Hacia la unión con Dios

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El distintivo del cristiano:

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 17, 2016

“Nosotros no fijamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas”.

(2Co 4, 18)

 

“Quien siembra en su carne cosechará corrupción de la carne; quien siembra en el espíritu cosechará vida eterna del espíritu.”

(Ga 6, 8)

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Los distintivos del cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

¿Cómo se distingue un cristiano? Veamos:

«¿Cosecharían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos? Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos». (Mt 7, 16-18)

Uno de los frutos de los árboles buenos es la paz:

«Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios». (Mt 5, 9)

«Finalmente, hermanos, estén alegres; sigan progresando; anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes». (2Co 13, 11)

Paz que proviene de la sabiduría:

¿Así que eres sabio y entendido? Si tu sabiduría es modesta, veremos sus frutos en tu conducta noble. Pero si te vuelve amargo, celoso, peleador, no te fíes de ella, que eso sería mentira. Esa clase de sabiduría no viene de arriba sino de la tierra, de tu propio genio y del demonio. Y donde hay envidia y ambición habrá también inestabilidad y muchas cosas malas. En cambio la sabiduría que viene de arriba es, ante todo, recta y pacífica, capaz de comprender a los demás y de aceptarlos; está llena de indulgencia y produce buenas obras, no es parcial ni hipócrita. Los que trabajan por la paz siembran en la paz y cosechan frutos en todo lo bueno. (St 3, 13-18)

El segundo fruto bueno es la unidad.

«¡Qué bueno y qué tierno es ver a esos hermanos vivir unidos! Allí el Señor otorgó su bendición, la vida para siempre.» (Sal 132, 1. 3)

«Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones; que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios». (1Co 1, 10)

Porque donde hay unidad, allá está Dios:

«Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos. (Ef 4, 4-6)

El mismo Jesús deseaba esa unidad. Por eso dijo:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». (Jn 17, 21)

Y el tercer fruto es el amor:

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido con la Ley. Pues los mandamientos: no cometas adulterio, no mates, no robes, no tengas envidia y todos los demás, se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley. (Rm 13, 8-10)

«Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.» (1Jn 4, 7)

Ese amor debe practicarse, incluso, con los que son de otra raza y otra religión:

Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: “Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.”» (Lc 10, 30. 33-35)

Pero el verdadero amor llega más lejos:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo». (Mt 5, 38-48)

Es más, Jesús nos dio una medida para el amor que debemos tenernos los cristianos:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Jesús? Dando su vida por nosotros. Por lo tanto, si queremos ser buenos discípulos de Jesús, nuestro Maestro, es necesario que demos la vida por los demás.

Precisamente por eso nos reconocerán como discípulos de Cristo, porque nos amamos:

«En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35).

No reside la doctrina cristiana en la fuerza que utilicemos para defender los dogmas de fe, no en los argumentos teológicos o filosóficos, no en la evidencia científica… Jesús fue claro: «En que se amen los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus apóstoles, sino que lo hizo por todos los hombres, incluyendo a los pecadores y a los que lo mataban tan injusta y ensañadamente.

Esta es, pues, la característica principal del cristiano: el amor. Amor que Jesús dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua…, por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, tampoco aceptación o tolerancia, sino obras, las que nos pide Dios; y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos, ofrecido por la unión de los cristianos, como quería Jesús.

 

En busca de la unidad

 

Las diferencias entre los cristianos se intentan remediar por el camino más acorde con el espíritu de Jesús: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que los cristianos han recomendado a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para «defender» sus ideas o intereses.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución…, a un costo muy alto, mejor, el más alto: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina cristiana está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los más recientes; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —a veces justos, por cierto— llenando la historia de paradigmas que pueden enfervorizar al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos, como todos.

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.» (Jn 15, 12)

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios nos pide.

Por todo el globo terráqueo un gran número de personas ha hecho eco de esas palabras con actos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos a ellos para que, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta: la unión de los cristianos.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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