, nos dice la primera lectura. Ante esa realidad, debemos contestar como Moisés: «Señor, si realmente nos miras con buenos ojos, ven y camina en medio de nosotros; aunque seamos un pueblo rebelde, perdona nuestras faltas y pecados, y recíbenos por herencia tuya».

De hecho, eso fue lo que sucedió: Jesús le dice a Nicodemo en el Evangelio —y nos dice hoy a todos— que ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no lo envió al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a Él.

Efectivamente, Dios Padre, compadecido de la suerte de los hombres tras el pecado original, envió a Dios Hijo para que pagara la factura que debíamos por nuestros pecados y así quedáramos libres de nuestra culpa.

Ahora, Dios Espíritu Santo, es decir, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, se hace presente entre nosotros, especialmente cuando nos bautizamos, porque nos limpia del pecado original y cuando nos confirmamos, porque ese mismo Espíritu Santo nos está fortaleciendo como soldados de Cristo en la lucha contra el mal. Del mismo modo, son las Tres Personas divinas las que nos perdonan los pecados cuando nos confesamos, las que nos preparan el viaje a la eternidad cuando se nos administra el sacramento de la Unción de los Enfermos, las que unen sacramentalmente a los que se casan, las que ordenan a los sacerdotes…

En la segunda lectura, san Pablo nos alienta diciendo que estemos alegres, que sigamos progresando, que nos animemos mutuamente, que tengamos un mismo sentir y que vivamos en paz, pues el Dios del amor y de la paz, la Santísima Trinidad —toda la belleza, toda la bondad, toda la sabiduría— estará con nosotros.

Invoquemos a la Santísima Trinidad diciendo todos los días: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo», mientras esperamos disfrutarla, dichosos, el Cielo.

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Ciclo A, VI domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en junio 7, 2011

Cómo amar a Dios

Las lecturas de hoy están ordenadas a lograr un solo propósito: que sepamos cómo amar a Dios.

El primer paso consiste en cumplir sus mandamientos. La Biblia está llena de ocasiones en la que se repite esta idea —de hecho está 410 veces—; en el Evangelio de hoy, el mismo Jesús nos los dice: «El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama».

Jesús había dicho eso mismo unas líneas más arriba, junto con una promesa: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes, el Espíritu de Verdad».

Y, ¿qué significa todo esto? Que el Espíritu Santo vendrá sobre todos los que acepten que Jesucristo es el Hijo de Dios y nuestro salvador y lo amen. Efectivamente, cuando nos bautizamos, el Espíritu Santo se posa en nuestras almas; y, como ya se dijo, el mejor modo de demostrarle nuestro amor es cumplir los mandamientos.

Pero, en la Confirmación, el Espíritu Santo nos hace soldados de Cristo, y podemos ser como los primeros cristianos que, además de cumplir esos mandamientos, llenos de entusiasmo, propagaban la noticia de que no estamos obligados a ir al infierno: ahora podemos escoger nuestra suerte eterna.

Es también el Espíritu Santo el que llena de su gracia a los diáconos que, como Felipe, pueden realizar prodigios, hacer que toda la población se interese por su predicación, hacer salir los espíritus malos de los endemoniados y hacer que los paralíticos y cojos queden sanos… En fin, ¡producir alegría!

En la segunda lectura nos pide san Pedro que estemos siempre dispuestos para dar una respuesta a quien nos pida cuenta de nuestra esperanza: que aunque morimos por ser de carne, después resucitaremos por el Espíritu.

Para comenzar, entonces, debemos aceptar a Cristo y cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios y los cinco de la Iglesia que Él mismo fundó.

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Ciclo A, domingo de Resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

¡Resucitó! ¡Resucitó!

Nadie lo podía creer: ni siquiera los apóstoles, pero había resucitado como lo prometió. La muerte fue vencida. Ahora podemos resucitar nosotros también.

El dueño de la vida nos ofrece la resurrección. Si hemos sido resucitados con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Preocupémonos por las cosas de arriba, no por las de la tierra.

Si hemos muerto al pecado, nuestra vida está ahora escondida con Cristo en Dios.

Cuando se manifieste el que es nuestra vida, también nosotros nos veremos con Él en la gloria.

Esa felicidad tan esquiva, esa que buscamos y no encontramos en los placeres, en las posesiones, en la fama, en el poder, está a la vuelta de la esquina, nos la ofrece Dios cada momento, si cumplimos tres requisitos:

Primero, que concentremos nuestra atención en la vida eterna, que nos alistemos para ese paso (Pascua) viviendo como Él quiere: cumplir los diez mandamientos de la ley de Dios y los cinco mandamientos de la Santa Madre Iglesia, aprovechar los Sacramentos  de la Reconciliación y la Comunión y orar con frecuencia; así demostraremos el amor a Dios.

Segundo, que le mostremos ese mismo amor a los demás viviendo para hacerlos felices —especialmente a los más cercanos—; que sepamos perdonar, comprender, ser desprendidos, generosos…

Y, por último, que respetemos el hábitat que Dios nos dio para beneficio de las generaciones que vienen.

Al vivir estos tres amores —a Dios, a los demás y al cosmos— nos haremos acreedores al premio mayor que Cristo nos ganó: el Cielo, para siempre, para siempre, para siempre…

Allí ya no habrá llanto ni dolor ni lucha ni estrés… Solo gozo, paz y felicidad.

¿No vale la pena?

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Santa Catalina de Siena y la locura de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2011

Santa Catalina penetró como pocos en los abismos de la bondad de Dios. Contemplando el misterio de la providencia inefable, su corazón se dilataba según las medidas del Corazón de Cristo. Permanecía, sin duda, en su cuerpo, pero le parecía estar fuera de él, por el arrebato que en ella producía el exceso de la divina caridad. ¿No es acaso excesiva dicha condescendencia, no hay cierta locura en el amor de Dios?

«¡Oh inefable y dulcísima Caridad! ¿Quién no se inflamará ante tanto amor? ¿Qué corazón resistirá sin desfallecer? Diríase, oh Abismo de caridad, que pierdes la cordura por tus criaturas, como si no pudieras vivir sin ellas, siendo nuestro Dios… Tú, que eres la vida, fuente de toda vida y sin la cual todo muere, ¿por qué, pues, estás tan loco de amor? ¿Por qué te apasionas con tu criatura, haciendo de ella tu complacencia y delicias?»

Tales acentos aparecen no sólo en las páginas de su escrito, el Diálogo, sino en sus cartas y elevaciones. En una de estas últimas leemos: «¡Oh Trinidad eterna, Trinidad eterna; oh Fuego y Abismo de caridad; oh Loco de tu criatura!… ¡Oh Trinidad eterna, Loco de amor!». La criatura, a la que había hecho a imagen y semejanza suya, lo ha enajenado: «Loco de tu misma hechura». 

La Locura de Dios. Nos enardece este pensamiento. Un primer síntoma de esa locura es el hecho mismo de la creación del ser humano. Catalina no acaba de admirarse viendo cómo Dios no nos creó por ningún otro motivo que no fuese el fuego gratuito de su caridad. Conocía, por cierto, las iniquidades que íbamos a cometer, pero «Tú hiciste como si no lo vieras, antes fijaste la mirada en la belleza de tu criatura, de la que Tú, como loco y ebrio de amor, te enamoraste, y por amor la sacaste de ti, dándole el ser a imagen y semejanza tuya».

Transida la Santa de fuego, sangre y amor, sus palabras, que brotan con una vehemencia sobrecogedora, llevan el signo inequívoco de la belleza y de la poesía, estremeciendo las fibras más recónditas del corazón. Nuestro Dios es un Dios loco, loco de amor. ¿Acaso precisaba de nosotros? Él es la vida indeficiente y de nada necesita. Con todo, se comporta como si no pudiese vivir sin nosotros. Ya esto parecía excesivo.

Pero la locura de Dios no se clausura en la creación. Quedaba todavía por realizar su gesto más enajenado, la Encarnación del Verbo.

«¿Cómo has enloquecido de esta manera? Te enamoraste de tu hechura, te complaciste y te deleitaste con ella en ti mismo, y quedaste ebrio de su salud. Ella te huye, y Tú la vas buscando. Ella se aleja, y Tú te acercas. Ya más cerca no podías llegar al vestirte de su humanidad. Y yo, ¿qué diré? Gritaré como Jeremías: ¡Ah, ah! (Jer 1, 6). No sé decir otra cosa; porque la lengua, finita, no puede expresar el afecto del alma que te desea infinitamente… ¿Qué viste? Vi los arcanos de Dios. Pero, ¿qué digo? Nada puedo decir, porque los sentidos son torpes. Diré solamente que mi alma ha gustado y ha visto el abismo de la suma y eterna Providencia»

Tenemos un Padre divino que ha perdido la razón. Nada le podíamos añadir a su grandeza, ningún mal le podíamos hacer con nuestro pecado, y, sin embargo, para que no nos perdiéramos, hace justicia sobre el Cuerpo de su propio Hijo. «¡Señor, parece que enloqueces!» El Hijo, por su parte, tan enamorado y loco como su Padre, corrió por el camino de la obediencia, hasta dejarse clavar en la Cruz. Algo increíble. Porque «yo soy el ladrón y Tú eres el ajusticiado en lugar de mí». La Cruz es el acto de la locura total. De ella «está suspenso aquel a quien su amor y no los tres clavos retienen en ella fijo y fuerte, Cristo, il Pazzo d’amore (el Loco de amor)».

«Pero no le bastó esta locura, sino que se quiso quedar, todo él, Dios y hombre, envuelto en la blancura del pan». La Encarnación, el Calvario, la Eucaristía, ¿no es acaso la locura total?

La misericordia de Dios, tal como la ha ejercido, está en el telón de fondo de esta locura ininterrumpida. Se ha dicho que el mejor título que le convendría al Diálogo sería: «Libro de la misericordia». Porque todo su contenido se resume en las palabras: «Quiero hacer misericordia al mundo». El amor loco no se rinde, ni aun ante el rebelde. Así le canta Catalina:

«¡Oh misericordia que procede de tu Divinidad, Padre eterno, y que gobierna por tu poder el mundo entero! Por tu misericordia hemos sido creados, por tu misericordia hemos sido recreados en la Sangre de tu Hijo; tu misericordia nos conserva; tu misericordia ha puesto a tu Hijo en agonía y lo ha abandonado sobre el leño de la Cruz… ¡Oh loco de amor! ¿No era bastante haberte encarnado, sino que además has querido morir… Y tu misericordia ha hecho más todavía: te has quedado como alimento. ¡Oh misericordia! ¡Mi corazón se hace todo fuego pensando en ti! De cualquier lado que mi espíritu se vuelva y se revuelva no encuentra sino misericordia…»

Alfredo Sáenz, S. J.

 

Si a todo esto añadimos la misericordia de Dios, al instituir el Sacramento del perdón, podemos quedar abismados de la infinita locura del amor de Dios: la confesión es un tribunal en el que un reo se declara culpable y, a diferencia de lo que ocurre con la justicia humana, ¡el juez nos perdona! ¿Qué más podemos pedir?

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Ciclo A, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Él mismo viene

 

Hoy es un día de espera. Las lecturas nos muestran la espera del Mesías: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?», fue lo que dijo san Juan. Y san Pablo: «Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida del Señor está cerca». «Calma, no tengan miedo, porque ya viene su Dios»: Isaías. ¿Tenemos, en esta etapa de preparación a la Navidad, la misma actitud de espera que tenían los judíos y los primeros cristianos? ¿Cómo nos estamos preparando?

Ya viene el Señor para alojarse en el corazón de cada uno de nosotros.

Viene para abrazarnos —y abrasarnos— con su amor…

Viene para decirnos que no le importan nuestros pecados, que se los entreguemos, que los quiere…, para perdonarlos…, para manifestar su misericordia.

Viene para manifestarnos que su amor está por encima de nuestros defectos, que nos ama tal y como somos, y que nadie nos amará tanto como Él, que Él es el único que nunca traiciona, que podemos contar con Él ahora y siempre… ¿Cómo hacer caso omiso a semejante llamado?

Es el momento de decir que sí: entreguémosle nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación, al sacerdote —Cristo que perdona—, que los borrará de su mente, para siempre. Y, ya reconciliados, vivamos sus mandatos de amor y esperemos a ese Amor (con mayúscula), con una vida más limpia, más pura, más acorde con el acontecimiento que se nos viene encima.

Preparemos la novena de aguinaldos, las invitaciones, la comida, alistemos la sala para los invitados…; pero, muy especialmente, preparemos Pula casa de nuestro corazón para el eminente Inquilino que, a partir de ese día, vivirá en ella… Y que esa casa se mantenga siempre limpia, siempre amable, siempre dispuesta al amor: se convertirá en un hogar luminoso, apacible y alegre, y viviremos así en la verdadera casa del Padre.

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Ciclo A, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 6, 2010

I DOMINGO DE ADVIENTO

La lucha por llegar a la casa del Padre

 

Comienza hoy un nuevo año litúrgico, y las lecturas nos invitan al cambio, a comenzar un nuevo camino. Este año nuevo aparece como el cuaderno nuevo de un colegial: listo para que se inicie sobre él un trabajo limpio, pulcro, perfecto.

El profeta Isaías nos muestra la meta: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas; en ese lugar ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. ¡La paz que tanto buscamos será nuestra!

Pero para que la paz verdadera llegue a nosotros, es necesario que escuchemos la voz de san Pablo cuando dice que ya es hora de espabilarse. La paz es primer logro de nuestra lucha interior por acercarnos a Dios: dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con la dignidad de los hijos de Dios, dignidad de reyes, de señores, de hombres bañados por la gracia, de templos del Espíritu Santo: nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni contiendas. Habremos dado así honor a nuestra condición de hombres y de cristianos, y tendremos las virtudes necesarias para acceder a la auténtica paz y a la alegría verdadera.

Revestidos de Nuestro Señor Jesucristo, dueños de nosotros mismos, sin malos deseos —producto casi siempre del excesivo cuidado personal— estaremos preparados, en vela, para la hora decisiva, la hora en que vendrá el Hijo del hombre.

Él nos llevará a la eterna e imperturbable felicidad: junto a Dios–Padre, en donde sentiremos que por fin nos realizaremos como seres humanos.

Por eso ya hoy podemos cantar presagiando nuestra conquista: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Y cuando lleguemos a la Jerusalén celestial, nos diremos a nosotros mismos: ¡Valió la pena!

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Ciclo C, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2010

Baja pronto, que quiero hacerte feliz

 

Con mucha frecuencia se nos olvida que Dios es amor, que Dios es perdón, que Dios es misericordia, que Dios es dulzura… Tal vez ocurra esto porque no comprendemos que lo que llamamos «malo» aquí en la tierra lo permite Dios únicamente para nuestro bien. ¡Cuántas veces, por ejemplo, un problema es el que nos acerca a Él!

Y Dios lo sabe. Por eso a veces permite que suframos: efectivamente, Él prefiere —si es necesario— que no la pasemos muy bien en esta tierra, con tal de que nos ganemos el Cielo, donde derramará todo su amor sobre nosotros.

En esta vida estamos de paso; santa Teresa afirmó que esta vida es apenas una mala noche en una mala posada. Por tanto, ¿qué importa un mal pasajero, si nos ganamos la felicidad eterna?

En el libro de la Sabiduría se nos recuerda que el Señor se compadece de todos para que se arrepientan, que ama a todos los seres y no aborrece nada de lo que hizo; pues, si algo odiara, no lo habría creado. Por eso corrige poco a poco a los que caen y los reprende recordándoles sus pecados, para que se aparten del mal y se salven, lleguen al Cielo y sean inmensa y eternamente felices.

Por eso san Pablo, en la segunda lectura, dice que ruega en todo tiempo por todos, para que nuestro Dios lleve a término con su poder todo deseo de hacer el bien, para que así el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado por la vida de cada cristiano.

Por eso, como en el Evangelio, a todos nos dice Jesús lo mismo que le dijo a Zaqueo «Baja pronto; porque conviene que hoy me quede en tu casa.» Baja de tu arrogancia, de la soberbia que domina tus actos, de ese querer gobernar tu vida con tus criterios, y deja que Yo, que soy la humildad, me hospede en tu vida y te enseñe a ser feliz.

Si respondemos como Zaqueo, es decir, si nos confesamos y dejamos el pecado, podremos oír también lo que Jesús le dijo: «Hoy ha llegado tu salvación».

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Ciclo C, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 4, 2010

Generosos o castigados

 

Si el Señor amenaza a las naciones ricas, no es por sus riquezas, es porque son indiferentes ante las desdichas ajenas: «¡Ay de ustedes, los primeros de la primera de las naciones, a quienes acude todo el mundo»; es porque descansan en su orgullo y se sienten seguros por sí mismos, no por Dios.

Lo mismo sucede con las personas ricas: ellas no son malas por tener dinero o poder; lo son si son egoístas e indiferentes a la suerte ajena, o si no ponen su confianza en el Señor sino en el dinero y el poder…

Escuchemos lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Pero tú, hombre de Dios, huye de todo eso. Procura ser religioso y justo. Vive con fe y amor, constancia y bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado…

Las palabras claves de este escrito son: «fe y amor, constancia y bondad». Fe para creer que es Dios quien nos ayuda a dejar el egoísmo. Amor para darlo a los demás, única manera de dejar el egoísmo. Después, constancia para ejercitar esas obras de caridad. Y, por último, bondad para seguir en ese camino hasta el Cielo, lo que lograremos si seguimos estos consejos.

¿Cómo estamos utilizando los bienes que recibimos en esta vida? ¿Se benefician muchos de ellos o los usamos únicamente para nuestro propio beneficio? ¿Tenemos cosas que no usamos?, ¿las guardamos en forma egoísta?…

¿O más bien somos generosos con nuestros parientes necesitados?… Eso es amor. Si no lo hacemos, tendremos una mala noticia tras la Resurrección: nuestra perdición eterna, como le sucedió al rico del Evangelio: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos.»

Y allí será tarde para todo, hasta para avisarle a los demás; tal vez tengamos que oír algo parecido a lo que Abraham le dijo al rico: Si no escuchan a la Iglesia, aunque resucite un muerto, no se convencerán.

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Ciclo C, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 27, 2010

¿Cristianos explotadores?

 

Parece que Amós viviera en nuestros días; o, más bien, que los seres humanos no hemos avanzado nada, en cuanto se refiere al manejo del dinero: «A ustedes me dirijo, explotadores del pobre, que quisieran hacer desaparecer a los humildes… Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan sólo por dinero.» Pero también grita que Dios jura, por su Tierra Santa, que jamás ha de olvidar lo que hacen.

Los empresarios de hoy deben preguntarse si están pagando salarios justos, si sus empleados están siendo explotados, si lo que reciben ellos corresponde a lo que trabajan. El día del juicio no habrá disculpas válidas: es a otros hijos de Dios a quienes se los explota, es decir, ¡a sus propios hermanos!

¿Cómo será la justicia divina para ellos? Jesús lo explica en el Evangelio: El que ha actuado correctamente en cosas de menor importancia, será digno de premio en la más importante: ganarse el Cielo. Y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas (pagar y cobrar lo justo), tampoco será honrado en el Cielo.

Y —sigue diciendo Jesús— es que nadie puede servir a dos patrones, a Dios y a sus intereses económicos; que es lo mismo que decir: a sus hermanos y a sus propios intereses; porque necesariamente escogerá a uno y rechazará al otro. El que dijo esto es el mismo que nos creó y nos conoce más que nosotros mismos: ¡No podemos servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero!

Por eso mismo, san Pablo recomienda ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas por todos, especialmente por los jefes de estado y todos los gobernantes, para que les vaya bien en el juicio y nosotros podamos llevar una vida tranquila y en paz, con toda piedad y dignidad; pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de estas verdades.

Y ojalá en todo lugar los hombres oren limpios de todo enojo por sus jefes, especialmente si son explotadores, para que el Señor les cambie el corazón, no tanto para que paguen un salario justo, sino —sobre todo— para que se salven.

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Ciclo C, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2010

El más alto atributo de Dios

A veces olvidamos el atributo más sobresaliente de Dios: su infinita misericordia.

En el Éxodo, se nos cuenta que Dios no deja que estalle su furor contra los pecadores. Había determinado exterminarlos, pero Moisés suplicó al Señor, y Él renunció a destruir a su pueblo, como lo había anunciado.

Pablo nos cuenta que en un comienzo era un opositor, un perseguidor y un violento, y que a pesar de eso Dios lo perdonó, pues Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

Ya en el Evangelio, Cristo nos dice que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.

Y Jesús continuó explicando cuán grande es la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos: Cuando el hijo malvado dijo: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo», el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzó la fiesta.

¿Cómo es posible que, ante la declaración de la culpa de un malhechor, el juez lo absuelva? Eso es lo que hace Dios con aquellos que, verdaderamente arrepentidos, acuden al Sacramento de la Reconciliación. Incluso, si han pecado venialmente, el arrepentimiento sincero es suficiente para alcanzar el perdón de ese misericordioso Padre.

¿Desatenderemos esta ventajosísima oferta?

Todos las cualidades de Dios las posee en grado infinito, pero esta es una muestra de que su piedad, su misericordia: la más sublime de todas. Todo lo hace para nuestro bien, nos da cada vez más oportunidades para ser felices, a pesar de que le fallamos. ¡Cuánto nos ama!

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Ciclo C, XV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2010

‘Vete y haz tú lo mismo’

 

Son 613 los preceptos que deben cumplir los judíos para salvarse, según los enumeró san Jerónimo, y aparecen en el Antiguo Testamento. Según ese criterio, quien los cumplía se salvaba.

Y Dios, a través de Moisés, les dijo que se volvieran a Dios, con todo su corazón y con toda su alma, cumpliéndolos. Además, afirmó que esos mandamientos no eran superiores a sus fuerzas ni estaban fuera de su alcance, y que sólo hacía falta ponerlos en práctica.

Ahora que Jesús ya vino, nos enseñó la Ley que los cobija a todos: la Ley del amor. Un amor que no es sentimiento, sino obras, como se percibe en la historia del samaritano que contó Jesucristo en el Evangelio de hoy.

Como es frecuente que confundamos el amor con un sentimiento que nos complace, Él nos enseñó que el amor son actos con los que complacemos a quienes amamos.

Por eso, se ha dicho siempre que existen tres opciones: pensar como los bandidos: «Lo tuyo es mío»; pensar como el sacerdote y el levita que pasaron y no ayudaron al que golpearon y dejaron medio muerto: «Lo mío es mío»; o pensar como el samaritano: «Lo mío es tuyo».

La tercera opción es la cristiana; es la que Jesús hizo con nosotros: al vernos pecadores desvalidos y por eso sin derecho al Cielo, pagó nuestras culpas, nos curó y nos abrió de nuevo la posibilidad de ser inmensamente felices cuando disfrutemos de la dicha eterna. Gracias, pues, a Jesucristo fue reconciliado el ser humano con Dios, por la Sangre de su Cruz.

¿Elegimos esa opción? ¿Siempre?

Cristo Jesús es la imagen del Dios que no se puede ver, nos dice la segunda lectura, ese Dios-Amor que siempre dice a sus hijos, los hombres: «Todo lo mío es tuyo».

Jesús nos dice a cada uno: «Vete y haz tú lo mismo».

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Ciclo C, XIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 6, 2010

¿Escuchas que Dios te llama?

 

Elías unge a Eliseo para hacerlo profeta; Jesús ofrece la vocación a uno, rechaza a otro y, a quien vacila, lo impulsa a obedecer el llamado que le hace. Hoy todo, pues, nos habla de vocación, llamado.

La vocación es una inspiración con que Dios llama a alguien a un estado: matrimonio, vida consagrada, sacerdocio… Están equivocados quienes piensan que la vocación es simplemente una inclinación a cualquier estado, profesión o carrera. Es un llamado de Dios.

Atender ese llamado de Dios y obedecerlo nos asegura la felicidad; la auténtica, pues Dios es la infinita sabiduría y no puede equivocarse; sabe Él qué es lo que más nos hará felices. Y, como nos ama, desea solo nuestra felicidad y la favorece. Así pues, quien quiera ser feliz sólo tiene que atender el llamado divino.

Pareciera que la segunda lectura es la consecuencia lógica de las otras dos: quien sigue a Dios obedeciendo el llamado que Él le hace será libre: no se someterá más al yugo de la esclavitud. Porque es esclavitud seguir nuestro parecer: pensar que nosotros sabemos —más que Dios— qué es lo que nos conviene; también es esclavitud obstinarnos en nuestro juicio, olvidándonos de que Dios nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos.

Por eso, nuestra vocación es la libertad. No esa libertad que encubre los deseos de la carne (placer, tener, poder y fama), sino el amor que Dios da a quienes lo siguen, y por el que nos hacemos esclavos unos de otros. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo.

Por eso san Pablo nos dice: caminen según el espíritu y así no realizarán los deseos de la carne, pues los deseos de la carne se oponen al espíritu, y los deseos del espíritu se oponen a la carne.

El espíritu da la libertad; la carne nos esclaviza.

El espíritu nos hace tender a amar; la carne, a ser egoístas. ¿De cuál nos estamos dejando guiar?

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Benedicto XVI a los sacerdotes*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 22, 2010

DIÁLOGO ENTRE EL PAPA Y LOS PRESBÍTEROS DE TODO EL MUNDO

(Desde el 10 al 18 de junio de 2010)

 

I. No basta con “hacer”

Los sacerdotes hoy, en general, se encuentran sobrecargados de trabajo. Muchos llevan varias parroquias a la vez, las dificultades aumentan y el contexto social no ayuda. ¿Cómo hacer?

Esta fue la primera pregunta, desde Brasil, planteada al Papa Benedicto XVI durante la Vigilia de Oración celebrada en la Plaza de San Pedro el pasado jueves 10 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal.

El presbítero José Eduardo Oliveira y Silva, en nombre de los sacerdotes de América, subrayó que muchos se sienten “superados”: “Con toda la buena voluntad intentamos hacer frente a las necesidades de una sociedad muy cambiada, ya no más enteramente cristiana, pero nos damos cuenta de que nuestro “hacer” no basta”.

“¿A dónde ir, Santidad? ¿En qué dirección?”, preguntó al Papa.

Es difícil ser párroco

El Papa admitió que hoy “es muy difícil ser párroco, también y sobre todo en los países de antigua cristiandad”.

“Las parroquias son cada vez más extensas, unidades pastorales… es imposible conocer a todos, es imposible hacer todos los trabajos que se esperan de un párroco”, añadió.

La causa, explicó el Papa, es que “nuestras fuerzas son limitadas y las situaciones son difíciles en una sociedad cada vez más diversificada, más complicada”.

El Pontífice quiso dar algunos consejos a los presbíteros. El primero, el sacerdote debe “poner la vida”.

Si los fieles ven que el sacerdote “no hace solo un oficio, horas de trabajo, y que después está libre y vive sólo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado por Cristo”, si “ven que está lleno de la alegría del Señor, comprenden también que no lo puede hacer todo, aceptan sus límites, y ayudan al párroco”.

“Este me parece el punto más importante: que se pueda ver y sentir que el párroco realmente se siente un llamado por el Señor; que está lleno de amor por el Señor y por los suyos”, añadió.

En segundo lugar, el Papa aconsejó establecer prioridades, “ver lo que es posible y lo que es imposible”.

Las tres prioridades fundamentales, dijo el Papa, “son las tres columnas de nuestro ser sacerdotes. Primero, la Eucaristía, los Sacramentos: hacer posible y presente la Eucaristía”. Después, “el anuncio de la Palabra en todas las dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía”. El tercer punto “es la caritas, el amor de Cristo”.

Otro punto que no hay que desatender, advirtió el Papa, es “la relación personal con Cristo”.

“La relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, ¡es condición para nuestro trabajo por los demás! Y la oración no es algo marginal: es precisamente rezar la “profesión” del párroco”.

Y la tercera recomendación del Papa, la humildad: “reconocer nuestros límites”.

“Recordemos una escena de Marcos, capítulo 6, donde los discípulos estaban ‘estresados’, querían hacer todo, y el Señor dice: ‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. También éste es trabajo – diría – pastoral: encontrar y tener la humildad, el valor de descansar”.

“Por tanto, pienso que la pasión por el Señor, el amor por el Señor, nos muestra las prioridades, las decisiones, nos ayuda a encontrar el camino”.

Benedicto XVI concluyó animando a los presentes: “sé que hay muchos párrocos en el mundo que dan realmente todas sus fuerzas por la evangelización, por la presencia del Señor y de sus Sacramentos”.

“A estos párrocos fieles, que trabajan con todas las fuerzas de su vida, de nuestro ser apasionados por Cristo, quisiera decir un gran ‘gracias’, en este momento”.

II. La verdadera teología

La teología actual, muchas veces, aparece como una mera especulación intelectual, separada de la doctrina y de la vida espiritual. Para un sacerdote, a quien su trabajo deja apenas tiempo para la formación, ¿cómo orientarse en un laberinto de ideas y opiniones que a veces parece contradecir al magisterio?

Esta fue la segunda pregunta al Papa Benedicto XVI, en la pasada vigilia del 10 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal, y fue planteada por un sacerdote procedente desde Costa de Brasil (África), Mathias Agnero.

El Papa coincidió en que se trata de un problema “difícil y doloroso”, pero no “nuevo”: el propio san Buenaventura planteaba “dos tipos de teología”, una que procede de “la arrogancia de la razón” y otra que busca “profundizar en el conocimiento del amado”.

“Existe realmente una teología que quiere sobre todo ser académica, parecer científica, y olvida la realidad vital, la presencia de Dios, su presencia entre nosotros, su hablar hoy, no sólo en el pasado”, explicó el Papa a los presentes.

Esta teología “viene de la arrogancia de la razón, que quiere dominar todo, hace pasar a Dios de sujeto a objeto que estudiamos, mientras debería ser sujeto que nos habla y nos guía”, y “no nutre la fe, sino que oscurece la presencia de Dios en el mundo”.

“Modas”

Actualmente, comentó Benedicto XVI, “se impone la llamada ‘visión moderna del mundo’ (Bultmann), que se convierte en el criterio de cuanto sería posible o imposible”, afirmando que “todo es como siempre, que todos los acontecimientos históricos son del mismo tipo”, con lo que “se excluye precisamente la novedad del Evangelio, se excluye la irrupción de Dios, la verdadera novedad que es la alegría de nuestra fe”.

Sin embargo, el Papa quiso “desmitificar” estas teologías “a la moda”, siguiendo su propia experiencia.

“Yo comencé a estudiar teología en enero de 1946, y he visto por tanto a tres generaciones de teólogos, y puedo decir: las hipótesis que en aquel tiempo, y después en los años 60 y 80 eran las más nuevas, absolutamente científicas, absolutamente casi dogmáticas, ¡con el tiempo han envejecido y ya no valen! Muchas de ellas parecen casi ridículas”, afirmó.

Por ello, invitó a los teólogos a “no tener miedo al fantasma de la cientificidad”, a tener el coraje de “no someterse a todas las hipótesis del momento, sino de pensar realmente a partir de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y que nos abre el acceso a la verdad”.

Especialmente, subrayó la importancia de “no pensar que la razón positivista, que excluye lo trascendente – que no puede ser accesible – sea la razón verdadera. Esta razón débil, que presenta sólo las cosas experimentables, es realmente una razón insuficiente”.

“Nosotros teólogos debemos usar la razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener el valor de ir más allá del positivismo a la cuestión de las raíces del ser”, añadió.

Teología por amor

Existe también “una teología que quiere conocer más por amor al amado, está estimulada por el amor y guiada por el amor, quiere conocer más al amado. Y esta es la verdadera teología, que viene del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo”, explicó el Papa.

“La formación es muy importante. Pero debemos ser también críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que ver también a los teólogos y las teologías”, subrayó.

El Pontífice recomendó tanto a sacerdotes como a seminaristas, consultar a menudo el Catecismo de la Iglesia Católica: “aquí vemos la síntesis de nuestra fe, y este Catecismo es verdaderamente el criterio para ver dónde va una teología aceptable o no aceptable”.

En este sentido, pidió a los presentes que sean “críticos en el sentido positivo”, es decir, “críticos contra las tendencias de la moda y abiertos a las verdaderas novedades, a la profundidad inagotable de la Palabra de Dios, que se revela nueva en todos los tiempos, también en nuestro tiempo”.

Por último, el Papa invitó a los sacerdotes a “tener confianza en el Magisterio permanente de la comunión de los obispos con el Papa”.

Por ello recordó que la Sagrada Escritura “no es un libro aislado: está vivo en la comunidad viva de la Iglesia, que es el mismo sujeto en todos los siglos y que garantiza la presencia de la Palabra de Dios”.

“El Señor nos ha dado a la Iglesia como sujeto vivo, con la estructura de los obispos en comunión con el Papa, y esta gran realidad de los obispos del mundo en comunión con el Papa nos garantiza el testimonio de la verdad permanente”.

“Hay abusos, lo sabemos, pero en todas partes del mundo hay muchos teólogos que viven verdaderamente de la Palabra de Dios, se nutren de la meditación, viven la fe de la Iglesia y quieren ayudar para que la fe esté presente hoy día. A estos teólogos quisiera decir un gran ‘gracias’”, concluyó.

III. El celibato anticipa el Cielo

El sentido profundo del celibato en un sacerdote es que anticipa la vida plena de la resurrección. Así respondió el Papa Benedicto XVI, el pasado jueves 10 de junio, a la pregunta que el eslovaco Karol Miklosko le dirigió en nombre de los presbíteros de Europa.

Durante la Vigilia de clausura del Año Sacerdotal, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó a los miles de sacerdotes presentes que el celibato sacerdotal, hoy tan cuestionado, supone una consecuencia de la unión del “yo” del presbítero con Cristo.

Esto, afirmó, significa que el sacerdote “es ‘atraídos’ también a su realidad de Resucitado, que seguimos adelante hacia la vida plena de la resurrección, de la que Jesús habla a los saduceos en Mateo, capítulo 22: es una vida “nueva”, en la que ya estamos más allá del matrimonio”.

“Es importante que nos dejemos penetrar siempre de nuevo por esta identificación del ‘yo’ de Cristo con nosotros, de este ser ‘sacados’ hacia el mundo de la resurrección – prosiguió –. En este sentido, el celibato es una anticipación” del cielo.

El problema de la cristiandad en el mundo de hoy, subrayó el Papa, “es que no se piensa ya en el futuro de Dios: parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia”.

“El sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente. Vivir, por tanto, así como en un testimonio de la fe: creemos realmente que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura”.

Celibato y matrimonio

Benedicto XVI reconoció que “para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no tiene nada que ver, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad”.

“Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo. ¡Y esto debería desaparecer!”

En un cierto sentido, arguyó, “puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse”.

Sin embargo, “este no casarse es algo totalmente, fundamentalmente distinto del celibato, porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida”.

Este “celibato moderno” es un “no” al vínculo, un “no” a la definitividad, “un tener la vida solo para sí mismo. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un ‘sí’ definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor”.

El celibato en un sacerdote “es un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este ‘no’, de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el ‘sí’ definitivo que supone, confirma el ‘sí’ definitivo del matrimonio”.

Por ello, añadió, “el celibato confirma el ‘sí’ del matrimonio con su ‘sí’ al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios”.

Este “escándalo de la fe”, concluyó el Papa, no debe quedar oscurecido por los “escándalos secundarios” provocados por las flaquezas de los sacerdotes. “El celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”.

IV. No al clericalismo

Vivir verdaderamente la Eucaristía es el mejor antídoto contra una tentación de la Iglesia desde siempre: el clericalismo, o el vivir alejado de la realidad del mundo y en una “urna protegida” dentro de la Iglesia.

Así respondió el Papa Benedicto XVI a la pregunta planteada, en nombre de los presbíteros de Asia, por el japonés Atsushi Yamashita, durante la vigilia de conclusión del Año Sacerdotal, el pasado 10 de junio en la Plaza de San Pedro de Roma.

“Sabemos que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes en todos los siglos, también hoy; tanto más importante es encontrar la forma verdadera de vivir la Eucaristía, que no es cerrarse al mundo, sino precisamente la apertura a las necesidades del mundo”, afirmó el Papa.

La cuestión, explicó, es “cómo vivir la centralidad de la Eucaristía sin perderse en una vida puramente cultual, ajenos a la vida de cada día de las demás personas”.

Para vivir bien la Eucaristía, arguyó Benedicto XVI, “debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza este gran drama de Dios que sale de sí mismo”.

En este sentido la Eucaristía “debe considerarse como el entrar en este camino de Dios”: El sacrificio “consiste precisamente en salir de nosotros, en dejarnos atraer a la comunión del único pan, del único Cuerpo, y así entrar en la gran aventura del amor de Dios”.

“Vivir la Eucaristía en su sentido original, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda forma de clericalismo”.

“La Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: que el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. Y por tanto, de esta forma, debemos aprender la Eucaristía, que es además lo contrario del clericalismo, de cerrarse en sí mismos”, añadió.

Puso como ejemplo a la Madre Teresa “de un amor que se deja a sí mismo, que deja todo tipo de clericalismo, de alejamiento del mundo, que va a los más marginados, a los más pobres, a las personas a punto de morir, y que se da totalmente al amor por los pobres, por los marginados”.

“Sin la presencia del amor de Dios que se da no sería posible realizar ese apostolado, no habría sido posible vivir en ese abandono de sí mismos; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden llevar a cabo este gran acto de amor, esta apertura a todos”, concluyó.

V. La vocación viene de Dios

La falta de vocaciones hoy es un “problema doloroso” que aflige a la Iglesia, reconoció el Papa Benedicto XVI, en la última pregunta planteada durante la Vigilia celebrada en San Pedro el pasado 10 de junio, durante la clausura del Año Sacerdotal.

A la cuestión planteada por Anthony Denton, de Australia, en nombre de los sacerdotes de Oceanía, supone “un problema grande y doloroso de nuestro tiempo”, admitió Benedicto XVI.

Es “la falta de vocaciones, a causa de la cual Iglesias locales están en peligro de volverse áridas, porque falta la Palabra de vida, falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás Sacramentos”.

Sin embargo, advirtió el Papa, ante este problema existe una “gran tentación”, que consiste en “tomar nosotros mismos en mano la cuestión, de transformar el sacerdocio – el sacramento de Cristo, el ser elegidos por Él – en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y que por lo demás uno se pertenece solo a sí mismo; y hacerlo así como cualquier otra vocación: hacerlo accesible y fácil”.

Pero, subrayó, esta “es una tentación, que no resuelve el problema”.

Citó a propósito la historia bíblica de Saúl, que realiza un sacrificio en lugar del profeta Samuel porque éste no se presenta a tiempo antes de una batalla.

Este rey, explicó el Papa, “piensa resolver así el problema, que naturalmente no se resuelve, porque toma en mano por sí mismo lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente a la manera de Dios”.

“Así, también nosotros, si ejerciésemos solo una profesión como las demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que solo Dios da, que puede venir solo de su vocación y no de nuestro hacer, no resolveremos nada”.

Lo único que hay que hacer, insistió, es “rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción también”, llamar “al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes”.

Tres consejos

El Papa señaló tres “recetas” para promover las vocaciones. La primera, cada sacerdote “debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente”.

“Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo”, subrayó.

La segunda, la oración, y la tercera, “tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios les llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina”.

“El mundo de hoy es tal que casi parece excluida la maduración d una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que aparezca la belleza de la fe, en los que aparezca que éste es un modelo de vida”.

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Ciclo C, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

El milagro de los milagros

 

En la primera lectura se nos cuenta que Melquisedec, rey de Salem, trajo pan y vino, pues era sacerdote del «Dios Altísimo». Era aproximadamente el año 1800 antes de Cristo, y ya se hacía una alusión velada del verdadero Pan del Cielo y del Vino consagrado, esto es, la Sangre preciosísima con la que el Salvador pagaría nuestras culpas y nos abriría de nuevo las puertas del Cielo.

Luego, en la historia sagrada se nos contarán más detalles de este misterio: la multiplicación de los panes que se nos narra en el Evangelio de hoy y muchos otros pasajes bíblicos irán enriqueciendo nuestro conocimiento acerca de este Don de dones, Sacramento en el que se nos da el mismísimo Dios, no solo como alimento, sino como medio perfecto y completo de unión mística con Él: efectivamente, quien recibe la Hostia consagrada recibe el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de la segunda Persona de la Santísima Trinidad y, con ella (pues no pueden estar separados), recibe también a las otras dos Personas de la Santísima Trinidad.

Esto quiere decir que, al participar de este banquete divino, la persona humana se hace una con la Santísima Trinidad, lo que implica que, si está en las debidas disposiciones, estará viviendo la unión mística perfecta, la meta de todos los esfuerzos ascéticos de los santos, la vivencia honda y profunda del encuentro personal con Dios. Es esta la finalidad última de la vida del cristiano, la razón por al cual fue creado, la esencia misma de su felicidad: su encuentro verdadero e íntimo con Dios.

¿Cómo podemos pasar por alto, pues, en la celebración de la Eucaristía, ese milagro de milagros, cuando el sacerdote repite las palabras de la consagración narradas por san Pablo en la segunda lectura? ¿Nos damos cuenta del misterio que estamos presenciando? ¿Habrá algo más alto en esta tierra de los seres humanos?

¿Cómo es posible, pues, que salgamos de la Eucaristía tal y como entramos?

  

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Santísima Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 7, 2010

 

El Espíritu Santo, cuyo reinado se inaugura con la fiesta de Pentecostés, vuelve a inculcar a nuestras almas en esta segunda parte del año (desde Trinidad hasta Adviento), lo que Jesús nos enseñó en la pri­mera (del Adviento hasta la Trinidad).

El dogma fundamental, del que todo fluye y al que todo en el cristianismo viene a parar es el de la Santísima Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno tras otro en el curso del ciclo a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, autor de la Redención, y a Dios Espíritu Santo, autor de nuestra san­tificación, la Iglesia nos incita hoy a la consideración y ren­dida adoración del gran mis­terio que nos hace reconocer y adorar en Dios la unidad de naturaleza en la trinidad de personas.

«Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, cantamos la fiesta de la San­tísima Trinidad en el Oficio del Domingo que sigue —escri­bía san Ruperto en el siglo XII—, y este lugar está muy bien escogido, porque tan pronto como hubo bajado el Espíritu Santo, comenzó la predicación y la creencia; y, en el bautismo, la fe y la confesión en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.»

Afirmaciones del dogma de la Trinidad se ven a granel en la Liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo empieza y termina la Misa y el Oficio divino y se confieren los Sacramentos. A todos los Salmos sigue el Gloria Patri…; los himnos acaban con la doxología y las oraciones por una con­clusión en honor de las Tres Divinas Personas. Dos veces se recuerda en la Misa que el Sacrificio se ofrece a la Trinidad beatísima[1].

Si queremos vernos siempre exentos de toda adversidad, hagamos hoy con la liturgia solemne profesión de fe en la santa y eterna Trinidad y en su indivisible Unidad, seguros de que la visión clara de Dios en el cielo será el premio de nuestra fe ciega en este como en los demás Misterios de nuestra Sacro­santa religión. Démosle también rendidas gracias por habérnoslo revelado; pues que, al revés de la existencia de Dios, no hubié­ramos los hombres podido ni sospechar tan sublime misterio, que aun cuando sea para nosotros oscuro, todavía nos permite conocer a Dios mejor que le conoció pueblo alguno de la tierra. El párroco celebra hoy la misa por sus feligreses.

*Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] El dogma de la Trinidad resplandeció también en nuestras iglesias. Nuestros Padres gozaban viendo en la altura, anchura y largura admirablemente propor­cionadas de esos edificios un símbolo de la Trinidad; lo mismo que en sus divisiones principales y en las secundarias: el santuario, el coro y la nave; las bóvedas, el triforio y la claraboya; las tres entradas, las tres puertas, los tres ventanales y a menudo también las tres torres. Por doquier, hasta en los detalles ornamentales, el número tres repetido sin cesar obedece a una idea, a la fe en la Trinidad.

También la iconografía cristiana tradujo de mil maneras este mismo pensamiento. Hasta el siglo XII a Dios Padre se lo representó por una mano que sale de las nubes y bendice. En esa mano se significa la divina omnipotencia. En los siglos XIII y XIV se ve ya la cara y luego el busto del Padre, el cual, desde el siglo XV es representado como un venerable anciano vestido con ornamentos papales.

Hasta el siglo XII Dios Hijo fue primero representado por una cruz, por un cordero o bien por un gallardo joven semejante al Apolo de los gentiles. Desde el siglo XII al XVI vemos ya representado a Cristo en la plenitud de la edad y con barba. A partir del XIII lleva la Cruz y también aparece en figura de cordero.

Al Espíritu Santo se lo representó primero por una paloma, cuyas alas extendidas tocaban a veces la boca del Padre y del Hijo, para demostrar cómo procede de ambos. Ya desde el siglo XI aparece con la figura de un niñito, por idéntico motivo. En el siglo XIII es un adolescente y en el XV un nombre hecho y semejante al Padre y al Hijo, pero con una paloma sobre Sí o en la mano, para distinguirlo así de las otras dos divinas personas. Mas desde el siglo XVI la paloma torna a asumir el derecho exclusivo de representar al Espíritu Santo.

Para representar a la Trinidad se adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo tres círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio central que queda libre por la intersección de los círculos.

La fiesta de la Santísima. Trinidad debe su origen al hecho de que las ordenaciones del sábado de témporas, como quiera que se celebraran por la tarde y se prolonga­ran hasta el domingo, éste carecía entonces de liturgia propia.

Todo el año, lo mismo que este día, está consagrado a la Santísima Trinidad, y la Misa que se dio a este primer domingo después de Pentecostés fue una Misa votiva compuesta a principios del siglo VII en honor de ese inescrutable misterio.

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La homosexualidad en la Biblia

Posted by pablofranciscomaurino en junio 4, 2010

 

Dios fue quien nos hizo. Él es quien sabe lo que está bien y lo que está mal, y nos lo enseña:

«No te acostarás con varón como con mujer: es una abominación.» (Lv 18, 22)

«Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío.» (Rm 1, 27)

«¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios.» (1Co 6, 9-10)

Para quien crea que la Biblia es la Palabra de Dios, estas frases son contundentes.

Por eso es imposible pensar que el homosexual nace así. ¿Acaso Dios hace a algunos homosexuales, para luego castigarlos? ¿Sería justo? Un ser que no es justo, no es perfecto y, por lo tanto, no sería Dios.

Como se ha demostrado científicamente, el sexo cromosómico o genético, el sexo gonadal (gónada significa glándula sexual), el sexo embrionario o de las vías genitales y por último, el sexo fenotípico o genital de los homosexuales es masculino o femenino, nunca neutro o intermedio.

Pueden existir factores —psicológicos, principalmente— que favorezcan la tendencia, pero nunca puede afirmarse que el ser humano está programado genéticamente para ser homosexual: siempre será un ser libre; y con esa libertad, si sienten inclinación afectiva por personas del mismo sexo, pueden evitar las relaciones homosexuales, que son antifisiológicas y no naturales.

Además, esta inclinación se puede superar; basta que, junto con la comprensión, el apoyo y la ayuda profesional necesaria, reciban la instrucción adecuada para lograrlo.

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Ciclo C, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 31, 2010

El Espíritu Santo, ¿actúa hoy?

 

El Espíritu Santo guió la pluma de los escritores del Antiguo Testamento, descendió sobre la Virgen María para hacerla Madre de Dios, llegó a los apóstoles a través de Jesús para perdonar los pecados y para darles poder de consagrar, y los invadió el día de Pentecostés, haciendo de ellos hombres completamente diferentes: hablaban la lengua de los que los oían, enseñaban la Buena Noticia por todas partes, oraban y se reunían para partir el pan, ofrecían sus sacrificios y hasta la vida, si fuera necesario, por el amor del Dios que nos creó y nos salvó…

Hoy, día en que ese mismo Espíritu Santo vuelve sobre su Iglesia para purificarla y para infundirle de nuevo el empuje de los primeros tiempos, ¿cómo estamos reaccionando? ¿Por qué a nosotros no nos infunde el mismo brío?

Porque Dios ama la libertad. Porque el ser humano puede decir que no a Dios.

Y porque el pecado es como el fango que dificulta el caminar: es necesario que desechemos de nuestras vidas los apetitos desordenados y amemos directamente a Dios, al Amor mismo.

Hagámonos unas preguntas: ¿Qué es realmente lo que amamos? ¿Dónde están nuestros intereses? ¿Por qué cosas nos esforzamos? ¿A qué le dedicamos más tiempo durante el día, durante la semana? ¿Verdad que no es siempre a Dios? ¿Verdad que el hogar, el afán por las comodidades, por el dinero o por el «qué dirán» y otras muchas cosas son, a veces, nuestros verdaderos tesoros?

Mientras tanto, el mundo necesita de amor. Todos los creados por el Padre, redimidos por el Hijo y empujados por el Espíritu Santo tenemos ese amor, único capaz de saciar de felicidad al mundo. Nadie más puede.

¿Dejaremos que el mundo se siga destruyendo? Tenemos la posibilidad de ayudar al Espíritu Santo en su tarea de santificación del mundo. Es un plan magistral, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios. Solo debemos ponernos a su servicio, dejarnos guiar por el Amor, que vive en nosotros, para hacer el milagro.

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