Hacia la unión con Dios

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‘Hay que ambicionar’

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2014

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca!; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mayor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

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¿Sigue vigente el demonio?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Uno de los triunfos mayores del demonio es hacer creer a muchos que él no existe. Es así como en algunos ambientes se ha decretado la muerte del demonio.

La Nueva Era, por ejemplo, defiende las siguientes ideas: todo es uno; no existen realmente diferencias entre las personas y los animales, entre los humanos y los minerales, entre el Creador y la Creación; todo es Dios; todos somos dioses, por lo tanto no podemos pecar; no existe el mal; no existe el demonio…

Si esos conceptos siguen creciendo con el auge con que van haciéndolo, pronto se acabarán las cárceles, los abogados y la justicia; ya no habrá castigo —ni legal ni moral— para los adúlteros, ladrones, secuestradores, homicidas, terroristas, narcotraficantes… Todos son buenos, porque nadie puede hacer el mal: Dios es bueno y misericordioso por naturaleza, y nada de sus manos pudo haber salido mal; el mal no existe.

Tanto las víctimas de los desmanes y maldades de hoy como las de antaño se deberían alzar contra esta desatinada creencia pues, según ella, los individuos que los han hecho sufrir tanto son buenos, son emanación y parte de Dios.

Basta pensar un poco: si de Dios fluye únicamente el bien, si de Él no puede nacer nada malo (pues no sería perfecto ni por lo tanto Dios), ¿de dónde proviene el mal?

Alguno dirá que el mal procede del hombre.

Y el hombre, ¿por quién fue hecho? ¿por Dios? Luego, ¿Dios hizo mal al hombre?

No puede ser que Dios, siendo perfecto, haga mal las cosas o los seres.

Sin embargo, la Biblia habla de los demonios como espíritus maléficos en muchos de sus pasajes. Leamos algunos:

“El espíritu del Señor se había apartado de Saúl y un espíritu malo lo atormentaba. Entonces los servidores de Saúl le dijeron: «Sabemos que un espíritu malo te atormenta. Si tú, señor, lo permites, nosotros, tus servidores, buscaremos un hombre que sepa tocar la cítara para que cuando te atormente el espíritu malo, toque y sientas alivio.»” (1S 16,14-16)

“Había tenido siete maridos, pero el mal demonio Asmodeo los había muerto antes de que hubiera tenido relaciones maritales. Las muchachas decían a Sara: «Tú eres la que ahoga a tus maridos. Ya has tenido siete, pero de ninguno has disfrutado.” (Toa 3,8)

“Le respondió: «Si se quema el corazón o el hígado del pez ante un hombre o mujer atormentados por un espíritu malo, el mal desaparece para siempre.»” (Toa 6,8)

“El olor del pez hizo huir al demonio hacia las regiones altas de Egipto, donde Rafael lo encadenó.” (Tb 8,3)

Con frecuencia, sobre todo en el Nuevo Testamento, son representados como personificación del mal en lucha permanente contra Dios y su reino instaurado por Cristo:

“Llegaron a la otra orilla del lago, que es la región de los gerasenos. Apenas había bajado Jesús de la barca, un hombre vino a su encuentro, saliendo de entre los sepulcros, pues estaba poseído por un espíritu malo. El hombre vivía entre los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Varias veces lo habían amarrado con grillos y cadenas, pero él rompía las cadenas y hacía pedazos los grillos, y nadie lograba dominarlo. Día y noche andaba por los cerros, entre los sepulcros, gritando y lastimándose con piedras. Al divisar a Jesús, fue corriendo y se echó de rodillas a sus pies. Entre gritos le decía: «¡No te metas conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo! Te ruego por Dios que no me atormentes.» Es que Jesús le había dicho: «Espíritu malo, sal de este hombre.»” (Mc 5,1-8)

“Algunos le trajeron un endemoniado que era ciego y mudo. Jesús lo sanó, de modo que pudo ver y hablar.” (Mt 12, 22)

“Cuando el espíritu malo sale del hombre, empieza a recorrer lugares áridos, buscando un sitio de descanso, y no lo encuentra. Entonces se dice: Volveré a mi casa de donde salí. Al llegar la encuentra desocupada, bien barrida y ordenada. Se va, entonces, y regresa con otros siete espíritus peores que él, entran y se quedan allí. La nueva condición de la persona es peor que la primera, y esto es lo que le va a pasar a esta generación perversa.” (Mt 12, 43-45)

“Lleven con ustedes todas las armas de Dios, para que puedan resistir las maniobras del diablo.” (Ef 6,11)

“Por eso no pude esperar más y envié a Timoteo para tener noticias de la fe, no fuera que el Tentador los hubiera hecho tropezar, resultando inútil nuestro trabajo.” (1Ts 3,5)

“No pueden beber al mismo tiempo de la copa del Señor y de la copa de los demonios ni pueden tener parte en la mesa del Señor y en la mesa de los demonios. (1Co 10, 21)

“No es mucho que sus servidores [los de Satanás] se disfracen también de servidores del bien. Pero su fin será el que se merecen sus obras.” (2Co 11,15)

“Y precisamente para que no me pusiera orgulloso después de tan extraordinarias revelaciones, me fue clavado en la carne un aguijón, verdadero delegado de Satanás, cuyas bofetadas me guardan de todo orgullo. (2Co 12, 7)

“El Espíritu nos dice claramente que en los últimos tiempos algunos renegarán de la fe para seguir espíritus seductores y doctrinas diabólicas.” (1Tm 4,1)

“Sean sobrios y estén vigilantes, porque su enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar.” (1 Pe 5,8).

Al frente de los demonios está Satán “que significa «el adversario»”, suprema expresión de toda oposición a Dios (Léase: Za 3,1-5; Jb 1-2; Lc 22,3.31; Jn 13,27; 1Ts 2,18; 2Ts 2,9).

Satanás recibe también los nombres de Belcebú (Mt 12,22), Belial (2Co 6,14) y sobre todo Diablo (Mt 4,1.5.8.11; 13,39; 25,41; Jn 6,70; 8,44; Ef 4,27; 1 Jn 3,8-10; etc.).

Y, ¿cómo se puede explicar la presencia de esos espíritus malos?

Los ángeles, buenos por naturaleza, tienen —como los hombres— una facultad extraordinaria con respecto a las demás criaturas: la libertad. Pueden hacer el bien o el mal: mientras que una planta o un animal viven siguiendo las leyes de su naturaleza, sin oponerse a ninguna de ellas, los seres humanos y los ángeles tenían y tienen la potestad de decir: «no». No a la ley de Dios, no al amor, no a la bondad, no a la virtud… Así se ve cómo los hombres dañan la capa de ozono sabiendo que se están autodestruyendo, se odian, se maltratan, destruyen sus vidas, desordenan el cosmos, etc.

Del mismo modo, los ángeles malos intentan destruir el orden establecido por Dios, con la intención de desestabilizarlo, como se diría hoy de un gobierno. Y es que el gobierno divino es el blanco de todas las acciones de los demonios.

A través de las tentaciones, las obsesiones y las posesiones se presenta el demonio en las vidas humanas —a quienes Dios ama con predilección— para que se opongan al bien querido por Dios.

El que no lo crea que revise todas las ocasiones en las que se ha sentido incitado a devolver las agresiones, a sentir envidia u odio, a desordenar su genitalidad, a no hacer lo que le corresponde o lo que debe hacer… en fin, a no amar.

El que no lo crea que se acuerde de aquellos que están obsesionados con el placer, el tener, la fama o el poder…

El que no lo crea que sea testigo de las ocasiones en que los obispos o sacerdotes autorizados deben hacer exorcismos, y que se responda por qué la Iglesia editó hace poco un ritual de exorcismos.

Jesús mismo dijo: “En mi Nombre echarán demonios”. (Mc 16, 17)

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¿Prohíbe Dios las imágenes?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2008

La siguiente frase del Éxodo hace creer a algunos que Dios prohíbe las imágenes:

«No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni los sirvas, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso.» (Ex 20, 3–5).

Esta frase es clara desde el comienzo: «No tendrás otros dioses fuera de mí». Por eso, lo que Dios pretendía, en esa época del Antiguo Testamento, era que el pueblo escogido no cayera en algo que los pueblos vecinos trataban de infundirles: la creencia en otros dioses, es decir, tener ídolos.

Así mismo, en el Deuteronomio se lee:

«No tendrás otro dios delante de mí. No te harás ídolos, no te harás figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo o aquí debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. Ante ellas no te hincarás ni les rendirás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.» (Dt 5, 7–9)

También es claro este mensaje desde el principio: «No tendrás otro dios delante de mí.». Quien lea lo anterior con sencillez y simplicidad (sin prevenciones ni prejuicios) puede darse cuenta de que la finalidad de estas palabras es el rechazo de Dios a la idolatría, no a hacer o tener imágenes.

La prueba de esto es que el mismo Dios manda hacer imágenes: la Biblia cuenta que, en el primer templo que Él manda construir en el mundo:

«El Señor habló a Moisés para decirle: “Me harán un santuario para que Yo habite en medio de ellos, y lo harán, como también todas las cosas necesarias para mi culto, según el modelo que Yo te enseñaré. Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta.”» (Ex 25, 1.8-9.18)

Queda claro, entonces, que Dios no solamente permite que se hagan imágenes, sino que Él mismo las manda a hacer.

Además, el libro de Josué narra que él y los sacerdotes se postraron ante esas imágenes:

«Entonces Josué y todos los jefes de Israel rasgaron sus vestidos, se cubrieron de ceniza la cabeza y permanecieron postrados delante del Arca del Señor hasta la tarde.» (Jos 7, 6)

Más adelante, se nos cuenta cómo Dios, otra vez, manda a hacer otra imagen:

«El Señor le dijo a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y colócala en un poste. El que haya sido mordido, al verla, sanará”.» (Nm 21, 8)

Y Moisés obedeció la orden de Dios:

«Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un poste. Cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba la serpiente de bronce y se sanaba.» (Nm 21, 9)

Cuenta la Biblia también que cuando Salomón construyó el templo le hizo imágenes:

«Dentro del Lugar Santísimo, puso dos querubines hechos de madera de olivo silvestre, de cinco metros de alto. Cada una de sus alas tenía dos metros y medio de largo, de manera que había cinco metros de una punta a la otra de las alas. Los dos querubines tenían exactamente la misma hechura y las mismas medidas: cinco metros de alto. Colocó los querubines dentro de la Casa, con las alas desplegadas, de manera que, por el lado exterior un ala tocaba la pared y, en el medio de la Casa, las alas de ambos se tocaban. Salomón cubrió de oro los dos querubines.» (1Re 6, 23-28)

Y, acto seguido, Salomón le hizo más imágenes al templo:

«Sobre el panel que estaba entre los listones había leones, bueyes y querubines. Lo mismo sobre los listones. Por encima y por debajo de los leones y de los toros había adornos.» (1Re 7, 29)

Finalmente, tras esa construcción, Dios se muestra complacido por el templo, lleno de imágenes:

«Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó la Casa del Señor.» (1Re 8, 10)

Dios no se puede contradecir: si Él mismo manda hacer imágenes, no las puede prohibir. Es la idolatría lo que Dios reprueba.

Dios prohibió hacer o tener imágenes para evitar que la fe en el único Dios, el Señor, se contaminara con las prácticas idolátricas, fetichistas y politeístas de los pueblos vecinos:

En efecto, cualquiera que se volvía al objeto de bronce se salvaba, no por lo que tenía a su vista, sino por ti, el Salvador de todos. (Sb 16, 7)

Por eso, la idolatría significa creer que un trozo de papel, yeso, bronce u otro material es un dios, que tiene poderes como tal, y que hay que adorarlo.

Israel fue entendiendo que el Señor es el único Dios de todos los pueblos y que las imágenes, altares, oraciones y cultos sólo a Él estaban destinados. Así, el peligro de la idolatría desapareció.

Entonces, el propio Dios, que se había mantenido invisible hasta ese momento, viendo ya maduro a su pueblo, quiso hacerse una imagen para que todos la pudieran contemplar, oír, tocar: se acercó a los hombres mediante una figura, la de Cristo:

Él es la imagen del Dios que no se puede ver. (Col 1, 15)

Se niegan a creer, porque el dios de este mundo los ha vuelto ciegos de entendimiento y no ven el resplandor del Evangelio glorioso de Cristo, que es imagen de Dios. (2Co 4, 4)

Con esta explicación, ¿cómo se podría pensar en volver a esas épocas anteriores de ignorancia y prohibir de nuevo las imágenes?

Las imágenes de Cristo nos recuerdan su vida y sus hechos en los pasajes que representan, nos impulsan a alabarlo por cuantas bondades realizó cuando vivió entre nosotros. Las imágenes son, y han sido durante mucho tiempo, la Biblia de los analfabetas y de los niños pequeños que todavía no saben leer.

Por otra parte, las imágenes de los santos nos ayudan a elevar nuestro corazón a Dios para bendecirlo por lo que hizo en ellos y a través de ellos, nos recuerdan la santidad a la que estamos llamados y estimulan nuestro esfuerzo por lograrla.

 

 

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